Clémence Botterman
Mala Luna
Personajes:
Clara: nieta de José Castillo
José Castillo: abuelo de Clara, padre de Nuria, estuvo en la cárcel con Miguel Hernández
Nuria: madre de Clara, hija de José Castillo
Víctor: compañero de clase de Clara, su abuelo era amigo de infancia de Miguel Hernández
Aurelio Sánchez-Macías hijo: padre de Víctor, político
Aurelio Sánchez-Macías señor: abuelo de Víctor, falangista
Resumen:
Clara está con su abuelo en el hospital y éste se enoja con algo que ha leído en el periódico. Clara
quiere saber lo que ha leído y se lleva el periódico. Mientras tanto, le dice su madre que su abuelo
estuvo en la cárcel con Miguel Hernández después de la Guerra Civil. En el periódico había una
entrevista del padre de un compañero suyo, Víctor, respeto a unos poemas inéditos de Miguel
Hernández, y Clara decide ir a hablar con Víctor a ver si sabe algo.
Clara regresa a ver a su abuelo al hospital y se lo cuenta todo (en el capítulo 4).
Don Castillo cuenta que estuvo en la cárcel, que era horrible pero que venía a visitarlo su novia y futura
esposa todas las semanas. Cuenta que, en julio, llegó Miguel Hernández en la cárcel, pero ya sufría
tuberculosis. Le dice a Clara que el abuelo de su amigo Víctor, Aurelio Sánchez-Macías, aunque se diga
haber sido amigo de infancia de Miguel Hernández, al final de la vida de éste fue todo lo contrario, y
que hasta fue su enemigo.
El abuelo le dice a Clara que vaya a preguntarle a su amigo Víctor si sabe algo de un cuaderno que
pertenecía a Miguel Hernández y en el cual escribió sus últimos versos antes de morir. Dice que ese
cuaderno lo tenía el abuelo de Víctor. Clara se cita con Víctor al día siguiente a las siete de la tarde.
Clara le contó a Víctor lo que su abuelo le había contado, pero como el abuelo del chico falleció, le dijo
que le iba a preguntar a su padre, porque con tales declaraciones como las que hizo en el periódico,
era casi obvio que tenía el cuaderno de Miguel Hernández.
Víctor se va a pasar el fin de semana con su padre en Alicante, pero no encuentra el momento para
preguntarle lo del cuaderno, su padre siempre está ocupado, o está al teléfono. Pero por fin lo logra,
y le dice que el abuelo de su amiga conoció a su abuelo. Finalmente admite el padre de Víctor que sí,
su abuelo tenía un cuaderno de Miguel Hernández, y que sí, lo sabía. Pero no sabe dónde está, porque
su padre solo le dijo que lo tenía, no le dijo dónde lo tenía. Quedan en buscar por la casa del abuelo el
fin de semana que sigue.
Regresa a Orihuela y Víctor le confirma a Clara que sí existe el cuaderno. Quiere que Clara sea su
compañera de búsqueda. Víctor cree tener una pista por donde podría estar el cuaderno. Le cuenta
que su abuelo le regalaba libros, y que justo antes de morir le regaló una computadora y dentro de la
caja había una llave. Había una carta que decía que no le dijera nada a su padre y que buscara. Ahora
que lo piensa, Víctor está casi convencido de que es el cuaderno negro lo que tiene que buscar. Ahora,
Clara quiere saber cómo llegó el cuaderno a las manos del abuelo de Víctor, y lo va a preguntar a su
abuelo.
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Don Castillo sigue con su historia; dice que estuvo con Miguel Hernández en sus últimos días antes de
que lo trasladaran a la enfermería. Hablaban mucho. Dice que nunca dejaba de escribir, en la cárcel
llevaba un cuaderno de tapas negras, y que escribía casi más cuando su enfermedad se agravó. Un día
le preguntó Miguel Hernández a José Castillo si conocía a Aurelio Sánchez. Dijo Hernández que había
sido su amigo de infancia y de adolecente, y que él fue quien le regaló el cuaderno negro, y que tuvo
la oportunidad de sacarlo de la cárcel, pero no lo hizo. Finalmente, tuvieron que sacar a Hernández de
la cárcel.
La última vez que José Castillo vio a su amigo el poeta fue cuando se casó en la iglesia; lo hizo para que
su mujer y su hijo no tuvieran problemas cuando muriera. Castillo fue llamado como testigo de la boda.
Clara se tuvo que regresar a su casa para estudiar para un examen.
Al salir de la casa de su abuelo, Clara no se fue a estudiar sino a ver a Víctor. Van paseando y Clara le
cuenta lo que su abuelo le acababa de contar, pero se calló los detalles que podrían ofender a Víctor,
como por ejemplo que su abuelo le regaló el cuaderno a Miguel Hernández como forma de venganza.
Al día siguiente, don Castillo sigue contando a Clara la historia de la muerte de Hernández; dice que
fue un asesinato del que nadie se sintió culpable, pero del que todos lo eran. Cuando murió, fue Aurelio
Sánchez quien vino a anunciárselo a José Castillo a su celda; Sánchez llevaba la camisa azul de los
falangistas. Luego, buscó por las cosas de Hernández y encontró el cuaderno negro, que sabía lleno ya
de nuevos poemas, y se lo llevó. Cuando salió de la cárcel, José Castillo fue a ver a la viuda de
Hernández que se había mudado en Cox; lo reconoció y lo abrazó. Le preguntó que si le habían
entregado un cuaderno negro de tapas, pero le dijo que no. Clara preguntó que si podía contar esa
historia a Víctor, su abuelo le dijo que lo hiciese si quería. Ahora el propósito de Clara es encontrar el
cuaderno de tapas negras antes de su amigo Víctor.
