Milosevic
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Memoria de nuestro tiempo
Milosevic
- solo en la web -
Fecha de publicación en línea: Domingo 26 de marzo de 2006
Fecha de redacción: 26 de marzo de 2006
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El interminable juicio de Slobodan Milosevic:
la cara y la cruz...
Catherine Samary
Para los medios de comunicación dominantes - y el común de los mortales que los lee - Slobodan Milosevic era "el
carnicero de los Balcanes". Su inculpación por genocidio, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad
perpetrados durante los conflictos y guerras de Croacia, Bosnia y Kosovo de 1991 a 1999 se percibe como una
"evidencia" que el Tribunal Penal para la antigua Yugoslavia (TPIY) no podía sino confirmar, haciendo finalmente
justicia a los centenares de miles de muertos de las limpiezas étnicas de las que habría sido el principal
planificador.
Para un buen número de los que se movilizaron contra la intervención de la OTAN (junio 1999), Slobodan Milosevic
fue por el contrario víctima de las grandes potencias. Estas lo tomaron por objetivo, porque se oponía al orden
mundial y a la desintegración de Yugoslavia que querían en realidad los demás nacionalismos; éstos (albanés,
croata o bosnio musulmán) fueron armados e instrumentalizados por las grandes potencias para imponer en la
práctica un orden liberal hostil al mantenimiento de la antigua Yugoslavia. Una campaña de calumnias de los medios
de información mundiales diabolizó pues el "serbiocomunismo" con el fin de preparar la intervención armada de la
OTAN contra Milosevic-Hitler - como los Estados Unidos propagaron mentiras contra Saddam-Hitler para "legitimar"
su propia guerra.
Efectivamente, dos son las campañas principales que diabolizaron el "serbiocomunismo":
a principios de la década de los 90, la del grupo de presión croata internacional. Este ocultó y blanqueó lo que
fue la política de Franjo Tudjman: después de haber cambiado el estatuto de los Serbios en la constitución, reducir
su parte en la población croata del 12 al 5% (lo que se llevó a cabo en 1995 mediante las masivas operaciones de
limpieza étnica realizadas a la sombra de las matanzas de Srebrenica ); realizar una "Gran Croacia" ampliándola
hacia Bosnia - dando derecho de voto en Croacia a los Croatas de Bosnia y efectuando una limpieza étnica (en
primer lugar antiserbia luego antimusulmana) de Herceg-Bosna y de su "capital", Móstar con la ayuda directa del
ejército croata bajo el control del Ministro de Defensa Gojko Susak. La reciente publicación de los archivos croatas
confirma lo que se denunció a contracorriente en la época . La opción del Presidente bosnio Alija Izetbegovic de no
denunciar oficialmente más que a un único agresor - al jugar la carta de una intervención occidental más bien que la
de una resistencia multiétnica - contribuyó a la confusión en los medios de comunicación y las opiniones públicas.
La segunda gran campaña de los medios informativos tuvo lugar durante la guerra de la OTAN por Kosovo (junio
de 1999), constituyendo en la práctica una explotación y radicalización de la primera campaña...
La inculpación de Milosevic, en plena guerra de 1999 de la OTAN por Kosovo, por la fiscal del TPIY Louise Arbour,
reforzó la imagen "política" de esta "jurisdicción", como mera vasalla de las grandes potencias - y , en particular, de
la primera de ellas, los Estados Unidos. Louise Arbour consideraba ciertamente la intervención de la OTAN idéntica
en cuanto a su naturaleza y tan legitima como el desembarco aliado de la Segunda Guerra Mundial. Para legitimar
unos "ataques" que deberían durar tan sólo algunos días, y se transformaron en guerra (con cero muertos para la
OTAN), catástrofe humanitaria y fracaso para la OTAN , los medios de comunicación presentaron a los 800.000
albanokosovares que huían de los combates como "deportados" mientras que se predecía el hallazgo de decenas
de miles de muertos en las fosas comunes que se descubrirían sobre el terreno. El Ministro alemán de Defensa,
Rudolf Scharping, anunció la existencia de un "plan herradura", el 9 de abril de 1999 asegurando que había
empezado a ejecutarse a partir de noviembre de 1998 en Kosovo. Louise Arbour esperaba muy probablemente
poder acusar a Milosevic de genocidio en Kosovo.
