Lixus (Larache, Marruecos)

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Lixus (Larache, Marruecos)
CARMEN ARANEGUI GASCÓ
Universidad de Valencia
Lixus, colonia fenicia en la costa
atlántica de Marruecos1
Los textos antiguos aluden a Lixus con referencias míticas y literarias revestidas de
una gran antigüedad (Bunnens, 1979) si
bien en sus acepciones geográficas los periplos e itinerarios sitúan el río y la ciudad
siempre en relación a Cádiz o a las Columnas de Hércules (Desanges, 1992), confirmando su inserción en el confín de ese círculo geopolítico.
M. Gras (1992) señala que la memoria
histórica de Lixus tiene en Estrabón XVII,
3,3, y en Plinio V, 2-4 y XIX, 63, los textos
que sintetizan su singularidad indisociable
de la lejanía geográfica, lo que predispone a
los autores clásicos a conferirle paralelamente una lejanía cronológica. Más allá del Estrecho de Gibraltar, en la orilla africana de
la fachada atlántica, el paisaje del Lucus en
su salida al océano y la presunta prioridad
de Lixus respecto a Gades y Utica, establecimientos ambos de reputada antigüedad
en la Península Ibérica y en Tunicia, configuran la escenografía de un espacio y un
tiempo primigenios, consagrados a Heracles-Melqart mediante un altar, según Estrabón, y un templo, según Plinio, más antiguo, dicen, que el de Cádiz, precisamente
allí donde, a partir del clasicismo, la tradición propondrá la localización del Jardín de
las Hespérides, objetivo del undécimo trabajo de Hércules (Bonnet, 1988: 198-200).
Se mezclan así en las referencias a Lixus un
mito protagonizado por la divinidad asociada al dios tutelar de Tiro (Fenicia) con la
evocación del avance de la civilización logrado por navegantes que introducen la noción de mercado en tierras desconocidas, y
en ello subyace la memoria de las antiguas
expediciones fenicias a África, jalonadas por
santuarios propiciatorios de la seguridad de
las travesías y de las operaciones que las
mueven.
Los estudiosos de la antigüedad se han esforzado en contrastar estas informaciones
con la topografía del sitio en que Barth
identificó Lixus en 1849, excavado intermitentemente desde el último tercio del siglo XIX. Un mapa del siglo XVII que refleja la
obra portuaria de Antonelli en Larache,
conservado en el Archivo de Simancas,
muestra la amplitud del estuario del Lucus
respecto a hoy y permite plantear la hipótesis de que la colina del Chumis donde está
el yacimiento, a 80 m. s. n. m., apareciera a
la vista de los navegantes antiguos como un
islote, dato a considerar en el debate sobre
la ubicación del altar de Hércules «sobre
una isla que las mareas nunca inundaban»
(Estr. XVII,3,3), a pesar de la opinión mayoritaria de los arqueólogos a favor del carácter extraurbano de este altar, posible hito
territorial de la ciudad, sede, a su vez, del
templo, según Bonnet (1992), pero todo
ello no son sino especulaciones eruditas
guiadas por la filología y la geografía, ésta
muy cambiante por su propia definición.
Desde la perspectiva arqueológica la ocupa-
171
1
Las excavaciones de Lixus constituyen una de las actuaciones arqueológicas en el marco de colaboración
cultural suscrito entre España y el
Reino de Marruecos, y se han realizado en 1995, 1998, 1999, 2000,
2001 y 2002 y han dado lugar a una
primera memoria científica que con
el título Lixus, colonia fenicia y ciudad púnico-mauritana. Anotaciones
sobre su ocupación medieval, ha sido
publicada en la serie Saguntum-Extra
4 de la Universidad de Valencia
(2001). Complementariamente los
resultados de las excavaciones han sido presentados por los directores del
equipo o por los componentes del
mismo en La Aventura de la Historia
10, 1999; Revista de Arqueología 223,
2000 y 228, 2000; Premières journées
marocaines d’archéologie et du patrimoine, Rabat, 2001, 169-186; BAM
33, e.p.; y en los congresos siguientes: V CISPP (Marsala, 2000) y II
CEPO (Cádiz, 2001).
