Hoy celebramos el Nacimiento del Señor. Desde

Anuncio
Padre nuestro.
Viernes, 25/12/2009, Solemnidad de Navidad, Misa del alba, ciclo C.
Hoy celebramos el Nacimiento del Señor.
Desde la media noche estamos celebrando un acontecimiento que hemos estado
preparando durante el tiempo de Adviento, el cuál es la Encarnación del Hijo de
Dios y su extraordinario Nacimiento. Dado que Jesús es nuestro Salvador personal,
entendemos que, el hecho de celebrar su Natividad es muy importante, dado que
ello nos ayuda a valorar el significado de la redención de la humanidad que fue
llevada a cabo por el Mesías a su debido tiempo, pues, al valorar la realización del
designio salvífico de Dios por medio de Jesús, nos hacemos más conscientes de
que, a pesar de que no podemos ver a nuestro Padre común, Él ha llegado a
amarnos con tanta intensidad, que ha permitido que su Hijo muera como si fuera
un malhechor, con el fin de que comprendamos que Él, a pesar de que es Dios,
comprende nuestra debilidad.
Aunque Jesús vivió como un Hombre perfecto en el sentido de que no sucumbió
bajo el efecto del pecado, nuestro Señor nació, creció, adquirió conocimientos
vitales, y vivió como cualquiera de sus hermanos de raza. Sin embargo, aunque
nuestro Señor no desobedeció a Dios, murió como cualquier descendiente de Adán,
con el fin de exterminar a la muerte desde la entraña de la misma, así pues, de la
misma forma que el Mesías resucitó triunfante de entre los muertos, y aún no
gozamos de la vida eterna, a su debido tiempo, Él concluirá el cumplimiento del
designio salvífico de nuestro Padre común, así pues, cuando hayamos superado
nuestras miserias actuales, sabremos que el Reino de Dios ha sido instaurado
plenamente en nuestro suelo.
Jesús se diferenció de cualquier hombre de todos los tiempos en que se abstuvo
de pecar, y en que se dejó inspirar por el Espíritu Santo, de quien San Pablo
escribió en su Carta a los Romanos: "Pues no recibísteis un espíritu de esclavos
para recaer en el temor; antes bien, recibísteis un espíritu de hijos adoptivos que
nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para
dar testimonio de que somos hijos de Dios" (ROM. 8, 15-16).
El siguiente texto de Isaías nos recuerda la grandiosa obra que nuestro Señor
llevó a cabo bajo la inspiración del Espíritu Santo:
"El espíritu del Señor Yahveh está sobre mí,
por cuanto que me ha ungido Yahveh.
A anunciar la buena nueva a los pobres me ha enviado,
a vendar los corazones rotos;
a pregonar a los cautivos la liberación,
y a los reclusos la libertad;
a pregonar año de gracia de Yahveh,
día de venganza de nuestro Dios;
para consolar a todos los que lloran" (IS. 62, 1-2).
El hecho de vivir bajo la inspiración del Espíritu Santo llenó de gozo el corazón
de Jesús, pero ello supuso para nuestro Señor la aceptación de la gran
responsabilidad de cumplir cabalmente el designio salvador de Dios. A quienes sois
padres no os es fácil el hecho de criar y educar a vuestros hijos, pero, cuando estos
crecen, y se independizan, y con gran satisfacción comprobáis que han sabido
labrarse un buen porvenir, no existe comparación alguna, entre el sufrimiento que
os ha costado curarlos cuando han estado enfermos y consolarlos cuando han
estado tristes, y el gozo que os embarga al comprobar que han sabido constituir
familias cristianas, o que se han hecho religiosos, porque nuestro Padre común los
ha destinado a servirlo fielmente. Igualmente, Jesús sufrió mucho durante su
infancia cuando tuvo que afrontar la pobreza, y cuando vivió episodios históricos
trágicos de su país tales como la rebelión de Judas el Galileo contra Roma. Jesús
también sufrió como sólo el Dios perfecto puede hacerlo el rechazo que sus
prójimos le manifestaron, y, finalmente, cuando fue ejecutado por deseo de la alta
sociedad de su país, más allá de la tragedia que le supuso la pérdida de su vida,
Jesús vislumbró en ello la conclusión de la realización del designio salvífico de
nuestro Padre común.
