historia contemporánea de españa. profesor

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1. CRI SI S DEL ANTI GUO RÉGI M EN Y REVOLUCI ÓN EN ESP AÑA (1808­1843). 2. EL ESTADO LI BERAL Y LA AP ERTURA CAP I TALI STA EN ESP AÑA (1843­1874). 3. RESI STENCI AS OLI GÁRQUI CAS Y OFENSI VAS M ODERNI ZADORAS EN LA ESP AÑA DE LA RESTAURACI ÓN (1874­1923). 4. ESP AÑA ENTRE DOS DI CTADURAS: EL FALLI DO I NTENTO DE CONSTRUI R UN ESTADO SOCI AL Y DEM OCRÁTI CO (1923­ 1939).
2 1. CRI SI S DEL ANTI GUO RÉGI M EN Y REVOLUCI ÓN EN ESP AÑA (1808­43) 1.1. Antecedentes de la crisis del Antiguo Régimen. Los límites del reformismo ilustrado y el impacto de la revolución francesa en España 1.2. Guerra y revolución (1808­14): los antecedentes del levantamiento popular; el levantamiento popular y la ocupación francesa; el escenario bélico y las estrategias de la guerra; las juntas de resistencia; las cortes de Cádiz y los orígenes del constitucionalismo español; a modo de balance 1.3. El reinado de Fernando VII y la crisis del Antiguo Régimen: el regreso desde Bayona; la crisis de la monarquía absoluta durante el sexenio absolutista (1814­20); el trienio liberal (1820­23); la década ominosa (1823­33) 1.4. La Regencia de María Cristina (1833­40) y la transición a la monarquía constitucional: fases; el conflicto carlista; la irrupción del liberalismo y la dialéctica moderados versus progresistas 1.5. La Regencia de Espartero y la división de los progresistas (1841­43) 1.6. Las bases de la reforma agraria liberal (desamortización eclesiástica, abolición del régimen señorial y desvinculación) y su incidencia en España 1.7. Controversia historiográfica sobre la revolución liberal­burguesa en España 1.8. La revolución y la lucha por la independencia en Iberoamérica: los imperios español y portugués en América a principios del s. XIX; la sociedad criolla y los orígenes del movimiento emancipador; modelos regionales y sociales del proceso independentista (Nueva España, Nueva Granada, Río de la Plata y Banda Oriental; el caso brasileño); el nacimiento de los nuevos estados y el balance sobre el proceso emancipador; las repercusiones internacionales
3 1.1. ANTECEDENTES DE LA CRI SI S DEL ANTI GUO RÉGI M EN. LOS LÍ M I TES DEL REFORM I SM O I LUSTRADO Y EL I M P ACTO DE REVOLUCI ÓN FRANCESA EN ESP AÑA Los signos de agotamiento de la sociedad tradicional eran claros antes de la coyuntura de crisis de Carlos IV. Por otra parte, las estructuras tradicionales convivían con una serie de factores de cambio. En esto tampoco era España una excepción respecto a Europa, donde también los antecedentes de la crisis del Antiguo Régimen deben buscarse en los años sesenta del siglo XVIII. Las causas de esta crisis son de índole diversa (en especial, políticas, económicas, sociales e ideológicas). Desde el punto de vista político, a fines del Antiguo Régimen se apreciaba una evidente quiebra institucional. La concepción patrimonial del Estado (todo el poder para el rey, ejercido a través del gobierno y la administración) no había podido impedir que persistieran, en la práctica, una serie de particularismos (fueros territoriales y personales) que escapaban al gobierno real, así como una gran diferenciación entre el centro y la periferia. A esto hay que añadir el creciente desprestigio de la M onarquía absoluta bajo el reinado de Carlos I V (1788­1808). Desde que los ecos de la revolución francesa llegaron a la península, se puso fin a la política reformista de Carlos III, uniendo así al nuevo rey, Carlos IV, con la nobleza y la Iglesia para terminar con las reformas ilustradas. Aunque continuó Floridablanda como Secretario de Estado (cargo en el que llevaba desde 1777) hasta 1792, sin embargo, cerró la frontera con Francia en 1790 a modo de “cordón sanitario” e impulsó una política dura y autoritaria. La política de su sucesor, Aranda, Secretario de Estado durante algunos meses en 1792, buscó inútilmente una política de apaciguamiento y aproximación a Francia que echó por tierra la proclamación de la República en el país vecino. Lo sustituyó ese mismo año un joven protegido suyo, Godoy, que