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ción fenicia de la cima de Lixus no plantea
dudas, si bien queda pendiente de comprobación la función del llamado barrio de los
templos, singular conjunto de seis edificios
religiosos de época romana, en la etapa fundacional de la ciudad, descartándose la antigüedad del templo H tal y como se conoce hasta este momento (Habibi, 1993) y,
por tanto, la implantación material del santuario fenicio de Hércules que se quiso ver
en esa construcción.
Lixus no tiene un relato fundacional propiamente dicho, sino que se integra en la
historia de la mano, por una parte, de Gades y, por otra, de Heracles-Melqart, que
aseguran su vinculación a la colonización tiria sin especificar, sin embargo, cuál era su
relación con la colonia gaditana. Es más
bien la investigación la que hasta hoy ha
planteado la subordinación de las colonias
de ambas riberas del estrecho o bien su actuación coordinada.
El Periplo de Scylax, después de las Columnas de Hércules, describe los accidentes
geográficos de un golfo empórico entre el
cabo Espartel y la desembocadura del Tahadart, con Lixus a continuación en posición
central sobre la costa que se proyecta hasta
el Sebú. De todas las poblaciones situadas
en esta costa, la única a la que Estrabón reconoce capacidad para generar nuevas colonias es Lixus, lo que, unido al factor religioso, contribuye a destacar su estatuto colonial y, probablemente, su hegemonía territorial. La investigación arqueológica ha documentado una particular frecuencia de
materiales fenicios desde la costa mediterránea próxima a Tetuán (Sidi Abdeslam del
Behar, Kach Kouch...), a Tánger y hasta el
curso bajo del Lucus (Lixus, Rakkada, Aziz
Slaoui...), tal vez gracias al trabajo de campo de Tarradell y Ponsich que dieron a conocer muchos yacimientos, pero la dispersión de testimonios arqueológicos fenicios
llega con probabilidad hasta Banasa y la
desembocadura del Sebú, prosigue en Sala
junto al Bu Regreb, e incluso llega más al
sur de Mogador (Essaouira), que fue enclave extremo de la colonización fenicia de
Marruecos durante muchos años. Aun a falta de muchas precisiones, se vislumbra una
ocupación litoral densa, quizá similar a la
de las costas andaluzas, de unas extensión
que en la actualidad no se puede precisar.
De entre todos esos yacimientos, Lixus
destaca por concentrar en su solar o en su
entorno algunos hallazgos excepcionales. En
primer lugar, el estoque Rosnoën recuperado en el Lucus (Ruiz Gálvez, 1983) –un espadín estrecho y largo de bronce datado hacia el 1000 a. C.–, conservado en el Museo
Charlottenburg de Berlín, es un indicio de
participación en un circuito comercial atlántico, bien conocido desde Francia hasta Lixus, que supone el antecedente de la apertura al exterior de aquellos pueblos atlánticos
que estarán en disposición de negociar con
los fenicios (Souville, 1983) durante el primer milenio. Importante es, asimismo, el
cazo de bronce con mango rematado en ca-
beza de cisne (Boube-Piccot, 1994) por ser
una importación chipriota de finales del siglo VII a. C. que amplía hasta Marruecos la
difusión de piezas orientalizantes de lujo;
también pueden citarse, con un significado
menor, el escarabeo de pasta vítrea (Tarradell, 1960, lám. XXI) de los siglos VI-V, así
como repetidos hallazgos de huevos de avestruz. Sin embargo, las excavaciones practicadas muestran la extrema escasez de cerámicas
griegas antiguas propias de otros contextos
fenicios, lo que ha dado lugar a que se reitere la marginación de Lixus respecto a las importaciones de época orientalizante y arcaica
(Villard, 1960) movidas por el comercio internacional.
Vuelve a destacar en época púnico-mauritana el yacimiento por su categoría portuaria
y por las murallas con que se dota la ciudad
(Lenoir, 1992); por ser un lugar de hallazgo
de inscripciones púnicas y líbicas (Xella,
1992; Galand, Février y Vajad, 1966), por su
desarrollo económico, apreciable en su actividad pesquera y por ser sede de una ceca monetal (Mazard, 1955), todo lo cual le da un
puesto destacado en el ambiente mauritano.
