Los Oquendo: historia y mito de una familia de

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 GRACIA RIVAS, Manuel: “Los Oquendo: historia y mito de una
familia de marinos vascos”, Itsas Memoria. Revista de Estudios
Marítimos del País Vasco, 6, Untzi Museoa-Museo Naval,
Donostia-San Sebastián, 2009, pp. 699-724.
Los Oquendo: historia y mito de una familia de marinos
vascos1
Manuel Gracia Rivas
Centro de Estudios Borjanos
Entre los numerosos marinos vascos que, en el transcurso de la historia, sirvieron con sus buques a
la monarquía española destaca la saga de los Oquendo, constituida por varias generaciones de avezados navegantes y hombres de coraje que estuvieron presentes en los más importantes acontecimientos navales de los siglos XVI y XVII.
Generalmente, el apellido suele asociarse con la figura de D. Antonio de Oquendo de Zandátegui
el cual, por iniciativa de su ciudad natal, fue objeto de un proceso de exaltación, plasmado en la estatua que le fue erigida, a finales del siglo XIX, resaltando los méritos que indudablemente tuvo, aunque en su personalidad no faltaran aspectos discutibles.
Sobre él se han publicado diversos trabajos a través de los cuales pueden seguirse los avatares de
su dilatada hoja de servicios que se iniciaron con la obra panegírica que escribió su propio hijo D.
Miguel de Oquendo Molina, con el significativo título de El héroe cántabro2, publicada en 1666. A
finales del siglo XIX, coincidiendo con la inauguración de su estatua, apareció un pequeño folleto de
Francisco López Alen, en el que, junto a algunos datos biográficos, se relataban los pormenores que
rodearon el homenaje tributado3. Muy conocida es la obra de Rafael Estrada, publicada en 19434 y,
más reciente, la de Ignacio Arzamendi, editada en 19815. También aparece reflejado en obras que
abordan la historia de los marinos vascos, como la José Osés Larumbe6 y en enciclopedias como la
Enciclopedia General del Mar en la que las reseñas biográficas fueron realizadas por el almirante D.
Carlos Martínez Valverde7. Recientemente, se ha publicado una obra que, aunque lleva por título La
batalla de Las Dunas, aborda también la biografía de su principal protagonista8.
Distinto es el caso de su padre D. Miguel de Oquendo y Segura que ha sido objeto de menor atención, aunque su figura reviste un atractivo especial. El trabajo de mayor interés es, sin duda, el que le
dedicó Tellechea Idígoras9 que tiene el mérito de incorporar, por vez primera, datos procedentes del
expediente para la concesión de la Encomienda de Santiago que le otorgó Felipe II, a través de los cuales puede ser reconstruida la historia de los primeros años de este ilustre marino. La obra de Arzamendi,
que lleva por título El almirante D. Antonio de Oquendo, dedica al padre su primera parte10.
En cualquier caso, las referencias publicadas sobre él siempre han sido mucho más concisas que
las de su hijo11 y siguen difundiéndose inexactitudes de las circunstancias que rodearon su muerte,
a pesar de que, con motivo de las conmemoraciones de la Gran Armada de 1588, tuve la oportunidad de precisar la causa y el momento de la misma12.
1. Agradezco a D. José María Unsain Azpiroz, codirector el Museo Naval de San Sebastián, la oportunidad que me brindó de revisar la historia de esta familia, así como las aportaciones bibliográficas que me ha facilitado, algunas de las cuales han sido muy importantes para precisar determinados aspectos de la trayectoria vital de estos ilustres marinos.
2. OQUENDO, Miguel de: El Héroe cántabro: Vida del Señor D. Antonio de Oquendo.../ Por el General Don Miguel de Oquendo..., Dionisio
Hidalgo, Toledo, 1666. Algunos autores, como Fausto Arocena, han puesto en duda la autoría de D. Miguel de Oquendo. El hecho de que no
sea la única obra publicada por él, plantea problemas a la hora de descartar su capacidad como escritor, aunque el debate continua abierto.
3. LÓPEZ ALEN, Francisco: Oquendo, Imprenta de la Voz de Guipuzcoa, San Sebastián, 1894.
4. ESTRADA Y ARNAIZ, Rafael: El Almirante Don Antonio de Oquendo, Madrid, Espasa Calpe, 1943.
5. ARZAMENDI, Ignacio de: El almirante D. Antonio de Oquendo, Sociedad Guipuzcoana de Ediciones y Publicaciones, San Sebastián, 1981.
6. OSÉS LARUMBE, José: Los grandes marinos, J. Roca, Barcelona, 1913.
7. VV.AA.: Enciclopedia General del Mar, Ediciones Garriga, Barcelona, 1957.
8. SAN JUAN, Víctor: La batalla de Las Dunas. La Holanda comercial contra la España del siglo de Oro, Madrid, Silex Ediciones, 2007.
9. TELLECHEA IDÍGORAS, J. Ignacio: “Miguel de Oquendo, caballero de Santiago (1584). Un episodio social en la vida donostiarra”, Boletín de Estudios Históricos sobre San Sebastián, nº 1, San Sebastián, 1967, pp. 33-37. Posteriormente, ha sido reeditado como capítulo 4 de la
obra Santiaguistas guipuzcoanos, San Sebastián, 2004, pp. 33-76. Esta última es la edición que he podido consultar.
10. De la página 13 a la 111, nada menos.
11. Así, por ejemplo, en la Enciclopedia Universal Ilustrada Europea Americana, Espasa Calpe, Madrid, 1964, Tomo XXXIV, pp. 1547-1551.
12. GRACIA RIVAS, Manuel: La Sanidad en la Jornada de Inglaterra (1587-1588), Editorial Naval, Madrid, 1988.
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Respecto a la familia Oquendo y, en especial, a las mujeres de la misma, existe una obra que aunque no puede ser considerada, en sentido estricto, un estudio académico, aporta datos interesantes
sobre las mismas13.
En cuanto a los acontecimientos en los que todos ellos se vieron inmersos, continúa siendo de
obligada consulta la conocida obra del marino y académico Cesáreo Fernández Duro14 que, por otra
parte, fue protagonista involuntario de la polémica originada en torno a la estatua a la que se hacía
referencia anteriormente.
LA FAMILIA OQUENDO
Entre los primeros pobladores de San Sebastián sitúan todos los biógrafos, que se han ocupado de
ellos, a los Oquendo, una familia cuyo primer ascendiente conocido fue Antón Bono de Oquendo.
Según esas noticias, desempeñaron cargos en la administración municipal y gozaban de una posición acomodada.
Sin embargo, como luego veremos, el padre del primer almirante, Antonio de Oquendo Oyanguren, era un modesto cordelero. Hijo de Martín Bono de Oquendo y de Catalina Pérez de la Torre,
ambos donostiarras, estuvo casado con María Domínguez de Segura, hija de Joanes de Segura y
María Ortiz de Ibarreta, vecinos de Zarauz. Tuvieron, al menos, dos hijos, Miguel y Antonio de
Oquendo y Domínguez de Segura, nacidos en San Sebastián que, a muy temprana edad, marcharon a Cádiz para embarcar en la Carrera de las Indias.
Años más tarde, Miguel regresó a su tierra natal enriquecido y con un importante patrimonio que
acrecentó tras su matrimonio con una rica heredera donostiarra, María de Zandátegui y de Lasarte15.
Entre la documentación conservada se encuentran pleitos relacionados con las posesiones de la familia16 y la creación del mayorazgo por testamentos del propio Oquendo y de su mujer17. Este mayorazgo quedó vinculado a una pequeña casa, al pie del monte Ulía que había sido de su padre y él
reedificó. El beneficiario de esa fundación fue Antonio de Oquendo de Zandátegui, el mayor de ellos,
al que siguieron otros cinco: Miguel, Francisco, María, Isabel y Juana.
Antonio fue quien continuó la tradición familiar como marino, aunque hay que señalar que María
contrajo matrimonio con Hernando de la Riva Herrera, un hombre que, como proveedor general de
las armadas, había estado relacionado con la organización de las mismas, desde los tiempos de la
Jornada de Inglaterra. Por otra parte, es importante la figura de Juana que, tras su matrimonio con
Miguel de San Millán, iba a tener un papel señalado en la continuidad de la saga.
Antonio de Oquendo y Zandátegui, el heredero de la dinastía, acrecentó el patrimonio familiar
tras su matrimonio con Dª María de Lazcano, hija de D. Felipe de Lazcano y de Dª Mariana Manuela
de Alencastre, condesa de Bailén18. Si de la mujer de su padre se dijo que era la más rica heredera
de la ciudad, la del hijo era, sin duda, uno de los mejores partidos de Guipúzcoa.
Tuvieron, únicamente, dos hijos legítimos. La mayor fue Teresa que murió en Vitoria, el 30 de septiembre de 1640, poco después de haber contraído matrimonio con el marqués de Oria, cuyo padre
había sido tesorero mayor de Felipe II. El menor fue Antonio Felipe que también murió, ese mismo
año de 1640, cuando apenas contaba 18 años de edad.
A ellos hay que sumar un hijo ilegítimo fruto de los amores del almirante con una joven andaluza llamada Ana de Molina Estrada, hija de D. Miguel de Molina y Dª Luisa Estrada, miembros de una familia
hidalga de la que se conocen muy pocos datos. Algunos autores la hacen oriunda de “Torregimeno”,
13. CUADRA, Pilar de: Las Oquendo. Seis hábitos y una inquisición, Editorial Gómez, Pamplona, 1963.
14. FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: Armada Española desde la unión de los reinos de Castilla y de Aragón, Editorial Naval, Madrid, reedición
de 1973.
15. Hija única, su patrimonio procedía tanto del padre, uno de los redactores del primer libro que reunió los Fueros, como de la madre,
heredera de la casa de Lasarte, a la que pertenecían la mayor parte de las casas de esa localidad, 15 de las 22 entonces existentes.
16. Así, por ejemplo, el sostenido con los concejos, justicia y regimientos de Zubieta y Aduna contra Miguel de Oquendo y María Zandátegui, para que dejaran pacer a sus ganados en los prados de las caserías de Lasarte y Acetaín. Archivo de la Real Chancillería de Valladolid. Pleitos civiles, Pérez Alonso (F), Caja 222, 1/223/1.
17. Archivo General de Simancas. CME, 432,8 y 432,9.
18. El título de conde de Bailén había sido otorgado por Carlos V, en 1522, a D. Manuel Ponce de León y Guzmán. Dª Mariana Manuela era
condesa por su primer matrimonio con el V conde, D. Pedro Ponce de León. Descendiente de una ilustre familia protuguesa, al quedar viuda
contrajo nuevas nupcias con D. Felipe de Lazcano y Sarría, señor de la casa de Lazcano.
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localidad que podría identificarse con la actual Torredonjimeno de la provincia de Jaén. En cualquier caso,
Oquendo conoció a la joven durante su estancia en Cádiz, desempeñando el cargo de Almirante General
del Mar Océano y, fruto de esos amores, nació un niño que se llamó Miguel de Oquendo y Molina.
El niño que tenía unos 13 años a la muerte del almirante, no fue olvidado por éste, ni tampoco
su madre. En el testamento, otorgado el 26 de julio de 1639, encomendaba su legítima mujer y a
sus hijos que amparasen al niño19, al que dejaba 5.000 escudos y otros 1.000 a su madre, Dª Ana
de Molina, para que pudiera entrar en religión o tomar el estado que deseara. De hecho, profesó
como religiosa en el convento de las carmelitas de Jaén con el nombre de Sor Ana Josefa de la
Concepción. También terminaría profesando la viuda del almirante, Dª María de Lazcano; en este
caso en el convento de Recoletas Bernardas de Logroño.
Lo que no podía prever el almirante era el destino final del mayorazgo establecido en favor de su
hijo legítimo Antonio Felipe. Porque, en defecto del mismo, en el testamento se nombraba heredera a su hermana Teresa y, en caso de que faltara, a Juana, hermana de D. Antonio. En último lugar
figuraba Miguel, el hijo ilegítimo.
La muerte prematura de Antonio y Teresa hizo que la herencia recayera en su tía Juana, siguiendo lo establecido en las disposiciones testamentarias del almirante. Casada con D. Miguel de San
Millán, tuvo como única hija20 a Dª Teresa de San Millán y Oquendo que terminó contrayendo matrimonio con su primo D. Miguel de Oquendo y Molina, el hijo ilegítimo del almirante, de manera que
se convirtió en el heredero de la casa y de su cuantiosa fortuna.
Resulta sorprendente este matrimonio entre una joven rica que podía haber entroncado con las
casas más poderosas del momento y este joven sin más bienes que los 5.000 escudos legados por
su padre. Sin embargo, parece ser que fue un matrimonio por amor con una nutrida prole que pone
de manifiesto la personalidad de este Oquendo, almirante como su padre y abuelo, así como hombre de cultura que, como comentaremos, se dedicó a escribir al retirarse de la mar, tras la catástrofe sufrida por su escuadra. El que, a la muerte de su marido, en 1681, su viuda no pudiera “sobrellevar tal golpe y a los pocos días, rindiéndose al dolor, bajo a hacer compañía a la tumba a aquel
que en vida había sido único objeto de su amor”21, pone de manifiesto, al margen de la retórica propia de la crónica de un convento, la realidad de esta relación.
Del matrimonio nacieron once hijos: María Teresa (1647), Antonia Francisca (1649), Ana Josefa
(1653), Micaela (1655), Miguel Carlos (1659), Millán (1662), María Magdalena (1664), Pedro Ignacio
(1667), Agustina Brígida (1669), Brígida (1671) y Manuel Antonio (1673). Cinco hijas profesaron en
el convento de Brígidas de Lasarte, fundado por la familia: María Teresa, Antonia Francisca, Ana
Josefa, María Magdalena y Brígida. Uno de los hijos, Pedro Ignacio, ingresó en la Compañía de Jesús.
Otros dos siguieron la carrera militar: Millán, capitán de Mar y Guerra que falleció joven regresando
de Flandes y Miguel Carlos, ennoblecido con el título de marqués de San Millán, creado el 23 de abril
de 1688, con el vizcondado previo de Zandátegui. Casado con Dª Antonia María de Echeverri fue el
heredero del mayorazgo, pero murió sin descendencia.
Sorprendentemente, el mayorazgo lo heredó la mayor de los hermanos, María Teresa que, en
aquellos momentos, era abadesa del convento de Lasarte, dando origen a un duro enfrentamiento
con su hermana Micaela que tras contraer matrimonio con D. José de Aguirre tuvo siete hijos: María
Ignacia, José Francisco, Joaquín María, Concepción María, María Josefa, Antón y Miguel. En esta
rama continuó el marquesado de San Millán22.
Del resto de los hermanos apenas quedan noticias, Agustina Brígida casó en Madrid con D. José
Francisco Verdugo, mientras que no disponemos de datos sobre el menor de los hermanos, Manuel
Antonio, que debió morir joven pues algunos autores no lo incluyen entre la descendencia.
Pero dentro del conjunto de miembros de esta señalada familia vasca nos interesa analizar, especialmente, la trayectoria de quienes, por su dedicación a la mar, alcanzaron evidente notoriedad: D.
19.“Y a la señora doña María de Lazcano mi muger y a mis hixos encargo este niño, pues queda solo, para que le recojan y amparen como
tal”. Citado por CUADRA, Pilar de la: op. cit., pág. 21.
20. Así se suele afirmar, aunque existe en el Archivo Histórico Nacional el expediente de concesión del título de Caballero de la Orden de
Santiago a favor de Miguel de San Millán y Oquendo, que lleva fecha de 1627, y bien puede tratarse de un hermano, fallecido sin descendencia. (AHN. OM-Caballeros de Santiago, Exp. 7512).
21. Crónica del convento de Lasarte, cap. VII, citada por CUADRA, Pilar de la: op. cit., pág. 29.
22. También hubo un pleito en relación con la sucesión en el título de marqués de San Millán, pretendida por el convento de Santa Brígida
de Azpeitia y, en concreto, por la primogénita Dª María Teresa. Archivo Histórico Nacional. Consejos, 4734.