había ascendido vertiginosamente en apenas unos años de guardia de Corps a primer ministro. Godoy impulsó una política interior represiva (despotismo ministerial) y puso la política internacional española al servicio de los intereses napoleónicos, abandonando la tradicional política atlántica con América. La alianza con Francia se tradujo en una guerra con Portugal (1801) y dos guerras contra G. Bretaña (1802 y 1805), la segunda de las cuales condujo al aniquilamiento de la flota española (derrota francoespañola de Trafalgar, 1805). El desprestigio político del absolutismo estuvo unido a la crisis financiera, relacionada con las dificultades del mercado colonial y los crecientes gastos que tuvo que afrontar el Estado por la política exterior belicosa, mientras se estancaban los ingresos por la ausencia de una reforma fiscal. El aumento de la Deuda obligó al Estado a recurrir al crédito, a la emisión de títulos de la Deuda (vales reales) que se depreciaron y a
4 una primera desamortización eclesiástica (de Hospitales, Hospicios, Cofradías, Casas de Misericordia, Obras Pías, Patronatos legos, etc.) impulsada por Godoy. Esta crisis financiera agravaba la situación económica si tenemos en cuenta el agotamiento del sistema económico­social tradicional, dada la escasa capacidad de acumulación de capital de la agricultura, ya que 2/3 de la propiedad territorial estaba amortizada (fuera del mercado), en manos de la Iglesia y los municipios, o vinculada en mayorazgos. Esta forma de tenencia relegaba, por otra parte, a gran parte de la población a una miseria permanente, salvo en determinadas variantes regionales. Por otro lado, una estructura social propia de una sociedad estamental (mantenimiento de los privilegios y el poder de la nobleza y la Iglesia) se acompañaba de una serie de factores de movilidad social, que permiten hablar de una sociedad de transición. Las estructuras de poder a escala local (tanto respecto a las oligarquías dominantes como de las formas de ejercicio de poder) no estuvieron estáticas durante el XVIII. En este sentido, ha sido destacada la identidad de intereses entre las elites de poder local (terratenientes, principales arrendatarios y campesinos acomodados, que se habían beneficiado del crecimiento económico) con la alta nobleza, polarizándose la sociedad entre estos notables y los campesinos sin tierra y, por tanto, declinando el estamento frente a la riqueza como verdadero elemento de unión. Dicha comunión de intereses se relacionaba también con factores coyunturales, como la crisis del comercio colonial y la crisis fiscal. Por último, las ideas ilustradas se tradujeron un programa reformador, básicamente de carácter agrario (en relación al acceso a la tierra o a su integración al mercado) y eclesiástico (crítica al clero y al excesivo número de clérigos) antes de la revolución francesa. Y, desde la crisis de los años noventa, se radicalizaron los postulados ilustrados y, con la penetración de la propaganda de agentes franceses, se difundieron las teorías revolucionarias en la península, que cuajarían en 1808 en un programa político liberal coherente. 1.2. GUERRA Y REVOLUCI ÓN (1808­14) El tratamiento historiográfico tradicional y en los fastos oficiales ha sido, por lo general, de honor, como la gran fecha patriótica, buena para charanga y discurso. Pero en los últimos años se está viendo la complejidad que tuvo. La propia denominación de la guerra difiere según los rasgos que quieran destacarse: guerra de la independencia (historiografía liberal), guerra del francés (sobre todo, en el ámbito catalán), guerra napoleónica de España (historiografía francesa), o guerra peninsular (historiografía británica). Parece evidente que no fue sólo una invasión que produjo un levantamiento. Fue, en parte, espontáneo y, en parte, inducido por agentes ingleses. Tuvo una vertiente internacional. Se encuadra en el contexto de las guerras nacionales europeas de liberación, ante el despertar del espíritu nacional frente a la dominación napoleónica. Y en la dirección y desenlace de la guerra fue fundamental el papel británico.
