EUCARISTÍA Y NUEVA EVANGELIZACIÓN Mons. Darío de Jesús

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EUCARISTÍA Y NUEVA EVANGELIZACIÓN
Mons. Darío de Jesús Monsalve Mejía, Arzobispo de Cali.
1. Compartir con Jesús: Juan 6, 1-15.
Vivimos aquí hoy un ENCUENTRO con Jesucristo, movidos por la celebración
agradecida de sesenta años de vida diocesana. Y lo hemos llamado
CONGRESO EUCARÍSTICO, utilizando un lenguaje ya tradicional en la
Iglesia. Quizás las imágenes preciosas que llegan a nuestra mente cuando
escuchamos este relato del Cuarto Evangelio sobre la multiplicación del Pan,
nos permitan enmarcar bien el sentido de este acontecimiento, superando los
límites rituales y mentales del mero culto eucarístico. Podríamos extender, de
modo muy libre, el origen de los Congresos Eucarísticos diocesanos,
nacionales e internacionales, a estas imágenes impactantes de los seis relatos
de la multiplicación del pan que nos traen los evangelios. Marcos y Mateo, en
efecto, nos ofrecen dos cada uno. Lucas y Juan se limitan a narrar una cada
uno. Estas narraciones son historias de reuniones masivas con Jesús que los
evangelistas transforman en predicación y catequesis, en imágenes de fe muy
vivas y llenas de sentido práctico. En el trasfondo hay una orientación
fundamental, profundamente simbólica, que Juan une directamente con la
Eucaristía en el capítulo seis de su Evangelio:
 En primer lugar nos presenta el signo en sí mismo, el de un ENCUENTRO
CON JESÚS Y EL DE UNA COMIDA MULTITUDINARIA, a partir de cinco
panes y dos peces que llevaba un muchacho en su mochila, quizás un
“fiambre” preparado por una buena mamá para el grupo familiar que
participaba en dicho “congreso” y que encuentra una inesperada y
sumamente organizada satisfacción al hambre que los agobiaba.
 En segundo lugar, resalta el alcance universal de la persona de Jesús a
través del simbolismo de los números matemáticos. El número mil designa
a una gran muchedumbre, que se ve MULTIPLICADA POR CINCO en el
caso de las personas saciadas. El número siete, cinco panes y dos peces,
PRESENTA a Jesús como LA PLENITUD DE LA GRACIA DE DIOS. Esta
gracia es inagotable y permanente en la Iglesia para siempre. A esta
realidad apunta el simbolismo de los doce cestos sobrantes. Deben servir
para dar de comer a todo el pueblo de Dios, simbolizado en los Doce
Apóstoles y que comprende a todo el Israel de Dios (Gálatas 6,16), a todos
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los buscadores de Dios. Podríamos ser atrevidos y, haciendo uso de una
gran libertad de interpretación, ver en estos números y en este
universalismo, a la humanidad entera, repartida en el planeta, en LOS
CINCO CONTINENTES, bendecida con la tierra que multiplica el pan y con
los dos océanos, los dos peces, que contienen todas las abundancias de
Dios para que no haya hambre en la tierra. No se trata de desconocer a los
hambreados ni de limitar a los invitados, sino de abrir la mesa para todos,
desde la gratuidad, la generosidad y providencia de Dios. COMPARTIR
CON JESÚS es la clave para participar de este Amor Universal de Dios,
del Reino de Dios que nos llega con el Enviado del Padre. En efecto, los
Evangelios nos presentan numerosas COMIDAS DE JESÚS con toda clase
de gente, especialmente con los “pecadores”. Ellas son el signo más
elocuente de la presencia del Reino de Dios en la tierra de los hombres.
Pero estas comidas multitudinarias en LA MULTIPLICACIÓN DEL PAN Y
DE LOS PECES nos hacen ver a Jesús como quien abre la creación
entera, liberada de la esclavitud del pecado y de la muerte, como una gran
MESA DE DIOS, mesa a la cual son invitados todos los pueblos, para que
se nutran con el Pan de los hijos y de los hermanos.
2. Eucaristía y Nueva Evangelización:
El cuarto evangelio nos ofrece un vínculo clarísimo entre la multiplicación del
pan y el misterio de la eucaristía, entre este comer el pan y el pescado y
“comer la carne y beber la sangre “de Jesús. Dicho vínculo es el piso que nos
permite comprender la unidad sustancial entre evangelización y eucaristía.
