La Iglesia y el matrimonio: ¡Atención, frágil!

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La Iglesia y el matrimonio: ¡Atención, frágil!
IGNACIO ARÉCHAGA
12.ABR.2016
https://www.aceprensa.com/newsletter-article/la-iglesia-y-el-matrimonio-atencion-fragil/
Desde el comienzo de su pontificado, al Papa Francisco le gusta repetir que “la Iglesia es como
un hospital de campaña”. Quizá por eso en el Sínodo sobre la Familia y en la exhortación
Amoris laetitia basada en sus conclusiones, el debate y la atención mediática se ha centrado en
qué hacer con los que han quedado heridos por un fracaso matrimonial.
Toda víctima merece cura y atención. Pero ante los accidentes de tráfico, la solución no está
solo en tener buenos hospitales para los heridos, aparte de que otras víctimas habrán ido
directamente al cementerio. Lo importante es evitar los accidentes, con una buena formación
de los conductores, que enseñe destrezas y evite imprudencias, con la ayuda de unas normas
claras de tráfico.
Antes de llegar al capítulo 8 de la exhortación, hay que estudiar atentamente los siete
anteriores, que hablan de fortalecer los matrimonios, de cómo cultivar el amor conyugal, de
mejorar la preparación al matrimonio…
También, como dice el Papa Francisco en Amoris laetitia, “hoy, más importante que una
pastoral de los fracasos es el esfuerzo pastoral para consolidar los matrimonios y así prevenir
las rupturas”. Por eso, antes de llegar al capítulo 8 de la exhortación, en el que se habla de
cómo reconducir los fracasos, hay que estudiar atentamente los siete anteriores, que hablan
de fortalecer los matrimonios en la sociedad actual, de cómo cultivar y hacer crecer el amor
conyugal, de mejorar la preparación al matrimonio y el acompañamiento a las jóvenes
parejas…. En fin, medicina preventiva.
Mostrar caminos de felicidad
El Papa dice que la Iglesia no debe estar a la defensiva, sino tomar la iniciativa para “mostrar
caminos de felicidad”. Y así lo hace en este documento al mostrar la belleza de la concepción
cristiana del matrimonio y al comentar los rasgos que deben caracterizar la relación conyugal.
En una sociedad tan individualista como la nuestra, es fácil que se vaya al matrimonio con la
idea de mantener un equilibrio entre los intereses de ambas partes, en busca de una
gratificación mutua, y que cualquier renuncia se interprete como un abuso. Frente a este
planteamiento, el Papa Francisco subraya que optar por el matrimonio “expresa la decisión
real y efectiva de convertir dos caminos en un único camino, pase lo que pase y a pesar de
cualquier desafío”. De ahí, advierte el Papa, que “una de las causas que llevan a rupturas
matrimoniales es tener expectativas demasiado altas sobre la vida conyugal”. Cuando se
advierten las inevitables limitaciones, “la solución no es pensar rápida e irresponsablemente
en la separación, sino asumir el matrimonio como un camino de maduración, donde cada uno
de los cónyuges es un instrumento de Dios para hacer crecer al otro”.
Carece de realismo pensar que ese amor para siempre, que en el fondo todo enamorado
desea, pueda crecer y fortalecerse sin el esfuerzo por desarrollar las virtudes que exige la
maduración del matrimonio
Esa maduración exige cultivar una serie de actitudes que fortalecen el amor cotidiano. El Papa
las va comentando: paciencia, servicio, amabilidad, perdón, disculpa, desprendimiento… Son
virtudes que no se improvisan y que, en el momento actual, exigen reforzar la preparación al
matrimonio, lo cual ha sido una preocupación central del pasado Sínodo. El amor también
madura cuando se abre a los hijos, que no pueden convertirse en extras optativos del proyecto
de una pareja.
Algunos dirán que todo esto suena muy bien, pero es poco realista. Sin embargo, lo que
realmente carece de realismo es pensar que ese amor para siempre, que en el fondo todo
enamorado desea, pueda crecer y fortalecerse sin el esfuerzo por desarrollar estas actitudes.
Nuestra sociedad tiene una alta valoración de la vida familiar, espera tal vez demasiado del
amor romántico, y es consciente de los problemas que plantea la desestructuración familiar.
Sin embargo, cede fácilmente a la fatalidad cuando aparecen las crisis matrimoniales y piensa
que cuantos menos obstáculos se pongan a la ruptura, más se favorece la libertad. En realidad,
todo esto es causa de mucho dolor y frustraciones, que la Iglesia quisiera evitar aportando
ideas y recursos como los que ofrece en este documento.
Un ejercicio de equilibrio
Cuando, a pesar de todo, los casados fracasan en su matrimonio, la Iglesia quiere seguir
acompañándolos, también cuando se trata de divorciados vueltos a casar por lo civil. En tales
casos, las palabras clave son “acompañar, discernir e integrar”. El Papa no da normas
generales para estas situaciones, pues entre los divorciados vueltos a casar hay también
situaciones distintas. Se trata de discernir en cada caso su responsabilidad y su modo de
participar en la vida de la Iglesia, de la que sigue formando parte.
Todo el capítulo dedicado a “la fragilidad” es un ejercicio de equilibrio, que exigirá una
prudencia especial para que no se rompa.
Si la doctrina no cambia, su aplicación debe tener en cuenta las situaciones personales: “de
ninguna manera debe renunciar la Iglesia a proponer el ideal pleno del matrimonio”, aunque
“hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las
personas”.
Como estas personas están en situaciones diversas, las consecuencias para su integración son
también distintas, y habrá que hacer un discernimiento personal; a la vez, “este discernimiento
no podrá prescindir de las exigencias de verdad y de caridad del Evangelio”, evitando el peligro
de “pensar que la Iglesia sostiene una doble moral”.
Todo el capítulo dedicado a “la fragilidad” es un ejercicio de equilibrio, que exigirá una
prudencia especial para que no se rompa
Sin reducir nunca “las exigencias del Evangelio”, hay que valorar las condiciones concretas en
que se encuentran las personas y que quizá no les permiten actuar de manera diferente. Por
eso, afirma el Papa, “no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación
así llamada irregular viven en una situación de pecado mortal”.
De ahí que la ayuda de la Iglesia a esas personas puede ser de distintos modos. El documento
nada dice explícitamente del polémico tema de la comunión de los divorciados vueltos a casar,
aunque en nota a pie de página se aclara que “en ciertos casos, podría ser también la ayuda de
los sacramentos” (nt. 351).
Se trata de integrar a los divorciados vueltos a casar, pero “evitando toda ocasión de
escándalo” y el peligro de mensajes equivocados “como la idea de que algún sacerdote puede
conceder rápidamente ‘excepciones’”.
Ante estos delicados equilibrios, cabe el riesgo de que la indisolubilidad del matrimonio se vea
como un ideal al que hay que tender más que como una norma general. El Papa Francisco
comprende a quienes “prefieren una pastoral más rígida que no dé lugar a confusión alguna”.
Pero ve a la Iglesia como “una Madre que, al mismo tiempo que expresa su enseñanza
objetiva, no renuncia al bien posible”.
Desde luego, no será fácil que los matices de esta enseñanza lleguen a la opinión pública y a
los mismos fieles. También porque, como se vio en el desarrollo del Sínodo, entre los propios
obispos la coincidencia en la doctrina no evitaba que defendieran opciones pastorales distintas
que se notarán en la aplicación de la Amoris laetitia. Este es el riesgo que el Papa ha querido
asumir, y que va a poner a prueba la consistencia de la pastoral familiar.
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