5 Tuvo también una serie de características peculiares. Las masas que lucharon contra el invasor fueron heterogéneas y con distintos planteamientos; por un lado, la defensa de la patria y sus valores tradicionales (ante el vacío de poder de la monarquía); por otro, como ocasión de exteriorizar el descontento y las aspiraciones de renovación. El protagonista de la guerra fue el pueblo (depositario de la soberanía vacante), que se atribuye la facultad de declarar la guerra a los franceses. La sustitución de la legitimidad monárquica por la popular y la lucha mediante guerrillas supone una evidente ruptura con el pasado. Aunque se ha mitificado el papel de los guerrilleros, aparecen las masas españolas en la escena política (GIL NOVALES). Las consecuencias fueron de diverso tipo. En primer lugar, hay que hablar de las destrucciones, tanto en cuanto a la pérdida de vidas humanas (entre medio millón y un millón) como a la pobreza material. Se ha destacado su papel para la caída del I mperio napoleónico, pues obligó a Napoleón a desviar tropas y sufrir graves pérdidas y demostró a Europa que Napoleón no era invencible. Por otra parte, en clave interna, fue uno de los fenómenos decisivos para la crisis del Antiguo Régimen en España, pues mostró la fragilidad del Estado absoluto y posibilitó la introducción de reformas dentro del marco de las revoluciones liberales (MOLINER), de modo que guerra y revolución fueron dos procesos complementarios. Dicho de otra manera, la revolución vino a consecuencia de la guerra, aunque favorecida por una serie de factores previos que hemos resumido en páginas anteriores. Pero, fruto de esa ambivalencia comentada, a la vez que supuso el punto de arranque de la revolución, también se utilizó el conflicto para acabar con todo intento de modernización del Estado, por una parte. Por consiguiente, la salida de la guerra será tanto la monarquía restaurada como la revolución de 1820. a) Antecedentes del levantamiento popular La firma del Tratado de Fontainebleau por Carlos IV y Napoleón (27­ 10­1807) respondía a la política francesa de completar el bloqueo continental contra el Portugal anglófilo, pues necesitaba introducir tropas en España para cerrar las costas de Portugal al tráfico con Inglaterra. De este modo, se aceptaba el paso de las tropas francesas por España para poder llevar a cabo un verdadero reparto de Portugal (del que se beneficiarían el propio Godoy y la familia real). Desde entonces, los franceses ocuparán plazas estratégicas en N. de España. En un primer momento no fueron mal recibidas las tropas francesas, pues algunos sectores esperaban que Napoleón les librara del valido Godoy y diera el trono al príncipe de Asturias. Pero los planes de Napoleón iban en otra línea; las tropas francesas no abandonarían las plazas que iban ocupando en España y Napoleón estaba dispuesto a proclamar a Carlos IV soberano del todo el centro de Portugal a cambio de que todo el territorio español entre los Pirineos y el Ebro pasarían a Francia. Al conocer estos planes, Godoy propuso que la mejor solución sería la huida de la familia real y los órganos de gobierno a América. En este contexto estalló el motín de Aranjuez (17­3­1808) Los partidarios de Fernando movilizaron al pueblo de Aranjuez; fue,
6 por tanto, un motín popular pero instigado (revuelta de palacio y amotinamiento popular), dirigido contra el despotismo ministerial de Godoy y un rey impopular, en la creencia que Fernando sería diferente. Las consecuencias de los sucesos de Aranjuez fueron diversas. En primer lugar, cayó Godoy y el rey abdicó en su hijo Fernando, que adoptó medidas populares, como la condonación de determinados impuestos. La confusa situación política apresuró la llegada de Murat a Madrid para posesionarse de la capital del Reino. Napoleón atrajo a la familia real a Bayona (abril 1808) para arbitrar el pleito sucesorio. Padre e hijo acudieron separadamente. Mientras Fernando VII buscaba la protección de Napoleón, su padre se retractó