Me gusta salir a pasear con mi hija Elena

Anuncio
Los ojos de Julia
Me gusta salir a pasear con mi hija Julia. A pesar de sus cinco años
recién cumplidos, no deja de observar ni un solo detalle desde su atalaya que
apenas levanta un metro del suelo. Ella se convierte en una serviola de la
realidad, filtra nuestro entorno y lo libera de los prejuicios de mis ojos
veteranos. No se cansa de preguntar y sus cuestiones me sirven para darme
cuenta de muchos pequeños grandes detalles que la cotidianidad camufla
hasta hacerlos pasar completamente desapercibidos. Vamos caminando a su
paso y, de repente, se para y exclama: “Papi, mira, ¡una mujer conduciendo el
autobús!”, tirándome del jersey hasta hacerlo dos tallas mayor. Yo le pregunto
que qué tiene eso de raro y su respuesta es inmediata, casi mecánica: “¡Que
eso es cosa de niños!”. Yo intento explicarle que eso no es así, que todos
podemos conducir un autobús, pero sus argumentos parecen irrefutables:
“¿entonces, por qué en ese autobús y en ese y en ese y en ese sólo conducen
hombres?”.
Seguimos caminando y me dice que de mayor quiere ser enfermera.
Ingenuamente le respondo que si no le gustaría más ser médico y ella vuelve a
replicarme dándome una paliza con su abrumadora lógica: “Las mujeres somos
enfermeras, los hombres médicos”. Y sólo son cinco años. Algo no funciona.
En casa hemos trabajado con ella desde que era muy pequeña. Ni su madre ni
yo hemos descuidado por un momento su educación para la igualdad. En su
colegio hemos podido constatar que los valores se cuidan en cada detalle y
estamos muy contentos con su educación. Entonces… ¿cuál es el problema?
Decido seguir investigando, picado por la curiosidad quiero seguir
explorando ese pequeño cerebro a pesar de que sé positivamente que si quiere
se cerrará ante mi y que sólo va a revelarme aquello que le apetezca. Lo
intento por otro camino. “Tienes el botón del babi descosido, cuando lleguemos
a casa me lo dejas para que te lo cosa”. “No, papi, dirás a mamá. Tú no sabes
coser” Y otra vez tiene razón, no sé coser y en toda mi vida la única aguja que
he enhebrado ha sido para reventar las ampollas que me salían haciendo el
José Ángel Velasco Echegaray
Camino de Santiago. Pero la ampolla que había levantado Julia iba a ser más
difícil de hacerla desaparecer. Otra vez mi cerebro se pone en marcha para dar
vueltas a sus razonamientos. En mi casa éramos cuatro hermanos varones y
una niña y siempre ha cosido mi madre todo aquello que necesitábamos
arreglar. Mi hermana sí tuvo el privilegio de recibir sus enseñanzas con el arte
del hilo, la aguja y la Singer pero entonces apareció la igualdad mal entendida:
“Esta niña no hará nada más y nada menos que sus hermanos”. Así que ella
tampoco aprendió a coser.
Y van pasando las generaciones, y sólo cosen las madres, sólo
conducen los padres, los médicos son hombres y las mujeres enfermeras, los
presidentes de los equipos de fútbol son hombres y las presidentas de los
rastrillos de beneficencia mujeres…
Entonces Julia, con un chillido que hace que todos los transeúntes que
nos rodean giren sus cabezas y me miren como un bicho raro, me vuelva a
sacar de mis elucubraciones: “!Una mujer policía!”.
Y me doy cuenta de por dónde va el camino, de que no hay que hacer
una revolución sino una evolución, un paso a paso, un poco a poco que nos
lleve a un futuro en el que Julia no deba responder a su hija o a su hijo si las
mujeres pueden o no conducir autobuses. Los grandes cambios se hacen a
través de una integral de pequeñas transformaciones. Los ojos de Julia, los de
Alba, los de Gema, los de David, los de Marcos, los de tantos pequeños que
van creciendo en nuestro naciente siglo XXI deben empaparse de las
pequeñas conquistas del entorno cercano, del triunfo de la mujer policía, de la
conquista de la mujer conductora de autobús, del éxito del hombre “amo de su
casa” que es capaz no sólo de coser un botón sino también de planchar la
colada de ropa blanca…
Me viene a la cabeza un viejo slogan de una campaña de Manos Unidas,
“Cambia tu vida para cambiar el mundo”; debo coger la aguja esta misma tarde
y empezar a hilvanar sobre la tela de mi familia un futuro mejor para todos.
José Ángel Velasco Echegaray
“Papá, que nos pilla un coche”, otra vez Julia me aporta la dosis de
realidad suficiente para pararnos en seco aunque ya dentro de la calzada. Una
atenta conductora de apenas veinte años nos indica con una sonrisa y una
palma abierta que no nos preocupemos, sabe que controla el coche y que ha
tenido tiempo de frenar ante nuestro despiste. Y exhalando un suspiro me
alegro una vez más de que fuera conduciendo una mujer. Los ojos cambian,
nunca la mirada…
José Ángel Velasco Echegaray
Descargar