En conciencia: No sólo "somos nuestra conducta"

Anuncio
En conciencia: No sólo “somos nuestra conducta”
Magíster Mario Conde: “Somos nuestra conducta; en ella se revela el contenido de nuestra
conciencia”. “Las personas no son sus palabras; ni siquiera son sus actos; son su conducta. Yo
sólo creo en las conductas.” (ideas extraídas de las obras Cosas del Camino y La Palabra y el Tao
del mismo autor, y de sus reflexiones plasmadas por escrito en su Blog.)
_____________________
Maestro Confucio (según canón confuciano de textos clásicos reorganizado por Chu Hsi), Segundo
Libro Clásico, (Chung-Yung o La doctrina del Medio), que trata de las reglas de la conducta
humana, del ejemplo de los buenos monarcas y la justicia de los gobiernos.
“El camino recto o norma de conducta moral debemos buscarla en nuestro interior.”
“No es verdadera norma de conducta la que se descubre fuera del hombre, es decir, la que no
deriva directamente de la propia naturaleza humana.”
“Si el hombre sabio observa una conducta displicente, no inspirará respeto.” Tercer Libro Clásico
(Lun-Yu o Comentarios filosóficos, Analectas de Confucio.)
____________________
“Todo hombre debe cumplir con su deber, prescindiendo de lo que los demás puedan decir de su
conducta. Quienes actuan únicamente para merecer la aprobación de los demás hombres pueden
ser considerados como aduladores del mundo; estos son los hombres de virtud aparente que en la
actualidad son considerados como los más honrados.” Sin serlo. Cuarto Libro Clásico, (Meng-Tse o
libro de Mencio), el más destacado seguidor de Confucio, pero con una perspectiva confuciana más
intuitiva, natural y de espontánea moral, y con una idea sobre la conducta no tan constreñida y
convencional como la de su predecesor, así como, menos imperativa y dogmática).
_____________________
Parece claro que la esencia de las enseñanzas de Confucio y sus correligionarios o séquito de
discípulos o alumnos aventajados se condensan en la defensa y apuesta por la buena conducta en la
vida. Como principio y declaración de buenas intenciones, y hasta ahí muy bien pero, No sólo
“somos nuestra conducta” Sócrates el del blog, aunque lo defienda el magíster, el sunsun corda, o
el confucianismo (esa escuela del pensamiento chino, utilizada como una especie de religión estatalaristocrática en la China hasta el fin de la monarquía feudal de la Dinastía Qing en 1911 y,
especialmente después de la Revolución Comunista de Mao Tse-tung de 1949; y guía espiritual en
el Occidente acomodado de nuestros días, de ciertas élites que vienen siendo consumidoras ávidas
de una sincrética y miscelánica espiritualidad oriental importada como artículo de lujo, y que se
extiende en ciertos restringidos círculos esnobistas como el tifo de Oriente.)
Es decir, uno puede ser un impostor, un leguleyo o un gazmoño, y comportarse correctamente a
través de una conducta fingida, impostada y falsaria, pasando por/ ejerciendo de “bueno” sin
realmente serlo o no siéndolo (para los amantes del gerundio siendo, como lo fue antaño fray
Gerundio de Campazas alias Zotes, creación del Padre Isla, y que ahora abundan -o “dicen”
abundar- en el Blog de Mario Conde).
¿Con qué nos encontramos? Con el sincretismo filosófico, el arcano iniciático, y una miscelánea de
valores seudoespirituales y popurrí de taoísmo, confucianismo, budismo e hinduismo, frente a la
inequívoca e infalible norma de conducta universal del cristianismo: La moral cristiano-católica y
humana, el heredado Decálogo mosaico adaptando sus Diez Mandamientos por el Señor Jesucristo
en su Nueva Alianza, y las Bienaventuranzas del Sermón de la Montaña (simiente de todo el
programa de perfección cristiana y condiciones que Cristo puso para entrar en el Reino de los
Cielos), y a su dador: El Verbo eterno, el Unigénito, el Hijo de Dios, el Padre Celestial.
“Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto.” (Evangelio según San
Mateo, V, 48)
Los que profesamos la religión católica disponemos de una excelente herramienta de conducta: La
moralidad social. Nuestra moralidad a modo de fusión virtuosa entre ley y religión, se constituye de
leyes, reglas y normas de conducta diseñadas por el Altísimo a través del Don de la Gracia Divina
para posibilitar a los miembros de una sociedad a vivir juntos armoniosamente (o por el 'Tao' de
Lao-tsé: eso que no puede ser nombrado pero que es la fuente de todo lo que existe y el principio
inmutable que subyace al universo. Es decir, Dios y su 'Camino'; pero no el críptico, egoísta y
mundano Tao Te Ching, 'el camino del poder', sino el del Amor de Dios a los hombres).
