LA TRAMPA FABULOSA

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LA TRAMPA FABULOSA
Fredric Brown
Título original: The Fabulous Clipjoint
Traducción: María José Rodellar Poyo
© 1947 by Fredric Brown
© 1983 Editorial Bruguera S.A.
Edición digiral: Dragon
lntroducción
Las revistas sensacionalistas conocidas como «pulps» resultaron prácticamente
la mejor escuela de escritores que ha existido en el país. Fueron proveedoras
abundantes y económicas de acción, aventura y romanticismo. Revistas baratas
de quiosco y obligatoria portada llamativa, páginas de toscos bordes y promesas
en negrita de ser emocionantes, fantásticas, picantes y sorprendentes. Estas
revistas, con alguna que otra más, florecieron en aquellos años maniaco
depresivos de entre las dos guerras mundiales y ofrecieron algunas de las más
atroces y algunas de las más brillantes obras en prosa que se han escrito. Quien
empezaba a colaborar con ellas siendo un escritor de tercer orden terminaba, en
el mejor de los casos, siendo de segundo orden. Pero si tenía algo dentro,
entonces esas páginas de poca monta le proporcionaban un lugar donde adquirir
práctica y mejorar. Entre la multitud de licenciados por la escuela de las revistas
sensacionalistas se encuentran Raymond Chandler, Max Brand, Erle Stanley
Gardner, John D. MacDonald, Ray Bradbury y, por supuesto, Fredric Brown.
Brown trabajó para las revistas principalmente durante los años treinta y
cuarenta. Dando muestra de una tendencia que le duraría a lo largo de toda su
carrera, intervino tanto en el campo policíaco como de ciencia ficción. Sus trabajos
fueron publicados en Detective Story, Black Mask y Thrilling Detective, asi come
en Astounding, Weird Tales y Startling Stories. En 1947 vendió The Fabulous
Clipjoint a E. P. Dutton. El libro tuvo bastante éxito, generó favorables y en
ocasiones hasta entusiastas criticas, y le concedieron el premio Edgar de Mystery
Writers of America a la mejor primera novela. En 1948 Bantam reimprimió la obra.
Brown había dado el primer paso para salir de las revistas.
Fredric William Brown tenia 42 años cuando le otorgaron el Edgar. Nacido en
Cincinnati, cursó estudios universitarios en Ohio e lndiana, trabajó durante más de
una década en una oficina de Cincinnati, y luego paso a ser corrector de pruebas y
redactor del Milwaukee Journal.« Fui oficinista hasta 1936; entonces cumplí treinta
años y pasé a ser corrector de pruebas —explicó en cierta ocasión—. Fue también
en ese año cuando empecé a vender mis obras de ficción. Asi pues, trabajé
corrigiendo pruebas y escribiendo de modo intermitente hasta 1947, cuando por fin
pude dedicarme exclusivamente a escribir.» Brown padecía una afección respiratoria y ha sido descrito por William F. Nolan, que fue amigo suyo desde principios
de la década de los cincuenta, como «bajito, palido y melancólico, con bigotito y
gafas de montura metálica». A causa de su salud, Brown terminó afincándose en
el sureste, primero en Taos, Nuevo México, y luego en Tucson, Arizona. Pasó
periodos breves y de relativo poco éxito en Hollywood, escribiendo guiones para
programas de televisión como el de Alfred Hitchcock, e intentando trabajar para el
cine.
En una época anterior también había recorrido el país con una feria,
compartiendo la tienda con el adivino. Murió en 1972, nueve años después de la
aparición de su última novela.
En este último libro intervenían, como en el primero, el equipo de detectives
constituido por Ed Hunter y su tio Am. Durante la década y media en que Brown
escribió novelas de misterio publicó siete con los Hunter como protagonistas.
Aparte de The Fabulous Clipjoint, son: The Dead Ringer (1948), The Bloody
Moonlight (1949), Compliments Of A Friend (1950), Death Has Many Doors
(1951), The Late Lamented (1959) y Mrs. Murphy’s Underpants (1963). En ellas
desplegó su fascinación por las ferias, el jazz, la bebida como actividad social, los
rompecabezas, los juegos de palabras, la lógica fortiana, la fantasía y la mayor de
todas las trampas: el mundo en el que le tocó vivir.
En este libro, la trampa fabulosa es Chicago:
En el último piso había un bar muy elegante y lujoso. Las ventanas estaban
abiertas y no hacia calor. A esa altura la brisa era fresca y no parecía que saliera
de un horno.
Nos sentamos en una mesa situada junto a una ventana del lado sur que daba
al Loop. Era una vista muy hermosa bajo la intensa luz del sol. Los altos y
estrechos edificios parecían dedos que se estiraran hacia el cielo para tocarlo. Era
como el escenario de una novela de ciencia ficción.
No parecía real, aunque lo estuvieras mirando.
—¿No es impresionante, chico?
—Muy hermoso —contestó—. Pero es una trampa.
—Es una trampa fabulosa, chico. Aquí pueden suceder las cosas más
descabelladas, y no todas son malas.
Ed y su tio no suben allí, muy por encima de Chicago, donde hace fresco,
reinan la calma y la irrealidad, y el mundo entero parece un eterno carnaval, hasta
que el lector no se adentra con ellos a lo largo de todo el libro, por calles y callejas
ardientes y barriobajeras, bares baratos y apartamentos ruinosos. Brown se
estaba apartando de las revistas con este relato y refleja un mundo más siniestro,
más osado, y más explícitamente sensual y mezquino, que el que aparecía
generalmente en las revistas y novelas cortas. Trabajaba ciñéndose a la tradición
más estricta, come se ve aquí, y, sin embargo, da la impresión de ser un hombre a
la vez bondadoso y duro, menos frío y cínico que algunos de sus contemporáneos.
En el libro hay cierta sensibilidad subyacente, una valoración de la gente que tiene
que abrirse camino en los barrios bajos y todavía se las arreglan para conservar la
honradez. Evidentemente, apreciaba la amistad, la integridad, la persistencia, y
creía que el destino estaba a favor de un inocente que despierta a la vida, como
Ed Hunter, y un obeso charlatán de feria come Ambrose Hunter.
Brown no era hombre de un solo libro y The Fabulous Clipjoint no es una novela
que sobresalga por encima del resto de su producciónn. Escribió una corta serie
de libros de calidad y lectura amena. Excéntricos algunos come What a Mad
Universe (1949), experimentales come Here Comes a Candle (1950) y tétricos
como The Far Cry (1951). Los que los hemos leido todos tendríamos dificultades
en seleccionar el mejor. Mis obras preferidas de Fredric Brown incluiría al menos
seis titulos. Digamos ocho.
El autor era capaz de darle al lector un susto de muerte o hacerle reír a
carcajadas, a veces simultáneamente. No son muchos los escritores que tienen
esa habilidad. Fredric Brown era uno de ellos, un magnífico escritor. Este es el
libro que lo lanzó, que lo ayudó a alejarse del mundo de a centavo la palabra.
Constituyó un debut esperanador en 1947 y todavia es una novela impresionante.
Brown escribió dos docenas y pico más después de ésta.
Pero, desde luego, no han sido suficientes
Ron Goulart. Weston, Connecticut
Personajes
Ed Hunter: se lanzó a la persecución del asesino de su padre
Wally Hunter: un bebedor sosegado y un hombre sosegado.
Madge Hunter: Esposa de Walli, veneno para todos los hombres, pero
apreciaba a su hijastro Ed.
Gardie Hunter: hija de ésta, una chica que andaba loca por los hombres.
Am Hunter: Hermano de Wally y ex detective privado.
Bunny Wilson: compañero de trabajo de Wally; el único amigo de Wally que a
Madge le caía bien.
Hank: simplemente un policía.
Hoagy: pregonero de un espectáculo erótico.
Bassett: un detective de Hominicidos, ni tonto ni honrado.
Kaufman: un camarero bajo y grueso con unos brazos más peludos que un
mono.
Bobby Reinhart: un golfillo presumido que se creía un donjuán.
Doctor William Heartel: médico forense.
Reagan el Holandés: un matón de oficio.
Benny el Torpedc: otro.
Claire Raymond: el tipo de chica a la que los hombres no pueden evitar hacer
proposicones amorosas. Su número de teléfono era: Wentworth 3842.
1
En mi sueño y tenía el brazo extendido a través del cristal del escaparate de
una casa de empeños. Era la casa de empeños de la sección norte de la calle
Clark, situada en el lado oeste de la misma, media manzana at norte ec la avenida
Grand. Estaba alargando la mano a través del cristal para tocar un trombón de
plata. Las otras cosas que había en el escaparate estaban borrosas e imprecisas.
La canción me hizo volver la cabeza cuando estaba a punto de tocar el trombón
de plata. Era la voz de Gardie.
Iba cantando y saltando a la comba por la acera, come solía hacer antes de que
empezara el bachillerato el año pasado, se volviera loca por los chicos y empezara
a pintarrajearse la cara. Aún no había cumplido los quince; tenia tres años y medio
menos que yo. En mi sueño iba maquillada, profusamente, pero también saltaba a
la comba y cantaba como cuando era pequeña: «Uno, dos, tres, O’Leary; cuatro,
cinco, seis, O’Leary; siete, ocho...»
Pero al tiempo que soñaba estaba despierto. Resultaba confusa esa sensación,
a medio camino entre un estado y otro. El ruido del ferrocarril elevado que pasa
rugiendo casi forma parte del sueño, y los pasos de alguien que anda por el
corredor al que da la puerta del piso. Y, una vez ha pasado el tren, se oye el tictac
del despertador desde el suelo, junto a la cama, y el pequeño «clic» adicional que
emite cuando el timbre está a punto de estallar.
Lo apagué y volví a mi posición anterior, pero no cerré los ojos para no volver a
dormirme. El sueño se desvaneció. «Me gustaría tener un trombón —pensé—, por
eso he tenido ese sueño. ¿Por qué tenia que aparecer Gardie y despertarme?
»Tengo que levantarme en seguida —seguí pensando—. Papá estuvo bebiendo
por ahí anoche y aún no había regresado cuando me dormí. Esta mañana me va a
costar despertarlo.
»Ojalá no tuviera que ir a trabajar. Ojalá pudiera tomar el tren hasta Janesville e
ir a ver al tío Ambrose a la feria. Hacía diez años que no lo había visto, desde que
tenia ocho años, pero me acordé de él porque papá lo había nombrado el día
anterior. Le dijo a mamá que su hermano Ambrose estaba con la feria de J. C.
Hobart en Janesville aquella semana, que no iban a ir a ningún sitio que estuviera
más cerca de Chicago, y que le gustaría poder tomarse un día de vacaciones para
ir a Janesville.
Y mama (que en realidad no es mi madre, sino mi madrastra) adoptó aquella
mirada belicosa y pregunto: «¿Para qué quieres ver a ese sinvergüenza? » Papá
no insistió. A mamá no le caía bien mi tío Ambrose, por eso no lo habíamos visto
en diez años.
Yo pensé que podría ir, pero me crearía problemas como le había pasado a
papá y no valía la pena.
«Tengo que levantarme », pensé. Salté de la cama, entré en el cuarto de baño
y me eché un poco de agua en la cara para acabar de despertarme. Siempre iba
al cuarto de baño y me vestía antes de ir a despertar a papá. Mientras él se
arreglaba, yo preparaba el desayuno para los dos. Íbamos a trabajar juntos.
Papá era linotipista y había conseguido que yo entrara de aprendiz de impresor
en el mismo taller, Elwood Press.
Hacía un calor sofocante, para ser las siete de la mañana. La cortina de la
ventana estaba más tiesa que un palo. Casi resultaba difícil respirar. «Otro día
infernal», pensé mientras terminaba de vestirme.
Me acerqué al dormitorio de papá y mamá avanzando de puntillas por el pasillo.
La puerta de la habitación de Gardie estaba abierta y miré hacia dentro sin querer.
Estaba dormida cara arriba con los brazos extendidos. Sin maquillaje tenia cara de
niña pequeña, pequeña y algo bobalicona.
Aquella cara no hacía juego con el resto de su cuerpo. Quiero decir que, quizá
porque había hecho una noche tan calurosa, se había quitado la chaqueta del
pijama dejando al aire sus hermosos, redondos y firmes pechos. Tal vez
resultarían demasiado grandes cuando se hiciera mayor, pero ahora eran hermosos, y ella lo sabía y estaba orgullosa de ellos. Se notaba en el hecho de que
siempre llevaba unos suéteres muy ceñidos para que resaltaran.
«Está creciendo muy de prisa —pensé—, y espero que sea lista, porque si no
cualquier día llegará a casa preñada, aunque no haya cumplido todavía los quince.
»
Seguramente había dejado la puerta abierta de par en par a propósito, para que
yo mirara adentro y la viera de aquella manera. Y es que en realidad no era
hermana mía; ni siquiera media hermana. Era hija de mamá. Cuando papá se
volvió a casar, yo tenia ocho años y Gardie era una mocosa de cuatro. Mi
verdadera madre había muerto.
No, Gardie no perdía oportunidad de fastidiarme. Su máxima aspiración seria
tentarme para que yo le hiciera proposiciones amorosas y luego poder armar un
gran escándalo.
Dejé su puerta atrás pensando: «Maldita sea, maldita sea.» No podía hacer o
pensar nada más al respecto.
Me detuve en la cocina el tiempo necesario para encender el fuego y poner
agua a hervir para el café. Luego regresé, di un golpecito en la puerta del
dormitorio de papá y esperé oír sus movimientos.
No se movió, lo cual quería decir que tenía que entrar a despertarlo. Por alguna
razón no me gustaba entrar en su cuarto. Volví a llamar sin resultado, así que tuve
que abrir la puerta.
Papá no estaba.
Mamá estaba sola en la cama, dormida, y llevaba puesta toda la ropa menos
los zapatos. Iba vestida con su mejor traje, el de terciopelo negro. Estaba muy
arrugado, y ella debía de haber bebido mucho para dormirse con el vestido
puesto. Era su mejor vestido. También estaba despeinada; no se había quitado el
maquillaje y se le había estropeado. La almohada estaba manchada de carmín.
Toda la habitación olía a alcohol. Había una botella en la cómoda casi vacía y sin
tapón.
Miré por todas partes para asegurarme de que papá no se había quedado en
ningún rincón de la habitación, pero no estaba allí. Los zapatos de mamá estaban
tirados en el extremo del rincón más alejado de la cama, como si los hubiera
arrojado allí desde el lecho.
Pero papá no estaba.
Papa no había regresado a casa.
Cerré la puerta incluso con mayores precauciones de las que había tomado al
abrirla. Me quedé allí de pie un momento, sin saber qué hacer. Entonces, como el
hombre que a punto de ahogarse se agarra a cualquier cosa, empecé a buscarlo.
«A lo mejor llegó a casa borracho —me dije— y se durmió en algún sitio, en una
silla o en el suelo.»
Registré todo el piso. Miré debajo de las camas, dentro de los armarios, en
todas partes. Sabía que era una tontería, pero lo hice. Tenia que asegurarme de
que no estaba.
El agua del café hervía con furia y lanzaba grandes bocanadas de vapor.
Apagué el fuego y tuve que detenerme a pensar. Supongo que lo había estado
evitando con la cacería.
Consideré la posibilidad de que estuviera con alguien, alguno de los impresores
quizá. A lo mejor había pasado la noche en casa de alguien porque estaba
demasiado borracho para volver a la suya. Pero era consciente de que no podía
ser; papá sabía beber. Nunca se emborrachaba hasta ese punto.
«TaI vez eso es lo que pasó —me dije—.¿Bunny Wilson? Anoche Bunny
libraba.» Bunny tenia el turno de noche. Papa bebía con Bunny muchas veces y
en un par de ocasiones él se había quedado a dormir en nuestra casa; ye lo había
encontrado dormido en el sofá a la mañana siguiente.
¿Debería llamar a la pensión de Bunny Wilson? Me encaminé al teléfono, pero
inmediatamente me detuve. Una vez que empezara a llamar tendría que continuar.
Tendría que llamar a los hospitales y a la policía, y seguir adelante hasta el final.
Si llamaba desde casa, mamá y Gardie podían despertarse y... Bueno, no sé
qué importaba eso, pero importaba.
Quizá solo quería marcharme de allí. Salí y bajé un piso de puntillas, luego me
lancé escaleras abajo corriendo.
Crucé la calle y me detuve. Me daba miedo telefonear. Ya eran casi las ocho,
así que debía hacer algo en seguida o llegaría tarde al trabajo. Entonces me di
cuenta de que daba lo mismo; de todas maneras no iba a ir a trabajar ese día. No
sabia lo que iba a hacer. Me apoyé en un poste de teléfonos con una sensación de
vació y de mareo, come si no estuviera enteramente allí, como si me faltara una
parte.
Deseaba que todo hubiera pasado ya. Quería saberlo de una vez, pero no
quería preguntárselo a la policial. ¿O se debía llamar primero a los hospitales?
A mí me asustaba llamar a cualquiera. Quería y no quería saberlo.
Al otro lado de la calle un coche aminoraba la marcha. Dentro iban dos
hombres; uno de ellos estaba asomado a la ventanilla y miraba los números de las
casas. Se detuvo justo delante de la nuestra y los dos hombres salieron, uno por
cada lado. Eran policías; lo llevaban escrito, aunque no fueran de uniforme.
«Ya está —pensé—. Ahora me enteraré.»
Crucé Ia calle y los seguí al interior del edificio. No intenté alcanzarlos; no
quería hablar con ellos. Solo quería escuchar cuando empezaran a hablar.
Los seguí escaleras arriba a medio piso de distancia. Cuando llegaron al cuarto,
uno de ellos se detuvo mientras el otro enfilaba el pasillo mirando los números de
las puertas.
—Debe de ser en el piso de arriba —dijo.
El que esperaba en el rellano se volvió y me miró. Tuve que continuar subiendo.
—Oye, chico, en qué piso está el número quince?
—En el siguiente —dije yo—, en el quinto.
Continuaron subiendo. Ahora yo iba solo unos pasos detrás de ellos. Así fuimos
desde el cuarto piso hasta el quinto. El que iba justo delante de mí tenía el trasero
muy gordo y los pantalones le brillaban en la culera. Cada vez que subía un
escalón se le pegaban al cuerpo. Es gracioso, eso es lo único que recuerdo de
ellos, aparte de que eran corpulentos y policías. No les llegué a ver las caras. Se
las miré, pero no se las vi.
Se detuvieron en el número quince y llamaron. Yo seguí subiendo hasta el
sexto, que era el ultimo piso. Continué hasta el rellano, di unos pasos, me agaché
y me quite los zapatos. Volví a bajar la mitad de las escaleras pegado a la pared
para mantenerme fuera de su vista. Yo los oía y ellos no me veían.
Lo oí todo: oí a mamá arrastrando los pies cuando se acercaba a abrir, oí
chirriar un poco la puerta al abrirse, y oí el segundo de silencio que siguió; hasta
mí llegada el tictac del reloj de la cocina a través de la puerta abierta; oí unos
pasos ligeros de pies descalzos que debían de ser los de Gardie que salía de su
habitación y se colocaba en la esquina del pasillo, junto al cuarto de baño, desde
donde sin que la vieran oía lo que se decía en la puerta.
—Wallace Hunter —dijo uno de los policías—. ¿Vive aqui Wallace Hunter?
Yo oí que el corazón de mamá empezaba a latir más de prisa; supongo que
aquello bastó come respuesta, y supongo que su mirada respondió a la pregunta
siguiente: «¿Es... es usted la señora Hunter?», porque siguió hablando sin esperar
contestación.
—Me temo que traigo malas noticias, señora. Le...
—¿Ha tenido un accidente? ¿Está herido... o...?
—Está muerto, señora. Estaba muerto cuando le hemos encontrado. Es
decir...,creemos que es su marido. Queremos que venga a iden..., es decir,
cuando pueda. No hay prisa, señora. Podemos entrar y esperar a que se recupere
de...
—¿Cómo? —la voz de mamá no era histérica; era una voz sorda, apagada—.
¿Cómo?
—Bueno..., pues...
Oí la voz del otro policía. La voz que me había preguntado en qué piso estaba
el número quince.
—Robo, señora —dijo—. Lo habían golpeado y dejado en un callejón. Alrededor
de las dos de la noche, pero le habían quitado la cartera, por eso hasta esta
mañana no hemos averiguado quién... ¡Cógela, Hank!
A Hank debió de faltarle rapidez. Se oyó un estruendo, la voz de Gardie,
excitada, y los policías que entraban en el piso. No sé por qué pero me dirigí hacia
la puerta, con los zapatos todavía en la mano.
Se me cerró en las narices.
Volví a la escalera y me senté de nuevo. Me puse los zapatos y me quedé allí
sentado. Al cabo de un rato alguien empezó a bajar las escaleras desde el piso de
arriba. Era el señor Fink, el tapicero; ocupaba la vivienda que quedaba justo
encima de la nuestra. Me apreté contra la pared para dejarle sitio suficiente para
pasar.
Cuando llegó al rellano se detuvo, con una mano en la barandilla, y se volvió a
mirarme. Yo no lo miré; me dediqué a observar su mano. Era una mano fofa, con
las uñas sucias.
—¿Te pasa algo malo, Ed? —me preguntó.
—No —le respondí.
Apartó la mano de la barandilla y luego la volvió a poner.
—¿Por qué estás sentado ahí, eh? ¿Te han despedido o qué?
—No —repetí—. No pasa nada.
—Narices no pasa nada. No estarías ahí sentado. ¿Se ha emborrachado tu
padre y te ha echado, o...?
—Déjeme en paz —le interrumpí—. Lárguese. Déjeme en paz.
—Bueno, si te pones así... Yo solo quería ser amable contigo. Tú podrías ser un
buen chico, Ed. Tienes que apartarte de ese borracho holgazán de tu padre...
Me levanté y empecé a bajar las escaleras hacia él. Creo que iba a matarlo; no
estoy seguro. Me miró a la cara y su rostro cambió. No había visto nunca a un
hombre asustarse tanto y tan de prisa. Dio media vuelta y se alejó rápidamente.
Yo me quedé allí de pie, hasta que lo oí dos pisos más abajo.
Entonces me volví a sentar y apoyé la cabeza entre las manos.
Al cabo de un rato oí que se abría la puerta de nuestra casa. No me moví ni
miré por la barandilla, pero deduje por las voces y los pasos que se marchaban los
cuatro.
Cuando se apagaron los ruidos, entré utilizando mi llave. Volví a encender el
fuego.
Esta vez puse café en la cafetera y lo preparé todo. Entonces me acerqué a la
ventana y me quedé allí mirando hacia el patio de cemento.
Pensé en papá y deseé haberlo conocido mejor. Nos llevábamos bien, nos
llevábamos de primera, pero no se me había ocurrido hasta entonces, cuando ya
era demasiado tarde, pensar en lo poco que en realidad lo conocía.
Era como si lo estuviera mirando desde un sitio muy lejano y viera lo poco que
sabía de él, y me parecía que me había equivocado en muchas cosas.
Principalmente respecto a la bebida. Me di cuenta de que aquello no era
importante. No sabía por qué bebía pero debía de tener una razón para hacerlo.
Quizás estaba empezando a vislumbrar la razón al mirar por aquella ventana. Era
un bebedor sosegado y un hombre sosegado. Yo lo había visto enfadado muy
pocas veces, y siempre estaba sereno.
Te pasas el día sentado ante una linotipia componiendo octavillas para A & P y
una revista que trata de pavimentos asfálticos y el informe financiero de un concilio
eclesiástico, y luego regresas a casa donde te espera una esposa que es una
bruja y que se ha pasado la tarde bebiendo y busca pelea, y una hijastra que es
una aprendiz de bruja.
Y un hijo que piensa que es algo mejor que tú porque es un golfo sabelotodo
que sacaba matrículas de honor en el colegio y cree que sabe más que tú y que
es mejor que tú.
Y eres demasiado decente pana abandonar semejante panorama, y ¿qué
haces entonces? Bajas a tomarte unas cervezas sin intención de emborracharte,
pero te emborrachas. O a lo mejor si que pretendías emborracharte, ¿qué más
da?
Me acordé de que había una fotografía de papá en su dormitorio, así que entré
y me la quedé mirando. Se la había hecho unos diez años antes, más o menos en
la época en que se casaron.
Me quedé allí de pie mirándola. Yo no lo conocía. Era un extraño para mí. Y
ahora estaba muerto y nunca llegaría a conocerlo.
Cuando dieron las diez y media, y mamá y Gardie seguían sin aparecer, me
marché. A esa hora el piso parecía un horno, y en las calles, donde el sol caía de
plano, hacía un calor abrasador. Desde luego, era un día infernal.
Me dirigí al oeste por la avenida Grand, andando debajo del ferrocarril elevado.
Pasé por un drugstore y pensé que debía entrar y llamar a la Elwood Press para
decirles que no iba a ir a trabajar aquel día. Y que papá tampoco iba a ir. Luego
pensé que no valía la pena; debía haber telefoneado a las ocho, ahora ya estarían
enterados de que no íbamos a ir.
Y aún no sabia lo que les iba a decir cuando me preguntaran que cuando iría.
Pero la razón principal era que todavía no quería hablar con nadie. De hecho aún
no se había hecho totalmente realidad, como sucedería cuando tuviera que
empezar a decirle a la gente: ¡Papá ha muerto.!
Lo mismo ocurría respecto a la policía; tendría que pensar y hablar del funeral y
de todas esas cosas. Había estado esperando a que volvieran mamá y Gardie,
pero me alegraba de que no hubieran regresado. Tampoco quería verlas a ellas.
Le había dejado una nota a mama diciendo que me iba a Janesville a decírselo
al tío Ambrose. Ahora que papá había muerto no podía negarse a que se lo dijera
a su propio hermano.
En realidad no es que tuviera tantas ganas de ver al tío Ambrose; supongo que
ir a Janesville no era más que una excusa para huir.
Por la calle Orleans bajé hasta Kinzie y crucé el puente, seguí canal abajo hasta
la estación de C&NW de la calle Madison. El próximo tren para St. Paul que
pasaba por Janesville salía a las once y veinte. Saqué el billete y me senté en un
banco de la estación a esperar.
Compré las ediciones de primeras horas de la tarde de un par de periódicos y
los hojee. No nombraban a papá, ni siquiera había ninguna referencia de unas
pocas líneas en una página interior.
«Este tipo de cosas deben de ocurrir docenas de veces al día en Chicago —
pensé—. No son dignas de que se gaste tinta en ellas, a no ser que intervenga
algún pez gordo de los gangsters o alguien importante. Un borracho desplumado
en un callejón; el que se lo cargó estaba trompa y le dio demasiado fuerte o no le
importaba lo fuerte que le daba.
»No merecía el honor de la tinta. No intervenía ninguna banda ni salía ningún
nido de amor.
»Por el depósito de cadáveres pasan a cientos. No todos son asesinatos, desde
luego. Vagabundos que se duermen en un banco de la plaza Burghouse y ya no
se despiertan. Gente que alquila camas de diez centavos o habitaciones de medio
dolar compartidas en una pensión de mala muerte, y a la mañana siguiente
alguien los sacude por el hombro para despertarlos y están rígidos. El empleado
les registra rápidamente los bolsillos a ver si llevan alguna moneda de cuarto de
dolar o algún dolar, y luego llama al Ayuntamiento para que los vayan a recoger.
Así es Chicago.
»Y está también el negro que encuentran hecho picadillo con una cuchilla a la
entrada de un sótano de la sección sur de la calle Haisted, y la chica que tomó
laúdano en la habitación de un hotel barato; y el impresor que había bebido
demasiado y lo habían seguido a la salida de la taberna porque le habían visto
billetes verdes en la cartera, ya que ayer era día de paga.
»Si pusieran estas cosas en los periódicos la gente se llevaría mala impresión
de Chicago, pero ésa no era la razón por la que no las ponían. Las excluían
porque había demasiadas. A no ser que se tratara de alguien importante o de
alguien que había muerto de un modo espectacular, o que saliera el sexo por
alguna parte.
»La chica de alterne que seguramente ingirió el laudano en alguna parte
anoche, o quizá fue yodo o una sobredosis de morfina, o, si estaba
suficientemente desesperada, tal vez fuera incluso matarratas, podía haber tenido
un día glorioso en la prensa. Podía haber saltado desde la ventana de un piso alto
que diera a una calle de mucho tránsito, después de esperar en una cornisa a que
se hubiera reunido un buen público y la policía hubiera intentado hacerla volver a
entrar, y a que los periódicos tuvieran tiempo de hacer llegar allí sus cámaras.
Podía haber saltado para convertirse en una masa sangrienta con las faldas
arremangadas a la altura de la cintura y para que los fotógrafos pudieran sacar
unas buenas tomas mientras yacía muerta en la acera.»
Deje los periódicos en el banco, salí por la puerta principal y me quedé allí
mirando a la gente que pasaba por la calle Madison.
«No es culpa de los periódicos —pensé—. Los periódicos no hacen más que
dar a la gente lo que pide. Es toda la maldita ciudad; la odio. »
Miraba pasar a la gente y los odiaba a todos. Si eran pulcros y parecían
contentos, comeo sucedía en algunos casos, aún los odiaba mas. «Les importa un
rábano —pensé— lo que les ocurre a los demás, por eso ésta es una ciudad en la
que un hombre no puede volver a casa con unas copas en el estomago sin que lo
maten por un par de asquerosos dólares.
»A lo mejor ni siquiera es la ciudad —seguí pensando—. A la mejor, la mayoría
de las personas son así, en todas partes. A lo mejor, esta ciudad solo es peor
porque es mas grande.»
Mientras tanto no perdía de vista el reloj de una joyería que había enfrente, y
cuando marcaba las once y siete minutos regresé al andén a través de la estación.
Los pasajeros estaban subiendo al tren de St. Paul. Ye subí también y me senté.
Hacía un calor horrible en el tren. El vagón se llenó rápidamente y una mujer
gorda se sentó a mi lado y me arrinconó contra la ventanilla. Había gente de pie
en los pasillos. No daba la impresión de que fuera a ser un buen viaje. Es curioso
que, por muy mal que se esté anímicamente, las incomodidades físicas pueden
hacerte sentir todavía peor
«¿Para qué estoy haciendo esto, de todas maneras? —me pregunté—. Debería
bajar del tren, irme a casa y enfrentarme a la realidad. Lo único que hago es huir.
Al tio Ambrose le puedo mandar un telegrama.»
Cuando iba a levantarme, el tren se puso en marcha.
2
Los terrenos de la feria no eran más que un ruido mecánico. El órgano de vapor
del tiovivo competía con los altavoces del escenario para la exhibición de
fenómenos y con el tronar de un anuncio, a bombo y platillo, del espectáculo de
los negros. Debajo del toldo del bingo una voz gritaba los números ante un
micrófono y se oía en todo el recinto.
Me quedé de pie en medio de todo aquello, todavía aturdido, preguntándome si
podía encontrar al tio Ambrose sin tener que preguntar. Solo lo recordaba
vagamente, y lo único que sabia de lo que hacía en la feria era que llevaba un
puesto. Papá nunca hablaba mucho de él.
«Mas vale que pregunte», decidí. Miré a mi alrededor buscando a alguien que
no estuviera ocupado o que no gritara, y vi que el vendedor dc golosinas estaba
apoyado en un poste con la vista fija en el vacío. Me acerqué a él y le pregunté si
sabía dónde podía encontrar a Ambrose Hunter.
Sacudió el dedo gordo, señalando la avenida central, y dijo:
—En el juego de las pelotas. Primera botella de leche.
Miré hacia donde me señalaba. Vi a un hombre regordete con bigote que se
inclinaba sobre el mostrador para ofrecer tres pelotas de béisbol a unos
transeúntes. No era tio Ambrose.
Sin embargo, me acerqué dc todas maneras. Quizá mi tio lo había contratado y
me podría decir donde estaba. Me acerqué más.
«Dios mío —pensé—, si que es tio Ambrose.» Su cara me resultó familiar. Pero
era mucho más alto y..., bueno, supongo que a un niño de ocho años todos los
adultos le parecen altos. Y había engordado, aunque ahora veía claramente que
no era gordo, como me había parecido a primera vista. Con todo, tenia los mismos
ojos; par eso le reconocí. Me acordaba muy bien de sus ojos. Parecía que te
dirigían un guiño, como si supiera algo de ti que fuera secreto y resultara
graciosísimo.
Ahora yo era más alto que él.
En aquel memento me ofrecía las pelotas de béisbol a mí diciendo:
—Tres tiros por diez centavos.
Naturalmente, no me reconocía. Se cambia tanto de los ocho a las dieciocho
años que nadie te reconocería. Sin embargo, yo estaba algo desilusionado.
—¿No se acuerda de mí, tio Ambrose? Soy Ed. Ed Hunter —dije—. He venido
desde Chicago para decirle que anoche mataron a papá.
Su cara se iluminó como si realmente se alegrara de verme cuando empecé,
pero al terminar había cambiado por completo. Se relajó un memento y luego se
puso en tensión otra vez, pero de una forma distinta, no sé si me explico. Ya no
quitaba los ojos y parecía un hombre totalmente distinto, que aún se diferenciaba
mas del hombre que ye recordaba.
—¿Que lo han matado?,¿Cómo? Ed, ¿quieres decir...?
Ye asentí con la cabeza.
—Lo han encontrado en un callejón, muerto. Desplumado. Era día de pago y
había salido a tomar unas copas...
Pensé que no tenia sentido continuar. Lo que seguía era evidente.
El movió la cabeza despacio, dejó las tres pelotas de béisbol en uno de los
recipientes cuadrados del mostrador y dijo:
—Apártate. Voy a bajar la persiana.
Así lo hizo y a continuación dijo:
—Ven. Mi vivienda esta aquí detrás.
Me condujo más allá de las cajas en las que se amontonaban las falsas botellas
de leche, que se suponía tenían que sen derribadas con las pelotas dc béisbol, y
levantó el panel lateral de la parte dc atrás.
Le seguí hasta una tienda que se levantaba a unos doce metros de su caseta.
La abrió y entró en primer lugar. Era una tienda de unos dos metros por tres de
base; las paredes eran retas hasta una altura de un metro y luego se inclinaban
hasta unirse en el centro. Allí se podía estar de pie cómodamente. En un extremo
había un catre, un baúl grande y un par de sillas plegables de lona.
Pero lo primero que vi fue la chica que dormía en el catre. Era menuda, esbelta
y muy rubia. Aparentaba unos veinte a veinticinco años, e incluso dormida era muy
guapa. Estaba vestida, con la excepción dc los zapatos, pero no parecía llevar
nada debajo del vestido estampado de algodón.
Mi tío le puso la mano en el hombro y la despertó. Cuando abrió los ojos, le dijo:
—Tienes que largarte, Toots. Este es Ed, mi sobrino. Tenemos que hablar y yo
tengo que hacer el equipaje. Ve a buscar a Hoagy y dile que necesito verlo de
inmediato. Y diñe que es importante, ¿oyes?
Ella ya se estaba poniendo las zapatos, completamente despierta. Se había
despertado en un segundo, y ni siquiera tenia cara de sueño. Se puso de pie y se
alisó el vestido mirándome.
—Hola, Ed. ¿Tú también te llamas Hunter? —preguntó.
Ye asentí con la cabeza.
—En marcha —dijo mi tío—. Ve a buscar a Hoagy.
Ella le dedicó una mueca y salió.
—Una chica del espectáculo de poses —me explicó mi tío—. No trabajan hasta
la noche, así que ha venido a echar una siesta. La semana pasada me encontré
un canguro en la cama. En senio. John L., el canguro boxeador del espectáculo
del Goso. En una feria puedes encontrarte cualquier cosa dentro de la cama.
Yo estaba sentado en una de las sillas de lona. El había abierto el baúl y extraía
cosas de el y las metía en una estropeada maleta que había sacado de debajo del
catre.
—¿Estás ahi, Am? —preguntó una voz grave desde el interior.
—Entra, Hoagy —respondió mi tio.
La tienda se abrió y entró un hombre corpulento. Ocupaba todo el extremo de la
tienda y la cabeza casi le llegaba al tubo del techo. Tenia una cara totalmente
inexpresiva.
—¿Qué hay? —dijo.
—Mira, Hoagy —empezó mi tio. Dejó de meter cosas en la maleta y se sentó
junto a ella—. Tengo que ir a Chicago. No sé cuándo regresaré. ¿Quieres
ocuparte de la caseta mientras estoy ausente?
—Claro que sí. Aquí estoy parado y te apuesto diez contra uno a que también
estaré parado en Springfield. Y si Harry puede usar la encerrona después de
Springfield, que se busque una danza del vientre. ¿Qué porcentaje quieres?
—No quiero nada —respondió mi tío—. Dale a Maury lo mismo que le doy yo, y
tú quédate el resto. Solo quiero que te ocupes de ella hasta que yo regrese. Vigila
el baúl. Si cuando termine la temporada no he regresado, déjala en algún sitio
para que me la guarden.
—De acuerdo, muchacho. ¿Cómo puedo ponerme en contacto contigo?
—Lista de correos, Chicago. Pero no hace falta. Nadie sabe a donde iremos
después de Springfield, pero puedo seguiros en Billboard, y cuando regrese ya
nos veremos, ¿de acuerdo?
—De acuerdo. Vamos a celebrarlo con un trago. —El hombrón se sacó una
botella plana de media litro del bolsillo y se la alargó a mi tìo—. ¿Es éste tu
sobrino Ed? Toots se llevará una desilusión; quería saber si se iba a quedar con
nosotros. Este chico no sabe lo que se pierde, ¿eh?
—Y yo qué sé —replicó el tío Ambrose.
El hombrón se rió.
—Mira, Hoagy, ¿por qué no te largas? Tengo que hablar con Ed. Su padre, mi
hermano Wally, murió anoche —dijo mi tío.
—¡Jesús! —exclamó el hombrón—. La siento, Am.
—Gracias, Hoagy. ¿Me dejas esta botella? Oye, puedes levantar la persiana
ahora mismo si quieres. Hay bastante gente; no me iba mal.
—Bueno. Am, siento mucho lo de... Ya sabes la que quiero decir.
El hombrón se marchó.
Mi tío se quedó sentado mirándome. Ye no dije nada y él tampoco durante un
minuto o dos. Luego él me preguntó:
—¿Qué te pasa, chico? ¿Qué es lo que te come por dentro?
—No lo sé —le contesté.
—No me vengas con ésas —replicó—. Mira, Ed, no soy tan tonto como
parezco. Y te voy a decir una cosa: tú no te has desahogado. No has llorado,
¿verdad? Estás más tieso que un palo. Y así no puede ser. Será peor para ti.
Estás amargado.
—Estoy perfectamente.
—No. ¿Qué es lo que te pasa?
Todavía tenia en la mano la botella plana de medio litro que Hoagy le había
dado. No le había quitado el tapón. Yo la miré y le dije:
—Déjame beber un trago, tío Ambrose.
Sacudió la cabeza lentamente.
—Esa no es la respuesta. Si bebes, tiene que ser porque quieres. No para
escapar de algo. Has estado huyendo desde que te has enterado, ¿no? Wally
intentó... Demonios, Ed, tú no...
—Escucha —dije yo—. Yo no conocía a papá. Lo he descubierta esta mañana.
Ye creía que era demasiado bueno para él. Pensaba que era un borrachín, y él lo
debía notar. El debía de notar que yo pensaba que era un inútil, y nunca llegamos
a conocernos, ¿entiendes?
Mi tío no dijo nada. Movió la cabeza lentamente.
—Yo aún odio esa porquería —proseguí—. El sabor, quiero decir. La cerveza
no me disgusta, pero no soperto el sabor del whisky. Quiero tomar una copa... a
su salud. Para compensar, solo un poco, de algún modo. Ya sé que él no se
enterará, pero quicero..., quiero tomarme una copa a su salud, como se hace
muchas veces, como para... Demonios, no lo sé explicar mejor!
—¡Mira por donde! —dijo mi tío. dejó la botella en el catre y se acercó al baúl—.
Tengo unos vasos de metal por ahí. Para un juego de vasos y pelotas. En una
feria casi es ilegal beber en algo que no sea una botella, pero caray, chico, ésta
nos la tenemos que beber juntos. Ye también quiero beber a la salud dc Wally.
Sacó tres vasos de aluminio metidos uno dentro de otro. Sirvió el líquido,
generosamente, en dos de ellos hasta un tercio de su capacidad, y me alcanzó
uno.
—Por Wally —dijo él.
—Por papá —dije yo.
Hicimos entrechocar los bordes de los vasos de aluminio y nos bebimos su
contenido de un trago. Quemaba como el fuego, pero me las arreglé para no
atragantarme.
Ninguno de los dos dijo nada durante un minuto; luego mi tío declaró:
—Tengo que ir a ver a Maury, el dueño de la feria, para decirle que me voy.
Salió rápidamente.
Yo me quedé allí sentado, con el horrible sabor de aquel whisky sin refinar en la
boca, pero no pensaba en eso. Pensaba en papá, y en que papá estaba muerto y
no le volvería a ver. De pronto me encontré llorando a lagrima viva. No era el
whisky, porque, aparte del saber y la quemazón, no actúa hasta un rato después
de haber tomado el primer trago. Era solamente que algo había estallado dentro
de mí. Supongo que mi tío sabía que iba a suceder y por eso me había dejado solo. Sabía que a un chico de mi edad no le haría ninguna gracia ponerse a berrear
delante de nadie.
Sin embargo, cuando dejé de llorar empecé a notar los efectos del alcohol.
Estaba mareado y tenía el estómago revuelto.
El tío Ambrose regresó. Debió de advertir que yo tenía los ojos enrojecidos
porque dijo:
—Ahora te encontrarás mejor, Ed. Tenías que desahogarte. Estabas más
tirante que la piel de un tambor. Ahora pareces humano.
Yo conseguí hacer una mueca y dije:
—Supongo que no soy un campeón de la bebida, y me parece que voy a
vomitar. ¿Dónde está el retrete?
—En una feria se dice «el jardín». En el otro lado del recinto. Pero no es mas
que un campo. No te preocupes por eso. Sal fuera si lo prefieres.
Salí, me fui a la parte de atrás de la tienda e hice lo que tenia que hacer.
Cuando regresé, mi tio ya había acabado de llenar la maleta y dijo:
—Aunque no estés acostumbrado, una copa no tenia por qué marcarte, chico.
¿Has comido?
—¡Anda! —exclamé—. No he comido nada desde anoche. No se me ha
ocurrido.
—No me extraña —se rió—. Venga, primero iremos a que nos den el rancho, y
cuando tengas algo en el estómago recogeré la maleta y saldremos para la
estación.
El tío Ambrose me pidió una comida completa y esperó hasta que me vio
empezar a comerla; entonces dijo que volvería en seguida y me dejó comiendo.
Regresó justo cuando ya estaba terminando. Se deslizó en el asiento del otro
lado de la mesa y me dijo:
—Acabo de llamar a la estación. Podemos tomar el tren que llega a Chi a las
seis y media de la tarde. Y también he llamado a Madge —Madge es el nombre de
mama— y me ha contado lo que pasó. Todo sigue igual y el interrogatorio es
mañana por la tarde. En la funeraria Heiden de la cable Wells. Ahi es donde...,
donde le han llevado.
—¿No lo han...? Yo creía que lo llevarían al depósito —dije yo.
Mi tío meneó la cabeza.
—En Chicago no, Ed. Lo que hacen es llevar el cadáver, a no ser que se trate
de alguien o algo especial, a la funeraria privada más cercana. El Ayuntamiento
corre con los gastes, claro, a menos que los parientes le encarguen al de la
funeraria que se ocupe de ello. Del funeral, quiero decir.
—¿Y si los parientes no aparecen?
—A la fosa común. Lo que ocurre es que abren una investigación
inmediatamente para recoger los testimonios mientras las hechos están frescos. Y
si no pueden realizarla la posponen.
Yo asentí con la cabeza y pregunté:
—¿Estaba mamá enfadada porque..., bueno, parque huí?
—No lo creo. Pero ha dicho que el detective que se ocupa del caso quería
hablar contigo y le ha sentado mal que no estuvieras. Ha dicho que le explicaría
que ya estabas en camino.
—¡ Que se vaya al infierno ese detective!—exclamé—. Yo no le puedo aclarar
nada.
—No te pongas así, chico. Nos conviene que esté de nuestra parte.
—¿Nuestra parte?
Me miró de un modo extraño.
—Claro, Ed. De nuestra parte. Tú estás conmigo ¿no?
—¿Quieres decir que vas a...?
—Ya lo creo. Por eso he tenido que hablar con Hoagy y Maury, y dejarlo todo
arreglado —Maury compró la feria esta temporada, pero la dejó a nombre de Hobart— para poder ausentarme todo el tiempo necesario. Ya lo creo, chico. ¿No
creerás que vamos a dejar que un hijo de perra mate a tu padre impunemente?
—¿Qué podemos hacer nosotros que no haga la policía? —pregunté.
—Ellos solo se ocupan de los asuntos durante un tiempo limitado, a no ser que
tengan una buena pista. Nosotros tenemos todo el tiempo del mundo. Eso ya es
algo. Y además tenemos una cosa que ellos no tienen. Nosotros somos los
Hunter.
Cuando dijo eso yo sentí un hormigueo, como un estremecimiento.
