el régimen de franco - José Luis Gómez Urdáñez

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Saludando brazo en alto, en Calahorra.
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EL RÉGIMEN DE FRANCO
José Luis Gómez Urdáñez
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Requetés y falangistas. El Régimen del 18 de Julio
Pasados los días álgidos de la represión entre primeros de agosto y el 3 de septiembre
de 1936, fecha de las últimas ejecuciones de queleños, la corporación requeté-falangista
presidida por Maximiano Arnedo intentó producir una apariencia de normalidad institucional en el ayuntamiento, pero le resultó muy difícil. La guerra era una realidad omnipresente, igual que el hambre y la miseria. Estaban además los mudos testigos de los crímenes, las lágrimas de las viudas y los huérfanos, las víctimas de las vejaciones –las hijas de
Antonio Calatayud fueron rapadas y probaron el aceite de ricino, como otras queleñas- ;
también las familias que tenían a los hijos escondidos, o en el frente, del que pronto empezaron a llegar al pueblo algunas malas noticias. Por ejemplo, la muerte del joven falangista Gregorio Herce Herce en el frente de Huesca, por el que se hicieron solemnes funerales el día 10 de septiembre del 36. También moría, asesinado por “los rojos”, el fraile pasionista José Antoñanzas Palacios, que había nacido en Quel en 1899. Le mataron en
Barcelona en compañía de otros cuatro hermanos en la fe. Pocos años después, moría un
adolescente de la familia Rada, la más castigada del pueblo; se dice que de pena a causa
del asesinato de dos de sus hermanos, de 14
y 17 años.
Pero además, en el pueblo se conocían las
tensiones entre los propios concejales y jerarcas locales, pues no todos eran igual de
“revolucionarios”, ni habían participado en la
represión de igual forma. Se sabía que el
falangista Julián Moreno no aprobó nunca los
crímenes. Algunos tenían familiares entre las
víctimas. En fin, por más que llevaran el
mismo uniforme, unos pocos eran labradores
propietarios, ricos, otros sólo eran simples
jornaleros, casi analfabetos y pobres. Además,
estaba la entereza de muchos vecinos, familiares de los asesinados, dispuestos siempre
con su presencia a recordar los crímenes a
sabiendas de que se exponían a grandes riesgos. A veces, incluso esgrimieron una tímida
protesta, como la que ocurrió en el verano de
1937 con motivo de una cuestación “pro auxiLucio Herce, concejal conservador desde las elecciones lio social” en la que una docena de hombres
de la República (1931). Requeté, fue nombrado teniente de “rehusó la insignia”. Uno de ellos, Celedonio
alcalde en la Comisión Gestora, presidida por el también Fernández Pérez, “dirigió a las señoritas que
requeté Maximiano Arnedo, el 26 de julio de 1936.
iban haciendo la cuestación palabras grose231
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ras”, que no fueron otras que la conocida y riojanísima expresión “te la metes por…”, palabra
que el jefe local de Falange no se atrevió a escribir “por ser muy grosera”. El vecino fue multado
con 25 pesetas por el gobernador; a los demás
no les pudo hacer nada, pero ahí estaba la lista
con los nombres de los “sospechosos” (al lado
de Celedonio escribieron “ojo”).
Tampoco tuvo consecuencias la denuncia formulada el 3 de abril de 1937 por dos vecinas del
pueblo contra Águeda Martínez Escalona, que
gritó en plena calle, a las 11 de la mañana del 31
de marzo, “insultos gravísimos contra el fundador de la Falange”. La denunciada dijo “que
debían poner en todas las calles que los falangistas son unos canallas, unos ladrones y unos
matones; estas injurias las pronunció al observar
en una pared que habían escrito ‘muera Primo
de Rivera’; dicho escrito al darse cuenta un flecha, lo borró inmediatamente”. La denuncia
Lista de los queleños que “rehusaron” valientemente
pasó del jefe local de Falange al Gobernador, la insignia falangista “pro auxilio social” en 1937.
que la archivó. Mejor evitar problemas con muje- (Archivo Histórico Provincial de Logroño).
res. Ya no volvería a haber crímenes ni presos en
Quel, pero sí incautaciones de bienes –al menos a 14 vecinos- y algunas multas a militantes de izquierda que habían sobrevivido a los días álgidos de la represión.
Como muchos fascistas locales, el alcalde, Maximiano Arnedo, tampoco fue un entusiasta del crimen; además parte de su familia, su propio hermano, era de izquierdas.
Antonio Hernández García califica a Maximiano de “hombre humanitario” y es posible que
contribuyera a que las víctimas en Quel fueran proporcionalmente menos que en otros
pueblos vecinos, como Pradejón, Arnedo o Calahorra (al menos, lo intentó, como veremos). Maximiano, además, no tuvo mucha autoridad pues ya antes de acabar la guerra era
la sede de la Falange el centro político del pueblo, mucho más que el ayuntamiento que
el presidía, que pronto empezó a caer en la rutina y, tras la guerra, en la más absoluta inoperancia. Como en tantos pueblos, en Quel todo quedó en manos de Falange. Y
Maximiano no era falangista, sino requeté.
La corporación queleña nunca fue monocolor a pesar de los pactos establecidos por los
jefes nacionales de Falange y el Requeté antes del golpe de estado; tampoco hizo mucho
efecto la unidad decretada por Franco –el decreto de Unificación del 19 de abril de 1937-,
verdadera acta fundacional del partido único de inspiración fascista, Falange Española
Tradicionalista y de las JONS. Los requetés y los falangistas de Quel parecían lo mismo,
pero no lo eran. Es impensable que sus fricciones se vean reflejadas en algún documento
–eran tiempos de silencio-, y sin embargo, dejaron algunas huellas. Así, por ejemplo, en
marzo de 1937, un mes antes de la Unificación, las actas municipales reflejan un fuerte
enfrentamiento en un pleno. La causa es la sospecha de corrupción, pero es evidente ya
la distancia que hay entre unos y otros, requetes y falangistas, incluso también entre los
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propios “camisas viejas”. Hay una gran diferencia entre Pedro Sigüenza y Gregorio Oñate,
o Julián Moreno, por ejemplo. Ya se sabe que tras la Unificación hubo falangistas que se
consideraron traicionados, generalmente los jóvenes más idealistas que soñaban con la justicia y la regeneración predicada por el líder José Antonio, asesinado en Alicante el 20 de
noviembre de 1936 (una fecha que pasó desapercibida oficialmente en el ayuntamiento
requeté-falangista de Quel).
El 15 de marzo de 1937 la tensión acumulada salió a relucir en la corporación queleña
reunida en pleno. Todo empezó cuando el alcalde Maximiano Arnedo pasó la cuenta del
arreglo de unos caminos que había encargado “personalmente”. El falangista Pedro
Sigüenza, “oídas las manifestaciones de la presidencia, le recuerda que para lo sucesivo,
para esos y otros actos de la competencia de la Comisión Gestora, se le dé cuenta a la
misma”. Era una acusación velada que fue inmediatamente respondida por el requeté
Lucas Arnedo, que “dijo que el alcalde puede hacer lo que quiera”. Sigüenza le contestó
“que el alcalde es un componente de la Comisión Gestora y todos los asuntos a tratar que
afecten a las competencias de la misma debe acordarlos dicha corporación por unanimidad o por mayoría”. Es evidente que en Sigüenza había todavía un recuerdo de la práctica política democrática de sus años de concejal republicano, que no era compartida,
obviamente, por los más “revolucionarios”: muchos requetés no sólo rechazaban la democracia, sino los partidos, incluso el partido único fascista. El jerarca carlista Fal Conde decía
ante el decreto de unificación que “la idea de partido es contraria a nuestra doctrina tradicionalista, a nuestros antecedentes y a nuestro mismo temperamento racial”. Por el contrario, Falange, que se había inspirado en los partidos nazi y fascista entre 1934 y 1936,
fue evolucionando hacia posiciones “revolucionarias”, en las que los más radicales, como
Onésimo Redondo, planteaban “redimir” al proletariado; el propio José Antonio llegó a
apelar al “desmantelamiento del capitalismo”. La politización extrema a la que se llegó en
1936 produjo tomas de postura radicales contra el comunismo y contra el capitalismo.
Hedilla decía: “nuestro fascismo ha nacido español”. El discurso joseantoniano que se leyó
en las radios de Burgos y Valladolid llevó a la cárcel a Ridruejo, Tovar y Girón, destacados jefes falangistas. Era evidente desde que Franco asumió todo el poder que Falange
sería “unificada” y “despolitizada” para ser dirigida por el General a su antojo, lo que produjo una lealtad inusitada al Caudillo en toda la España Nacional.
