BOLETÍN
Colegio de Abogados.—Sesión inaugural.—El señor Lerdo.—El
señor Martínez de la Torre.—El señor Méndez.—Justo Sierra.—
Delgado.—Ituarte.
La noche del sábado ha dejado en nuestro ánimo una memoria complacida y
agradable. El Colegio de Abogados inauguró solemnemente sus clases orales:
elocuencia, distinción, bella música, todo ayudaba a hacer brillante aquella
noche hermosa y para el Colegio de Abogados más que otra alguna
memorable.
Versos de Justo Sierra, música de Delgado y de Ituarte, palabras de Lerdo,
Méndez y Martínez de la Torre; cumplido el acto de progreso; iniciada una vía
del saber; alzada cátedra pública a la enseñanza del derecho y del deber: todo
esto unido, y sentido esto en todos, hubo en la sesión inaugural del hermoso
Colegio que con la nueva obra entra ahora en camino de solidez y de bien
público.
Deben tener los hombres conciencia plena de sí mismos: como el dominio
del monarca necesita el púlpito misterioso del Espíritu Santo,—lo irracional
buscando apoyo en lo maravilloso,—el pueblo de hombres libres ha menester
que las cátedras se multipliquen y difundan, y sobre ellos tienda sus alas el
Espíritu Santo del derecho, la paloma blanca de la libertad y la justicia.
Un pueblo no es una masa de criaturas miserables y regidas: no tiene el
derecho de ser respetado hasta que no tenga la conciencia de ser regente:
edúquense en los hombres los conceptos de independencia y propia dignidad:
es el organismo humano compendio del organismo nacional: así no habrán
luego menester estímulo para la defensa de la dignidad y de la independencia
de la patria.
Un pueblo no es independiente cuando ha sacudido las cadenas de sus
amos: empieza a serlo cuando se ha arrancado de su ser los vicios de la
vencida esclavitud, y para patria y vivir nuevos, alza e informa conceptos de
vida radicalmente opuestos a la costumbre de servilismo pasado, a las
memorias de debilidad y de lisonja que las dominaciones despóticas usan
como elementos de dominio sobre los pueblos esclavos.
Tienden las clases orales a un altísimo fin: las repúblicas se hacen de
hombres: ser hombre es en la tierra dificilísima y pocas veces lograda carrera.
———
El señor Lerdo inauguró la sesión.
No habló allí el presidente de la República; no era la primera dignidad de la
nación lo que ocupaba la tribuna: era el hombre sencillo y modesto que
hablaba al Colegio de Abogados en nombre de todos los nobles principios y
todas las sólidas ideas que calienta una alta inteligencia democrática.
Ni el discurso del señor Lerdo necesita encomio, ni nada que pudiese parecer
lisonja habría nunca en esta reseña para él; pero con palabra sólida y sencilla
dijo bien lo que se proponía con sus clases orales el Colegio: una nación
republicana no puede vivir sin el perfecto conocimiento de sus instituciones:
los que han de conducir un día por prósperos caminos a la patria, deben
educarse vigorosamente, fortalecerse en la conciencia de sí propios, templarse
al fuego vivo del derecho, ley de paz de los pueblos libres, en la progresión
sucesiva de las leyes en los pueblos de la tierra.
Era hermoso aquel acto sencillo. El primer magistrado del país venía a abrir
la senda que ha de dar a la nación nuevos y venerables magistrados: el
hombre que rige el gobierno viene a abrir al pueblo los salones donde va a
escuchar la libre y no coartada explicación de sus derechos: la primera
dignidad de la República decía con su presencia en el Colegio, que el hombre
elevado a la jefatura de la nación entiende la grandeza venerable de las
instituciones democráticas, viene a la solemnidad de los hombres civiles,
garantiza una nueva época de paz y de derecho, y asegura que quien así se
mezcla y se confunde con la obra que va a popularizar el ejercicio de la
libertad, ni la violenta, ni la mengua, ni cerrará para la patria que reanima, las
puertas que con sus mismas manos viene a abrir.
Era grande aquel hombre pequeño, mezclado sencillamente entre los más
desconocidos invitados.
———
Habló después el señor Martínez de la Torre. Lleno estuvo su discurso de
buena voluntad y de hermosos pensamientos de justicia. Son ya conocidas de
todos la galanura y honradez de las palabras del jurisconsulto eminente.
