Cuarta Singularidad y Sociedad

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Hacia la evolución consciente
SINGULARIDAD Y SOCIEDAD
En muchas sociedades o agrupaciones humanas, el valor más respetado es
aquél que tiene connotaciones religiosas o místicas. En algunas, existe un
corpus religioso claramente definido y se considera hombre de respeto a aquél
ser humano que cumple con los preceptos de la religión de que se trate.
En otras sociedades similares, no existe un “entablishment” religioso más o
menos ortodoxo que da las pautas precisas de qué se considera bueno y qué
no, sino que se promueve la búsqueda y encuentro con la divinidad o con la
trascendencia. Para ello existen múltiples vías que pueden ser transitadas, y se
considera un ser humano digno de respeto a aquél que valora la búsqueda de la
trascendencia material, jerarquizando por encima de todo la búsqueda del
desarrollo espiritual, considerándose el apego a lo material como un claro
indicio de ignorancia. En este tipo de sociedades, el mensaje subyacente social
aprobatorio va dirigido a aquellos que fundamentan su existencia en el
desarrollo de alguna vía que culmine en una expansión del espíritu sobre la
materia.
En otras sociedades, el valor más preciado es la inteligencia. Las personas que
destaquen por su conocimiento, profundidad de criterio y/o aportes a la
ciencia, filosofía, arte o simplemente técnicas empresariales exitosas, son los
individuos de mérito, los más paradigmáticos de esas sociedades.
El éxito es definido, tácita o explícitamente, en función de los logros
obtenidos en el desarrollo brillante de actividades que requieren habilidad e
inteligencia.
El área donde dicha inteligencia se aplique es de relativa poca relevancia, la
obtención de la excelencia en la actividad de que se trate, y destacarse por los
elementos innovadores y creativos son las cualidades realmente resaltantes.
Suelen ser sociedades en las cuales el desarrollo tecnológico tiene una
particular relevancia, pues es allí precisamente donde de forma más clara
pueden demostrarse las habilidades intelectuales y creativas de una manera, si
se quiere, más sencilla o evidente. Es un terreno propicio, diríamos, para que
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este tipo de cualidades emerjan como reto social e impulsen la innovación y
lo que se considera, dentro de estas propuestas, progreso. Individuo de mérito
sería aquél o aquella que precisamente se destaque en esta dura competencia
de cerebros pensantes, creativos e innovadores.
Por otro lado, encontramos sociedades en las que los valores relacionados con
la responsabilidad y la honestidad son los que se utilizan en mayor medida
para ponderar la valía y respeto que un individuo pueda tener dentro de ese
grupo social.
La palabra como documento, compromisos que se cumplen exactamente como
se pactan, honestidad, honorabilidad, impecabilidad y conducta irreprochable
a nivel personal, familiar, social, profesional y/o empresarial es lo que
convierte en exitoso y digno de admiración y respeto a una persona que se
desarrolla en una sociedad con estos criterios.
El paradigma del éxito no viene dado tanto por la obtención o consecución
exitosa de grandes metas, sino más bien por los valores que guían el desarrollo
de la vida en general, sea donde sea que esta vida se desarrolle. Se podría
decir que el objetivo no es la meta al final del camino, sino el camino mismo,
la forma como es transitado.
Existen otras sociedades que se caracterizan precisamente por lo opuesto. Lo
principal es el logro de la meta y la obtención de los objetivos. Escrúpulos,
principios o valores son obstáculos y excusas de los mediocres y tontos que no
logran alcanzar lo que se proponen.
El mensaje social subyacente genera la falsa dicotomía entre ser honesto y ser
exitoso. Las fuerzas sociales promueven y estimulan la trampa, el engaño, la
manipulación, la falsedad y la mentira como recursos válidos, de ser
necesarios, para lograr la meta. El logro de la meta subsana cualquier método
por inescrupuloso que éste haya podido ser. Ganar lo permite todo.
En sociedades así, el supuesto exitoso, incluso alardea y presume de sus
habilidades para engañar y trampear ante el beneplácito, las sonrisas y las
miradas admirativas de sus congéneres. El ser humano de éxito paradigmático
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es aquél que ha alcanzado sus fines, fundamentalmente de dinero y materiales,
aunque se sepan las tortuosas vías por medio de las cuales los obtuvo.
La honestidad, la verdad, la transparencia, la responsabilidad y el
cumplimiento son meras palabras que se usarán mientras se pueda y sea
conveniente, y se desecharán como estorbos en el mismo momento en que
dejen de ser útiles para alcanzar el fin material propuesto. Son sociedades de
antivalores, donde germina y crece la falsa dicotomía de ser “bobo o vivo”,
generan criterios sociales, que dichos en el lenguaje coloquial lleva a frases
del tipo: “todos los días sale un bobo a la calle y el que lo encuentre es de él”
o también y en el mismo tenor: “me encontré un “venao” y me arregló el día”.
