Camino de Sirga

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Camí de sirga
Una ruta por el Ebro
de la mano de Jesús Moncada
Una producción de Kompaso, realizada por
Arlene Orduña
Asier Suescun
Eduard Riera
Llegamos a Tortosa. Venimos de Barcelona, de la
gran ciudad. Aquí nos deja el tren, última parada. Ante
nosotros se presenta, corriendo a través de la ciudad, el
Río Ebro. No es el lugar donde desemboca, ni mucho
menos el lugar donde nace. Es uno de los lugares donde
en otros tiempos pasaba el Camino de Sirga, una senda
abierta a orilla del cauce para ayudar a las embarcaciones de antes a transportar todo tipo de materiales.
En Tortosa comenzamos nuestro viaje. Nos aprovisionamos en sus tiendas y nos empapamos del calor de
sus gentes. Algunos paisanos nos animan a no dejar de
visitar sus jardines botánicos. Los jardines del Príncipe. Uno de los tres de su género que existen en todo
el mundo. Están centrados en un tema monográfico y
en un único escultor, Santiago de Santiago; el tema “El
hombre, su motivación y su destino”.
Nos acercamos a la orilla del río, ahora reforzadas
con cemento a su paso por la ciudad, y vemos escaleras
que se pierden bajo el agua. Comenzamos a recordar
algunas de las palabras que escribía Jesús Moncada.
A la vuelta lo visitaremos, ahora acabamos de tomar
el camino de Sirga. Queremos descubrir todos los rincones que describe Moncada en su obra maestra. Nues2
tro objetivo es llegar a Mequinenza, ciudad que quedó
inundada por un pantano y que bajo sus aguas guarda
el recuerdo de todos los personajes de los que habla este
autor aragonés.
Comenzamos a subir el río. Vamos andando por la orilla
pero en un momento vemos a dos hombres, con pinta de
extranjeros, subiendo cañas y diversos aparejos de pesca a
una lancha a motor. Hablamos con ellos. Son franceses. Nos
cuentan que sus mujeres están viendo alguno de los numerosos castillos convertidos en museos que hay por la zona,
pero que a ellos lo que más les atrae de la zona es la pesca del
siluro, un pez de grandes dimensiones que bucea por estas
aguas. Nos invitan a remontar el río con ellos en su barca.
Es curioso lo poco que nos cuesta navegar estas aguas
con una embarcación impulsada a motor. Cuando los laúds
surcaban este río tenían que vérselas con las corrientes, la
falta de viento y el poco caudal en según qué épocas del año.
Un acontecimiento que supuso un gran adelanto fue, sin
duda, el cambio del peón que tiraba de la sirga por el macho,
la tracción animal.
A lomos de esta lancha dejamos Xerta a la derecha.
Esta población es completamente plana. Se ve a mucha
gente paseando por la orilla y destacan sobre todo sus
naranjeros.
Después llegamos a Benifallet. Aquí pedimos a nuestros anfitriones que nos dejen, ellos todavía continúan su3
biendo pero nosotros preferimos tomarnos el camino más
despacio. Queremos disfrutar de todo lo que nos ofrece
este paisaje. Hablar con sus gentes y respirar sus aromas.
Nos bajamos de la barca, nos despedimos de estos particulares pescadores y nos sentamos bajo la sombra de unos
árboles que desde tiempos inmemoriales observan y custodian el río.
Allí mismo sacamos varios de los víveres que compramos en Tortosa y por primera vez nos sentimos muy cerca
de Moncada. Comenzamos a ver el río como nunca antes
lo habíamos hecho. Pese a que siempre estuvo allí, ahora
cobra un matiz diferente, lleno de vida y de historias.
El mismo río que vio morir a mucha gente y que fue
un punto clave en la Guerra Civil, también dotó de vida
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a todas esas localidades. Es curioso descubrir, según las
palabras de Moncada, cómo las gentes de aquel lugar
deseaban que nunca se acabase la guerra que poco antes
había asolado el mundo. La Primera Guerra Mundial.
Gracias a ella la demanda de carbón era muy grande,
y estos pueblos vivieron un gran ajetreo entre sus calles.
Recogemos todo lo que habíamos sacado, limpiamos la
zona en la que nos sentamos y echamos a andar hacia Miravet.
Queremos llegar antes de que anochezca para poder acampar allí.
