Rdo. Señor Canónigo Mariano Manfredo Gastón Rosseto

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Rdo. Señor Canónigo Mariano Manfredo Gastón Rosseto
+ 18-03-2011
El suave repicar de la campana, que en la torre de la Iglesia del Sagrado Corazón de
Jesús, dio años de vida al Seminario Menor Nuestra Señora de Luján, se escuchaba por
el barrio.
Eran las seis de la tarde, y el llamado hacía recordar que entrábamos a celebrar las
Primeras Vísperas de la Solemnidad de San José.
Allí, en ese barrio –el del Seminario Menor como es conocido- a esa hora, en esa, su
casa de mucho tiempo, el alma del P. Mariano se despedía de este mundo. Dios lo
llamaba, san José lo aguardaba y seguramente, también era vísperas de sábado, la
Santísima Virgen María le sonreía, recibiéndolo, como lo que siempre intentó ser: un
hijo fiel.
-- * -En una mañana, a la mitad de la misma, después que se publicara en esta Revista
Eclesiástica la nota necrológica de Mons. Arturo Bruno Andreatta, el P. Mariano,
revista en mano me dijo: “yo quisiera que cuando me muera, me escribas las palabras de
despedida…”
Querido P. Mariano, junto a vos, allá en 1977 inicié mi camino sacerdotal en el
Seminario Sagrado Corazón –el de “adultos”- como lo llamábamos entonces; ahora que
ya haz partido, quiero cumplir –aunque inadecuadamente- tu deseo.
Tal vez una de las notas que caracterizaron virtuosamente al sacerdote del que
estamos hablando, haya sido su entrega al trabajo; a aquél con el que en el hogar
paterno se proveía a la subsistencia de la familia –numerosa- que diariamente se
aglutinaba en torno al pan de la mesa familiar; a aquél que en su juventud comenzó a
medir las fuerzas de todo ese ser con el que luchará hasta el fin; el trabajo que en busca
de contribuir al mantenimiento de todos los que estaban en la casa no teme emprender
desde la lejana usina de El Chocón, para ir armando las torres que traerían la energía
eléctrica a nuestras ciudades.
Sí, trabajó y mucho antes de doblegase ante el llamado que insistentemente provenía
de Jesús, el Buen Pastor. Cuando al fin lo hizo, las fuerzas del empeño que ya había
aprendido a canalizar, debieron dedicarse al estudio, a la capacitación intelectual, a
forjar un espíritu, que si bien ya era generoso, ahora debía ser cristianamente pastoril.
Le costó aprender a ser pastor, no porque opusiese resistencias o no tuviese
condiciones, creo todo lo contrario, porque su abnegación de entrega era tal que no
encontraba conformidad con lo alcanzado, viendo que siempre podía más o mejor.
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Las manos consagradas que un día se posaron sobre sus rubios cabellos italianos,
fueron la marca con que la dedicación del ser todo, quedó para siempre en posesión de
Dios.
Esa consagración que ya abarcaba una parte importante de su realidad, ahora lo abarca
todo y ese todo, se volvía más exigente, y él, más entregado.
El Seminario Menor Nuestra Señora de Luján lo ve cada día levantarse temprano, en
la oscuridad todavía de la noche, en la del invierno como en la del verano, para así
comenzar la larguísima jornada que cada vez más achicaba la brecha existente entre el
final y el nuevo comienzo…y por lo tanto del descanso.
Las comunidades religiosas del lugar, las capillas del barrio, los cada vez más
numerosos necesitados que se acercan, sumados a la labor interna en el Seminario,
marcaron esta etapa tan importante de la vida del P. Mariano. Ella fue sin duda, la
matriz, en la que se acuñarán las otras.
La Parroquia Santa Rosa. Si bien es cierto que la Capilla del Dulce Nombre de María
conoció el trabajo de sus manos de albañil, carpintero, pintor y electricista, sin dejar por
ello de contemplarlo como pequeño pastor de ese también reducido rebaño, su primer
nombramiento como Párroco se le ofrece en la Parroquia Santa Rosa de Lima, ahora y
entonces, inmensa jurisdicción en las fronteras platenses berisenses.
Hacia allá partió, y allí clavó hondo la reja del arado que había ido templando en sus
años previos; tan hondo y profundo como para nunca más sacarla.
Por eso tal vez, no conocemos sus reservados pensamientos, se sorprendió tantísimo
cuando aquel viernes en la hora vespertina le sorprende –en el último banco de la
Iglesia- la visita del Arzobispo.
