LA ESCUELA TÉCNICA DE APAREJADORES

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CINCUENTENARIO de la ESCUELA TÉCNICA DE APAREJADORES.
Crónica de una época.
Creo que fue en una clase de Prácticas Gráficas de primero, esperando la
llegada del profesor, un día de mitad de curso, cuando aparece don
Mariano Nasarre Auderá, el catedrático de la asignatura, y nos dijo:
“Señores, recojan sus bártulos que nos vamos a la nueva Escuela”.
Era el curso 1961-62 y nuestro centro entonces era la Escuela Superior de
Arquitectura de Madrid, en la que ocupábamos la planta segunda. Desde
su implantación definitiva en 1895, las enseñanzas de Aparejadores se
venían impartiendo dentro de la Escuela Superior de ArquitecturaEnseñanza de Aparejadores- dependiente de la Academia de Bellas Artes
de San Fernando, creo que en la calle San Mateo de Madrid. En 1936 se
abrió la nueva Escuela Superior de Arquitectura de la Ciudad Universitaria,
construida según proyecto de D. Pascual Bravo y supervisión de don
Modesto López Otero (que era el arquitecto director de la Ciudad
Universitaria), y cuya inauguración estaba prevista para octubre junto con
las facultades de Farmacia y Filosofía y Letras. En mayo se celebraron los
exámenes de ingreso de Aparejadores, al que se presentaron muy pocos
(8?) alumnos y, sin llegar a inaugurarse, fue blanco del desastre incivil: las
fachadas del ladrillo visto característico de los edificios de la Ciudad
Universitaria quedaron ametralladas, la biblioteca destruida, los modelos de
escayola destrozados, en fin un desastre. En la rehabilitación se forraron las
fachadas con un aplacado de piedra arenisca para tapar los innumerables
impactos de la metralla y en 1942 se reiniciaron las clases. Hasta el curso
51/52 se siguieron impartiendo las enseñanzas de Aparejadores como una
sección en la Escuela Superior de Arquitectura. En el curso 52/53 se creó la
Escuela Técnica de Aparejadores pero sin edificio propio, y las enseñanzas
se siguieron impartiendo en la Escuela Superior de Arquitectura, si bien con
una organización académica ya propia: Director, cargos directivos,
Claustro, catedráticos propios etc.
La construcción de la primera y nueva Escuela Técnica de Aparejadores se
concibió, según proyecto (1960?) de Don Carlos López Romero, como
hermana menor de la Escuela de Arquitectura y ya sabemos porqué sus
fachadas están también aplacadas con piedra arenisca, amén de otros
parecidos magníficos. El solar era una ladera de pendiente pronunciada
llena de maleza y pinos que se talaron sin la menor contemplación. Los
alumnos vivimos con curiosidad la construcción de la nueva Escuela. Los
cimientos se ejecutaron por pozos profundos, entibados y excavados a
mano por poceros con picos cortos , palas y tornos manuales; la estructura
de hormigón armado mostraba el esqueleto resistente, un entramado de
vigas, pilares y cerchas metálicas en cubierta, que suscitaba en nosotros
una inmensa curiosidad (¿cómo se calcularía aquello?), los encofradores
gateaban por los fondillos de las vigas sin redes ni barandillas, el hormigón
se elaboraba en obra mediante hormigoneras de tambor fijo y eje
horizontal, los áridos arrastrados por traíllas manuales hasta la tolva de
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llenado, las armaduras de barras lisas con garrotas (¿para qué servirían?) y
algunas dobladas a 45º cerca de los apoyos, estribos más juntos en unas
zonas y más separados en otras, en fin, todo un misterio que tendríamos
que desvelar cuando avanzáramos en los estudios. Hoy sabemos que en
esa época la normativa del hormigón era del año 42 y su base era la
Teoría Clásica, tan razonable, deductiva, didáctica y segura (de la que yo
acabé prendado) y ahí está la Escuela sin una mala fisura, tan frecuentes
en las estructuras más modernas. Todo era un asombro, no sabíamos
todavía casi nada de la profesión pero la observación, la curiosidad y el
deseo de conocer que suscitó la ejecución de la Escuela en los alumnos,
fue la primera gran lección que aprendimos de ella. No parábamos de
comentar entre nosotros lo que estaban haciendo; algunos compañeros
que habían trabajado ya como listeros o delineantes, más enterados,
impartían sus “autorizadas” opiniones. Tan a mano que la teníamos, no
hicimos ninguna visita docente, que sin embargo sí recuerdo haberla hecho
a un edificio de viviendas enfrente del Ministerio del Aire, de Gutiérrez Soto.