Pero volvamos al ayuntamiento queleño, al que obviamente llegaron las fricciones entre
unas y otras facciones de Falange y con los requetés en ese momento de la unificación.
Tras el falangista Sigüenza, “intervienen en el asunto otros concejales –anota el secretariolo cual produjo una discusión acalorada y violenta que pudo cortar la presidencia”. El
requeté Maximiano sí cortó la discusión, pero no evitó que hubiera nuevos reproches
sobre el destino de algunos fondos, por ejemplo, el dinero que se recolectó para el socorro de Málaga, o “el destino de 180 latas de conserva enviadas desde Calahorra para voluntarios del frente”, etc. El secretario fue cauto y ya no anotó nada más.
Por documentación del Gobierno Civil sabemos algo más sobre las diferencias entre los
vencedores del pueblo, que venían de muy atrás. Al parecer, en los días siguientes al
Alzamiento, Maximiano había favorecido la afiliación al Requeté de varios vecinos izquierdistas que así pudieron librarse de la represión. Él mismo le comunicaba al gobernador el
15 de septiembre de 1936 que había publicado un bando “haciendo saber que serían admitidos todos los hombres de izquierdas que no hubiesen pertenecido a directivas de parti233
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dos extremistas”. El asunto debió de suscitar recelos, pues el alcalde añadía: “pero reconocida la torpeza, han sido eliminados” (quería decir que habían sido dados de baja de
militancia). Como conclusión, declaraba: “de forma que en la actualidad no existen en
ambas organizaciones afiliados que no gocen de la confianza plena”.
Sin embargo, no era así. A los dos días, la Guardia Civil entregaba a la Corporación las
listas, mecanografiadas, en las que aparecían todos los militantes del pueblo, tanto de
Falange, 108, como del Requeté, 79, todos con nota de “buena conducta” y “de derechas”.
Era la que había elaborado Maximiano.
Tras ver las listas, los falangistas Pedro Sigüenza y Segundo Sáez escribieron ese mismo
día, 17 de septiembre, una carta al gobernador en la que denunciaban que seguían quedando izquierdistas entre los requetés liderados por el alcalde don Maximiano. “Los que
figuran al respaldo –escribieron de puño y letra en la carta- son elementos de izquierdas
y algunos hasta de extrema y en la actualidad figuran alistados en las filas de los requetés”. Y como justificación de su actuación, añadían: “lo ponemos en conocimiento de V.E.
por considerar peligroso para España que esos elementos estén armados en las actuales
circunstancias”. En efecto, entre los fascistas era habitual la exhibición de pistolas y fusiles, incluso escopetas de caza –o de palo para los niños-, en cualquier manifestación pública, de las muchas que había, en realidad, desfiles militares marcando el paso.
En la carta de los dos falangistas, en efecto, figuraban los nombres de los sospechosos
que habían cambiado de bando y algunas notas sobre su comportamiento: “extrema
izquierda: Jesús Pérez Sáenz (a las derechas nos dio mucho que hacer en el ayuntamiento)”; “izquierda: Pedro Pérez Sigüenza (votó a los
comunistas, pero no ha hecho nada malo)”, etc.
Pero lo más fuerte venía al final:
“Nota: advertimos que el alcalde es parte interesada, pues además de ser requeté es hermano del
jefe de ellos”.
La terrible acusación –“además de ser requeté”es la prueba concluyente de las tensiones y desconfianzas existentes entre los dos partidos totalitarios, que a partir de ahora irán distanciándose aún
más. Los requetés seguirán dominando el ayuntamiento, pero el poder real era cada vez más la
Falange de Quel, en la que se hicieron fuertes
algunos jóvenes “camisas viejas” al regresar del
frente: una especie de recambio generacional,
como veremos. La actitud avispada y prudente de
Maximiano le permitió mantenerse como alcalde
durante muchos años –hasta su muerte en agosto
de 1950-; al otro lado, en el de la Falange, Pedro
Sigüenza empezó a no acudir a algunos plenos ya
a fines de 1938. En 1939 acudió a alguno esporádiPágina de la lista de los requetés de Quel entre
camente y, tras las sesiones de 30 de noviembre y
los
que el alcalde Maximiano Arnedo “coló” a varios
15 de diciembre, dejó de asistir. El 9 de enero de
izquierdistas para salvarles. (Archivo Histórico
1941 el gobernador civil le concedía el cese oficialProvincial de Logroño).
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mente. Lo mismo venían haciendo los demás concejales falangistas que, como Sigüenza,
ya no volverán al ayuntamiento desde principios de 1940. Durante muchos años, el ayuntamiento pleno se compondrá sólo del alcalde Maximiano y cuatro concejales, Lucas
Arnedo, Lucio Herce, Vicente Varea y Argimiro Herce, ¡todos requetés! Los cinco falangistas no volvieron nunca más a ocupar sus escaños. Y eso que se pretendía borrar cualquier
signo de desacuerdo, al punto de que en el 30 de enero de 1939, el Jefe Provincial de FET,
Tomás Moreno Garbayo, ordenaba a los jefes locales: “procurará por todos los medios que
todos los afiliados vistan camisa azul y boina roja”.
Nada sabemos, nada dicen las actas ni los documentos del gobierno civil sobre las cinco
sonoras ausencias de los falangistas (¿se podrían la boina roja?). Ni una línea. Es muy sospechoso que en ese año, 1940, al poco de producirse el abandono de los falangistas, no
haya ni un solo pleno entre el 1 de julio y el 30 de noviembre. A partir de este día, de
nuevo vuelven a reunirse los cinco requetés, pero las actas se vuelven mudas. Y así durante años…
Y es que las actas muestran que el ayuntamiento requeté de los cinco, presidido por
Maximiano, apenas trató un solo asunto durante años y años, hasta que llegaron las primeras “elecciones” en 1949. Durante esa terrible década, de aislamiento, hambre y cartillas de racionamiento, todos los asuntos políticos de Quel pasaron por “conducto de la
Falange”. El ayuntamiento acabó siendo absolutamente inútil; a veces, hasta la legislación
era burlada por la omnipresente Falange. Un solo ejemplo entre muchos: cuando en 1945,
el alcalde quiso continuar la obra de las escuelas, tuvo que solicitar el cemento -17.820
kilos- al jefe provincial de la C.N.S., el nuevo organismo sindical falangista rebautizado.
Era el medio más rápido. El propio Delegado Provincial del Sindicato, Luis MartínBallestero, le decía a Maximiano cómo debía hacerlo: “conviene que esa alcaldía reproduzca su petición sin que parezca que se trata de una obra oficial, dando más bien a las
obras un carácter particular, pues de otro
modo tendría que solicitar ese ayuntamiento
oficialmente
dicho
cemento a la administración local en la
forma
reglamentaria
e s t a b l e c i d a ” .
Evidentemente, asuntos
así no podían aparecer
en un acta.
Con todo, causa
asombro ver las actas
de los plenos de esos
negros años cuarenta:
en cada página dos
sesiones, o tres o cuatro a veces, el texto el
Actas de cuatro plenos …¡en dos páginas! Sin más asuntos que tratar se levanta la
mismo: se reúnen los
sesión… Sólo firman los requetés. (Archivo Municipal de Quel).
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cinco –a veces incluso falta algún concejal-, se abre la sesión, dice el secretario que se leen
órdenes y boletines y luego añade: “y no habiendo nada más que tratar se levanta la
sesión”; después, cinco firmas. Y así, folios y folios. Sólo de vez en cuando aparece algún
asunto, que suele ocupar no más de una o dos líneas, por ejemplo, la preparación de las
fiestas del pan y el queso, que se suele despachar con un “hágase como de costumbre”.
Aportamos fotografía pues cuesta trabajo creerlo.
Ni siquiera en los peores tiempos de dominación señorial había dejado de actuar el
ayuntamiento –el concejo-, el secular órgano representativo de los pueblos castellanos.