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Miguel de Oquendo Segura, D. Antonio de Oquendo Zandátegui, y D. Miguel de Oquendo Molina,
aunque la saga tuvo continuidad en un nieto de este último, D. Joaquín de Aguirre y Oquendo, que
llegó a ser Mayor General de la Armada y fue el redactor de las Ordenanzas de la Armada de 174823.
MIGUEL DE OQUENDO Y SEGURA
A través de los datos que se desprenden del expediente para la concesión efectiva del hábito de
caballero de Santiago24 sabemos que nació en San Sebastián hacia 1524. Era hijo de Antonio de
Oquendo Oyanguren y de María Domínguez de Segura25.
Estrada afirma que el padre había sido capitán de mar y Arzamendi dice que participó en la conquista de Granada y que “dio buena nota de su valor con el grado de Capitán de mar en varias acciones de guerra en el Estrecho y Berbería”26. Pero, frente al deseo de ennoblecer los orígenes del marino vasco y buscar antecedentes familiares que justifiquen su inclinación hacia los asuntos de la mar,
el testimonio de licenciado Juan López de Aguirre nos presenta un panorama muy diferente27. Según
este personaje que, con tanta inquina se enfrentó a Miguel de Oquendo, su padre era un hombre
bajo, de poca suerte, al que se conocía con el apodo de “Antón Traxaka” y vivía en una modesta casa
de los arenales de Ulía, la misma que, reedificada por el almirante, se convirtió en solar familiar.
Con extraordinaria dureza afirmaba que “vivía con el trabajo de sus manos y del trabajo de su
mujer, y se tomaba del vino a menudo y hacía otros actos infames”. Cuando para tratar de indagar
la verdad de estas acusaciones se tomaron declaraciones a nuevos testigos, uno de ellos fue el licenciado Juan Martínez de Berastegui, en aquellos momentos alcalde en ejercicio de San Sebastián, que
había sido compañero de escuela del almirante. Arzamendi recurre a este testimonio para demostrar
que Miguel de Oquendo había cursado estudios en su localidad natal. Sin embargo, omite que, en
la misma declaración, Martínez de Berastegui señala que el padre de Miguel fue cordelero y que “por
su propia persona hilaba cáñamo y hacía cuerdas y cables que son maromas”28.
Los orígenes humildes del almirante eran, por lo tanto, indudables. Por este motivo, no sería
extraño que, como afirmaba su encarnizado detractor, en su niñez sirviera como pastor de ovejas en
su casa de Ulía. Pienso que la referencia expresa a su casa, delimita el significado de esa condición
de pastor. No lo fue, en sentido estricto, sino que, en sus ratos libres, pudo encargarse de cuidar
algunas ovejas con las que complementar una economía familiar muy precaria, condicionada además por el carácter y las inclinaciones del padre.
Todo ello debió influir para que un muchacho despierto, como Miguel, tomara la decisión de
abandonar su tierra en busca de nuevos horizontes. Aún no había cumplido los 14 años cuando, en
compañía de su hermano Antonio y de Martín de Arriola, embarcó en una nave que el 21 de abril
de 1538 zarpó de San Sebastián hacia Sevilla29.
Dos meses después, mientras Arriola volvía a San Sebastián, los hermanos Oquendo embarcaron
para las Indias. Con la edad que entonces tenían sólo era posible hacerlo como grumete, un empleo
adecuado para adquirir experiencia en las cosas de la mar desde los más bajos escalones de las dotaciones de aquellos barcos que hacían la Carrera de las Indias.
No creo que, en esta primera etapa, llegara a realizar más de dos viajes redondos pues, de acuerdo con la información proporcionada por Arriola y otros testigos, a los cuatro años regresó a San
Sebastián. Esta vuelta a su tierra natal pudo estar provocada por el deseo de intentar algún beneficio adicional en esas navegaciones al otro lado del Atlántico en las que, ambos hermanos, comenzaban a tener cierta experiencia, aunque Miguel acababa de cumplir los 18 años.
23. Falleció el 9 de abril de 1764, en Zacapa, cuando se dirigía a tomar posesión del cargo de Presidente de la Real Audiencia de Guatemala
para el que había sido nombrado.
24. Archivo Histórico Nacional. OM-Caballeros de Santiago, Exp. 5.930.
25. La familia del padre era donostiarra, mientras que la madre había nacido en Zarauz.
26. ARZAMENDI, Ignacio de: op. cit., pp. 18-19.
27. Estos testimonio como otros que se citan sobre los orígenes de D. Miguel de Oquendo proceden del expediente para la concesión del
hábito de Santiago y fueron dados a conocer por J. Ignacio Tellechea.
28. Otros testigos, como Martín de Arriola, también afirmaron que el padre de Miguel fue cordelero, aunque lo justifica por ser la provincia “miserable y pobre”, por lo que los que viven en ella se veían en la necesidad de empeñarse en oficios mecánicos o emigrar.
29. Esta fecha aparece en la declaración del citado Martín de Arriola en el expediente de la Orden de Santiago y es, por el momento, la referencia más precisa para fijar la fecha de nacimiento. En abril de 1538 no había cumplido los 14 años, por lo que debemos pensar que, lo más
probable, es que naciera entre abril y diciembre de 1524.
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Sabemos que, a los cuatro o cinco meses, de su llegada a casa regresaron a Sevilla y, en 1584,
embarcaron en la nao Nuestra Señora de Camiña, propiedad de Andrés Pérez, con la que nuevamente viajaron a las Indias. En la ciudad de Nuestra Señora de los Remedios del cabo de la Vela y
poco antes de zarpar para Nombre de Dios, Antón se vio envuelto en un incidente, al ser sorprendido por los oficiales reales con ciertos efectos que no había declarado en Sevilla. Arzamendi, que hizo
alusión a este asunto de manera un tanto confusa, señaló que se trataba de jarcias y clavazón, por
lo que hubo de pagar una multa de 86 castellanos30. De la documentación conservada en el Archivo
General de Indias31 se desprende que eran cinco docenas de remos, diez quintales de pez y siete
rezones que, según testimonio del interesado, no declaró por haberlos embarcado “para buen salvamento de la nao en que iba y de las otras”. Esta explicación no convenció a los oficiales reales pues
se los decomisaron y le impusieron una multa de 98 pesos32 que, según se hace constar en el expediente, abonó en perlas.
El contrabando de efectos era algo muy habitual al que recurrían todos los que navegaban a las
Indias, obteniendo pingües beneficios. El decomiso de lo que llevaba Oquendo se produjo al intentar venderlos “cuando ya no había necesidad de ellos” según alegó. A pesar de todo, el joven Antón
de Oquendo no se arredró y, a comienzos de 1545, interpuso el correspondiente recurso para recuperar el importe de la sanción.
En ningún momento del proceso se hacía referencia a su hermano Miguel aunque me inclino a
pensar que viajaba con él y que, probablemente, también servía como marinero calafate. De hecho,
uno de los testigos que comparecieron en el expediente instruido con motivo de su ingreso en la
Orden de Santiago apuntó “que oyó decir que fue calafate, oficio que aprendió en Andalucía”33.
Al margen de otras consideraciones, el incidente viene a demostrar el empeño de estos jóvenes
por mejorar su condición, lo que unido al hecho de que Miguel hubiera asistido a la escuela en su
localidad natal, le colocaba en situación ventajosa respecto al resto de sus compañeros en aquellas
naos que cruzaban el Atlántico.
No es de extrañar, por lo tanto, que, en 1550, le fuera ofrecido un contrato para servir como
maestre en el navío Santiago del que era propietario mayoritario Francisco Núñez Pérez. Arzamendi
que toma este dato de la obra Documentos americanos del archivo de Protocolos de Sevilla, siglo
XVI34, se sorprende al comprobar que, tras el registro del contrato, aparece un poder por el que un
socio de Núñez, de profesión piloto, se compromete a hacerse cargo del buque, si Oquendo muere
en la mar o se niega a obedecer los planes secretos de ruta35. De ahí, Arzamendi intuye la posibilidad de que fuera un barco dedicado al comercio de negros.
Pues bien, he podido documentar que el citado Francisco Núñez Pérez, mercader vecino de
Sevilla, era un conocido traficante de esclavos. Por Real Cédula de 12 de junio de 1548, se le dio
licencia para pasar a Indias “200 esclavos negros, un tercio hembras”36. Para 1550, he encontrado
nada menos que tres licencias. La primera, de 7 de julio, le autoriza a pasar “200 esclavos negros,
un tercio hembras”37; la de 5 de septiembre corresponde a “140 esclavos negros, un tercio hembra,
a cuenta de las 1.000 licencias concedidas a la Española”38; y con fecha 27 de noviembre se le autoriza el paso de otros 200 esclavos39. Su actividad se prolongó en el tiempo, pues, en 1561, fue autorizado a transportar 550 esclavos de los que, como era habitual, la tercera parte de los mismos debían ser hembras40. Hacia 1565 estaba manteniendo un largo proceso en el que reclamaba una nueva
licencia para 110 esclavos, en compensación por los que se le habían muerto en la mar, durante su
transporte, lo que da idea de las pésimas condiciones en que viajaban estos hombres reducidos a
cautividad41.
30. ARZAMENDI, Ignacio de: op. cit., pág. 24.
31. Archivo General de Indias. Justicia, 1174, N. 1, R. 4.
32. Arzamendi hablaba de 86 castellanos, lo que no se ajusta a la realidad.
33. El testigo era Miguel de Gamboa, de 70 años de edad en aquellos momentos.
34 Documentos americanos del Achivo de Protocolos de Sevilla, siglo XV/, Instituto Hispano-Cubano de Historia de América, Madrid, 1935.
(Publicación extraordinaria del Comité Organizador del XXVI Congreso Internacional de Americanistas).
35. Protocolo 1060 (1550). Tomo IV, fol. 245, oficio XV, libro 2º del escribano Juan Franco y Protocolo 1061 del mismo escribano. Ambos
llevan fecha de 18 de septiembre de 1550.
36. Archivo General de Indias. Indiferente, 424, L.21, F. 172-173.
37. Archivo General de Indias. Indiferente, 424, L.22, F. 162V-163R.
38. Archivo General de Indias. Indiferente, 424, L.22, F.199.
39. Archivo General de Indias. Indiferente, 424, L.22, F. 242V-244R.
40. Archivo General de Indias. Indiferente, 425, L.24, F. 76V-78.
41. Archivo General de Indias. Justicia, 875, N4.
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No cabe ninguna duda, por lo tanto, de que el primer empleo como maestre de Miguel de
Oquendo fue en un barco negrero. Tenía entonces unos 25 años y el contrato efectuado correspondería a la segunda de las licencias que el traficante obtuvo ese año, por lo que cabe la posibilidad
de que también participara en la tercera de las expediciones.
En 1556, Oquendo era el maestre de una de las naos que fueron para Nueva España al mando
de Pedro Menéndez de Avilés. Una vez en el Caribe, fue empleado en diversas misiones realizadas
en aquellas aguas. La última de ellas fue conducir a La Habana, desde San Juan de Ulúa, al gobernador de esa ciudad, D. Diego de Mazariegos, con armamento y municiones para hacer frente a los
piratas francesas que operaban en aquella zona.
De regreso a San Juan, el buen estado de su nao influyó en Meléndez de Avilés para que la seleccionara con el fin de realizar el tornaviaje. Fue al llegar a Sevilla cuando Oquendo se vio implicado
en un grave caso de contrabando. Los oficiales de la Casa de Contratación habían realizado ya las
preceptivas inspecciones de la carga que transportaban todos los buques de la flota cuando, a través de una delación, se supo que en la nao de Oquendo viajaba oculta una importante cantidad de
metales preciosos. El asunto tuvo una enorme trascendencia debido a la cuantía de lo defraudado y
al hecho de que pudo comprobarse la implicación de algunos oficiales de la Casa de la Contratación.
El propio Carlos V, retirado ya en Yuste, se indignó al conocer lo ocurrido y escribió a su hija afirmando que si “tuviera salud, yo mismo fuera a Sevilla a ser pesquisidor de donde esta bellaquería
procedía”42. Aunque se hicieron las indagaciones correspondientes y se tomaron cuentas a Miguel
de Oquendo43 no conocemos los detalles de este proceso ni las sanciones que se dictaron.
No fue hasta 1562 cuando reaparece Oquendo como maestre de la nave almiranta de la flota
que viajó a Nueva España al mando de Pedro de las Roelas y de la que era almirante Antonio de
Aguayo. La flota salió con cierto retraso. En agosto el rey apremiaba a Aguayo para que los navíos
partieran lo antes posible44 y, a mediados de septiembre45, se le prohibía recibir registros después del
10 de octubre, por lo que la salida tuvo que producirse con posterioridad a esta fecha. La cuestión
no es baladí, ya que Arzamendi afirmaba que regresó a Sevilla antes de final de año pues, por esa
época, compró y situó 1.500 ducados de plata en un juro sobre las alcabalas de Sevilla en rentas reales y almojarifazgos. Si así ocurrió, tuvo que efectuarlo antes de la partida.
En cualquier caso, en la primavera de 1563 se encontraba de vuelta del que había sido su último
viaje a las Indias. Entonces invirtió 8.000 ducados en otro juro situado sobre el almojarifazgo de
Sevilla. A mediados de año, Miguel regresaba a San Sebastián. Ya no era el pobre muchacho que
había partido en busca de fortuna veinticinco años antes. Se había convertido en un hombre acaudalado que llegaba acompañado por un pequeño esclavo negro, llamado Antonico46, y una mestiza.
Pudo iniciar la reedificación del caserío familiar en Ulía y relacionarse con la mejor sociedad
donostiarra. En mayo de 1565, la Junta General lo eligió como Diputado extraordinario para que, en
unión de otros, acudiera a cumplimentar a la reina Dª Isabel de Valois, esposa de Felipe II. Oquendo
declinó el nombramiento, probablemente por encontrarse a punto de contraer matrimonio con
María de Zandategui, hija única del ilustre jurisconsulto D. Cristóbal de Zandategui, que aportó una
importante dote con la que Oquendo acrecentó considerablemente su patrimonio familiar.
Como ha señalado José María Imízcoz47, el caso de Oquendo resulta paradigmático del ascenso
social de gentes de humilde extracción que, con caudales obtenidos en las Indias, incrementaron su
fortuna a través de un planteamiento inteligente que, en primer lugar, se orientó hacia la adquisición de bienes raíces y a la inversión de sus capitales en rentas seguras, para lanzarse después hacia
nuevos horizontes empresariales que, fundamentalmente, estuvieron basados en la construcción
naval y en la exportación de hierro.Alcanzado el éxito económico, llegaría el reconocimiento social a
través del ennoblecimiento o el desempeño de cargos señalados, íntimamente vinculados al servicio
de la monarquía.
42. ARZAMENDI, Ignacio de: op. cit., pp. 28-29.
43. Archivo General de Indias. Indiferente, 1965, L.13, F. 307R.307V y 363V-364.
44. Archivo General de Indias. Indiferente, 1966, L.14, F.252-252V.
45. Archivo General de Indias. Indiferente, 1966, L.14, F.267V-268.
46. Atonico fue bautizado en la parroquia de Santa María el 2 de febrero de 1564.
47. IMÍZCOZ, José María: “Las elites vascas y la monarquía hispánica: Construcciones sociales, políticas y culturales en la Edad Moderna”,
en V Jornadas de Estudios Históricos del Departamento de Historia Medieval, Moderna y de América de la Universidad del País Vasco “Espacios
de poder en Europa y América”, Vitoria-Gasteiz, 10-12 de noviembre de 2003. (http://www.ehu.es/grupoimizcoz/PDF/Las%20elites%20vascas%20y%20la%20Monarqu%EDa.pdf)
704
A lo largo de esta trayectoria, hubo algunos problemas. Así por ejemplo, hacia 1569, Cristóbal
de Zandategui se vio envuelto en algunos problemas con la Inquisición48. Fue llamado a Calahorra y
estuvo detenido. Oquendo para socorrer a su suegro quiso hacer valer su influencia ante el
Comisario del Santo Oficio en Pasajes, pero la recomendación empeoró las cosas ya que estos tribunales eran extremadamente celosos de su independencia y no admitían ningún tipo de interferencias. Considerando inaceptables las supuestas presiones de Miguel de Oquendo lo convocaron a
Logroño y, también, quedó detenido. Al final, el proceso se resolvió favorablemente y, mientras el
suegro era puesto en libertad, Miguel tuvo que satisfacer una multa de 50 ducados. Años después,
sus enemigos le acusarían de haber sido condenado por la Inquisición. Las indagaciones realizadas
pudieron demostrar que, en su caso, no se trató de un asunto de fe, sino de una pequeña sanción
económica por su actuación en el proceso sustanciado contra su suegro.
