la épica latina tradicional

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LA ÉPICA LATINA TRADICIONAL
Juan Gil
1.
¿ Q U É ES U N P O E M A É P I C O ?
T
ODO poema épico, en su forma originaria, ha dicho
Menéndez Pidal ', es «un canto narrativo noticiero
coetáneo a los sucesos». Noticiera fue la litada, la
Chanson de Roland, el Cantar de los Siete Infantes de
Lara, y noticieros fueron también aquellos romances
que, cuando la epopeya castellana llegó a su crepúsculo, tomaron a su cargo la tarea de informar al pueblo
sobre las algaras fronterizas y las victorias y desastres que se abatían alternativamente sobre el campo
moro y cristiano. El pueblo, en su edad heroica, en
una edad en que ninguna crónica escrita puede perpetuar sus hazañas, exige información sobre la manera
en que se desarrollan los acontecimientos que van
trenzando su propia historia nacional, esa historia que
se halla todavía en cierne, en estado embrionario. Conoce el resultado de los acontecimientos, pero ansia
conocer su curso: desea saber cómo, no qué sucedió,
y de ahí que el poeta épico no tenga empacho en anunciar al principio del cantar el desenlace del mismo.
« L a razón permanente del interés épico es, pues, la
apetencia historial de un pueblo que se siente empe1 M E N É N D E Z
P I D A L ;
La "Chanson
lismo. Madrid, 1959, 440.
de Roland" y el neotradiciona-
11
JUAN G I L
nado en una empresa secular ^>. La coetaneidad de
la épica con los sucesos que narra viene imbricada
en el noticierismo inherente al poema épico. Al discutir Alfonso X el Sabio el debatido problema de la cronología no ya de los poemas homéricos, sino de la
propia persona de Homero, recoge una observación
que juzgo del mayor interés, por provenir de hombres
que vivían todavía en aquella edad heroica y que sabían estimar en su justo valor lo que representaban
los cantares de gesta:
E como quier que ellos digan de aquel sabio Omero,
los unos que fue en un tiempo, los otros en otro, e
los unos ante e los otros después, los nuestros sabios
latinos que dende fablan dizen que Omero fue de todo
en todo después del destruymiento
de Troya e de la
muerte de Aquiles; ca si asi non fuese e ante desto
non oviese seydo Omero, non fiziera el libro de la estoria de Achilles que murió en la batalla de Troya l
Para Alfonso X, que acoge en su obra los cantares
épicos en plano de igualdad con crónicas como las del
Toledano o del Tudense, resulta incomprensible que el
poema no siga inmediatamente en el tiempo a los sucesos cantados, porque así se vería privado de su valor
fundamental: el informativo. Un poema épico se incuba al calor de los acontecimientos, no surge por arte
de magia de una reconstrucción erudita, como mentes ingenuas parecen haber creído en algún tiempo.
Sin embargo, el poema noticiero es muy breve: las
2
M E N É N D E Z
P I D A L :
O.
C ,
429.
3 General Estorta, ed. Solalinde-Karsten-Oelschláger, n , 2. M a drid, 1961, 262.
12
LA ÉPICA
LATINA
TRADICIONAL
primitivas epopeyas, según Menéndez Pidal, no pasarían de unos mil versos, y pareja longitud hubo de
tener toda épica de orígenes. En cambio, la litada, los
Nibelungos y la Chanson de Roland rebasan con mucho esa cifra tope. ¿Cómo salvar la diferencia de miles
de versos que media entre el poema primitivo y el que
ha llegado a nuestras manos?
2.
PERVIVENCIA
DEL
POEMA
El canto noticiero se olvida una vez que ha pasado
su actualidad. Los días de su efímera vida están contados siempre y cuando su tema no haya logrado calar
hondo en el alma popular. Sin embargo, puede ocurrir lo contrario; puede ocurrir que bien el suceso que
ha originado el poema o bien el poema en sí consigan impresionar profundamente la imaginación del
auditorio. Las hazañas de Arminio, que condujo a los
brúcteros a la victoria en Teutoburgo, eran cantadas
todavía por los germanos en tiempo de Tácito (Ann.,
Il, 88, 2 - 3 ) , y es de presumir que resonaran mucho
tiempo más tarde en las selvas germánicas. A su vez,
un juglar sacaba del olvido a un segundón del ejército de Carlomagno, a Roldan, para hacerle héroe de
su poema y consagrarle a la inmortalidad, de modo
que muchos siglos más tarde, al hacer la biografía de
Carlomagno, podía decir Donato Acciainoli :
Hic est Rolandus quem jama est tempestate sua
corporis robore et animi magnitudine
longe ceteris
aliis praestitisse, cuius fortia facta, per universum orbem iam clara, nostris quoque temporibus
celebrantur.
13
JUAN
GIL
Un cantar épico bizantino, el '^Αισμα του Άρμούρη, que
relata la toma por los árabes del castillo Armorion
en 8 3 8 , se conserva en un manuscrito del siglo xv en
Leningrado. Pues bien, una coleccionista de cantos po­
pulares, Η. Lüdeke, recogió de labios de una anciana
en Chipre una narración sobre la toma de Anemurin
en la que se especificaba hasta el nombre del héroe,
Arestes, que resulta ser el epíteto característico del
protagonista
Como se ve, durante más de diez siglos
se transmitió oralmente una epopeya sobre un suceso
histórico que afectó vivamente los ánimos de los grie­
gos contemporáneos al desastre.
En tal caso, el pueblo convierte al héroe en patri­
monio suyo y no consiente que sus hazañas sean rele­
gadas al olvido. Aunque no puede aprender el poema,
por ser éste demasiado largo, sí puede exigir al aedo
o al juglar que le vuelva a contar las gestas de su
héroe favorito. De este modo lo que se busca con los
cantos ya no es información, sino recreación, y el
juglar ha de poner en contribución sus dotes poéticas
para mantener viva la atención del oyente. En esta
coyuntura la suerte del cantar épico depende de dos
tendencias. Una de ellas, centrífuga, tiende a desmem­
brar cada vez más el texto del poema en episodios
aislados, en cortas baladas. Del epos bizantino sobre
Dígenes Acritas se conserva un poema tardío, con cier­
tos resabios eruditos, débil eco de la epopeya antigua,
y pequeños cantos populares, los Ακριτικά τραγούδια,
que ha recogido con amoroso celo el gran inv estiga* Cf . B E C K , con bibliograf ía, en pág. 473 de
Ueberlieferungsgeschichte der byzantinischen Literatur, en Geschichte der Textüberlieferung der antiken und mittelalterlichen Literatur, I. Zurich,
1961, 423-510.