En esos tiempos terribles no hay que descartar la inhibición en los asuntos de muchos
falangistas desilusionados porque su “revolución” ni había traído pan, ni había reparado
las injusticias, en fin, porque sólo había sido una carnicería. El pobre ciego Emilio Tomás
Longarte, al que ya vimos participar en los disturbios que acarrearon la muerte del alcalde en 1931, y que tuvo bastante trabajo en los cafés y en la banda durante la República
–y aún antes, pues la primera banda que constituyó fue justo antes de la dictadura de
Primo, en 1923-, se quejaba amargamente de su suerte tras el Alzamiento, pues había cesado toda diversión en el pueblo y no podía tocar en ningún sitio. A sus treinta y seis años,
desesperado por el hambre, llegó a escribir una carta al mismísimo Franco en la que no
sólo criticaba que a él no le socorriera el ayuntamiento, sino que los ediles no ayudaban
a nadie y que la corporación gastaba el dinero en convites y farras, sin preocuparse de los
vecinos pobres. Le decía al Caudillo que su situación de extrema pobreza la conocía bien
el alcalde, pero “desgraciadamente –añadía el ciego-, sea porque la mayoría de los que lo
componen (el ayuntamiento) son políticos viejos, sea porque muchas veces obran con
pasión, o sea porque no quieren comprenderlo, lo cierto es que no actúan con justicia,
con esa justicia social y recta que proclama nuestro Generalísimo Franco”; luego, Longarte
arremetía contra el alcalde requeté, “que tanto rehúye por favorecer al necesitado” y, sin
embargo, “no tiene escrúpulo para gastarse muchas pesetas en banquetes últimamente
celebrados aquí, en los que ha invitado a varios forasteros para proporcionarse esa vanidad y ese lujo”. Era el 12 de mayo de 1937.
Es natural que los ediles queleños bramaran, sobre todo cuando supieron que la carta
había llegado al gobernador civil –que pidió al alcalde de Quel que hiciera algo por el
vecino- y al propio entorno del general Franco, así que si al principio le dieron al pobre
hombre alubias y algún dinero, pronto se lo negaron, dejando a su numerosa familia al
borde de la muerte por inanición. En medio de la miseria general, sin embargo, la corporación queleña comunicaba orgullosa el 28 de febrero de 1940 que “las familias comprendidas en la beneficencia municipal no exceden de 25”.
Medio pueblo vivía en la miseria, hacinado en casuchas, cuevas y corralizas bajo la
peña. Muchos de los vencedores no eran más que pequeños agricultores que se creían
hacendados al compararse con los jornaleros, pero en realidad también pasaban hambre.
Más de 2.500 queleños vivían entre la carretera y la peña, mientras el paro y los jornales
de miseria convertían el hecho físico de comer en la gran preocupación de decenas de
familias. Los niños morían como antes de que en el pueblo hubiera agua potable en las
fuentes, y en el vecino Autol se decretó la alarma médica porque había, una vez más, epidemia de viruela.
El Ayuntamiento, preguntado por el gobierno civil sobre la situación “relativa al paro
obrero”, contestaba el 15 de enero de 1937 que “se halla paralizada la obra destinada a
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grupo escolar”, que era la única pública; y añadía: “se hallan cubiertas las
aguas, por cuyo motivo el Estado tenía
que haber hecho efectivo el importe del
primer plazo, 48.000 pesetas”, un dinero que Pedro Soldevilla, el contratista,
tardará años en cobrar (y así poder
pagar a los obreros). Inoperantes, los
munícipes requetés sólo pensaron en
canalizar el Cidacos “como obra nueva”;
ni siquiera hablaron de la peña, de los
caminos, de la carretera a Villarroya,
parada desde hacía años, o del inexistente alcantarillado. Se acordaron de los
maestros, que habían pedido 2,50 pesetas al mes para atender a la limpieza de
las escuelas (las viejas, claro, porque las
nuevas no se estrenarían hasta el curso
1949-50). Y aún tuvieron el descaro de
anotar al final: “no se encuentran paradas las industrias que anteriormente
existían”. A excepción de las dos destilerías, empresas familiares, no había
más industrias en el pueblo que pudieUno de los hijos le escribe al dictado al ciego Emilio Tomás esta
ran dar jornales. Por último, el ayuntapatética
carta dirigida al gobernador, copia de la que también enviamiento reconocía que había muchas
ron al Caudillo.
solicitudes de ayuda de familias que
tenían a los hijos en el frente, pero que
nada podía hacer, pues no había una perra.
La pobreza llegó a tal grado que en febrero de 1939 la Sociedad de Labradores de Quel,
por medio de su presidente, Domingo Arnedo, se dirigió al gobernador civil, en carta
manuscrita, “para que medie sobre el material de labranza, pues los labradores no pueden
hacer las labores …por carecer de material”. Los labradores explicaban luego que “el material que necesitamos nos lo servía la fábrica de Ajuria Vitoria, la cual nos dice que no nos
puede servir el material. De momento necesitamos 200 rejas, 500 puntas, 20 resguardos,
éste es el material que urgentemente necesitamos”. ¡No había ni aperos de labranza!
El relevo juvenil franquista
Las escuelas estaban paradas, pero el ayuntamiento no movió un dedo. Tomaron nota
de la situación de abandono el 30 de noviembre de 1939. Nada podían hacer pues no
había dinero. En la misma sesión acordaron también “con sentimiento, se comunique al
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señor director del Instituto de Segunda Enseñanza de Logroño no haber posibilidad de
destinar cantidad alguna con destino a becas escolares”. Ni para becas ni para nada. Era
evidente que aquella justicia social del Caudillo con la que soñaba el ciego Longarte quedaba lejana. Justo al año siguiente, en 1940, los cinco del ayuntamiento queleño se daban
por enterados de que el contratista de las obras seguía pidiendo las 48.000 pesetas que se
le debían por las obras en el grupo escolar desde antes de la guerra, pero no hubo decisión alguna, ni siquiera un comentario. Pasaron los años y el ayuntamiento siguió mudo.
Acababan un libro de actas y empezaban otro, pero no había cambio alguno. Cada página, dos sesiones y “sin más asuntos que tratar…” A veces incluso no acuden los cinco a
los plenos. En 1947, fue frecuente que sólo se reunieran Maximiano, Lucio Herce y Lucas
Arnedo. Argimiro faltó muchas veces, más que Varea.
Pero ¿qué ocurría en Quel? ¿Cómo era posible tanta desidia? Pues, en Quel, ocurría algo
realmente excepcional en el contexto de la provincia de Logroño: ni el ayuntamiento de
los requetés ni el alcalde mandaban; mandaba la Falange (que en casi todos los pueblos
era también hegemónica en los ayuntamientos). Y la Falange en Quel era un grupo de
jóvenes “camisas viejas” que al volver de la guerra fueron relevando a los viejos que habían abandonado el ayuntamiento, incapaces de entenderse con los requetés. Entre ellos
destacaban el hijo de Pedro Sigüenza, Valentín Sigüenza Moreno, y su primo y camarada
Julián Moreno, también falangista, hijo de aquel juez del año 31, que como su cuñado
Pedro Sigüenza, teniente de alcalde entonces, no salió de casa durante la noche en que
mataron a Víctor de Blas, por temor a las represalias de los izquierdistas. La amistad de
Pedro y Julián, cuñados, fue heredada por sus hijos y primos, Valentín y Julián. Los dos
fueron al frente voluntarios y, en Teruel, Valentín le salvó la vida a Julián: en adelante fueron como hermanos. Pero también lo eran otros falangistas, jóvenes igual que ellos, como
Vidal Pascual (ocupará un cargo de representante de ganaderos), David Royo (luego funcionario en Logroño), Vicente Martínez (hijo del sacristán, que tras la guerra se queda en
el ejército), José
Varea y Alejandro
Díaz (alguacil del
sindicato de riegos).
Todos ellos habían
ido a la guerra
como voluntarios
falangistas, enrolados en la Columna
Sagardía.
Estos jóvenes activistas del 36 serán
el relevo de Pedro
Sigüenza
y
Maximiano Arnedo,
y llegarán prácticamente hasta los
sesenta, controlanLa nueva corporación. Los falangistas son ya franquistas.
do el pueblo desde
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todo tipo de cargos. Valentín Sigüenza Moreno fue funcionario del Ministerio de
Agricultura hasta su jubilación como secretario de la Hermandad de Labradores y formó
parte de juntas y asociaciones de todo tipo: del Sindicato de riegos, del Regadío de Quel,
Arnedo y Autol, de la Sociedad de Regadíos de Bagal y Canderuela, del Catastro, del Trujal
Cooperativo, de la Bodega Cooperativa San Justo y San Isidro. Además estaba en la burocracia del seguro obligatorio, cobrando las mensualidades tanto agrícolas, como de industria y comercio. Siempre mantuvo un pequeño comercio, figurando como comerciante de
profesión y perteneciendo al Sindicato Vertical del comercio –encuadrado en Falange,
claro- hasta su fin en 1976. Se jubiló en 1983. Murió en 2006.