Clara le contó a Víctor que Hernández le había entregado el cuaderno a Aurelio Sánchez. Lo está
pensando Víctor y quiere saber dónde estaba el cuaderno y por qué su abuelo no lo había sacado a la
luz. Llega a Alicante a ver a su padre, van a buscar el cuaderno a la casa de su fallecido abuelo. Víctor
lleva la llave misteriosa. Víctor revisó la biblioteca, pero la llave no abría nada de allá, entonces revisó
los libros. Finalmente, Víctor y su padre no encontraron nada especial, pero Víctor se llevó un libro de
su abuelo y su padre se llevó unas cartas que le había escrito su madre y que le emocionó volver a
encontrar.
Capítulo trece
Víctor le cuenta a Clara que no han encontrado nada en la casa de su abuelo y que la llave que tiene
no abre nada dentro de la casa. Ahora a Víctor se le hace raro que no haya ningún libro de poesía en
casa de su abuelo. Clara recibió un libro de poesía de una amiga que vive en Madrid, y le lee un
fragmento a Víctor. Reflexionan sobre los versos, y Clara le dice que no temían al hombre sino a los
versos que podía escribir.
Don Castillo puede volver a salir a la calle. Está en una terraza y muchas personas lo vienen a saludar,
va acompañado de Clara, que le confía que Víctor ya es un amigo para ella. Le cuenta también a su
abuelo que tienen una llave pero que no saben lo que abre. Sigue contando el abuelo. Ha buscado a
Aurelio Sánchez cuando regresó de la cárcel, pero nadie sabía realmente donde estaba; muy
seguramente en Madrid. Pero un día escuchó en la oficina de correos que Aurelio Sánchez acababa de
comprar un piso en Orihuela. Lo fue a esperar y pronto por fin llegó Aurelio. No quería darle el
cuaderno de tapas, tampoco tiene intención publicar los poemas que éste contenía. José Castillo
estaba muy enojado con él, pero temía regresar a la cárcel. Cuarenta años más tarde quiso encontrarlo
porque el país ya se era una democracia y no temía nada. Aurelio Sánchez ya se había mudado a
Alicante. Allá lo fue a encontrar don Castillo, y le dijo que seguía vivo y que lo sabía todo aún.
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Lo fue a buscar una última vez diez años después, porque la viuda de Miguel Hernández acababa de
morir. Pero Aurelio Sánchez le dijo que el cuaderno estaba en blanco, que no había poemas. Don
Castillo piensa que tal vez dejó a su hijo el cuaderno cuando murió hace un año, pero lo que no quiere
es que publiquen los poemas, y menos con el centenario de su nacimiento que se va acercando. Por
eso, le pide a Clara que ella y su amigo encuentren el cuaderno antes que el padre de Víctor.
Clara piensa haber descubierto donde va la llave: sería de una casa en la cual vivió el abuelo de Víctor,
según el abuelo de Clara. Y lo van a comprobar: un día después de la escuela se encuentran delante
del ayuntamiento, cerca de la supuesta casa. Primero Clara le cuenta a Víctor lo que le contó su abuelo.
Cuando entraron en el edificio se dieron cuenta por el buzón de correos de que en el piso vivían dos
personas. Clara decide tocar al timbre de la puerta, dijo que era la nieta de Don Castillo y la viejita del
departamento la dejó entrar. Le cuenta que en el ático tienen un trastero, que es la única cosa que
había cuando compraron el piso. Pero dice la viejita que nunca suben porque hay ratones. Cuando se
van del piso de la viejita, Víctor sube al piso superior para ver los trasteros de los que hablaba la señora.
Llegaron a un pasillo donde había varias puertas, algunas viejas con el número borrado. Víctor
encontró la puerta, introdujo la llave, que entraba perfectamente y que gira, empujó la puerta.
Entraron en una recámara rectangular sin luz, llena de libros. En una mesa encontraron un cuaderno
de tapas negras, y Víctor reconoció la letra de su abuelo.
Capítulo dieciséis
El cuaderno no es de Miguel Hernández sino del abuelo de Víctor. Leen el cuaderno, la primera página
es una carta para Víctor de su abuelo, le dice que no fue feliz y que le quiere contar algunos recuerdos
suyos antes de morir y ya no poder (porque tiene Alzheimer). El cuaderno lo va a leer Víctor solo, pero
Clara guardará la llave del trastero para estar segura de que luego ella también podrá tener acceso al
libro de Miguel Hernández, si es que lo encuentran allá.
El abuelo de Víctor cuenta su historia dentro del cuaderno. Cuenta su infancia en Orihuela, trabajaba
en el campo con su padre, y no era especialmente bueno para los estudios, aun así, su padre aceptó
que fuera a la universidad. Miguel Hernández, quien vivía en el mismo pueblo, iba al colegio, y su padre
lo sacó del colegio para que fuera a guardar cabras, él, sin embargo, tenía un alto potencial. Conoció a
Miguel Hernández en un partido de futbol, por las calles del pueblo cuando tenía 8 años y el Miguel
Hernández 12. Aurelio Sánchez dejó muy pronto la escuela, dice que porque no era bueno y le aburría.
Se buscó un empleo con su padre. Por su lado, Miguel Hernández hubiera querido estudiar, pero su
padre no lo dejaba, así que leía y estudiaba cuando iba a guardar las cabras. Dice el abuelo de Víctor
que había visto primero que su amigo Miguel escondía un milagro.
Aurelio Sánchez tiene once años, y como ya no va a la escuela le van a buscar un trabajo en el
pueblo de al lado. Pero como no quiere, Miguel Hernández habló con el padre de su amigo
quien era el panadero del pueblo, y consiguió que lo contratara, aunque sólo tenía once años
y era muy pequeño. Aurelio Sánchez sabe perfectamente que se lo debe a Miguel Hernández.
