La palabra de Alfredo Bryce Echenique

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La palabra de Alfredo Bryce Echenique
La palabra de Alfredo Bryce Echenique
César Ferreira
University of Wisconsin-Milwaukee
[email protected]
Resumen
En este artículo realizaremos una lectura panorámica del universo narrativo del escritor Alfredo Bryce Echenique. Podría decirse que toda
la obra de Bryce se fundamenta en dos grandes ejes temáticos. Por un
lado, Bryce es uno de los grandes cronistas de la burguesía peruana en
novelas como Un mundo para Julius, No me esperen en abril y El huerto de
mi amada. Por otro, una parte importante de su quehacer novelístico
desde Tantas veces Pedro (1977) en adelante ha explorado la idiosincrasia
de la identidad peruana ubicando a sus personajes en un mundo cultural
ajeno al propio y viviendo un singular exilio. Todas las novelas de Bryce
examinan la psicología del sujeto desclasado, antiheroico y solitario,
que a menudo vive intensas experiencia sentimentales que subrayan
su desarraigo en el mundo. La obra de Bryce exhibe siempre una voz
propia para narrar, caracterizada por una oralidad siempre expansiva y
envolvente y el despliegue de un humor irónico, corrosivo y revelador.
Palabras claves: Alfredo Bryce Echenique, Novela peruana, Identidad peruana, Oralidad, Humor.
Abstract
Since the publication of his first novel, Un mundo para Julius (1970), Alfredo Bryce Echenique can be considered an oustanding chronicler of
Peru’s ruling class, exposing its many social and moral contradictions.
While the author will return to this topic time and again, in other works,
such as Tantas veces Pedro (1977) and La vida exagerada de Martín Romaña
(1981), Bryce is also a keen explorar of Peruvian identity through the
experience of exile. Orality and humor are at the core of his unique
style of writing to showcase the trials and tribulations of his many antiheros.
Key words: Alfredo Bryce Echenique, Peruvien novel, Peruvien identity,
Orality, Humor.
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Introducción
En octubre de 1964, un joven abogado limeño llamado Alfredo Bryce
Echenique arribaba a París atraído por un mito de viejo arraigo entre los
latinoamericanos que decía que, para ser escritor, era necesario hacer
el obligado viaje hasta las orillas del Sena. Bryce realizaba el viaje tras
estudiar Derecho en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y
tras haber escrito también una tesis sobre la función del diálogo en los
cuentos de Ernest Hemingway, gracias a la cual recibiría una licenciatura
en Letras. Pero Bryce no sólo llegaba a la Ciudad Luz con la intención
de continuar estudios de literatura francesa iniciados años atrás en el
Perú; también venía a comprobar, en el mismo lugar de los hechos, si
París era efectivamente ese mítico lugar que descubrió en las páginas
de Hemingway, donde el célebre autor norteamericano afirmaba que en
París era posible vivir y amar intensamente e intentar suerte en el difícil
mundo de la literatura.
En efecto, tras un primer año de intensa vida bohemia en la capital
francesa, Bryce se refugiaría en la pequeña ciudad italiana de Perugia,
grato recuerdo para él, y en la habitación de una modesta pensión escribiría una serie de cuentos que más tarde daría a leer a otro viejo
habitante de París, su amigo el escritor Julio Ramón Ribeyro. Gracias
a Ribeyro, ese puñado de cuentos recibiría el título de Huerto cerrado
y, tras recibir una menciona honrosa en un concurso auspiciado por la
Casa de las Américas de Cuba, se publicaría en La Habana en 1968. Así
Bryce daría comienzo a una larga carrera de casi cincuenta años dedicada al arte de contar historias.