Ya llevaba acabado el edificio de la Escuela algún mes y pensábamos
que hasta el próximo curso estaríamos en la Escuela de Arquitectura,
cuando, como ya he dicho, un día de marzo o abril, en plena clase de
dibujo, con todos los trastos en el tablero, don Mariano Basare, irrumpe de
repente y “¡señores, se acabó!, vamos a la nueva Escuela, recojan sus
bártulos y síganme”, algo así ocurrió.
Don Mariano Nasarre era un entrañable cascarrabias y excelente profesor,
que por su tono parecía siempre cabreado y yo creo que sino cabreado
estaba deseando irse a una Escuela que fuera propia, no prestada cual era
la de Arquitectura, en la que se respiraba un cierto aroma de que los
arquitectos estaban deseando que nos fuéramos y los alumnos de
Aparejadores estábamos deseando irnos; así que, con inusitada euforia, nos
fuimos a nuestra Esuela Técnica de Aparejadores. A don Mariano se le veía
satisfecho y feliz. Aquello fue un acto festivo, tomamos la nueva Escuela
como una conquista y nos interesamos por nuestro nuevo Centro, aulas de
las asignaturas teóricas, aulas gráficas, aseos, secretaría, salón de actos
vacío, capilla, etc., un orgullo para alumnos y profesores. No recuerdo que
hubiera inauguración oficial, bendición, discursos y esas cosas, creo que
no, porque el salón de actos tardó en amueblarse. Y así, curso a curso,
grupo a grupo, clase a clase, fue como se inició la ocupación y se
comenzaron impartir las enseñanzas en la nueva Escuela. Ninguna placa
recuerda el evento.
Durante varios años nos sobraba Escuela por todas partes; muchas puertas
permanecían cerradas sin saber que había detrás de ellas; no había
biblioteca, ni despachos, la sala de profesores era un lugar de respeto que
compartían como despacho colectivo todos los catedráticos y profesores;
los laboratorios tardaron en instalarse. El de Materiales , que era el único
que había, seguía en la Escuela de Arquitectura y lo compartíamos con
dicha Escuela y con la Dirección General de Arquitectura; eran tiempos de
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escasez. A la Escuela de Aparejadores nos tocaba utilizarlo los sábados por
la tarde, y allí don Jaime González Jalvo nos impartió las primeras prácticas
de Materiales: analizar granulometrías de áridos, elaborar y romper
probetas de morteros y hormigones y poco más; recuerdo que acababa
sus prácticas siempre con la misma coletilla: “Señores, se acabó, sábado
sabadete……”, una grosería machista, con pretensiones de gracia que se
permitía don Jaime porque en nuestro curso había sólo una alumna, María
Pinar.
En toda la Escuela había matriculados unos 1.100 alumnos (ha llegado a
haber más de 4.000), la mayoría en el curso Selectivo (604); en mi curso
(Primero) éramos 208, en segundo, 128 y en tercero, 158; este curso 61/62
finalizaron la carrera 149 alumnos entre junio y septiembre. Las clases eran
siempre por las tardes y a partir de la utilización de la nueva Escuela
comenzaron a impartirse clases por la mañana.
En España sólo había
Escuelas Técnicas de Aparejadores en Madrid, Barcelona y La Laguna.
El Plan de Estudios era mejorable, sobre todo en Instalaciones de la
Edificación. Eran cuatro años lectivos más un examen de grado que se
realizaba con el tercer curso. El primer año era un curso Selectivo de
Iniciación de materias básicas muy duro, con cinco convocatorias para
aprobarlo y quien no aprobaba … a la calle (más de un alumno se fue a la
calle por no superar en 5 convocatorias el Francés, p.ej.); baste decir que
en el curso 60/61, en junio, aprobamos sólo 25 alumnos de unos 620
matriculados y muchos de los aprobados repetíamos con sólo una
asignatura; la nota global era de apto o nada, es decir el que no superaba
las cinco asignaturas no figuraba en actas.
Los siguientes tres cursos
(primero, segundo y tercero) con las materias específicas similares a las
actuales, eran cursos muy llevaderos, aunque con notas poco generosas
(como en todas las Carreras Técnicas) en que a los profesores les costaba
mucho dar un notable; así, los alumnos de las carreras técnicas siempre
andábamos agobiados para las becas. Con la distancia que los cincuenta
años de esta celebración nos separa, es evidente el desarrollo de los
nuevos planes de estudio más avanzados en los contenidos de los nuevos
materiales , tecnologías, calidad, instalaciones, laboratorios, etc. etc.