«Nosotros somos los Hunter (en castellano, cazador) —pensé—. El nombre es
apropiado. Vamos a ir a la caza de un asesino por los oscuros callejones. El
asesino de mi padre.»
Quizás era descabellado, pero ye le creí. «Nosotros tenemos una cosa que
ellos no tienen. Nosotros somos los Hunter.» Me alegraba de no haber mandado
un telegrama.
—De acuerdo, atraparemos a ese hijo de perra —dije.
Sus ojos volvían a hacer guiños. Pero detrás de ellos había algo más..., algo
mortífero. A pesar de aquel guiño de sus ojos, ya no parecía un hombre bajito y
gracioso con un gran bigote negro. Parecía alguien a quien uno desea tener de su
parte cuando hay jaleo.
Cuando bajamos del tren en Chicago, tío Ambrose dijo:
—Ahora debemos separarnos durante un tiempo, chico. Tú vuelves a casa,
haces las paces con Madge y esperas al detective, si va a regresar. Ye te llamaré
para decirte dónde estoy.
—¿Y después?
—Si no es demasiado tarde y tú no estás cansado, podemos encontrarnos. A lo
mejor, hasta se nos ocurre algo que hacer..., quiero decir un punto de partida. Tú
sácale lo que puedas a ese detective, y a Madge.
—De acuerdo —convine—. Pero ¿por qué no vienes conmigo a casa?
Él meneó la cabeza con lentitud.
—Cuanto menos nos veamos Madge y yo, en general, mejor nos llevaremos.
Ha estado correcta cuando la he llamado por teléfono desde Jancsville, pero no
quiero forzar las cosas, ¿entiendes?
—Creo que no lo sería. Supongo que tienes razón.
—Además, si te fueras y a Madge le pareciera mal, me echaría la culpa a mi y
ambos caeríamos en desgracia, y... Bueno, mira, Si vamos a trabajar en el caso
debemos estar en buenas relaciones con todo el que tenga algo que ver con ello.
¿Entiendes lo que quiero decir?
—Mamá no ha sido, si eso es lo que quieres decir —manifesté yo—. Se
peleaban de vez en cuando, pero ella no le habría matado.
—Eso no es lo que yo quería decir. Yo tampoco creo que ella lo matara. Pero
tienes que quedarte en casa durante un tiempo. Allí es donde vivía tu padre,
¿entiendes? Tenemos que desentrañar este asunto desde el centro. No desde
fuera. Tú te mantienes en buenas relaciones con Madge y con el detective, y asi
les puedes hacer preguntas cada vez que lo creamos conveniente. No podemos
desperdiciar ninguna oportunidad, ¿entiendes?
Mamá estaba sola cuando llegue a casa. Gardie había salido para ir quién sabe
adónde; no le pregunté dónde estaba. Mamá llevaba un vestido negro que yo no
recordaba. Tenia los ojos enrojecidos, como si hubiera llorado mucho, y no iba
maquillada, salvo un poco de carmín que se había puesto en los labios y que
estaba algo estropeado en una esquina.
Su voz había cambiado totalmente. Era sorda, apagada, casi carente de
inflexión.
De algún modo éramos como extraños.
—Hola, Ed —dijo ella.
—Hola, mamá —dije yo.
Entré en la sala de estar y me senté, y ella también entró y se sentó. Yo estaba
junto a la radio y jugueteaba con las botones, sin encenderla.
—Mamá, siento haber..., bueno, haber huido y haberte dejado sola esta
mañana. Debí haberme quedado —confesé, y era sincero, aunque me alegraba
de haber ido a buscar a tío Ambrose.
—Es igual, Ed —me contestó—. Su... supongo que entiendo por qué querías
huir. Pero ¿cómo te has enterado? Quiero decir que ya no estabas cuando han
venido los policías y...
—Estaba en las escaleras —aclaré—. Lo he oído. No... no he querido entrar.
¿Has llamado a Elwood Press para decírselo?
Ella asintió con la cabeza.
—Hemos llamado desde la funeraria. Pensaba que habías ido a trabajar solo y
hcmas llamado para decírtelo. El encargado ha estado amable. Ha dicho que
podías tomarte los días de fiesta qué quisieras y que volvieras cuando tuvieras
ganas. ¿Vas..., vas a volver, verdad, Ed?
—Supongo —respondí.
—Es una buena profesión. Y... Wally decía que estabas aprendiendo muy de
prisa. Deberías seguir.
—Supongo que así lo haré.
—¿Has comido, Ed? ¿Quieres que te prepare algo?
Estaba cambiadísima. Antes nunca le había importado mucho si yo comía a
dejaba de comer.
—He comido en Jancsville —respondí—. Tío Ambrose se ha ido a un hotel. Ha
dicho que nos telefonaría para decirnos en cual se iba a alojar.
—Podía haber venido aquí.
Yo no supe qué contestar. Volví a juguetear con los botones de la radio sin
mirarla. Parecía tan desgraciada que yo no quería mirarla.
Al cabo de un rato dijo:
—Escucha, Ed...
—Sí, mamá.
—Ya sé que no te caigo bien, ni Gardie tampoco. Ya sé que ahora querrás
independizarte. Tienes dieciocho años, no nos unen lazos de sangre y... no te
culpo. Pero ¿te quedarás al menos un tiempo?
»Luego ya lo arreglaremos todo. Gardie y yo buscaremos un piso mas pequeño
y yo buscaré trabajo. Quiero que ella termine el bachillerato, como tú. Pero el
alquiler está pagado hasta el primero de septiembre y tendremos que avisar con
un mes de antelación y pagar otro mes, y este piso es demasiado grande para
nosotras dos y... ¿Entiendes lo que quiero decir? Si pudieras quedarte hasta
entonces...
—De acuerdo —accedí.
—Te irá bien. Y nos llevaremos bien hasta entonces, ¿verdad, Ed?
—Claro que si.
—Después del funeral me buscaré un trabajo. De camarera otra vez, supongo.
Podemos vender los muebles antes de marcharnos dc aquí. Todo está pagado.
No valen mucho, pero quizá saquemos lo suficiente para casi todos los gastos del
funeral.
—Puedes venderlos, pero no te preocupes por el funeral; bastará con la
indemnización del sindicato —observé.
Parecía confundida y yo se lo expliqué. Papa no cotizó durante un tiempo, unos
años atrás, y no lo había hecho durante el tiempo suficiente para cobrar el
máximo, pero entre el internacional y el local nos pagarían unos quinientos
dólares. No lo sabia exactamente. Alrededor de esa cifra.
—¿Lo sabes con certeza, Ed? —preguntó—. Que nos corresponde una
indemnización, quiero decir.
—Con toda certeza —repuse—. El ITU es un buen sindicato. Puedes contar con
ella. Quizá también nos den algo en Elwood.
—Entonces me voy a ver a Heiden ahora mismo.
—¿Para qué, mamá?
—Quiero que Wally tenga un buen funeral, Ed. El mejor que le podamos dar.
Pensaba que tendríamos que endeudarnos y quizá pagar una parte con los
muebles. Le dije que unos doscientos era todo lo que podíamos pagar. Le voy a
decir que sea el doble.
—Papá no querría que te lo gastaras todo en eso. Deberías quedarte algo para
el principio, hasta que Gardie y tú estéis organizadas. Y además del entierro,
habrá que pagar el alquiler y siempre hay gastos, y..., bueno, no creo que debas
hacerlo.
—Voy a hacer lo que he dicho —insistió—. Un funeral de tres al cuarto...
—No es hasta pasado mañana. Ya lo cambiarás mañana, cuando sepamos a
cuánto asciende la indemnización por defunción. Espera hasta mañana por la
mañana, mamá.
Ella dudó y por fin dijo:
—Está bien, de acuerdo. Mañana por la mañana aún habrá tiempo. Voy a hacer
café, Ed, y nos tomaremos una taza. Aunque no tengas hambre, puedes tomar
café.
—Bueno —accedí—. Gracias. ¿Quieres que te ayude?
—Quédate ahí sentado. —Echó una mirada al reloj—. El hombre ese de
homicidios que quiere hablar contigo se llama Bassett; va a venir a las ocho.
Cuando llegó a la puerta se volvió y dijo:
—Y gracias, Ed, por... por decidir quedarte y todo eso. Pensaba que quizá...
Le rodaban las lagrimas por las mejillas.
Yo misma casi sentí ganas de llorar. Parecía tonto allí sentado sin decir nada.
Pero no se me ocurría qué decir.
—Mamá...
Deseaba poder abrazarla e intentar consolarla, pero no se puede hacer una
cosa así de repente, cuando nunca se ha hecho. En diez años.
Salió de la habitación, entró en la cocina y oí el chasquido del interruptor. Yo
volví a sentirme mareado.
3
Bassett llegó a las ocho. Mamá y yo estábamos tomando café y ella le sirvió
una taza. El se sentó al otro lado de la mesa, enfrente de mi. No paresia un
detective de la policía. No era alto, sino de estatura media, mas o menos como yo,
y tampoco era más grueso que yo. Tenía el cabello de un tono pelirrojo
descolorido, y pecas descoloridas también. Sus ojos parecían fatigados detrás de
unas gafas de obtura de concha.
Pero era simpático y amable. No parecía policía en absoluto.
En vez de disparar una serie de preguntas, se limitó a preguntar:
—Bueno, ¿qué te ha pasado a ti, chico?
Luego escuchó mientras yo se lo contaba todo, desde el momento en que llamé
a la puerta de su habitación y papá no contestó. Lo único que no mencioné fue
que mamá estaba completamente vestida con la excepción de los zapatos. Eso no
podía tener nada que ver, y a él no le importaba. Daba lo mismo adónde hubiera
ido.
Una vez hube terminado, él se quedó allí sentado, tomándose el café sin decir
nada. Yo no volvía a abrir la boca y mamá tampoco. Entonces sonó el teléfono y
yo dije que seguramente era para mí, así que fui a la sala de estar para contestar
la llamada.
Era tío Ambrose. Se iba a hospedar en el Wacker de la sección norte de la calle
Clark, a pocas manzanas de casa.
—Magnífico —dije—. ¿Por qué no vienes ahora mismo? El señor Basset, el
detective, está aquí.
—Sí, me gustaría ir —contestó él—. ¿Crees que le importará a Madge?
—Claro que no. Ven inmediatamente.
Regresé a la cocina y les dije que tío Ambrose iba a venir.
—¿Dices que trabaja en una feria?— preguntó Basset.
Yo asentí con la cabeza y aseveré:
—Es un tío estupendo. Mire, señor Basset, ¿le importa si le hago una pregunta
directa?
—Dispara chico.
—¿Qué posibilidades tiene la pol..., tienen ustedes de atrapar al culpable? Más
bien escasas, ¿no?
—Más bien —repuso—. No tenemos por dónde empezar, ¿entiendes? Si un
tipo hace un trabajo como ese, hay muchas posibilidades de que lo atrapen... en el
momento en que lo está haciendo. Puede que pase un coche patrulla..., y suelen
iluminar con sus faros los callejones de ese distrito. Tiene que vigilar que no se
acerque el policía de guardia. El individuo al que está atacando puede oponer
resistencia y llevar la mejor parte.
»Pero una vez que lo ha hecho y se ha ido sin dejar rastro, está bastante
seguro. Si mantiene la boca cerrada..., puede que haya una posibilidad entre mil, o
quizá entre diez mil, de que lo atrapemos.
—En un caso como este —yo quería seguir generalizando; no quería hablar de
papá—, ¿en qué podría consistir esa posibilidad?
—Podrían ser muchas cosas. A lo mejor la clave es el reloj del hombre que ha
matado. Comunicamos el número a las casas de empeño, y al cabo de un tiempo
puede que aparezca en una de ellas y le podemos seguir el rastro.
—Papá no llevaba reloj. Lo llevó a arreglar hace unos días.
—Bueno, otra manera. Podría ser que alguien lo hubiera seguido. Quiero decir
que pudo haber dejado ver que llevaba dinero encima en una taberna, y al salir
cabe que alguien le siguiera. Alguno de los que estaban en la taberna puede
recordarlo y darnos una descripción, o incluso es posible que alguien conociera al
individuo, ¿entiendes?
Yo asentí con la cabeza
—¿Sabe usted dónde estuvo anoche?
—Primero en la calle Clark. Allí entró al menos en dos tabernas; puede que
fueran más. Sólo se tomó un par de cervezas en cada una. Iba solo. También
sabemos cual fue el último lugar donde estuvo; estamos bastante seguros de que
fue el último. Hacia el oeste, en la avenida Chicago, al otro lado de Orleáns. Allí
también estaba solo, y nadie salió inmediatamente detrás de él.
—¿Cómo saben que ése fue el último lugar?— pregunté.
—Porque compró unas botellas de cerveza para llevárselas a casa. Además era
alrededor de la una, y lo encontraron hacia las dos. El lugar donde lo encontraron
está entre esta casa y aquella taberna, como si se dirigiera ya hacia casa. En esa
ruta casi no hay tabernas. Sólo hay un par de ellas y ya las hemos investigado a
fondo. Pudo haberse detenido en una, pero... ¿y las botellas de cerveza, y el
tiempo y todo eso? Lo más probable es que no lo hiciera.
—¿Dónde... dónde lo encontraron?
—En un callejón, entre Orleáns y Franklin, dos manzanas y media al sur de la
avenida Chicago.
—¿Entre Hurón y Herie?
Él asintió con la cabeza.
—Debía de ir andando hacia el sur por Orleáns y atajó por el callejón hacia
Franklin. Pero... Dios mío, en ese barrio, ¿por qué iba a querer pasar por un
callejón?
—Hay dos respuestas —dijo Basset—. Una es que había bebido mucha
cerveza. Que sepamos, no había bebido nada más, y había estado dando vueltas
por ahí desde las nueve hasta la una. Un individuo que se dirige a casa rebosando
cerveza puede muy bien querer atajar por un callejón, aunque como tú dices no es
un barrio adecuado para hacerlo.
—¿Cuál es la otra respuesta?
—Que no atajó por el callejón. Estaba cerca de Franklin, así que pudo haber ido
por Chicago hasta Franklin, y, una vez en Franklin, hacia el sur. Lo asaltan a la
entrada del callejón, y el que o los que lo hacen lo meten en el callejón, le dan una
paliza y le roban. Esas calles están desiertas a esa hora de la mañana. Ha habido
muchos atracos allí debajo del tren, en la calle Franklin.
Yo asentí pensativo. Ese Bassett no parecía un detective, pero no se chupaba
el dedo. Cualquiera de las cosas que había dicho podía haber sucedido. Tenía
que haber sido de una manera o de la otra; las posibilidades estaban al cincuenta
por ciento y parecía que las de que atraparan al culpable eran muy escasas; una
entre mil, como había dicho él.
»Puede —pensé— que sea más listo que tío Ambrose en cosas de este tipo.»
Había seguido a papá bastante bien, y eso no era un juego de niños en un barrio
como el mío. En la calle Clark y en la avenida Chicago no gustan los policías.
Incluso a la gente que no está fuera de la ley.
Cuando llegó tío Ambrose, mamá fue a abrirle. Hablaron unos minutos en el
pasillo y, aunque yo oía las voces, no entendí lo que decían. Cuando entraron en
la cocina no estaban enfadados. Mamá sirvió otra taza de café.
Bassett y mi tío se dieron la mano e inmediatamente parecieron simpatizar el
uno con el otro. Bassett empezó a hacerle preguntas, unas pocas. No le preguntó
si yo había estado en Janesville; inquirió con bastante indiferencia en qué tren
había venido yo, qué tal era el servicio al regreso y cosas así. Comprobó algunos
puntos de la historia que yo le había contado para ver si le había dicho la verdad.
«Un tipo listo», pensé de nuevo.
Pero no me había dado cuenta ni de la mitad hasta que tío Ambrose empezó a
preguntarle cosas referentes a la investigación. Bassett respondió a las dos
primeras preguntas y después una de las comisuras de su boca se elevó un poco.
–Pregúntele al chico. Ya se lo he contado todo —dijo—. Ustedes dos se van a
meter en esto juntos. Que tengan suerte.
Mi tío me miró con las cejas algo arqueadas. Bassett no me estaba mirando, así
que sacudí un poco la cabeza para hacerle saber que no me había ido de la
lengua con el detective. Un tipo listo. No sé cómo se dio cuenta tan de prisa.
Entonces llegó Gardie y mamá se la volvió a presentar a tío Ambrose. La había
mandado al cine, y supongo que allí había estado sino no habría vuelto a casa tan
temprano.
Yo me reí al ver cómo tío Ambrose le daba una palmadita en la cabeza y la
trataba como a una criatura. A Gardie no le gustó; lo noté. Cinco minutos de vida
familiar y se fue a su habitación.
El tío Ambrose me dirigió una mueca.
El café se había enfriado y mamá estaba a punto de ir a preparar más cuando
el tío Ambrose dijo:
—Vamos a tomarnos una copa. ¿Qué le parece, Bassett?
—Por mí de acuerdo. Ahora ya no estoy de servicio.
Mamá meneó la cabeza.
—Id los dos —les dijo
Yo insinué que quería ir con ellos. Dije que tenía sed y que me apetecía un
Seven Up o una Coca Cola. Tío Ambrose dijo que podía ir y mamá no protestó, así
que me fui con ellos.
Fuimos a un bar de la avenida Grand. Bassett dijo que era un lugar tranquilo
donde podríamos hablar. Si que era tranquilo: casi éramos los únicos clientes.
Nos sentamos en un reservado y pedimos dos cervezas y una Coca Cola.
Basseett dijo que tenía que llamar por teléfono y se fue a la cabina.
—Es simpático. Me cae bien —dije.
Mi tío asintió con la cabeza lentamente y contestó:
—No es tonto, no es honrado y no es un canalla. Es justo lo que
necesitábamos.
—¿Qué? ¿Cómo sabes que no es honrado?
No era que yo fuera inocente; sabía perfectamente que muchos policías no eran
honrados, sólo me extrañaba que tío Ambrose estuviera tan seguro en tan poco
tiempo..., o quizá no dijera más que disparates.
–Se nota cuando lo miras —explicó—. No sé cómo, pero lo sé. Antes llevaba un
puesto de metoposcopia en la feria, Ed. Es un engaño, claro, pero llegas a poder
juzgar a las personas.
Me acordé de algo que había leído.
—Lombroso ha sido...
—Al infierno Lombroso. No es la forma de la cara. Es una sensación. Se puede
hacer con los ojos cerrados. No sé cómo. Pero a este poli pelirrojo lo vamos a
comprar.
Sacó la cartera y, manteniéndola debajo de la mesa para que un par de
hombres que había junto a la barra no vieran lo que había, sacó un billete y se la
volvió a meter en el bolsillo lateral. Yo alcancé a ver el billete mientras lo doblaba
dos veces y se lo escondía en la palma de la mano. Era de cien dólares.
Me dio un poco de miedo. No entendía por qué tenía que sobornar a Bassett, y
temía que se equivocara y que ofrecerle dinero resultara peor.
Bassett regresó y se sentó.
—Mire Bassett —dijo mi tío—, yo sé a lo que se enfrentan ustedes en un caso
como éste. Pero Wally era mi hermano, ¿entiende?, y quiero ver al individuo que
lo mató a la sombra. Quiero verlo en la silla eléctrica.
—Haremos todo lo que podamos —aseguró Bassett.
—Ya lo sé. Pero no podrán dedicarle mucho tiempo, y usted lo sabe. Yo quiero
ayudar en lo que pueda y sé que pudo hacerlo de un modo. Quiero decir que hay
veces que con unos pocos dólares aquí y allí se puede hacer que cante alguien
que de otra manera no cantaría. Ya me entiende.
—Sí, le entiendo. A veces ayuda.
Mi tío extendió la mano con la palma hacia abajo y dijo:
—Métase esto en el bolsillo, por si puede usarlo donde nos sirva de ayuda.
Confidencialmente.
Bassett cogió el billete. Le vi echar una mirada a la esquina por debajo de la
mesa; luego se lo metió en el bolsillo. Su cara permaneció impasible. No dijo nada.
Pedimos otra ronda, o más bien la pidieron. A mí todavía me quedaba la mitad
de la Coca-Cola.
Los ojos de Bassett, detrás de las gafas con montura de concha, parecían algo
más fatigados, algo más velados.
—Lo que le he contado al chico es lo único que sabemos —dijo—. Dos paradas
en la calle Clark, de una media hora cada una. La última parada en la avenida
Grand, donde compró la cerveza. Diez contra uno a que fue la última parada que
hizo. Si podíamos averiguar algo, tenía que ser allí. Pero no había nada que
averiguar.
—¿Y el resto del tiempo? —preguntó mi tío.
Bassett se encogió de hombros.
—Hay dos tipos de bebedores. Unos se aposentan en un sitio y se quedan allí a
beber lo que tengan que beber. Los otros pasean. Wallace Hunter era de los que
pasean, al menos esa noche. Estuvo por ahí cuatro horas, y se quedaba una
media hora en cada sitio, el tiempo suficiente para beberse dos o tres cervezas en
cada uno de los tres lugares que hemos averiguado. Si ésa es la media,
seguramente se detuvo en seis o siete bares; hay que dejarle algún tiempo para
andar.
—¿Sólo bebía cerveza?
—Al menos principalmente. Uno de los camareros no estaba seguro de lo que
bebió. Y en la avenida Chicago se tomó un whisky con la última cerveza; luego
compró las botellas para llevarse. Era el bar de Kaufman. Kaufman estaba detrás
de la barra. Dijo que parecía un poco bebido, un borracho sosegado, sin hacer
eses ni nada. Controlado.
—¿Quién es Kaufman? Quiero decir además del dueño del bar.
—Nadie importante. Yo no sé si es honrado o no, pero si no lo es nosotros no lo
hemos descubierto. Estuve hablando con los compañeros de la comisaría de la
avenida Chicago sobre esto. Que ellos sepan, no está metido en nada.
—Usted habló con él. ¿Lo está?
—Si lo está es poca cosa, y no tiene nada que ver con esto. Identificó la
fotografía de su hermano después de que yo le empujara un poquito. Usé lo
mismo que con los demás; quiero decir que les dijimos que sabíamos que había
estado allí y sólo queríamos averiguar a qué hora se había marchado. Primero
aseguró que no lo había visto en su vida. Yo le dije que tenía pruebas de que
había estado allí y sólo quería saber cuándo, y que a él no lo metería en
problemas. Así que volvió a mirar; entonces lo soltó.
—¿Todo?
—Creo que sí —dijo Bassett—. Ya lo verá y lo dirá mañana en el interrogatorio.
—Magnífico —me dijo mi tío—. Mira, tú no me conoces mañana, nadie me
conoce. Yo me siento en la parte de atrás y nadie sabe quien soy. De todas
maneras, no me van a hacer declarar.
Los ojos de Bassett se aclararon un poco, sólo un poco, y preguntó:
—¿Cree que querrá hacer uno por su cuenta?
—Quizá.
Parecían entenderse entre ellos. Sabían de qué estaban hablando. Yo no tenía
ni idea.
Como al hablar Hoagy, el hombrón, con mi tío de que la encerrona estaba
parada. Pero aquello era el lenguaje de la feria; por lo menos sabía por qué no lo
entendía. Esto era diferente; usaban palabras que yo conocía, pero no les
encontraba el sentido.
Me daba igual.
—Una posibilidad queda eliminada. No hay seguro —dijo Bassett.
Eso sí que lo entendí.
—Mamá no ha sido —manifesté yo.
Bassett me miró y empecé a preguntarme si me caía tan bien como había
creído.
—El chico tiene razón —dijo tío Ambrose—. Madge es... —se detuvo.— Ella no
hubiera matado a Wally.
—Con las mujeres nunca se sabe. Dios mío, he visto casos...
—Seguro, un millón de casos. Pero no ha sido Madge. Mire, ella podía esperar
a que llegar a casa y atacarle con un cuchillo de cocina o algo parecido. Pero no
ocurrió así. Ella no lo hubiera seguido hasta un callejón y le hubiera dado con una
cachip... Oiga, ¿era una cachiporra?
—No. Algo más duro.
—¿Cómo qué?
—Cualquier cosa que pese lo suficiente para blandirla y que no tenga punta ni
filo en el lado que lo golpeó. Un mazo, un trozo de tubería, una botella vacía, un...
Casi cualquier cosa.
«Un instrumento romo —pensé—. Así lo describirían los periódicos si hablaran
de ello.»
Observé una cuchara que se estaba arrastrando por el suelo, alejándose de la
barra. Era de esas grandes y negras, y se movía como dando tirones, corría un
poco y luego se quedaba inmóvil. Avanzaba un palmo, se detenía un segundo, y
luego avanzaba otro palmo.
Uno de los hombres que estaban de pie en la barra también la observaba. Se
acercó a ella, pero se le escurrió debajo del pie justo a tiempo.
La segunda vez no tuvo tanta suerte. Oí un crujido.
—Mire —decía Bassett—. Tengo que irme a casa. Acabo de llamar a mi mujer;
está algo pachucha. Nada serio, pero quería que le llevara un medicamento. Hasta
mañana en el interrogatorio.
—De acuerdo —asintió mi tío—. Pero allí no podemos hablar, como he dicho
antes.¿Qué le parece Si después nos encontramos aquí?
—Muy bien. Adiós. Adiós, chico.
Se marchó.
«Cien dólares es mucho dinero, pensé. Me alegraba de no tener un trabajo en
el que alguien pudiera ofrecerme cien dólares por hacer algo que no debiera.
Pensándolo mejor, no era eso; no le pagaban por hacer nada incorrecto. Sólo
para que estuviera de nuestra parte; para que fuera franco con nosotros. Para que
nos diera los datos exactos. Eso no estaba mal; lo que estaba mal era aceptar
dinero para hacerlo. Pero tenia a su esposa enferma.
Entonces pensé que mi tío no sabía que tenía a su esposa enferma. Pero mi tío
sabía que aceptaría el dinero.
—Es una buena inversión —dijo.
—Quizá —repuse yo—. Pero si no es honrado, ¿cómo sabes que no te hará
trampas a ti? Puede que no te dé nada a cambio de esos cien dólares. Y eso es
mucho dinero.
—A veces diez centavos es mucho dinero. A veces cien dólares no lo es. Creo
que le sacaremos provecho al dinero. Mira, chico, ¿qué te parece si hacemos la
ronda? Quiero decir si recorremos los bares en los que él estuvo. Quiero averiguar
una cosa. ¿Te apetece?
—Bueno —respondí—. De todas maneras no podría dormirme. Y son solo las
once.
Me miró de arriba abajo y dijo:
—Creo que aparentas los veintiuno. Si te preguntan, yo soy tu padre, y tendrán
que creer lo que les diga. Los dos podemos enseñar la tarjeta de identidad con el
mismo apellido, pero no nos conviene.
—¿Quieres decir que no nos conviene que sepan quiénes somos?
—Eso es. En cada sitio que entremos pediremos una cerveza para cada uno.
Yo me beberé la mía de prisa, y tu vas tomando sorbitos de la tuya. Luego
intercambiamos el vaso, ¿entiendes? De ese modo...
—Un poco de cerveza no me hará daño —interrumpí yo—. Ya tengo dieciocho
años, caramba.
—Un poco de cerveza no te hará daño, y no vas a beber más que eso.
Cambiaremos de vaso, ¿entendido?
Yo asentí con la cabeza. No tenía sentido discutir; especialmente cuando él
tenia razón.
Anduvimos por Grand hasta Clark y nos dirigimos al norte. Nos detuvimos en la
esquina de Ontario.
—Aquí es más o menos donde empezó —dije yo—. Es decir, debió de venir por
Ontario desde Wells, y desde aquí se dirigió hacia el norte.
Yo estaba allí de pie, mirando Ontario abajo, y casi tenía la sensación de que lo
iba a ver acercarse.
Era una tonteria. «Yace sobre un mármol en Heiden —pensé—. Le han quitado
la sangre y lo han llenado con líquido de embalsamar. Lo habrán hecho de prisa,
porque hace mucho calor.
»Ahora ya no es papá. A papá no le molestaba el calor. El frío si que le
afectaba; no le gustaba nada andar por la calle cuando hacia frió, ni siquiera una
manzana o dos. Pero cel calor no le molestaba.»
—El Barril y el Glaciar, ésos son los bares, ¿no? —preguntó tío Ambrose.
—Supongo que Bassett lo dijo cuando yo no escuchaba. No lo sé —respondí.
—¡No escuchabas?
—Estaba observando la cucaracha.
No dijo nada más. Empezamos a andar, mirando los nombres de los bares por
los que pasábamos. Hay una media de tres a cuatro tabernas por manzana en la
sección de la calle Clark, desde el Loop hasta la plaza Bughouse. El Broadway de
los pobres.
Llegamos al Glaciar justo después dc cruzar Huron. Entramos y nos quedamos
en la barra. El griego que había al otro lado del mostrador apenas me miró.
Sólo había unos pocos hombres en la barra, y ninguna mujer. Un borracho se
había dormido en una mesa del fondo del local. No nos quedamos más que el
tiempo de tomarnos una cerveza cada uno. El tío Ambrose se bebió la mayor parte
de la mía.
Hicimos lo mismo en el Barril, que estaba al otro lado de la calle, cerca de
Chicago. Era del mismo estilo, algo mayor, algo más de gente, dos camareros en
lugar de uno, y tres borrachos dormidos en las mesas en vez de uno.
No teníamos a nadie cerca, así que podíamos hablar tranquilamente.
—¿No vas a intentar sonsacarles para averiguar lo que hacía o algo así? —
pregunté.
El agitó la cabeza.
Yo quise saber qué intentábamos averiguar.
—Lo que hacía. Lo que buscaba.
Medité. No era lógico que averiguáramos algo sin preguntar nada.
—Ven. Te lo demostraré —dijo mi tío.
Salimos a la calle, volvimos atrás media manzana y entramos en otro bar.
—Ya lo entiendo —dije yo—. Ya veo lo que quieres decir.
Había sido algo idiota. Este bar era diferente. Había música, si se podía llamar
así. Y casi el mismo número de mujeres que de hombres. Mujeres marchitas la
mayoría. Unas pocas eran jóvenes. La mayoría estaban borrachas.
No eran chicas de alterne. Quizá unas cuantas, decidí, eran prostitutas, pero no
muchas. No eran mas que mujeres.
Nos volvimos a tomar nuestra cerveza por barba.
«Me alegro de que papá no viniera a sitios como éste en lugar de ir al Barril y al
Glaciar —pensé—. Salió a beber; solo a beber.»
Nos dirigimos al norte otra vez, cruzamos de nuevo al lado oeste de la calle y
volvimos la esquina de la avenida Chicago.
Pasamos par la comisaría de policía. Cruzamos La Salle y lucgo Wells. «En
este punto pudo dirigirse hacia el sur —pensé. Debían de ser alrededor de las
doce y media cuando pasó por aquí.
»Anoche. Sólo vino por aquí anoche. Seguramente iba par el mismo lado de la
calle por el que nosotros vamos ahora. Pero anoche, y aproximadamente a la
misma hora. Deben de ser casi las doce y media.»
Pasamos par debajo del ferrocarril elevado a la altura de Franklin.
Un tren rugió sobre nuestras cabezas y estremeció la noche. Resulta curioso
que los trenes hagan tanto ruido por la noche. En nuestro piso de Wells, que está
a una manzana del tren, oigo todos los que pasan, si estoy despierto. O por la
mañana temprano, cuando me acabo de levantar o estoy todavía en la cama.
Durante el resto del día ni se oyen.
Continuamos andando hasta la esquina de la calle Orleáns. Allí nos detuvimos.
Enfrente había un letrero de cerveza Topaz. Estaba en el lado norte de la avenida
Chicago, a dos casas de la esquina. Tenía que ser el bar de Kaufman. Tenía que
serlo porque era la única taberna de la manzana.
La última parada que hizo papá.
—¿No vamos a ir ahí? —pregunté.
Mi tío meneó la cabeza lentamente.
Nos quedamos en el mismo sitio unos cinco minutes, sin hacer nada, ni siquiera
pensar. No le pregunté por qué no entrábamos en el bar de Kaufman.
—Bueno, chico... —empezó al cabo de un rato.
—Vamos —dije yo.
Dimos media vuelta y empezamos a andar por Orleáns hacia el sur.
Nos dirigíamos allí. Nos dirigíamos al callejón.
4
El callejón no era más que un callejón. En el extremo de Orleáns había un
aparcamiento en un lado y una fabrica de caramelos en el otro. A la largo de la
fábrica de caramelos había un gran andén de carga y descarga.
El callejón estaba pavimentado con toscos Iadrillos rojos y no había aceras.
Frente al extremo de la calle Orleáns había una farola, una de las pequeñas
que ponen en mitad de la manzana.
En el extremo dc Franklin había otra de esas farolas, debajo del ferrocarril
elevado, justo a la izquierda de la entrada del callejón. No estaba especialmente
oscuro. Si te situabas en el extremo dc Orleáns veías el otro extremo.
La luz era alga escasa a mitad del callejón, pero se veía, y si había alguien allí
su silueta destacaba ante el extremo de Franklin.
Ahora no había nadie.
Hacia la mitad del callejón se veía la parte trasera de unas casas de pisos,
viejas y destartaladas, cuya fachada principal daba a Huron y Eric. Las del lado de
Eric tenían balcones de madera con barandillas y unas escaleras también dc
madera por las que se llegaba a las puertas traseras de los pisos. Las del lado dc
Hudson no tenían balcones y estaban al nivel del callejón.
—Si vino por aquí, debía de seguirle alguien —dijo el tío Ambrose—. Si hubiera
habido alguien esperándolo en el callejón, lo hubiera visto.
—Podía haber alguien subido en uno de ésos —dije yo señalando los
balcones—. Un hombre va haciendo eses debajo. El que sea baja par las
escaleras y llega abajo justo después de pasar él, lo alcanza cerca del otro
extremo, y...
—Pudiera ser, chico. Pero es poco probable. Si estaba en el balcón es que vivía
allí. Nadie hace cosas como ésa en su propio callejón, tan cerca de casa. Y dudo
de que fuera haciendo eses. Claro que no te puedes fiar de lo que dice un
camarero cuando asegura que un cliente iba sereno al salir de su bar. No quieren
complicaciones.
—Pude haber sucedido así. No es probable, pero pude haber sucedido —dije.
—Claro. Lo tendremos en cuenta. Hablaremos con todos los que viven en esos
pisos. No vamos a descartar ninguna posibilidad; no quería decir eso cuando he
dicho que no era probable.
Hablábamos en voz baja, come se hace en un callejón por la noche. Habíamos
dejado atrás la zona central y las viviendas. Estábamos en la parte de atrás de los
edificios que daban a la calle Franklin. Eran casas de ladrillo de tres pisos, con
tiendas en la planta baja y viviendas encima; eran iguales a los dos lados.
Mi tío se detuvo y se inclinó.
—Cristales de botella de cerveza —dijo—. Aquí es dónde ocurrió.
Yo experimenté una extraña sensación, casi de marco. «Aquí es donde ocurrió,
justo donde estoy yo ahora. Aquí es donde ocurrió.»
Quería quitarme de la cabeza aquellos pensamientos, así que me agaché y
empecé a buscar también. Sí, era cristal ámbar, y en un área de unos pocos
metros había el suficiente para formar dos o tres botellas.
Desde luego, no podía estar como cuando acababa de caer. Lo habían
pisoteado la gente que pasaba por el callejón, y los camiones. Ahora estaba roto
en trozos más pequeños y más esparcido. Pero alrededor del centro del área que
ocupaba el cristal debió de ser dondec se le cayeron las botellas.
—Aquí hay un trozo con parte de la etiqueta —dijo mi tío—. Podemos ver si es
la marca que vende Kaufman.
La cogió y fuimos a situarnos bajo la luz de la farola del extremo del callejón.
—Es un trozo de la etiqueta de Topaz. Las he visto a miles en las botellas que
papá traía a casa. Kaufman tiene un letrero de Topaz, pera es una cerveza muy
común aquí. No lo prueba con seguridad.
Él se acercó y nos quedamos dc pie mirando en ambas direcciones de la calle
Franklin. Un tren elevado pasó casi justo por encima de nuestras cabezas. Era
muy largo; debía de ser uno de North Shore y hacía tanto ruído que parecía el fin
del mundo.
«Un ruido suficientemente fuerte para ahogar el de unos disparos de revólver —
pensé—, y no digamos el que haría un hombre al caer, incluso con botellas de
cerveza. Quizá por eso sucedió aquí, cerca de este extremo del callejón, en lugar
de en el centro, donde había menos luz. El ruido también influía, lo mismo que la
oscuridad. Cuando llegaron aquí, el asesino acercándose a papá por detras, pasó
el tren. Aunque papá hubiera gritado pidiendo ayuda, el ruido del tren hubiera
apagado sus gritos.»
Miré hacia las tiendas de ambos lados del callejón. Una era un almacén de
materiales de fontanería. La otra estaba vacía. Parecía que hacía mucho tiempo
que estaba vacía; el cristal estaba tan sucio que no se veía nada a través de él.
—Bueno, Ed —dijo mi tío.
—Vamos. Supongo que no podemos hacer nada más esta noche.
Fuimos por Franklin hasta Erie y cruzamos a Wells.
—Ya sé lo que me pasa —dijo mi tío—, Estoy muerto de hambre. No he comido
desde las doce, y tú no has comido desde alrededor de las dos. Vamos a
acercarnos a Clark, a ver si encontramos algo de comer.
Entramos en un lugar donde servían carne a la parrilla durante toda la noche.
Yo no tuve hambre hasta que no probé el bocadillo de lomo a la parrilla;
entonces lo devoré ávidamente, igual que las patatas fritas y la ensalada de col.
Los dos quisimos repetir.
—Ed, ¿a qué aspiras? —preguntó mi tío mientras esperábamos.
—¿Qué quieres decir?
—Me refiero a lo que vas a hacer con tu vida durante los próximos cincuenta y
pico de años.
La respuesta era tan obvia que tuve que pensármela dos veces.
—Nada importante, supongo. Soy aprendiz de impresor. Puedo estudiar para
linotipista cuando haya aprendido un poco más, o puedo ser encargado de taller.
Es un buen oficio.
—Supongo que sí. ¿Te vas a quedar en Chicago?
—No lo he pensado —le contesté—. No voy a marcharme pronto. Cuando
termine el aprendizaje seré oficial y podré trabajar en cualquier parte.
—Tener un oficio es bueno, pero debes ser tú quien tenga el oficio; no dejes
que el oficio te tenga a tí. Lo mismo ocurre con... Ay, demonios, ya te estoy dando
lecciones.
Hizo una mueca. Estaba a punto de decir «con las mujeres». Sabía que yo lo
sabía, así que no hacía falta que lo dijera. Me alegré de que creyera que tenía
tanto sentido común.
—¿Con qué sueñas, Ed?
Lo miré. Hablaba en serio. Le pregunté:
—¿ Estamos en el puesto de metoposcopia o me estás psicoanalizando?
—Lo mismo da una cosa que otra.
—Esta mañana he soñado que alargaba la mano por el escaparate de una casa
de empeños para coger un trombón. Gardie aparecía saltando a la comba por la
acera y me he despertado antes de coger el trombón. Ahora supongo que ya no
tengo secretos para tí, ¿no crees?
Se rió entre dientes.
—Eso sería como dispararle a un pato inmóvill, Ed. Dos patos con una bala.
Ten cuidado con uno de esos patos. Ya sabes a cuál me refiero.
—Supongo.
—Es peligrosa, chico, para un muchacho come tú. Igual que Madge lo fue... No
importa. ¿Y qué es eso del trombón? ¿Has tocado el trombón alguna vez?
—En realidad, no. Cuando hacía segundo de bachillerato me prestaron uno en
el colegio. Iba a aprender para hacerme de la orquesta. Pero los vecinos
protestaron. Supongo que hacía mucho ruido. Cuando se vive en un piso... A
mamá tampoco le hacía mucha gracia.
El camarero nos trajo los segundos bocadillos. Yo ya no tenía tanta hambre.
Con las guarniciones parecía mucha comida. Primero me comí unas cuantas
patatas fritas.
Luego levanté la tapa del bocadillo, incliné la botella de ketchup y me eché una
buena cantidad.
Parecía...
Volví a colocar la tapa del bocadillo con un golpecito e intenté no pensar en lo
que parecía. Pero mi mente estaba otra vez en el callejón. Ni siquiera sabía si
había habido sangre; quizá no. Se puede matar a alguien de un golpe sin producir
sangre.
Pero pensé en la cabeza de papá cubierta de sangre y en una mancha de la
sangre caída anoche allí en los toscos ladrillos del callejón..., ahora absorbida,
barrida, borrada. ¿La habrían borrado ellos? Pero seguramente no habría habido
sangre.
Sin embargo, me daba asco solo el pensar en aquel bocadillo. Ojalá pudiera
apartar los pensamientos de él. Cerré los ojos y empecé a repetir la primera
tontería que me vino a la mente para evitar pensar en nada más: «Uno, dos, tres,
O’Leary; cuatro, cinco, seis, O’Leary...»
Unos segundos después me di cuenta de que había vencido y ya no me
afectaba. Pero miré hacia tío Ambrose y traté de no mirar al mostrador.
—Oye, a lo mejor mamá me está esperando despierta —dije—. No se nos ha
ocurrido decirle que llegaríamos tarde. Es más de la una.
—Dios mío. Se me había olvidado. Jesús, espero que se haya acostado. Más
vale que vuelvas a casa corriendo.
Le dije que de todos modos no quería comerme lo que quedaba del segundo
bacadillo, y él casi había terminado el suyo. A la salida nos separamos; él se
dirigió al Wacket, hacia el norte, y yo me fui de prisa hacia casa.
Mamá había dejado una luz encendida en el fondo del recibidor para cuando yo
llegara, pero no estaba levantada. Su habitación estaba a oscuras. Me alegré. No
quería dar explicaciones y disculparme, y, si hubiera estado levantada esperando,
preocupada, quizá le hubiera echado la culpa al tío Ambrose.
Me fui a la cama rápidamente y en silencio. Debí de dormirme en el mismo
instante en que cerré los ojos.
Cuando me desperté, había algo extraño en la habitación. Diferente. Como
siempre, era por la mañana, hacía calor y el cuarto estaba mal ventilado. Tardé un
minuto a dos, allí tumbado, en darme cuenta de que la diferencia consistía en que
no se oía el tictac del despertador. No lo había puesto en hora ni le había dado
cuerda.
No sé qué podía importarme la hora que era, pero quería saberlo. Me levanté y
fui a mirar el reloj de la cocina. Eran las siete y un minuto.
«Qué curiaso —pensé—. Me he despertado a la hora de siempre, sin tener
siquiera un reloj en marcha en la habitación.»
No había nadie más despierto. La puerta de Gardie estaba abierta y tampoco
llevaba puesta la chaqueta del pijama. Pasé de prisa.
Puse el despertador en hora, le di cuerda y lo volví a dejar en su sitio. «Podría
dormir una hora a dos más —pensé—. Soy capaz.» Pero no pude dormirme; no
tenía sueño.
El piso estaba muy silencioso. Tampoco parecía que hubiera mucho ruido en la
calle, excepto cuando pasaba el tren elevado por Franklin cada pocos minutos.
El tictac del reloj se iba intensificando cada vez más.
«Esta mañana no tengo que despertar a papá —me dije—. Nunca más lo
volveré a despertar. Nadie volverá a despertarle.»
Me levanté y me vestí.
Camino de la cocina, me detuve en la puerta del cuarto de Gardie y miré al
interior. « Ella quiere que mire —pensé—; yo quiero mirar, así que ¿por qué no
voy a hacerlo?» Sabía perfectamente cuál era la respuesta.
Quizás estaba buscando un antídoto contra la sensación de frío que me
producía el no tener que despertar a papá aquella mañana. Quizás una sensación
de frío y una de calor se eliminarían mutuamente. No sucedió así, con exactitud,
pero un minuto después me disgusté conmigo mismo y continué mi camino hacia
la cocina.
Hice café y me senté para tomarlo. Me preguntaba qué podía hacer para llenar
la mañana. Tío Ambrose dormiría hasta tarde; trabajando en una feria, debía de
estar acostumbrado a dormir hasta tarde. De todos modos no podíamos hacer
nada para la investigación hasta después del interrogatorio. Y luego hasta
después del entierro.
Además, a la luz del día todo parecía un poco tonto. Un hombre bajito y con
bigote y un chico imberbe piensan que pueden encontrar, en todo Chicago, al
atracador que había escapado después de dar el golpe.
Pensé en el individuo de Homicidios, con su cabello pelirrojo descolorido y los
ojos cansinos. Lo habíamos comprado por cien dólares, o eso pensaba tío
Ambrose. Al menos en parte tenía razón; Bassett había aceptado el dinero.
Oí unos pasos de pies descalzos y Gardie entró en la cocina en pijama. Incluida
la chaqueta. Llevaba las uñas de los pies pintadas.
—Buenos días, Eddie. ¿Me sirves una taza de café? —dijo.
Bostezó y se desperezó como un gatito zalamero. Tenía las zarpas preparadas.
Cogí otra taza y le serví el café; ella se sentó a la mesa frente a mí.
—Oye, el interrogatorio es hoy —dijo. Parecía que tenía ganas de ir. Como si
hubiera dicho: «Oye, hoy es el partido.»
