La revolucion es un sueno etern - Andres Rivera

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Los turbulentos días de mayo de
1810 han quedado lejos. Tras ser
uno de los representantes de la
Primera Junta y el gran orador de la
revolución, Juan José Castelli está
confinado en su casa, derrotado
como hombre político y consumido
por una enfermedad que lo llevará a
la muerte.
Con las pocas fuerzas que le
quedan escribe ahora, en su
cuaderno de tapas rojas, sus
pensamientos y recuerdos. Ya no
hay lugar para las acaloradas
polémicas entre adversarios. Es que
«el invierno llega a las puertas de
una ciudad que extermina la utopía
pero no su memoria». Y ese deseo
malogrado de forjar entre todos un
país libre y justo se convertirá en
una obsesión de sus últimos días:
¿acaso hay alguna revolución que
pueda compensar la pena de los
hombres o se trata, simplemente, de
un sueño imposible?
Andrés Rivera
La revolución es
un sueño eterno
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Ninguno 07.12.13
Título original: La revolución es un
sueño eterno
Andrés Rivera, 1987
Diseño de portada: Ninguno
Editor digital: Ninguno
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A Susana Fiorito
Como todos aquellos que en cierto
momento de su vida cambian de
camino, me di vuelta a mirar lo
que dejaba a mis espaldas. En
aquella atmósfera borrosa de
lluvia y de niebla todo parecía
irreal.
J. D. PERÓN, Del poder al exilio
Todo es irreal menos la
Revolución.
LENIN
Cuaderno 1
I
Escribo: un tumor me pudre la lengua. Y
el tumor que la pudre me asesina con la
perversa lentitud de un verdugo de
pesadilla.
¿Yo escribí eso, aquí, en Buenos
Aires, mientras oía llegar la lluvia, el
invierno, la noche? Escribí: mi lengua se
pudre. ¿Yo escribí eso, hoy, un día de
junio, mientras oía llegar la lluvia, el
invierno, la noche?
Y ahora escribo: me llamaron —
¿importa cuándo?— el orador de la
Revolución. Escribo: una risa larga y
trastornada se enrosca en el vientre de
quien fue llamado el orador de la
Revolución. Escribo: mi boca no ríe. La
podredumbre prohíbe, a mi boca, la risa.
Yo, Juan José Castelli, que escribí
que un tumor me pudre la lengua, ¿sé,
todavía, que una risa larga y trastornada
cruje en mi vientre, que hoy es la noche
de un día de junio, y que llueve, y que el
invierno llega a las puertas de una
ciudad que exterminó la utopía pero no
su memoria?
II
Si entabló comunicación o trato carnal
con mujeres. Si se entregó al vicio de
bebidas fuertes o al juego, de modo que
escandalizase a los pueblos.
Soy un hombre casto y pudoroso,
señores jueces, hasta donde lo permite
nuestra santa religión católica. Y al
describirme como hombre casto y
pudoroso, sin ánimo de menoscabar a
ninguno de los aquí presentes, y aun a
los ausentes sin excusa, acepto, con
humildad, pero sin mengua de mi
castidad y pudor, el castigo que Dios —
por uno de esos mandatos que los
mortales jamás descifrarán— infligió a
Adán y a sus lascivos y obscenos y
abominables descendientes.
(Ruego que, cuando aluda a los
ausentes sin excusa, se vea, en la
alusión,
a
quienes
execran,
virtuosamente, en los jacobinos, la
nefasta y aciaga pretensión de seducir a
paisanos, indios y negros esclavos —
entendámosnos, señores jueces: la
chusma— para que escarnezcan,
derroquen y expropien a los que se
enriquecieron, y, al enriquecerse,
enriquecieron a estos territorios, sin
apelar a la usura, el contrabando; la
prolija evasión de los impuestos, y otras
sutilezas
que,
en
no
pocas
oportunidades, e inexplicablemente, la
prensa responsable calificó como una
exigencia de la libertad de mercado).
Perdón, señores jueces: soy, como
sabrán, propenso a la digresión. La
digresión —como sabrán— es un
componente, tal vez díscolo; acaso
furtivo, de la retórica. Permítaseme que,
perdonado, retorne a la irreprochable
pertinencia de la pregunta que se me
formuló.
No escapa al juicio de los aquí
presentes o de los ausentes sin excusa,
que la irreprochable pertinencia de la
pregunta se vincula con el destino de las
Provincias Unidas, como el cordón
umbilical con el feto que crece en el
vientre de la madre. Y si alguien de los
aquí presentes o de los ausentes sin
excusa supone lo contrario, recuerde que
se me llamó, no importa cuándo, el
orador de la Revolución. Y si fui
llamado, no importa cuándo, el orador
de la Revolución, y si a ese título, que
me escandaliza y abochorna, se le
agrega el de representante de la Primera
Junta en el ejército que marchó al Alto
Perú, ¿cómo no pensar que la
desordenada o concupiscente o disipada
conducta sexual que se le atribuye a
quien se nombró representante de la
Primera Junta en el ejército que marchó
al Alto Perú, y a quien se llamó —no
importa cuándo, en qué tiempos de
desvarío y furioso libertinaje— el
orador de la Revolución, pondría en
peligro los bienes y los negocios, la
tranquilidad, las siestas apacibles, la
celebración de los noviazgos y bodas
convenientes de quienes, con justicia y
razón, sienten que la nostalgia de los
días que antecedieron a la compadrada
de Mayo les invade el alma?
Pero, señores jueces, ¿se puede
conjeturar, como atinadamente podría
hacerlo alguien de los aquí presentes o
de los ausentes sin excusa, que el orador
de la Revolución y el representante de la
Primera Junta en el ejército del Alto
Perú sea —o haya sido— un individuo
lujurioso, desvelado por la perfección
de las orgías, con niñas de corta edad,
en su campamento de Laja, o inclinado a
revolcarse con mulatas, indias, damas
de inmaculado linaje o, por qué no,
ovejas sarnosas y malolientes, todo ello
dicho sin ánimo de ofensa a las reglas
del buen gusto, a otras no menos
periódicas, y a las abstinencias forzadas
por la Naturaleza, de los aquí presentes
o de los ausentes sin excusa?
Sí, señores jueces, la conjetura es
posible, a poco que los aquí presentes o
los ausentes sin excusa fuercen su
imaginación y desechen por pueriles,
obsecuentes, y también ambiguos, los
testimonios del cirujano Carrasco
—«nunca lo observé»—, del capitán
Argerich —«no le observé vicio
alguno»—, capitán García —«no ha
caído en los defectos que se notan en la
pregunta… Yo pude saberlo… viví con
él en la misma casa»—, fray Cuesta
—«no pudo ocultármelo por haberlo
tratado
íntimamente»—,
general
Balcarce —«viví con él, y nunca vi que
su conducta pública se viese manchada
por algunos de los defectos que plantea
la pregunta»—, y de otros porteños —
algunos de ellos, ateos— complacientes
con las bajezas que se imputan a quien,
hoy, todavía, les habla. (Desechen,
desechen los aquí presentes o los
ausentes sin excusa esos testimonios: los
aquí presentes o los ausentes sin excusa
saben, tanto o mejor que yo, que en toda
esa maldita eternidad que comienza
cuando uno penetra, con la ayuda de
Dios, a las damas de inmaculado linaje,
las damas de inmaculado linaje aúllan o
gimen, y los aullidos o gemidos de las
damas de inmaculado linaje —las
mulatas y las indias callan, dato
fisiológico
que
no
requiere
comprobación alguna—, sus corcoveos,
su irrepetible vocabulario del placer, lo
distraen a uno, le sustraen a uno, por su
monótona puntualidad, la capacidad de
discernir lo que es conveniente de lo
que no lo es).
¿Cómo, entonces, señores míos y
jueces e investigadores, un vástago de
familia cristiana, que honra a Nuestro
Señor Jesucristo y a la Virgen María,
nacido en Buenos Aires, benemérita
ciudad en la que ése y cualquier hombre
puede progresar —cosa que se reconoce
más allá de las fronteras de este
enajenable Virreinato—, y casarse y ser
padre de cuantos hijos el Padre
Celestial
quiera
darle,
y
proporcionarles, a esos hijos que el
Padre Celestial le pudo dar en su infinita
generosidad, un buen pasar y una
educación que les haga reverenciar, en
cada instante de sus vidas, los misterios
de la Iglesia, cómo, decía, ese hombre
iba a rebajarse a perpetrar aquello que
se condenó en Sodoma y Gomorra?
Yo, Juan José Castelli, hijo del
boticario o protomédico Ángel Castelli,
de origen veneciano, y María Josefa
Villarino, meramente mujer, ingresé,
niño aún, en el Colegio de San Carlos, y
luego pasé cinco años de mi vida en los
claustros del Colegio de Monserrat.
Déjenme que recuerde, señores míos
y jueces o investigadores. Déjenme que
recuerde la piedra de los claustros y la
humedad que se deslizaba por la piedra
de los claustros, y los cirios que
titilaban a los pies de un Cristo de
marfil, amarillento, doblado, pobrecito,
sobre sí mismo, con esa mancha de
sangre en el costado, los labios que
parecían murmurar Eli Eli ¿lama
sabachtani?, y sus párpados de marfil
caídos sobre los ojos que conocieron el
fulgor torturado del desierto, de la
soledad, de la impotencia.
Déjenme que recuerde la escualidez
del Cristo de marfil, amarillento, en los
claustros del Colegio de Monserrat, y la
difusa, blanquecina luz de los cirios,
allá, entre las piedras de los claustros,
en la muy docta ciudad de Córdoba, y
los rezos que se iniciaban apenas la
madrugada se insinuaba como un sudario
helado en los ventanales de nuestras
celdas. Déjenme que les recuerde a esos
muchachitos frágiles, de rodillas en la
piedra húmeda, brillosa y suave por el
roce de las rodillas de incontables
muchachitos frágiles, y a quienes el
sudario helado de la madrugada les
cortaba la nuca, y que año tras año, día
tras día, noche tras noche, elevan sus
cánticos, los ojos legañosos, al
Sufriente, tiritando de frío o de sueño o
de terror o de místico placer o de
extenuación. Déjenme que les recuerde,
sin ánimo de ofender al Hacedor y sus
indescifrables mandatos, lo que nos
crecía entre las piernas, a nosotros,
muchachitos frágiles, hijos de familias
cristianas, de pie o de rodillas en la
piedra brillosa de los claustros, y suave,
y corroída por la humedad. Recuerdo,
sin ánimo de ofensa, y quizá con
gratitud, los castigos que se descargaban
sobre los muchachitos frágiles cuando
sus cuerpos desoían los cotidianos y, a
veces, crípticos mensajes que marcaban
a la carne como fuente de toda aflicción,
suciedad y congoja. Déjenme que les
recuerde, y que recuerde, que los
muchachitos frágiles volvían, noche a
noche, a la intemperie de las celdas, y se
entregaban —lo quisieran o no— a las
delicias del sueño o a los espasmos de
la pesadilla, y mojaban sus calzones
antes de que el sudario helado de la
madrugada les mordiese las nucas, antes
de que sus confesores palpasen,
amanecer tras amanecer, en los muslos
de los muchachitos frágiles, la tibieza
magra y terca de sus leches, y el éxtasis
fugaz que de esas leches, muslos abajo,
nacía; antes de que sus confesores los
desnudasen y limpiasen las huellas del
éxtasis, y golpearan, con varas, en la
carne débil, las tentaciones del éxtasis.
Si recuerdan todo eso, como lo
recuerda el acusado, y puesto que
ustedes, señores jueces e investigadores,
y el acusado, vienen de honorables
familias católicas, y todo eso es un
sabio capítulo incorporado a la historia
de jueces y acusado, quizá les diga algo
que uno de los muchachitos frágiles que
se arrodillaba sobre la piedra brillosa y
suave y corrompida por la humedad de
los siglos, y alzaba los ojos legañosos
hacia el Cristo de marfil, amarillento,
sea, hoy, el doctor José Gaspar de
Francia. Ése es un nombre o un destino
que los señores jueces leen con
reprobación y desasosiego, y el acusado
con cautelosa expectativa. Esas lecturas
y otras, insidiosas o atroces o
proféticas, ¿enfrentan al acusado con sus
jueces?
Yo, Juan José Castelli, reconozco
que el rector del Colegio de Monserrat,
luego de dibujar la señal de la cruz
sobre mi frente, luego de acariciar, con
sus manos sarmentosas, la estola
púrpura que me cubría el pecho, anotó,
en su libro privado, que mi corazón es
docilísimo —subraye docilísimo, señor
escribano—, pero fácil de pervertirse si
tiene malos compañeros. Subraye donde
quiera, señor escribano: en malos
compañeros o en fácil de pervertirse. Al
representante de la Primera Junta en el
ejército del Alto Perú, al orador de la
Revolución —que es el hombre que no
reniega de su corazón ni de sus
compañeros— le da lo mismo.
¿Es, acaso, un tribunal, espacio
legitimado por el poder, donde
acusadores y reos, como si no fueran
acusadores y reos, como si no
simbolizaran, unos y otros, un mundo y
otro, deben dirimir qué es lo justo y qué
lo arbitrario, qué lo perverso y qué lo
digno? Aseguro a los señores jueces e
investigadores que sé algo de procesos y
sentencias, y que si no me río de las
generosas definiciones que mereció mi
corazón, y de la facilidad con que
antiguos camaradas de claustros y
éxtasis y leches derramadas podían
pervertirme, y tampoco me río de
algunos tribunales —sin ánimo de
ofender al aquí constituido y a los que,
sin duda, seguirán constituyéndose— es
porque tengo la boca lacerada, y porque
la boca y la lengua laceradas me duelen
cuando río y, además, boca y lengua
exhalan una pestilencia que, si río,
profanaría este augusto recinto de la ley.
Yo, Juan José Castelli, que partí de
Córdoba con la señal de la cruz
dibujada en mi frente, llegué a
Chuquisaca montado en una mula. Y,
como muchos otros, me doctoré en la
Universidad de Charcas. Dije, hace unos
segundos, que, por los caminos del
Norte, llegué, montado en una mula, a
Chuquisaca, el cuerpo frágil, todavía,
los ojos y el corazón dóciles, todavía, a
las indesmentidas enseñanzas de los
vicarios de Cristo: un hombre —
enseñan los indesmentidos vicarios de
Cristo— no es igual a otro hombre, a
menos que los dos sean ricos; y todos
los seres vivientes son criaturas de
Dios, salvo los negros, indios, judíos y
bestias similares.
Lo que vio, por los caminos del
Norte, un muchachito frágil, montado en
una mula, lo vio —perdida para siempre
la docilidad del corazón—, sobre la
grupa de los pingos ajados de la guerra,
el representante de la Primera Junta en
el ejército del Alto Perú. Y el
representante de la Primera Junta en el
ejército del Alto Perú se preguntó,
noche tras noche, día tras día, para qué
sirve mirar lo que no se puede cambiar.
Se lo preguntó hasta el instante en que
los señores jueces e investigadores aquí
presentes, y los ausentes con excusa,
comenzaron a interrogarlo.
Hágase constar, donde sea, que el
acusado tiene una respuesta para esa
pregunta que ocupó los días y las noches
del representante de la Primera Junta en
el ejército del Alto Perú, con excepción
del tiempo que prodigó en orgías que se
le imputan con niñas de corta edad,
mulatas, indias, damas de inmaculado
linaje y, también, con ovejas sucias y
sarnosas. Y es ésta: La historia no nos
dio la espalda: habla a nuestras
espaldas.
Hágase constar que el acusado no
reconoce que esa respuesta sea
incomprensible. Ni el muchachito frágil
que, montado en una mula, llegó, dócil
el corazón, a Chuquisaca, ni quien fue
llamado —no importa qué día de otoño
— el orador de la Revolución, ni el
representante de la Primera Junta en el
ejército del Alto Perú, ni el hombre que,
hoy y aquí, comparece sin más armas
que las palabras que expelen su boca y
su lengua laceradas, son Dios.
III
Yo, ¿quién soy?
Yo, que me pregunto quién soy, miro
mi mano, esta mano, y la pluma que
sostiene esta mano, y la letra apretada y
aún firme que traza, con la pluma, esta
mano, en las hojas de un cuaderno de
tapas rojas.
Miro la mesa en la que apoyé el
cuaderno de tapas rojas, y miro, en la
mesa, un tintero con base de piedra, y la
vela, gruesa, que alumbra el cuaderno,
la mesa y, creo, mi frente, mi boca y la
mano que escribe. Y una silla vacía, del
otro lado de la mesa, entre la vela y yo.
¿Qué soy? ¿Un actor que levanta sus
ojos de un cuaderno de tapas rojas, y
mira la transparente penumbra de una
habitación sin ventanas, de techo alto, y
que sugiere, desde ese escenario, al
público que lo contempla, que el
invierno llegó a la ciudad? (A la
izquierda del escenario, un catre de
soldado. A los pies del catre de soldado
—para que yo no olvide, sea yo quien
sea—, una manta color humo, limpia,
doblada con prolijidad. En la cabecera
del catre de soldado, enrollada, una
capa azul, que huele a bosta y sangre.
Entre la manta y la capa, un tablero de
ajedrez: las treinta y dos piezas del
juego son de peltre. El rey blanco y el
rey negro parecen muy altos y muy
encorvados, como si hubieran cargado
un mundo sobre sus espaldas. Tienen
cara,
supongo,
porque
están
encapuchados).
¿Soy un actor que, mudo, mira,
desde el escenario, al público que lo
contempla, y se ríe? (Sea quien sea el
que está en el escenario, no habla. Se ríe
sin abrir la boca, sin mover la lengua, y
la risa que le sacude el vientre suena
como un cajón que se cierra). ¿De qué
ríe el que está en el escenario, sea quien
sea el que está en el escenario?
¿Soy un actor que escribe que se ríe
de él y de las vidas que vivió: que se ríe
de la historia —un escenario tan irreal
como el que él, ahora, ocupa— y de los
hombres que lo cruzan, de los papeles
que encarnan y de los que renuncian a
encarnar? ¿De las marionetas que
proliferan tenaces en el escenario de la
historia, y que mastican ceniza? (Se ríe,
sea quien sea el que se ríe, sin abrir la
boca, sin mover la lengua, y la risa
suena en su vientre como un cajón que se
cierra: acaba de escribir marionetas,
acaba de escribir, por segunda vez,
escenario, y marionetas y escenario
proponen una metáfora ultrajada por el
uso y la trivialidad).
¿Soy el público que contempla a un
actor mudo, y que le devuelve, con las
simetrías implacables de un espejo, sus
representaciones; y que, sin embargo, a
veces celebra la risa de viejo
ventrílocuo que le emerge —
espasmódica, sigilosa y fría— del
centro del cuerpo?
Yo, ¿quién soy?
IV
Ángela, por favor, deme zapallo. Puedo
masticar zapallo. ¿Lee lo que escribí?
Acerque la vela. ¿Lee? ¿Sí? Zapallo,
Ángela. Y una empanada. Y vino. Un
vaso de vino.
V
Castelli, sentado en un banco de escolar,
mira, en el pupitre del banco de escolar,
una pila de hojas en blanco, la cara
absorta, los codos apoyados en el
pupitre de escolar, y la cara absorta
encajada entre las manos abiertas en v,
y, debajo de la cara absorta, el cuerpo
que enflaquece y la carne del cuerpo,
escasa, que se repliega sobre los duros
huesos del cuerpo y de las piernas, aún
ágiles, aún vibrantes y nerviosas,
enfundadas en las botas que se calzó una
atolondrada, remota noche de mayo para
deshacer un mazo de barajas españolas,
no muy lejos de la sala en la que
Viamonte, Luzuriaga, Montes de Oca,
Basavilbaso,
Valera,
responden,
circunspectos
y
rasurados,
al
interrogatorio
de
jueces
e
investigadores.
Si nuestra religión santa fue
atacada en sus principales misterios
por el libertinaje de ciertos individuos
del ejército.
Deshizo, Castelli, con la displicente
y ominosa arrogancia de un orillero, el
mazo de barajas españolas que el virrey
Cisneros abría, como un abanico, sobre
la mesa de juego. Y Castelli, el pelo, la
cara, la capa azul, que no huele a bosta y
sangre, y las botas mojadas por la lluvia
de esa noche de mayo, miró, sobre la
mesa de juego, las dispersas barajas
españolas. Rey. Infante. Oros. Bastos.
Espadas. Ahí estaban, las barajas
españolas, dispersas sobre la mesa de
juego, y ahí se levantaba el virrey
Cisneros, en esa noche de mayo, el
fuego del hogar a sus espaldas, y sus
ojos, en la larga cara rígida, miraron a
Castelli. Miraron a Castelli, y a la noche
de mayo que llovía; y a esa aldea
atolondrada y réproba y pretenciosa en
la que languidecía su cuerpo alto y
rígido de soldado, y a los blandos y
ubicuos cortesanos que manipularon, en
Madrid, su exilio no en el esplendor del
trópico, no en la adustez imperial de
Lima, no en el México cantado por
cojos, ciegos y mancos, para fascinación
de los parroquianos de las tabernas de
Castilla, sino en esa aldea, la más
pretenciosa e inmunda aldea de las
colonias.
Y después, Cisneros, alto y rígido,
que envejecía en la más atolondrada,
réproba, pretenciosa e inmunda aldea de
las colonias, y en la que olvidaba las
guerras en las que su cuerpo, alto y
rígido, se derrochó al grito de Cierra
Santiago, oyó la voz de un individuo,
magro de carnes, envuelto en una capa
azul, y el pelo, y la cara absorta como la
de un poseído, salpicados por la lluvia.
Y él, Cisneros, el soldado que envejecía
en la más atolondrada, pretenciosa e
inmunda aldea de las colonias, y que
olvidaba, en el sopor letal del exilio, las
guerras y las mujeres en las que
derrochó su cuerpo, supo que esa voz, la
voz susurrante y glacial del tipo con la
cara absorta como la de un poseído Si la
fidelidad a nuestro soberano, el rey
Don Fernando VII, fue atacada
procurando introducir el sistema de
libertad, igualdad, fraternidad, era,
allí, en esa noche de mayo, en esa pieza
entibiada por los fuegos del hogar, el
eco insano de los tambores, los códigos,
las proclamas, los cañones con los que
un casual aventurero corso despertaba,
en Europa, a la plebe y a sus oscuros y
bestiales instintos, y encendía la
imaginación depredatoria de jovencitos
melenudos, crispados recitadores de
versos y proverbios.
Y Cisneros oyó, en esa noche de
mayo, en esa pieza entibiada por los
fuegos del hogar, a ese individuo, cuyo
nombre no alcanzó a retener, quizá
porque esa noche de mayo fue muy
larga, y él abusó del coñac, decirle, la
voz como si estuviera adormecida, como
si llegase a él despojada de las
impregnaciones del despecho, el odio,
la revancha, que todo terminó, que
entregase el poder o lo que fuese que
simbolizara en su cuerpo alto y rígido, y
que la Francia napoleónica, dueña de
España, deja a España sin rey, y a
América del Sur dueña de si misma, y
que él era, apenas, un viejo cuerpo
exiliado en una aldea réproba e inmunda
que afilaba, desde esa noche de mayo,
los cuchillos del degüello. Quizá dijo
eso la voz como adormecida, como si en
la cara del poseído, salpicada por la
lluvia —escribe Castelli en un cuaderno
de tapas rojas—, no se moviesen los
labios, como si las palabras atravesaran
los labios del poseído sin las
agitaciones y los desfallecimientos del
discurso, como si alguien soñara, en el
silencio del sueño, la murmuración
queda y glacial. Quizá eso quiso
escuchar el cuerpo alto y rígido de
Cisneros, los ojos en un desbaratado
mazo de barajas españolas. O quizá
fuera eso lo que vio.
(Hable, Castelli, por nosotros, le
dijeron; en esa noche de mayo, sus
camaradas, y otros, ahora lo sabe, que
iban a morir, y que él, Castelli, nunca
conocería).
Deshizo, usted, mi solitario, y
Cisneros que olvidaba, en el sopor letal
del exilio, las guerras y las mujeres en
las que derrochó el cuerpo, sonrió.
Hubo una mueca en la larga cara rígida e
impasible de Cisneros, y un destello
como de regocijo en los ojos que
miraron las dispersas barajas españolas
en la mesa de juego. Y Cisneros, que
olvidaba y sonreía, habló: Usted, señor,
y yo, coincidimos, por decirlo así, en
esa paradoja que es Napoleón. Es
curioso y perturbador que, usted y yo,
coincidamos.
Todo terminó, repitió Castelli, como
si el cuerpo del cual emanaba la voz
murmurante y glacial se negara a creer
en la armonía, la literalidad, la lógica de
las palabras que emitía, la impredecible
realidad
que
cargaban,
las
depravaciones a las que estaban
expuestas, las expurgaciones a las que
serían condenadas.
Todo empieza, dijo Cisneros. Y
mientras sus manos grandes y flacas
recogían las barajas españolas dispersas
en la mesa de juego, se preguntó,
distraído, en qué guerras y con cuáles
mujeres derrochó su cuerpo. ¿Contra los
sarracenos? ¿Contra los mercenarios
suizos? ¿Contra los piratas ingleses?
¿En los prostíbulos de Andalucía, donde
las putas ocultan sus hemorroides
clavándose una rosa blanca en el culo?
¿En una salvaje condesa romana o en
una beata monja portuguesa? ¿En una
salvaje monja portuguesa? ¿O en una
beata condesa romana?
Castelli, sentado en un banco de
escolar, los codos apoyados en el
pupitre del banco de escolar en el que
está sentado, la cara apoyada en las
manos abiertas en v, mira las hojas en
blanco apiladas en la tabla del pupitre,
mira a sus jueces, y al Cristo de plata,
colgado sobre la cabeza de sus jueces,
en una pared alta y blanca, y mira a los
testigos que dicen llamarse Viamonte,
Luzuriaga, Montes de Oca, Basavilbaso,
Valera, y a sus uniformes con vivos de
color carmesí y botones dorados, y a los
labios que se mueven en las caras
rasuradas de los testigos, y mira, en la
luz plomiza que atraviesa los ventanales
de la sala, las respuestas circunspectas
de los testigos. Y, entonces, sabe.
Si el doctor Castelli supo de esto o
lo pudo saber.
Castelli sabe, ahora, sentado en un
banco de escolar, ahora que vuelve a
mirar las hojas en blanco apiladas entre
sus codos apoyados en el pupitre de un
banco de escolar, que esa remota noche
de mayo y de lluvia habló, con una voz
glacial y como adormecida, por sus
camaradas, que esperaban armados de
cuchillos, pistolas y bayonetas, a que él
saliera de la habitación en la que un
soldado rígido y envejecido, que
simbolizaba tres siglos de poder, o lo
que fuese, en la más apestosa y
presumida aldea de América del Sur,
desplegaba, en abanico, un mazo de
barajas españolas, y les dijera que eran
hombres y no cosas, y que sus sueños, la
inasible belleza de sus sueños, sería el
pan que comerían en los días por llegar.
Pero él, Castelli, les dijo, en esa
remota noche de mayo y de lluvia, la voz
glacial y adormecida, e impregnada de
odio, de revancha y de presagios:
Suban, y tírenlo por la ventana.
Sus camaradas, que nunca volverían
a ser tan jóvenes como en esa remota
noche de mayo y de lluvia, y que nunca
llevarían tan lejos una apuesta de vida o
muerte como en esa remota noche de
mayo y de lluvia, dijeron, después que
la voz de él, Castelli, era, apenas, un
susurro, si es que les susurró algo esa
noche de mayo y de lluvia, y si les
susurró algo, fue:
Castelli, que mira la pila de hojas en
blanco que yace en el pupitre de su
asiento de escolar, sabe, ahora, que
habló por los que no lo escucharon, y
por los otros, que no conoció, y que
murieron por haberlo escuchado.
Castelli sabe, ahora, que el poder no
se deshace con un desplante de orillero.
Y que los sueños que omiten la sangre
son de inasible belleza.
VI
Castelli mira las hojas en blanco,
apiladas en su pupitre de escolar, y cree
escuchar que le preguntan a Viamonte,
Luzuriaga, Montes de Oca, Basavilbaso,
Valera, como si nunca, antes, les
hubieran preguntado, a uno por uno, con
parsimoniosa contrición, si él, Castelli,
entabló comunicación o trato carnal
con mujeres, y cree escuchar, una por
una, las respuestas circunspectas de
Viamonte, Luzuriaga, Montes de Oca,
Basavilbaso, Valera, como si nunca,
antes, hubieran respondido, rasurados y
circunspectos.