El "plan herradura" resultó ser una impostura; las investigaciones sobre el terreno realizadas con todos los medios
de investigación de un protectorado bajo la presencia de la OTAN hicieron caer brutalmente las cifras de muertos, y
el Tribunal Supremo de Kosovo, en Pristina, concluye por su parte el 6 de septiembre de 2001 tras la investigación
de las supuestas fosas comunes, que no hubo genocidio en Kosovo durante este mismo período (véase nota de la
AFP de 7 de septiembre).
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Para "consolidar" la inculpación de Milosevic, se añadieron otros dos conjuntos de motivos de acusación,
remontándose en el tiempo - que se referían a Croacia (1991-1995) y Bosnia (1992-1995) - que la fiscal Carla del
Ponte reunió en un único sumario "indivisible" (lo que explica la larga duración del juicio): pues para ella se trataba
de demostrar por una parte la unidad del proyecto de la "Gran Serbia" del que Milosevic sería el principal instigador
a lo largo de la década de los 90, y que se aplicaría tanto a Kosovo como a Croacia y Bosnia - y, por añadidura
basar la acusación por genocidio en Bosnia, en particular, en las masacres de Srebrenica de 1995.
¡No fue difícil para Milosevic poner de manifiesto que nunca había puesto en práctica un proyecto coherente de
creación de la Gran Serbia - para dar testiminio de ello se presentó ante el tribunal nada menos que su aliado de
extrema derecha...Vojslav Seselj. La oposición nacionalista serbia acusó a Milosevic de haber sacrificado a los
Serbios de Croacia y Bosnia renunciando a la integración en Serbia de sus "Repúblicas" autoproclamadas. Y Carla
del Ponte cosechó aquí un nuevo fracaso.
¿Pero en qué basó su "alegato" Milosevic?
La parte fundamental de la defensa de Milosevic relativa a Kosovo tuvo por objeto demostrar... que los Estados
Unidos se habían equivocado de aliados: que Ben Laden y el terrorismo participaron en el conflicto en Kosovo como
en Bosnia. Que la represión de Belgrado contra el UCK era "legítima"...
Lo que Milosevic tomó prestado a la ideología nacionalista serbia no fue un proyecto de limpieza étnica sino la
subordinación a Belgrado de Kosovo y de su población albanesa. La opción por parte del UCK - Ejército de
liberación de Kosovo - de jugar a la internacionalización del conflicto entró en convergencia con el objetivo
geostratégico de los Estados Unidos - extender el papel y la presencia de la OTAN en los Balcanes y en Europa en
general. Es esto lo que la delegación serbia se negó a firmar en Rambouillet. Pero el actual Presidente Vojislav
Kostunica, que fue el vencedor de Milosevic en diciembre de 2000... rechazó tanto como Milosevic o Seselj tal
presencia y la guerra de la OTAN (y no habría salido elegido, si no la hubiera denunciado sistemáticamente ...). Este
rechazo no basta para ser progresista.
Las distancias tomadas por Milosevic en 1992 respecto de la política de Gran Serbia predicada por Vojislav Seselj,
no permiten desatender dos hechos principales: 1°) la alianza con Seselj dio a éste así como a sus milicias todos los
medios iniciales de su trabajo sucio, en Kosovo, Croacia y Bosnia - y, en las fases de rupturas y conflictos con
Seselj, Milosevic no hizo lo necesario para desarmar, prohibir y enjuiciar a estas milicias - pues él mismo se
apoyaba también en una policía paramilitar, y en los actos vesánicos del mercenario Arkan; 2°) cuando podía
constatarse una ruptura parcial con la extrema derecha nacionalista, ello redundaba en favor de un apoyo a "planes
de paz" internacionales elaborados en Bosnia y Croacia, que legitimaban las limpiezas étnicas, en particular, con
ocasión de las negociaciones de Dayton...
Por lo tanto, si Milosevic estaba en condiciones de resaltar las amenazas y miedos reales de los Serbios de Croacia
y Bosnia, convergía con Franjo Tudjman en una alianza básica, que va del encuentro de 1991, en que se debatió la
división étnica de Bosnia, hasta el de Dayton, tras el que se aprovechó la expulsión de los Serbios de Croacia para
repoblar Kosovo, a expensas de los Albaneses....