Aurelio Sánchez cuenta que se enamoró de la hija del panadero, la hermana de su amigo
Carlos: se llamaba Josefina. Seguían jugando futbol de vez en cuando, y un chico, José Marín,
se convirtió en el mejor amigo de Miguel Hernández. La brecha entre sus amigos y el abuelo
de Víctor se fue cada vez mayor porque no era hombre de letras, mientras que sus amigos sí,
y al final y no podía seguir sus conversaciones, aunque quisiera. En 1925 el padre de Miguel
Hernández lo sacó del colegio; fue algo terrible para él. Seguía escribiendo versos, y empezó a
leerlos a sus amigos.
Un día, Miguel Hernández llegó y dijo que le habían publicado su primer poema. Aurelio
Sánchez supo que todo iba a cambiar. Ganó un premio y lo fue a recoger con sus amigos. José
Marín también empezó a escribir poemas. Pronto se da cuenta Aurelio de que José Marín y su
querida Josefina se gustaban, y que no iba a poder ganar su corazón; se puso muy triste. Como
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poeta, José Marín tomó el apodo de Ramón Sijé, que es su nombre con las letras en un orden
diferente.
Miguel Hernández quiere irse de Orihuela porque no tiene porvenir como poeta en ese pueblo;
quería irse a Alicante para hacer el servicio militar pero finalmente no podrá hacer el servicio
militar por excedente de cupo. Se pone muy triste porque pierde la oportunidad de irse de
Orihuela, porque no tiene dinero para irse solo a Madrid. Antonio Sánchez no cree que sea tan
bueno como para irse a Madrid con sus versos y para poder vivir de sus versos. No entiende lo
que quiere Miguel Hernández, ya es reconocido en Orihuela y por los alrededores. Finalmente,
Hernández consiguió irse a Madrid. Sus amigos lo ayudaron a encontrar el dinero que
necesitaba, Aurelio también, aunque no quería, porque estaba celoso, y porque no quería que
se fuera su amigo.
En 1931 se proclamó la República, y Aurelio Sánchez conoció a Raimundo Gómez, un cartero.
Era muy católico, entonces estaba en contra de la República, y se volvió un gran amigo de
Sánchez. Miguel Hernández le escribe a Carlos y a Ramón Sijé, pero no le escribe a Aurelio. No
le va tan bien en Madrid. Un fin de mes cuando recibió su salario, Aurelio le dio la mitad a
Carlos para que se lo mandara a Miguel a Madrid. Desde luego lo tuvieron al pendiente de
cómo iba la vida de poeta de Miguel en Madrid.
Capítulo diecinueve
Pedro: jefe de Aurelio, futuro amigo suyo, anarquista.
Aurelio Sánchez se trasladó a Madrid para ayudar a su amigo Miguel Hernández. Ayudaba a
Raimundo Gómez a repartir las cartas, para que le diera una propina y que pueda ahorrar para
irse. Raimundo le procuró un mapa de Madrid, y en muy poco tiempo Aurelio ya se conocía a
todas las calles de Madrid. Cuando está listo para irse, Aurelio se entera de que Miguel
Hernández regresa a Orihuela, sin dinero ni trabajo. Aurelio está contento, aunque esto cambie
sus planes. Cree que todo va a ser igual que antes, pero no. Aurelio sigue queriendo irse a
Madrid algún día.
Cuenta Aurelio Sánchez que las ideas revolucionarias de Miguel Hernández se acentuaron tras
su estancia en Madrid, que se volvió presidente de las Juventudes Socialistas, y una brecha
empezó a abrirse entre Miguel y los demás, sobre todo con Ramón Sijé que era muy católico,
al contrario de Miguel Hernández. Se escucha que queman iglesias, que hay asesinatos por
todo el país, y Raimundo está convencido de que es por culpa de la República que se había
proclamado en 1931. Aurelio no entra en esos conflictos, no le interesa la política, pero
Raimundo le dice que tarde o temprano tendrá que escoger un lado. Raimundo quería que se
inscribiese en la Falange. También quisieron entrar en contacto con él los amigos de las
Juventudes Socialistas de Miguel Hernández, pero Aurelio seguía sin saber. Más tarde se
inscribió en la Falange. Miguel Hernández publicó un libro que llegó a Orihuela, pero nadie
entendía nada, las palabras eran demasiado complicadas. Aurelio Sánchez está muy decidido
a mudarse a Madrid lo más pronto posible.
Aurelio cumplió diecinueve años. Miguel Hernández regresó a Madrid, se hicieron una foto los
cinco amigos juntos; Miguel, Aurelio, Josefina, Ramón y Carlos. Un mes después falleció la
madre de Aurelio. Se fue a Madrid, convencido de que no le quedaba nada en Orihuela, pues
ya no tenía familia allá. En el tren se entera de que no podrá dormir en la calle si no encuentra
un lugar donde dormir, porque los que se quedan por la calle durante la noche, con los tiempos
que corren se los mandan a la cárcel. Llegó por fin a Madrid, todo le va de maravilla. Se va a la
pensión donde se quedó Miguel Hernández la primera vez que fue a Madrid. Sabe dónde está
Miguel en Madrid, pero no quiere ir a verlo hasta que encuentre un trabajo. Pero no encuentra
trabajo, y empezó a pensar que tal vez era una locura sueño. Se le va acabando su dinero y tal
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vez ni se podrá quedar en Madrid si ya no tiene dinero para su estancia en la pensión. Se va
paseando por Madrid, por un mercado maravilloso. Pronto encuentra un anuncio: “se busca
aprendiz de chatarrero”. Un cierto Pedro lo aceptó en su negocio, que era el del anuncio. Tenía
ideas anarquistas este Pedro, y pertenecía a la CNT.
