Será Sucesor de Pedro.

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Será Sucesor de Pedro.
Por Antonio Orozco-Delclós
Arvo Net, 11 de abril de 2005
He leído hoy en el Evangelio una respuesta de Jesús a quienes le preguntaban «qué haremos para
realizar las obras de Dios?» (Jn 6, 28), qué hay que hacer, cómo hay que hacerlo, parece que
inquieren. La respuesta es: «Esta es la obra de Dios, que creáis en quien Él ha enviado». Creer en
el Enviado. Obviamente Jesús se refería a sí mismo, enviado por el Padre. Sólo con la fe en el
Enviado del Padre se puede acertar en la obra de Dios. En estos días de «Sede vacante» podemos
sin miedo proyectar estas palabras de Cristo a nuestra actitud ante el Cónclave en el que se va a
elegir un nuevo Papa. Será el enviado de Dios para esta nueva etapa de la Iglesia en la que nos
toca en suerte – en gracia - vivir. Coincide casi con el comienzo del siglo y del milenio. Juan Pablo
II dejó las puertas abiertas de par en par. Ahora debe pasar el nuevo Sucesor de Pedro y renovar la
orden: Duc in altum!, ¡mar adentro!.
Sucesor de Pedro. Un detalle que conviene no olvidar: el nuevo Papa, más que sucesor de Juan
Pablo II, será Sucesor de Pedro. Hablando con rigor teológico, los Papas no se suceden tanto unos
a otros como cada uno a Pedro –«El Papa, obispo de Roma y sucesor de San Pedro, "es el principio
y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los
fieles "(CEC 882: LG 23)" -; Pedro es el apóstol que recibió la misión de confirmar a sus hermanos
en la fe. En cuestiones de fe y de moral, su palabra, en circunstancias muy bien definidas por la
Teología y el Derecho de la Iglesia, vale más que la de todos los científicos y teólogos del mundo
juntos. Pedro y sus sucesores reciben las llaves del Reino de Dios o Reino de los Cielos, incoado
aquí en la tierra, en medio de nosotros, en el corazón de los fieles.
El primero de los papas llamado «Magno», san León, que paró los pies a Atila en las puertas Roma,
nos ha dejado bellísima páginas de riqueza inestimable. Una de ellas dice así:
«Aunque nosotros, queridos hermanos, nos vemos débiles y agobiados cuando pensamos en las
obligaciones de nuestro ministerio, hasta tal punto que, al querer actuar con entrega y energía, nos
sentimos condicionados por nuestra fragilidad, sin embargo, contando con la constante protección
del Sacerdote eterno y todopoderoso, semejante a nosotros, pero también igual al Padre, de aquel
que quiso humillarse en su divinidad hasta tal punto que la unió a nuestra humanidad para elevar
nuestra naturaleza a la dignidad divina, digna y piadosamente nos gozamos de su especial
providencia, pues, aunque delegó en muchos pastores el cuidado de sus ovejas, sin embargo,
continúa él mismo velando sobre su amada grey.
También nosotros recibimos alivio en nuestro ministerio apostólico de su especial y constante
protección, y nunca nos vemos desprovistos de su ayuda. Es tal, en efecto, la solidez de los
cimientos sobre los que se levanta el edificio de la Iglesia que, por muy grande que sea la mole del
edificio que sostienen, no se resquebrajan. La firmeza de aquella fe del príncipe de los apóstoles,
que mereció ser alabada por el Señor, es eterna. Y así como persiste lo que Pedro afirmó de Cristo,
así permanece también lo que Cristo edificó sobre Pedro. Permanece, pues, lo que la Verdad
dispuso, y el bienaventurado Pedro, firme en aquella solidez de piedra que le fue otorgada, no ha
abandonado el timón de la Iglesia que el Señor le encomendara. Pedro ha sido colocado por encima
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de todo, de tal forma que en los mismos nombres que tiene podemos conocer hasta qué punto
estaba unido a Cristo: él, en efecto, es llamado: piedra, fundamento, portero del reino de los cielos,
árbitro de lo que hay que atar y desatar; por ello, hay que acatar en los cielos el fallo de las
sentencias que él da en la tierra. Pedro sigue ahora cumpliendo con mayor plenitud y eficacia la
misión que le fue encomendada, y, glorificado en Cristo y con Cristo, continúa ejerciendo los
servicios que le fueron confiados. Si, pues, hacemos algo rectamente y lo ejecutamos con
prudencia, si algo alcanzamos de la misericordia divina con nuestra oración cotidiana, es en virtud y
por los méritos de aquel cuyo poder pervive en esta sede y cuya autoridad brilla en la misma. Todo
ello es fruto, amados hermanos, de aquella confesión que, inspirada por el Padre en el corazón de
Pedro, supera todas las incertidumbres de las opiniones humanas y alcanza la firmeza de la roca
que no será nunca cuarteada por ninguna violencia. En toda la Iglesia, Pedro confiesa diariamente:
Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo, y toda lengua que confiesa al Señor está guiada por el
magisterio de esta confesión. (Sermón 3 en el aniversario de su consagración episcopal, 2-3: PL
54,145-146)
Catalina de Siena, la santa doctora de la Iglesia lo expresaba con una hipótesis absurda pero muy
pedagógica: aunque el papa fuese «un demonio encarnado», yo debería someterme a su autoridad,
puesto que es «el único que tiene las llaves de la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo».