Castelli mira las hojas en blanco y
escribe, en una tras otra de las hojas
apiladas sobre su pupitre de escolar, con
una letra apretada y aún firme:
¿Desean que el hombre al que se
llamó —acaso para escandalizarlo y
abochornarlo— el orador de la
Revolución, se levante y cuente, a los
aquí presentes y a los ausentes sin
excusa, las historias que, en voz baja,
circulan por las capillas privadas de
comerciantes y estancieros, por los
salones donde reciben las esposas de
comerciantes y estancieros, por la
Recova, que frecuentan miserables y
desheredados, acerca de los jueces de
un hombre al que se llamó —no importa
cuándo— el orador de la Revolución?
¿Que traiga aquí, para presentes y
ausentes sin excusa, lo que se sabe, sea
en la capilla privada o en el mercado de
esclavos, de los putos y putas que pasan
por las camas de los que preguntan si
nuestra religión fue atacada en sus
principales misterios? ¿No son ustedes,
señores Osuna, Mendizábal, Narvaja,
Escalante, a quienes vio el así llamado
—no importa por qué— orador de la
Revolución, allá, en el Norte, vestidos,
los más, de negro, durante la Semana
Santa, con luces o faroles y linternas en
las manos, en cuadros de a cuatro en
fondo, y dentro del cuadro, el señor
Francisco Osuna, por nombrar a un
vecino expectable y respetuoso de los
misterios
de
nuestra
religión,
enmascarado, desnudo de la cintura para
arriba, y la parte de abajo, las partes
pudendas del señor Francisco Osuna,
cubiertas con una muselina manchada de
sangre, y grillos en los pies del muy
señor Francisco Osuna, y el paso del
muy señor Francisco Osuna, entorpecido
por los grillos, como el de un borracho,
y dentro del cuadro de cuatro en fondo,
los muy señores Mendizábal, Narvaja y
Escalante, también respetuosos de los
misterios de nuestra religión, uno con
una esponja empapada en vinagre, otro
con una palangana que rebosa vinagre,
otro con un látigo que arrastra por el
suelo, y el muy señor Francisco Osuna
que, desnudo de la cintura para arriba,
se azota la espalda, y cuando no puede
azotarse, cuando finge que le falta el
ánimo, o cuando no finge que le falta el
ánimo, lo azota el muy señor Escalante,
que arrastra el látigo por el suelo y,
entonces, sólo se escucha; en la negra
noche de Semana Santa, los gemidos del
flagelante y del flagelador?
Se lo azota al muy señor Francisco
Osuna, que se tambalea por las calles de
piedra de la ciudad monacal, entre las
sombras de la negra noche de Semana
Santa y las sesenta iglesias de la ciudad
monacal, hasta que cae de rodillas,
gimiente, ante la hornacina en la que
relumbra, pura, en la negra noche de
Semana Santa, la imagen de la Virgen
María, yo te saludo, madre de Dios,
ruega por nosotros, pecadores, ahora y
en la hora de nuestra muerte. Amén.
Y al muy señor Francisco Osuna, en
la negra noche de Semana Santa, se le
atan los brazos a los maderos de una
cruz, Dios te salve, María, llena eres de
gracia, y engrillado, se arrastra,
imaginen cómo, en la negra noche de
Semana Santa, por las calles de piedra
de la ciudad de sesenta iglesias, y clama
al Cielo que el látigo limpie su carne de
pecado, el Señor es contigo, bendita tú
eres entre todas las mujeres, un freno de
hierro en la boca que clama, que el muy
señor Escalante sujeta con una mano,
mientras que, con la otra, alza el látigo y
lo descarga en la carne pecadora,
bendito es el fruto de tu vientre Jesús.
Y cuando la negra noche de Semana
Santa termina, cuándo la madrugada
esparce sus fríos por las calles de
piedra de la ciudad monacal, se rezan,
en las iglesias de piedra y plata de la
ciudad monacal, cien misas por el alma
de los penitentes. Ahora y en la hora de
nuestra muerte. Amén.
Castelli, que es uno de ustedes,
señores jueces, y que no tiene el corazón
dócil, admite que una risa de horror y
asco se levantó en el ejército del Alto
Perú a la vista de los principales
misterios de nuestra religión santa, y
que esa risa chambona ilustraba la
perplejidad del ejército del Alto Perú.
Esa perplejidad, que abrumaba al
ejército del Alto Perú, no se interrogó
qué satisfacían los castigos, las letanías
y los rezos en las ciudades de piedra y
plata del Alto Perú, en los rancheríos
del litoral, centro y sur del país, y en las
casas porteñas y en las almas de los
aquí presentes y de los ausentes sin
excusa, qué enseñanza descendía, para
Amo y Esclavo, del látigo, el freno, el
vinagre, la liturgia hispanoamericana de
la Semana Santa.
El que fuera representante de la
Primera Junta en el ejército del Alto
Perú admite que compartió la
perplejidad de los soldados bajo su
control, y se reprocha su soberbia y
despreciable fatuidad, al volver la
mirada a los inicios de una guerra de
hispanoamericanos
contra
hispanoamericanos, por no divulgar
entre jefes, oficiales y tropa bajo su
control la más espléndida máxima de
San Agustín: La misión de la Iglesia no
es liberar a los esclavos, sino hacerlos
buenos.
El acusado ruega al señor escribano
haga constar que menospreció la más
espléndida enseñanza de San Agustín, y
que, sin embargo, tiene la pretensión que
sabe fatua y soberbia, de defender la
verdad. La suya al menos. Hágase
constar, donde sea, que el acusado
proclamó, desde las gradas de
Kalassassaya, en Tiahuanaco, la libertad
del indio, cumpliendo órdenes que
recibió de la Primera Junta. Hágase
constar que los señores mineros y los
señores encomenderos por merced real,
que cobran tributo de por vida a los
indios, y que se flagelan en la negra
noche de Semana Santa, en las calles de
piedra de ciudades de piedra y plata,
deploraron la abrupta manumisión del
indio, y el señor obispo Lasanta, que
habló por esa caudalosa aristocracia,
dijo que el doctor Castelli y sus
compañeros son malditos del Eterno
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
El doctor Castelli, en su nombre, y
en el de sus compañeros, ausentes con
excusa, ruega se haga constar que él y
sus compañeros soportan la maldición
de la Santísima Trinidad con la misma
resignación que el trigo acepta, molido,
volverse harina; la harina, pan; el pan,
alimento de viejos y jóvenes, mujeres y
chicos; y el alimento, materia
excremencial.
El acusado, que vio a sus jueces orar
a la madre de Dios, y flagelarse,
crucificados, y morder el polvo de una
ciudad que no es Jerusalén, las bocas
rayadas por el freno, ruega se haga
constar que se abstiene de preguntar qué
bocas besaban las bocas rayadas por el
freno y qué dulces depravaciones
ocurren en las camas porteñas de los
que, en el Norte, se flagelan y oran,
crucificados, a la madre de Dios.
¿Desean, tal vez, los señores jueces,
que el que fuera representante de la
Primera Junta en el ejército del Alto
Perú revele el misterio de ese nocturno
rito penitencial, de esa exasperada
escenificación del Calvario?
Castelli cree escuchar que le
preguntan si tiene algo que agregar al
testimonio de los señores Viamonte,
Luzuriaga, Montes de Oca, Basavilbaso
y Valera. Castelli, que se pone de pie, el
cuerpo envuelto en una capa azul que
huele a bosta y sangre, y las piernas
enfundadas en las botas que se calzó una
remota noche de mayo para deshacer un
mazo de barajas españolas, mira la pila
de hojas en blanco que yace sobre su
pupitre de escolar, y mueve la cabeza,
de izquierda a derecha, la boca muda,
para que se sepa que dice no.
VII
—Usted puede hablar —dice el doctor
Cufré—. El arte de curar sabe poco del
hombre y de sus males. El arte de curar
sabe que el hombre es el signo abstracto
de la salud y la fuente inagotable de la
enfermedad. Eso sabe. Y es muy poco.
Nada, casi.
El doctor Cufré es un hombre joven
y alto, y algo impaciente. En Suipacha,
Potosí y Huaqui extrajo plomo y
metralla del cuerpo de porteños, negros
e indios y, sin reparar en grados y
apellidos, les cortaba los lamentos con
una risa estrepitosa y salvaje: No se
queje, paisano, que la patria lo
premiará.
Pero sentado frente a Castelli, en una
pieza sin ventanas, habla con una calma
desesperada de la salud del hombre, de
las penitencias que el hombre inflige a
su cuerpo, y de la casi infinita
ignorancia en el arte de curar.
—Fúmese un cigarro, doctor —
escribe Castelli.
Cufré acerca la vela, gruesa, al
centro de la mesa y lee, en un cuaderno
abierto, la invitación de Castelli.
Castelli abre un cajón de la mesa y
empuja una caja chata hacia Cufré. Cufré
levanta la tapa de la caja chata y saca un
cigarro. Lo enciende en la llama de la
vela.
—Usted puede hablar, doctor
Castelli —y el humo del cigarro sube
hasta el techo de la habitación en
penumbras—. Como si estuviera ronco.
O con dolor. O como si gruñera. Pero
usted puede hablar.
—No —escribe Castelli.
Cufré, el cigarro entre los dientes,
las manos que cortaron brazos y piernas
en Suipacha, Potosí y Huaqui, aferradas
al borde de la mesa, lee, en el cuaderno
abierto, la letra apretada y firme de
Castelli.
—Sí —y Cufré se levanta de su
silla, y la sombra alta de Cufré quiebra
la penumbra de la habitación.
—Para qué —escribe Castelli.
Cufré mira, en el catre de soldado,
las treinta y dos piezas de ajedrez, y
mueve, en el tablero, un peón blanco.
P4R. Luego, lo vuelve a la línea de
peones blancos. Mira, en su mano, el
cigarro, y la brasa del cigarro, y
pregunta:
—¿Me lo pregunta, doctor Castelli?
—Sí —escribe Castelli.
—Para no engañarse —dice Cufré.
—No me engaño —escribe Castelli
—. Y no hablo.
—Buen cigarro —dice Cufré, de
pie, las manos en la espalda, con la
ociosa serenidad de un dandy.
—Cuba —escribe Castelli.
—¿Por qué no habla, doctor
Castelli? —pregunta Cufré, que da la
espalda al tablero de ajedrez, que moja,
con la— lengua, la punta del cigarro, y
que mira a Castelli.
—¿A quién hablar? —escribe
Castelli—. ¿A quién es útil, hoy, la
palabra de Castelli?
—No me lo pregunte a mí. Soy un
cirujano. Y las almas no se operan —
dice Cufré, el cigarro entre los dientes,
como si, de pronto, le hastiaran sus
propias palabras, la casi infinita
ignorancia del arte de curar, la
obstinación del hombre que, del otro
lado de la mesa, escribe en un cuaderno
abierto, la ira glacial que encierra la
mudez del hombre sentado del otro lado
de la mesa, y la sospecha de que el
hombre sentado del otro lado de la
mesa, que no tiene piedad de sí, se la
exige a él, cuyo bisturí— no opera
almas.
—Tire la ceniza ahí, por favor —
escribe Castelli, y desliza, en dirección
a Cufré, una taza que contiene pequeños
trozos de galleta ensopados en té con
leche.
Cufré sonríe y golpea el cigarro en
el borde de la taza que contiene
pequeños trozos de galleta ensopados en
té con leche.
—Habrá que operar —dice Cufré,
calmo, sin aspereza, sin hastío, con una
piedad casi tan infinita como la
ignorancia en el arte de curar.
—De acuerdo —escribe Castelli.
—Si yo lo opero —dice Cufré—, le
cortaré la lengua tan lejos como crea
que el tumor haya llegado.
—De acuerdo —escribe Castelli—.
¿Y después?
—¿Quiere saberlo? —pregunta
Cufré, calmo paciente, laxo, sentado
frente a Castelli.
—Sí —escribe Castelli.
—Gruñirá y será difícil entenderlo
—dice Cufré.
—Bien —escribe Castelli—. ¿Y
después?
—Vivirá algún tiempo —dice Cufré,
calmo, con la voz ganada por una
paciente calidez.
—Dígame cuánto tiempo —escribe
Castelli.
—¿Quiere saberlo? —pregunta
Cufré.
—Soy Castelli —escribe Castelli.
—Oh, claro —dice Cufré, y ríe
suavemente.
—Perdón —escribe Castelli—.
Tengo que poner mis papeles en orden.
—Ponga sus papeles en orden lo
más pronto que pueda —y Cufré,
detestándose, detestando al hombre que
lo escucha, impávido, del otro lado de
la mesa, apaga la brasa de su cigarro en
la taza que contiene pequeños trozos de
galleta ensopados en té con leche.
Castelli deja la pluma sobre el
cuaderno abierto y mueve la lengua,
despacio, en la boca podrida, y la
lengua choca contra el paladar, y
Castelli se escucha hablar, escucha su
voz —gangosa y torpe y lenta— que
enlaza una palabra con otra:
—Créame, doctor Cufré: no hay dos
Castelli.
VIII
Ríase, ríase, Ángela. Así se reía su
madre cuando la conocí. ¿Castelli le
parece un viejito ensopando la galleta en
el té con leche? Ese mozo, el doctor
Cufré, dice que tengo el vigor y el pulso
de un muchacho de veinte años.
Ángela, ¿qué haría Castelli sin
usted?
IX
Siento frío en los dientes. ¿Qué se enfría
antes de que el cuerpo deje de ser el
infierno privado que uno ama, no
importa las abominaciones que, a uno, el
cuerpo le impone? ¿La sangre? ¿Los
pies?
Se me enfrían los dientes, coma lo
que coma. Cago pus.
Voy a morir. Y no quiero. NO
QUIERO MORIR, escribe Castelli con
letras mayúsculas. No quiero, escribe
Castelli, en una pieza sin ventanas, su
cuerpo que dispara palabras contra la
soledad que se termina.
Sálvenme, compañeros, escribe
Castelli, solo en la penumbra de esa
pieza en la que se encerró para no oír la
risa de los que festejan su derrota.
Compañeros, sálvenme.
¿Por qué yo?, escribe Castelli. ¿Por
qué tan temprano? ¿Qué pago? Todos
mueren: el rey y sus bufones, el amo y el
esclavo: alguien dijo eso, borracho, una
noche de verano. No así, escribe
Castelli. No solo. No rendido aún a la
fatiga de vivir. No objeto de la risa y la
piedad de los otros.
No planté un árbol, no escribí un
libro, escribe Castelli. Sólo hablé.
¿Dónde están mis palabras? No escribí
un libro, no planté un árbol: sólo hablé.
Y maté.
Castelli se pregunta dónde están sus
palabras, qué quedó de ellas. La
revolución —escribe Castelli, ahora,
ahora que le falta tiempo para poner en
orden sus papeles y responderse— se
hace con palabras. Con muerte. Y se
pierde con ellas.
No sé qué se hizo de mis palabras. Y
yo, que maté, tengo miedo. Y no me
respondí, escribe Castelli. Tengo miedo,
escribe Castelli. Y escribe miedo con un
pulso que no tiembla. Y esa palabra —
miedo— no es nada, no habla, no es
lágrima, no identifica, siquiera, ese
líquido negro, viscoso, que le sube por
el cuerpo, dentro del cuerpo; en esa
ciudad que compra palabras y que las
paga. Que las olvida.
Mírenme, escribe Castelli. Ustedes
me cortaron la lengua. ¿Por qué?
Ustedes tienen miedo a la palabra,
escribe Castelli. Y ese miedo se los vi,
a ustedes, en la cara. Lo vi en las caras
de ustedes, y vi cómo se las retorcía, y
cómo les retorcía las tripas.
Por qué escribe ustedes, escribe,
ahora, un hombre al que llaman Castelli,
y que gruñe como un chancho.
Un tiro, Castelli, un tiro en la boca
que hiede. Abra el cajón de su mesa,
Castelli, allí donde brilla, oscura, la
pistola, debajo de la tinta, la pluma y las
palabras que la pluma pone sobre el
papel, tan mudas como su boca que
hiede, y empúñela. ¿Por qué no recoge,
Castelli, la pistola que brilla, oscura, en
el cajón de su mesa, muda, ahora, como
las palabras que pone sobre el papel, y
la hunde en su boca, y aprieta el gatillo,
y pone fin al tiempo que le falta y cierra
la fuente negra y hedionda de las
palabras, el pozo negro y hediondo que
aún dicta las palabras que pone sobre el
papel, las respuestas que nada
responden, la podrida fuente del miedo?
La palabra miedo no dice nada de lo
que yo veo. No es miedo la palabra.
Castelli mira cómo Castelli abre
unos postigos de hierro para que vean
los otros, ustedes, eso que se pudre y
todavía tiembla y suplica. Abre su
cuerpo en dos, con manos como garfios,
abre postigos de hierro, y expone, mudo,
lo que se pudre antes de que se le
enfríen los dientes.
Aquí estoy, esperándote, dice
Castelli con su boca muda, putrefacta. Y
Castelli —escribe Castelli, una pistola
en el cajón de su mesa, debajo de la
tinta, la pluma y el papel en el que se
amontonan las palabras que escribe—,
Castelli invita a la muerte, desde la
penumbra en la que escribe, y una
sonrisa chirría en los dientes que se
enfrían, a que avance, como él, sano y
entero, vio avanzar a la infantería criolla
en Suipacha, erguida o encorvada, las
bayonetas en alto, los hombres de la
infantería criolla —porteños, negros,
mulatos, paisanos de la pampa, de las
sierras cordobesas, de las quebradas de
Jujuy y Salta y Tucumán—, encorvados
o erguidos, con las manos que les
sudaban apretando el hierro de los
fusiles, con la mirada puesta más allá de
los hierros de los fusiles y las
bayonetas, con los ojos puestos en esa
línea escarpada donde terminaba el sol,
en esa sombra floja y ondulante que se
recuesta al pie de la nieve pálida y dura
de los cerros, y que grita, loca,
desesperada,
¡Santiago!
¡Cierra
España! ¡Mueran los herejes! Te llamé
ahí, sano y entero, escribe Castelli. Y te
llamo desde una pieza a oscuras, solo,
sin banderas, sin palabras, sin los
hierros que empujé a la victoria. Vení,
escribe Castelli, en una ciudad de
comerciantes, usureros, contrabandistas,
frailes y puteríos, que lo dejó sólo, que
acobardó a sus compañeros, que los
exilió, que los maldijo.
(Compañeros, soy Castelli, escribe
Castelli. No me dejen solo, compañeros,
en esta
pelea.
¿Dónde
están,
compañeros? ¿Dónde, que tengo tanto
frío?).
Dicen que te llaman noche. Vení,
noche, que aquí está Castelli. Vení,
noche puta.
Castelli —escribe Castelli—, leé lo
que escribís. Y no llorés. Tachá las
líneas que escribiste entre paréntesis:
deberías saber, ya, que estos tiempos no
propician la lírica. Estás mudo en un
pozo negro más fétido que tu boca. No,
no es un pozo negro. Es el más grande
quilombo que el mundo haya conocido
nunca y al que bautizaron con el nombre
de Buenos Aires. Basta, Castelli,
escribe Castelli. La noche vendrá y el
hombre mudo, que escribe exorcismos y
que los sabe vanos, mira el trazo firme,
apretado y claro de su escritura.
Voy a morir, escribe Castelli. Trago
una cucharada de dulce de leche, escribe
Castelli con la mano que alzó la cuchara
cargada con dulce de leche. Y Castelli
lee, en una letra apretada y firme, que
traga, todavía, una cucharada de dulce
de leche. Y que va a morir. Si Dios así
lo dispone, escribe Castelli. Eso es lo
que Castelli lee, en una escritura
apretada y firme. ¿Y qué más lee
Castelli en esa escritura apretada y
firme, detrás de esa escritura apretada y
firme, en los silencios de esa escritura
apretada y firme? ¿Que a Castelli,
cuando escribió Si Dios así lo dispone,
una risa espasmódica, sigilosa y fría se
le enroscó en las tripas y que el dulce de
leche empastó la podredumbre que le
roe la boca?
Uno no sabe cuándo va a morir; uno
debe saber cómo va a morir. Leo lo que
escribí. Mi letra es firme y apretada. Mi
pulso no tiembla. No tiembla mi
corazón. Eso es bueno. Eso está bien,
doctor Juan José Castelli. Pero no
olvide que su tiempo se termina, y que
debe ordenar sus papeles. Escriba, el
pulso firme y sin temblores, bajo una luz
que se apaga. Escriba que no le importa
cuándo llegará al fin del camino.
Escriba que no le importa eso —saber
cuándo llegará al fin del camino—, con
una mano que no tiembla. Escriba que el
actor no miente en el escenario, y que su
pulso no tiembla.
Y en el escenario, cuya luz se
extingue, el actor escribe: la revolución
es un sueño eterno. Castelli escribe: es
hora de comer mi ración de zapallo
pisado.
X
Jugué P4R. Monteagudo jugó P4R. Jugué
C3AR. Monteagudo jugó C3AD. El
ajedrez, dijo Monteagudo, al mover su
caballo, es un juego feudal. Oh, escribí
en una hoja de papel. Escribí: Sírvale,
Ángela, por favor, café al amigo
Monteagudo: Y a mí, tráigame arroz con
leche.
A5C. Monteagudo movió C3A,
jugada cauta para un temperamento
como el suyo, receloso y arrebatado.
Noté que la fatiga lo abstraía a
Monteagudo. Tomó su café y me leyó un
artículo que firmó en La Gazeta.
El artículo reprocha a la Primera
Junta y a uno de sus principales corifeos
(elipsis que se presume elegante y que la
prensa adoptó para señalar a Moreno),
no haber equilibrado ardor con madurez,
y sustituir designios de conciliación con
las provincias por un plan de conquista.
¿Conciliación con quién, pensé, algo
distraído, sin proponerme la distracción
y el desencanto, quizá ya alojados en mí,
por lo que escuchaba, mientras
Monteagudo leía? ¿Con los dueños de
estancias pobladas por diez, veinte,
treinta mil cabezas de ganado, que sólo
aceptan, como bueno, que llueva, que las
tierras de pastoreo no se les inunden,
que el sol salga y se ponga, y que sus
impuestos no sobrepasen el valor de
dos, tres o cuatro novillos, haya guerra o
no, haya rey o no? ¿Con los paisanos
que viven de la caza de la vaca, la caza
más salvaje y menos riesgosa que nadie,
en la tierra, haya imaginado? ¿Con los
que sacan de arcas y bolsas de cuero
recocido, monedas de plata y oro, ante
la mirada estupefacta de los esclavos; y
las ponen a secar al sol, para que el
moho y la humedad no las ennegrezcan,
montañas tintineantes de monedas que
sus abuelos y sus padres juntaron para
borrar un pasado de porquerizos en la
España de Isabel La Católica?
¿Conciliación con las provincias, que no
son nada sin sus propietarios, o con sus
propietarios?
Al paso del ejército del Alto Perú
por Salta —y eso lo vimos usted y yo,
amigo Monteagudo: usted, tal vez, lo
olvidó— se formó una tropa con
paisanos voluntarios y la flor de los
caballeros salteños. Esos caballeros
salteños, y conspicuos patriotas,
pagaron de su bolsillo al armamento de
la tropa. Esos caballeros salteños —tal
vez usted lo olvidó, amigo Monteagudo
—, cada uno acompañado por su criado,
para que le lustrara las botas y le
limpiara las armas, y el jefe de esos
caballeros salteños, con catorce
esclavos a su servicio —personas,
según el señor Mariano Moreno, porque
eran blancas y vestían de frac o levita en
sus salones y en los salones de sus
amigos—, desfilaron por las quebradas
de la muy noble provincia de Salta,
patriotas e impacientes por heredar las
plantaciones de azúcar y vid, los
campos de trigo y las fábricas de sus
padres. Y negociaron, a caballo,
untuosos y febriles, con sus padres, la
posesión de la heredad. O los
asesinaron, cuando fue necesario, para
persistir taimados y orgullosos como sus
padres, desalojados sus padres de la
posesión de la heredad, por la
negociación o el asesinato, en comprar a
dos pesos y vender a cuatro, así no
queden, del país, más que cenizas. Jugué
A5C. Monteagudo, C3A.
Monteagudo, por lo que escuché,
justifica la expedición al Alto Perú: fue
secretario de la representación de la
Primera Junta en esa expedición. Ése es
un olvido que, por ahora, no puede
permitirse. (¿A qué consentimientos; a
qué incesantes abluciones purificadoras
se entrega un jacobino que pretende
aniquilar su pasado, que sé desprende
de él, acongojado, avergonzado, como
de una ropa vieja y pringosa que se pegó
al cuerpo en un momento de desdicha?).
Tache, Castelli, la pregunta que encerró
entre paréntesis. Todavía no, escribe
Castelli. ¿A quién alude, Castelli, con la
pregunta encerrada entre paréntesis?
Castelli no lo sabe, escribe Castelli. No
lo sabe Castelli, ni el actor que
representa a Castelli en el escenario
silencioso de una habitación sin
ventanas, ni el público que, silencioso,
contempla al actor mudo que representa
el papel de Castelli, en una habitación
sin ventanas.
Monteagudo me preguntó qué
opinaba del artículo. Jugué P3D. Y
escribí: ¿Qué opina la policía de su
artículo? No me interesa la opinión de la
policía, dijo Monteagudo, si es que sé a
quién se refiere. Y jugó P3D. Escribí oh.
¿Qué me quiere decir con ese oh? Y, por
fin, Monteagudo sonrió. Es un hermoso
muchacho cuando sonríe; lo vi sonreír
muy pocas veces: ésta es una de ellas.
¿Más café?, escribí. No deseaba que se
marchase, a pesar de su fatiga, de su
desgano, de ese núcleo de hielo que guía
sus actos, y que sus imprevistos
arrebatos esconden, y que yo no
alcanzaré a develar.
Pasé un buen día: la boca no me
jodió. ¿Para qué privarme de la
compañía de Monteagudo, que es uno de
los nuestros —el único, tal vez— que
golpea la puerta de esta pieza, una o dos
tardes por semana, riéndose, él que no
se ríe nunca, de los alcahuetes del poder
que le insinúan que convendría a su
seguridad y a su futuro espaciar las
visitas a un leproso político? ¿Para qué
escribí, entonces, que ardor y madurez
se contradicen, y que la madurez crece
cuando el ardor aprende? Escribí:
Somos oradores sin fieles, ideólogos sin
discípulos, predicadores en el desierto.
No hay nada detrás de nosotros; nada,
debajo de nosotros, que nos sostenga.
Revolucionarios sin revolución: eso
somos. Para decirlo todo: muertos con
permiso. Aun así, elijamos las palabras
que el desierto recibirá: no hay
revolución sin revolucionarios. Jugué
P3A.
Monteagudo se levantó de su silla,
bordeó la mesa, por la derecha, leyó,
por encima de mi hombro, lo que
escribí. Volvió a sentarse, y me miró,
pensativo. Jugó P3CR, y sus dedos
acariciaron largamente la cabeza del
peón. ¿Más café?, escribí. Y alcé la hoja
de papel, para que Monteagudo leyera lo
que escribí.
Sí, dijo Monteagudo, los ojos fijos
en el tablero de ajedrez. Pídale, por
favor, dos tazas a Ángela. La mía, sin
azúcar, escribí.
Al rato, regresó Monteagudo.
Ángela, que nos sirvió el café, me pasó
los brazos por el cuello:
¿Está bien, padre?
Sí, Ángela. Muchas gracias, escribí
en la hoja de papel. Y le besé las manos,
entrelazadas sobre mi pecho. La boca no
me jodía. Monteagudo acaba de irse.
Transcribo al cuaderno lo que escribí,
durante la tarde, en la hoja de papel.
XI
Castelli, ¿qué soñaste?, le preguntó,
anoche, María Rosa.
Castelli, boca arriba en la cama,
abrió los ojos a la oscuridad del
dormitorio, y llevó su mano, la que no
escribe, hasta la entrepierna desnuda de
María Rosa: La sintió húmeda y tibia.
¿Soñé?, preguntó Castelli, la mano
que no escribe, húmeda y tibia, en el
vientre desnudo de María Rosa, allí
donde, para las yemas de los dedos,
para la piel de la palma de la mano,
todo era sumiso y previsto.
Hablaste. Hablaste mucho. María
Rosa sonrió en la oscuridad.
Castelli pasó su lengua, herida, por
la boca que habló: ¿Soñé? ¿Es verdad
que hablé mucho?
Soñaste. Y hablaste mucho. Le recé
a Santa Rita, Castelli, para que te cure.
Y para que seas sólo mío, suspiró María
Rosa.
Castelli, sobre ella, que se hundía en
ella, se pasó la lengua, herida, por los
labios.
¿Es verdad que soñé y que, en el
sueño, hablé?