—No sé si querrán que testifique. ¿Qué voy a atestiguar yo?
—No, Eddie. No lo creo. Dijeron que sólo mamá y yo.
—¿Por qué tú?
—Identificación. Yo fui la única que lo identificó al principio. Mamá casi se
desmayó en la funeraria, en Heiden. No querían que se desmayara, así dije que
ya miraría yo. Luego, cuando ya estaba un poco más calmada, después de hablar
con el detective, el señor Bassett, ella también quiso mirar y la dejaron.
—¿Cómo averiguaron quién era? —pregunté—. Quiero decir que no le debía
quedar ningún tipo de documentación encima; de lo contrario hubieran venido
durante la noche después de encontrarlo.
—Bobby lo conocía. Bobby Reinhart.
—¿Quién es Bobby Reinhart?
—Trabaja para el señor Heiden. Está aprendiendo el oficio. Yo he salido con él
varias veces. Conocía a papá de vista. Cuando llegó a trabajar, a las siete, les dijo
quién era, en cuanto entró en el... depósito.
—Ah —dije yo.
Ahora lo situaba. Un golfillo presumido de dieciséis o diecisiete años. Se ponía
brillantina en el pelo y siempre llevaba su mejor ropa a la escuela. Pensaba que
era un don juán y se creía guapísimo.
Me impresionó pesar en él ayudando a preparar el cadáver de papá.
Terminamos el café. Gardie lavó las tazas y regresó a su habitación para
vestirse. Oí que mamá se estaba levantando.
Entré en la sala de estar y cogí una revista. Empecé a leer la historia de un
hombre rico que habían encontrado muerto en la suite de su hotel, con un lazo de
cuerda de seda amarilla alrededor del cuello, pero lo habían envenenado. Había
muchos sospechosos, todos con algún móvil. Su secretaria, a quién había hecho
proposiciones amorosas, un sobrino que heredó, un estafador que le debía dinero,
el novio de la secretaria. En el tercer capítulo, casi habían demostrado que había
sido el estafador, y entonces lo mataban a él. Encuentran un cordón de seda
amarilla alrededor de su cuello y ha sido estrangulado, pero no con el cordón de
seda.
Dejé el libro. «Tonterías —pensé—. los asesinatos no son así.»
Los asesinatos son así.
No sé por qué me acordé de la vez que papá me llevó al acuario. No sé por qué
me acordé de aquello; sólo tenía seis años, quizá cinco. Mi madre aún vivía, pero
no venía con nosotros. Recuerdo que papá y yo nos reíamos mucho juntos de las
expresiones de las caras de algunos peces, la pasmada sorpresa de los que
tenían la boca abierta en círculo.
Al pensar en ello me pareció que papá se reía mucho por aquellos días.
Gardie le dijo a mamá que se iba a casa de una amiga y que regresaría antes
de las doce. Estuvo lloviendo toda la mañana.
En el interrogatorio parecía que lo único que íbamos a hacer era quedarnos allí
sentados esperando a que empezara. Tenia lugar en la sala principal de la
funeraria Heiden. No había ningún letrero que anunciara «Hoy interrogatorio»,
pero debía de haber corrido la voz porque había bastante gente. Había asientos
para unas cuarenta personas, y estaban todos ocupados.
Allí estaba tío Ambrose, en un extremo de la última fila. Me había dedicado un
guiño y luego fingió no conocerme. Yo no me resistí a que me separaran de mamá
y Gardie y me senté en la parte de atrás, en el otro lado de la habitación.
Un hombre menudo con gafas de montura dorada se movía nerviosamente por
la parte delantera. Era el funcionario encargado de averiguar la causa del
fallecimiento. Después me enteré de que se llamaba Wheeler. Parecía que tenía
calor, que estaba nervioso y molesto, y que deseaba que empezara todo para
poder terminar cuanto antes.
Allí estaban Bassett y otros policías, uno de uniforme y los demás de paisano.
Había un individuo con una nariz larga y fina que parecía un jugador profesional.
Había también seis hombres sentados en unas sillas alineadas a un lado de la
parte delantera de la sala.
Por fin, lo que estaba retrasando el comienzo debió de solucionarse. El
funcionario habló con el presidente del tribunal y se hizo el silencio. Preguntó si
había alguna razón por la que alguno de los seis hombres que habían sido
elegidos miembros del jurado no actuara como tal. No la había. Les preguntó si
habían conocido a un hombre llamado Wallace Hunter, si estaban al corriente de
las circunstancias de su muerte y si habían hablado del caso con alguien; si había
alguna razón por la que no pudieran emitir un veredicto justo e imparcial
basándose en las pruebas que les serían presentadas. Le contestaron con
negativas verbales y con movimientos negativos de la cabeza en cada ocasión.
Entonces se llevó a los seis al depósito para ver el cadáver, y luego les tomó
juramento.
Todo era muy formal, de una manera un tanto informal.
Estaba ya muy visto. Parecía una mala película.
Cuando hubieron despachado todos esos asuntos, preguntó si estaba presente
algún miembro de la familia del fallecido. Mamá se puso en pie y se adelantó.
Levantó la mano derecha y contestó algo que no se entendió cuando le
preguntaron algo que tampoco se entendió.
Su nombre, su dirección, su ocupación, su relación con el fallecido. Había visto
el cadáver y lo había identificado como el de su marido.
Muchas preguntas sobre papá; su ocupación, empresa donde trabajaba,
residencia, cuánto tiempo había vivido allí y todas esas cosas.
—¿Cuándo fue la última vez que vio a su marido vivo, señora Hunter?
—El jueves por la noche, alrededor de las nueve. Cuando salió.
—¿Dijo adónde iba?
—Pues... no. Sólo dijo que se iba a tomar una cerveza. Supuse que iría a la
calle Clark.
—¿Salía solo a menudo?
—Bueno..., sí.
—¿Con qué frecuencia?
—Una o dos veces a la semana.
—¿Y a qué hora regresaba?
—Generalmente alrededor de las doce. A veces más tarde, a la una o las dos.
—¿Cuánto dinero llevaba encima el jueves por la noche?
—No lo sé exactamente. Veinte o treinta dólares. Le habían pagado el
miércoles.
—¿No puede dar una cifra más aproximada?
—No. Me dio veinticinco dólares el miércoles por la noche para comida y... y
gastos de la casa. Siempre se quedaba el resto. El pagaba el alquiler y las
facturas del gas y de la luz, y esas cosas.
—¿No tenia enemigos que usted sepa, señora Hunter?
—No, ninguno en absoluto.
—Piénselo detenidamente. ¿No sabe de nadie que pudiera..., pudiera tener
algún motivo para odiarlo?
—No.
—¿Ni de nadie que pudiera beneficiarse económicamente de su muerte?
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir si tenía dinero. ¿Era accionista de alguna empresa o negocio?
—No.
—¿Tenía algún seguro?
—No. En una ocasión lo sugirió. Yo le dije que no, que debíamos poner el
dinero de las primas en el banco. Pero no lo hicimos.
—Señora Hunter, el jueves por la noche ¿lo esperó usted levantada?
—Sí, lo esperé un rato. Luego pensé que iba a llegar demasiado tarde y me
quedé dormida.
—Cuando su marido bebía, señora Hunter, ¿le parece a usted que... era dado a
correr riesgos como pasar por callejones o barrios peligrosos, o cosas de este
tipo?
—Me temo que sí. Ya lo habían atracado dos veces. La última vez fue hace un
año.
—Pero ¿no le hicieron daño? ¿No intentó defenderse?
—No. Sólo lo atracaron.
Yo escuchaba con atención. Aquello era nuevo para mí. Nadie me había dicho
que habían atracado a papá, ni siquiera una vez. Entonces comprendí una cosa.
Un año antes había dicho que había perdido la cartera; tuvo que sacarse otro
carnet de la seguridad social y del sindicato. Seguramente, supuso que no era
asunto mío saber cómo la había perdido.
El funcionario preguntaba si alguno de los policías presentes quería hacer más
preguntas. Nadie contestó y le dijo a mamá que podía regresar a su sitio.
—Creo que hay otra identificación. La señorita Hildegarde Hunter también ha
identificado al fallecido —dijo—. ¿Está presente?
Gardie se levantó y pasó por todo el galimatías. Se sentó en la silla y cruzó las
piernas.
No tuvo que arreglarse la falda, ya era suficientemente corta.
A ella sólo le preguntaron si había identificado a papá. Se notaba que estaba
decepcionada cuando regresó a su asiento junto a mamá.
Luego llamaron a declarar a uno de los hombres de paisano. Era uno de los
policías del coche patrulla. Su compañero y él encontraron el cadáver.
Circulaban a las dos hacia el sur, despacio, por la calle Franklin, debajo del
ferrocarril elevado, y el callejón estaba oscuro; dirigieron el foco al interior del
callejón y lo vieron allí tumbado.
—¿Estaba muerto cuando se acercaron?
—Sí. Llevaba una hora muerto, más o menos.
—¿Buscaron la documentación?
—Sí. No llevaba cartera, ni reloj, ni nada. Lo habían desplumado. Llevaba algo
de cambio en el bolsillo. Sesenta y cinco centavos.
—¿Había tan poca luz donde estaba como para que los que pasaban por la
calle no lo vieran?
—Supongo. Hay una farola en Franklin, en ese extremo del callejón, pero
estaba apagada. También informamos de este hecho después, y pusieron otra
bombilla. O dijeron que iban a hacerlo.
—¿Había algún indicio de lucha?
—Bueno, tenía arañazos en la cara, pero pudo habérselos hecho al caer abajo
cuando lo golpearon.
—Eso no lo sabe usted —dijo el funcionario severamente—. ¿Quiere decir que
estaba tumbado boca abajo cuando lo encontraron?
—Sí. Y había cristales procedentes de varías botellas de cerveza y también olía
a cerveza. El suelo y su ropa estaban mojadas de cerveza. Debía de llevar...
Bueno, está bien, es otra deducción. Había cerveza y cristales de botellas de
cerveza.
—¿Llevaba sombrero el fallecido?
—Había uno en el suelo, junto a él. Un sombrero de paja duro. Lo que se llama
un canotier. No estaba aplastado; no podía llevarlo puesto cuando lo golpearon.
Eso y el modo en que estaba tumbado me hace pensar que lo golpearon por
detrás. El atracador lo alcanzó, le derribó el sombrero con una mano y blandió la
porra con la otra. No es posible quitarle el sombrero a alguien para pegarle por
delante sin que se entere, y esta persona hubiera...
—Por favor, limítese a los hechos, señor Horvath.
—De acuerdo... ¿Qué me había preguntado?
—Si el fallecido llevaba sombrero; eso es lo que le he preguntado.
—No, no llevaba sombrero. Pero había uno en el suelo junto a él.
—Gracias, señor Horvath. Esto es todo.
El policía bajó del estrado que ocupaban los testigos. Yo pensé que en la noche
anterior no habíamos hecho las conjeturas correctas. No sabíamos que la farola
estaba apagada. En ese caso, sí que debía de estar oscuro el extremo de
Franklin.
El funcionario volvió a mirar detenidamente sus notas.
—¿Está presente el señor Kaufman? —preguntó.
Un hombre bajo y gordo avanzó arrastrando los pies. Llevaba gafas de gruesos
cristales detrás de las cuales se ocultaban sus ojos.
Se llamaba, según declaró, George Kaufman.
Era el dueño de la taberna de la avenida Chicago conocida como bar de
Kaufman, donde también trabajaba.
Sí, Wallace Hunter, el fallecido, había estado en su taberna el jueves por la
noche. Estuvo allí media hora, no más, y después se marchó diciendo que se iba a
casa. En el bar de Kaufman se tomó un whisky y dos o tres cervezas.
Respondiendo a otra pregunta admitió que podían haber sido tres o cuatro
cervezas, pero nada más. Estaba seguro de que había sido únicamente un
whisky.
—¿Iba solo?
—Sí, entró solo y se fue solo.
—¿Dijo que se marchaba a casa cuando salió?
—Sí. Estaba de pie en la barra y dijo algo de irse a casa; no me acuerdo de las
palabras exactas. Y compró cuatro botellas para llevarse. Las pagó y se marchó.
—¿Lo conocía usted? ¿Había estado en su bar alguna vez?
—Sí, alguna que otra vez. Lo conocía de vista. No sabía cómo se llamaba hasta
que me enseñaron la foto y me dijeron lo que había pasado.
—¿Cuántas personas había en el bar mientras estaba él?
—Cuando entró había dos personas. Estaban a punto de marcharse y se
marcharon. No entró nadie más.
—¿Quiere dar a entender que él era el único cliente?
—Sí, casi todo el rato que estuvo. Fue una noche poco movida. Cerré
temprano. Poco después de marcharse él.
—¿Cuánto tiempo después?
—Cuando se marchó empecé a limpiar para cerrar. Eso fue unos veinte minutos
antes de cerrar. Quizá treinta.
—¿Vio usted cuánto dinero llevaba encima?
—Pagó con un billete de cinco dólares. Se lo sacó de la cartera, pero yo no vi lo
que había dentro, ni al sacarlo ni al meter el cambio. No sé cuánto dinero llevaba.
—¿Conocía usted a los dos hombres que se marcharon cuando entró él?
—Algo. Uno de ellos tiene una tienda de embutidos y comidas preparadas en la
calle Wells. Es judío; no sé cómo se llama. El otro viene siempre con él.
—¿Diría usted que el fallecido estaba intoxicado?
—Había bebido. Se le notaba, pero yo no diría que estaba borracho.
—¿Andaba normalmente?
—Si. Tenía la voz un poco ronca y hablaba de un modo algo confuso. Pero no
estaba totalmente borracho.
—Esto es todo, señor Kaufman. Gracias.
Le tomaron juramento al médico forense. Resultó ser el hombre alto de la nariz
larga y fina, el que yo había pensado que parecía un jugador de faraón de los que
salen en las películas.
Se llamaba doctor William Haertel. Tenía el consultorio en la calle Wabash y
vivía en la calle División. Había examinado el cuerpo del fallecido.
Dio una explicación técnica. La muerte se produjo a causa de un golpe en la
cabeza, con un objeto duro y romo. Parecía que había sido golpeado desde atrás.
—¿A qué hora examinó usted el cadáver?
—A las tres menos cuarto.
—¿Cuánto tiempo diría usted que llevaba muerto?
—Una hora o dos. Probablemente, más bien dos.
Sentí una mano que me tocaba tímidamente el hombro a la salida de Heiden.
Me volví y dije:
—Hola, Bunny.
Aún tenía más cara de conejo asustado de lo normal.
Nos colocamos a un lado de la puerta y dejamos pasar a los demás.
—Caray, Ed, lo... Ya sabes lo que quiero decir. ¿Puedo hacer algo para
ayudar? —dijo.
—Gracias, Bunny, pero supongo que no. Nada.
—¿Cómo está Madge? ¿Cómo lo está tomando?
—No muy bien. Pero...
—Mira, Ed, si puedo hacer algo, avísame. Quiero decir que tengo algo de
dinero en el banco...
—Gracias, Bunny, ya nos las arreglaremos.
Me alegré de que me lo hubiera ofrecido a mí y no a mamá. Ella lo hubiera
aceptado y probablemente yo hubiera tenido que devolverlo. Nos las
arreglaríamos con lo que tuviéramos.
Bunny no tenía dinero para prestar sin que se lo devolvieran; yo sabía para qué
estaba ahorrando. Una pequeña imprenta propia era el sueño de Bunny Wilson,
pero cuesta mucho abrir una imprenta. Hay que sacrificarse mucho para empezar,
y se requiere capital.
—¿Quieres que pase por tu casa, Ed, para charlar con vosotros? ¿Crees que a
Madge le gustaría?
—Claro que sí. Mamá te aprecia mucho. Supongo que eres el único amigo de
papá que le cae bien. Ven cuando quieras.
—Muy bien, ya pasaré, Ed. Quizá la semana que viene. Mi noche libre, el
miércoles. Tu padre era un tío estupendo, Ed.
Bunny me caía bien, pero yo ya había tenido bastante con aquello. Me aparté
de él y me fui a casa.
5
Tío Ambrose me dijo por teléfono:
—Oye, chico, ¿estás dispuesto a ser un granuja armado?
—¿Qué?
—Ya puedes ir haciendo acopio de valor porque lo vas a ser.
—Ni soy un granuja ni tengo ningún arma.
—Eso es verdad a medias —dijo él—. Pero no necesitas el arma. No vas a
hacer más que darle un pequeño susto a cierto individuo.
—¿Seguro que no seré yo el que se asuste?
—Si te asustas ya te quitaré yo el miedo y te daré alguna indicación.
—¿De verdad hablas en serio?
—Sí —respondió.
Así, rotundamente. Y yo sabia que hablaba en serio.
—¿Cuándo? —le pregunté.
—Esperaremos a pasado mañana, después del entierro.
—Bueno.
Una vez hube colgado, me pregunté a qué demonios me estaba prestando.
Entré en la sala de estar y encendí la radio. Daban un programa de gángsters y la
volví a apagar.
Pensé en lo bien que iba a estar yo en el papel de pistolero.
Al pensar detenidamente en ello me hice una idea de lo que había querido
decir. Estaba un poco asustado.
Era viernes por la tarde, acababa de tener lugar el interrogatorio. Mamá estaba
en la funeraria, concretando los últimos detalles. No sé dónde estaba Gardie.
Seguramente en el cine.
Me acerqué a mirar por la ventana. Todavía llovía.
A la mañana siguiente había dejado de llover.
El día estaba húmedo y brumoso, y hacía un calor pegajoso. Por supuesto, me
puse mi mejor traje para el funeral. Se me adhirió al cuerpo como si hubiera
estado forrado de pegamento.
Ya me había puesto la chaqueta, para estar vestido del todo, pero me la quité y
la volví a colgar hasta que faltara menos tiempo.
«Un granuja armado —pensé—. A lo mejor mi tío está un poco chiflado. Bueno,
quizá yo también esté un poco chiflado. Sea lo que sea, lo intentaré.»
Oí que mamá se levantaba y me fui.
Me quedé un rato mirando la fachada de Heiden.
Después, entré. El señor Heiden estaba en su despacho, en mangas de
camisa, trabajando con unos papeles. Dejó el cigarro en el cenicero y dijo:
—Hola. Tú eres Ed Hunter, ¿verdad?
—Sí —respondí yo—. Quería... Sólo quería preguntarle si puedo hacer algo.
Meneó la cabeza.
—Todo está, listo, chico. No queda nada por hacer.
—No se lo he preguntado a mamá. ¿Habrá portaféretros y todo?
—Unos compañeros de trabajo, si. Esta es la lista.
Me tendió una hoja de papel y leí los nombres. El encargado del taller, Jake
Lancey encabezaba la lista. Seguían otros tres linotipistas y dos operarios. Yo ni
siquiera me había acordado del taller. Me sorprendió un poco el saber que iban a
venir.
—El funeral es a las dos. Todo está preparado. También habrá un organista.
Yo asentí con la cabeza.
—Le gustaba mucho la música de órgano.
—A veces, chico, los familiares preferirían... En fin, verlo por última vez y
despedirse en privado, como ahora, y no desfilar frente al ataúd durante el funeral.
¿Has venido por eso, chico?
Supongo que si. Asentí con la cabeza.
Me condujo a una habitación que daba a una de las salas. No era la misma en
que había tenido lugar el interrogatorio, sino una del mismo tamaño situada al otro
lado del pasillo principal. Allí había un féretro colocado encima de una plataforma.
Era un féretro muy bonito. Estaba forrado en gris y adornado con perfiles
cromados.
Levantó la parte de la tapa que cubría la mitad superior del cuerpo y salió de la
habitación sin hacer ruido.
Yo me quedé allí de pie, mirando a papá
Al cabo de un rato volví a colocar la tapa con suavidad y me alejé. Cerré la
puerta del cuartito al salir. Me marché sin ver al señor Heiden ni a nadie más.
Primero me dirigí hacia el este, luego hacia el sur. Atravesé el Loop y recorrí un
buen trecho de la parte sur de la calle State.
Entonces empecé a andar más despacio, me detuve, di media vuelta y regresé
por donde había venido.
Había muchas floristerías en el Loop, lo cual me hizo recordar que no me había
ocupado de las flores. Todavía me quedaba algo de dinero de la última paga.
Entré en una y pregunté si podrían mandar unas rosas rojas inmediatamente a un
funeral que iba a tener lugar al cabo de pocas horas. Dijeron que sí.
Después, entré en un bar para tomarme un café y luego me fui a casa. Llegué
alrededor de las once.
En cuanto abrí la puerta me di cuenta de que pasaba algo malo.
Lo noté en el olor. El aire, caliente y denso, estaba cargado de whisky. Olía
igual que la parte oeste de la calle Madison un sábado por la noche.
«Dios mío —pensé—. Aún faltan tres horas para el funeral.»
Cerré la puerta y no sé por qué le eché la llave. Me acerqué a la puerta del
dormitorio de mamá, la abrí sin llamar y entré.
Estaba vestida. Llevaba el traje negro nuevo que debía de haberse comprado el
día anterior. Se había sentado en el borde de la cama y llevaba una botella de
whisky en la mano. Parecía como aturdida, atontada. Intentaba fijar la vista en mí.
Se había recogido el pelo, pero ahora la mitad le caía a un lado. Los músculos
de la cara se le habían vuelto fláccidos y se había avejentado mucho. Estaba
como una cuba.
Se balanceaba adelante y atrás.
Yo estaba al otro lado de la habitación y me apoderé de la botella antes de que
reaccionara. Pero después de habérsela quitado, ella intentó agarrarla. Se levantó
con intención de venir a por ella y casi se cayó. Le di un empujón y se desplomó
de espaldas en la cama. Empezó a insultarme e intentó levantarse de nuevo.
Yo llegué a la puerta, saqué la llave de la cerradura y la metí por la parte de
fuera. Cerré con llave antes de que ella pudiera alcanzarla.
Esperaba que Gardie estuviera en casa; tenía que estar en casa para
ayudarme. Ella sabía manejar a mamá mejor que yo. Necesitaba ayuda.
En primer lugar corrí a la cocina, sostuve la botella de whisky boca abajo
encima del fregadero y la vacié. Tenía la impresión de que lo que corría más prisa
era eliminar el whisky.
La voz de mamá llegó hasta mí desde detrás de la puerta cerrada. Decía
palabrotas, lloraba y manipulaba el picaporte. Pero no gritaba ni daba golpes
fuertes; gracias a Dios no estaba armando un escándalo.
El picaporte dejó de chirriar en el mismo momento en que yo dejé .la botella
vacía en el fregadero.
Me dirigí a la habitación de Gardie, pero entonces oí algo que me paralizó.
Estaban abriendo una ventana. La ventana del dormitorio de mamá daba al
patio de ventilación.
Iba a saltar.
Corrí a la puerta y agarré la llave para abrirla. Se resistió un poco, pero la
ventana también se estaba resistiendo. Aquella ventana siempre había sido difícil
de abrir. Yo la oía debatirse con ella. En ese momento sólo sollozaba; ya no
gimoteaba ni soltaba tacos.
Conseguí abrir la puerta y la alcancé justo cuando intentaba salir por la ventana.
Sólo había logrado subir el cristal hasta una altura de algo más de treinta
centímetros, y en ese punto se le había atascado. Sin embargo, intentaba
introducirse por la abertura.
La arranqué de allí y ella alargó la mano hacia mi cara con la intención de
arañarme.
Sólo ocurrió una cosa. Le di un golpe en la barbilla, fuerte. Me las arreglé para
sujetarla antes de que cayera con demasiada fuerza. Se había desmayado
completamente.
Me quedé allí de pie durante un momento intentando recobrar el aliento y
temblando, empapado en un sudor frío y pegajoso, dentro de aquel cuarto tórrido y
apestoso.
A continuación fui a buscar a Gardie.
Ni se había despertado. No sé cómo había seguido durmiendo. Eran las once
de la mañana y aún estaba como un tronco.
La sacudí y ella abrió los ojos y se incorporó. Cruzó los brazos sobre el pecho
en un arranque de súbito pudor, debido a que no estaba lo suficientemente
despierta para ser impúdica, y abrió unos ojos como platos.
—Mamá está borracha. Faltan tres horas para el funeral. Date prisa —le dije.
Le alcancé una bata, o un salto de cama o lo que fuera, que había en el
respaldo de una silla y salí de la habitación a toda velocidad. Sus pasos me
siguieron de cerca.
—En su habitación. Voy a abrir el agua —dije.
Entré en el cuarto de baño y abrí el grifo del agua fría de la bañera. Lo abrí al
máximo; al principio, mientras estaba vacía salpicaba mucho y parte del agua caía
fuera, pero ¿qué importaba eso?
En el dormitorio Gardie se había puesto a trabajar de inmediato. Le estaba
quitando a mamá los zapatos y las medias.
—¿Cómo ha ocurrido? ¿Dónde estabas tú? —preguntó.
—He estado fuera desde las ocho hasta hace poco —respondí—. Ha debido de
levantarse poco después de irme yo. Habrá bajado a la calle y habrá comprado la
botella. Ha tenido tres horas enteras para hacerlo.
Yo sostuve a mama por los hombros y Gardie la cogió por las rodillas. Entre los
dos la pusimos encima de la cama y empezamos a quitarle el vestido por la
cabeza.
De repente me asaltó una preocupación y dije:
—Debe tener otra combinación, ¿no?
—Claro. Creo que conseguiremos que esté en condiciones a tiempo.
—No hay otro remedio. No le quites Ia combinación. ¿Qué más da? Vamos a
llevarla al cuarto de baño.
Pesaba como un muerto. No logramos hacerla andar. Tuvimos que medio
arrastrarla, medio llevarla a cuestas, pero al final llegamos.
La bañera ya se había llenado. Lo peor fue meterla dentro.
Tanto Gardie como yo nos mojamos bastante, pero la metimos.
—Sosténle la cabeza fuera del agua —le dije a Gardie—. Voy a preparar un
café bien fuerte.
—Abre una ventana en su cuarto para que se vaya el olor —me indicó ella.
—Ya lo he hecho.
Puse una olla con agua al fuego y café en la cafetera, de modo que todo
estuviera dispuesto para verter el agua encima y servirlo a continuación. Puse
todo el café que había.
Regresé corriendo al cuarto de baño. Gardie le había envuelto el pelo a mama
en una toalla y le echaba agua fría a la cara. Estaba volviendo en si. Gimoteaba
un poco e intentaba mover la cabeza para evitar el agua. Tiritaba y tenía carne de
gallina en los brazos y en los hombros.
—Ya está despertando. Pero no ..... Dios mío, Eddie, tres horas...
—Algo menos —dije yo—. Mira, cuando se recupere la ayudas a salir de la
bañera y a secarse. Yo me voy a la farmacia. Hay un medicamento. No sé cómo
se llama.
Entré en mi cuarto y rápidamente me puse una camisa y unos pantalones
secos. Iba a tener que llevar el traje de diario al funeral, pero no me quedaba otra
solución.
Al pasar junto al cuarto de baño, la puerta estaba cerrada y se oía la voz de
Gardie y la de mamá. Hablaba de modo poco claro, pero no estaba histérica y no
soltaba tacos ni nada por el estilo. «A lo mejor lo conseguimos a tiempo», pensé.
El agua del café ya hervía. La eché en la parte superior de la cafetera y coloqué
ésta sobre un fuego muy bajo para mantenerla caliente.
Bajé a la farmacia de Klassen. Consideré que era preferible hablar con él, ya
que lo conocía y sabía que no lo contaría. Así que le expliqué la parte de verdad
que estimé necesaria.
—Tenemos un remedio nuestro que no está mal —me dijo—. Te lo voy a
preparar.
—Para el aliento también —añadí yo—. Tendrá que estar cerca de la gente en
el funeral. Dame algo para eso.
Lo conseguimos. Se recuperó.
El funeral fue muy hermoso.
En realidad no me impresionó. Para mí no era exactamente el funeral de papá.
El rato que estuve solo con él, allí en aquel cuartito; bueno, aquello fue lo
importante para mí. Ya le había dicho adiós entonces.
Esto se tenía que hacer por la otra gente y por respeto a papá.
Yo me senté a un lado de mamá y Gardie al otro. Tío Ambrose se sentó junto a
mí.
Después del funeral, Jake, el encargado del taller, se me acercó y me dijo:
—Tú vas a volver, ¿no, Ed?
—Sí, claro, volveré.
—Tómatelo con calma, si quieres. Ahora hay poco trabajo.
—Antes quiero hacer una cosa, Jake. Dentro de una o dos semanas, quizá.
¿Qué te parece?
—Como quieras. Ya te lo he dicho. La cosa está bastante parada en este
momento. Pero no cambies de opinión en lo de regresar. No será lo mismo
trabajar sin tu padre. Pero estás empezando muy bien en un buen oficio. Y
nosotros queremos que vuelvas.
—Seguro que volveré.
—Hay varias cosas en el armario de tu padre. ¿Te las mandamos a casa o
prefieres pasar a recogerlas?
—Pasaré a buscarlas —respondí—. También tendré que recoger el cheque de
esos tres días y papá debe de tener uno igual, de lunes a miércoles.
—Yo les diré a los de la oficina que te los preparen, Ed.
Después del cementerio, después de que echaran tierra sobre el ataúd, tío
Ambrose vino a casa con nosotros.
Nos sentamos y apenas teníamos nada que decir. Tío Ambrose sugirió que
jugáramos a cartas, y mamá, él y yo jugamos un rato. Jugamos al rummy.
Cuando se marchaba, yo le acompañé hasta la escalera.
—Esta noche tómatelo con calma, chico —me dijo—. Descansa y prepárate
para la acción. Ven a buscarme al hotel mañana por la tarde.
—De acuerdo —accedí yo—. Pero ¿no puedo hacer nada esta noche?
—No. Yo voy a ir a ver a Bassett; tú no tienes por qué venir. Lo voy a incordiar
para que averigüe quién vive en esos apartamentos que dan al callejón. El se
puede ocupar de los preliminares mejor que nosotros, y si hay alguna pista
investigaremos por ese lado también.
—¿También? ¿Te refieres a Kaufman?
—Sí. En el interrogatorio dijo alguna mentira. Te diste cuenta, ¿no?
—No estaba muy seguro.
—Yo sí. Eso es lo que se le escapó a Bassett. Pero nosotros nos ocuparemos
de ello. Ven a buscarme a media tarde. Te esperaré en mi habitación.
Hacia las siete, mamá pensó que sería buena idea que me llevara a Gardie al
cine, por el Loop quizá.
«¿Por qué no?», me dije yo.
Tal vez mamá quería estar sola. La estudié con disimulo mientras Gardie
miraba la cartelera del periódico. No parecía dispuesta a beber de nuevo.
«Desde luego no debería —pensé— después de lo de esta mañana. »
Había sido bastante fuerte, pero se había recuperado muy bien y durante el
funeral estuvo hablando con la gente y todo eso sin que nadie se diera cuenta.
Seguro que ni tío Ambrose se imaginaba lo que había ocurrido. Aparte de Gardie,
Klassen el farmacéutico, y yo, nadie lo sabía.
Tenía los ojos rojos y la cara algo hinchada, pero se le hubieran puesto así de
todas formas al llorar.
Pensé que realmente quería a papá.
Gardie quería ver una película que a mí me parecía que iba a ser una
sensiblería, pero salía una buena orquesta de swing, así que no puse objeciones.
Yo tenía razón; la película era una porquería. Sin embargo, la orquesta tenía un
grupo de metal que era divino. Divino. Había dos trombones que eran el no va
más. Uno de ellos, el que hacia los solos, era al menos tan bueno como
Teagarden. Quizá no tanto en los movimientos rápidos, pero tenía un tono que te
llegaba adentro.
«Daría un millón de dólares por hacer eso —pensé—; si tuviera un millón de
dólares.»
La pieza final fue un número movido y los pies de Gardie no paraban quietos.
Después quería ir a bailar a algún sitio, pero yo le dije que nones. Ir al cine la
noche del funeral ya estaba bastante mal.
Cuando llegamos a casa, mamá no estaba.
Yo me quedé leyendo una revista un rato y luego me fui a la cama.
De repente me desperté. Oía voces. Mamá parecía estar borracha. La otra voz
me sonaba, pero no sabía de qué.
No era asunto mío; sin embargo, sentía curiosidad por saber de quién era la
otra voz. Al final me levanté y fui hasta la puerta, donde estaría más cerca. Pero la
voz masculina dejó de hablar y la puerta se cerró.
No había oído ni una palabra, sólo las voces.
Oí a mamá entrar en su habitación y cerrar la puerta. Por su manera de andar
se deducía que había bebido mucho, pero tenía mayor dominio de sí misma que
aquella mañana. No parecía histérica ni nada; las voces eran amistosas.
Decidí no molestarme en mirar por la ventana.
Una vez en la cama, me quedé mucho rato pensando, intentando identificar la
voz.
Por fin lo hice. Era Bassett, el policía de Homicidios, el del pelo descolorido y
los ojos descoloridos.
«A lo mejor piensa que ha sido ella —me dije—, y la ha emborrachado para
sonsacarla.» Aquello no me gustó nada.
Quizá no era ésa la razón; aunque no es que tal posibilidad me pareciera mejor.
Que Bassett tuviera intención de seducirla, quiero decir. Recordaba que había
dicho que tenía a la esposa enferma.
No me hacían gracia ninguna de las dos. Y si estaba combinando los negocios
con el placer, bueno..., eso lo convertía en un sinvergüenza peor que cada
posibilidad tomada por separado. Y al principio me había caído simpático. Incluso
después de aceptar el soborno de tío Ambrose me caía bien.
Tardé un poco en dormirme. Sólo pensaba en cosas desagradables.
A la mañana siguiente me desperté con mal sabor de boca.
Aquella humedad pegajosa todavía impregnaba el aire.
«¿Cada mañana voy a levantarme a las siete —pensé—, tanto si pongo el
despertador como si no?»
Hasta que me hube levantado, y mientras me estaba vistiendo, no se me
ocurrió que a lo mejor Bassett no era tan malo. Quiero decir que podía
equivocarme en ambas suposiciones. Mamá podía haber salido a recorrer las
estaciones de la calle Clark y él podía haberla encontrado por casualidad y
haberla traído a casa. Por su bien, quiero decir.
Una vez hube terminado de vestirme, no supe qué hacer.
Mientras tomaba café, Gardie entró en la cocina.
—Hola, Eddie. No puedo dormir. Así que más vale que me levante, ¿no crees?
—Sí, más vale.
—Guárdame un poco de café caliente —me pidió.
—De acuerdo.
Volvió a su habitación, se vistió, regresó y se sentó a la mesa enfrente de mi. Le
serví un poco de café y ella sacó un bollo de la panera.
—Eddie.
—Dime.
—¿A qué hora regresó mamá a casa anoche?
—No lo sé.
—¿No la oíste entrar?
Hizo ademán de levantarse, como si quisiera ir al cuarto de mamá a ver si
estaba.
—Sí que está en casa —la tranquilicé—. La oí llegar. Sólo quería decir que no
sé qué hora era. No miré el reloj.
—Pero bastante tarde, ¿no?
—Supongo que si. Ya me había dormido. Seguro que no se despertará hasta
mediodía.
Gardie mordisqueaba el bollo, pensativa. Siempre dejaba carmín en el bollo
después de morderlo. Yo me preguntaba por qué se molestaría en pintarse los
labios antes de desayunar.
—Eddie —dijo—, tengo una idea.
—¿Sí?
—Mamá bebe demasiado. Si sigue así...
No había objeción posible a aquello. Esperé a ver si decía algo más. Si no, no
es que fuera una idea especialmente práctica. Quiero decir que no podíamos
hacer nada para que mamá no bebiera.
Gardie me miró con unos ojos como platos.
—Eddie, hace un par de días encontré una botella en el cajón de su cómoda.
Me la llevé y la escondí, pero no la ha echado de menos. Ha debido de olvidarse
de ella.
—Vacíala —le sugerí.
—Comprará otra, Eddie. Cada una cuesta un dólar cuarenta y nueve;
sencillamente comprará más.
—Pues comprará más —dije—. ¿Y qué?
—Eddie, me la voy a beber yo.
—Estás loca. Dios mío, tienes catorce años y...
—Tengo quince, Eddie. Los cumplo el mes que viene, y eso es como tenerlos.
Y a veces cuando salgo con chicos me tomo una copa. Nunca me he
emborrachado, pero... Oye, Eddie, ¿no ves que...?
—Ni con un telescopio —dije—. Estás loca.
—Eddie, papá también bebía demasiado.
—Deja a papá en paz. Eso ya ha pasado. Y de todas formas, ¿qué tiene que
ver con que bebas tú? ¿Quieres decir que debes continuar la tradición familiar, o
algo por el estilo?
—No seas tonto, Eddie. ¿Qué crees que hubiera podido hacer para que papá
dejara de beber?
Me estaba empezando a irritar por el hecho de que siguiera insistiendo en eso.
Papá no tenía nada que ver. Papá estaba a dos metros de profundidad.
—Yo te voy a decir lo que hubiera podido hacer que papá dejara de beber,
Eddie: verte a ti empezar a hacerlo. Tú siempre eras un santito. Sabía que tú
nunca te saldrías del buen camino, como él. Supón que hubieras empezado a
llegar a casa borracho, que hubieras empezado a ir con una pandilla de
gamberros... A lo mejor dejaba de beber para que tú hicieras lo mismo. Él te
quería mucho, Eddie. Si hubiera pensado que por su culpa te estabas convirtiendo
en un...
—¡Basta! ¡Maldita sea! Papá está muerto. ¿De qué sirve venir con esas ideas
ahora?
—Mamá no está muerta. Quizá tú no tengas muy buena opinión sobre ella, pero
es mi madre, Eddie.
Evidentemente, yo había estado ciego. Hasta entonces no me di cuenta de lo
que pretendía.
Me quedé allí sentado, mirándola. Había una posibilidad, quizá una pequeña
posibilidad de que funcionara. Quizá si Gardie se descarriaba en ese sentido, eso
despabilaría a mamá. Había perdido á papá, pero aún tenía a Gardie, y seguro
que no quería verla borracha como una cuba a los quince años.
Pero en ese momento pensé que no, que ése no era modo de hacerlo.
Sin embargo, tenía que aceptar que se le había ocurrido a Gardie.
Se notaba que había estado pensando en ello.
Absurdo —le dije— No puedes hacerlo.
—Claro que puedo. Y lo voy a hacer.
—No lo hagas.
Pero entonces pensé: «No puedo evitarlo. Lo ha pensado bien y va a hacerlo.
Quizá podría detenerla ahora, pero no me voy a quedar aquí vigilándola todo el
dia. »
—Este es un buen momento, Eddie. Cuando se despierte a mediodía con la
resaca, me encontrará borracha. ¿Crees tú que le gustará?
—Te dará una paliza.
—¿Cómo va a pegarme si ella también se emborracha? Además, no me pegará
porque nunca lo ha hecho.
«Quizá hubiera sido mejor —me dije yo— que te hubiera pegado.»
—Yo me lavo las manos. —Pensé que tal vez lograría hacerla enfadar y
añadí—: Además es un truco. Tú sólo quieres emborracharte para ver qué se
siente.
—Voy a buscar la botella —apartó la silla—. Tú puedes seguir siendo un
santurrón, quitármela y romperla. Si lo haces, me iré a la calle Clark y me
emborracharé. Parezco mayor de lo que soy, y hay mucha gente dispuesta a
invitar a una chica a tomar las copas que quiera. Y no serán zumos de fruta...
Echó a andar hacia su habitación.
«No te metas en esto, Eddie —me dije a mí mismo—. Tú no quieres tener nada
que ver en ello. Puede ir a la calle Clark a emborracharse, y lo hará si tú intentas
meter baza. Y seguramente terminará en un burdel de Cicero. Y encima le
gustará.»
Me levanté pero no me marché.
Estaba donde debía. No podía evitar que bebiera, pero tenía que quedarme
para que no se metiera en problemas. Cuando llegara a cierto punto seguro que
querría salir. Yo no podía dejarla.
No tenía alternativa.
Regresó con la botella. Estaba abierta. Se sirvió una copa.
—¿Quieres un poco, Eddie? —me preguntó.
—Pensaba que era cuestión de negocios.
—Podrías ser un poco sociable.
—No lo soy.
Se rió y apuró la copa. Tomó un vaso de agua para suavizarlo, pero no se
atragantó ni nada.
Se sirvió otra y se sentó.
—¿Seguro que no quieres acompañarme?
—me dijo con una mueca.
—Tonterías.
Se rió y se bebió la segunda. Se fue a la sala de estar y encendió la radio.
Manipuló los botones hasta que sintonizó algo de música. Era una música
adecuada para esa hora de la mañana.
—Vamos, Eddie, baila conmigo. Funciona más rápido si se baila.
—No quiero bailar.
—Santito.
—Tonterías.
Lo presentí.
Hizo unas piruetas sola, siguiendo la música, regresó y se sentó. Se sirvió la
tercera.
—Más despacio —le aconsejé—. Es malo engullir demasiado rápido cuando no
se está acostumbrada.
—No es la primera vez que bebo. No es que haya bebido mucho, pero algo sí.
—Cogió otro vaso y echó whisky en él—. Vamos, Eddie, tómate esto. Por favor.
No es agradable beber solo.
—De acuerdo —accedí—. Sólo éste. Cogió su vaso y dijo:
—¡Felicidades!
Entonces tuve que coger el mío y darle un golpecito al suyo. Yo sólo bebí un
traguito, pero ella se terminó su ración.
Regresó a la radio y me gritó:
—Ven aquí, Eddie. Trae los vasos y la botella.
Fui y me senté. Ella se sentó en el brazo de mi sillón.
—Sírveme otro. Es divertido.
—Sí —dije yo.
Tomé un trago de mi vaso mientras ella apuraba el cuarto. Esta vez se
atragantó un poco.
—Eddie, baila conmigo, por favor. La música era buena.
—Basta ya, Gardie. Basta ya.
Se levantó y empezó a bailar sola al son de la música, balanceándose,
inclinándose y dando vueltas alrededor de la habitación.
—Un día me convertirá en artista, Eddie. ¿Qué opinas? ¿Qué tal lo hago?
—Bailas de maravilla —le dije.
—Estoy segura de que hasta podría hacer strip-tease. Como Gipsy Rose. Mira.
Se llevó la mano a la espalda en busca de los cierres del vestido.
—No seas tontaina, Gardie. Soy tu hermano, ¿recuerdas?
—Tú no eres hermano mío. Y de todas maneras, ¿qué tiene eso que ver con mi
modo de bailar? ¿Con mi modo de...?
Se le había atascado un cierre. Bailaba junto a mí. Alargué el brazo y le agarré
la mano.
—Maldita sea, Gardie. Basta ya.
Ella se rió y se apoyó en mi. El apretón de la muñeca la había hecho caer en mi
regazo.
—Dame un beso, Eddie.
Sus labios eran de un rojo subido y su cuerpo se apretaba contra el mío. Su
boca oprimía la mía sin que yo hiciera nada al respecto.
Me las arreglé para ponerme de pie.
—Gardie, maldita sea. Estate quieta. No eres más que una cría —le dije—. No
podemos.
Se apartó de mí y se rió un poco.
—Bueno, Eddie, bueno. Vamos a tomarnos otra copa, ¿eh?
Serví dos copas. Le alargué una a ella y dije:
—Por mamá, Gardie.
—De acuerdo, Eddie. Lo que tú digas. Esta vez fui yo el que se atragantó, y ella
se rió de mi.
Dio unos cuantos pasos de danza más y dijo:
—Ponme otra, Eddie. Ahora vuelvo.
Hizo un ademán de despedida mientras salía por la puerta.
Serví las dos copas, me acerqué a la radio y jugué un poco con los botones.
Cambié de emisora y luego volví a la primera. No daban más que seriales.
No la oí regresar hasta que dijo «Eddie» y yo me volví.
No la había oído porque iba descalza. Estaba completamente desnuda.
—¿No soy más que una cría, Eddie? —preguntó. Se rió un poquito—. No soy
más que una cría, ¿eh?
Yo dejé de juguetear con la radio. La apagué del todo.
—No eres una cría, Gardie. Así que terminemos la botella primero. ¿De
acuerdo? Este es tu vaso.
Se lo alcancé, fui a la cocina a buscar agua, fingí que me había terminado el
contenido del mío mientras estaba allí y regresé con dos más.
—Estoy... atontada —dijo.
—Toma. Esto va bien. De golpe, Gardie. Aquella copa me la tomé con ella. Sólo
quedaba una más en la botella; debíamos de habernos servido unas dosis muy
cargadas.
Empezó a dar un paso de danza hacia mí y tropezó. Tuve que sujetarla; mis
brazos la rodeaban y mis manos la tocaban.
La ayudé a llegar al sofá. Iba a regresar en busca de la botella cuando
masculló:
—Siéntate, Eddie. Vamos, siéntate.
—Bueno, bueno. Uno más cada uno. Nos la acabamos, ¿eh?
La mayor parte se le cayó por encima, pero algo entró. Cuando la sequé con mi
pañuelo soltó una risita.
—Estoy atontada, Eddie. Atontada —masculló.
—Cierra los ojos un momento. Te hará bien.
Con un momento bastó. Estaba perfectamente.
