Crónica de una muerte anunciada. El día en que lo iban a matar

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COMENTARIO CRÓNICA….EL DÍA EN QUE LO IBAN A MATAR…
“El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana
para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un
bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el
sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros.
“Siempre soñaba con árboles”, me dijo Plácida Linero, su madre, evocando 27 años
después los pormenores de aquel lunes ingrato. “La semana anterior había soñado
que iba solo en un avión de papel de estaño que volaba sin tropezar por entre los
almendros”, me dijo. Tenía una reputación muy bien ganada de intérprete certera de
los sueños ajenos, siempre que se los contaran en ayunas, pero no había advertido
ningún augurio aciago en esos dos sueños de su hijo, ni en los otros sueños con
árboles que él le había contado en las mañanas que precedieron a su muerte.
Tampoco Santiago Nasar reconoció el presagio. Había dormido poco y mal, sin
quitarse la ropa, y despertó con dolor de cabeza y con un sedimento de estribo de
cobre en el paladar, y los interpretó como estragos naturales de la parranda de
bodas que se había prolongado hasta después de la media noche. Más aún: las
muchas personas que encontró desde que salió de su casa a las 6.05 hasta que fue
destazado como un cerdo una hora después, lo recordaban un poco soñoliento pero
de buen humor, y a todos les comentó de un modo casual que era un día muy
hermoso. Nadie estaba seguro de si se refería al estado del tiempo. Muchos
coincidían en el recuerdo de que era una mañana radiante con una brisa de mar que
llegaba a través de los platanales, como era de pensar que lo fuera en un buen
febrero de aquella época. Pero la mayoría estaba de acuerdo en que era un tiempo
fúnebre, con un cielo turbio y bajo y un denso olor de aguas dormidas, y que en el
instante de la desgracia estaba cayendo una llovizna menuda como la que había visto
Santiago Nasar en el bosque del sueño. Yo estaba reponiéndome de la parranda de la
boda en el regazo apostólico de María Alejandrina Cervantes, y apenas si desperté
con el alboroto de las campanas tocando a rebato, porque pensé que las habían
soltado en honor del obispo.
Santiago Nasar se puso un pantalón y una camisa de lino blanco, ambas piezas sin
almidón, iguales a las que se había puesto el día anterior para la boda. Era un
atuendo de ocasión. De no haber sido por la llegada del obispo se habría puesto el
vestido de caqui y las botas de montar con que se iba los lunes a El Divino Rostro, la
hacienda de ganado que heredó de su padre, y que él administraba con muy buen
juicio aunque sin mucha fortuna. En el monte llevaba al cinto una 357 Magnum,
cuyas balas blindadas, según él decía, podían partir un caballo por la cintura. En
época de perdices llevaba también sus aperos de cetrería. En el armario tenía
además un rifle 30.06 Mannlicher-Schönauer, un rifle 300 Holland Magnum, un 22
Hornet con mira telescópica de dos poderes, y una Winchester de repetición.
Siempre dormía como durmió su padre, con el arma escondida dentro de la funda de
la almohada, pero antes de abandonar la casa aquel día le sacó los proyectiles y la
puso en la gaveta de la mesa de noche. “Nunca la dejaba cargada”, me dijo su madre.
Yo lo sabía, y sabía además que guardaba las armas en un lugar y escondía la
munición en otro lugar muy apartado, de modo que nadie cediera ni por casualidad a
la tentación de cargarlas dentro de la casa”.
El texto que vamos a comentar es el inicio de la obra, que comienza anticipando el final. El
primer capítulo se centra en el periodo de tiempo en que Santiago Nasar sale de su casa para
esperar al buque en que llegaba el obispo y se cierra con el anuncio de su muerte: “Ya lo
mataron”. Posteriormente al fragmento, diversos personajes describen a Santiago Nasar y el
día del crimen (entre ellos el narrador o la cocinera Victoria Guzmán y su hija Divina Flor).