Hablaste, Castelli, hablaste, dijo,
húmeda, la boca de María Rosa. Y te
vas a curar.
¿Me voy a curar? La boca de
Castelli besó los ojos de la mujer que,
debajo de él, se movía, húmeda, cálida,
sumisa, previsible, insaciable.
Te vas a curar, y a ser sólo mío,
como ahora, dijo María Rosa, la voz
pastosa, repentinamente inmóvil debajo
de él.
¿Me voy a curar? La lengua le ardió,
a Castelli, en la boca que olía a
putrefacción.
Le hice una promesa a Santa Rita,
dijo María Rosa, que se reía como se
reía cuando terminaban de copular.
Castelli la abrazó, y ella, dormida
casi, su lengua, ensalivada y quieta en la
boca de él, murmuró, con la placidez
irreductible de la hembra satisfecha:
Santa Rita es la patrona de los
imposibles.
XII
¿Qué nos faltó para que la utopía
venciera a la realidad? ¿Qué derrotó a
la utopía? ¿Por qué, con la suficiencia
pedante de los conversos, muchos de los
que estuvieron de nuestro lado, en los
días de mayo, traicionan la utopía?
¿Escribo de causas o escribo de
efectos? ¿Escribo de efectos y no
describo las causas? ¿Escribo de causas
y no describo los efectos?
Escribo la historia de una carencia,
no la carencia de una historia.
XIII
Castelli lee en el periódico abierto
sobre la mesa: Doña Irene Orellano
Stark, que vive en la cuadra del Reloj,
frente al río, vendió mulata joven.
Castelli, que aún lee en el periódico
abierto sobre su mesa, que Doña Irene
Orellano Stark vendió mulata joven,
abre el cajón de su mesa, saca, del cajón
de su mesa, dos hojas de papel en
blanco y, en una de ellas escribe: PAPEL
PLUMA TINTA. En la otra, SOY CASTELLI.
Castelli que guardó, dobladas, las
dos hojas de papel en un bolsillo de su
chaqueta, monta a caballo, la capa que
huele a bosta y sangre envolviéndole el
cuerpo. Se palpa el bolsillo de su
chaqueta, antes de talonear al caballo: la
hoja de papel en la que escribió, con
letras mayúsculas, PAPEL PLUMA TINTA,
y la hoja en la que escribió, con letras
mayúsculas, SOY CASTELLI, están ahí,
dobladas por separado, rozándose.
Castelli, que no tiene apuro, oye
cómo se quiebra la escarcha bajo las
patas del caballo. La mañana de julio es
fría, y el viento, que llega del río, le
moja la cara.
Castelli, las riendas flojas en las
manos, no tiene apuro. Siente que el
viento, que llega del río, le moja las
mejillas, le atraviesa la flaca piel de las
mejillas y, de a poco, le calma, en la
boca, los chirridos punzantes que brotan
de esa contusa brasa de carne que es su
lengua.
El viento es mejor que el opio,
piensa Castelli, que no tiene apuro,
envuelto en una capa que huele a bosta y
sangre. La combustión lenta y pálida de
algo que no sabe qué es, dentro de su
cuerpo, lo sostiene sobre la montura,
inmune a las inclemencias y los halagos
de lo que sea: el viento helado y la
niebla que suben del río, la luz plomiza
e inmóvil del cielo, los sueños y las
cópulas que le depararán las inciertas
noches a venir, el juicio de los otros, los
ruegos secretos, las capitulaciones con
las que quiso alejar, de su carne, a la
muerte.
Suele ocurrir, piensa Castelli, que no
conoce palabras para designar a esa
combustión, lenta y pálida, que lo
sostiene, sin apuros, sobre la montura
del caballo. Ésta es la tercera vez que
me ocurre, piensa Castelli, las riendas
flojas en las manos.
La primera, recuerda Castelli,
ocurrió cuando deshizo, con un revés
displicente, el mazo de barajas
españolas que un soldado, alto y rígido
y envejecido, abría, como un abanico,
sobre su mesa de juego, en una remota
noche de mayo.
La segunda ocurrió después que el
ejército del Alto Perú se desbandó por
los desfiladeros, las pampas, las
empinadas tierras que se asoman a las
orillas del Desaguadero. También había
niebla, frío y escarcha en esa mañana de
junio. Castelli galopó, en esa
interminable
mañana
de
junio,
indiferente al clamor de degüello que
despedían los tambores de la tropa
realista y a las campanas de las iglesias
que, gozosas, llamaban a que él, Castelli
—que ahora no tiene apuro—, y sus
secuaces, que osaron liberar al indio de
la esclavitud de la mita en minas,
cañaverales, viñedos y tejedurías,
fuesen empalados, descuartizados, y lo
que quedase de los reos y subversivos
del orden público, cortadas y
distribuidas manos y cabezas por
pueblos y ciudades, para regocijo de
pueblos y ciudades, se lo cocinara a
fuego lento. Castelli, en esa mañana
interminable de junio, galopó en busca
del desquite, indiferente al loco aullido
de la turba, a las banderas negras que
ondeaban sobre las cabezas de la turba,
en las calles de piedra de Oruro o
Potosí, a las plegarias de los
propietarios de las minas, cañaverales y
viñedos —a Castelli, que cree que
formar
repúblicas,
organizar
gobiernos, dar a los estados una nueva
legislación, levantar ejércitos y
disciplinarlos, es hacer caldos de
jeringas y píldoras en la botica de su
padre, agárrenlo, ahórquenlo, cómanlo
vivo y chupen chicha sobre sus huesos
—, indiferente a los gritos de muerte que
cubrían, como una humareda, el cielo de
esa interminable mañana de junio.
Castelli vio a la turba, portadora de
muerte, enardecida por las escenas de
tortura y humillación que imaginaba, y
las bocas negras de la turba, y el aullido
obsceno que rajaba las bocas negras de
la turba, las bocas negras y rajadas que
esperaban carne para desgarrar, y chicha
para una mañana de gloria. La vio venir,
indiferente, envuelto en una capa que
olía a la sangre, propia o ajena, que se
derramó en esa mañana interminable de
junio, y a la bosta de los caballos que le
fusilaron en esa mañana interminable de
junio. La vio venir y, como ausente,
apuntó con su pistola, por encima de las
orejas del caballo que montaba, en ese
callejón de piedra alumbrado por una
luz fría y como enferma. Y en esa
mañana interminable de junio, mató. El
hombre que corría al frente de la turba,
con una lanza en las manos, una bandera
negra flameando en la vara de la lanza,
se detuvo, bajo la luz delgada y enferma
del invierno, en ese callejón de Oruro o
Potosí, laxa la tela negra de la bandera,
y fosforescentes la calavera y las tibias
estampadas en la laxa tela negra de la
bandera, como si hubiese escuchado,
entre la gozosa música de las campanas,
entre los aullidos Viva la Religión y el
Rey, las cuchilladas y las explosiones de
la pólvora, una voz que lo llamaba. El
hombre, detenido bajo la luz delgada y
como enferma del invierno, por la voz
que escuchaba, aflojó las manos
agarrotadas en la vara de la lanza; y la
tela negra de la bandera, con la calavera
y las tibias que fosforecían, pendió laxa
de la vara de la lanza. El hombre cayó, y
Castelli alcanzó a ver el agujero que el
plomo de su pistola abrió en la garganta
del hombre, y vio el estupor que esa
muerte infligía a la turba, el silencio que
le imponía, y se vio, a sí mismo, como
ausente, atravesar la turba enmudecida
—quebrada la obscenidad de las
escenas de tortura y humillación que la
turba imaginó—, y galopar, en la
mañana interminable, hasta que reunió a
los suyos, hasta que esa combustión
lenta y pálida se apagó en su cuerpo,
hasta que recobró la palabra, y su
palabra, si la dijo, recobró el énfasis y
la convicción del poseído, y sus
palabras, si las dijo, y sus ademanes,
con el énfasis y la convicción del
poseído, recobraron, para el desquite,
para la guerra, más interminable aún que
esa mañana de junio, a los voluntarios
de Charcas y Chuquisaca.
¿Qué hizo, qué dijo, si dijo algo, en
esa mañana de junio, para cortar la
espantada de los voluntarios de Charcas
y Chuquisaca, para cortar esa
hemorragia de pánico que desorbitaba
los ojos de los soldaditos porteños,
blancos y morenos, tan jóvenes ellos, tan
lejos de Buenos Aires, tan lejos del
mujerío ante el cual lucieron,
sobradores, los uniformes con los que
fueron vestidos por la Primera Junta?
¿Se paró frente a los que se
desbandaban, los puteó, carajeó, les
invocó la madre y su condición de
machos, la patria, los sagrados deberes
del soldado, la misión que se les confió?
¿Clavó su espada en los que, en la
espantada, volaban, casi, sobre la tierra
de esa inclemente geografía? ¿O estiró
las manos, callado, sin arenga alguna en
la boca, y paró a los espantados,
mostrándoles la cara y el cuerpo de un
hombre que había llegado hasta allí para
morir o matar, y al mostrarles el cuerpo
y la cara de un hombre que llegó hasta
allí, por una única vez, para implantar
supresión de tributos, reparto de
tierras, escuelas en los pueblos, o
morir, los avergonzó, y devolvió, con
las manos estiradas que paraban a los
espantados, un brillo humano a los ojos
de quienes, espantados, imploraban no
quedar ensartados en una bayoneta goda,
no consumir su juventud en las bóvedas
carcelarias de El Callao, no ser
entregados al garrote del verdugo?
Cuando la mañana, que parecía
interminable, llegó a su fin, cuando el
ejército, recuperado de la dispersión y
el pánico por sus palabras, si las dijo, y
sus ademanes de poseído, encendió las
hogueras de la noche, él bajó del
caballo y, envuelto en una capa que olía
a sangre y bosta, se durmió.
Soñó que lo velaban. Su ataúd
estaba vacío, y quienes lo velaban no
sabían que el ataúd estaba vacío.
Quienes lo velaban extendieron las
manos, como si se juramentasen, sobre
el ataúd vacío, e inclinaron las cabezas,
de las que colgaban tules de luto, hacia
la vaga luz esparcida sobre la tapa del
ataúd vacío. Él abandonó a los que
velaban un ataúd vacío y a la vaga luz
esparcida sobre la tapa de un ataúd
vacío, y caminó, por una pradera lisa y
oscura e infinita, hacia el borde de la
pradera lisa y oscura e infinita, hacia la
esfera púrpura que se alzaba en el borde
de la pradera lisa y oscura e infinita.
XIV
Ésta es la tercera vez que me ocurre,
piensa Castelli, que no tiene apuro,
envuelto en una capa que huele a bosta y
sangre, sobre la montura del caballo que
lo lleva a la cuadra del Reloj.
Es la tercera vez que fulguró, dentro
de mí, esa combustión lenta y pálida,
que no puedo designar con palabra
alguna, escribe Castelli en un cuaderno
de tapas rojas, de regreso a la pieza en
penumbras. Acaso sea la última, si Dios
no dispone otra cosa.
Se reitera, doctor Castelli, y sus
tripas no ríen. Deje de fanfarronear,
Castelli. Ponga punto después de última,
y tache el resto. Escriba que lo que
ocurrió —esa combustión lenta y pálida,
dentro de su cuerpo; las visitas a Doña
Irene Orellano Stark, en su casa de la
cuadra del Reloj; al negro Segundo
Reyes, en su madriguera de la Recova; y
a mister Abraham Hunguer, en la
vivienda que alquila a la vuelta de San
Ignacio—, le pesa como si hubiera
tenido que revivir lo que le ocurrió hace
miles de años.
Fúmese un cigarro, Castelli, y
escriba.
XV
Fue en Buenos Aires, una ciudad
aplastada contra la tierra por el sol del
verano austral, las iglesias mudas y
cerradas a la espera de la Cuaresma y
de la penitencia que disiparan la
lascivia que el verano austral y el
inverosímil aniquilamiento de la
primera invasión de las tropas de Gran
Bretaña instalaron en hombres, mujeres,
adolescentes, señores, damas, paisanos,
cuchilleros de los arrabales porteños,
esclavos y esclavas y demás bestias, y
aun
en
niños
que,
quizá
inadvertidamente,
pugnaban
por
conservar su inocencia.
Castelli era joven, bajo el sol del
verano que calcinaba a Buenos Aires,
una ciudad blanca y chata que se miraba
en las cartas marinas —qué lejos
aparecía esa isla, de la que llegaron los
invasores,
que
los
charlatanes
describían como envuelta en brumas
espesas y nórdicas, y helada como el
alma de un rufián—, y se miraba, más
cerca, al alcance de sus manos febriles
—muchacha
que
descubre
las
montuosidades que llenan su vestido—,
en los bruñidos trofeos que arrebató a
los gaiteros escoceses (o galeses o
irlandeses o de la raza de luteranos que
fuesen) de SMB[1].
Fue un Carnaval, antes del segundo
desembarco inglés.
Una bomba de agua estalló en la
espalda de Castelli, y Castelli, que era
joven, se coló por una puerta entornada,
estrecha y alta, de hierro y madera dura
y nudosa, y buscó, cegado por el
destello del sol contra los charcos
espejeantes del agua, en la repentina y
fresca oscuridad de un pasillo, la
escalera que conducía a la azotea, desde
la cual supuso, le empaparon el cuerpo y
las ropas.
Oyó, apagados, al pie de la escalera,
en un patio sombreado por una parra
tupida,
las
pueriles,
exultantes
incitaciones
del
Carnaval,
los
chicotazos del agua en los cuerpos, las
agudas tartamudeces que arrancaban, a
los cuerpos, los chicotazos del agua,
bajo el cielo puro y feroz del verano.
En la azotea, una mujer, el vestido
pegado a la piel, gritó su nombre. Él,
que era joven, y que era abogado en una
ciudad en la que los abogados sólo
podían atrapar las migajas que caen de
la mesa de los especuladores, la había
visto en alguna fiesta, en alguna
recepción ofrecida por uno de esos
traficantes de palabra melosa y
aborrecimientos despiadados, antes del
primer desembarco inglés, el cuerpo
macizo, la risa demasiado estrepitosa,
las joyas que abusaban del cuello corto
y grueso y de los dedos de las manos,
gordos y blandos, viuda, eso decían, o
altoperuana, quizá.
Castelli avanzó hacia la mujer que
gritaba su nombre y que corría por la
azotea, el vestido pegado a la piel, entre
los charcos de agua que el sol
evaporaba, la grupa tensa, los pies
descalzos que golpeaban en los charcos
de agua que el sol evaporaba,
salpicándose las pantorrillas, la boca
riente, abierta, con el nombre de Castelli
rebotándole en el paladar, los pezones
erectos bajo el vestido pegado a la piel,
el sol que crujía sobre ellos, y Castelli,
los brazos abiertos, que, por fin, la
acorralaba contra una de las esquinas de
la azotea.
Después, en la fresca oscuridad de
un salón o, tal vez, de una pieza
resguardada de los espejismos del
verano y del eco de las reyertas pueriles
y exultantes del Carnaval, Irene
Orellano Stark tembló, en los brazos de
Castelli, como si Castelli volviese a
mojarla, como si Castelli, volviese a
acorralarla en la azotea, y ella volviese
a acceder, jadeante, a que él, riendo, la
mojara, a que él, que era joven y
abogado, y que, sin embargo, reía,
explorara, con sus manos que no reían,
el vestido que se le pegaba a la piel.
XVI
Castelli escribe que Moreno les dice a
Pedro José Agrelo, a él, y a su primo,
Manuel Belgrano, que visiten a
Beresford, y lo tienten con una alianza
entre ellos y Su Majestad Británica.
Agrelo con una voz que podía anunciar
el Apocalipsis o la condena a muerte de
su madre, su amante, del enemigo, sin
permitir que la duda o la desesperación
le hiciesen decaer la voz o lo que sea
que la voz dijese, preguntó quiénes eran
ellos. Nosotros somos nadie, dijo
Moreno, impávido, suavemente. La
impávida cara lunar dé Moreno no
palideció ni se ruborizó, cuando dijo,
suavemente, mientan. Somos nadie, y
usted lo sabe, Agrelo. Entonces,
mientan. Ofrézcanle al gringo un buen
negocio. Inglaterra no nos necesita, dijo
Agrelo, con una voz no corrompida por
la fe o el descreimiento. Son
comerciantes, dijo Moreno, impávido,
suavemente. Belgrano y yo levantamos
los ojos: la cara lunar de Moreno,
blanca, picada de viruelas, fosforecía en
la oscuridad del cuarto que nos
encerraba a los cuatro, en los fondos de
un café, una tarde de verano, los cuatro
como diluidos en la oscuridad de la
habitación, amortiguada la estridencia
salvaje del Carnaval por la cortina de
lona, pintada con brea, que crujía roída
por los destellos del sol, echada sobre
la única ventana de la habitación.
Tengo fe, dijo Moreno, suavemente,
la cara que fosforecía. Creo en Dios,
Agrelo: usted no. Pacto con el diablo:
¿usted no?
Agrelo tradujo las presentaciones, y
William Carr Beresford dijo Caballeros,
están en su casa: un rudo soldado inglés
se complace en saludarlos, y su cara
gorda se infló con una risa que le hizo
toser, y se palmoteó las rodillas, y la tos
y la risa le doblaron el cuerpo gordo y
ágil de cuarentón, y Agrelo tradujo que
el general Beresford se pregunta si es
nuestro huésped o nuestro anfitrión.
Mi primo, Belgrano, que es un
exquisito cultor de las buenas
costumbres, palideció, y se sentó en una
silla, y dijo: Dígale, Agrelo, que Buenos
Aires se complace en castrar y colgar de
sus árboles a los soldados rudos, por
más hijos de puta que sean, incluidos los
ingleses. Agrelo tradujo: Al doctor
Belgrano le complace que él general
Beresford, prisionero de la ciudad de
Buenos Aires, conserve el humor.
Beresford dejó de reír, y miró a mi
primo, pálido, que aún murmuraba las
palabras de la ofensa y los ojos de
Beresford se helaron en la cara roja y
gorda como un bofe, y dijo, Caballeros,
seguramente escucharon hablar de
Oliver Cromwell. Bien: él, un
republicano de extendida y funesta fama
—nada que los involucre, caballeros—,
nos enseñó, a los soldados rudos, orar,
mantener la pólvora seca, y que, al final
del camino, puede aguardarnos la horca,
el olvido o la gloria. ¿Whisky, señores?
Beresford se dirigió a un armario,
tan ágil como uno puede pensar que lo
es un rudo soldado británico, y nos
sirvió whisky, y Agrelo dijo que el
whisky es un linimento irlandés para
mulos, y yo comencé a orar. Abundé en
perífrasis: dije, ahora lo resumo, que
nosotros, que habíamos derrotado a
Inglaterra,
pactaríamos
con
el
mismísimo diablo —nada que involucre
al señor general— para sacarnos a
España de encima. Y que le ofrecíamos
a Inglaterra un excelente mercado, y
excelentes negocios, si Inglaterra se
interponía entre España y nosotros.
Shit, mister Castelli, dijo Beresford,
la cara roja como un bofe, los ojos
claros que bajaban hacia su vaso vacío,
y que, después, miraron a Agrelo, claros
y duros, y Agrelo, de pie, con una voz
que no pactaba con nadie; tradujo:
Inteligente, muy inteligente, mister
Castelli.
El gringo se sirvió whisky, y sin
mirarnos, los ojos claros y duros en los
pastos de la pampa sobre los que se
ponía el sol, dijo: Ésta es una tierra
fecunda como ninguna otra que haya
conocido en veinticinco años de
servicio, poblada por gentes cautas y
pacíficas y amables como ninguna otra
que haya conocido en veinticinco años
de servicio al reino de Gran Bretaña…
Caballeros, en mi bando del 27 de julio,
ofrecí respetar la propiedad privada, los
derechos, privilegios y costumbres de
las personas decentes de Buenos Aires,
y previne a los esclavos que SMB no los
emanciparía y que debían obedecer, a
sus dueños. El 4 de agosto expedí un
decreto por el cual declaraba libre el
comercio en el Río de la Plata: sugería
que el pueblo podría disfrutar de la
producción de otros países a un precio
moderado. Todo ello, y ustedes no lo
ignoran, llevó al prior de la iglesia de
Santo Domingo a consignar, desde su
púlpito, en un español comprensible, tan
comprensible, diría, como el de mister
Agrelo; que el poder viene de Dios. E
Inglaterra es el poder: no se me ocurre
cómo decirlo de otro modo… Doctor
Castelli: Inglaterra no renunciará a las
dos perlas más hermosas de su corona:
las colonias, no importan los efímeros
traspiés que sufrió en su conquista, y
Shakespeare. Never.
Agrelo, que interrumpía al sudoroso
general con corteses Plis, mister
Beresford, tradujo, de espaldas al sol
que se ponía sobre los pastos de la
pampa, y las vacas que rumiaban los
pastos de la pampa, que los
comerciantes de la provincia de Buenos
Aires celebraron que Beresford redujese
las tasas aduaneras; y maldecían en
alcobas, cabildos, cafés, prostíbulos, y
otros lugares tan respetables como ésos,
las conspiraciones que hervían en los
zaguanes de sus propias casas.
Inglaterra, tradujo Agrelo, el linimento
irlandés para mulos intacto en el vaso
que sostenía en la mano derecha,
renunciará a sus colonias, si Dios así lo
dispone, pero no a Shakespeare.
God, dijo Beresford, Inglaterra es un
imperio gracias a los niños que mueren
en sus minas, y que mueren como
moscas por caprichosos, necios o
maleducados. Curiosamente, los negros
y los indios también mueren como
moscas en las minas de la América
española. Son datos estadísticos.
Originan, creo, algún comentario
piadoso en los predicadores, y las
blasfemias indecorosas de Bill Blake.
Una misma ley para el león y para el
buey es opresión, escribió Bill Blake.
Bien: y si eso es vendad, ¿qué? Todos
mueren: los niños blancos en las minas
inglesas de carbón, hierro y plomo; los
negros y los indios en las minas de plata
y oro de la América española; los
soldados; los poetas; los predicadores;
el almirante Nelson; los reyes y sus
vasallos; los ricos y sus pobres; los
jacobinos
y los
chuanes; los
revolucionarios y sus verdugos; los
maestros y los alumnos. ¿Qué queda de
los que mueren? ¿Quién recogerá el
crujido de sus zapatos sobre la tierra?
The wine of life is drawn, and the mere
lees is left this vault to brag of.
¿Qué es lo que recita?, preguntó
Belgrano perplejo, socavadas, quizá, sus
inflamaciones patrióticas por la
percusión, como abstracta, como
indemne a las devastaciones del tiempo,
musical y tersa y todavía indevelable,
que esa lengua extranjera dispersaba en
una habitación de paredes de adobe,
calcinada por el verano pampa. Dijo,
tradujo, Agrelo, con una voz que
desconocía la hesitación, el adjetivo
impuntual las tediosas suntuosidades de
la retórica, que los atardeceres de esta
tierra, dulce como ninguna otra que haya
conocido en veinticinco años de
servicio, le evocan los prados, las rosas
de Inglaterra, y los roast-beef de sus
cenas; que estos atardeceres dulces,
silenciosos y melancólicos, cubren sus
ojos de lágrimas, su corazón de pena, y
le aproximan las vejaciones de la
ancianidad.
Beresford, que se paseaba por la
pieza, una sombra ágil y gorda y
paciente, a la espera de que Agrelo
cesase de transmitirnos la difusa tristeza
qué una puesta de sol en la pampa
despierta en el alma ruda de un soldado,
se sirvió whisky en su vaso, y lo tomó, a
grandes tragos, parado en la lechosa
blancura que entraba por la puerta de la
pieza, cerrados los ojos claros y duros
en la cara roja y gorda como un bofe.
Nosotros —Agrelo, de pie, en algún
lugar de la habitación que olía a sudor,
polvo, pasto, a las emanaciones
nocturnas de la tierra reseca por el
verano pampa, Belgrano y yo—
escuchamos el gorgoteo del alcohol en
la garganta del rudo soldado, y, después,
a Beresford, que chasqueaba la lengua.
Los invito, caballeros, a compartir
nuestro destino: súbditos del más grande
imperio de la tierra, gozarán de sus
libertades no escritas. Se les asegurará
buenos leños para él hogar de sus
chimeneas; podrán redactar
sus
memorias o, si les place, leer algún
texto pecaminoso, sin temor a los
excesos de la censura. Por la sangre y
por el clima, ustedes son propensos a
las aventuras galantes: se las comentará
con discreción… Mis amigos opinan
que mister Castelli es un hombre de
grandes méritos. Bien: a los hombres de
grandes méritos se les levanta estatuas,
en las plazas de Londres.
¿Quiénes son ustedes, caballeros?
¿En nombre de qué, caballeros, invaden
el retiro, temporalmente forzoso, de un
rudo soldado, y le proponen tratos que
avergonzarían a un salteador de
caminos?, tradujo Agrelo, de pie en
algún lugar de la habitación, su voz,
inaccesible a la asepsia y la exaltación,
una nota más alta que el zumbido de los
insectos atrapados en la lechosa
blancura que partía la habitación, en
dos. Belgrano se levantó de su silla, y
yo oí, vencido por el calor y el
linimento irlandés para mulos, cómo
manaba de su boca ese sombrío,
desenfrenado resentimiento que el
idioma español pone en la injuria, y a
Agrelo, con esa voz que no pacta con
nadie, Belgrano, cuide su corazón. Shit,
tradujo Agrelo, la voz que no pactaba,
siquiera, con su almohada.
God, repitió Beresford, y la risa y la
tos doblaron su cuerpo gordo y ágil en la
oscuridad pegajosa de la habitación.
Castelli escribe, con un pulso que
todavía no tiembla, que galoparon, en
silencio, de regreso a la ciudad.
Moreno, que tenía fe, creía en Dios y
pactaba con el Diablo, os esperaba en la
larga noche de verano y Carnaval. Y
Moreno, que nos esperaba en la larga
noche de verano y Carnaval, dijo,
odiándonos, odiando en nosotros la
jugada perdida, que éramos nadie, y que,
entonces, nada se había perdido. Eso es
lo que repitió, infatigable y calmo,
revestido
de
orgullo,
odio
e
insoportable tenacidad. Eso es lo que
repitió en la larga noche de verano y
Carnaval, hasta que las palabras se
consumieron, y no fueron palabras ni
sonidos ni el eco de una remota
desesperación que aún vaga por la
memoria humana. Todo este maldito lío
durará cien años, dijo Belgrano, como
con asombro, como con alivio, como si
se lo declarase inocente del Calvario de
Cristo. Cien años: ¿qué son cien años?
El tiempo de una siesta sudamericana: la
risa de Agrelo estalló seca y contenida.
A dormir, compañeros, que es bueno
para la salud.
Castelli que no era, todavía, el
orador de la Revolución, ni el
representante de la Primera Junta en el
ejército del Alto Perú, ni el hombre que,
a las puertas de un tribunal, escuchó en
los gritos de afrancesado jacobino
impío su condena y su amarga victoria,
ni la enjuta carne que se angosta sobre
los huesos duros y apacigua la
putrefacción de su lengua con leche de
ángeles, buscó, aquella noche de verano
y Carnaval, a Irene Orellano Stark.
Encontró una perra.
Castelli, cuyo corazón era, todavía,
docilísimo, hastiado de los fugaces
espejismos que auspician los pactos con
el Diablo, del verano pampa, de las
efusiones poéticas de un rudo soldado
extranjero, de los furiosos latidos de los
tambores del Carnaval, hizo gemir a la
perra. La faena no fue divertida, salvo
para la perra. La perra, a la que hizo
gemir, gozó.
XVII
Castelli, que no tiene apuro, a caballo,
envuelto en una capa que huele a bosta y
sangre, entra a Buenos Aires, en una fría
mañana de julio.
El carnaval, si ocurrió, ocurrió hace
miles de años, escribe Castelli, el
cigarro en la boca que apesta, la letra
apretada y aún firme, y las palabras, que
la letra apretada y aún firme traza, que
se depositan ahí, en una hoja de
cuaderno, que no transmiten la airada
crepitación de aquel verano; ni,
tampoco, la libertad ni la ruptura con
algo, fuere lo que fuere ese algo, que
crepitaban en las tardes y en las noches
de aquel verano. Castelli escribe, el
cigarro en la boca que apesta, el
Carnaval, si ocurrió, ocurrió hace miles
de años, porque las palabras, las que su
letra apretada y aún firme puede trazar
en una hoja de cuaderno, traicionan al
recuerdo. Y si el recuerdo se traiciona a
sí mismo, la escritura traiciona al
recuerdo, escribe Castelli, el cigarro en
la boca que apesta.