Más de un crítico ha señalado el carácter homogéneo de este primer
libro de Bryce.1 Ello se debe, entre otros motivos, a que todos los cuentos de Huerto cerrado tienen como protagonista a un joven personaje
de nombre Manolo, quien vive una serie de experiencias iniciáticas, generalmente instaladas en el mundo de la clase media y la burguesía peruana. Pienso, por ejemplo, en los dilemas de la iniciación amorosa que
vive el protagonista en cuentos como “El descubrimiento de América”
y “Una mano sobre las cuerdas”; en las vicisitudes que Manolo enfrenta
en su visita al espacio prohibido del burdel en “Yo soy el rey”; o en la
1 Véase la reciente edición anotada hecha por David Wood que incluye una excelente introducción.
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constatación de las sutiles diferencias de clase que se retrata en “La
madre, el hijo y el pintor”. Leídos retrospectivamente, muchos de estos
relatos no sólo constituyen un velado homenaje a Hemingway, a juzgar
por su estilo lacónico y la densa psicología que albergan, sino que también son el germen de todo un universo temático que sólo le pertenece
al escritor que hoy conocemos como Alfredo Bryce Echenique. De todos
estos cuentos, sobresale sin duda “Con Jimmy, en Paracas”, un memorable relato que destaca por la mirada dubitativa que Manolo posa sobre
su mundo social y familiar. La suya es la mirada del sujeto desclasado
que observa el mundo que lo rodea desde los márgenes, al tiempo que
desde la oralidad de su palabra le confiesa sus fragilidades y temores al
lector. Destaquemos también la importancia del cuento “Dos indios” en
el que Manolo aparece de pronto en un escenario europeo. Allí, desde
un anónimo café en Roma, el protagonista observa ese mundo ajeno
con ojos peruanos, mientras rememora con nostalgia su lejano mundo
limeño al que anhela retornar. Esta psicología del sujeto desclasado y
solitario, sin un sitio seguro en el mundo, y la exploración de su extraviada peruanidad desde un mundo cultural distinto al propio serán
dos temas que Bryce desarrollará a plenitud en toda su obra novelística
posterior. En los relatos de Huerto cerrado, sin embargo, se asoman ya
con gran nitidez y madurez artística.
Un mundo para Julius, un clásico peruano
Desde su publicación en 1970, Un mundo para Julius fue aclamada por
sus lectores como una de las más importantes novelas peruanas de la
segunda mitad del siglo XX, entre otros motivos, porque desde el inicio
muestra una singular voz oral para narrar, torrencial y audaz, llena de
giros populares y otros juegos lingüísticos. A ello se suma un singular
tono para contar, entre burlón y nostálgico, que emparenta a Bryce con
la prosa de Ricardo Palma, pero que, en definitiva, sólo le pertenece al
autor limeño. Novela de largo aliento, ágil y divertida, Un mundo para
Julius revela la existencia de un artista con una voz originalísima, muy
seguro de su oficio ante la palabra escrita.
En las palabras iniciales de la novela leemos lo siguiente:
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“Julius nació en un palacio en la avenida Salaverry, frente al antiguo
hipódromo de San Felipe; un palacio con cocheras, jardines, piscina, pequeño huerto donde a los dos años se perdía y lo encontraban siempre
parado de espaldas, mirando, por ejemplo, una flor; con departamentos
para la servidumbre, como un lunar de carne en el rostro más bello, hasta con una carroza que usó tu bisabuelo, Julius, cuando era Presidente
de la República, ¡cuidado!, no la toques, está llena de telarañas, y él de
espaldas a su mamá, que era linda, tratando de alcanzar la manija de
la puerta. La carroza y la sección servidumbre ejercieron siempre una
extraña fascinación sobre Julius, la fascinación de “no toques, amor; por
ahí no se va, darling”. Ya entonces, su padre había muerto” (9-10).