de su abdicación y pidió al emperador ser reconocido como rey. Era la oportunidad que buscaba Napoleón para sustituir a los Borbones por su hermano José; consiguió primero la cesión de los derechos de Carlos IV y después, mediante amenazas, que Fernando devolviera la corona a su padre. Con las abdicaciones de Bayona, España entraba en una de las crisis más grandes de su historia. b) El levantamiento popular y la ocupación francesa En pocos días se pasa del tumulto al enfrentamiento popular. En efecto, el 2 mayo de 1808 se inició en Móstoles y se extendió a Madrid un tumulto popular contra las tropas napoleónicas allí estacionadas, mientras llegaban confusas noticias desde Bayona. Este levantamiento significó el divorcio entre la autoridad oficial (sujeta a Murat) y el pueblo , que se negó a obedecer a la Junta Suprema de Gobierno y al Consejo de Castilla (máximas instituciones políticas de la Monarquía en ausencia del rey), sometidas a Napoleón. La insurrección espontánea contó con la colaboración de algunos militares (como Daoíz y Velarde) que murieron en la acción. Los días 2 y 3 de mayo, son fechas marcadas por la represión y los fusilamientos por parte de las tropas de Murat. Las noticias de la renuncia a la Corona de Fernando y la abdicación de Carlos en Napoleón (producidas formalmente el 5 de mayo), la extensión de la intervención francesa y los ecos del sucesos de Madrid dieron paso en los días siguientes a la creación de J untas Locales de Defensa o de Resistencia en varias ciudades españolas, que consolidaron un nuevo poder revolucionario, en medio de un clima de hostilidad antifrancesa. Así, el levantamiento dio paso a una guerra cruel y devastadora, reflejada en la serie de estampas grabadas de Goya “los desastres de la guerra”. La crisis dinástica y el levantamiento popular provocaron el colapso de la autoridad del Estado, un gran vacío de poder y la ruptura del territorio español. En la zona de ocupación francesa, el decreto de 6 de junio nombraba a J osé Bonaparte rey de España y las I ndias. José I asumió la Corona española con el propósito de modernizar el país en el marco legal del Estatuto de Bayona, que juró antes de establecerse en Madrid el 20 de julio de 1808, y apoyándose en los afrancesados. Pero,
7 considerado un “rey intruso”, tuvo un sombrío recibimiento al llegar a España y fue apodado “Pepe Botella” por sus detractores. El Estatuto de Bayona (6­7­1808), en realidad, no llegó a entrar en vigor. No fue una constitución sino una “Carta Otorgada”, aprobada por la Asamblea de Bayona (a la que apenas acudieron 65 representantes, la mayoría nobles) pero redactada por un francés residente en España (M. Esmenard) y revisada por Murat y Napoleón. Contenía bases de reforma política y social. No era excesivamente liberal (no se mencionaban la Inquisición o los señoríos), pero se protegían los derechos individuales. Tenía elementos para desarrollar el comercio, disminuir el poder de la nobleza, potenciar la burguesía y modernizar justicia y fiscalidad. Y establecía la confesionalidad católica, para ganarse al clero y nobleza. En realidad, en las zonas ocupadas por franceses, José I reinó de iure, que no de facto, pues estuvo mediatizado por Napoleón y obstaculizado por generales franceses. Tuvo que abandonar momentáneamente Madrid tras batalla de Bailén. Napoleón vino a España y se puso a reorganizar el país sin consultar con José. En 1809, en su reencontrada capital, José siguió su misma política (supresión de las órdenes monásticas y de la Grandeza de España, asumiendo el papel de heredero de la revolución francesa. El papel de instrumento en manos del emperador que representó José se volvió a evidenciar en 1809, cuando Napoleón decretó que todos los territorios situados a la izquierda del Ebro se incorporaban a Francia (provincias vascas, Navarra, Aragón y Cataluña), sin respetar las obligaciones contraídas con su hermano y con afrancesados). Desde 1809 a 1812 es el período de ocupación francesa, donde se