Castelli entra, ahora, a una ciudad de
viudas y mutilados, comerciantes y
patrones de vacas, a una ciudad
saqueada por la guerra. Castelli, que no
tiene apuro, entra, ahora, a una ciudad en
la que vive Doña Irene Orellano Stark,
que retornó del Norte, de feudos
alhajados de plata y obstinación, servida
por el indio Joaquín, que cría pájaros y
grita, como le enseñaron los capataces
españoles de las minas, guardia
guardia, con la voz ahuecada de un
guacamayo.
Castelli baja del caballo en la
cuadra del Reloj, y golpea en la puerta,
alta y estrecha, de hierro y madera dura
y nudosa, de la casa de Doña Irene
Orellano Stark. Castelli, que no tiene
apuro, espera, en la mañana fría de
julio, envuelto en una capa que huele a
bosta y sangre.
Castelli que no tiene apuro,
escribirá, esa noche, que vio a sus
jueces orar al Eterno Padre, al Hijo y al
Espíritu
Santo,
y
flagelarse,
crucificados, y morder el polvo de una
ciudad de piedra, que no es Jerusalén,
confortados por el obispo Lasanta y su
clerecía, y se preguntará, esa noche, con
una escritura apretada y aún firme sobre
las hojas en blanco de un cuaderno de
tapas rojas, qué bocas besan las bocas
rayadas por el freno de hierro, y qué
exorcismos se montan en las casas
porteñas de los que, en el Norte,
flagelados, oran a la Santísima Trinidad,
confortados por el obispo Lasanta y su
clerecía, por los mismos que urgieron le
cortaran las manos y la cabeza al
representante de la Primera Junta en el
ejército del Alto Perú, y se diseminaran,
por pueblos y ciudades, manos y cabeza
del reo y subversivo del orden público,
y se cocinara a fuego lento lo que
quedara del reo y subversivo del orden
público.
Castelli, de pie, ahora, frente a una
puerta alta y estrecha, en la calle del
Reloj, escribirá que, en el Norte,
reencontró a Doña Irene Orellano Stark,
en una vasta casa, con colgaduras de
damasco y oro, capilla propia, y
símbolos de un poder —grillos y
cadenas, un tráfico de cincuenta mil
mulas al año, y mil o dos mil carretas,
vaya uno a saber, a nombre de las
familias que dictan la ley, y el
despiadado aborrecimiento por el indio
y el mestizo— que la Primera Junta y su
ejército no supieron doblegar.
O respetaron, escribe Castelli, en un
cuaderno de tapas rojas, de regreso a la
pieza sin ventanas, un cigarro en los
labios, el tablero de ajedrez y las piezas
de peltre, desplegadas en el tablero de
ajedrez, en el catre de soldado. Nadie
escribe sobre esas casas, esas mujeres,
ese comercio. Se escribe La
Representación de los Hacendados, mi
primo Belgrano escribe endechas
económicas, se escriben poemas a las
niñas de buenas familias, antes de que
les nazca el primer hijo, pero nadie
escribe sobre esas casas, esas mujeres,
ese comercio. En esas casas, de las que
no se escribe, los hombres que se rayan
la boca con un freno de hierro,
introducen sus miembros en un agujero
tibio y húmedo y, a veces, infernal. En
esas casas, y en sus galpones, hundí en
ese, a veces, infernal y pegajoso
agujero, mi miembro, y lo hundió mi
primo, el doctor Belgrano, y lo
hundieron los paisanos, los soldados, y
los señores Osuna, Mendizábal,
Narvaja, Escalante, Tagle, Tellechea,
Lezica, Alzaga, que pagaron las más
bellas misas que esta ciudad recuerde, si
algo
recuerda.
Un
país
de
revolucionarios sin revolución se lee en
aquello que no se escribe.
(Una pulsera de plata brillaba en el
tobillo izquierdo de Irene Orellano
Stark. Y quizá en el derecho. El
representante de la Primera Junta en el
ejército que marchó hacia el Norte, para
liberar a los pueblos y enarbolar, por
donde fuese, la bandera de la igualdad,
no alcanzó a ver las pulseras en los
tobillos de Irene Orellano Stark; o las
imaginó, joven como era y apurado
como estaba. Juan José Castelli chupó
plata en la punta olorosa de las tetas que
se erguían en la helada noche
altoperuana, duras y opulentas las tetas
bajo el techo de la vasta casa con
colgaduras de damasco y oro, capilla
propia, grillos y cadenas, esos no
abolidos símbolos del poder, que él
contempló sin apuro, joven como era,
antes de que llegase la helada noche
altoperuana. Él, a quien llamaban, aún,
el orador de la Revolución, contempló,
en silencio, esos no abolidos símbolos
del poder. Eso hizo él, bajo el techo de
una vasta casa con colgaduras de
damasco y oro, antes de que llegase, a la
vasta casa con colgaduras de damasco y
oro, la helada noche altoperuana.
¿Chupó, el doctor Juan José Castelli, en
los botones de plata, sudor y sangre y
silencio y muerte en los socavones de
las minas, vidamuerte vertiginosa, fugaz
como las lluvias de verano? La vida es
corta para leer lo escrito y actuado en
la materia. Mal sistema, se quejaba el
representante de la Primera Junta en el
ejército del Norte, en una larga nota, la
letra apretada y firme, a la Primera
Junta. Y, ahora, solo, en una pieza sin
ventanas, reescribe esa línea, los labios
cerrados sobre un cigarro que se apaga).
La puerta, alta y estrecha, se abre, y
Doña Irene Orellano Stark sonríe, desde
un pasillo oscuro, a la fría mañana de
julio, a Castelli, envuelto en una capa
que huele a bosta y sangre, parado en
esa vereda de la calle del Reloj, y a la
humillación que le inferirá, que saboreó,
noche a noche, atendida por el indio
Joaquín, en la cama a la que él, Castelli,
trepó una tarde de Carnaval.
Castelli, en una sala donde bailó, no
recuerda cuándo, un minué con Irene
Orellano Stark, extrae, de uno de los
bolsillos de su chaqueta, un papel
doblado. Y lo despliega. Irene Orellano
Stark, que sonríe, busca papel, pluma y
tinta, en una repisa colmada de frascos
de perfume y abanicos, alfileres, peines
y collares.
¿Dónde está Belén?, escribe Castelli
en la hoja de papel que le alcanzó Irene
Orellano Stark, que no deja de sonreír,
el cuerpo macizo y como compensado
por una sabia paciencia, el cuerpo
macizo vistiendo y calzando la ropa y el
calzado que ornamentan —eso mira
Castelli— una larga, una sabia
paciencia.
Sonríe Irene Orellano Stark, de pie
frente a lo que es, envuelto en una capa
que huele a bosta y sangre, Juan José
Castelli o, quizá, la representación de lo
que fue, corroída por el soplo glacial
que sube de las encías tumefactas a los
ojos que no parpadean, vacíos,
desteñidos, y que ahueca, en los ojos
vacíos, desteñidos, el reflejo de la
sonrisa de Irene Orellano Stark.
En esa sala atiborrada de
almohadones, terciopelos, frascos de
perfume, candelabros, abanicos, fuentes
de plata, alfileres, peines, abalorios,
Juan José Castelli, los ojos vacíos y
desteñidos, traga hilos de saliva: el
corto muñón purulento que es su lengua
empuja hilos de saliva hacia abajo,
hacia el vientre y los riñones, y más
abajo todavía. Castelli, envuelto en una
capa que huele a bosta y sangre, los ojos
vacíos y desteñidos de los que se borra
la sonrisa sigilosa de la mujer que
habla, escucha a la mujer que habla. La
mujer que habla ciñe su cuerpo y sus
tetas con un vestido que reverencia la
salud de un cuerpo y de unas tetas que él
chupó y estrujó en una inadmisible
noche altoperuana o, tal vez, en una
irrisoria tarde de Carnaval. Y Castelli,
los ojos desteñidos y vacíos, que
escucha a la mujer que habla, aquieta,
bajo el paladar, el muñón de la lengua.
Se le extingue, a Castelli, la combustión
lenta y pálida, que no puede designar
con palabra alguna, que fulguraba dentro
de su cuerpo, como fulguró cuando
deshizo, de un revés, el mazo de naipes
que un soldado español, alto, rígido y
envejecido, abría, en abanico, para leer
la cuantía de su exilio. Entonces,
Castelli, aquieta el muñón de la lengua,
y el muñón de la lengua se le encoge,
como si los dedos del doctor Cufré,
rápidos y precisos, volvieran a
introducirse en su boca, cerrados sobre
algo que brilla, y emergieran de ella, de
ese agujero negro que era su boca,
enarbolando un pedazo de carne
amoratada y putrefacta que aún se
contorsionaba.
Castelli, los ojos vacíos y
desteñidos, aquieta, bajo el paladar, el
muñón de la lengua. Y su cuerpo que
estalla, silencioso, como un agujero
negro en la luz y el silencio eternos del
universo, implora unas malditas gotas de
láudano. (¿Fue así Castelli?, escribe
Castelli, la letra apretada y aún firme,
los labios cerrados sobre la punta del
cigarro que humea, en una pieza sin
ventanas).
Castelli, que escucha el parloteo de
Irene Orellano Stark, que escucha el
sonido ondulante que, al parlotear;
expelen los labios de Irene Orellano
Stark, junta hilos de saliva en la boca
que se le pudre. Y Castelli, que junta
hilos de saliva en la boca que se le
pudre, levanta, entre su boca que se
pudre, y la boca de Irene Orellano Stark,
que expele un sonido ondulante y
perfumado, el papel en el que se lee
¿Dónde está Belén?
Irene Orellano Stark, cuyo cuerpo y
cuyas tetas recuerdan una inadmisible
noche altoperuana y una tarde porteña de
Carnaval, las humillaciones que cuerpo
y tetas gozaron y a las que se sometieron
en una inadmisible noche altoperuana y
en una tarde porteña de Carnaval mira el
papel en el que se lee ¿Dónde está
Belén?, y ríe, en la todavía fría mañana
de julio, y la risa es perfumada y
ondulante, y dice que vendió a Belén a
un precio que está lejos, muy lejos de
resarcirla de lo que invirtió en esa
mulata descarriada. E insoportable. Y
presumida. Y dice que vendió a la
impertinente mulata a un precio que
desanimaría a cualquier persona
honorable que deseara recuperar, en un
plazo prudencial, lo que invirtió en
educar, vestir y alimentar a un lote de
negros sucios y enfermos, subastados al
mejor postor por la Compagnie de
Guinée. Y los Orellano Stark, como bien
lo sabe el doctor Castelli —dice la
señora Irene Orellano Stark, que alisa,
con sus manos, los pliegues que la risa
levantó en el vestido que ciñe su cuerpo
macizo—, prefirieron el trato elegante
de los empleados de la Compagnie de
Guinée a la hosquedad brutal de los
sajones de la South Sea Company, y
compraron un lote de negros sucios y
enfermos, y lo educaron, vistieron y
alimentaron. Y le enseñaron el español,
y le pulieron la dicción que, como bien
lo sabrá el doctor Castelli, es una tarea
que pondría a prueba la paciencia de un
santo. De allí, de ese lote de negros
sucios y enfermos, al que la familia
Orellano Stark educó, vistió y alimentó,
y apartó, hasta donde pudo, de ritos
horrendos y africanos, salió la réproba.
Odio, usted lo sabe bien, doctor
Castelli, los detalles promiscuos. No
voy a enumerar, tampoco, los desvelos
de la familia Orellano Stark por inculcar
lealtad y mansedumbre a alguien que
nació insolente y presumida. Y debo
decirle, doctor Castelli, ya que la
ocasión se presenta, que sus antiguos
compañeros, a los que Dios iluminó,
escribieron que la insolencia, la fatuidad
y los desplantes del populacho, aquí, en
Buenos Aires, y en todo el virreinato,
fueron alimentados por los discursos de
demócratas furiosos, hambrientos de
sangre y pillaje. Déjeme preguntarle,
entonces, doctor Castelli: ¿no vale eso
para la innombrable?
Castelli, que junta hilos de saliva en
su boca tumefacta, el muñón de la lengua
inmóvil bajo el paladar, no se pregunta
en qué tertulia, recepción, sala
atiborrada de terciopelos, almohadones,
candelabros, grillos y cadenas, qué
lenguas deslizaron, untuosas, vengativas,
lánguidas, despechadas, crueles, en los
oídos de la señora Irene Orellano Stark,
la imagen de demócratas furiosos;
hambrientos de sangre y pillaje. Castelli
dobla, con cuidado, con ceremoniosa
serenidad, con un esmero que se
demora, el papel en el que se lee
¿Dónde está Belén?
Castelli, el papel doblado en el que
se lee ¿Dónde está Belén?, en un
bolsillo de su chaqueta, transcribe, a un
cuaderno de tapas rojas, en la noche de
esa fría mañana de julio, las amargas
líneas, traducidas por Agrelo del
francés, que predecían el destino de
aquello que intentaron los demócratas
furiosos, hambrientos de sangre y
pillaje. ¿Qué da la revolución a los
desheredados? Después de haber
alcanzado, en un principio, ciertos
éxitos, el movimiento revolucionario
resulta, a la postre, vencido; le faltan,
siempre, conocimientos, habilidad,
medios, armas, jefes, un plan de acción
fijo, y cae indefenso, ante los
conspiradores, que disponen de
experiencia, habilidad y astucia.
Castelli, que guarda, en un bolsillo
de su chaqueta, el papel en el que se lee
¿Dónde está Belén?, escucha el parloteo
de Irene Orellano Stark. Castelli, la
cabeza caída sobre el pecho, escucha el
parloteo de Irene Orellano Stark.
Escucha que la indecorosa mulata
mezcló bosta de gato con leche de
virgen y esencia de azahar, y que le
sirvió, a su dueña, de postre, el satánico
menjunje,
para
que
su dueña
envejeciera, y se arrugara, y se le cayera
el pelo. Y que, descubierta la felonía,
ella, Irene Orellano Stark, ordenó que
quitaran a la mulata el vestido que
tapaba
sus
vergüenzas,
y los
mamarrachos que le colgaban del cuello,
y que la azotaran, ahí, ahí donde usted
está parado.
Castelli, mirándose escribir, palpa,
en un bolsillo de su chaqueta, el papel
doblado en el que se lee ¿Dónde está
Belén?, y anota que Irene Orellano Stark
es, en la cama, perfecta; en política,
irremediablemente
estúpida.
La
perfección y la estupidez de la señora
Irene Orellano Stark no son un consuelo
para nadie, Castelli. Tache, entonces,
esas líneas. Castelli, que junta hilos de
saliva en su boca entumecida, escucha
que Irene Orellano Stark nunca le dirá
quién compró a la desagradecida ni a
dónde fue llevada, así me lo pida de
rodillas. ¿Me pediría, el doctor Castelli,
de rodillas, que le diga quién compró a
la bruja?
En la sala que se entibia, Irene
Orellano Stark, que expele un parloteo
ondulante, alza los brazos en el aire de
la mañana de julio que se entibia, y
cuenta los azotes que descargó en la
vandálica mulata, en la bruja que le
ofreció, de postre, un satánico menjunje
para que envejeciera, arrugara y se le
cayera el clítoris, como bien lo sabe el
doctor Castelli.
Castelli detiene sus ojos vacíos y
desteñidos en la suave, oscura pelusa
que brilla, húmeda, sobre el labio
superior de Irene Orellano Stark. ¿Y si
pasara la lengua por esa humedad que
brilla en la pelusa suave y oscura?
Castelli aferra, en el aire entibiado de la
sala, el brazo derecho de Irene Orellano
Stark. Siente, en sus dedos flacos, el
pulso vehemente de Irene Orellano
Stark. Y ve que el estupor cercena la
cháchara ondulante de Irene Orellano
Stark; ve, a través del vestido que luce
Irene Orellano Stark, la repentina tiesura
de sus pezones. Castelli, los ojos vacíos
y desteñidos, contempla, a la luz de la
mañana de julio, la palma rosada de la
mano derecha de Irene Orellano Stark, y
sus dedos, tiesos como los pezones,
enjoyados de anillos de oro y plata.
Castelli escupe, en la palma rosada
y en los dedos tiesos y enjoyados, los
hilos de saliva purulenta que juntó en la
boca que se le pudre. Y antes de que
alguien, sea quien sea, allí, en esa casa y
fuera de ella, pudiera escuchar los gritos
y los sollozos convulsos de Irene
Orellano Stark, Castelli, los ojos
desteñidos y vacíos, extinguida la
combustión lenta y pálida que fulguraba
dentro de su cuerpo, empuja la palma
empastada con una flema amarillenta y
pestilente, hacia la cara de la mujer que
va a gritar, que se va a ahogar en
espasmódicos
sollozos
que
no
amenguarán la palabra sacerdotal y,
tampoco, las compresas frías.
Castelli sale de la casa, palmea el
cuello del caballo, inquieto por el grito
que viene de la casa, y lo monta, y mira
la mañana de julio, el río y el cielo de
julio, y echa, en la boca que escupió
hilos de saliva purulenta, un chorro de
opio y alcohol.
XVIII
¿Llovió en la infundada noche del 5 de
julio de 1807? Castelli escribe que
disparó su fusil contra las escurridizas
sombras de los soldados ingleses, desde
una azotea de Buenos Aires, hasta que
llegó la noche, si la hubo, del domingo 5
de julio de 1807. Después bajó de la
azotea y caminó hacia el Fuerte entre
barricadas y gemidos, antorchas, gritos
desaforados de centinelas, olor a sangre,
excrementos, carne asada, vino, orines,
lluvia quizá.
Allí, en una sala del Fuerte, bajo la
luz de las lámparas y detrás de una larga
mesa de madera en la que había papeles
sucios, cigarros, tinteros, sables y balas,
canastos de paja con empanadas que
chorreaban grasa, fusiles, jarras de vino,
estaba, de pie, Martín de Alzaga.
Estaba de pie, Alzaga, los largos y
flacos brazos y las manos, cuidadas, de
dedos largos y flacos, que recogían, de
la larga mesa, papeles sucios en los que
un amanuense asentaba los mandatos, las
imprecaciones que él le dictaba,
distante, inescrutable, empecinado, para
que se consumase, durante una noche de
domingo y en las calles de una aldea
réproba y pretenciosa, las más afrentosa
catástrofe que ejército imperial alguno
registre en sus anales. Y Alzaga, de pie
detrás de la larga mesa, repartía entre
jefes y soldados, ricos y esclavos,
blancos
y
negros,
mensajeros
extenuados, centinelas vociferantes,
jarras de vino y empanadas que
chorreaban
grasa,
y
mandatos,
imprecaciones, dones y sentencias, que
un amanuense transcribía a papeles
sucios, para que en una noche de
domingo, por segunda vez en doce
meses, pusieran de rodillas al invasor y
arrastraran sus banderas por las calles
de una aldea réproba, inmunda y
pretenciosa.
Alzaga, que repartía mandatos,
imprecaciones, dones y sentencias, mira
a Castelli, los ojos como piedras
lavadas por la sal y la niebla del mar, y
le pregunta si está informado de la
etimología vasca de la palabra Alzaga.
Castelli, el pelo y la capa, que aún no
olía a bosta y sangre, mojados por la
lluvia de una infundada noche de julio,
responde. No lo sé, señor. Mi padre,
señor, nació en una ciudad edificada
sobre el agua. Alzaga mira al tipo
enjuto, mojados pelo y capa por la
lluvia que caía sobre Buenos Aires en
una infundada noche de julio, y que dice,
sin sonreír, que Venecia es una ciudad
construida sobre el agua, y en cuyos
mercados y canales y puentes y palacios
se vende la alegría de vivir. Alzaga
escucha eso, de pie detrás de la larga
mesa, el cuerpo flaco y duro como el
granito, y mira al tipo que lo dice, y le
tiende, distante e inescrutable, una jarra
de vino.
Alzaga, de pie detrás de la larga
mesa, dice que la traducción castellana
de Alzaga es abisal, árbol de tronco
limpio, madera muy dura y algo
amarillenta, que crece en terrenos
aguanosos. De la familia del abedul, del
aliso, doctor Castelli. Su corteza, o las
hojas de su copa, son un remedio eficaz,
se cree, contra la rabia. La madera, muy
dura, doctor Castelli, muy dura, la usan
los artesanos para diseñar instrumentos
musicales: eso, sólo a los tontos, le
sonaría paradójico. Castelli, mojados el
pelo y la capa que aún no olía à bosta y
sangre; sin mirar a Alzaga, de pie detrás
de la larga mesa, en la sala de la que
partían, con papeles sucios en las
manos, ricos, esclavos, jefes, soldados,
mensajeros extenuados y centinelas
vociferantes,
murmura:
Algunos
apellidos no son casuales: ¿eso quiere
decirme, señor?
Eso, doctor Castelli. ¿Leyó, doctor
Castelli, El Cantar del Mío Cid?
Castelli, que mira a Alzaga, de pie
detrás de la larga mesa, el cuerpo flaco
y como de granito, y en la mesa, la jarra
de vino y el vino que no tomó, los
sables, las empanadas que chorrean
grasa, los papeles sucios en los que un
amanuense
transcribe
mandatos,
imprecaciones y sentencias, dice: Leo un
libro interminable: El Quijote.
¿Ese manual que enseña cómo
perder el tiempo de la manera más
estúpida posible?, pregunta Alzaga, y la
grieta opaca que se abre en su cara
inescrutable y empecinada es como una
sonrisa. Lea, doctor Castelli, El Cantar
del Mío Cid: Los españoles son buenos
vasallos cuando tienen un buen señor.
Y lo tendrán, doctor Castelli. Un señor
de la vida y de la muerte. Avísele a sus
amigos. Dígales que ellos y usted están
empiojados. Que la ideología luterana
de igualdad, libertad y fraternidad la
inspira El Maligno… ¿De qué se ríe,
doctor? ¿De que mencione al Maligno?
¿De que Alzaga se parezca a esas viejas
brujas a las que no se les va El Maligno
de la boca? Los buenos vasallos
entenderán a su señor cuando les hable
de El Maligno. Alzaga es madera dura y
se hará entender. Créame: cuando un
palo duro cae sobre el lomo de la gente,
la gente come mierda y besa la mano que
maneja el palo. El Maligno existe y
sopla vientos de peste. Los sopla en
París, en España, en Europa. Y los sopla
aquí, en estas tierras, para probar el
temple de los soldados de Dios. Avise a
sus amigos que el vino de los soldados
de Dios es de buena cepa. Que no lo
rechacen. Que se lo tomen. Que se lo
tomen y llegarán a viejos.
Soy joven, dice Castelli, que nunca
tuvo tanto frío como en esa infundada
noche de julio. La familia de mi padre
nació en Venecia, una ciudad en cuyos
mercados se vende la alegría de vivir, la
luz mediterránea que consoló al penoso
Ulises, y los tallarines que Marco Polo
trajo de la China.
Buenos Aires tiene más locos de los
que necesita, dice Alzaga, los ojos como
piedras lavadas por la sal y la niebla del
mar. Dígale eso a sus amigos.
XIX
Cuando un hombre, que es joven y que
se cree inmortal, siente que todo se
derrumba —el porvenir vaticinado en
los pactos con el Diablo, los sueños de
inasible belleza, la utopía que se doraba
como un pan en la inimaginada
fragilidad de la conspiración—, busca a
una mujer. Cuando todo se derrumba, la
mujer queda, resiste: Nadie sabrá decir,
nunca, por qué.
En la noche del 5 de julio de 1807,
si la hubo; Belén le quitó, a Castelli,
botas y capa mojadas por la lluvia de
esa noche u otra, y las ropas
humedecidas por la lluvia de esa noche
u otra, y desnudo, lo bañó en un tacho de
latón, en la cocina de la casa de Irene
Orellano Stark.
Belén hundía sus manos en el agua
caliente y jabonosa que llenaba el tacho
de latón, en el que flotaba Castelli, los
ojos cerrados, joven todavía, y
creyéndose, todavía, inmortal, y las
levantaba, cerradas como un cuenco
sobre la cabeza de Castelli, y las abría,
despacio, y un hilo grueso de agua
caliente y jabonosa caía sobre el cuello
y la cabeza de Castelli.
Castelli dejó de temblar, y Belén le
frotó las carnes entumecidas, y las
ablandó y las entibió. Castelli abrió los
ojos, y miró a la mulata Belén, que le
pasaba las manos por las carnes que se
desentumecían, y que le contaba la huida
de su dueña, Irene Orellano Stark, hacia
el Alto Perú como se la contó a inicios
del otoño, cuando parroquianos de
pulperías y cafés, entre invocaciones a
la legendaria valentía hispana, risitas
socarronas, partidas de taba y billar,
apostaban dagas, patacones, caballos,
mujeres, vino de Burdeos, a quién
acertaba en cuál lugar de la costa
desembarcarían, por segunda vez, los
británicos, Dios los haga arder
eternamente en el infierno.
Belén contó, envuelta en el humo de
las ollas de agua que levantaba del
fogón de la cocina, y que dejaba caer en
el tacho de latón, que la señora Irene
Orellano Stark apiló, en cofres herrados,
bolsas y más bolsas de monedas de oro,
y fuentes, aros, anillos, brazaletes;
cubiertos y candelabros de plata,
vestidos de seda y raso, collares y
piedras preciosas, y pieles de Rusia,
sábanas de hilo, colchas, cortinas y
frascos de perfume. E hizo cargar, por
sus esclavos, en tres retumbantes
galeras, los cofres herrados.
Belén, envuelta en humo, contó que
la señora Irene Orellano Stark hizo
cargar, por sus esclavos, en tres
retumbantes galeras, los cofres herrados,
y que, cargados los cofres herrados en
las tres retumbantes galeras, contrató
una partida de hombres provista de
fusiles, pistolas y sables para que
custodiase las tres retumbantes galeras y
a los esclavos que distribuyó en las tres
retumbantes galeras.
Belén, envuelta en humo, secó el
cuerpo desentumecido de Castelli con un
toallón peludo, y contó que la señora
Irene Orellano Stark dispuso que uno de
sus capataces armase a los esclavos
para que vigilaran, desde las tres
retumbantes galeras, a la partida de
hombres que contrató, el horizonte, y el
tranco de los caballos que tirarían de las
tres retumbantes galeras.
Belén, que secaba el desentumecido
cuerpo de Castelli con un toallón
peludo, contó que la señora Irene
Orellano Stark, al pie de una de las
galeras, le hizo repetir, por enésima vez,
las instrucciones que le había impartido
para que la casa, los muebles y objetos
—incluida Belén— que no fueron
cargados en las tres retumbantes galeras,
quedasen a salvo de la codicia de los
británicos.
Belén arropó a Castelli en un toallón
seco, y le hizo sentar a la mesa de la
cocina, y contó que las tres retumbantes
galeras se lanzaron a una carrera
desenfrenada, y que el polvo que levantó
el galope insomne de los caballos tapó
los árboles, el sol del otoño y hasta los
techos de las casas. Y eso fue, contó
Belén, que puso delante de Castelli un
plato dé sopa, una botella de vino, pan,
un vaso, y un pedazo de queso, poco
antes de que al doctor Castelli se le
ocurriera visitar a la señora, que lo
extrañaba, y que se preguntaba por qué
el doctor Castelli, que la había divertido
tanto en el verano, no se aparecía por la
casa, pese a que la señora, que lo
extrañaba, le avisó que lo extrañaba.
Castelli, esa noche, que la hubo,
tomó la sopa que le sirvió Belén, el
vino, y comió pan y queso y, con el
cuerpo desentumecido, habló de los
palacios encantados de Constantinopla y
Alejandría, y de los puertos del mar
Negro donde los venecianos compran
sedas, pieles, perfumes, alfombras,
especias, y venden la alegría de vivir.
Castelli habló de Venecia y de Marco
Polo, de la fiesta que Marco Polo
ofreció en su castillo. Espero que me
creas, Belén: la fiesta tuvo lugar en
1292, pero aún se comenta. Marco Polo
se vistió de príncipe tártaro, tiró piedras
preciosas sobre las mesas de sus
invitados (piedras falsas, Belén: Marco
Polo era veneciano, pero no zonzo), y
dijo que las mujeres de la China eran
suaves como el loto.
Castelli, esa noche, que la hubo, fue,
otra vez, un joven profeta iracundo que
embiste contra las columnas del templo.
XX
Llovía, en Buenos Aires, la noche del 5
de julio de 1807. La noche del domingo
5 de julio de 1807. ¿Hubo, en el tiempo,
una noche de domingo, un domingo de
julio; y de 1807, iluminada por las
erráticas salvas de los fusiles, y una
lluvia, intermitente y fría, en la que
usted, señor Martín de Alzaga, me
habló,
empecinado,
inescrutable,
distante?