Los habitantes de la colonia romana de
Lixus, de época claudia (hacia el 50 d. C.),
mantuvieron viva la memoria de las raíces
míticas y ultramarinas de la población a juzgar por la iconografía de algunos objetos del
ornato de sus viviendas, como el grupo en
bronce con la representación de Hércules y
Anteo (¡el rey mauritano de época de Augusto Iuba II incluía a Anteo en su genealogía!), la máscara de bronce de océano o el
emblema del mosaico de las termas del teatro con la misma representación, sin embargo no debieron sospechar que el subsuelo
de su ciudad guardaba el archivo de su fundación por los fenicios, todavía hoy escasamente explorado y del que nuestro equipo
arqueológico espera obtener respuesta a
muchas de las preguntas que la investigación contemporánea tiene formuladas respecto a las consecuencias de contactos entre
civilizaciones diferentes.
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La investigación actual y sus puntos
de interés
La colonización fenicia de la fachada atlántica se muestra con facies culturales heterogéneas cuya razón de ser supera aquella autonomía respecto de Cartago regida por Cádiz,
enunciada en el planteamiento del «Círculo
del Estrecho» (Tarradell, 1960, p. 25, y
1969), concepto que sigue siendo, sin embargo, válido porque afecta a regiones muy
relacionadas entre sí. La diáspora comercial
de Tiro (Aubet, 1994) supone un modelo de
colonización distinto al aristocrático que llega hasta Cartago. Se caracteriza por generar
una dialéctica extremo-occidental específica,
de acuerdo con el medio natural y la cultura
de cada sector geográfico afectado (Pellicer,
2000). Tartessos, Extremadura, Ibiza y el estuario del Tajo, como el del Lucus, aparecen
con respuestas próximas pero no idénticas a
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juzgar, principalmente, por los materiales
que presentan, de modo que nuestro primer
objetivo es insertar Lixus en ese mosaico
cultural fenicio atlántico para entender a
continuación mejor el proceso que desencadenó el encuentro de poblaciones orientales
de cultura avanzada con sociedades campesinas en el norte de Marruecos.
La cronología de este fenómeno en el caso de Lixus, y en otros muchos, no está, de
momento, basada en dataciones radiocarbónicas, sino que se apoya en la cerámica importada que, para esta etapa, proporciona
aproximaciones de una fiabilidad de entre
cincuenta y cien años, similar a la obtenida
en la medición del C14. La asociación de engobe rojo y cerámicas a mano denota el inicio del siglo VIII a. C. para la ocupación del
lugar, distinguiéndose el momento inicial
del siglo VIII de su segunda mitad, con mayor variedad de tipos cerámicos, cuando se
afirma la presencia fenicia, con una fase de
expansión en el siglo VII y, finalmente, un
período de crisis a partir del 550-500 a. C.
Hay quienes consideran que desde las costas
de Cádiz, Málaga, Granada y Almería se
funda una segunda generación de establecimientos durante el siglo VII (Aubet, 1994;
Gómez Bellard, et al., 1990), si bien los estudios más recientes han subido la fecha de
diversas colonias antes consideradas tardías,
como Lixus, cuestión que está en la base de
la oportunidad de las nuevas excavaciones
hispano-marroquíes y su contribución a la
problemática de las fases y focos de creación
de colonias fenicias en Occidente.
Otro aspecto destacado en estos estudios
tiene que ver con el grado de estabilidad del
poblamiento que origina la colonización. Se
han observado traslados entre núcleos próximos (Aubet, et al., 1999), enclaves comerciales con plazos de ocupación muy cortos
(Mascort, et al., 1991; Gómez Bellard y
Guérin, 1995) frente a lugares que gozan de
estabilidad durante siglos, con modelos de
urbanización dispares en sus sistemas defensivos, en sus tipos de casas, o bien en sus necrópolis donde la incineración se revela mayoritaria en la Península Ibérica (Pellicer,
1962; Schubart y Niemeyer, 1976; Ruiz
Mata y Pérez, 1989; Amores y Fernández,
2000), sin equivalencia con lo que ocurre en
Rekkada, única necrópolis con enterramientos antiguos en las inmediaciones de Lixus.