Palpitaba en su peroración del sábado un profundo amor a la ciencia de la
legislación, un contento noble de la era que el Colegio abría, y un afecto hondo
y sincero a la institución en cuyo seno hablaba. Una voz elocuente es aún más
simpática cuando habla el lenguaje de la cordialidad y del cariño: leyendo su
discurso, una atmósfera de buena fe envolvía al señor Martínez de la Torre.
El señor licenciado don Luis Méndez habló después de él. Inteligencia
perspicaz y observadora, dicción sobria y galana, razonados y sólidos
conceptos: esto hubo en la muy notable peroración del señor Méndez. En vivos
y no vulgares rasgos, siguió la marcha en los pueblos de la ciencia y el
concepto de derecho; de los tiempos de las conquistas, vino a los tiempos de la
discusión y de la ley; disertó con juicio sobre la prueba que al espíritu humano
presta el fondo común de las legislaciones conocidas: halló en el encomio de
las clases orales, excitaciones viriles y elocuentes: habló de los beneficios de
las libertades, y [de] la excelencia de la libertad de cultos—«no la que se
instituye—dijo—para hacer burla e irrisión de una creencia determinada; la que
no abate a ninguna, y garantiza igualmente a todas».
El discurso del señor Méndez fue aplaudido, como lo había sido el del señor
Martínez de la Torre: su discurso sólido y sereno había causado en la
distinguida concurrencia una agradable sensación.
———
Y leyó luego versos Justo Sierra.
Todo en él es hermoso y análogo: su figura es severa y robusta, como son
valientes, altos, bellos y enérgicos sus versos.
Leyó sencillamente: él sabe que la sencillez es la grandeza.
La poesía de Justo tuvo un mérito raro. Era aquella la fiesta de la razón y del
derecho, la fiesta serena de la inteligencia, no la del vuelo soberbio de la loca y
vigorosa imaginación.—Y sus versos, altamente poéticos, fueron, sin embargo,
naturales en aquella fiesta tranquila, en que todo arranque vulgar hubiera
contrastado sensiblemente; y toda poesía frívola hubiera roto aquel conjunto
hermoso de serenidad y de razón.
Es que la frente de este hombre se calienta en el sol de la raza virgen; es que
Justo Sierra pertenece a la generación nueva de poetas; es que como a los
barcos modernos, la fantasía no le sirve más que para engrandecer y
hermosear la razón.
La poesía no es el canto débil de la naturaleza plástica: esta es la poesía de
los pueblos esclavos y cobardes.
La poesía de las naciones libres, la de los pueblos dueños, la de nuestra
tierra americana, es la que desentraña y ahonda, en el hombre las razones de
la vida, en la tierra los gérmenes del ser.
Lo pequeño adora: lo grande arranca y busca.
¿Quién no sabe que es Justo Sierra honra de la patria mexicana? Necio fuera
aquí ya todo comentario mío.
———
Amenizaban Delgado e Ituarte los instantes en que la tribuna quedaba vacía.
La bella música debía estar donde estaban el noble intento y la elocuencia
bella.
No es el conocido violinista un artista común: parece como que se complace
en crearse dificultades para tener ocasión de vencerlas. Delgado tiene una
mano bien educada y segura: su arco es franco y enérgico, y sus cuerdas
ceden dóciles a su inteligente voluntad.—Oímos el sábado a Delgado con
verdadero placer.
Ituarte es en el piano mucho más que un aficionado distinguido: es un
maestro notable y concienzudo. El afán de brillar en la ejecución apaga por lo
común en los pianistas el germen suave del puro sentimiento tanto más bello
que una inútil y común agilidad. Ituarte ha alcanzado esta sin que aquel se
haya extinguido: hay en su manera de ejecutar una seguridad, una delicadeza,
un buen gusto, una ternura, que rara vez logran vivir vida común en muy
aventajados ingenios musicales. Bien mereció Ituarte los aplausos calurosos
que la concurrencia tuvo para él.
———
Y a más tocó piezas muy bellas la buena música del Tecpan. Hubo buffet
elegante y animación ni un momento entibiada.—Estrellas de luz iluminaban la
entrada del Colegio, y parecía como que se rejuvenecían los eucaliptos para
presenciar el nacimiento de la hermosa idea que en aquella noche solemnizaba
de tan agradable y distinguida manera el laborioso Colegio de Abogados.
ORESTES
Revista Universal. México, 25 de mayo de 1875.
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