Aurelio va a ir a ver a Miguel, porque ya tiene trabajo. Al parecer empiezan a escuchar un poco
más a Miguel en Madrid, pero dice que aún hay mucha ignorancia en Madrid. Miguel no es
feliz en Madrid y extraña mucho a su novia Josefina (no a la hermana de Carlos, otra). Aurelio
acompañó a Miguel a una reunión de escritores, le gustó mucho. Al final, le gustaría seguir en
contacto con su amigo, pero Miguel no parece querer, le dice que anda de viaje o que está
muy ocupado. Aurelio piensa que se esconde para no encontrárselo, y que ya no quiere saber
nada de él en su nueva vida en Madrid. Poco a poco, Aurelio tiene las ganas de convertirse
también en un poeta, sabe que tendrá que leer mucho antes de escribir, pero se da cuenta,
más tarde, de que nunca ha sido un poeta, como lo hubiera querido…
Capítulo veintitrés
Doña Cayetana: rica que vive en el barrio de la chatarrería, es fascista.
Un día al salir de misa, Aurelio vio a una mujer que le pareció hermosa: era doña Cayetana.
Empezó a escribirle versos. Un día que la seguía lo vio y le preguntó cómo se llamaba. Le dijo
que no contara a nadie que se habían hablado. Se volvieron a hablar meses después y le dijo
la mujer que cuando necesitara hablar con él se quitaría un guante y sólo tendría que seguirla.
Aurelio escribe poemas para ella, y los quiere enseñar a Miguel. Lo encuentra en su casa, van
a pasear, ya gana mucho más dinero ayudando en la redacción de una enciclopedia sobre
toros. Según Miguel, en Orihuela, Ramón Fijé ha fundado una revista que se llama Gallo Crisis.
Aurelio le cuenta a Miguel que Raimundo se ha inscrito en la Falange, lo que no le gusta a
Miguel. Cuando se encuentran a la salida de una corrida, Aurelio ve a la mujer que le gusta,
pero está con un comandante del Ejército. Muy triste regresó a su pensión, y solo volvió a ver
a Miguel unos meses después. Cuando lo fue a ver a su trabajo en la chatarrería, Miguel tenía
una mala noticia.
La situación era mala en Madrid; mucho paro, huelgas y violencia. Su jefe, Pedro, le sigue
hablando de revolución. Vuelve a ver a la doña Cayetana. Ésta le dice que sabe que en la
chatarrería se reúnen unos anarquistas, con Pedro obviamente. Cayetana le dice que quiere
que Aurelio acuda a una de esas reuniones y que quiere los nombres. Seguramente es una
infiltrada de la Falange. Dice Aurelio que lo hará, porqué está enamorado de ella. Cuando se
presentó la próxima reunión, Aurelio se quedó en el trabajo para poder escuchar lo que se
decía, hasta tuvo permiso para quedarse por la noche a dormir. Le cuenta todo a doña
Cayetena, y le dice que lo volverá a hacer con las próximas reuniones. Dice que volvió a
escuchar todas las reuniones de los anarquistas en su trabajo, se quedaba cada vez más, y
admite que abusó de la confianza de Pedro, que nunca dudó de su buen fondo.
El 26 de diciembre apareció Miguel por el trabajo de Aurelio, lloraba. Le cuenta que ha muerto
Ramón Sijé. También Aurelio se puso a llorar. Cuenta Miguel que las últimas veces que vio a
Ramón en Orihuela, se pelearon, porque Ramón seguía siendo muy católico, y porque Miguel
le echaba la culpa a su pueblo de lo que le había ocurrido. Se separaron, y regresaron a su
domicilio cada uno. Le preguntó Miguel a Aurelio: ¿Dónde nos llevan los sueños?
La guerra empezó en 1936. Aurelio fue a ver a Miguel, quien estaba muy contento porque un
libro suyo acababa de ser publicado. Quiere que Miguel lea sus poemas, pero otra vez dice que
tiene una cita. Aurelio no lo quiere soltar y lo sigue hasta el café de su cita. Lo presentó a sus
amigos de la cita, y quiso considerarse como un poeta como ellos… Desafortunadamente no
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lo era… Quiso leer unos poemas suyos, pero Miguel le gritó que lo dejara, llamándolo chino…
Dolido, salió del café sin despedirse, odiaba a Miguel, su éxito, su amistad pasada, el día en el
que lo llevó a la panadería de Carlos para encontrarle trabajo cuando tenía once años. Volvió
a ver a Miguel solamente cinco años después, no lo quería ver, tampoco quería reconciliarse
con él. Dice que el odio incrustado dentro de la piel de cada uno durante la guerra le impidió
hasta considerarlo.
Aurelio vuelve a ver a doña Cayetena, le dice que se va a ir al campo y dice que quiere que
Aurelio cuide de su casa en su ausencia. Está muy nerviosa.
Aurelio admite dos errores suyos: haber guardado el rencor hacia Miguel tanto tiempo, y haber
seguido un consejo de la doña Cayetena que le decía que siempre tenía que mantener la
cabeza muy alta, y no humillarse ante nadie. Dice que nunca la volvió a ver, y que se fue dos
días antes de la sublevación militar contra la República. El tercer desastre que cuenta Aurelio
ocurrió el 18 de julio.
Primer desastre: la muerte de Ramón Sijé
Segundo desastre: pelea y rencor hacia Miguel
Tercer desastre: la sublevación militar
Capítulo veintiséis
Manuel: miliciano que vive en el mismo barrio que Pedro y Aurelio, conoció a Miguel en el Quinto
Regimiento.
Cuenta que tenía muchísimo miedo a la guerra, y que todos los que nacieron para conocer esa
guerra nacieron baja mala luna. Los asesinatos de Castillo y de Calvo Sotelo incendiaron la
mecha, y el 18 de julio de 1936 se sublevaron los militares. Pedro se lo dijo a Aurelio, quien al
principio no entendió lo que significaba. Aurelio se instaló definitivamente en la chatarrería.