La levanté y la llevé al dormitorio. Encontré los pantalones de su pijama y se los
puse. Luego cerré la puerta.
Aclaré los vasos y tiré la botella al cubo de la basura.
Entonces me largué de allí.
6
Eran alrededor de las dos cuando tomé el ascensor del Wacker hasta el piso
doce, busqué la habitación de tio Ambrose y llamé a la puerta.
Me miró fijamente mientras entraba. Luego preguntó:
—¿Qué pasa, Ed? ¿Qué has estado haciendo?
—Nada —respondí—. He dado un paseo. Un paseo bastante largo.
—¿No te ha ocurrido nada malo? ¿Adónde has ido?
—A ningún sitio en particular. Andaba sin rumbo fijo.
—¿ Para hacer ejercicio?
—Basta ya. Déjame en paz.
—Como quieras, chico. No pretendía meterme donde no me llaman. Siéntate y
descansa.
—Pensábamos que íbamos a salir a hacer algo, tío.
—Sí, pero no hay prisa. —Cogió un paquete de cigarrillos arrugado y añadió—
:¿Quieres uno?
—Bueno.
Encendimos los cigarrillos.
Me miró a través del humo y dijo:
—Estás harto de todo, ¿verdad, chico? No sé exactamente cuál es la causa,
pero puedo aventurar una suposición. Una de tus mujeres se te ha desmadrado, o
quizá las dos. ¿O tuviste que desemborrachar a Madge antes del funeral?
—No te hace falta llevar gafas, ¿eh?
—Chico, Madge y Gardie son lo que son. Y nada se puede hacer al respecto.
—No todo es culpa de mamá —la justifiqué yo—. Supongo que no puede evitar
ser como es.
—Nunca es todo culpa de alguien, chico. Ya te darás cuenta. Y esto es también
aplicable a Wallie. Y a ti. No es culpa tuya ser como eres.
—¿Cómo soy?
—Estás amargado. Muy amargado. No sólo por lo de Wallie. Me parece que
viene de antes. Chico, acércate a esa ventana y echa un vistazo fuera.
Su habitación estaba en el ala sur del hotel. Me acerqué y miré. Aún había
niebla, hacia un día gris. Pero hacia el sur se veía en la esquina el monstruoso
edificio Merchandise Mart, y entre éste y el Wacker otra pared horrible. La mayoría
eran edificios de ladrillo, viejos y feos, que ocultaban vidas feas.
—Una maravilla de vista —le dije.
—A eso me refería, chico. Cuando miras por la ventana, cuando miras algo,
¿sabes lo que ves? A ti mismo. Las cosas parecen hermosas o románticas o
inspiradoras sólo si la hermosura, el romanticismo y la inspiración están dentro de
uno mismo. Lo que ves lo tienes dentro de tu cabeza.
—Hablas como un poeta, no como un charlatán de feria.
Se rió entre dientes y dijo:
—Una vez leí un libro. Mira, chico, intenta no poner etiquetas a las cosas. Las
palabras engañan a la gente. Que llames a alguien impresor o borrachín o
mariquita o camionero, no quiere decir que le puedas colgar una etiqueta. Las
personas somos complicadas; no se nos puede etiquetar con una palabra.
Todavía estaba junto a la ventana pero me había vuelto de cara a él. Se levantó
de la cama y se acercó a mi. Me hizo dar media vuelta para que mirara otra vez
por la ventana y se quedó allí de pie a mi lado, con una mano en mi hombro.
—Mira allí abajo, chico —dijo—. Quiero enseñarte otro modo de mirar las
cosas. Un modo que te hará bien en este momento.
Allí estábamos los dos de pie mirando por la ventana abierta las brumosas
calles.
—Si —dijo—, una vez leí un libro. Tú también lo has leído, pero quizá nunca
has visto las cosas tal como son realmente, ni aun sabiéndolo. Aquello de allí
abajo parece algo, ¿verdad? Algo sólido, cada parte está separada de las demás y
entre ellas hay aire.
»Pues no lo es. Sólo es una mezcla de átomos que dan vueltas, y los átomos
están formados por cargas eléctricas, electrones, que dan vueltas también, y hay
espacio entre ellos igual que hay espacio entre las estrellas. Es una gran mezcla
de casi nada, es es todo. Y no existe una línea nítida entre el lugar donde termina
el aire y empieza un edificio; sólo te parece que existe. Los átomos están
simplemente un poco más juntos.
»Y además de dar vueltas, también vibran adelante y atrás. Te parece que oyes
ruidos, pero sólo es que esos átomos tan separados giran un poco más de prisa.
»Mira, hay un hombre que va andando calle Clark abajo. Bueno, él tampoco es
nada. Sólo es una parte del baile de los átomos y se mezcla con la acera que tiene
debajo y con el aire que lo rodea.
Regresó a la cama y se sentó.
—Sigue mirando, chico. Hazte a la idea. Lo que te parece que ves es todo falso,
una fachada que esconde una trampa, si es que existen las trampas.
»Una mezcla continua de casi nada, eso es lo que en realidad hay ahí. Espacio
entre moléculas. La suficiente sustancia, materia real, si es que la hay, para formar
un grumo del tamaño de una pelota de fútbol.
Se rió entre dientes y prosiguió:
—Chico, ¿vas a dejar que una pelota de fútbol mande sobre ti?
Me quedé allí mirando durante otro minuto sin darme cuenta.
—Bueno, ¿nos vamos a dar una vuelta por la calle Clark para variar? —sugerí.
—Por la avenida Chicago. Un sitio que está cerca de Orleáns. Vamos a darle un
susto a un individuo llamado Kaufman.
—Hace muchos años que regenta un bar en un barrio muy malo. ¿Qué tipo de
amenaza va a asustar a un tipo como ése?
—Ninguna. No vamos a amenazarle. Eso es lo que lo asustará. Nada más que
eso.
—No lo entiendo —le dije—. A lo mejor es que soy tonto, pero no lo entiendo.
—Vamos —dijo él.
—¿Qué vamos a hacer?
Nada. Nada más que sentarnos en el bar.
Todavía no lo entendía, pero podía esperar. Bajamos en el ascensor.
Mientras atravesábamos el vestíbulo me preguntó:
—¿Te iría bien un traje nuevo, Ed?
—Claro, pero no puedo comprarme uno en este momento. Estos días no estoy
trabajando.
—Te lo pago yo. Necesitas uno azul oscuro, de rayas finas y con una hechura
que te haga parecer mayor. También necesitas el tipo de sombrero adecuado. Es
parte del trabajo, chico, así que no protestes. Tienes que parecer un pistolero.
—Bueno, pero te lo debo. Algún día te lo pagaré.
Compramos el traje, que costó cuarenta dólares, el doble de lo que había
pagado yo por el último que había comprado. Tío Ambrose era muy escrupuloso
respecto al estilo; miramos varios hasta que encontró el que quería.
—No es un traje muy bueno —me dijo—. No te durará mucho. Pero mientras
sea nuevo, antes de que lo lleves a la tintorería, parece un traje caro. Ven, vamos
a comprar el sombrero.
Compramos el sombrero. Una maravilla de sombrero con el ala levantada por
detrás y baja por delante. También quería comprarme zapatos, pero lo convencí
para que sólo me limpiaran los que llevaba; eran casi nuevos y una vez limpios
hacían buen efecto. Compramos una camisa de rayón que parecía de seda y una
corbata llamativa.
Regresamos al hotel, donde me puse toda la ropa nueva y me miré en el espejo
de la puerta del cuarto de baño.
—Haz desaparecer esa sonrisita, tontaina. Pareces un quinceañero —me dijo.
Rectifiqué mi expresión.
—¿Qué tal el sombrero?
—Estupendo. ¿Dónde te lo has comprado?
—¿Eh? En Herzfeld’s.
—Inténtalo de nuevo y piensa un poco más. Te lo compraste en el lago de
Ginebra la última vez que te llevé allí. Teníamos calor, o eso nos parecía, así que
fuimos a pasar una semana fuera hasta que Blane nos mandó un telegrama para
comunicarnos que el calor había pasado. ¿Te acuerdas de la chica del
guardarropa de aquel parador?
—¿La morenita?
—Ahora la recuerdas, ¿no? —dijo después de asentir con la cabeza—. Claro.
Ella fue la que te compró este sombrero cuando el tuyo voló fuera del coche
aquella noche. ¿Por qué? Aquella semana te habías gastado unos trescientos
dólares con ella. Querías traértela a Chi.
—Todavía creo que debería haberlo hecho. ¿Por qué no lo hice?
—Yo te dije que no lo hicieras. Y yo soy el jefe; que te entre eso en la cabeza y
no se te escape. Chico, te habrías muerto hace dos años si yo no te hubiera
cuidado. Yo evito que te envalentones demasiado. Claro, yo... Maldita sea, quítate
esa sonrisita de la cara.
—Sí, jefe. ¿Por qué me habría muerto?
—El trabajo del banco Burton, en primer lugar. Siempre te apresuras demasiado
con el gatillo. Cuando aquel empleado alargó la mano hacia el timbre, igual le
hubieras podido cortar el brazo que matarlo; sólo estabas a unos pocos
centímetros.
—El sinvergüenza no debió alargar el brazo —sentencié.
—Y cuando te dije que te ocuparas de Swann porque había dejado de
interesarnos, ¿qué hiciste? ¿Sencillamente pegarle un tiro? No, tenias que
adornarlo un poco. ¿Te acuerdas?
—Se puso en plan gracioso. El se lo buscó.
Me miró y agitó la cabeza. Su tono de voz cambió.
—No está mal, Ed. Pero estás demasiado relajado. Te quiero más tenso, con
más nervio. Llevas una pistola en la sobaquera y está cargada. Su peso no te deja
olvidar que la llevas. No te quites la pistola de la cabeza en ningún momento.
—De acuerdo.
—Y en cuanto a los ojos... ¿Te has fijado alguna vez en los ojos de alguien que
se haya fumado un par de porros, antes de que se fume más?
Asentí despacio con un gesto.
—Entonces ya sabes lo que quiero decir. Uno se convierte en el rey del
universo, se excita muchísimo. Pero a la vez es como un muelle sujeto por un hilo
muy fino. Puede quedarse quieto con una calma tremenda y ster aun así dar la
impresión de que es peligrosísimo que alguien lo toque con una vara de tres
metros de largo.
—Me parece que lo he entendido.
—Ten los ojos así. Cuando mires a alguien, no lo mires con ira, como si
quisieras matarlo. Eso es de aficionados. Lo que tienes que hacer es atravesarlo
con la mirada como si no estuviera, como si no te importara un comino cargártelo
o no. Míralo como si fuera un poste de teléfonos.
—¿Y el tono de voz?
—Nada. Mantén la boca cerrada. No me hables ni siquiera a mi, a no ser que te
pregunte algo. Yo me ocuparé de hablar, y no hablaré mucho.
Se miró el reloj y se levantó de la cama.
—Son las cinco, el final de la semana en este barrio. Vámonos.
—¿Tardaremos toda la noche?
—Quizá más.
—Quiero llamar por teléfono, entonces. Es privado. ¿Me esperas en el
vestíbulo, por favor?
—Como quieras, chico —dijo, y se fue.
Llamé a casa. Si mamá hubiera cogido el teléfono, hubiera colgado. No quería
hablar con mamá antes de saber lo que Gardie le había dicho.
Pero contestó la voz de Gardie.
—Soy Ed, Gardie —dije—. ¿Está mamá por ahí o puedes hablar?
—Se ha ido a comprar. Oh, Eddie, ¿hice mucho el ridículo?
Todo iba bien.
—Algo, pero más vale que lo olvidemos —la tranquilicé—. Te emborrachaste,
eso es todo. Pero que sea la última vez, ¿entendido? Si lo vuelves a hacer te daré
una azotaina.
Se rió entre dientes, o eso me pareció.
—¿Sabe mamá que te has bebido el whisky?
—No, Eddie. Yo me he despertado primero. Me encontraba fatal... Y aún no
estoy bien del todo. Pero me las he arreglado para no demostrarlo... Mamá
también se encontraba fatal, así que no se ha dado cuenta. Le he dicho que tenía
dolor de cabeza.
—¿Qué ha sido de aquella brillante idea de darle una lección?
—Se me ha olvidado, Eddie. Se me ha olvidado completamente. Me encontraba
tan mal que sólo pensaba en no encontrarme con mamá. No aguantaba la idea de
que empezara a reñirme o a llorar o algo así.
—Muy bien. Pues olvida esa idea para siempre. Las dos, ya sabes a qué me
refiero. ¿Te acuerdas de lo que has hecho mientras estabas borracha?
—Nnnno del todo, Eddie. ¿Qué he hecho?
—No me mientas. Seguro que te acuerdas. Con toda certeza, esta vez soltó
una risita.
—Oye, dile a mamá que seguramente llegaré muy tarde a casa, que no se
preocupe. Estoy con tío Am. A lo mejor paso con él la noche. Adiós.
Colgué antes de que me hiciera ninguna pregunta.
Mientras bajaba en el ascensor intenté concentrarme en el asunto. Tío Ambrose
había elegido muy bien la ropa y el sombrero. Aparentaba al menos veintidós o
veintitrés años cuando me miré en el espejo del ascensor. Y parecía que tenía
experiencia.
Me puse rígido y endurecí la mirada.
Mi tío movió la cabeza en señal de aprobación mientras yo mantuve la vista fija
al frente.
Mientras atravesábamos en diagonal el cruce de Chicago y Orleáns, en
dirección al anuncio de cerveza Topaz, mi tío dijo:
—Lo que quiero que hagas es esto, Ed. No hables, mira fijamente a Kaufman y
sigueme.
—De acuerdo.
Entramos en la taberna. Kaufman estaba sirviéndoles unas cervezas a unos
hombres que había en la barra. En una mesa lateral había un hombre y una mujer;
supuse que eran matrimonio. Los dos hombres de la barra parecían estar algo
borrachos, como amodorrados, como si llevaran toda la tarde bebiendo cerveza.
Iban juntos, pero no hablaban.
Tío Ambrose se dirigió a una mesa del fondo y se sentó de cara a la barra. Yo
acerqué una silla a un lado de la mesa para mirar en la misma dirección.
Me dediqué a observar a Kaufman.
No era, pensé yo, especialmente agradable de observar. Era bajo y más bien
obeso, tenía unos brazos muy largos y vigorosos. Aparentaba unos cuarenta o
cuarenta y cinco años. Llevaba una camisa blanca limpia con mangas enrolladas
hasta el codo; tenía los brazos peludos como un mono. Se peinaba el pelo hacia
atrás y usaba brillantina, pero le hacía falta afeitarse. Todavía llevaba puestas las
gafas de gruesos cristales.
Registró veinte centavos en la caja por las cervezas que acababa de servir y a
continuación salió por el final de la barra para acercarse a nuestra mesa.
Yo no aparté los ojos de él, estudiándolo.
Parecía un tipo duro, capaz de defenderse si se metía en problemas. Pero la
mayoría de los camareros de este barrio dan esa impresión, o no serían
camareros aquí.
—¿Qué desean, caballeros?
Sus ojos se cruzaron con los míos y yo no aparté la vista. Recordé las órdenes
que tenía. No moví ni un músculo, ni siquiera un músculo de la cara. Pero pensé:
«Hijo de puta, lo mismo me da matarte que no.»
—Agua con gas. Dos vasos de agua con gas —decía mi tío.
Sus ojos se apartaron de los míos y miró a mi tío. Parecía confundido, como si
no supiera si tomárselo a broma y reírse o no.
El tío Ambrose no se rió:
—Dos vasos de agua con gas.
Dejó un billete encima de la mesa.
Kaufman se las arregló para dar la impresión de que se encogía de hombros sin
hacerlo en realidad. Cogió el billete y se fue detrás de la barra. Regresó con los
dos vasos y el cambio.
—¿Quieren algo para hacerlo más interesante? —preguntó.
—Cuando queramos algo ya se lo diremos —dijo mi tío impasible.
Kaufman regresó de nuevo a la barra.
Nosotros nos quedamos allí sentados sin hacer nada y sin decir nada. Muy de
vez en cuando, tío Ambrose echaba un traguito de su agua con gas.
Los dos hombres de la barra se marcharon y otro grupito, de tres esta vez,
entró. No les prestamos atención. Observábamos a Kaufman; no quiero decir que
no apartáramos los ojos de él ni un segundo, pero en general lo observábamos de
modo continuo.
Al cabo de un rato se notó que la cosa empezaba a inquietarlo y que no le hacía
ninguna gracia.
Entraron dos hombres más y la pareja que estaba sentada en la mesa se
marchó.
A las siete entró a trabajar un camarero. Un hombre alto y delgado que sonreía
mucho y enseñaba muchos dientes de oro al hacerlo. Cuando éste se situó detrás
de la barra, Kaufman se acercó a nuestra mesa.
—Dos aguas con gas otra vez —dijo mi tío.
Kaufman lo miró un momento, recogió el cambio que mi tío había dejado
encima de la mesa y se fue a la barra a llenarnos los vasos. Volvió y los dejó en la
mesa sin decir palabra. Se quitó el delantal, lo colgó en una percha y salió por la
puerta de atrás.
—¿Crees tú que ha ido a buscar a la policía?
Mi tío negó con la cabeza.
—Su preocupación no llega aún a ese punto. Se ha ido a cenar. ¿Te parece
buena idea?
—Dios mío —dije.
Me acababa de dar cuenta de que me había pasado otro día prácticamente sin
comer. Ahora que lo pensaba, tenía tanta hambre que me hubiera comido un
buey.
Esperamos unos minutos más y salimos por la puerta principal. Nos dirigimos a
la calle Clark y cenamos en el pequeño restaurante mexicano que hay a una
manzana al sur Chicago. Tienen el mejor chile de la ciudad.
Comimos con calma. Mientras tomábamos café pregunté:
—¿Vamos a volver allí esta noche?
—Claro. Volveremos a las nueve y nos quedaremos hasta las doce. Entonces
ya se habrá puesto más que nervioso.
—Y luego, ¿qué haremos?
—Lo pondremos aún más nervioso.
—Oye, ¿y si llama a la policía? Ya sé que no es ilegal estar sentado en un bar
durante unas horas tomando agua con gas, pero si viene la policía empezarán a
hacer preguntas.
—La policía está avisada. Bassett ha hablado con el que recibirá la llamada en
la comisaría de Chicago. El informará a los que mande para ocuparse de la
llamada, si es que manda a alguien.
—Oh —dije yo.
Ahora empezaba a ver para qué servían cien dólares. Este era el primer
dividendo sin contar con que Bassett había accedido a investigar los edificios cuya
parte de atrás daba al callejón. A lo mejor lo habría hecho de todos modos, pero lo
de ahora era claramente un servicio extraordinario.
Después de cenar nos fuimos a un sitio pequeñito y tranquilo de la calle
Ontario, cerca de Clark, nos tomamos una cerveza cada uno y charlamos.
Principalmente hablamos de papá.
—Era un niño muy gracioso —me dijo tío Ambrose—. Ya sabes que era dos
años más joven que yo. Era muy travieso. Bueno, no es que yo fuera un angelito.
Aún me queda cierta inquietud; por eso trabajo en una feria. ¿Te gusta viajar, Ed?
—Me parece que me gustaría. No he tenido oportunidad de hacerlo hasta
ahora.
—¿Hasta ahora? Si no eres más que un cachorrito. Pero Wally se escapó de
casa a los dieciséis años. Eso fue el mismo año en que a nuestro padre le dio una
apoplejía y murió de repente; nuestra madre había muerto tres años antes.
»Yo sabía que Wally escribiría tarde o temprano, así que me quedé en St. Paul
hasta que recibí carta suya; la carta iba dirigida a papá y a mí. Estaba en
Petaluma, California. Era el propietario de un pequeño periódico de allí; lo había
ganado jugando al póquer.
—No me lo había contado nunca —dije.
Mi tío se rió entre dientes.
—No le duró mucho. Cuando el telegrama que le mandé en respuesta a su
carta llegó allí, ya se había ido. Le decía que iba para allá, pero cuando llegué lo
buscaba la policía. No era nada serio; un asunto de difamación. Era demasiado
honrado para dirigir un periódico. Había revelado la verdad pura y simple sobre
uno de los ciudadanos más eminentes de Petaluma. Probablemente sólo porque
si; al menos eso es lo que me dijo a mí después, y yo lo creí.
Me hizo una mueca.
—Era una excusa estupenda para que yo me lanzara a la carretera durante un
tiempo a buscarlo. Sabia que su intención seria marcharse de California. Por el
asunto de la difamación no iban a mandarlo al lugar de donde venia, pero lo
echarían del estado. Le encontré la pista en Phoenix, y por fin di con él, después
de haberle andado muy cerca varias veces, en una casa de juego que había al
otro lado de la frontera de El Paso, en Juárez. Por aquel entonces Juárez era un
lugar pujante y turbulento. Deberías haberlo visto.
—Supongo que entonces ya habría perdido lo que hubiera sacado del
periódico.
—¿Eh? ¡Ah, ya hacia tiempo que lo había perdido! Trabajaba en la casa de
juego. Llevaba una mesa de blackjack. Cuando yo llegué allí ya estaba harto de
Juárez, así que dejó el juego. Le estaba cogiendo el gustillo a Mex y quería que
me fuera con él a Veracruz.
»Menudo viaje, chico. Veracruz está a más de mil ochocientos o dos mil
kilómetros de Juárez, y tardamos cuatro meses en llegar allí. Cuando salimos de
Juárez teníamos entre los dos, creo, ochenta y cinco dólares. Pero en Mex eso se
convertía en unos cuatrocientos, y aunque en la frontera no era mucho, en cuanto
te adentrabas en el país unos trescientos kilómetros eras rico, si hablabas la jerga
del país y no caías en las trampas para incautos.
»Fuimos ricos durante la mitad de esos cuatro meses, riquísimos. Pero en
Monterrey encontramos a unos tipos que eran más listos que nosotros. En ese
momento debimos regresar a la frontera, a Laredo, pero decidimos seguir camino
de Veracruz y hacia allí nos fuimos. Llegamos andando y vestidos con ropas
mexicanas, lo que quedaba de ellas; hacía tres semanas que no teníamos un peso
entre los dos. Casi se nos había olvidado el inglés; hasta hablábamos en
mexicano entre nosotros para practicar.
»Encontramos trabajo en Veracruz y nos aposentamos. Allí es donde tu padre
empezó con la linotipia, Ed. En un periódico en español que estaba dirigido por un
alemán que tenía una mujer sueca y había nacido en Birmania. Necesitaba a
alguien que dominara el inglés y el español; él no hablaba muy bien el inglés, así
que le enseñó a Wally a manejar la linotipia y la prensa plana en la que imprimía el
periódico.
—Mira por dónde —me sorprendí yo.
—¿Qué pasa?
—Yo hice latín en el bachillerato. Papá me sugirió que escogiera español y me
dijo que me ayudaría a hacer los deberes. Pensé que quizá se acordaría un poco
de lo que había estudiado. No se me ocurrió que lo hablara.
El tío Ambrose me miró serio, como si estuviera pensando, y no dijo nada
durante un rato.
—¿Adónde fuisteis después de Veracruz?—pregunté al cabo de unos minutos.
—Yo me fui a Panamá; él se quedó en Veracruz un tiempo. Veracruz tenía algo
que le gustaba.
—¿Se quedó mucho tiempo?
—No —respondió mi tío escuetamente. Le echó una mirada al reloj y dijo—:
Vamos, chico. Tenemos que regresar al bar de Kaufman.
Yo también miré al reloj y dije:
—Hay tiempo. Habías dicho que volveríamos a las nueve. Si Veracruz tenía
algo que le gustaba, y además tenía trabajo, ¿por qué no se quedó más tiempo?
Tío Ambrose me miró un momento y arrugó los ojos un poco.
—Supongo que a Wally no le importaría que te enteres ahora.
—Venga, suéltalo.
—Se batió en duelo y ganó. Lo que le gustaba de Veracruz era la mujer del
alemán que dirigía el periódico. El alemán le retó, con fusiles Máuser, y él no pudo
evitarlo. Ganó el duelo; le dio al alemán en el hombro y se lo tuvieron que llevar al
hospital. Pero Wally no tuvo más remedio que largarse rápidamente. Y a
escondidas, en la bodega de un carguero. Después me contó lo que le había
pasado. Lo descubrieron al cabo de cuatro días y lo obligaron a trabajar para
pagarse el pasaje. Tenía que fregar suelos aunque estuviera tan mareado que no
se tuviera en pie. A Wally nunca le gustó el mar. Pero no pudo salir del barco
hasta que no tocaron tierra por primera vez, y eso fue en Lisboa.
—Estás de broma.
—No. La realidad, Ed. Estuvo un tiempo en España. Se le ocurrió la absurda
idea de que quería ser torero, pero no lo consiguió; hay que empezar muy joven y
hay que tener padrino. Además, la parte del picador no le gustaba.
—¿Qué es un picador?
—El lancero que va a caballo. Al caballo lo cornean casi en cada corrida. Los
rellenan con aserrín y los cosen para que vuelvan al ruedo. De todas maneras se
morirían, una vez corneados... Bueno, dejémoslo; a mí tampoco me gustaba esa
parte de los toros. La última vez que vi una corrida fue en Juárez, hace unos años;
los caballos iban bien protegidos, y en ese caso está bien. Matar al toro
limpiamente con la espada está muy bien. Está mejor que lo que hacen aquí en
los mataderos. Utilizan un...
—Sigamos con papá —interrumpí yo—. Estaba en España.
—Sí. Bueno, regresó. Al final pudimos comunicarnos a través de un amigo de
St. Paul al que los dos escribimos. Yo entonces trabajaba en una agencia de
detectives, Wheeler’s, en Los Angeles, y Wally en un teatro de variedades. Era
bastante bueno haciendo juegos malabares; no era el número principal, ni siquiera
entre los malabaristas, pero manejaba bien las mazas. Estaba a la altura del
espectáculo. ¿Ya no hacía juegos malabares últimamente?
—No, nunca.
—Las cosas como ésas hay que practicarlas, o se pierden. Pero él era muy
hábil con las manos. Antes era rapidísimo en la linotipia. ¿Lo era todavía?
—Regular —contesté. Entonces se me ocurrió una cosa—: A lo mejor era
porque había tenido artritis en las manos y en los brazos, hace bastantes años. No
pudo trabajar durante varios meses, quizá fue ésa la causa de que a partir de
entonces fuera más lento. Fue cuando vivíamos en Gary, justo antes de venir a
Chicago.
—No me lo había contado —dijo tío Ambrose.
—¿Volvisteis a estar juntos alguna vez? Aparte de las visitas esporádicas,
quiero decir.
—Claro. Yo había caído en desgracia en el negocio de los detectives, así que lo
dejé y Wally y yo viajamos juntos con un espectáculo de magia. El hacía juegos
malabares y cosas por el estilo, pintado de negro.
—¿Tú también sabes hacer juegos malabares?
—¿Yo? No. Wally era el hábil con las manos. Yo, yo utilizo la boca. Yo hacia el
pregón y un número de ventri.
Yo debí de poner cara de desconcierto.
—Ventriloquia —me aclaró con una mueca—. Para ti un par de vagos. Venga,
chico, ahora sí que tenemos que irnos. Si quieres que te cuente mi vida y la de
Wally no puede ser todo de una vez, cuando tenemos trabajo en perspectiva. Ya
son casi las nueve.
Me dirigí al bar de Kaufman como abstraído.
No sabía que papá hubiera sido otra cosa que linotipista. No me lo imaginaba
comportándose como un niño travieso, vagabundeando por México, batiéndose en
duelo, queriendo ser torero en España, haciendo juegos malabares en un
espectáculo de magia, participando en un espectáculo de variedades...
«Después de todo eso —pensé—, va y se muere en un callejón, borracho.»
7
El bar de Kaufman estaba más animado. Había media docena de hombres y
dos mujeres en la barra, unas parejas en dos reservados, y una partida de
pinochle en una mesa apartada. La máquina de los discos funcionaba a todo
volumen.
Sin embargo, nuestra mesa estaba vacía. Nos sentamos en el mismo sitio de
antes. Kaufman estaba ocupado en la barra; no nos vio entrar ni sentarnos.
Nos vio y se dio cuenta de que lo observábamos, más o menos un minuto
después. Estaba echando whisky en un vasito frente a un hombre que había en la
barra, y el whisky rebasó el borde del vaso y formó un charquito en la madera
pulida.
Registró la venta en la caja, salió por el final de la barra y se plantó delante de
nosotros con las manos en las caderas y un aire beligerante e indeciso al mismo
tiempo.
—¿Qué quieren? —dijo en voz baja.
Tío Ambrose no se inmutó. No había ni rastro de humor en su cara ni en su voz
cuando dijo:
—Dos aguas con gas.
Kaufman bajó las manos de las caderas y se las secó lentamente en el delantal.
Sus ojos pasaron de la cara de mi tío a la mía, y yo le dediqué una mirada serena
e indiferente.
No me la sostuvo. Volvió a mirar a tío Ambrose.
Sacó una silla y se sentó.
—No quiero jaleo —dijo.
—Nosotros tampoco —contestó mi tío—. Ni lo queremos ni lo causaremos.
—Pero buscan algo. ¿No sería mucho más fácil si lo dijeran claro?
—¿El qué? —preguntó mi tío.
El tabernero apretó los labios durante un momento. Parecía estar a punto de
enfurecerse.
Pero, con voz más tranquila que antes, dijo:
—Ya lo he situado. Usted estaba en el interrogatorio del tipo que se cargaron en
el callejón.
—¿Qué tipo? —preguntó mi tío.
Kaufman respiró hondo y dejó escapar el aire lentamente.
—Sí. Estoy seguro. Estaba en la fila de atrás; intentaba pasar desapercibido.
¿Es usted amigo de ese tal Hunter, o qué?
—¿Qué Hunter?
Pareció que Kaufman iba a enfurecerse otra vez, pero volvió a esconder los
cuernos.
—Le voy a facilitar las cosas. Busque lo que busque, no está aquí. No lo tengo
yo. Hablé perfectamente claro con los policías y en el interrogatorio. No sé nada
respecto a ese asunto que no les haya dicho ya. Y usted lo oyó. Usted estaba allí.
Mi tío no dijo nada. Sacó un paquete de cigarrillos y me lo alargó. Cogí uno y
entonces se lo alargó a Kaufman. Kaufman no hizo caso.
—Está todo claro. Así que ¿para qué han venido aquí? ¿Qué demonios
quieren?
Tío Ambrose no movió ni una pestaña.
—Agua con gas. Dos vasos —dijo.
Kaufman se levantó tan de prisa que la silla en la que había estado sentado se
levantó hacia atrás. Fue enrojeciendo paulatinamente del cuello para arriba. Se
volvió y recogió la silla, luego la colocó debajo de la mesa con cuidado, como si su
posición exacta fuera un asunto de gran importancia.
Se situó detrás de la barra sin decir palabra.
Unos minutos después, el camarero, el individuo alto y delgado, nos trajo lo que
habíamos pedido. Nos dirigió una alegre sonrisa y mi tío se la devolvió. Las
arruguitas de risa desdeñosa habían vuelto a las comisuras de sus ojos y no
parecía peligroso en absoluto.
Kaufman no miraba hacia nosotros; estaba ocupado al otro lado de la barra.
—¿No será un Mickey? (Bebida a la que se le ha añadido subrepticiamente
alguna droga. N.del T.) —preguntó tío Ambrose.
—No es un Mickey —respondió el camarero—. No se puede hacer en un vaso
de agua con gas sin que se note el sabor.
—Eso suponía yo —dijo mi tío. Le alargó al delgado individuo un billete de
dólar—. Guárdate el cambio, para la hucha del niño.
—Gracias. Oye, el niño estaba encantado contigo, Am. Quiere saber cuándo
volverás.
—Pronto. Más vale que regreses al trabajo antes de que su señoría nos vea
hablar.
El camarero fue a ver lo que querían tomar en la mesa de pinochle.
—¿Cuándo ocurrió todo eso? —pregunté.
—Anoche. Era su noche libre. Le pedí su nombre y dirección a Bassett y me
presenté en su casa. Ahora está de nuestra parte.
—¿Otros cien dólares?
Mi tío sacudió la cabeza.
—Hay gente a la que se puede comprar, chico, y gente a la que no se puede.
Me las arreglé para meter unas monedas en la hucha su hijo.
—Entonces lo de la hucha del hijo no era chiste... Quiero decir lo de quedarse el
rubio del dólar.
—Claro que no. Allí es exactamente adonde irá a parar el cambio.
—Mira por dónde.
Kaufman se estaba de nuevo aproximando al extremo de la barra más cercano
a nosotros, así que me callé y me dediqué a observarlo. No volvió a mirar hacia
nosotros. Nos quedamos en el bar hasta algo más las doce. Entonces nos
levantamos y nos marchamos.
Cuando llegué a casa, mamá y Gardie dormían. Mamá había dejado una nota
en la que pedía que la despertara cuando me levantara yo, porque quería
empezar a buscar trabajo.
Estaba cansado, pero no podía dormirme. Pensaba en las cosas que acababa
de oír acerca de papá.
A mi edad era dueño de un periódico y lo dirigía. Se había batido en duelo y le
había disparado a un hombre. Había tenido una aventura con una mujer casada.
Había cruzado la mayor parte de México a pie y hablaba español como un nativo.
Había atravesado el Atlántico y vivido en España. Había llevado una mesa de
blackjack en un pueblo fronterizo.
A mi edad había trabajado en un teatro de variedades y viajaba con un
espectáculo de magia.
No me imaginaba a papá con la cara pintada de negro. Tampoco me imaginaba
el resto. Me preguntaba cómo sería entonces.
Pero cuando por fin me dormí, no soñé con papá. Soñé que yo era matador en
una plaza de toros de España. Tenía la cara cubierta de pintura negra grasienta y
llevaba un estoque en la mano. Y en la confusión que suele reinar en los sueños,
el toro era un toro de verdad..., un toro enorme y negro, y sin embargo no lo era.
Era el dueño de una taberna, un tal Kaufman.
Iba corriendo hacia mi con unos cuernos de un metro de longitud y afilados
como agujas, que brillaban a la luz del sol; y yo tenía miedo, estaba muerto de
miedo...
Regresamos a la taberna a las tres de la tarde del día siguiente.
Tío Ambrose se había enterado de que hacia esa hora llegaba Kaufman. El
camarero se marchaba entonces y regresaba por la noche, cuando había
suficiente trabajo para dos hombres.
Kaufman se estaba atando el delantal, y el camarero debía de acabar de
marcharse, cuando entramos nosotros.
Nos dirigió una mirada indiferente, como si nos esperara.
No había nadie más; sólo Kaufman y nosotros. Pero se notaba algo en el
ambiente, algo más aparte del olor a cerveza y a whisky.
«Va a haber jaleo», pensé.
Yo tenía miedo. Tanto miedo como en el sueño de la noche anterior. Entonces
me acordé, me acordé del sueño.
Nos sentamos en una mesa, la misma mesa.
Kaufman se acercó y dijo:
—No quiero jaleo. ¿Por qué no se van a otro sitio?
—Nos gusta éste —replicó mi tío.
—De acuerdo —dijo Kaufman.
Se fue detrás de la barra y regresó con dos vasos de agua con gas. Mi tío le dio
veinte centavos.
Regresó de nuevo detrás de la barra y empezó a secar vasos. No nos miraba.
Una vez se le cayó un vaso y se rompió.
Al cabo de un rato la puerta se abrió y entraron dos hombres.
Eran corpulentos y parecían tipos peligrosos. Uno había sido boxeador, se le
notaba en las orejas. Tenía la cabeza en forma de bala, hombros de mono y unos
ojillos pequeños, como de cerdito.
El otro parecía bajo al lado del primero, pero era sólo el contraste; si lo mirabas
dos veces te dabas cuenta de que debía de medir más de metro ochenta, y de que
desnudo rayaría los noventa kilos. Tenía cara de caballo.
Se detuvieron junto a la puerta y recorrieron el local con la vista. Sus ojos
revisaron cada uno de los reservados y se percataron de que estaban vacíos. Lo
miraron todo menos a nosotros. Mi tío movió un poco la silla en que estaba
sentado y cambió los pies de posición.
Seguidamente se dirigieron a la barra. Kaufman les colocó dos vasos delante y
se los llenó sin esperar a que dijeran nada. Aquello constituyó la revelación, si es
que necesitábamos que la hubiera.
Yo tenía una sensación de frío cada vez más intensa en el estómago. Me
preguntaba si me temblarían las piernas al ponerme de pie.
Miré a tío Ambrose por el rabillo del ojo. Tenía la cara rígida y los labios
inmóviles, pero hablaba de modo que sólo yo pudiera oírlo. De momento me
sorprendió que no moviera la boca, pero entonces recordé el número de «ventri».
—Chico, me las arreglaré mejor yo solo. Tú vete al lavabo. Allí hay una ventana;
sal por ella y lárgate. Ahora mismo; en cuanto se tomen la copa empezarán.
Estaba mintiendo, yo lo sabia. A no ser que llevara un revólver, no tenía
escapatoria. Y no iba armado, como yo.
«Yo soy el que se supone que va armado —pensé—. Yo soy el pistolero. Llevo
un traje que parece de cien dólares y un sombrero con el ala subida por detrás y
baja por delante. Además llevo un automático del 38 imaginario, con el seguro
quitado. Está en la sobaquera que tengo en el lado izquierdo.»
Me levanté y las piernas no me temblaron.
Di la vuelta por detrás de la silla de tío Ambrose y me encaminé a la puerta del
lavabo de caballeros, pero no fui allí. Me detuve al final de la barra y me quedé en
un lugar desde donde se controlaba tanto la parte de delante como la parte de
atrás del mostrador. Había levantado la mano derecha y había introducido los
dedos en la chaqueta de modo que tocara la culata de la automática del 38 que no
estaba allí.
No dije nada; simplemente los miré. No les dije que no apartaran las manos de
la barra, pero no las movieron de allí.
Los observaba a los tres. Sobre todo observaba los ojos de Kaufman. Debía de
tener una pistola detrás de la barra. Le observé los ojos hasta que descubrí dónde
estaba. No la veía desde mi posición, pero sabía dónde la guardaba.
—¿Quieren algo? —pregunté.
—Nada, amigo —respondió el de la cara de caballo—. Nada. —Y volviéndose
hacia Kaufman añadió—: Estás loco, George. Por diez cada uno no vamos a jugar
de veras.
Yo miré a Kaufman y le dije:
—Ha sido un truco sucio, George. Quizá deberías apartarte de la barra unos
pasos.
Dudó y yo metí la mano un poco más en la chaqueta.
Dio tres pasos atrás, lentamente.
Pasé al otro lado de la barra y cogí la pistola. Era un revólver del 32 con cañón
corto y montura del 38. Una buena pistola.
Hice girar la cámara y dejé que los cartuchos cayeran en el agua sucia que
había en el fregadero de detrás de la barra. Después tiré la pistola.
Me volví para coger una botella y miré a tío Ambrose a través del espejo. Tenía
una sonrisa de gato de Cheshire. Me guiñó el ojo.
La botella más cara que vi era una de Teacher’s Highland.
—A cuenta de la casa, chicos —les dije.
Cara de Caballo me hizo una mueca y dijo:
—¿No querrías darnos diez de la caja a cada uno, amigo? Es lo que nos
corresponde por el sucio truco que George nos ha jugado.
Mi tío se había levantado y se estaba acercando despacio a la barra. Se colocó
entre Cara de Caballo y el grandullón. Parecía diminuto allí entre los dos.
—Permítame —dijo, y sacó la cartera. Extrajo dos billetes de a diez y les dio
uno a cada uno de los hombres que lo flanqueaban—. Tienen razón. No querría
que salieran perjudicados en este asunto.
Cara de Caballo se metió el billete en el bolsillo del pantalón y dijo:
—Es usted un gran hombre, señor. Nos lo hemos ganado. ¿Quiere que...?
Miró a Kaufman y el grandullón miró a Kaufman también. Kaufman empezó a
ponerse pálido y dio otro paso hacia atrás.
—No —dijo mi tío—. George nos cae bien. No querríamos que le pasara nada a
George. Sírvenos otra copa, Ed.
Les llené los vasos de Highland, saqué dos vasitos más y solemnemente los
llené de agua con gas.
—No te olvides de George —dijo tío Ambrose—. A lo mejor, George quiere
tomar algo con nosotros.
—Claro —dije yo.
Saqué un quinto vaso y cuidadosamente lo llené de agua con gas. Se lo alargué
a Kaufman.
No lo cogió.
Nosotros cuatro bebimos.
—¿Está seguro de que no quiere que...?—preguntó Cara de Caballo.
—No —dijo mi tío—. George nos cae bien. Es un buen hombre, una vez lo
conoces. Ahora más vale que os vayáis. El poli que tiene esta ronda pasará pronto
por aquí y puede que entre.
—George no se iría de la lengua —dijo Cara de Caballo, y miró a Kaufman.
Nos tomamos otra copa y los grandullones se fueron. Todo se hizo de un modo
muy sociable.
Mi tío me dirigió una mueca.
—Hazle a George el favor de registrarlo todo, Ed. Has puesto seis whiskys, a
cincuenta centavos cada uno... Y cinco aguas con gas, contando la de George. —
Puso un billete de cinco dólares encima de la barra—. Marca tres y medio.
—Claro —dije yo—. No querríamos deberle nada a George.
Lo registré y di a tío Ambrose un dólar y medio de cambio. Metí el billete de
cinco en la caja.
Regresamos a la mesa y nos sentamos. Llevábamos cinco minutos sentados
cuando Kaufman se dio cuenta de que ya había terminado todo y que nos
disponíamos a seguir como si no hubiera pasado nada.
A los cinco minutos entró un hombre y pidió una cerveza. Kaufman se la sirvió.
Luego se acercó a nuestra mesa. Aún parecía algo mareado.
—Pongo a Dios por testigo que yo no sé nada de lo que le pasó a ese tal
Hunter. Lo único que sé ya lo he dicho en el interrogatorio.
Nosotros no dijimos nada.
Kaufman se quedó allí de pie un momento y luego regresó detrás de la barra.
Se sirvió dos dedos de whisky y bebió. Era la primera vez que le veía beber.
Permanecimos sentados allí hasta las ocho y media de la noche.
Entraron y salieron muchos clientes. Kaufman no volvió a beber, pero se le
cayeron dos vasos y se le rompieron.
Mientras andábamos por la avenida Chicago camino de casa no hablamos
mucho. Cuando nos detuvimos a cenar, mi tío dijo:
—Lo has hecho muy bien, Ed. No..., bueno, para serte franco, no pensaba que
tuvieras eso escondido.
Yo le dediqué una mueca y declaré:
—Para serte franco también: yo tampoco lo pensaba. ¿Vamos a volver esta
noche?
—No. Se ha ablandado bastante, pero lo dejaremos para mañana. Lo
intentaremos de otra manera. Quizá mañana por la noche ya lo tengamos
acorralado.
—¿Estás seguro de que no dice la verdad, de que se guarda algo?
—Chico, está asustado. Ya estaba asustado en el interrogatorio. Me parece que
sabe algo; de todas maneras, es la única pista que tenemos por ahora. Mira, ¿por
qué no te vas a casa y te acuestas temprano? Puedes dormir lo necesario para
variar.
—¿Qué vas a hacer tú?
—Me he citado con Bassett a las once. Hasta esa hora, nada en particular.
—Yo también me quedo. No me dormiría.
—No sé. Efectos secundarios. Te colocaste en un lugar peligroso. ¿No te
tiembla la mano?
Negué con la cabeza.
—Pero tengo el estómago revuelto. Estaba tieso de miedo todo el rato. Me
apoyaba en la barra para no caerme.
—Seguramente tienes razón al decir que no podrías dormir. Pero faltan dos
horas hasta las nueve. ¿Qué quieres hacer?
—A lo mejor me paso por la Elwood Press. Quiero recoger los cheques que nos
deben a papá y a mí. Media semana..., no, más de media semana. Tres días son
tres quintos de semana.
—¿Te los darán aunque sea de noche?
—Sí. Están en la mesa del encargado. Y el encargado del turno de noche tiene
llave. También puedo coger las cosas del armario de papá y llevarlas a casa.
—Oye, ¿el taller no podría tener nada que ver con la muerte de tu padre?
—No le veo la relación. No es más que una imprenta; quiero decir que no
falsifican dinero, ni nada de eso.
—Bueno, debes estar atento por si acaso. ¿Tenia algún enemigo allí? ¿Le caía
bien a todo el mundo?
—Sí, se llevaba bien con todos. No es que tuviera amigos íntimos, pero se
llevaba bien con todo el mundo. Antes se veía mucho con Bunny Wilson. Pero
desde que a Bunny lo cambiaron al turno de noche, ya no se veían tanto. También
está Jake, el encargado del turno del día. Papá y él eran bastante amigos.
—Bueno, he quedado con Bassett en aquel sitio de la avenida Grand donde lo
vimos la otra noche. Si quieres encontrarnos, ven alrededor de las nueve.
—Allí estaré.
Me fui andando hasta Elwood, que está en la calle State, cerca de Oak.
Resultaba extraño ir de noche, y no ir a trabajar.
