El Manifiesto Comunista y la Globalización

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El Manifiesto Comunista y la Globalización
Aldo Andrés Romero*
Texto de la intervención realizada por el autor en el encuentro organizado para la
presentación de Herramienta en la Ciudad de Córdoba, el 5 de junio de 1998.
http://www.herramienta.com.ar/7/7-6.html
En primer lugar, quiero agradecer la posibilidad de presentar la revista Herramienta en
Córdoba: a quienes trabajaron en la organización del encuentro, a la "Casa del
Trabajador" que facilitó las instalaciones, a la fraternal acogida de la revista contenida en
las intervenciones de quienes me acompañan en la mesa, los compañeros Luis Bazán y
Eckart Dietrich y, por supuesto, la presencia de todos ustedes.
Pasando al tema que nos reúne, me voy a permitir comenzar leyendo una cita. Porque es
posible que a mucha gente le parezca que hablar del Manifiesto Comunista en estos
tiempos de "Globalización" es un anacronismo inútil. A quienes piensan así, sería útil
leerles este párrafo:
Espoleada por la necesidad de dar cada vez mayor salida a sus productos, la burguesía
recorre el mundo entero. Necesita anidar en todas partes, establecerse en todas partes,
crear vínculos en todas partes.
Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía dio un carácter cosmopolita a
la producción y al consumo de todos los países. Con gran sentimiento de los
reaccionarios, ha quitado a la industria su base nacional. Las antiguas industrias
nacionales han sido destruidas y están destruyéndose continuamente. Son suplantadas
por nuevas industrias, cuya introducción se convierte en cuestión vital para todas las
naciones civilizadas, por industrias que ya no emplean materias primas indígenas sino
materias primas venidas de las más lejanas regiones del mundo, y cuyos productos no
sólo se consumen en el propio país, sino en todas las partes del globo. En lugar de las
antiguas necesidades, satisfechas con productos nacionales, surgen necesidades nuevas,
que reclaman para su satisfacción productos de los países más apartados y los climas
más diversos. En lugar del antiguo aislamiento de las regiones y naciones que se
bastaban a sí mismas, se establece un intercambio universal de las naciones, una
interdependencia universal de las naciones. Y esto se refiere tanto a la producción
material, como a la producción intelectual (...)
Merced al rápido perfeccionamiento de los instrumentos de producción y al constante
progreso de los medios de comunicación, la burguesía arrastra a la corriente de la
civilización a todas las naciones (...) Obliga a todas las naciones, si no quieren sucumbir,
a adoptar el modo burgués de producción, las constriñe a introducir la llamada civilización.
Esta tesis que destaca el carácter expansivo del capitalismo y su dinámica de alcances
mundiales tiene tal actualidad, que innumerables trabajos referidos a la globalización
mencionan al Manifiesto, aunque muchos lo hagan para terminar concluyendo que, de
todas maneras, sus ideas y proyecto político nada tienen que ver con el mundo
"globalizado". Yo creo lo contrario, pero por otra parte, no tengo ningún interés en dar la
impresión de que el curso del mundo se ajustó a las previsiones marxianas. Más bien,
quiero comenzar por destacar que los autores del Manifiesto creían que las
transformaciones impulsadas por la burguesía chocaban ya con los límites impuestos por
su mismo sistema, y quedaba en manos del naciente movimiento obrero la tarea de
unificar el mundo. Las cosas no ocurrieron así, y esto nos impone comprender
cabalmente las consecuencias de que esta globalización-mundialización que vivimos no
es la resultante de la revolución social, sino que llegó de la mano de una imprevista
sobrevida del capitalismo.
Tenemos a la vista un triunfo sin precedentes de la mercantilización con todo su
fetichismo, que no sólo impone al trabajo humano el status de mercancía, sino que lo
desvaloriza y lo subsume buscando incrementar la plusvalía, pero también buscando por
todos los medios pulverizar en los trabajadores la capacidad de resistencia y las
potencialidades características del hombre. También los recursos naturales de la Tierra
están sometidos como nunca a las leyes del mercado y la ganancia, provocando
despilfarros, contradicciones y peligros cada vez menos controlables.
Porque la mundialización impacta al planeta en la misma medida en que se han extendido
las relaciones capitalistas de intercambio y el mercado mundial, pensar la mundialización
del mundo es pensar sus contradicciones y las vías para superarlas.
"Lo más acabado de la aventura humana..."