Impresionante. Es fuerte. Dios no permitirá semejante pesadilla, aunque en otros tiempos permitió,
para manifestar su misericordia y paciencia infinitas, y urgirnos a amar más y apoyar más a su
Vicario en la tierra, que algunos papas no fueran de una pieza: mientras defendían la misma fe de
Pedro (gran prodigio), su conducta dejaba mucho que desear. Catalina bien lo sabía y sufría y
oraba y ayunaba y creía y amaba cada día más a la Iglesia y al Papa, fuese quien fuese, que en
algunos momento no del todo bien se sabía. Estas cosas, lejos de hacernos dudar o tambalear en la
fe y en el amor a Cristo, a su Iglesia y al Papa, como a Catalina, han de ponernos en pie, en vigilia
y crecer en sentido de responsabilidad eclesial. Iglesia somos todos, oímos decir, con toda razón.
Nada permite presagiar, al contrario, una elección desafortunada en el próximo Cónclave. Pero la
Trinidad espera que todos los hijos de la Iglesia permanezcamos en vela hasta que el Cónclave
termine. Que cada uno de nosotros, cuando oigamos el exultante «Habemus Papam!», podamos
pensar con sinceridad: a este Papa –quien sea- lo he sacado yo adelante, es fruto de mi oración, de
mis sacrificios y trabajos ofrecidos a la Trinidad por el Cónclave.
Estoy leyendo el reciente libro del prelado del Opus Dei Monseñor Echevarría, titulado Getsemaní.
Es impresionante percibir cómo nos adentra en el drama del Huerto de los Olivos. Cómo los
discípulos predilectos, los once que quedaban (Judas ya había consumado la traición) en lugar de
velar y orar con Jesús que les reitera la necesidad de hacerlo, se ausentan, con ese modo peculiar
de ausencia que es el sueño, la inconsciencia. Dejan a Jesús solo ante el enorme peso de la
redención de la humanidad entera. No es extrapolar demasiado o salir por los cerros de Ubeda,
decir sobre telón de fondo de Getsemaní, que ahora no podemos dejar solos a los Electores. No se
encuentran en aquella angustiosa situación del Maestro, por supuesto. No tienen motivo de
angustia, sino de serenidad, de paz y de esperanza gozosa en el Espíritu y en la rectitud de
intención que les anima a todos. Van a ser instrumentos dóciles a la Gracia. Pero sobrecoge. Deben
acertar. "Pronta, unánime y fructuosamente", les tiene dicho Juan Pablo II.
Con un toque de humorismo, el Patriarca de Venecia, Angelo Scola, afirmó ayer en su homilía que
«el Espíritu Santo ha preparado ya desde hace tiempo su candidato, por lo que podemos
tranquilizar a la Prensa: es cuestión tan sólo de esperar un poco». Sin duda. Pero no le
interpretemos mal. La esperanza cristiana no es una «esperanza sedente» o «durmiente», es una
esperanza activa, que va en busca de lo que ansía, que pide al Cielo lo que necesita, que clama sin
parar, que urge al Amor, a la Misericordia, para que el don de Dios que se espera sea mejor aún
que lo esperado.
Sucesor de Pedro, más que de Juan Pablo II. Lo cual no obsta, al contrario, para que el nuevo Papa,
si gusta, se imponga el nombre y actúe como un perfecto Juan Pablo III.
Fecha Arvo
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