Dios encarnado vida encarnada

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Retiro de Navidad
Diciembre de 2010
Dios encarnado, vida encarnada
Guzmán Pérez Montiel
Antes de comenzar…
¿Qué hemos venido a hacer hoy aquí? Un RETIRO…
Un retiro NO ES una charla, ni una reflexión piadosa, ni una serie de “recetas” espirituales.
Hemos venido a ESCUCHAR LA PALABRA DE DIOS. Y en esta ocasión, más que nunca: LA
PALABRA HECHA CARNE. Hemos venido a encontrarnos con el Dios hecho carne.
Por eso voy a intentar no daros una conferencia, sino hacer un poco de mistagogo (¡qué
atrevimiento!): introduciros un poco en el misterio que celebramos, o al menos dejaros a la
puerta por si queréis entrar… Sin olvidar que el Espíritu es el auténtico “predicador” y
“animador”…
Una premisa
Estamos ante un misterio. Y ante el misterio, sólo cabe
contemplar y adorar…
Nuestras “reflexiones” pueden desvirtuar el misterio…
Oración inicial1
Señor, suban a tu presencia nuestras súplicas y colma en tus siervos
los deseos de llegar a conocer en plenitud el misterio admirable
de la Encarnación de tu Hijo. Él, que vive y reina contigo…
1. Dios se encarna por amor
Dios no tenía obligación ninguna de encarnarse en la historia. Fue
un acto libre de su voluntad. Nuestro pecado no “provocó” la necesidad de arreglar lo que estaba
“estropeado”. No nos creamos tan importantes como para hacer cambiar a Dios sus planes. El plan
de Dios era acercarnos tanto su Amor hasta el punto de llegar a hacerse hombre…
La Encarnación de su Hijo es un acto de amor (con mayúsculas) al ser humano, del amor más
libre y más grande que existe: tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único (Jn 3,16).
«Dios ha quedado como mudo y no tiene más que hablar, porque lo que hablaba antes en partes
a los profetas ya lo ha hablado en él todo, dándonos el Todo que es su Hijo. (…) Si te tengo ya
habladas todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora
responder o revelar que sea más que eso? Pon los ojos en Él, porque en Él te lo tengo dicho todo
y revelado y hallarás en él aún más de lo que pides y deseas. (…) Oídle a él, porque yo no tengo
más fe que revelar, ni más cosas que manifestar»2.
«Hermana, amad a quien os amó cuando Niño, habiendo frío por vos. Amad a quien os amó, de
ocho días nacido, derramó sangre por vos; y no sabe hablar, y sabe amar y como crecen los días,
crece el amor, demostrándose las obras con los hombres. Quien, siendo Niño, tiene amor, ¿qué os
parece que hará cuando sea mayor? Crece el cuerpo, y crecen los trabajos; crecen los dolores y
tormentos y cruz. Amad, pues, a quien primero amó, y ahora os ama desde los cielos. No os
contentéis en servirle como quiera, que él no se contentó con buscar vuestro bien con tibieza; mas
todo él se empleó por vos»3.
1
Oración colecta del Lunes II de Adviento.
os
San Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, libro II, capítulo 22, n 4 y 5.
3
San Juan de Ávila, Carta “A una señora en tiempo de Navidad”.
2
1
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Podemos recordar lo que ocurrió el pasado mes de octubre con los mineros de Chile. Nos puede
servir como metáfora de lo que Dios hace con nosotros sus hijos, una metáfora de lo que el Hijo hizo
por nosotros y nuestra salvación: bajar hasta lo más profundo de la tierra, para compartir su gloria
y su luz con nosotros (Jn 1,14 – texto 3 del Apéndice). Identificarse hasta lo más hondo con el ser
humano para tomarlo de la mano y llevarlo hacia una vida plena.