14
LA EPICA L A T I N A
TRADICIONAL
dor Politis
Los romances españoles ejemplifican de
manera muy clara esta tendencia centrífuga. Así, pue­
de suceder: a) que el juglar suprima pasajes que le
parecen fatigar al público, cargando el interés sobre
una escena aislada previamente del contexto. En el
cantar que sirve de base a la Primera Crónica General
(caps. 831­832) se narra cómo el rey D. Sancho envía
al Cid a Zamora para pedir la rendición de la ciudad,
mas no por ello se cruzan malas palabras entre la
infanta D.^ Urraca y el caballero castellano. Sin em­
bargo, en el romance 774 Duran la escena varía, en­
frentándose sólo un hombre y una mujer. La infanta
D.* Urraca dirige muy duros reproches al Cid, llegan­
do a acusarle, en su despecho, de haberla despreciado
como mujer:
Bien casástete, Rodrigo,
muy mejor jueras casado:
dejaste jija de rey
por tomar la de un vasallo.
He aquí, pues, un episodio cargado de un sentido
del que antes carecía Pero también es posible b ) que
el juglar trunque el final para dejar en el aire el des­
enlace. Por ejemplo, en el comienzo del romance del
conde Arnaldos, o mejor dicho, infante Amaldos (ya
que al final resulta ser hijo del rey de Francia), se
habla de la gran ventura que hubo el conde la ma­
ñana de San Juan. N inguna de las versiones impresas
5 Cf. la selección del mismo P O L I T I S en Έκλογαί άπό τά τραγούδι τοΰ
Ελληνικού λ«οΰ. Atenas, 19665, 83 S S . , o mejor los Ελληνικά hr¡^ozim
τραγούδια publicados por la Academia de Atenas, 1962, 3 ss.
6 Cf. M E W É N D B Z
P I D A L :
Rom ancero hispánico, I. Madrid, 1953,
234 ss.
15
JUAN GIL
especifica cuál fue la dicha del conde, pero los judíos
sefardíes han conservado el desenlace por tradición
oral: Arnaldos encuentra en la galera a sus familiares, que andaban en su búsqueda desde que, siete años
antes, el conde se había perdido en la m a r ' .
Pero una tendencia opuesta, centrípeta, procura
salvaguardar la unidad del poema. En efecto, puede
suceder también, y este es el caso más frecuente, que
el aedo añada episodios de su cosecha sin atentar
contra la unidad temática. Compárense, por ejemplo,
las dos versiones del Cantar de los Infantes de Lara
según se encuentran en la Primera Crónica
General
y en la Crónica de 1344; el Cantar de la Condesa Traidora según se narra en la Crónica Najerense y en
la Primera Crónica General; el Cantar de Mio Cid conservado con el que tenía a la vista Alfonso X al redactar los correspondientes capítulos de la Primera Crónica General; y la Chanson de Roland embrionaria
que nos brinda la nota Emilianense con la que guarda
el famoso manuscrito 2 3 Digby de la Bodleian.
3.
E L P O E M A É P I C O , POESÍA T R A D I C I O N A L
Año tras año y siglo tras siglo, los aedos que cantan las hazañas de los antepasados incorporan mayor
material novelesco al poema e hinchan y recargan las
escenas de especial efecto dramático, que se procuran
retrasar lo más posible, como ocurre con la interminable venganza de Mudarra tal como la cuenta la
7 Cf. M E N É N D E Z
P I D A L :
Poesía popular y poesía tradicional en
la literatura española, en Los romances de América y otros estudios. Madrid, 1945, 60 ss.
16
LA EPICA
LATINA
TRADICIONAL
Crónica de 1344, la misma de Aquiles o la de Krimhilda. Así, pues, de un núcleo inicial, para mantener la
terminologia de G. Hermann, constituido por un seco
canto noticiero, se llega a un poema cada vez más
barroco, cada vez más artificial, en el que cada uno
de los aedos que lo cantaron ha ido incorporando su
grano de arena, su colaboración anónima que se diluye en el anchuroso mar del poema. Los cantos épicos
constituyen, pues, uno de los frutos más sazonados
de la poesía popular o, por emplear el término de Menéndez Pidal, tradicional, creación no de una, sino de
muchas personas aunadas. Fue el pueblo, en definitiva, quien tuvo la última palabra para elegir tal o cual
variante, tal o cual innovación entre las muchas que
le presentaban los aedos. N o puedo negar, sin embargo, la aportación personal del poeta que viene a remachar ese cantar tradicional, dándole el último toque
que le fija para siempre en una forma imperecedera:
Homero o Turoldo, nombres, en definitiva, nebulosos
y cargados de sugerencias.
Una conclusión de capital importancia se desprende de esta teoría en relación con la cuestión homérica:
el debatido problema de las fuentes de la litada, planteado hace unos años por los unitarios, carece de validez para tomar contacto con la personalidad de Homero. Ya no nos es dado sorprenderle en su mesa de
trabajo, como proclamaba jubilosamente Schadew^aldt
hace unos años. Aun admitiendo que la Etiópide fuera
anterior a la litada, podríamos pensar en una evolución paralela autónoma de ambas gestas, como ha
conjeturado Menéndez Pidal en el caso del Cantar de
Rodrigo y del Cantar de Ermanrico. Podríamos pensar
17
JUAN G I L
también en un mutuo influjo de la litada y de la
Etiópide. Y por fin, aun aceptando que la litada fuera
efectivamente un calco de la Etiópide —muchos poemas épicos han influido en la estructura y aun en la
génesis de otros, y E. von Richthofen* ha dedicado
un hermoso libro a demostrar la abundancia de motivos germánicos en la épica francesa y española—,
¿cuándo se produjo esa imitación? De haberse producido realmente, nada nos asegura que sea en realidad
homérica y no anterior en mucho a Homero, como
parece lo más natural. En consecuencia, toda «Quellenforschung» aplicada a la Iliada, si bien altamente beneficiosa para dirimir cuestiones de autenticidad o de
imitación en el epos homérico, no puede arrojar luz
alguna sobre la personaUdad enigmática de Homero.
4.
L A ÉPICA TRADICIONAL EN
ROMA
Hora es ya de aplicar estos principios al estudio
de la épica romana tradicional. Es evidente, por la
misma definición de cantar épico, que no se puede
dar este nombre a los anónimos poemas en saturnio
que han llegado en brumoso recuerdo hasta nosotros.
Así, no puede ser un cantar épico tradicional el carmen
Priami del que conocemos incluso un verso (Veteres
Casmenas cascam rem uolo profari, pág. 29 Morel),
transmitido por el De lingua latina de Varrón. ¿Debemos pensar, entonces, que los antiguos latinos carecieron en absoluto de toda épica?
Los propios romanos hablan en ciertas ocasiones
8
18
V O N
R I C H T H O F E N :
Estudios
épicos medievales. Madrid,
1954.
LA ÉPICA L A T I N A
TRADICIO NAL
de poemas dedicados a narrar las hazañas de sus
antepasados, las laudes maiorum^. Catón, en sus Orí­
genes, afirma que se solían cantar estos poemas en
los banquetes de la misma manera que Demódoco
celebraba los κλέα ανδρών en el palacio de Alcínoo o
que los juglares exaltaban las gestas de sus héroes
en las cortes mediev ales. Y también sabemos que los
vates eran llamados carmentes (cf. en griego άοιδϊς
derivado de όοιδή) y que los rapsodos recibíem el nom­
bre de grassatores, término que quizá pudiera tradu­
cirse por «vagabundos».