A lo largo del camino vemos cómo la maleza ha hecho
invisible en muchos tramos el camino de Sirga. Pocos son los
lugares que todavía se conservan de aquella vía. Las ramas
y cañas del río han vuelto al lugar que les correspondía. Ya
nunca volverán a pasar mulas por esa vereda.
Poco antes de caer la noche llegamos al pueblo de Miravet. Ya está un poco oscuro y no se aprecia del todo bien,
pero advertimos que esta localidad parece estar construida
sobre la roca y muy pendiente del paso del Ebro.
Montamos las tiendas, sacamos las cantimploras
y nos disponemos a pasar la primera noche mecidos
por el murmullo del agua que a dos metros de nuestro
campamento discurre entre las piedras de la orilla.
Son las doce de la madrugada. Ya no se escucha
nada. Solo el transcurso del río y algunos grillos.
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Amanecemos en Miravet. Nuestras impresiones de
anoche eran ciertas, parece que el pueblo está totalmente
construido en la roca. Sorprende ahora, con la luz del sol,
cómo se enfrenta al Ebro de una forma totalmente vertical y
completamente a ras de río. Al acercar la vista, vemos distintas
marcas de varias crecidas y cómo la más alta la conmemoran
con una placa. “Hasta aquí llegó el río aquel año”
Nos acercamos a la oficina de turismo. Es curioso cómo
en un pueblo tan pequeño y tan escondido en el interior
del Ebro, se mezclan en el mismo bar los ancianos del lugar
y la familia de tez rosácea de algún país europeo no muy
acostumbrado al sol que aquí gastamos.
Hace ya más de 70 años, en plena postguerra civil
y en un lugar muy cercano a ese, pasaba por esas aguas
Nelson, uno de los personajes más destacados de la
novela de Jesús Moncada. Fue precisamente una noche
como esta cuando unos maquis le sorprendieron y éste
les ayudó a cruzar el río. No hubo entonces ninguna
palabra, ni peticiones, ni sugerencias, ni despedidas.
Todos en ese momento sabían qué tenían que hacer.
Es estremecedor pensar que en aquel momento ellos
mismos estaban escuchando estos sonidos del río que
nosotros escuchamos ahora.
En el pequeño establecimiento que hace las veces de
guía para el viajero y de tienda de suvenires, nos encontramos con Aureli López. Desde el primer momento
nos muestra su entusiasmo por Miravet, su historia y el
castillo templario que se erige en lo alto de la ciudad. Se
ofrece a hacernos de guía a lo largo de esa mañana.
De su mano andamos por las calles del pueblo, nos
contagiamos de historia y nos presenta la vida de Joaquim
Mir, pintor catalán del siglo XX y muy vinculado al Ebro y a
Miravet, donde le dedicaron un museo en una antigua iglesia.
Damos las gracias a Aureli, nos deja y nos quedamos de
nuevo solos en las calles del pueblo, del pueblo antiguo, ya
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que la nueva población se trasladó un poco más al interior.
En estas calles apenas pasa gente. Desde nuestra posición se ve
gran parte del río Ebro. Mirándolo solo apreciamos naturaleza
y paz. Ante nosotros se abre gran vegetación que mezcla
árboles silvestres con huertos y campos. A nuestras espaldas, el
pueblo de Miravet mira al Ebro como lleva haciendo toda la
vida, impasible al paso del tiempo. Esta parsimonia nos evoca
unas frases que escribía Jesús Moncada en Camino de Sirga
Ya hemos bajado del pueblo y nos dirigimos hacia
el Paso de la Barca. Actualmente es el único Paso en
funcionamiento en todo el Ebro que sólo utiliza la fuerza
de la corriente y la buena habilidad del barquero.
Mientras esperamos a que llegue la embarcación que
hace las veces de puente para cruzar al otro lado, entablamos
conversación con unos ancianos que allí están, parados, sin
decirse nada entre ellos, mirando el río y tal vez recordando
todo lo que por él vieron pasar.
Ellos nos cuentan historias de llaüters, nos dicen que el
Ebro era antes la autopista. Alguno de ellos llegó a ejercer
en determinados momentos esta profesión y aseguran
que era muy dura. Pasaban días desde que llegaban de un
pueblo a otro y dormían donde podían, en el laúd, en el
camino y la mayoría de las veces al lado de la mula. Lo más
duro era cargar el carbón a las barcas, nos dicen.