Subí por las escaleras débilmente iluminadas hasta el tercer piso y me quedé
en la puerta de la sala de composición, mirando hacia dentro. A lo largo del lado
oeste de la habitación estaban las linotipias, había seis. Bunny estaba trabajando
en la que quedaba más cerca de la puerta. En otras tres había más operarios.
La de papá estaba vacía. No porque él no estuviera allí, sino porque por la
noche trabajan menos hombres que durante el día y quedan máquinas libres.
Permanecí en la puerta varios minutos y nadie se percató de que estaba allí.
Luego vi a Ray Metzner, el encargado del turno de noche, dirigirse a su mesa,
lo seguí y lo alcancé junto cuando se estaba sentando.
Levantó la vista y dijo:
—Hola, Ed.
—Hola —respondí yo, y ambos nos quedamos sin saber qué decir.
Entonces me vio Bunny Wilson y se acercó a nosotros.
—¿Vuelves a trabajar, Ed? —preguntó.
—Pronto.
Ray Metzner abrió el cajón de la mesa que estaba cerrado con llave. Encontró
los cheques, me los dio y yo me los metí en el bolsillo.
—Pareces un millonario, Ed —me dijo Ray.
Se me había olvidado cómo iba vestido; me dio un poco de vergüenza que me
vieran así en aquel lugar.
—Oye, chico, cuando vuelvas, ¿por qué no les dices que te pongan en el turno
de noche en vez de en el de día? Nos ayudarías mucho, ¿verdad, Ray? -dijo
Bunny.
Metzner asintió con la cabeza y dijo:
—Es una idea, Ed. Es un buen turno. Pagan más. Y... estás aprendiendo a
manejar el teclado, ¿no?
Hice una señal afirmativa.
—Puedes practicar más por la noche. Siempre hay un par de máquinas
paradas. Hay menos prisas y te podemos dejar media hora para que practiques.
—Lo pensaré —dije—. A lo mejor me decido.
Me di cuenta de su intención; durante el día echaría más de menos a papá
porque estaba acostumbrado a trabajar con él. Quizá tuvieran razón, pensé. De
todos modos eran buenas personas.
—Bueno —dije—. Me voy a los armarios y luego me marcho. Tienes una llave
maestra que abra el armario de papá, ¿no, Ray?
—Claro.
Sacó una del llavero y me la dio.
—Faltan quince minutos para el descanso, Ed. Voy a ir a tomarme un bocadillo
y un café en el bar de la esquina. Espera y te tomas algo conmigo.
—Acabo de cenar, pero tomaré un café.
—Vete ahora, Bunny —dijo Metzner—. Yo marcaré por ti. Iría con vosotros,
pero me traigo la cena de casa.
Nos fuimos a la sala de los armarios. No había nada que necesitara en el mío.
Abrí el de papá. Sólo habla un suéter viejo, su tipómetro y la maletita negra.
No valía la pena llevarse el suéter a casa, pero tampoco quería tirarlo a la
basura, así que lo colgué en la percha de mi armario y me llevé la maleta. Estaba
cerrada con llave, de modo que no intenté abrirla allí.
Cuando llegara a casa ya averiguaría lo que había dentro. Nunca he sido
curioso. Era una maleta de cartón barata, de unos diez centímetros de
profundidad, treinta de anchura y cuarenta y cinco de longitud. La había visto en el
fondo de su armario desde que trabajaba en Elwood con él.
Una vez le pregunté qué había dentro y me contestó:
—No hay más que cosas viejas que no quiero tener en casa, Ed. Nada
importante.
No soltó nada más que eso, y yo no le volví a preguntar.
Bajamos al pequeño restaurante barato que está en la esquina de State y Oak.
Apenas hablamos mientras Bunny se comía un bocadillo y un trozo de tarta.
Luego encendimos unos cigarrillos y él me preguntó:
—¿Han... encontrado al culpable? ¿Al que mató a tu padre?
Negué con la cabeza.
—¿No... no sospechan de nadie, Ed?
Lo miré.
Lo había dicho de un modo tan extraño que tardé al menos un minuto en
descifrar el significado de aquella pregunta.
—No sospechan de mamá, si eso es lo que quieres decir con esa pregunta.
Mamá no tuvo nada que ver.
—Ya lo sé, Ed. Eso es lo que... Oh, Dios mío, cada vez estoy metiendo más la
pata. No debí haber abierto la boca. No tengo la inteligencia suficiente para ser
sutil. Intentaba sacarte información sin darte ninguna, y va a ser al revés.
—Bueno, suéltalo —dije.
—Mira, Ed, cuando matan a un hombre siempre se sospecha de su mujer, a no
ser que su inocencia sea evidente. No me preguntes por qué; es así. Lo mismo
ocurre si la muerta es una mujer; se sospecha del marido.
—Supongo que tienes razón. Pero en este caso era diferente. Se trataba de un
atraco.
—Claro, pero investigan otros ángulos. Por si acaso no es lo que parece,
¿entiendes? Bueno, yo sé dónde estaba Madge, tu madre, entre las doce y la una
y media, así que está fuera de toda sospecha. Si necesita coartada, yo puedo
proporcionársela. A eso me refería cuando he dicho que sabía que no había sido
ella.
—¿Dónde la viste?
—Me estaba tomando unas copas aquel miércoles, era mi noche libre, y llamé
por teléfono a tu casa alrededor de las diez para ver si estaba Wally. Y...
—Ahora me acuerdo. Yo cogí el teléfono y te dije que ya se había ido.
—Sí. Así que pasé por varios sitios, pensando que a lo mejor lo encontraría. No
lo encontré. Pero a eso de las doce estaba en un sitio que queda cerca de la
avenida Grand, no sé cómo se llama, y entró Madge. Dijo que había bajado a
tomarse el último trago antes de acostarse y que Wally aún no había regresado.
—¿Estaba enfadada por eso? —pregunté.
—No sé, chico. No lo parecía, pero con las mujeres nunca se sabe. Las mujeres
son extrañas. Bueno, tomamos unas copas y charlamos. Era aproximadamente la
una y media cuando la acompañé a casa y yo me fui a la mía. Lo sé porque llegué
poco antes de las dos.
—Es una buena coartada, si la necesitara. Pero no la necesita, Bunny. Oye,
¿por eso viniste al interrogatorio? Me extrañó que estuvieras allí.
—Claro. Quería saber a qué hora había ocurrido y todo lo demás. Ni siquiera le
preguntaron a Madge si aquella noche ella estaba en casa o fuera. Así que me
tranquilicé. ¿No se lo han preguntado?
—Que yo sepa, no. No se ha hecho mención alguna. Yo sabia que había salido
porque aún estaba vestida cuando fui a despertar a papá aquella mañana, pero...
—¿Todavía estaba vestida? Dios mío, Ed, ¿por qué iba a estar...?
Ojalá me hubiera callado la boca; ahora iba a tener que contárselo.
—Tenía una botella en casa y debió de seguir bebiendo mientras esperaba a
papá— expliqué—. Pero se durmió vestida.
—¿Lo sabe la policía?
—No estoy seguro, Bunny. —Le conté lo que ocurrió aquella mañana—: Se
estaba empezando a levantar cuando yo me marché. La oí. No se darían cuenta
porque se habría cambiado de vestido, o se habría puesto una bata. Si hubiera
abierto la puerta como yo la dejé, tenían que estar ciegos para no darse cuenta.
—En ese caso no pasa nada —dijo Bunny—. Si no saben que salió, no pasa
nada. Si..., bueno, ya me entiendes.
—Claro.
Yo también me sentí algo aliviado al enterarme de dónde había estado mamá
aquella noche y al descubrir que no había por qué preocuparse.
En el momento de despedirnos, Bunny intentó prestarme dinero de nuevo.
Cuando entré en el bar, tío Ambrose estaba solo en el reservado que habíamos
ocupado la otra noche. Aún faltaban unos minutos para las once.
Me miró y luego miró la maleta; sus ojos hicieron la pregunta que no formuló su
boca.
Le conté lo que era.
La puso encima de la mesa, delante de él, empezó a revolverse los bolsillos.
Sacó un clip de sujetar papeles, estiró una parte e hizo un gancho en la punta.
—¿Te importa, Ed?
—Claro que no. Adelante.
La cerradura no presentó problemas. Levantó la tapa.
—¡Quién lo hubiera dicho! —exclamé.
A primera vista parecía una extraña mezcolanza. Luego cada objeto adquirió
significado. Yo no le hubiera visto la lógica antes de que mi tío me contara algunas
de las cosas que había hecho papá de joven.
Habla una peluca negra y rizada de las que llevan los actores cómicos que
imitan a los negros; media docena de pelotas rojas de unos seis centímetros de
diámetro, el tamaño de las que se usan para hacer juegos malabares; una daga
de artesanía española metida en una funda, una pistola de tiro único muy bien
ajustada, una mantilla negra, una figurita de barro que representaba un ídolo
azteca.
Había más cosas.
No se podían abarcar todas de un solo vistazo.
Había un fajo de papeles escritos a mano, un paquete envuelto en papel de
seda, una armónica estropeada.
Era la vida de papá, pensé, metida dentro de una maleta. Al menos una fase de
su vida. Eran cosas que quería guardar, pero no en casa, donde se podían
estropear o perder, o donde tendría que responder a preguntas sobre ellas.
Un ruido me hizo levantar la vista y allí estaba Bassett mirando hacia abajo:
—¿De dónde ha salido todo esto? —preguntó.
—Siéntate —le indicó mi tío.
Había cogido una de las pelotas de hacer juegos malabares y la estaba mirando
como se mira una bola de cristal. Tenía los ojos algo raros. No es que llorara,
exactamente, pero tampoco se podía decir que no lloraba.
Sin mirarnos ni a Bassett ni a mí, dijo:
—Cuéntaselo, chico.
Y yo le conté a Bassett lo de la maleta y dónde había estado.
Bassett alargó el brazo y cogió el fajo de papeles. Le dio la vuelta y dijo:
—¡Pero si está en español!
—Parece poesía —señalé yo—. Por la forma de las líneas. Tío Am, ¿escribió
papá alguna vez poesías en español?
Movió la cabeza sin apartar los ojos de la pelota roja.
Bassett estaba revolviendo el fajo y un papel más pequeño cayó de él. Era un
rectángulo de papel nuevo, de aproximadamente siete por diez centímetros.
Estaba impreso, pero recubierto de escritura a máquina y con una firma
garabateada en tinta.
Bassett se había sentado a mi lado y yo lo leí a la vez que él.
Era el recibo de una cuota de una compañía de seguros, la Central Mutual.
Llevaba fecha de hacía menos de dos meses, y era el recibo de la cuota trimestral
de una póliza que iba a nombre de Wallace Hunter.
Miré la cifra y solté un silbido. La póliza era por valor de cinco mil dólares. Una
nota que se leía debajo de «Seguro de vida» decía: «indemnización doble». Diez
mil dólares. ¿O el asesinato se considera muerte accidental?
El nombre del beneficiario también aparecía: la señera de Wallace Hunter.
Bassett carraspeó y tío Ambrose levantó vista. Bassett le pasó el recibo.
—Me terno que no necesitamos más —declaró—. Un motivo. Me dijo que no
tenía seguro.
Tío Ambrose lo leyó detenidamente y dijo:
—Está loco. No ha sido Madge.
—Aquella noche no estaba en casa. Tenía un motivo. Ha mentido en dos cosas.
Lo siento, Hunter, pero...
El camarero estaba de pie junto a la mesa.
—¿Qué desean tomar, caballeros? —preguntó.
8
—Oiga —dije una vez el camarero hubo anotado lo que queríamos y se hubo
marchado—, mamá no ha sido. Tiene una coartada. Los dos me miraron y tío
Ambrose levantó medio metro la ceja izquierda.
Les conté lo de Bunny.
Observé la cara de Bassett mientras lo contaba, pero no podía decir nada.
Cuando hube terminado dijo:
—Puede ser. Iré a ver a ese individuo. ¿Sabes dónde vive?
—Claro —dije, y le di la dirección de Bunny Wilson—. Sale del trabajo a la una y
media de la madrugada. Puede que vaya directamente a casa o puede que no. No
lo sé.
—Bueno —dijo Bassett—, no daré ningún paso más hasta que hable con ese
tal Bunny. Puede que no valga la pena. Es un amigo de la familia..., eso quiere
decir de ella también. Es posible que estire la hora un poco para hacerle un favor.
—¿Por qué iba a hacerlo?
Bassett se encogió de hombros. Pero no de modo que indicara que no lo sabía,
sino como queriendo decir que no deseaba hablar de ello.
Era muy significativo.
—Mire —dije—, maldita sea, usted...
Tío Ambrose me agarró por el brazo.
—Cállate, Ed. Vete a dar una vuelta a la manzana y tranquilízate. Me agarraba
muy fuerte y me hacía daño.
—Venga, lo digo en serio.
Bassett se levantó para dejarme salir del reservado; yo me puse de pie y salí a
toda prisa. «Que se vayan al infierno», pensé.
Salí a la calle y empecé a caminar hacia el oeste por Grand.
Hasta que no me dispuse a encender un cigarrillo no me di cuenta de que
llevaba algo en la mano. Era una pelota de goma, roja y redonda. De un rojo fuerte
y brillante, una de la media docena que había en la maleta.
Me detuve en las escaleras que conducían al ferrocarril elevado y me quedé
mirando la pelota que llevaba en la mano. Algo me venía a la mente. Una imagen
vaga de un hombre que hacía juegos malabares. Yo era muy pequeño entonces.
El reía y las pelotas relucían a la luz de la lámpara que había en el cuarto de los
niños del piso de Gary, y yo dejé de llorar para observar las bolas que giraban.
No había ocurrido una sola vez, sino a menudo. ¿Cuánto tiempo tenía yo
entonces? Me acordé de que andaba; al menos una vez andaba detrás de las
pelotas de colores vivos, y me había dado una para que jugara, y se rió cuando
me la puse en la boca para morderla.
No podía tener más de tres años, al menos no mucho más, la última vez que las
había visto. Se me habla olvidado por completo.
Y la pelota que tenía en la mano, con su tamaño, su tacto y su color me había
devuelto el recuerdo.
Pero al hombre, al malabarista, no lo recordaba en absoluto.
Sólo su risa y las centelleantes esferas.
La eché al aire y la atrapé; me gustó. Me pregunté si sería capaz de aprender a
hacerlo con las seis. La eché al aire otra vez.
Alguien se rió y dijo:
—¿Quieres unos bolos?
Atrapé la pelota, me la metí en el bolsillo y me volví.
Era Bobby Reinhart, el aprendiz de la funeraria Heiden, el que había
identificado a papá cuando llegó al trabajo el jueves por la mañana y encontró el
cadáver allí. Llevaba un traje claro que resaltaba su piel oscura y su pelo negro
peinado con brillantina.
Esbozaba una sonrisita. No era una sonrisa agradable. No me hizo gracia.
—¿Has dicho algo? —pregunté.
La sonrisa desapareció y su cara se afeó.
Aquello estaba muy bien. Yo esperaba que dijera algo. Lo miré a la cara y me lo
imaginé con Gardie; pensé que había sido él quien había visto primero a papá en
la funeraria y que quizá habría trabajado su cuerpo, o habría observado mientras
Heiden lo hacía, y..., caray, si hubiera sido otra persona, habría sido diferente.
Pero cuando alguien ya no te cae bien desde un principio, pasa algo así y
terminas odiándolo.
—¿Qué demonios estás...? —dijo mientras se metía la mano derecha en el
bolsillo del traje claro.
A lo mejor iba a coger un cigarrillo; no lo sabía. No iba a querer sacar una
pistola, allí, en mitad de la calle, aunque no hubiera nadie en media manzana.
Pero no quería averiguarlo. Quizá yo sólo estaba buscando una excusa.
Lo agarré por el hombro y lo zarandeé; le sujeté la muñeca derecha a la
espalda y se la retorcí. El exclamó algo, mitad juramento, mitad protesta, y un
objeto fue a parar al suelo con un ruido metálico.
Le solté la muñeca y lo agarré por la parte de atrás del cuello del traje. Le di un
estirón para evitar que se agachara, y, cuando se apartaron nuestras sombras, vi
que lo que había en el suelo era un puño americano.
Se dio un gran impulso para apartarse de mi y la tela de la chaqueta se rasgó
en mis manos. Se abrió a lo largo de toda la espalda; el lado derecho de lo que
quedaba se deslizó de su hombro y se le cayeron del bolsillo interior una agenda y
un billetero.
En este momento estaba arrinconado contra el edificio y parecía indeciso.
Quería despedazarme, lo notaba, pero no podía sin el puño americano, sabía que
no podía. Y la chaqueta rota le molestaba.
Se quedó allí resollando, preparado por si yo le atacaba, sin atreverse a intentar
recoger las cosas que se le habían caído, no queriendo escapar sin ellas.
Di una patada al puño americano y lo mandé al medio de la calle, luego di un
paso atrás y dije:
—Venga, recoge tus canicas y vete. Si abres la boca te daré un trompazo que
se te caerán todos los dientes.
Me lanzó una mirada muy expresiva, pero no se atrevió a decir nada. Se
adelantó para recoger sus cosas y yo lo miré y dije:
—Espera un momento.
Me agaché y me hice con el billetero antes de que lo alcanzara él.
Era la cartera de papá.
Era de piel labrada, muy bonita, y casi nueva. Pero había una raya que
atravesaba en diagonal la brillante superficie. Esa raya había sido causada por la
afilada esquina de una línea metálica de linotipia. La cartera había ido a parar a la
plataforma de la linotipia y papá dejó caer unas líneas encima desde una galera.
Yo estaba allí.
Oí que un coche volvía la esquina a toda velocidad; Bobby lo miró y echó a
correr. Yo salí detrás de él mientras me metía la cartera en el bolsillo. Una voz
gritó «Eh», y el coche arrancó de nuevo.
Lo atrapé cuando intentaba atajar por un solar, y le estaba dando una paliza en
el momento en que el coche patrulla se presentó; salieron los policías y nos
agarraron.
El mío me cogió por detrás de la chaqueta, me apartó de Bobby Reinhart y me
dio una bofetada con la palma de la mano.
—Andando, sinvergüenzas —dijo—, a la comisaría.
Tenía ganas de soltar una patada hacia atrás, pero no iba a conseguir nada.
Mientras nos dirigíamos al coche patrulla, tragué todo el aire que pude hasta
que me recuperé lo suficiente para hablar, y entonces empecé a hablar muy de
prisa.
—No se trata simplemente de una pelea. Es un caso de asesinato. Bassett, de
Homicidios, está en una taberna que hay a dos manzanas de aquí. Vamos.
Bassett querrá hablar con este individuo.
El policía que me tenía sujeto me estaba pasando la mano por la parte exterior
de los bolsillos.
—Cuéntalo en la comisaría —dijo.
—Hay uno en Homicidios que se llama Bassett —dijo el otro—. ¿Qué caso es,
chico?
—Mi padre. Wallace Hunter. Asesinado en un callejón de cerca de la calle
Franklin la semana pasada.
—Sí que mataron a alguien allí. —Miró al que me sujetaba y se encogió de
hombros—. Podemos echar un vistazo. Son sólo dos manzanas. Si se trata de un
caso de homicidio...
Entramos en el coche y se notaba que no se fiaban de nosotros. Nos volvieron
a agarrar por el cuello cuando entramos en el bar. Fue todo un espectáculo.
Bassett y tío Am aún estaban en el reservado. Alzaron la vista y ninguno de los
dos demostró sorpresa alguna.
El policía que conocía a Bassett se me adelantó y dijo:
—Hemos encontrado a estos dos sinvergüenzas peleándose. Este ha dicho que
te interesaría. ¿Te interesa?
—Puede ser. Suéltalo. ¿Qué ocurre, Ed?
Me saqué la cartera del bolsillo y la eché encima de la mesa del reservado.
—Es la cartera de papá. La tenía este hijo de puta.
Bassett la cogió y la abrió. Había varios billetes. Uno de cinco y unos cuantos
de a dólar. Miró el carnet que había debajo del plástico y luego miró a Bobby.
—¿De dónde la has sacado, Reinhart?
—preguntó con voz suave y tranquila.
—Me la ha dado Gardie Hunter.
Oí a tío Am soltar un resoplido después de un rato de contener la respiración.
No me miró. Mantuvo la vista en la cartera que Bassett tenía en la mano.
—¿Cuándo fue eso? —preguntó Bassett.
—Anoche. Claro que es la de su padre. Ella lo dijo.
Bassett dobló la cartera para cerrarla y se la metió cuidadosamente en el
bolsillo. Sacó un cigarrillo y lo encendió.
Luego les hizo una señal con la cabeza a los policías y dijo:
—Muchas gracias, muchachos. Ah, me gustaría tener controlado a Bobby
mientras compruebo la historia. Lleváoslo por alteración del orden.
—De acuerdo.
—¿Quién está en el despacho esta noche?
—Norwald.
—Lo conozco. Decidle que seguramente llamaré por teléfono en seguida y le
diré que puede soltar a Reinhart. —Volvió a sacar la cartera y le dio a Bobby el
dinero y el carnet—. Supongo que no voy a necesitar esto. La cartera es una
prueba, por ahora.
Bobby se volvió a mirarme mientras se lo llevaban hacia la puerta.
—Cuando y donde quieras —le dije.
Se lo llevaron.
Bassett se levantó y dijo a tío Am:
—Bueno, había que intentarlo.
—Sabe que lo de la cartera no quiere decir nada —dijo mi tío.
Bassett se encogió de hombros y se volvió hacia mí.
—Chico, me temo que esta noche no vas a poder dormir en casa. Te puedes ir
con tu tío, ¿no?
—¿Por qué?
—Tenemos que hacer una cosa que ya deberíamos haber hecho
inmediatamente. Registrar el piso. Por si encontrábamos la póliza de seguros o
cualquier otra cosa.
—Puede pasar la noche conmigo —declaró tío Am.
Bassett se marchó. Tío Am se quedó allí sentado sin decir nada.
—Supongo que he metido la pata. He puesto las cosas muy difíciles —dije.
Se volvió y me miró.
—Estás hecho una facha. Ve a lavarte la cara y a arreglarte un poco. Me parece
que se te va a poner el ojo morado.
—Si vieras cómo ha quedado el otro.
Soltó una risotada y me di cuenta de que no estaba enfadado. Me fui al lavabo y
me arreglé todo lo que pude.
—¿Cómo te encuentras? —me preguntó.
—Entusiasmado.
—Quiero decir físicamente. ¿Te tienes de pie?
—Si me puedo levantar, me puedo tener de pie.
—Hemos estado perdiendo el tiempo. Creíamos que estábamos investigando.
Íbamos totalmente perdidos. Más vale que nos apliquemos en serio.
—Estupendo. ¿Qué va a hacer Bassett? ¿Arrestará a mamá?
—Se la va a llevar para interrogarla. A Gardie también, ahora que ha salido el
asunto de la cartera. Ya lo tenía convencido de que no lo hiciera. Nos iba a dejar
unos días más para que sondeáramos a Kaufman.
—¿Las soltará después de interrogarlas?
—No lo sé, chico. No lo sé. Si encuentra la póliza, quizá no. Esta noche hemos
recibido dos buenos golpes: la póliza y la cartera. Los dos indican hacia el otro
lado. Pero intenta decírselo a Bassett.
Yo tenía otra vez la pelota roja de goma en la mano y jugaba con ella. Alargó el
brazo, me la quitó y empezó a estrujarla. Cada vez la dejaba casi plana.
—Ojalá no hubiéramos encontrado la maleta. ¡Ay, Dios, no sé cómo explicarlo!
Ojalá Wally no la hubiera guardado.
—Te entiendo perfectamente.
—Debía de estar muy mal, Ed. Hacía diez años que no lo veía. Dios mío, lo que
le puede llegar a pasar a uno en diez años...
—Oye, tío Am, ¿crees que pudo hacérselo él solo de alguna manera? ¿Con
una de las botellas, por ejemplo? Esto parece absurdo, pero como dijiste que solía
hacer juegos con mazas, ¿pudo tirar una muy alto y esperar debajo a que cayera?
Ya sé que parece una tontería, pero...
—No es una tontería, chico. Pero hay una cosa que tú no sabes. Wally no se
hubiera podido suicidar. Tenía una..., bueno, no exactamente una fobia, digamos
que un impedimento físico. No podía suicidarse. No era miedo a la muerte. Puede
que quisiera morir. Yo recuerdo una vez que así lo deseaba.
—No sé cómo puedes estar tan seguro. Quizás entonces no quería morir con la
suficiente intensidad.
—Fue durante nuestro viaje a través de México, al sur de Chihuahua. Le mordió
una víbora cugulla. Estábamos solos, en un camino solitario que cruzaba el
campo; no era más que un sendero. No llevábamos botiquín, y tampoco nos
hubiera servido de nada llevarlo. No existe antídoto para las picaduras de cugulla.
Te mueres dentro de las dos horas siguientes, y es una de las peores y más
dolorosas muertes posibles. Un verdadero infierno.
»Se le empezó a hinchar la pierna y le dolía muchísimo. El tenía la única pistola
de que disponíamos los dos, y..., bueno, nos despedimos e intentó pegarse un
tiro. Pero simplemente no pudo. No le funcionaban los reflejos. Me suplicó que lo
hiciera yo. No sé...; puede que lo hubiera fastidiado todo, pero oímos que venia
alguien. Era un mestizo montado en un burro viejísimo.
»Dijo que la serpiente no era una cugulla. La habíamos matado de un tiro y aún
estaba allí en el suelo. Se trataba de una especie local que era casi idéntica a la
cugulla. Aunque era venenosa, no tenía comparación con la verdadera. Atamos a
Wallie encima del burro y lo llevamos así, a lo largo de cinco kilómetros, a casa del
médico del pueblo más cercano; y lo salvamos, o más bien lo salvó el médico.
—Pero... —empecé a decir.
—Tuvimos que quedarnos allí un mes. Aquel médico era un tío estupendo. Yo
trabajaba con él para ayudar a pagar nuestra estancia mientras Wallie se
recuperaba; por las noches leía sus libros, sobre todo los de fisiología y
psiquiatría. Tenía un montón, en inglés y en español.
»Gracias a ellos aprendí gran parte de lo que sé de esas materias, luego he
seguido leyendo mucho, aparte de la práctica que adquieres trabajando en un
puesto de adivinación. Pero, chico, le hicimos una especie de psicoanálisis a Wally
y estaba claro. Hay gente que es incapaz de suicidarse; es una incapacidad
mental y física. No es muy común, pero tampoco es muy rara. Se trata de una
psicosis antisuicidio. Y no es una cosa que se le pudiera pasar con la edad.
—¿Es eso verdad? ¿No me estás tomando el pelo?
—En absoluto, chico.
Apretujó la pelota de goma otra vez y continuó:
—Oye, cuando entremos, tú te apoyas en la parte interior de la puerta y no
abres la boca.
—¿Cuando entremos dónde?
—En el cuarto de Kaufman. No está casado; vive en una pensión de la calle La
Salle, algo al norte de Oak. Va andando a casa. He estado allí y conozco el
terreno. Ya hemos perdido demasiado tiempo. Esta misma noche nos ocuparemos
de él hasta el final, antes de que se enfríen las cosas.
—De acuerdo. ¿Cuándo empezamos?
—Cierra bastante temprano los lunes por la noche. A partir de la una puede
llegar a casa en cualquier momento. Tendremos que marcharnos pronto; ya son
más de las doce.
Nos tomamos otra copa y nos fuimos. Pasamos por el Wacker y dejamos la
maleta de papá allí. Luego nos dirigimos al norte por Clark hasta Oak, y por ésta
hasta La Salle.
Mi tío escogió un portal muy profundo del lado oeste de La Salle, justo al norte
de la esquina, y nos quedamos allí esperando. Esperamos casi una hora y pasó
muy poca gente.
Entonces pasó Kaufman. No miró hacia el portal.
Esperamos a que hubiera pasado, salimos y nos colocamos uno a cada lado.
Se detuvo con tanta brusquedad como si se hubiera topado con una pared.
Pero lo cogimos uno por cada brazo y empezamos a andar de nuevo. Lo miré a la
cara una vez y ya no lo volví a mirar. No resultaba agradable mirarlo. Era la cara
de un hombre que piensa que está prácticamente muerto y no le hace ninguna
gracia. Sólo veía el color de la acera bajo nuestros pies.
—Oigan, yo... —dijo.
—Hablaremos en su habitación —le interrumpió mi tío.
Llegamos a la entrada.
Tío Ambrose le soltó el brazo y se adelantó. Penetró confiadamente en el
pasillo como si supiera adónde se dirigía. Me acordé de que había dicho que ya
había estado allí.
Yo entré el tercero, detrás de Kaufman. A mitad del pasillo remoloneó un poco.
Lo toqué ligeramente con el dedo índice en la zona lumbar de la espalda y dio un
salto. Mientras subíamos las escaleras, casi empujaba a tío Ambrose.
En el segundo piso, mi tío le sacó la llave del bolsillo y abrió la puerta de una
habitación. Entró y encendió la luz con un golpecito.
Nosotros lo seguimos. Yo cerré la puerta y me apoyé en ella.
Mi papel había concluido. No me quedaba nada que hacer más que quedarme
apoyado en aquella puerta.
—Escuchen, maldita sea... —dijo Kaufman.
—Cállese y siéntese —le ordenó mi tío dándole un empujoncito con el que lo
hizo sentarse al borde de la cama.
Mi tío dejó de prestarle atención. Se acercó a la cómoda que había junto a la
ventana. Alargó la mano y bajó la persiana hasta que tocó el alféizar.
A continuación cogió el despertador que un había encima de la cómoda. Hacia
mucho ruido; marcaba las dos menos nueve minutos. Se miró su propio reloj y
colocó las manecillas a las dos menos cuarto. Les dio vuelta a las dos llaves y
luego al botón que hacia girar la manecilla de la alarma hasta que señaló las dos
en punto; seguidamente levantó la palanquita que conectaba la alarma.
—Bonito reloj —dijo—. Espero que no moleste a los vecinos si suena a las dos.
Tenemos que tomar un tren.
Abrió el cajón superior de la cómoda y metió la mano. La sacó con un revólver
niquelado del 32.
—No le importa que lo tome prestado un momento, ¿verdad, George? —Me
miró desde el otro lado de la habitación—. Las pistolas son cosas peligrosas,
chico. Jamás he tenido una ni la tendré. No hacen más que complicar las cosas.
—Sí —asentí yo.
Hizo girar la cámara, abrió el cañón y lo cerró de golpe.
—Chico, échame esa almohada. Cogió la almohada de la cama y se la eché.
Tomó el revólver con la mano derecha y con la izquierda colocó la álmohada
alrededor de él.
Apoyó la espalda en la cómoda. Se oía el reloj.
Kaufman sudaba. Le caían unas gotas grandes por la frente.
—No se saldrán con la suya.
—¿Con la nuestra? Oye, chico, ¿tú sabes de qué está hablando?
—A lo mejor cree que le estamos amenazando.
—¿Nosotros? Somos incapaces de hacer tal cosa. Además George nos cae
simpático.
Se volvió a oír el reloj.
Kaufman se sacó un pañuelo del bolsillo y se secó la frente.
—Bueno, cierre ese maldito despertador —dijo—. ¿Qué quieren saber?
Me di cuenta de que tío Ambrose se relajaba un poco; no había advertido lo
tenso que estaba hasta que se relajó.
—Ya sabe lo que buscamos, amigo. Cuéntenoslo a su modo.
—¿Le dice algo el nombre de Harry Reynolds?
—Siga hablando.
—Harry Reynolds es un matón, pura dinamita. Hace tres semanas estaba en mi
bar, sentado en la parte de atrás con un par de individuos, cuando entró ese tal
Wally Hunter a tomarse una copa. También venía con par de tipos.
—¿Qué clase de tipos?
—Normales. Impresores. Uno gordo y uno bajo. A uno yo no lo conocía, pero
Hunter lo llamaba Jay. El otro ya había venido una vez con Hunter; se llama
Bunny.
Mi tío me lanzó una mirada y yo asentí. Sabía quién era Jay.
—Tomaron una copa cada uno —siguió Kaufman—. Después se fueron y uno
de los tipos de Reynolds salió detrás de ellos, como si tuviera intención de
seguirlos. Entonces Reynolds se acercó a la barra y me preguntó como se llamaba
el que estaba en medio de los tres. Yo le dije que Wally Hunter.
—¿Reconoció el nombre? —preguntó mi tío.
—Sí. Yo pensé que quería asegurarse, y se aseguró. Me preguntó dónde vivía
Hunter y le dije que no lo sabía, lo cual era la verdad. Sólo venia de vez en
cuando, quizá una vez a la semana, pero yo no sabía dónde vivía.
»Así que se contenta con eso, se toma unas copas y se marchan.
»Al día siguiente regresan. Dice que quiere ponerse en contacto con Hunter por
un asunto y que la próxima vez que venga averigüe dónde vive. Me da un número
de teléfono y me dice que en el momento en que Hunter pise la puerta lo llame a
ese número y le avise de que ha llegado, pero que no le diga nada a Hunter.
—¿Sabe el número de teléfono?
—Wentworth tres-ocho-cuatro-dos. Tenía que dejar un recado cuando llegara
Hunter. Lo mismo si averiguaba la dirección, tenía que llamar y dejar el recado.
—¿Ha dicho que eso fue al día siguiente?
Kaufman asintió.
—Supongo que mandó a uno de sus hombres a seguir a Hunter a su casa, pero
debió de perderlo. Así que Reynolds volvió a sacarme la dirección a mí. Me dijo lo
que me pasaría si no..., si descubría que Hunter había estado allí y yo no se lo
había comunicado.
—¿Volvió Hunter por allí entre esa noche y la noche en que lo mataron? —
preguntó tío Am.
—No, no regresó hasta al cabo de dos semanas, la noche en que lo mataron. Y
esa noche pasó exactamente lo que conté en el interrogatorio, menos que llamé al
número de teléfono. Caray, tenía que llamar. Si no, Reynolds me hubiera matado.
—¿Habló personalmente con Reynolds?
—No, no contestaron al teléfono. Llamé dos veces. Una un par de minutos
después de entrar Hunter, y otra diez minutos más tarde. No contestaron. Me
alegré lo indecible. No quería complicarme la vida y tenía que evitar que Reynolds
tomara represalias. ¿Qué les parece?
—No se preocupe por lo que nos parece a nosotros. No le crearemos
problemas con Reynolds. ¿Qué le dijo a Reynolds cuando lo vio?
—No lo he vuelto a ver. No ha venido más por el bar. Se puso en contacto con
Hunter de algún otro modo. El, o alguno de sus hombres debía de ir siguiendo a
Hunter aquella noche y esperó fuera mientras él estaba en el bar. Debía de estar...
Sonó la alarma del despertador y los tres dimos un salto. El tío Am alargó el
brazo hacia atrás y lo hizo callar. Echó la almohada otra vez encima de la cama y
colocó el pequeño 32 sobre la cómoda.
—¿Dónde vive Harry Reynolds? —preguntó.
—No lo sé. Lo único que sé es ese número de teléfono. Wentworth tres-ochocuatro-dos.
—¿A qué se dedica?
—Sólo a cosas grandes. Bancos, nóminas, cosas así. Su hermano está en
chirona, cadena perpetua, por un banco.
Mi tío sacudió la cabeza con pesadumbre.
—George, usted no debería mezclarse con gente como ésa. ¿Quiénes eran los
que acompañaban a Reynolds la última noche que estuvo en el bar, la noche que
entró Waliy Hunter?
—A uno lo llamaban Holandés. Un grandullón. El otro era un pistolero
pequeñito; no sé cómo se llama. El Holandés fue el que siguió a Hunter y lo
perdió..., bueno, supongo que lo perdió, o Reynolds no hubiera tenido que
regresar al día siguiente.
—¿Es eso todo lo que puede contarnos, George? —preguntó mi tío—. Ahora
que ha llegado hasta aquí, cuanto más mejor, ya me entiende.
—Le entiendo. Si supiera más, se lo contaría. Espero que lo encuentren. Tienen
un número de teléfono. Pero no le digan de dónde lo han sacado.
—No se lo diremos, George. No se lo diremos a nadie. Ahora nos vamos y le
dejamos dormir.
Se dirigió a la puerta e hizo girar el picaporte para abrirla, pero se volvió hacia
Kaufman un momento.
—Mire, George, se supone que estoy colaborando con la policía en este asunto;
puede que tenga que contarles algo. Ellos encontrarán a Reynolds más fácilmente
que nosotros si el número de teléfono no sirve para nada. Si Bassett viene a verlo,
dígale lo mismo que a mí, menos lo del número de teléfono. Sólo tenía que
conseguir la dirección de Hunter, y Reynolds volvería a buscarla. Pero no volvió.
Salimos al rellano y bajamos las escaleras. El aire fresco de la noche nos dio de
lleno en la cara.
«Ahora tenemos un nombre —pensé—. Sabemos a quién estamos buscando.
Tenemos un nombre y un número de teléfono.» Esta vez nos íbamos a enfrentar a
los peces gordos, no a gusanos como Kaufman.
Y lo íbamos a hacer solos; tío Am no estaba dispuesto a dar el número de
teléfono a Bassett.
Debajo de la farola de la calle Oak, tío Am me miró y me preguntó:
—¿Tienes miedo, chico?
Tenía la garganta un poco seca y asentí con la cabeza.
—Yo también —dijo—. Estoy muerto de miedo. ¿Se lo decimos a Bassett o nos
diverimos un rato?
—Intentemos divertirnos.
El aire fresco nos producía una sensación estupenda. Yo había sudado. El
cuello de la camisa me apretaba; me lo aflojé y me eché el sombrero hacia atrás.
Se trataba de nuevo de una reacción, pero de una reacción diferente. Me sentía
más alto. No era nerviosismo, como después de la difícil situación por la que
habíamos pasado en la taberna.
Nos dirigimos hacia el sur por la calle Wells sin decir nada. No necesitábamos
decir nada. De algún modo, después de lo ocurrido, tío Am se había convertido en
una parte de mí, y yo en parte de él.
Recordé aquella frase: «Somos los Hunter», y pensé: «Lo conseguiremos. La
policía no puede hacerlo, pero nosotros sí.» Ahora sabía que antes no lo había
creído. Ahora lo creía. Ahora lo sabia.
Tenía miedo, sí, pero era un tipo de miedo agradable, como cuando se lee un
buen relato de fantasmas y los escalofríos te recorren la espalda, pero te gusta.
Por la avenida Chicago nos dirigimos al este y pasamos por la comisaría de
policía que tenía las dos luces azules junto a la puerta. Al pasar por delante miré
hacia el interior y dejé de sentirme tan animado. Mamá y Gardie iban a pasarlo
mal ahí dentro. ¿O las llevarían al Departamento de Homicidios del centro de la
ciudad?
Pero mamá no había sido. Bassett se equivocaba totalmente.
Volvimos la esquina en dirección a la calle Clark y el tío Am preguntó:
—¿Te apetece un café, chico?
—Bueno —dije—. Pero ¿vamos a llamar a ese número esta noche? Se está
haciendo tarde.
—A partir de ahora se hace más temprano. ¿Qué importan unos minutos?
Pedimos un plato de chile y un café cada uno en el garito que está justo al norte
de Superior. Teníamos todo el final del mostrador para nosotros solos; dos
mujeres de voz chillona estaban discutiendo en el otro extremo del mostrador
sobre alguien que se llamaba Carey.
El chile era bueno, pero a mí no me sabía bien. Pensaba en mamá. «Al menos
no usan la manguera de goma con las mujeres», me dije.
—Piensa en otra cosa, Ed.
—¿En qué?
—En cualquier cosa. ¿Qué más da? —Miró a su alrededor y sus ojos se
posaron en el bolso que una de las mujeres había dejado encima del mostrador—.
Piensa en bolsos. ¿Has pensado alguna vez en bolsos?
—No. ¿Para qué?
—Imagínate que eres diseñador de artículos de piel. En ese caso te
interesarían mucho. ¿Para qué sirve un bolso? No es más que un sustituto de los
bolsillos. Los hombres tenemos bolsillos, las mujeres no. ¿Por qué? Porque los
bolsillos, llenos, echarían a perder la figura de una mujer. Le saldrían bultos en los
sitios indebidos, o los que ya tuviera se la harían demasiado grandes, ¿no?
—Supongo.
—Mira, por ejemplo los pañuelos. Las mujeres llevan pañuelos en los bolsillos a
veces, pero muy pequeños, mientras que los hombres los llevamos muy grandes.
Y no es porque tengan menos mocos en las narices que los hombres; es porque
un pañuelo grande haría un bulto grande. Pero volvamos a los bolsos.
—Eso. Volvamos a los bolsos.
—Cuanto más quepa en él, mejor bolso es, y cuanto más pequeño parezca,
mejor. Bueno, ¿cómo diseñarías tú un bolso que fuera grande y pareciera
pequeño? Uno que le hiciera decir a una mujer: «Oye, en este bolso cabe más de
lo que parece.»
—No lo sé. ¿Cómo?
—El enfoque tendría que ser empírico. Diseñarías muchos basándote sólo en la
apariencia y esperarías a que una mujer dijera que en uno de ellos cabían más
cosas de lo que parecía. Entonces lo estudiarías para ver por qué, e intentarías
poner lo mismo en los demás bolsos. Hasta puede que sea reducible a una
ecuación. ¿Sabes álgebra, Ed?
—No mucho —contesté—. Y al diablo los bolsos. Me hacen pensar en las
carteras. ¿Crees que Bobby Reinhart no mentía cuando ha dicho que se la había
dado Gardie?
—Claro que no, chico. Si hubiera estado mintiendo, no hubiera acusado a
alguien que estuviera tan cerca. Hubiera dicho que se la había encontrado o algo
así. Pero no te preocupes.
—Sí me preocupo.
—Dios mío, ¿por qué? ¿No creerás que Gardie lo mató, le quitó la cartera y
luego se la dio a Bobby? ¿O que fue Madge, y dejó la cartera por ahí o se la dio a
Gardie?
—Ya sé que no fue ninguna de las dos. Pero el asunto no está nada claro. ¿De
dónde la ha sacado Gardie?
—No se la llevó, eso es todo. Mucha gente se deja la cartera en casa cuando
se va de juerga. Se meten unos cuantos dólares en el bolsillo y se dejan la cartera
en casa. Gardie se la encontró y se quedó con el dinero que había dentro sin decir
nada. Aun así fue una tontería regalar la cartera, pero si se tratara de algo peor no
hubiera corrido el riesgo. Hubiera echado la cartera en el incinerador.
—Eso es lo que debería haber hecho —dije yo—. No tiene dos dedos de frente.
—Yo no estaría tan seguro. Conseguirá lo que quiere en la vida. La mayoría de
la gente lo consigue. No todos, pero la mayoría sí.
—Papá no lo consiguió.
—No. Wally, no. —Hablaba despacio, como si escogiera las palabras una por
una—. Pero existe una diferencia. Gardie es egoísta; no se complicará la vida por
la misma causa que Wallie. Si se casa con quien no debe y le va mal, lo dejará y
en paz.
»Wally era leal, chico, incluso a las causas perdidas. No debería haberse
casado nunca. Pero tu madre era una mujer de verdad, Ed, y con ella fue feliz.
Murió antes de que él empezara a sentir el hormigueo. Y Madge lo atrapó de
rebote.
—Mamá es..., bueno, dejémoslo.
Me di cuenta de que me iba a poner a defenderla sólo por lealtad. Si pensaba
en mamá y papá, me acordaba de cosas, y tío Am tenía razón. Yo me había
ablandado porque ahora ella tenía problemas y porque había cambiado, había
cambiado mucho, desde que murió papá. Pero no debía engañarme, eso no
duraría.
Mamá había sido veneno para él, y hubiera sido veneno para cualquier hombre
decente como papá. O como papá antes de que empezara a beber. E incluso sus
borracheras eran sosegadas y no pendencieras.
Terminé el chile y empujé el plato a un lado.
—Espera un poco, chico. ¿Por qué no nos tomamos otro café? —Los pidió y
continuó—: Estoy intentando decidir cómo debo enfocar lo del número de teléfono.
Pienso mejor cuando estoy hablando de otra cosa. ¿Por qué no hablamos de otra
cosa?
—¿De bolsos de mujer? —sugerí.
—Te aburrían, ¿eh? —rió—. Eso es porque no sabes nada de ellos. Cuanto
más se sabe de una cosa, lo que sea, más interesante te parece. Yo conocía a un
tipo que trabajaba en el ramo del cuero; era capaz de hablar de bolsos toda la
noche. Lo mismo que un feriante hablaría de ferias.
—Adelante —dije—. Prefiero oir hablarde ferias que de bolsos. ¿Qué es la
encerrona?
—Es un espectáculo para conseguir dinero adicional, generalmente dentro del
espectáculo de los fenómenos. Por ejemplo, pagas veinte centavos para entrar en
el espectáculo de los fenómenos y el presentador te hace ir detrás del escenario y
empieza otro rollo para anunciar que por veinte centavos más puedes ver un
espectáculo especial en el interior, en un extremo de la carpa. ¿ Por qué?
—Me acuerdo que en la feria le pediste a Hoagy que se hiciera cargo de tu
juego de las pelotas. El dijo que estaba parado y que si Jake podía usar la
encerrona después de Springfield que se buscara una danza del vientre. No
entendí nada.
