Niños y jóvenes del siglo XXILa infancia desaparecida

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Tramo de Formación Pedagógica – PEDAGOGÍA
María de Carmen Otermín - ISFD y T 162 - 2014
Niños y jóvenes del siglo XXI - La infancia desaparecida
Germán Ferrari
La niñez como encarnación de la ingenuidad y la juventud asociada a un proyecto de vida lineal y estable se
desmoronaron en los últimos años para dar paso a una diversidad compleja, pero que abre desafíos y
debates en la sociedad. La investigadora Ana Donini, a cargo de la Especialización en Nuevas Infancias y
Juventudes de la UNSAM, reflexiona sobre el impacto determinante de la pobreza, la marginalidad y los
medios de comunicación en la conformación de las identidades de los niños del siglo XXI, un fenómeno
internacional arraigado también en Argentina.
Los libros escolares del siglo pasado ofrecen una imagen recurrente. Madres vestidas de amas de casa,
padres de traje y maletín, hijas e hijos jugando o haciendo los deberes. El cine y la televisión, nacionales y
estadounidenses, tenían una representación de la infancia similar a la de aquellos dibujos y textos del
colegio. A lo sumo, alguna travesura o picardía quebraba la inocencia que imponía esa homogeneidad del
discurso.
Desde la literatura, el protagonismo de los niños distaba mucho de esas imágenes idílicas y estáticas.
Huckleberry Finn puede ser un ejemplo de ruptura de esas reglas.
Ya en la década del 90 del siglo pasado, con la irrupción de los adelantos cibernéticos y electrónicos en la
comunicación, el cambio en la infancia y la juventud se hizo drástico.
Si antes los padres enseñaban a sus hijos a leer, escribir y entretenerse, en los nuevos tiempos son los hijos
quienes enseñan a sus padres a utilizar la computadora, buscar en Internet y divertirse con la PlayStation.
El modelo familiar de aquellos manuales escolares devino en The Simpsons.
“La acentuación de las desigualdades, tanto entre países como entre los distintos grupos de un mismo país,
y el avance de las nuevas tecnologías y de las imágenes empiezan a conformar una configuración cultural
mucho más heterogénea.
Estos cambios exigen agudizar la mirada y afinar la escucha. Desde la familia y la escuela, en un contexto
tradicional, se veía al niño y al adolescente como realidades más simples y homogéneas. Pero en un mundo
globalizado, aparece una enorme complejidad, heterogeneidad y se empiezan a acentuar las diferencias”,
reflexiona Ana Donini, doctora en Ciencias de la Educación y coordinadora académica de la Especialización
en Nuevas Infancias y Juventudes de la UNSAM.
¿Por qué “infancias y juventudes”?
Donini explica esta nueva concepción: “La fragmentación social que trae el neoliberalismo, por un lado, y la
revalorización de la diferencia, no como desigualdad sino como diversas características y modos de
construcción de las subjetividades que hay que respetar, por otro, requieren para su comprensión un
abordaje interdisciplinario. La formación pedagógica tiene que recuperar la historicidad de estos conceptos
y dialogar con enfoques de la sociología y la antropología, entre otras ciencias sociales. Ya no hay una
pedagogía única para todos, homogénea, y que nos permite acceder al conocimiento de la misma manera.
Hay biografías y trayectorias escolares distintas, e inteligencias múltiples. Y surge una tensión con la cultura
escolar, que es hija de la modernidad y de los sistemas educativos, y que impone un mensaje
homogeneizador, igualador, que tuvo sentido en otro contexto histórico”.
Este cruce de disciplinas llevó a varios investigadores a interrogarse sobre si el niño, tal como lo
conocíamos, se había terminado. La semióloga Cristina Corea y el historiador Ignacio Lewkowicz se
preguntaban, en 1999, ¿Se acabó la infancia?, en un “ensayo sobre la destitución de la niñez”. Para Donini,
la presencia de los medios audiovisuales, en especial la televisión, contribuyó de manera terminante a
modificar el panorama: “Ya en la década del 80, Neil Postman nos hablaba de la desaparición de la infancia
por obra de la TV; antes, el adulto tenía el saber y había misterios que le iban siendo develados al niño; los
padres y las autoridades poseían el secreto, como los brujos de la tribu.
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Parte del concepto de niñez se ha perdido con la televisión y también con Internet, porque hoy el niño
tiene acceso a todo y ya no existe el filtro del adulto que le va develando progresivamente el misterio de la
vida. Eso quiebra la sorpresa, la inocencia.
“La pobreza, la marginalidad, el paco y el trabajo infantil también hacen desaparecer la infancia”.
Saberes informáticos
Pero no sólo la revolución tecnológica modificó la estructura de la infancia; también el avance victorioso de
la sociedad de consumo transformó al pequeño en un consumidor, que tiene voz y voto en el momento de
decidir sobre la compra de algunos productos hogareños.
“En este contexto neoliberal y de preeminencia del mercado, el niño se convierte también en el sujeto del
bombardeo propagandístico. El merchandising, especialmente hecho alrededor de lo que antes era el
cuento de hadas, es ahora el gran negocio”, afirma Donini.
Las tensiones también se presentan en el aula a la hora de incorporar y producir conocimientos, porque
“los docentes no han tenido la alfabetización informática necesaria, más allá de tener computadoras en las
escuelas o usar videos con fines pedagógicos. El tema es más profundo, de ritmo, de lenguajes, de modos
de percibir, interpretar y valorar.
Los chicos poseen una mentalidad hipertextual, con múltiples conexiones, y con un ritmo distinto, que a la
cultura escolar y al docente en particular les cuesta mucho entender e incorporar”. Para establecer
diferencias, la investigadora señala que “la cultura mediática es de una gran horizontalidad y fluidez; en
cambio, la cultura tradicional tiene un ritmo lento, progresivo, gradual y con jerarquías preestablecidas”.