Julius forma parte de una exclusiva galería de personajes infantiles
y juveniles que hizo de la novela peruana del siglo pasado un género
rico en novelas de aprendizaje. El anecdotario de la novela de Bryce es
harto conocido: Un mundo para Julius narra los primeros años de vida
de un niño curioso y sensible que está destinado a heredar el mundo
privilegiado de sus mayores. Al comienzo de la novela, Susan, su bella
madre de ancestro británico, ha enviudado. Sin embargo, poco después
se casará por segunda vez con Juan Lucas, un hombre frívolo y elegante,
representante de una nueva burguesía que admira todo lo norteamericano, y que, entre otras cosas, es un empedernido jugador de golf. Julius
es el menor de cuatro hermanos: Bobby y Santiago, quienes seguirán
los pasos y actitudes de su padrastro, y Cinthia, la hermana que el niño
más quiere pero que morirá a poco de iniciada la novela. Julius nunca
comparte a plenitud el mundo fastuoso y privilegiado de su familia, un
mundo que sus padres y hermanos entienden como un orden natural en
la sociedad peruana frente a los que nada tienen. Así, ausente Cinthia
y carente del amor real de sus mayores, Julius se refugiará en el afecto
genuino que encuentra entre los personajes de la servidumbre de su
casa. Venidos de las diversas regiones del Perú, éstos constituyen la cara
del otro Perú que sus patrones prefieren ignorar pero que Julius llegará
a conocer más a fondo. Me refiero, entre otros, a Nilda, la cocinera de la
familia, oriunda de la selva de Tambopata, que destaca por ser una gran
contadora de historias que fascinan al niño; a Celso y Daniel, los fieles
mayordomos venidos del mundo andino; a Arminda, la fiel lavandera
del barrio popular del Rímac; y sobre todo a Vilma, el ama de Julius que
será expulsada arbitrariamente de la casa familiar tras ser abusada por
el hermano mayor del protagonista al final del primer capítulo.
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Como en toda novela de aprendizaje, asistimos al largo proceso
de socialización del protagonista y su paulatino descubrimiento de un
mundo, cuyo referente histórico se sitúa de manera muy general en el
Perú de la década de los años 50. La mirada inocente e inquisitiva de
Julius será la óptica privilegiada por el autor para mostrar la enorme
brecha existente entre el mundo de ricos y pobres, y, a la postre, las
fisuras de un orden social arcaico e injusto que está destinado a desparecer. Pero la novela de Bryce nunca denuncia tan abiertamente este
mundo decadente y miope, sino que opta por una mirada entre irónica
y nostálgica sobre el mismo. Para ello, Bryce pone a funcionar a un
narrador de características singulares: se trata de un narrador locuaz,
atrevido y escurridizo que, en una primera instancia, parece cumplir las
funciones de un narrador omnisciente pero que, de pronto, optará por
explorar otras posibilidades discursivas, acercándose y distanciándose
a su antojo de los hechos narrados. En el denso tejido narrativo de la
novela, el narrador repentinamente optará por cederle su voz a muchos
de sus personajes; pero, no satisfecho con eso, en otros momentos expresará también, muy directamente, sus opiniones sobre la conducta de
ellos (Juan Lucas, por ejemplo, será siempre blanco de sus más grandes
burlas y desprecios).
El de Bryce es, en suma, un narrador con una personalidad propia,
que conoce a fondo la psicología e idiosincrasia de los actores de este
fastuoso mundo limeño. Y aunque es evidente que lo condena, también
es cierto que expresa cierta nostalgia por un mundo que por caduco y
decadente está destinado a desaparecer.
Toda esta pluralidad de matices de la novela no sería posible sin la
existencia de dos elementos que la palabra de Bryce privilegia en toda
la obra: la oralidad y el humor. La oralidad de Bryce supone la existencia de una escritura que emula un lenguaje conversacional y coloquial,
lleno de giros populares y capaz de incorporar mil y una digresiones
del narrador en el proceso del relato, a la manera de una buena charla.
Esa locuacidad discursiva viene acompañada de un vasto despliegue de
humor; un humor lúdico, burlón y sutilmente irónico, a partir del cual el
narrador busca en todo momento la amistad del lector. De hecho, éste
muy pronto se verá convertido en un privilegiado escucha e interlocutor del narrador y, lograda su complicidad, el narrador sabrá mostrarle,
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entre la risa y la ironía, el lado oscuro y frívolo de un mundo burgués de
pocos y discretos encantos.
La novela culmina dejando en evidencia el fin de la inocencia de
Julius a los once años de edad cuando descubre a través de su hermano
Bobby que, tras abandonar la casa familiar, Vilma ejerce la prostitución
para ganarse la vida. La constatación de ese hecho marca la expulsión
de Julius del paraíso de la infancia de manera dolorosa y “llenecito de
preguntas” (591), según las palabras finales de la novela. Al mismo tiempo, el final abierto del relato dejará sembrada la duda sobre el futuro
que le espera a Julius en este mundo ostentoso y frívolo, donde es un
desclasado, pero que está destinado a heredar. Y es precisamente el
lector, convertido en atento cómplice del narrador, quien ahora deberá
ser partícipe de ese futuro para el protagonista en su ingreso al mundo
adulto.