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Cruzamos el río con La Barca del Paso. Dejamos atrás
Miravet y su castillo templario a lo alto. Visto desde lejos
parece que el tiempo se detuvo hace mucho, cuando todavía
las guerras se hacían a caballo.
Y caminando por la derecha del Ebro nos topamos
con otro lugar de castillos y murallas bien conservadas.
Mora de Ebro. Precisamente el ayuntamiento de esta
localidad presenta entre sus quehaceres el proyecto de
intervención para el desarrollo turístico del camino de
Sirga, redactado por la Fundación Bosch Gimpera, que
cuenta con el apoyo de la Generalitat de Cataluña.
Al cruzar el puente de arcos nos acordamos de que
Nelsón, el afamado llaüter del que habla Moncada en su
libro, en plena Guerra Civil y previendo la destrucción de
todo aquello que el ejército franquista encontrase a su paso,
deja escondido su laúd, sumergido cerca de esta población.
Son las 15:00 y nuestros estómagos ya empiezan a rugir.
Hasta ahora no nos habían preocupado. Íbamos picando de
las bolsas de patatas que todavía quedaban por las mochilas,
pero no era suficiente alimento para digerir tanto caminar.
Hasta ahora nos íbamos saciando del paisaje, del río y de
las conversaciones con las gentes, pero nuestras barrigas, en
este momento, tienen otros intereses.
Caminando por Mora de Ebro nos topamos con un bar.
Es bastante normal, típico, como el que te puedes encontrar
en cualquier pueblo, con unos precios asequibles, así que
tenemos a bien repostar allá.
Lo gestiona un matrimonio chino. Desde el primer
momento el trato es muy bueno. A parte de los precios,
la calidad de la comida, platos totalmente mediterráneos
mezclados con culinaria oriental, es bastante buena. Así
que comenzamos a hablar con ellos mientras hacemos reír
a una niña con ojos achinados que corre de mesa en mesa.
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El ambiente es tan bueno que pasamos más tiempo del
que pensábamos allí y queremos llegar a Mequinenza antes
del anochecer. El dueño del local se solidariza con nosotros
y se ofrece a acercarnos hasta Flix. Tiene que recoger a su
hermano, que vive allá. Aceptamos.
Pasamos por García y por Ascó. La solidaridad de
este personaje no conoce barreras. Nos sugiere parar en
varios sitios, en diferentes puntos de la carretera, con
el único pretexto de tomar fotografías. La calidad de la
gente no viene marcada por el lugar de donde proviene,
sino por lo que traen consigo.
Nos apeamos en Flix y le aseguramos que recomendaremos su bar. Cada vez estamos más cerca de Mequinenza. Nos alegramos de no llegar hasta allí en coche.
Moncada hablaba de una vecina de la villa que sitiada
en su ventana asolaba a todo el que pasaba por debajo
con sus premoniciones y sus extravagancias.
En Flix destacan, como patrimonio histórico-artístico,
los restos de un castillo medieval (el Castell vell), el castillo
nuevo y la iglesia de la Virgen de la Asunción.
Pero seguimos nuestro camino de Sirga. Ya casi nos acercamos
a Fayón y vamos advirtiendo el pantano. Es triste pensar cómo
a las gentes de esta tierra les dejaron sin su hogar. Cierto es que
les pusieron otra casa y les construyeron otro pueblo cerca, pero
aún así, sigue siendo triste ver echar por tierra, o, en este caso,
por agua, toda tu historia, toda tu vida y tu lugar.
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En Fayón nos encontramos un pueblo sumergido en
las aguas, un campanario que sobresale tímidamente a
la superficie y las ruinas de una estación de tren donde
apenas se aprecian las vías.
Moncada nos habla de 100 años de la vida de una villa.
Todo un siglo de historietas, guerras, comedias, aventuras,
rencillas y, evidentemente, de amores y pasiones.
La villa no había muerto el mismo día para todos
sus habitantes. Cada uno de ellos la sintió morir en un
momento diferente a lo largo de los años de desastre y
tal vez fuera el adiós de Júlia lo que marcó este punto
para el viejo Nelson. Nunca se había roto el hilo
misterioso que le unía a la mujer. En medio de las más
duras tribulaciones, era ella quien realmente le había
sostenido, incluso sin decirle nada, como el día que él
desembarcó del laúd de Miravet después de la locura de
la muerte de su hija y encontró a Júlia en el muelle.
