la bruja del jaizkibel

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EUSKAL-ERRIA
CUENTOS
LA
A
BRUJA
VASCOS
DEL
J AIZKIBEL
tarde llegó más contento que nunca Miguel. A la caída
de la tarde, en las horas dulces y melancólicas de aquel día bochornoso, cuando el viento agitando las ramas de los más elevados
árboles, producía un ruido extraño y misterioso; había visto en la
fuente a Catalina y le había ayudado a colocar la herrada sobre su gentil cabeza. Y aquella niña bondadosa y agradecida, habrá tenido para
él una significativa sonrisa, una mirada de sus ojos dulces y hermosos,
que penetró hasta el fondo de su corazón. ¡Y ella, ella fué también la
que le habló; la que charló gozosa mientras la acompañaba hasta salir
de la pradera. Luego, volvió su gracioso rostro y sonrió otra vez, saludándole con todo cariño!
¡Cómo había de olvidar todo esto Miguel! Fué un aire de paz, un
viento de dulzura y consuelo para su pobre corazón atribulado; entonces nació en él la alegría que siempre ansiaba; esa alegría a que aspiraba continuamente y que nunca sentía llegar sin que pudiera explicarse
por qué causa. ¡Cuánto había sufrido siempre! ¡Amigos, no los tenía, y
todos cuantos le veían, le saludaban con cara de lástima; algunos, llevados de un impulso compasivo, le consolaban, animándole a que viviera siempre resignado, pues en el cielo tendría sin duda la dicha que
merecía; como si aquí, en el mundo, estuviese fatalmente condenado
QUELLA
a ser infeliz! ¡Ah! un negro misterio pesaba sobre su vida y en vano
trataba de desentrañarlo!
REVISTA
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VASCONGADA
Su madre había muerto muy joven. Nunca pudo saber nada cierto
de ella; contaban que era muy hermosa, y que mientras vivió con su
marido en el bonito caserío de Olatza, era la persona más hacendosa y
buena de aquellos contornos. Pero un día llegó a aquellos lugares un
joven distinguido y altanero, llamado D. Pedro. Visitó varias veces
Olatza: Mari-Juana, perdidamente enamorada, se pasaba horas enteras
escuchándole, y le sonreía con agrado. Después contaban una espantosa historia: Mari-Juana había desaparecido con el joven, abandonando a su honrado esposo, que falleció de amargura, y a los pobres niños, que fueron recogidos por su tío Balerdi.
La nota de escándalo, terrible pero sugestiva, llegaba de cuando en
cuando a Pasajes. Ya se sabían varias de las correrías de los enamorados por diferentes poblaciones: Barcelona, Madrid, Zaragoza..... En
Madrid, brillaba la tal Mari-Juana, y un joven de Rentería que estudiaba Derecho en la corte, contaba a los vecinos haberla visto en varios teatros, siempre en compañía de aquel D. Pedro.....
Los últimos años de su vida, ya vieja y abandonada, vino a pasarlos en su aldea. Nadie la recibió: todos la injuriaron y despreciaron,
pero ella se vengaba maldiciéndolos terriblemente. Por las rocas del
Jaizkibel vagaba tristemente, y contemplando el mar, desde una de las
peñas solía pasar largos ratos. Un día desapareció: dijeron que se había tirado al mar una noche de horrible tormenta, para unirse con los
genios infernales de la tempestad! Nada más se supo de ella.
Una noche en que Miguel regresaba a su caserío, donde su hondadoso tío hacía largo rato que le esperaba, se detuvo pensativo en el
camino y miró con toda atención al Jaizkibel. La negra y solitaria
montaña, con sus peñas desnudas y misérrima vegetación de argomales y maleza, infundía siempre en su ánimo una profunda tristeza, y
varias veces sentado en una piedra había contemplado aquel monte,
que ejercía sobre él una atracción irresistible. Pero ahora, otra cosa había llamado su atención. Era la noche despejada y serena y una suave
e imperceptible música parecía oirse por los aires. En la cumbre del Jaizkibel se divisaba un tenue resplandor y unas sombras pequeñas que rápidamente cruzaban el fondo luminoso. Parecía que allí fuera la música, que sonaba en sus oídos con un acompañar de palmotadas y risas.
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EUSKAL-ERRIA
Miguel se acordó de la noticia que corría en aquellos contornos sobre
la danza de las brujas.
Y no sólo le pareció: sino que concentrada toda su atención, fijos
sus ojos en la negra mole y ardiéndole la cabeza con mil furiosas preocupaciones, todo desalentado y dolorido, veía sin poder evitar la misteriosa danza, la visión infernal de aquel corro de brujas; allí pasaban
todas, una a una, destacándose su negra silueta.
¡Oh! Aquel aquelarre maldito acabó de atribularle. Se sentía enfermo, ardíale la cabeza furiosamente, y no podía, sin embargo, dejar
de contemplar la espantable visión! Ahora acabó de comprender la intencionada respuesta, que, acompañada de una sonrisa, le había dado
un amigo suyo aquella tarde : «¡Ya te lo contarán las brujas!.....»
Así estuvo un rato. Al cabo se disipó la extraña visión y Miguel,
sumamente preocupado, comenzó a caminar a pasos lentos hacia su
casa.
¡Él lo había de averiguar al fin!.....
Caminaba Miguel por aquel inmenso despoblado subiendo penosamente la falda del Jaizkibel. Era oscura la noche y el viento sonaba en
sus oídos con temeroso estruendo; pero todo lo arrostraba intrépido
por descubrir el misterio que ha días le tenía tan preocupado. Aquella
noche había decidido subir a la montaña. Acabarían allí sus dudas, o
se resignaría a ser por siempre desdichado.
