La comedia humana de Balzac

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LUNES 17 DE MAYO DE 2004 | EL SIGLO DE DURANGO | 6B
“Me han criticado
mucho mis paisanos
porque cuento
mentiras... Y así es.
Para mí lo primordial
es la imaginación”.
JUAN RULFO
LUNES DE CULTURA
EUTERPE
Y SUS AMANTES
POR
MARCO ANTONIO
ALVARADO
Recuerdo con nitidez aquel disco que mi hermano
Alfonso guardaba con celo extremo. Impecablemente bien conservado, de inmediato llamó mi
atención esa preciada pieza de su colección de LPS.
Su portada, una fina ilustración de un paisaje
melancólico y triste en tonos sepia; la iluminación cenital mostraba texturas que remitían a un
sentimiento de soledad y reflexión. Con una delicada y translúcida tipografía se leía: “The
Moody Blues... Seventh Sojourn”.
Producido en 1972, era la madurez absoluta de
este grupo inglés mejor conocido por su tema
“Nights in white satin” (por cierto, número uno en
su tiempo y una de las canciones más bellas de la
música pop), que con su elegancia ayudó a forjar el
sinfonismo pop en 1967, con “Days of future passed”, álbum que amalgamaba las sensibles baladas de Justin Hayward con acompañamiento de
orquesta sinfónica. Dedicado a describir las fases
de todo un día, inauguraba también el término de
álbum conceptual. Misma línea que siguieron con
“In search of the lost chord”, donde exploran el
misticismo y la búsqueda por la “verdad” o “la luz”.
En 1968, los Moody son más pretenciosos,
pues llegan a ejecutar hasta 50 instrumentos,
aprovechando los albores de las nuevas técnicas
de grabación, donde sus temas se confeccionan con
múltiples capas instrumentales, donde predomina
el uso del melotrón, dominado con maestría por
Mike Pinder, que aportaba sonidos orquestales de
cuerdas y viento, así como atmósferas etéreas y
misteriosas, bien evidentes en “On the threshold
of a dream”, otra propuesta conceptual donde se
explora un sueño en toda su extensión.
Paralelamente a la complejidad de sus álbumes, se extraen cautivadoras baladas como
“Never comes the day” y “Watching and waiting”, de Hayward.
Continúan los consistentes “To our children’s
children’s children” y “Question of balance”, de
1970. El bellísimo “Every good boy deserves a
favour”, con sus cuentos de hadas, fábulas y canciones de cuna, es la antesala de “Seventh sojourn” publicado en 1972.
Siguiendo el estilo característico de ir bordando tema a tema sus producciones, prácticamente sin respiro, se consolida paso a paso una
obra maestra: la incertidumbre de “Lost in a lost
world”, que da paso a la calidez de “New horizons”, cuyos suaves acordes emanan de la guitarra de Hayward, y nos transporta a un lugar
donde se unen dos almas en una de las más soberbias canciones de su repertorio.
“For my lady” es el homenaje que dignifica a
la mujer, enalteciendo su presencia en una historia de proporciones épicas escrita por Ray Thomas, que añade toneladas de flautas en este tema
de corte medieval. Pero el que se lleva las palmas
es “Isn’t life strange”, del bajista John Lodge. Es
una reflexión sobre la vida y los giros que ofrece.
La belleza de “The land of make believe” es una
declaración de amor con sus abstractas visiones
de un lugar fantástico. Como brillante cierre, “I’m
just a singer in a rock and roll band”, con la mejor
ejecución del baterista Graeme Edge.
Después del gran logro de “La séptima estancia”, llegaría material nuevo hasta 1978, con
“Octave”, que sería la última colaboración de
Pinder. Hasta 1981, volverían a emprender el
vuelo con el magnífico “Long distance voyager”,
que sería su último gran álbum.
“Present”, “Sur la mer” y “The other side of
life” vendrían a ser un abandono del estilo y el
espíritu Moody Blues, donde predominan baladas y temas cortos más orientados al pop. Ya sin
concepto, sólo simples canciones bien hechas.
Resurgiría alguna esperanza con “Keys of the
kingdom”, de 1991, donde Lodge sorprende con
la sublime canción “Lean on me”. “Strange times” es una bella colección de baladas producidas por el italiano Danilo Madonia, que moderniza su sonido con loops, secuenciadores y sintetizadores. Estupenda producción, pero ya sin relieve alguno. “December”, del año pasado, refleja el invierno de su brillante carrera. Ya los
Moody Blues no volverán a ser los mismos. Después de 37 años es comprensible.