El relevo de los “políticos viejos” se produjo, en efecto, en 1950, el año en que murió
Maximiano Arnedo, pero un año antes se había producido algo realmente extraordinario:
al fin se inauguraron las escuelas, cuyas obras se habían reanudado en 1947. En realidad,
como ocurría con todo, Maximiano y sus cinco estaban un poco in albis, pero Falange
lograba inaugurar un edificio a medio terminar que se iría mejorando en el futuro. El secretario del ayuntamiento puso unas líneas en el acta del pleno del 30 de enero de 1949, las
suficientes para hacer constar que la inauguración sería el 3 de febrero y que la corporación haría una recepción de autoridades. Luego añadía –nunca pensó en las carcajadas que
iba a despertar en el historiador y creo que en ustedes, señores lectores- un lacónico agradecimiento al presidente Maximiano Arnedo por “la gestión brillante realizada por la presidencia en beneficio de esta villa”. Como sabemos, el “puenteado” Maximiano hizo muy
poco…
En fin, se inauguraron las escuelas –aunque faltaban por terminar tres aulas y no había
Nombramiento de alcaldes de Julián Moreno y de Valentín Sigüenza
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mobiliario- y a los pocos días, en la sesión de 6 de febrero, se inauguró también otro libro
de actas, éste con otra novedad asombrosa: el Régimen franquista convocaba elecciones…,
bueno, mejor dicho, nombramientos: tres concejales por el tercio familiar (cabezas de
familia), otros tres por el sindical (FET de las JONS) y otros tres por entidades. El alcalde
seguía siendo don Maximiano, que estaba ausente pues otro servicio a la patria le llamaba: había sido elegido –perdón, nombrado- el 13 de marzo compromisario para elegir
diputados provinciales. Lucio Herce, su viejo camarada en la corporación desde el 26 de
julio de 1936 le sustituía al frente de la activa corporación de requetés (los cinco), en la
que ahora, a partir de las “elecciones” del 49 (perdón, nombramientos), ya no habrá falangistas y requetés; serán todos simplemente franquistas. Entre ellos, entraban en el ayuntamiento como concejales por el tercio de cabezas de familia Valentín Sigüenza y Julián
Moreno.
Los jóvenes falangistas excombatientes llegaban al ayuntamiento con ganas de trabajar
y, en efecto, se notó la renovación, pero de nuevo salieron a relucir las diferencias entre
los franquistas queleños. Al poco de constituir la nueva corporación, empezaron las críticas: las escuelas estaban inauguradas pero no terminadas; el problema del agua era acuciante –será, con el de la vivienda, la gran preocupación de la corporación queleña durante todo el franquismo-; pero el problema principal era el día a día. Un ejemplo: en el pleno
del 9 de julio de 1949, Valentín Sigüenza protesta porque no se ha citado a pleno en el
plazo convenido y logra la adhesión de Mariano Fernández, Luis Oñate, Julián Moreno y
Pedro Aldama. El problema era que había serias divergencias por el urbanismo y los amillaramientos, así que Maximiano contesta airado acusando al grupo de Sigüenza de “hacer
obstrucción y querer paralizar la marcha administrativa de esta corporación”; después, el
alcalde descubre la verdadera causa de la bronca, que es “la circunstancia particular del
concejal Oñate Guillén, que mientras la presidencia no deshiciera una esquina de una
finca de su propiedad la cual fue autorizada legalmente con todos los requisitos legales,
proseguiría su campaña y no habría paz”. A esta moción se adhirieron Lucio Herce y José
Ciriaco Varea. De nuevo se reproducían los dos grupos, como en los viejos tiempos… Y
como en los viejos tiempos, el acta quedó sin firmar.
La próxima sesión será dos meses después, el 7 septiembre de 1949, y de nuevo se
reprodujo la discusión al manifestar el concejal Fernández que el contenido del acta anterior “no es fiel reflejo de lo manifestado en aquella sesión”. Tras nuevo texto, al parecer
consensuado, se llegó a la unanimidad y se siguió con el orden del día, pero no cesó el
enfrentamiento de los falangistas con el alcalde, al que acabaron acusando de impedir el
entendimiento y la unión de la corporación. Al fin, en febrero de 1950, varios concejales,
con Sigüenza y Moreno a la cabeza, amenazaron con la dimisión y acudieron al gobernador solicitando una investigación sobre la situación, es decir, sobre la actuación del requeté Maximiano. En el Archivo Provincial se conservan cartas contra Maximiano de los concejales Luis Oñate, Pedro Aldama, Francisco Calatayud, Mariano Fernández Iguácel y, por
supuesto, de Valentín Sigüenza y Julián Moreno. Era evidente que Falange había decidido
ocupar el ayuntamiento y acabar con el mandato de Maximiano.
Pero el 25 de agosto de 1950 murió Maximiano Arnedo; de forma natural, acabaron las
discordias. El próximo alcalde será el que ya ostentaba la jefatura local de Falange, Julián
Moreno, que se apresuró a nombrar teniente de alcalde a Valentín Sigüenza; antes Moreno
era ya “compromisario para la elección de procurador a Cortes de representación munici240
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pal”. Inmediatamente, los “políticos viejos” –recordemos que eran requetés- eran barridos
por los jóvenes falangistas. Empezaba una nueva etapa, pero también corrían nuevos aires
en el Régimen.
Por estos años, el franquismo, muy consolidado –y ya respaldado como mal menor frente al comunismo en la Europa del telón de acero y del intervencionismo norteamericano-,
comenzó a marginar a la Falange en los círculos ministeriales y de poder económico. La
estrategia de Franco, ahora aliado de las viejas democracias, no fue comprendida en el
mundo rural, donde los camisas viejas seguían teniendo todo el poder y todavía soñaban
con la revolución nacionalsindicalista. La propuesta de Julián Moreno de intervenir en
asuntos políticos de envergadura vino de su amigo y camarada, el subjefe provincial de
Falange, Norberto Santarén, quien le eligió entre los nombres que propuso Lucio Herce,
alcalde en funciones. Lucio, el brazo derecho de Maximiano, escribió el 6 de septiembre
de 1950 una carta al gobernador proponiéndose para el cargo, pero añadía otros nombres
en la lista, entre ellos, obviamente, el de Julián Moreno y Valentín Sigüenza. El subjefe
falangista provincial no dudó al hacer la elección, según le comunicó al gobernador el 16
de septiembre, quizás deslizando una mentira pues le decía que Julián Moreno Bretón
había sido “propuesto por la mayoría absoluta de los concejales”. El día 19, el gobernador
lo comunicaba al ministro de la Gobernación. Por arriba era evidente el cambio, pero por
abajo, el franquismo nunca pudo desligarse de su primer y más importante sostén: los
falangistas.
Desde la constitución de la nueva corporación queleña se notó sobre todo más trabajo
en los asuntos municipales. Empezaba a haber soluciones a viejos asuntos como las escuelas, el agua corriente, los caminos, la casa consistorial. Era evidente que los falangistas contaban con canales privilegiados. Por ejemplo, en el pleno del día 7 de noviembre de 1749
se trató sobre “el alumbrado, instalación de wáteres (sic) y de estufas en el grupo escolar”. El alumbrado que se pedía para el grupo escolar era “sobre todo en la época de la
clase de adultos”, es decir, para las clases nocturnas que se daban a los analfabetos, organizadas por Falange.
A los pocos meses, el ayuntamiento queleño hacía su primer presupuesto, el de 1950,
que ascendía a 159.415 pesetas. Personal y obligaciones generales suponían la mitad de
los gastos. Había 10.717 ptas. para “beneficencia”, 4.810 para “asistencia social” y 16.745
para “instrucción pública” (niños y adultos). En salubridad e higiene gastaban 9.000.
Aunque las partidas para “asuntos sociales” siguieran siendo escasas, es evidente que
sobrepasaban con mucho las que hemos visto antes, incluso en los ayuntamientos republicanos.
En la misma sesión en que se aprobó el presupuesto se acordó también comprarle al
obispo el edificio elegido para casa consistorial, un vetusto caserón que fue posteriormente derribado para levantar la actual casa consistorial; también se acordó hacer una
calle para unir la plaza de Abajo con la carretera, lo que se hará con sorprendente rapidez. Ya alcalde Moreno, una comisión en la que están Sigüenza y Varea, acudió a
Calahorra a negociar con el obispo, en su calidad de administrador de la casa de la que
era propietaria la conocida familia Sáenz de Tejada. Acordaron el precio -75.000 pesetas-,
los plazos de pago, etc. y así, el ayuntamiento acabó haciéndose con una casa consistorial propia por primera vez en la historia. Era ya 1951.