¿Quién ha hablado de un internacionalista?
Traducción: John Brown
¿Ha muerto un enemigo de la Humanidad?
Algunas reflexiones sobre la muerte de Slobodan Milosevic
por John Brown
Ha muerto Milosevic en la cárcel. Muchos no lamentarán como una pérdida su desaparición, pues no cabe la más
mínima duda de su directa responsabilidad en la creación del clima de guerra civil larvada y luego abierta que
destruyó Yugoslavia y favoreció la intervención de la OTAN en la región. El problema que plantea su fallecimiento no
es un problema humanitario. Quien se dedica a la política sabe perfectamente desde la antigüedad que su actividad
le granjea enemigos: son gages del oficio. Sin embargo, hay algo que produce un íntimo desasosiego en este
proceso y muerte de Slobodan Milosevic. Y es que su muerte forma parte de un guión ya escrito desde que
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decidieron juzgarlo en el Tribunal penal internacional para la antigua Yugoslavia.
En ese tribunal cuyo antijurídico carácter de "tribunal especial" no se oculta ni siquiera en su propia denominación,
Milosevic logró mantener una línea de defensa que ridiculizó en todo momento a quienes le acusaban. La base de
su inculpación era que en Yugoslavia se había cometido un genocidio, esto es que se había pretendido liquidar a los
integrantes de una etnia por su pertenencia a ella, que los serbios pretendiendo crear la "gran Serbia" habrían
limpiado de croatas y de musulmanes zonas enteras de Bosnia y Hercegovina y posteriormente habrían planeado
liquidar a la etnia albanesa en Kosovo. Todos estos pretendidos argumentos caen por su propio peso a poco que se
contemple la imagen verdadera de este conflicto, que tiene mucho más que ver con una guerra civil que con un
genocidio. Tanto los croatas como los musulmanes o los albaneses mataron y expulsaron serbios de "sus" territorios
y croatas y musulmanes también se enfrentaron ferozmente entre sí en distintas ocasiones. Cuando la mayoría de
las oligarquías internas postsocialistas y poderosas fuerzas exteriores (sobre todo Alemania y otros países de la UE,
pero también el Vaticano que apoyó a los católicos croatas) decidieron poner fin al viejo orden multinacional
otomano y en parte también austrohúngaro preservado por la federación yugoslava, la base de legitimación que
encontraron los nuevos Estados y sus viejas clases dirigentes (muchos de ellos tránsfugas del titismo pasados al
nacionalismo) fue la nación, la nación étnicamente pura. En este juego participó Milosevic, como lo hicieron todos
los demás, con la salvedad de que Milosevic sólo jugó a él cuando las posibilidades de mantener la federación
yugoslava dejaron de existir. Antes había defendido frente a los secesionismos apoyados descaradamente por
potencias exteriores el mantenimiento de una Yugoslavia multiétnica. De hecho, a diferencia de la Croacia o el
Kosovo hoy depurados de serbios, la República serbia es aún hoy un estado que reconoce la identidad y los
derechos de numerosas minorías nacionales .
El genocidio de que se acusa a Milosevic jamás tuvo lugar si se atiende a los testimonios de comisiones de
investigación independientes que elaboraron informes sobre Kosovo y Bosnia y Herzegovina . Además, el propio
Milosevic pudo a lo largo de su juicio desmontar la casi totalidad de las pruebas de que él ordenara personalmente
ningún acto de violencia contra poblaciones de otras etnias. Fueron numerosas las muertes producidas por esta
insensata búsqueda de una legitimidad étnica para los nuevos Estados y sus élites, pero no parece verosimil que
fuesen planeadas desde una instancia central. Y, sin embargo, por mucho que escasearan todo tipo de pruebas que
fueran más allá de la manipulación periodística a efectos de propaganda de guerra humanitaria, era fundamental
que Milosevic fuese un genocida. Sólo así podía retrospectivamente justificarse el conjunto de la agresión
euro-americana contra Yugoslavia y la selectiva destrucción del país. Lo que estaba en juego en el proceso de
Milosevic no era tanto la "culpabilidad" o "inocencia" del ex-presidente yugoslavo cuanto, de manera indirecta decidir
si la guerra contra Yugoslavia había sido una guerra "humanitaria" o un simple acto de agresión. Esto es importante,
pues en la actualidad, la única justificación posible de una guerra no defensiva es precisamente su finalidad
humanitaria. Las únicas guerras hoy legítimas son paradójicamente las que emprenden los pacifistas contra los
enemigos de la humanidad. Son guerras que no conocen límites pues se dirigen contra "monstruos" y poblaciones
por ellos fanatizadas. El enemigo deja en estas guerras de verse como tal y se le contempla como un criminal. De
ahí que la guerra sea el primer acto de un guión cuyo necesario desenlace es un proceso judicial. Entre la justicia y
la guerra ya no existe ninguna frontera, pues la guerra no se hace en nombre de los intereses encontrados de los
Estados, sino de una justicia que tiene carácter universal, pues su finalidad es la defensa de los derechos humanos.
