AUTOCOMPLACENCIA DE NARCISO

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AUTOCOMPLACENCIA DE NARCISO
Amedeo Cencini
Historia de un virus
Narciso en la mitología griega, es
un hermoso joven del cual se enamora una bella jovencita llamada Eco,
bella aunque un tanto parlanchina
(también antiguamente...), hasta tal
punto parlanchina que hasta los dioses, perturbados por su incorregible
verborrea, en un momento deciden...
intervenir por autoridad, dejándola
prácticamente muda, o mejor sólo
capaz de repetir las últimas palabras
pronunciadas por otra persona (o de
hacerle... el eco). Y de esta manera la
jovencita no puede hacer su declaración de amor, su única posibilidad es
que Narciso pronuncie esas tres palabras estratégicas, como un SOS. Pero
éste no las pronuncia, se prepara en
efecto para ser deseado, más bien,
también él siente atracción por la
muchacha, pero no acepta el cambio.
Eco está limitada, está impedida, es
demasiado poco para él...; y no pronuncia la palabra de amor. Eco, entonces, muere de angustia, y los dioses,
ahora a su favor, castigan al bello
muchacho, con una pena en verdad
singular: lo condenan a enamorarse
de sí mismo. Hoy quizás esta no sería
considerada una condena (hay a nuestro alrededor muchos adoradores de sí
mismo), en realidad está entre las
mayores penas. Narciso comienza
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DOCUMENTACIÓN
Continuamos con nuestro proyecto
de identificar algunas de las formas de
faltas de libertad interior. En esta ocasión nos fijamos en una manera particularmente sutil y no fácil de reconocer, por estar toda ella construida
sobre una serie de equívocos, y no
siendo sin embargo cosa rara, hay
quien dice que es la enfermedad de
nuestro tiempo. Se trata del narcisismo, en parte perturbación psíquica, en
parte virus que penetra por doquier.
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desde entonces a encerrarse en sí
mismo, a no buscar más a ningún otro,
a dialogar consigo solo, a no tener
necesidad de nadie. Pero en este punto
sucede una cosa extraña: todos estas
operaciones autorreferenciales no lo
calman, más bien, lo dejan con una
duda atroz y burlador: ¿soy de verdad
digno de amor o no? ¿soy hermoso o
no? Sin embargo ha descubierto que
las aguas del lago reflejan su imagen
(aún no existían los espejos) y todas
las mañana cumple la liturgia autocelebrativa: se mira en esta agua para
contemplarse y convencerse de que de
verdad es el más bello, el más valiente, el más... todo. Pero la ilusión dura
un instante como una rabieta la duda;
y así cada mañana debe repetir su
“rito de las aguas”. Hasta que una
mañana, en el intento de capturar para
siempre aquella imagen como signo
definitivo de su amabilidad y belleza,
se asoma excesivamente, cae en el
agua y muere ahogado, ahogado en la
imagen fatua y falsa del yo, para decir
a todos que el autoenamoramiento es
una operación que va a la quiebra,
como un suicidio.
Raíces
En primer lugar Narciso no es
alguien que no ha sido amado, sino
que rehúsa el amor. Lo rehúsa porque
no lo aprecia, lo considera ya pasado,
porque él el amor lo quisiera perfecto,
de personas a su vez perfectas. Por
esto el amor de otro nunca le es suficiente, ahí quiere siempre más, es insaciable y se convierte en alguien siem-
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pre descontento, no sabe descubrir los
así llamados pequeños signos de benevolencia ni sabe gozar el ser bienamado. O bien, no es libre para aceptar al
otro en su imperfección, de acogerlo
en su diversidad, en consecuencia no
es libre para dejarse amar por el otro
según su capacidad, de la forma que el
otro sea capaz. Pero esta es pretensión
absurda de vivir en otro mundo, visto
que no existe en esta tierra derecho
alguno a la vida perfecta o al amor perfecto, y es también una pretensión
ingrata porque todos hemos sido amados (y también mucho) por personas
limitadas, empezando por nuestros
propios padres; más bien esto es propiamente lo hermoso del amor, que
soporta las imperfecciones de los
amantes y los amados, y es casi siempre amor verdadero.
Otra razón sutil: Narciso no reconoce y casi ignora cualquier afecto
porque es del todo gratuito e inmerecido, no ha hecho nada por conquistarlo, no es fruto de sus fatigas, no ha
tomado él la iniciativa... Pero precisamente aquí está el problema, porque
ésta es como una ofensa para uno que
piensa que se-ha-hecho-a-sí-mismo,
para quien cree que nunca ha tenido
que dar gracias a nadie y se olvida de
que la vida es un bien recibido y que
no tienen el origen en sí mismo. Es la
otra cara de la moneda respecto al primer punto: Narciso no es libre de
reconocer el mérito del otro, la bondad y la iniciativa del tú en la confrontación con el yo; no puede admitir que ha sido querido de modo excelente y gratuito. En consecuencia no
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Autocomplacencia de Narciso
es libre de dejarse amar en su personal no amabilidad, en su imperfección, dejando que el otro dé el primer
paso o... lo haga todo. Y es otra gran
desdicha, porque de este modo se
entumece, cerrándose a la experiencia
más bella del amor, y el amor mismo
no es ya gratuito, sino que se convierte en un derecho, una imposición, lo
contrario del amor.
¿Qué quiere decir en este caso
ser narcisista?