Empezaba una nueva década. Iban a ser años cruciales para el pueblo, que seguía man241
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teniendo todos los retos de la modernización, entre ellos la gestión pública. La documentación municipal permite constatar hasta dónde había llegado el desprecio por lo público
en la casa de todos durante la década anterior. El pueblo seguía medio a oscuras, iluminado por las viejas bombillas de la República; apenas hubo construcción, los caminos y
las calles se arreglaban a veredas pactadas entre los vecinos o por medio de los Regantes;
ningún camino se hizo nuevo, seguía sin haber agua corriente, tampoco había un mínimo
alcantarillado. En fin, la renta de los años de la República tardó en recuperarse hasta fines
de los cincuenta. Hubo enfermedades tercermundistas que seguían segando la vida de los
niños, como el tifus y una epidemia de viruela que provocó el aislamiento del vecino
Autol. La Sección Femenina intentaba campañas de higienización, pero no tenía implantación en los pueblos. Las mujeres se “encuadraban” con facilidad en las Hijas de María,
pero, salvo algunas hijas de los vencedores, muchas obligadas, no se vestían con el hombruno uniforme de la Sección Femenina, ni estaban ya dispuestas a “bordar en rojo” yugos
y flechas, soñando con hombres “mitad monjes, mitad soldados”.
En Quel, como en otros pueblos fuertemente represaliados, costaría mucho tiempo desplegar alguna actividad desde las secciones juvenil y femenina de Falange. Los campamentos de Laga no entusiasmaron a la corporación, que en 1959, ya con Valentín Sigüenza
de alcalde, rechazó dar subvención a la Organización Juvenil Española (la célebre y omnipresente OJE). En vez de enviar dinero al Frente de Juventudes como se solicitaba,
Sigüenza pensó que era mejor dar 300 pesetas a cada uno de los dos niños que irían al
campamento. Al año siguiente, la
elección de los niños se delegó en
los maestros, a quienes se daba el
dinero correspondiente para que
lo entregaran a los que ellos eligieran. Tampoco la Sección
Femenina tuvo mejor trato: en
1957, la delegada provincial ofrecía al ayuntamiento nada menos
que una “Cátedra”, claro que se
trataba de “una cátedra ambulante
de dicha Sección para dar clases
de costura, trabajos manuales,
corte, solicitando ayuda”. Los
munícipes, de acuerdo con su
alcalde Julián Moreno, les buscaron local, pero no les dieron ni un
duro. No sabemos cómo les fue a
Valentín Sigüenza, voluntario falanJulián Moreno, miembro de la
las queleñas con estos experimen- gestora nombrada el 26 de julio gista en julio de 1936, fue teniente de
tos, pero sí que por esta época de 1936, cuando ya había parti- alcalde con Julián Moreno, su primo, y
Corín Tellado interesaba más…
do al frente como voluntario alcalde brevemente en 1959 (poco más
Ya a fines de los cincuenta vino falangista. Al volver de la guerra, de un año). Desempeñó luego diversos
al encuentro de la mujer rural una fue juez municipal (como su cargos, especialmente en la Hermandad
padre). Fue alcalde en 1950, tras de Labradores.
asturiana universal, Corín Tellado, la muerte de Maximiano, y
“la inocente pornógrafa” como la Diputado Provincial.
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llamó Cabrera Infante, la escritora que batió todos los records de ventas de novelas sentimentales, una fábrica de sueños para deleite de jovencitas y desesperación de sus madres
y abuelas. Los hombres disfrutaban más de las novelas del oeste –que fueron también un
método eficaz de alfabetización-; pero todos, todos empezaban a ver el mundo a través
del cine, en Quel, en las dos salas que había, Las Columnas y El Frontón. Cine y baile fueron las dos grandes diversiones de la época. En realidad, fueron más que diversiones…
De la autarquía al desarrollismo
El ayuntamiento tenía ya casa consistorial en la Plaza del Caudillo –todavía con inquilinos y diversas dependencias particulares que fue vendiendo- y desde luego se mostraba
más activo. El presupuesto no dejó de crecer: el de 1951 fue de 196.565 pesetas; el de 1952
alcanzó las 221.556, y así proporcionalmente, un 15%, un 20%, fue creciendo hasta el salto
de los años setenta, debido a la gran inflación. Todo se lo llevaban los gastos fijos, de personal, material de oficina, etc., sin que se pudieran abordar las obras de importancia que
necesitaba Quel. Como ya ocurriera en la República, había que pedir en Madrid, donde
un ministro “amigo” seguía abriendo puertas: años atrás fueron Olózaga, el clan Sagasta,
los Rodrigáñez; luego fue Amós Salvador Carreras; ahora iba a ser el riojano Eduardo
González Gallarza, general y además ministro del Aire.
Los dos primos y camaradas, Sigüenza y Moreno, fueron a a ver al general en el frío
enero de 1952. Llevaban dos asuntos en cartera, las escuelas y la traída de aguas, que fueron atendidos a juzgar por los rápidos resultados: el gobierno pagaría al fin la subvención
aprobada en 1933 para el grupo escolar -96.000 pesetas en dos plazos (al fin cobraría el
contratista, aunque no todo)- y concedería diversas cantidades para las obras del agua y
alcantarillado (a sumar a las que iría dando la Diputación). Los dos primos volvieron de
la capital exultantes. Pasaron los gastos al cobro, que ascendieron a 2.458 pesetas. Como
por esos días la corporación aprobaba el jornal del obrero en Quel –quince pesetas diarias-, podemos imaginar el valor de las pesetas de entonces. En cualquier caso, llegó dinero a Quel y el ayuntamiento envió una carta de agradecimiento al general.
La década de Moreno y Sigüenza al frente del ayuntamiento estuvo dominada por la
necesidad de hacer obras, la permanente ruina del ayuntamiento y el drama del paro y la
emigración. En 1953 todavía había 23 familias en la lista de la beneficencia.
Pero como ya hemos visto en el primer tercio del siglo XX, cuando todo parecía ir bien
hacían su aparición …las tormentas. Durante los años 54 y 55 hubo numerosos nublados
que arruinaron las cosechas. La “tormenta del siglo” –siempre se decía lo mismo, pero ya
hemos visto otras similares años antes- se produjo el 25 de mayo de 1954 a partir de las
cuatro y media de la tarde; era, según decía el ayuntamiento al día siguiente, un “siniestro producido sobre toda clase de cosechas de toda la jurisdicción”. Era “tan terrible desgracia que ha de traer el hambre y la miseria a la mayoría de los hogares de este vecindario”, anotó el secretario. La corporación acordó, como siempre, solicitar la condonación
de las contribuciones, la suspensión de arbitrios y consumos, y pedir subvención para
remediar el “paro obrero” a la Junta interministerial, a la Diputación y al ministerio de
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Agricultura.
Al año siguiente, dos tormentas, el 24 de julio y el 29 de agosto, volvían a arruinar las
cosechas, especialmente la última que destruyó la viña, el olivar y los almendros, así como
la hortaliza. De nuevo, la corporación puso en marcha toda clase de solicitudes, desde
luego, la sempiterna llamada a la Junta Interministerial del Paro, y además acordó sondear las posibilidades de la repoblación forestal, menos por sentimientos ecológicos que por
dar jornales a los parados.
Las tormentas descargaban en Quel en momentos en que, precisamente, el Régimen culpaba a la pertinaz sequía de los males de España. También se apuntaba desde El Pardo a
un presunto enemigo exterior, a una inquietante conjura marxista-judeo-masónica que
nadie era capaz de explicar –salvo el Caudillo-, pero nada se podía hacer para ocultar que
en Quel había tifus y que los desprendimientos de la peña seguían poniendo al descubierto el drama de la infravivienda. Había empezado la emigración y, a la vez, los primeros planes para construir viviendas baratas. En el fondo, los que se fueron hicieron un gran
favor a los que se quedaron: el pueblo empezó a bajar de los 2.600 habitantes, una cifra
que ya no ha vuelto a tener nunca, ni siquiera en estos tiempos de inmigración.
Pero los que se fueron volvían, risueños, en verano, con más dinero y ganas de vivir,
quizás con moto o seiscientos. Todos se reconciliarían al llegar las fiestas –la guerra empezaba a olvidarse-, las vacaciones –un regalo nunca visto hasta entonces, regalo del
Régimen, claro-, la sensación de que había fututo: los jóvenes ponían la nota de normalidad; eran joviales, divertidos, sanos. En 1955, por primera vez, las fiestas del Pan y Queso
tuvieron nada menos que espectáculo taurino además de lo habitual: orquesta, redoblante y gaita, y marcha de las peñas. Empezaban las vaquillas, la solución universal de los
municipios riojabajeños para amenizar las fiestas, un festejo que sólo se justificó invocando una falsa tradición, que en Quel no empezó precisamente soltando vacas por las calles,
sino toreando novillos o vaquillas en la Plaza de Abajo, lo que ya se hizo en las fiestas del
Pan y Queso de 1921 (las vaquillas por las calles, imitación de los sanfermines, tardarían
en llegar).
