Pearl Jam: el espejo retrovisor

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Pearl Jam:
el espejo
retrovisor
La banda encabezada por Eddie Vedder se
presentó ante sus fanáticos en un repleto
Estadio Nacional, con un show en el que los
de Seattle dieron una lección de cómo
dominar un escenario.
Marcelo Contreras
No se inmolaron como Nirvana, no padecieron la tragedia
a la manera de Alice in chains,
no colgaron los guantes cuando quedaba pelea, el caso de
Soundgarden y Stone temple
pilots. Frente a sus contemporáneos, Pearl Jam asumió
las formas de un clásico del
rock convertidos en el espejo retrovisor de unas cuantas
generaciones por casi un
cuarto de siglo, permitiendo
a sus seguidores reflejarse,
mirar el pasado, y creer genuinamente que ya no hay
bandas así porque con ellos se
trata, antes que todo, de la
música. Por lo mismo, el espectáculo que anoche ofrecieron en el Estadio Nacional
reiteró una de sus grandes
lecciones: cómo dominar un
escenario cuando las armas
son guitarras, bajo y batería,
sin aderezos tecnológicos ni
parafernalia extra.
21.08, se encienden las pantallas activadas en blanco y
negro. Parten suave, como
midiendo la cita porque la
jornada será larga. La elegida
para el arranque es la mullida Pendulum y el estadio cae
en trance mientras Mike
McCready (a lo Jimmy Page)
utiliza un arco para tocar su
guitarra. De inmediato encajan Release, la última de Ten
(1991). La versión es sobrecogedora. La voz de Eddie
Vedder se despliega sin mella
del tiempo, la banda que lentamente se suelta en ebullición controlada mediante
lánguidos acordes. Vedder le-
vanta su botella de vino, una
estampa ya clásica. Sigue Nothingman. La guitarra acústica de Stone Gossard brilla en
tanto Jeff Ament se apodera
de un contrabajo. Tercer tema
de la noche y el sonido ya es
impecable, notablemente resuelto. Algunos amigos corean abrazados. Las luces del
estadio se encienden por segundos mientras Vedder eleva el coro. “¿Está bien?”, pregunta en la pausa, y arremeten con furia porque se viene
Go. El líder levanta el brazo
para que el público complete el coro. Mike McCready se
la juega en el primer solo con
wah-wah.
Más tarde será el turno de
Corduroy, una que fue clásica desde el momento en que
se editó en Vitalogy (1994), su
álbum más consistente, lo
más cercano a una obra
maestra en su catálogo. A mitad de camino bajan un poco
las revoluciones para que el
público marque aplaudiendo. Vedder juguetea con su
voz, se le arranca un gallito,
cambia la entonación restando algo del dramatismo, no
importa demasiado.
Continúan con Lightning
bolt y Vedder, esta vez con
guitarra, vuelve a envalentonar al público para que coreen
sus aullidos. El cantante habla
en español, bromea, el Nacional lo escucha atento. Arremeten con Even flow y la gente se pone a bailar. Continúa
Sirens, la mejor composición
de su último álbum. Quedan
otras 21 canciones por delante y emociones garantizadas.b
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