Mientras tanto la fortuna del matrimonio iba creciendo, aunque Miguel no se limitó a vivir de las
rentas sino que, como he señalado, decidió emprender nuevas aventuras comerciales.
Hacia 1570 inició la construcción de una nao propia, de unos 800 toneles. Probablemente, no era
la primera que había llevado a cabo ya que, entre las acusaciones formuladas por Juan López de
Aguirre, figuraba la de haber trabajado en la construcción de “una nao de Machin Draman y Domingo
de Ichascue en la factoría de Urdayaga49”. En el mismo lugar y, quizás, con sus propias manos fabricó
la suya con la que, en 1571, viajó hasta Sevilla con mercancías propias y de su amigo Martín de Arriola.
Además del beneficio obtenido con la carga, vendió la nave por la cantidad de 9.200 ducados.
De regreso a su tierra, inició la fabricación de una nueva nave, mayor que la anterior pues tenía
un desplazamiento de 1.000 toneles, con la que salió de Pasajes el 16 de enero de 1575, llegando
a Cádiz el día 2 de febrero, transportando mercancía propia y ajena.
En esta ocasión, decidió crear una factoría estable en Cádiz, asociándose a otro indiano, natural
de Zumaya, llamado Francisco de Ubillos. Para atenderla dejó a su sobrino Antonio, el hijo de su hermano50. Fue un próspero negocio que llegó a facturar cerca de 12.000 escudos anuales. La mercancía principal era hierro labrado o por labrar que cargaban en San Sebastián y, desde Cádiz, era
expedido a las Indias51.
Durante la estancia de Miguel de Oquendo en la ciudad andaluza, su nave fue requisada para llevar pertrechos a Orán y el propio Oquendo decidió tomar parte en la expedición52. Al finalizar la
misma, y como hiciera en la ocasión anterior, vendió su barco. El comprador fue Pedro del Castillo,
vecino de Cádiz, que abonó la cantidad de 11.500 ducados.
En 1577 fue elegido alcalde de la villa de San Sebastián. Ello fue posible porque, anteriormente,
había establecido su residencia en la casa que los Zandateguí tenían en la calle Narrica, en el interior
de la población, mientras que la casa de Manteo era ocupada, únicamente, durante la temporada
estival. El 23 de mayo recibió, además, una importante merced del rey, el nombramiento de Capitán
General de la escuadra de Guipúzcoa53. Si a ello añadimos que, poco después, nacía su hijo y heredero, el futuro almirante D. Antonio de Oquendo, no cabe ninguna duda de que 1577 fue un año
señalado en la trayectoria personal de D. Miguel.
48. No conocemos las causas de este procedimiento. Parece que se trataba de asuntos de fe, pero fue declarado inocente. Conviene recordar que, siendo un jurista importante, pudo intervenir en algún pleito que afectara a algún miembro del Santo Oficio y, a veces, estas actuaciones podían dar lugar a algún tipo de problemas.
49. En esta factoría de Urdayaga o Urdazaga se desarrolló una intensa actividad desde esta época hasta el siglo XVIII (Véase ODRIOZOLA
OYARBIDE, María Lourdes: Construcción naval en el País Vasco. Siglos XVI-XIX. Evolución y estudio comparativo, Diputación Foral de Gipuzkoa,
San Sebastián, 1997). Hay que tener presente que, como señalaba José María Imízcoz, a partir de la Pragmática Real de 1563 se asistió a un
importante desarrollo de la industria naval guipuzcoana, centrada en el puerto del Pasaje y en las riberas del río Oria. Aunque está documentada la presencia de Oquendo en esta última zona, no sabemos si también llevó a cabo construcciones en los astilleros de Pasajes.
50. Este Antonio de Oquendo era quien, en 1595, reclamaba el pago de lo suministrado a la armada que se despachó al estrecho de Magallanes. Archivo General de Indias. Escribanía, 1010B.
51. Imízcoz ha resaltado la importancia de esta actividad comercial a cargo de familias como los Alzola de Elgoibar, los Zuaznábar de Oyarzun, los Ubillos de Zumaya, los Beingolea de Lequeitio, los Arespacochaga de Elorrio, los Oquendo y su amigo Arriola, entre otros. Todas ellas
siguieron un patrón similar, orientando el hierro hacia el mercado americano a través de una red familiar con almacenes en Sevilla o Cádiz y
bases en las Indias. Muchos de ellos participaban en la producción de las ferrerías, como propietarios o arrendatarios y, además, efectuaban el
transporte en buques propios.
52. En principio parece que se limitó a viajar en su nave, con intención de conservarla dado el interés que tenía en venderla en las mejores
condiciones. Sin embargo, algunos panegiristas señalan que estuvo al frente del socorro. No parece razonable y, aunque fuera cierto, no se trató de una ocasión especialmente señalada desde el punto de vista militar.
53. Ignoramos, por el momento, las razones que indujeron al monarca para llevar a cabo este nombramiento en la persona de un hombre
avezado, sin duda, en las cuestiones de la mar pero sin experiencia militar. Al margen de las misiones de patrulla realizadas, en alguna ocasión,
durante su estancia en las Indias y la práctica de navegación en convoy en la Carrera de Indias, no existe constancia de que hubiera tomado parte en ninguna acción de guerra.
705
Manuel Gracia Rivas
Sin embargo, no fue hasta 1582 cuando Miguel de Oquendo participó en la primera acción naval
de importancia, la Jornada de las Terceras, bajo el mando de D. Álvaro de Bazán. El año anterior,
Felipe II se había proclamado rey de Portugal pero el gobernador de las Azores, Cipriano de
Figueredo, no había reconocido su soberanía, siendo las únicas posesiones portuguesas que mantuvieron vivas las aspiraciones al trono del prior de Crato, D. Antonio.
D. Pedro de Valdés54, en aquellos momentos General de la Escuadra de Galicia, fracasó en el
intento de reducirlas a la obediencia, sufriendo un grave contratiempo en la mañana del 25 de julio
de 1581 cuando, al desembarcar en el puerto Angra, una fuerza de 350 hombres fue rechazada,
pereciendo en combate más de 200, entre ellos su propio hijo, el capitán D. Diego de Valdés, y un
sobrino del marqués de Santa Cruz, D. Luis de Bazán.
El revés sufrido obligó a planificar una nueva Jornada para el año siguiente, dejándola en manos
de D. Álvaro de Bazán, Capitán General de las Galeras de España, quien con la minuciosidad que le
caracterizaba preparó un fuerte contingente de unos 10.000 soldados, haciendo acopio de los
medios de desembarco precisos y de los pertrechos necesarios para una campaña que podía prolongarse durante seis meses.
El año 1582 se caracterizó por su intensa actividad naval ya que, además de la prevista campaña
en las Azores, se organizó una armada que, al mando de D. Diego Flores de Valdés, debía llevar a
cabo el poblamiento y defensa del estrecho de Magallanes para intentar cerrar el paso hacia el
Pacífico a naves de otros países. También se envió una escuadrilla a las Antillas, al mando de Rui Díaz
de Mendoza, para controlar las actividades de los piratas que se actuaban en aquellas aguas. Por
otra parte, hubo que socorrer a las presidios del norte de África y alistar otra escuadra, al mando de
Martín de Bertendona, para la vigilancia de las costas gallegas.
Ello obligó a utilizar todos los recursos disponibles en los puertos peninsulares, embargando
naves de particulares y las que llegaban a ellos, siendo preciso recurrir incluso a las de pesca de altura y bajura de la costa cantábrica.
Por este motivo, el 23 de diciembre de 1581, Felipe II ordenó a García de Arce, Capitán General
de Guipúzcoa y encargado de la fortaleza de Fuenterrabía el alistamiento de una escuadra guipuzcoana. No cabe duda de que Oquendo tuvo que participar en el cometido de reunir las veinte naos
que se concentraron en San Sebastián. Los problemas surgieron cuando García de Arce se dirigió al
concejo donostiarra pidiendo marineros para sus dotaciones. El alcalde de San Sebastián Martín de
Santiago, su hermano, y su primo el licenciado Juan López de Aguirre se opusieron rotundamente55.
Tras un pleno tumultuoso en el que intervino Oquendo a favor del servicio demandado por el rey,
estalló un auténtico motín popular instigado por el licenciado Aguirre que terminó siendo encarcelado56 y, finalmente, las naves guipuzcoanas estuvieron presente en esta ocasión donde de manera
rotunda brilló el genio de D. Miguel de Oquendo.
La organización de esta Jornada de las Terceras se llevó a cabo en Lisboa y Cádiz para facilitar el acopio de pertrechos y el embarque de la infantería. Mientras que en Lisboa quedó al frente de todo lo
necesario D. Álvaro de Bazán, en Cádiz corrió a cargo de ello Juan Martínez de Recalde. La llegada de
noticias de que la armada francesa acudía en auxilio de los rebeldes obligó a acelerar la salida de las
naves. El marqués de Santa Cruz se hizo a la mar en Lisboa, de forma precipitada, con 28 naos y 5 pataches, con la esperanza de reunirse con la escuadra que debía partir de Cádiz. Sin embargo, los fuertes
vientos contrarios que encontraron las naos de Recalde, al sur de Portugal, impidieron la necesaria conjunción y tampoco pudieron unirse a D. Álvaro las galeras de España, al mando de D. Francisco de
Benavides, que eran muy necesarias para garantizar la seguridad del desembarco. De esta forma, se
encontró el marqués de Santa Cruz frente a la isla de San Miguel el día 21 de julio con tan sólo 27 naos57
54. El comportamiento de D. Pedro de Valdés en esta acción motivo su encarcelamiento y ulterior procesamiento, aunque finalmente fue
exonerado de los cargos presentados.
55. En el fondo de este conflicto latía el enfrentamiento entre la oligarquía tradicional, encabezada por Juan López de Aguirre cuya fortuna procedía, como ha señalado Imízcoz, de una economía tradicional basada en las pesquerías de Terranova y la exportación de hierro a los
puertos del Norte. Frente a ellos, Oquendo representaba a un grupo de influencia y poder creciente, basado en una economía de guerra que
entraba en conflicto con los anteriores.
56. Tellechea que ha estudiado las razones de este enfrentamiento lo cree fundado en una animosidad personal entre Aguirre y el suegro
de Oquendo, ambos juristas. Ese resentimiento se hizo extensivo al propio Oquendo, considerado un hombre de baja extracción por Aguirre y
en denostarlo emprendió una campaña desproporcionada como se puso de manifiesto en el momento de conocer la concesión del hábito de la
Orden de Santiago, tratando de frustrarla aireando, con saña, todos los deméritos que consideró podían servir para sus retorcidos propósitos.
57. Tuvo que regresar a Lisboa una nao de Ragusa en la que iba el hospital de campaña que, como era habitual, había sido embarcado en
ella con todo el personal para atenderlo. También iban en ella tres compañías de infantería llegadas de Italia.
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y los pataches. Allí pudo percatarse de la actitud poco amistosa de sus habitantes y de que la armada
francesa se encontraba en la zona. Con cierta sorpresa comprobó que estaba integrada por más de 60
naves de distinto porte pero, a pesar de la evidente inferioridad en la que se encontraba, no rehuyó el
enfrentamiento. En su ánimo influyó, sin duda, el hecho de que, en el castillo de Punta Delgada, el capitán Juan del Castillo resistiera con algunos soldados y los marineros de las naves del almirante Peijoto,
entre ellas cuatro guipuzocanas, apresadas por los franceses o perdidas por un lamentable error en la
utilización de los recursos de que disponía este almirante.
Afortunadamente, D. Álvaro era un marino de muy diferente calidad y su actuación en los días
que siguieron así lo demostró, tanto por la bravura con la que combatieron sus hombres como por
las acertadas disposiciones que adoptó.
En el orden de combate, la retaguardia de la armada española estaba formada por cinco naves
guipuzcoanas, al mando de Miguel de Oquendo. Fueron ellas, precisamente, las que soportaron el
fuego enemigo en la mañana del día 24, sin que sufrieran daños importantes por la pronta respuesta
del resto de las unidades58. En realidad fue la única escaramuza en la que se vieron envueltas las dos
formaciones durante los días en los que parecían tentar sus fuerzas estudiando las reacciones de los
contrarios aunque es probable que D. Álvaro intentara demorar el enfrentamiento, a la espera de la
llegada de las naves de Recalde para compensar su inferioridad que se agudizó tras la desaparición
de dos urcas en la noche del 24 al 25 y la rotura accidental del mástil mayor de la nao almiranta,
dejándola inservible59.
Finalmente, en la mañana del día 26 de julio de 1581 se llegó al combate generalizado cuando
todos pensaban que el día transcurriría sin incidentes graves como había sucedido durante los anteriores. El detonante del enfrentamiento fue una maniobra arriesgada del galeón San Mateo que se separó de la línea y los franceses hicieron por él. Con sus 600 toneladas era una presa importante y sobre
ellas cayeron la capitana y la almiranta francesas junto con otros tres galeones. Pero en el San Mateo
iba embarcado el maestro de campo general D. Lope de Figueroa y su defensa fue encarnizada.
Mientras el combate se generalizaba acudió en su ayuda el propio marqués de Santa Cruz. También lo
hizo el capitán Garagarza que, con su nao Juana, abordó a la capitana francesa. Pero especialmente
llamativa fue la actuación de Miguel de Oquendo que, con todo el trapo, no dudo en meter su proa
entre la almiranta francesa y el San Mateo al que se encontraba trabado. La maniobra de Oquendo
consiguió separarlos al romper las amarras y con especial valentía trabó combate con el buque francés,
superior en porte y dotación, a pesar de los daños que uno y otro habían sufrido. Tras barrer su cubierta con una acertada descarga que ocasionó la muerte de unos 50 franceses, saltó a su alcázar logrando capturar varias banderas y tomar prisioneros. Pudo apresar al almirante francés, conde de Brissac,
pero no lo hizo ante el riesgo de que el barco se hundiera como así sucedió poco después.
El resultado del combate en el que los franceses perdieron 10 naos grandes y tuvieron 224 muertos y más de 500 heridos convirtió a esta jornada en una de las más relevantes en la historia de la
monarquía hispana.
En aquel combate D. Miguel de Oquendo puso de manifiesto su pericia marinera y su capacidad
combativa. Las banderas capturadas fueron una de sus más importantes recompensas que, como
timbre de gloria, unió a las armas familiares60.
Oquendo como General de la Escuadra de Guipúzcoa desarrolló una intensa actividad en aguas
del norte peninsular en labores de protección del tráfico marítimo y lucha contra el corso enemigo.
Su prestigio se había ido acrecentando y, en 1584, el rey le hizo merced del hábito de Caballero
de la Orden de Santiago61. Se trataba de la Orden más prestigiosa de la monarquía para cuyo ingreso era preciso efectuar las pruebas correspondientes que, en el caso de Oquendo, fueron llevadas a
cabo de manera un tanto precipitada, intentando evitar la comparecencia de testigos que pudieran
58. Los franceses sufrieron graves daños en una de sus mejores embarcaciones que perdió el trinquete y al día siguiente se hundió cuando
era remolcada por dos naos.
59. El marqués de Santa Cruz no quiso abandonarla. En ella iba embarcado D. Cristóbal de Eraso que, en caso necesario, debía sucederle
en el mando y la tomó a remolque, a pesar de los problemas que esta maniobra representaba para las evoluciones ante el enemigo.
60. Seis figuran en ellas, que corresponden a las “cuatro banderas de tafetán negro y amarillo; otra bandera de tela blanca y colorada; y
otra bandera algo raída, de tafetán negro y amarillo con franjas de seda de tafetán hecho para las vainas” que figuran en la relación de trofeos
capturados en la capitana y almirante francesas, entre los que también pasaron a su poder un fanal grande y dos escudos de armas de los reyes
de Francia.