Sus sentimientos cristalizaron entonces: tuvo que
escapar sin mirarla para poder contener el impulso que
le forzaba a abrazarla y sentir que cada partícula de su
cuerpo y de su alma se fundía con las de ella. Descubrió
que la quería con los ojos, con la piel con el miembro,
con la memoria, con el corazón, con los huesos, con los
músculos…
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Observando el dramático embalse de Fayón que cubrió
también a Mequinenza, nos acordamos de Carlota de
Torres. Su familia era la dueña de una de las minas de
carbón y al morir su padre ella heredó todo el mando y el
poder de esta empresa. Cuando todo el mundo se disponía
a hacer las maletas, ella se negaba, no quería irse de allí.
Su casa se encontraba en el centro de la plaza y desde allí
derrochaba aires de superioridad sobre todos sus vecinos.
En el pueblo alternativo que estaban construyendo, ella
sería igual que los demás y eso no lo podía soportar. Pero
no tenía nada que hacer, en poco tiempo la plaza yacería
bajo las aguas del Ebro.
Llegaron camiones durante días y días; el muro del
Ebro vibraba a su paso. El tiempo de los rumores había
terminado: iban a cortar el Ebro con dos pantanos
enormes. Uno de ellos, río arriba, a escasa distancia de
la villa; el otro agua abajo, en Ribarroja. El segundo
debía sepultar Fayón y la villa bajo las aguas.
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Y por fin llegamos a Mequinenza. Ante nosotros se
presenta una carretera que divide el pueblo en dos. Arriba la nueva villa, abajo el embalse, al que no muy tarde
se comenzó a llamar Mar de Aragón.
Ha caído el sol, ya apenas se ve. Enseguida montamos
el campamento y nos vamos a dormir. Entre nuestros
pensamientos la idea de que a pocos metros descansan bajo
las aguas miles de historias y de vidas segadas.
Nos despertamos con los primeros rayos del sol. Hemos
llegado a nuestro destino, pero antes hemos sido testigos
de todo el curso del río. Ese cauce que había soportado
sobre sus aguas el trasiego de miles de laúds cargados con
ingentes cantidades de carbón.
En la villa quien no trabajaba en la mina, se encargaba
del transporte de su mineral. Fue gente obrera, asolada por
el duro trabajo y por alguna que otra guerra.
Esa mañana nos acercamos al Museo de Mequinenza. Allí se encuentra Lourdes Ibars, encargada del
museo y amiga de Jesús Moncada, en vida. Se muestra
encantada de atendernos y la chica que trabaja con ella,
Silvia, siempre atenta a todo lo que pedimos. Nos habla de Moncada. Nos dice que era un tipo humilde y
trabajador. También se dedicaba a la pintura. Destaca
en ésta los paisajes rurales, el Ebro y las cabezas de sus
personajes sin rostros. Quizá, como en el libro, para no
descubrir a quien representan.
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Lourdes nos confiesa que las historias que leemos en
Camino de Sirga son del todo ciertas. Esas cosas pasaron y
esas gentes existieron, pero sus nombres se solaparon con
otros para no delatar a sus verdaderos protagonistas.
Visitamos también el Museo de La Mina, justo al
lado del anterior. Somos partícipes de una visita dinámica, con vídeos y efectos sonoros que de repente y sin
avisar nos hacen sobresaltarnos. Silvia se ríe, es la causante del susto, un ruido de desprendimiento de rocas.
Así acabamos nuestra ruta, en lo más profundo de
Mequinenza, en el corazón de su tierra y en el escenario
literario de Jesús Moncada. Muy cerca de los museos
todavía se pueden visitar alguna de las ruinas de aquella
antigua villa. Ruinas que huyeron de la inundación pero
que no pudieron combatir al abandono del traslado del
pueblo a otro lugar. Allí se encuentran los cimientos de
la iglesia, paradójicamente cubiertos con varios palmos de
agua de las lluvias de la semana anterior que todavía no
han podido filtrarse por la tierra.
Hasta aquí hemos llegado desde Tortosa. De la ciudad,
al campo. Un viaje que nos ha llevado a descubrir el pasado
y que ha conseguido que el Ebro ya no sólo sea un río, si no
un camino y un legado.
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