Si la hubo, está tan lejos como el
cielo que miré, hoy, a caballo, la leche
de los ángeles endulzándome la boca
que ultrajó la cara de una mujer. Tan
lejos como usted, señor Alzaga, que
cuelga de un palo, está de mi, que, a
caballo, lo miro colgado de un palo. Lo
miro con un sabor dulce en la boca; lo
miro, distante y empecinado, sin
complacencia ni pedantería, y miro,
despacio, sus piernas, oh, sus piernas, el
pausado vaivén de sus piernas duras,
secas, amarillentas, en el aire de julio.
No se lo ve bien, señor Alzaga, bajo el
malsano cielo de julio. La chusma,
fascinada por el bamboleo de su cuerpo,
y los cuerpos de su yerno, del capataz de
sus empresas, de su amigo, el muy
pundonoroso
Francisco
Tellechea,
confraterniza,
ávida
e
impune,
palmeándose, besándose, aplaudiéndose
en un payaso que se arrodilla y lame,
extasiado, los palos de los que usted
cuelga, y que recuerda a la chusma que
confraterniza, excitada, ávida e impune,
el lejano día en que Alzaga, señor de la
vida y de la muerte, ordenó que lo
flagelaran, en la plaza, para escarmiento
de infieles, pecadores y franceses, y
acaso, de la chusma, ávida e impune,
que olvidó el placer que le depararon el
silbido del látigo y los aullidos del
flagelado.
Aún escucho sus palabras, Alzaga, si
hubo una noche de domingo, y de julio, y
de 1807.Las escucho, a caballo, y
palmeo el cuello de mi caballo, y mi
mano resbala en el sudor del cuello de
mi caballo, y mi mano se entibia, porque
estoy vivo, en el sudor del cuello de mi
caballo: Estoy vivo, y tan lejos de usted
como la vida está de la muerte. Y tan
cerca. Y ésa es la única verdad que
acepto.
Estoy vivo y lo miro, perplejo, con
un sabor dulce en la boca, bambolearse
bajo el malsano cielo de julio. Y
escucho sus palabras, las que me dijo
una noche de domingo, en la que llovía:
Soy el señor de la vida y de la muerte. Y
ustedes están empiojados.
Nosotros, los empiojados —
Moreno, Agrelo, Beruti, Vieytes, French,
Warnes, y aun los vagos y mal
entretenidos que huyen de minas y
cañaverales, cepos, calabozos, jueces
de paz, y de las milicias a las que los
arreamos, engrillados, y que depredan
vacas como si no hubieran hecho otra
cosa en su vida—, lo escuchamos. Pero
lo escuchó, también, Bernardino
Rivadavia. Y hombres como Rivadavia,
que aman al poder más que a sí mismos,
más que a la mujer que desposaron, más
que a la lealtad al amigo, más que a
causa alguna de redención humana a la
que se hayan entregado en sus años
mozos, no se proponen morir jóvenes.
Usted, precisamente usted, Alzaga,
debía saberlo. Y lo ignoraba. O lo
olvidó. Por eso cuelga de unos maderos
infames.
Vuelvo a una habitación sin
ventanas, enciendo un cigarro, y escribo:
¿Qué cambió, en el cielo y en la tierra,
de un mes de julio, si lo hubo, a otro
mes de julio, para que se trocaran las
máscaras en la representación teatral?
Escribo: ¿Qué es mi monólogo con
usted, Alzaga, si no una escena,
injuriada por el tiempo, de una
inacabada representación teatral? ¿Qué
es el señor Rivadavia si no el nombre
con que Alzaga retorna al escenario?
Cambiaron las máscaras:
la
representación teatral no me cambió a
mí, a Moreno, Agrelo, Vieytes, French,
Warnes, y a los vagos y mal entretenidos
que huyen, sin esperanzas, de los
señores de la vida y de la muerte. No
cambió a Buenos Aires ni al país.
Aquí, en esta ciudad y en este país,
el contrato social que filosofó un
licencioso ginebrino, ha sido suscripto
por asesinos. Aquí, el gusto por el poder
es un gusto de muerte.
Siempre, escribe Castelli, que
enciende un cigarro en la noche del día
de julio que miró a un vencedor colgado
de una soga y de unos palos infames.
Siempre, escribe Castelli. Mira la
palabra siempre, que escribió con un
pulso que todavía no tiembla, y dibuja
un signo de pregunta antes de la ese, y
otro después de la e.
XXI
¿Quién escribe las preguntas que escribe
esta mano? ¿El orador de la
Revolución? ¿El representante de la
Primera Junta en el ejército del Alto
Perú? ¿El lengua cortada? ¿Quién de
ellos dicta estos signos? ¿Acaso alguien
que no es ninguno de ellos?
XXII
Castelli, a caballo, tiene frío. Envuelve
sus manos en el cuero de las riendas, y
afianza la puntera de las botas en los
estribos. Se le enfrían los dientes. Tengo
frío en los ojos, dice su lengua cortada,
inmóvil en la boca nauseabunda.
¿Qué es eso que se vacía, erguido
sobre la montura de un caballo? ¿Qué es
eso que, erguido sobre la montura de un
caballo, se enfría bajo la luz plomiza de
un cielo de invierno? ¿Qué es eso que,
erguido sobre la montura de un caballo,
extravía su nombre en un espacio frío y
vacío? ¿De quién son esos ojos que se
vacían, en una cara que se vacía? ¿Qué
es ese bulto oscuro, que se vacía, y en el
vacío extravía su nombre, y que se deja
llevar, pegado a la montura de un
caballo, a través de una luz fría y vacía?
¿Qué monólogo del bulto oscuro que se
deja llevar, pegado a la montura de un
caballo, se diluye en la luz fría y vacía?
La luz se fragmenta. O es otra. Algo
en el cuerpo erguido sobre la montura de
un caballo, pronuncia, como otras veces
que la luz se fragmentó o fue otra, el
nombre de Castelli. Es el único nombre
que conoce eso que habla, con una voz
neutra, entre los dispersos fragmentos de
la luz. Un nombre, apenas, dice eso que
retorna del frío y el vacío. Me conozco
por ese nombre ocasional. Cuando
vuelvo del vacío, cuando recupero la
palabra, ese nombre ocasional habla por
mí. ¿Habla del estudiante que no termina
de leer El Quijote, que se hizo traducir a
Marat, y que se acostó, en una
inadmisible noche altoperuana y en una
tarde de Carnaval, con una dama más
atenta a las eyaculaciones de un
abogadito de corazón todavía docilísimo
que a sus frenéticos sermones? ¿Habla
del hombre menos previsible que el
abogadito eyaculatorio, que mira en los
gritos
de
afrancesado
jacobino,
escupidos por la beatería patriótica, lo
que no fue? ¿Habla de la muerte tan
vieja como la injusticia? ¿De su muerte,
que no eligió, y que pacto alguno ha de
diferir? ¿Todo eso es Castelli?
Castelli, que retorna del frío y el
vacío, que recupera, entre fragmentos de
luz fríos y vacíos, las marcas que lo
identifican, escribe sin aborrecerse:
Quiero a una mujer cuyo nombre es,
ahora, Ángela.
Castelli, que retornó del frío y el
vacío, oye, apagada, la pululación de los
que vomitan picardías sobre unos
despojos que cuelgan de maderos
infames, en una plaza consagrada a las
más bellas efusiones del espíritu
porteño. Castelli, a caballo, de espaldas
a la plaza y a los vómitos, mira el muro
amarillo de la Recova, las puertas
negras y cerradas de los comercios que
venden pescado, frutas, telas, perfumes,
tasajo y peines, y se pregunta por qué un
señor de la vida y de la muerte no
concibió la posibilidad de que lo
colgaran de maderos infames y que, al
pie de esos maderos infames,
fraternizaran, en la plaza que el espíritu
porteño consagró a sus más bellas
efusiones, los patrones de los comercios
de la Recova y sus dependientes, las
lavanderas y sus dueñas, artesanos,
pescadores,
putas
y alcahuetas,
jugadores de billar, taba y naipe,
malevos, curanderas, charlatanes de
velorio, guitarreros y cuchilleros de
profesión. Muchas preguntas en la boca
de Castelli. Y dientes que se enfrían. Y
pus. Y llagas. Muchas preguntas, escribe
Castelli. La noche se va, escribe
Castelli.
Larga mañana, piensa Castelli.
Largo día, piensa Castelli, el malsano
cielo de julio sobre su cabeza. Estoy
flojo. Y el día es largo, piensa Castelli.
Eso que llaman Castelli, ese bulto
informe y exhausto que baja, despacio,
del caballo, echa un chorro de leche de
ángeles en su boca. Eso que llaman
Castelli, la cara pegada a la montura del
caballo, mira el muro amarillo de la
Recova, las puertas negras y cerradas e
incrustadas en el muro amarillo de la
Recova, y el silencio del largo día de
julio que se pega, untuoso, a las puertas
negras y cerradas e incrustadas en el
muro amarillo de la Recova.
Eso que llaman Castelli sube,
despacio,
una
escalera.
Cuenta,
despacio, los peldaños de madera. Entra
a una pieza. Se sienta, aterido, exhausto,
en un banco, de cara a la puerta. Lo
separa, de la puerta abierta de la pieza,
una mesa. Cierra los ojos.
Eso que está ahí, aterido, exhausto,
sentado en un banco, de cara al río, los
ojos cerrados, espera. Esperé. Me
envolví en la capa, apoyé la cabeza en
la pared, y esperé. Olí, los ojos
cerrados, carne que se asaba. Y el río. Y
el silencio, untuoso, del largo día de
julio. No sé en qué hora del largo día de
julio escuché, los ojos cerrados, la pata
de palo de Segundo Reyes golpear en
los peldaños de la escalera. Conté los
golpes, abrí los ojos y alisé el papel
que, en una mañana de un largo día de
julio, una generosa dama me alcanzó
para que yo escriba. ¿Dónde está Belén?
Segundo Reyes leyó ¿Dónde está
Belén?, y se rió como puede reír un
negro. Dijo, cuando paró de reír, que en
Buenos Aires se asegura que aquello
que Segundo Reyes desconoce no vale
la pena averiguarlo. Y ahí estaba el
doctor Castelli, dijo, en la pieza del
negro Segundo Reyes, capitán del
ejército del Alto Perú, tirándole un
papel debajo de los ojos, igual que en
los buenos y viejos tiempos, cuando
largaba papeles, hora tras hora, que
cambiarían al mundo. Como ése, dijo, en
que el cojonudo doctor Castelli se
rebajó a pedir permiso a los señores de
la Junta para otorgarle el uso de Don a
un
oficial
de
Morenos,
muy
recomendable por sus virtudes sociales
y militares. Eso tuvo su gracia, dijo, si
algo es gracioso en este mundo.
Dijo que el negro Segundo Reyes
caminó, tempranito, hasta la plaza, para
ver al señor Don Martín de Alzaga
colgado de una horca. Y vio cómo lo
colgaban de la horca, a lo perro. Dijo
que eso, con perdón de Dios, también
era gracioso.
Dijo que recordaba al negro
Segundo Reyes, esclavo de Don
Ambrosio Reyes, disparar sobre los
ingleses, en el año siete, haciéndose
encima. Y al doctor Juan José Castelli
exhortándolo a que no se avergonzara: la
libertad no tiene el perfume de un ramo
de azahar, dijo el doctor Castelli, en el
año siete, desde una azotea, los brazos
abiertos y la entonación de un cantante
de ópera. Y qué contestó el esclavo
Segundo Reyes, sorbiéndose los mocos
y oliendo a mierda de negro. Segundo
Reyes dijo que no recordaba qué le
contestó, en una azotea del año siete, el
mierdoso esclavo Segundo Reyes al
doctor Juan José Castelli. ¿Y no era
gracioso que el capitán Segundo Reyes
olvidara qué contestó el esclavo
Segundo Reyes?
Dijo que recordaba a unas niñitas,
vestidas de blanco, dulces y pálidas
como la Virgen María; que extraían de
una urna, en el atrio de Santo Domingo,
unos papelitos blancos y perfumados
con los que Buenos Aires, ciudad
agradecida, rifó la libertad de una
pandilla de negros mierdosos. Dijo que
no olvidaría esos papelitos blancos y
perfumados: en uno de esos papelitos
blancos y perfumados, una mano
esmerada escribió Segundo Reyes.
Segundo Reyes dijo que el recuerdo
es peor que Dios cuando pierde la
paciencia, que la viruela, que la sífilis,
que el hambre, que el escorbuto. Dijo
que recordaba al doctor Juan José
Castelli, en el ejército del Alto Perú,
jurándole que un hombre libre es igual a
otro hombre libre, y que donde fuesen
las armas de la libertad darían tierra,
pan, trabajo y escuelas a blancos, negros
e indios. Dijo que escuchó al doctor
Castelli como se escucha al Mesías, y
que marchó por las calles de piedra del
Alto Perú, él, Segundo Reyes, vestido
con el uniforme de un hombre libre,
detrás del doctor Castelli, y de los
tambores de un ejército de hombres
libres que tronaban en las calles del
Alto Perú. Dijo que recordaba a las
damas de Potosí, madres e hijas y
hermanas de propietarios de minas,
viñedos, tierras, vacas, azúcares y
bancos, de pie en los balcones de
madera labrada y piedra de Potosí,
mirándolos desfilar por las mismas
calles en que caballos de piel sedosa le
arrancaron el alma a un tal
Condorcanqui. Dijo que recordaría,
mientras viviese, cómo esas damas los
miraban, cómo tomaban chocolate en
cónicas tazas de plata, cómo educaban a
sus perros y perfumaban sus coitos para
que les guardaran minas, viñedos,
tierras, vacas, azúcares y bancos, y
cómo le hicieron olvidar a los caballos
de piel sedosa que le arrancaron el alma
a un tal Condorcanqui. Dijo que, al
perfecto idiota que era, le cortaron
media pierna después de la batalla de
Suipacha, y que eso no fue muy
gracioso, y tampoco fue muy gracioso
volver a Buenos Aires con una pata de
palo, y aprender, en Buenos Aires, a
bajar de la vereda cuando se le cruza, a
un negro pata de palo, un propietario de
minas, viñedos, tierras, vacas, azúcares,
bancos, perros guardianes y coitos
perfumados.
Segundo Reyes dijo que recordar era
tan gracioso como olvidar. Dijo que él
vendía pescado. Que salía, en un bote,
de madrugada, a pescar, estuviese,
bravo el río o no. Y que, en medio del
río, le daban mareos de sólo pensar en
los bienes y riqueza de los señores
Anchorena. Dijo que los señores
Anchorena no vendían pescado. Que él
era un hombre libre y los señores
Anchorena eran hombres libres, y que
eso también le daba mareos. Dijo que él,
que combatía los mareos con un trago de
alcohol, era un perfecto idiota: quien
cree en la palabra del Mesías es un
perfecto idiota. Y que él lo era, y no
permitiría a nadie que pusiese en duda
que él era un perfecto idiota. Dijo que
los señores Anchorena creían en los
pagarés. Dijo que él vendía pescado.
Segundo Reyes miró a Castelli, la
cara flaca de Castelli, los ojos
desteñidos en la cara flaca de Castelli,
la cabeza recostada en la pared, las
lágrimas que corrían en la cara flaca de
Castelli. Segundo Reyes se inclinó hacia
la cara flaca de Castelli, hacia las
lágrimas que descendían por la piel de
la cara flaca de Castelli y, doblado
sobre la mesa, jadeó.
Segundo Reyes, que se inclina hacia
las lágrimas que se deslizan por la piel
de la cara flaca de Castelli, jadea y el
jadeo invade el silencio untuoso de la
pieza, y devora el eco de las
meditaciones del vendedor de pescado
acerca de la palabra del Mesías y la
idiotez humana.
Segundo Reyes, que jadea —y el
estertor de su jadeo disipa, en la cara
flaca de Castelli, unas lágrimas lentas y
opacas—, susurra:
—¿Tan mal están las cosas?
Castelli mueve la cabeza de arriba
para abajo. Segundo Reyes, que jadea,
gira sobre la pata de palo, y sale de la
pieza. Castelli, que cierra los ojos,
cuenta los golpes de la pata de palo en
los peldaños de la escalera. Castelli
abre los ojos y cuenta, otra vez, los
golpes de la pata de palo en la escalera.
Segundo Reyes entra a la pieza.
Sostiene, a la altura del pecho, una
bandeja. De la bandeja descarga, en la
mesa, dos platos, dos vasos, cubiertos y
una botella de vino. En cada plato,
humea una tira de carne asada. Sirve
vino en los vasos. Le acerca un vaso a
Castelli. Le acerca un plato a Castelli, y
con el cuchillo y el tenedor desmenuza
la tira de carne asada que humea en el
plato de Castelli.
—Coma, amigo —susurra Segundo
Reyes.
XXIII
Castelli sujeta a su capa, con un alfiler o
prendedor, o gancho o alambre o lo que
sea que le alcanzó Segundo Reyes, el
papel en el que se lee SOY CASTELLI.
Monta en su caballo, de cara al muro
amarillo de la Recova, a las puertas
negras y cerradas de los comercios que
venden pescado, fruta, telas, perfume,
tasajo, peines, aretes y collares de
vidrio, incrustadas en el muro amarillo
de la Recova y, al tranco del caballo, el
papel en el que se lee SOY CASTELLI
sujeto a la capa, va al encuentro del
hombre que compró a Belén. Masticó,
despacio, la carne que Segundo Reyes
desmenuzó en su plato, tomó vino,
encendió un cigarro, ofreció un cigarro a
Segundo Reyes, y fumaron. Vaciaron la
botella de vino, y Segundo Reyes
descorchó otra. Fumaron en silencio, y
tomaron vino en silencio, Castelli de
cara al río, a la tarde de invierno, y
Segundo Reyes de espaldas al río, a la
tarde de invierno.
Segundo Reyes, de espaldas al río, a
la tarde de invierno, describió, con la
exactitud, rapidez y frialdad de quien no
desea que le hagan repetir los términos
del mensaje que transmite, a la persona
que compró a Belén, y dónde vivía,
hasta ayer nomás, la persona que
compró a Belén.
Castelli oyó a Segundo Reyes, y
Segundo Reyes, de espaldas al río, el
cigarro en la boca que susurraba, los
ojos quietos en la cara oscura, repitió
que recordar es peor que compadecerse
de una puta que lamenta la pérdida de su
inocencia, peor que Dios cuando se
impacienta. Dijo que recordaba esa
serranía cordobesa, a la que llegaron
extenuados, hombres y caballos,
envueltos en polvo hombres y caballos,
y la mañana de agosto, helada como el
infierno, los arbustos del monte y las
piedras del monte helados como el
infierno, y a Castelli que ordena atar a
los alzados contra la Revolución a unos
árboles desnudos y negros, y los
hombres que galoparon sin parar, desde
Buenos Aires, oyen, furiosos, callados,
exhaustos, envueltos en polvo, el
estómago revuelto, el llanto y las
súplicas de los alzados contra la
Revolución, sujetos con sogas y lazos a
árboles desnudos y negros, de ramas
negras y retorcidas como quejidos. Oyen
—susurra Segundo Reyes, los ojos
quietos en la cara oscura como si
contemplasen fluir el susurro— a los
alzados contra la Revolución, que se
retuercen
y
claman
al
Dios
misericordioso que les dio vida, familia,
fortuna y títulos a unos y otros: a ellos,
envueltos en una niebla helada como el
infierno, atados a árboles negros y
desnudos, y a los hombres que, furiosos
y callados, galoparon desde Buenos
Aires, sin parar, hasta que desmontaron,
envueltos en polvo, en esa serranía
cordobesa desolada como el infierno.
Oyen a los condenados invocar los lazos
de sangre, familia y fortuna que los ligan
a los hombres que, furiosos y callados,
galoparon desde Buenos Aires, sin
parar, noche y noche, con la muerte
oprimiéndoles el estómago. Oyen a
Castelli, que lee una carta de Liniers, el
jefe de los alzados contra la Revolución,
en la que pide el ajusticiamiento de los
hombres que, desde Buenos Aires,
galoparon, furiosos y callados, hasta esa
mañana helada como el infierno, con la
muerte oprimiéndoles el estómago. Oyen
a Liniers, que no llora, no gime, no
suplica, que exige, de pie en la mañana
helada como el infierno, a los hombres
furiosos y callados y exhaustos, que le
apunten al pecho, que no le venden los
ojos. Oyen a Castelli, la voz helada
como el infierno, dar la orden de fuego.
Y Segundo Reyes furioso y callado y
exhausto, tira del gatillo de su fusil, en
la mañana helada como el infierno.
Segundo Reyes —los ojos en la cara
oscura, quietos, como si acecharan, en el
susurro, algo que, antes, no percibieron
— susurra que el coronel French se
inclina, en la mañana helada como el
infierno, sobre el cuerpo ensangrentado
de Liniers, la pistola en la mano
temblorosa, y que él, que tiró del gatillo
de su fusil, y que supuso que la bala que
impulsó el gatillo del fusil se cobraba la
cacería de carne en África, baja los
ojos, en la mañana helada como el
infierno.
Dijo que recordaba la luz de la
mañana como un agua sucia, y a él que,
en la mañana helada como el infierno,
no se anima a mirar al coronel French,
que es blanquito, sí, pero que ya no es el
petimetre elegante, impetuoso, seductor,
que reparte tiras escarlatas a lampiños
bebedores de caña comprometidos a
asaltar un poder que dura tres siglos, o
que corteja, burlón, elegante, impetuoso,
a muchachitas casaderas en los bailes
con que Buenos Aires celebra sus
victorias sobre los ingleses. Dijo que a
él le contaron que el coronel French se
irguió, envuelto en polvo, furioso y
callado, y exhausto, los ojos en la
cabeza destrozada de Liniers, y que la
cara del coronel era como de yeso, que
la pistola le humeaba en la mano
temblorosa, y que el coronel French olía
a caca. Dijo que él se desprendió de las
sombras de su alma —y más vale que el
doctor Castelli no le preguntara por qué
— como de un sombrero gastado, como
si no hubiesen sido el pan de hierro que
alimentó su ira, sus abominaciones, la
pesadilla de sus años de laucha asustada
en la que, incesante, una mujer blanca,
blanquísima, la cara gozosa entre las
tetas rubias, lo monta, lo azuza con
refulgentes espuelas de oro para que
galope, desnudo, en cuatro patas, el
sudor relampagueándole en la piel,
infatigable y extasiado, por una
habitación
de
paredes
blandas;
aterciopeladas e infinitas.
Dijo que él, que es un perfecto
idiota, creyó en las palabras del doctor
Castelli, como se cree en la palabra del
Mesías, y en las de los libros que el
doctor Castelli le indujo a descifrar, y
que creyó en eso de que un hombre libre
es igual a otro hombre libre. Y que así
llenó su alma, si es que el Señor dio
alma a los negros. Dijo que se ganó las
insignias de capitán en las cargas de
caballería del ejército del Alto Perú,
tripas o alma llenas de palabras, al lado
de blanquitos que creyeron, como él,
que un hombre libre es igual a otro
hombre libre, y que morían, en el viento
de la carga, el sable en una mano, y con
la otra golpeándose la boca, aaaaaa.
(Segundo Reyes corta el susurro de su
boca, y golpea, con la palma de su
mano, la boca que susurraba, y el
aaaaaa baja, largo y furioso, a la
silenciosa tarde de invierno).
Dijo que él, un perfecto idiota, sabía
casi todo lo que debe saber un perfecto
idiota. Dijo que él, un perfecto idiota,
conocía casi todas las respuestas.
Deseaba, dijo, que el doctor Castelli le
contestase una sola pregunta: si se la
contestaba, él tendría todas las
respuestas.
Dijo que el doctor Castelli tenía la
misma cara que él le vio aquella mañana
helada como el infierno, cuando
fusilaron a los alzados contra la
Revolución, y en la desbandada del
Desaguadero.
Dijo que se le había terminado el
vino, y que, entonces, era bueno que se
quedara con preguntas sin contestar.
Dijo que el doctor Castelli se
prendiese, en la capa, el papel en que se
lee SOY CASTELLI.
Dijo, en un susurro, que él vende
pescado.
XXIV
El hombre es bajo, calvo, de brazos
largos y delgados, y tórax ancho. Una
orla de pelo, color cobre pálido, le
corre desde las patillas a la nuca. La
piel de la cara es rosada, como la de un
bebe. Lee el papel prendido en la capa
de Castelli, y sonríe: los colmillos de su
boca están envueltos en láminas de oro.
—Pase, doctor Castelli —dice el
hombre que sonríe—. Lo esperaba.
Castelli entra a una habitación
pintada de blanco. En el hogar de la
chimenea, crepitan unos leños. Hay, en
la habitación, pintada de blanco, una
mesa, y alrededor de la mesa, tres sillas.
En el centro de la mesa, dos hojas de
papel en blanco, una pluma, un frasco de
tinta, un botellón y dos copas.
—Siéntese, por favor —dice el
hombre que sonríe. Castelli se sienta
frente a las dos hojas de papel en
blanco, la pluma, el frasco de tinta, el
botellón; lleno hasta la mitad, y las dos
copas.
Castelli se desprende de la capa,
que huele a bosta y sangre, y deja que
caiga sobre el respaldo de la silla en la
que se sentó. Castelli escribe, en la
primera hoja de papel en blanco, con
una letra apretada y aún firme, Quiero a
Belén, y empuja la hoja hacia el hombre
que sonríe. El hombre que sonríe lee
Quiero a Belén, y pregunta:
—¿Brandy?
Castelli mueve la cabeza de arriba
para abajo.
El hombre que sonríe alza el
botellón, sirve brandy en las dos copas
y, con las manos tomadas a la espalda,
dice:
—Mi nombre es Abraham Hunguer.
Nací en Pinter, un barrio bajo de
Londres. Mis padres eran judíos.
Llegaron los padres de los padres de
mis padres, a Londres, con documentos
fraguados. Falsificar documentos y
hacerlos pasar por auténticos no es
difícil: eso se sabe. Las caras, los
cuerpos, el terror a la execración que el
judío incorpora a su carne, el
mandamiento de pueblo elegido que
sobrelleva, contra toda lógica, y que
narra, en la celebración furtiva del
sábado, no se adulteran: Esos dos
hechos —haber nacido en un barrio de
ratas miserables, hambrientas y feroces,
y descubrir, en cuanto me destetaron,
que la identidad la da el cuerpo me
llevaron, como de la mano, a comprar,
por unos pocos peniques, a alguien más
miserable y hambriento que yo, un
cuchillo. Fue el primer negocio que
emprendí. Y el más exitoso de mi vida.
Castelli escribe Quiero a Belén en la
segunda hoja de papel en blanco.
Abraham Hunguer, que no sonríe, las
manos tomadas a la espalda, camina por
la habitación pintada de blanco.
—Puedo contarle historias ridículas
y horribles del mundo de ratas
miserables, hambrientas y feroces, en el
que creció alguien que compró un
cuchillo por unos pocos peniques —dice
Abraham Hunguer, que no sonríe, y que
camina, veloz y silencioso, por la
habitación pintada de blanco, las manos
tomadas a la espalda, y que ensalcen,
como si el relato de esas historias
ridículas y horribles no se lo propusiera,
el valor casual, la inteligencia y la
astucia casuales de alguien que compró
un cuchillo por unos pocos peniques.
Pero usted y yo no somos hombres de
perder el tiempo en complacencias
nostálgicas.
Abraham Hunguer, el paso veloz,
silencioso y continuo, sirve brandy en la
copa de Castelli y sonríe.
—Soy un traficante de armas —dice
Abraham Hunguer, que sonríe—, yo, que
compré un cuchillo por unos pocos
peniques. Vendí armas al general
Washington; a los polacos para sus
sublevaciones, siempre fallidas, contra
el zar; a los españoles, sin mayor
entusiasmo, para que molesten a
Napoleón; a los criollos que, como
usted sabe, no cesan de matarse entre sí,
para que expulsen a los españoles de
América. Las guerras me hicieron rico;
el negocio de la guerra me trajo a
Buenos Aires.
El paso de Abraham Hunguer es
veloz y silencioso, y Castelli, que no
oye ni oirá el paso veloz, silencioso y
continuo de Abraham Hunguer, como si
Abraham Hunguer fuese un recipiente
inmóvil, olvidado en un rincón familiar
y cuya forma deshace, menoscaba, la luz
de la tarde, vacía su copa, los ojos
desteñidos y helados en la cara flaca,
quieto y rígido en la silla, a la espera de
lo que intuye que vendrá de quien
compró un cuchillo para sobrevivir al
miedo, la miseria, la doblez.