Unos días después, los enfrentamientos ideológicos se habían convertido en una guerra
abierta. Un día vio que estaban quemando la iglesia de San Cayetano, frente a la chatarrería.
Pedro, el jefe de Aurelio, le dice que solo le da pena por el arquitecto de la iglesia.
Aurelio entró por fin en la casa de doña Cayetena, y vio que se había llevado todas sus cosas
de valor, así que sabía lo que iba a ocurrir (además se fue dos días antes de levantamiento
militar). Se fue a pasar mucho tiempo en esa casa, se convirtió en su refugio, soñaba que la
guerra se acababa y que la mujer regresaba con él. Durante los años de la guerra, cuenta que
descubrió el placer de la lectura, porque encontró un libro en el que el autor situaba su historia
en un Madrid donde no había guerra y que Aurelio reconocía. Pero un día de noviembre
vinieron unas patrullas a comprobar quien estaba en la casa, había cuatro milicianos ante él,
entre ellos una mujer. Le dijeron que se identificara, y vinieron para llevarse cosas que
necesitaban. La mujer le dice que es la casa de unos fascistas.
Aurelio tenía mucho miedo, y sobre todo miedo a morir solo. Seguía viviendo con Pedro, quien
lo tranquilizaba un poco. Cuenta que los bombardeos lo destruían todo. Poco a poco Aurelio
se llevó libros de la casa de Cayetena para leer en la chatarrería, quemaron algunos con Pedro
para hacer fuego. Pronto prestaron la chatarrería a la República y trabajaron para ellos.
Cuenta que el primer año Pedro y él no pasaron hambre, pero que el segundo año de guerra
sí. Dice que no quiso saber nada de Miguel durante toda la guerra, pero alguien vino a
recordárselo. Un día llegó un miliciano que preguntó por él. Era Manuel, uno de los
milicianos que lo encontraron en la casa de Cayetena. Le dice que ha conocido a un amigo de
Aurelio que le manda saludos. Se trata de Miguel, quien como Manuel se ha alistado en el
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Quinto Regimiento. Cuenta que Miguel sigue escribiendo versos y que algún día le traerá
algunos. Aurelio le dice a Manuel que, si ve a Miguel, solo le diga que está bien. Es todo lo
que quería decirle. Pero no sabe si se lo dijo, Manuel murió algunos meses después en las
trincheras. Miguel se convirtió en el “poeta de la revolución”.
Se sigue sin saber de qué lado está Aurelio…
Capítulo veintisiete
Aurelio quiere que se acabe la guerra. Pedro está seguro de que lo que seguirá a la guerra aún
será peor que lo que están viviendo. Se derrumbó cuando los ministros se escondieron en la
URSS. Saben que Madrid va a caer en manos de Franco. Se va a mudar un tiempo a la casa de
doña Cayetana, piensa que, si la República pierde, ella va a regresar, porque es fascista. Al
tercer día en el piso de la doña, Aurelio ya no tenía nada de comer, pero no se atrevía a salir a
la calle. Un militar lo encontró desmayado en el piso. Le dijo el militar que ya no debía
preocuparse, que lo mandaba doña Cayetena. Aurelio dijo que había cuidado como podía la
casa, como se lo había prometido a doña Cayetena, y el militar le dice que va a tener la
recompensa que le ha prometido doña Cayetena, podrá empezar una nueva vida en la España
de Franco. El militar tiene unos papeles para Aurelio: son los documentos de las propiedades
de la chatarrería, y del piso de arriba. Pedro ha sido detenido y condenado… Pedro nunca salió
de la cárcel. Aurelio se queda con la chatarrería, podría ir a la cárcel con Pedro, por haber sido
su ayudante de trabajo. Lo más importante: el militar entregó a Aurelio unos papeles de
afiliación a la Falange. Ya formaba parte Aurelio del partido, y tenía que ponerse la camisa azul.
El militar se despidió, y por primera vez en su vida Aurelio contestó con el saludo franquista,
el brazo levantado al aire. Ahora sí había elegido un bando.
Capítulo veintiocho
Diego Ibáñez: falangista.
Aurelio se instala en la chatarrería. Dice que no tiene ningún remordimiento, aunque sepa que
los huesos de Pedro están en una fosa común (¿consciencia?). Se va a la dirección que está
inscrita en sus nuevos papeles de identidad que le había entregado el militar; conoce a Diego
Ibáñez, otro falangista. Le dice que le van a comprar su chatarrería y que les va a ayudar a
expurgar bibliotecas, osea les va a ayudar a destruir los libros “peligrosos” (que van en contra
del régimen). Aurelio escribe que la idea no le desagradaba. Al contrario, Ibáñez no le quiso
decir dónde se encontraba doña Cayetana. Aurelio también admite que la posguerra no fue
difícil para él, aunque no deja de decir que los vencedores lo acogieron como a uno de los
suyos (significa que no fue él quien se fue con ellos), y que lo inscribieron en el partido sin
preguntarle nada.
Madrid se había convertido en una ciudad totalmente diferente. Ahora Aurelio desconfiaba de
todos incluso de las mujeres con quienes salía, pensaba que venían por su dinero, así que no
llegó a tener ninguna verdadera relación de compromiso con ninguna mujer. De los libros que
tenía que quemar con su equipo, se alegró al ver que los libros de Miguel Hernández se
encontraban en la lista. Un día, Diego Ibáñez le preguntó que si Miguel Hernández era amigo
suyo. Le dice que está en la cárcel de Ocaña, pero Aurelio hace como si no le interesara. Se
alegraba de que estuviera allá. Pero luego le dice Ibáñez que tiene que ir a verlo para
convencerlo de que escriba para la Falange. Dice que irá al día siguiente. Aurelio también
escribió para algunas revistas de la Falange, pero dice que nunca llegó a ser del mismo valor
que los versos de Miguel Hernández.