Esto que hoy nos parece bastante natural deja de serlo en cuanto contemplamos la situación que prevalecía en
Europa hasta un pasado aún reciente. En primer lugar, la Europa moderna funda sus relaciones interestatales en el
hecho de que, por encima de los Estados soberanos no existe ninguna autoridad capaz de dictar la ley. Ello
obedece a que, después de que la paz de Westphalia pusiera fin al largo periodo de las guerras de religión, cada
uno de los soberanos europeos reconoce a los demás su competencia exclusiva en materia religiosa, pero también
jurídica. Es el principio cujus regio ejus religio, conforme al cual cada Estado tenía la religión de su príncipe y no
existía una capacidad arbitral superior como la que en su momento tuvieron el Papa o el emperador romano
germánico. Al establecerse el orden de Westphalia desparece por lo tanto la idea de cristiandad unificada y de
superioridad de la religión común y de sus autoridades sobre la soberanía de los príncipes.
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Este cambio tendrá consecuencias radicales en cuanto se refiere a la guerra entre naciones europeas. La primera
de ellas es que la guerra ya no podrá tener una sanción ideológica universalmente válida como lo pudieron tener las
guerras santas y demás cruzadas medievales. Una vez que ha desaparecido el código religioso, ético y jurídico
universal que estructuraba la crisitiandad, ya no es posible decretar que una guerra sea justa o no. La justicia de la
guerra deja de ser un tema pertinente: en el orden anárquico que reina entre los Estados europeos, la paz relativa
queda garantizada por las correlciones de fuerzas, no por el derecho ni por la religión. La guerra, que ya no es
santa, es asunto de los soberanos, de sus intereses y de sus ambiciones y se ve frenada y limitada por los de los
demás poderes soberanos que constituirán el equilibrio europeo. Los límites de la guerra se sitúan en derecho
internacional en dos planos que se denominan jus ad bellum y jus in bello, esto es el derecho a hacer la guerra y el
derecho aplicable al desarrollo de la propia guerra. Estos dos planos conocen una evolución opuesta en la historia
del derecho público europeo. Así, cuando en el orden de la cristiandad, existía una autoridad y una ley superiores a
las de cada monarca, el jus ad bellum quedaba bastante restringido, pues requería una sanción religiosa, mientras
que el jus in bello en el marco de la guerra santa o la guerra justa apenas conocía límites, pues ante un enemigo
que era ante todo enemigo de Dios y de la religión todo vale. De esa ilimitación del jus in bello en el régimen
teológico dejan suficiente constancia los actos barbarie de la cruzada contra los albigenses o de las guerras de
religión. Frente a esto, en el orden westphaliano, nos encontramos con una situación invertida en la que, si bien es
fácil declarar y hacer la guerra, esta guerra se hace contra un enemigo que no es ni un criminal ni un hereje, ni un
enemigo de Dios o de la Humanidad: se trata simplemente de un soberano cuyos intereses entran en conflicto con
los de otro. Por lo demás, la guerra hecha contra un enemigo es una guerra con reglas bastante precisas que se
fueron definiendo en el derecho público europeo: no atacar a la población civil, no destruir los recursos económicos,
respetar el ordenamiento interno en caso de ocupación y, por supuesto, hacer la paz negociando con el enemigo. Y
es que, si bien no existía una autoridad religiosa común, había un equilibrio de fuerzas que limitaba los abusos. Así,
sin la más mínima invocación a derechos universales humanos ni divinos, logró Europa mantenerse en una paz
relativa interrumpida por guerras limitadas durante casi tres siglos.