¿Cuáles
nos habla
nos dan la
to, dice en
πατρίοις
pudieron ser esas laudes maiorum de que
Catón? Otra vez son los antiguos quienes
respuesta. Dionisio de Halicarnaso, en efec­
una ocasión hablando de Rómulo: έν τοις
υμ,νοις ύπο 'Ρωμαίων
Ιτι
και νΰν ^ίδεται ( I , 79);
y
en otro lugar, refiriéndose a Coriolano, afirma: αδεται
και υμνείται χρός πάντων ώς ευσεβής και δίκαιος άνήρ
(VIII,
68). ΕΙ gran humanista holandés Perizonius, en sus
Animadversiones
historicae
dedujo en buena lógi­
ca que tales poemas debieron de haber servido de
base a las leyendas que, resumidas y en prosa, trans­
miten los historiadores sobre los orígenes de Roma.
Esta sugestiva hipótesis, revalorizada siglos después
por N i e b u h r " , ha alcanzado, pese a las controversias
suscitadas, cierta aceptación. Por regla general se
9 Los testimonios son Cic. Tuse, I, 11, 3; IV, 11; Brut., X I X , 76;
Leg., Π, 24, 64; Varrò apud Non., pág. 107 Linds.; Val. Max., II, 1,
10; Aul. Gel., X I , 2, 5; Serv. in Aen., I, 641.
10 Amstelodami, 1685, cap. VI, pág. 202 (cito de referencias).
u N I B B U H R : Vorträge über röm ische Geschichte, I, 12, s.; K ö mische Geschichte, I , 283 ss. (obras que no he podido consultar
directamente).
19
JUAN
GIL
muestran proclives a aceptarla los historiadores y un
puñado de estudiosos de la literatura latina
En
cambio, algunos filólogos alemanes se resisten a dar
crédito a tal suposición: F. Leo " rechaza toda clase
de relación entre historia y epopeya, y F. Skutsch "
y E. B i c k e l " niegan a rajatabla la existencia en Roma
de una épica popular basándose en curiosas teorías
apriorísticas que no merecen siquiera discusión. Por
mi parte, creo palmaria la tesis de Perizonius: las llamadas leyendas romanas, en su mayoría, hunden sus
raíces en la epopeya popular, y así como conocemos,
gracias a los secos cronicones medievales, el Cantar
de la Condesa Traidora, el de los Siete Infantes de
Lara o el del Infant García, de la misma manera poD E
S A N C T I S :
Storia dei Romani, I . Florencia,
21-24; S C H A N Z :
Geschichte der römischen Literatur, I , 1.
Munich, 18982,19-20 (y S C H A N Z - H O S I U S : Gesch. der r. Lit., I . Munich,
1927,
23-34);
R I B B B C K :
Geschichte der römischen Dichtung,
I.
Stuttgart, 1894, 8; C O C C H I A : La letteratura latina anteriore all'influenza ellenica, I I I . Ñapóles, 1925, 270 ss.; S T E X T A R T : The Earliest
12
Cf. sobre todo
1956,
Narrative Poetry of Rome, en CI. Quart, X V , 1921, 31-37; R o s TAGNi: La letteratura di Roma repubblicana ed augustea. Bolonia,
1949, 45; B U E C H N E R , en pág. 317 de Ueberlieferungsgeschichte
der
lateinischen Literatur des Altertums, en Gesch. Textüberl., I , 3 0 9 422. Ciertas modificaciones innecesarias introducen en la teoría de
Niebuhr la señorita K R E P E L K A : Römische Sagen und Gebräuche.
Ein Beitrag zur Niebuhr'schen
Liederhypothese,
en Philologus,
X X X V I I , 1878, 450-523, y W A R D B P O W L E R : The Disappearance of
the Earliest Latin Poetry: A Parallel, en CI. Rev., X X V I , 1912,
48-49.
13 L E D :
n. 2.
Geschichte
der
römischen
Literatur.
Berlín,
1958,
19,
M
S K U T S C H ,
en pág. 537 de Die lateinische Sprache, en Die
griechische und lateinische Literatur und Sprache, en Die Kultur
der Gegenwart. Leipzig, 1912.
15 E I C K E L :
Geschichte der römischen Literatur. Heidelberg, 19612,
357, 401, 403-405. En contra también, O G I L V I E : A Commentary on
Livy. Books 1-5. Oxford, 1965, 109.
20
LA É P I C A L A T I N A
TRADICIO NAL
demos atisbar leves destellos épicos en las historias
cortesanas de Tito Livio o de Dionisio de Halicarnaso.
5.
L A S PRUEBAS TANGIBLES Y EL SILENCIO
MULTISECULAR
Hay filólogos, empero, que se resisten a operar con
hipótesis, por plausibles que sean. En su terco agnos­
ticismo a ultranza, lo que buscan son pruebas tangi­
bles. ¿Cómo es posible, arguyen, que se haya perdido
toda una literatura épica sin dejar rastro? ¿Cómo sal­
var ese silencio de los escritores latinos sobre la epo­
peya? Las razones de este mutismo plurisecular, con
todo, son de explicación bien fácil.
En primer lugar, la épica popular está herida de
ala cuando surge la historiografía, porque los doctos
se desentienden de la tradición oral una vez extin­
guida su savia, y ésta, cada vez más arrinconada, acaba
por sucumbir. En el tránsito de la edad heroica a la
edad histórica la mayoría de los cantares de gesta
perecen, como no puede menos, de muerte natural.
Héroes como Eterpamara y Hánala, cap illati como los
κάρη κομ­οωντες Αχαιοί de Homero, cuyas hazañas entona­
ban los godos en tiempo de Jordanes, son hoy para
nosotros sólo nombres de misterioso poder evocador.
La pérdida de la épica latina dista mucho, pues, de
ser un fenómeno aislado o extraño
En segundo lugar, la literatura latina nace bajo el
signo de lo helénico. N o es ninguna casualidad que
su primera figura, Livio Andronico, haya sido un grie­
1 6 Oí.
M E N É N D E Z
P I D A L :
Madrid, 1951, X I I I ss.
Reliquias de la poesia épica española.
21
JUAN
GIL
go. En el siglo I I I el mundo romano sufre una convulsión incalculable al tratar, con frenéticos esfuerzos,
de asimilar la cultura de la egregia nación vencida.
La grecomanía invade todos los círculos, incluso los
helenófobos. Se improvisan de la nada una nueva épica, una nueva tragedia, una nueva comedia, una nueva
historiografía en detrimento de la literatura propiamente nacional. De la lírica primitiva nos quedan pobrísimos fragmentos, y eso gracias a un afortunado
descubrimiento epigráfico. De la Atellana o de los Fescennini podemos hacernos sólo muy ligera idea. ¿Qué
tiene de extraño, en consecuencia, que las pesadas
epopeyas en saturnio quedasen arrumbadas en medio
de la indiferencia general? Roma, en un momento crucial de su historia, se ve obligada a hacer borrón y
cuenta nueva. El interés arqueológico por su pasado
acuciará a los romanos mucho más tarde.