Capítulo veintinueve
Clémence Botterman
Aurelio se va a visitar a Miguel Hernández a la cárcel, y casi no lo reconoció. Se cuentan cómo
pasaron la guerra, y dice Aurelio que sigue en la chatarrería. Miguel dice que su mujer y su hijo
viven en una gran pobreza. Le dice adonde lo han traído sus versos. Entonces Aurelio le dice
que podría escribir para ellos (para no decir nosotros), pero Miguel le dijo que sus ideas no
iban a cambiar, aunque lo matasen lejos de su tierra. Le dice a Aurelio que lo tiene que ayudar,
que tiene que ir a ver a Neruda, que es cónsul de Chile, y a Cossío, que escribe la enciclopedia
de los toros. Ellos tienen buenas relaciones y dice Miguel que lo podrán sacar de allá sin
problemas. También dice que quisiera que lo trasladaran a Alicante, y que le trajera papel y un
lápiz para escribir. Solamente le llevó el cuaderno de tapas que conocemos, no quiso
interceder por él ante nadie, no lo iba a ayudar. Le dijo que el cuaderno era negro, como su
suerte, y se despidió, sin mirarlo a la cara.
Capítulo treinta
Miguel Hernández muere. Aurelio trata de calmar su conciencia diciéndose que de todas
maneras ya estaba enfermo y que no podía hacer nada para él. Al día siguiente de su muerte
dice que se sirvió de sus relaciones para entrar en la celda de Miguel y recuperar el cuaderno
de tapas. Dijo que así esos versos iban a ser suyos, pero era sin contar con el otro preso de la
celda de Miguel, quien era precisamente el abuelo de Clara, José Castillo. Aurelio escondió el
cuaderno bajo su camisa. José Castillo se levantó y le gritó que qué iba a hacer con ese
cuaderno. José sabía quién era Aurelio, seguramente le había contado Miguel. Cuenta que
después de ese episodio de la cárcel, siguió oyendo por muchas noches, durante sus sueños,
los gritos de José Castillo.
Víctor deja de leer, sabe perfectamente que el compañero de celda de Miguel Hernández era el abuelo
de Clara. Entonces también se da cuenta de que Clara no le ha contado todo lo que le ha dicho su
abuelo, que lo ha utilizado para ganarse su confianza y también para poder encontrar el cuaderno. Ya
no confía en la palabra de su amiga, está seguro de que se quedará el cuaderno para ella sola. Siguió
leyendo.
Aurelio pensaba que nunca volvería a ver a José Castillo, pero se equivocó. Un año más tarde,
Diego Ibáñez le ofreció un piso en Orihuela, porque también necesitaba a alguien allá para sus
negocios. Cuando regresó, dijo que nada había cambiado, pero que se sintió extranjero, y que
ya no conocía a nadie. Quiso saber si Raimundo, que había ingresado en la Falange, seguía allá.
Y sí, seguía en la oficina de Correos. Raimundo le dijo que había dejado la Falange cuando se
dio cuenta de que usaban métodos poco católicos para imponer sus ideas. Dice también que
está haciendo cuentas para mudarse a Madrid, porque ha heredado una casa allá, pero le pide
a Aurelio si puede revisar la gran biblioteca que está en el piso y llevarse los libros que puedan
ser molestos, para que no tenga problemas. Aurelio acepta, según él es una maravillosa
biblioteca. Quemó casi todos los libros de poesía. Encontró uno de Miguel Hernández, Viento
del Pueblo, lo hojeó, y ocurrió que su poesía le hablaba. Se puso a llorar y se mordió el puño
de rabia. Echó el libro con los demás para quemar.
Cuando Aurelio se estaba mudando a Orihuela, vino a verlo José Castillo, recién salido de la
cárcel. Le preguntó por el libro, lo trató de ladrón, pero Aurelio le dice que de todas maneras
nadie lo va a creer porque él es un alto cargo de la Falange y José un recién salido de la cárcel.
Como sabía que iba a perder, Castillo se fue. Finalmente regresó rápido a Madrid porque no
quería encontrarse a diario con ese hombre de José Castillo. Sin embargo, guardó el piso allá
en Orihuela, pero regresó pocas veces. Dice que no se instaló allá porque los recuerdos de los
otros no lo hubieran dejado vivir en paz. Explica que, al año, vendió la casa, y uno de los dos
trasteros que tenía. Guardó uno donde dejó todos sus libros que de vez en cuando venía a ver,
Clémence Botterman
porque era demasiado peligroso tener esos libros en su domicilio de Madrid. Nunca se los
había llevado a Alicante, donde estuvo viviendo, después de la dictadura.
Capítulo treinta y uno
De regreso a Madrid, Aurelio cuenta que también Raimundo se fue a instalar allá. Sigue
trabajando para Diego Ibáñez, pero no son amigos. A finales de los años cincuenta, Ibáñez le
dijo a Aurelio que le serviría más ayuda en Alicante que en Madrid, y lo mandó a Alicante. Se
alegró mucho Aurelio porque quería comenzar una vida nueva donde nadie lo conociera. Le
dijo entonces Ibáñez que para empezar su nueva vida debería cambiar de nombre por ejemplo
ponerse un nombre compuesto, poniendo un guión entre los dos apellidos, que se vería menos
dudoso y más noble. Aurelio aceptó, se iba a llamar Sánchez-Macías.
