BIENAVENTURADOS LOS QUE SIN VER CREEN

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BIENAVENTURADOS
LOS QUE SIN VER CREEN
de Giuseppe Pittau, Obispo,
Secretario de la Congregación para la Educación Católica
(Tradujo del original italiano Alonso Morata)
muchas personas, que no han visto directamente a Jesús cuando estaba en la tierra
tras la resurrección, pero creen y muestran
la alegría de formar una comunidad, esta
alegría de estar todos aquí, no pensando
sólo en las vocaciones para el propio instituto, para la propia congregación; sino
como Iglesia, Iglesia italiana, y como Iglesia universal. Esta alegría de creer y de ser
un solo cuerpo, de formar esta “reunión”,
esta comunión de los santos... sólo si tenemos esta fe fuerte, y este sentido de unión,
de comunión de los santos, podremos ser
instrumentos aptos para promover las
vocaciones, sentirse parte de esta Iglesia.
Decía Cayetano, gran comentarista de
santo Tomás, que el carisma más grande en
la Iglesia es el de sentirse parte, parte del
todo, parte necesaria, parte importante,
pero nada más que parte. Sin la ayuda de
los otros, sin la colaboración con los otros,
no constituimos Iglesia. Y entonces, la
gran alegría de esta reunión por la promoción de las vocaciones es precisamente
este, sentirse parte de esta Iglesia universal, parte de la Iglesia italiana que es parte
de la Iglesia universal. Y ninguno puede
llegar a ser todo, ninguno puede decir: “Yo
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DOCUMENTACIÓN
Queridísimas hermanas, queridísimos
hermanos, en el evangelio de san Juan no
encontramos las bienaventuranzas como
en Mateo, Lucas... tenemos, no obstante
en Juan, dos bienaventuranzas sobre las
que quiero hablaros.
La primera bienaventuranza está después de la resurrección, cuando por fin
puede Tomás estar presente y ver a Jesús
resucitado. En ese momento Jesús le dice:
“Mete tu dedo en mi llaga del costado” y a
continuación le dice: “Bienaventurados
aquellos que sin ver creen”. Hoy nosotros
aquí estamos participando de esta alegría,
de este ser felices, de esta felicidad. Y creo
que esta bienaventuranza expresada por
Juan, por Jesús en el evangelio de Juan, es
la primera condición para preparar el corazón de los jóvenes a que puedan escuchar
la llamada del Señor. Si no hay una vida de
fe profunda, una vida que muestra también
la alegría, la felicidad de creer, no puede
haber vocaciones. Además esta primera
bienaventuranza descrita en el evangelio
de Juan, creo que sea la primera condición,
la condición necesaria para que nosotros
seamos instrumentos del Señor, para que él
dé a los jóvenes su vocación. En esta fe de
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trabajo por mis vocaciones”…, porque
todos somos un solo cuerpo: debemos ayudarnos. Entonces, demos gracias a Dios
hoy, al ver este cuerpo constituido por tantas partes, que no obstante se sienten parte
y quiere formar un solo cuerpo. Ninguno
puede constituir toda la Iglesia, y ninguno
puede trabajar como parte si no hay esta
participación, esta colaboración de todos.
Algunas piedras son más gruesas que otras,
pero también las pequeñas son necesaria.
Algunas no son piedras, serán el cemento
que las mantiene unidas, estas podrían ser
los religiosos, los sacerdotes, el Papa: tiene
el carisma de la unión y al servicio de la
unidad.
La segunda bienaventuranza es la
bienaventuranza del lavatorio de los pies.
“Bienaventurados vosotros que sabiendo
estas cosas las ponéis en práctica”. Bienaventurados si sois siervos, si sois ministros. Bienaventurados vosotros si os abajais, si experimentais la kénosis para
poder servir a los otros. La vocación es
una llamada al servicio, a hacerse como
Jesús, a abajarse; él, que era Maestro,
Señor, Dios, se abaja y lava los pie. San
Pedro siente rechazo: ¿cómo puede Dios
rebajarse y lavar mis pies? En Japón, en el
siglo XX, durante casi cincuenta años, un
retratista cuyos modelos eran todos del
Antiguo y del Nuevo Testamento. De
modo maravilloso, lleno de fe pero también de inculturación, mediante el arte
popular japonés, comunica a los japoneses pero también a nosotros extranjeros,
esta espiritualidad profundamente cristiana y también profundamente artística.