Cuando más pensativo estaba, silvó con horrible fuerza el viento y
a su lado sintió como si agitaran unas olas inmensas que pasaron rozándole. Miró asustado y vió cruzar rápidamente una horrible sombra.
Otros silbidos iban percibiéndose a lo lejos, y unos aletazos inmensos
seguían sonando en los aires. Incorporóse un rato, y sostenido a una
piedra vió en qué paraba todo ello. Al fin distinguió claramente una
nube luminosa en la cumbre del Jaizkibel, que los vientos movían de
un lado para otro.
Tuvo Miguel un pavor súbito al reconocer la realidad de aquellos
misterios: dudaba si seguir o no y más de una vez pensó morirse allí
mismo. Estando en ese estado oyó a lo lejos espantosos aullidos, risas
y palmotadas que sin cesar se sucedían. ¡Vírgen Santísima! aquello
era espantoso. El aquelarre comenzaba.....
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Como una bandada de cuervos
al aire las carnes mabrujas
brillantes los ojos protervos
llegaron las brujas.
como dijo un joven poeta. Allí arriba, aquella luz rojiza como una flor
luminosa, seguía oscilando empujada por los vientos; pero unas sombras negras se distinguían pasar ante ella.
Fué adelantándose nuestro mozo con todo cuidado, escondiéndose
tras las piedras y malezas. Ya bastante cerca de aquella reunión diabólica, vió unas diez y ocho o veinte brujas de horrible catadura girar en
corro alrededor de una que les dirigía. Esta giró con los brazos en
cruz tres o cuatro veces sobre sus pies, y entre gritos y maldiciones comenzó a elevarse poco a poco por los aires. Miguel la siguió con sus
ojos ansiosos y no acabó de darse cuenta que también él perdía tierra
y se sentía arrastrado en una ascensión imposible. Dió un grito terrible
tentando alrededor los brazos, pero nada tocaban, como tampoco sus
piernas. Encomendóse al cielo y se creyó muerto para siempre.
¡Horrible situación! Suspendido en el aire, al abrirse sus ojos, vió
la figura de una bruja que con ojos fijos le miraba amorosa: mientras
sus brazos esqueléticos le sujetaban por la cintura. Y seguían elevándose.....
—¡Miguel, Miguel— dijo la bruja con débil voz. Este quiso desasirse, huir... Imposible!
—¡Miguel, Miguel! Mira a tu madre! Yo te ayudaré siempre.....
Un sudor frío le corría y no podía darse cuenta de nada. Al fin le
dijo la bruja.
—¡Confía en mí siempre, que yo te ayudaré....!
Y volaron en vertiginosa carrera. Sin saber cómo, se vió Miguel
tumbado en tierra, como quien despierta de un gran cansancio. Había
desaparecido la bruja, y la luz se había extinguido. Nada se oía.
Miguel bajó de la montaña más triste que nunca.
Los amores de Catalina y Miguel habían tomado un giro tan sorprendente que no había pareja más envidiada. Ella era la bondad misma, la risa, la alegría, el encanto de Miguel, que poco a poco fué curando de sus melancolías.
Sabía Catalina manejar tan bien aquel corazón bondadoso, que el
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mozo era un esclavo suyo y cualquier gusto o capricho luego le imponía.
Iba a verificarse aquella tarde la solemne procesión del Santo Cristo de Lezo. La cofradía de mareantes de Pasajes, la de los labradores
de Rentería, Lezo y Oyarzun, con sus banderas y estandartes habían de
acudir a la piadosa fiesta, y en el campo todo era regocijo y gloria.
El Santo Cristo, con sus cien luces, saldría solemnemente de la ermita, llevado por los sacerdotes y recorrería aquellos campos, tan maltratados por la sequía. Llegaría hasta el pie del Jaizkibel y de cara al monte,
se bendeciría aquel lugar maldito, campamento de hazañas infernales.
Ya venían las primeras luces: Una hilera de niños vestidos con sus
mejores trajes. La bandera blanca que llevaba un viejo marinero se
agitaba airosamente mecida por el aire. Luego la larga fila de devotos
labradores.
El rezo acompañado de los sacerdotes, dió a entender que llegaba
la Santa Imagen. Todos se arrodillaban elevando sus ojos al milagroso
Cristo. Catalina tomándole el brazo a Miguel, le dijo en voz baja:
—¡Pídele, pídele al Santo Cristo! Mira, mira, ahí está: prométele!
—Sí, sí, dijo con voz débil Miguel: y sus ojos se clavaban en los
de la Imagen.
—¿Le prometes, le prometes?
—Sí, sí, replicó más fuerte.
Un trueno terrible retumbó en el cielo.
—¡Señor, Señor! — clamaba Miguel — tened compasión de mí.
Se oyó entonces otro trueno más espantoso y unas carcajadas resonaron en el aire. Miguel alzó los brazos y se sintió desfallecer. Sus ojos
parecían mirar algo en el espacio.
Catalina, toda convulsiva, le tomó los brazos y añadió energicamente:
—¡Mira, mira al Santo Cristo....!
—Sí, sí... Jesús....!
Y cayó como herido por un rayo. Todos se agruparon y llevaron
al pobre Miguel a la capilla. Catalina lloraba desconsolada.
......................................................
La lluvia comenzó a bañar la tierra y el año aquel fué el mas abundante y beneficioso. Todos bendijeron al Santo Cristo.
Desde entonces no se oyeron ruidos extraños en el Jaizkibel, ni se
vieron más luces misteriosas.
MARTÍN
EL
VIZCAÍNO
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