Estas posturas reflejan los fundamentos en los cuales se apoya la sociedad en
la que la mayoría de sus congéneres comparten esta actitud, bien sea de
manera consciente o de forma inconsciente.
Muchos, como estrategia, podrían expresar verbalmente su repudio a
conductas de este tipo, pero eso no es más que parte del plan muchas veces no
deliberadamente planificado, pero que ha sido internalizado como una manera
de vivir, pues forma parte de una especie de consenso social o acuerdo tácito
de la mayoría anónima. Pero al final, a la hora de la acción o toma de
decisiones, los elementos que fundamentan los resultados son la puesta en
marcha de los antivalores para la obtención del bien material que permita al
individuo pasar a engrosar el grupo de los vivos o exitosos.
Son sociedades inmediatistas, frívolas, superficiales, carentes de cualquier
hondo fundamento y poseen las características típicas de los imperios o
regímenes en decadencia. Este tipo de reglas de interrelación pueden verse en
países, empresas o grupos sociales de toda índole. Cuando predominan y se
hacen presentes en forma mayoritaria, son un claro indicio de que nos
encontramos frente a un grupo humano decadente y que por ende, es cuestión
de tiempo (poco) el que nuevas fuerzas sociales se reagrupen y dejen paso a
unos nuevos fundamentos, arrastrando y demoliendo, a veces con mucho
dolor, a la agrupación social decadente y se reajusten los paradigmas,
impulsando el retomar valores más trascendentes .
Sin embargo, actualmente observamos con preocupación, que a nivel
planetario, tiende a propagarse y extenderse esta última forma de interrelación
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social que hemos descrito, aquella en la que los antivalores predominan y el
éxito se mide como la “gerencia por resultados” es decir, lo que importa al
final es ¿lograste el objetivo o no.
Si la globalización implica una expansión de esta visión de la existencia,
¿cuáles podrían ser las consecuencias de ello para la humanidad como
especie?.
En este miso momento, lo que puede ocurrir está en nuestras manos. La
misma globalización que puede propiciar la expansión de la decadencia puede
y debe ser usada para estimular el nacimiento o desarrollo de los principios
más insignes que nos caracterizan como humanos.
Valores como la solidaridad, la inclusión, la paz, la democracia, la
responsabilidad, la meritocracia, la honestidad, el trabajo, el respeto a la
familia, a los niños y a nuestros mayores son tan sólo unos pocos principios
referenciales de una larga lista que los recursos globales deben propiciar como
elementos fundamentales de la cultura planetaria.
Está en cada uno de nosotros el hacerlo, lo global no nos es ajeno, estamos
incluidos, somos eso cada uno de nosotros. Por ello la responsabilidad no
puede ser transferida solamente a gobernantes o naciones. Es la suma de miles
de millones de seres humanos actuando en sus diferentes cotidianeidades lo
que hace la diferencia.
Los referentes internos de cada ser humano, sumados, son los referentes de la
humanidad toda. Comenzar consigo mismo y con nuestro entorno más
inmediato no es tarea perdida, recuerda que al igual que tú te esfuerzas en tu
ciudad o pequeño pueblo por guiarte por valores trascendentes, en miles de
ciudades y pueblos, centenares de millones de seres humanos anónimos están
tratando de rescatar en sus propias vidas, el honor, la lealtad, la
responsabilidad, la serenidad, la no violencia y la paz, entre otros referentes
internos de vida.
En Cuarta Singularidad propiciamos el rescate de estos valores y buscamos
iluminar un camino que pueda ser transitado con dignidad y respeto por
millones de seres humanos que día a día se empeñen, cada uno consigo mismo
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y con su entorno, en rescatar los principios olvidados por una sociedad
inmediatista y materialista.
Ninguna lucha, en ningún lugar es estéril, recordemos que comenzar consigo
mismo y lograr un resultado implica inexorablemente un cambio en la
humanidad toda, recuerda, la humanidad también eres tú.
*Las descripciones anteriores son esquemáticas y sobresimplificadas y no
pretenden abarcar todas las formas de relación social humana, tan sólo los más
relevantes a juicio del autor. Por otra parte, más que sociedades “puras” se
encuentran mezclas de cada una de ellas, pero con predominio de una u otra.
Héctor G. Gómez G.
Médico. Postgrado en Psiquiatría.
Magister en Neurociencias
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