El primer año taurino en Quel, las actas apenas reflejan lo que iba a ocurrir en el coso
preparado para la ocasión en la Plaza de Abajo, pero al año siguiente ya hay más detalles.
El ayuntamiento aprobó el festejo taurino los días 5, 6, 7 y 8 de agosto y una subvención
de 5.000 pesetas “a la baja”, pero además cerrará la plaza y contratará “director de lidia y
matador”, pues se mataron dos novillos, dos. (Al año siguiente, ya fueron tres). El ayuntamiento cobraría entrada y los ingresos irían al hospital-asilo de la villa. El “ganado de
lidia y de muerte” lo compraron a don Luis Díez, ganadero de Calahorra. El novillero contratado fue Rubito de Viana y el matador, Pepe Díaz, “El Ternero”.
Como se ve, la tradición taurino-vaquillera de Quel tiene muy poquitos años como tantas otras inventadas en el franquismo; en realidad, era la manera de que el Régimen presentara otra cara, alegría y buen humor, jotas y pasodobles, “recuperando” símbolos neutros y festivos de un pasado inventado, trajes regionales de campesinos en fiesta, una
patrona y reina de La Rioja –la Virgen de Valvanera, coronada por el propio Franco
que vino a Logroño en 1954 a inaugurar la estación del ferrocarril y a recibir la medalla
de oro-, folklore y jotas más o menos adaptados a la modernidad juvenil por una incombustible Nieves Sainz de Aja, de la Sección Femenina, que compartía con la OJE otras
exhibiciones, las deportivas y marciales que preparaban los profesores de gimnasia nom244
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brados por la Falange en los
institutos, camaradas de los
que impartían la Formación
del Espíritu Nacional. En las
escuelas, los maestros se contentaban con escribir en la
pizarra la “consigna” y en
intentar que los chicos cantaran algún himno patriótico.
No hace falta decir cuáles.
El franquismo, con una
nueva cara, se preparaba
para celebrar los 25 años de
paz en medio de un control
absoluto de la provincia que
Franco y el obispo, auxiliados por doña Carmen, coronan a la Virgen de
el gobernador civil transmitía Valvanera en la Concha de El Espolón, en octubre de 1954. El obispo era ya don
así al ministro de la goberna- Abilio del Campo y de la Bárcena, un notorio franquista entre cuyos méritos figuran
ción: “en el ambiente de el haber ocultado el Concilio Vaticano II a sus fieles y el poner a la venta muchas
obras de arte riojanas. La corporación queleña se apresuró a comprar el retrato
oposición al Régimen (…) se enmarcado de don Abilio, por el que abonó 90 pesetas de 1954.
ha venido observando cierta
actitud propagandística de carácter comunista, consistente en letreros pintados en fachadas de fábricas principalmente y en las calzadas de algunas carreteras, así como siembra
de octavillas y hojas de propaganda del citado matiz…”. Nada de esto tenía que ver con
Quel, obviamente, un pueblo en el que su ayuntamiento sólo se preocupaba de las obras
públicas y de cobrar los impuestos …y de montar festivales taurinos, como hemos visto;
también de celebrar el Pan y el Queso, por supuesto. Lo demás corría a cuenta de la iniciativa privada, o lo que es lo mismo: los queleños debían espabilarse, reciclarse, aprender electricidad por correo, poner un taller para aprender a mecánicos –luego sabrían arreglar la Vespa, el 600 y el John Deere-, vender electrodomésticos, instalar televisores, sembrar cultivos rentables –cebolleta, pepinillo, tomate y sobre todo, espárrago, “el oro blanco” ¡Dios, cómo dolían los riñones!- y estudiar. Que mis hijos estudien: ése fue el lema de
una época en que todo estaba por inventar. Pero, en fin, dejemos la nostalgia…
Al principio de los cincuenta los ediles habían proyectado la primera obra pública de
intención social declarada: se trataba del camino del cementerio (también, camino de
Autol). Era transitado por los agricultores, y, como escribe con cierto humor negro el
secretario, “además dicha calle sirve de conducción a los habitantes de esta villa a la última morada de los mismos”. Pero en realidad, el objetivo era emplear a los jornaleros parados. Al justificar la necesidad del camino, el alcalde Moreno decía que era por “conveniencia general que ha de reportar dicho camino, pues con la construcción del mismo se
ha de resolver en gran parte la crisis de trabajo existente en esta localidad; sabido es de
todos que los obreros de esta villa se encuentran parados y otros han emigrado de la localidad en busca de trabajo (…) cuya crisis motiva la situación económica precaria que existe, causa de la cual es la escasa cosecha de vinos y frutas que fue la de 1951”. Pidieron a
la Junta del Paro nada menos que 500.000 pesetas, y la Junta contestó afirmativamente,
pero sólo les dio 25.000 pesetas. Deberían acostumbrarse para el futuro a aumentar la peti245
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ción para recibir un poco menos de lo
necesario…
Pero la obra principal de la década –y
de la siguiente- fue el agua potable y el
alcantarillado, así como el centro rural
de higiene, que se proyectó en 1952. En
esos años de apertura internacional, el
crédito exterior permitió al gobierno
emprender algunas obras en el mundo
rural orientadas a paliar las enormes
deficiencias sanitarias. Los organismos
internacionales a los que España iba a
empezar a pertenecer, una vez aliado el
Procesión de San José a fines de los cincuenta. Varios miembros
Régimen a los Estados Unidos y bendedel
ayuntamiento portan la imagen o la acompañan detrás. A la derecido por el Vaticano, comprobarían la
cha se reconoce a Julián Moreno Merino, padre, juez durante la
situación asombrosa de una España
República; el hijo porta la imagen, junto a Valentín Sigüenza.
pobre, analfabeta –muchos maestros,
médicos y técnicos estaban muertos o
en el exilio- sometida de nuevo al caciquismo, ahora apoyado desde los cuarteles y los
púlpitos, siempre pendientes de los gestos de un Caudillo endiosado e incontestable. A
Quel el dinero llegó de muchas maneras, incluso en especie, pues en 1955 se recibían las
primeras partidas de leche en polvo, lo que obligaba al ayuntamiento a construir una
“cocina económica” en el grupo escolar para que los niños pudieran calentar el agua para
hacer la leche.
Los Centros Rurales de higiene se abrieron en estos años, pero el de Quel –como ocurría con todo- tardó en llegar. Los baldosines de estos centros tan característicos venían ya
con la fecha -1953-, pero en Quel, la “entrega” del Centro se hizo en 1960, por cierto, a
un médico a quien los queleños han homenajeado este año, el excelente profesional y
mejor persona don Ángel Pelarda. En las actas municipales se conserva el inventario del
centro que recibió el querido médico, con los pobres útiles de la profesión y el austero
mobiliario. Sorprendentemente, el ayuntamiento debía cobrarle alquiler al médico, pero la
casilla con el importe quedó en blanco.
Era entonces alcalde Valentín Sigüenza, que había sustituido a Julián Bretón el 17 de
febrero de 1959. El mandato de este verdadero “hombre fuerte” del Régimen fue muy
breve, sólo hasta el 5 de julio de 1960, en que el gobernador nombró a Domingo Muro
Martínez, el primer alcalde que no había hecho la guerra. El nuevo alcalde continuó la
política de obras públicas y apenas se notó cambio alguno. Como era habitual, empezó el
mandato con muchos proyectos y hasta fue a ver al gobernador en 1961 para exponerle
la necesidad de pavimentar las calles y la carretera “por encontrarse en pésimo estado”;
también le mostró su interés por “la canalización y construcción del pantano de Yanguas
sobre el río Cidacos” y, desde luego, le hizo ver la urgencia de las viviendas baratas, la
obra pública que sería emblemática de la década. Algunas necesidades, como las que
expusieron los vecinos del barrio Casas de Afuera, que pedían una fuente pública, deberá esperar. El ayuntamiento les dijo que “se ve en la imposibilidad de realizar dichas
obras…” Y es que el agua corriente todavía no llegaba para todos.
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El ayuntamiento queleño se limitaba a ejercer bien sus funciones, a lograr un nivel técnico aceptable y a mantenerse al margen de la política. Eran los años de desarrollo y los
españoles habían encontrado un método inédito en el mundo: eran todos apolíticos, incluso el General Franco, que decía: “haga usted como yo, no se meta en política”. En el colmo
de la farsa, los ayuntamientos estaban obligados –como en la Restauración- a que cuadrara el presupuesto por encima de todo, así que en el de Quel, como en todos los pueblos,
gastos e ingresos fueron siempre la misma cantidad, aunque la deuda se elevara a varios
cientos de miles de pesetas y para todo hubiera que pedir créditos y pagar crecidas sumas
de intereses.