Más aún, cuando la evangelización lleva este acento de la novedad perenne
de la persona de Jesucristo, Evangelio de Dios para todo hombre, unido al
desafío de nuevos tiempos y nuevas categorías culturales. Acento y desafío
formulados por la Iglesia como LA NUEVA EVANGELIZACIÓN. San Juan no
solamente ubica la Eucaristía en la realidad de la vida y la historia humanas,
asumidas y comulgadas en la persona de Jesús, en el misterio de su
presencia y de la comunión de vida con Él, sino que une también la realidad
del LOGOS, del VERBO que se hizo hombre, de la Palabra que se hizo carne
(Juan 1,14), con la realidad de la Eucaristía, del “comer la carne” del Hijo del
hombre (6,51.53). Estos son los dos elementos claves para comprender el
significado de la Nueva Evangelización para la Eucaristía y de la Eucaristía
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para la Nueva Evangelización. La lectura de 6,11 nos suena a celebración
eucarística: “tomó entonces Jesús los panes…dio gracias…los repartió”. Son
los verbos de la consagración en la santa Misa: tomar, bendecir, partir y dar.
Más que la multiplicación de los panes, tendríamos que hablar de la
multiplicación del Pan, que es el significado del hecho: apuntar a otro Pan que
pueda saciar toda clase de hambre. Así lo pondrán de relieve, tanto “el
discurso sobre el pan de vida” (6,23-50), como “el discurso eucarístico” (6,5158, que vienen a continuación en el texto. El Verbo hecho carne se identifica
con la carne hecha Pan: “El pan que yo le voy a dar es mi carne por la vida
del mundo” (6,51). La clave de fondo es el misterio de la encarnación que
llega a su sentido en el cuerpo y la sangre del Señor Resucitado con el
que el creyente comulga. La Eucaristía es la continuación de la
encarnación, del Cristo Resucitado. Es la PRESENCIA SACRAMENTAL DE
CRISTO RESUCITADO que nos hace partícipes del poder de su resurrección,
de su gloria junto al Padre, y de la comunión con su Pasión y Muerte en la
cruz. Pero esta clave de unidad entre encarnación y comunión eucarística con
el Señor Resucitado, encuentra a su vez el sentido en LA PARTICIPACIÓN
EN LA VIDA ETERNA, que se logra por la unión con Cristo Resucitado,
poseedor de la vida, que la regala como el Padre se la ha regalado a él. Esta
participación no se da por la manducación y bebida materiales, sino por LA
PRESENCIA SACRAMENTAL que se encierra en la materialidad de las
especies eucarísticas. Jesús, en conclusión, ofrece algo más que satisfacer
todas las apetencias y exigencias existenciales del hombre: sus necesidades
vitales (pan), sociales (amor) y profundas (sentido y verdad). Quien lo acepte
como el verdadero pan del cielo, no tendrá más hambre. Quien acepta sus
palabras, que son espíritu y vida, que son palabras de vida eterna (6,63.68), y
comulga con su “carne” que es el Pan bajado del Cielo, anticipa el estado
interior de felicidad y dicha en Dios, que es la gracia del Evangelio para el
hombre, la que lo hace “bienaventurado” en medio de sus semejantes. Esta
aceptación es inseparable de la fe e imposible sin ella. Venir a Jesús es
sinónimo de creer en él y, desde la adoración interior, hacer la oración más
profunda, la petición que involucra todo nuestro ser: “SEÑOR, DÁNOS
SIEMPRE DE ESE PAN” (6,35).
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3. Conclusiones:
a. Nueva Evangelización para vivir la eucaristía.