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El narcisista, como hemos visto
ahora, es esencialmente uno que no se
deja amar, no porque no lo quiera
(eso no sería posible), ni porque esté
cautivo y menos demente, sino más
simplemente... porque no puede. Para
dejarse amar concurre una doble
libertad que él no tiene: la libertad de
hacerse querer por el otro con los
límites y capacidad que cualquier
persona tiene, y la libertad de dejarse
amar en la propia no amabilidad, en
los propios límites, de modo desmerecido y gratuito.
Nosotros pensamos que lo más
importante y difícil que hay es el
amor que debemos a los otros; la vicisitud de Narciso nos cuenta que en
primer lugar viene la disponibilidad a
dejarse amar, o que el amor es antes
que nada recibido. Quizás cuánto
amor hay en la vida de cada uno que
nosotros habíamos dejado allí, que no
hemos recogido, que sutilmente habíamos despreciado y escarnecido, que
nos hemos permitido subvalorar, de
considerarlos de escaso valor y cuali-
dad, de quien orgullosamente habíamos podido hacer de menos, o que
expeditivamente habíamos considerado pequeño, insuficiente, imperfecto... ¡Ese Narciso que hay en nosotros, vanamente enamorado de su yo,
no puedo aceptar ser amado por un
amor imperfecto!
O bien quizás cuanto amor no
hemos acogido a lo largo de nuestra
historia simplemente porque era...
demasiado fácil y cumplido, porque
no hacía resaltar bastante nuestra persona y nuestro méritos, porque no era
fruto de nuestra conquista, y más bien,
estaba ligado a una debilidad nuestra
perdonada, olvidada, tratada con
misericordia, o a una incapacidad que
no se ha hecho pesar, a un fea figura
que ninguno más ha recordado, a un
error que otros han de alguna manera
ajustado, a un fallo que no se ha
subrayado, a una deuda que no se ha
tenido en cuenta, a una maldad de la
cual hemos sido absueltos... También
aquí, quizás cuántas veces hemos sido
amados de igual manera, con hechos a
veces tan discretos que resultaban
invisibles, tanto que no lo hemos
advertido siquiera y no nos hemos
tomado la obligación penosa de dar
gracias a nadie. Y no porque seamos
necesariamente ingratos, sino porque
decir gracias llevaría implicado el
tomar conciencia de que habíamos
sido amados en lo más amable que
había en nosotros, y esto nos resulta
extremadamente difícil admitirlo. No,
todos queremos ser amados, ¡eso faltaba!, pero nos molesta o cuanto
menos no nos es fácil aceptar ser apre-
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ciados donde no lo merecemos y a
pesar de que no lo merezcamos; el
narcisismo significa propiamente
esto, la pretensión de merecer el amor,
y es exactamente la pretensión narcisista la que nos hace fatigosos aceptar
el amor totalmente gratuito y sin
merecimiento. Sin embargo es así
como nos ama Dios, y no sólo Dios...
Pero nosotros no lo advertimos, porque no somos libres de dejarnos querer bien de esta manera, o bien admitiendo no merecer el amor. Y quizás
nos lamentamos de no haber sido suficientemente amados o andemos buscando el amor quien sabe donde o de
quién, y corremos el riesgo de convertirnos en seres insaciables o mendigos
de aquello que poseemos en abundancia, o insensibles ante los pequeños y
exquisitos gestos de atención y cariño
en nuestros momentos de estancia con
otros, o acabemos por reducir el amor
solo al gesto material y satisfaciente
de los sentidos, convirtiéndonos en
seres burdos además de ingratos.
Consecuencias
Consideramos aquí sólo una que es
la relativa al sentido del yo, que además es la consecuencia más relevante: el narcisista, en efecto, se cierra
cada vez más en sí mismo y decide no
tener necesidad de nadie. En efecto el
otro es como eliminado de su vida,
visto que sólo acepta el amor perfecto y que pretende haberse construido
con sus propias manos o haberse
ganado todo cuanto tiene o es. Pero
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precisamente aquí se oculta el virus y
la auto-condena ruinosa, o bien en la
pretensión de ser artífice de sí mismo,
creador de la propia fortuna.
En este auto-enamoramiento frustrante, por una lado será bastante difícil para el narcisista aceptar los propios límites y fallos y hacerse amar
precisamente allí.
Por otro lado no solo estará cada
vez más solo y a veces incluso deprimido, sino que estará progresivamente oprimido y apesadumbrado por el
peso de esta pretensión, por el terrible
equívoco de deber merecer todo: Dios
es el amor, el premio terreno y eterno,
los amigos y el éxito..., es posiblemente vencer siempre o llegar antes
que los otros. Vive obsesionado por
su autos, por su ego, por su bienestar,
por sus sentimientos, derechos, acontecimientos. Ni la vida espiritual será
jamás contaminada. Dios es para él
solamente una muda superficie sobre
la cual hacer rebotar la propia satisfacción; la plegaria, la oración de sí y
de sus propios sentimientos, enredo
del yo sobre sí mismo, en un monólogo más o menos complacido cuando
centro del universo o polo de atracción son dos letras mágicas: yo. Un
yo que ha olvidado la palabra más
importante del cosmos: tú.
Y entonces se encuentra lejos de
Dios y de los otros. Narciso está más
lejos de Dios que Caín...
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(Mondo Voc, febrero 2003. 18-20)
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