la dirección espiritual

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ALBERT CHAPELLE
LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL
La direction spirituelle dans la sollicitude pastoral de l'Église, Vie consacrée 62 (1990)
166-179
En esta nota quisiéramos proponer algunas reflexiones, sobre todo prácticas, acerca de
la naturaleza y el ejercicio de la dirección espiritual, situándola en el conjunto de la
solicitud pastoral de la Iglesia hacia los fieles.
Su relación con el sacramento
Es importante, desde el comienzo, señalar la unidad y la distinción entre la dirección
espiritual y el sacramento de la reconciliación. La unidad es evidente: en ambos casos
Dios se sirve de los hombres para conducir a El. Con igual fuerza hay que destacar las
diferencias. El sacramento es un gesto de Cristo-Sacerdote: es Cristo mismo quien borra
los pecados. En cambio, la dirección espiritual acontece entre personas humanas. No
atiende a los pecados, sino a toda la persona, desde la perspectiva del crecimiento
espiritual. La relación entre dirección y sacramento es manifiesta. Cuando los fieles
piden el sacramento de la penitencia se da a menudo algún tipo de dirección espiritual
en forma de consejo o de exhortación. De por sí, la absolución no pide una orientación,
pero, si se actúa con el necesario discernimiento, es natural que en el interior del
sacramento se inicie una dirección espiritual.
A su vez, la dirección espiritual se apoya, de modo directo o indirecto, en el sacramento.
La dirección tiene en cuenta la realidad de hombre pecador y remite al sacramento del
perdón. El gesto sacramental, realizado a menudo fuera de la dirección, es como un
sello puesto sobre el diálogo. La verdad a la que llega la confesión sacramental es más
radical que la de una conversación humana. Hay una diferencia considerable entre la
narración de una falta, interrumpida por la evocación de resistencias y excusas, y la
confesión de la verdad ante Dios y en Cristo. Es una gran riqueza para la dirección
espiritual tanto por parte del que la recibe como por parte del que la da poder conocer
estos momentos de verdad.
La figura del director espiritual
El director espiritual no es un terapeuta en el sentido psicológico del término y menos
aún un psiquiatra. La dirección espiritual es una tarea que se inscribe en el interior de la
economía de la salvación. No se trata simplemente de ayudar a la persona para que se
encuentre bien consigo mismo, sino que se trata de ayudarla a situarse ante Cristo, ante
Dios.
El director no se identifica con el confesor; tan poco es un superior La tarea del superior
concierne al bien común y atiende a ordenar los actos de la persona dentro de la misión
de la Iglesia. El superior de una tarea, impone un orden del día y una línea de conducta:
El director espiritual no tiene esta función. Su dirección no es un acto de gobierno
ligado al poder de orden o de jurisdicción. No se trata primariamente de un gesto que
testifique la realeza de Cristo o que simbolice la paternidad de Dios.
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La dirección espiritual participa de la tarea profética de Cristo. Habla en nombre del
Espíritu, es su portavoz. Orienta, discierne, reconoce, testifica, consuela, fortifica,
prepara, confirma. Si leemos los himnos litúrgicos al Espíritu Santo comprenderemos
mejor la misión del director espiritual.
El orientador espiritual participa de la solicitud pastoral de Cristo. El sacramento del
orden instituye a los pastores de la Iglesia. Hay que hacer notar claramente, como lo
atestigua la práctica secular de la Iglesia, que la gracia de la dirección espiritual es
concedida también a otras personas. No obstante, es misión propia de los pastores de la
Iglesia no sólo guiar alas comunidades sino también a los fieles que las constituyen.
Por lo tanto, consideramos que la dirección espiritual, en sentido estricto, es una
responsabilidad que incumbe primordialmente a los pastores, aunque no es exclusiva de
ellos. Se trata de la mutua inclusión de la realidad "jerárquica" y la "carismática":
Aunque no es necesario un mandato externo, siempre habrá una misión interior en la
práctica de un acompañamiento estructurado y regular.
La tarea de la dirección espiritual
Para caracterizar esta misión se pueden utilizar las palabras de San Ignacio: "buscar y
hallar la voluntad de Dios", teniendo presente que Dios gobierna todas las cosas por
amor y que la voluntad de Dios está llena de sabiduría. El Padre manifiesta una
voluntad siempre amante que reposa en el Verbo Encarnado y de la que el Espíritu
Santo comunica el secreto.
No basta con invocar la voluntad de Dios, es necesario cumplirla. Pero el objetivo
primario de la dirección espiritual es el descubrimiento de la voluntad de Dios. Sería un
error intentar forzar la decisión, como si el cumplimiento libre de la voluntad de Dios
dependiese del celo del director espiritual.
El buscar y hallar la voluntad de Dios concierne propiamente al sujeto en su relación
con Dios. Es importante señalar que el misterio de la persona permanece distinto de sus
actos en su expresión sensible. La relación de la persona con Dios no puede reducirse a
las palabras o a los gestos que la expresan "exteriormente". Por ello, en esta dimensión
profunda no se da la obediencia a un ser humano: la dirección espiritual ayuda a
discernir y a reconocer la voluntad y la bondad de Dios, cuya voz se deja oír.