PRESUPUESTO DEL AYUNTAMIENTO
Año
1950
1951
1952
1953
1954
1955
1956
1957
1958
1959
1960
1961
1962
1963
1964
pesetas
159.415
196.565
221.556
258.953.
264.551
302.323
319.286
363.186
421.787
461.986
455.578
465.722
476.446
486.746
493.006
La elevación de los prepuestos empezó a agigantarse a fines de los sesenta, debido a la
galopante inflación que el Régimen no podía parar. En 1975 el presupuesto acabó siendo
de 6.303.277 ptas., pero lo más sorprendente era que desde hacía muchos años el presupuesto estaba al margen de la realidad. De entrada, más de la mitad del gasto se iba en
los salarios del personal y en el capítulo de material y oficina, mientras las obras públicas
se financiaban mediante créditos al margen del presupuesto. Por ejemplo, en 1956, las
obras de traída de aguas se presupuestaron en unos 2 millones de pesetas, sobre lo que
se concedió un crédito de 700.000. Ese año el presupuesto era poco más de 300.000 pesetas. En pocos años, los intereses superaban los ingresos presupuestados, que básicamente provenían de los tributos indirectos pagados por los queleños. Las economías de las corporaciones locales de estos años harían enloquecer a los actuales economistas.
En definitiva, las grandes inversiones iban por caminos poco claros, mientras el día a día
motivaba constantes quejas por el aumento de los impuestos que gravaban todo. Se pagaba la capitación personal -un impuesto vecinal que recuerda el feudalismo-, pero también
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se pagaba por las bicicletas o por el permiso de
mantener abiertos bares, bailes, etc. El ayuntamiento era una caja de recaudación pero, sorprendentemente, no tenía un duro; la inflación
y los intereses de los créditos se comían los
impuestos de los queleños, así que no se veía su
labor. En 1961, el ayuntamiento cobraba a los
dos cines 10.000 pesetas al año si mantenían las
entradas a 6 pesetas; si las subían, pagarían el
30% de la subida. Los bares La Parra y el
Navarro pagarían 1.200; los de Las Columnas y
el Frontón, 1.500 y el Choco, 425; el del baile
del Frontón, 1.000 pesetas.
Por esta razón, los queleños seguían desconfiando de la institución pública más cercana y
representativa. A fines de los sesenta, las críticas
se extendían ya, en amplios sectores, a los
demás niveles de la administración y, al final, al
mismo Caudillo, al que se ridiculizaba con chistes y coplillas, bien que buscando la compliciLa casa de los Sáenz de Tejada, en la Plaza de Arriba.
dad y con todo género de precauciones: cómo
no recordar los rumores inventados sobre la
vida privada de Su Excelencia, el tomate en la
lata, la Collares, etc. Es obvio que en los pueblos,
bien vigilados por los vencedores, se notaba
menos que en las ciudades, pero había jóvenes
estudiantes, algunos muchachos inquietos –como
siempre- que provocaban el escándalo con su
propio atuendo o sus actitudes “rebeldes” y sobre
todo, inéditas, desconocidas. Iba a empezar el
coqueteo con la juventud, a la que el Régimen
intentó denodadamente atraer, aunque todavía se
mantenía el rigor: vigilancia en los cines, en los
bailes, cuidado con las parejas. En 1963, el alcalde de Quel pedía más celo a los dos serenos del
pueblo que todavía vigilaban por la noche a
causa de “actos de gamberrismo”. Iba a empezar
la moda ye ye, el rock and roll, las melenas y la
minifalda…
Era la provocación permanente. ¿Cómo lo aceptaría el Régimen? Pues montando un modernísiProcesión del Corpus en los cincuenta. El cura es mo Ministerio de Información y Turismo a cargo
Higinio Arpón. Tras él, Valentín Sigüenza, alcalde. de un ministro joven, catedrático de universidad,
Roque Latorre, Cosme Arnedo, Feliciano Martínez, etc. que venía de Londres –como muchos miles de
El palio se reservó para cubrir el Cuerpo de Cristo;
nunca nadie en España desfiló bajo palio salvo Franco. turistas- y decía que Spain is different. Era Manuel
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Fraga Iribarne.
Parece mentira, pero en Quel
se notó, como en toda la provincia, el efecto escaparate que
el Régimen quería producir.
Pero para empezar, se notó en
el dinero que el ayuntamiento
tenía que aportar a la financiación del lavado de cara. Desde
fines de los cincuenta el ayuntamiento era constantemente
solicitado para aportar pequeñas cantidades –unos miles de
Lápida conmemorativa de la construcción de las primeras viviendas, todavía
pesetas- para los campamentos
con el anagrama de Falange y las siglas del Instituto Nacional de la Vivienda.
falangistas de Laga, para el
mantenimiento de los monjes
de Valvanera –en 1957-, para ferias, para “stands” y exposiciones; pero es en la década de
los sesenta cuando se disparan las solicitudes. Una muy simbólica es la que hace la
Diputación para montar el tradicional desfile de carrozas de la recién inventada Fiesta de
la Vendimia, tan riojana que era la misma y al mismo tiempo que la que hacían en Requena
o en Jerez, dos ciudades de parecida importancia vitivinícola. Las dos primeras fiestas de
la vendimia riojanas fueron más locales, más “logroñesas”, pero en la tercera, la de 1959,
Quel puso 1.500 pesetas y un “chico” y una “chica” de la localidad que irían en la carroza de Arnedo, que “representa a todo el partido”. En adelante, Quel seguirá participando
en la fiesta, así como en la feria del vino, a la que se adhirió en 1960, en su segunda edición, pagando 7.500 pesetas. Luego vendrían donativos para embellecer pueblos, representar a la provincia, modernos “stands” en ferias turísticas, campañas por televisión de
promoción de “nuestros productos”, etc. En fin, la entonces provincia de Logroño participaba de la Nueva España abierta al mundo prestando su vino y su alegría: el riojano –el
andaluz del norte- era ya un reclamo tópico de alegría, vinillo, jota y guitarra, y mujeres
rollizas, coloradotas y campestres, pero sanas, como les gustaba decir a los hombres del
Régimen.
El pueblo se modernizaba, extrenaba el primer taxi –en 1961-, aprobaba el primer plan
de urbanismo –en 1960- y daba gracias constantemente al barón de Benasque, Francisco
Sáenz de Tejada y Olózaga, miembro de aquella familia propietaria del palacio, de aquel
cura que donó el terreno de las escuelas, emparentada nada menos que con el padre del
progresismo español, Salustiano de Olózaga, que vivió muchos años en el vecino Arnedo.
Antes fue Amós Salvador, Tirso Rodrigáñez, luego González Gallarza, ahora el barón…
Con el apoyo de tan ilustre personaje, presidente de la Diputación de Guipúzcoa, el
ayuntamiento queleño logró muchos créditos y apoyo oficial y subvenciones, sobre todo
para la obra de las viviendas. Entrados los sesenta, el Ministerio de la Vivienda, con el
apoyo del sindicato vertical, acometió un vasto plan de construcción de casas y pisos, que
llegó al fin al necesitado Quel. La “Obra social” de las “viviendas baratas” produjo una gran
satisfacción a los hombres del Régimen que al fin veían algún fruto de aquella Revolución
que muchos llamaban ya “Revolución pendiente” cuando no “revolución traicionada” (y
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que hacía que el gobernador informara sobre el comportamiento de los “falangistas de
izquierda”). En Quel se hicieron 24 viviendas en 1967 y ochenta casas unifamiliares para
agricultores en 1973, típicas de esa época, modelo de “pueblos de colonización”. Para el
sociólogo Francisco Sigüenza, autor de un estudio sobre Quel en los siglos XIX y XX, la
medida favoreció a una quinta parte de los queleños.