—Unos compatriotas míos —dice
Abraham Hunguer, que sirve brandy en
su copa y en la de Castelli— me
comentaron, a poco de llegar yo a esta
ciudad, que vendieron una muchacha
mulata, y que en pago recibieron unas
barricas de yerba suave remitidas desde
el Paraguay. Abraham Hunguer, me dije,
he aquí un país barato. Un país para que
te quedes a vivir. Estás viejo, Abraham
Hunguer, me dije. Dormirás tranquilo,
Abraham, sin pensar en el joven
forzosamente astuto y osado, y
suficientemente idiota, cualquiera haya
sido su cuna, como para saltar sobre tu
cuchillo porque cree que es un salmo de
alabanza al Señor. El país me gusta,
creo que lo dije, y me gusta el invierno
de Buenos Aires. Los ingleses, aquí, son
respetados; como si vivieran, cada uno
de ellos, en el West End —ése no es mi
problema—, yo soy inglés —ése es mi
problema—, y moriré mucho antes de
agotar la fortuna que obtuve en el mejor
negocio de todos los tiempos. Pensé: las
mujeres buenas van al cielo, las malas
se casan con ingleses. Entonces, compré
a la señorita Belén.
Castelli, que espera que el alcohol
amortigüe los tirones que le abrasan la
boca y afloje esa mano que le acaricia el
corazón, escribe, por tercera vez, en la
segunda hoja de papel, la letra apretada
y aún firme, Quiero a Belén.
—Descubrí, para mi felicidad —
dice Abraham Hunguer, que se sienta
frente a Castelli, y se rasca, sonriente, el
manojo de pelo, color cobre pálido, que
le cubre la nuca—, que no hay nada que
la
porteña
cuide
con
mayor
escrupulosidad que sus pies. La señorita
Belén tiene hermosos pies; y su calzado
es perfecto. A decir verdad, pagué a la
señora Irene Orellano Stark lo que me
pidió, contraviniendo la ética de mi
profesión, por el placer de contemplar, a
cualquier hora del día, los pies calzados
de la señorita Belén. Los ingleses, no
todos, claro, somos, ¿cómo decirlo?,
algo fetichistas. Prolijos. Sobrios. A
nuestros príncipes se les azota el
trasero, y en público, por tocar, en un
arrebato que se repite, Dios sabrá por
qué, abominable y desesperado, las
nalgas y los pechos de las camareras
cuando visitan, de incógnito, ciertas
tabernas de Londres. La reprimenda es
invariable: doce latigazos, que abren
verdugones nuevos sobre las cicatrices
de los verdugones viejos. A los
príncipes se les arruga, prematuramente,
la carne de sus traseros, pero los que no
somos príncipes aprendemos a ser
discretos.
Abraham Hunguer, que sonríe, sale
de la habitación pintada de blanco, y
regresa, veloz y silencioso, antes que
Castelli se aperciba de su regreso, como
si nunca se hubiera movido de su silla,
como si nunca hubiera recorrido, con un
paso veloz e inaudible, el piso de la
habitación pintada de blanco, como si
aún hablara; sentado frente a Castelli,
del éxito, acaso demencial, de Under
the blade, canción que glosa, en letra
chabacana y estridente, las intensas
peripecias que afrontó un cuchillo
adquirido en el callejón de Bitterflesh,
en el barrio de Pinter, y cuyo autor la
entona, con voz ajada, en las tabernas
que, dé incógnito, frecuentan los
príncipes de la corte británica para
explorar las redondeces de las
camareras, y que tararean, entre dientes,
al bajarse los pantalones y recibir, con
un placer sobriamente perverso, los
fustazos de la reprimenda.
—Se le enfría el té, doctor Castelli
—dice Abraham Hunguer, que sonríe y
abusa de los adjetivos, los colmillos
envueltos en láminas de oro, sentado
frente a Castelli, y a la taza de té que
humea junto a la pluma, el frasco de
tinta, el botellón de brandy y los dos
papeles en los que Castelli escribió
Quiero a Belén—. En los Estados
Unidos tuve oportunidad, gracias a mi
antigua relación con el general
Washington, de acceder al informe de un
agente de la Secretaría de Estado que
pasó por Buenos Aires. En ese
documento
—redactado
por
un
misionero que desciende del Mayflower
y de la mano de Dios— se lo menciona,
doctor Castelli. ¿No es un milagro que
yo leyera que el 22 de mayo de 1810, el
doctor Castelli, hombre de destacado
talento y audaz intrepidez, que fue en
todo momento el principal instigador
de la revolución, expuso en una réplica
fogosa el proceder tiránico y la
conducta venal del virrey depuesto y de
sus corrompidos ministros, hizo ver
enérgicamente la necesidad de un
cambio y ridiculizó los principios
expuestos por aquel ilustre hipócrita
(volviéndose hacia el obispo de Buenos
Aires), de que los reyes derivaban su
poder del cielo. Prorrumpió entonces
en un torrente de invectivas tales
contra el obispo que éste se vio
obligado a retirarse de la asamblea?
Ese distinguido agente de la Secretaría
de Estado no omitió subrayar en su
informe que el doctor Castelli es el más
capaz el más elocuente, el más
corrompido y el más carente de
principios de los cabecillas de la
revolución. ¿Cómo se dice, aquí,
nonsense?
Bah:
los
misioneros
norteamericanos no saben de qué hablan
cuando hablan dé principios… En fin,
¿no es una casualidad excepcional que
yo haya copiado ese informe, sin
conocerlo a usted, y que, hoy, usted y yo
tomemos té como si fuéramos, en
verdad, dos caballeros?
Abraham Hunguer, que no sonríe,
guarda, sentado frente a Castelli, en un
bolsillo de su chaleco de seda azul, lo
que dijo era la copia del informe de un
agente de la Secretaría de Estado de los
Estados Unidos de Norteamérica.
Castelli, la cara rígida y flaca, echa
un chorro de leche de ángeles en su
boca. Descargas de hielo estallan en los
bordes tumefactos de la lengua cortada.
Una mano de hielo le acaricia,
dulcemente, el corazón. Largo día el
suyo, Castelli. Emporcó las mejillas de
una dama. Vio bailar, colgado de una
soga, a un hombre de coraje. Recordó a
Agrelo que, con la voz que usa en sus
peores momentos, le escribió: En
individuos de la clase de Alzaga, el
coraje es una costumbre. Esos, de los
nuestros, que fueron más lejos que su
propia sombra, ésos, ésos tienen coraje.
Después, un oficial del ejército del Alto
Perú le contó que vende pescado. Y,
ahora, Castelli sabe que va a oír lo que
un viejo judío, que compra un cuchillo
todas las noches de su vida, en el
callejón más sórdido de su memoria,
dice ya. Y lo que dice ya es inevitable
como el verano, el otoño, la casualidad.
Abraham Hunguer, que no sonríe,
que se masajea las manos, sentado frente
a Castelli, le pregunta a Castelli si él,
Castelli, le dará, a Belén, la libertad:
¿Usted, doctor Castelli, que es como
Cromwell, se irá a vivir con Belén, una
mulata, a la luz del día, Belén igual a
Cromwell, Belén igual a usted; que es
tan inflexible e indomable como Oliver
Cromwell, Belén igual a usted, que es
Cromwell, si Buenos Aires fuera
Londres y si el Támesis fuera el Río de
la Plata? La era de la revolución
terminó: usted lo sabe, mister
Cromwell:
¿Proclamará,
mister
Cromwell, en la era que puso fin a la
revolución y sus hechizos, que una
mulata es su igual, y que vivirá con ella,
a la luz del día, él igual a ella?
Castelli escribe en la hoja de papel
donde escribió, dos veces, Quiero a
Belén, con una letra apretada y aún
firme: Un hombre solo no va más lejos
que su propia sombra.
XXV
Ángela miró el cuaderno abierto, miró
las dos últimas páginas escritas del
cuaderno, y puso sus manos en la mía, en
la que sostenía, todavía, la pluma.
Acercó sus labios a mi frente, y dijo que
yo tenía fiebre. Dijo que iba a buscar al
doctor Cufré. La retuve unos segundos,
di vuelta las dos últimas páginas
escritas del cuaderno, y en la página en
blanco que seguía a las dos últimas
páginas escritas del cuaderno, escribí
tres palabras.
Ella leyó las tres palabras que mi
mano escribió, y besó la mano que
escribió: Ángela, llámeme Castelli.
Cuaderno 2
I
¿Cuándo escribe uno al amigo? Cuando
las palabras que escribe no delatan su
sufrimiento y su orgullo. Cuando ni los
blancos de la escritura traducen su
sufrimiento y su orgullo. (Hasta ahí el
código que identifica, dicen, a los
escritores perdurables. Pretendo no
transgredirlo; sin embargo, prefiero que
no me consideres miembro de esa raza
de desatinados).
Te escribo, entonces, desarmado, y
me acojo al sueño eterno de la
revolución para resistir a lo que no
resiste en mí. Te escribo, y el sueño
eterno de la revolución sostiene mi
pluma, pero no le permito que se deslice
al papel y sea, en el papel, una invectiva
pomposa, una interpelación pedante o,
para complacer a los flojos, un estertor
nostálgico. Te escribo para que no
confundas lo real con la verdad.
Ángela llamó al doctor Cufré. El
doctor Cufré me revisó. Me palpó el
cuerpo (y yo cerré los ojos, y odié eso,
que me palpara el cuerpo, y el odio me
fue útil: se anticipó al previsible
diagnóstico, y estaba allí cuando el
previsible diagnóstico llegó. Y yo
sonreí). Me palpó el cuerpo, te digo, me
obligó a abrir y cerrar los ojos, puso su
oído en mi pecho y espalda, y me recetó
más indigencias de las que podría
consignar en estas líneas urgentes.
Harto, desasido de mis penurias, me
dediqué a observarlo. (Observar a los
otros, distanciado de los otros: he ahí el
remedio puntual para olvidar las injurias
del cuerpo). Conocí a Cufré en el Norte,
alto, pesado, impasible en las horas de
desastre. Suturaba heridas, cortaba
piernas, velaba moribundos. Trabajó
con esa aterradora eficacia que le vi
desplegar en las efímeras horas del
triunfo.
Quizá
con
un
mayor
ensimismamiento; con una precisión que
imponía silencio a los quejosos, y algo
de pudor a los pusilánimes. Ese hombre
obstinado se mostró impasible ante el
desastre, como si del otro lado del
campamento el enemigo no engrasase las
sogas que ajustarían a nuestros cuellos,
como si no llegase, al campamento, el
tufo de la borrachera del enemigo, los
suplicios que el tufo de la borrachera
del enemigo nos prometía, como si no
estuviese rodeado, en la hora
desesperada
del
desastre,
de
pusilánimes, de quejosos, de súbitos
caballeros que, subrepticiamente, olían
el cambio de viento y se avenían a
conciliar con el enemigo y a abjurar de
sus vaticinios infalibles y de la
infalibilidad de la revolución que
exaltaron en las horas efímeras y
tempestuosas y frágiles del triunfo.
Contemplé su cara, otra vez, cuando
los pusilánimes anunciaron que me
llevarían ajuicio, a mí, engendro
perverso de una revolución por cuyo
mandato escribí a indios y esclavos
somos iguales somos hermanos, y que
testimoniarían contra mí los que
concilian con el enemigo, y abjuran;
despiertos o dormidos, desde que sé
consumió la hora efímera y tempestuosa
y frágil de la revolución, de los horrores
de la revolución, como si la revolución
los hubiese defraudado, como si en
alguna Sagrada Escritura se les hubiese
asegurado que la revolución es un
tratado de urbanidad, como si los que
abjuran ignorasen que las buenas
maneras no coexisten con la revolución
bajo un mismo cielo, si hay un mismo
cielo para las buenas maneras y la
revolución.
En el tribunal se levantó, pesado,
impávido, la cara en la que nada se leía,
los ojos fríos que miraban algo que no
estaba en el tribunal, y su voz, fría, dejó
caer unas pocas y frías y simples
palabras: Exijo que se me acuse de
aquello que se acusa al doctor Castelli.
Y se sentó, pesado, impávido, los ojos
fríos que miraban algo que no estaba en
el tribunal, y sus pocas palabras, frías y
simples, quedaron ahí, sobre nosotros,
suspendidas en el aire rancio del
tribunal, y ahí, sobre nosotros,
suspendidas en el aire rancio del
tribunal, empezaron a ser otras, a hablar,
acaso, de un hombre y de la
incorruptibilidad de un hombre, del
valor y la incorruptibilidad de un
hombre que no se somete a los
dictámenes de la realidad. Ése es el
hombre a quien me permití observar, y
que me permitió olvidar las injurias del
cuerpo.
No leí nada en su cara, te digo.
Preparó su flaca valija, y marchó a
Buenos Aires junto a los pocos que no
creemos que Mayo haya sido el ôtez
vous de là que je m’y mette que circula
en inciertos papeles americanos como el
perfil
ponderado
de
nuestros
antagonismos, y del que me habló, una
tarde de julio, un judío discreto y
paciente.
En el tribunal se levantó, pesado,
impávido, la cara en la que nada se leía,
los ojos fríos que miraban algo que no
estaba en el tribunal, y su voz, fría, dejó
caer unas pocas y frías y simples
palabras: Exijo que se me acuse de
aquello que se acusa al doctor Castelli.
Y se sentó, pesado, impávido, los ojos
fríos que miraban algo que no estaba en
el tribunal, y sus pocas palabras, frías y
simples, quedaron ahí, sobre nosotros,
suspendidas en el aire rancio del
tribunal, y ahí, sobre nosotros,
suspendidas en el aire rancio del
tribunal, empezaron a ser otras, a hablar,
acaso, de un hombre y de la
incorruptibilidad de un hombre, del
valor y la incorruptibilidad de un
hombre que no se somete a los
dictámenes de la realidad. Ése es el
hombre a quien me permití observar, y
que me permitió olvidar las injurias del
cuerpo.
Cufré —¿te lo dije o no?—
pronuncia una palabra por hora. Me
tapizó la boca con no sé qué menjunje
del diablo, limpió sus herramientas,
lavó sus manos, y alto, pesado,
impávido, me dijo: Hizo lo que no
debía. Le escuché y escribí en una hoja
de cuaderno: Recuerdos de mi oficio.
Cufré leyó lo que escribí con una letra
angulosa, frágil, de viejo, y dijo, alto,
pesado, impávido: Hizo lo que no debía.
Escribí: ¿Me lo reprocha? Cufré recogió
su flaca valija de médico, y dijo, la cara
en la que nada se leía: Es una
comprobación. Le escuché y sonreí.
Hacía mucho tiempo que yo no sonreía.
Me veo, en alguna de las desveladas
noches en que recupero al orador de la
revolución, al representante de la
Primera Junta en el ejército del Alto
Perú, montando a caballo y largándome
sin rumbo, el sol en la cara. (Ocurre en
la mañana —¿te lo dije ya?—, y el río
yace tenso inmóvil y violáceo contra el
horizonte). Cansado y joven, hundo la
mano en el bolsillo de la chaqueta, y
alzo la pistola, lustrosa, aceitada, a la
altura de mi corazón. (Toco, ahora, ese
bulto duro, lustroso y aceitado que
reposa en el bolsillo de la chaqueta que
visto, junto a papeles arrugados en los
que, todavía, se lee SOY CASTELLI y
PAPEL PLUMA TINTA). Veo, cuando alzo
la pistola, lustrosa, aceitada, a la altura
del corazón, el río, inmóvil y tenso y
violáceo contra el horizonte, y el sol,
quizá, al este del horizonte, y a Moreno,
pequeño y enjuto, de pie sobre el piso
de ladrillos de su despacho en el
Cabildo, la cara lunar, opaca, que no
fosforece, bajo el alto techo encalado,
que me dice, con esa como exhausta
suavidad que destilaba su lengua e
impregnaba lo que su lengua no
repetiría, vaya y acabe con Liniers.
Escuche, Castelli, a Maquiavelo: Quien
quiera fundar una República en un país
donde existen muchos nobles, sólo
podrá hacerlo después de exterminarlos
a todos. Extermine a Liniers y a los que
se alzaron con Liniers. Extermínelos,
Castelli. Veo, la boca de la pistola
apoyada contra la carne y los huesos que
cubren mi corazón, a Moreno, la cara
lunar, opaca, que no fosforece, como si
flotase en los girones de sombra que la
noche de julio instala en su despacho, y
que dice, suave la voz y exhausta: Si
vencemos, se hablará, por boca de
amigos y enemigos, todo el tiempo que
exista el hombre sobre la tierra, de
nuestra audacia o de nuestra inhumana
astucia. Si nos derrotan, ¿qué importa lo
que se diga de nosotros? No estaremos
aquí, Castelli, para escucharlos, ni en
ningún otro lado que no sea dos metros
debajo de donde crece el pastito de
Dios.
Sin precipitarme, la luz del sol y de
la mañana en mi cara, aprieto el gatillo.
El caballo tal vez se sobresalte por la
detonación —no demasiado: viene de la
guerra—, pero, luego, cuando se serene,
paseará un cuerpo, caliente aún, que ya
no pertenece a nadie, por la ciudad que
ese cuerpo amó.
En esas desveladas noches de las
que te hablo, pienso, también, en el
intransferible y perpetuo aprendizaje de
los revolucionarios: perder, resistir.
Perder, resistir. Y resistir. Y no
confundir lo real con la verdad.
II
María Rosa me pide que le hable.
Hablame, escribe Castelli, la letra
angulosa, frágil, de viejo, en la segunda
hoja de un cuaderno de tapas duras.
Castelli mira la hoja de cuaderno
que cubre con una letra angulosa, frágil,
de viejo. Mira su mano, y la pluma que
sostiene su mano, en la pieza sin
ventanas, y mira el catre que Ángela
tendió, y el tablero de ajedrez, y las
treinta y dos piezas de peltre en el catre
que Ángela tendió, y las indigencias que
Cufré le recetó en el catre que Ángela
acaba de tender. Castelli acaricia el
lomo del CD, con una mano que tiembla,
y sabe que, cuando Monteagudo se
siente del otro lado del tablero, volverá
a acariciar el lomo del CD, con una
mano que tiembla, y moverá el CD a
CD2D, y Monteagudo, cuyas manos no
tiemblan, incurrirá en un error fatal.
Esta mano que tiembla, escribe
Castelli, mató. ¿Por qué tiembla esta
mano que mató? Me pregunto por qué
tiembla esta mano que mató. Castelli se
pregunta por qué tiembla esa mano que
mató. ¿Es loco Castelli? ¿Es idiota? ¿O
a Castelli se le asigna, en una tragedia
que no escribió, el papel de loco y de
idiota que se pregunta por qué su mano,
que mató, tiembla? ¿No leí esto, antes,
en una letra apretada y aún firme?
Hablame, dijo María Rosa, y los
dedos de su mano se cerraron sobre mi
miembro. Mi miembro soltó sangre. Me
cortaron la lengua y mi miembro gotea
sangre. Sus dedos acarician mi miembro
y mi miembro gotea sangre. Mi
miembro, que los dedos de María Rosa
acarician, habla. Habla en los dedos de
tu mano. ¿Me escuchás, escuchás el
gusto a sal de mis palabras?
María Rosa movió la cabeza de un
lado a otro de la almohada, y murmuró
hablame más, la mano cerrada, caliente,
sobre el miembro de Castelli. ¿Qué
puedo decir, que no te haya dicho en
algunas ficticias tardes porteñas; en
alguna inadmisible noche altoperuana;
en las profusas sodomizaciones que me
adjudicaron los obispos de Salta, Oruro,
La Paz, Potosí?
Las manos de Castelli bajaron hacia
la mano cerrada de María Rosa —
hablame, hablame más, murmuró María
Rosa, los ojos cerrados a la verdad en
la cara que era una mancha fugaz y
pálida en la funda de la almohada—, y
en la mano de María Rosa, cerrada,
caliente, Castelli se escuchó hablar, escuchó el gusto a sal de sus palabras. Mi
corazón está ahí, mi vida está ahí, la
leche que la Biblia maldijo está ahí, la
fatiga-da alegría del vencedor está ahí.
Castelli escribe, la letra angulosa,
frágil, de viejo, que María Rosa abrió
los ojos, y su cara, que era una mancha
fugaz y pálida en la almohada y en la
noche, sonrió a la verdad. ¿Querés a
Ángela? ¿Querés a Ángela aquí?
Me cortaron la lengua, y mi
miembro, que gotea sangre, habla. Y mi
miembro, que habla, habló: se arrugó y
encogió en la mano de María Rosa,
cerrada, caliente, diestra. Los dedos de
María Rosa se abrieron, se alejaron
silenciosamente de ese montoncito de
carne fláccida y encogida que gotea en
la nada, pero mi vida habla ahí, todavía,
contra la nada, y el latido de mi corazón
está ahí, y la leche que la Biblia maldijo
y la fatigada alegría del vencedor
estuvieron ahí. Las uvas verdes de la
razón no están ahí.
III
Castelli, un cigarro en la mano que
tiembla, sentado a una mesa en la que
está abierto un cuaderno de tapas duras
y rojas, repasa, con sus ojos desteñidos,
ese cuarto de paredes sin ventanas.
Apoyada la espalda en el respaldo
de la silla, el brazo derecho doblado
sobre el cuaderno abierto de tapas duras
y rojas, y el cigarro que humea entre los
dedos de la mano derecha que tiembla,
Castelli mira a un hombre que flota en el
mar aferrado a unos maderos que la sal
del mar blanquea.
El mar mece al hombre, aferrado a
unos maderos que la sal del mar
blanquea. El mar lo mece y está allí, en
el mar que lo mece, solo bajo un sol
blanco e infinito, aferrado a unos
maderos que la sal del mar blanquea.
¿Sube a sus labios agrietados la
pregunta más banal que los hombres se
hayan formulado desde que se pusieron
de pie? ¿Se preguntó, aferrado a unos
maderos que la sal del mar blanquea,
solo bajo un sol blanco e infinito, qué es
el tiempo?
¿Piensa, para no dejarse ir hacia
abajo, en una ciudad griega y blanca?
¿Era griega y blanca la ciudad en la que
nació? ¿Había olivos en los arrabales de
la ciudad griega y blanca o, quizá, su
imaginación no puede concebir, aun bajo
el destello de un sol blanco e infinito,
una ciudad griega y blanca sin olivos?
¿Cómo eran las mujeres de la República
de Venecia? El hombre, aferrado a unos
maderos que la sal del mar blanquea,
solo bajo un sol blanco e infinito, ¿fue,
alguna vez, joven? ¿Por qué flota,
aferrado a unos maderos que la sal del
mar blanquea, y no abre las manos
agrietadas que se aferran a los maderos
que la sal del mar blanquea, y baja,
rígido, los ojos abiertos, entre
cortinados lisos y cada vez más fríos,
hacia qué importa qué?
Ese hombre que flotó, aferrado a
unos maderos que la sal del mar
blanqueaba, y que no se dejó ir, los ojos
abiertos, entre cortinados lisos y cada
vez más fríos, al fondo de qué importa
qué, fue mi padre, escribe Castelli, la
letra angulosa, frágil, de viejo, el
cigarro que humea sujeto por los dedos
índice y medio, que tiemblan, de la
mano izquierda.
Castelli, que no sabe que será
Castelli, escucha al hombre que se
preguntó qué es el tiempo, aferrado a
unos maderos que la sal del mar
blanqueaba, decir que, a veces, ve el
destello de un sol blanco e infinito en su
plato de comida. Y que lo ve, a veces,
en sus breves sueños de anciano. Es un
brillo que no arde, escuchó Castelli, que
no sabe que será Castelli. Perfora
cortinas lisas y cada vez más frías, decía
el anciano, en voz baja, y cuando decía
eso, reía, apenas, sobre el vaso de vino,
y nos miraba como si nunca nos hubiera
visto.
Castelli, que sabe que es Castelli,
mira a su padre que, sentado del otro
lado de la mesa, levanta un dedo y repite
que se embarcó en Cádiz, joven aún, y
que llegó a Buenos Aires, viejo, tal vez.
Fui náufrago y soy boticario, dice el
padre de Castelli, sentado del otro lado
de la mesa, del otro lado del telón de
humo que Castelli, con sus chupadas al
cigarro, alza entre los dos.
Castelli escucha a su padre, náufrago
y boticario, hablar de una ciudad griega
y blanca, de las paredes y techos
blancos de una ciudad griega llamada
Nici. De la República de Venecia. De
los canales de Venecia y las góndolas de
quilla dorada que baten los canales de
Venecia, un lugar común, dice el padre
de Castelli, del otro lado del humo del
cigarro, como las inverosímiles
historias de náufragos, como los olivos
en los arrabales de ciudades griegas y
blancas. De la pompa y el filisteísmo
que degradaron a la República de
Venecia, habla el padre de Castelli, del
otro lado de la mesa, en voz baja, la
cara en el humo del cigarro que Castelli
muerde con los dientes de la boca muda
que no tiembla. Habla de las joyas, los
sombríos tapices, las pesadas sedas, los
palacios de los usureros venecianos. De
algún harén de la Sublime Puerta que
frecuentó, antes de ser náufrago y
boticario, cuando era mucho más joven
que el Marco Polo lector de
voluntariosos textos geográficos. Supo,
dice el padre de Castelli, y ríe, apenas,
por entre las hilachas del humo del
cigarro que tiembla en la mano izquierda
de Castelli cuando el mar lo mecía,
aferrado a unos maderos que la sal del
mar blanqueaba, que desembarcaría en
un puerto fangoso y sucio llamado
Buenos Aires, y que se casaría con una
muchacha de buenas y apetitosas carnes,
por donde fuera que se la mirase,
incluida su porción de la respetable
heredad paterna, y que la embarazaría
ocho veces. Y supo que miraría, en sus
ojos de náufrago y boticario, el destello
de un sol blanco e infinito, durante las
noches de cópula obligatoria, mientras
ella, la apetitosa, la obediente, la
prolija, lo mecía antes que el orgasmo
se consumase. Y lo miraría en el plato
de comida que la apetitosa, la obediente,
la prolija, pondría entre sus manos. Y,
ahora, en su frágil sueño de anciano.
Castelli, el cigarro que humea en la
boca que no tiembla, escucha que el
anciano dice que olvidó muchas cosas,
menos una: el destino es una casualidad
que se organiza. Solamente los malos
comediantes desconocen esa verdad tan
irrefutable como el infierno. Palabra de
griegos, padres de la tragedia.
IV
Usted, Ángela, escribió algo que el uso
y la costumbre, llaman carta. Por un
buen gusto elemental, y por razones que
no mencionaré, me abstengo de
compartir la designación que el uso y la
costumbre hacen de lo que acabo de
leer, y que lleva la firma de Ángela
Castelli: Leo: padre, yo le quiero.
(Usted, Ángela, escribió padre, yo le
quiero: no lo olvide). Leo: por azar, por
quimera, por un error que nace de un
difícil, casi insostenible amor filial le
acompaño en esta historia.
Yo nací para cuidar gallinas.
Necesito, padre, un hombre, no un
Dios, que crea en mí; que crea, pura y
sencillamente, en Ángela Castelli que
cree que nació para cuidar gallinas,
gansos, pavos, las verduras de una
huerta, y no busque otra mujer
destinada a recibir la versión espúrea,
a veces, de sus sueños, y, a veces,
desvalida, y, a veces, increible.
Necesito un hombre que crea que
Ángela Castelli, que cree que nació
para criar gallinas, se encerró en un
cuarto, una tarde de mayo, con el
coronel Cornelio Saavedra, y le dijo
que, en Buenos Aires, le escupirían en
la cara, donde pusiera los pies, si los
soldados del Regimiento Patricios, que
él mandaba, acicaladitos ellos, y muy
brillosas sus coletas, no se plegaban a
la revolución, y obedecían a la
revolución en todo aquello que la
revolución se dignase ordenar, sea lo
que fuere que la revolución ordenase.
Necesito, padre, un hombre que
crea que la Ángela Castelli, nacida
para
cuidar
gallinas,
puede
desdoblarse, y ser, por momentos, la
Ángela Castelli que expone a un
coronel al desprecio de una ciudad, de
sus gentes, de sus piedras, de sus
sombras, de sus anales. Y la Ángela
Castelli, que cree que nació para
cuidar gallinas, que estuvo allí; en ese
cuarto, esa tarde triste y gris de mayo,
con un coronel afecto a reincidir en las
pomposas expectoraciones que el
idioma español destina a los
inevitables papamoscas que congrega
el brillo de las bayonetas, y estuvo allí,
le digo, impulsada por la palabra
persuasiva,
salvajemente
exacta,
implacable, amorosa, de su padre.