Escuchar... responder
El "material" sobre el que debe trabajar la dirección espiritual es la conversación con lo
que ésta conlleva de palabras y silencios.
La vida fraterna supone la ayuda y el mutuo buen ejemplo para edificarse en la fe. Pero,
aunque el director pueda ser edificante, su misión no es primariamente la de dar buen
ejemplo, sino la de ayudar a reconocer la voluntad de Dios. El mismo es consciente de
que en su propia vida no cumple bien la voluntad de Dios; pero esto no es un motivo
para dejar de ayudar a los demás para que la encuentren. Cuanto más los otros
descubran y cumplan esta voluntad tanto más se sentirá él pecador. Da la dirección
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espiritual porque la recibe, como misión, al modo de los profetas a los que el Señor
decía: "Ve, escucha, habla".
"Escuchar", después "responder". La dirección espiritual no es una predicación.
Escuchar supone que aqué l que implícita o explícitamente pide una dirección espiritual,
habla. La prioridad dada a la palabra del que pide la dirección es capital: a la petición de
dirección debe corresponder, la actitud de disponibilidad, de quien es testigo del
Espíritu, pues la dirección espiritual consiste en ser testigo de la acción de Dios en una
persona tal como ésta se confía a través de la palabra. Es necesario discernir a través de
lo que el dirigido comunica de sí mismo- aquello que le conduce a Dios o le aparta de
El.
"Escuchar", después "responder". La respuesta a una pregunta propuesta en la dirección
remite siempre más allá de sí misma. A veces habrá que recordar una ley, la verdad del
dogma, o un sentido común elemental. Pero lo que dice el director espiritual nunca es la
mera respuesta a una pregunta concreta. La palabra confiada por aquél que pide la
dirección procede de más allá de sí misma. La palabra dada como respuesta conduce
más allá de la pregunta y de la misma respuesta. La dirección espiritual es un acto
vivido en contexto de fe.
Preparar... confirmar
La preparación es importante. En ella convergen la pedagogía humana, un aprendizaje
ascético y una enseñanza de la doctrina espiritual.
Existe, sin duda, una doctrina acerca de la vida espiritual que debe comunicarse
previamente. Se trata de un presupuesto indispensable. Pero. esta labor doctrinal no es
específica de la dirección espiritual. Sí puede ser misión de la dirección la revelación
progresiva de lo que, Cristo es en la persona del dirigido y lo que éste es para Cristo.
Si se trata de alguien maduro en edad y en experiencia, darle una dirección espiritual no
significa exhortarle a la virtud. Tampoco se trata de instruirle, sino de confirmarle. Estas
personas pueden tener más conocimientos que el director. Pero la experiencia y la
competencia no eximen de una confirmación. El director espiritual se convierte
entonces en un testigo que, dentro de la Iglesia, en nombre del Espíritu, indica que tal
realidad procede de Dios o conduce a El. En esta dimensión, confirmar es también
consolar en el sentido ignaciano del término: crecimiento en la fe, la esperanza y la
caridad, en el gozo y la alegría.
Oración, llamadas, caridad, abnegación
Los temas de la dirección espiritual se pueden simbolizar en estos cuatro términos:
oración, llamadas, caridad, abnegación.
La oración engloba, además de los ejercicios de oración, todo aquello que hace
referencia a la unión con Dios, lo que hace crecer al alma en el amor de Dios, toda
experiencia religiosa.
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Por llamada entendemos no sólo las llamadas que conciernen a vocación o elección de
estado de vida, sino todas las llamadas inscritas por Dios en nuestras vidas que nos
manifiestan cada día más su voluntad. Las llamadas están infinitamente diversificadas y
todas expresan la vo luntad de Dios sobre una persona El director procura sensibilizar a
estas llamadas y ayuda a reconocerlas y a responder a ellas.
La caridad expresa así el don de sí a Dios y a los demás. No se puede concebir que Dios
pueda trabajar a una persona sin conducirla a darse a los demás. Si la dirección
espiritual tiene como tarea el ayudar a descubrir las llamadas de Dios, debe ayudar a
discernir las llamadas de la caridad.
La abnegación es el complemento necesario de la caridad: no hay, don de sí sin pasar
por la cruz, sin la práctica de la abnegación y renuncia.
Estos cuatro puntos deben ser objeto de la dirección espiritual. No deben evocarse en
cada conversación; pero, si alguno de ellos no aparece nunca, algo falta en la dirección
espiritual.
¿Quién da la dirección espiritual?
Ya hemos indicado que, en primer lugar, se trata de una tarea propia de los pastores de
la Iglesia. Es misión episcopal, aun cuando, a menudo, los obispos no la pueden llevar a
término. Actualmente la Santa Sede nombra obispos auxiliares en las grandes
metrópolis urbanas, de modo que los presbíteros puedan -tener como interlocutores, no
sólo a otros presbíteros, sino a obispos. El obispo, en función de su paternidad
espiritual, debe poder comunicar este testimonio espiritual a los presbíteros, los cuales
son, también en este ámbito, colaboradores ordinarios de los obispos. En virtud de su
participación en el ministerio jerárquico, guían a las personas hacia Dios. Pero
reafirmamos que los fieles pueden y deben ejercer también una cierta dirección
espiritual.