Todos ellos, excepto el protagonista, sabían que lo iban a matar, y se insiste en todo el capítulo
y en la obra en general en el cúmulo de casualidades que conducen al asesinato.
En el fragmento destaca una gran unidad temática, pues se centra básicamente en los
presagios que anuncian el trágico final de Santiago y la descripción del día en que se produce
éste. Todos los párrafos del texto contienen en la primera línea el nombre del protagonista del
texto, Santiago Nasar.
En la primera parte, que abarca los dos primeros párrafos, se narran los sueños premonitorios,
que nadie supo interpretar, ni siquiera su madre, que era, paradójicamente, intérprete de
sueños ajenos. Santiago sueña que atraviesa un bosque y que era feliz, aunque se introducen
notas negativas, como “cagada de pájaros”. También había soñado semanas antes con un
avión de papel de estaño (los metales tienen una simbología asociada a la muerte,
posteriormente aparece el cobre) En ambos sueños el protagonista va solo, y parece feliz (en
el primer caso había una llovizna tierna –como sucede luego el día del crimen-, luego su
felicidad se quiebra, y lo mismo sucede en el segundo, donde él va en el avión entre los árboles
sin tropezar con ninguno). Todas estas situaciones aluden metafóricamente a su muerte, él
avanza solo, feliz, después de una noche de fiesta, y de pronto encuentra la desgracia.
En el segundo párrafo se insiste en los presagios que aluden a su muerte. Así, se despertó con
mal cuerpo y un sabor “de cobre” en el paladar (de nuevo aparecen los metales). En este
párrafo se introducen los testimonios de la gente del pueblo sobre el día trágico, que se
relacionan con los sueños de Nasar y anuncian la inminente tragedia, con la selección de
elementos negativos (“aguas dormidas”, “cielo turbio y bajo”).
La segunda parte se centra en Santiago Nasar, su indumentaria el día del crimen para recibir al
obispo, (de blanco, como un inocente que va a ser sacrificado), y en sus aficiones, sobre todo la
caza y las armas.
El personaje principal es Santiago Nasar, a quien poco después del fragmento describe el
narrador: tenía 21 años, era esbelto, pálido, de ascendencia árabe (mediante la metonimia
“párpados árabes”), cabello rizado. Era hijo de un matrimonio
de conveniencia, risueño y feliz. También se destaca en la obra su carácter de mujeriego. Tiene
una novia formal, Flora Miguel, pero frecuenta el burdel de María Alejandrina Cervantes y
persigue a las mujeres que desea. De su padre heredó la afición a las armas de fuego, como
vemos en el texto (llevaba una pistola y en su casa tenía varias armas), y también a la caza
(también se dice que solía llevar al monte sus útiles de cetrería). En el libro la afición a cazar
tiene doble sentido, se refiere también a la captura de mujeres (recordemos la cita que
encabeza el libro, “La caza de amor es de altanería”).
Santiago será acusado de provocar la deshonra de Ángela Vicario, pero este hecho no se
aclara. En el fragmento y en el libro se asemeja en ocasiones a Jesucristo por la vestimenta que
lleva, de blanco, y en otros momentos se destaca su fuerza y resistencia casi sobrenaturales
ante las cuchilladas de los asesinos.
Existe una fatalidad que persigue al protagonista y le impide salvarse de la matanza. Por
ejemplo, en el fragmento se dice que aquel dejó el arma en un escritorio de su casa. En otros
momentos sabemos que salió por la puerta por la que nunca salía, no vio la carta en la que le
advertían de su muerte…. Es un destino trágico, como el de las tragedias griegas, que se cierne
sobre el personaje y del que no puede escapar.