—Vaya memoria, chico —rió el tío Am.
—Si. También me acuerdo de una cosa que han dicho esta noche. Wenworth
tres-ocho-cuatro-dos. ¿Has encontrado el enfoque ya?
—Casi. Volviendo a Hoagy. Hoagy es el presentador de un espectáculo erótico.
El rollo para conseguir dinero adicional en la carpa de los fenómenos es una
conferencia erótica con modelos de carne y hueso, sólo para hombres. A veinte
centavos por cabeza, y se les devuelve el dinero si no están satisfechos.
—¿Qué quieres decir con modelos de carne y hueso?
—Eso es lo que atrae a las moscas. Ellos también quieren saberlo. Tiene un
buen discurso, pero se puede leer en cualquier libro que explique lo que debe
saber un jovencito. Y usa modelos de carne y hueso, un par de chicas en traje de
baño. Explica de qué tipo son, como excusa para tenerlas en el escenario.
—¿Y las moscas no quieren que les devuelvan el dinero?
—Unos cuantos, muy pocos. Se lo devolvemos y ya está. En una buena noche
se saca cien dólares aparte de la nuez.
—¿La nuez?
—Los gastos generales, chico. Digamos que en un puesto te gastas treinta
dólares al día; bueno, estás pagando la nuez hasta que has ganado esa cantidad.
El resto son beneficios; has pagado la nuez.
Me bebí lo que me quedaba del café y pregunté:
—¿Por qué iba un ladrón de bancos a buscar a papá?
—No lo sé, chico. Tendremos que averiguarlo. —Exhaló un suspiro y se
levantó—. Vamos, en marcha.
Bajamos por la calle Clark hasta el Wacker y subimos a su habitación.
Antes de sentarse separó la silla de la pared y dijo:
—Ponte detrás de mí, Ed, y agáchate hasta el auricular. Lo separaré un poco
de mi oído para que escuches. Utiliza tu memoria con lo que se diga.
—De acuerdo. ¿Qué enfoque vas a adoptar?
—Ninguno. Improvisaré. Lo que diga dependerá de lo que digan ellos.
—¿Y si dicen «diga»?
—No lo he pensado. Esperaré a ver —dijo riendo entre dientes.
Descolgó el auricular y cuando le dio el número a la telefonista usó una voz
diferente. Era una voz grave, ronca, con una entonación completamente diferente.
Pero la había oído en alguna parte. Al principio me sorprendió, pero luego la
identifiqué. Estaba imitando la voz de Hoagy; habíamos hablado de Hoagy y era la
primera voz que se le había ocurrido imitar. Era perfecta.
Oí cómo marcaban el número. Me acerqué más y me apoyé en el respaldo de
la silla para colocar el oído tan cerca del auricular como me fuera posible.
Sonó tres veces y una voz de mujer dijo «diga».
A veces resulta extraño cuánto se puede deducir, o al menos imaginar, de una
voz. Sólo una palabra, pero se notaba que era joven, que era guapa y que era
lista, en todos los sentidos de la palabra «lista». Sólo por el modo en que decía
aquella única palabra, ya se ganaba la simpatía.
—¿Quién... es? —preguntó mi tío.
—Claire. Wentworth tres-ocho-cuatro-dos.
—¿Qué tal, muñeca? —preguntó mi tío—. ¿Te acuerdas de mí? Soy Sammy.
Parecía muy borracho.
—Me parece que no —dijo la voz. Ahora era mucho más fría—. ¿Sammy qué
más?
—Vamos, claro que te acuerdas de mi. Sammy. El del bar, la otra noche. Mira,
Claire. Ya sé que es muy tarde para llamarte, pero, cariño, acabo de ganar unas
partidas. He invitado a los chicos a unas copas y no sé qué hacer con la pasta.
Quiero dar un paseo: Chez Paree, el Medoc Club, a todas partes. Quiero que la
mayor belleza de Chi venga conmigo. Hasta puede que le compre un abrigo de
pieles, si le gusta la piel de conejo. ¿Qué te parece si te paso a buscar en un taxi y
nos vamos...?
—No —dijo la voz y colgó.
—Maldita sea —dijo mi tío.
—Ha sido un buen intento.
Colgó a su vez el auricular y dijo:
—Los buenos intentos ya no se pagan. Supongo que ya no sirvo para Romeo.
Debería haberte dejado a ti.
—¿A mí? ¡Dios mío, yo no sé nada de mujeres!
—Por eso mismo. Chico, tú podrías tener las mujeres que quisieras. Mírate al
espejo.
Me reí, pero me volví para mirarme en el espejo de encima de la cómoda.
—Sí que se me está poniendo amoratado el ojo. Maldito Bobby Reinhart.
Tío Am me dedicó una mueca a través del cristal y dijo:
—En ti resulta romántico. Consérvalo así; no te pongas un bistec encima.
Bueno, ahora intentaremos una cosa que no funcionará.
Marcó un número y pidió que lo pusieran con información de Wentworth.
Preguntó a qué nombre estaba el tres-ocho-cuatro-dos y a qué dirección
correspondía. Esperó un poco y luego colgó con un «Muy bien. Gracias», que
sonaba poco animado.
—No viene en la guía —me informó—. Ya me lo figuraba.
—¿Qué hacemos ahora?
—Empezamos por el lado contrario —dijo con un suspiro—. Averiguar qué se
sabe de ese tal Harry Reynolds. Bassett sabrá algo de él, o se lo sacará al del
depósito de cadáveres. Lo malo es que esperaba que ese número de teléfono nos
proporcionara cierta ventaja respecto a Bassett. Bueno, mañana podemos
intentarlo otra vez. Podemos ser un programa de radio por teléfono que da un
premio de cien dólares a quien conteste la llamada de un número elegido al azar,
sepa cuál es la capital de Illinois y nos diga su dirección. O podemos...
—Oye, yo puedo conseguir la información sobre ese número.
—¿Eh? ¿Cómo? Esos números que no vienen en la guía son muy difíciles de
investigar.
—La cuñada de Bunny Wilson, la mujer de su hermano, trabaja en la compañía
telefónica, en el departamento que se ocupa de esos números. Le dio información
sobre uno a Jake, el encargado del taller, en cierta ocasión. Para no crearle
problemas a su cuñada, que se lo pida Bunny.
—Chico, qué bien. ¿Cuánto tardará en conseguir la información?
—Si encuentro a Bunny esta noche, nos puede dar la contestación mañana a
mediodía, creo. Podría ver a su cuñada antes de que ella se fuera a trabajar, y ella
lo podría llamar cuando saliera a comer. No puede llamar desde el trabajo para
una cosa así.
—¿Tiene Bunny teléfono?
—Su patrona, pero él sólo está autorizado a usarlo durante el día. Yo puedo ir a
su casa. Vive en la calle Halsted.
—¿Ya habrá vuelto de trabajar ahora?
—Supongo. Si no, esperaré.
—De acuerdo, chico. Entonces nos separamos un rato. Toma diez dólares.
Dáselos a Bunny y dile que se los dé a su cuñada para que se compre un
sombrero nuevo o lo que quiera. Yo me voy a cazar a Bassett y a averiguar qué
hemos sacado de la investigación judicial. Estará más tranquilo cuando sepa que
hemos hecho hablar a Kaufman. O quizás ahora ya esté convencido de que iba
por mal camino.
—¿ Dónde nos encontraremos después?
—Vuelve aquí. Le diré al recepcionista que te dé la llave si yo no he llegado
todavía. Vete ya; yo voy a intentar localizar a Bassett por teléfono antes de
empezar a correr detrás de él.
Empecé a andar y tuve la suerte de ver que se aproximaba un tranvía nocturno,
así que tardé sólo unos minutos en llegar a Halsted; desde allí me dirigí al sur
hasta la casa en la que vivía Bunny.
No tenía la luz encendida, lo cual quería decir que no estaba en casa o que
estaba dormido. Pero subí de todos modos. El asunto tenía la suficiente
importancia para despertarlo.
No estaba; llamé a la puerta hasta asegurarme bien.
Me senté en las escaleras a esperar y entonces me acordé de que
generalmente se olvidaba de cerrar la puerta con llave; y así era, no estaba
cerrada. Entré y encontré una revista que leer.
Cuando dieron las cuatro me hice café en su cocinita. Lo preparé muy fuerte.
Llegó a casa, tambaleándose por las escaleras, justo cuando yo acababa de
preparar el café. No estaba demasiado borracho, sólo un poco, pero le hice
tomarse dos tazas de café antes de decirle lo que quería. No le conté toda la
historia, sólo lo suficiente para que supiera por qué necesitábamos la información
sobre ese número.
—Muy bien, Ed, muy bien. Y guárdate los diez dólares, ella me debe unos
cuantos favores.
Se los metí en el bolsillo y le dije que se los diera de todas formas.
—¿ Puedes hablar con ella antes de que se vaya a trabajar? —le pregunté.
—Claro, no hay problema. Vive muy lejos. Se levanta a las cinco y media. Me
quedaré despierto y la llamaré a esa hora. Entonces me pondré el despertador a
las once o así para no estar dormido cuando me vuelva a llamar. Tú me puedes
llamar a partir de las doce. Me quedaré aquí hasta que llames.
—Estupendo, Bunny. Gracias.
—No tiene importancia. Oye, ¿vas a casa ahora?
—Al Wacker.
—Te acompaño un trecho. —Se miró el reloj—. Así cuando vuelva ya será hora
de llamar desde el drugstore de la esquina.
Pasamos por encima de la avenida Grand, por el puente.
—Últimamente estás diferente, Ed. ¿Qué te ha hecho cambiar? Estás
cambiado.
—No lo sé. A lo mejor es el traje nuevo.
—No. Quizá has crecido o algo así. Sea lo que sea, me gusta. Creo que podrás
hacer cosas, Ed, si quieres. Y no quedarte estancado en la rutina, como yo.
—Tú no estás estancado. Creía que ibas a montar un taller propio.
—No sé, Ed. La maquinaria es muy cara. He ahorrado un poco, sí, pero cuando
pienso en lo que me cuesta... Si tuviera el suficiente sentido común para no
emborracharme, ahorraría más, pero no lo tengo. Ya he cumplido los cuarenta y
sólo tengo ahorrado la mitad de lo que necesito. A este ritmo, ya seré viejo cuando
pueda empezar a montarlo.
Rió un poco, amargamente, y continuó:
—A veces me apetece buscar una de esas casas de apuestas a lo grande
donde no hay límite, y jugarme todo lo que tengo en el banco al blackjack. Al final
habría ganado o perdido; tendría lo suficiente o no tendría nada. Y nada no sería
mucho peor que la mitad de lo que necesito. Y quizá mejor.
—¿Cómo va a ser mejor?
—Entonces dejaría de preocuparme. Cada vez que me gastara veinticinco
centavos en un whisky o diez centavos en una cerveza, no me dolería tanto. No
me preocupa ir al infierno, Ed, pero me duele gastarme el dinero del billete.
Seguimos andando en silencio un rato y luego dijo:
—Es culpa mía, Ed. En realidad no tengo fuerza suficiente. Se puede conseguir
casi cualquier cosa si se quiere con la suficiente intensidad, si se renuncia a otras
cosas. Con lo que gano, y viviendo solo, podría ahorrar treinta dólares a la
semana, fácilmente. Podría haber recogido el dinero hace años. Pero también
quería divertirme. Bueno, pues ya me he divertido, ¿de qué me quejo entonces?
Casi habíamos llegado al ferrocarril elevado y dijo:
—Bueno, aquí doy media vuelta.
Nos detuvimos y yo le sugerí:
—Pasa por casa una tarde, Bunny, o tu próxima noche libre. Mamá..., mamá no
tiene muchos amigos y se alegrará de verte.
—Descuida, Ed. Gracias. Oye, ¿y si nos tomamos una copa en el bar de
enfrente?
Lo pensé un momento y luego dije:
—Bueno.
En realidad no quería tomar nada, pero noté que no sé por qué quería que
tomara una copa con él. Había algo en el modo de decirlo.
Nos tomamos una copa, sólo una, y nos separamos enfrente del bar. Yo crucé
debajo del ferrocarril y me dirigí a la calle Clark.
Empecé a preguntarme si mamá y Gardie estarían en casa o no; cuando llegué
a Franklin me fui hacia el norte y atajé por el callejón de detrás de nuestra casa. Al
entrar al callejón vi las ventanas de nuestra cocina, y la luz estaba encendida.
No sabía si era la policía que aún estaba registrando, o mamá que había vuelto
a casa, así que me quedé allí mirando hasta que vi a mamá pasar por delante de
la ventana. Aún iba vestida, por lo cual supuse que no hacía mucho que estaba en
casa. También vi a Gardie. Mamá iba y venía desde la cocina, así que deduje que
acababan de llegar e iban a comer algo antes de acostarse.
No quise subir. Bassett le debía de haber dicho a mamá que yo iba a pasar la
noche con tío Am y no estaría preocupada por mí. Quizá se preocuparía si supiera
que aún andaba por ahí.
Salí del callejón y fui a parar a la calle Clark. Estaba amaneciendo y el cielo
aclaraba por momentos.
En el Wacker le pregunté al recepcionista si habían dejado una llave para mí.
No la habían dejado; por lo tanto, tío Am debía de haber vuelto.
Bassett estaba con él. Habían apartado el escritorio de la pared para poder
sentarse uno a cada lado y estaban jugando a las cartas. Encima de la mesa
había una botella. Bassett tenía los ojos brillantes.
—¿Te encuentras mejor con el estómago lleno, chico? —me preguntó el tío Am.
Me di cuenta de que me estaba advirtiendo de que no le había dicho a Bassett
la verdad sobre adónde habla ido yo, y de que lo del número de teléfono era
todavía un secreto.
—Me he comido tres desayunos. Ahora ya tengo bastante para todo el día.
—Gin rummy. A centavo el punto. Así que estáte calladito —dijo mi tío.
Me senté en el borde de la cama y los miré jugar. Tío Am ganaba; le pasaba
treinta puntos y dos casillas. Miré el papel donde apuntaban los tantos y vi que era
la tercera partida; tío Am había ganado las dos primeras, pero Bassett ganó
aquella mano.
Bebió un buen trago de la botella y se volvió a mirarme mientras mi tío repartía
las cartas de la siguiente mano. Tenía ojos de lechuza y dijo:
—Ed, esa hermana tuya, alguien debería...
—Recoge tus cartas, Frank —le interrumpió mi tío—. Terminemos la partida
cuanto antes. Ya pondré yo a Ed al corriente después.
Bassett cogió sus cartas. Se le cayó una y yo se la recogí. Por fin se las arregló
y se tomó otro trago de la botella. Era de litro y casi estaba vacía.
Bassett ganó aquella mano también. Pero tío Am hizo gin en la siguiente y
ganó.
—Ya basta —dijo Bassett—. Súmalo todo. Estoy cansado.
Hizo ademán de sacar la cartera.
—Déjalo. Son unos diez dólares por las tres partidas; añádelos a la cuenta de
gastos. Mira, Frank, voy a ir a buscar algo para comer. ¿Por qué no descansas un
poco? Ed se puede ir a casa. Cuando vuelva, si te has dormido, te despertaré.
Bassett tenía los ojos brillantes y medio cerrados. De repente estaba sintiendo
los efectos del whisky y estaba muy borracho. Se sentó en el borde de la cama
balanceándose.
Mi tío volvió a poner la mesa en su sitio. Miró a Bassett, hizo una mueca y le dio
un empujoncito en el hombro izquierdo. Bassett cayó hacia atrás y hacia un lado, y
su cabeza fue a parar a la almohada.
Tío Am le levantó los pies y se los puso encima de la cama. Le desató los
zapatos y se los quitó. También le quitó las gafas de montura de concha y el
sombrero y los dejó encima de la cómoda. Le aflojó la corbata y le desabrochó el
botón del cuello de la camisa.
Entonces Bassett abrió los ojos y dijo:
—Hijo de puta.
—Claro —dijo mi tío, en tono conciliador—. Claro, Frank.
Apagamos la luz y salimos.
Mientras bajábamos en el ascensor le conté lo de Bunny y el número de
teléfono y que tendríamos la información a partir de las doce.
Inclinó la cabeza y dijo:
—Bassett sabe que le ocultamos algo. Es un tipo listo. Es posible que vaya a
ver a Kaufman él mismo y le haga cantar.
—Tú asustaste bastante a Kaufman. Costará bastante hacerle cantar de nuevo.
Nos tiene más miedo a nosotros que a ese Harry Reynolds. —Medité un momento
y luego pregunté—: Oye, ¿qué hubiéramos hecho si hubiera sonado el
despertador antes de que abriera la boca?
—El ridículo, supongo —dijo encogiéndose de hombros—. ¿Qué te parece si
desayunamos de verdad?
—Me comería un buey.
Fuimos a Thompson’s, que está en la esquina de Clark con Chicago, y mientras
esperábamos nuestros huevos con jamón me contó lo que le había sacado a
Bassett.
Gardie había admitido haberle dado la cartera al chico Reinhart. Su explicación
coincidía bastante con lo que había sugerido el tío Am. Papá tenía otra cartera,
una vieja. Yo ya lo sabía. Lo que yo no sabía y Gardie sí era que últimamente,
cuando salía de juerga, se dejaba la cartera buena y parte del dinero en casa. La
había escondido detrás de unos libros de la estantería y se había llevado parte del
dinero en la cartera vieja.
—Supongo que empezó a hacerlo la otra vez que lo asaltaron. Le quitaron la
cartilla de la seguridad social, el carnet del sindicato y todo lo que llevaba, incluida
una buena cartera. Me imagino que supuso que si lo volvían a atracar o le
quitaban la cartera, sólo se llevarían el dinero. Supongo que es fácil que lo asalten
a uno en la calle Clark.
—Sí —dijo el tío Am—. De todos modos, Gardie lo había visto esconder la
cartera una vez y lo sabía. Así que la buscó y allí estaba, en la estantería, con
veinte dólares dentro. Se imaginó que no le iba a hacer daño a nadie
quedándoselos.
—Claro, el que se encuentra una cosa tiene derecho a quedársela. Eso no me
parece mal, ya me figuraba que lo haría, pero ¿por qué tenía que regalar la cartera
y hacerme quedar en ridículo? Bueno, dejémoslo. Fue pura casualidad que yo
viera la cartera que llevaba Reinhart. ¿ La creyó Bassett?
—Después de revisar la estantería y comprobar que había polvo detrás de los
libros y señales en el lugar en que había estado la cartera, exactamente donde
ella había dicho.
—¿Y de mamá qué?
—Me parece que se ha convencido por fin de que no ha sido ella. Incluso antes
de que me pusiera en contacto con él y le contara lo de Reynolds. Han registrado
el piso bastante a fondo. No han encontrado ninguna póliza de seguros, ni ninguna
otra cosa de interés.
—¿Qué sabía Bassett de Reynolds, si es que sabía algo?
—Había oído hablar de él. Existe, y todo lo que Kaufman nos ha dicho
concuerda con lo que sabe Bassett. Cree que hay orden de arresto contra los tres.
Harry Reynolds, el Holandés y el Torpedo. Se cerciorará, averiguará sus nombres
y revisará sus expedientes. Le parece que buscan a los tres por el asalto de un
banco de Wisconsin. Hace poco. De todos modos, ahora le interesa más ese
ángulo del asunto que importunar a Madge.
—¿Has emborrachado a Bassett a propósito?
—Un hombre es como un caballo, Ed. Puedes llevarlo hasta el whisky, pero no
puedes obligarlo a beber. No me has visto echarle el whisky por el gaznate,
¿verdad?
—No —admití yo—. Tampoco te he visto apartarlo de él.
—Tienes una mente retorcida y suspicaz. Pero es igual, ahora tenemos la
mañana libre. Dormirá hasta el mediodía, y nos adelantaremos a él en lo de la
compañía dc seguros.
—¿Por qué te preocupas por eso ahora que tenemos la pista de Reynolds?
—Chico, no sabemos por qué a Reynolds le interesaba tu padre. Presiento que
si descubrimos por qué Wally tenía un seguro tan grande y lo guardaba en
secreto, nos haremos una idea. Prefiero tener idea de qué va el asunto antes de
enfrentarme a Reynolds. Tampoco podemos hacer gran cosa hasta que
consigamos la información sobre el número de teléfono, así que no tenemos nada
que perder, como no sea sueño.
—¿Qué importa el sueño?
—De acuerdo. Tú eres joven; sobrevivirás. Yo debería tener más sentido
común, pero parece que no lo tengo. ¿Nos tomamos otro café?
Miré el reloj del establecimiento y dije:
—Falta más de una hora para que abran las oficinas. Voy a pedir el. café y
luego me cuentas más cosas de lo que papá y tú hicisteis cuando estabais juntos.
La hora pasó con bastante rapidez.
10
La Central Mutual resultó ser una filial de tamaño mediano de una compañía
con sede en St. Louis. Ello nos beneficiaba; cuanto más pequeña fuera la
compañía, más posibilidades había de que recordaran a papá.
Solicitamos hablar con el director y nos pasaron a su despacho. Tío Am se
encargó de hablar y explicó quiénes éramos.
—No, así de pronto no lo recuerdo —dijo el director—. Pero consultaré nuestros
archivos. Dicen que la póliza aún no ha aparecido. No importa, si está en el
archivo y los pagos están al corriente. —Sonrió ligeramente y con aire
despreciativo—. Aquí no estafamos a nadie. La póliza no es más que el recordatorio para el cliente de un contrato que existe y se mantendrá aunque su
copia se pierda o sea destruida.
—Lo sé —dijo mi tío—. Lo que nos interesa es averiguar si usted recuerda
alguna circunstancia de la póliza. Por ejemplo, por qué su existencia era
mantenida en secreto. Debió de dar una razón, alguna razón, al agente que le
vendió la póliza.
—Un momento —dijo el director. Salió de su despacho particular y volvió al
cabo de unos minutos—. El encargado está buscando su expediente. Lo traerá
personalmente y quizá recuerde al asegurado.
—¿Es muy usual que alguien guarde en secreto una póliza como ésa? —
preguntó mi tío.
—Es bastante raro, pero no es la primera vez. El único caso que recuerdo de
momento es el de un hombre que tenía un cierto complejo de persecución. Temía
que sus parientes lo mataran si sabían que tenía un seguro. Sin embargo,
paradójicamente, los estimaba y no quería dejarlos desamparados en caso de que
muriera. Oh, no quería decir que se tratara del mismo caso...
—Claro que no —dijo tío Am.
Un hombre alto y de pelo canoso entró en el despacho con una carpeta en la
mano.
—Aquí está el expediente de Wallace Hunter, señor Bradbury —dijo—. Sí, lo
recuerdo. Siempre venia aquí a pagar. Hay una nota en la carpeta que indica que
no se le debía enviar correspondencia.
El director cogió la carpeta y preguntó:
—¿Hablaste alguna vez con él, Henry? ¿Le preguntaste por ejemplo por qué no
se le debía enviar correspondencia?
—No, señor Bradbury —contestó el hombre a la vez que negaba con la cabeza.
—Gracias, Henry.
El hombre alto se fue.
El director empezó a hojear el expediente y dijo:
—Si. Está al corriente. Hay dos pequeños préstamos para pagar la prima. Se
deducirán del valor de la póliza, pero no ascienden a mucho. —Volvió otro par de
páginas y continuó—: La póliza no se contrató en esta oficina. La mandaron desde
Gary, Indiana.
—¿Tendrán otro expedíente allí?
—No. No hay nada más que un duplicado de éste en la oficina principal de St.
Louis. La póliza nos fue transferida desde Gary cuando el señor Hunter vino a Vivir
a Chicago. Por las fechas veo que fue sólo unas semanas después de que la
póliza se contratara.
—¿Aparece en la póliza algún detalle que no figure en el expediente? —
preguntó tío Am.
—No. La póliza es un impreso en el que se incluyen el nombre, la cantidad y la
fecha. Dentro va pegada una fotocopia de la solicitud, pero el original de esa
solicitud está aquí, en el expediente. La pueden ver si gustan.
Le pasó al tío Am el expediente, abierto en un impreso rellenado a bolígrafo y a
pluma, y yo me acerqué por detrás de la silla de mi tío para verla por encima de su
hombro. Recordé mentalmente la fecha de la solicitud y la firma del agente que se
la vendió: Paul B. Anderz.
—¿Sabe usted si este agente, Anderz, aún trabaja en la oficina de Gary? —
preguntó el tío Am.
—No, no lo sé. Podemos escribirles y averiguarlo.
—No importa. Gracias de todos modos. Querrá una copia del certificado de
defunción, por supuesto
—Sí. Antes de extenderle el cheque al beneficiario. La madre de este joven,
supongo.
—Su madrastra —Tío Am le devolvió la carpeta —se levantó—. Muchas
gracias. Oh, a propósito, ¿los pagos eran trimestrales?
El director volvió a hojear el expediente y dijo:
—Sí, a partir del primer pago. Pagó una prima de un año por adelantado con la
solicitud inicial.
El tío Am le dio las gracias otra vez y nos marchamos.
—¿Gary? —preguntó.
—Sí. Podemos ir en el ferrocarril elevado, ¿verdad?
—Sí. En menos de una hora, me parece.
—Me detuve a pensar un momento y añadí—: Dios mío, a menos de una hora
del Loop y no he vuelto por allí desde que nos marchamos.
—¿Han ido alguna vez Wally o Madge? ¿De visita o algo así?
Lo pensé y luego agité la cabeza.
—No que yo recuerde. Me parece que ninguno de nosotros ha vuelto. Claro que
yo tenía sólo trece años cuando vinimos aquí, pero me acordaría.
—Dime... No, espera hasta que estemos en el tren.
No abrí la boca hasta que nos hubimos sentado en el Gary Express. Entonces
él dijo:
—Bueno, chico, adelante. Relájate y cuéntame todo lo que recuerdes de Gary.
—Iba a la escuela de la calle Doce. Gardie también. Yo estaba en octavo y ella
en cuarto. Cuando nos marchamos, quiero decir. Vivíamos en una casita de
madera de la calle Holman, a tres manzanas de la escuela. La escuela tenía una
banda y yo quería entrar en ella. Prestaban instrumentos y yo elegí un trombón.
Ya había llegado a aprender a tocar cosas fáciles, pero mamá no lo aguantaba. Lo
llamaba «esa maldita bocina», y yo tenía que ir a la leñera a tocarlo. Cuando
vinimos a Chicago vivíamos en un piso y no hubiera podido practicar aunque a
mamá le hubiera gustado, así que...
—Olvídate del trombón y vuelve a Gary —me interrumpió el tío Am.
—Durante un tiempo teníamos coche, y durante un tiempo no. Papá trabajó en
dos o tres imprentas distintas. Una temporada no trabajó porque tenía artritis en
los brazos y nos endeudamos mucho. Me parece que nunca llegamos a pagar
todas las deudas. Me da la impresión de que nos marchamos tan de repente
porque no podíamos pagar algunas de las deudas que teníamos.
—¿Os marchasteis de repente?
—A mí me parece que sí. Quiero decir que no recuerdo que se hablara de ello.
De pronto el camión llegó y se llevó los muebles, y papá tenía trabajo en Chicago
y teníamos que marcharnos inmediatamente... Espera un momento...
—Con calma, chico. Me parece que estamos llegando a algún sitio. ¡Dios mío,
Ed, qué tonto he sido!
—¿Tú? ¿Por qué?
—Se me había pasado por alto mi mejor testigo porque lo tenía demasiado
cerca para verlo —dijo riendo—. Olvídalo. Volvamos a Gary.
—Ahora me acuerdo. Fue algo extraño entonces, pero se me había olvidado
completamente hasta que he empezado a hablar del traslado. Yo no sabia que
veníamos a Chicago hasta que llegamos aquí. Papá dijo que íbamos a Joliet; es
un sitio que está a unos cuarenta kilómetros de Gary, igual que Chicago, pero al
oeste en vez de al norte. Y me acuerdo que les dije a todos mis amigos que
íbamos a Joliet, y luego resultó que era a Chicago. Papá dijo que le habían
ofrecido un buen trabajo en Chicago y que había decidido no aceptar el de Joliet.
Me acuerdo que me pareció algo extraño, incluso entonces.
El tío Am tenía los ojos cerrados pero dijo:
—Continúa, chico. Escarba todo lo que puedas. Lo estás haciendo muy bien.
—Cuando llegamos a Chicago, nos instalamos exactamente en el mismo sitio
en que vivimos ahora. Pero papá no podía decir la verdad sobre el trabajo de
Chicago, porque las primeras semanas que pasamos en Chi él estaba casi
siempre en casa. No siempre, pero lo suficiente para deducir que no trabajaba.
Luego empezó a trabajar en la Elwood Press.
—Vuelve a Gary, chico. Siempre vas a parar a Chicago.
—Bueno, allí es donde fuimos a parar. ¿Qué quieres? ¿Que te cuente cuando
Gardie tuvo las paperas, o qué?
—Supongo que podemos dejar eso de lado. Pero sigue intentándolo. Escarba
más.
—Recuerdo vagamente algo de un tribunal. No me acuerdo cuál.
—¿Algún acreedor os puso pleito?
—Podría ser. No me acuerdo. Me parece que papá no trabajaba durante la
última semana o dos que pasamos en Gary. Pero no me acuerdo de si había
perdido el trabajo, lo habían despedido o qué. Oye, ésa fue la semana que nos
llevó a todos al circo.
—Y os sentasteis en un palco reservado.
—Sí. ¿Cómo lo sabes?
—¿No te das cuenta de lo que me has estado contando, chico? Utiliza lo que
hemos averiguado esta mañana en la compañía de seguros como una pieza de
rompecabezas, utiliza las otras cosas que acabas de contarme como piezas
también, y ¿qué te sale?
—Huimos de Gary. Nos fuimos de repente y sin decirle a nadie adónde íbamos.
Incluso dejamos una písta falsa. Pero era porque teníamos tantas deudas, ¿no?
—Chico, te apuesto un dólar. Intenta recordar a qué tiendas ibais cuando vivíais
allí. Al menos el colmado. Recórrelas hoy y pregunta. Te apuesto un dólar a que
Wally pagó en efectivo todo lo que debía antes de marcharse.
—¿Cómo iba a pagar si no tenía trabajo? La mayor parte del tiempo no
teníamos un céntimo. Y... ¡ Oh!
—¿Empiezas a darte cuenta, Ed?
—La póliza de seguros —dije—. Fue entonces cuando la contrató. Y pagó la
prima de un año en efectivo. De cinco mil, serían más de cien dólares. Y
necesitaría dinero para pagar el traslado, y el alquiler del piso nuevo.
—Y —añadió mi tío— vivir varias semanas sin trabajar en Gary y varias más
antes de empezar a trabajar en Chicago. Y llevaros a toda la troupe al circo. Ahora
que ya estás sobre la pista, ¿qué más se te ocurre?
—A Gardie y a mí nos compraron ropa nueva para empezar a estudiar en
Chicago. Te has ganado el dólar, tío Am. Le cayó algo del cielo y debió de ser al
menos tres semanas antes de marcharnos de Gary. Y tienes razón en lo de que
debió de pagar las deudas con ello... Tenían que ser al menos..., pues quinientos
dólares, quizás incluso mil.
—Yo diría que mil. Seguro que Wally pagó las deudas; tenía ciertas manías
respecto a eso. Bueno, chico, ya estamos llegando a Gary. A ver lo que
averiguamos.
Nos hicimos con una guía telefónica en la misma estación. Primero buscamos
el número de la Central Mutual y tío Am entró en una cabina telefónica.
Salió decepcionado.
—Anderz ya no trabaja allí. Se marchó hace unos tres años. Lo último que
saben de él es que estaba en Springfield, Illinois.
—Eso está bastante lejos. Doscientos cuarenta kilómetros. Pero a lo mejor tiene
el teléfono a su nombre. Es un nombre bastante raro; podríamos probar.
—No creo que valga la pena, chico. Cuanto más pienso en ello, menos
importante me parece. Quiero decir que no creo que Wally le contara nada. No le
iba a contar de dónde había sacado el dinero. Debió de darle alguna razón para
no querer que le mandaran correspondencia a casa, pero me apuesto lo que
quieras a que no le dio la verdadera razón. Me parece que tenemos una pista
mejor.
—¿Cuál?
—Tú, Ed. Quiero que sigas pensando. ¿Te acuerdas de cómo se va a donde
vivíais antes?
Asentí con, la cabeza.
—El tranvia del East End. Se coge a una manzana de aquí.
Lo tomamos y yo recordé la esquina donde había que bajar. Casi todo estaba
igual. En la esquina estaba la misma tienda, y en la manzana y media que tuvimos
que recorrer desde la parada los edificios apenas hablan cambiado.
La casa estaba al otro lado de la calle. Era más pequeña de lo que yo la
recordaba, Y necesitaba urgentemente una mano de pintura. No la debían de
haber pintado desde que nosotros vivíamos en ella.
—La valla es diferente. Antes había una más alta.
—Vuelve a mirarla, chico —dijo tío Am riendo.
Sí que era la misma. Me resultó extraño darme cuenta de que yo recordaba que
llegaba a la altura del pecho. No era la valla lo que había cambiado; era yo.
Cruzamos la calle.
Apoyé la mano en la valla y un enorme perro policía se acercó corriendo por un
lado de la casa. No ladraba, iba en serio. Aparté la mano y el perro no saltó la
valía. Se detuvo gruñendo.
—Parece que ya no soy bien recibido aquí.
Seguimos andando despacio; el perro nos seguía desde el otro lado de la valla.
Yo continué mirando la casa. Estaba estropeada. El porche se estaba hundiendo,
los peldaños de madera estaban inclinados y uno se había roto.
El jardín estaba lleno de porquería.
Seguimos andando. El colmado de la esquina aún tenía el mismo nombre
escrito en la ventana.
—¿Por qué no entramos? —sugerí.
El hombre que salió a atendernos me resultó familiar, pero me asaltó la misma
extraña sensación. Era un hombre bajito y yo lo recordaba alto. Aparte de eso lo
reconocí fácilmente.
Pedí un paquete de cigarrillos y dije:
—¿Se acuerda de mi, señor Hagendorf? Antes vivía en esta manzana.
Me miró de cerca y unos segundos después dijo:
—No serás el chico de los Hunter, ¿verdad?
—Sí. Ed Hunter.
—¡Qué sorpresa! —exclamó extendiendo la mano—. ¿Vuelves al barrio?
—No, pero mi tío va a vivir cerca de aquí. Le presento a mi tío: señor
Hagendorf, Ambrose Hunter. Va a vivir cerca de aquí y he querido venir a
presentárselo.
Tío Am le dio la mano al tendero y dijo:
—Sí. Ed me ha indicado que debo hacer las compras aquí. He pensado que
podría abrir una cuenta.
—No vendemos a crédito, pero supongo que con usted podemos hacer una
excepción.
—Me dirigió una mueca y añadió—: Tu padre llegó a acumular una buena
deuda algunas veces, pero me lo pagó todo antes de marcharse.
—Le debíamos mucho, ¿verdad?
—Más que ninguna vez. Algo más de cien dólares; no recuerdo exactamente.
Pero me lo pagó todo. ¿Cómo van las cosas en Joliet?
—Bastante bien —le contesté—. Bueno, hasta pronto, señor Hagendorf.
Salimos de la tienda y dije:
—No se te escapa nada, ¿eh, tío Am? ¿Eres el séptimo hijo de un séptimo hijo?
Ah, y gracias por captar por dónde iban los tiros. He pensado que si no lo
preguntábamos directamente...
—Claro. Bueno, ¿qué más?
—Vete a la parada del tranvía y espérame.
Di un par de vueltas a la manzana, solo. Cuando pasaba por nuestra casa me
quedaba en la acera de enfrente para que el perro no me distrajera siguiéndome
desde el otro lado de la valla. Me detuve y me apoyé en un árbol. Desde allí se
divisaba la casa y se veían las ventanas de la habitación del piso de arriba donde
yo dormía, así como las ventanas del comedor.
Me entraron ganas de llorar, pero me tragué el nudo que se me había hecho en
la garganta y me concentré en intentar recordar cosas. Intenté ceñirme al último
mes que pasamos allí.
Durante una de esas últimas semanas, recordé, papá no trabajaba,
exactamente; sin embargo, no estaba en casa. Estuvo unos días ausente día y
noche, haciendo algo. Pero no fuera de la ciudad, ¿o sí? No.
Lo recordé y me pregunté cómo no se me había ocurrido hasta entonces. Quizá
la razón era que, no sé por qué, nunca se había vuelto a hablar de ello. Me
parecía que papá se había esforzado por no volver a mencionarlo, ahora que me
acordaba.
Fui adonde tío Am me estaba esperando. Se acercaba un tranvía. Le hice una
señal y subimos a él.
Mientras nos dirigíamos al centro de la ciudad le dije:
—Jurado. Papá tuvo que hacer de jurado poco antes de marcharnos.
—¿En qué tipo de caso?
—No lo sé. Nunca hablaba de ello. Podemos consultar los archivos de algún
periódico para ver qué ocurrió por aquel entonces. Supongo que por eso yo lo
había olvidado: nunca hablaba de ello. Miró el reloj.
—Llegaremos al centro a mediodía. Primero puedes llamar a Bunny Wilson
para lo del número de teléfono.
Nos hicimos con cambio abundante para que pudiera echar muchas monedas si
era necesario, y llamé a Bunny. Hice la llamada desde el vestíbulo de un hotel
tranquilo y dejé la puerta de la cabina abierta para que tío Am oyera también.
—Lo tengo —dijo Bunny—. Está a nombre de Raymond, apartamento cuarenta
y tres, edificio Milan Towers. Es un hotel de la calle Ontario, entre el bulevar
Michigan y el Lake.
—Me parece que sé dónde es. Muchísimas gracias, Bunny.
—De nada, Ed. Ojalá pudiera ayudaros más. Si puedo hacer algo, lo que sea,
dímelo. Pediré una noche libre en el trabajo si me necesitas. ¿Cómo os van las
cosas? Oye, cuando me ha avisado la señora Horth ha dicho que era conferencia.
¿Desde dónde llamas?
—Desde Garay. Hemos venido a ver a un individuo llamado Anderz, que le
vendió a papá esa póliza de seguros.
—¿Qué póliza?
Se me había olvidado que no le había contado lo de la póliza. Se lo conté y dijo:
—¡Mira por dónde! Bueno, supongo que es una buena noticia para Madge. Me
preocupaba cómo se las iba a arreglar. Eso la ayudará mucho a empezar por su
cuenta. ¿Habéis visto al hombre ese?
—No. Se fue a Springfield. Y no vamos a seguirlo. Probablemente no
averiguaríamos nada de todas formas. Vamos a volver a Chicago. Bueno, gracias
otra vez y adiós.
En la sede del Gary Times nos enseñaron el volumen que incluía la fecha que
buscábamos.
No nos costó nada encontrarlo. Estaba en la primera página. Era la semana del
juicio de Steve Reynolds por asalto a un banco. El juicio duró tres días y terminó
con el veredicto de culpabilidad. Le echaron cadena perpetua. Un tal Harry
Reynolds, hermano suyo, había sido testigo para la defensa y habla intentado
proporcionarle una coartada. Evidentemente la coartada fue desechada, pero, por
alguna razón que no se mencionaba en el periódico, no hubo juicio por perjurio.
El abogado defensor fue Schweinberg, un famoso criminalista que según
recordé había sido expulsado del colegio de abogados hacía un año.
Con las crónicas diarias del juicio había también fotografías. Una de Steve
Reynolds y otra de Harry. Las estudié bien hasta asegurarme de que los
recordaba, especialmente a Harry.
Terminamos y devolvimos el tomo encuadernado. Dimos las gracias y nos
marchamos.
—Me parece que ya podemos volver a Chicago —dijo el tío Am—. No
conocemos los detalles, pero ya tenemos bastante. El resto nos lo podemos
imaginar casi todo.
—¿Y qué es lo que no nos podemos imaginar?
—Por qué pudo esperar tres semanas después del juicio para largarse. Mira,
esto es lo que yo supongo. A WaIly le toca estar en el jurado de Reynolds. Este
Scheweinberg fue expulsado por sobornar a los jurados, eso es lo que hacía. De
algún modo llegó hasta Wally y le dio mil dólares, más o menos, para que votara
en favor de la inocencia. Sólo podía aspirar a dividir al jurado y conseguir un juicio
nulo basándose en las pruebas.
»Wally lo aceptó y... lo traicionó. Wally era capaz de hacerlo. Debió de hacerlo.
Sacó mil dólares de alguna parte. Inmediatamente después del juicio se gasta una
parte en una póliza de seguros..., de la envergadura suficiente para que Madge no
tuviera que preocuparse del dinero hasta que vosotros hubierais terminado el
colegio. Luego se largó de Gary y camufló sus huellas para que no pudieran
seguirlo. No sé por qué esperó tres semanas; algo debía de protegerlo durante todo ese tiempo. Quizá tuvieran encerrado a Harry Reynolds durante unos días
mientras intentaban acusarlo de perjurio o de complicidad, y luego lo soltaron. Y
con Harry suelto, Wally sabía que lo buscaría.
—¿Supones que mamá lo sabia?
Se encogió de hombros.
—Supongo que sabría algo, pero no mucho. Sabemos que no le dijo nada de la
póliza de seguros que había contratado. Quizá no sabía nada. Le podía decir que
le había tocado la lotería para justificar el dinero extra. Quizá le dejó pensar que os
ibais de Gary para escapar de las deudas que había pagado sin que ella lo
supiera.
—No tiene sentido, ¿verdad? —dije yo—. Es lo suficientemente honrado para
pagar unas deudas que podía haber dejado sin pagar, ya que se marchaba de
todas formas, pero acepta el soborno de unos gángsters.
—Hay una diferencia, chico. Wally consideraría que no está mal engañar a un
ladrón. Caray, yo no sé si tenía o no razón en eso y no me importa. Hacia falta
tener buenas agallas para aceptar dinero por una cosa así y luego no cumplir lo
convenido.
Mientras íbamos camino de Chicago casi no hablamos.
En el Loop transbordamos a un Howard Express y nos apeamos en Grand.
—Más vale que me vaya a casa, me bañe y me ponga ropa limpia. Estoy
pegajoso —dije.
Tío Am asintió con la cabeza y dijo:
—Mira, chico, no podemos seguir toda la vida sin dormir. Vas y te echas una
siesta además. Ya son casi las dos. Duermes un rato y te pasas por el hotel a eso
de las siete o las ocho. Le echaremos un vistazo al Milan Towers esta noche, pero
no debemos estar atontados cuando lo hagamos.
Cuando llegamos a casa, yo subí y tío Am siguió camino hasta el Wacker.
La puerta estaba cerrada con llave y tuve que abrirla. En cierto modo me
alegraba de que no hubiera nadie en casa. Al cabo de veinte minutos ya me había
dado un baño y estaba en la cama. Puse el despertador a las siete.
Cuando sonó y me despertó, oí voces en la sala de estar. Me puse el resto de
la ropa y salí. Eran mamá y Gardie, y Bunny estaba con ellas. Acababan de cenar
y mamá dijo:
—¡Hola, extraño!
También me preguntó si quería cenar, y yo le contesté que iba a buscarme una
taza y tomaría café.
Volví con la taza y me acerqué una silla. No podía evitar mirar a mamá. Había
ido a un salón de belleza y estaba muy cambiada. Llevaba un vestido negro,
nuevo, pero la favorecía mucho. Iba un poco maquillada, no demasiado.
«Dios mío —pensé—, está muy guapa cuando va arreglada.»
Gardie tampoco estaba mal, pero me puso mala cara cuando me miró. Me dio
la impresión de que me guardaba rencor por el asunto de la cartera y mi pequeña
pelea con Bobby Reinhart.
—Hablaban de ir a Florida, Ed —dijo Bunny—, en cuanto cobren el dinero del
seguro. Yo les digo que deben quedarse aquí, donde tienen amigos.
—¿Amigos? ¡Tonterías! ¿Quién más, aparte de ti? Ed, me han dicho que has
estado en Gary esta mañana. Has visto nuestra antigua casa —comentó mamá.
—Sólo desde fuera —contesté.
—Desde luego, era una pocilga. Este piso está bastante mal, pero lo de Gary
era una pocilga.
Yo no dije nada.
Me puse azúcar y leche en el café que mamá acababa de servirme. No estaba
muy caliente, así que me lo bebí de un trago y dije:
—He quedado con tío Am. Me tengo que marchar.
—Vaya, Ed, contábamos contigo para jugar a las cartas —dijo Bunny—.
Cuando nos hemos dado cuenta de que estabas en casa, Madge ha mirado tu
despertador y ha visto que te ibas a levantar a las siete. Pensábamos que te ibas
a quedar.
—Quizá pueda volver con el tío Am. Ya veremos.
Me levanté y Gardie preguntó:
—¿Qué vas a hacer, Eddie? No quiero decir ahora, sino en general. ¿Vas a
volver al trabajo?
—Claro que voy a volver al trabajo. ¿Por qué no?
—Pensaba que a lo mejor querrías venir a Florida con nosotras, eso es todo.
Así que no quieres, ¿eh?
—Supongo que no.
—El dinero es de mamá. No sé si lo sabes, pero la póliza la nombraba a ella
beneficiaria, de modo que es suyo.
—¡Gardie! —exclamó mamá.