A poco de su aparición, Un mundo para Julius fue objeto de más de
una lectura política e ideológica. En 1970, el Perú vivía por entonces
uno de los momentos más cruciales de su historia republicana: un gobierno nacionalista, con un discurso reformista y revolucionario, bajo
el liderazgo del general Juan Velasco Alvarado, quien llevaba a cabo
un vasto proceso de transformaciones económicas que acabaría con el
viejo poder político de la oligarquía peruana vagamente retratada en
la novela de Bryce, y que obligaría a una reorganización de las fuerzas
de poder en la sociedad peruana. En ese contexto, la novela de Bryce
se convertiría en una simbólica despedida a esa vieja clase dirigente
(un “canto de cisne” la llamó en su momento algún crítico) y en 1972
el gobierno de Velasco le otorgaría al escritor el Premio Nacional de
Literatura “Ricardo Palma”. El tiempo demostraría, sin embargo, que las
muchas bondades artísticas de esta primera novela de Bryce superarían
con creces esa lectura inicial. Hoy, a casi cuatro décadas de su publicación, Un mundo para Julius es un clásico de las letras peruanas; una
novela “irrepetible”, como la ha llamado Julio Ortega.2 Y es que junto a
su velada y elegante denuncia, que deja en evidencia las viejas fisuras
de la sociedad peruana, también subyace en la figura de Julius un personaje que desde su mirada inocente intenta establecer un mejor puente
de comunicación entre los diferentes actores de un mundo social pe2 Véase su prólogo a la edición inglesa de la novela del año 2004, traducida por Dick Gerdes.
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ruano históricamente injusto y fragmentado. Mientras esperamos que
ese nuevo diálogo se plasme en realidades más concretas, la novela de
Bryce sigue conquistando nuevas generaciones de lectores, cautivados
por la envolvente magia de su palabra.
Pedro Balbuena, Martín Romaña, Felipe Carrillo y Max Gutiérrrez, errantes en el mundo
Si en Un mundo para Julius Bryce evoca un universo peruano que conoce como producto de su propio itinerario vital, no menos cierto es
que para fines de los años 70 su ya largo autoexilio en Europa también
deja una huella perdurable en su conciencia creativa. Con la aparición
de Pedro Balbuena, el protagonista de su segunda novela, Tantas veces
Pedro (1977), el autor iniciaría una segunda línea temática que constituye un eje fundamental de su imaginario: aquél que se ocupa de la
exploración desde un espacio cultural ajeno de una peruanidad extraviada. En ese sentido, Pedro Balbuena es un personaje arquetípico de
la obra bryceana, un sujeto que deambula por el mundo sin un sentido
real de pertenencia y viviendo rocambolescas historias de amor a las
que buscará darles sentido desde la fabulación y la escritura. En verdad,
Pedro Balbuena es una suerte de hermano mayor de Martín Romaña, el
protagonista de la tercera novela de Bryce, La vida exagerada de Martín
Romaña (1981), que, junto con El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz
(1985), forman el díptico titulado “Cuaderno de navegación en un sillón
Voltaire” que se inicia con estas palabras:
“Mi nombre es Martín Romaña y esta es la historia de mi crisis positiva.
Y la historia también de mi cuaderno azul. Y la historia además de cómo
un día necesité de un cuaderno rojo para continuar la historia de mi cuaderno azul. Todo, en un sillón Voltaire... Cabe advertir, también, que el
parecido con la realidad de la que han sido tomados los hechos no será
a menudo una simple coincidencia, y que lo que intento es llevar a cabo,
con modestia aparte, mucha ilusión y justicia distributiva, es un esforzado ejercicio de interpretación, entendimiento y cariño multidireccional,
del tipo a ver qué ha pasado aquí... Creo que me entiendo, pero puedo
agregar que hay un afán inicial de atenerse a las leyes que convienen a
la ficción y pido confianza” (13-14).
