Por qué morir a los 75 años

Anuncio
Por qué quiero morir a los 75 años
02oct 2014
Fernando Marín
Médico de ENCASA, especialista en Cuidados Paliativos y presidente de
DMD Madrid
“Nuestra capacidad para prolongar la vida ha aumentado mucho más
que la de prolongar el bienestar y, en la actualidad, tenemos más años
de vida, sí, pero con serias limitaciones físicas y mentales
¿Merece la pena?”
Ezekiel J. Emanuel, un norteamericano experto en bioética, afirma en
un artículo recientemente publicado en la revista The Atlantic, traducido
en la web No gracias, que no, que él desea morir a los 75 años.
¿Cómo? Abogando por una objeción de conciencia a la atención
sanitaria a partir de esa edad. “Voy a morir cuando lo que venga
primero me lleve, por un proceso agudo como una neumonía (“la amiga
del anciano”), que no trataré con antibióticos. A partir de esa edad no iré
al médico, ni me haré pruebas preventivas (como una colonoscopia o la
determinación del PSA de la próstata), ni me vacunaré de la gripe, ni me
trataré el cáncer, si lo padeciera, no aceptaré un marcapasos, un
desfibrilador, un bypass o una válvula cardiaca, sólo cuidados paliativos
en caso de dolor u otras discapacidades”.
El artículo es interesante, porque plantea abiertamente la libertad de
morir cuando una persona considere que su biografía ha concluido. Una
reivindicación que desde puntos de partida opuestos coincide con el
movimiento ciudadano holandés Por libre albedrío, que reclama la
regulación del suicidio para los mayores de 70 años sin enfermedades
graves.
“Estoy seguro de mi posición. Sin duda, la muerte es una pérdida. Pero
hay una simple verdad que muchos de nosotros parece no queremos
entender: vivir demasiado tiempo es también una pérdida; hace
que muchos de nosotros, si no desarrollamos una discapacidad, nos
sintamos vacilantes y en declive, porque a medida que envejecemos
nuestra mente también se deteriora. Los despistes aumentan, no es sólo
lentitud mental, sino que literalmente perdemos nuestra creatividad, de
la capacidad de contribuir al trabajo, a la sociedad, al mundo.
Transforma cómo las personas nos experimentan, cómo se relacionan
con nosotros, y, lo más importante, cómo nos recordarán. Ya no
seremos recordados como personas vibrantes y comprometidas, sino
débiles, ineficaces e incluso patéticos. No deseo ser una carga. En el
momento en que alcance 75 años, habré vivido una vida completa.
Habré amado y habré sido amado. Habré concluido los proyectos de mi
vida y aún no tendré demasiadas limitaciones. Morir a los 75 no será
una tragedia”.
El autor trata de reforzar su posición con datos sobre una vejez que él
no desea. Frente al sueño americano, o la fantasía, de la eterna
juventud,la realidad es que en 2006 el 42% los estadounidenses de 80
años eran dependientes y uno de cada tres mayores de 85 años padece
Alzheimer. La medicina no ha frenado el proceso de envejecimiento,
pero sí ha ralentizado el proceso de morir (vida larga, muerte lenta),
resultado de las complicaciones de una enfermedad crónica.
“Mis hijas, mis hermanos, mis amigos dicen que estoy loco, que
no he pensado con claridad sobre esto, porque hay mucho en el mundo
para ver y hacer. Me enumeran a las personas que conozco mayores de
75 años y que están muy bien. Están seguros de que, a medida que me
acerque a los 75, voy a empujar la edad deseada a los 80, luego a los
85, incluso a los 90. Ellos no lo admiten, me quieren y temen la pérdida,
no quieren enfrentarse a mi mortalidad, porque no desean mi
muerte”. Sin embrago, para él, definir un punto en el tiempo, aun
reconociendo que sea de forma arbitraria, tiene algo muy
positivo: “elimina la indefinición de tratar de vivir el mayor tiempo
posible y nos obliga a pensar en el final de nuestra vida,
comprometiéndonos con las cuestiones existenciales más profundas,
sobre lo que queremos dejar a nuestros hijos y nietos, sobre nuestra
comunidad, nuestros conciudadanos y sobre el mundo”.
Muchas personas no desean vivir la decadencia de la vejez. Al igual que
este hombre, están planificando el final de su final, pensándolo desde la
convicción de que la vida les pertenece, respetando las opciones vitales
de cada uno, incluyendo las suyas. “Desde luego, no estoy
menospreciando a las personas que quieren vivir a pesar de sus
limitaciones físicas y mentales. Ni siquiera estoy tratando de
convencer a nadie de que tengo razón”, expresa Emanuel.
Tras esta declaración de intenciones, sorprende que Emanuel se
posicione contra la eutanasia, suscribiendo dos de los errores más
frecuentes: la falacia que desprecia la libertad, la voluntad seria,
reiterada e inequívoca de morir (“las personas que quieren morir tienden
a sufrir no de dolor incesante, sino de depresión, desesperanza o miedo
a perder su dignidad y el control”) y el falso dilema entre paliativos o
eutanasia (“la respuesta a estos síntomas no es terminar con su vida
sino dar ayuda, ofrecer a todos una buena y compasiva muerte y no una
eutanasia o suicidio asistido a una pequeña minoría”).
Tras la audacia para presentar el tema, esta es una incongruencia por
deformación profesional. Como experto en bioética, “tira de manual” y
se aferra a la doctrina que distingue entre permitir la muerte (por
ejemplo no tratándose una neumonía, que sería moralmente admisible),
y provocar la muerte (suicidio o eutanasia, que considera reprobable),
un planteamiento que no se sostiene frente a una deliberación moral.
Aunque no lo mencione, lo que está detrás de esta posición vital es un
valor superior: la libertad, la disponibilidad de la propia vida como una
opción personal. La eutanasia es una forma más de concretar ese valor,
tan válida comomorir por una neumonía tras rechazar los antibióticos,
por negarse a ser alimentado por una sonda o por desconectar un
ventilador que mantiene la vida.
http://blogs.publico.es/estacion-termino/2014/10/02/por-que-quiero-morir-a-los-75anos/
Descargar