el gran perro blanco

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EL GRAN PERRO BLANCO
Fernando Marttell Cámara
Llevaba poco menos de dos semanas trabajando de guardia en los
inicios de la construcción de lo que ahora se conoce como “Casas
del Alto”, en el sector bajo de “El Boro”, cuando me sucedió algo
que hasta el día de hoy me tiene bastante impresionado y
buscando mas de alguna explicación razonable.
En aquel tiempo vivía en calle “Los Naranjos”, al fondo, casi al
llegar a los contenedores.
Trabajaba por turno, una semana de día y otra de noche. Los
turnos eran de 12 hrs., de 7:00 a 19:00 y de 19:00 a 7:00. En los
turnos de noche no había problemas con la locomoción, el
problema se suscitaba en los turnos de día, es decir, al ingreso. A
esa hora solo había taxis, pero no los ocupaba por ser demasiado
costosos. Obligadamente tenía que caminar.
Salía de mi casa a las 6:00 de la mañana para poder llegar a
tiempo para el relevo del compañero, generalmente arribaba 15 o
20 minutos antes de la hora.
El camino al trabajo era largo y de mucho temor para mí, calles
vacías, semi oscuras, llena de perros hurgando en las bolsas de
basura. Temía bastante por mi seguridad, sobre todo en el sector
de la feria y de una botillería que se ubica en Los Aromos c/
pasaje Los Pomelos, en este último lugar, me habían dicho, se
juntaban bastantes drogadictos y posibles delincuentes, es por eso
que antes de salir de mi morada, me encomendaba a Dios y a la
sangre de Cristo y nunca me pasó nada, al menos nada difícil de
explicar, hasta ese día del cual les cuento.
Fue así como una de esas mañanas me encaminé a mi trabajo, era
invierno, hacía un frío terrible que penetraba hasta los huesos y el
cielo estaba más oscuro que nunca.
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Avancé por calle Los Nogales hasta llegar a Los Álamos, desde
allí seguí hasta Los Aromos, para luego dirigir mis pasos hacia el
Norte avanzando rápido por esa larga avenida.
Crucé el sector de la botillería sin problemas, pero unas cuadras
mas adelante, frente a la cancha de fútbol, divisé un gran perro
blanco que se hallaba tendido delante de un sitio, parecía estar en
alerta, pues tenía la cabeza levantada y miraba para todos lados.
Temiendo que me saliera a morder, aminoré mi paso y lo saludé
con un “hola, amigo”, el perro, inmediatamente se puso de pie y
se situó a mi derecha, no me dio miedo, lo quedé mirando unos
instantes y me pareció un perro muy hermoso, incluso se lo dije,
pero no me atreví a tocarlo o hacerle algún cariño.
El perro me quedó mirando con una mirada serena, mismo
aspecto de su cara. Caminó sin despegarse de mí un solo instante.
Yo lo miraba y me preguntaba que de dónde habría salido,
quienes eran sus dueños, me decía: “a lo mejor lo vinieron a botar
y ahora anda buscando a sus amos”. Después me decía que tenía
suerte de haberlo encontrado y que sería bueno que me
acompañara hasta la pega, así podría quedarse con nosotros y
acompañarnos en las guardias.
Iba pensando tantas cosas que no me di cuenta que,
aproximadamente, a cuadra y media delante mío, dos tipos,
salidos quién sabe de dónde, se acercaban por la misma vereda
por la cual yo me desplazaba.
Admito que me dio temor, a lo mejor sin fundamentos, de todas
maneras me puse en alerta, saqué las manos de los bolsillos, si
hacían cualquier movimiento extraño en mi contra, trataría de
emplear todo lo que había aprendido en mi entrenamiento de
defensa personal cuando estuve de Vigilante Privado en la Zofri,
no se la iban a llevar pelada.. Me di valor, mientras los veía
acercarse como en cámara lenta, mirándome fijamente…
Cuando se encontraban ya a unos 15 o 20 metros, el perro,
sorpresivamente, se ubicó a un metro delante de mí, acción que
obligó a los dos tipos a bajarse a la huella, pero lo más
sorprendente de todo es que cuando estos dos hombres, a los
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cuales no voy a catalogar de delincuentes ni nada que se le
parezca, pasaron por mi lado, el perro se detuvo y se puso detrás
mío y comenzó a caminar en ese lugar por varios metros, se
mantuvo allí hasta que las dos personas se hubieron alejados lo
suficiente, entonces volvió a ponerse nuevamente a mi derecha.
Yo estaba realmente sorprendido. “De dónde eres”, le pregunté,
pero él solo me miró con aquellos ojos serenos.
Al llegar a la altura del condominio “Doña Olga”, el perro
comenzó a trotar hacia adelante, alejándose de mí. Viendo que se
apartaba con rapidez, empecé a llamarlo y a silbarlo para que
volviera, el perro se detuvo unos instantes y me miró por breves
segundos para luego continuar trotando hasta perderse a la altura
de la escuela “Kronos”.
Apuré el paso tras él, pero al llegar a ese lugar, no lo pude ver por
ningún lado, lo llamé y lo silbé por un buen rato, si embargo el
perro blanco no volvió aparecer nunca más, situación que me dejó
muy intrigado, ya que por aquel lugar no había ningún sitio en
donde pudiera esconderse. Estaba realmente extrañado, no sabía
que pensar.
Han pasado muchos años de aquella lejana mañana de invierno en
que un enorme perro blanco, quizás con que desconocidos
designios, se acercó a mí y tal vez me salvó la vida… Anécdota
en mi vida que jamás voy a poder olvidar.
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