Lo ocurrido en la mina de Chile es símbolo de lo que recordaremos dentro de unos días: que Dios
ha decidido —porque nos quiere inmensamente— meterse de lleno en nuestra historia, en nuestra
condición humana, para decirnos de qué modo nos ama y a qué Vida nos llama, para llevarnos a la
plenitud de lo que ya somos: hijos y hermanos, a imagen y semejanza del Hijo y Hermano por
antonomasia. Habría que despojar a la Navidad de todos los “disfraces” que le hemos puesto, para
dejarla “en pañales” (como el Niño) y que pueda verse el verdadero misterio de todo un Dios hecho
hombre. La encarnación revoluciona nuestra manera de comprender a Dios y al hombre, transforma
nuestra fe, nuestra experiencia de Dios, y la humaniza (en el sentido más pleno de la palabra).
Pistas para la oración:
Petición: conocimiento interno del Hijo de Dios, que por mí se hizo hombre, para más amarle y
seguirle, sobre todo en su capacidad de “meter las manos en la masa” y tomar partido a favor de
la humanidad.
Se encarnó por amor a mí… Resaltar el “por mí”, no por individualismo, sino para dejar que este
gran misterio me afecte personalmente.
Orar y contemplar los textos 3 y 8 (Apéndice)
2. La Encarnación nos hace “desaprender”
Esta dinámica descendente de Dios da un giro copernicano a todas nuestras concepciones de
Dios, de la fe, de la revelación, del ser humano, de la misión, de la comunidad, etc. No somos meros
teístas, ni mucho menos podemos hacernos un Dios a nuestra medida. Él mismo se ha revelado de
un modo que no podemos obviar. No podemos alcanzar a Dios con nuestros esquemas, porque es Él
quien nos ha alcanzado a nosotros con su amor tan humano. Su cercanía nos desborda y nos
transforma. Probablemente tenemos que “desaprender” muchas cosas…
2.1. La Encarnación cambia nuestra imagen de Dios
El misterio que estamos contemplando nos lleva a presentar una historia humana limitada y débil
—¡la historia de un niño!— como manifestación y revelación definitiva de Dios. Para muchos, un
escándalo, o una locura. ¿Cómo se puede llegar a creer que el mismísimo Dios haya querido hacerse
uno de nosotros, haya querido “rebajarse” de ese modo? No es momento de dar explicaciones
teológicas, pero sí de afirmar que Dios ha querido expresarse humanamente a sí mismo, manifestar
su designio de amor en la forma del hombre humilde, libre y entregado a servir. Así se nos ha
revelado. Tan humano, tan humano, sólo puede ser Dios… Sorprendentemente.
En la concreta humanidad, no junto a ni por encima de ella, se hace presente la divinidad. Más
aún, sólo ahí, en la conducta y destino de aquella vida humana, los cristianos encontramos el lugar y
el criterio válido para discernir cómo es y cómo actúa el verdadero Dios. Es en el hombre donde
quiere habitar Dios: «porque el Señor ha elegido a Sión, ha deseado vivir en ella: “ésta en mi mansión
por siempre, aquí viviré porque la deseo”» (Sal 131,13-14).
Pistas para la oración:
Pregúntate ¿cuál es tu imagen de Dios? ¿A qué Dios rezas? (Dime cómo rezas y te diré en qué
Dios crees…) ¿Cómo es ese Dios al que te diriges? ¿Qué es lo que esperas de Él? ¿Es un Dios sólo
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del más allá, o el Dios encarnado que te espera en las circunstancias de la vida? Intenta poner en
palabras la imagen real que tienes de Dios; no la ideal, no la que predicas, sino la tuya propia…
Pide a Dios su Espíritu para ir descubriendo poco a poco al Dios que se nos revela (y se te revela)
de modo concreto y encarnado. Sin su gracia no valen las teologías…
2.2. La Encarnación transforma nuestra imagen del hombre
El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado (GS 22). Dios no ha
querido tener más rostro y palabra que un rostro y palabra humanos. En Jesús, como comentaba
Rahner, el hombre se ha transformado en la “gramática de Dios”: para entender, conocer y amar a
Dios hay que entender, conocer y amar al hombre.
Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Y por la encarnación hay un matiz importante
en esto: Dios nos ha creado a imagen de su Hijo encarnado4. La creatura es lo que el Creador ha
querido llegar a ser… Y por tanto estamos llamados a ser hombres a imagen y semejanza del Hijo
hecho hombre. Tenemos un don y una gracia que es a la vez tarea. Y Jesús el Señor es nuestro
molde: hemos de ser hombres a la manera de Cristo5. Ya lo dice san Pablo,
«Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo que, a pesar de su condición divina, no
hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de
esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó
hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y
le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se
doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para
gloria de Dios Padre.» (Flp 2,5-11)
Pistas para la oración:
Da gracias a Dios por su Hijo. Da gracias por tu humanidad, por lo mucho que Dios te quiere
como hombre, como hijo suyo. Puedes hacerlo orando el texto 11 (Prefacio III de Navidad).
Trae a tu oración a las personas con las que convives diariamente, o a los que te encuentras
ocasionalmente: ¿son para ti encarnación de Dios? ¿Los miras y los tratas como hijos y
hermanos, o no vas más allá de tus sentimientos más primarios?
Pide a Dios su Gracia para seguir haciendo la mejor versión de ti mismo, para seguir llevando a
plenitud tu condición de hijo, a imagen y semejanza del Hijo. Con sus mismos sentimientos y
actitudes…
2.3. La Encarnación trastoca nuestra espiritualidad
Dios, al salvar la distancia entre Él y los hombres por medio de la encarnación, ha hecho posible
que para ser imagen suya, nosotros ya no necesitemos renunciar a nuestro propio ser, sino
realizarlo acabadamente. La tarea de ser como Dios ha dejado de implicar un endiosamiento o una
misión imposible, o un rechazo de todo lo que es humano, porque el que era como Dios ha querido
ser-como-hombre. Nada de lo humano es indiferente a Dios. Por tanto, lejos de nosotros esas
espiritualidades desencarnadas, que demonizan lo humano, que anulan al hombre, para las cuales el
cristiano tiene que deshacer su identidad y “espiritualizarse”. La espiritualidad que brota de la
encarnación no es una espiritualidad de anulación ni de fusión con Dios… Estamos llamados a la
comunión con Él, una comunión que nos haga ser lo que realmente somos, que nos lleve a la mejor
versión de nosotros mismos.
4
«Todo lo que quedó impreso en aquel barro fue la imagen de Cristo, el hombre que había de venir»
(TERTULIANO, Sobre la resurrección de la carne, c. 6).
5
Ni siquiera don Bosco es nuestro modelo por sí mismo, pues él quiso ser como Cristo. No lo olvidemos…
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Podemos buscar un segundo significado a la parábola de los mineros, y sacar así también alguna
aplicación “espiritual” de estas afirmaciones teológicas. Cuando hablamos de la encarnación,
decimos que el Hijo de Dios ha bajado a salvar a todos los hombres y a todo el hombre. Por tanto,
Dios quiere llegar con su Amor a lo más profundo de cada uno de sus hijos, quiere encontrarse con
cada persona en lo más íntimo y hondo de su vida, quiere transformar lo profundo, lo escondido del
corazón humano. Y eso significa que hemos de bajar a nuestros sótanos, y no tener miedo a lo que
nos podamos encontrar. Allí descubriremos nuestras miserias y nuestras grandezas, los deseos más
egoístas y las aspiraciones más generosas, los sentimientos más ambiguos y los afectos más sinceros
y desprendidos. Dios conoce a fondo nuestro corazón —¡Él lo ha creado y además lo ha vivido en su
propia carne!— y nos espera en lo profundo para llevarnos a lo más alto de nuestra condición
humana. Podemos decir con el salmista: “si me acuesto en el abismo, allí te encuentro” (Sal 138,8).
