“Mal de ojo” ¿Hay en el acto comunicativo gentes que emiten

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“Mal de ojo”
¿Hay en el acto comunicativo gentes que emiten maldad a través de sus
ojos? ¿Hay personas que con su mirada maléfica influyen negativamente
en el mismo acto comunicativo?
Es preciso referirnos al hecho de que en nuestras sociedades aparece
con frecuencia una creencia inconsciente en una fuerza que es emitida
por los ojos, y que de alguna manera deteriora la salud de quien la recibe.
A quienes poseen este poder se les llama “fascinadores”, pues emiten
una fuerza que tendría la propiedad de dañar o consumir las cosas sobre
las cuales se fija. Se estima entonces, también inconscientemente, que la
pupila de este “fascinador” descarga sobre lo que mira una sustancia
invisible, semejante al veneno de la serpiente.
Cuenta Plutarco que Eutélidas tenía tanto poder negativo en sus pupilas
que podía dañarse a sí mismo con sólo mirarse al espejo. Ese poder fue
llamado por los latinos fascinum (de ahí nuestra palabra fascinación), que
en castellano también se llama aojo o “mal de ojo”. Cuando el “aojador”
encuentra una cosa viva y hermosa, buena, elevada, lanza contra ella la
luz envenenada de sus pupilas y la hace languidecer paulatinamente,
hasta destruirla.
Salta a la vista que el fascinador está atormentado en su interior por un
sentimiento de odio especial, provocado por la envidia, la cual no es otra
cosa que la tristeza o el pesar del bien y de la felicidad del otro. Envidia,
etimológicamente, viene del verbo latino “videre” que indica la acción de
ver por los ojos, y de la partícula “in”; de modo que “invidere” significa
mirar con malos ojos, proyectar sobre el otro el mal de ojo. En nuestro
caso, decir envidioso es decir fascinador del otro, o sea el deseo
vehemente de dañar al otro.
El mundo antiguo conocía muchos caracteres de la envidia como pasión
íntima. Entre los griegos es representada como una mujer con la cabeza
erizada de serpientes y la mirada torcida y sombría. Su extraña mirada,
junto con su tinte cetrino, tiene una explicación fisiológica normal, pues
en el acto de envidiar sufre el hombre una acción cardiovascular
constrictiva, la cual produce lesiones viscerales microscópicas, dificulta
la irrigación sanguínea y la asimilación normal. La cabeza coronada de
serpientes era símbolo de sus perversas ideas; en cada mano llevaba un
reptil: uno que inoculaba el veneno a la gente; otro que se mordía la cola,
simbolizando con ello el daño que el envidioso se hace a sí mismo.
Al “envidioso” o fascinador, le produce pesar o descontento el bienestar
de los demás. Lo que tanto le molesta no son los valores materiales del
otro, cuanto la persona misma poseedora de esos valores. Aunque siente
el bien del otro como mal propio, dirige un odio mucho más profundo a la
persona que tiene el bien; su mal propiamente dicho es aquella persona
colmada de tantos valores. Como la mayoría de las veces el fascinador no
puede destruir al otro y, además, no puede soportar la idea de que le
sobrevivan las personas afortunadas, dirige contra sí mismo la otra parte
de ese odio agresivo: no sólo quiere destruir al otro, sino destruirse a sí
mismo. El fascinador nunca descansara con su maledicencia, por eso, el
“mal de ojo” no es otra cosa que una mirada envenenada, por un
sentimiento de frustración insoportable, ante algún bien de la otra
persona, a la que por ello se desea inconscientemente dañar, esa rabia
vengadora del impotente que, en vez de luchar por sus anhelos, prefiere
eliminar la competencia.
Padre Pacho
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