Quienes creen que la felicidad sólo se puede lograr alcanzando riquezas
materiales, al leer la Pasión y muerte de nuestro Señor, sólo pueden ver en ello un
suicidio inútil, sobre todo en los momentos en los que, a pesar de la humildad que
lo caracterizaba, Jesús llegó a decir de Sí mismo que es Rey, no para vanagloriarse,
sino para acelerar su ejecución. Son muchos los lectores que me preguntan por qué
causa no se crucificó Dios Padre en vez de enviarnos a su Hijo para que muriera
para demostrarnos la grandeza del amor de nuestro Padre común para con
nosotros, así pues, yo les respondo a los mismos que, al saber más de amor
nuestro Creador que nosotros, con tal de demostrarnos que nos ama mucho, vio
más conveniente sacrificar a su Hijo, y contemplar el asesinato del mismo sin
defenderlo, con tal que aprendamos que, más allá del odio que ha marcado a la
humanidad, es posible amar incondicionalmente, para quienes desean alcanzar la
plenitud de la felicidad.
Los cristianos católicos no celebramos el Nacimiento de Jesús como si el mismo
fuera un aniversario, pues la Navidad, -preludio de la Pascua de Resurrección-, es
el tiempo de gracia y salvación para que demos testimonio de la grandeza que
significa para los hijos del Dios Altísimo el hecho de saber que, aunque actualmente
en el mundo existen muchas causas por las que los hombres sufren inmensamente,
la humanidad ha sido redimida por Jesucristo, y predestinada por nuestro Criador a
vivir en su presencia al final de los tiempos actuales, y al principio de una eternidad
de dicha que hemos aprendido a esperar durante el tiempo de Adviento.
En este día debemos aprender que Dios y su Palabra no están lejos de nosotros,
pues San Juan escribió con respecto a Jesús: "Y aquel que es la Palabra se hizo
hombre y habitó entre nosotros; y vimos su gloria, la que le corresponde como Hijo
único del Padre, lleno de gracia y de verdad" (JN. 1, 14).
Aunque algunos de nuestros hermanos piensan que el Reino de Dios se hizo
presente en el mundo cuando aconteció el Nacimiento de nuestro Señor, ello no
puede ser considerado cierto, así pues, aún no se han cumplido todas las promesas
bíblicas relativas al hecho de la superación de las razones por las que el mundo es
víctima del dolor y del pecado. Jesús inauguró su Reino cuando fue ascendido al
cielo después de su Resurrección y sus Apóstoles recibieron al Espíritu Santo en
Pentecostés, así pues, aunque la creación de la Iglesia no supuso el hecho de que
las citadas promesas se cumplieran, sabemos que la fundación de Cristo en la tierra
aún no se ha perfeccionado totalmente. Al final de los tiempos, además de
comprender mejor lo que ha sucedido hasta los días en los que nos ha tocado vivir,
seremos perfeccionados sorprendentemente, hasta el punto de que se cumplirán las
palabras bíblicas: "Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre
llegó, lo que Dios preparó para los que le aman" (CF. 1 COR. 2, 9).
La Iglesia desea que durante el Adviento y la Navidad aumentemos nuestro
conocimiento de Dios, pero debemos tener cuidado de no caer en el error de pensar
que ese conocimiento, aunque puede mejorar la calidad de nuestra vida, nos hace
conscientes de que Dios ha concluido su obra, de manera que ya no hará jamás
nada más por nosotros, pues aún la Historia de la salvación sigue su curso, lo cuál
nos insta a seguir creyendo que Jesucristo aún no ha concluido la plena
instauración del Reino de Dios entre nosotros.
Cual ejemplar esposo, padre, pastor o amigo Santo, en la trama de la Historia
de la salvación, a través de la cual nuestro Santo Creador se ha aliado con los
hombres para conducirlos a vivir en su presencia, Él ha cumplido puntualmente sus
compromisos, aunque nosotros no siempre hemos sabido corresponder a su
generoso amor. ¿Nos comprometeremos a partir de este instante en el que estamos
leyendo esta meditación a ser buenos hijos de Dios?
Descargar