La brecha tecnológica hace que en más de una oportunidad el alumno le enseñe al maestro a manejar la
tecnología: “Eso hace que el docente sienta erosionada la autoridad pedagógica, que es fundamental para
que haya una buena convivencia.
Estamos frente a un conflicto cuando el que se supone que no sabe en algún tema sabe más que uno. Hay
que concebir la relación de otra manera y entender la cultura del otro, estar un poco más abiertos a una
configuración cultural distinta, buscar canales de comunicación y no sentirse amenazado. El docente siente
miedo o una amenaza ante lo desconocido”.
La multiplicidad de infancias y juventudes son notorias. Es imposible hablar de un tipo de niño o joven
modelo, sin caer en una simplificación.
Lo que se conoce como “tribus urbanas” –con sus códigos particulares en vestimentas, estéticas, músicas y
lenguajes– apunta a esa diferenciación en un sector que arranca alrededor de los 13 años sin saber cuál es
la edad límite. Donini sostiene que “la brecha generacional típica, en la que el adolescente se rebelaba
contra la tradición y los padres, se ha difuminado, porque los padres se han adolescentizado y el chico tiene
que buscar modos más peculiares y nichos propios para diferenciarse. La rebeldía tiene que buscar caminos
más particularizados y exóticos. Los padres se visten igual que ellos, se dejan el pelo largo; las madres se
parecen cada vez más a las hijas por la manera en que se arreglan”. Algunos denominan “adolescencia
tardía” a esa zona indefinida. Hace medio siglo, un varón o una mujer de 30 años era un adulto, casi con
seguridad, con una familia formada, hijos y trabajo estable; esas certezas de ayer, hoy se desvanecieron.
En esa búsqueda de identificaciones el chico se encuentra con grupos diversificados, explica la docente,
“donde algunas veces hay una relación estrecha con la droga y lo marginal, pero otras no, es una cultura
alternativa que no se toca necesariamente con lo delictivo.
Para los sociólogos y antropólogos es un campo de estudio interesante; para muchos docentes es aún
desconocido”. Uno de los casos de análisis emergente que muestra la diversidad son los chicos nacidos en
countries o en barrios cerrados. Se caracterizan por ser “sobreprotegidos, inmaduros y conocer poco la
realidad ‘extramuros’. La llamada ‘socialización burbuja’ es un fenómeno que se está empezando a mirar,
pero no está suficientemente estudiado”, advierte.
Adultos desorientados
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Estos cambios vertiginosos en la infancia y la juventud provocaron “dudas, temor y desconcierto” entre los
adultos, quienes aún intentan enfrentar la nueva situación con categorías tradicionales que, “en los
procesos de socialización y de educación, no están teniendo demasiado éxito”, reflexiona Donini, y marca
algunos lugares comunes y estereotipos en ese sentido: “Hay imaginarios que funcionan de alguna manera.
Insisten con que la televisión saca al chico de la escuela y lo descentra, entonces no tiene el valor de la
disciplina y del esfuerzo; dicen que la escuela no le interesa, porque es vago o no le da la cabeza y por eso
la abandona. También se quejan de que está interesado en otros temas, no tiene la suficiente voluntad y no
pone esfuerzo para forjarse un porvenir mejor”.
De este planteo a la demonización de la juventud y la imposibilidad de diálogo hay un paso. “El discurso
penalizador ahorra el esfuerzo de mejorar la escucha y la mirada, de ver las diferencias y admitir que ciertas
cosas que para otras generaciones tuvieron sentido posiblemente en la actualidad ya no lo tengan”,
subraya y advierte que el chico no encuentra en la escuela “proyectos que tengan sentido en lo laboral y
ocupacional, pero tampoco en lo estético o en el sentido de la vida en su aspecto más profundo”. Sin
embargo, comenta que las experiencias recogidas indican que “los chicos valoran que la escuela es el lugar
donde han encontrado amigos y se han podido relacionar con otros”, pero las pretensiones de las
autoridades, dirigidas hacia apropiarse de determinados saberes, no son satisfechas.
Los nuevos docentes y trabajadores sociales, que también son jóvenes, “tienen una mirada y una escucha
distinta, y están percibiendo la diversidad, las nuevas configuraciones culturales”. “Vienen dándose cuenta
–reflexiona– de que ciertas categorías ya no funcionan para explicar realidades nuevas y hay que buscar
otras. Y no mirando a los chicos desde el estereotipo del déficit, sino desde ciertas potencialidades.
Todavía no saben cómo conectarse con ellos, pero empiezan a descubrirlos y darse cuenta de la avidez por
experiencias y conocimientos que les den sentido a sus proyectos de vida, autonomía y juicio crítico frente
a la manipulación del mercado”.
La pobreza y la marginalidad atraviesan las infancias y las juventudes de manera marcada a partir de los 90.
Donini explica: “Cuando irrumpe la crisis social, la escuela está abierta a los conflictos y sus consecuencias,
y eso también marca la heterogeneidad del capital cultural de los chicos.
Para entender y manejar esa diversidad, al docente no se le han dado demasiadas herramientas
conceptuales ni operativas. Hay un tema de prejuicios y estereotipos, reforzados por una distorsión
mediática. En general, la mayoría de las escuelas son lugares pacíficos. Es mejor que el chico esté allí y no
en la calle. Se ha demonizado un poco a las escuelas como si se hubieran vuelto lugares peligrosos, pero
cuando se analizan los porcentajes la realidad es otra. Los medios distorsionan y ayudan con sus filtros a
demonizar al chico, sobre todo al marginal, y eso refuerza ciertos prejuicios y estereotipos de la sociedad”.
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