Precursores del rock progresivo, definieron
las reglas a seguir: temas largos o en secciones,
cambios de ritmo, uso de elementos de orquesta,
letras cósmicas... Sus primeras siete producciones son consideradas obras maestras por su
complejidad y manufactura.
Musicalmente, la obra de Moody Blues es una
de las paginas más bellas del rock, y “Seventh sojourn” es la obra máxima de su madurez musical.
Yo también guardo con celo mi copia de este tesoro.
Llegaron
de Comala
Nostalgia
de Juan
Rulfo
Gabriel García Márquez
Juan L. Simental
Ilustración: Abiu Santaella |
EL SIGLO DE DURANGO
A veces los muertos se vienen a la vida, se hastían
de tanto silencio y de dar vueltas y vueltas en la
tumba, con el sueño ido y las ansias de andar vivos
y terminar algunos pendientes, o asomarse a sus
casas y ver los retratos y hurgar en la cara de
los hombres nuevos.
Los muertos vuelven de Comala, donde
el tiempo es una ilusión en desuso y vivir
es mirar siempre a los lejos, con la voz olvidada y los recuerdos como un sino irremediable. Por eso los idos se regresan a
penar con las palabras que les faltaron o
las obsesiones que ni cuando se está
muerto acaban. Todos retornan, de
vez en cuando se sientan en los
parques a ver a los muchachos
que andan de pinta o a las parejas que
creen que el amor es para siempre;
otros se van a las calles y meten la nariz en los aparadores, y hacen que el
pan se caiga nomás porque sí o las rosas ya no huelan como antes; algunos
buscan el silencio de acá, donde de
vez en cuando se oye una garza,
un grito o un rezo, donde el aire murmura palabras que alguna vez fueron queridas...
-Buenos días, señor- dice
el hombre de traje y
sombrero, con su cara
amable y sus ojos tristes, como si llevara algunas muertes por
dentro.
-Buenos días- responde el otro, metido en una extraña bata que le llega a los pies.
El recién llegado se acomoda bajo la sombra del
gran pirul que cobija la banca del otro y la cantera de
aquel lugar apacible, donde el vientecillo fresco de la
mañana hace una tregua con el calor que ya se adivina para ese día de mayo.
-Vengo aquí una vez al año, una sola vez y siempre este día... Es mi cumpleaños, ¿sabe?, aunque hace tiempo dejé la costumbre de celebrar el nacimiento, pues
nacer pudo haber sido ayer o mañana, pero la muerte es una cita a la que no se puede faltar cuando es
propicio- dijo el recién llegado.
-Así es, además, nacer es cualquier cosa, vivir es lo
que cuenta. Al final es el género de muerte lo que
hace digno o vergonzoso el nombre de los muertosasegura el de la bata.
-Es posible, aunque hay muertes circunstanciales,
donde la gloria o la mala fama son parte de la suerte de haber acabado la vida cuando la intención era
andar por ahí un rato más. No lo sabré yo que vi la
muerte, ¡tanta muerte!, desde muy temprano...
-Pero hay otras formas de hacerle al muerto, por
ejemplo el olvido. Yo también he sabido de ese andar
penando por la vida, con el nombre proscrito, lejos de
los abrazos y de los cariños- respondió el hombre de
los cabellos revueltos.
-Es triste, pero es la vida, y la vida es una suerte fa-
tal. Por eso, el que le agarra aprecio a sus cosas y a la
gente siempre regresa; la verdadera muerte es el olvido, pero el olvidado se resiste, entonces vuelve pero los otros sellan la memoria con flores que dejan sobre su lápida y luego se van a sus quehaceres- agregó el hombre del traje, con una astilla entre los dientes y la mirada en la tierra.
-Eso es la comedia humana, donde hay de todo: el
amor que se niega o se entrega a destiempo, el miedo
al ridículo, el hambre de la gloria jamás alcanzada, la
envidia, los bajos instintos con cara de virtud o la gracia en el tugurio... En actos distintos, todos somos
parte de la misma comedia. Unos cuantos son los protagonistas; los otros son segundones que sólo completan la escena. Por eso el consuelo es volver a veces...
-¡Lo malo es que cuando alguien nos ve pega de
alaridos! Luego, en lugar de Juan o Pedro, nos dicen espantos, espíritus chocarreros, ¡somos el diablo!- dice el trajeado ahogando una carcajada. Luego se quedan en silencio, dejando que una ráfaga
fresca se les escurra en las mejillas. El hombre de
la bata extraña cierra los ojos y alza la frente; el
otro se guarda una media risa y mira el cielo... “Es
la vida”, se escucha la voz.