El profesorado lo formaban 12 catedráticos, 4 encargados , un adjunto por
cada disciplina y los encargados de las tres marías (Formación del Espíritu
Nacional, Religión y Educación Física). Eran personas respetables, bien
formadas y experimentadas y, si bien más de uno desentonaba, de todos
aprendimos algo. No me resisto a recordar a los más brillantes, por uno u
otro motivo.
El Director de la Escuela era don Fernando Madrazo, yo creo que
descendiente de la saga de pintores y arquitectos, uno de los cuales fue
conservador de la catedral de León; era arquitecto y catedrático de
Construcción I (Albañilería, Cantería y Hormigones), poco apreciado por
los alumnos, distante, pero al que yo recuerdo como un profesor estricto
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en la utilización del lenguaje técnico, riguroso y responsable en las clases.
Sus aprobados por curso eran escasos.
Don Carlos López Romero era un bonachón y reverendo catedrático de
Dibujo de Selectivo, muy empeñado en enseñarnos a croquizar, a usar
con agilidad la escuadra el cartabón, el tiralíneas, el compás y bigotera,
las plumillas de delinear y de punto vuelto, la tinta china, el papel “guarro”,
a construir escalas raras (7/90) sobre tiras de papel para cada dibujo, a
delinear con esmero, a valorar la importancia de los rótulos, los rayados y
cuadriculados, construcciones geométricas ingeniosas, etc. etc. En fin, hoy
aparentemente inútil este adiestramiento, yo sigo pensando que todas
estas enseñanzas tienen su utilidad y que el que compone bien a mano un
rótulo, una trama, domina las construcciones geométricas, etc. encuentra
una sólida desenvoltura al hacerlo con el ordenador.
Don Jenaro Cristos de la Fuente, Arquitecto, tenía aires de seductor,
mantenía en absoluto silencio la clase y explicaba Geometría Descriptiva
con una limpieza y brillantez inusitada. No era numerario y abandonó
pronto la docencia.
Don Juan Vera García, no numerario, era un brillante matemático,
aparejador y vividor ; algún día dio clase en absoluto silencio y atención de
los alumnos, rojo como de haber comido y bebido en exceso. Se contaban
de él historias míticas como que hizo la carrera de Farmacia en un año para
humillar a su novia que se quejaba de que era una carrera larga y difícil: se
quedó soltero. No se presentó a la oposición a cátedra, que ganó don
Vicente Ayuso, cesó en su condición de responsable de Matemáticas , lo
acoplaron como adjunto de Miguel Oliver en Mecánica Aplicada y murió
joven al poco tiempo.
Don Félix Orús Asso era el secretario de la Escuela, químico y aparejador era
el único catedrático que tenía publicado (Ed. Dossat) su libro de texto, un
tratado de Materiales de Construcción del que se hicieron varias ediciones.
Sus clases no era amenas, pero no cabe duda que era un buen
universitario.
El ya citado don Mariano Nasarre era uno de esos profesores cuyas
enseñanzas le persiguen a uno, para bien, toda la vida profesional; desde el
comportamiento personal, las recomendaciones para el futuro profesional,
hasta las enseñanzas regladas de su asignatura y un buen anecdotario, se
recuerdan con reconocimiento docente. Saber componer y leer un plano,
manejar los gruesos de líneas, la observación aguda y crítica de elementos
arquitectónicos que nos proponía como modelo de las prácticas, los
croquis, la delineación y la construcción, notas y letreros aclaratorios,
roturas y deficiencias, desplomes, juntas , etc. etc. ¡todo había que tenerlo
en cuenta!. Las correcciones en público en voz alta y severa, a veces
crueles, pero en general llenas de gracia e ironía, eran un atractivo en sus
clases. Trabajos prácticos como los estudios de la valla del Retiro, los
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bancos de granito de la Universitaria, la fachada de las Cortes (hasta
donde pudiéramos medir), el baño de nuestra casa, el atril antiguo de la
iglesia de nuestro pueblo, etc. etc. fueron ejemplos inolvidables de lo que
fue el curso de Prácticas Gráficas.
Pedro R. Riveiro, era encargado de Mecánica General, de la que
solamente explicaba sus apuntes de Estática y una buena colección de
ejercicios prácticos. Mantenía en tensión y atentos durante todo el curso a
los alumnos, poco dispuesto a aclaraciones y preguntas. Abandonó la
docencia cuando Pedro Ramón Moliner (hijo de Doña María Moliner,
extraordinaria persona, catedrático en Barcelona y fallecido joven) ganó la
Cátedra de Física y Mecánica.
Don Sabino Zubillaga , catedrático de Topografía, soportaba el apodo de
san Sabino que admitía para los crueles alumnos un doble sentido.