En ese momento, cuando empezaba a llegar la primera mecanización al campo –las
mulas mecánicas- y cuando el problema de la vivienda estaba a punto de arreglarse, la
emigración seguía minando la base demográfica queleña. Una oleada migratoria como
nunca se había conocido en Quel dispersó por España a muchos queleños, la mayoría
atraídos por la industria del entorno de Bilbao, algunos por el sector servicios en Madrid,
pocos por Barcelona. A pesar de los esfuerzos, Quel no progresaba. El tren de vía estrecha apenas produjo impacto económico al ser proyectado para unir las explotaciones
mineras del sur con la estación de Calahorra; tampoco el pueblo era un cruce de caminos
a pesar de estar bien comunicado. Arnedo, con su espectacular crecimiento en el ramo del
calzado, atrajo mano de obra y se dio aires de ciudad ya en los sesenta. Quel siguió mermando. No prosperó tanto como en Calahorra la industria conservera, a pesar de las tres
empresas que lograron constituirse en los cincuenta y sesenta –y que han llegado hasta
hoy-, que lograron crear cientos de puestos de trabajo directos en campaña y más del
doble indirectos. El espárrago, el oro blanco, fue el gran fenómeno agrario, el producto
que hizo llegar a Quel más dinero
seguramente en su historia. En 1982, se
pagó el kilo a más de 300 pesetas,
cuando se recolectaban en el pueblo
unas 10 toneladas diarias. Llegó a
haber temporeros del espárrago (véase
el capítulo siguiente).
Por ese tiempo en que parecía superada la crisis de trabajo y la emigración
laboral, empezó el drama de la fuga de
los jóvenes mejor preparados, los estudiantes universitarios, que tras acabar
la carrera dejaban el pueblo, así que
no hubo grandes emprendedores,
menos en la agricultura. El fértil regadío queleño tenía el problema del precio cada vez más elevado de la mano
de obra –lo que terminó con el espárrago-; el secano, dominado por la
tríada mediterránea –cereal, vid, olivo-, tuvo que superar la crisis de los
setenta, en que se arrancaron olivos y
se abandonaron viñas. La crisis del
petróleo de 1973 incidió decisivamente
en el Rioja y la Denominación de
Buscando petróleo en Quel…
Origen; el problema del aceite de
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oliva, más complejo, tardó más en ser superado. Precisamente, en el sector del olivar, Quel
ha recibido recientemente la mayor y más tecnológica inversión agraria de su historia.
En fin, Quel no llegó a la democracia en las mejores condiciones, ni económicas ni
humanas. Como anécdota queda en el recuerdo de los queleños aquellos días del otoño
de 1962 en que grandes camiones atravesaban el pueblo dejando caminos y calles destrozados por las rodadas en el barro… Iban buscando petróleo. Nada se encontró y además, al poco, cerraban las minas de la cuenca sur del Cidacos, lo que hizo inviable un
ferrocarril que también quebraba y cerraba. Hoy, la vía es un precioso paseo a la orilla del
río, entre huertas, árboles frutales y casillas, un paraje que dice mucho de la sociabilidad
y el amor por la naturaleza –por lo suyo- de los queleños.
Quel, democrático
El 20 de noviembre de 1975 moría Franco y, como tantas veces, se producía la gran
paradoja: un hecho histórico de primera magnitud pasaba sin dejar huella en las actas de
la corporación queleña, convertida ya en las postrimerías del franquismo en una simple
entidad administrativa. Durante esos meses, apenas hubo actividad política manifiesta en
los escasos plenos (es obvio, que la hubo y mucha, pero sin dejar rastro). La corporación
continuó en la inoperancia, sin reflejar ningún acontecimiento ocurrido en la Transición,
ajena –en apariencia- a las urnas, a las elecciones, al referéndum sobre la reforma política, a la restauración de la monarquía, a las “cortes constituyentes”. Aún se conserva el primer retrato oficial del rey llegado a Quel, suponemos que ya en 1976, a juzgar por el pie
de foto. Nada se dice sobre el fin de una época; nadie en la corporación hablaba del futuro, menos del rey. El propio gobernador se desentendió del asunto, pues simplemente
emitió una nota informando a los alcaldes que pasaran por el Gobierno Civil a recoger un
retrato de Juan Carlos, ya que no había medios para enviarlos -¿quién trajo el primer retrato del rey al ayuntamiento de Quel?-. Eran de gran tamaño, decía el gobernador. Juan
Carlos aparecía con el uniforme de Capitán General, el que preferían los franquistas…,
pero los más recalcitrantes siempre sospecharon que no todo estaba “atado y bien atado”
como aseguró el dictador.
Cuando llegó la democratización del ayuntamiento queleño, en 1979 –nuestra última cita
con la historia-, era evidente la desarticulación política local y una cierta desorientación de
la izquierda, algo bastante natural tras la emigración y los muchos años de dictadura. Pero,
aun así, Quel volvía a tener elecciones municipales libres, las primeras desde aquel día 12
de abril de 1931, y un ayuntamiento democrático, el primero desde el día 26 de julio de
1936, hacía 43 años.
El día 19 de abril de 1979 se reunió la primera corporación democrática. Como en 1931,
se levantó un acta para su constitución, pero no hubo protestas como entonces, sólo un
incidente revelador: el alcalde saliente se negó a dar la vara al primer alcalde democrático, cabeza de una coalición en la que había un concejal de ORT, un partido claramente
marxista.
Ese día termina en Quel la Transición, una palabra mágica que fue adquiriendo signifi251
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cados nuevos día a día y acabó dando nombre a
una época, convulsa pero bien resuelta, que puede
darse por finalizada tras ser aprobada la
Constitución de 1978 y constituirse los primeros
ayuntamientos democráticos en 1979. España volvía a la monarquía constitucional, la que tenía un
antecedente aún más lejano, el año 1923, cuando
Alfonso XIII apoyó al dictador Primo de Rivera y
liquidó la Constitución. El descrédito de la monarquía al apoyar aquel golpe de estado del general
no se volvió a repetir el 23 de febrero de 1981 –el
célebre 23 F-, antes bien, quizás fue el recuerdo lo
que impulsó a Juan Carlos I y a Sofía a no cometer el mismo error que tan caro pagó aquel rey lejano –y la propia dinastía- desde 1931 (también Sofía
podía recordar hechos parecidos sobre su propia
familia en Grecia). Por el contrario, la monarquía
nueva y la democracia salieron fortalecidas de
aquel vergonzoso acontecimiento.
Fotografía de Juan Carlos I en 1976, con uniforme
Con la constitución del primer ayuntamiento
de Capitán General, como les gustaba a los franquisdemocrático hemos de terminar, pues la historia tas. Fue probablemente la primera foto oficial que
exige distancia, tiempo y reposo para la reflexión. llegó a Quel.
Lo que sigue ya no es historia, sino crónica de
unos hechos, de enorme trascendencia sí, pero que han de quedar en el recuerdo de los
queleños del futuro, a los que corresponde hacer de nuevo la historia –una y más historias- de su pueblo.
La crónica es ésta: el primer ayuntamiento democrático de Quel se constituyó así: los
concejales electos se reunieron bajo la “mesa de edad” presidida por el de más edad, José
Luis Royo Aldama. Los líderes de las tres formaciones que obtuvieron concejales presentaron candidato a alcalde: Senén Pérez Aldama, por la candidatura independiente –la más
votada-, Gabriel Pérez Marzo por Coalición Democrática (antecedente del PP) y Pedro
Herce Barrero por Unión de Centro Democrático. Fue votado para alcalde por mayoría
absoluta Senén Pérez Aldama por 6 votos; 5 recibió Pedro Herce (los de UCD y CD). El
nuevo alcalde fue proclamado y tomó él mismo la vara, siendo felicitado por todos. Antes
los concejales habían jurado o prometido cumplir y hacer cumplir la Constitución.
Aquel pueblo, que hace quinientos años dividieron los señores feudales y que se enfrentó en una trágica guerra civil, ha aprendido a convivir, a pesar de las tensiones, y se ha
dado una norma, la democracia, en la que hay que insistir. Precisamente, la historia que
hemos hecho queremos que sea una parte, didáctica y moral, para seguir aprendiendo
democracia, pues la democracia se aprende …y se debe enseñar. Nosotros diferenciamos
la memoria de la historia: la memoria es individual, propia, de cada uno; la historia es de
todos y ha de formar parte de cualquier proyecto social de futuro. Dueños de sus destinos y en libertad, sin imposiciones ni trabas, los queleños se enfrentan así, en mejores condiciones, a un futuro de progreso, en paz y en democracia. Pues tienen historia.
Que sea así siempre y para bien de todos. La historia nos recuerda lo mucho que pode252
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mos perder en el enfrentamiento, lo poco que podemos ganar desunidos. También nos
enseña a respetar todas las opiniones, a discutirlas y a elegir. En cada encrucijada histórica hubo distintas opciones: la historia narra cómo se eligió cada una de ellas, a veces
mediante el diálogo, otras por la imposición y la fuerza. Lo que fue, fue en efecto. Nada
lo puede cambiar. La historia nos enseña a mirar hacia delante, aunque lo hacemos como
aquellos pájaros de Borges, que al volar miraban también hacia atrás por precaución. Pues
somos pasado, y memoria, e historia.
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