El `sambenito` de la conciencia

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El 'sambenito' de la conciencia
Written by Carlos Caso-Rosendi
La reflexión de esta mañana vino de ver una parte de A Man For All Seasons, la película que
siguió a la obra teatral de Robert Bolt. Fue una de esas películas que vi cuando era un niño y
que no pude completamente entender. Ahora que no soy tan niño y puedo entender cuál es el
centro de la trama, me encuentro con que la sociedad se ha vuelto tan niña y tan inmadura
como yo era en aquel 1966. Paradójicamente, los gobernantes del mundo de hoy, los adultos,
no entienden este asunto de la conciencia.
Les presento un pequeño diálogo tomado de la obra, según se cita en un artículo de Robert
Royal:
Norfolk: Oh ¡basta de líos! No soy un canónico, no sé si el matrimonio fue o no fue legal, pero
maldita sea, Tomás: ¡mira la lista de nombres! ¿Por qué no puedes hacer como yo y venir con
nosotros por simple camaradería?
Moro: Y cuando ambos hayamos muerto, y tú vayas al cielo por seguir tu conciencia, y yo vaya
al infierno por no seguir la mía ¿Vendrás conmigo por simple camaradería?
El asunto
en discusión es el matrimonio de Enrique VIII de Inglaterra. La puja entre el Papado y el Trono
ha llegado al límite y Tomás Moro, Canciller del Reino, debe elegir entre servir al Rey o a su
conciencia. La diferencia entre una decisión o la otra, es la vida. Norfolk y Moro saben bien lo
que pasará si Moro sigue el dictado de su conciencia.
El argumento de Norfolk no es muy potente que digamos, pone el compañerismo y la simple
conveniencia política por sobre la doctrina religiosa y la integridad civil. En el centro del consejo
de Norfolk hay un reverencia profunda ante el poder inmediato del rey Enrique. En la reflexión
de Moro la perspectiva no es inmediata, sino eterna. La camaradería y la conveniencia no
pueden hacer nada para cambiar la certeza de Moro, porque las cosas temporales carecen de
importancia para quienes son capaces de ver las consecuencias eternas de sus actos.
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El 'sambenito' de la conciencia
Written by Carlos Caso-Rosendi
A simple vista alguien pudiera preguntarse: “El rey hará su gusto de todas maneras ¿por qué
no ser bueno con él y seguirle la corriente por educación, por respeto, por simple cortesía?
No hace mucho tiempo Serrat nos proponía en su canción La Conciencia:
Bastaría con el respeto, la sinceridad y un poquito de benevolencia. Pero nos cuelgan, sin
ninguna necesidad, el sambenito de la conciencia.
“Sin ninguna necesidad” es la parte que me interesa. Norfolk y Serrat están de acuerdo en
preguntarle a Moro cuál es la necesidad de actuar así y hacerse cortar la cabeza, cuando un
poquito de respeto, sinceridad y benevolencia ayudan a que la gente se lleve mejor.
En la Iglesia de hoy hay muchos que han adoptado esta actitud. El Evangelio está muy bien,
pero no lo prediquemos, porque es “pedantería” pensar que alguien puede tener razón y otro
no en algo tan delicado como la salvación del alma. Y esto es solo un aspecto de los muchos
que adopta esta nueva herejía, la dulce herejía de “ser buenito” y dejar que las almas se vayan
respetuosa, sincera y benevolentemente al infierno.
El buenismo ha estado presente ya por un tiempo. C. S. Lewis ya notaba su corrosiva
presencia en la cultura de los primeros años de la posguerra. Hoy lo tenemos entre los fieles.
Hay quienes prolijamente evitan esas frases violentas de Jesús, como la que viene al final de la
parábola de los viñadores. Otros construyen laboriosas teodiceas alrededor de las frases
“problemáticas” como “ve y dile a esa zorra”, “prole de víboras,” o el episodio de la expulsión de
los cambistas del templo ¿Por qué Jesús no pudo usar un poquito de respeto, sinceridad y
benevolencia con los cambistas?
Estamos en claro que la violencia divina se justifica porque Dios puede ver los corazones y
nosotros no. Sin embargo hay veces en que los corazones están a la vista y podemos ver la
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verdad pura y dura de lo que una persona es, porque esa persona nos permite ver su corazón
por medio de acciones espectacularmente claras, como las ocho esposas de Enrique VIII o las
acciones públicas de individuos como el sacerdote George Geoghan, el famoso pedófilo de
Boston que arruinó la vida de cientos de niños, o las imágenes de homosexuales en aquel siti
o
"católico" del que hemos estado hablando últimamente.
No nos engañemos pensando que quizás el problema del rey Enrique era consecuencia de la
sífilis que padecía, o que una conversación respetuosa, sincera y benévola puede poner coto a
los instintos bestiales de un pedófilo. El poder del bien reside, no en los modales, sino en los
poderosos confines de la conciencia. Santo Tomás Moro lo demostró en su tiempo como un
adelanto de la era por venir.
Así que el farmacéutico que dispensa anticonceptivos a sabiendas del daño que le causan a la
mujer y al medio ambiente, el médico que se desentiende y refiere a una paciente al abortero,
el religioso que calla ante la acción de los perversos en la sociedad o en la misma Iglesia, el
político que se lava las manos de la corrupción gubernamental, el empleador que recorta los
sueldos de sus empleados, sabiendo que está siendo mezquino y robando la calidad de vida
de los que Dios puso a su cuidado... todos ellos, actuando así “porque todo el mundo lo hace” y
otros callando a cuenta del respeto, la sinceridad y la benevolencia mal entendidas... Todos
podemos reflexionar sobre las palabras de Santo Tomás Moro a Norfolk:
“Y cuando ambos hayamos muerto, y tú vayas al cielo por seguir tu conciencia, y yo vaya al
infierno por no seguir la mía ¿Vendrás conmigo por simple camaradería?”
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