Aparejador y Topógrafo explicaba con minuciosidad la teoría y el manejo
de aquellos viejos cacharros de latón con los que aprendimos a levantar
taquimétricos por los alrededores de la Escuela, ayudado por su ayudante
Ángel Serrano, militar de la politécnica del Ejército.
Don Ramiro Avendaño Paisán, Matemático, Arquitecto y Catedrático de
Construcción era un de esos profesores que sabía de todo y no presumía
de nada : explicaba Matemáticas Técnicas Superiores y Mecánica General
en la Escuela de Arquitectura, Mecánica Aplicada en segundo curso de
Aparejadores, Ampliación de Estructuras a los del Plan Nuevo y Carpintería
y Cerrajería en tercero. En su profesión era un buen urbanista, funcionario
del Ministerio de la Vivienda. Venía a clase, con frecuencia, en el tranvía de
la Universitaria. También soportaba el apodo de san Ramiro y era un
profesor pausado, receptivo, nada pretencioso, en fin un probo profesor y
funcionario. Tenía publicados sus apuntes y ábacos que nos facilitaba
mucho el estudio; no era frecuente y es síntoma de buen profesor.
Don Julián Navarro era también un sabio, pero de malas pulgas. Arquitecto
desde 1936, muy joven para la época, que por alguna circunstancia
(política?) se fue a Venezuela donde se hizo Ingeniero Civil y trabajó unos
años. Catedrático de Prácticas Gráficas (Dibujo II) y luego de Oficina
Técnica, exponía excelentes lecciones de Estructuras, Construcción o
Carpintería; para dirigirle la palabra habías de tener en el tablero la
práctica del día y un lapicero en la mano para expresarte bien, de lo
contrario no te atendía; dibujaba muy bien en la pizarra y valoraba la
limpieza y presentación del trabajo. Fue profesor de Construcción en
Arquitectura, voz baja y discurso estricto, no toleraba barullo en el aula.
Publicó temas estructurales avanzados en la revista Informes de la
Construcción del Instituto Torroja y unos apuntes sobre las nuevas teorías
del Hormigón Armado. Se jubiló y despareció de la Escuela con un poso de
amargura; no volvió a ningún acto.
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Rodrigo Vivar y José A. Lacalle, eran dos licenciados en Derecho, muy
jóvenes y brillantes. Nos hacían las delicias con una materia tan importante
para la vida y la profesión, que amenizaban con ejemplos divertidos y
elocuentes. Ambos murieron jóvenes.
Don Enrique López Izquierdo era un Arquitecto y Catedrático clasista y de la
vieja escuela que impartía Prácticas Gráficas y de Obra 2ª (Dibujo III).
Apenas explicaba, pero era impecable en la vestimenta, tolerante, amable
en el trato y brillante en su profesión.
Estas líneas pretenden describir una época, unas costumbres, un lugar, una
Universidad con medio siglo de distancia; no se si a alguien le puede
interesar esta añoranza y comparar la evolución. Después de finalizar los
estudios me inicié en la docencia con una beca y durante 41 años me
enganché en esta Escuela, que con 3 años más que estuve de alumno y 6
años que llevo jubilado, suman los 50 que celebramos.
Con permiso y acabo:
Creo que en la Historia hay temas eternos, que no cambian con el tiempo;
uno de ellos es la adquisición del conocimiento, la formación, el
aprendizaje: sólo se llega a él con el esfuerzo, con la voluntad férrea de
adquirirlo, es decir estudiando a fondo y en dedicación plena, salvo
excepciones. Hace unos días he leído que a los hermanos Montoro
(catedráticos y ministro uno de ellos) su padre les prohibió trabajar mientras
estudiaban, a pesar de una muy precaria situación económica; hace unos
años que entró en crisis esta teoría y hasta desde las instituciones se
ordenan los Planes de estudio compatibles con el trabajo. Tiza, pizarra y
codos, es eterno.
La aparición de la informática, tan importante e imprescindible para el
ejercicio profesional, ha perturbado el proceso de adquisición de los
conocimientos básicos de las técnicas.
Desde su origen allá por 1855 el título oficial de Aparejador y la profesión
se ha abierto paso a codazos, al principio entre los Maestros de Obra y
Arquitectos y ahora entre Ingenieros y Arquitectos que no acaban de
aceptar la denominación que, por la evolución natural y asimilación con
Europa, se ha establecido por el Plan Bolonia, Ingeniero de la Edificación.
Tarde o temprano se asentará este vendaval reciente y la Escuela será el
soporte de una profesión de prestigio, arraigada desde la primera mitad del
siglo XV y con un futuro cierto.
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