Si hemos sentido alguna vez cómo una persona que nos conoce muy a fondo —una madre, un
amigo del alma, un hermano, etc.— nos ama incondicionalmente (“a fondo perdido”, solemos decir),
podremos barruntar entonces de qué modo y hasta qué extremo nos ama Dios, conociéndonos hasta
el fondo de nuestra alma (Sal 138,14). Si hemos tenido esa experiencia humana podremos vislumbrar
esa luz que hace nueva nuestra vida, esa salvación que no es superficial, que no es un “barniz”, sino
la fuerza de un amor que nos transforma desde lo más íntimo. Quizá tengamos que bajar más a
menudo a nuestra “mina” particular y comprobar si sigue habiendo “mena” en ella, si hay demasiada
“ganga”, o si dejamos que Dios saque lo mejor de nuestra materia prima…
Pistas para la oración:
Pregúntate ¿te has sentido o te sientes realmente querido incondicionalmente por alguna
persona? ¿Y por Dios? ¿Experimentas su amor incondicional? ¿Conoces y aceptas cada rincón de
tu ser, incluso aquellos que te cuesta más reconocer?
Ponte delante de Dios, y preséntale sin miedo tu vida, tu corazón, tus miserias y tus grandezas,
los deseos más nobles y los menos generosos… Él te conoce bien, mejor que nadie, no tienes
nada que ocultarle. Déjate querer por Él, deja que su gracia transforme TODO lo que eres…
2.4. La Encarnación modifica nuestra misión
Volviendo a nuestra parábola de los mineros, podemos extraer una conclusión para nuestra
misión. Que también es consecuencia de la fe en un Dios encarnado, y que deberíamos tener más
presente en nuestra celebración de la Navidad (y todo el año, claro). Fue admirable el esfuerzo y el
empeño que se puso en rescatar a los 33 mineros del pozo en el que estaban atrapados. Si miramos
a nuestro alrededor más cercano, ¿qué jóvenes (o adultos) necesitan un “rescate”? ¿No hay acaso
cerca de nosotros muchas personas que viven atrapados en los “pozos” del sinsentido, del fracaso,
de la pobreza, del maltrato, de la marginación, del paro, de la soledad, del abandono, de la falta de
fe…? Ellos también son dignos de ser “salvados”. No hay que irse a Chile para hacer “rescates”…
¿Qué hacemos por aquellas personas cercanas que se van sumiendo silenciosamente en alguno de
esos “pozos”, o por evitar que caigan en ellos? Seguro que podemos ponerle rostro a éstos que, sin
ser mineros, pueden estar viviendo a setecientos metros bajo tierra…
Creer en el Dios de Jesús es estar convencido de que Dios “quiere que todos los hombres se
salven” (1 Tim 2,4), y colaborar con esa salvación. El amor que Dios nos ha manifestado en su Hijo
encarnado, muerto y resucitado —el amor que da sentido a nuestra vida— es el amor que se abaja
para levantar la dignidad del que la está perdiendo, o para hacer que siga viviendo como auténtico
hijo y no “caiga”… Ese amor no es para mí solo, y además habré de discernir la manera concreta en
que lo manifiesto a cada persona, en cada momento:
«La primera y principal llamada del evangelio es la llamada al amor; y el amor nunca es estático,
sino que siempre es dinámico: el amor siempre está buscando y preguntándose ¿cómo amar
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más?, ¿en qué gestos puedo concretarme?, ¿cómo puedo manifestarme más delicadamente?,
¿cómo puedo servir mejor?... Son las preguntas inherentes a un amor vivo, para el que no existe
la rutina, sino que cada instante es nuevo. (…) Eso es «buscar la voluntad de Dios»: buscar la
forma de concretar en mi vida personal y en la realidad en la que me muevo el designio de amor
de Dios. Todo amor busca concretarse para hacerse verdadero. El amor que no se concreta se
evapora: ¿qué gestos concretos son los idóneos para amar a esta persona, en este momento,
en esta circunstancia? Es la misma lógica “divina” que refleja de modo sublime el comienzo del
capítulo 13 del evangelio de Juan: «después de haber amado a los suyos del mundo, los amó
hasta el extremo» (v. 1), pero ese amor, precisamente por ser extremo, necesita concretarse en
un gesto que, obviamente, también va a ser “extremo”: «se puso a lavarles los pies a los
discípulos» (v. 5). La verdad del amor se verifica en los gestos concretos en que se encarna.»6
Pistas para la oración:
Pon nombre y rostro a los jóvenes o adultos a los que Dios te ha destinado concretamente. ¿De
qué modo y con qué gestos encarnas el amor de Dios —su salvación— para ellos? ¿De qué
manera concreta te está pidiendo Dios que los ames, a cada uno?