Esta larga novela de corte autobiográfico, que dialoga de cerca con
la tradición picaresca, narra las aventuras y desventuras de Martín RoLetras 78 (113), 2007
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maña en el París bohemio y revolucionario de mayo del 68. Alejado de
su entorno limeño, Martín ha llegado a la capital francesa en busca del
esplendor de la Ciudad Luz, tantas veces mentado desde el otro lado
del Atlántico, y en busca de esa mítica ciudad que descubrió en las páginas de Hemingway donde el célebre escritor norteamericano afirmaba
que París era siempre una fiesta. Sin embargo, a poco de su arribo a
París, Martín comprueba que “a la Ciudad Luz se le han quemado los
plomos”, pues el París que encuentra es un lugar mezquino, provinciano
y poco hospitalario para los latinoamericanos. Así se lo reclama Martín
al propio Hemingway:
“Claro, el pelotudo de Hemingway se lo trae a uno de las narices a París
con frasecitas tipo éramos tan pobres y tan felices, gringo cojudo, cómo
no se te ocurre poner una nota a pie de página destinada a los latinoamericanos, a los peruanos en todo caso, una cosa es ser pobre en París
con dólares y otra cosa es con soles peruanos” (92).
Dicho en otras palabras, el París de Martín es un París libresco e
imaginado, un lugar que no corresponde con su verdadera dimensión
cotidiana, pequeñoburguesa y provinciana. Así las cosas, toda la novela
de Bryce es un gran ajuste de cuentas entre los latinoamericanos y ese
viejo mito francés. Al mismo tiempo, es una novela que ilustra un vasto
proceso de aprendizaje político, cultural y sentimental para su protagonista. De hecho, el largo ejercicio de escritura que Martín emprende en
su cuaderno azul, y más tarde en su cuaderno rojo, funciona como un
largo proceso de autoconocimiento personal en el que el protagonista
contrastará, una y otra vez, su figura con la del “otro” francés y, acaso
también, con la del “otro” peruano con el que se encontrará en París.
Desde su tragicómico anecdotario, La vida exagerada supone un proceso de restitución de una dignidad perdida para el sujeto protagónico,
pues, tras haberlo perdido todo, incluyendo a su amada Inés, Martín no
sólo tomará conciencia de las cicatrices de su exilio parisino, sino de
que, contra viento y marea, permaneció fiel al motivo inicial que lo trajo
hasta la capital francesa: el de convertirse en escritor.
En novelas posteriores como La última mudanza de Felipe Carrillo
(1988) y Reo de nocturnidad (1997) Bryce le dará una nueva vuelta de
tuerca a esta vasta exploración de la peruanidad extraviada y a los dilemas del desarraigo y el desamor. El frustrado retorno de Felipe Carri82
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llo al Perú, por ejemplo, cobrará nuevos ribetes tragicómicos cuando
se vuelva evidente que su incomunicación, primero con Genoveva en
España y después con Eusebia en el Perú, es el producto de un severo
desfase social y sentimental, a medio camino entre Europa y América,
que el protagonista sólo podrá comprobar en el terreno mismo de los
hechos. Curiosamente, si Felipe se reconoce como un ser dividido entre
dos mundos, será precisamente la verbalización de sus dilemas en una
escritura siempre ególatra, confesional y caótica, acompañada de mucha “música de fondo”, lo que le permitirá rescatar en algo un sentido
de pertenencia en el mundo físico que su realidad sentimental parece
negarle. Por ello, tras un largo periplo sentimental de ida y vuelta entre
el Perú y Europa, Felipe llegará a la siguiente conclusión:
“me voy dando cuenta de que soy... un hombre sin final, una persona
que definitivamente lo único que pudo hacer fue mudarse por última
vez. Miren, nada ha cambiado en mi vida y todo ha cambiado en mi vida.
Muchísima música de fondo tuve que escuchar antes de enterarme de
que lo único que ha cambiado en mi vida soy yo” (218).