En tercer lugar, toda epopeya que no quede fijada
por la escritura está condenada a perecer. Conocemos
el Poema de Roncesvalles y la Chanson de Gormond
e Isembard en virtud de felices hallazgos paleográficos, pero miles de manuscritos medievales habrán corrido una suerte no mejor que la que Horacio auguraba a sus poemas. Y si esto ocurría en plena Edad
Media y Moderna, ¿qué no sucedería en los albores
de la Roma republicana, donde el material escriturario debía de ser deficientísimo, más buscado y, por
tanto, de más efímera vida? Razones sobradas hay, en
consecuencia, para justificar la pérdida o, cuando menos, el silencio en torno al epos latino tradicional.
22
LA E P I C A L A T I N A
6.
TRADICIONAL
M O T I V O S ÉPICOS
Es tarea sugestiva la de rastrear posibles motivos
épicos en fuentes prosísticas; tarea, a la par, que entraña graves riesgos por lo resbaladizo del tema. La
historia de Éuxeno que relata Ateneo (576 a-b) tiene
evidentemente muchos puntos de contacto con los
amoríos de Jasón y Medea e incluso con el encuentro
de Ulises y Nausícaa. Pero ¿es lícito concluir, de la
presencia de dos cabos, la existencia de un tercero?
¿Se debe suponer un poema sobre la colonización masaliota o bien se trata de un mero cuento popular?
Desgraciadamente, en este caso, como en tantos otros,
falta un criterio decisivo. Menéndez Pidal " ha puesto
en relación un oscuro pasaje de Jordanes en el que
se habla de la liberación de los godos unius caballi
pretto con la venta del caballo al gallarín doblado que
relata el Poema de Fernán González. ¿Hasta qué punto
es válida esta conexión que salta por encima de más
de seiscientos años de historia? El argumento temporal, es cierto, no debe arredrar a quien conoce la
pervivencia tenaz en estado latente del sustrato lingüístico. Pero, así y todo, siempre queda un margen
de duda.
El «folklore» de todos los países ofrece abundantes ejemplos de mujeres que repelen victoriosamente
una agresión enemiga: en el griego, por ejemplo, las
mujeres lacedemonias hacen frente a Aristómenes
(Paus., IV, 17, 1) y las tegeatas, dirigidas por Marpesa,
17 M E N É N D E Z
P I D A L :
LOS godos y la epopeya española. Madrid,
1956, 48 ss.; Romancero tradicional, 11. Madrid, 1963, 4.
23
JUAN
GIL
infligen grave quebranto a los espartanos (Paus., V I I I ,
5, 9; 48, 5). Argos, según cuenta Plutarco (Mor. 245 c-f),
celebraba una fiesta, las Hibrísticas, en recuerdo de
la gloriosa ocasión en que las mujeres argivas rechazaron al ejército espartano de Cleómenes, y con tal
motivo se seguía el siguiente ritual: las hembras se
vestían al modo masculino y se ajustaban grandes
barbas postizas, mientras que los hombres se veían
constreñidos a adoptar un disfraz femenino. Como ha
visto bien S. Luria
la fiesta es en su origen un rito
aldeano del que se ha querido dar cuenta a posteriori
con una leyenda popular, retocada y embellecida al
atribuir a la poetisa Telesila la dirección de las operaciones (cf. el oráculo en Herod., V I , 3, y Lucían.,
Amores, 30). Tales tradiciones populares, que perviven en la leyenda de las Amazonas o en los cantares
épico-líricos de la doncella guerrera, pululan por doquier, y aun en los cronicones de la Edad Media se
puede espigar un bello ejemplo: los moros avanzan
arrolladoramente por España después de la desastrosa
batalla del Guadalete, y se hallan ya ante las puertas
de Murcia. El gobernador de la ciudad, Teodmir, batido en campo abierto por los musulmanes, recurre
al ardid de recortar la cabellera a las mujeres, disfrazarlas como puede y apostarlas en la muralla con
18 L U R I A :
Frauenpatriotismus
und Sklavenemamipation
in Argos, en Klio, X X V I , 1933, 211-228 (cf. N I L S S O N : Oriechische Feste.
Leipzig, 1906, 371 ss.; SraNdBL, s. v. TPpiaxtxrf en Realenc., I X .
Stuttgart, 1914, 33; H O W - W E L L S : A Commentary on Herodotus, II.
Oxford, 1912, 9 4 - 9 5 ) . Está equivocado en los puntos principales
H E R Z O G :
Auf den Spuren der Telesilla, en Philologus, L X X I , 1912,
1-23. Cf. últimamente W H - L B T S en pág. 502 de The Servile
Interregnum at Argos, en Hermes, L X X X V I I , 1959, 495-506, quien cree
que a un suceso histórico verdadero se le han ido añadiendo acrecencias legendarias.
24
LA
ÉPICA
LATINA
TRADICIONAL
cañas simulando lanzas. Los moros tragan el anzuelo
y conciertan la paz en términos muy honrosos para
Teodmir
La mujer guerrera es, pues, una figura legendaria
que como tal puede aparecer en alguna epopeya (cf. el
caso de las Amazonas o de Maximo en el Dígenes
Acritas); mas no se debe suponer por ello que tales
leyendas se remonten siempre a un ciclo épico. De
excepcional interés en este sentido es el caso de las
Hibrísticas de Argos, que contienen un núcleo ancestral quizá revelador de un antiguo matriarcado: la
propiciación de una divinidad femenina, la Tierra madre, mediante un disfraz mujeril de los hombres. De
tales costumbres se conservan en Grecia algunos restos. En Chipre, por ejemplo, se ofrecían sacrificios a
una Afrodita barbuda, vestidos los hombres de mujeres y las mujeres de hombres (Serv. in Aen., 11, 632;
Macr. Sat., 111, 8, 3). En las Oscoforias áticas, de creer
a un atttov transmitido por Plutarco (Thes., 23), los
jóvenes se disfrazaban de doncellas, disfraz que Lobeck ha tratado de explicar suponiendo que lo que
en realidad llevaban los muchachos era el antiguo
traje jónico, que podría confundirse con una vestimenta femenina. Esta es la opinión aceptada por
Deubner ^° y con ciertos reparos por Ziehen
La pintura de vasos parece contradecir tal aserto. Hauser
ha señalado que en una copa ática aparece un muchacho con largas guedejas y adornado con galas mujeriles; en la mano izquierda sostiene un gran ramo,
w Cf.
20
P I D A L :
O . C.
(en n. 1 6 ) , 2 0 - 2 1 .
Attische Feste. Berlín, 1932, 142.
M E N É N D E Z
D E U B N E R :
21 ZiEHEN, s. V.: Oschophoria, en Realenc., X V I I I , 1942, 1537-1543.
22 H A U S E R :
Beim Erntefest, en Philologus, L I V , 1895, 385-395.