La actual invocación de los derechos humanos como motivo de guerra nos retrotrae a un orden medieval, por mucho
que los partidarios de la guerra humanitaria se consideren progresistas. Los derechos humanos ocupan hoy el lugar
de una religión universal. Su utilización como argumento a favor de actuaciones militares no es reciente: Leopoldo II
de Bélgica invadió y ocupó el Congo en nombre de la lucha contra la esclavitud, Mussolini invadió Etiopía con el
mismo pretexto, los nazis ocuparon los Sudetes y destruyeron Checoslovaquia en nombre de los derechos humanos
de la minoría alemana. Se trataba, sin embargo, de guerras coloniales o de una expansión territorial hacia el Este
que los ideólogos nazis veían como el equivalente en suelo europeo de lo que otros pueblos hacían en África o en
Asia. Lo que es hoy novedoso es que los drechos humanos puedan ser esgrimidos con el mismo cinismo con que lo
hicieran Leopoldo II o los nazis por los Estados democráticos europeos o los Estados Unidos contra otro Estado
europeo. El caso de Yugoslavia es ejemplar a este respecto. Por primera vez desde la IIa guerra mundial, una
coalición de Estados europeos decidió con apoyo norteamericano "hacer justicia" a un Estado europeo soberano,
por crímenes "contra la humanidad" cometidos por sus propias autoridades contra su propia población. Para ello, se
bombardearon objetivos civiles como puentes, carreteras, trenes, medios de comunicación, fábricas no relacionadas
con la industria militar etc. Todo ello tras un bloqueo destinado a castigar a la población civil por el apoyo a su
gobierno. En resumen, el guión que suelen seguir los EEUU en sus intervenciones en su "patio trasero" semicolonial
de América Latina.
Una guerra en nombre de la Humanidad es, efectivamente, una guerra que no puede tener límites o, si se quiere ver
la cosa desde el punto de vista inverso, para declarar una guerra ilimitada, más vale hacerlo en nombre de la
humanidad. Así el enemigo deja de ser el enemigo parcial y limitado de uno o varios soberanos y pasa a ser una
encarnación del mal contra la cual todo es válido. El Tribunal de La Haya que juzgaba a Milosevic así lo entendió y
desestimó en consecuencia las denuncias formuladas por representantes de la población civil yugoslava contra la
OTAN y sus mandos responsables de bombardeos en flagrante violación de las convenciones internacionales en las
que se refugia lo que queda del cásico jus publicum europaeum. Poco importaba, en efecto lo que hubiera hecho el
poder militar que se erigía en instrumento de la justicia. Recíprocamente, poco importaba que las pruebas contra
Milosevic fuesen sumamente endebles y que el "delito" del que se le acusaba careciera de la más mínima precisión
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jurídica. El Tribunal de la Haya no tiene por finalidad lograr una paz y una justicia que pongan fin a la guerra, sino
continuar una guerra de la que en ningún caso puede disociarse. Juzgar al enemigo no es un acto de justicia, sino
un acto de guerra.
No es de extrañar en esas condiciones de guerra judicial que el acusado se les haya muerto. De hecho, a partir del
momento en que fue detenido se le había denegado el pleno estatuto de ser humano vivo. Un "monstruo" como el
que juzgaba el Tribunal de la Haya, al igual que Saddam o cualquier otro responsable político que se oponga a los
designios americanos o europeos, sólo está provisionalmente entre los vivos, pues ningún derecho auténtico a la
vida ampara a quien es considerado enemigo de la Humanidad en su conjunto. A Milosevic, como a los herejes
"juzgados" por la Inquisición se le aplicaron normas que implicaban de entrada su culpabilidad, pues para que la
guerra humanitaria se justifique el enemigo degradado a criminal tiene que ser siempre ya culpable. En estas
antijurídicas condiciones, como sabemos, no existe diferencia entre la pena y la instrucción del proceso, de ahí que
se llegue a negar al acusado desde el derecho a organizar su defensa hasta la propia atención médica.
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