En ese sentido, sin moralidad social la conducta de los individuos no podría ser regulada y no
existiría ni tan siquiera la propia idea de sociedad tal y como la entendemos en Occidente. Luego, la
violación de la moralidad social se llevaría a cabo bien por procedimientos criminales (penados por
la ley como así viene ocurriendo en la sociedad occidental) o, en el caso de ofensas no criminales ni
constitutivas de delito -aunque reprobables moralmente-, por la propia desaprobación social en la
que de desarrolle tal o cual conducta reprensible, a través del control cívico, o como consecuencia
del cadalso de nuestra conciencia personal obrada, alimentada, consolada y defendida por nuestro
“abogado defensor”, el Paráclito enviado por el mismo Dios, el Espíritu Santo y el mismo
Jesucristo.
“Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para
que esté con vosotros siempre: el Espíritu de la verdad, al que el mundo no puede recibir porque no
le ve ni le conoce; vosotros le conocéis porque permanece a vuestro lado y está en vosotros. No os
dejaré huérfanos, yo volveré a vosotros. Todavía un poco y el mundo ya no me verá, pero vosotros
me veréis porque yo vivo y también vosotros viviréis. En aquel día conoceréis que yo estoy en el
Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el
que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre y yo le amaré y yo mismo me manifestaré
en él.” (Evangelio según San Juan, XIV, 15-21)
“(Paráclito) Abogado tenemos ante el Padre: Jesucristo, el Justo.” (1ª Epístola de San Juan II, 1)
Esa conciencia es a mi juicio la clave, de la naturaleza más íntima del ser humano y en donde obra
la gracia Divina, a través del conocimiento de uno mismo y del reconocimiento del bien y del mal
con la inequívoca e infalible guía de la “Voz de Dios”. Luego, y en conciencia: no sólo somos
nuestra conducta humana, sino que más bien somos nuestra conciencia obrada por la Divinidad. Esa
conciencia es un fenómeno común a todas las culturas y religiones, cualquiera que sea el nombre
que reciba, y nos habilita a poder hacer juicios morales.
En ese sentido, será en virtud de los juicios de conciencia como aparecen los sentimientos de
justificación de las conductas o su culpabilización moralmente, pero, las conductas en sí mismas
son hechos aislados pero poco o nada más stricto sensu. Al contrario que la conciencia, ya que ésta
última no habrá de ser considerada como algo que el ser humano tiene (es decir, una capacidad o
facultad humana), sino más bien como algo que el ser humano es, y que nos guía hacia decisiones
responsables en nuestras conductas, y a la compresión del valor moral de las mismas por la obra y
gracia de Dios.
En cualquier caso, somos nosotros y nuestros valores morales reflejados -eso sí- en nuestra
conducta. Por tanto, a mi juicio y buen criterio, la conducta “sólo” es un reflejo del alma.
Únicamente será el espejo de ésta pero, ni de lejos el ser, quizá sólo el siendo, el reflejando.
La conducta se proyecta falsamente en un laberinto de deformantes y burlones espejos circenses, y
esos espejos estarían devolviéndonos nuestra imagen hasta allí donde queramos que nos sea
devuelta, pero no devuelven nuestro verdadero Yo, nuestro ser (únicamente el estando).
Sin miedo a equivocarme, la afirmación: “somos nuestra conducta” resulta demasiado reduccionista
y fatua. Obviamente, de poco sirve atesorar una moral intachable e inmaculada, y mostrar una
conducta deplorable, sin embargo, no es menos cierto que de nada servirá para el alma, fingir tener
una conducta intachable, siendo realmente un desalmado (P. Ej. caso de los sicópatas) “el vecino
que no rompe un plato” en su vida, en su transcurrir, en su caminar, y que ayuda a la indefensa y
artrítica viejecita vecina del 3º a subir las bolsas de la compra. Pero, que guarda dentro de sí mismo
y en el arcón congelador de su apartamento algún cadáver, siendo él un alma corrupta de principio a
fin.
¿Recuerdan ese adagio de “vicios privados, públicas virtudes”? Luego, ese aserto que algunos han
acatado así sin más, de que: “somos nuestra conducta”, es como diría Max Weber: el paso de la
búsqueda de nuestro daimon interior a directamente, al pacto con el diablo a lo bruto. Es decir, sólo
importaría la forma de las cosas, la apariencia de las mismas, la imagen proyectada del Yo
(confundiéndola con el “Yo hago”), la confusión entre el mundo real y el de la seducción, la
relativización del mal y del bien, la defensa del cumplimiento con las estereotipadas normas de
conducta sociales (el cínico “cumplo y miento”) al margen de lo que realmente “soy”.