Una vez en Alicante decidió que tenía bastante dinero para casarse. Buscó una chica de familia
notable y conoció a Pura Salvador, quien medía unos 10 centímetros más que él. Siguió
buscándola, pero se daba cuenta de que no le interesaba. Pero Pura tenía una amiga que
parecía interesada en Aurelio. Se llamaba Consuelo Álvarez. Consuelo le cuenta que su amiga,
Pura, no está interesada porque está en pareja con otro, y están muy enamorados. Le molesta
a Aurelio, y le dice que le va a pagar su desprecio. Un año después, se casó Pura con su novio,
que era músico. Asistieron a la boda, Consuelo y Aurelio, de novios. Se citaron varias veces
Consuelo y Aurelio, él quería que Pura viera lo que perdió. Primero empezó a andar con ella
por orgullo, para que los viera Pura, pero poco a poco se fue enamorando de Consuelo, la llevó
a París y la cubrió de joyas. Se casaron, y Pura vino a su boda con su esposo músico. Explica
Aurelio que estaba seguro de haber nacido en buena luna, y de que nunca se había merecido
a su mujer a una mujer como la suya.
Capítulo treinta y dos
Cuenta Aurelio entonces el día de su boda con Consuelo. Dice estar seguro de haber visto a lo
lejos a José Castillo, quien lo estaba viendo con los mismos ojos que lo miró el episodio de la
cárcel. Dice haber oído ese día que el pasado lo iba a perseguir y que iba a ser inútil esconderse
de él. El abuelo de Clara recordaba el episodio de su vida que más deseaba olvidar. Aurelio dice
saber que José Castillo le sobrevivirá para poder revelarle al mundo su delito.
Después de la dictadura, Castillo apareció de improviso en la casa de Aurelio. Ya hemos visto
el episodio, fue a decirle que le entregue el cuaderno a la viuda de Miguel Hernández. Durante
años confiesa haber tenido miedo a que vengan por él abogados y familiares de Miguel. Nunca
pasó, pero Aurelio siempre estuvo nervioso por eso.
Diez años después, se volvieron a encontrar por última vez Aurelio y José Castillo. Había
muerto la viuda de Hernández, y su hijo también, tres años antes. Fue a amenazar a Castillo,
diciéndole que, si publicaba ahora que nadie podía reclamarle nada, lo vendría a matar.
Entonces por miedo, dijo Aurelio que el cuaderno estaba vacío, que no había ni un verso. José
le dijo que si era mentira lo pagaría.
A partir de esos días su mujer Consuelo enfermó, y Aurelio no pudo hacer nada, tampoco los
médicos, y Aurelio se volvió un viejito amargado. Cuenta que su enfrentamiento con su hijo se
fue empeorando con la enfermedad de su mujer. Trataba a su hijo con desprecio porque
pensaba que no se preocupaba por la enfermedad de su madre.
Aurelio dice haber convertido a su hijo en una sucursal de sus defectos. Le enseñó a ver los
defectos de los demás y a usarlos contra ellos, y a pensar que era superior a los que le
rodeaban. Cuando se dio cuenta Aurelio, ya era demasiado tarde: su hijo estaba convencido
de ser más importante que los demás. Además, dice que tiene poca cultura, que lee poco y
Clémence Botterman
sólo lo que está de moda. Dice que le entristece que su hijo se le pareciera tanto y hubiera
preferido que pareciera a su mujer, una mujer tan extraordinaria. Pero dice que el único
responsable es él. Aconseja a Víctor que intente entender a su padre y llevarse bien con él,
porque será mucho más feliz así.
Finalmente habla del cuaderno que fue a buscar a la celda de Hernández. Dice que lo
consideraba su amigo pero que él no fue capaz de ser. Primero tenía rabia hacia Hernández
porque había sido más listo que él, y luego Aurelio dice haber sentido arrepentimiento, por el
hombre que veía en cada rincón de su ciudad y de su conciencia.
Al final, le pregunta Aurelio a Víctor si ha leído La carta robada de Edgar Allan Poe, le pregunta
dónde escondería un libro para que nadie lo encontrara, donde ocultaría un libro para que
pasase desapercibido, y qué haría con un cuaderno para que nadie pudiera identificarlo.
Capítulo treinta y tres
Se acaba el relato del abuelo de Víctor. Víctor ya no quiere compartir nada con Clara porque el abuelo
de Clara persiguió a su abuelo toda su vida. Víctor acepta que el comportamiento de su abuelo con
Miguel Hernández es una vergüenza. Al día siguiente, Víctor no fue al colegio. Volvió a leer lo que había
escrito su abuelo en el cuaderno, pero sigue sin entender, y está seguro de que su abuelo era alguien
bueno ya que había merecido el amor y cariño de su amigo Raimundo Gómez y de una mujer tan buena
como su abuela.
Capítulo treinta y cuatro
Clara tampoco fue a la escuela al día siguiente, pero se fue de casa con una linterna. Se fue al trastero
del abuelo de Víctor. Clara se preguntaba lo mismo que Víctor; que si se merece el otro recoger el fruto
del cuaderno escondido. Clara regresó a la casa, subió al trastero, y entró: empezó a hojear todos los
libros por si acaso encontraba algo escondido entre las páginas. Encontró entre todos los libros el
Viento del Pueblo de Miguel Hernández. Leyó algunos versos y le encantaron, era como si le hablaran
a ella específicamente. Puso ese libro aparte, pero antes de llevárselo quería enseñárselo a Víctor.
Acabó de repasar todos los libros, pero en el trastero Clara no encontró el cuaderno de tapas de Miguel
Hernández.
Capítulo treinta y cinco
Finalmente, Víctor no fue al colegio en todo el día. Ya no quería que Clara tocara el cuaderno. Al día
siguiente, Víctor va a clase y le dice su amigo que Clara tampoco vino al día anterior. Cuando se hablan,
Víctor le dice a Clara que está seguro de que estaba en el trastero el día anterior, ya no confía en ella
y está seguro de que ha encontrado el cuaderno. Clara no entiende muy bien por qué su amigo está
tan enojado con ella. Se van a ver a las seis de la tarde.