El “humus” en el que se relacionan la Eucaristía y la Nueva Evangelización
será siempre el de la GRATUIDAD absoluta de la Persona de Jesús, tanto en
la Palabra que suscita la fe como en la Eucaristía que suscita la contemplación
de la Presencia sacramental y conlleva a la escucha y adoración de la persona
del Señor. Pero ambos elementos, palabra y “carne”, son inseparables del
único Jesús encarnado hasta la cruz y el sepulcro, resucitado hasta llegar
junto al Padre y habitar en el creyente por el Espíritu Santo, entregado como
PAN DE VIDA en la eucaristía que, junto con La Palabra, le ha confiado a la
Iglesia. De por medio habrá entonces, siempre, UN ENCUENTRO DE
OIDOS Y OJOS ABIERTOS Y DE CORAZÓN PALPITANTE con el Señor
Jesús, que suscita la fe y la conversión, que abre la propia vida a la
participación de la vida de Jesús, a compartir la vida con él, a hacerse su
discípulo misionero en la comunión de la Iglesia y en la comunidad de los
hermanos. Ante los ojos estará siempre el prójimo, el mundo de los
necesitados y hambreados, la creación herida por el pecado, la historia urgida
de redención, pero, sobre todo, bendecida con la compasión de Jesús y de los
suyos. ENCUENTRO, CONVERSIÓN, DISCIPULADO, COMUNIDAD Y
MISIÓN serán entonces el itinerario común que conduce a las personas a
hacerse cristianos, guiados en él por el Espíritu y la Iglesia, el Cuerpo actuante
de Cristo Resucitado en la vida e historia de las gentes y pueblos. En ese
sentido, la Nueva Evangelización recorre las estaciones de los inicios de la fe,
encontrando a Jesucristo, de manera especial, en LA PALABRA, que es sobre
todo la Sagrada Escritura que lo testimonia desde el acontecimiento de la
encarnación; en LA EUCARISTÍA, que lo hace visible de manera sacramental
en la fracción del Pan, en el sacrificio redentor; y en EL POBRE, que es la
presencia personalizada que Jesús se ha escogido y que identifica la fuerza
liberadora, dignificante y solidaria del Reino de Dios entre los hombres.
Desde esta perspectiva del ITINERARIO COMÚN A LA EVANGELIZACIÓN,
la eucaristía está presente desde el sujeto evangelizador mismo que es la
comunidad eclesial, misterio de comunión misionera. LA COMUNIÓN Y
LA MISIÓN SE IMPLICAN MUTUAMENTE. El punto de partida de la misión
es la comunión como horizonte gratuito de Dios con nosotros y como
testimonio de unidad apostólica y eclesial: “Que sean uno para que el mundo
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crea”, pide Jesús al Padre (Juan 17,21). Y el punto de llegada de la misión es
la comunión de los hombres con Dios y entre sí, de la cual es sacramento en
el tiempo y en el espacio la Eucaristía. La iniciación cristiana está orientada
hacia la eucaristía. De este modo, la Eucaristía es fuente, centro y culmen
de la vida de la Iglesia.
b. La Eucaristía como Nueva Evangelización:
La fuerza de la eucaristía está en la PRESENCIA de Jesús resucitado
entre nosotros (Mt 28,20), vivida como MEMORIAL, SACRIFICIO,
SACRAMENTO DE COMUNIÓN Y ANTICIPACIÓN de la nueva
creación. En este sentido, la eucaristía ES ANUNCIO y encierra en sí
“todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, a Cristo mismo, nuestra
Pascua” (Presbiterorum órdinis,5). Más aún, la Eucaristía se vuelve
MISIÓN. Si en la Evangelización se inicia con el “Id” como mandato
misionero de Jesús, la eucaristía desemboca como celebración en el
“Id”, el “ITE, MISSA EST”, que reubica a los fieles celebrantes en el
horizonte de la misión permanente dentro del mundo.
Sin embargo, es necesario precisar que la eucaristía, como la liturgia
entera que la tiene como su núcleo, razón y sentido, no son en sí
“instrumentos de evangelización” ni espacio para “nuevos métodos” ,
“nuevas expresiones”, innovaciones que la hagan más evangelizadora,
como si necesitase de un valor agregado. Este respeto a la naturaleza
de la eucaristía y de la liturgia se convierte en una afirmación capital,
precisamente en cuanto a que ella pertenece a la vida de la Iglesia, al
“sacramento de unidad”, sin convertirse jamás en acciones privadas o en
inventos nuestros. La eucaristía es como es. Al relacionarla con la
Nueva Evangelización o con la evangelización a secas no podemos caer
en ningún utilitarismo, ni “colgarle” valores agregados, adjetivos u otras
cosas similares, quizás pensando que así hacemos nueva
evangelización. Si la evangelización es entendida de modo auténtico, la
liturgia eucarística deberá ser el mayor signo de unidad universal,
católica y apostólica, así como de santidad de la Iglesia. En este
sentido, cada Iglesia tiene el deber de cuidar la eucaristía y la liturgia
como el bien más precioso de unidad en la diversidad de lenguas,
culturas y pueblos, como la fuerza más dignificante de las personas,
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familias y naciones, a través de la vivencia de lo trascendente, del
reencuentro de los hombres en Aquel que es la Vida, la Verdad, el Bien
y la Belleza suprema para todos. Y nada mejor para ello que la misma
Nueva Evangelización o la Evangelización o también la primera
evangelización bien llevada. Porque la eucaristía, normalmente,
SUPONE LA EVANGELIZACIÓN, es decir, la evangelización precede a
la liturgia y a la eucaristía, al menos cronológicamente, pues, como dice
el Vaticano II (Sacrosanctum Concilium,9), “para que los hombres
puedan llegar a la liturgia , es necesario que antes sean llamados a
la fe y a la conversión”.