estableció una estructura bifronte, con dos autoridades, la militar (en manos de franceses) y la civil, dirigida por los afrancesados, cuyo peso fue debilitándose progresivamente y cuya política reformista estuvo condicionada por las necesidades de la guerra. Eran llamados afrancesados los españoles colaboracionistas que apoyaron a Napoleón, reflejo la fractura interna que la guerra había producido también entre los españoles. Su número fue amplio, pues se cifran en más de cien mil los españoles colaboracionistas y en más de dos millones los que prestaron juramento a José Bonaparte. Hay visiones encontradas sobre ellos, desde una literatura hostil, mayoritaria, que los consideraba “traidores”, hasta una literatura favorable. En parte, está relacionado con los diversos motivos que llevaron a dicho colaboracionismo; una minoría fueron por convicción ideológica (opción política reformista frente al inmovilismo del Antiguo Régimen y la alternativa rupturista liberal) o cultural; pero los demás lo hicieron por miedo o por oportunismo, aceptando la dictadura militar napoleónica (como dice GIL NOVALES). También fue diverso su perfil sociológico: políticos, funcionarios (civiles y militares), eclesiásticos, aristócratas, hombres de letras, negociantes y propietarios, incluso hombres de extracción humilde.
8 Pero la ocupación militar no pudo ser total, limitándose a los más importantes núcleos de población, las vías de comunicación y otras zonas de interés estratégico. Los franceses dejaron libres las zonas más alejadas e inaccesibles, que siguieron controladas por las J untas de Resistencia y las guerrillas. c) El escenario bélico. Varias fases: 1) Campaña del verano de 1808: el levantamiento se transforma en guerra nacional
· Fracaso del plan del norte (para favorecer comunicaciones Francia/meseta)
· Fracaso del plan del sur: es frenado el avance en la decisiva batalla de Bailén (julio 1808)
· Las tropas francesas tuvieron también que evacuar P ortugal 2) P redominio francés (1808­09): Napoleón tomó personalmente el mando de las tropas francesas y desplaza a España un ejército de 300.000 hombres
· Victorias francesas en todas las oportunidades sobre los españoles: es repuesto José I, tras entrar en Madrid las tropas francesas el 4­12­ 1808.
· Expulsión de británicos que habían desembarcado en Galicia
· Forzó la huida de la Junta Central a Sevilla 3) Ofensivas y ocupación francesas (1809­11): guerra de desgaste
9 Fracasaron varios contraataques españoles para reconquistar Madrid. A fines de 1809 la superioridad francesa era incontestable y los ejércitos españoles estaban gravemente quebrantados
· 1810­11: las tropas francesas extienden su dominio por España
· Los franceses sólo fracasaron en Portugal, donde no pudieron expulsar a los ingleses. Desde 1810, Portugal fue una base de operaciones inglesas 4) Ofensiva hispano­inglesa (1812­14):
· Napoleón retira las tropas de elite hacia Rusia
· Desde Portugal, W ellesley (W ellington) pasó a la contraofensiva
· Victorias decisivas de Vitoria (21­7­1813) y San M arcial (Irún) (31­ 8­1813)
· Fines 1813: los ejércitos de Wellington ocupan territorio francés
· 1814: Soult y Souchet ordenan la evacuación de las plazas ocupadas en Península ·
d) Estrategias de guerra: El plan de operaciones del ejército francés, basado en una estrategia de ocupación rápida y sin apenas resistencia, acabó fracasando por varios motivos. En primer lugar, porque tuvo que abandonar España sin haberla conquistado realmente. Cometió, además, el error militar de dispersar sus fuerzas para ocupar todas las provincias. Por otra parte, se tuvo que enfrentar a una nación en armas: la resistencia de las ciudades inmovilizó y desvió tropas que se hubieran batido con éxito en batallas de estrategia nacional y los ataques guerrilleros acabaron demostrando que los franceses no sabían enfrentarse con un “tipo de guerra” frente a la que no existía entonces estrategia. A los anteriores hay que sumar la ayuda exterior inglesa y, por