Y allí, en ese cuarto, en esa triste y
gris tarde de mayo, Ángela Castelli
cumplió con la misión que le asignó su
padre,
y
fue,
alternativamente,
desdeñosa y seductora, y amenazó al
coronel Saavedra con el desprecio de
una ciudad, y con el recuerdo de ese
desprecio, que seria, en 1910, tan vivo
y cruel como en el instante que la
Revolución dividiese las aguas, y
tomase el nombre de guerra civil.
Eso le dijo la Ángela Castelli que,
por azar, por quimera, por un pasado
que no le pertenece del todo, acompaña
a su padre en esta historia, al coronel
Saavedra, mirándole a la cara,
encerrados los dos en un cuarto del
Fuerte, mirándole la madera blanda y
porosa y blanca que tiene por cara,
como si le hubieran pasado garlopa y
lija a un tronco que el mar abandonó
en
una
orilla
cualquiera,
y
escuchándole, encantada, reincidir,
balbuceante,
en
las
pomposas
expectoraciones que el idioma español
destina a la exaltación de los fastos del
pasado, la tradición, los deberes y las
virtudes de las armas cristianas.
Ángela
Castelli
volvió
a
preguntarse, padre, mientras miraba,
encantada, una madera blanda y
blanca y balbuceante qué hacía allí, en
un cuarto del Fuerte, esa tarde triste y
gris de mayo, y no en un gallinero, no
en los brazos de un hombre, de su
hombre, Francisco Javier de Igarzábal
que cree en ella, que cree que ella cree
que nació para cuidar gansos.
Usted,
Ángela,
enuncia
sus
aspiraciones y creencias con una
crudeza guaranga. No la seguiré por esa
vía: me limitaré a parafrasear algunos
de los excesos que pueblan eso que
llama carta, para que, cuando los relea,
comprenda, quizá, los espejismos a los
que se rinde, inexplicablemente, su
corazón, y, más inexplicablemente aún,
su razonamiento.
Me dice que pretende acostarse (¿o
contraer nupcias?) con un hombre que
cree en usted, en la Ángela Castelli que
supone nació para la filantrópica labor
de cuidadora de gallineros. No opinaré
sobre las gallinas: mi relación con esos
bichos fue, hasta hoy, ocasional, salvo
en los pucheros, y sé, de ellos, que son
piojosos,
sucios,
asustadizos,
circunstancialmente, obscenos.
En cambio, conozco al caballero que
cree en una Ángela Castelli que sueña,
para sí, con el neutro, pacífico destino
de guardiana de gansos. (Déjeme
decirle, Ángela, de paso, que desconfío
de los neutrales). Conozco a ese
caballero: no se ríe, relincha; y es, no
por casualidad, como usted lo sabe, y
bien que lo sabe, edecán y secuaz
incondicional de Saavedra, y ambos,
como Alzaga; realistas solapados.
Frente a nosotros, militantes del
desorden, son los partidarios del orden.
De qué orden, preguntémosnos. Del
orden que perpetúa la desigualdad,
como si el orden que perpetúa la
desigualdad fuese un mandato divino.
Sin monarca —y la Revolución no
terminará, nunca, de agradecerle a
Napoleón el
destronamiento
de
Fernandito—
son,
ahora,
los
restauradores del orden monárquico.
Conciben, lo escribí en algún papel, un
vasallaje de vasallos sobre vasallos. Mi
primo, Belgrano, no descubrió nada
nuevo cuando dijo que no conocen más
patria, ni más rey, ni más religión que su
interés. Veamos, entonces, cuál es el
interés de esos señores.
Saavedra, que escribe a Feliciano
Chiclana, que el sistema robesperriano y
la Revolución Francesa, postulados
como modelos, «gracias a Dios han
desaparecido» con la renuncia de
Moreno al cargo de secretario de la
Primera Junta, ¿en qué piensa? ¿No
piensa Saavedra, acaso, cuando
conjetura que el sistema robesperriano y
la Revolución Francesa, postulados
como modelos, «gracias a Dios han
desaparecido» con la renuncia de
Moreno, en su condición de propietario,
en sus tierras del Norte, en su hacienda,
que el sistema robesperriano y la
Revolución Francesa, postulados como
modelos, y que «gracias a Dios han
desaparecido», ponían en cuestión? ¿En
qué pensaba José María Romero, el
tesorero del Ejército, que escribió que
el 22 de mayo de 1810, «se discutió y
votó al gusto de la chusma»; en qué
pensaba ese fray Manuel Azcurra que, al
partir Moreno para la Gran Bretaña,
exclama, lascivo, como si le acabaran
de regalar un lupanar de monjitas
vírgenes, que «ya está embarcado y va a
morir»? ¿En qué piensan esos
individuos, de los que el hombre que
cree que Ángela Castelli cree que nació
para velar el engorde de un tropel de
gallinas
cloqueantes,
es
secuaz
incondicional?
Yo sé qué piensan esos individuos,
de los que el hombre que cree que
Ángela Castelli cree que nació para
tutelar un zoológico de aves de corral,
es secuaz y cómplice incondicional. Sé
qué defienden y cómo obran. ¿Sabe
usted qué piensan y qué defienden y
cómo obran esos individuos y sus
secuaces y cómplices incondicionales?
Lo sepa usted o no, y decida lo que
decida, no me llame padre: llámeme
Castelli.
Hombres como yo han sido
derrotados, más de una vez, por irrumpir
en el escenario de la historia antes de
que suene su turno. Esos hombres, que
fueron más lejos que nadie, en menos
tiempo que nadie, ingresaron al mundo
del silencio y la clandestinidad: esperan
que el apuntador les anuncie, por fin,
que sus relojes están en hora. Pero
hombres como yo, cualquiera sea la hora
de sus relojes, no tienen la malsana
costumbre de olvidar a sus enemigos.
Y de dos, una: o usted, Ángela,
quiere a Castelli, el impío, el
afrancesado, el portavoz de un sistema
de «herejía y desorden» (así se lee en un
mensaje que se le secuestró al
ciudadano Videla del Pino, obispo de
Salta), el robesperriano[2], y quiere lo
que Castelli quiere, o contrae nupcias
con el partido de la contrarrevolución.
Recuérdelo, y vuelva en sí, mi
Ángela, y yo seré, para siempre, su
Castelli.
Lo que escribí suena a la trepidación
de un batallón que marcha, y no cesa de
marchar, a paso de carga. Lo siento,
Ángela: soy un hombre en guerra.
Castelli, escribió esa maldita carta a
Ángela, y Castelli, que escribió una
carta maldita a Ángela, con una letra
angulosa, frágil, de viejo, se levantó de
su silla, y las piernas flacas, que
soportaban el cuerpo flaco de Castelli y
los dientes apretados y los ojos
desteñidos y la podredumbre que
diseminaba la lengua mocha, se
movieron en dirección al fondo de la
casa, como si corrieran, como si
simularan sostener el torso, la cabeza,
los brazos de un hombre que corre,
agazapado, sombra móvil contra la
sombra de la noche.
Castelli, con la pluma que escribió
esa carta maldita entre los dedos
temblorosos de la mano derecha, la
mano izquierda apretando el vientre,
llegó al fondo de la casa, como si
parodiase a un hombre que corre, solo y
desatinado, la boca cerrada, un ronquido
flemoso retumbándole en la boca
cerrada, y abrió la puerta de una caseta,
y se arrodilló ante un pozo negro, y
vomitó.
¿Qué era lo que vomitaba? ¿Qué era
esa baba sanguinolenta que despedía su
boca, y que se deslizaba, viscosa, por la
negra pared del pozo negro? ¿La risa de
su padre, que reía tan despacio? ¿Las
pesadillas de la Revolución? Ni risa de
padre ni pesadillas de la Revolución,
escribe Castelli, los labios secos, la
letra angulosa, frágil, de viejo. Veneno,
Castelli. Una envenenada mierda
verdosa y putrefacta, que se estira por
una pared negra, de tierra, de un pozo
negro, escribe Castelli, los labios secos,
la letra angulosa, frágil, de viejo. ¿Nada
más que eso, Castelli?
Llámelo veneno, Castelli, si quiere,
para no tachar, en el papel, porque le
falta coraje, aquello que hombres como
usted, que no hablan, confían al papel.
V
¿Qué juramos, el 25 de mayo de 1810,
arrodillados en el piso de ladrillos del
Cabildo? ¿Qué juramos, arrodillados en
el piso de ladrillos de la sala capitular
del Cabildo, las cabezas gachas, la
mano de uno sobre el hombro de otro?
¿Qué juré yo, de rodillas en la sala
capitular del Cabildo, la mano en el
hombro de Saavedra, y la mano de
Saavedra sobre los Evangelios, y los
Evangelios sobre un sitial cubierto por
un mantel blanco y espeso? ¿Qué juré yo
en ese día oscuro y ventoso, de rodillas
en la sala capitular del Cabildo, la
chaqueta abrochada y la cabeza gacha, y
bajo la chaqueta abrochada, dos pistolas
cargadas? ¿Qué juré yo, de rodillas
sobre los ladrillos del piso de la sala
capitular del Cabildo, a la luz de
velones y candiles, la mano sobre el
hombro de Saavedra, la chaqueta
abrochada, las pistolas cargadas bajo la
chaqueta abrochada, la mano de
Belgrano sobre mi hombro?
¿Qué juramos Saavedra, Belgrano,
yo, Paso y Moreno, Moreno, allá, el
último de la fila viboreante de hombres
arrodillados en el piso de ladrillos de la
sala capitular del Cabildo, la mano de
Moreno, pequeña, pálida, de niño, sobre
el hombro de Paso, la cara lunar, blanca,
fosforescente, caída sobre el pecho, las
pistolas cargadas en los bolsillos de su
chaqueta, inmóvil como un ídolo, lejos
de la luz de velones y candiles, lejos del
crucifijo y los Santos Evangelios que
reposaban sobre el sitial guarnecido por
un mantel blanco y espeso? ¿Qué juró
Moreno, allí, el último en la fila
viboreante de hombres arrodillados,
Moreno, que estuvo, frío e indomable,
detrás de French y Beruti, y los llevó,
insomnes, con su voz suave, apenas un
silbido filoso y continuo, a un mundo de
sueño, y French y Beruti, que ya no
descenderían de ese mundo de sueño,
armaron a los que, apostados frente al
Cabildo, esperaron, como nosotros, los
arrodillados, el contragolpe monárquico
para aplastarlo o morir en el entrevero?
¿Qué juramos allí, en el Cabildo, de
rodillas, ese día oscuro y otoñal de
mayo? ¿Qué juró Saavedra? ¿Qué
Belgrano, mi primo? ¿Y qué el doctor
Moreno, que me dijo rezo a Dios para
que a usted, Castelli, y a mí, la muerte
nos sorprenda jóvenes?
¿Juré, yo, morir joven? ¿Y a quién
juré morir joven? ¿Y por qué?
VI
Castelli juega CD2D; Monteagudo,
A2C. Castelli, C1A; Monteagudo
enroca, enroque corto, y pierde la
partida. Monteagudo, que enroca corto;
pierde la partida, y no lo sabe. Castelli
mira la torre negra y el rey negro de
Monteagudo, enrocados, el rey negro
muy alto y muy encorvado, y como
encapuchado, de peltre, quieto en su
casilla blanca, y la torre, negra, de
peltre, en su casilla negra, y sabe, el
cigarro apagado en la boca, los ojos
desteñidos que miran al rey negro, muy
alto
y muy encorvado,
como
encapuchado, de peltre, quieto en su
casilla blanca, y la torre negra, de
peltre, en su casilla negra, que
Monteagudo perdió la partida.
Castelli, antes de que Monteagudo se
sentara frente a él, en la pieza sin
ventanas, antes de que Monteagudo, en
silencio, sentado frente a él, retornara a
la partida que iba a perder, y que no
sabía que iba a perder, tragó, voraz, el
más largo chorro de leche de ángeles
que nunca haya tragado, que fluyó por su
cuerpo, desde la boca que tragó, voraz,
el más largo chorro de leche de ángeles
que nunca haya tragado, hasta más abajo
de donde no crecen las uvas verdes de
la razón, y que circuló por su cuerpo,
mensajero de un éxtasis que duraría
menos que la partida que Monteagudo,
con ese enroque anticipado, perdió, y
que Monteagudo no sabe que perdió.
Castelli, los ojos desteñidos, el cigarro
en la boca que tragó, voraz, el más largo
chorro de leche de ángeles que nunca
haya tragado, escucha el fluir del éxtasis
por su cuerpo, su cuerpo no resignado a
la brevedad de la limosna, o lo que
fuese que lo tiene en pie, y mira su mano
derecha, flaca, la sombra flaca de su
mano derecha sobre el tablero, los
dedos pulgar e índice de su mano
derecha que toman, por la cabeza, al
alfil, y lo mueven a 4T, y mira su brazo
izquierdo, doblado a la altura de la
ingle, y los dedos, flacos, de la mano
izquierda, que rozan, en el bolsillo
derecho de la chaqueta, el bulto duro de
la pistola, y papeles arrugados en los
que se lee SOY CASTELLI y PAPEL PLUMA
TINTA.
Monteagudo dice, sin levantar la
vista del tablero, de la partida que
recién está en su comienzo, que no
terminará, que va a perder, y que no
sabe que va a perder, que dará a
publicidad, tan pronto como pueda, una
confesión.
Castelli escribe Ah. Monteagudo, sin
levantar la vista de la partida que no
terminará, y que no sabe que va a
perder, lee Ah en una letra angulosa,
frágil, de viejo. Monteagudo, que no
levanta los ojos de una partida que no
terminará, y que no sabe que va a
perder, lee, en una letra angulosa, frágil,
de viejo, Rousseau hace escuela:
¿retrato de un artista adolescente? ¿El
relato de los goces y de las angustias de
un artista adolescente que capturó, y
olió, en una siesta febril, las bombachas
de una tía madura y opulenta?
Monteagudo, que no levanta los ojos de
su rey, muy alto y muy encorvado, y
como encapuchado, quieto en la casilla
blanca del enroque, y del tablero donde
perderá la partida que recién comienza,
y que no sabe que va a perder, dice que
es hijo de padres decentes, y que, hijo
de padres decentes, nunca tuvo tías.
Dice, los ojos en la partida que perderá,
y que no sabe que va a perder, que su
confesión, que no plagia las de
Rousseau, y que dará a publicidad tan
pronto como pueda, salda una deuda
política, que es, también, intima,
personal. Y que, hijo de padres
decentes, aun sin ser nobles, él,
Monteagudo, que nunca tuvo tías,
pagará, tan pronto como pueda, una
deuda política, que es, también, íntima,
personal. Para ello, dirá: Yo me
permitiré confesar el gran vacío en que
la privación de sus talentos
revolucionarios nos ha puesto, y que su
muerte será para mi una eterna
desgracia. Me siento casi halagado,
escribe Castelli, el cigarro apagado en
la boca, que escucha fluir el éxtasis por
los secos viaductos de su cuerpo, que
sabe qué le responderá Monteagudo, los
ojos de Monteagudo en la partida que
recién comienza, que perdió, y que no
terminará. Para que el halago sea
completo, escribe Castelli, que mueve el
cigarro apagado de un extremo a otro de
la boca, dígame: ¿usted alude a mi
muerte? Sí, y a ninguna otra, dice
Monteagudo, los ojos de Monteagudo en
la partida que no terminará, que perderá,
que no sabe que va a perder. Aflicción
inútil, escribe Castelli, que sabe que,
con tías o sin tías, los artistas
adolescentes no pagan sus deudas
políticas, que las deudas políticas de un
hombre —aun si este hombre es un
artista adolescente— no se pagan a otro
hombre. Usted, Monteagudo, escribe
Castelli con una letra angulosa, frágil,
de viejo, dijo, en el curato de Laja: La
muerte es un sueño eterno. Bellísima
oración. Y verdadera. Leí, en algún
lado, que la verdad es escandalosa. No
olvide esa bellísima, verdadera y
escandalosa oración. Lo demás es
aflicción inútil, retórica inútil.
Doctor, mire mi corazón, dice
Monteagudo, que no alza los ojos de la
partida que no terminará, y que no sabe
que va a perder. Le toca mover; amigo
mío, escribe Castelli, el oído puesto en
el éxtasis que se apaga en los secos
viaductos de su cuerpo.
María Rosa, que entra a la pieza sin
ventanas, deposita en la mesa, cerca de
un cuaderno de tapas rojas, un plato de
arroz con leche, y pregunta a Castelli si,
solo, no juega con ventaja. Castelli, que
no levanta los ojos desteñidos de la
partida que va a ganar, y que no
terminará, escribe: Tus manos huelen a
incienso, mi querida. Oré a la Virgen
María, dice María Rosa que, con sus
manos que huelen a incienso, acaricia la
cara de Castelli. Bendito sea el fruto de
tu vientre, escribe Castelli, y baja los
párpados sobre los ojos desteñidos, y ya
no ve la partida inacabada, la partida
que ganó y que nunca terminará, y huele
el incienso en las manos de María Rosa,
que le acarician la cara, la piel pegada a
los huesos, los párpados caídos sobre
los ojos que ya no ven la inacabada
partida.
Monteagudo avisó que pasaría, por
aquí, esta tarde. Prometió que me leería
las
confesiones
de
un artista
adolescente, que nunca tuvo tías, escribe
Castelli, en un cuaderno de tapas rojas.
Los dedos de las manos de María Rosa,
que huelen a incienso, se extienden por
las mejillas de Castelli, que escribe
bendito sea el fruto de tu vientre, los
ojos desteñidos que siguen a la pluma
que escribe, con una letra angulosa,
frágil, de viejo, bendito sea el fruto de tu
vientre. Calentá café, que Monteagudo
avisó que esas confesiones me
divertirían. Y encendeme el cigarro, mi
querida.
VII
¿Qué juré yo, y a quien, ese 25 de mayo
oscuro y ventoso, de rodillas, la mano
derecha sobre el hombro de Saavedra?
¿Juré, ese día oscuro y ventoso, que
galoparía desde Buenos Aires hasta una
serranía cordobesa, al frente de una
partida de hombres furiosos y callados,
y que desmontaría, cubierto de polvo,
esa mañana helada como el infierno, con
el intolerable presentimiento de que
habíamos
irrumpido,
demasiado
temprano, en el escenario de la historia,
y miraría, sin embargo, a Liniers,
envueltos él y yo en una niebla helada
como el infierno, y le escucharía, de pie,
arrogante, reír e insultarme, y
escucharía, en una niebla helada como el
infierno, a los hombres que me
acompañaron desde Buenos Aires,
furiosos y callados, amartillar sus
fusiles, y me vería a mí mismo, cubierto
de polvo en una niebla helada como el
infierno, encender un cigarro, decir
denles aguardiente, y dar la espalda a
Liniers que, de pie, arrogante, se reía y
me insultaba, e insultaba a los que, con
él, se alzaron contra la Revolución, y
que en esa mañana helada como el
infierno,
suplicaban,
babeándose,
moqueando, volteando lo que no tenían
en las tripas, que no los mataran?
¿Juré que no vería, furioso y callado,
yo, a quien se llamó el orador de la
revolución, a las partidas de perros
negros, que devoran a los indios que
escapan de las minas de oro, de sal, de
plata; juré que no escucharía el
murmullo que viene de las minas de oro,
de sal, de plata, de las cocinas y
galerías de los señores del Norte, ese
murmullo opaco y fascinado que se
desprende de bocas raídas por una vejez
prematura, de una carne expiatoria y
condenada al saqueo y al infinito
silencio de Dios, y que dibuja el aullido
del perro negro, como se dibujan los
mitos, y detrás, tenaz e inaccesible como
los mitos, al patrón de la bestia y del
infinito silencio de Dios, y también la
carne sacrificada, rasgada, herida, por
los colmillos insaciables; juré que yo no
vería, yo que tuve un corazón
docilísimo, los potros del tormento, y
los caballos despanzurradores, y a las
damas que, de pie en altos balcones de
ciudades de piedra, tomaban chocolate
en cónicas tazas de plata, y apreciaban
la hermosa musculatura de los caballos
despanzurradores, a cuyas cinchas,
monturas, estribos, estaban atadas las
manos y los tobillos de subversivos del
orden público, según escribió José
Manuel Goyeneche, sudamericano,
grande de España, y que morirá en olor
de santidad, para que los patrones de los
perros negros no olviden, jamás, la
filiación de los que se sublevan contra
el saqueo?
¿Juré yo, de rodillas, la mano
derecha en el hombro derecho de
Saavedra, que no vería las partidas de
perros negros, los potros del tormento,
el acabado perfecto de la musculatura de
los caballos despanzurradores, y que si
mis ojos llegaban a ver las partidas de
perros negros, los potros del tormento,
el acabado perfecto de la musculatura de
los caballos despanzurradores, mi
corazón, que fue docilísimo, con la
misma levedad que los filósofos
provincianos exponen la inconsistencia
del mundo, borraría, de los ojos que
vieron, a la partida de perros negros, los
potros del tormento, el acabado perfecto
de la musculatura de los caballos
despanzurradores, y la apreciación, por
las damas —madres, esposas, hijas,
hermanas, mantenidas, de los dueños de
los perros negros—, del acabado
perfecto de la musculatura de los
caballos despanzurradores, mientras
tomaban chocolate, de pie en altos
balcones de piedra, apreciación que
incluía el rápido, cada vez más rápido,
cada vez más rápido paso de los
caballos despanzurradores, de cabezas
finas, uno hacia el Norte, uno hacia el
Sur, uno hacia el Este, uno hacia el
Oeste, llevándose, cada caballo
despanzurrador, de cabeza fina, ojos
desorbitados y lomo sudoroso, uno hacia
el Norte, uno hacia el Sur, uno hacia el
Este, uno hacia el Oeste, un pedazo de
hueso y carne del subversivo del orden
público atado a la cincha, la montura, el
estribo?
¿Juré, en un día oscuro y ventoso de
mayo que, al igual que Vieytes y
Ocampo, según leí en una carta de
Moreno, que respetaron los galones de
los dueños de los perros negros,
cagándose en las estrechísimas órdenes
de la Junta, me cagaría, yo, enviado de
la Junta en el ejército del Alto Perú, en
las estrechísimas órdenes de la Junta, y
predicaría la reconciliación con los
dueños de los perros negros, o juré que,
absorto, poseído, me tocaría los ojos, la
boca, las mejillas, como un actor que, en
el escenario, va más lejos de lo que
representa, más lejos que su propia
sombra, y absorto, poseído, furioso y
callado, firmaría la orden de muerte
para el mariscal Nieto, para el
gobernador Sanz, para el capitán de
marina José de la Córdova, para todos
esos ondeadores de banderas negras y
calaveras y tibias en las banderas
negras?
¿Juré, de rodillas en la sala capitular
del Cabildo, que no iría más lejos que
mi propia sombra, que nunca diría ellos
o nosotros?
Juré que la Revolución no sería un té
servido a las cinco de la tarde.
VIII
Anoto:
Castelli relee, en el segundo
cuaderno de tapas rojas, las
páginas que escribió en el segundo
cuaderno de tapas rojas;
Castelli, que relee las páginas que
escribió en el segundo cuaderno de
tapas rojas, no vomita;
Castelli confiará al papel aquello
que, hombres como él, que no
hablan, confían al papel.
¿Qué leo cuando proclamo, ante el
Triunvirato, el derecho que la naturaleza
da al padre? ¿Leo que lo que emana del
corrupto cuerpo del rey, amo,
propietario o padre, es la ley? ¿Leo que
soy el amo, el propietario de lo que
nació por la fortuita circunstancia de que
una madrugada o una noche o una tarde
mi leche se unió a la leche de una mujer
que quise, y que aún quiero —y que el
Diablo responda, por mí, qué es lo que
quise, y quiero, en esa mujer—, y de la
unión de las dos leches, nació Ángela?
¿Soy yo el rey de Ángela, yo, que un
día de mayo declaré caducos los
poderes de los reyes, cualquiera fuese
su identidad y origen, sobre las mujeres
y hombres, animales, tierras, aguas,
cielos, bosques y montañas de esta parte
de América? ¿Quién capituló cuando la
mano de Castelli escribió derechos del
padre, y los ojos de los partidarios del
orden leyeron derechos del padre? ¿El
que habló a las paredes de Tiahuanaco,
y dijo que el indio es un hombre, igual
en derechos y oportunidades, por ser
hombre, a los derechos y oportunidades
de otro hombre, y nadie, se haya
llamado rey, cacique, propietario,
prevalecerá sobre la libertad que le
ganaron las armas de la patria nueva?
¿Capituló el que no se suicida? ¿El
robesperriano que resiste en una ciudad
de comerciantes y banqueros, y no
abjura de la utopía? ¿O el Castelli que
confía al papel aquello que, hombres
como él, que fueron más lejos de su
propia sombra, confían al papel?
Es cierto, escribe Castelli, la letra
apretada y firme: hay un cuerpo que se
llama Francisco Javier de Igarzábal. Y
está del otro lado. Maldito sea ese
cuerpo que está del otro lado.
Es cierto, escribe Castelli, la letra
apretada y firme: Abraham Hunguer le
habló de Montescos y Capuletos, y de
Verona, maldito sea el nombre de
Venecia. Y Castelli rió. Abrió su boca
lacerada, y su boca lacerada rió.
Es cierto, escribe Castelli, la letra
apretada y firme, que Castelli sabe,
ahora, que desea a Ángela.
Es cierto: por un momento, él, que
lee lo que escribió, escribe que, por un
momento, es un hombre desligado de los
vínculos de la sangre, de hábitos,
prohibiciones y culpas, un hombre que
desea a una mujer, y que mira, en la
penumbra de una habitación sin
ventanas, la carne joven, dorada, sana,
que desea, y que sabe, como nunca lo
supo antes, que él, que desea a una
mujer que no tendrá, no es un hombre
desamparado.
Calmo, hunde en la cueva que se
pudre, un cigarro. Calmo y lento, lo
enciende. Y fuma.
IX
Belgrano, mi primo, galopó no sé
cuántas leguas para verme. Entró a la
ciudad de noche para que nadie lo
reconociera. Dijo, sentado allí, frente a
mí, que galopó no sé cuántas leguas para
verme y despedirse. Dijo: En Tacuarí
antes de entrar en batalla, entregué mis
papeles a un asistente y le ordené que
los quemara. Cuando uno quema sus
papeles, lo mismo da morir a los
cuarenta que a los sesenta. Qué vida
ésta, primo, que nos toca vivir: uno
quema sus papeles y es como si nunca
hubiera nacido.
Belgrano alzó su vaso de
aguardiente, la pierna derecha cruzada
sobre el muslo izquierdo, hidrópico, la
cara de un hombre que galopó no sé
cuántas leguas para sentarse allí, frente a
mí y dijo salud. Dijo salud, y se rió,
como si gozara de la posesión de un
secreto, y dijo, cuando terminó de reír,
cuando olvidó que era dueño exclusivo
de un secreto: Tengo a los oficialitos de
mi Estado Mayor, yo, un abogado, a
caballo buena parte del día. Les saco
callos en el traste. Y los escucho
rezongar: chico majadero, me llaman.
¿Qué hago yo, primo, un abogado,
arrestándolos, formándoles consejo de
guerra
por
ladrones,
por
insubordinación, por amotinamiento, a
ellos, que se guían por los reglamentos
españoles del siglo de maricastaña, para
que no me hagan, amotinados, lo que le
hicieron a usted y a Balcarce, sabiendo
que aun a los más miserables les sobran
padrinos, aquí, en Buenos Aires?
Dijo: Arresto a los miserables, que
andan, todo el santo día, con el rosario
en las manos; castigo a los cobardes;
reparto charqui y maíz en las
poblaciones que no nos dan bola, que
nos miran con recelo, que ven que no
hay mano que ponga freno a la iniquidad
de españoles y criollos, que ven que se
me ordena guardar cualquier bandera
que no sea la del rey; y que yo, que soy
un hombre bueno, como usted me
escribió, primo, obedezco. Entonces,
para darme ánimo, grito a mis
soldaditos, fumemos, muchachos, que
nos sobra tabaco, y recuerdo la luz de
Buenos Aires, la de su cielo, porque
quemé mis papeles, y da lo mismo,
cuando uno quemó sus papeles, no haber
nacido que morir a los cuarenta o a los
sesenta.
