Mís ocho encuentros con el P. Arrupe, Adolfo Nicolás S.J.

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Por el P. Adolfo Nicolas SJ, siendo Presidente de la Conferencia de los jesuitas de
Asia Oriental y Oceanía (JCEAO).
La primera vez no lo conocía, solo lo vi. Era finales de 1952 o principios de 1953.
Yo tenía 17 años y estaba en mi último año de escuela secundaria en Madrid. Él dio
una conferencia sobre sus experiencias en Hiroshima tras la bomba atómica. El
auditorio estaba lleno. Yo me senté en una escalera. Para ese momento, yo ya
había decidido ser jesuita. El Padre Arrupe fue el gran misionero, un héroe nacional,
un hombre de fuego.
La segunda vez lo ví en Japón en 1961. Lo tuve como Provincial por casi cuatro
años. Recuerdo muy bien las conversaciones que tuvo a los escolares. Era
apasionante. Trataba de advertirnos sobre los peligros del Japón de aquel entonces
e intentaba la difícil reconstrucción de la provincia japonesa. Tuvo que recaudar
fondos, reclutar jesuitas de todo el mundo. Esto lo mantuvo alejado de nosotros, a
excepción de sus visitas temporales. En aquellos tiempos, yo era su peluquero
personal: poco para cortar, pero mucho para escuchar. Era una persona cálida y un
gran conversador.
Luego lo volví a ver en Roma en 1970. Era ya el Padre General y yo estaba
defendiendo mi tesis doctoral en el Colegio Bellarmino. Existía la tradición de que el
P. General hablase anualmente a los candidatos al doctorado. Los primeros 30
minutos de su charla fueron la de un visionario. Magnífico e inspirado: los signos de
los tiempos, la Iglesia post Vaticano II y los desafíos de un nuevo mundo
emergente. La segunda mitad de la charla fue “anti-climatic”; él pensó que tenía
que justificar teológicamente lo que nos había presentado, pero sintió que no podía.
Al igual que Ignacio, la visión y la intuición de Arrupe estuvieron a la vanguardia de
su Teología, gracias a Dios.
Nos reunimos de nuevo en Hong Kong en 1972. El II Coloquio de jóvenes
promotores jesuitas. Fue un esfuerzo para reunir a 28 jesuitas del Este y del Oeste
asiático con el objetivo de mirar el futuro de la Compañía. En realidad no fue así,
pero produjo frutos. Arrupe llegó de improviso y se quedó tres días con nosotros. El
Japón lo había cambiado. Él quería que el Este tenga un impacto en el resto de la
Compañía. Compartió con nosotros sus preocupaciones y, una vez más, expresó
muy claramente su corazón ignaciano y su pasión por la vocación y vida jesuitas.
Su discurso fue clave para nosotros. Habló de la obediencia declarando
enfáticamente: "Si no hay obediencia, tendremos “caos” en la Compañía”. Por su
entusiasmo pronunció “caos” en español, que sonó muy parecido a “cows” (Vacas).
Podemos imaginar la confusión de los que hablaban Inglés. La pregunta durante el
receso fue: “¿De dónde provienen de esas vacas?"
Luego lo vi en la Malasia peninsular en 1980. El punto culminante de la Reunión de
Superiores Mayores fue la celebración de la Eucaristía en la Iglesia de Francisco
Javier, en Malacca. El escenario era perfecto: un techo e iglesia en ruinas con un
espacio vacío donde el cuerpo de Francisco Javier había estado, y de donde había
sido robado (o lo que la historia dice). Arrupe había pasado por los años de
malentendidos y desconfianza con la Santa Sede. La Congregación General 32 y los
años venideros habían sido duramente sorteados. La Homilía de Arrupe ese día se
concentró en los últimos meses de Francisco Javier, su experiencia de abandono, el
fracaso, la soledad en la isla de Shangchuan. “El Santo no fue a ninguna parte y su
cuerpo experimento el misterio de la Cruz”. Esa Homilía nos dio a todos una idea
del corazón de Arrupe y de su espiritualidad ignaciana, que habíamos aprendido en
los primeros años encarnados en Don Pedro. Ésta fue también una anticipación
profética de las cosas que vendrían.
En 1981 visitó Filipinas. Le encantó el personal y los participantes en el EAPI que
tuvieron el privilegio de escucharlo. El fuego todavía estaba allí, así como su
apertura y su visión imaginativa de la evangelización. Tuve la oportunidad de
compartir con él unos minutos durante una de sus muy pocas pausas. Fue en
Angono. Compartió su preocupación por la Compañía y lo resumió todo en su
última carta sobre el Amor. Esta fue su última palabra. Él ya estaba a punto de
irse: Al día siguiente voló a Bangkok y de Bangkok a la enfermería.
Yo lo visité en Roma tres años después, en 1984. En esa ocasión pude ver a
Francisco Javier en la costa mirando China. Don Pedro todavía ardía, deseoso de
comunicar, de inspirar, de estimular, de continuar su misión en cada uno de
nosotros. Sentí su calidez a pesar de su incapacidad por comunicarse, la frustración
de estar en cadenas, el dolor del momento.
La última vez que lo vi fue muy breve, en Roma. En 1987, tuvimos una
Congregación de Procuradores. No pudimos hablar con él. Su luz se iba, a pesar de
que todavía le quedaban cuatro años de vida. Fuimos testigos de su pasión, en
silencio, en oración, en acción de gracias. Estábamos viendo el final de una vida de
total coherencia, de gran amor, de una dedicación que no sabía nada de
condiciones ni de reservas.
Fue después de esta última visita que oí la historia. Un viejo japonés que había
recibido catequesis y el bautismo de un joven P. Arrupe compartió sus recuerdos:
"Pedí ser bautizado, no porque él fuera un buen catequista, sino porque entendí lo
que me dijo. No porque él intentara convencerme... sino por la Bondad de su
persona. Si el cristianismo, me dije a mi mismo, puede producir tanta calidad en
una persona, éste también sería muy bueno para mí"
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