También las cerámicas a mano –más homogéneas de lo que se pensaba– de los niveles profundos de las colonias están siendo
objeto de discusión puesto que cada vez son
menos los lugares fenicios superpuestos a
una población local del Bronce Final (Belén
y Escacena, 1995) y esto obliga a considerar
tales vasijas en la perspectiva colonial más
que en la de la sociedad indígena, mientras
que las denominadas habitualmente cerámicas fenicias de Occidente –a torno– (engobe rojo, cerámicas claras, grises, pintadas,
ánforas) muestran la importancia del engobe rojo cuya distribución apenas sobrepasa
el eje del Cabo de la Nao-Ibiza por el Mediterráneo, ni Lisboa por el Atlántico. Las
ánforas Vuillemot-Rachgoun 1, las ampollas, los trípodes, las urnas de tipo Cruz del
Negro y los pithoi llegan en cantidades apreciables a un espacio mayor que va en el Mediterráneo desde el estrecho de Gibraltar
hasta Marsella mediante un comercio del
que son prueba fehaciente; los jarros, bandejas y candelabros de bronce orientalizantes se alejan excepcionalmente en su distribución más allá del circuito diseñado por
los recipientes de transporte, de modo que
la arqueología dispone de una serie de herramientas para diferenciar las áreas pobladas por fenicios de las áreas comerciales, éstas con distintos niveles de incidencia en la
redistribución de bienes. La cerámica griega
coetánea, sin embargo, muestra un reparto
muy irregular: existen concentraciones de
hallazgos, como ocurre en Huelva (Cabrera,
1995), y vacíos muy destacados, tal vez debido al estado de la investigación. También
hay que destacar que el flujo de cerámicas
griegas muestra un descenso coincidente
con la crisis de 550-500 a. C. para incrementarse a partir de 490-475 en el área ibérica mediterránea (Asensio, et al., 2000).
Las excavaciones de Lixus, en su momento,
deberán contemplar estos ritmos que no
cuentan con una experimentación arqueológica en el caso de Marruecos.
El estudio de la explotación de los recursos y de la modificación del entorno natural
está siendo una vía muy útil a la investigación centrada en la colonización. La identificación de una factoría comercial, o de un
asentamiento agropecuario, o de una actividad minero-metalúrgica –con rendimientos
nunca alcanzados hasta ese momento y, en
ocasiones, con la deforestación y destrucción del entorno de las colonias como contrapartida– tiene en el análisis del paleoambiente la demostración de la puesta en valor
de recursos por los fenicios desaprovechados hasta su llegada, según se ha visto en todo el sur de la Península Ibérica, factor que
deben tener su propia realidad en el yacimiento de Lixus y su entorno.
Sin ánimo de comparar áreas distintas y
con un grado de documentación arqueológica desigual, nuestros estudios en la ladera
sur del yacimiento de Lixus son deudores
del estado de la cuestión formulado desde
España, Portugal e Italia (Cerdeña, Sicilia
occidental) y de los métodos de trabajo experimentados para una mejor comprensión
de la empresa de Tiro más allá del estrecho
de Gibraltar. La cronología derivada de los
contextos cerámicos, el estudio de la arquitectura, la valoración de los intercambios y
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la analítica paleoambiental, constituyen, de
este modo, los objetivos de nuestro proyecto que tiene un alto contenido formativo.
Los fenicios en Lixus
La arqueología fenicia en Marruecos se inicia en los años cincuenta con las excavaciones de Mogador (Essaouira) (Jodin, 1965) y,
principalmente, con las de Lixus (Larache),
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Sidi Abdeslam del Behar y Emsá (Tarradell,
1959 y 1960). Sólo algunas publicaciones
(Boube, 1962; Boube-Piccot, 1994; López
Pardo, 1996; Belén, et al., 1996; Bokbot,
1998; El Khayyari y Kbiri-Alaoui, 1999...)
y programas muy recientes con resultados
en parte inéditos, además de las nuevas excavaciones en Lixus (Aranegui, 2001; Aranegui, 2002: 169-186), marcan el retorno a
la cuestión fenicia, que afecta a todo el norte del país hasta el Lucus o, tal vez, hasta el
Sebú, en mayor medida que al resto del litoral, atlántico y mediterráneo, donde, sin
embargo, se multiplican las noticias de nuevos hallazgos fenicios, sin contexto ni cronología precisos de momento.