último, la desastrosa campaña de Rusia. El ejército español mantuvo una estrategia defensiva, ante la superioridad del ejército francés en campo abierto. Su inoperancia en múltiples ocasiones explica el elevado porcentaje de deserciones (alrededor del 20%). Por otra parte, fueron frecuentes sus conflictos con la población civil, debido a los abundantes abusos militares, los recursos extraordinarios que recaían en los campesinos para financiar la guerra así como la larga duración del conflicto. Desde 1810, muchos de sus miembros engrosaron la guerrilla y otros se pusieron bajo las órdenes de las tropas anglo­ portuguesas de Wellington, que reorganizó nuevos cuerpos del ejército español y los guió a la victoria tras el reajuste de las tropas francesas a raíz de la campaña de Rusia. La ayuda británica, cuyas tropas estaban acantonadas en Portugal y controlando el mar, resultó así fundamental desde 1812, momento a partir del cual, se fue abandonando progresivamente la anterior estrategia defensiva. Importante resultó la aportación militar de la guerrilla, la forma de participación popular en la guerra ante la resistencia a encuadrarse en el ejército de buena parte de la población. Formada por pequeños grupos, sobre todo en el mundo rural, de ex oficiales y ex soldados, voluntarios civiles, campesinos y bandoleros, llegaron a ser unos treinta mil. Apoyados en el ataque por sorpresa, el conocimiento del terreno y el apoyo de la población civil, y contando con la ayuda y la regulación de la Junta Central, sus principales objetivos eran el desgaste y el hostigamiento, con el fin de desconcertar al ejército invasor y obstaculizar las comunicaciones así
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como fijar e inmovilizar las tropas francesas en las ciudades. De todos modos, ha sido objeto de una evidente mitificación historiográfica que ha extendido la imagen del supuesto entusiasmo guerrero de todos los españoles, cuando, en realidad, en esta como en todas las guerras, hubo sus aprovechados, (como reconoce AYMES); por otra parte, la guerrilla carecía de capacidad suficiente para operaciones convencionales y decisivas; y, por último, de sus filas saldrán en años posteriores, tanto revolucionarios y liberales como feotas y carlistas. e) Las J untas de resistencia Dentro del escenario bélico nació la revolución. El pueblo, protagonista de la guerra, toma conciencia de su soberanía. La ocupación francesa, el levantamiento popular y la propia guerra acabaron destruyendo el viejo orden político y social del país. Muchos observadores de la época vieron en aquellos acontecimientos la materialización de la revolución española, pero, como dice FUSI, sólo era la primera de las tres etapas que pasaron hasta su consolidación en torno a 1840. Las dos bases de esta primera etapa revolucionaria fueron las Juntas de Resistencia y la labor de las Cortes de Cádiz. Las J untas de Resistencia de Defensa surgieron, de manera provisional, ante el vacío existente por la ausencia de un poder legítimo, para armar los ejércitos y a los guerrilleros y se extendieron por el territorio nacional, perviviendo durante la guerra adaptándose al territorio no ocupado por los franceses. Ha sido comparado su significado en el orden político con el de la guerrilla en el militar. Su tipología es triple: locales, provinciales y Central. Las J untas Locales nacen en el mismo momento del levantamiento, de manera espontánea y estuvieron, en un principio, carentes de organización. Sus proclamas mostraban los particularismos locales y la conflictividad social del levantamiento popular. Los problemas se agravaron cuando las Juntas formadas en las capitales se convirtieron en provinciales, asumiendo la representatividad del resto e incorporando algunos de sus vocales. Las J untas P rovinciales o Supremas, a su lado, venían a ser una especie de gobierno provisional a través del cual el pueblo expresaba su voluntad y actuaba ejerciendo su soberanía. Rivalizaron por hegemonizar