25
JUAN GIL
mientras que mantiene la derecha alzada en actitud
de orar. ¿Cómo explicar este extraño atuendo, si no
es en virtud de las Oscoforias? Por otra parte, la fiesta
latina de las Matronalias ofrece un exacto paralelo.
Un fragmento del cómico Pomponio, recomendando
a un desconocido que en tal fecha impostara la voz
de modo que pareciera la de una mujer, puso a
Latte " en el recto camino interpretativo, si bien trajo
a colación escenas como la de Mnesíloco en las Tesmoforiantes (¿por qué no aducir entonces la violación
por Clodio de los secretos de la Bona Dea?). Pero
Weinstock^* puso el dedo en la llaga al deducir, en
virtud de un ingenioso razonamiento, que en las Matronalias los hombres se vestían de mujeres. En efecto, sabemos por los testimonios de los padres de la
Iglesia que los hombres se disfrazaban de mujeres en
las calendas de enero, entre otras máscaras de posible
origen germánico, como las de ciervo o ternera^.
Todavía en el 692, año en que se celebra bajo Justiniano el concilio Quinisexto, seguía en vigencia tal
costumbre, como lo atestigua el hecho de haber sido
anatematizada por el canon L X I I . Pues bien, como
el día primero de año recaía originariamente en el 1
de marzo, esto es, la fecha de las Matronalias, al trasladarse el comienzo del año al primero de enero, multitud de ritos propios de las Matronalias pasaron a
ser patrimonio de las kalendae lanuariae, y uno de
Lucina, en Realenc., X n i , 1927, 1648-1651.
V . :
Matronalia, ibid., X I V , 1930, 2306-2309.
25
Cf. E C K S T E I N :
Philologisches zum Kalenderaberglauben,
en
Philologus, L X X X V , 1930, 222-225; M U E L L E R : Die Neujahrsfeier im
römischen Kaiserreiche, ibid., L X V I I I , 1909, 464-487; N I L S S O N , S . V .
Kalendae lanuariae, Kaiendenfest, en Realenc., X , 1919, 1562-1564.
26
23
L A T T E ,
24
W E I N S T O C K ,
S.
V . :
S.
LA ÉPICA L A T I N A
TRADICIO NAL
ellos, sin duda, fue el disfraz femenino de los hom­
bres. De la misma manera, la sirena, en su origen
un ramo con idéntico valor cultual que la είρεβιώνη
griega, uno más, por tanto, de los ritos agrícolas de
primero de año (entiéndase primero de marzo), per­
dió su valor religioso al ser absorbida en las ceremo­
nias de las calendas de enero ^.
Las Hibrísticas, por tanto, son una fiesta campe­
sina de caracteres muy arcaicos, como las Oscoforias
o las Matronalias, y la leyenda de las mujeres argivas
que derrotan a Cleómenes no se remonta a épica al­
guna, sino a un αίτιον posterior para explicar ciertos
detalles incomprensibles de la fiesta. ¿Ocurre lo mis­
mo, mutatis mutandis, con la historia de Teodmir,
como parece probable, o bien tiene razón Menéndez
Pidal al incluirla entre las reliquias de las primitivas
gestas hispánicas? Según se ve, otra vez tropezamos
en el mismo escollo: la dificultad de distinguir entre
una leyenda, un mero cuento popular y una epopeya
propiamente dicha.
Con estas salvedades creo que, para discernir el
posible carácter épico de una leyenda romana, se pue­
den establecer tres criterios, que son: corresponden­
cia con otras epopeyas, cierta historicidad y absoluta
independencia de los mitos griegos. Examinemos es­
tos tres requisitos con más detenimiento.
7.
CO R R E S PO N D E N C I A C O N O TRAS É P I C A S
La epopeya tradicional se rige por una serie de
cánones, de temas, que se repiten una y otra vez lle­
26 Cf.
D E D B N Í S I :
Sirena, e n Olotta, I I I , 1910, 34-43.
27
JUAN G I L
gando a atenazar en sus módulos el suceso histórico
originario. Estos temas se encuentran en muy diversas literaturas y por diversos motivos. Puede suceder,
en efecto, que un motivo que aparece en la literatura
irlandesa, germánica y latina hunda sus raíces en la
primitiva épica indoeuropea, cuya existencia está fuera de toda duda razonable". Tengo el convencimiento,
por ejemplo, de que la mayoría de las coincidencias
mitológicas señaladas por Dumézil entre los pueblos
indoeuropeos se deben precisamente a esta épica ancestral que ha configurado después las épicas nacionales. De hecho, estas asombrosas concordancias sólo
pueden haberse conservado por tradición oral, y la
tradición oral se compadece de maravilla con el epos
y los cantos religiosos, épicos también en gran parte.
Pero puede suceder asimismo que la epopeya de dos
pueblos adyacentes sufra influjos mutuos o unilaterales, como es el caso del Poema de Guilgamesh y de
la Odisea. Y, por último, otros motivos épicos son
pura y simplemente tópicos que se registran en todos
los tiempos y en todas las latitudes.
Claro sabor épico, por ejemplo, tiene la leyenda
de la invasión gala en Italia. Relata Tito Livio (V, 33,
2-3) que los galos invadieron el suelo cisalpino atraídos por la fertilidad de la tierra y seducidos sobre
todo por el vino, bebida desconocida para ellos; y
refiere que fue un clusino, Arrunte, quien les hizo degustar por vez primera el vino con el fin de encandilar
sus ánimos; y cuenta, por fin, que el motivo de que
27 cr. el documentadísimo estudio de RtJEDiGER S C H M I T T : Dichter
und Dichtersprache in indogermanischer Zeit. Wiesbaden, 1967 (y
las precisiones de P I S A N I : Lingua poetica indeuropea, en Arch.
aiott. It.. L I , 1966. 105-122).
28
LA ÉPICA LATINA
TRADICIONAL
Arrunte cometiera tal traición fue que su pupilo, Lucumón, que hemos de suponer rey de Clusio, había
violado a su mujer, y era ésta la única manera que
el clusino tenía de vengarse. Salta a la vista que esta
tradición no es otra que la que aflora de nuevo en
la epopeya goda: en el Cantar de Ermanrico
y en la
leyenda de Rodrigo, el último godo. En los tres casos
es el rey ensoberbecido quien, con su lujuria, se acarrea las iras de un subdito rencoroso; y en los tres
casos el vasallo agraviado recurre a la ayuda extranjera para tomar cruel venganza de su rey. En definitiva, las leyendas de Virginia y de Lucrecia pueden
ser diversos ecos del mismo tema épico, que aparece
también, un tanto disfrazado, en los sucesos que preceden a la toma de Árdea tal como los relata Tito
Livio ( I V , 9, 4 ss.): dos jóvenes, el uno plebeyo, noble
el otro, se disputan la mano de una doncella del pueblo; la madre favorece las pretensiones del noble, los
tutores se inclinan por el partido plebeyo. Encrespados los ánimos se va a juicio, que fallan los magistrados a favor del de más alcurnia. A raíz del desaire,
los plebeyos raptan a la joven de casa de su madre,
y este rapto desencadena una guerra civil en la que
los nobles piden auxilio a los romanos y la plebe a
los volscos.