Una de las imágenes que ha repetido
muchas veces es precisamente la imagen
de Jesús lavando los pies a los apóstoles,
porque también él siente la conmoción
profunda de que Dios de rebaja y se convierte en nuestro esclavo
Creo que hemos perdido el significado
espiritual de la palabra. Cada día, sobre
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todo aquellos que usan el teléfono, cuantas veces al saludarse dicen: ciao, ciao,
ciao,… seis siete veces… y ninguno se
acuerda de que “ciao” quiere decir “esclavo”, “soy tu esclavo”. En el habla piamontés no se pronuncia la “sc” (schiavo)
sino “ciavo”. ¿Lo habéis pensado? Es un
saludo cristiano, es un saludo con el cual
Jesús, tocando los pies de los Apóstoles,
decía: Soy tu esclavo. Cuando repitamos,
de ahora en adelante, esta palabra “ciao”
pensemos: Debo imitar a Jesús, no lo
puedo decir como si nada significara. …
“Soy cristiano!” quiere decir, y por esto
soy esclavo, pero esclavo con alegría,
porque estoy repitiendo un gesto de Jesús
que se ha hecho esclavo por mí. Y yo
debo creer que haciendo como Jesús, yo
también me convierto en divino. Porque
soy esclavo, por eso puedo participar de la
bienaventuranza, de la alegría que Cristo
ha prometido, en su bienaventuranza.
“Ministerio”, “minus”, ante los otros
yo me siento incompetente... “Ministro”,
“minus-ter”, alguno dice que es tres veces
por debajo de los otros. Mientras “maestro”, “magis-ter”, es superior a mí… Jesús
era superior, y bien se hace pequeño o
casi “deficiente”, por nosotros. En la lengua italiana hay muchos ejemplos de esto
en los cuales está profundamente metido
el espíritu cristiano. Nosotros apenas
reflexionamos, no obstante deberemos
(reflexionar) con seriedad, si somos verdaderos cristianos y si queremos que el
Señor llame a otros a continuar su misión,
deberíamos vivir estas dos bienaventuranzas del evangelio de san Juan: fe sin ver;
pero fe en un cuerpo, este amor por la
comunión de los santos… en solitario no
puedo hacer nada. Pero si soy una parte,
aunque pequeña, aunque sea mínima, formaré parte de la comunión de los santos,
del cuerpo de Cristo, estaré inserto en el
tronco de la vida. Precisamente yo-tronco
unido al tronco de Cristo, y desde su cora-
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mediante la fe profunda, la unión profunda en el cuerpo de Cristo, con la Iglesia
universal, con la Iglesia nacional, con la
Iglesia local, sintiéndose parte viva de
ella, fuerte, con todas las demás partes, y
sobre todo viviendo este ideal del servicio, convirtiéndose en esclavos los unos
de los otros. Viendo (en el mensaje para la
40a JMPV) la imagen de Jesús que con las
dos manos lava los pies, he pensado en
seguida en la figura del padre que espera
al hijo que vuelve. Las dos manos pintadas por Rembrandt: ¿lo habéis visto? Una
mano es la mano de un hombre, del papá,
la otra mano, más pequeña, más delicada,
es la mano de la mamá. ¡Qué también nosotros, cuando lavemos los pies, busquemos tener una mano fuerte que pueda ayudar –quizás algunas veces también corregir–, pero también una mano de mamá!
Dos manos que muestran la paternidad y
la maternidad del Señor.
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zón pasa la sangre y llega esta transfusión
de sangre. Pero no estoy yo solo, todos
nos encontramos en torno a esta vida y
todos debemos permanecer unidos con
Jesús, para que Jesús pueda llevar muchos
frutos también en las ramas.
Estas dos bienaventuranzas nos hacen
de verdad instrumentos aptos, instrumentos fructuosos para obtener del Señor la
gracia de muchas, numerosas y generosas
vocaciones. La vocación no tiene su origen en nosotros, sino en el Señor. Pero
viviendo el ejemplo que nos ha dejado
lavando los pies, haciéndose nuestro
esclavo, será Jesús el que llamará a aquellos a los que quiere, a los que él ama. Es
una visión muy bella de la Iglesia, de
comunión de los santos, y además nos
llena de profunda alegría y también de
una esperanza profunda. Dependerá
mucho de nosotros, si queremos servir,
estar al servicio de las vocaciones, dependerá de nosotros alcanzar esta gracia,
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