61. Las pruebas para la concesión se conservan en Archivo Histórico Nacional. Caballeros de Santiago. Exp. 5930 y, como he señalado, sus
datos fueron publicados por Tellechea.
707
Manuel Gracia Rivas
aportar alguna circunstancia excluyente62. A pesar de ello, la inquina del licenciado López de Aguirre
le llevó a poner en conocimiento de los caballeros encargados del expediente, todos los aspectos
más negativos del pasado de Oquendo, presentándolo como absolutamente inhábil para ser admitido en la Orden. De todo ello dio traslado, desde su prisión, al propio monarca, logrando que se
abriera una nueva investigación en la que se tomó declaración a otros testigos. A pesar de ello y de
las dudas que pudiera suscitar el pasado del almirante, ingresó en la Orden y, por lo menos, todo lo
actuado nos sirvió para documentar los primeros años de su vida.
Tras su brillante actuación en las Terceras, también estuvo con sus naves en la Gran Armada que,
en 1587, comenzó a alistarse para el ataque a Inglaterra, ya que una de las escuadras que formaron
parte de la misma fue, precisamente, la de Guipúzcoa con Oquendo al frente. A finales de ese año,
encontrándose en Lisboa con la infantería ya embarcada en sus naves se desencadenó una epidemia
de “tabardillo”63 entre la gente embarcada en ellas. Fue en esos momentos cuando se puso a prueba el carácter del gran marino vasco. Inmediatamente fueron tomadas las medidas que, entonces,
se adoptaban para tratar de atajar la enfermedad a la que, en los primeros momentos, hacía referencia afirmando “mucha gente ha enfermado y peligrado, sin conocerles la enfermedad”64.
En primer lugar, se desembarcó a la infantería, encargándose la gente de mar en “limpiar muy
bien las naves”, quemando romero en los sollados para “purificar” el aire. Existe constancia de la
adquisición de “una barcada de romero y 110 escobas”65 con este objeto. Esperaba Oquendo que
“con estos remedios [la enfermedad] no pasará adelante”, aunque una vez hecho “lo que se debe”
ponía su confianza en el Señor “que tiene el poder”66.
Pero el tifus exantemático es una enfermedad provocada por la llamada Rickettsia prowazeki, un
microorganismo que se transmite por los excrementos del Pediculum corporis, el piojo de los vestidos, inoculado en el organismo mediante el rascado. No es de extrañar, por lo tanto, que “después
de desembarcada la infantería, ha picado la enfermedad algo más que de antes”, como informaba
al Rey, el 9 de enero de 1588, el propio Oquendo quien, dando muestras de su carácter, decía que
“porque no digan que, en la enfermedad, les dejo, no he salido en tierra ni saldré, hasta que se
acabe la jornada”67. Y así lo hizo como reiteraba el 23 de enero, cuando la enfermedad daba muestras de remitir, afirmando que ni había salido, ni lo haría, “sino a negocios de día”, “como lo hice
en las pasadas [jornadas] y ahora con la falta de salud, [ya que] importa más mi asistencia”68.
Como he señalado en otra ocasión, la preocupación de Oquendo por sus hombres fue especialmente llamativa. Se esforzó por contar con la adecuada asistencia sanitaria, pidiendo a Felipe II el
envío de un médico vasco, el Dr. Francisco Sagastiberría, con un curioso comentario sobre los médicos portugueses de los que afirmaba que “nos desean acabar y así lo confiesan. Dios les convierta”69. Pero, también, se interesó por el sueldo de sus marineros que era inferior al de los andaluces,
sugiriendo que, si era preciso, se redujera su número para mejorar la paga de los restantes70.
El 30 de enero, superada la crisis, informó al Rey de que “esta enfermedad ha hecho gran estrago en esta mi gente” ocasionando la muerte de marineros y “algunos hombres de cuenta”, entre
ellos un familiar suyo, Sebastián de Urezti71, dueño de una de las naves y de Martín de Villafranca,
dueño de la capitana, y algunos aventajados, “de suerte que las naves quedan no tan sobradas de
gente de mar como vinieron”. El comentario es interesante pues pone de manifiesto el carácter de
estas escuadras formadas por naves de particulares que, convenientemente artilladas y con infantería embarcada, tomaban parte en las empresas de la monarquía, junto a los galeones de la Corona.
62. Entre otras circunstancias era preciso probar que los padres eran reputados como hijosdalgos y que no habían sido mercaderes o ejercido oficios viles o mecánicos. En el caso de Oquendo era evidente que podían existir problemas.
63. Con este nombre se designaba en la época a varios procesos infecto-contagiosos. En el caso de las naves de Oquendo fue una epidemia de tifus exantemático aunque en la documentación consultada no se hace referencia expresa al “tabardillo de pintas coloradas” que era el
nombre preciso con el que se hacía referencia al exantema característico de este proceso.
64. Archivo General de Simancas (A.G.S.). Guerra antigua. Leg. 219, nº 37.
65. A.G.S. Contaduría Mayor de Cuentas. Primera época. Leg. 1713. Lib. nº 136.
66. A.G.S. Guerra antigua. Leg. 219, nº 37.
67. A.G.S. Guerra antigua. Leg. 219, nº 38.
68. A.G.S. Guerra antigua. Leg. 219, nº 39.
69. A.G.S. Guerra antigua. Leg. 219, nº 40. El Dr. Sagastiberría estuvo en la Jornada y falleció en ella. Respecto a los portugueses conviene
recordar que el Cirujano mayor de la Gran Armada fue el Dr. Antonio Pérez, un prestigioso profesional de esa nacionalidad.
70. A.G.S. Guerra antigua. Leg. 219, nº 39.
71. Esta persona no aparece en la relación de gente de mar, residente en la provincia de Guipúzcoa, que se mandó levantar al término de
la Jornada (A.G.S. Guerra antigua. Leg. 302, nº 148) en la que sí figura Martín de Villafranca, por lo que pudo tratarse de una omisión o al
hecho de que no estuviera avencidado en Guipúzcoa, lo que me parece más dudoso.
708
Pero, sin duda, la pérdida más importante fue la del propio marqués de Santa Cruz, el hombre
designado como mando supremo de la Armada que falleció el 8 de febrero de 1588 como consecuencia de este brote de tifus exantemático que había tenido su origen en las naves de Oquendo.
Para reemplazarle fue designado el duque de Medina Sidonia con menor experiencia en asuntos
navales por lo que se dio especial preeminencia a los almirantes vascos Martínez de Recalde y
Oquendo para que lo asesoraran en estas materias.
No es el momento de efectuar un estudio pormenorizado de las circunstancias que rodearon
a la Jornada de Inglaterra donde la desgracia se cebó, de manera especial, en las naves de
Oquendo. Basta recordar que uno de los percances más importantes fue el acaecido a las cuatro
de la tarde de 31 de julio de 1588, cuando en el transcurso de las escaramuzas que se mantuvieron con los ingleses a lo largo de ese día, un artillero de la nao San Salvador, la almiranta de
Oquendo, prendió unos barriles de pólvora, provocando una tremenda explosión que destruyó
dos cubiertas y el castillo de popa. En el accidente, murieron más de 200 hombres de los 323 que
iban a bordo quedando los restantes en una situación “que era la mayor compasión del
mundo”72. Se intentó auxiliarles y, sobre todo, recuperar los fondos que viajaban en la nao que,
finalmente, fue capturada por el enemigo.
Durante el viaje de regreso, naufragaron en Irlanda las naos Ntra. Sra. de la Rosa y San Esteban.
Consiguieron llegar a la península la Santa Cruz que entró en Santander, mientras que en Pasajes
entró Oquendo a bordo de la Santa Ana, su capitana, acompañado por La Buena Ventura, la Santa
Bárbara, la Santa Marta, y el San Bernabé.
La situación de los que llegaron a bordo de esas naves era penosa, “fatigada de los trabajos grandes que han tenido, porque han padecido mucha hambre y sed”73, como informaba Bernabé de
Alvia, contador de la escuadra de Oquendo. Muchos volvían enfermos, entre ellos el propio almirante que le decía al rey, el 24 de septiembre, que “venimos tales que sabe Dios como hemos llegado acá. Yo he llegado muy enfermo y lo estoy” por lo que suplicaba que, “en caso de que escape de ésta, no me mande V.M. salir de mi casa que ni tengo fuerzas ni esfuerzo y me sobran años”74.
El estado de abatimiento de Oquendo era comprensible pues estaba incubando la enfermedad que
le ocasionaría la muerte poco después. Cuatro días después, pedía ayuda para remediar el estado de
sus hombres que se encontraban enfermos, desnudos y sin una camisa, siendo necesario, por otra
parte, acometer la reparación de las naves que volvían muy maltratadas, con impactos en los mástiles y urgente necesidad de carenarlas. Él, por su parte, ya no podía firmar no tanto por la evolución
de la enfermedad, sino por los remedios terapéuticos que le habían aplicado, nada menos que cuatro sangrías por lo que no es de extrañar que afirmara que “en mi no hay fuerzas ni virtud para resistir. Si acabare, que será lo más cierto, V.M. se acuerde de esta su pobre casa, pues su dueño siempre se ha aventajado en servirle y no menos en esta última jornada”75. Los negros presentimientos
del almirante se cumplieron pues, ese mismo día 24, volvió a enviar una misiva al Rey, también firmada por su secretario, en la que daba cuenta de que “mi enfermedad pasa adelante. Se ha declarado que es tabardillo. Dios lo guíe todo como mas se sirva”. Es muy probable que hiciera su aparición el exantema característico de la enfermedad que terminaría ocasionándole la muerte en el puerto de Pasajes, o del Pasaje como entonces se decía. El gran marino vasco no murió, por lo tanto, en
la mar como en ocasiones se afirma, sino en un puerto de su tierra, como consecuencia del tifus
exantemático, la misma enfermedad que ocasionó el fallecimiento de D. Álvaro de Bazán en Lisboa,
antes de la partida de la Gran Armada. Dejaba viuda y cinco hijos, uno de ellos el futuro almirante
D. Antonio de Oquendo.
Pero las desgracias que se habían cebado en la escuadra guipuzcoana no acabaron con la
muerte de su general, sino que, poco días después, su propia capitana, la Santa Ana, se hundió
en puerto tras la explosión provocada al disparar una de sus piezas, sin tener la precaución de
cerrar el pañol de pólvora que se prendió provocando su violenta deflagración que ocasionó la
muerte de 10 personas y la pérdida del buque. Entre los supervivientes, algunos fallecieron en los
hospitales a consecuencia de las graves quemaduras y todos perdieron sus efectos personales en
el naufragio.
72. FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: La Armada Invencible, Madrid, 1884-1885. Doc. 169.
73. A.G.S. Guerra antigua. Leg. 227, nº 60.
74. A.G.S. Guerra antigua. Leg. 227, nº 85.
75. A.G.S. Guerra antigua. Leg. 227, nº 317. Por no poder firmar la carta al Rey lo hizo en su lugar su secretario Juan de Olazábal.
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Manuel Gracia Rivas
ANTONIO DE OQUENDO DE ZANDÁTEGUI
Nacido en San Sebastián, en octubre de 1577, era hijo de D. Miguel de Oquendo Segura y de María
de Zandátegui y de Lasarte. Con grandes dotes de imaginación, algunas de las biografías publicadas
hacen referencia a la influencia que las hazañas de su padre pudieron tener en el joven Antonio. Sin
embargo, es probable que el contacto entre ambos fuera escaso. Basta recordar que, cuando murió
D. Miguel, en 1588, el niño aún no había cumplido los once años y, teniendo en cuenta que el padre
había estado ausente del domicilio familiar en los dos años anteriores, los recuerdos que pudiera
tener de él no serían muchos.
No obstante, su figura y el reconocimiento que le dispensó Felipe II marcaron, de manera decisiva, su trayectoria posterior. Suele afirmarse que la madre quiso educarlo para que fuera letrado.
Desconozco las razones en las que se basa esa suposición, porque lo cierto es que, nada más cumplir los dieciséis años, logró plaza de entretenido en las galeras de Nápoles, con un sueldo de veinte escudos. Era, en aquellos momentos, un muchacho sin ninguna experiencia previa, pero en el que
se reconocía la brillante ejecutoria de su padre.
Servir en las galeras y hacerlo en Italia, a las órdenes del almirante D. Pedro de Toledo76 era, sin
duda, la mejor escuela para un joven marino y, desde luego, muy distinta a las naves de la Carrera
de las Indias donde se había forjado el carácter de su padre, a partir de los empleos más humildes.
Fueron dos años los que permaneció allí siguiendo las vicisitudes de esta escuadra empeñada en tareas de control de los piratas berberiscos que actuaban en aquellas aguas. No se halló, sin embargo,
en el desembarco en Morea que culminó con la toma de Patrás pues, para entonces, se encontraba
disfrutando de una licencia de un año en su casa de San Sebastián.
Al término de la misma, obtuvo plaza de entretenido en la Armada del Mar Océano que mandaba D. Luis de Fajardo. Tenía 19 años y su retribución era ya de 30 escudos.
Esta armada era la encargada de proteger las flotas que se desplazaban de una a otra orilla del
Atlántico, trayendo a su regreso los caudales americanos, un cometido que Oquendo asumiría como
general años más tarde. No era infrecuente que corsarios de diferentes países se apostaran a la espera de su llegada, con la esperanza de capturar algunas de las naves y su rico cargamento. De regreso de América, en 1598, la armada que mandaba D. Luis de Fajardo, llevando como almirante a D.
Sebastián de Arancibia y en la que Antonio había efectuado su primer viaje, tuvo que enfrentarse en
el cabo de San Vicente con los buques ingleses que allí esperaban, logrando batirlos y poner a salvo
la flota.
Mucho más importante fue el combate que, en 1601, mantuvieron los siete galeones de D. Luis
de Fajardo con 20 buques ingleses y holandeses, logrando capturar a la almiranta y a un patache,
aunque de la dureza del enfrentamiento da idea el hecho de que, en los buques españoles, hubiera
200 bajas.
A la muerte de D. Alonso de Bazán, acaecida en 1604, fue nombrado para sucederle, como
Capitán General de la Armada del Mar Océano, D. Luis Fajardo. Y fue ese año cuando, con 26 años,
logró Antonio de Oquendo su primer mando. No era un mando de extraordinaria importancia, como
es lógico, pero supo sacar de él un gran partido. A primeros de julio habían llegado noticias a Lisboa
de que dos buques corsarios merodeaban por las costas peninsulares y, para hacer frente al peligro
que pudieran representar para el tráfico marítimo, dispuso Fajardo que se hicieran a la mar dos
“navíos”, el Delfín de Escocia y La Dobladilla, entregando el mando de los mismos al joven Oquendo
que embarcó en el Delfín. El 10 de julio recibió de Fajardo detalladas instrucciones sobre el alcance
de su misión en las que, según se le indicaba, si se trataban de buques holandeses debía atacarlos
pero, en el caso de ser ingleses, procurara tratarlos con consideración, atendiendo a que, en aquellos momentos, nos encontrábamos en paz con Inglaterra, aunque si navegaban armados en corso,
serían considerados enemigos.
Oquendo se hizo a la mar y, tras veintidós días patrullando las costas hasta las proximidades de
Cádiz, en la mañana del 7 de agosto localizó a los dos buques que resultaron ser ingleses y, tras entablar combate, logró rendir con el Delfín al mayor de ellos, que condujo a Cascaes, donde fue recibido en triunfo.
76. D. Pedro de Toledo había combatido con D. Miguel de Oquendo en diversas ocasiones. Estuvo en la Jornada de las Terceras, al frente
de las galeras con las que había llegado a cabo el desembarco.
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Fajardo que, en aquellos momentos, se encontraba en la mar, le escribió felicitándole y, con el afecto que siempre le dispensó, afirmaba que haría por él “todo cuanto fuere en mí con la mesma voluntad que lo hiciera por Don Juan, mi hijo”77. La noticia llegó también a la Corte y el propio monarca,
a través del Secretario del Consejo de Guerra, D. Esteban de Ibarra, le expresó su deseo “de que sigáis
el mismo camino que vuestro padre” y la esperanza de “que daréis muy buena cuenta de todo lo que
de mi servicio os encargase”. Es evidente, por lo tanto, que la figura del padre desaparecido constituía, junto con sus indudables condiciones humanas, un aval importante para su promoción.