Dijo que la noche del día que sus
soldaditos batieron al malparido de
Tristán, leyó, toda la noche, la nómina
de los vecinos expectables que
colaboraron con el malparido de
Tristán, y mientras leía recordó que,
entre los papeles que ordenó quemar en
Tacuarí, figuraba la traducción de
Agrelo del dictum de Marat, que
reconstruyó, palabra por palabra, toda
esa noche, mientras leía la nómina de
vecinos expectables que, en el Norte,
enviaron armas, dinero, alimentos y
hombres al criollo de Tristán, y mientras
leía, toda la noche, la nómina de vecinos
expectables que, en el Norte, enviaron
armas, dinero, alimentos y hombres al
criollo de Tristán, y reconstruía, palabra
por palabra, el dictum de Marat (¡ay de
la revolución que no tenga suficiente
valor para decapitar el símbolo del
antiguo régimen!), se preguntó en
nombre de quién y de qué iba a empuñar
el hacha de la decapitación, él, que en
otros tiempos, cuando lo imposible era
posible, aplastó el levantamiento del
regimiento Patricios, que se había
negado a que le raparan la coleta, y
fusiló a los que, en la coleta que les
golpeaba la nuca, databan el privilegio
de pasarle por encima a la República y
a los republicanos. Eso se preguntó él,
el chico majadero, el bomberito de la
patria, un hombre bueno para el doctor
Juan José Castelli, toda aquella noche, y
muchas de las noches que siguieron a
aquella noche. Salud, primo.
Dijo que, toda esa noche, leyó la
nómina de vecinos expectables que, en
el Norte, son el símbolo del antiguo
régimen, y en respuesta al ofrecimiento
de rendición del malparido de Tristán,
se comprometió a respetar la propiedad
y la vida de los símbolos del antiguo
régimen, y la vida y la seguridad del
malparido de Tristán y de sus oficiales,
si prestaban juramento de no volver a
tomar las armas contra las Provincias
Unidas del Río de la Plata, sabiendo,
como sabían él y el malparido de
Tristán, y los oficiales carniceros de
Tristán, que al minuto siguiente del
juramento, mandarían al carajo el
juramento, la palabra empeñada de un
soldado cristiano, y del rey, y la mar en
pelotas.
Leo lo que escribí: Nadie es
inocente hasta que se pruebe lo
contrario.
Dijo, echado hacia atrás, en la silla,
rubio e hidrópico, el vaso vacío en la
mano, sin molestarse en leer lo que creo
que escribí, si es que fui yo el que
escribí, que moría más rápido de lo que
jamás sospechó. Dijo: Me muero de a
poco o, si lo prefiere, primo, más rápido
de lo que jamás llegué a sospechar.
Salud, primo.
Trata de ser paciente, dijo, y
dominar su rabia italiana que, a veces,
lo desborda, y desbordado por su rabia
italiana, ordena cortarles la cabeza a
algunos oficiales carniceros del rey
también cristianos, pero un día de éstos,
para consternación de las mujeres que
amó con galanura y apetito, el corazón
lo dejará seco de un solo golpe. Dijo
que, paciente, nombró generala del
ejército a la Virgen de las Mercedes;
dispuso, solemne y paciente, que le
rindieran honores los mismos oficiales
que, en el Alto Perú, yo no sancioné
cuando se orinaban en los portales de
las iglesias, y que, en solemne
procesión, fuese llevada, Nuestra
Señora de las Mercedes, a visitar las
casas de Dios, para que peticionase a Su
Hijo, en las casas de Dios, en favor de
los fierros de la patria. Trata, paciente y
solemne, de borrar la apostasía y el
descreimiento
que
los
vecinos
expectables imputan al ejército del Alto
Perú, filtrados, gota a gota, en el ejército
del Alto Perú, por el impío doctor Juan
José Castelli. Y pese a que es paciente y
solemne, para consternación de las
mujeres que amó con galanura y apetito,
oye murmurar que la Virgen entra, las
mejillas encendidas como una colegiala,
a las casas de Dios, y que, luego de
hablar con Su Hijo, o lo que fuera que
hiciese con Su Hijo en las casas de
Dios, sale llorosa y descolorida.
Soy una bestia asediada por el
fuego: la ración normal de leche de
ángeles no aleja de mí eso que los
médicos llaman dolor, pero me acuerdo
que, bestia asediada por el fuego, alcé
mi vaso frente a Belgrano, y moví la
cabeza como si le escuchara, como si de
lo que decía el buen hombre dependiese
mi vida, como si le hubiese escuchado
lo que transcribo ahora, aturdido,
después de tragar una ración doble o
triple de opio y alcohol, preguntándome
para qué transcribo, ahora, lo que
imagino dijo mi primo, que galopó no sé
cuántas leguas para verme.
Escribí, bestia asediada por el
fuego: Déjeme que le cuente algo acerca
de vecinos expectables. Escribí que, en
1485, los vecinos expectables de
Venecia, horrorizados por las pestes que
el tráfico con Oriente descargó sobre la
ciudad, y el temor a un irracional
levantamiento del bajo pueblo, enviaron
a
un
grupo
de
mercenarios,
cuidadosamente
seleccionado
y
severamente instruido, vestido con
hábitos de peregrinos, a Montpellier,
Francia para que robara las reliquias de
San Roque, abogado de los pestíferos.
Los
mercenarios,
cuidadosamente
seleccionados, severamente instruidos y
generosamente pagados, robaron las
reliquias de San Roque, abogado de los
pestíferos. El dux, el Senado, los
sacerdotes, las monjas, los vecinos
expectables que abrieron sus bolsas a
los mercenarios, y el bajo pueblo,
recibieron en triunfo las reliquias de San
Roque, abogado de los pestíferos. Las
crónicas abundan en información del
tráfico con Oriente, a cargo de los
vecinos expectables: el tráfico con
Oriente, a cargo de los vecinos
expectables, prosiguió y se expandió, la
riqueza de los vecinos expectables
aumentó y se consolidó, y la ciudad que
se levanta sobre el agua vio cómo
crecían nuevos, bellos y sombríos
palacios, pagados con los beneficios del
tráfico con Oriente. Curiosamente, las
minuciosas crónicas omiten la mención
de los milagros del abogado de los
pestíferos. Sea paciente, primo, y la
generala y los vecinos expectables harán
el resto.
Belgrano me miró, en silencio, un
largo rato, recto el torso en la silla.
Después se inclinó hacia mí —de eso
me acuerdo— y dijo:
—Me pareció…
¿Qué?, escribí.
¿Qué?, leyó él, y dijo enciendo una
vela.
—Me pareció… —repitió Belgrano,
que había inclinado su torso hacia mí.
¿Qué?, volví a escribir.
—Me pareció que sus ojos eran dos
agujeros negros.
Belgrano me abrazó, los brazos
blandos, su torso voluminoso y cálido
echado sobre el mío, y me preguntó,
despacio, en el oído:
—¿Y Ángela?
En un convento, escribí, la letra
firme y apretada. Una muestra de
consideración, hacia el doctor Juan José
Castelli, de los señores del Triunvirato.
—¿Y ese mozo con el que se casó?
—preguntó mi primo, abranzándome, el
tibio aliento de su boca en mi cuello.
Esperan, escribí, ese mozo y los
señores del Triunvirato, que me muera.
—¿Por qué, primo, por qué? —
preguntó Belgrano, que galopó no sé
cuántas leguas para verme, medio
cuerpo echado sobre mí, incómodo en
esa postura, la casaca desabrochada, el
inútil sable de los desfiles colgándole
de la voluminosa cintura, el pelo rubio
ceniciento, sudado, sobre la frente
blanca, y los labios que mintieron amor
a las mujeres que amó, con galanura y
apetito, en mi oído, y su tibio aliento en
mi oído, por qué, primo, por qué.
Ellos o nosotros, escribí, bestia
asediada por el fuego. Y que el Dios que
invocan se apiade de ellos, porque
nunca tendrán paz, escribí, la letra
apretada y firme.
El general se irguió, se abrochó la
casaca, se encajó lo que sea que llevan
los generales en la cabeza sobre el pelo
rubio ceniciento, sudado, y con el tono
abstraído de voz que usó para decir tres
veces salud, dijo:
—Castelli, no queme sus papeles.
Buenas noches para usted, primo.
X
Miré a María Rosa, y escribí: Fumaría
un cigarro. Nada me hará menos daño
que fumar un cigarro.
Escribí: Para cuando el verano —
que anuncian seco, duradero y maligno
— caiga sobre esta ciudad, quedarás
eximida,
amiga
mía,
de
tus
preocupaciones por las indigencias que
me recetó el doctor Cufré. Es una buena
noticia para los dos: Cufré es su garante.
Llamá, por favor, a un escribano.
María Rosa levantó la vista del
cuaderno, y me miró. Y me besó. Y no
lloró, la más leal de mis amigas. Salió
del cuarto, y cerré los ojos, y esperé.
En la causa que me fue promovida
por los señores del Triunvirato, los
jueces, abogados y consejeros del
contrarrevolucionario
Liniers,
preguntaron, a los testigos, si recibí
regalos, obsequios en dinero o de otra
especie, desde agosto de 1810 a octubre
de 1811, en mi condición de
representante de la Primera Junta en el
ejército del Alto Perú. Los testigos
declararon, hasta donde recuerda el
doctor Castelli, que el doctor Castelli
rechazó, en La Paz, un caballo con
arneses de oro y otros obsequios de
valor, y en Potosí veinte mil pesos, a
cambio de la libertad de Indalecio
González de Sosaca, un vecino
expectable.
El
doctor
Castelli,
declararon los testigos, salió tan pobre
como entró al ejército del Alto Perú. O
más.
Lo dicho: no tengo un centavo en mis
bolsillos, en los bancos, y donde se le
ocurra a nadie que pueda guardar un
centavo. De los gastos que mi
enfermedad aún ocasiona, se encarga —
no por patriotismo— el doctor Cufré.
De los otros, los de casa, no son un
misterio, todavía, que se preste al rumor
malévolo: corren por cuenta de la
paciencia de los acreedores, y de las
pocas joyas de María Rosa, que María
Rosa empeñó.
Aclarado que no soy dueño de
moneda alguna —sea de cobre, plata u
oro—, ni de objetos de valor, cotizables
en mercado alguno, ni de tierras, detallo
lo que circunstancialmente poseo:
Un ejemplar del Quijote, regalo de
mi padre.
Un libro, en inglés que me envió
míster Abraham Hunguer. Su título,
Romeo y Julieta, me fue traducido
por Agrelo.
La traducción de Moreno, firmada
por Moreno de El contrato social.
La espada que cargué en Suipacha.
Un juego de ajedrez de peltre.
Un ídolo asiático, con un pito
desmesuradamente largo, regalo de
una patriota que conocí en el Alto
Perú.
Un poncho rojo, tejido por una de
las mujeres de Antonio Vergara,
con quién hablé, entre los
escombros de Tihuanaco, en el
invierno de 1811.
La copa de plata que me regaló la
señorita Irene Orellano Stark, en el
verano de 1807.
Un estuche de laca negra, con dos
pastillas de un veneno de acción
rápida, que preparó mi padre en su
laboratorio. Las dos pastillas, por
efecto del tiempo transcurrido
desde
su
preparación,
son
inofensivas.
Un peine de marfil.
Un frasco de cristal, que contiene
leche de ángeles.
Otro frasco de cristal, un poco más
grande que el anterior. Dentro de
él, conservado en alcohol, un
pedazo de lengua que se pudre. Ese
pedazo de lengua que se pudre
perteneció al ciudadano Juan José
Castelli, a quien se llamó, en otros
tiempos, el orador de la revolución
y, también, representante de la
Primera Junta en el ejército del
Alto Perú. Su valor como material
de investigación científica es nulo,
según opiniones dignas de ser
atendidas. Quien fuera llamado el
orador de la revolución se niega a
que ese pedazo de lengua que se
pudre sea objeto de regocijada
curiosidad de sus enemigos, y
dispone que su hijo Pedro
abandone, ese pedazo de lengua
que se pudre, en el monte más
cercano, para alimento de los
caranchos.
Dos casacas de paño azul.
Cinco camisas. Una, muy gastada.
Un largavista.
La pistola con la que maté a la
muerte, en una calle de piedra.
Dos pistolas, que pertenecieron a
Moreno, de corto alcance, que me
regaló su viuda.
Papeles que no comprometen a
ninguno de mis amigos: mi diploma
de abogado, por ejemplo. Papeles,
entonces, para los enamorados de
la nostalgia. Envueltos y atados con
piolín negro. Se los encontrará en
el último cajón de mi escritorio, a
la derecha, en un sobre de cuero de
venado, que el capitán Segundo
Reyes, que vende pescado,
arrebató a un oficial inglés, en las
calles de Buenos Aires, el domingo
5 de julio de 1807, cuando no era
el capitán Segundo Reyes, que
vende pescado, sino un esclavo
que, en las calles de Buenos Aires,
peleó por su libertad. Hay una
etiqueta, adherida al sobre de cuero
de venado, que permite identificar,
de inmediato, el contenido del
sobre de cuero de venado. En la
etiqueta se lee: Papeles para
limpiarse el culo.
Un espejo de mano, ovalado, con
marco y mango de plata, regalo de
otra patriota que frecuenté en el
Alto Perú.
Diario del año de la peste, de un
tal Daniel Defoe, traducido del
inglés por Agrelo.
Una valija de cuero negro, con las
manijas rotas.
Un cuchillo de Sheffield, que el
gringo Beresford regalo a S. R. P.,
una tarde de enero, en los riachos
del Tigre, y que S. R. P. me regaló
a mí, no sé por qué.
El sobre de cuero de venado,
cuando se desocupe.
Dos cuadernos de tapas rojas: mi
hijo Pedro les dará el destino que
mejor le plazca[3].
Cuatro plumas que me sirvieron
para escribir los dos cuadernos de
tapas rojas.
Un tintero con base de piedra.
Salvo los dos cuadernos de tapas
rojas, todo lo que aparece en este
inventario, sin excepción alguna, deberá
repartirse entre los miembros de mi
familia, mis amigos (que no nombro
para evitarles nuevas persecuciones), y
el capitán Segundo Reyes, que vende
pescado, al gusto y preferencia de cada
uno de ellos.
XI
Ángela. Ángela. Por favor, Ángela.
XII
Entre tantas preguntas sin responder, una
será respondida: ¿qué revolución
compensará las penas de los hombres?
Apéndice
N. de la E. Cláusulas contractuales nos
llevan a insertar, en el presente texto,
las biografías de algunos amigos del
doctor Juan José Castelli, que no
figuran, por razones obvias, en los dos
cuadernos del distinguido tribuno de
Mayo, que éste usó para volcar sus
pensamientos.
Dichas biografías están precedidas por
una introducción, a todas luces
extemporánea.
Oportunamente,
daremos a conocer las objeciones que
nos merecen unas y otras, cuya
inclusión aceptamos, sin embargo,
guiados por los presupuestos que rigen
nuestro quehacer en el mundo de la
cultura.
KOTE
TSINTSADZE,
antiguo
bolchevique, preso en los campos de
concentración de José Stalin, envía, a
León Davidovich Trotzky, en el papel
que utilizaban los detenidos para armar
cigarrillos,
la
siguiente
misiva:
«Muchos, muchísimos de nuestros
amigos y de la gente cercana a nosotros,
tendrán que terminar sus vidas en la
cárcel o la deportación. Con todo, en
última instancia, esto será un
enriquecimiento
de
la
historia
revolucionaria: una nueva generación
aprenderá la lección».
PEDRO JOSÉ AGRELO. Nace el 28
de junio de 1776. Estudia en el colegio
de San Carlos. Viaja a Chuquisaca
(algunas fuentes hablan de una
apasionada vocación sacerdotal) y se
recibe de abogado. Baja a Buenos Aires
y entra, año 1809, en la vía de la
Revolución. Dirige, en 1811, La Gazeta
de Buenos Aires. En 1812, es fiscal del
juicio a Martín de Alzaga. Participa en
la Asamblea del año XIII. Traduce obras
clásicas
francesas;
del
inglés,
Procedimientos del Consejo de guerra
instalado en Chelsea. Se lo deporta,
1817, a EE. UU., junto a Manuel
Moreno, Manuel Dorrego y otros.
Regresa a Buenos Aires, 1820, y se
desempeña como periodista de combate.
Enrolado en el federalismo, y fiscal de
cámara, es vigilado de cerca por los
agentes del gobierno de Juan Manuel de
Rosas. Se lo encarcela. Logra emigrar a
Montevideo. Desprecia propuestas para
que retorne a Buenos Aires que le
formula emisarios del Restaurador de
las Leyes. Muere el 23 de julio de 1846,
a los 70 años, en la capital del Uruguay,
rodeado por la más desoladora pobreza.
En una carta inacabada, no trascripta
en los cuadernos, Castelli escribe:
«Pero usted se topó, también, con
Agrelo, que no pacta con nadie: ni
consigo mismo, ni con el agua, ni con el
aceite. Es el más desesperado de todos
nosotros, los empiojados, y la palabra
desesperado no dice nada. Es el más
implacable de todos nosotros, los
empiojados, y la palabra implacable no
dice nada».
ANTONIO LUIS BERUTI. Nace en
Buenos Aires, el 2 de setiembre de
1772.
Concurre
a
reuniones
conspirativas en la casa de los
Rodríguez Peña, y en la jabonería de
Hipólito Vieytes. Partidario de Mariano
Moreno, moviliza con Domingo French,
en las jornadas previas al 25 de mayo de
1810, a un grupo de adeptos, que recibe
armas cortas y que contribuye
decisivamente a la instauración de la
Primera Junta. Vota contra la Monarquía.
Funda el regimiento América. En el café
de Marcos, cuartel general de los
morenistas, organiza la oposición al
saavedrismo. Luego de la asonada del 5
y 6 de abril de 1811, se le obliga a
abandonar Buenos Aires. «Suba al Alto
Perú —lo convoca Castelli—, y suban
los amigos, y todos juntos caigamos
sobre esa ciudad maldita. No habrá
excusa, entonces, que salve a los que
creen que, instalando una comparsa de
infatigables devoradores de carne asada
frente al Cabildo, pueden malbaratar la
tarea que se propuso la Junta. Porque
esto, no se engañe, Beruti, es una guerra
civil». El general San Martín, nombra a
Beruti, segundo jefe de su Estado
Mayor, y elogia su participación en la
batalla de Chacabuco. Beruti se pliega
al unitarismo y, a los 69 años, revista a
las órdenes del general Gregorio Aráoz
de Lamadrid. Las tropas federales, al
mando del general Ángel Pacheco,
derrotan a Lamadrid, en Rodeo del
Medio, el 23 de setiembre de 1841.
Beruti enloquece, y vaga a caballo, por
el escenario del combate. Los
aguerridos soldados de Pacheco siguen,
de lejos, al anciano, que habla a
sombras que nadie ve. Muere el 11 de
octubre de 1841.
AGUSTÍN JOSÉ DONADO. Nace en
Buenos Aires, el 28 de agosto de 1767.
Empleado administrativo en colonias
guaraníes. Vota, con Castelli y Belgrano,
por la deposición del Virrey Baltasar
Hidalgo de Cisneros. Partidario de
Moreno, y triunfante el golpe del 5 y 6
de abril de 1811, se lo destierra a un
remoto paraje del territorio argentino.
Regresa a la actividad política, como
diputado por San Luis. Miembro de la
Sociedad Patriótica y de la Logia
Lautaro, es un decidido colaborador del
general José de San Martín. Muere el 13
de diciembre de 1831.
DOMINGO FRENCH. Nace el 12 de
noviembre de 1774. En su juventud, es
empleado de Correos. Lucha contra los
invasores ingleses, y se le nombra
teniente coronel del regimiento de
infantería Río de la Plata. El y Antonio
Luis Beruti dirigen el grupo (unos 600
hombres, denominados chisperos y,
también, verdaderos) que rodea el
Cabildo, el 25 de mayo de 1810, y que,
con exhibición de dagas y pistolas,
impone la nómina de integrantes de la
Primera Junta. Jefe del piquete que
ejecuta a Santiago de Liniers, escribe,
en marcha hacia el Alto Perú, a una
persona de su íntima confianza: «Este
mundo es nuestro mundo; este país,
nuestro país; esta sociedad, nuestra
sociedad: ¿quién tomará la palabra si no
la tomamos nosotros? ¿Quién pasará a la
acción si no somos nosotros?». Se lo
confina en Patagones, al ser derrotados
los morenistas el 5 y 6 de abril de 1811.
Participa, 1814, en la toma de
Montevideo. Se lo deporta a EE. UU.
por oponerse a la política dictatorial.
Combate a los montoneros. Muere a los
51 años, el 14 de febrero de 1825.
JUAN HIPÓLITO VIEYTES. Nace en
San Antonio de Areco, el 12 de agosto
de
1762.
Estudia
filosofía
y
jurisprudencia en el Real Colegio de
San Carlos. No finaliza los estudios. En
1802, inicia la publicación del
periódico Semanario de Agricultura,
Industria y Comercio. Auditor de guerra
en el ejército del Alto Perú, resiste la
orden de ejecución, impartida por la
Primera Junta, de Santiago de Liniers y
sus cómplices, y es sustituido por Juan
José Castelli. En 1815, una revuelta
militar
triunfante
dispone
su
expatriación. El director Ignacio
Álvarez Thomas intercede, quizá más
tarde que temprano, y el publicista, el
compañero tenaz de las reuniones en su
fábrica de jabón, en la chacra de
Castelli, y en la casa de los Rodríguez
Peña, vuelve a Buenos Aires, y muere en
San Fernando, el 7 de octubre de 1815.
IGNACIO JAVIER WARNES. Nace en
Buenos Aires, en 1771. Elige la carrera
de las armas, y con el grado de
subteniente defiende su ciudad natal de
los invasores ingleses. Secretario de
Manuel Belgrano en la expedición al
Paraguay. En 1811, es ascendido a
teniente, y a las órdenes de Belgrano se
bate en Tucumán y Salta, el Vilcapugio y
Ayohuma. Mantiene, secretamente, tres
largas reuniones con Juan José Castelli,
poco después de que éste es operado del
tumor que lo llevaría a la tumba. En la
parte de los archivos del general
Bartolomé Mitre que no fue abierta al
público, figura una carta de Juan José
Castelli a Warnes, donada por Ángela
Castelli, viuda de Igarzábal, que dice:
«Cuando suba al Alto Perú, busque a
Antonio Vergara, hombre de gran
predicamento entre los naturales de la
región, y que habla, el portugués, inglés
y francés, y, acaso, el alemán.
»Ese viejo brujo, sentado frente a
mí, las piernas cruzadas, se preguntó, en
el español más perfecto que yo jamás
había escuchado, eco de qué, sombra de
qué eran el pasado, ese fuego que nos
alumbraba y calentaba, el silencio de
Tihuanaco, el silencioso vacío de esa
despoblada ciudad de piedra; eco de
qué, sombra de qué éramos yo y el
presente, y él, que jadeaba el español
más perfecto que yo nunca había
escuchado hasta entonces, y los ejércitos
que dormían al pie de la ciudad de
piedra, y la irrisoria algarabía que
levantaban los bandos de libertad de la
Junta, difundidos en el aymará, quichua
y español más imperfectos que él haya
escuchado nunca; eco de qué y sombra
de qué imagen, que retorna y se extingue,
es el futuro que esos bandos anuncian;
eco de qué y sombra de qué es el
hombre que abomina de la igualdad y el
hombre que la proclama, que no son
anteriores a las estrellas, y que morirán
antes de que mueran las estrellas.
»Escuché al viejo brujo, en esa larga
y fría noche, y miré su vieja boca, que
preguntó lo que preguntó, y miré su viejo
cuerpo que, en la vieja Europa, se codeó
con individuos que jugaron en las
rodillas de Rousseau, que eran, casi,
contemporáneos de Voltaire y Diderot, y
que soñaron lo que pocas mentes
humanas se animaron a soñar, y que
vieron, a sus sueños, por un trémulo
instante, posarse sobre la carne de los
hombres y, al instante siguiente, a los
hombres, despedazarlos, por una lonja
de salchichón. Cuando terminé de mirar
la boca y el cuerpo del viejo, le dije,
despacio, como si hablase a un niño que
duerme: Muy bien: ¿qué hace aquí,
Antonio Vergara? El viejo movió las
manos, por encima de las llamas de la
fogata, para calentárselas, creo, y habló
para sí mismo, como si estuviese solo en
el universo: Estoy aquí porque aquí está,
todavía, la esperanza de que lo que me
pregunto no sea la única verdad
posible… siempre.
»Insisto en mi recomendación,
Warnes; no deje de buscar al viejo
brujo. Peleará de nuestro lado, le será
utilísimo, y usted aprenderá de él».
Warnes parte hacia Santa Cruz de la
Sierra: allí lo envía Belgrano, primo de
Castelli. Alto y bien constituido,
soporta, sin mayores molestias, los
rigores del clima. Implanta la
fabricación de pólvora. Sus hombres,
mal entrenados, son batidos por los
españoles. Arenales y Warnes logran
por fin, vencer a los realistas en Florida.
Warnes ocupa Santa Cruz. Da libertad a
los esclavos, que forman parte en los
cuerpos de Pardos y Morenos, y derrota,
nuevamente, a los realistas en Chiquitas.
El coronel Francisco Javier Aguilera,
nacido en Bolivia, se hace cargo de las
operaciones de los batallones españoles
que enfrentan a Warnes. Guerra de
guerrillas en la región de La Laguna, que
Warnes libra con notable eficacia. El 21
de noviembre de 1816, Aguilera lo
ataca. La batalla dura seis horas.
Warnes, al frente de los suyos, carga a la
bayoneta, y una bala de cañón le mata el
caballo, y los realistas matan a Warnes,
y clavan su cabeza en una pica, que es
expuesta en la plaza principal de Santa
Cruz. Hoy, en ese lugar, un monumento
presume recordar su memoria.
Muchos años después de finalizada
la guerra de la independencia, en 1839,
la cabeza de Pedro Castelli, clavada en
una pica por las triunfantes tropas del
brigadier general Juan Manuel de Rosas,
es ofrecida a la contemplación de los
habitantes del poblado bonaerense de
Dolores. La leyenda, que aún circula por
esos pagos sureños, dice que manos
femeninas arrancaron, del hierro de la
pica, el despojo. Pese a las intensas y
prolongadas batidas de los soldados
federales, ni la calavera de Pedro
Castelli ni la mujer, fueron halladas.
Andrés Rivera, seudónimo de Marcos
Ribak, es un escritor argentino nacido en
Buenos Aires, en 1928. Hijo de
inmigrantes, fue, sucesivamente, obrero
textil, periodista y escritor. Desde 1953
hasta 1957 trabajó en la redacción de la
revista Plática. Desde 1995, vive en el
barrio de Bella Vista —levantado por
obreros y desocupados en la ciudad de
Córdoba (Argentina)—, cerca de la
Biblioteca Popular gestionada por su
mujer, Susana Fiorito, donde el escritor
coordina un ciclo de cine que se celebra
los viernes.
En 1985 obtuvo el Segundo Premio
Municipal de Novela con En esta dulce
tierra. En 1992 recibió el Premio
Nacional de Literatura por su novela La
revolución es un sueño eterno. La
Sierva fue distinguido como el mejor
libro publicado en 1992 por la
Fundación El Libro. En octubre de 1995
recibió el Premio del Club de los XIII
por El verdugo en el umbral. Su novela
El farmer, sobre los años finales de
Juan Manuel de Rosas, permaneció
varias semanas entre los libros más
vendidos en Argentina en 1996.
En 2004 recibe el Premio Konex de
Platino en la categoría «Novela:
quinquenio 1989 - 1993».
Fuente:
Wikipedia.
Notas
[1]
SMB: Su Majestad Británica.<<
[2]
Sumo
la
calificación
de
robesperriano, que Saavedra parió
laboriosamente, a las muchas que se
registran en circunspectos memoriales,
en informes de embajadas, en salones,
cuarteles, tribunales y letrinas, con el
ánimo, supongo, de horrorizar a los
papamoscas, definición que me encanta,
como le encantan, a mi muchacha, los
tartamudeos cornelianos. <<
[3]
N. de la E. En la última página del
segundo cuaderno de tapas rojas
aparecen unas líneas que, sin lugar a
dudas, fueron redactadas por Pedro
Castelli, uno de los hijos del doctor
Juan José Castelli. Son estas:
Querida Belén: Dispongo de contados
minutos: los degolladores de Rosas me
pisan, como se suele decir, los talones.
Quieren mi cabeza, para clavarla en una
pica. No me tomarán vivo: de eso estoy
seguro.
Te envío, con un propio, al que trataste,
dos
cuadernos
de
tapas
rojas.
Pertenecieron a Castelli. Algunas páginas
son indescifrables: han sido escritas en
código. Las otras, Dios me perdone,
exhalan un orgullo tan perverso que
anonadan a quien las lee. Hacé de y con
ellos lo que se te antoje.
Tu retrato, que me acompaño al ingresar al
regimiento de granaderos del general San
Martín, va con el propio. Quiero que sepas
que te llevé en mi corazón desde
muchacho, antes de conocerte. Castelli.
<<
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