Dulce navidad. Lali miraba la oscuridad de su habitación con los

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Dulce navidad.
Lali miraba la oscuridad de su habitación con los ojos muy abiertos. Decir que la miraba era una
forma de decir, suponía ella, porque en realidad no veía nada... o quizá era la oscuridad quien la
miraba a ella y le tapaba los ojos para que no se diera cuenta.
Era una lluviosa Nochebuena no muy distinta de otras, Mamá y Papá no estaban en casa, trabajaban,
como todas las noches. La Abuela ya no estaba para festejos y roncaba despatarrada en un sillón del
living frente al zumbante televisor. La cena se había enfriado a medio comer en la mesa, Lali no
tenía hambre esa noche, la Abuela comía poco porque sino le daban gases, pero no había dudado en
tomarse la botella de sidra ella sola.
Esta Nochebuena era diferente porque Lali, pese a sus cortos seis añitos, ya no creía en Papá
Noel. No era que alguien hubiese tenido la crueldad de arrebatarle la ilusión tan temprano,
simplemente era una niña demasiado despierta para su edad, percibía las diferencias, nada más.
La pequeña de la gran casa de la esquina recibía siempre cuatro regalos por lo menos y ella sabía
que no era precisamente una buena niña, sobre todo porque le gustaba hacer alarde de sus regalos
frente a quienes gracias si recibían uno. En cambio Joaquín, su amigo del alma, el vecino de al lado;
siempre recibía cosas que necesitaba, pero que no pedía. Ropa, zapatillas que tenían aspecto de no
ser del todo nuevas y que muchas veces se parecían sospechosamente a las de su primo Nicolás.
Hilando ese tipo de cosas, Lali había llegado a la conclusión de que quienes elegían los regalos
navideños, dentro de sus posibilidades, eran los propios padres, y esa era su primer Navidad a ojos
abiertos. Se sentía más nerviosa que de costumbre, como si la certeza pesara más que la ansiedad.
Los ojos comenzaban a cerrársele cuando el estruendo de los fuegos artificiales la hizo sobresaltar.
Era hora.
Aguzó el oído intentando separar los sonidos, los ronquidos de la Abuela reinaban en la casa junto
con el "shhhhhhh" del televisor que parecía querer callarla. Esperó un poco más. Nada pasaría,
estaba segura de ello y comenzaba a hundirse nuevamente en su almohada, cuando el quedo chirriar
de la puerta del fondo la asustó. La oscuridad intentó metérsele por los ojos, casi pudo sentirla. Se
incorporó en su lecho sin saber qué hacer.
"¿Abuela...?" Pensó sin animarse a emitir palabra alguna. Se bajó de la cama en puntas de pie, se
abrazó a su oso Simón, que la acompañaba desde que nació. En cámara lenta dio unos pasos hacia el
living. La luz, pese a ser tenue, le hizo doler los ojos. Allí estaba la Abuela, durmiendo con la boca
abierta y el televisor alumbrando la escena tan poco navideña. En un rincón, el árbol y sus luces
verdes y rojas sonreían condescendientes.
Una sombra apareció frente a la ventana, Lali quedó paralizada tras el marco de la puerta, no se
atrevía a moverse para no romper la ilusión... había vislumbrado un traje rojo... un gorro en punta...
una barba blanca. Apretó a Simón contra su pecho, testigo mudo de la velocidad con la que latía su
pequeño corazón emocionado. Papá Noel abrió una bolsa y extrajo de ella una caja que brilló con
destellos dorados a la luz del televisor. La Abuela se revolvió en sueños murmurando "Sergio, cerrá
la puerta...".
Lali se tapó la boca reprimiendo una carcajada. Era la noche más mágica que jamás hubiera soñado.
Finalizado el ritual de la entrega de regalos, Papá Noel se escabulló hacia afuera sonando a
cascabeles, entonces Lali comenzó a saltar, rió como solo una niña pequeña puede hacerlo y
olvidándose por completo del regalo bajo el árbol, corrió a su cama, escondiendo el rubor de sus
mejillas entre las sábanas.
Los fuegos artificiales comenzaban a menguar y cuando el silencio fue casi absoluto, Lali se durmió
feliz.
Papá Noel no se había vuelto al Polo Norte aún, se había sacado la barba postiza y observaba
emocionado, por una ventana, el rostro dormido de su hija con la sonrisa más ancha que había visto
en años.
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