La calificación de global comenzó a difundirse a principios de los ochenta hasta
popularizarse vía la prensa económico-financiera anglonorteamericana y llegar, con la
ofensiva política neoliberal, a convertirse en el discurso repetido una y mil veces por los
jefes de gobierno, por los "opositores", por los comentaristas de los grandes medios, por
el mundo académico... El pensamiento único que multiplica las apologías del mundo "sin
fronteras" y las grandes empresas "sin nacionalidad" pretende que este es el curso natural
de las cosas, benéfico y necesario. En una reciente conferencia organizada por la London
School of Economics de Londres, el Jefe de Redacción del celebérrimo Financial Times
dijo sin pestañear:
La mundialización constituye una genuina colaboración de las sociedades y las culturas
por encima de las fronteras, a diferencia de las colaboraciones puntuales de las elites
burocráticas y los diálogos Norte-Sur. No sólo socavó los cimientos del imperio del mal
soviético, sino que está haciendo lo mismo en China. Pero incluso sin estos efectos
políticos directos, sus virtudes hubieran sido extraordinarias: provocó una enorme mejoría
del bienestar humano en las sociedades que supieron elegir las oportunidades que ofrece
(...) La economía liberal de mercado es por naturaleza global. Constituye lo que hay de
más acabado en la aventura humana.
Menos extremistas, otros publicistas reconocen efectos dañinos y peligros, pero insisten
en que no hay más remedio que adaptarse a las nuevas exigencias e imposiciones, por
ser consustanciales con las fuerzas del mercado, convertidas en horizonte insuperable de
la humanidad.
En todos los casos, aplican el viejo enfoque que naturaliza los procesos sociales,
ocultando el juego de intereses de poder y de clase antagónicas y negando las
posibilidades de cambio presentes en las acciones que protagonizan los hombres.
Mundialización del capital
Rechazar la idealización interesada de la globalización no debe llevarnos a cerrar los ojos
ante ella. Debemos estudiarla como un proceso, ver cómo ha ocurrido y sobre todo la
forma en que hoy se produce. Acá nos tropezamos con la idea del supuesto advenimiento
de otro orden social, radicalmente diverso: sociedad "posindustrial", "poscapitalista", "de
servicios", "informática", "comunicacional"... Este enfoque es errado porque considera las
cuestiones tecnológicas desvinculadas de la dinámica global de las relaciones sociales y
lleva a
(...) renunciar a cualquier caracterización social del modo de producción actual y compartir
involuntariamente la jerga tecnocrática que excluye el supuesto arcaísmo de términos
como proletariado, ganancia, lucha de clases, etc.
Por el contrario, consideramos que la existencia de clases sociales con intereses
antagónicos y, por ende, la lucha de clases, es consustancial al capitalismo en general, y
al capitalismo globalizado en particular: esta es otra de las tesis del Manifiesto
plenamente válida. Debemos pues arrancar por las contradicciones del capitalismo actual
y no por lo que pregonan los paradigmas o paradogmas de moda. No se trata de negar
cambios y transformaciones que nos enfrentan con realidades y problemas que no
existían en los años del Manifiesto Comunista, sino de analizar los problemas de nuestra
época rechazando las anteojeras de muchas palabras y definiciones que se amontonan
para encubrir o eludir la continuidad esencial, explotadora e inhumana del orden del
capital.
La mundialización del capital...Su realidad presente
Dejando de lado la génesis y los diversos movimientos que confluyen en la actual
mundialización del capital, veamos cuál es su realidad presente.