Ese nuevo ejercicio de autoconocimiento en la novela lleva a Felipe
a dictaminar, con palabras de Joseph Conrad, que “el hombre es un ser
asombroso pero definitivamente no es una obra maestra” (218).
Algo similar ocurre con Max Gutiérrez, el hipocondriaco protagonista de Reo de nocturnidad. Max es un profesor peruano de literatura en la
vieja ciudad de Montpellier, en el sur de Francia, quien, además de sufrir
mal de amores, padece también de un severo insomnio. Huérfano afectivo y víctima de un duro sentimiento de desarraigo, su relato es una
suerte de larga terapia amorosa desde la cama de un hospital en la que
Claire, la joven alumna de Max, se convierte en su mejor interlocutor
para sanar sus heridas. En este extenso y pesadillesco proceso de cura,
conoceremos una serie de peculiares personajes como Nieves Solórzano, una profesora chilena, Nadine, o Passepartout el iraní, entre otros,
cada uno de los cuales vive su propia versión de exilio y soledad. Pero el
desarraigo de Max sólo podrá remediarse emprendiendo el retorno a su
Lima natal, aunque siempre con las cicatrices del caso a cuestas. Como
siempre, la oralidad de Bryce y su tono confesional serán nuevamente
los elementos narrativos desde los cuales el autor dará rienda suelta a la
mitomanía del protagonista. Esta vez, sin embargo, el humor de Bryce
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se tornará algo más negro y cruel en este pesadillesco relato, mientras
la voz de Max transita repetidas veces entre la realidad de las cosas y su
fantasía onírica.
Esta novela de Bryce podría leerse como una suerte de velado homenaje a uno de sus escritores predilectos, Rabelais. Sin duda, la obra toda
de Bryce comparte con el autor de Gargantúa y Pantagruel el amor por
la hipérbole y la desmesura en el arte de contar; al mismo tiempo, no
olvidemos que Montpellier, la ciudad en la que alguna vez vivió Rabelais, es el escenario escogido para la novela. En definitiva, sin embargo,
nos queda solamente el Montpellier de Bryce, un Montpellier sórdido
y trasnochado. Y es que pensándolo bien, las ciudades escogidas por
el escritor peruano a lo largo de toda su obra son retratadas con una
óptica propia; ellas son el producto de la mirada singular del personaje
que las evoca y se vuelven un telón de fondo singular para fabular detenidamente sobre las aventuras y desventuras amorosas en ellas vividas.
Si Pedro Balbuena, Martín Romaña y Felipe Carrillo antes tuvieron su
París personal, Max Gutiérrez tendrá también su Montpellier propio,
oscuro y pesadillesco.
La amigdalitis de Tarzán y un personaje femenino
Bien podría decirse que el tema del desarraigo y el desamor, ejes
fundamentales del universo de Bryce, alcanzan nuevas proporciones
dramáticas en su siguiente novela, La amigdalitis de Tarzán (1997). La
novela narra la historia de amor entre Juan Manuel Carpio, un cantautor
peruano residente en París, y una salvadoreña de clase alta, Fernanda
María de la Trinidad del Monte Montes. Ambos se conocen cuando Fernanda María arriba a la capital francesa en 1967 e inician un largo romance de treinta años que se caracterizará más por sus desencuentros
que por el tiempo que la pareja pasa en un mismo lugar. Y es que si bien
Juan Manuel vive en París, Fernanda María vivirá a lo largo del relato en
Chile, Venezuela, El Salvador y los Estados Unidos como consecuencia
de sus propios azares amorosos y de los vaivenes de la historia latinoamericana de fines del siglo XX.
Dos temas llaman la atención en esta novela. En primer lugar, está
el hecho de que por vez primera el personaje protagónico de la misma
sea una mujer. Pero, a diferencia de las fragilidades sentimentales que
muestran un Martín Romaña o un Felipe Carrillo, Fernanda María mos84
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trará una y otra vez su singular fortaleza femenina para hacerle frente a
las vicisitudes del destino. Poseída por un singular coraje, Será ella (y no
Juan Manuel ni el esposo de la protagonista) quien, para sacar adelante
a sus hijos, dé el masculino grito tarzanesco de fuerza y energía al que
alude el título de la novela para sacar adelante a sus hijos. En segundo lugar, destaquemos la importancia del formato epistolar del relato.