Por otra parte, la lucha de Horacios y Curiacios ^
sigue claramente un canon épico cuyo rastro se puede
seguir en otras literaturas. Quizá el más cercano paralelo lo ofrezcan las leyendas irlandesas^ sobre Cu2« Imitada por Silio Itálico, IV, 355 ss.
Traducción de D ' A R B D I S D E J U B A I N V I L L E en págs. 249 ss. de
Enlèvement du laurean divin et des taches de Cooley. Chapitre VII,
en Rev. Celt, X X V I I I , 1907, 241-261.
29
29
JUAN GIL
júlainn, «el perro de Culann». El joven Cujúlainn
—refieren—, tras recibir las armas de manos de Conjobar, se dirige en son de guerra al castillo de los
hijos de Nejt, que se vanaglorian de haber matado
tantos Ulatas como Ulatas han dejado con vida. Primero lucha con Foill, que es invulnerable, pero Cujúlainn le lanza una manzana de hierro que le golpea
en la frente y le hace saltar los sesos. Después lucha
con Tuajall, que confía en su sin par ligereza, pero
Cujúlainn le arroja una lanza mortal que le atraviesa
el bajo vientre. Por fin lucha con Faindlé, la golondrina, que es un nadador incomparable, pero Cujúlainn
le hunde en el agua y le decapita con su espada. A la
vuelta del héroe, su ciudad natal se empavorece sólo
de pensar en su fiereza sobrehumana y en los peligros
que ella supone. Para atemperar su ardor guerrero
salen a su encuentro ciento cincuenta mujeres impúdicas, que, encabezadas por Scanlaj, enseñan su desnudez al joven. Mas Cujúlainn aparta su vista, fijándola sobre la pared de su carro. Después se sumerge
a Cujúlainn en tres tinajas sucesivas de agua fría, que
después se pone a hervir. La primera, a causa del
calor, estalla como una cascara de nuez; la segunda
hace burbujas grandes como puños; la tercera es ya
de calor soportable para algunos hombres. Entonces
la cólera de Cujúlainn amaina.
G. Dumézil ^ ha señalado agudamente que este episodio del epos de Cujúlainn es un antiquísimo rito de
iniciación: el guerrero, una vez conseguido el [távoí,
el furor, es incapaz de controlarlo resultando, por
tanto, una amenaza para su ciudad. De la misma ma30
30
D U M É Z I L :
Horace
et les Curiaces. París, 1942t.
LA EPICA L A T I N A
TRADICIONAL
nera, entre los Kwakiutl de la región de Vancouver,
el nuevo caníbal es llevado a rastras hasta un recipiente de agua salada y sumergido en ella cuatro veces: sólo así se calma su estado de excitación, peligroso para la propia tribu. La leyenda romana ha
perdido el sentido primigenio del rito de iniciación,
si bien todavía conserva el acto purificatorio y el conflicto entre los sexos: se ha humanizado, en una palabra. Cujúlainn está poseído de la ferg, el furor terrible y sobrehumano del guerrero; Horacio se abandona
tan sólo a un arrebato de cólera hasta cierto punto
comprensible. En definitiva, las dos leyendas remontan
a un período muy remoto, a una epopeya indoeuropea.
Pero también se pueden aducir otros ejemplos más
recientes: en el poema de Dígenes Acritas ( V I , 176 ss.),
el héroe vence a tres adversarios, Filopapus, Cínamo
y loannakis, en una lucha singular. Así también Diego
Ordóñez, en su reto a los zamoranos, lucha con los
tres hijos de Arias Gonzalo y les da muerte uno tras
otro, si bien en el postrer encuentro su caballo, malherido, sale fuera de la liza, quedando así el reto sin
efecto
En la mitología escandinava existen dos dioses con
sendos distintivos peculiares. Odín es el mago por
excelencia: no combate en la guerra con sus armas,
sino con el poder de fascinación de su único ojo. Odín
ha consentido en perder un ojo para poder ver lo invisible, ya que Mimir, en compensación, le ha permitido beber en la fuente de la ciencia: la pérdida del
ojo carnal es el medio de adquirir la vista inmaterial
y el poder mágico. Tyr, por su parte, es el dios jurista.
31 Primera
Crónica General, caps. 841 ss.
31
JUAN GIL
Como Odín, está mutilado: le falta una mano, la derecha, sacrificada en aras de la salvación de los dioses.
He aquí su historia: los dioses presienten que el lobo
Fenrir será su perdición en el futuro y tratan de encadenarlo con engaños cuando es todavía un lobezno.
Tras largas dudas, la fiera accede, a condición de que
uno de los dioses introduzca su mano derecha en sus
fauces, como garantía de que todo sucederá sin fraude.
Tyr es el único dios que se somete a esta condición.
El lobo es atado, los dioses se salvan, pero Tyr pierde
su diestra. Pues bien, las leyendas latinas, como ha
puesto de relieve el mismo DuméziP^ cuentan también con dos salvadores de Roma, tuerto el uno y
manco el otro. Cocles, enfrentado con los etruscos en
el puente, aterra al enemigo circumferens trucas minaciter oculos (Tit. Liv., I I , 10, 8). Es su magia la que
paraliza a los guerreros. El irlandés Cujúlainn practica en combate una mueca semejante: «Cerró uno
de sus ojos —dice un texto— hasta el punto de que
no era más ancho que el agujero de una aguja, abriendo el otro de modo que era más grande que una copa
de hidromiel». Por su parte, Escévola, con el gesto de
quemar voluntariamente su mano, hace que el rey
etrusco crea, falsamente o no, que trescientos jóvenes
romanos están animados con el mismo propósito de
cometer el magnicidio. Se trata, pues, de una caución.
Cocles, como Odín, espanta al enemigo con su magia.
Escévola, como Tyr, le desarma con las mañas del
derecho.
Estos motivos nos permiten entrever, a mi juicio,
una épica antiquísima, transmitida de generación en
32 D U M É Z I L :
32
Mitra-Varuna.
París, 19482, 163 ss.
LA EPICA
LATINA
TRADICIONAL
generación, que se va actualizando con ocasión de nuevos sucesos, de nuevas hazañas. El héroe actual suplanta al héroe ya nebuloso de los antepasados, pero,
a su vez, adquiere sus rasgos ancestrales hasta convertirse él también en una figura mítica. Hay un perpetuo encadenamiento de motivos, una constante sucesión épica, que atenúa y diluye progresivamente el
sentido de algunos motivos, aun sin renunciar a ellos
por apego a la tradición.
8.