A lo largo de los noventa, la economía mundial registró tasas de crecimiento del PBI muy
débiles, deflación rampante, sacudones e inestabilidad monetaria y financiera cada vez
más difíciles de controlar, elevada desocupación estructural, marginalización de regiones
enteras y competencia cada vez más intensas entre las potencias triádicas (Estados
Unidos, Japón, Europa). No se trata de fenómenos aislados sino de relaciones que
tienden a constituir una totalidad sistémica, en cuyo marco deben considerarse la
evolución de la inversión y la producción, así como el desarrollo de la centralización
financiera y la concentración industrial, corporizados en las Transnacionales, los Fondos
privados de pensión, Fondos comunes de inversión, etc. De acá se desprende un rasgo
característico: la capacidad del capital-dinero rentista para imponerse y marcar el
movimiento general de acumulación capitalista. Emerge un "régimen mundial de
acumulación financiarizado" basado en una profunda modificación de las relaciones
salariales y el fuerte aumento de la tasa de explotación, pero dirigido por un capital
financiero con epicentro en las mayores plazas financieras, los gobiernos de los países
centrales y organizaciones como el Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial u
Organización Mundial del Comercio. Los mercados financieros y los grandes operadores
que los dominan manejan las palancas de mando del sistema capitalista y dictan el libreto
del régimen de acumulación. A otro nivel, la mundialización del capital y el predominio
financiero acentúan la jerarquización entre países y hasta cierto punto modifican su
configuración. Hay que subrayar que los niveles de concentración mundial son
equivalentes a los que hace veinte años los gobiernos nacionales diagnosticaban, a
escala nacional, como oligopolio. Las firmas y países que constituyen este oligopolio
mundial establecen relaciones con las diversas regiones del mundo fuertemente
asimétricas y jerarquizadas, y constituyen un espacio de interdependencia y feroz
competencia basado en la expansión mundial, las inversiones cruzadas y la concentración
derivada de adquisiciones y fusiones entre estos grandes grupos que en general son
originarios de alguno de los polos de la Tríada. También merece destacarse que la
mundialización integra un doble movimiento de polarización: en el seno de cada país, con
la desocupación y el agravamiento de las abismales diferencias en los ingresos; y a
escala internacional, aumentando brutalmente la distancia entre los países situados en el
corazón del oligopolio mundial y los restantes, muchos de los cuales pasaron de ser
considerados "países en desarrollo" a ser calificados "zonas de pobreza" que sólo
preocupan porque lanzan hordas de emigrantes sobre "el primer mundo". Por último, cabe
subrayar que las facilidades para las "delocalizaciones" hacia países de bajos costos
salariales, permite que un capital sin ataduras territoriales ponga a competir la fuerza de
trabajo atada a los diferentes países y liquide las legislaciones del trabajo y los convenios
colectivos salariales nacionales.
La crisis que estalló en julio de 1997 y continúa en estos momentos es reveladora. A
pesar de que los medios de comunicación insistan en hablar de "crisis financiera en Asia",
se trata de una crisis económica del capitalismo globalizado. Hunde sus raíces en las
relaciones de producción y distribución dominantes. Lleva el sello de un régimen de
acumulación que superexplota a los trabajadores, que presiona a las más amplias capas
de la sociedad por medio del impuesto y el interés sobre los créditos, pero que no llega
sin embargo a apropiarse y a centralizar la cantidad de riquezas que necesita el capital,
porque ha pesar de todo la inversión ha caído a niveles muy bajos de manera que
globalmente la acumulación no arroja a la plaza suficiente capital nuevo generador de
valor y plusvalor. Esta crisis es más que una clásica crisis de superproducción. Traduce
las contradicciones de un sistema orientado, más fuertemente que en cualquier otro
momento del estadio imperialista, en el sentido de la pura depredación.
La globalización más allá de la economía
Pero la globalización también obliga a mirar más allá de la economía y a mirar los mismos
procesos "económicos" con otros ojos. Hay transformaciones del mercado capitalista, de
los modelos de industrialización, del Estado-nación, del sistema mundial de Estados y a
nivel cultural. Todo esto expresa un proceso tendencial de conformación de un sistema
global donde los sujetos se articulan con las estructuras sociales y las estructuras
culturales a través de múltiples mediaciones e influencias recíprocas de acontecimientos
locales y procesos mundiales. La sistematicidad no está dada sino que se hace
continuamente, con restricciones cada vez menores de tiempo y espacio. Por eso, si es
cierto que los asuntos locales pueden ser afectados por imposiciones globales, también
es verdadero lo contrario. Dada la vastedad del tema, solo abordaremos algunos aspectos
que consideramos particularmente significativos.
La reorganización geográfica del capitalismo y su impacto social
El proceso de acumulación del capital incluye entre sus momentos constitutivos la
"producción del espacio": históricamente, esto significó sucesivas destrucciones y
reconstrucciones de la geografía mundial, y en el presente permite hablar de la
globalización como profunda "reorganización geográfica del capitalismo" y "un proceso de
producción de un desigual desarrollo espacio-temporal". Por ejemplo, la "implosión del
horizonte temporal" lograda por el sector financiero exacerba las tensiones con las otras
fracciones del capital que funcionan y rotan según ritmos y escalas temporales distintas. Y
sobre todo experimentamos la aceleración inusitada del proceso de territorialización,
desterritorialización y reterritorialización con tremendo impacto para la población mundial.
Surgen polos de desarrollo, espacios de circulación y ciudades que constituyen espacios
desvinculados de su ambiente natural, social, histórico y cultural, que imponen pautas
espaciales y temporales que trastocan la vida cotidiana de la gente.
