Nadie camina en solitario por la vida

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Sentir, pensar, creer…
Josep Castelló.
Nadie camina en solitario por la vida. Ningún corazón late vacío de amores y de odios, pues
la sangre de todo ser humano es una mezcla de ambos. Una mezcla caliente, oxigenada y
viva, que nos mueve a gozos y a tormentos. Una mezcla que transporta hasta la más remota
de nuestras fibras alimentos y afectos, todo cuanto nos nutre cuerpo y alma, ese conjunto
indivisible que es el ser humano.
Quienes conocen bien el alma humana saben que hay que nutrirla de continuo, que no hay
que dejar que se apague la pasión que nos hace latir, porque en ese latir está la vida. Para
eso están las fiestas y los juegos y el arte y la cultura entera, para llenarnos de gozo y evitar
que nos invada la tristeza y nos domine el tedio y con él entren en nuestro corazón los
rencores y el odio. Pero también para este fin está el pensamiento, para que no sea puro
instinto animal cuanto nos mueva; para que nos vayamos convirtiendo día a día, año tras
año, en seres verdaderamente humanos.
Pensar es necesario. No podemos prescindir del pensamiento. Es preciso pensar en todo
momento cuanto estamos haciendo y mirar bien el camino que estamos siguiendo, no sea
que extraviemos y vayamos a parar a algún atolladero. El ser humano aprende cuando actúa
y piensa, y suele errar cuando prescinde del pensamiento.
Por fortuna pensar es una facultad humana. Todo ser humano es capaz de pensar, no tan
sólo en lo más necesario para su subsistencia sino en todo aquello que sirve para llevarle a
estados más felices. Nadie debe por tanto renunciar a esta tarea ni delegarla en otros,
porque de que la lleve a cabo con acierto van, a la larga, su sufrimiento y su gozo y el de su
entorno y el de su descendencia y el del mundo entero, porque todo trasciende, nada se
queda en lo inmediato sino que se expande y acaba abarcando el universo. Pensar es un
deber por tanto, una responsabilidad ineludible de todo ser humano.
Pero pensar no es fácil y es incómodo y además da miedo. Porque pensar es barajar lo que
sabemos, confrontarlo, ponerlo en orden, discernir, desechar lo inservible y hacer limpieza
del trastero de la mente; porque no es cierto aquello que se dice de que “el saber no ocupa
lugar”, pues sí lo ocupa, y a veces de tal modo que no deja espacio para otras maneras de
entender la vida, porque el saber y el pensar y el sentir y el creer de un cierto modo llenan a
rebosar nuestra persona.
En ese cúmulo de “certezas” nos asentamos, aunque con riesgo de tambalearnos y aun
derrumbarnos si alguna realidad nos zarandea demasiado. Por eso la mayoría de la gente
prefiere “no pensar”, no cuestionar en ningún momento lo que le han enseñado, permanecer
fiel de por vida al pensamiento heredado. Pero cuando así se actúa, pensar ya no es pensar
sino recrearse en lo ya pensado; es detenerse, no es hacer camino, es inmovilizarse, echar
raíces... Aunque vete a saber de qué árbol y para dar qué frutos.
Ese “no pensar” que señalamos no es, como suele decirse, lo contrario de creer. No, en
absoluto. Creer es inherente al ser humano. No hay nadie que no crea. Creemos de a poco
de nacer, desde el momento justo en que nos diferenciamos de nuestra madre. De niños
creemos sin pensar; de adultos, después de haber pensado. ¡Cuanto niño crecido hay en el
mundo, gente que cree a pies juntillas lo que le echen, sin pararse a pensarlo!
De ese “no pensar”, de esa fe infantil, de esa credulidad ciega e irresponsable viven los
lideres desalmados, religiosos y profanos. Viven de generar ensueños, prometiendo
paraísos en la tierra o en el cielo a cambio de no cuestionar nada, de dar por bueno cuanto
dicen, de aceptar sin discusión sus conclusiones y de hacer nuestra su escala de valores.
Viven de mantener una humanidad infantil, retrasada, inteligente pero necia, manipulable,
de niños irresponsables entretenidos permanentemente con sus juegos y con sus fantasías,
seres indefensos, fáciles instrumentos para sus ambiciosos fines.
Hace algunos años le oí decir a una monja, profesora de Biblia, mujer inteligente y llana,
cuando en una de sus clases explicaba “El libro de Job”: “Guardad la fe de la primera
comunión donde guardasteis el vestido que llevasteis aquel día, porque os quedó tan
pequeña como aquél y ya no os sirve”. La escuche atentamente y “me quedé con la copla”,
que en mi fuero interno repetía:
“Guardad la fe infantil, la credulidad ciega, irreflexiva y necia, y cambiadla por una fe
adulta, cuestionada, pensada a la luz de cuanto el ser humano ha ido aprendiendo con el
paso del tiempo. Pero no viváis sin fe, porque sin fe no se avanza, no se hace camino, no se
va a parte alguna, no se ama, no se confía, no se apuesta por la vida”. + (PE)
Nota. Este artículo es integrante de una serie de notas de Josep Castelló englobadas en
título genérico “Otro Mundo es Posible, Otra Educación es Necesaria”
18/01/2010 Agencia de Noticias Prensa Ecuménica
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