Tarradell (1959) observó niveles fenicios
en la cima de Lixus, en el barrio de los templos, en la «casa Montalbán», bajo la «basílica pagana» y en la ladera meridional; Ponsich (1981) y Bokbot y Onrubia (1992) documentaron después materiales antiguos
junto al templo H y en la muralla sur, deduciéndose así una superficie poblada de
unas 12 ha para la colonia inicial, extensión
similar a Toscanos (Málaga) y superior al
Cerro del Villar (Málaga) y a La Rábita
(Guardamar), que duplica la de Torre de
Doña Blanca (Puerto de Santa María) y triplica la de Sa Caleta (Ibiza). En el contexto
occidental Lixus se sitúa, por tanto, entre
las colonias de primer rango por su extensión.
En la actualidad el modelo de casa fenicia
documentado en Lixus es incompleto y
puntual. Los restos constructivos fenicios
de la ladera S están a una profundidad comprendida entre los 2,10 y los 3,44 m y forman parte de una urbanización escalonada
en la ladera, parecida en algunos aspectos a
la del sector artesanal de Doña Blanca (Ruiz
Mata y Pérez, 1995). Consisten en muros
de unos 50 cm de ancho cuya altura máxi-
ma conservada es de alrededor de 1 m, de
mampostería de tamaño medio, trabada en
seco con ayuda de piedras menores y asentada sobre piedras desordenadas y potentes
cuando la estructura está en un cambio de
rasante, con pavimentos de tierra apisonada
y elementos de adobe que dan lugar a niveles de arcilla endurecida una vez derrumbados. Estos edificios se elevan sobre un nivel
que contiene materiales en contacto con la
roca natural del suelo geológico. No se ha
exhumado ninguna vivienda completa, pero parece que las unidades de habitación,
cuyas paredes perimetrales están trabadas
entre sí, lo que denota su planificación y coetaneidad, tienen más de 100 m2 de superficie útil distribuidos en planta rectangular
con divisiones internas que dan lugar a espacios de uso doméstico e industrial, a juzgar por el pequeño horno metalúrgico que
se encuentra en una de ellas y conserva restos de cobre.
Para los siglos VIII-VII no se tiene conocimiento ni de muralla, ni de almacenes, ni
tampoco de necrópolis en Lixus, si bien los
trabajos del INSAP en curso en la localidad
vecina de Rekkada, sobre el Lucus, darán a
conocer, en su momento, la primera necrópolis fenicia arcaica de Marruecos, situada
río abajo del yacimiento, sobre una pequeña loma próxima a su desembocadura.
Los análisis de restos vegetales y animales
nos autorizan a afirmar que los lixitas aspiraban a optimizar los recursos medioambientales y conocían estrategias agropecuarias avanzadas. Mediante la antracología se
comprueba una utilización de leña de distintos biotopos y con características diversas; la carpología da a conocer, entre otras
especies, cebada vestida y trigo desnudo indicando la roturación de distintas categorías de tierras, así como guisantes y habas
que, o bien denotan la rotación de cultivos
o bien el aprovechamiento de parcelas húmedas junto al río siendo esto más problemático por la influencia de las mareas en la
desembocadura del Lucus, con aportación
de sal. El olivo está también presente desde
el inicio de la ocupación del lugar, lo que
ofrece un cuadro característico de una explotación agrícola estable y equilibrada del
entorno.
El predominio del ganado bovino, seguido de los suidos y ovicápridos, denota, asimismo, no sólo una dieta rica en proteínas
cárnicas sino también una cabaña jerarquizada con predominio del ganado mayor. Es
interesante, por otra parte, la aparición de
elefante, detectado también en Mogador,
exponente de la explotación del marfil en
Marruecos, apreciada materia prima de la
refinada artesanía orientalizante.