La primera recompensa a su victoria fue el nombramiento de cabo de los galeones que D. Luis
Fajardo había dejado en Lisboa por falta de hombres para su alistamiento, encomendándole que
intentara ultimarlo y, si lo conseguía, a unirse con él. No lo logró pero, ante las noticias que llegaban de la supuesta presencia de un nuevo corsario, volvió a hacerse a la mar con la esperanza de
capturarlo aunque, en esta ocasión, no pudo encontrarlo.
La carrera del joven marino experimentó un considerable impulso cuando, en abril de 1605, fue
llamado a la Corte que, en aquellos años, estaba en Valladolid, para comunicarle que debía hacerse
cargo, como gobernador, de la escuadra de Vizcaya, vacante por el fallecimiento del almirante
Martín de Bertendona, hasta que se proveyera el cargo de Capitán General de la misma, fijándole
un sueldo de 150 escudos mensuales. Tomó posesión, en Lisboa, el 6 de julio de 1605 cuando aún
no había cumplido los 28 años.
Durante los meses siguientes tuvo que permanecer en esa ciudad, reponiéndose de una dolencia
que le aquejó, pero en la campaña de 1606 navegó con sus barcos protegiendo el regreso de las flotas de Indias. A finales de ese año, marchó a invernar a Pasajes y, en la noche del 31 de diciembre
de 1606 al 1 de enero de 1607, tuvo la desgracia de perder cuatro de los nueve buques que componían esa escuadra de Vizcaya. La tragedia acaecida al encallar los barcos en la barra de Bidart, en
medio de un temporal, provocó una enorme conmoción, pues a la destrucción de la escuadra vino
a sumarse la muerte de más de 800 hombres, ya que tan sólo se salvaron 20 de los que iban a bordo
de los barcos hundidos. Para el responsable de una fuerza naval perder la mitad de sus efectivos es
siempre un hecho que, junto a su componente emocional, ejerce una influencia negativa en su carrera. Pero Oquendo pudo eludir cualquier tipo de responsabilidad, sin duda achacable al mal tiempo,
y se dispuso a rehacer la escuadra que le había sido encomendada a título provisional.
Aprovechando la estancia de su escuadra en el puerto de Pasajes donde fueron reparados los
buques supervivientes de la tragedia, logró el apoyo de la gente de su tierra para solicitar de Felipe
III que trocase el nombre de “Escuadra de Vizcaya” por el de “Escuadra de Guipúzcoa”. Aducían
que, uno de los cinco navíos salvados había sido construido en Rentería, otros dos reparados allí y,
a todos ellos, iban a sumarse los seis que se estaban alistando. Como valedores de la propuesta estaban los secretarios Martín y Antonio de Aróstegui, guipuzcoanos78, que consiguieron del Rey una
Real Cédula en la que afirmaba que “habiendo considerado que lo más de la escuadra del cargo de
D. Antonio de Oquendo está compuesta de navíos y gente de esa provincia, he tenido por bien lo
que me habéis suplicado, dándole nombre de escuadra de esa provincia”79. Este hecho no hubiera
tenido más trascendencia que la de haber logrado que Antonio de Oquendo mandara una escuadra
con el mismo nombre que su padre, sino fuera porque la decisión del monarca provocó la airada
reacción de Vizcaya, dando origen a un contencioso en el que se empeñaron procuradores de ambas
partes hasta que, para zanjar la cuestión, se tomó la decisión de dar el nombre de “Escuadra de
Cantabria” a la formada por la unión de los buques de Vizcaya, Guipúzcoa y las Cuatro Villas.
De esta nueva escuadra era nombrado Capitán General Antonio de Oquendo80. Había alcanzado, a los 30 años, el mando efectivo de una de las escuadras de la monarquía. Una vez más, en el
título de nombramiento, expedido en Madrid el 7 de enero de 1608, hay una referencia expresa a
su padre: “visto lo bien que vos Don Antonio de Oquendo me habéis servido imitando al General
Don Miguel de Oquendo, vuestro padre, que con tanto mimo y valor lo hizo en diferentes jornadas
y ocasiones, de que estoy muy satisfecho, y que el tiempo que habéis gobernado de orden mía la
Escuadra de Navíos de Cantabria, y que al presente está a vuestro cargo, lo habéis hecho con el cui-
77. Citada por ESTRADA, Rafael: op. cit., pág. 38.
78. Durante aquella época hubo un nutrido grupo de personajes vascos que gozaron de fran influencia en la administración de la monarquía. Entre ellos destacaron muchos guipuzcoanos, como los Idiáquez y los Aróstegui.
79. Citado por GOROSÁBEL, Pablo: Noticia de las cosas memorables de Guipúzcoa, Tolosa, 1889-1891, Tomo V, Libro VIII, Capítulo V,
Sección III.
80. El mando estaba subordinado al de su gran protector D. Luis Fajardo, Capitán General del Mar Océano.
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Manuel Gracia Rivas
dado y celo de mi servicio que se podía esperar de quien tiene vuestra obligación”81. En esta ocasión, el sueldo fijado ascendía a la suma de 200 escudos mensuales.
El alistamiento de la nueva escuadra no fue tarea fácil, ante las dificultades para reclutar la gente
necesaria. Mientras se ultimaba, Oquendo marchó a Cádiz donde se le dio el mando de cinco buques
encargados de garantizar la feliz arribada de la flota de Indias y alcanzado este objetivo, intentó sin
éxito capturar al corsario argelino Danzer que operaba por aquellas costas.
La piratería berberisca constituía un problema constante que se acrecentó tras la expulsión de los
moriscos en el verano de 1609, operación en la que estuvieron empeñadas todas las escuadras,
incluida la de D. Luis de Salazar de la que dependía Oquendo, aunque no queda constancia del papel
desempeñado por éste.
Al año siguiente le fue encomendada la misión de proteger el desembarco de la infantería del
marqués de San Germán que debía tomar Larache. Era ésta una plaza que servía de base a muchos
piratas y, aprovechando la paz con Holanda, durante la llamada “tregua de los doce años” se decidió acabar con ellos. Con este propósito se dispuso que Juan Bautista Reales, un conocedor del lugar,
negociara con las gentes de la zona el desembarco de la fuerza encargada de asaltar el fuerte.
Oquendo con dos de sus buques, debía vigilar la costa mientras se alcanzaba el acuerdo y, logrado
éste, dar aviso a Gibraltar para que atravesaran el estrecho las unidades encargadas de conducir la
infantería, convoyándolas. La acción se desarrolló con mayores problemas de los esperados, pues
cuando llegó la fuerza de desembarco, los de Larache incumplieron el acuerdo, recibiéndola de
manera hostil, por lo que tuvieron que replegarse. Pudo, por fin, alcanzarse el objetivo el 18 de
noviembre de 1610, no sin que el marqués de San Germán fuera objeto de burla a través de unas
octavillas que circularon, en las que se ridiculizaba el desarrollo de la operación.
Mientras tanto, Oquendo realizó las habituales misiones de vigilancia en las costas del oeste
peninsular82, logrando capturar en agosto de ese año de 1610, a un navío francés tripulado por
ingleses, hasta que, en febrero de 1611, fue nombrado Capitán General de la Armada de la Guarda
de la Flota de Indias.
Iniciaba así una nueva etapa en su carrera, al frente de un mando apetecido por muchos, ya que,
junto a su cometido de proteger las flotas que llevaban mercaderías a América y regresaban con la plata
de aquel continente, existía la posibilidad de un rápido enriquecimiento por medios más o menos lícitos83.
La primera flota que mandó fue la que salió de Sanlúcar en 161184, con destino a Nueva España,
y regresó sin novedad en el verano del año siguiente. Volvió a mandar la de 161385, también con
destino a Nueva España, que regresó en 1614, recibiendo, en agosto de ese año, una Real Cédula
por la que se le concedía el hábito de caballero de la Orden de Santiago, siendo padrino de su ingreso el marqués de Siete Iglesias, D. Rodrigo Calderón, personaje que, todavía, gozaba de la máxima
influencia en el entorno del monarca.
El prestigio de Oquendo era indudable y, por lo tanto, no debe extrañar que cuando en el verano de 1616 se decidió enviar una expedición a las Filipinas, integrada por ocho navíos, dos carabelas y un patache para transportar a 1.600 infantes que hicieran efectiva la presencia española en
aquel archipiélago, se pensara en él, como Capitán General, por ser persona “de mucha satisfacción
en las cosas de mar y guerra”. Sin embargo, a pesar de que el mando llevaba aparejada una retribución de 4.000 ducados anuales y una encomienda con 1.000 escudos de renta, Oquendo no quiso
aceptarlo. Entre las razones que pudieron influir, para rechazar este destino, una de ellas pudo ser
su reciente matrimonio con una rica heredera guipuzcoana, Dª María Lazcano. El viaje a Filipinas, por
81. Son curiosas las razones que se exponen, sin ningún tipo de matización, ya que D. Miguel de Oquendo a quien había servido era a Felipe II, padre del monarca que otorgaba el nombramiento y la satisfacción hacia quien, poco después de ser nombrado gobernador de la escuadra, había sufrido la pérdida de la mitad de sus buques, era cuando menos discutible.
82. Tenía entonces a su cargo tres galeones, una urca y una carabela.
83. Al ser nombrado General de la Flota que debía ir a Nueva España, en 1611, se le libraron a cuenta de su sueldo 3.000 ducados, y otros
2.000 a su almirante Pedro de Eyzaguirre (Archivo General de Indias. Patronato, 258, N.2, G.4, R.1). Respecto a las irregularidades que podían
cometerse, basta recordar que Alonso de Mójica y Butrón, almirante de la flota de Tierra Firme que mandó Oquendo en 1633, fue procesado
por una denuncia relacionada con los más de 200.000 pesos que recibió en las ciudades de Cartagena, La Habana y otras partes, en barras de
oro, plata, doblones, reales y mercaderías, embarcándolos fuera de registro para eludir el pago de los derechos reales (Archivo General de Indias.
Escribanía, 1023 C).
84. Real Provisión nombrándole General de la Flota que ha de ir a Nueva España. 18 de febrero de 1611. Archivo General de Indias. Indiferente, 449. L. A2, F. 161 v.-162 v.
85. Real Provisión nombrándole General de la Flota que ha de ir a Nueva España. 12 de marzo de 1613. Archivo General de Indias. Indiferente, 449. L. A2, F. 185 v.-186 v.
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el cabo de Buena Esperanza entrañaba graves riesgos y, de hecho, D. Juan de Silva, que fue la persona finalmente designada para mandar la expedición, falleció a consecuencia de una enfermedad
infecto-contagiosa que hizo presa en las dotaciones de sus naves.
Oquendo prefirió quedarse en su tierra encargado del alistamiento de esa Escuadra de Cantabria
que tardaba en cobrar forma definitiva y de construir un galeón, a sus expensas, con el propósito de
que le sirviera de capitana86. En septiembre de 1616, asistió a la boda de su hermana María con D.
Fernando de la Riva Herrera que, como he señalado, había sido proveedor de la Armada en los puertos del Cantábrico.
En 1617 falleció D. Luis Fajardo, su protector, y para sustituirle como Capitán General del Mar
Océano fue nombrado D. Fadrique de Toledo Ossorio, el cual nombró Almirante General a un hijo
de D. Luis, a D. Juan Fajardo de Guevara. A este último se le dio también el mando de la Armada
del Estrecho y, probablemente porque aspirara a más, solicitó licencia para retirarse a su casa.
Cuando se la denegaron, no vaciló en marchar sin permiso, lo que provocó una situación comprometida que se quiso resolver nombrando a D. Antonio de Oquendo para ese puesto, con carácter
interino y sin cesar como Capitán General de la Escuadra de Cantabria87.
No debió gustarle a Oquendo el carácter de su nombramiento y, como había hecho con el mando
de Filipinas, decidió renunciar. En su respuesta exponía sus razones que, fundamentalmente, eran las
de no querer ser “teniente de otro” y la temporalidad de un cargo que dependía de la voluntad de
Fajardo para reintegrarse al mismo. Aprovechaba la ocasión para exponer sus quejas por no haber
recibido la encomienda ni la renta que se le habían concedido. A un nuevo requerimiento volvió a
contestar en parecidos términos poniendo como excusa “que el no ir a servir no era falta de voluntad, sino que, por no lo hacer con honra, es mejor excusarlo”.
El sorprendente comportamiento de dos importantes mandos navales colmó la paciencia del
monarca y decidió imponer un correctivo ejemplar. Sometido a la consideración del Consejo de
Guerra, mientras Fajardo era encerrado en el castillo de Sanlúcar, Oquendo fue privado de sueldo y
oficio y ordenada su prisión en el castillo de Fuenterrabía. Allí estuvo varios meses hasta que, tras
pedir clemencia, le fue permitido cumplir la condena en el convento de San Telmo de San Sebastián,
con autorización para atender sus asuntos familiares y la obra de su galeón88.
La llegada al trono de Felipe IV, en 1621, coincidió con la rehabilitación de Oquendo, tras su primer incidente disciplinario, y con el final de la tregua de los doce años, poco después. La escuadra
de Cantabria estaba lista, así como la nave capitana a la que había dado el nombre de Nuestra
Señora del Pilar y Santiago. Con ella se incorporó a la Armada del Mar Océano en Lisboa, para interceptar el paso de los holandeses que, según algunas informaciones, intentaban tomar un puerto en
el norte de África. Sin embargo, no llegó a haber ningún encuentro entre ambas formaciones.
En 1623, vuelve de nuevo a la Carrera de las Indias. En esta ocasión, al frente de la flota que se
dirigía a Tierra Firme. Era un momento especialmente delicado, ya que la del año anterior no había
regresado por quedarse a invernar en La Habana y a la corona le urgían los recursos provenientes de
América. Con su capitana y dos pataches inició la navegación escoltando a las ocho naves que integraban la flota. Nada hacía presagiar, en aquellos momentos, los tristes avatares en los que se iba a
ver envuelto, porque el viaje hacia América transcurrió sin incidentes. Fue en el retorno cuando surgieron los problemas. Al llegar a La Habana, de donde debían partir para la península, algunos de
sus barcos se encontraban en pésimo estado. Aunque intentó carenarlos, de manera inesperada el
Santísima Trinidad, que era la nave almiranta, comenzó a hacer agua, hundiéndose con todo su cargamento. A bordo iban embarcadas 677 lingotes de plata, de los que 120 eran de la Corona. No se
pudo rescatarlos, pues incumpliendo las instrucciones habituales89, sobre ellos se habían estibado
numerosas cajas de mercancías. Estos incidentes demoraron la partida de la flota y, dado lo avanzado de la estación, ya que corría ya el mes de septiembre, cuando se forman los huracanes en el
Caribe, el 22 de septiembre convocó una junta de pilotos para tomar una decisión al respecto. Los
86. A propuesta de Guipúzcoa y con el asentimiento de Vizcaya, Oquendo volvió a ser elegido de la nueva escuadra que se estaba alistando, en sustitución de la casi desaparecida del Cantábrico.
87. El nombramiento llevaba fecha de 19 de junio de 1619 y, en él, se señalaba el carácter interino de este nombramiento como Almirante General del Mar Océano, hasta que se reincorporase D. Juan.
88. En esta ocasión intercedió por él el príncipe Manuel Filiberto de Saboya, Príncipe de la Mar, con quien había navegado y que ya había
influido para que se le concediera la encomienda que reclamaba.
89. Para evitar problemas en casos de emergencia, estaba ordenado que se estibaran cerca de la escotilla, sin nada que impidiera su rápida
retirada.
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reunidos propusieron zarpar el día 25 pero, ese día, el propio Oquendo tomó la decisión de salir un
día más tarde, aduciendo que había marejada. Lógicamente, el día 26 el tiempo era peor y aunque
llegaron a abandonar puerto, tuvieron que regresar precipitadamente.