HISTORICIDAD
Si el cantar épico, en su origen, fue un poema noticiero, debe de conservar, a lo largo de los siglos,
una cierta tramazón histórica. He aquí, por tanto,
una segunda piedra de toque. Pues bien, gran parte
de las presuntas epopeyas tiene esa base, sin que falten pormenores muy arcaicos malentendidos después
por las analistas romanos. Analicemos una de tantas
leyendas épicas: la lucha de Horacios y Curiacios. Por
lo regular se está de acuerdo en admitir la realidad
histórica de un único hecho: la rivalidad de Roma y
Alba Longa. Pero a partir de ahí comienzan las discusiones y las dudas. Una de las objeciones más fuertes es la levantada por G. de Sanctis en su Storia dei
Romani^:
parece un absurdo que el destino de los
dos pueblos se decida en un torneo de campeones.
Pero precisamente este torneo es un indicio de autenticidad: entre los pueblos antiguos está muy difundida la costumbre de abandonar en manos de la divi33
D E
S A N C T I S :
O.
C ,
I,
359.
33
JUAN
GIL
nidad la suerte de una nación o de una guerra. Cuando
regresan los Heraclidas, los peloponesios les salen
al encuentro en el Istmo y la suerte de la guerra se
dilucida mediante un combate singular entre Hilo,
hijo de Heracles, y Équemo, rey de Tegea; al resultar
Hilo muerto en el duelo, los Heraclidas no tienen más
remedio que retirarse hacia el Norte (Herod., I X , 26).
De igual modo, al disputarse los espartanos y los argivos el territorio de la Tireátide, en vez de luchar los
dos ejércitos, combaten dos batallones de trescientos
hombres en representación de cada pueblo (Herod., I,
82). Nótese de paso que el número de combatientes
por cada lado es ya legendario: trescientos son los
espartanos que luchan en las Termopilas, trescientos
los Fabios que sucumben en los ribazos del Cremerà
y trescientos los caballeros que lleva Ruy Velázquez
en la batalla de Cascajar. A un modo parecido de solventar rencillas fronterizas recurrieron los cartagineses y los cirenaicos, según narra Salustio {lug., 79).
Todavía en el Medievo perdura esta costumbre: el Cid
lucha con el caballero navarro Gimeno Garcés para
dirimir el pleito entablado en torno al castillo de Pazuengos ^.
También parece remontarse a una rancia antigüedad
el rito de purificación a que es sometido el Horacio
vencedor: según Tito Livio ( I , 26, 13) su padre, «habiendo tendido un madero sobre la calle, hizo pasar
por debajo al joven como si de un yugo se tratara,
con la cabeza velada». Ahora bien, esta ceremonia no
es expiatoria, como pretende hacernos creer Livio, sino
purificatoria, y su fin es limpiar al guerrero de toda
34
34
Cf.
M E S Í É N D E Z
P I D A L :
L O
España del Cid, I. Madrid, 19474, 157.
LA ÉPICA LATINA
TRADICIO NAL
impureza que pueda haber contraído en el contacto
con el enemigo o quizá, como sugiere Frazer^^ librar
al combatiente de los espíritus de los contrincantes
a que ha dado muerte en la batalla. Esta misma inten­
ción subyace en otros actos rituales, desvirtuados des­
pués de su valor religioso, como el hacer pasar a los
vencidos por debajo de un yugo para privarles de sus
ocultos poderes, de su mana, o traspasar el propio
ejército vencedor el arco triunfal para quedar libre
de toda posibilidad de contagio ^. Por tanto, la rela­
ción apuntada por los historiadores griegos y romanos
entre este madero tendido sobre la calle y el tigillum
sororium no es más que un αίτιον descabellado. La
ceremonia del tigillum sororium
{sororium
está en
relación con sororiare, «entrar la mujer en la puber­
t a d » ) ha sido explicada convincentemente por R o s e ' '
como uno más de los «rites de passage», tan amplia­
mente documentados entre los pueblos primitivos.
También es un αίτιον la conexión que establecen los
cronistas antiguos entre el nombre del dictador alba­
no, Cluilio, y la fosa Cluilia, todavía no localizada.
Como base histórica de la leyenda podemos recons­
truir, pues, una guerra entre Alba y Roma por la
hegemonía, dirimida por un torneo de campeones del
que salen triunfadores los romanos. También pode­
35 PRASSER: The Golden Bough, X I . Londres, 1930, 193 ss.
3 6 Cf.
P R A Z E R :
1. c. W A R D E F O W L E R ; Passing under the Yoke,
en CI. Rev., X X V I I , 1913, 48-51; V ^ T A G E N V O O R T : Rom an Dynam ism .
Studies in Ancient Rom an Thought, Language and Custom . O xford,
1947, 154 ss.
37 R O S E :
De religionibus antiquis quaestiunculae, en Mnem osyne,
LIII, 1925, 406-414; así también L A T T E : Röm ische Religionsgeschich­
te. Munich, 1960, 133; O G I L V I E : O . C , 117, con bibliografía. Escéptico, W A G E N V O O R T : o. c, 156, n. 3.
35
JUAN
GIL
mos suponer histórica la purificación que sufre el romano vencedor. Los nombres, sin embargo, deben de
ser tardíos, pues se discutía ya en la Antigüedad si
Horacios eran los albanos y Curiacios los de Roma
o viceversa. Es inútil, por tanto, para el análisis de
la leyenda, tratar de emparentar etimológicamente
Curiatius con curia o curis y Horatius con la raíz
* gher- que aparece en horior y en Herentas, la divinidad itálica que corresponde a la Venus romana.
9.
I N D E P E N D E N C I A D E LOS M I T O S G R I E G O S
Es un hecho sabido que las leyendas sobre los orígenes de Roma están altamente influidas por los mitos
griegos. La historia de Rómulo y Remo, por ejemplo,
parece un calco de los mitos de Neleo y Pellas; la
traición de Tarpeya'* tiene su correlato en el parricidio de Escila y de otras oscuras heroínas griegas; el
asesinato de Tarquinio ofrece puntos de contacto en
el asesinato de Jasón de Peras; la toma de Cabios
recuerda muy de cerca ciertos pasajes de Heródoto
y el discurso de Menenio Agripa se basa en un apólogo griego. Los ejemplos podrían multiplicarse. Requisito indispensable, pues, para aceptar el posible
carácter épico de una leyenda romana es su autonomía respecto a los ciclos griegos: sólo así se puede
operar en un terreno más firme. De todas maneras,
en algunos casos falla este criterio, pues el influjo
puede ser a la inversa.
Un grave problema, por ejemplo, plantea la relais Cf.
36
D U M É Z I L :
Tarpeia. París, 1947^, 279 ss.
LA É P I C A L A T I N A
TRADICIO NAL
ción entre la gesta romana de Horacios y Curiacios y
una leyenda griega que aparecería, según el pseudo­
Plutarco (Par. min. 16) y Estobeo ( X X X I X , 32) en la
historia arcadia de un tal Üemarato, desconocido por
lo demás. Cuenta Demarato, en efecto, que habiendo
estallado una guerra entre Tegea y Fenea, ambas ciu­
dades arcadias decidieron solventar sus rencillas me­
diante un combate entre tres tegeatas, hijos de Rexí­
maco, y tres feneatas, hijos de Demóstrato. El encuen­
tro se asemeja punto por punto a la lucha de Horacios
y Curiacios: en un principio, perecen a manos de sus
contrincantes dos hijos de Rexímaco, pero el tercero,
Critolao, simulando una huida, logra dar muerte por
separado a sus tres enemigos. A su vuelta victoriosa,
Critolao no puede soportar que su hermana Demódica
llore la muerte de su marido Demódico, uno de los
tres hermanos feneatas participantes en el combate,
y exasperado la mata. El pueblo se subleva ante este
acto de violencia, pero la madre logra liberar con sus
súplicas a Critolao de la pena que le esperaba.