—Ya lo sé. No quiero nada de dinero.
—Gardie no debería haberlo expresado de ese modo, Ed. Lo que quiere decir
es que tú tienes trabajo, y yo tengo que seguir pagando el colegio hasta que
termine y...
—Es igual, mamá —le dije—. De verdad, ni se me había ocurrido aspirar a una
parte del dinero. Yo estoy bien como estoy. Bueno, adiós. Adiós, Bunny.
—Espera un momento, Ed —me gritó Bunny, y me alcanzó en el pasillo, ya
junto a la puerta. Sacó un billete de cinco dólares y dijo—: Trae a tu tío, Ed. Me
gustaría conocerlo. Y trae unas cervezas también. Toma el dinero.
No cogí el dinero y repliqué:
—En serio, Bunny, no puedo. Me gustaría que lo conocieras, pero otra vez será.
Esta noche tenemos que resolver un asunto. Estamos..., bueno, ya sabes lo que
estamos haciendo.
Sacudió la cabeza lentamente y dijo:
—No vas a sacar nada. Déjalo.
—Quizá tengas razón, Bunny. Pero ahora que ya hemos empezado, vamos a
seguir hasta el final. Es un poco tonto supongo, pero así es.
—¿Y si dejarais que yo os ayudara?
—Ya nos has ayudado. Nos has ayudado mucho al conseguir esa información.
Si sale algo más ya te lo diré. Muchas gracias, Bunny.
En el hotel, encontré a tío Am afeitándose con una maquinilla eléctrica
enchufada junto al espejo de la cómoda.
—¿Has dormido? —preguntó.
—Sí, mucho. —Le miré la cara en el espejo. Estaba algo hinchada y tenía los
ojos enrojecidos. Le pregunté—: Tú no, ¿verdad?
—Cuando empezaba a dormirme, vino Bassett y me despertó. Nos fuimos a
tomar una copa y nos sonsacamos el uno al otro.
—¿Del todo?
—No lo sé. Me parece que aún se guarda algo, pero no sé qué. De hecho no
me sorprendería, Ed, que nos estuviera engañando, pero no logro descubrir en
qué.
—¿Y cómo le ha ido a él contigo?
—Bastante bien. Le he contado lo de Gary, el juicio, el dinero extra que tenía
Wally... Se lo he contado todo menos la dirección del Milan Towers y el número de
teléfono. Tengo la corazonada de que él se está guardando algo más importante
que esto.
—¿Como por ejemplo?
—Ojalá lo supiera, chico. ¿Has visto a Madge?
—Se va a Florida. Gardie y ella, las dos. En cuanto cobren el seguro.
—Que tengan suerte. Caerá de pie, chico. Ese dinero no le durará más de un
año. Pero entonces ya tendrá otro marido. Aún tiene buen tipo y, si no recuerdo
mal, era seis o siete años más joven que Wally.
—Treinta y seis, me parece.
—Bassett y yo nos tomamos unas copas y cuando me deshice de él ya no me
quedaba tiempo para dormir antes de que llegaras, así que me fui a inspeccionar
el Milan Towers. Ya tenemos algo ganado.
Se sentó en la cama y se recostó..
—En el apartamento cuarenta y tres vive una chica sola —dijo—. Se llama
Claire Raymond. Un plato muy suculento, según el camarero. El marido no está. Al
camarero le parece que están separados. Incluso piensa que la ha abandonado;
pero el alquiler está pagado hasta fin de mes, así que está viviendo sola y allí, al
menos hasta esa fecha.
—¿Has averiguado si...?
—Sí. Raymond es Reynolds. Concuerda con la descripción por lo menos. Y
había estado en el bar con un par de amigos que podrían ser el Holandés y
Benny.
—¿Benny?
—El Torpedo. Bassett me dijo cómo se llamaba. Había consultado el
expediente de la policía y me dio algo de información. Benny Rosso. El Holandés
se apellida Reagan. No han aparecido por el Milan en una semana. Es decir,
desde un día o dos antes de la muerte de Wally.
—Supongo que eso quiere decir algo.
—No lo sé —dijo después de bostezar. Tendremos que preguntárselo. Bueno,
supongo que debemos irnos.
—Descansa. Tengo que salir al pasillo.
—Bueno, no te caigas por el agujero.
Salí y cuando volví dormía como un lirón.
Me quedé pensando un momento. Había hecho nueve décimos del trabajo él
solo; yo no había hecho más que seguirle los pasos. ¿Es que no iba a tener el
seso y la fortaleza suficiente para hacer algo por mí mismo una vez?
Especialmente cuando él necesitaba dormir y yo no.
Respiré hondo y solté el aire lentamente. «Allá voy», me dije a mí mismo, y apagué la luz.
Me marché sin despertarlo y me encaminé al Milan Towers.
11
Aflojé el paso porque se me ocurrió que no sabía lo que iba a hacer. Aún era
pronto y tenía hambre, así que me detuve a cenar. Cuando hube terminado
todavía no tenía idea.
Pero me fui al Milan Towers.
Había en la esquina del edificio una cafetería que se comunicaba con el
vestíbulo. Entré y me senté en la barra. Era lujosísima. Iba a pedir una cerveza,
pero hubiera hecho el ridículo pidiendo una cerveza en un sitio como aquél.
Me eché el sombrero ligeramente hacia atrás y adopté aires de suficiencia.
—Whisky de centeno —le dije al camarero. Me acordé de que George Raft,
cuando hacia de Ned Beaumont en la película La llave de cristal, siempre pedía
whisky de centeno. Intenté emular a George Raft.
El camarero hizo girar hábilmente el vaso en la barra y lo llenó con una botella
de Old Overholt.
—¿Agua? —preguntó.
—Sí.
Me devolvió treinta y cinco centavos del billete de dólar que había dejado en la
barra.
«No tengo que correr a beberlo», pensé. Sin volverme, estudié el local a través
del espejo que había detrás de la barra. «¿Por qué tienen espejos todos los
bares?», me pregunté. Lo lógico es que cuando alguien se emborracha no le
apetezca en absoluto verse en un espejo. Al menos la gente que bebe para
escapar de sí misma.
Por el espejo alcanzaba a ver lo que había al otro lado de la puerta que
comunicaba con el hotel. Distinguí un reloj. Las agujas se veían al revés en el
espejo y tardé un poco en descifrar que eran las nueve y cuarto.
«A las nueve y media —pensé— haré algo. No sé qué, pero empezaré.
»El primer paso consistirá en entrar en el vestíbulo y llamar arriba. Pero ¿qué
voy a decir?»
Entonces me arrepentí de no haber despertado a tío Am o haberlo esperado.
Quizá no haría más que embarullar las cosas. Como cuando le di el puñetazo a
Reinhart.
Volví a recorrer el local con la vista, a través del espejo. En el otro extremo de la
barra habla un hombre solo. Parecía un próspero hombre de negocios. Me
pregunté si lo sería de verdad. Igual podía ser un gángster. Y el italiano bajito y
moreno que estaba sentado en el reservado podía ser un comisionista, aunque
parecía un torpedo. Incluso podía ser Benny Rosso. Podía preguntárselo, pero si
lo era y él iba armado y yo no... Quizá lo era y no me lo quería decir.
Me tomé un sorbo del whisky de centeno y no me gustó, así que me lo bebí
todo de un trago para terminarlo cuanto antes, e inmediatamente apuré el agua
para evitar profanar aquella elegante y reluciente barra explotando encima. Confié
en que nadie se hubiera dado cuenta de mi falta de dignidad representada por el
rápido recurso al agua.
Miré el reloj que se veía al revés en el espejo y me pareció que marcaba las
tres y treinta y uno, así que calculé que serian las nueve y veintinueve.
El camarero iba a volver a pasar por donde estaba yo, pero sacudí la cabeza.
Me pregunté si me habría visto casi ahogarme al beber. Me sentía ridículo; sin
embargo me quedé allí sentado un minuto más y luego me levanté y me dirigí a la
puerta del vestíbulo. Tenía la sensación de que me colgaba el faldón de la camisa
y todo el mundo me miraba.
Seguro que tartamudearía cuando hablara por teléfono y lo fastidiaría todo.
Me salvó la máquina de los discos. Estaba entre la barra y la puerta, contra la
columna cuadrada que se levantaba en el centro de la habitación. Resultaba
vistosa, brillante y llamativa, incluso en aquella sala tan elegante. Me detuve a
mirar qué canciones tenía y saqué una moneda del bolsillo.
Elegí una de Benny Goodman e introduje la moneda por la ranura. Me quedé
mirando cómo la máquina sacaba el disco del montón y colocaba la aguja.
Cuando empezó a tocar cerré los ojos y permanecí allí de pie absorbiendo la
introducción sin mover un músculo, pero abandonando todo el cuerpo a la música.
Luego volví a abrir los ojos y salí al vestíbulo, montado en el agudo gemido del
clarinete, borracho como una cuba. Pero no a causa del whisky de centeno.
Me encontraba estupendamente. No me sentía infantil, no me sentía ridículo, y
el faldón de la camisa ya no me colgaba. Podía responder debidamente en
cualquier situación que tuviera probabilidad de presentárseme y en la mayoría de
las que fueran improbables.
Entré en la cabina de teléfonos y marqué W-E-N-3-8-4-2. Oí sonar el timbre, el
chasquido del auricular y una voz de chica. Era la misma voz que me había
gustado la noche anterior.
—Soy Ed, Claire.
—¿Qué Ed?
—No me conoces, pero estoy llamando desde el vestíbulo de tu casa. ¿Estás
sola?
—Sí. ¿Quién eres?
—¿Te dice algo el nombre de Hunter?
—¿Hunter? No.
—¿Y el nombre de Reynolds?
—¿Quién eres?
—Me gustaría explicártelo. ¿ Puedo subir? ¿O prefieres que nos encontremos
en el bar y tomemos una copa?
—¿Eres amigo de Harry?
—No.
—No te conozco. No veo por qué tengo que encontrarme contigo.
—Es el único modo de que me conozcas.
—¿Conoces a Harry?
—Soy un enemigo de Harry.
—Oh.
Esto la desorientó un momento.
—Voy a subir —dije yo—. Abre la puerta pero no quites la cadena. Si no te
parezco el hombre lobo, o cualquier otra clase de lobo, a lo mejor quitas la
cadena.
Colgué antes de que me dijera que no. Pensé que le había despertado la
curiosidad lo suficiente para que me dejara entrar.
No quería dejarle tiempo para que recapacitara ni para que llamara por teléfono.
No esperé el ascensor; subí a pie los tres pisos.
No había llamado a nadie porque estaba en la entrada esperando. Había
dejado puesta la cadena y tenía la puerta abierta diez centímetros. Ella estaba
detrás, mirando hacia afuera. De ese modo podría verme recorrer el pasillo y
hacerse una idea mejor que si abría después de que llamara yo.
Era joven y era una maravilla. Me di cuenta incluso a través de los diez
centímetros de puerta abierta. Era el tipo de chica que obliga a silbar dos veces.
Conseguí recorrer el pasillo sin tropezar en la moqueta.
Mantuvo la indiferencia de su mirada, pero quitó la cadena cuando llegué. Abrió
la puerta y entré. No había nadie esperando detrás de la puerta con un saco de
arena, así que pasé a la sala de estar. Era una habitación bonita, pero me
recordaba un decorado de película. Había un hogar con morillos de bronce y una
percha para colgar un atizador y una pala refinados y relucientes, pero nunca se
había encendido fuego en aquel hogar. Enfrente había un sofá que parecía
cómodo. También había lámparas y cortinas y toda clase de cosas; no puedo
describirla, pero era una habitación bonita.
Pasé a la parte delantera del sofá y me senté. Adelanté las manos hacia la
chimenea y me las restregué como si estuviera calentándomelas.
—Hace una noche espléndida —dije—. Hay dos metros de nieve en el bulevar.
Mis perros esquimales han caído agotados antes de llegar a Ontario. El último
kilómetro he tenido que recorrerlo a gatas. —Me restregué las manos un poco
más.
Ella estaba de pie en el extremo del sofá mirándome, con los brazos en jarras.
Tenía los brazos bonitos para llevar un vestido sin mangas; y llevaba un vestido
sin mangas.
—Me imagino que no tienes prisa —declaró.
—Tengo que tomar un tren del miércoles dentro de una semana —repliqué.
Hizo un ruidito que debía de ser un resoplido de la gente bien educada y dijo:
—En ese caso supongo que querrás tomar una copa.
Se agachó y abrió un armario que quedaba a la izquierda de la chimenea, en el
que aparecieron una hilera de botellas y una hilera de vasos. Había vasitos para
medir licor, cucharillas largas para revolver, una coctelera y, pongo a Dios por
testigo, a un lado había un frigorífico en miniatura con tres bandejas de cubitos de
hielo.
—¿Qué pasa, no tiene radio? —pregunté.
—Al otro lado de la chimenea. Radio y gramófono.
Miré al otro lado.
—¿A que no tienes ningún disco?
—¿Vas a tomar una copa o no?
Volví a mirar la hilera de botellas y decidí no tomar ningún combinado. A lo
mejor me lo hacía preparar a mí y no sabía.
—El borgoña va bien con la moqueta granate. No la mancha.
—Si eso es lo que te preocupa, puedes tomarte una créme de menthe. Los
muebles no son míos.
—Pero tienes que vivir con ellos.
—Sólo hasta la semana que viene.
—Entonces olvidemos el borgoña; nos tomaremos una créme de menthe.
Cogió un par de copitas de licor del estante superior y las llenó de créme de
menthe. Me entregó una.
Vi una tabaquera de madera de teca en la repisa de la chimenea. Le di uno de
sus propios cigarrillos y se lo encendí; encendí otro para mi, me senté y tomé un
sorbo del licor. Sabia a caramelo de menta y parecía tinta verde. Decidí que me
gustaba.
Ella no se sentó. Se quedó de pie, apoyada en la repisa de la chimenea
mirándome.
Todavía persistía en su indiferencia.
Tenía un pelo negro azabache que era a la vez liso y ondulado. Era esbelta y
casi tan alta como yo. Tenía los ojos claros y serenos.
—Eres muy guapa —dije.
Un extremo de su boca se crispó ligeramente y preguntó:
—¿Por eso me has telefoneado? ¿Para decírmelo?
—Entonces no lo sabia. No te había visto nunca. No, no quería hablar contigo
por eso.
—¿Qué tengo que hacerte para que empieces a hablar?
—Una copa siempre ayuda. Y me encanta la música. ¿Tienes algún disco?
Le dio una gran chupada al cigarrillo y dejó salir el humo por la nariz
lentamente. Luego dijo:
—Si te pregunto cómo te has puesto morado ese ojo, supongo que me
contestarás que te ha mordido un San Bernardo.
—La pura verdad. Me pegó un hombre.
—¿Por qué?
—No le caía bien.
—¿Le devolviste el golpe?
—Sí.
Se rió. Era una risa espontánea.
—No sé si estás loco o no. No sé qué creer. ¿Qué es lo que quieres?
—La dirección de Harry Reynolds.
Frunció el entrecejo y declaró:
—No la tengo. No sé dónde está. Y tampoco me importa.
—Estábamos hablando de discos. ¿Tienes...?
—Deja eso. Quiero saber por qué estás buscando a Harry.
Respiré hondo y me apoyé en el respaldo.
—La semana pasada mataron a un hombre en un callejón. Era mi padre, un
impresor. Yo soy aprendiz de impresor. No soy tan mayor como parezco. Mi tío
trabaja en una feria. Él y yo estamos intentando encontrar a Harry Reynolds, para
entregárselo a la policía por haber matado a mi padre. Mi tío habría venido
conmigo, pero está durmiendo. Es estupendo, te caería bien.
—Te las arreglas mejor con monosílabos. En lo del ojo morado decías la
verdad.
—Entonces volvamos a los monosílabos.
Tomó otro sorbo del licor y siguió mirándome por encima del borde del vasito.
—De acuerdo. ¿Cómo te llamas?
—Ed.
—¿Sólo Ed? ¿Nada más?
—Hunter. Eso son dos silabas. Intentaba limitarme a Ed. Ha sido culpa tuya.
—¿De verdad estás buscando a Harry? ¿Por eso has venido?
—Sí.
—¿Para qué lo quieres?
—Eso serán cinco silabas.
—Adelante.
—Para matarlo.
—¿Para quién trabajas?
—Para un hombre. Su nombre no te diría nada, de lo contrario te lo diría.
—Aún no se te ha aflojado la lengua lo suficiente. Tendremos que tomar otra
copa —volvió a llenar los vasos.
—Y música —le dije—. La música amansa a las fieras. ¿Y esos discos, si es
que tienes alguno?
Volvió a reírse y se dirigió al otro extremo de la habitación. Descorrió una
cortina y apareció un estante lleno de discos.
—¿Qué quieres que ponga? Aquí lo tengo casi todo.
—Dorsey
—Los dos. ¿Cuál quieres?
—El del trombón.
Sabia que quería decir Tommy. Sacó los discos y los colocó en el aparato que
conectó en automático.
Regresó y se situó delante de mi.
—¿Quién te ha mandado aquí?
—Quedaría bien decir que me ha mandado Benny, pero no me ha mandado él.
Benny y el Holandés me caen igual de bien que Harry. No me ha mandado nadie,
Claire. He venido por mi cuenta.
Se inclinó hacia mi y me tocó a ambos lados de la chaqueta, donde podía llevar
la pistolera. Se volvió a enderezar frunciendo el entrecejo.
—Ni siquiera llevas una...
—Calla. Quiero oir a Dorsey.
Se encogió de hombros, tomó el vaso que había dejado en la repisa de la
chimenea y se sentó en el sofá, a la distancia suficiente para indicarme que no se
me permitía insinuarme. No lo hice. Quería, pero no lo hice.
Esperé a que el gramófono terminara los cuatro discos y entonces dije:
—¿Y si te ofrezco dinero? Por la dirección de Harry, quiero decir.
—No la sé, Ed.
Se volvió y me miró.
—Escucha. Esta es la verdad y no me importa si la crees o no. He terminado
con Harry y con..., con todo lo que representa. He vivido aquí dos años y lo único
que me queda es el dinero suficiente para volver a casa. Mi casa es Indianápolis.
»Me voy a ir allí y voy a buscar trabajo y a vivir en una pensión con una sola
almohada en la cama. Volveré a aprender a vivir con veinticinco dólares a la
semana. O lo que sea. A lo mejor esto te parece extraño.
—No especialmente. Pero una reserva en el banco ¿no seria un buen comienzo
para...?
—No, Ed. Por dos razones muy buenas. Primero, una traición no sería un
comienzo muy bueno que digamos. Segundo, no sé dónde está Harry. Hace una
semana que no lo veo; no, casi dos semanas. Ni siquiera sé si está en Chicago. Ni
me importa.
—En ese caso...
Me levanté y me acerqué al estante de los discos. Había un álbum de melodías
antiguas interpretadas por Jimmy Noone. Wang Wang Blues, Wabash Blues.
Había oído hablar mucho de Jimmy Noone, pero nunca había oído un disco suyo.
Llevé el álbum al gramófono, averigüé cómo se ponía en marcha y me quedé
mirándolo hasta que el primer disco empezó a sonar. Era una música buenísima.
Le alargué una mano a Claire y ella se levantó y se acercó a mí. Bailamos. Era
una melodía melancólica. Muy, muy melancólica. Ya nadie la toca así. Me
emocionó.
Hasta que la música no dejó de sonar no me di cuenta de que tenía a Claire en
los brazos, y que no luchaba por deshacerse de mí y que besarla iba a ser la cosa
más natural del mundo.
Lo fue. Y allí, en el silencio que reinaba entre disco y disco, en el silencio de
aquel beso, oímos una llave que giraba en la puerta.
Ella se había soltado de mis brazos casi antes de que yo identificara el sonido.
Se acercó un dedo a los labios en un gesto rápido y me señaló una puerta
entreabierta justo a la izquierda del bar. Entonces dio media vuelta con toda
celeridad y se dirigió al pasillito que comunicaba con la puerta de entrada al
apartamento..., la puerta en la que la llave había girado, la puerta que se abría en
aquel momento.
Tampoco es que yo fuera lento. Cogí mi vaso y mi cigarrillo de la repisa de la
chimenea y mi sombrero en el extremo del sofá, y crucé la puerta que me había
indicado antes de que ella alcanzara la del pasillo.
Estaba en una habitación oscura. Volví a dejar la puerta en la posición en que
estaba antes, abierta sólo unos centímetros.
La oí decir:
—¡Holandés! ¿Qué demonios haces entrando aquí como...?
El gramófono empezó a tocar el segundo disco de Jimmy Noone y ya no pude
oír el resto. El tema era Margie. «Margie, siempre pienso en ti. Margie. .»
Por la abertura de la puerta vi a Claire ir a apagarlo. Estaba pálida de ira y tenía
los ojos..., bueno, me alegro de que a mí no me miraran así.
Lo apagó bruscamente y dijo:
—Maldito seas, Holandés. ¿Te ha dado Harry la llave o...?
—Tranquilízate, Claire. No, Harry no me ha dado la llave. Ya sabes que no seria
propio de él. Yo le quité la llave, nena. Lo descubrí la semana pasada.
—¿El qué? Déjalo; no quiero saber de qué hablas. Lárgate de aquí.
—Oye, nena.
Habla entrado más en la habitación. Lo vi por primera vez. Por su voz sólo
había podido deducir que no era una soprano. Ahora lo veía. Era una mole.
Y si él era holandés o irlandés, entonces yo era hotentote. A mí me parecía
griego. Griego o armenio, o sirio. Quizás incluso turco o persa, o algo así. Pero
cómo le habían puesto el sobrenombre de Holandés y por qué se apellidaba
Reagan yo iba a pretender adivinarlo. Tenía la piel aceitunada, y si lo despellejaban le sacarían hectáreas enteras. Parecía un luchador y andaba como si
estuviera agarrotado.
—Oye, nena, no te exaltes de esa manera. Tranquilízate. He venido a hablar de
negocios.
—Lárgate de aquí.
Se quedó allí de pie, sonriendo y dándole vueltas al sombrero en las manos. Su
voz se suavizó.
—¿Crees que no sé que Harry me está traidonando? A mí y a Benny. Bueno,
Benny no me preocupa, pero a mi no me gusta que me traicionen. Y se lo voy a
explicar a Harry.
—No sé de qué me estás hablando.
—¿No lo sabes?
Sacó un cigarro puro de buen tamaño del bolsillo, se lo metió entre los gruesos
labios y lo encendió calmosamente con un encendedor de plata. Se volvió a poner
el sombrero y repitió:
—¿No lo sabes?
—No, no lo sé. Y si no te largas de aquí, voy a...
—¿Vas a qué? —Se rió entre dientes—. ¿Vas a llamar a la policía? ¿Con
cuarenta mil dólares recién salidos de Waupaca en casa? No me hagas reír.
Ahora escúchame atentamente, nena. Primero, estoy al corriente de la situación.
Harry fingió romper contigo; y fue listo, pues lo hizo antes del trabajo de Waupaca.
Nosotros, como unos tontos, le dejamos quedarse con el botín cuando nos separamos. Y ahora ¿dónde está Harry? No lo sé, pero lo averiguaré. Además, sé
dónde están los cuarenta mil dólares. Aquí.
—Estás loco, pedazo de tonto.
Me había equivocado al pensar que estaba agarrotado. Sólo era que andaba
así. Su mano salió disparada como una serpiente y agarró a Claire por la muñeca.
La atrajo hacia si con un estirón y la sujetó de espaldas inmovilizándole los dos
brazos contra el pecho de él, con una sola mano.
Con la otra le tapaba la boca.
Estaba de espaldas a mí. Yo no sabía qué hacer contra una montaña de
músculos como aquélla, pero abrí la puerta. Busqué algo con la vista. Lo único
que vi fue el atizador, que casi no pesaba nada, junto a la falsa chimenea.
Me dirigí hacia él andando en silencio. Su voz no había cambiado ni un semitono. Seguía hablando como si comentara el estado del tiempo.
—Un momento, nena —dijo—. Voy a aflojar la mano que tengo encima de tu
boca lo suficiente para que me digas sí o no. Una opción es que nos llevemos el
dinero tú y yo, y a Harry lo demos por desaparecido. La otra... Bueno, no te va a
gustar...
Yo ya había agarrado el atizador. Mis pies no habían hecho el menor ruido.
Pero, Dios mío, era un atizador de juguete. No estaba hecho para atizar un fuego
ni para pegarle a un gigante en la cabeza. No pesaba nada; lo único que podía
hacer era enfurecerlo.
Los morillos estaban atornillados al suelo.
Me acordé de una cosa que había leído. Había un golpe de jiu-jitsu que se
aplicaba a un lado del cuello, paralelamente a él y justo debajo de la mandíbula.
Se daba con el borde de la mano plana y podía paralizar o incluso ser fatal.
Valía la pena intentarlo. Me coloqué en la posición correcta y sostuve el atizador
hacia atrás para darle un buen impulso.
—¡No te muevas, Holandés! —grité.
Soltó a Claire con las dos manos y volvió la cabeza justo en el ángulo que yo
habla calculado. Descargué el atizador con todo el impulso que le pudo imprimir mi
brazo. Le di justo en la línea de puntos que hubiera indicado el lugar preciso si su
cuello hubiera estado representado en un diagrama.
Claire se cayó, y el Holandés se cayó también, y el doble batacazo sacudió el
Milan Towers. Hubo una especie de terremoto. La creme de menthe de Claire se
deslizó de la repisa y fue a parar a las baldosas de la chimenea, con un agudo
tintineo y una salpicadura verde. Al final iba a haber manchas en la moqueta
granate.
Mi primer pensamiento fue para su pistola. No sabía si había perdido el
conocimiento del todo, ni, en caso de que así fuera, cuánto tiempo le duraría. No
la llevaba en una pistolera. Era un revólver chato de policía y lo llevaba en el
bolsillo de la chaqueta.
Una vez me hube hecho con él, me tranquilicé un poco. Incluso oía lo que
estaba pasando, y lo que pasaba era que Claire se estaba riendo. Estaba de
rodillas intentando levantarse y se estaba riendo a carcajadas. Era una risa como
de borracho.
Yo no lo entendía; no estaba borracha y no sonaba a histérica.
No lo era. Cuando vio que la miraba, dejó de reír y dijo:
—Vuelve a poner el gramófono, rápido.
Y empezó a reírse otra vez. Pero era sólo la boca lo que reía. Tenía la cara
pálida y la mirada asustada. Se puso de pie y atravesó la habitación
tambaleándose deliberadamente.
No lo entendía, estaba aturdido. Pero obedecí sus órdenes; puse en marcha el
gramófono. Ella se derrumbó en el sofá sollozando, pero sollozando bajito.
En la gramola sonaba: «Margie, siempre pieso en ti; Margie, tú eres el
mundo...»
Por encima de la música dijo:
—Habla, Ed. Habla fuerte. Anda para que te oigan.
Dejó de sollozar y subió la voz.
—¿No te das cuenta, tonto? Una caída como ésa, tan estrepitosa, es un
asesinato o un accidente..., o un borracho. Si oyen que después hablan y andan y
se ríen piensan que sólo ha sido un borracho. Si después no hay más que silencio,
llaman a recepción.
—Claro —dije; pero lo había dicho muy bajo, así que lo repetí en voz alta,
demasiado alta, después de carraspear—: Claro.
No lo repetí una tercera vez.
Aún llevaba la pistola en la mano. Me la metí en el bolsillo para quitarla de en
medio y me acerqué allí donde el Holandés yacía cuan largo era. «Dios mio —
pensé—. ¿Por qué está tan tieso? No puede estar muerto por...»
Pero lo estaba. Metí la mano dentro de su chaqueta y no encontré latido alguno
por más que busqué. Me parecía increíble. Un golpe así, que se lee en un libro y
no te acabas de creer que funciona si lo pones en práctica tú. Si lo hace un
experto en jiu-jitsu, puede, pero no si lo pruebas tú.
Tenía tanto miedo de que ni siquiera lo afectara, que se lo había propinado con
la fuerza de todo mi cuerpo. Había funcionado. Estaba muerto y bien muerto.
Empecé a reírme, y no para tranquilizar a los vecinos.
Claire se acercó a mí, me dio una bofetada y dejé de reír.
Regresamos al sofá y nos sentamos. Me sobrepuse y fui a buscar cigarrillos;
me sobrepuse más y cuando encendí la cerilla no me temblaba la mano.
—¿Quieres una copa, Ed? —me preguntó.
—No.
—Yo tampoco.
El gramófono había cambiado de disco otra vez. Empezó a tocar Wang- Wang
Blues. Me levanté y lo apagué. Si los vecinos de abajo o de los lados hubieran
querido llamar a la policía o a recepción, ya lo habrían hecho.
Me volví a sentar en el sofá. Claire me cogió la mano y nos quedamos allí
sentados, sin mirarnos, sin hablar, con la vista fija en la chimenea que no tenía
fuego ni nunca lo tendría.
Al mirar la chimenea no teníamos que mirar al Holandés, que estaba en el suelo
detrás de nosotros.
Pero allí estaba. No se levantó y se fue. Y nunca lo haría.
Ya no haría nada. Estaba muerto.
Y su presencia fue creciendo y creciendo hasta que llenó la habitación.
La mano de Claire me apretó la mía convulsivamente y empezó a sollozar de
nuevo, muy bajito.
Esperé hasta que dejó de llorar y dije:
—Tenemos que hacer algo. Una opción es llamar a la policía y contarles la
verdad. Otra es largarnos de aquí y dejar que lo descubran cuando sea. La tercera
seria más difícil: podríamos llevarlo a alguna parte.
—No podemos llamar a la policía, Ed. Descubrirían que Harry ha vivido aquí. Lo
descubrirían todo. Me acusarían de complicidad en todos sus robos... —Se puso
blanca como el papel—. Ed, me llevaron con ellos una vez, me hicieron esperar en
el coche y actuar de vigía. Dios mío, qué tonta fui por no darme cuenta de que lo
hacían para asegurarse de que no hablaría jamás. La policía sabe que el
Holandés estaba en ese trabajo y si...
—¿Podrían identificarte y relacionarte con ese robo? —le pregunté.
—Me... me parece que si.
—Entonces más vale que no llamemos. Pero tú te vas a marchar de aquí de
todos modos. Te vas a ir a Indianápolis. ¿No podrías irte esta noche?
—Si, pero me buscarían. Me buscarían cuando encontraran al Holandés muerto
aquí. Podrían averiguar quién soy y de dónde procedo. Ya no podría ir a
Indianápolis, tendría que ir a otra parte. Habría carteles de «Se busca» con mi
foto. Todo el resto de mi vida estaría...
—Está bien —la interrumpí—. No podemos llamar a la policía y no podemos
dejarlo aquí. ¿Cómo podríamos sacarlo?
—Pesa mucho, Ed. No sé cómo podríamos hacerlo, pero hay un ascensor de
servicio al final del pasillo que va a parar a la puerta trasera que da al callejón. Ya
es más de medianoche. Pero una vez lo tuviéramos en el callejón necesitaríamos
un coche. Y pesa mucho, Ed. ¿Crees que podríamos hacerlo?
Me levanté y miré a mi alrededor hasta que vi el teléfono.
—Voy a ver si consigo algo, Claire. Espera —dije.
Me acerqué al teléfono, llamé al Wacker y di el número de la habitación de mi
tío.
Cuando contestó me sentí tan aliviado que me flojearon las rodillas y tuve que
sentarme en la silla que había al lado del teléfono.
—Tío Am, soy Ed.
—Joven presumido e insolente, ¿por qué te has marchado sin decirme nada?
He estado esperando a que llamaras. Supongo que te has metido en un lío,
¿verdad?
—Supongo que sí. Estoy llamando desde el número de teléfono que teníamos.
—Entonces te van bien las cosas, ¿no?
—No lo sé. Depende de cómo se mire. Oye, necesitamos un coche o un...
—¿Necesitamos? —me interrumpió.
—Claire y yo —le dije—. Oye, esta llamada pasa por la centralita del hotel,
¿verdad?
—¿Te llamo yo?
—Buena idea.
Llamó al cabo de cinco minutos y dijo:
—Estoy en una cabina, Ed. Adelante.
—Claire y yo íbamos bien, pero se nos presentó una visita. Un tipo llamado
Holandés. El Holandés... bebió demasiado y ha perdido el conocimiento.
Queremos llevarlo a su casa sin pasar por el vestíbulo principal. Sería mejor que
no lo encontraran aquí. Si alguien tuviera un coche y lo aparcera en el callejón de
atrás junto a la entrada de servicio, y nos ayudara a meterlo en el montacargas...
—De acuerdo, chico. ¿Te sirve un taxi?
—Puede que el conductor sospeche. El Holandés está bastante tieso, ya me
entiendes.
—Me parece que te entiendo. Bueno, chico, aguanta que vienen refuerzos.
Cuando colgué el teléfono y volví al sofá junto a Claire, estaba mucho más
tranquilo.
Me miró de un modo extraño y dijo:
—Ed, has llamado a ese hombre tío Am. ¿Es de verdad tu tío?
Yo asentí con la cabeza.
—Ese rollo tan raro de que Harry mató a tu... tu padre la semana pasada y tú y
tu tío lo estáis buscando por eso, pero tu tío estaba dormido..., ¿no iba eso junto
con los dos metros de nieve en el bulevar Michigan y los perros esquimales
agotados y...?
Me volvió a coger la mano y añadió:
—Deberías habérmelo dicho.
—Ya te lo dije, ¿no? Oye, Claire, piensa. ¿Oíste a Harry o al Holandés o a
Benny mencionar el nombre de Hunter alguna vez?
—No, Ed. Que yo recuerde, no.
—¿Cuánto tiempo hace que los conoces?
—Dos años. Ya te lo había dicho.
Yo quería creerla. De verdad quería creer todo lo que me decía. Pero tenía que
asegurarme.
—¿Oíste el nombre de Kaufman, George Kaufman?
Ni siquiera dudó.
—Sí. Hace... dos o tres semanas. Harry me dijo que quizá llamaría un hombre
llamado Kaufman y me dejaría un recado. Dijo que el recado podía ser una
dirección y que la anotara y se la diera. O también podía ser que una persona con
la que Harry quería encontrarse estuviera en el bar de Kaufman en ese momento;
en ese caso tenía que ponerme rápidamente en contacto con Harry si sabía dónde
estaba.
—¿Llamó Kaufman?
—No. Al menos mientras yo estaba en casa.
—¿Puede ser que otra persona cogiera el recado?
—Quizá Harry, si fue hace más de una semana. Había veces en que él estaba
en casa y yo no. Sólo él. Ed, ¿ese hombre que Harry quería ver, si iba al bar de
Kaufman, era tu padre?
Asentí con la cabeza. Lo que decía Claire se ajustaba a lo que había dicho
Kaufman como un guante, lo cual demostraba que ninguno de los dos mentía.
—¿Sabes algo del hermano de Harry, Steve?
—Sólo que está en la cárcel. En Indiana, me parece. Pero eso fue antes de que
yo conociera a Harry. Ed, ahora sí que quiero una copa. ¿Y tú? ¿Sabes preparar
un martini? ¿O prefieres otra cosa?
—Un martini me parece estupendo.
Cuando se levantó se vio reflejada en el espejo de encima de la chimenea. Se
sorprendió un poco y dijo:
—En seguida vuelvo, Ed.
Atravesé la puerta detrás de la cual yo me había escondido hacía un rato; oí
abrirse y cerrarse otra puerta y ruido de agua cayendo. Ya estaba más tranquila, lo
sabía. Cuando una chica empieza a preocuparse por su apariencia, es que está
más tranquila.
Regresó con la frescura de una flor recién cortada.
Cuando sonó el timbre llevaba un vaso con cubitos de hielo y una botella de
vermut en la mano.
—Es tío Am. Ya voy yo —dije.
Pero cuando abrí la puerta, con la cadena puesta, tenía la mano en el revólver
que llevaba en el bolsillo.
Sí que era tío Am, y llevaba una gorra de taxista.
—¿Han pedido un taxi? —preguntó con una sonrisita.
Quité la cadena y contesté:
—Sí. Entre. Aún no estamos preparados.
Una vez estuvo dentro, cerré la puerta con llave.
—Sí. No te ha ido mal. Quítate ese carmín de la boca y estarás aún mejor.
¿Donde está?
Nos dirigimos a la sala de estar. Cuando vio a Claire levantó un poco las cejas y
yo vi que sus labios tomaron involuntariamente la forma que por lo general
adoptan los labios de los hombres para soltar un silbido cuando ven a alguien
como Claire.
Entonces volvió un poco la cabeza y vio al Holandés. Se sobresaltó
ligeramente.
—Chico, hubieras tenido que decirme que trajera una grúa. —Se acercó para
mirarlo—. No hay sangre ni señales. Eso ya es algo. ¿Qué hiciste? Le diste un
susto de muerte.
—Casi fue al contrario. Tío Am, te presento a Claire.
Ella extendió la mano y él se la estrechó.
—Incluso en estas circunstancias, encantado —dijo mi tío.
—Gracias, Am. ¿Un martini?
Ya estaba sacando un tercer vaso. Tío Am se volvió a mirarme y yo capté lo
que estaba pensando.
—Estoy bien. Me he tomado dos copas de tinta verde, pero eso ha sido hace
varias semanas. Y un whisky de centeno en el bar de abajo, pero eso fue el año
pasado.
Claire terminó de preparar las bebidas y nos entregó un vaso a cada uno. Yo
tomé un sorbo del mío. Tenía buen sabor; me gustó.
—¿Cuánto le has contado, Ed? —pregunté tío Am.
—Lo suficiente. Claire está al corriente de la situación. Está de nuestra parte.
—Espero que sepas lo que haces, Ed.
—Yo también.
—Bueno, ya me lo contarás mañana. Siempre hay un mañana.
—También tenemos el resto de la noche.
Hizo una mueca y dijo:
—Lo dudo. Bueno, vamos a empezar. ¿Crees que puedes con la mitad de tu
amigo borracho?
—Lo puedo intentar.
Se volvió hacia Claire.
—El taxi está en el callejón, junto a la puerta de servicio. Pero está cerrada. Yo
he entrado por la puerta principal. ¿Tienes llave?
—Se abre desde dentro. Podemos poner un trozo de cartón en la cerradura
para que no se cierre y podamos volver a entrar. El ascensor estará en la planta
baja. Voy a buscarlo.
—No —dijo tío Am—. Los ascensores hacen ruido. Sobre todo los que casi
nunca funcionan a medianoche. Lo bajaremos por la escalera de servicio. Tú te
adelantas para vigilar que no haya nadie. Si ves a alguien, diles algo; así oiremos
y nos pararemos a esperar.
Ella asintió con la cabeza.
El tío Am cogió al Holandés por los hombros y yo por los pies. Pesaba
demasiado para intentar llevarlo de pie, como a un borracho. Íbamos a tener que
llevarlo a cuestas y correr el riesgo.
Lo transportamos por el pasillo y escaleras abajo. No era un trabajo que me
gustaría hacer con regularidad.
Todo fueron facilidades. La puerta estaba como Claire había dicho. No había
nadie en el callejón. Lo metimos en el taxi, lo depositamos en el suelo de la parte
de atrás y lo tapamos con una manta que Claire había bajado a tal efecto.
Yo me senté y me sequé el sudor de la frente. Tío Am hizo lo mismo. A
continuación se colocó detrás del volante y Claire y yo nos instalamos en el
asiento posterior.
—¿Tenéis alguna preferencia en cuanto al lugar de su descanso definitivo? —
preguntó mi tío.
—Hay un callejón que va a dar a Franklin. No, olvídalo, ése sería el último
sitio...—dije yo.
—Yo sé donde vivía hasta hace unas semanas. En un edificio de apartamentos
de la calle División. Si lo dejáramos en el callejón de detrás de su casa... —sugirió
Claire.
—Una chica inteligente —dijo tío Am—. Si existe una relación entre quién es y
dónde ha sido encontrado, parecerá que lo han abandonado allí. La investigación
se centrará lejos del Milan.
Puso el coche en marcha.
Salimos del callejón en Fairbanks, nos dirigimos al norte hasta Erie, y fuimos
por Erie hasta el bulevar. Nos incorporamos al denso tráfico de éste y seguimos
hacia el norte, hasta la calle División.
Claire le dio la dirección exacta y diez minutos después ya nos habíamos
deshecho del Holandés. No perdimos tiempo antes de marcharnos de allí.
No habíamos dicho ni una sola palabra. Y seguimos sin hablar hasta estar de
nuevo rodeados por el intenso tránsito del bulevar en dirección sur. Se oyó un reloj
que daba las dos.
Claire estaba muy callada en un rincón del asiento posterior; yo le había pasado
el brazo por los hombros.
—¿Aún llevas la pistola, chico? —me preguntó tío Am.
—Sí, aún la tengo.
Se metió en el callejón y detuvo el taxi justo en el mismo sitio de antes.
—Vosotros dos os quedaréis aquí. Ed, dame la pistola; voy a inspeccionar.
Podría haber alguien esperando. Claire, dame la llave.
Yo quise subir con él, pero no me dejó.
Reinaba un inmenso silencio.
—Bésame, Ed —me pidió Claire.
Unos instantes después continuó:
—Voy a tomar el tren mañana a primera hora, Ed. Aquí.., aquí tendría miedo,
sola. ¿Te quedas y me acompañas al tren, por favor?
—Chicago es muy grande. ¿Por qué no te quedas aquí y te trasladas a otra
parte de la ciudad, por lo menos hasta que haya pasado todo? —le pedí yo.
—No, Ed. Y tienes que prometerme que no vendrás a Indianápolis a buscarme.
No te daré mi dirección. Mañana será la despedida. Para siempre.
Yo quería discutirlo, pero en mi interior sabia que tenía razón. No sé cómo lo
sabia, pero lo sabia.
Tío Am estaba entonces abriendo la puerta del taxi y dijo:
—Venga, vosotros dos. Aquí está la llave y la pistola, Ed. Oye, no sabes para
qué habrán utilizado esta pistola. Quédatela esta noche, pero deshazte de ella
antes de volver al Wacker. Y no dejes huellas digitales.
—No soy tan tonto, tío Am —me defendí.
—A veces lo dudo, chico. Pero con la edad se te pasará. ¿Hasta cuándo?
¿Alrededor de las doce?
—Supongo.
—¿No quiere subir a tomar una copa, Am? —preguntó Claire, mientras
salíamos del taxi.
Tío Am abrió la puerta delantera, se sentó al volante y dijo:
—Me parece que no, chicos. Este taxi y esta gorra me están costando
veinticinco dólares la hora y hace ya dos horas que los tengo. No quiero pasarme.
—Adiós, Am —dijo Claire.
El puso el coche en marcha y se asomó a la ventanilla.
—Que Dios os bendiga, hijos míos. No hagáis nada que no haría yo.
Se alejó.
Nosotros nos quedamos allí un momento, cogidos de la mano, en la cálida
noche de verano, en la oscuridad del callejón.
—Se está bien esta noche —dijo Claire.
—Y estaremos mejor —declaré yo.
—Sí, estaremos mejor, Ed.
Se acercó un poco más a mí. Le solté la mano y le pasé el brazo por los
hombros. La besé.
Al cabo de un momento dijo:
—¿Entramos? Con esta nieve...
Así lo hicimos.
Cuando desperté, Claire ya se había vestido y estaba llenando una maleta. Miré
el reloj de la mesilla y vi que sólo eran las diez.
Me sonrió y dijo:
—Buenos días, Eddie.
—¿Aún sigue nevando? —pregunté.
—No, ya no nieva. Ahora iba a despertarte. Hay un tren a las once y cuarto.
Tenemos que darnos prisa si queremos desayunar algo.
Se acercó al armario y sacó otra maleta.
Yo me levanté, me di una ducha rápida y me vestí. Ella ya había terminado de
hacer las maletas.
—Tendremos que conformarnos con un café y unas rosquillas en la estación.
Sólo falta una hora.
—Voy a llamar un taxi.
—Hay una parada enfrente. A esta hora de la mañana encontraremos uno sin
problemas.
Yo cogí las dos maletas y ella cogió el maletín y un paquete pequeño, y vi que
este último estaba dispuesto para ser enviado por correo. Se percató de que lo
miraba y dijo:
—Un regalo de cumpleaños para un amigo. Debería haberlo enviado hace dos
días. Recuérdamelo.
A mí me importaban un comino los regalos de cumpleaños. Me encaminé a la
puerta y cuando llegué me volví y dejé las dos maletas en el suelo.
Le alargué los brazos pero ella no se acercó a mí. Agitó la cabeza lentamente y
dijo:
—No, Ed. Sin despedidas, por favor. La noche pasada ha sido la despedida
para nosotros. Y no debes buscarme nunca; no debes intentar seguirme.
—¿ Por qué no, Claire?
—Ya sabrás por qué cuando hayas tenido tiempo para recapacitar. Te darás
cuenta de que tengo razón. Tu tío lo sabe; a lo mejor, él te lo puede explicar. Yo
no puedo.
—Pero...
—¿Cuántos años tienes, Ed, de verdad? ¿Veinte?
—Casi, diecinueve.
—Yo tengo veintinueve, Ed. ¿No ves que...?
—Sí. Te estás muriendo de vieja. Se te están endureciendo las arterias. Los...