Como ya no era posible emprender el tornaviaje, tomó la decisión de invernar en La Habana,
aprovechando aquellos meses para proceder a la carena de las naves, pero las reparaciones no debieron ser muy cuidadosas a juzgar por lo ocurrido después.
En abril de 1624, considerando que era el momento oportuno decidió ordenar el regreso pero, contraviniendo las instrucciones recibidas, eligió una derrota muy alta, al norte de las Azores, justificando
esta medida por el propósito de burlar a los posibles corsarios que estuvieran al acecho en la ruta habitual. De ello dio cuenta al rey por medio de un despacho enviado con el patache de la flota, por lo que
tuvo que incorporar otro en La Habana90. Consiguió, desde luego, eludir a los piratas pero no los malos
tiempos, con consecuencias desastrosas, pues otro de los barcos, el Espíritu Santo, que ya había dado
problemas, se hundió con toda su carga, pereciendo en el naufragio 250 hombres que iban a bordo.
El balance no podía ser más catastrófico y Oquendo, a su regreso, fue procesado. Los cargos que
se le formularon eran muy graves. Dos de ellos hacían referencia a decisiones consideradas erróneas.
La primera, la de no haber salido de La Habana cuando pudo hacerlo y la segunda el haber elegido
una derrota que las circunstancias demostraron equivocada, contraviniendo las órdenes recibidas.
Pero había, también, acusaciones de corrupción. Así se consideraba el hecho de haber admitido
en la flota a dos buques, el Espíritu Santo y el Santísima Trinidad, sin reunir las condiciones adecuadas, por el hecho de ser propiedad de amigos suyos, lo que influyó en su pérdida. También se cuestionaba la incorporación del patache La Galvana, propiedad de otro amigo, que por sus características, lejos de servir de ayuda se había convertido en un estorbo para la flota, demorando su andar.
A todo ello se unía el hecho de que no hubiera procedido, cuando fue posible hacerlo, a las reparaciones precisas, por ahorrar dinero, y el que, incumpliendo las normas de estiba, se obstaculizara
el rescate de la carga del Santísima Trinidad.
Aún hubo otra acusación más difícil de probar ya que se atribuía el deseo de invernar en La
Habana a los beneficios que los generales de la Armada obtenían en las mesas de juego que toleraban durante aquellos meses. Mientras las anteriores eran evidentes, esta última podía cuestionarse
ya que, como el mismo Oquendo señaló esos supuestos beneficios en nada le hubieran compensado de los daños sufridos en su propia capitana, por la estancia prolongada en unas aguas en las que
la broma causaba estragos en los cascos de los buques.
Los panegiristas de Oquendo atribuyen las acusaciones a la inquina de sus enemigos pero lo cierto
es que fue condenado con privación del oficio de general de las flotas y armadas de la Carrera de Indias
por tiempo de cuatro años, debiendo indemnizar a la real Hacienda con 12.000 ducados en compensación por los caudales pertenecientes al Rey que se habían perdido en el naufragio de los dos buques,
sin perjuicio de lo que pudieran reclamarle los particulares por las mercancías en ellos embarcadas.
Sin embargo, esta sentencia dictada a comienzos de 1626 no fue obstáculo para que, el 3 de
julio de ese mismo año fuera nombrado Almirante General de la Armada del Mar Océano, en atención a “sus merecimientos, con más de veintiséis años de servicio y ser, desde 1607, general de la
Escuadra de Cantabria y serlo ahora de la de Guipúzcoa”. Era un puesto de importancia, el mismo
para el que había sido designado con carácter interino, en 1619, y que entonces rechazó con las
consecuencias comentadas.
En esta ocasión, cesó como general de la Escuadra de Guipúzcoa y pasó a servir en su nuevo destino, trasladándose a Cádiz donde, poco después de llegar, y, en ausencia de su mando superior el
Capitán General de la Armada del Mar Océano D. Fadrique de Toledo, tomó una arriesgada decisión
sin consultar, siquiera, con la corte. Había llegado un pliego del maestre de campo D. Diego
Escobedo gobernador de la fortaleza de la Mámora, en la costa atlántica marroquí91, dando cuenta
90. Los pataches eran pequeñas embarcaciones que se empleaban para servir de enlace y como medio de transmisión de comunicados, por
lo que la velocidad que podían alcanzar era una de sus características básicas.
91. La Mámora era un enclave que había sido conquistado en 1614 por D. Luis de Fajardo y donde Cristóbal de Rojas levantó el llamado
castillo de San Felipe. Estaba situado en la desembocadura del río Sebú, cercano a Saleh. A lo largo de los años en los que duró la presencia
española fueron frecuentes los intentos efectuados para recuperarlo por parte de los musulmanes. D. Diego de Escobedo y Gallego, caballero
de Santiago, había sido alcaide de la fortaleza del peñón de Vélez de la Gomera y, en septiembre de 1622, se hizo cargo de la Mámora en donde estuvo destinado hasta 1626. Se perdió definitivamente en 1681.
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de su comprometida situación al estar cercado y escaso de víveres y munición. Oquendo decidió acudir en su ayuda con algunos barcos y unos 500 soldados, forzando a levantar el cerco. La actuación
fue muy celebrada e, incluso, Felipe IV lo elogió en carta que le envió. Sin embargo, conviene destacar que la misión que tenía encomendada era la defensa de Cádiz que, un año antes, había sido
objeto de un importante ataque por parte de los ingleses. De hecho, durante su ausencia entraron
en la bahía ocho navíos corsarios que capturaron dos buques92.
Ya a las órdenes directas de D. Fadrique de Toledo marchó, en 1628, a socorrer al duque de Guisa
en su enfrentamiento con los ingleses, reforzando el cerco de La Rochelle. Los buques de Oquendo
no pudieron pasar el cabo Finisterre, tras cincuenta y siete días de bregar contra los fuertes vientos
y el Capitán General tuvo que acudir solo con el concurso de la escuadra de Cantabria, sin llegar a
combatir pues los ingleses se retiraron.
El 8 de septiembre de ese año, la flota de Indias con todas las riquezas que llevaba fue capturada en Matanzas (Cuba) por la escuadra holandesa que mandaba el almirante Piet Pieterszoon Hein.
Era la primera vez que se producía esta catástrofe y el general que la mandaba, D. Juan de Benavides
Bazán, sobrino nieto del marqués de Santa Cruz, terminó pagando con su vida su lamentable actuación en aquel enfrentamiento93.
No fue el único problema ocasionado por los holandeses, empeñados de nuevo en su enfrentamiento con la monarquía española. Su presencia en el Caribe, donde habían ocupado las islas de
Curaçao y Tobago, constituía un grave peligro para la seguridad de nuestro tráfico marítimo. Por eso,
cuando se alistaron las flotas de 1629, D. Fadrique de Toledo, con Oquendo como almirante, se
encargó de protegerlas. Pero la fuerte escuadra reunida llevaba, además, la misión de desalojar a los
enemigos establecidos en las Antillas que no eran sólo holandeses, sino que los había de diferentes
nacionalidades. En una fulminante acción lograron arrojarlos de la isla de las Nieves y de la de San
Cristóbal, capturando buques y numeroso armamento. Protegieron, además, el regreso de las flotas
de Indias que llegaron a Cádiz el 1 de agosto de 1630. En los combates de la isla de las Nieves se
había distinguido Oquendo, logrando salvar el galeón Jesús María cuando había varado. La repercusión de esta jornada, a la que en España se dio gran importancia, no fue tanta, ya que poco después, ingleses y franceses volvieron a establecerse en San Cristóbal y en otras islas próximas.
En febrero de 1630, una escuadra holandesa mandada por el almirante Henry Lonk capturó la
ciudad brasileña de Pernambuco, estableciéndose allí. Para desalojarlos se alistó una fuerza naval
cuyo mando se confió a Oquendo. Estaba integrada por 26 buques españoles y portugueses de muy
diferente porte que se hicieron a la mar, desde Lisboa, el 5 de mayo de 1631, alcanzando la bahía
de Todos los Santos dos meses después. De allí salió con 20 galeones que escoltaban a los barcos en
los que viajaba la infantería y los pertrechos para enfrentarse al almirante holandés Adrian HansPater que había relevado a Lonk unos meses antes.
Ambos iban a enfrentarse en lo que se conoció como el combate de los Abrojos un enfrentamiento
que fue, más bien, un duelo personal entre los dos almirantes que una auténtica batalla naval.
Por un lado, Pater que conocía muy bien las características de la escuadra española decidió salir a su
encuentro con tan sólo 16 buques, a pesar de disponer de una fuerza superior, por entender que tan sólo
8 de los españoles podían ser considerados unidades de combate. Por su parte, Oquendo rechazó el
refuerzo de sus dotaciones, embarcando algunos hombres de la infantería que convoyaba, con una frase
que se hizo célebre: “¡Son poca ropa!”, la cual pone de manifiesto el carácter de nuestro personaje.
Mientras la mayor parte de los buques de ambas escuadras se cañoneaban a distancia, el combate se decidió entre las capitanas y almirantas. Oquendo a bordo del Santiago, supo ganarle la partida a Pater que, tras luchar porfiadamente, perdió la vida al arrojarse a la mar cuando su buque era
pasto de las llamas. El almirante D. Francisco de Vallecilla corrió la misma suerte a bordo del San
Antonio que, también, se hundió. A esta pérdida vino a sumarse la del galeoncete Buenaventura,
capturado por los holandeses, aunque terminó siendo destruido por no servir de provecho, y el de
otros dos buque que se perdieron después por el mal estado en que quedaron tras el combate.
Fue el gran triunfo de Oquendo ya que cumplió su objetivo de conducir la infantería de socorro
a Pernambuco y Paraiba, enfrentándose con éxito a fuerzas superiores y obteniendo el dominio del
mar, ya que el almirante Thys, responsable de la escuadra holandesa tras la muerte de Pater, no quiso
92. Así lo señala FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: op. cit., Vol. 4, pág. 83.
93. Tras ser sometido a juicio fue ejecutado en Sevilla el 18 de mayo de 1634.
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volver a enfrentarse a la española cuando pudo hacerlo. Había logrado, además, capturar la bandera de la capitana enemiga, un trofeo que siempre estimó mucho, porque entre sus recuerdos de la
infancia figuraban, probablemente, aquellas banderas capturadas por su padre.
No es de extrañar, por lo tanto, que fuera recibido en Lisboa con enormes manifestaciones de
alegría y que fuera recompensado por el rey con una encomienda de 1.000 ducados de renta. Para
conmemorar la victoria, se difundieron relaciones impresas94, los poetas cantaron a quien la gente
de su tierra consideraba un héroe y él mismo encargó al pintor Juan de la Corte cuatro lienzos en
los que se reflejaban las distintas fases del combate95.
Curiosamente, el eco de su triunfo influyó para que, olvidados los recuerdos del pasado, volviera a ser nombrado General de la Flota que marchaba a Tierra Firme en 1632, cometido que desempeñó sin problemas, volviendo a cruzar el Atlántico, al mando de la misma flota en 1634. Pero, en
esta ocasión, tuvo que invernar en La Habana de donde zarpó en marzo de 1635, siendo sometido,
otra vez, a investigación por esa decisión de permanecer en la capital cubana, ocasionando perjuicios a la hacienda real a causa de la demora en la llegada de los caudales.
Mientras tanto, el duque de Maqueda había reemplazado a D. Fadrique de Toledo96 al frente de la
Armada del Mar Océano. Como almirante de ella, Oquendo se vio inmerso en un nuevo escenario de
operaciones, ya que, con motivo de la guerra con Francia, su escuadra fue enviada al otro lado del estrecho de Gibraltar. Pero antes, tuvo que hacer frente a una nueva condena a prisión, como consecuencia
del duelo mantenido con un caballero italiano, D. Nicolás Judici, resuelto con la “victoria” de D. Antonio
que, a sus 58 años, no había vacilado en aceptar un reto, severamente castigado en aquellos momentos.
La privación de libertad debió ser corta pues, muy pronto, recibió la orden de incorporarse a su
escuadra y pasar al Mediterráneo donde, en unión con la de Nápoles, debía hacer frente a la amenaza de Francia con quien nos encontrábamos en guerra. A pesar de los reparos que opuso, manifestando la inferioridad en la que se encontraba respecto a los franceses, acató la orden, tras ser
nombrado, con fecha de 7 de diciembre de 1636, Capitán General de Menorca97. Poco antes, había
embarcado infantería en sus navíos, como se desprende de la documentación conservada en el
Archivo de la Corona de Aragón98.
El 29 de marzo de 1637 fue a invernar a Mahón, ocupándose durante su estancia en la isla de
asegurar su defensa mandando construir un fuerte en el puerto de Fornells. No duró mucho su permanencia en Menorca ya que, el 23 de junio, salió con la mayor parte de su escuadra hacia Nápoles,
de donde regresó a primeros de enero del año siguiente para invernar, de nuevo, en la isla. Poco más
de seis meses estuvo este año, continuando la construcción del fuerte que había quedado interrumpida. Parece increíble que, en tan corto período, tuviera tiempo de litigar con las autoridades de
Mahón por cuestión tan baladí como la pretensión de las religiosas del convento de la Inmaculada
Concepción de que el concejo adquiriera unas casas vecinas para ampliarlo99.
94. Relación de la iornada que la Armada de su Magestad à hecho al socorro del Brasil, y batalla que entre ella, y la de los Estados de Olanda
se dieron en doze de septiembre deste año de 1631 en diez y ochos grados de altura a la banda sur de la equinocial, y paraje de los Abrojos.- En
Sevilla: por Francisco de Lyra, 1631. (De esta relación que figura en el Catálogo Colectivo del Patrimonio Bibliográfico Español con el número
CCPB000424845-7, se conservan ejemplares en la Universidad de Sevilla y la Real Academia de la Historia). Se hizo otra edición en Barcelona, en
1632, a cargo de Esteban Liverós, de la que se conserva un ejemplar en la Universidad de Barcelona. Por su parte, FERNÁNDEZ DURO cita una Relación de la Jornada que la Armada de su Magestad, cuyo Capitán General es don Antonio de Oquendo, hizo al Brasil para socorrer las plazas de
aquella provincia, y batalla que entre ella y la de los Estados de Olanda se dieron en doce de Setiembre deste presente año de 1631, impresa en
Madrid, por Francisco de Ocampo, 1632 que no aparece en el CCPBE pero que es la misma que citan LÓPEZ GÓMEZ, Pedro y GARCÍA MIRAZ, María
del Mar en Fuentes Archivísticas para la historia del Brasil en España como existente en el Museo Naval de Madrid (Sig. 243, pág. 501).
95. El almirante los regaló a Felipe IV y, tres de ellos, pueden contemplarse en la actualidad en el Museo Naval de Madrid, donde también
se exhibe el estandarte que arbolaba en el combate. Propiedad del duque del Infantado, esta importante pieza estuvo en depósito durante
muchos años, hasta que, finalmente, fue donada generosamente al Museo.
96. D. Fadrique había caído en desgracia por ausentarse sin permiso de la Armada y sobre él descargó la animadversión del conde duque
de Olivares que, sin tener en cuenta sus dilatados servicios, lo envió a prisión, muriendo en diciembre de 1634, sin que esta circunstancia atenuase las represalias sobre su persona que se hicieron patentes al negarle, incluso, todo tipo de honores en sus exequias.
97. PARPAL Y MARQUÉS, Cosme: “El almirante Don Antonio de Oquendo en Menorca (1637-16389”, Boletín de la Real Academia de la
Historia, Tomo XXXIII, pp. 477-490.
98. “Consulta sobre el número de gente que el gobernador de Cataluña ha embarcado en los navíos de Don Antonio de Oquendo”. 12 de
noviembre de 1611. Archivo de la Corona de Aragón. Consejo de Aragón. Leg. 234, nº 51. También “Tocante al embarco de la infantería en los
navíos de Don Antonio de Oquendo”. 1636. Archivo de la Corona de Aragón. Consejo de Aragón. Leg. 713, nº 99.