En este aspecto hay que considerar la GRATUIDAD QUE ENCIERRA
LA EUCARISTÍA Y LA HUMILDAD QUE OBLIGA A LA IGLESIA, al
celebrante y a la comunidad. Todo esfuerzo que tienda a manipular o
instrumentalizar las celebraciones litúrgicas a costa de su finalidad
principal, el culto gratuito a Dios y el signo universal de unidad y
comunión, subordinando éste a otra finalidad cualquiera, aunque sea la
de evangelizar, debe considerarse una infidelidad y un fracaso. Toda
celebración litúrgica, y en primer lugar la eucaristía, es y debe ser,
primeramente, el momento cumbre de nuestra adoración gratuita, en
respuesta a la suprema gratuidad del amor creador, redentor y
unificador de Dios hacia todos los hombres.
Hecha esta salvedad, es necesario también decir que la naturaleza
misma de la eucaristía la hace FUERTEMENTE EVANGELIZADORA.
En ella Dios habla a su pueblo, dialoga con él, y el pueblo responde a
Dios, sobre todo con el canto y la oración. La proclamación de la
Palabra de Dios tiene su lugar más apropiado, del que nunca debería
separarse, en la eucaristía. Allí la Palabra hace comunión, no separación
ni división, como dolorosamente ocurre en las rupturas confesionales. La
fuerza evangelizadora de la Palabra de Dios, del Evangelio o mismísima
palabra de Jesús, de la homilía y las moniciones dentro de la eucaristía
la convierten en el más denso y decisivo anuncio del misterio de la
salvación. Más aún, en no pocas circunstancias, la eucaristía se
convierte en el acto misionero, tal vez el providencial o el único posible
para muchas gentes. Piénsese en aquellos países en los que los
creyentes tienen prohibida o limitada la actividad catequética,
educadora, evangelizadora y pública, reducidos a los templos o
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sometidos a clandestinidad o prisión. De ello tenemos múltiples
ejemplos. Muchas veces, aún en nuestros ambientes de cristianismo
convencional, la eucaristía “social”, “circunstancial” o incluso mediática,
es la única posibilidad de que la palabra se conecte con la conciencia de
muchas personas alejadas, no creyentes, no católicas, sumidas en la
dispersión del mundo actual o en la confusión de la cultura hegemónica
hoy. De ahí que el mantener la integridad de la eucaristía como bien de
toda la Iglesia y oración suprema de los creyentes, resulta fundamental.
En síntesis, LA EUCARISTÍA EVANGELIZA DESDE SU PROPIA
NATURALEZA, A SU MODO, SIN PERDER SU FINALIDAD
PRINCIPAL. ¿Cuál es este modo? LA CELEBRACIÓN. La Eucaristía
anuncia la Buena Nueva celebrándola. Decir celebración es decir
FIESTA. Es el fenómeno festivo, redescubierto en nuestros días, el que
ha de orientarnos en este punto, La fiesta es un gozo en común o una
comunicación gozosa. Es un estallido vital, manteniendo sus propias
reglas, al modo como las mantiene todo juego. De este modo evangeliza
la eucaristía: desplegando festivamente la salvación anunciada,
haciéndola presente en el gozo, dándonos un pregusto, una anticipación
de su realización total, librándonos de toda ilusión y vanidad.
Concluyo, entonces, recapitulando toda esta potencia que encierra la
eucaristía, no solo como banquete conmemorativo, sino también
anticipativo, porque la pascua del Señor ya es victoria segura sobre la
muerte y sobre todas las potencias enemigas, ya es liberación,
reconciliación y unificación de todo en Cristo. Partiendo del humilde pan
y vino de la creación, llegando al Cristo resucitado y a la gracia
vivificante del Espíritu Santo, en la misa vivimos todo el poema de la
salvación que abarca cielo y tierra. La eucaristía no es solo un momento
en el día o la semana: es toda la vida en un momento. Es la punta más
avanzada en la que la Iglesia toca ya el futuro al que camina, poniendo
todas sus energías en movimiento para que el Reino de Dios llegue ya a
la tierra, a la historia.
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