Los niveles púnico-mauritanos
Una gran parte de la muralla occidental, las
necrópolis oriental y occidental y la urbanización visible en la cima de la colina, además de las acuñaciones locales, hacen de Lixus el mejor monumento de la civilización
púnico-mauritana en el conjunto del patrimonio arqueológico de Marruecos. El yacimiento tiene así potencialmente la posibilidad de divulgar, además de sus construcciones romanas, el urbanismo mauritano característico de la época anterior al cambio
de Era, sólo puntualmente documentado en
otros sitios.
Las excavaciones recientes reiteran, sin
embargo, que todo este panorama corresponde estrictamente a la época de la monarquía mauritana de los siglos II-I a. C. y
que faltan datos de los siglos VI a III, que podríamos denominar con mayor propiedad
púnicos, no tanto por una total ausencia de
materiales de este período sino por ausencia
de muchos detalles relativos a su contextualización. A lo largo de nuestras intervenciones sólo se han podido relacionar con estructuras constructivas contados niveles púnicos. De este modo se confirma la hipótesis de la gran remodelación de la ciudad a
partir de 200 a. C., momento en que se amplía la urbanización en la ladera sur hacia las
fábricas de salazón y el puerto y el hábitat
alcanza entre 15 y 20 ha de extensión, si incluimos las necrópolis, causando esta reconstrucción la supresión de buena parte de
los depósitos de la ciudad inmediatamente
anterior, poco visible en el registro arqueológico estudiado.
Las excavaciones recientes han revelado
para esta etapa una arquitectura y una técnica constructiva muy distintas a las de la
fase fenicia. La aparición en nuestras excavaciones de una pequeña cista con un cálato ibérico del taller de Tivissa (Tarragona)
(Conde 1993) por debajo de uno de los
suelos parece ser una ofrenda fundacional
propiciatoria contenida en un recipiente
que se divulga por el Mediterráneo occidental integrado en el comercio de Roma tras la
Segunda Guerra Púnica (218-202 a. C.)
que, aquí, sugiere la reocupación de Lixus
por un nuevo contingente humano. Es en
este contexto en donde se ha identificado la
vid, ausente, de momento, en las muestras
del período fenicio cuando, sin embargo, se
difundió su cultivo por Occidente.
La edificación de la ladera sur utiliza margas, duna fósil y calizas en bloques de tamaño medio para levantar manzanas de casas
alineadas según las curvas de nivel, de las
que se conservan paredes de hasta 3 m de altura y de entre 55 y 65 cm de anchura, con
alzados probablemente de adobe o tapial,
sólo ocasionalmente apoyadas sobre los muros fenicios subyacentes. La estabilidad de
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tales estructuras se logra ensanchando la base de los muros, en cuyo caso aparecen zapatas de cimentación, o bien excavando una
pequeña trinchera para el asiento de las hiladas más profundas, aunque hay que considerar, por otra parte, el juego de equilibrio
entre las habitaciones adosadas entre sí, contrarrestando empujes de manera eficaz gracias a la división interna de los espacios, con
superficies comprendidas entre los 18 m2 y
los 9,5 m2, y al uso de contrafuertes o puntales que refuerzan unas paredes no del todo
operativas como muros portantes para unas
viviendas de dos alturas siendo con frecuencia la inferior un sótano adaptado a la topografía de la pendiente, a veces con un pilar
sustentante. Los edificios se presentan enlucidos con cal y los pavimentos son de tierra
batida con alguna piedra incrustada o, excepcionalmente, de piedras planas, mientras
que las cubiertas son planas de tierra y ramaje, a modo de azoteas.
Un patio enlosado aparece intercalado en
una batería de habitaciones y destaca como
área de trabajo porque en él se hallan un par
de hornos de distinto tamaño de los que el
mayor ha sido atribuido a una forja dado el
orificio que presenta en la base del hogar,
por una parte, y la recuperación de residuos
siderúrgicos en sus inmediaciones, por otra.
Este horno estaría activo como tal entre el
200 y el 100/80 a. C. amortizándose después y su presencia hace pensar en el «barrio
de los metalúrgicos» de Byrsa (Lancel y
Thuillier 1982, 217-260) a pesar de que éste es de una cronología anterior al de Lixus.