En la vida religiosa la dirección espiritual puede ser ocasión de conflictos. No se trata
precisamente de cuestiones personales, sino de la diversidad de funciones. Así, una
superiora puede conocer mejor a una religiosa que el director espiritual, porque es
mujer, convive con ella y la inicia en la vida de comunidad. Pero ante Dios siempre
permanece la irreductibilidad de la persona a sus actos. Los superiores deben reconocer
este misterio irreductible a toda confianza y a toda fraternidad. En los institutos
masculinos estas distinciones se viven con mayor facilidad, aunque no sean raros los
conflictos. Esto no significa que uno se equivoque y el otro tenga razón. Cada uno habla
según la gracia recibida. La divergencia de pareceres entre director espiritual y superior
no es ninguna catástrofe para nadie. Ello forma parte del misterio de la obediencia, y de
la vida en el Espíritu.
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¿Cómo dar la dirección espiritual?
Oración
El tiempo de la dirección espiritual es un tiempo de oración: para el que la da y para el
que la recibe, puesto que escuchar a alguien sin escuchar a Dios supone falta de
profundidad.
Puede ser conveniente orar conjuntamente: yo sugiero dejar la iniciativa de esta oración
en común al que pide la dirección. En todo caso, oremos por quien nos ha "sido
confiado. Orar no significa necesariamente pensar mucho en la persona dirigida; a
menudo se trata de lo contrario. Es necesario un trabaja de purificación. La compasión
no consiste en dejarse absorber por las confidencias que se nos han hecho o por las
preocupaciones que nos han sido confiadas, sino en ofrecerlas a Dios y en pedir para
cada uno fuerza, gracia y luz.
Desinterés
En primer lugar se trata de un desinterés en cuanta al dinero, por el que simbolizo todos
los bienes materiales. Si orientamos espiritualmente a alguien, esto es ya una razón para
no pedirle servicios. "Lo que habéis recibido gratuitamente, dadlo gratuitamente". Si se
trata de Dios ¿cómo podemos buscar nuestro beneficio personal? Parece claro que no
hay que aceptar ninguna compensación económica. Es asimismo necesario no buscar
otras ventajas materiales.
Desinterés también en cuanto al afecto. Se trata de un afecto en el que se mezclan
transferencias y contra-transferencias. Esto puede ser un obstáculo o puede
transformarse en una ayuda en orden a la confianza, comprensión y búsqueda en común
de la voluntad de Dios. ¿Cómo confiarse a alguien respecto al cual no se experimenta
ningún sentimiento de confianza o de simpatía.
Se trata también de un desinterés por lo que se refiere a la influencia. Este es un punto
difícil e importante. Cuando alguien enseña, quiere comunicar la verdad tal como cree
conocerla. Enseñar es ejercer un influjo. El objetivo de la dirección espiritual no es el de
hacer proselitismo en favor de determinadas ideas o convicciones por buenas que
puedan parecer. Es también evidente que no se trata de ganar adeptos a determinados
compromisos sociales o intelectuales. Hace falta estar "indiferente" en el sentido
ignaciano, de tal modo que aceptemos por igual que Dios conduzca a alguien hacia
aquello que nos parece bueno como hacia lo que no desearíamos para él.
Docilidad
Concierne ante todo al que da la dirección espiritual. Se trata de la docilidad, la
paciencia y la confianza en la palabra del otro. Nada más opuesto a la dirección
espiritual que la imagen del policía que verifica.
El dirigido se calla cosas. Dejemos que hable sin forzarle. Escuchar a alguien a partir de
lo que dice él mismo y no a partir de la palabra de un tercero es un buen ejercicio de
ascesis. El director, debe orientar a Dios la palabra que se le ha propuesto. Esto es todo.
Que ayude al otro a confiarse mejor, para ir más derechamente a Dios. Esto basta.
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Decisión
Debe tenerla el director sobre todo por lo que se refiere a sí mismo. Esto supone un
trabajo serio e importante. El no dejarse impresionar ni afectar por las confidencias
recibidas es una purificación del espíritu. No se trata de imaginar lo que es bueno para
tal persona, ni de soñar. Reflexionar, alguna vez. Y orar.
También es necesaria la discreción hacia el que recibe la dirección espiritual. "Dijiste tal
cosa hace meses y ahora dices lo contrario". Subrayar así las contradicciones con
expresiones anteriores del dirigido es delicado. Se impone respetar a la persona en su
relación con Dios en el tiempo presente.
Finalmente hay que mantener la discreción ante terceras personas. Esto es evidente.
Teniendo en cuenta que, fuera del caso de confesión, el director espiritual, como
cualquiera otra persona, tiene el derecho, y a veces el deber, de pedir consejo.
Naturalmente, sin indicar de quién se trata. Fuera de esto, es necesario callar incluso en
cosas públicas. Si se nos han confiado, debemos guardarlas.
Autor: ANTONI Mª TORTRAS
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