Con todo, creo que si sólo somos nuestra conducta nos convertimos en una especie de amorales
relativistas desprovistos del auténtico sentido moral otorgado por Dios. Entonces, nadie podrá
situarse contra Dios, a menos que él sea un Dios “Nemo contra deum nisi deus ipse”, como bien
supo Prometeo y desde entonces sabemos los hombres. Éste, al independizarse sólo con su
conducta, del mundo del alma del panteón olímpico (de nuestro Pantocrátor), quedó sometido a la
dependencia del Hades (infierno) y de sus hados (demonios). Goethe en su poema Prometeo nos
muestra como asume y reconoce su insolente condición humana, basada estrictamente en su
conducta, y no en Dios y en la idea de deidad/divinidad.
“Aquí estoy, dando forma a una raza según su propia imagen, a unos hombres que, iguales a mí,
sufran y se alegren, conozcan los placeres y el llanto, y sobre todo, a ti Zeus no se sometan como
Yo.”
¿Ven la reiteración insolente de su defensa a ultranza de su conducta y de su no espiritualidad,
pretendiendo ser él mismo, el mismo Dios (Zeus)?
No obstante y si sólo“somos nuestra conducta”, bueno, pues una broma de mal gusto: ¿Cuál es la
conducta que define al serial killer Ted Bundy, el famoso asesino en serie estadounidense de la 2ª
mitad de la década de los setenta? Opciones:
a) ¿Aquella que propició la violación sexual y el asesinato de treinta y seis jovencitas?
b) ¿La de aplicado estudiante de Derecho en la Universidad de Washington?
c) ¿La de rescatador de un niño a punto de ahogarse y que le valió una condecoración de la
policia, y el eterno agradecimiento de los padres de la criatura?
d) ¿La de laborioso colaborador del partido republicano?
Lo que parece claro, a tenor de los informes periciales de los siquiatras forenses, es que el apuesto
Bundy no estaba psicótico, ni sexualmente desviado, ni era dependiente de estupefacientes, ni del
alcohol, ni que sufría ningún daño cerebral. 'Simplemente' se le diagnosticó el padecimiento de un
trastorno antisocial de la personalidad y de una anomalía síquica, es decir, la enfermedad hibridada
de la sociopatía y la sicopatía que desembocó en aquella concreta conducta criminal y en sus
consecuencias por las que fue condenado y ejecutado en la silla eléctrica. Luego, fue una única
conducta, la criminal, la que le valió la justa condena, pero incluso él, no fue sólo su conducta. Sin
duda, Bundy fue un amoral. Es decir, una persona reducido a individuo, al ser desprovisto de
conciencia y de sentido moral.
A modo de corolario: Los individuos desprovistos de conciencia moral sí son sólo su conducta Vs.
Las personas con conciencia no sólo somos nuestra conducta.
Ahora, permítanme un consejo: tomen aire, cuenten hasta diecisiete, traguen saliva y ahorrense la
escupidura. Para los que no sean capaces de ser algo más que los iracundos “de la conducta”,
recuerden el esclarecedor poema de Allen Ginsberg, Howl/Aullido (1957) y ardan en el Ge-hinnom
o encomiéndense a fray Prudencio, aun a pesar de fray Blas (el maestro de fray Gerundio) y so pena
de excomunión u ostracismo por la disidencia de la línea editorial del Blog.
“He visto a las mejores cabezas de mi generación escupir sobre el crucifijo cristiano en nombre de
la razón para luego terminar dando tumbos, perdidas, entre tinieblas, en busca de una nueva vaca
sagrada que las salvase del nihilismo y de la desesperación.”
Sin embargo, y muy a mi pesar por lo que a mí respecta, le doy la razón al magíster, en lo que
respecta a que en la conducta se revela el sentido de nuestra conciencia (pero ¡ojo!, sin
materializarse en forma humana). Ahí sí tiene razón. Lo reconozco apesadumbrado y angustiado. Y
es más, quizá la respuesta a toda esta cuestión radique en la respuesta a la terrible pregunta que le
formulara en su día aquel monje cisterciense: ¿Has sentido asco de ti mismo? Sócrates responde:
En conciencia respondo que, “sí he sentido asco de mí mismo”, pero éso no es óbice para desligar la
univocidad o correspondencia unívoca de la conducta con el ser humano. En ese caso y en más de
una ocasión o circunstancia, yo habré sentido asco de mí mismo, pero, ni soy asqueroso ni me
considero como tal. Pues, no sólo somos nuestra conducta. Sin duda, y en conciencia, seguimos
siendo algo más que nuestra mundana letanía de actos conductuales... Gracias a Dios (y a todos/as
Vds. por tener la amabilidad de leerme).
Autor: Sócrates.
(Para el Blog de Mario Conde.)
Descargar