¿Conoces bien la situación en que se encuentran tus destinatarios? ¿O haces pastoral genérica,
desencarnada, un “tinglado” muy bonito pero que no le dice nada a nadie en particular?
Puedes orar con el texto 7 del Apéndice (1 Jn 4,7-21)
2.5. La Encarnación convierte la comunidad (la vuelve hacia Dios)
El rescate de los mineros de Chile no fue obra de uno solo; todo un equipo fue capaz de llevarlo
a cabo. Y la esperanza de estos hombres atrapados se mantuvo durante 70 días gracias al apoyo
mutuo y el fuerte sentimiento de grupo que alcanzaron. Estaban convencidos de que todos se iban a
salvar de aquel desastre, de que ninguno iba a perecer. Sin la comunidad no hay esperanza, no hay
verdadera salvación, no hay vida plena. Pero si sólo busco mi bienestar y mi perfección, dando la
espalda a los “hundidos”, aunque lo haga en nombre de mi fe, estaré traicionando al Hijo de Dios,
que se hizo hombre por todos y cada uno de nosotros, no sólo por algunos escogidos… Todos somos
el cuerpo de Cristo, no unos más que otros… Y deberíamos recordarlo cuando miramos a nuestra
comunidad, cuando celebramos la Eucaristía, cuando criticamos a un hermano, cuando hacemos la
“guerra” por nuestra cuenta, cuando vivimos como “solteros” y no como hermanos, etc. Quizá sea
ésta la “prueba del algodón” para saber si hemos asimilado en lo profundo todo lo que implica la
Encarnación: cuando nadie “de fuera” me ve, en los gestos más cotidianos, con el hermano que
tengo cada día en la mesa, con el director al que tengo que “dar cuentas”, con el hermano con el que
me cuesta “un riñón” trabajar y ponerme de acuerdo…
Pistas para la oración:
Da gracias a Dios por tu comunidad, por cada uno de tus hermanos. Ponte las “gafas” de la fe y
míralos como Dios los mira… Todos son hijos suyos, cada uno con su historia, con sus manías,
con sus dones. ¿Qué estás haciendo por ellos? ¿Qué compartes de tu vida con ellos? ¿Sólo las
“migajas”? ¿Verdaderamente encarnas en comunidad ese amor que das “hacia fuera”?
ORACIÓN FINAL7
Oh Dios, que de modo admirable has creado al hombre a tu imagen y semejanza,
y de un modo más admirable todavía restableciste su dignidad por Jesucristo,
concédenos compartir la vida divina de aquél
que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana. Por nuestro Señor Jesucristo…
6
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Darío Mollá, “Horizontes de vida”, Cuadernos Eides nº 54. Cristianismo y Justicia: Barcelona, marzo 2009.
Oración colecta de la Misa de Navidad.
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APÉNDICE: textos para orar y meditar
1. «Por aquel entonces salió un decreto de César Augusto mandando hacer un censo del mundo
entero. Este censo fue el primero que se hizo siendo Quirino gobernador de Siria. Todos iban a
inscribirse, cada cual a su ciudad. También José, por ser de la estirpe y familia de David, subió desde
Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, para inscribirse en
el censo con María, la desposada con él, que estaba encinta. Mientras estaban ellos allí le llegó el
tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre,
porque no había sitio para ellos en la posada. En aquella misma comarca había unos pastores que
pasaban la noche al raso velando el rebaño por turno. Se les presentó el ángel del Señor, la gloria del
Señor los envolvió de claridad y se asustaron mucho. El ángel les dijo: “No temáis, mirad que os traigo
una buena noticia, una gran alegría que lo será para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha
nacido un salvador, que es el Mesías Señor. Esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto
en pañales y acostado en un pesebre”. De pronto se sumó al ángel una muchedumbre del ejército
celestial, que alababa a Dios diciendo: “¡Gloria a Dios en lo alto, y paz en la tierra a los hombres de su
agrado!”. Cuando los dejaron los ángeles para irse al cielo, los pastores empezaron a decirse unos a
otros: “Ea, vamos derechos a Belén a ver eso que ha pasado y que nos ha comunicado el Señor”.
