A música que vinha da capela

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Paulo Coelho
La música que venía de la capilla
El día de mi cumpleaños el universo me dio un regalo que
quisiera compartir con mis lectores.
En medio de un bosque cercano a la ciudad de Azereix, en el
suroeste de Francia, hay una pequeña colina cubierta de árboles. Con una
temperatura que roza los 40 grados centígrados, en un verano con casi
5.000 muertos en los hospitales a causa del calor, viendo los campos de
maíz ya completamente destruidos por la sequía, uno no tiene muchas ganas
de caminar. Sin embargo, le digo a mi mujer:
-Una vez, después de haberte dejado en el aeropuerto, di un
paseo por este bosque y encontré un camino muy bonito. ¿Te gustaría
verlo?
Christina divisa una mancha blanca a través del follaje, y
pregunta qué es:
-Una pequeña ermita.
Le digo que el camino pasa por allí, pero la única vez que
pasé por allí, estaba cerrada. Habituados como estamos a las montañas y
los campos, sabemos que Dios está en todas partes, y no es necesario
entrar en una construcción hecha por el hombre para poder encontrarlo.
Muchas veces, durante nuestras largas caminatas, rezamos en silencio,
escuchando la voz de la naturaleza y entendiendo que el mundo invisible
siempre se manifiesta en el mundo visible. Después de media hora de
subida, la ermita aparece en mitad del bosque y surgen las preguntas de
siempre: ¿quién la construyó? ¿Por qué? ¿A qué santo o santa está
dedicada?
Y a medida que nos acercamos, oímos una música y una voz que
parece llenar de alegría el aire que nos rodea. “La otra vez que estuve
aquí, no estaban estos altavoces,” me digo, extrañado ante el hecho de
que alguien ponga música para atraer a los visitantes en un camino pocas
veces recorrido.
Pero al contrario de lo que ocurrió en mi caminata anterior,
la puerta está abierta. Entramos, y parece que estamos en otro mundo: la
capilla iluminada por la luz de la mañana, una imagen de la Inmaculada
Concepción en el altar, tres hileras de bancos, y, en un rincón, en una
suerte de éxtasis, una joven de aproximadamente 20 años de edad, tocando
el violín y cantando, con los ojos fijos en la imagen delante de ella.
Enciendo las tres velas que acostumbro encender cuando entro
por primera vez en una iglesia (por mí, por mis amigos y lectores, y por
mi trabajo). En seguida miro hacia atrás: la chica ha notado nuestra
presencia, sonríe y sigue tocando.
Desciende entonces desde los cielos sobre nosotros la
sensación de estar en el Paraíso. Como si pudiera entender lo que está
sucediendo en mi corazón, ella combina música y silencio, y de vez en
cuando levanta una plegaria.
Y yo me doy cuenta de que estoy viviendo un momento
inolvidable en mi vida, algo de lo que solemos darnos cuenta cuando el
momento mágico ya ha pasado. Estoy allí por entero, sin pasado, sin
futuro, viviendo sólo esa mañana, esa música, esa dulzura, esa plegaria
inesperada. Entro en una especie de adoración, de éxtasis, de gratitud
por estar vivo. Después de muchas lágrimas y de lo que me parece una
eternidad, la chica hace una pausa, y mi mujer y yo nos levantamos, le
damos las gracias, y yo le digo que me gustaría enviarle un regalo por
haberme llenado de paz el alma. Ella dice que acude a ese lugar todas las
mañanas y que ésa es su manera de rezar. Yo insisto en el regalo, y ella,
tras dudar, me da la dirección de un convento.
Al día siguiente le envío uno de mis libros, y al cabo de
poco tiempo recibo su respuesta, en la que me comenta que aquel día salió
Paulo Coelho
de allí con el alma inundada de alegría porque la pareja que había
entrado participó de la adoración y el milagro de la vida.
En la sencillez de aquella capilla, en la voz de la chica, en
la luz de la mañana que lo inundaba todo, una vez más comprendí que la
grandeza de Dios siempre se muestra a través de las cosas simples. Si
alguno de mis lectores pasa algún día por la pequeña ciudad de Azereix y
ve una ermita en mitad del bosque, que camine hasta ella. Si es por la
mañana, allí habrá una joven sola alabando la Creación con su música. Su
nombre es Claudia Cavegir, y su dirección es Communauté Notre-Dame de
L’Aurore, 63850 - Ossun, Francia. Con toda certeza, se alegrará mucho de
recibir una postal.
© Traducción: Juan Campbell-Rodger
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