Con el "encogimiento" del planeta y la "aceleración de la historia" estamos ante una
situación de "contacto" e interpenetración de pueblos y culturas inédita: el hecho es que el
mundo contemporáneo está ya unificado y continúa siendo plural, o que los mundos que
lo constituyen son heterogéneos aunque estén relacionados entre sí. Existe una
simultaneidad de procesos de diferenciación junto a los de homogeneización. La
mundialización del capital convierte al mundo en un desierto de valores humanos, el
mercado mundial aparece como algo inmenso e inconmensurable que empuja a que
mucha gente se aferre a las localidades en tanto lo local sigue siendo mensurable. Pero el
par "mundial/local" no debe ser considerado una antinomia absoluta, sino como
contradicción dialéctica. En vez del lugar común que presenta a la mundialización de
manera homogénea y lineal, puede verse que mundialización y particularización marchan
unidos en un doble movimiento, lo que requiere comprender ese movimiento, así como la
dialéctica de cada uno de los opuestos.
Capitalismo global y Estado
La globalización implica un relativo debilitamiento del Estado-nación, pero de ninguna
manera precipita la desaparición del Estado. Es evidente que el Estado-nación y muchos
de sus atributos clásicos están siendo horadados de diversa manera por los desarrollos
del capitalismo mundial, con las transnacionales, el predominio del capital financiero
especulativo y el rol de organismos como el FMI... Pero incluso para la implementación de
las políticas "globales" los Estados-nación resultan imprescindibles, pues el capital no
tiene con qué reemplazarlos.
El multimillonario especulador financiero Soros decía hace pocas semanas:
El sistema capitalista global se funda en la falsa premisa de que si los competidores son
librados a sus recursos todo el sistema tiende al equilibrio. La realidad es lo opuesto, el
sistema tiende a quebrarse. No es inestable debido a un impacto externo, sino
inherentemente inestable (...) Nos faltan instituciones apropiadas a escala global (...) Si no
hay instituciones que preserven la estabilidad, cosa que los mercados no pueden hacer
por sí solos, insisto, nos precipitamos en el colapso del sistema capitalista global, con
consecuencias incalculables.
Efectivamente, por sus mismas características constitutivas "el sistema de metabolismo
social del orden del capital" nunca pudo prescindir del Estado moderno y esta estructura
política de mando es parte indisociable de la materialidad del sistema del capital, tal como
se ha constituido históricamente. Pero debido a esta misma materialidad histórica, el
orden del capital enfrenta ahora una de sus contradicciones más insoluble: su lógica
expansiva lleva a la conformación de un capital global, y al mismo tiempo las
características constitutivas del orden del capital levantan una barrera a la existencia de
un Estado mundial. La imposibilidad en que se encuentra el capital global para dotarse de
un Estado mundial es y será fuente de tensiones y procesos política y materialmente cada
vez más incontrolables para el sistema. En esto se inscriben peligros y desastres
globalizados como las viejas y nuevas pandemias, la proliferación de armas atómicas, el
terrorismo con alta tecnología, las catástrofes ecológicas, el auge de las "economías
criminales", las tendencias autoritarias, etc.
Globalización y cultura
Aunque se habla de la emergencia de una "americanización" o "McDonaldización" cultural
del mundo, también a este nivel convendría pensar en términos de procesos los
fenómenos de integración cultural y de desintegración cultural que se realizan a nivel
interestatal y a escala transnacional. Sobre esto existe una polémica en pleno desarrollo,
pero se afirma la necesidad de abandonar la idea de cultura como dato cosificado, para
acentuar lo construido. La construcción de identidades deja de ser vista como
consecuencia de diferencias raciales o culturales, y pasa a ser considerada como una
estrategia social relacional. Una concepción dinámica y dialéctica de cultura e identidad,
en la que inciden las dinámicas económicas y sociales, permite comprender que el campo
de la cultura se convirtió en uno de los principales escenarios de la disputa política y de la
producción de legitimidad.
La "insurrección de los particularismos" asociada al apego de un grupo humano al lugar, a
un espacio y un tiempo reconocibles, tiene visibles expresiones fundamentalistas
reaccionarias, por ejemplo los Talibanes... Pero también puede contener el impulso
expreso o potencial hacia la reconstrucción de formas estatales más "próximas" buscando
autonomía y protección ante las grandes potencias económicas, o de sublevación contra
el espacio-tiempo del Estado-nación... Sin generalizaciones ni unilateralidades, cabe
analizar y buscar concretamente en estos procesos las fuerzas que podría perturbar y
resistir el desarrollo del capitalismo mundial, posibilitando también un debilitamiento del
Estado: no se puede desconocer que los estados nacionales pueden ser todavía un
marco potencial para la resistencia al poder de las transnacionales y los imperialismos, y
al mismo tiempo es obligatorio e inaplazable buscar caminos para que los explotados y
oprimidos no se despanzurren entre sí, y la humanidad no se siga despedazando entre
naciones.
