03-20 Segundo Domingo de Pascua

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03-20 Segundo Domingo de Pascua – C
Hch.5.12-16 // Apoc.1.9-13 y 17-19 // Jn.20.19-31
Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, había en Europa un descalabro total. No solo en
cuanto a cosas materiales: edificios, puentes, carreteras, etc., sino sobre todo en cuanto a la suerte de
millones de personas. Hubo migraciones forzosas de millones de refugiados de países del Este hacia el
Oeste, y al revés. Además, muchos núcleos familiares habían quedado rotos y dispersos. Un caso como
éste era común: el papá, soldado, gravemente herido, estaba en coma en un hospital militar en Rusia; la mamá (desde luego, sin ‘papales’) estaba refugiada en Yugoslavia, y el hijo (sin identificación legal)
había sido acogido en un orfanato en Austria. Ninguno de ellos tenía ni la menor idea dónde estaban los
otros. La Cruz Roja ha dedicado años tratando de reunir a esos miles y miles de familias dispersas. Muchas veces la única manera para determinar la identidad legal de las personas eran cosas como un
‘lunar’ llamativo, o una cicatriz en algún lugar especial del cuerpo, u otro defecto corporal. –
La “Tarjeta de Identidad” de Jesús
Así ahora Jesús. Cuando recién resucitado, se presenta en medio de sus amigos, éstos tienen
gran problema en reconocerlo: “No acababan de creerlo por causa de la alegría, y estaban extrañados”
(Lc.24. 41; vea Mc.16.14; Mt.28.17). Por esto, Jesús les señala las cinco llagas o heridas principales de su
Pasión en manos, pies y costado (Jn.20.20): como si fuesen su ‘tarjeta de identidad’1. Así los convence de
que lo que están viendo, no es un ‘fantasma’ (Lc.24.37) o un ‘doble’, sino es Aquél mismo a quien ellos
tres días antes (por cierto: “a distancia”: Lc.24.49) habían visto desangrarse y morir en el Calvario. –
Pero Tomás faltaba cuando Jesús les apareció, y luego no se dejó convencer fácilmente por el
testimonio de sus compañeros. Pero esto fue providencial, según lo comenta San Gregorio Magno: “A
nosotros nos aprovechó más la incredulidad de Tomás que la fe de los demás discípulos: pues aquel
discípulo que había dudado, curó las heridas de nuestra incredulidad” (Homilía 26, # 7). Pues esta incredulidad de Tomás le ‘obligó’ a Jesús a identificarse más claramente el domingo siguiente.
Pero lo que entonces más llama la atención es lo siguiente. Aunque Jesús invita a Tomás a meter
la mano en sus llagas y así convencerse, el texto NO dice que Tomás metió la mano en las heridas. Sino
que cayó de rodillas y exclamó: “¡Señor mío y Dios mío!” - De esta forma San Juan, para enmarcar su
Evangelio, ubica muy a propósito una clara confesión de fe en la divinidad de Jesús, tanto al comienzo de
su Evangelio (1,1, y 1.18, que enmarcan su Prólogo), - como ahora al final del mismo (20.27).
¿Qué es lo que Tomás Confiesa?
¿Por qué no mete la mano en las heridas, sino cae de rodillas? Porque una cosa es lo que ve, y
otra cosa lo que cree. No cree por ver, sino que, al ver, recibe de Dios la gracia inmerecida de la fe. Lo
mismo vemos en el ciego de nacimiento, curado por Jesús (vea Jn.9.35-39): porque el ver del ojo corporal no percibe más que el exterior del cuerpo material. Pero la fe es una ‘clarividencia’ que, por gracia de
Dios, penetra por debajo de la superficie y descubre la dimensión espiritual o aún divina. Por esto, una
cosa es la que vemos, otra cosa la que confesamos, - como lo experimentó el mismo Juan cuando, en el
sepulcro, vio solamente unas vendas, - sin embargo: “Vio, y creyó” (20.8). –
Originalmente Juan había terminado su Evangelio con el ‘colofón’ de los v.30-31 (sólo después le
añadió cap.21). En él resume toda su enseñanza sobre el misterio de quién es Jesús, en una confesión de
1
Observa cuán extraño es el caso: cuando todas las demás heridas de su Pasión (de la corona de espinas, de la
flagelación, etc.) desaparecieron de su cuerpo glorioso, las cinco llagas en manos, pies y costado no desaparecieron. Esto tiene dos razones: 1/ así se demuestra que el Resucitado y el Crucificado son la misma e idéntica
Persona; - 2/ y así se nos sugiere simbólicamente que, ahora en el cielo, Jesús como nuestro Gran Mediador e
Intercesor, está exhibiéndolas continuamente ante los ojos de Dios Padre: para implorar perdón y salvación para la
humanidad. De esta forma “nosotros tenemos una Sangre que clama mejor, que la sangre de Abel” (Hbr.12.24). -
fe en tres puntos: 1/ hay que creer que Jesús es el Mesías o Cristo (= el Rey Ungido por el Espíritu dinámico de Dios), anunciado por los profetas; - 2/ que es el Hijo de Dios, en sentido literal, no metafórico,
de la palabra, - o como decimos en el Credo: “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero”, etc. – 3/ y que creer esto de Él, nos hace participar en su propia vida divina, que nos viene a través
de su Persona (o al modo hebreo de decir: por su “Nombre”). Ésta es la confesión de fe, o el Credo fundamental de todo Cristiano: todo lo demás es elaboración de esto (vea I Jn.2.22; 4.2-3; 5.1; II Jn.7). –
La ‘Teología del Domingo’ (Ap.1.9-12)
Al ascender al cielo, Jesús nos aseguró: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta la
consumación del mundo” (Mt.28.20), - como ya antes prometiera en la Cena: “No os dejaré huérfanos,
volveré a vosotros dentro de poco. El mundo no me verá, pero vosotros me veréis, porque yo vivo, y
también vosotros viviréis” (Jn.14.18-19). – Esta presencia permanente del Resucitado queda sugerida
por la grandiosa visión que leemos hoy en 1ª lectura (aunque, desgraciadamente, sin vv.14-16).