Imposibilitados de vivir juntos en un mismo lugar, el afecto entre Juan
Manuel y Fernanda María, expuesto en su larga comunicación epistolar
de tres décadas, se constituirá en la evidencia de una larga y apasionada
relación sentimental. Hay una elegante sabiduría en esta elección de la
carta como plataforma narrativa por parte de Bryce. Si bien escribir cartas es ya una tradición que pertenece al pasado, aquí la forma epistolar
no sólo es la mejor fuente de conocimiento del mundo íntimo de los
sujetos amorosos, sino que constituye una nueva posibilidad discursiva
para darle cabida a la oralidad de su escritura. Más aún, desde la pausa
reflexiva a la que naturalmente invita la lectura de una carta, la novela
permite hurgar a plenitud, con un tiempo propio, en los sentimientos
de los distantes amantes.
Así las cosas, el afecto entre Juan Manuel y Fernanda María será puesto a prueba por el tiempo y la distancia pero permanecerá inclaudicable
a pesar del paso de los años. Vale la pena recordar, además, que la pareja guarda un singular pacto entre sí: ambos desdeñan la comunicación
telefónica, el uso del fax y, por supuesto, el correo electrónico. Y es que
bien visto, Bryce opta por escribir una novela a contracorriente de los
tiempos que corren; dicho en otras palabras, la escritura epistolar de La
amigdalitis de Tarzán pone en entredicho las bondades tecnológicas y la
rapidez circunstancial de los tiempos que vivimos. Desde su aparente
anacronismo, el relato subraya la certeza de que los verdaderos afectos
sobreviven siempre a los embates de la nostalgia y la melancolía, como
en las viejas novelas decimonónicas.
La amigdalitis de Tarzán es un canto a la amistad más genuina y a la
tolerancia amorosa. Es también una de las novelas más tiernas y más
stendhalianas escritas Bryce. Derrotada por una vida errante y una mala
suerte sin tregua, para Fernanda María el tiempo del amor no vuelve
más, como dice un viejo vals peruano.
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Retornos: Manongo Sterne y Natalia de Larrea y Olavegoya
Si Un mundo para Julius convirtió a Bryce en el mejor cronista de la
burguesía peruana de su generación, el retorno a ese mundo en novelas como No me esperen en abril (1995) y El huerto de mi amada (2002)
lo confirman como otro de los ejes fundamentales de su universo narrativo. Manongo Sterne, el protagonista de No me esperen en abril, es
para el crítico Luis Eyzaguirre un personaje emblemático de toda la
narrativa de Bryce.3 Como todos los protagonistas mencionados líneas
arriba, Manongo también está en una búsqueda permanente de abrigo
afectivo. Huérfano de tal afecto, es el pasajero por excelencia de ese
largo viaje sentimental que emprenden todos los antihéroes bryceanos.
Manongo, sin embargo, arriba al destino (y trágico) final de su periplo
cuando casi cincuenta años han transcurrido en la historia del Perú que
le tocó vivir, un periodo que, por cierto, la novela de Bryce recrea a
plenitud. Además, Tere, el imposible amor de su vida, junto con todos
los demás protagonistas de ese mundo cargado de afectos, ha envejecido. Así, todo lo vivido se vuelve un pasado insostenible para Manongo.
Como otros personajes de Bryce, Manongo caerá víctima de las trampas
de la nostalgia y de los embates de su melancolía, pues el retorno al
paraíso perdido del amor y la amistad no es más que un espejismo de
la memoria.
Algo similar ocurre con Carlitos Alegre y Natalia de Larrea y Olavegoya, los dispares amantes de El huerto de mi amada. El intenso romance
que ambos viven, que contraviene todas las convenciones de la pacata
sociedad limeña, más tarde sólo existirá en la melancólica memoria del
sujeto en crisis, personificado aquí en la figura de Natalia. Al final de
la novela, la alguna vez bella Natalia devendrá un ser desclasado e incomprendido, carente de un lugar afectivo en el mundo porque el paso
del tiempo no le perdonará su audacia amorosa con Carlitos. En ese
contexto, el viejo huerto de Chorrillos será “el único trozo de su ciudad
y de su vida que Natalia siempre recordará con amor” (252). Dicho en
otras palabras, en el coto privado de sus recuerdos, el huerto será para
Natalia el espacio donde por un instante conoció la felicidad.