Se documenta así en definitiva una tipología constructiva desconocida hasta ahora
en Lixus que, al ser específica de la ladera
sur, refleja también la zonificación funcional de la ciudad indicio de su complejidad
socio-urbanística. En la parte que desciende
hacia el puerto y sobre las fábricas de salazones, aparecen estas viviendas en las que alternan espacios cubiertos escalonados en
dos alturas y espacios a cielo abierto con
equipamientos productivos, apreciándose
en ellos una evolución comprendida entre
200 a. C. y el cambio de Era.
Las cerámicas de barniz negro del taller
de Kuass (Arsila) (Ponsich 1968), a 30 km
del yacimiento, suponen en Lixus las imitaciones de vajillas ática y campaniense mejor estudiadas en la región donde equivalen
a un fenómeno igualmente conocido en
Cádiz, Ibiza, Rosas, etc., especialmente significativo hasta el inicio del siglo II a. C.
Son sobre todo abundantes entre 200 y
130 a. C. fase en la que presentan decoración de palmetas festoneadas como las que
también se emplean en Cádiz; después los
hallazgos disminuyen y empeoran en calidad porque son desplazados por el barniz
negro de Cales (Perdroni 2001) de la fase
de producción media, muy abundante en
Lixus.
En la cima del Chumis y al norte del
barrio de los templos hay manzanas completas de viviendas púnico-mauritanas exhumadas en la década de 1950 en las que se
aprecia su peculiar disposición compacta y
concéntrica, propia de edificios con sótano
y un número de pisos que aumenta hacia el
núcleo central, dando lugar a un alzado escalonado, con un pequeño patio de luces en
su eje central. En la vivienda al sudoeste de
los templos –«casa Montalbán»– se conservan puertas arqueadas con uso de dovelas.
Todo esto indica la diferencia de la casa-tipo en la arquitectura de la parte elevada de
Lixus y en la del área industrial de la ladera,
tipos que esperan aún una descripción pormenorizada pero de los que puede adelantarse el mayor desarrollo en altura y la mayor capacidad de almacenaje para el del sector elevado y la presencia de patios y funciones artesanales sobre el área de las salazones, donde también hay almacenes.
En la campaña de 2002 se ha podido excavar minuciosamente en la ladera sur un
almacén de ánforas abandonado adjunto al
patio de los hornos citado, cuyo nivel de pavimento está 1,20 m por debajo del de éste,
lo que da idea del tipo de lugar de almacenaje típicamente lixitano. Se ha podido establecer, en consecuencia, la tipología de sus
ánforas, su cronología y su contenido en el
que están presentes los moluscos, concretamente los mejillones, envasados en ánforas
Mañá C2b.
Esto nos lleva a disponer de una muestra
del aprovechamiento de los recursos pesqueros, principal fuente de riqueza del lugar. Los análisis de ictiofauna y malacofauna derivados de las excavaciones son aun
escasos para llegar a conclusiones generales
pero sí que reflejan una diferencia entre los
restos de la alimentación de los habitantes
de este barrio y los productos envasados en
ánforas y, por lo tanto, más elaborados. Los
primeros se componen principalmente de
especies de talla pequeña del área del estuario (sepias, anguilas...) y los segundos de es-
pecies que tienen que ser capturadas en
mar abierto, tanto en fondos rocosos como
de arena, con mayor valor para la salazón.
Para la época del Alto Imperio los estudios
de las inscripciones pintadas sobre ánforas
de salazón de la forma Beltrán IIB realizados por Liou (1993, 140; Liou y Rodríguez
Almeida 2000, 7-23) han dado a conocer
lo que se denomina corda o cordula, un preparado a base de atunes de un año típico de
la zona comprendida entre Tánger y Lixus,
ciudad ésta que aparece abreviada en una
de las inscripciones del Pecio Gandolfo (Almería) ratificando el origen de la mercancía. Son datos para una etapa posterior a la
que estamos estudiando, pero que confirman lo que anuncia la gran batería de fábricas de salazón que recibe al visitante de
las ruinas de Lixus: la explotación de la pesca con fines de comercialización de sus derivados.
La ganadería de época púnico-mauritana
tiene en el cerdo su máximo representante,
seguido del buey, sacrificado a edades inferiores a las de la fase antigua, de los ovicaprinos y del caballo, no documentado antes. Es, como casi todo, una cultura ganadera bien distinta a la de la etapa fenicia.
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