99. Refiere Estrada pormenorizadamente este asunto en el que, con la tenacidad que le caracterizaba se empeñó el almirante, amenazando a los jurados a los que llegó a detener. Ya cuando entró con su armada el primer año tuvo algún roce pues, con objeto de garantizar la tranquilidad durante la permanencia de la escuadra publicó un bando imponiendo pena de “tres tratos de corde y de cinch anys de galera” a quien
usare armas incluso en su defensa. Los panegiristas del almirante alaban este proceder supuestamente dirigido a contener a tropa y marinería
proclives a riñas y pendencias; pero el hecho de que fuera redactado en la lengua del país induce a pensar que tenía otra orientación y así lo
entendieron los jurados que, considerándolo excesivamente riguroso, le pidieron sustituyese castigos tan desproporcionados por multas.
716
Del primer semestre de 1638 se conservan numerosos testimonios del intercambio epistolar entre
el almirante y el conde de Santa Coloma, virrey de Cataluña100. Finalmente, en julio de 1638 abandonaba definitivamente la isla y marchaba a Cádiz101 donde recibió el mando que tan decisiva
influencia iba a tener en la historia naval española.
En aquellos momentos, se pretendía enviar a Flandes un numeroso refuerzo de infantería y cerca
de cuatro millones de escudos para hacer frente a las necesidades de aquellos territorios donde la
situación, como en otros lugares, había ido empeorando.
La guerra que manteníamos con Francia y las Provincias Unidas planteaba un serio problema para
garantizar la feliz llegada a su destino de estos recursos, ya que era indudable que el enemigo intentaría interceptar los buques que debían conducirlos, a la altura del canal.
Por este motivo se dispuso que se concentrara en La Coruña una importante fuerza naval, la mayor
desde los tiempos de la Gran Armada, según afirmaba el conde duque de Olivares. Nada menos que
ocho escuadras llegaron a reunirse en aquel puerto. Por un lado, la de galeones de Portugal mandada por D. Lope de Hoces que arbolaba su insignia en el Santa Teresa; la de Galicia que mandaba el
general Andrés de Castro, la de Dunkerque, al mando del general Miguel de Horna y la escuadra de
San José con el general Francisco Sánchez de Guadalupe al frente. A ellas vinieron a sumarse las que
Oquendo trajo de Cádiz: la suya; la de Nápoles que mandaba el general Pedro Vélez de Medrano, la
de Martín Ladrón de Guevara y la escuadra de Jerónimo Masibradi102. En total 51 naves de combate,
algunas muy poderosas como el Santiago, capitana de Oquendo, o la citada Santa Teresa de Portugal.
A ellas había que sumar 12 navíos ingleses, fletados para el transporte de la infantería.
Hubo discrepancias a la hora de designar al responsable de esta fuerza. Se había decidido nombrar a D. Lope de Hoces pero, como D. Antonio de Oquendo también aspiraba al mando, fue el propio D. Lope quien renunció, a pesar del voto favorable del Consejo de Guerra, consiguiendo el
mando Oquendo. Era, sin duda, un hombre que había dado pruebas de su bravura en diferentes
ocasiones, pudiendo ser conceptuado como un excelente comandante de buque. Probablemente,
no reunía las condiciones precisas para dirigir una acción de esta envergadura, lo que ha sido señalado por los autores españoles más reconocidos en el ámbito naval103.
Desde el inicio, la operación estuvo mal concebida. En las instrucciones impartidas antes de la
salida de La Coruña se señalaba como objetivo, en caso de avistarse la armada enemiga, el combatirla “abriendo camino hasta Dunkerque; y de no conseguirlo, volver a España, sirviendo de punto
de reunión el puerto de Santander”. En vanguardia, navegarían las naves de la escuadra de
Dunkerque que, por su menor tonelaje, permitían realizar misiones de descubierta. Para el caso de
enfrentamiento, dispuso que se adoptara la característica formación en media luna que había venido siendo utilizada desde hacía siglos, pero que las circunstancias demostraron completamente
superada. El primer error fue permitir que los transportes en los que iban embarcados los nueve tercios de infantería, con un total de unos 10.000 soldados104, navegaran sueltos, lo que unido al hecho
de que esos buques estuvieran mandados por ingleses ponía en grave riesgo su seguridad y, de
hecho, al menos tres unidades llegaron a ser capturadas.
En estas circunstancias los barcos se hicieron a la mar a primeros de septiembre de 1639 y el día
15 avistaron a la armada holandesa. Al frente de ella se encontraba el almirante Moorten Harpertszoon Tromp que se reveló como un extraordinario táctico, hasta el punto de introducir modificaciones, que podían ser calificadas de revolucionarias, en los planteamientos, hasta entonces imperantes, para los combates navales.
100. Archivo de la Corona de Aragón. Generalidat de Cataluña. Correspondencia del virrey conde de Santa Coloma. Cartas 1017, 1260,
1261, 1372, 1374, 1375, 1559, 1560, 1586, 1629, 1860, 1878, 1882, 1896, 2181 y 4699.
101. La salida vino motivada por la necesidad de reforzar las fuerzas que, en el Cantábrico, combatían a los franceses que tan graves problemas habían provocado en Fuenterrabía. Sin embargo, Oquendo no llegó a su tierra, aunque fueron algunos de sus barcos. En aquellos
meses tomó parte en labores de patrulla por aguas atlánticas, hasta las Azores, sin que llegara a empeñarse en acciones señaladas.
102. La mayor parte de estos barcos había sido contratada o embargada y los había de muy diferentes nacionalidades. Concretamente, la
de Masibradi que mandaba el almirante Mateo Ulajani (o Esfrondati, según otras fuentes) era de Ragusa.
103. Especialmente interesante es la opinión de Fernández Duro expuesta en su obra y en el contencioso suscitado cuando se decidió erigir una estatua a Oquendo en San Sebastián. Similar es la opinión de Martínez Valverde que, en buena medida, sigue los planteamientos de
Fernández Duro. No podemos ocultar, sin embargo, que algunos autores extranjeros lo han juzgado con especial dureza. Ese es el caso del almirante portugués Costa Quintella quien en sus Annaes da Marinha Portugueza. Lisboa, 1839-1840, se refiere a Oquendo como “hombre de
escaso ingenio y de carácter desapacible”.
104. Las cifras de la infantería difieren muchos de unas fuentes a otras. En lo que todos muestran acuerdo es en señalar que se trataba de
soldados bisoños mal armados y mal vestidos, lo que no tuvo mayor trascendencia ya que no intervinieron en los combates. Distinto es el caso
de la infantería embarcada en los buques de combate que ascendía a otros 8.000 hombres.
717
Manuel Gracia Rivas
Las fuerzas holandesas se habían dividido en dos escuadras, una al mando del propio Tromp y
otra con el almirante Evertzen al frente. Suele comentarse que este esquema respondía al propósito
de hostigar a los españoles hasta conducirlos a los Downs, donde al final serían batidos. Resulta difícil de aceptar esta opinión ya que ese desenlace se debió, más bien, a los errores de Oquendo que
a una actitud preconcebida de Tromp. Lo que éste se propuso, desde el primer momento, fue interceptar a la armada española y para ello no dudó, incluso, en dividir su propia escuadra con el objetivo de impedir que pudiera pasar sin ser avistada.
La suerte le acompañó porque, aún con fuerzas más reducidas, pudo encontrarla, como he señalado, en la tarde del 15 de septiembre.
Debido a que estaba anocheciendo, hubo tiempo para que, desde distintas unidades españoles,
pidieran instrucciones concretas a Oquendo, al advertir que, desde la capitana, no se izaban señales
indicando el proceder a seguir. Cuando se reunieron a bordo del Santiago quedaron sorprendidos al
comprobar la actitud del almirante general quien, al estilo de lo ocurrido años antes en Pernambuco,
minimizó la fuerza a la que iba enfrentarse afirmando: “Señores, el enemigo es poca cosa: cada uno
haga su mejor, que yo lindo caballo tengo. La Real dará ejemplo: todos los navíos tendrán libertad
de combatir como puedan”. En definitiva, se reafirmaba en las instrucciones dictadas antes de la salida, adoptando la formación en media luna y prohibiendo combatir con la capitana enemiga que se
reservaba para él, dejando en libertad a los demás “para combatir como puedan”. Creía, sin duda,
que el combate se iba a desarrollar como en el pasado, a la manera de un duelo entre almirantes,
mientras el resto se enzarzaba en alguna escaramuza o se cañoneaban en la distancia.
La realidad resultó ser muy diferente, ya que, cuando en la mañana del día 16, Oquendo, con la
bravura que le caracterizaba y que nadie pone en duda, arremetió contra la escuadra holandesa en
busca de su capitana, Tromp rehuyó trabarse con él, a pesar de que llegaron a estar muy próximos.
Por el contrario, dispuso sus naves en una compacta fila desde la que cañonearon tenazmente a
Oquendo y a los buques españoles que intentaban acercarse, de forma desordenada, mientras ellos
mantenían la formación.
Lo admirable es que Oquendo pudiera retirarse con 43 muertos y su buque acribillado de impactos. El intercambio de disparos continuó durante todo el día 17 y el 18, se unieron a Tromp otros 16
buques. Fue entonces cuando capturaron a la capitana de la escuadra de Ragusa y Oquendo, una
vez más, puso a prueba su coraje, pugnando con decisión hasta que forzó a los holandeses a abandonarla. Pero este comportamiento que siempre es admirable en el mando de un buque no podía
ser equiparado a su escasa habilidad como responsable de grandes unidades.
Esta circunstancia quedó patente en otro de los momentos decisivos de la batalla en el que
Oquendo pudo haber decidido, a su favor, el resultado. Resultó que Tromp, ciñendo el viento, se vio
engolfado en la ensenada de Boulogne, sin posibilidad de salir y, prácticamente, a merced de su
adversario. Cuando no le quedaban más opciones que embarrancar en la costa o rendirse a los españoles, contempló con sorpresa como Oquendo ordenaba la retirada. Lo mismo ocurrió en las filas
españolas donde muchos buques no daban crédito a la señal izada y, tan sólo, tras ser reiterada la
orden, abandonaron a un enemigo que estaba a punto de capitular.
Es cierto que, en los combates anteriores, ambas formaciones habían agotado, prácticamente, las
municiones y, por lo tanto, es probable que esta circunstancia condicionara la absurda decisión de
Oquendo que volvió a cometer un nuevo error.
Los holandeses, al verse salvados, entraron en Calais para reparar sus barcos y reabastecerse de
pólvora y otros pertrechos. Pudo, entonces, Oquendo aproar a Dunkerque o a Mardique (Fort
Mardyck) otro puerto seguro a unas 5,5 millas al este del anterior, dando fin a su misión, desembarcando tropas y caudales. No lo hizo, sino que, por el contrario, se dirigió hacia la costa inglesa
fondeando en la rada que delimitan las Dunas (Downs). La decisión no pudo ser más desacertada ya
que, aunque estábamos en paz con Inglaterra, se trataba de una precaria tregua y allí el enemigo
contaba con muchas simpatías.
Para complicar la situación, Oquendo cometió la torpeza de negarse a dar el saludo reglamentario de cortesía a la escuadra del almirante Pennigton que se encontraba en el mismo lugar. Ello provocó la ira de los ingleses que, con la excusa de garantizar la neutralidad, pusieron todo tipo de obstáculos para impedir que los españoles pudieran reabastecerse. Un mes permanecieron en la zona,
efectuando reparaciones de fortuna aunque sin poder embarcar pólvora, mientras los holandeses les
sometían a un estricto bloqueo que, sin embargo, no pudo impedir que la mayor parte de la infantería y los caudales lograran pasar a Flandes a bordo de pequeñas embarcaciones sin percance.
718
Conforme avanzaba el tiempo la situación se iba volviendo insostenible para los buques españoles que, en cualquier momento, podían verse acometidos por los brulotes de que disponían los
holandeses. No lo hicieron, posiblemente porque los ingleses lograron imponerse, evitando que el
enfrentamiento tuviera lugar en sus aguas.
Finalmente, el 20 de octubre de 1639, la llegada de un buque español con alguna cantidad de
pólvora provocó la protesta de los holandeses que se dispusieron al ataque. Oquendo, tras reunir al
consejo de guerra, tomó la decisión de enfrentarse en la mar, levando anclas.
A partir de ese momento, los acontecimientos se sucedieron con rapidez. Muchos de los barcos
españoles embarrancaron en los bajos. Algunos comentaron que lo hicieron intencionadamente,
para no combatir con fuerzas superiores sin munición. Otros dispersos por la niebla, sufrieron el
impacto de los proyectiles enemigos y la acometida de los brulotes. Al final, tan sólo Oquendo a
bordo del Santiago, acribillado con más de 1.700 disparos, y otros 6 barcos lograron entrar en
Mardique. Atrás quedaron el resto de las escuadras y más de 5.000 bajas105.
“Ya no me queda más que morir, pues que he traído a puerto con reputación la nave y el estandarte” dicen que exclamó Oquendo. Y lo sorprendente es que llegara editarse una relación “cantando” su “gran victoria” sobre los holandeses106. Pero, como señalaba Fernández Duro, a pesar de
la bizarra actitud del almirante, “vencido fue, sin que las frases con que se satisfacía por de pronto
a la vanidad, vendando las heridas del amor patrio, puedan disimularlo”107.
Regresó a España en marzo de 1640. Lo hizo en muy malas condiciones físicas, a pesar de lo cual
puso todo su empeño en entrar en el puerto de La Coruña, como se le había ordenado, y allí falleció el 7 de junio, festividad del Corpus Christi.
D. MIGUEL DE OQUENDO Y MOLINA
Fruto de los amores extramatrimoniales de D. Antonio de Oquendo y de Dª Ana de Molina, durante
la permanencia del almirante en Cádiz, como Capitán General de la Armada del Mar Océano, debió
nacer hacia 1628, en Madrid108, adonde se había trasladado la familia de la madre, tras el embarazo
de la joven que, posteriormente, ingresó en un convento de Jaén como he señalado anteriormente.
El niño al que el padre reconoció y recordó en su testamento, al igual que la madre, se crió con
la esposa e hijos legítimos del almirante. La prematura muerte de sus hermanos hizo que, de acuerdo con las previsiones testamentarias, la herencia pasase a Juana, la hermana de D. Antonio, en
detrimento suyo que aparecía en cuarto lugar en la línea sucesoria. Nada hacía suponer, en aquellos
momentos, que el joven Miguel llegaría a contraer matrimonio con su prima Teresa de San Millán,
la hija de Juana, recobrando la continuidad dinástica de la familia Oquendo.
De esta forma, se convirtió en cabeza de una familia extremadamente acaudalada, instalada en
la Casa Torre de Lasarte, donde nacieron sus once hijos. Los inventarios conservados en los que figuran ricos muebles, numerosas joyas y una biblioteca, fundamentalmente integrada por libros de
tema religioso, constituyen un claro testimonio del poderío económico del matrimonio que tenía, asimismo, posesiones en otras localidades, siendo evaluado su patrimonio en una suma próxima a los
500.000 ducados, una cantidad muy importante en aquellos momentos.
No tenemos constancia de que Miguel tuviera una formación específica en aspectos marítimos,
aunque la tradición familiar tuvo que ejercer una influencia permanente en su proceder, pues no
podemos olvidar que se trataba de una dinastía de armadores que, probablemente, seguía manteniendo algunos buques.
Desde 1644 era caballero de la Orden de Santiago109 y en 1655 era alcalde de San Sebastián,
pero su vida experimentó un cambio decisivo cuando, la Corona que carecía de los medios precisos
105. No hubo acuerdo a la hora de cifrar las pérdidas que, en cualquier caso, fue de enorme magnitud.
106. Relacion verdadera de la gran vitoria que tuvo don Antonio de Oquendo contra quarenta nauios olandeses en la Canal de Inglaterra.
Impressa... en Sevilla: Por Nicolas Rodriguez..., 1639.
107. FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: “Inscripción de la estatura de Oquendo en San Sebastián”, Boletín de la Real Academia de la Historia,
tomo XXV (1894), pp. 381-392.
108. El lugar de nacimiento que no suele citarse, aparece en el expediente de concesión del título de caballero de la Orden de Santiago.
109. Archivo Histórico Nacional. Órdenes Militares. Santiago. Exp. 5929. Pruebas para la concesión del título de Caballero de la Orden de
Santiago de Miguel de Oquendo y de Molina.