3 Véase su artículo “De Julius a Manongo Sterne: La saga del protagonista en la narrativa de
Alfredo Bryce Echenique”.
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Bienvenido Salvador Buenaventura, un nuevo antihéroe bryceano
La última novela de Bryce, Las obras infames de Pancho Marambio (2007),
es un nuevo viaje sin fin para Bienvenido Salvador Buenaventura, un nuevo
peruano errante y nostálgico. A los cincuenta y cuatro años, Bienvenido
abandona su exitosa vida de abogado limeño para instalarse en Barcelona
y empezar una nueva vida. Pero en Barcelona las canallas e infames obras
del inescrupuloso Pancho Marambio llevarán a Bienvenido a una profunda
caída moral que lo conducirá al “callejón sin salida de su historia familiar”
(62) y a un “decenso a los infiernos” (165) del alcoholismo.
Cosmopolita y solitario, Bienvenido se encontrará con una Barcelona
pesadillesca, a la que viene a cumplir su destino trágico, una ciudad
“letal” y de “negros presagios” (104). En Barcelona, Bienvenido también
constatará que “lleva una eternidad intentando llegar a alguna parte”
(140), y recuerda que en la vieja ciudad catalana “alguna vez en su vida
fue muy feliz”” (140). Incluso intentará revivir un viejo amor limeño con
la fugaz Mariana Zañartu. Finalmente, sin embargo, su demencial alcoholismo lo llevará a poner en duda si alguna vez estuvo efectivamente
en la Ciudad Condal.
La novela de Bryce es la historia de una vida de virtudes y flaquezas
humanas, contada desde una prosa siempre expansiva, llena de alambicados malabares lingüísticos y ricas digresiones; se trata de una novela
que destaca por el “tierno libertinaje de su estilo”, como ha dicho Alonso Cueto, con ecos de Laurence Sterne y de Malcolm Lowry. Así surgirá
un nuevo personaje bryceano transatlántico y trashumante, cuya vida
será siempre “un incesante caminar”(177), un “feliz vagabundeo por
toda Europa, de un país a otro y de ciudad en ciudad” (34), añorando,
como el Manolo de Huerto cerrado, su lejano Perú y en permanente búsqueda de un lugar para ser y estar en el mundo.
A modo de conclusión
Pocos autores en la literatura peruana han logrado narrar las luces
y sombras de la burguesía peruana con tanta riqueza de matices como
lo ha hecho Bryce. Pocos también han sabido explorar las vicisitudes
del amor, el exilio y el desgarramiento de la identidad peruana con la
subjetiva inteligencia con que lo ha hecho el escritor limeño a través de
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sus muchos personajes. Las de Bryce son figuras que vagan una y otra
vez entre América y Europa viviendo un cosmopolitismo de corte propio, intensamente humano y sentimental. Estos dos temas bastan para
otorgarle una originalidad temática a un universo narrativo forjado con
intensidad y lucidez. La literatura de Bryce continúa gozando del favor
de sus lectores porque desde su torrencial oralidad y su tragicómico
humor nos invita a ser testigos cercanos de la gran humanidad de sus
personajes. Todos ellos, desde su melancolía y sentimentalismo, encierran siempre una conducta ética propia para enfrentar los vaivenes de
su existencia. En la desmesurada aventura vital que cada uno de ellos
emprende, habrá un mundo de pocas certezas y grandes fragilidades
humanas pero, eso sí, de grandes verdades afectivas. Y marcados siempre por el amor y la amistad, las criaturas de Bryce llevarán hasta el
límite su aventura vital, buscando una y otra vez la silenciosa complicidad del lector. Por ello, desde el espacio compartido de la fábula, sus
personajes nos acompañan siempre, como amigos fieles.
Referencias bibliográficas
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Letras 78 (113), 2007
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