San Luis Gonzaga de Villa Elisa. ¿qué había pasado?. El número de vocaciones al
ministerio sacerdotal había crecido abundantemente; varias jurisdicciones eclesiásticas
confiaban la formación de sus futuros sacerdotes al Seminario Mayor San José; su
estructura, amplia, renovada y adaptada en una serie importante de obras que realizara
el entusiasta amigo del P. Rosseto, y rector Mons. Nelson Roque Viola, resultaban
insuficientes.
La prudencia pastoral y el celo equilibrado del Arzobispo Plaza, habían elegido,
después de largas y numerosas consultas, la opción que significaba adecuar el antiguo
convento de padres capuchinos que se levantaba en Villa Elisa, junto a la iglesia
parroquial dedicada a san Luis Gonzaga.
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Con ello, pretendía el Prelado, no solo dar cabida más amplia y adecuada a la
formación de los seminaristas, sino también ofrecer una respuesta más eclesial a los días
tristes que por los años 70 allí se habían vivido. Dios y Villa Elisa, así lo merecían.
Si bien las personas que atenderían el desarrollo de las actividades del Seminario
estaban, hacía falta un Párroco. Un sacerdote que cumpliera este delicado oficio en tan
difícil situación y pudiera, que equilibradamente fructificara la tarea de la formación y
la pastoral. Para este oficio le visitaba el Arzobispo, y por si esto fuera poco, agregó la
Dirección Espiritual de los seminaristas.
Los sacerdotes que son sus ex alumnos narran sus desvelos y preocupaciones, y por si
esto no bastara, el Templo de Nuestra Señora de los Milagros, y la hoy Parroquia, nos lo
dicen: aquí estuvo el P. Mariano.
Nuestra Señora de la Merced – La Plata. Después de un nuevo y breve paso por Los
Hornos, nos encontramos con el P. Mariano en su última etapa, que lleva adelante en la
Parroquia Nuestra Señora de la Merced de La Plata.
Comunidad, ésta, que lo vio ya grande, sosegado, pero movido siempre por su anhelo
de no dejar de ayudar ni de trabajar.
Es la época de las misiones al sur del país; de los viajes con alimentos y ropas para los
habitantes de la patagonia; también los momentos de los sufrimientos por la
incomprensión con que algunos descalifican su obra.
Etapa en la que crecen también dos obras a las que no les escatimó ni tiempo ni
esfuerzos: las religiosas a cuyas comunidades concurre para atender en el sacramento de
la reconciliación, y los integrantes del movimiento de Cursillos de Cristiandad, que
buscan y encuentran en él un consejero seguro y claro.
Al principio hice alusión a la entrega generosa del P. Mariano al trabajo; en breve
recorrido pasamos por partes de esa entrega; y cabe la pregunta:¿cómo pudo?
Fue sin lugar a dudas la oración quien lo mantuvo. Fue un hombre de oración simple,
confiada, con la inocencia del niño que mira a su Madre y a su Dios, pero con la
perseverancia del santo y la constancia de la gota de agua que “sabe” que va a
transformar la dura piedra.
Ella fue la columna vertebral que en los tiempos de salud lo mantuvo generoso y
entregado, y cuando la enfermedad golpeó su cuerpo, y con insistencia, supo sostenerlo
callado de tal modo que ninguna queja brotara de sus labios.
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Conoció y gozó del aprecio de los que fueron sus Arzobispos; con ellos vivió –junto a
sus hermanos de presbiterio- esa dimensión tan hermosa de la Iglesia que camina “entre
las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios…”. En ella, aceptó la
incorporación al Cabildo Eclesiástico y ofició como Canónigo del mismo en ejemplar
cumplimiento, las obligaciones propias del oficio.
P. Mariano, hoy ya no estás entre nosotros…no vemos los pasos mesurados de tus
inicios, ni los que al final nos ofrecías apoyado al bastón…esa figura ya no está; pero sí
queda y permanece en honda gratitud de afecto el reconocimiento de los que te
conocieron y trataron, y que en síntesis, apretada y filial, uno de esos “hijos tuyos”
entonó como cántico de despedida:
“Restitúyeme, Señor, la estola de la inmortalidad…y aunque indigno me acerco a
vuestro Santo Misterio, haz que merezca, no obstante el gozo eterno”.
Por sentirte recitar esta oración cada día y haber sido tu paternidad quien veló mis
hombros para siempre con la estola, es que pude responder y comprender que “nadie
vive para sí”.
Padre Mariano,
Tu nos lo mostraste…viviste para El.
Vive ahora, siempre con El.
Mons. Raúl Gross
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