—Ed, no quieres entender lo que te digo. A los veintinueve años no se es viejo,
desde luego, pero tampoco joven, sobre todo una mujer. Y... anoche te mentí en lo
del trabajo y la pensión y todo eso. Cuando una mujer se acostumbra al dinero y a
las cosas buenas, no puede vivir sin ellas. A no ser que sea más fuerte que yo.
—¿Quieres decir que te vas a buscar otro primo como Harry?
—Como Harry no. Ahí ya no vuelvo a caer. Un tipo con dinero, pero ganado de
otra manera. Esto es lo que he aprendido en Chicago. Especialmente anoche con
el Holandés. Me alegro de que estuvieras aquí, Eddie.
—Quizá entiendo un poco. Pero... ¿no podemos...?
—¿Cuánto ganas, Eddie, trabajando como impresor? ¿Lo ves?
—De acuerdo.
Cogí las maletas y salí. Tomamos un taxi de la parada frente al hotel y nos
dirigimos a la estación Dearborn.
En el taxi, Claire se sentó muy erguida, pero me di cuenta de que tenía lágrimas
en los ojos.
No sé si eso me gustó o me disgustó. Me gustaba, supongo, si lo relacionaba
con la noche anterior, y no me gustaba si pensaba en ella. Estaba todo muy
confuso, como la vez que mamá me había engañado mostrándose sumamente
amable conmigo cuando regresé después de buscar al tío Am en la feria.
«¿Por qué no pueden las mujeres ser consecuentes? —pensé—. ¿Por qué no
pueden ser buenas o malas, y decidir de una vez por todas cómo quieren ser?
Supongo que la mayoría de la gente somos así, buenos y malos a la vez, pero las
mujeres mucho más, y encima cambian con gran facilidad. Tan pronto hacen
cosas absurdas para ser amables, como para ser antipáticas.»
—Dentro de cinco años ya no te acordarás de mí, Ed —dijo Claire.
—Sí que me acordaré.
Cruzamos Van Buren debajo del ferrocarril elevado, y ya estábamos
atravesando el Loop, sólo a dos manzanas de la estación, cuando me pidió:
—Bésame otra vez, Ed, si... si todavía quieres después de contarte la verdad.
Yo todavía quería y lo hice. Aún la estaba abrazando cuando el taxi se detuvo.
El paquetito que llevaba se le cayó al suelo al moverse, y lo recogí y se lo di. Me
fijé en el nombre y la dirección.
—Si me toca un millón de dólares me pondré en contacto contigo a través de tu
amiga de Miami.
—Ni lo intentes, Ed. Sigue con tu trabajo y sigue siendo lo que eres. Y no entres
en la estación conmigo. Ahí viene un mozo a buscar mis maletas.
—Pero habías dicho...
—Ya casi es la hora, Ed. Por favor, quédate en el taxi. Hazle caso a mamá.
Adiós.
El mozo estaba cogiendo las maletas y ya se marchaba con ellas.
—Adiós —dije.
—¿Al Milan Towers otra vez? —preguntó el taxista.
—Sí —contesté yo mientras observaba a Claire alejarse de mí.
No se volvió a mirarme. Se detuvo en el buzón que había junto a la entrada y
echó el paquetito; no se volvió al trasponer la puerta de la estación Dearborn.
Mi taxi se alejaba de la acera, pero yo seguía mirando. Entonces me fijé en un
hombre bajito y moreno que salía de un taxi que había justo detrás del mío y
entraba rápidamente en la estación.
Algo me inquietó; aquel hombre me resultaba familiar, pero no recordaba dónde
lo había visto.
Estábamos cruzando la calzada e íbamos a girar hacia la calle Dearborn
cuando le dije al taxista:
—Me he confundido al decirle que volviera al Milan Towers. Quiero decir al
Wacker, en la calle Clark.
El asintió con la cabeza y siguió su camino.
Aminoró la marcha para detenerse en el semáforo de la esquina y de repente
me acordé de dónde había visto al hombre que había bajado del taxi de detrás de
nosotros. Había sido la noche anterior, en el bar del Milan Towers. Era italiano y
yo pensé que parecía un torpedo y me pregunté si sería Renny Rosso.
—Deténgase —le dije al taxista—. Déjeme bajar aquí.
Terminó de cruzar la calle y se detuvo junto a la hilera de coches aparcados.
—Lo que usted diga, señor. Pero decídase —dijo.
Saqué un par de dólares de la cartera y se los di. No esperé el cambio. Salí a
toda prisa del taxi y empecé a correr hacia la estación. Llegaría antes andando
que en el taxi, porque éste tendría que dar la vuelta a la manzana y esperar en los
semáforos de cada esquina.
Pero era una manzana muy larga la que mediaba entre Harrison y Polk. Casi
me atropella un coche mientras cruzaba la calzada enfrente de la estación; seguí
corriendo hasta que traspuse las puertas.
Entonces dejé de correr y crucé la estación con paso rápido mirando hacia
todas partes. No me había dado cuenta hasta entonces de lo enorme que era. No
vi a Claire ni al hombre que podía estar siguiéndola.
Di dos vueltas rápidas a la estación sin verlos. Me acerqué corriendo al
mostrador de información, y pregunté:
—¿En qué vía está el tren para Indianápolis? ¿ Ha salido ya?
—Aún no está en el andén. No llega hasta las doce y cinco.
—El de las once y cuarto, ¿ha salido ya?
—A las once y cuarto no sale ningún tren para Indianápolis, señor.
Miré al reloj de la estación. Ya eran las once y catorce.
—¿Qué trenes salen a las once quince?
—Dos: el St. Louis Flyer, del andén número seis, y el número diecinueve, del
andén número uno, para Fon Wayne, Columbus, Charleston...
Eché a correr.
No había esperanza. Dos largos trenes iban a salir al cabo de un minuto.
Seguramente ni siquiera llegaría a uno de ellos, y con toda certeza llegar a los dos
era imposible. No me quedaba suficiente dinero ni para sacar un billete a Fofl
Wayne.
Vi al empleado cerrar la verja de hierro del andén número cinco.
—La última posibilidad desesperada era el mozo, pensé. Si encontrara al mozo
que se había llevado... Miré alrededor y había una docena de mozos a la vista de
diferentes partes de la estación. Todos se parecían, pero me di cuenta de que ni
siquiera había mirado al que se había llevado sus maletas. Miraba a Claire.
Uno de ellos pasó por mi lado y lo cogí del brazo.
—¿Le ha llevado dos maletas y un maletín a una señora sola desde un taxi
hace poco rato? —le pregunté.
Se echó la gorra hacia atrás y se rascó la cabeza.
—Puede ser. ¿Qué tren iba a tomar?
—Eso es lo que yo quiero saber. Ha sido hace un cuarto de hora.
—He llevado a una mujer al tren de St. Louis hace aproximadamente ese
tiempo. No me acuerdo con exactitud si eran dos maletas y un maletín. Me parece
que había también una funda de violín.
—Bueno, déjelo —dije, y le di diez centavos.
No iba a servir de nada intentar preguntárselo a todos los mozos de la estación.
Cuando llegara al que había sido, ya no se acordaría.
«Puede que ni siquiera haya tomado el tren —pensé—. No me ha dejado entrar
en la estación con ella. Me ha mentido al decirme adónde iba y quizá también
mentía en todo lo demás. A lo mejor ha salido de la estación por la otra puerta.»
Me senté en un banco e intenté convencerme de que debía estar enfadado y no
preocupado. Puede que me equivocara y el que había salido del taxi no fuese el
mismo que había visto en el Milan. No me había dado cuenta de que nos seguían.
Y si era en realidad el mismo individuo, no era más que una suposición bastante
descabellada el que nos hubiera venido siguiendo y fuera Rosso. Todos los
italianos de Chicago no podían ser un pistolero llamado Rosso.
Pero no podía enfadarme con Claire.
Claro que me había dado esquinazo, pero ya me había dicho por qué.
«Después de lo que pasó anoche —pensé—, nunca podré enfadarme con
Claire. Y cuando esté casado y establecido y tenga hijos y nietos, aún me quedará
un poco de amor para su recuerdo.»
Me fui antes de que me pusiera a mí mismo en ridículo llorando a lágrima viva o
algo así.
Me encaminé a la parte sur de Clark y cogí un tranvía que iba hacia el norte.
13
Llamé a la puerta de la habitación de tío Am y él contestó:
—Adelante.
Entré.
Aún estaba en la cama.
—¿Te he despertado, tío Am? —le pregunté.
—No, chico. Hace una media hora que casi estoy despierto y he estado
pensando.
—Claire se ha ido. Se ha ido de la ciudad..., me parece.
—¿Cómo que te parece?
Me senté en el borde de la cama. Tío Am dobló la almohada debajo de su
cabeza para incorporarse un poco y dijo:
—Cuéntamelo, Ed. Te puedes saltar las cosas personales, pero cuéntame todo
lo que esa chica te dijo acerca de Harry Reynolds, y que pasó con el Holandés
anoche, y lo de esta mañana. Empieza por el principio, por el momento en que te
fuiste de aquí ayer por la tarde.
Se lo conté. Cuando hube concluido, me dijo:
—Dios mío, vaya memoria, chico. Pero ¿no ves los huecos?
—¿Qué huecos? ¿Quieres decir que Claire cambió lo que me contó sobre sí
misma? Sí. Pero ¿qué tiene eso que ver con nuestro asunto?
—No lo sé, chico. A lo mejor, nada. Esta mañana me encuentro viejo, o esta
tarde, o lo que sea. Tengo la sensación de que hemos estado corriendo en
círculos sin llegar a ningún sitio. Caray, quizá tú tengas más sentido común que
yo. No lo sé. A mí me preocupa Bassett.
—¿Lo has visto?
—No. Eso es lo que me preocupa. Bueno, parte de lo que me preocupa. Algo
anda mal y no sé lo que es.
—¿Qué quieres decir, tío Am?
—No sé cómo explicarlo. Digamos que a ti te encanta la música. Hay una nota
disonante en un acorde y no la encuentras. Tocas cada nota por separado y suena
bien, pero escuchas todo el acorde otra vez y hay algo que desentona. No es un
mayor ni un menor, ni una séptima disminuida. Es un ruído.
—¿Puedes determinar de qué instrumento trata?
—No es el trombón, chico. Tú no. Pero escucha, lo presiento, alguien nos está
haciendo creer algo. No sé el qué. Me parece que Bassett, pero no sé qué es.
—Entonces no nos preocupemos por ello y continuemos.
—¿Continuar? ¿Y qué hacemos?
Abrí la boca y la volví a cerrar. El me dirigió una mueca.
—Chico, te estás haciendo mayor. Es el momento de que aprendas una cosa.
—¿Qué?
—Cuando beses a una mujer, límpiate el carmím.
Me lo limpié y le devolví la mueca.
—Intentaré recordarlo, tío Am. ¿Qué vas a hacer hoy?
—¿Tienes alguna idea?
—Me parece que no.
—Yo tampoco. Podemos tomarnos el día e ir a divertirnos al Loop. Podemos ir
al cine, luego a cenar bien y después ir a ver un espectáculo de algún club
nocturno. Sí, podemos escoger uno que tenga una buena orquesta, si es que hay
alguno. Si nos tomamos el día y la noche libres veremos el asunto desde otra
perspectiva.
Aquella tarde y aquella noche fueron algo extrañas. Fuimos a muchos sitios y lo
pasamos bien, pero no lo pasamos bien. Teníamos una sensación parecida a la
calma del aire cuando el barómetro está bajando antes de que estalle la tormenta.
Incluso yo lo notaba. Tío Am estaba intranquilo, como si esperara algo y no
supiera lo que era. Por primera vez desde que lo conocía estaba de mal humor.
Llamó tres veces al Departamento de Homicidios para ver si estaba Bassett, y
Bassett no estaba.
Pero no hablamos de ello. Hablamos del espectáculo y de la orquesta, y me
contó más cosas de la feria. No hablamos en absoluto de papá.
Alrededor de medianoche nos despedimos y nos separamos. Yo me fui a casa.
Aún estaba inquieto y quizá se debiera en parte al calor. La ola de calor estaba
regresando. Hacía una noche tórrida y al día siguiente nos íbamos a achicharrar.
Mamá gritó desde su habitación:
—¿Eres tú, Ed?
Cuando respondí, se echó una bata encima y salió. Debía de acabar de
acostarse; aún no se había dormido.
—Me alegro de que hayas venido a casa para variar, Ed. Quería hablar contigo.
—¿Qué pasa, mamá?
—Hoy he ido a la compañía de seguros. Les he llevado el certificado y lo están
tramitando, pero el cheque tiene que venir de St. Louis y tardará unos días. No
tengo dinero, Ed. ¿Tienes tú algo?
—Sólo un par de dólares. Pero tengo veintitantos en una libreta de ahorros que
abrí.
—¿Me los puedes prestar? Te los devolveré en cuanto cobre el seguro.
—Claro. Te presto los veinte, pero me gustaría quedarme el resto para mi. Los
sacaré mañana. Si necesitas más, quizá Bunny pueda prestarte.
—Bunny ha venido esta noche, pero no he querido molestarlo. Está
preocupado. A su hermana de Springfield la van a operar a principios de la
semana que viene. Es una operación bastante importante. Va a pedir vacaciones
en el trabajo y seguramente se irá allí.
—Oh —dije yo.
—Pero si tú me puedes dejar veinte, ya me las arreglaré. El del seguro ha dicho
que serían sólo unos días.
—De acuerdo, mamá. Iré al banco mañana a primera hora. Buenas noches.
Entré en mi habitación y me acosté. Me sentía extraño. Quiero decir que tenía
la sensación de que había regresado después de estar ausente varios años. Pero
no me parecía mi hogar ni nada. Era simplemente una habitación conocida. Le di
cuerda al despertador, pero no conecté la alarma.
En el exterior un reloj dio la una y recordé que era miércoles por la noche.
«Hace una semana, aproximadamente a esta misma hora, estaban matando a
papá», pensé.
Parecía que había pasado mucho tiempo. Parecía casi un año; habían pasado
tantas cosas desde entonces. Sólo había transcurrido una semana. También
pensé: «Tengo que volver a trabajar. No puedo pasar mucho tiempo más sin
trabajar. Ya hace una semana. El lunes que viene tendré que regresar. Sin embargo, volver al trabajo será todavía más extraño que regresar a esta habitación.»
Intenté no pensar en Claire y por fin me dormí.
Eran casi las once cuando me desperté. Me vestí y fui a la cocina. Gardie había
salido. Mamá estaba preparando café. Parecía que acababa de levantarse.
—No tenemos nada en casa. Si quieres ir al banco ahora, puedes traer huevos
y tocino cuando vuelvas —dijo.
—Bueno —respondí.
Fui al banco y a la vuelta compré cosas para desayunar. Mamá preparó el
desayuno y acabábamos de despacharlo cuando sonó el teléfono. Lo cogí y era
tío Am.
—¿Ya te has levantado, Ed?
—Acabo de terminar de desayunar.
—Por fin he encontrado a Bassett, o más bien él me ha encontrado a mi. Ha
llamado hace unos minutos. Va a venir inmediatamente. Creo que se va a aclarar
algo. Parece que el gato se ha comido al canario.
—Voy para allá. Salgo en seguida.
Regresé a la mesa y cogí la taza de café para terminármelo sin sentarme. Le
dije a mamá que tenía que encontrarme con tío Am inmediatamente.
—Se me había olvidado —dijo ella—. Anoche Bunny vino porque quería verte,
y, como no sabía cómo ponerse en contacto contigo, dejó una nota. Es algo
relacionado con su viaje de la semana que viene.
—¿ Dónde está?
—Me parece que la dejé en el bufete de la sala de estar.
La cogí mientras iba camino de la puerta y la leí a la vez que bajaba las
escaleras. Bunny había escrito: «Supongo que Madge te ha dicho por qué me voy
a Springfield este fin de semana. Me dijiste que un hombre llamado Anderz, que le
había vendido el seguro a tu padre en Gary se había trasladado a Springfield y lo
querías ver. ¿Quieres que lo busque mientras estoy allí y lo entreviste? Si te
interesa, dímelo antes del domingo e indícame qué preguntas quieres que le haga.
»
Me metí la nota en el bolsillo. Se lo preguntaría a tío Am, pero había dicho que
no creía que el agente de seguros pudiera decirnos nada. Sin embargo, quizá
valdría la pena intentarlo, si Bunny iba a ir de todas formas.
Cuando llegué, Bassett se me había adelantado. Estaba sentado en la cama.
Tenía los ojos más cansados y más velados que nunca. Parecía que había
dormido con la ropa puesta. Llevaba una botella plana en el bolsillo, envuelta en
papel de estraza retorcido por encima del tapón.
Mi tío me dirigió una mueca. Parecía contento.
—Hola, chico. Cierra la puerta. Frank está a punto de explotar, pero le he dicho
que aguantara hasta que llegaras tú.
Hacia calor y olía a cerrado en aquella habitación. Eché el sombrero encima de
la cama, me aflojé el cuello de la camisa y me senté en el escritorio.
—Tenemos a la banda que habéis estado buscando. Hemos cogido a Harry
Reynolds y a Benny Rosso, y el Holandés está muerto, pero... —dijo.
—Pero —lo interrumpió mi tío— ninguno de ellos mató a Wally Hunter.
Bassett había abierto la boca para continuar. La volvió a cerrar y miró a tío Am.
Tío Am le dedicó una mueca y dijo:
—Evidente, querido Bassett. ¿Qué otra cosa alegre y agradable podías ir a
decir con ese tono de voz y esa mirada en la cara? Has dejado que nosotros te
sacáramos las castañas del fuego.
—Tonterías —repuso Bassett—. Ni os habéis acercado a Harry Reynolds. ¿Lo
habéis visto siquiera?
—Tienes razón. No lo hemos visto —dijo tío Am meneando la cabeza.
—Confiaba en tí, Am. Te creía un tipo listo. Cuando descubristeis que a Harry le
había interesado tu hermano y empezasteis a buscarlo, os dejé actuar. Pensé que
nos llevaríais hasta ellos.
—Pero no lo hicimos.
—No, no lo hicisteis. Me decepcionaste, Am. Ni llegaste a la primera base.
Nosotros lo hemos encontrado. Mira, Am, en el mismo momento en que sacaste a
relucir a esa banda, yo sabía que no habían sido ellos. Quizá fue un truco sucio no
decírtelo, pero los buscaban por el robo de Waupaca, Wisconsin. Unos testigos de
Waupaca los habían identificado. Ofrecían una recompensa. Y el robo de
Waupaca fue la misma noche que mataron a tu hermano.
—Muy amable de tu parte, Frank. Te quedas con mis cien dólares y con la
recompensa, ¿no? —dijo tío Am.
—Yo no, maldita sea. Yo no los agarré. Si esto te tranquiliza, a mi también me
ha salido mal. La recompensa del Holandés no se la queda nadie; está fiambre. A
Benny lo han cogido fuera del estado. ¿Y quién ha atrapado a Reynolds? Los que
estaban de guardia.
—Espero que hayas perdido mucho.
—Quinientos de cada uno. Aún no han encontrado el dinero de Waupaca.
Cuarenta mil. Hay una recompensa del diez por ciento para quien lo encuentre.
Son cuatro mil. —Se pasó la lengua por los labios—. Pero aparecerá en alguna
caja fuerte un día de éstos, en una inspección de rutina. No tengo ninguna prisa.
—Eso me gusta —dijo mi tío—. ¿Y si me devuelves los cien dólares? Se me
está acabando el dinero. —Abrió la cartera y miró el interior—. Ya sólo me quedan
cien de los cuatrocientos que traje.
—Tonterías —dijo Bassett—. Yo iba con vosotros; ya os he compensado por el
dinero. Os decía todo lo que iba a hacer.
—Apuesto a que me lo devuelves —le soltó mi tío.
—¿Apuestas?
—Veinte dólares. —Tío Am se volvió a sacar la cartera, extrajo un billete de
veinte, me lo dio y dijo—: El chico es el depositario. Veinte a que me devolverás
los cien dólares voluntariamente hoy mismo por las buenas.
Bassett nos miró, primero a él y luego a mí. Tenía los ojos medio cerrados.
—No debería participar en la apuesta que ha empezado otro hombre, pero... —
sacó veinte dólares y me los dio.
Tío Am hizo una mueca y dijo:
—Y ahora, ¿qué te parece un trago de esa botella?
Bassett se la sacó del bolsillo y la abrió. Tío Am bebió un sorbo largo y yo eché
un traguito para ser sociable. Bassett se tomó un buen trago y la dejó en el suelo,
junto a la cama.
Tío Am se apoyó en la pared, cerca de donde yo estaba sentado en el
escritorio, y dijo:
—¿Cómo han atrapado a la banda?
—¿Qué más da? Ya os he dicho que ninguno...
—Claro, pero tenemos curiosidad. Cuéntanoslo.
Bassett se encogió de hombros.
—Al Holandés lo han encontrado muerto esta madrugada, en un callejón de
detrás de División. Encontraron a Reynolds durmiendo en el mismo edificio detrás
del cual estaba el Holandés. El Holandés yacía justo debajo de su ventana.
Yo me incliné hacia delante, pero tío Am me cogió por el brazo y me echó hacia
atrás. No me soltó.
—¿Qué supones? —le preguntó a Bassett.
—No ha sido Reynolds; eso es seguro. Probablemente Benny. Reynolds no iba
a dejar el cadáver justo debajo de su propia ventana. Pero toda la banda se
estaba traicionando mutuamente. La querida de Reynolds los ha traicionado a
todos. Descubrimos que vivía en el Milan Towers.
—¿Quién era? —preguntó el tío Am.
—Una dama que en Chicago utilizaba el nombre de Claire Redmond. Creemos
que su nombre verdadero era Elsie Coleman. Era de Indianápolis. Según los
informes, no estaba nada mal.
El tío Am me apretó fuerte el brazo, como diciendo: «Aguanta, chico.» Mientras,
en voz alta decía con toda indiferencia:
—¿Estaba?
—También está muerta —dijo Bassett—. La mató Benny anoche, y lo cogieron
con las manos en la masa. Fue en un tren, en Georgia. Nos han llamado desde allí
esta mañana. Benny ha cantado abundantemente cuando lo han atrapado
acuchillando a la dama.
—¿Y qué decía la canción?
—La había seguido desde Chicago. El y el Holandés llegaron a la conclusión de
que ella tenía el botín y que Harry y ella los iban a traicionar. Mientras, ellos se
traicionaban mutuamente. Benny debió de matar al Holandés, porque dejó el
cadáver en un sitio que facilitara la captura de Harry Reynolds. Pero no lo admite,
o no lo ha admitido hasta ahora.
—Te has desviado, Frank. ¿Por qué iba a acuchillar a esa Elsie-Claire
Coleman-Redmond? —preguntó el tío Am.
—Pensó que se estaba largando con la pasta. A lo mejor tenía razón; no lo sé.
De todos modos, la estaba siguiendo. Ella tenía un compartimiento en el tren.
Durante la noche entró él y empezó a buscar la cama. Ella lo oyó y gritó, y él la
acuchilló. Pero casualmente había dos comisarios en el vagón. Lo cogieron antes
de que saliera del compartimiento. Sin embargo la pasta no estaba allí.
—Pásame la botella, Frank —dijo tío Am—. Voy a tomar otro trago de ese
whisky de contrabando.
Bassett la cogió y se la dio.
—Un cuerno, whisky de contrabando. Es escocés del bueno.
Tío Am bebió y se la devolvió.
—¿Y ahora qué, Frank? ¿Qué vas a hacer?
Bassett se encogió de hombros.
—No lo sé. Archivar el caso. Trabajar en otro asunto. ¿Se te ha ocurrido alguna
vez que acaso no fue más que un asalto con violencia normal y corriente después
de todo, y que nunca cogeremos al culpable?
—No, Frank. Eso nunca se me ha ocurrido —contestó tío Am.
Bassett echó otro trago de la botella. Ya estaba medio vacía.
—Estás loco, Am —dijo—. Escucha, de no ser así, la culpable es Madge.
Incidentalmente, la compañía de seguros está reteniendo ese cheque hasta que
yo les dé luz verde. Pero supongo que la única razón por la que aún no lo he
hecho es que todavía no he visto a ese tal Wilson. A lo mejor lo voy a ver ahora y
así zanjo el asunto.
Se levantó y se acercó al lavabo.
—Estoy hecho un marrano. Más vale que me lave antes de volver a salir.
Abrió el grifo y yo dije a tío Am:
—Bunny me dejó una nota anoche. Se va a Springfield el domingo. Dice que...
Toma.
—Encontré la nota y se la di. El la leyó y me la devolvió—. ¿Le decimos que
vaya a ver al individuo ese?
Tío Am sacudió la cabeza lentamente.
Miró a Bassett, respiró hondo y soltó el aire despacio. Bassett se estaba
secando las manos en la toalla. Puso las gafas en una funda, se las metió en el
bolsillo y se restregó los ojos.
—Bueno... —empezó.
—En cuanto a los cien dólares —dijo mi tío—, ¿te gustaría saber dónde buscar
los cuarenta mil de Waupaca? ¿ Pagarías cien dólares por saberlo aunque
tuvieras que salir de la ciudad para buscarlos?
—Claro que pagaría cien para conseguir cuatro mil. Pero tú me tomas el pelo.
¿Cómo vas a saber tú dónde están?
—Págame los cien dólares.
—Estás loco. ¿Cómo vas a saberlo?
—Yo no lo sé —dijo tío Am—. Pero conozco a un individuo que si lo sabe. Y yo
lo garantizo.
Bassett se lo quedó mirando. Luego extrajo lentamente la cartera del bolsillo.
Sacó cinco billetes de veinte y se los dio a tío Am.
—Si esto es un engaño, Am...
—Díselo, chico —me indicó tío Am.
Los ojos de Bassett pasaron a mí.
—El dinero fue enviado por correo desde Chicago ayer, pocos minutos antes de
las once. Claire lo envió por delante. Iba dirigido a Elsie Cole, Lista de Correos,
Miami.
Los labios de Bassett se movieron, pero no dijo nada que yo alcanzara a oír.
—Supongo que has ganado la apuesta, tío Am —le dije, y le entregué los dos
billetes de veinte dólares; él los puso en la cartera con los que Bassett le había
dado.
—No te lo tomes tan mal, Frank —aconsejó tío Am—. Te vamos a hacer otro
favor. Vamos a ir a casa de Bunny Wilson contigo. Yo tampoco lo conozco.
Bassett se fue recuperando lentamente.
14
Mientras andábamos por la avenida Grand, hacia un calor que parecía el
Sahara y con cada minuto que pasaba se hacia más intenso. Me quité la chaqueta
y el sombrero. Miré a tío Am, que iba andando a mi lado y no parecía tener calor
en absoluto. Vestía traje, chaleco y corbata. «Debe de haber un truco para
aparentar que no se tiene calor», pensé.
Cruzamos el puente y no corría ni un soplo de aire.
Cuando llegamos a Halsted torcimos hacia el sur y recorrimos la manzana y
media que faltaba para llegar a la pensión de Bunny. Subimos las escaleras y
llamamos a la puerta de su habitación.
Dentro oí el crujido de la cama. Se acercó a la puerta arrastrando los pies
calzados con zapatillas y abrió una rendija; cuando me reconoció, la abrió más.
—Hola —dijo—. Ahora mismo iba a levantarme. Adelante.
Entramos todos.
Bassett se apoyó en la cara interior de la puerta. Tío Am y yo nos sentamos en
la cama. La habitación parecía un horno. Yo me aflojé la corbata y me desabroché
el botón superior de la camisa. Esperaba no estar mucho tiempo allí.
Tío Am estaba mirando fijamente a Bunny con una expresión muy rara en la cara. Parecía confundido, casi perplejo.
—Bunny, es mi tío Am. Y éste es el señor Bassett, el detective que trabaja en el
caso de papá —dije yo.
Miré a Bunny y no vi nada que pudiera causar perplejidad. Se había puesto una
bata descolorida encima de lo que llevara para dormir, si es que llevaba algo. Iba
mal afeitado y tenía el pelo revuelto. Evidentemente, se había tomado unas copas
la noche anterior, pero no tantas como para tener una gran resaca.
—Encantado de conocerlo, Bassett. Igual que a usted, Am; Ed me ha hablado
mucho de ustedes.
—Mi tío está un poco loco, pero es un buen hombre —declaré.
Bunny se levantó y se acercó a la cómoda. Vi que había allí una botella y varios
vasos.
—¿Quieren tomar...?
—Luego, Wilson —lo interrumpió Bassett—. Primero siéntese un momento.
Quiero repasar la coartada que le proporcionó a Madge Hunter. De momento la
dejé para concentrarme en otro aspecto del asunto, pero ahora quiero saber si
usted puede probar qué hora era cuando...
—Cállate, Bassett —dijo tío Am.
Bassett se volvió para mirarlo. Se le enrojecieron los ojos en un acceso de ira y
exclamó:
—Maldito seas, Hunter, no te metas en lo que hago yo o...
Iba a dar un paso hacia la cama, pero se detuvo cuando vio que mi tío no le
prestaba atención en absoluto. Todavía estaba mirando fijamente a Bunny, con la
misma extraña expresión en la cara.
—No lo entiendo, Bunny —dijo mi tío—. Usted no es lo que yo me figuraba. No
parece un asesino. Pero usted mató a Wally, ¿verdad?
Se produjo un silencio que se podía cortar a trozos.
Un largo silencio.
Se alargó y duró hasta que se convirtió en una respuesta por sí mismo.
Mi tío preguntó con voz tranquila:
—¿Tienes la póliza aquí? Bunny asintió con la cabeza y dijo: sí.
—Sí, allí, en el cajón de arriba.
Bassett pareció despertar. Se acercó a la cómoda y abrió el cajón. Metió la
mano debajo de unas camisas y sacó un sobre grueso, del tipo en que se guardan
las pólizas de seguros.
Lo miró fijamente y dijo:
—A lo mejor soy tonto, pero ¿cómo iba él a cobrar esto? Madge es la
beneficiaria, ¿no?
—Tenía pensado casarse con Madge —dijo tío Am—. Sabia que le gustaba y
que pronto buscaría otro marido. Es de las que se vuelven a casar. No iba a
querer volver a trabajar de camarera cuando un hombre con un buen trabajo como
Bunny quería mantenerla. Y ya no es tan joven y..., bueno, no hace falta que haga
un diagrama, ¿verdad?
—¿Quieres decir que no sabía que existía el recibo de la prima y pensaba que
Madge no se enteraría de que era beneficiaria de una póliza de seguros hasta
después de haberse casado con él? Pero ¿cómo hubiera explicado el haber tenido
la póliza escondida? —preguntó Bassett.
—No tendría que explicarlo —declaró mi tío—. Una vez casados, podía fingir
haberla encontrado entre las cosas de Wally. Y Madge le dejaría usar el dinero
para montar su propia imprenta; la podría convencer, porque ésta les
proporcionaría una renta toda la vida.
Bunny asintió con la cabeza.
—Siempre incitaba a WalIy para que fuera más ambicioso. Pero Wally no
quería.
Tío Am se quitó el sombrero y se secó el sudor de la frente. Ya no aparentaba
no tener calor.
—Bunny, todavía no lo entiendo —dijo—. y si A no ser que... ¿De quién fue la
idea? ¿Suya o de Wally?
—De él, en serio —respondió Bunny—. El quería que yo lo matara, pues a mí
no se me hubiera ocurrido. Me acosaba continuamente. No es que viniera y me
dijera: «Mátame, compañero», pero después de que empezáramos a salir juntos
con regularidad y él averiguase que yo necesitaba dinero para el taller, y que
Madge me gustaba y yo a ella, siguió insistiendo.
—¿Qué quiere decir con «siguió insistiendo»? —preguntó Bassett.
—Bueno, me dijo dónde guardaba la póliza, en el armario del trabajo, y me dijo
que nadie lo sabía. Me decía cosas como: —«Bunny, a Madge le gustas. Si algo
llegara a pasarme... » El lo preparó todo. Me dijo que si le pasaba algo, sería
mejor que Madge no se enterara de lo de la póliza inmediatamente; que si se
hacia con el dinero en seguida, iría a California o a algún sitio y se lo gastaría, y
que le gustaría poder arreglarlo de modo que no supiera que le correspondía
dinero hasta que estuviera casada con alguienn que lo invirtiera por ella.
—Pero, hombre —dijo Bassett—, eso no es sugerirle que lo mate. Sólo dijo que
si moría...
Bunny meneó la cabeza.
—Esas eran sus palabras, pero no lo que quería decir. Me dijo que ojalá tuviera
fuerzas para matarse, pero que no las tenía. Que cualquiera le haría un favor...
—¿Qué pasó aquella noche? —preguntó Bassett.
—Lo que le dije a Ed hasta las doce y media. Entonces llevé a Madge a casa, y
no a la una y media. Supuse que después ella no se acordaría de todas formas de
qué hora era; si yo decía que era la una y media nos protegería a los dos.
»Ya había dejado de buscar a Wally. Sabía de un lugar donde jugaban a póquer
durante toda la noche en la avenida Chicago, cerca del río. Subía por la calle
Orleáns y casi había llegado a Chicago cuando me encontré con Wally, que iba en
sentido contrario hacia casa, con cuatro botellas de cerveza bastante bebido.
»Insistió en que lo acompañara. Me dio una de las botellas para que la llevara.
Una. Escogió el callejón más oscuro para atajar. La farola del otro extremo estaba
apagada. Dejó de hablar cuando entramos en el calle.
Andaba algo delante de mi, se quitó el sombrero y..., bueno, quería que lo
hiciera, y si lo hacia yo podía tener a Madge y mi propio taller como siempre había
querido y...,bueno, lo hice.
—Pero, ¿por qué...? —preguntó Bassett.
—Cállate —le interrumpió mi tío—. Ya tienes lo que querías. Déjalo en paz.
Ahora entiendo todo.
Se acercó a la cómoda y sirvió unas copas. Me miró, pero yo sacudí la cabeza.
Se detuvo luego de servir tres y le dio la más fuerte a Bunny.
Bunny se levantó para bebérsela. La apuro de un trago y se encaminó a la
puerta del cuarto de baño. Casi había llegado cuando Bassett pareció darse
cuenta de lo que pasaba.
—¡Eh, no...! —gritó, y se lanzó hacia el otro lado de la habitación para agarrar el
picaporte de la puerta que se cerraba antes de que Bunny la trabara desde dentro.
Mi tío a su vez se lanzó sobre Bassett y el pestillo de la puerta del cuarto de
baño encajó con un chasquido.
—Maldita sea, se va a... —dijo Bassett.
—Claro, Frank —dijo mi tío—. ¿Tienes alguna idea mejor? Vamos, Ed.
Vámonos de aquí.
Yo también quería irme y en seguida.
Casi tuve que correr para seguirle el paso una vez nos encontramos en la
acera.
Andaba muy de prisa, bajo el sol abrasador de la tarde. Ya habíamos recorrido
varias manzanas cuando pareció darse cuenta de que yo estaba allí con él.
Aminoró el paso. Me miró y me dirigió una mueca.
—Vaya par de tontos, chico. Íbamos a cazar lobos y hemos atrapado un conejo.
—Ojalá no hubiéramos salido de caza.
—Eso mismo pienso yo. Ha sido culpa mía, chico. Cuando he visto esa nota
hace una hora, he sabido que había sido Bunny, pero no me imaginaba por qué.
No lo conocía y... Caray, no tengo que excusarme. Debí de haber ido a verlo solo.
Pero no, tenía que impresionar al público y llevar a Bassett.
—¿Cómo supiste por la nota...? —pregunté—. Oh, ahora lo entiendo; ahora que
sé que hay algo y ya sé qué es. Escribió bien el apellido. Es eso, ¿no?
El tío Am asintió con la cabeza.
—Anderz. Tú se lo dijiste por teléfono y no le especificaste cómo se escribía. Lo
hubiera escrito «Anders» si no lo hubiera leído en la póliza de seguros cuya
existencia había dicho que no conocía.
—Yo leí la nota y no me di cuenta.
Mi tío no pareció oírme.
—Sabía que no había sido suicidio. Ya te conté lo de la peculiaridad psicológica
de Wally; no podía haberse suicidado. Pero ni soñé que hubiera llegado al punto
de hacer tal despliegue de destreza. Supongo..., bueno, eso es lo que le hizo la
vida, Ed. En realidad da lo mismo. Hacerle esa jugada a Bunny...
—El pensaba que le estaba haciendo un favor.
—Eso espero. Sin embargo, tenía que haber sido más listo.
—¿Cuánto tiempo crees que estuvo planeándolo?
—Contrató la póliza hace cinco años en Gary. Aceptó el soborno de Reynolds
para que votara a favor de la inocencia de su hermano, y votó culpable. Debió de
suponer que la banda de Reynolds lo mataría por ello.
»Pero o algo le hizo cambiar de opinión entonces, o se acobardó. Se largó de
Gary y camufló sus huellas. No debía de saber que Reynolds estaba aquí en
Chicago, o no se hubiera molestado en implicar a Bunny. Si lo hubiera hecho,
Reynolds le hubiera salido más barato.
—¿Quieres decir que hace cinco años que quería...?
—Debía de meditarlo, Ed. Siguió pagando el seguro. Quizá decidió seguir hasta
que tú hubieras acabado los estudios y tuvieras un buen empleo. Quizás empezó
a incitar a Bunny en la época en que tú entraste en Elwood. ¡Dios mío!
Estábamos esperando a que cambiara el semáforo y vi que íbamos a cruzar el
bulevar Michigan. Habíamos andado mucho, más de lo que me parecía.
El semáforo se puso verde y cruzamos.
—¿Quieres una cerveza, chico? —dijo mi tío.
—Me apetece un martini, sólo uno —contesté yo.
—Entonces te voy a invitar a uno con estilo, Ed. Ven, te voy a enseñar una
cosa.
—¿Qué?
—El mundo sin la pequeña valla roja alrededor.
Anduvimos hacia el norte dos manzanas por el lado este del bulevar Michigan,
hasta el hotel Allerton. Entramos y subimos en un ascensor especial. Estuvimos
dentro mucho tiempo. No sé cuántos pisos subimos, pero el Allerton es un edificio
muy alto.
En el último piso había un bar muy elegante y lujoso. Las ventanas estaban
abiertas y no hacía calor. A esa altura la brisa era fresca y no parecía que saliera
de un horno.
Nos sentamos en una mesa situada junto a una ventana del lado sur que daba
al Loop. Era una vista muy hermosa bajo la intensa luz del sol. Los altos y
estrechos edificios parecían dedos que se estiraran hacia el cielo para tocarlo. Era
como el escenario de una novela de ciencia ficción. No parecía real aunque lo
estuvieras mirando.
—¿No es impresionante, chico?
—Muy hermoso —contesté—. Pero es una trampa.
—Es una trampa fabulosa, chico. Aquí pueden suceder las cosas más
descabelladas, y no todas son malas.
Yo asentí con la cabeza y dije:
—Como Claire.
—Como cuando fanfarroneaste delante de los matones de Kaufman. Como el
golpe que le diste a Bassett entre los ojos al decirle dónde está el dinero de
Waupaca. Se pasará lo que le queda de vida preguntándose cómo podías saberlo
tú. —Se rió entre dientes—. Chico, hace unos días estabas un poco alarmado
porque a tu edad Wally se había batido a duelo y había tenido una aventura con la
mujer de un editor. A ti tampoco te va tan mal. Yo soy algo mayor que tú y nunca
he matado a un ladrón de bancos con un atizador de un cuarto de kilo, ni he
dormido con la amante de un pistolero.
—Pero ahora ya ha pasado todo. Tengo que volver al trabajo. ¿Vas a regresar
a la feria?
—Sí. ¿Y tú vas a ser impresor?
—Supongo que si. ¿Por qué no?
—Por nada. Es un buen oficio. Mejor que trabajar en una feria. Es muy
inseguro. A veces haces dinero, pero te lo gastas. Vives en tiendas de campaña
como los beduinos. Nunca tienes un hogar de verdad. La comida es mala y
cuando llueve te vuelves loco. ¡ Menuda vida!
Yo estaba decepcionado. No iba a ir con él, por supuesto, pero me habría
gustado que él quisiera que lo acompañara. Era una tontería, pero así era.
—Sí, vaya vida, chico. Pero si estás lo suficientemente loco como para querer
intentarlo, a mí me encantaría enseñarte todos los trucos. Te acostumbrarías;
tienes madera.
—Gracias —dije—. Pero..., bueno...
—De acuerdo. No pretendo convencerte. Voy a mandarle un telegrama a Hoagy
y luego volveré al Wacker a hacer las maletas.
—Adiós —dije.
Nos dimos la mano. El se fue y yo me quedé allí, sentado ante la mesa y
mirando por la ventana.
La camarera regresó para preguntarme si quería tomar otra cosa y le dije que
no.
Permanecí sentado allí hasta que las sombras de los monstruosos edificios se
alargaran y la luz del lago se oscureció. La fresca brisa penetraba por la ventana.
Entonces me levanté; temía que se hubiera marchado sin mi. Busqué una
cabina de teléfonos y llamé al Wacker. Me pusieron con su habitación y aún
estaba allí.
—Soy Ed —dije—. Voy contigo.
—Te esperaba. Has tardado más de lo que pensaba.
—Me voy corriendo a casa a hacer las maletas. ¿Nos encontramos en la
estación?
—Chico, vamos a ir en un tren de carga. No tengo dinero. Sólo me quedan unos
dólares para comer por el camino.
—¿Que no tienes dinero? No puede ser. Hace unas horas tenias doscientos
dólares.
—Es un arte, Ed —dijo riendo—. Ya te he dicho que el dinero de la feria no dura
casi nada. Oye, te espero en la esquina de Clark y Grand dentro de una hora.
Tomaremos un tranvía hasta donde podamos montarnos en un mercancías.
Corrí a casa e hice las maletas. En parte me alegraba y en parte me daba pena
que mamá y Gardie no estuvieran. Les dejé una nota.
Cuando llegué a la esquina tío Am ya estaba allí. Llevaba su maleta y una funda
de trombón, nueva.
Se rió entre dientes cuando vio cómo la miraba y dijo:
—Un regalo de despedida, chico. En una feria puedes aprender a tocarlo. En
una feria cuanto más ruido hagas mejor. Y algún día habrás ganado suficiente
dinero tocándolo y podrás marcharte de la feria. El primer trabajo de Harry James
fue en la orquesta de un circo.
No me dejó abrir el estuche allí. Nos montamos en el tranvía y fuimos hacia las
afueras de la ciudad. Llegamos a un patio de carga y cruzamos las vías.
—Ahora somos vagabundos, chico. ¿Has comido puchero alguna vez? Mañana
haremos uno. Mañana por la noche llegaremos a la feria.
Se estaba formando un tren. Encontramos un vagón vacío y nos metimos
dentro. Estaba tenebroso y oscuro, pero abrí el estuche del trombón.
Dejé escapar un silbido flojo y se me hizo un nudo en la garganta. Entonces
supe adónde había ido a parar la mayor parte de los doscientos dólares del tío
Am.
Era un trombón profesional, el mejor. Era dorado y estaba tan reluciente que
parecía un espejo. No pesaba nada. Era del tipo que usaban Teagarden o Dorsey.
Era una maravilla.
Lo saqué del estuche y lo monté reverentemente. Tenía un tacto y un equilibrio
estupendos.
De lo que había aprendido en la escuela de Gary, aún recordaba las posiciones
de la escala en do. Uno-siete-cuatro-tres...
Me lo acerqué a los labios y soplé hasta que encontré la primera nota. Era torpe
y confusa, pero era por culpa mía, no del trombón. Con cuidado fui tocando toda la
escala.
El tren se puso en marcha y los tirones de los enganches se acercaron a
nosotros y nos rebasaron como una serie de petardos. El vagón empezó a
moverse lentamente. Volví a tocar la escala y fui cobrando mayor confianza con
cada nota. No me iba a costar mucho comenzar a tocar.
Entonces alguien gritó «¡ Eh!» y yo miré y vi que mi serenata nos había creado
problemas. Un guardafrenos iba corriendo al lado del vagón.
—¡ Bajen de aquí! —-gritó, y puso las manos en el suelo del vagón para saltar
adentro.
—Dame la bocina, chico —dijo mi tío, y me quitó el trombón de las manos. Se
acercó a la puerta, se lo llevó a los labios y solió un ruido atroz, una nota
descendente que sonaba horrible, mientras empujaba la bomba del trombón hacia
la cara del hombre.
Este soltó un taco y se desasió. Siguió corriendo unos metros más, pero el tren
iba demasiado rápido y se quedó atrás.
Mi tío me devolvió el trombón. Los dos reíamos.
Conseguí dejar de reír y me volví a poner la boquilla en los labios. Soplé y salió
una nota clara, un tono claro, hermoso, resonante, que había conseguido por
casualidad.
Pero entonces el tono se rompió y sonó peor que la horrible nota que mi tío
acababa de tocar para el guardafrenos.
Tío Am empezó a reírse y yo intenté soplar otra vez, pero no pude, porque
también me estaba riendo.
Durante un minuto nos estuvimos riendo el uno del otro, y cada vez era peor y
no podíamos dejar de reír. De esta manera el mercancías nos llevó fuera de
Chicago, los dos riéndonos como un par de idiotas.
FIN
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