Víctor no confía en Clara y está seguro de que si no encuentra el cuaderno de Miguel Hernández en el
trastero de su abuelo será porque se lo habrá llevado Clara sin decírselo. Pero Víctor sabe que Clara le
ha escondido cosas que le contaba su abuelo, así que ahora Clara entiende por qué está enfadado
Víctor y ella ya no tiene argumetos para defenderse. Clara se puso a llorar porque Víctor ya no quería
ser su amigo. Están muy tristes ambos, porque quieren confiar en el otro, pero sienten que ahora ya
no pueden, Víctor no quiere perder en absoluto la amistad de Clara. Finalmente, Clara se va de la casa
de Víctor con fotocopias del cuaderno del abuelo Sánchez-Macías, se lo va a leer y luego romperá la
copia en cuanto la haya leído.
Clémence Botterman
Capítulo treinta y seis
Clara no sabe de qué tratar al abuelo de Víctor, le parece un ser despreciable capaz de dejar morir a
un amigo suyo. Ante el libro Viento del Pueblo, descubre Clara que Aurelio Sánchez se sintió como ella
se sintió, como frente a un espejo. Luego Clara ya tampoco confía en Víctor, piensa que tal vez no le
ha fotocopiado todo el cuaderno de su abuelo, y que el último párrafo de preguntas que leyó ella tal
vez no era el último verdadero párrafo. Clara salió de su casa y fue hasta la casa de Víctor, quería saber
enseguida si le escondía algo. Le explica al muchacho que piensa no haber leído todo. Se molesta de
que Clara pueda dudar de él, pero ella le recuerda que él primero dudó de ella. Entonces Víctor le
prestó Víctor el cuaderno a Clara, lo miró, y vio que una hoja había sido arrancada. Entonces se acordó
de algo que había dicho su abuelo, y Clara dijo que ése era el cuaderno de Miguel Hernández, el que
tenían entre sus manos. Miguel Hernández había arrancado los versos de su cuaderno antes de que lo
llevaran de la cárcel a la enfermería. Como Víctor no lo cree, Clara le explica que al final el poeta
entendió que Aurelio Sánchez no era su amigo sino un traidor y que ya no confiaba en él, así que antes
de que lo trasladaran a la enfermería arrancó él mismo las hojas porque sabía que Aurelio iba a ir por
el cuaderno una vez él muerto. Si Aurelio contó como realmente ocurrió, es porque era demasiado
orgulloso para reconocer que el poeta ya no confiaba en él. Pero Víctor sintió que Clara acusaba e
insultaba a su abuelo, y no se lo permitió. No la creyó, se pelearon y Clara se fue.
Clara tardó varios días en contar ese episodio a su abuelo, quien se veía más débil que la semana
anterior. Le cuenta lo del trastero, lo de la llave, y lo del cuaderno del abuelo de Víctor, que también
ella pudo leer. Entonces, el abuelo de Clara le dijo que solo le contara lo que tuviera que saber él.
Capítulo treinta y siete
Víctor y su madre van a regresar a Alicante. Víctor no está tan contento como lo hubiera estado varios
meses antes. Seguía sin hablar con Clara, todavía sentía rencor, no le perdonaba sus palabras ni sus
mentiras. El cariño que Víctor sentía por Clara era mayor que su rencor. Cuando le anunció su madre
el regreso a Alicante Víctor solo se despidió de sus amigos, pero no de Clara. Aunque se haya ido de
viaje con su padre el verano antes de regresar a Alicante, Víctor no había encontrado el momento de
hablarle del cuaderno de su abuelo.
Ya instalado en Alicante, Víctor recibió una carta de Clara, de Orihuela obviamente; no sabía cómo
tenía su dirección. Le cuenta que su abuelo había muerto hacía dos semanas, y que cuando ocurrió lo
echó de menos. Le cuenta también que su abuelo la ayudó a encontrar una solución a su pelea, que le
dijo que tal vez se equivocaban sobre Aurelio Sánchez.
Cuenta que entonces buscó a alguien que conoció a Aurelio Sánchez; como no encontró a Raimundo
Gómez en Orihuela, se fue a Benferri con un amigo que tiene una casa allá, en búsqueda de Raimundo.
Y la abuela de su amigo lo conocía, era el bisabuelo de un amigo de Quique, el amigo de Clara.
Desafortunadamente falleció Raimundo, pero su hija Carmen, abuela del amigo de Quique, sabía
cosas. Carmen conocía perfectamente al abuelo de Víctor, era la hija de Raimundo quien acudía con
éste a la chatarrería a veces los domingos a la que Aurelio encontraba guapa. Entonces la viejita
Carmen le cuenta a Clara que nunca olvidarán lo que el abuelo Aurelio hizo por ellos: sacó a la esposa
de Raimundo cuando la mandaron a la cárcel por estraperlo. Y según Carmen no fue la única persona
a la que Aurelio sacó de la cárcel a partir del año 1942.
Clara sigue contando en su carta, le escribe a Víctor que después del entierro de su abuelo encontraron
en su mesilla un sobre con el nombre de Clara escrito. Dentro había una hoja que venía del cuaderno
de Miguel Hernández, una hoja que el poeta mismo había arrancado porque había escrito en ella un
poema para que José Castillo lo leyera a su amor Aurora, quien extrañaba en la cárcel. Se lo había dado
antes de que Aurelio viniera a recuperar el cuaderno.
Clémence Botterman
Clara acabó su carta, el poema está dentro de un mini sobre. Se lo mandó a Víctor, Clara sabía que iba
a regresar a Orihuela para devolvérselo, y sabía que así su amistad duraría para siempre. Víctor está
muy agradecido. El título del poema, de Miguel, para José hacia Aurora, se llamaba “Ausencia de
Aurora”.
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Resumen .Mala Luna, de Rosa Huertas