Juan ubica la aparición del Resucitado “un Día del Señor” (v.10; en latín ‘díes domínicus’ = día
domingo). Pues desde que Jesús resucitó el “primer día de la semana” (Jn.20.1), ya no es el sábado el día
para celebrar explícita y comunitariamente las maravillas del Señor, sino “el primer día de la semana”
(Mt.28.1). Así se hace juego entre el primer día en que Dios comenzó la creación del mundo (Gn.1.3-5), y la Resurrección que inaugura “el nuevo mundo” o la ‘re-creación’ del universo (Ap.21.1; vea II P.3.13).
El Resucitado en Medio de su Iglesia (Ap.1.13-16)
El autor lo identifica como el “Hijo del Hombre”, o sea: aquel “Hijo del Hombre” glorioso que
Daniel había contemplado y a quien Dios había confiado el gobierno universal sobre el mundo y la historia (Dn.7.13). - Los “siete candeleros” (v.12) recuerdan la ‘menoráh’ o la lámpara septiforme que ardía
siempre en el Templo ante el Señor (vea Ex.25.31-40). Según v.20 simboliza ahora las siete Comunidades
Eclesiales o Iglesias a las que Juan dirige su Apocalipsis (vea v.4; v.11). Estas ‘siete’ simbolizan la Iglesia
universal. Y Juan ve que, en medio de esta Iglesia universal, está el Hijo del Hombre: para custodiarla,
guiarla, inspirarla y defenderla contra todo mal (Cristo “la alimenta y cuida con cariño” Ef.5.29). –
Su ‘túnica talar’ simboliza que Cristo es Sacerdote (según Ex.28.4; 29.5), que siempre intercede
por nosotros, - así como lo enseña sobre todo la Carta a los Hebreos (vea especialmente Cap.9). - El ‘cinturón de oro’ simboliza su realiza: pues un tal cinturón era distintivo de ciertos reyes (vea I Mac.10.89;
11.58). - Sus “cabellos blancos” simbolizan su eternidad (vea Dn.7.9), - sus “ojos como fuego” la penetración de su mirada, ante la cual nadie puede esconderse, y que escudriña corazón y entrañas (vea Jer.17.
10). – Sus “pies como de metal” simbolizan su estabilidad inconmovible que nadie podrá tumbar (al contrario del poder político humano: vea Dn.2.31ss). – Su voz, “como ruido de grandes aguas” (Ez.43.2),
simboliza su autoridad incuestionable. – La “espada de dos filos” que tiene en la boca, simboliza su autoridad suprema como Juez universal. Es la “espada que ha de atravesar cada corazón, para revelar su actitud básica”: en pro, o en contra de Jesús y su Evangelio (Lc.2.34-35; Hbr.4.12). Su palabra es Juicio sobre
la humanidad: nadie fuera de Él puede pretender tal autoridad exclusiva, aún divina (vea Jn.12.47-48). Los Tres Atributos Divinos del Resucitado (v.17-19)
Cristo se identifica por tres atributos divinos: 1/ “Yo soy el Primero y el Último”: título con que,
ya antes, Dios se había descrito a sí mismo en cuanto es eterno (1.8; Is.44.6). - 2/ “Soy el que vive por los
siglos de los siglos”: cualidad exclusiva de Dios es que Él es La Vida en sí, y Manantial de vida para todos
los demás; por esto, nadie fuera de Él puede disponer de la vida (Dn.4.31-32; Ap.4.9-10). - 3/ “Tengo las
llaves de la Muerte y del Hades”: pues el Resucitado es Aquél que grita: “Yo doy muerte y Yo doy vida,
yo hiero y yo mismo curo: no hay quien libre de mi mano” (Dt.32.39). ¡Él es Vencedor único sobre el Imperio de la Muerte! “Yo soy la Resurrección y la Vida” (Jn.11.25). “¿Dónde está, oh Muerte, tu victoria?
¿Dónde, oh Muerte, tu aguijón? ¡A Dios gracias, que nos da la victoria por Cristo Jesús!” (I Cor.15.55-57).
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