Fueron a toda prisa y encontraron a María y a José, y al niño recostado en el pesebre. Al verlo, les
comunicaron las palabras que les habían dicho acerca de aquel niño. Todos los que lo oyeron
quedaron sorprendidos de lo que decían los pastores. María, por su parte, conservaba el recuerdo de
todo esto, meditándolo en su interior. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por
todo lo que habían visto y oído; tal y como les habían dicho.» (Lc 2,1-20)
2. «En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad
de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre
llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El
ángel, entrando a su presencia, dijo: “Alégrate, llena de gracia, el
Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres”. Ella se turbó ante
estas palabras, y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo:
“No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás
en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será
grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de
David su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino
no tendrá fin”. Y María dijo al ángel: “¿Cómo será eso, pues no conozco
varón? El ángel le contestó: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la
fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo que va a
nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel que, a
pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para
Dios nada hay imposible”. María contestó: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu
palabra”. Y el ángel se retiró.» (Lc 1,26-38)
3. «En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La
Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo
nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla
en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste
venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la
luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo
vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su
casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si
creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de
Dios. Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria
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propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo:
“Éste es de quien dije: «El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo»”.
Pues de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia: porque la ley se dio por medio de
Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: El Hijo
único, que está en el seno del Padre es quien lo ha dado a conocer.» (Jn 1,1-18)
4. «Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para
rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos el ser hijos por adopción. La
prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama:
¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de
Dios.» (Gal 4,4-7)
5. «Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se
despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando
como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”; de modo que al
nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.» (Flp 2,6-11)
6. «Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los
Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de
todo, por quien también hizo el universo.» (Heb 1,1-2)
7. «Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de
Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor. En esto se
manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos
por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él
nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Queridos, si Dios nos amó de
esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie le ha visto nunca. Si nos
amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En
esto conocemos que permanecemos en él y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y
nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo, como Salvador del mundo.
Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios. Y nosotros hemos
conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él. Dios es Amor y quien permanece en el
amor permanece en Dios y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que
tengamos confianza en el día del Juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo. No hay
temor en el amor; sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo; quien
teme no ha llegado a la plenitud en el amor. Nosotros amemos, porque él nos amó primero. Si
alguno dice: "Amo a Dios", y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su
hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento:
quien ama a Dios, ame también a su hermano.» (1 Jn 4,7-21)
8. «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no
perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al
mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree,
ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. Y el juicio está en que vino
la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues
todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero
el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según
Dios.» (Jn 3,16-21)
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9. Prefacio I de Adviento
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro. Quien al venir por vez
primera en la humildad de nuestra carne, realizó el plan de redención trazado desde antiguo y nos
abrió el camino de la salvación; para que cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria,
revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante
espera, confiamos alcanzar.
10. Prefacio I de Navidad
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor Padre santo, Dios todopoderoso y eterno. Porque gracias al misterio de la Palabra hecha
carne, la luz de tu gloria brilló ante nuestros ojos con nuevo resplandor, para que, conociendo a
Dios visiblemente, él nos lleve al amor de lo invisible.
11. Prefacio III de Navidad
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro. Por él, hoy resplandece
ante el mundo el maravilloso intercambio que nos salva, pues al revestirse tu Hijo de nuestra frágil
condición, no sólo confiere dignidad eterna a la naturaleza humana sino que por esta unión
admirable, nos hace a nosotros eternos.
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