... De modo que era ya un escritor con cinco libros clandestinos. Pero mi problema
no era ése, pues ni entonces
ni nunca había escrito para
ser famoso sino para que mis
amigos me quisieran más, y
eso creía haberlo conseguido.
Mi problema grande de novelista era que después de
aquellos libros me sentía metido en un callejón sin salida,
y estaba buscando por todos
lados una brecha para escapar. Conocía bien a los autores buenos y malos que hubieran podido enseñarme el
camino, y, sin embargo, me
sentía girando en círculos
concéntricos. No me consideraba agotado. Al contrario:
sentía que aún me quedaban
muchos libros pendientes,
pero no concebía un modo
convincente y poético de escribirlos. En ésas estaba,
cuando Álvaro Mutis subió a
grandes zancadas los siete pisos de mi casa con un paquete de libros, separó del montón el más pequeño y corto, y
me dijo muerto de risa:
-¡Lea esa vaina, carajo,
para que aprenda!- Era “Pedro Páramo”.
Aquella noche no pude
dormir mientras no terminé
la segunda lectura. Nunca,
desde la noche tremenda en
que leí la “Metamorfosis” de
Kafka en una lúgubre pensión de estudiantes de Bogotá -casi diez años atrás-, había sufrido una conmoción
semejante. Al día siguiente
leí “El llano en llamas”, y el
asombro permaneció intacto.
Mucho después, en la antesala de un consultorio, encontré una revista médica con
otra obra maestra desbalagada: “La herencia de Matilde Arcángel”. El resto de
aquel año no pude leer a ningún otro autor, porque todos
me parecían menores...
-Me voy- dice el de la bata-, debo andar y el día parece bueno... Por cierto, me llamo Balzac y en cuatro
días cumplo años también. ¿Cómo se llama usted?
-Juan, pero todos me dicen Rulfo, el apellido de mi
abuela. Dígame así, Rulfo y nada más...
LA MAMÁ
Luis Ángel Martínez Diez
Desde luego que debió haber sido impresionante
salir de entre las piernas de mi madre.
Pasar de su vientre a sus brazos.
En adelante siempre ha estado presente para afirmar
convencida
que soy un buen chico, que quiero el bien de todos.
Convencida, sonriente y llorosa.
Yo soy bueno con todo y lo malo que el mundo es.
Puedo matar a cualquiera, luchar fieramente por la vida,
ser mezquino o escribir poemas;
pero soy bueno, dice mi madre.
Yo también siempre digo que mi madre es una mujer
excelente.
Muchas horas paso pensando en lo que la haría feliz,
y no me adapto a la certeza de su muerte.
Ahora que lo pienso,
debe ser terrible
no tener quien afirme en todo momento
que eres bueno.
La comedia humana de Balzac
“Puede uno amar sin ser feliz;
puede uno ser feliz
sin amar; pero amar y ser feliz
es algo prodigioso”.
Honoré de Balzac
Juan Rulfo alcanzó la gloria con
una sola novela: “Pedro Páramo”;
Honoré de Balzac, “inventor de la
novela moderna”, escribió más de
100 en 15 años y las recopiló en
“La comedia humana”.
Su energía creativa es más
que significativa, aunque su vida
no fue el reflejo de su genio. Siem-
pre le dolió el olvido aparente de
su madre, eso tal vez acentuó su
aguda visión crítica sobre el comportamiento humano, que retrató
de manera franca y descarnada.
De su propia suerte, él mismo
habla:
“En cuanto fui echado al mundo, me dieron a criar en casa de un
gendarme, donde permanecí hasta
la edad de cuatro años, de los cuatro a los seis estuve a media pensión, y a los seis y medio se me envió a Vendôme, donde permanecí
hasta los 14 años... Cuando mi madre me llevó a vivir con ella, me hizo la vida tan dura que a los 18
años, en 1817, abandoné la casa
paterna y me instalé en un desván, en la calle Lesdiguières, de
París, llevando la vida que he descrito en ‘La piel de Zapa’...
“En más de una ocasión me
pregunté qué desgracia física o
moral me valía la frialdad de mi
madre, ¿era yo, acaso, el hijo del
deber, aquél cuyo nacimiento es
fortuito, o aquél cuya vida constituye un reproche continuo?”
“La resignación es un suicidio
cotidiano”, Balzac.
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