La identidad de las dos leyendas es tan completa
que no se puede pensar en una independencia de los
dos relatos. ¿Cuál de los dos es la fuente, el griego
o el romano? Por la primera solución se decidió en el
siglo x v i l i Pouilly en su Dissertation sur
l'incertitude
de l'histoire des quatre p remiers siècles de Rome
Por la segunda se han inclinado con razón la mayoría
de los autores: de Sanctis*, Cocchia'", Münzer''^ etc.
En efecto, el autor de estos Αρκαδικά debe de ser de
39 Publicado en Mém .
«
D E
S A N C T I S ;
41
C O
42
M U E N Z E R ,
C C H I A :
O
.
s.
O
.
C ,
V . :
C ,
II,
Ac. Inscr., V I , 1729, 26 ss.
I,
86
26
y
359,
n.
89.
ss.
HoTatius, en Realenc,
VIH,
1913, 2321-2327.
37
JUAN G I L
origen tardío y se ha inspirado sin duda en una leyenda romana célebre para dar vida a sus personajes
ficticios.
10.
POSIBLES REFUNDICIONES ÉPICAS
Toda epopeya sufre un proceso en virtud del cual
se va complicando más y más, con la subsiguiente alterración de la verdad histórica. Mas arriba cité algunos
casos de cantares de gesta medievales que han ido poblándose paulatinamente de nuevos personajes y nuevos episodios. ¿Ha ocurrido lo mismo con la épica
romana? Examinemos de nuevo un caso típico, la gesta
de los Horacios y los Curiacios, que a lo largo de este
estudio se ha mostrado en más de una ocasión reveladora. Conocemos, efectivamente, dos versiones de la
leyenda, una más sencilla, otra más recargada y amplia, que recogen, respectivamente. Tito Livio y Dionisio de Halicarnaso. La fuente de Tito Livio no conoce
el parentesco de Horacios y Curiacios. Sin embargo,
la fuente de Dionisio de Halicarnaso, quizá Licinio
Macro'", hace a los trillizos primos hermanos, nietos
de un tal Sicinio de Alba que casó a sus dos hijas,
mellizas también, con un romano y con un albano. La
tendencia de esta segunda versión, como se ve, es aumentar a toda costa el xá&oq.
La descripción de la batalla es también diferente.
En Tito Livio, el Horacio superviviente logra matar a
sus tres adversarios mediante la estratagema de fingir
una huida. El relato de Dionisio es mucho más com« Por el interés que muestra hacia los Sicinlos,
o. c, 109, 312, 337, 382, con bibliografía.
38
cf.
O G I L V I E :
LA ÈPICA LATINA
TRADICIONAL
piejo. Cuando se enfrentan Horacios y Curiacios, corren a abrazarse entre grandes sollozos, dirigiéndose
mutuamente las más tiernas palabras y moviendo al
llanto a los presentes. Tras un largo espacio de lucha,
el mayor de los albanos se traba con su adversario
romano y, después de inferirle muchos golpes, acierta
a hundirle la espada en la ingle. Mientras se desploma
el romano moribundo, el Horacio situado a su vera,
al ver al Curiacio orgulloso de su victoria, se abalanza
rápido sobre él y tras reñida lucha le mata. De nuevo
se repite la escena: un hermano del muerto se arroja
contra el vencedor y le traspasa el pecho, si bien el
romano, antes de sucumbir, logra cortar los tendones
de la pantorrilla a su antagonista.
En lo demás la narración de Dionisio no difiere
gran cosa de la de Livio. De las diferencias entre las
dos versiones, quizá la más lograda sea esa patética
escena de los primos que se despiden entre sí antes
de entablar la lucha a muerte. Este mantener en vilo
el ánimo del oyente, este retrasar en lo posible el desenlace para aumentar la 8sivo-:Y¡g constituye, quizá, un
posible indicio de refundición épica. Por otra parte,
y éste es un hecho que, a lo que sé, nadie ha puesto
de relieve como se merece, la lengua romana del siglo I I I , formada ya en sus caracteres distintivos, tenía
muy poco que ver con el latín hablado tres siglos antes.
Tanto es así, que media un abismo entre el tapis niger
del Foro o la inscripción de Dueños y los tituli sepulcrales de los Escipiones, un abismo no menor que el que
separa la lengua de las Glosas Emilianenses y el castellano de Alfonso X el Sabio. En estos siglos oscuros,
sin duda, debió de existir un forcejeo implacable de
39
JUAN
GIL
formas y de tendencias fonéticas (en el siglo i i i se decía todavía neuna en Árdea y Diouos en Preneste), del
que salió triunfante la norma tiránica del latín histórico. Todo ello quiere decir que una epopeya del
siglo vi sería entendida a duras penas por el romano
contemporáneo de las primeras guerras Púnicas, a menos que supongamos, como es lo lógico, una constante
renovación lingüística de la tradición oral con las subsiguientes alteraciones en el contenido de la epopeya.
¡Qué gran diferencia con Grecia, donde la lengua artificial de Homero, precisamente por su misma artificiosidad, se viene a convertir en una especie de esperanto supradialectal!
Sin embargo, es norma que toda epopeya tiende
a convertirse en novela y es probable, por tanto, que
en éste y en otros casos nos encontremos ante un embellecimiento tardío de la leyenda tradicional y no
ante dos versiones épicas de un mismo tema. Es conocida, por otra parte, la tendencia retórica de Dionisio de Halicarnaso, fiel seguidor en este punto de
sus modelos helenísticos. La variedad de relatos, en
consecuencia, debe ser desechada como posible criterio
distintivo.
n.
CONCLUSIÓN
Hay dos hechos que me parecen hasta cierto punto
irrebatibles: la existencia de una épica latina tradicional, transmitida oralmente de generación en generación,
y la repercusión de esta épica en las leyendas de orígenes. Me he esforzado en rastrear posibles motivos o
ciclos épicos en la tradición romana, pero no se me
40
LA EPICA LATINA
TRADICIONAL
ocultan las enormes dificultades de la empresa. De todas formas, aun si es imposible quizá extirpar de raíz
toda duda al respecto, cabe al menos tratar de reducirla
al máximo. Y ello sólo se puede lograr aduciendo nuevos paralelos, nuevos ejemplos, que disipen poco a
poco las incertidumbres e impongan, por el contrario,
un convencimiento. Por ahora, creo que la comparación con la épica castellana, conocida en gran parte
por relajos prosísticos, y las concordancias con otras
epopeyas indoeuropeas han contribuido en parte a
despejar la incógnita.
41
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