Para educar hace falta esperanza, constata el Papa

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Para educar hace falta esperanza, constata el Papa
En su discurso al encuentro eclesial anual de la diócesis de Roma
CIUDAD DEL VATICANO, martes, 10 junio 2008 - La gran emergencia social actual,
la educación, necesita esperanza y ésta se encuentra en la oración, e incluso en la
acción y en el sufrimiento, explica Benedicto XVI.
Fue el tema central de la conferencia que pronunció en la Basílica de San Juan de
Letrán, la catedral del Papa, al inaugurar en la tarde del lunes el encuentro eclesia
anual de la diócesis de Roma.
El título escogido por el Santo Padre para el encuentro era «Jesucristo ha
resucitado: educar a la esperanza en la oración, en la acción y en el sufrimiento».
Se trata de una cita anual de Benedicto XVI con los fieles de su diócesis que genera
siempre gran expectativa, pues se trata de un discurso programático para la
comunidad cristiana de la ciudad eterna.
El templo estaba lleno de fieles, las fuerzas vivas de esta diócesis: obispos,
sacerdotes, diáconos, religiosas y religiosos, personas consagradas, laicos...
El Papa continuó profundizando en la serie de intervenciones dirigidas a su diócesis
en las que está afrontando el desafío educativo como prioridad pastoral.
El 21 de enero pasado, firmó en este contexto un documento importante de este
pontificado, la Carta a la Diócesis y a la ciudad de Roma sobre la tarea urgente de la
educación.
La educación, dijo en San Juan de Letrán, "implica, ante todo a las familias, pero
afecta directamente también a la Iglesia, a la escuela y a la sociedad entera".
La "emergencia educativa", destacó, representa para todos un gran e ineludible
desafío". Por eso, anunció, el objetivo de este año pastoral es la educación «en la
óptica de la esperanza teologal, que se nutre de la fe y de la confianza en el Dios
que en Jesucristo se ha revelado como el verdadero amigo del hombre».
Explicó los fundamentos de la educación subrayando la importancia de la esperanza
cristiana, pues "no es la ciencia, sino el amor el que redime al hombre".
Su ponencia se convirtió, de este modo, en una prolongación de la reflexión que
propuso a la Iglesia universal con su encíclica Spe Salvi.
Analizando las causas de la desesperanza actual, que lleva a muchos padres de
familia, maestros y profesores, a rendirse en su tarea educativa, el pontífice citó una
como central: «poner a Dios entre paréntesis, organizar sin Él la vida personal y
social, afirmar que no se puede conocer nada de Dios o incluso a negar su
existencia».
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Por eso propuso a la diócesis el desafío de «educar a la esperanza en la oración, en
la acción y en el sufrimiento».
Educar a la esperanza en la oración
La oración es fundamental para tener esperanza, dijo al desarrollar el primero de los
tres puntos de la ponencia, pues la persona que reza nunca está totalmente sola.
Dios es el único que en toda situación o prueba puede escucharla y ayudarla.
Además, constató, la perseverancia en la oración constituye un proceso de
purificación, que nos libera y nos abre a los hermanos. "Así crece la esperanza
cristiana y con ella el amor a Dios y al prójimo".
"La oración es lo opuesto a una fuga de nuestras responsabilidades ante el prójimo.
Todo lo contrario, por medio de la oración aprendemos a mantener al mundo abierto
a Dios y a ser ministros de la esperanza para los demás".
Educar a la esperanza en la acción
También es posible educar en la esperanza a través de la acción en la vida
cotidiana, constató.
"La conciencia aguda y difundida de los males y de los problemas de Roma está
despertando la voluntad de realizar un esfuerzo común: tenemos que aportar
nuestra contribución específica, comenzando por ese tema decisivo que es el de la
educación y la formación de la persona, afrontando con espíritu constructivo los
otros numerosos problemas concretos que dificultan la vida de los habitantes de esta
ciudad".
"En particular --dijo--, trataremos de promover una cultura y una organización social
más favorables a la familia y a la acogida de la vida, así como a la valorización de
las personas ancianas, tan numerosas entre la población de Roma. Trabajaremos
para responder a aquellas necesidades primarias que son el trabajo y la casa, sobre
todo para los jóvenes. Compartiremos el compromiso para que nuestra ciudad sea
más segura y 'habitable', y haremos lo posible para que lo sea para todos, en
particular para los pobres, y para que los inmigrantes que vienen aquí con la
intención de encontrar un espacio de vida respetando nuestra leyes, no sean
excluidos".
Educar a la esperanza en el sufrimiento
Por último, al mostrar cómo es posible educar a «la esperanza cristiana en el
sufrimiento», Benedicto XVI aclaró: «ciertamente, debemos hacer todo lo posible
para disminuir el sufrimiento; impedir cuanto se pueda el sufrimiento de los
inocentes; aliviar los dolores y ayudar a superar las dolencias psíquicas».
Ahora bien, reconoció, a pesar de los importantes progresos en la lucha contra el
dolor físico, «no podemos eliminar completamente el sufrimiento en el mundo».
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Por ello presentó «la gran verdad cristiana»: «no es la fuga ante el dolor la que sana
al hombre, sino la capacidad de aceptar la tribulación y de madurar con ella,
encontrando un sentido en el mismo mediante la unión a Cristo».
«En la relación con el sufrimiento y las personas que sufren se determina, por lo
tanto, la medida de nuestra humanidad, para cada uno de nosotros y para la
sociedad en que vivimos», insistió el Santo Padre.
La fe cristiana tiene el mérito histórico, consideró, de haber suscitado en el hombre,
con una forma y una profundidad nuevas, la capacidad de compartir interiormente el
sufrimiento del prójimo, y de este modo ya no se encuentra solo en su sufrimiento.
"Todo ello está por encima de nuestras fuerzas", confesó, pero se hace posible al
compartir el amor de Dios por el hombre manifestado en la pasión de Cristo.
"Eduquémonos cada día a la esperanza que madura en el sufrimiento --propuso--.
Estamos llamados a hacerlo, en primer lugar, cuando nos afecta personalmente una
grave enfermedad o alguna otra dura prueba".
"Pero creceremos igualmente en la esperanza con la ayuda concreta y la cercanía
cotidiana al sufrimiento tanto de las personas que tenemos cerca, como de nuestros
familiares y de toda persona que es nuestro prójimo, porque nos acercamos a ella
con amor".
Ahora bien, el Papa concluyó constatando que la esperanza cristiana no termina en
este mundo, sino que se orienta hacia la comunión plena y eterna con el Señor, es
decir, en el Juicio de Dios, lugar de aprendizaje y de ejercicio de la esperanza.
El obispo de Roma admitió que la explicación de esta verdad escatológica es uno de
los objetivos centrales de su última encíclica.
"He intentado que vuelva a ser familiar y comprensible, para la humanidad y la
cultura de nuestro tiempo, la salvación que se nos promete en el mundo y más allá
de la muerte, si bien de aquel mundo no podemos tener aquí abajo una verdadera y
propia experiencia", admitió.
"Para volver a dar a la educación en la esperanza sus verdaderas dimensiones y
motivaciones firmes, todos nosotros - empezando por los sacerdotes y los
catequistas - debemos poner en el centro de la propuesta de la fe esta gran verdad,
que tiene su ‘primicia' en Jesucristo resucitado de entre los muertos".
Y la resurrección de Cristo -salto decisivo hacia una dimensión de vida
profundamente nueva--, es un hecho histórico que abraza a toda la familia humana,
la historia y el universo entero, concluyó.
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