719
Manuel Gracia Rivas
para reponer las unidades perdidas en la mar, decidió estimular la creación de escuadras particulares
mediante el sistema de asiento con aquellos personas que, disponiendo de los recursos necesarios
para ello, quisieran acometer su construcción a cambio de determinados honores.
Miguel de Oquendo fue uno de ellos, y, el 14 de octubre de 1656, firmó una capitulación para
la puesta a punto, a su cargo, de una escuadra integrada por seis galeones y un patache que habían de prestar servicio por un periodo de cuatro años110. La construcción no fue tan rápida como se
esperaba y, en 1663, el duque de Alburquerque que había sido nombrado Capitán General de la
Armada del Mar Océano, informaba de la situación de las escuadras en aquel momento, afirmando,
por lo que se refiere a los barcos de Oquendo, que de los “cuatro bajeles de D. Miguel de Oquendo,
los dos, tengo noticia están botados al agua, y los otros dos no, y a todos cuatro les falta la jarcia”111.
Pocos meses después, sin embargo, Oquendo era nombrado General y se hacía cargo de una
escuadra de cinco barcos, que junto con otras, a las órdenes del duque de Albuquerque, recibieron
orden de hacerse a la mar. Se trataba de proteger la llegada de las flotas de Indias y vigilar la costa
portuguesa, estableciendo un bloqueo en la misma para impedir la acción de buques enemigos que
pudieran colaborar en el enfrentamiento provocado por la rebelión de Portugal. En aquellos momentos, España se encontraba en paz con las Provincias Unidas, con Francia y Portugal por lo que, en
virtud de estos tratados, podía exigirse a los buques que navegaran bajo esos pabellones el mantenimiento de una estricta neutralidad.
No llegaron a encontrar buques sospechosos ni a las flotas pero, ante la grave situación sanitaria
desencadenada entre las dotaciones por la escasez de alimentos y la aparición de una enfermedad
infecto-contagiosa, el duque decidió dirigirse a Cádiz.
Fue, entonces, cuando en la noche del 7 al 8 de octubre de 1663, navegando con mala mar y
fuertes vientos se vieron arrojados contra la costa, en las proximidades de Rota. La capitana de
Oquendo abordó a la real, en la que iba embarcado el duque de Alburquerque, cuando ésta efectuó una brusca maniobra para evitar encallar. Como consecuencia de la colisión, la de Oquendo perdió el bauprés y rindió el trinquete, quedando desarbolada y, aunque intentó salvarse haciéndose
firme en las anclas, saltaron los cables y terminó embarrancando donde, en pocos momentos, quedó
desecha. Las naves de su escuadra que le seguían tampoco pudieron hacer nada por evitar los bajos
y se perdieron todas, poniendo fin a la aventura marítima del almirante en su primera navegación.
Es cierto que pudieron ser rescatados la mayor parte de los hombres que iban a bordo, pero la
catástrofe afectó profundamente al novel almirante que atribuyó su salvación a la intercesión de la
Virgen. Los Oquendo solían navegar con una imagen de la Virgen del Consuelo que tenía en su oratorio privado un español residente en Brasil. En 1638, durante la invasión holandesa a aquellos territorios la imagen fue profanada y, más tarde, traída a España por su propietario fue donada a una tía
de D. Antonio de Oquendo.
De ahí surgió la promesa de construir un templo dedicado a la Virgen y, más tarde, fundó un convento de Brígidas en Lasarte, congregación en la que profesaron cuatro de sus hijas. No volvió a
embarcarse y, retirado en su casa, escribió la biografía de su padre que tanto influyó en la exaltación
posterior de su figura112. Pero no fue ésta la única publicación de D. Miguel, ya que, diez años después, apareció otra dedicada a Santa Brígida113.
Suele afirmarse que, dedicado a estos menesteres pasó los últimos años de su vida. Sin embargo, Fernández Duro hace referencia en su obra a que, en 1680, nuevos buques “del asiento de D.
Miguel de Oquendo”, condujeron a Flandes al príncipe de Parma, con un tercio de infantería a
Flandes, aunque al mando del almirante Nicolás de Gregorio114.
D. Miguel de Oquendo falleció en 1681, y a los pocos días le acompañó su mujer que no pudo
sobreponerse al golpe que, para ella, representó su pérdida.
110. El documento está recogido y transcrito en la Colección Vargas Ponce, legajo 2 y a él hace referencia FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo:
Armada Española... Tomo V, pág. 28
111. Carta del duque de Alburquerque al conde de Rebolledo. Cádiz, 11 de febrero de 1663. Citada por FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo:
Armada Española... Tomo V, pp. 50-52.
112. Se trata de la obra a la que se hizo referencia anteriormente: OQUENDO, Miguel de: El Héroe cántabro: Vida del Señor D. Antonio de
Oquendo.../ Por el General Don Miguel de Oquendo... Toledo: Dionisio Hidalgo, 1666.
113. OQUENDO, Miguel de: Vida de Santa Brigida, princesa de Nericia / dedicala a la mesma santa Don Miguel de Oquendo, Cavallero del
Abito de Santiago, Señor de las Casas de Oquendo y San Millán y Torre de Lasarte...- En San Sebastián: Por Martin de Huarte..., 1676.
114. FERÁNDEZ DURO, Cesáreo: Armada Española... Tomo V, pág. 199.
720
LA MITIFICACIÓN DE LOS OQUENDO
Es curioso que, muchos años después, fuera la figura de D. Antonio de Oquendo la que concitara la
atención de sus paisanos. Ello se debió, en gran medida, al interés del historiador D. Nicolás de
Soraluce Zubizarreta, quien luchó incansablemente para que la ciudad de San Sebastián honrara a
uno de sus hijos más ilustres. Diez años transcurrieron hasta que la corporación municipal115, decidió erigir una estatua de D. Antonio de Oquendo que fue encargada al escultor guipuzcoano Marcial
Aguirre Lazcano y fundida con bronce de algunas piezas de artillería, cedidas por el Ministerio de
Marina, en los talleres Masriera de Barcelona. La obra se llevó a cabo por suscripción popular y colocada sobre pedestal116, diseñado por el arquitecto D. José Goicoa y Barcáiztegui, fue instalada en el
paseo de Zurriola.
El 5 de septiembre de 1887, con asistencia de S.M. la Reina Regente Dª María Cristina de
Habsburgo-Lorena acompañada de S.M. el Rey D. Alfonso XIII, S.A.R. la Princesa de Asturias Dª María
de las Mercedes, S.A.R. la infanta Dª María Teresa, el Presidente del Consejo de Ministros D. Práxedes
Mateo Sagasta y numerosas autoridades, tuvo lugar la colocación de la primera piedra del monumento. Sin embargo la inauguración no se llevó a cabo hasta el 12 de septiembre de 1894, casi cuarenta años después de que se planteara la idea117. Se dio la circunstancia de que, poco antes, la estatua se quebró en los talleres de fundición y hubo que colocar una réplica en yeso pintado118, que fue
la descubierta por S.M. Alfonso XIII ese día.
Pero lo que realmente interesa destacar son los problemas surgidos en torno a la inscripción que
se colocó en el pedestal.
Se encargó al cronista D. Carmelo Echegaray la redacción del texto, elevado por el alcalde de
San Sebastián a la Real Academia de la Historia, el 30 de mayo de 1894, para su aprobación. La
inscripción propuesta decía así: “Al gran Almirante Don Antonio de Oquendo, a quien el voto de
sus enemigos declaró invencible, dedica este tributo de amor la ciudad de San Sebastián, orgullosa de tan preclaro hijo, gloria del nombre español. Luchó con los elementos desencadenados y
los domeñó; luchó con los enemigos de la patria y jamás fue vencido por ellos. Su pueblo agradecido, dedica con entusiasmo este monumento a su memoria. Pernambuco. Las Dunas. Don
Miguel de Oquendo. Don Lope de Hoces. Don Martín de Vallecilla. San Sebastián, 1577. La
Coruña, 1640”.
La Academia encargó el informe al miembro de la misma D. Cesáreo Fernández Duro quien, con
fundadas razones, señaló los aspectos más discutibles de la redacción, proponiendo como alternativa la siguiente: “Al famoso Almirante Don Antonio de Oquendo, gran marinero, heroico soldado,
cristiano ejemplar, dedica tributo de admiración su pueblo. Nació en San Sebastián en 1577, a la
patria dio lauros con las armas. Murió en La Coruña en 1640”.
Esta resolución, que hizo suya la Academia, desencadenó una enorme polémica en San Sebastián
formulándose fuertes críticas a la figura de Fernández Duro. De hecho el ayuntamiento, prescindiendo de la competencia que la Real Academia de la Historia tenía en esta materia119, decidió colocar un texto que, recogiendo alguna de sus sugerencias, se ajustara en lo posible a la redacción original, quedando así: “Al gran Almirante Don Antonio de Oquendo, cristiano ejemplar, a quien el
voto de sus enemigos declaró invencible, dedica este tributo de amor la ciudad de San Sebastián,
orgullosa de tan preclaro hijo. La Mármora120, Pernambuco, Las Dunas. Don Miguel de Oquendo. D.
Lope de Hoces. Don Martín de Vallecilla. San Sebastián, 1577. La Coruña, 1640”.
115. El ilustre historiador planteó la iniciativa por vez primera en 1857, y fue tomada en consideración por el ayuntamiento de San
Sebastián el 10 de abril de 1867, siendo aprobada el 21 de septiembre de 1878. Las circunstancias políticas del momento y un cierto desinterés por parte de las autoridades fueron retrasando la materialización de la idea hasta que el proyecto fue retomado, de forma definitiva,
en 1883. Sin embargo, se encargaron dos grandes lienzos al pintor Antonio Brugada, en los que se representan los combates de Pernambuco y Las Dunas. Costeados, en parte, por suscripción popular fueron colocados en el ayuntamiento de la ciudad, flanqueando su escalera de
honor.
116. En él se encuentran dos relieves en bronce representando las batallas de Pernambuco y Las Dunas. Más arriba las alegorías a “La Guerra” y “La Marina”, con las inscripciones.
117. LÓPEZ ALEN, Francisco: Oquendo, Imprenta de La Voz de Guipúzcoa, San Sebastián, 1894. Con motivo de la inauguración se editó
esta obrita, cuyo autor era auxiliar de la Biblioteca Municipal de San Sebastián, que incluye una biografía del ilustre marino y detalles sobre el
desarrollo del proyecto de su monumento.
118. PEÑALBA OTADUY, Mauro: “Monumentos y esculturas en vía pública. Donostia-San Sebastián”, Ondare. Cuadernos de Artes Plásticas y Monumentales, nº 21 (2002), pp. 427-434.
119. Era competencia exclusiva de la Academia “la redacción de inscripciones que hayan de figurar en monumentos públicos”.
120. En realidad, más correcto hubiera sido escribir “La Mámora”.
721
Manuel Gracia Rivas
El enojo de la Academia fue evidente y, a propuesta de Fernández Duro, para que todos comprendieran las razones en las que se había basado la decisión corporativa, se tomó el acuerdo de
publicar todo el expediente, lo que se llevó a efecto en su Boletín121.
Entre los aspectos más llamativos, resalta el hecho de incluir al combate de Las Dunas como si se
tratara de una gran victoria naval y hacer constar al final el nombre de otros ilustres marinos. D. Lope
de Hoces fue uno de los que murieron en Las Dunas y D. Martín de Vallecilla también participó en
el combate, resultando herido. Sobre el hecho de hacerlos figurar aquí manifestaba su extrañeza
Fernández Duro, aduciendo que “como aquel [Lope de Hoces] murieron los almirantes Francisco
Sánchez Guadalupe y Mateo Sfrondati; con el segundo [Martín de Vallecilla] concurrieron diversos
jefes de alta graduación. No se alcanzan, pues, argumentos para nombrar a unos y no hacerlo con
otros, contándose en el número solo de almirantes a Tomás de Echamburu, Pedro Vélez de Medrano,
Esteban de Oliste, Andrés de Castro, Francisco Feijóo, Miguel de Orna, Matías Rombau, Jerónimo
Masibradi...”122.
Sin embargo, lo más sorprendente, a mi juicio, es la referencia a Miguel de Oquendo, pues, en
contra de lo que pudiera parecer, no se trata del padre de D. Antonio, el almirante D. Miguel de
Oquendo Segura, sino su hijo D. Miguel de Oquendo y Molina, cuyos méritos son, cuando menos,
discutibles, mientras que los del primero de los almirantes están a la espera del reconocimiento al
que, sin ningún género de dudas, se hizo acreedor.
Pero esta misma situación se ha dado en el ámbito de la propia Armada, donde varias unidades
han llevado el nombre de Oquendo, siempre en referencia a D. Antonio. Fue en el acto de colocación de la primera piedra del monumento, cuando el ministro de Marina, D. Rafael Rodríguez Arias,
anunció que se habían dado las órdenes oportunas para que uno de los primeros buques del Estado
que se construyan llevase el nombre de Oquendo. Correspondió este honor al crucero Almirante
Oquendo, construido en los Astilleros del Nervión, de Sestao, y botado en 1891. Era el segundo de
la serie encabezada por el Infanta María Teresa y fue uno de los buques que, formando parte de la
escuadra del almirante Cervera, resultaron hundidos en el combate de Santiago de Cuba, en 1898.
Hubo después otro Oquendo, un destructor botado en Ferrol, en 1956, el primero de una serie que
iba a estar integrada por seis unidades, pero que quedó reducida a tres por los problemas surgidos
con su diseño que obligó a introducir profundas modificaciones a los dos siguientes que ya estaban
en grada y que, cuando entraron en servicio, con los nombres de Roger de Lauria y Marqués de la
Ensenada, poco se parecían al proyecto original.
Hasta aquí el recorrido por la vida de estos marinos donostiarras a los que, hace poco, recordaban en su ciudad con motivo de la exposición organizada por Museo Naval de San Sebastián, bajo
el lema “San Sebastián, ciudad marítima”123, algunos de los cuales han sido objeto, también, de
especial atención en las páginas de esta misma revista124.
121. FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: “Inscripción de la estatua de Oquendo en San Sebastián”, Boletín de la Real Academia de la Historia,
tomo XXV (1894), pp. 381-392.
122. FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: “Inscripción de la estatua de Oquendo en San Sebastián”, Boletín de la Real Academia de la Historia,
tomo XXV (1894), pp. 381-392.
123. Con el mismo título el museo publicó un libro, en 2008, que incluye un texto de José María Unsain Azpiroz (“Galería de retratos. Diccionario Biográfico”) con referencias a los Oquendo.
124. STRADLING, Robert A.: “Antonio de Oquendo, Basque Seafaring Traditions and National Mythologies: A Historical-Ethical Essay”, Itsas
Memoria. Revista de Estudios Marítimos del País Vasco, 5, Untzi Museoa-Museo Naval, Donostia-San Sebastián, 2006, pp. 145-155.
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El Héroe Cántabro, libro biográfico sobre Antonio de
Oquendo firmado por su hijo Miguel de Oquendo y
Segura. Toledo, 1666.
Impreso alemán de 1639 que pregona la derrota de la armada española
en Las Dunas. Colección Untzi Museoa-Museo Naval.
Combate de Pernambuco. Uno de los dos
grandes óleos de homenaje a Antonio de
Oquendo encargados por el Ayuntamiento de
San Sebastián en 1856 a Antonio Brugada.
Ambos fueron colocados en la antigua Casa
Consistorial (Plaza de la Constitución).
Estatua de Antonio
de Oquendo en San
Sebastián. La
Ilustración Española
y Americana,
prestigiosa revista
gráfica editada en
Madrid, se hizo eco
de su inauguración
en portada. 22 de
septiembre de 1894.
Colección Untzi
Museoa-Museo Naval.
La Semana en San
Sebastián publicó el
5 de septiembre de
1887 un número
extraordinario en
homenaje a Antonio
de Oquendo. En
portada se presentaba
un retrato de Nicolás
de Soraluce “iniciador
de las estatuas de
Oquendo y Churruca”.
Colección Untzi
Museoa-Museo Naval.
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LA FAMILIA OQUENDO A TRAVÉS DE SEIS GENERACIONES
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