"Socialismo o Barbarie"
Esta sucinta revisión de algunos problemas ligados al proceso de globalizaciónmundialización basta para concluir que lo que algunos quisieron ver como "el fin de la
historia", resulta ser por el contrario un precipitarse hacia una época de turbulencias y
cambio. Un historiador de los orígenes del sistema-mundo capitalista, mirando este fin de
siglo escribe:
Estamos navegando por mares de los que no hay mapa. Sabemos más sobre los errores
del pasado que sobre los peligros del futuro próximo. Hará falta un enorme esfuerzo
colectivo para desarrollar una estrategia de transformación lúcida (...). No hay motivo para
el optimismo ni para el pesimismo. Todo es posible, pero todo es incierto.
La sociedad moderna está unificada al mismo tiempo que se diferencia y desgarra. Es el
fin de cierta historia y la posibilidad de comenzar una historicidad consciente: un momento
de transformación y de profundo desorden. La contradicción fundamental y característica
de la época puede enunciarse diciendo que:
(...) estamos ante la posibilidad sin precedentes de autoproducción consciente de
la humanidad y al mismo tiempo la posibilidad también sin precedentes de
autodestrucción de la humanidad (no sólo por el riesgo militar, sino por la
autodestrucción ecológica o la descomposición social). Estamos ante un trastorno
o alternativa fundamental: autodestrucción, o transformación mundial con la
construcción de nuevas relaciones sociales.
O también, retomando las palabras de Rosa Luxemburgo: "Socialismo o Barbarie". Claro
que esta disyuntiva no debe entenderse de manera determinista, porque el devenir
histórico no surge solamente por el peso de las determinaciones, sino también del juego
entre las posibilidades y las decisiones de los hombres. Hace 150 años, el Manifiesto
lanzó un vibrante llamado que, al cabo de algunos años había sido recogido por millones
y millones de explotados y humillados de toda la tierra: "Trabajadores del mundo,
uníos...". No es esta la oportunidad de reflexionar cómo y porqué el movimiento obrero
perdió ese rumbo y se fragmentó hasta perder casi la conciencia de clase y el
internacionalismo, pero sí lo es para afirmar que debemos retomar esa idea directriz del
Manifiesto Comunista. Porque lo mundial se particulariza y lo local está conectado a la
mundialización, hay que rescatar y desarrollar la reflexión y las prácticas que, desde una
fábrica tomada, un corte de rutas o una ocupación de tierras, apunten a reconocerse
como iguales en la lucha contra la explotación y la dominación, y también a reconstruir un
nuevo internacionalismo con los explotados y oprimidos de todo el planeta, un
internacionalismo comprometido con la creación de nuevas relaciones sociales que no
sean relaciones de poder ni de dominación, un nuevo internacionalismo sin lastres
socialdemócratas ni estalinistas, sin hegemonismo ni burócratas, sin racismo ni sexismo.
Como bien dijo desde las páginas de Herramienta el marxista colombiano Vega Cantor:
"Aunque todavía no se vislumbran fermentos de una nueva conciencia de clase que esta vez tendrá que ser local y mundial al mismo tiempo-, teniendo en cuenta
la historia del capitalismo y el grado de radicalización de las contradicciones
sociales, de la injusticia y de la desigualdad a nivel planetario, es de esperar que
se vayan gestando los embriones de una nueva subjetividad social entre las
víctimas de la mundialización del capital. Y eso es fundamental si se quiere que la
especie humana sobreviva como algo más que una manada de parias y de
esclavos, o como simple apéndice de la tecnología y consumidora irracional de
mercancías"
Para colaborar en esta inmensa tarea sacamos la revista que estamos presentando,
propiciamos encuentros de reflexión y debate como el que sostendremos esta noche,
buscamos unir teoría y práctica social. Nuevamente, muchas gracias por su presencia y
atención.
* Autor del libro Después del Estalinismo, los Estados burocráticos y la revolución
socialista, Editorial Antídoto, Buenos Aires, 1995; miembro del Consejo de Redacción de
Herramienta, revista de debate y crítica marxista, en la que ha publicado los artículos :
Debates Después del Estalinismo (Nº 1), El Socialismo y el Estado (Nº 2), Algunas
Reflexiones Ante El 80 Aniversario De La Revolución Rusa. Recuerdos del futuro (N°5).
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