La novela presenta una estructura compleja, de mosaico, pues en cada capítulo se alternan
varios momentos de la historia narrada (la noche de bodas, el crimen, la investigación del juez,
los testimonios de los testigos). Además, desde el punto de vista estructural este comienzo es
un flash back de lo que le va a suceder a Santiago, por lo que presenta también una estructura
circular, que se repite además en el final de cada capítulo. Así, el primero termina con las
palabras “ya lo mataron”, el segundo con la confesión de Ángela del causante de la deshonra,
“Santiago Nasar”; el tercero, “mataron a Santiago Nasar” y en el último, casi al final dice él,
“que me mataron”.
En el libro y el fragmento destacan otras rupturas del tiempo, como el momento en que se
narran los sueños que Santiago había tenido semanas antes. Aparecen algunos deícticos
temporales con especial relevancia para la trama, pues se relacionan con el día de su muerte:
“el día en que lo iban a matar…. aquel día”.
También se relaciona con el género de la crónica periodística, pues se busca reconstruir los
hechos para obtener la verdad, lo que la emparenta con la serie policiaca. En este fragmento
se aportan los testimonios de la gente del pueblo sobre el día del crimen, casi todos coinciden
en que el tiempo anuncia la desgracia. En los testimonios existe una gradación que apoya la
presencia de presagios funestos. Así, al principio se dice que “nadie sabía si se refería al
tiempo”. Posteriormente se añade “muchos coincidían en que era una mañana radiante”, y
luego finaliza con “pero la mayoría estaba de acuerdo en que era un tiempo fúnebre”.
El narrador en primera persona aporta su visión de los hechos, en el texto relata cómo en el
momento del crimen se encontraba en casa de María Alejandrina y se despertó con el ruido de
las campanas, que él creía eran en honor al obispo. También podemos ver cómo asume el
papel de confidente de la madre de Plácida Linero, que le cuenta en estilo directo los hábitos
de su hijo, “siempre soñaba con árboles”, “nunca la dejaba cargada”.
No obstante, por encima del narrador en primera persona, primo lejano de Ángela Vicario y
que estuvo con Nasar en la madrugada del crimen, (“la parranda de bodas que se había
prolongado hasta después de la media noche”) existe otra voz narrativa que aporta gran
cantidad de matices y registros lingüísticos, que comentaremos a continuación.
Existe en algunos momentos un tono hiperbólico y violencia descriptiva “destazado como un
cerdo”, también se insiste en palabras como “augurio, presagio, fúnebre”, que anuncian la
muerte de Nasar. En otras ocasiones el tono es humorístico e irónico (la madre de Santiago
sabía interpretar los sueños siempre que se los contaran “en ayunas”). También es irónica la
descripción de María Alejandra
Cervantes, la prostituta, a la que se describe metonímicamente por su “regazo apostólico”.
El detallismo y la precisión son otro de los rasgos estilísticos. En este caso se concretan las
horas en que Santiago se levanta “5.30” y sale de su casa “6.05”. Asimismo, se detallan los
modelos de armas que tenía en su casa.
En el texto se alternan los pasajes narrativos con los descriptivos. En la narración, el tiempo
verbal más utilizado es el pretérito indefinido, que relata los hechos (“se levantó… se puso”).
En las descripciones, para describir hábitos del pasado o los personajes, se utiliza el imperfecto
(“siempre soñaba con árboles…. Muchos coincidían… yo lo sabía….). En otras ocasiones se
utiliza el pluscuamperfecto, para referirse a acciones del pasado anteriores a otras también
pasadas (“había soñado…) o bien el condicional para aludir a acciones imposibles (“se habría
puesto el vestido…”). En general el estilo es cuidado, con periodos sintácticos extensos,
abundancia de oraciones subordinadas y nexos de todo tipo, entre los que destaca en el
fragmento el adversativo “pero”.
En definitiva, es este un texto fundamental dentro de la obra, que demuestra la maestría
narrativa del autor, que ya desde el principio nos zambulle en el reino de la magia novelesca
de esta historia singular y a la vez cotidiana.
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