la formación de un Gobierno Central o por establecer un gobierno federativo apoyado en las juntas provinciales. Como instrumento unitario, tras superar no pocas tensiones, surgió el 25 de septiembre de 1808 la J unta Central Suprema y Gubernativa del Reino, con la finalidad principal de atender las necesidades bélicas. Presidida por Floridablanca y compuesta por 34 representantes de las Juntas Provinciales, se ubicó primero en Aranjuez, desde fines de 1808 en Sevilla y, en enero de 1810, en Cádiz, donde se disolvió (tras perder credibilidad ante las continuas derrotas y disensiones internas), para ceder el poder a un Consejo de Regencia de cinco personas que preparó la reunión de las Cortes de Cádiz. La pregunta que surge es: ¿fueron revolucionarias las Juntas?. Téoricamente, por su origen, podría haber sido un poder revolucionario, pues el pueblo asumía la soberanía para delegarla en una Junta elegida por él. Pero, en la práctica, no fueron revolucionarias, según FUSI, por varios
11 motivos: por su composición social, se estructuraron de manera estamental y supusieron un papel de control y hasta de traición al propio pueblo, al estar en manos de las clases más altas (nobles, militares, eclesiásticos, magistrados, letrados, etc.); y, por otra parte, no hubo proyectos ni ideas claras, más allá de su identificación con la legitimidad fernandina. Y al surgir la Junta Central, la pérdida de poder popular fue aún mayor, pues fue la antítesis de un Gobierno revolucionario pese a haber en su burocracia significados radicales. f) Cortes de Cádiz y Constitución de 1812 Suponen el verdadero comienzo de la revolución española, pues arremetió contra los presupuestos básicos del Antiguo Régimen amparándose en la representación nacional para iniciar una obra legislativa que se coronó con la constitución de 1812. Sus importantes reformas políticas, sociales y económicas iban encaminadas a transformar España en una monarquía liberal y parlamentaria. Los reveses militares y el contexto ideológico incidieron en la novedad revolucionaria que suponía que no eran Cortes estamentales, sino una Asamblea Nacional unicameral. Sus componentes fueron elegidos por sufragio universal masculino indirecto (sin ley electoral, bajo la presión de la guerra y de forma caótica), por representación geográfica (1 cada 50.000 habitantes), y se admitió el sistema de suplentes (dada la situación del país). En la práctica, muchos suplentes españoles sustituyeron a los americanos y, por otra parte, las suplencias beneficiaron a los diputados de la periferia y liberales. Pero la progresiva retirada de los franceses favoreció, desde 1812, la incorporación de los diputados titulares, de talante menos radical, por lo que la correlación de fuerzas cambió a favor de los absolutistas de 1813­14. En cuanto a su origen social, formaron un grupo social heterogéneo; aunque se consideran representantes del pueblo frente a los privilegiados, estaban lejos de reflejar la situación real de la sociedad española, pues predominaban los funcionarios y abogados y había un elevado número de eclesiásticos y de militares, en contraste con el escaso de la burguesía comercial. Los principales grupos ideológicos que componían las Cortes eran tres: absolutistas (defensa de soberanía real y sociedad estamental); jovellanistas, renovadores o moderados (consideraban necesarias las reformas, pero conjugando la soberanía del rey y de acuerdo con la tradición española); y revolucionarios, innovadores o liberales (propugnaban la soberanía de la nación y la creación de una sociedad nueva y sin privilegios). Reunidas por primera vez el 24 de septiembre de 1810 con el carácter de generales, hispanoamericanas y extraordinarias, asumieron la tarea de reestructurar el país sobre un nuevo modelo político y social. Por iniciativa de los liberales (que, aunque no tuvieron la mayoría, estaban mejor organizados y se habían beneficiado de las suplencias), las Cortes se autoconstituyeron en Asamblea Constituyente.
12 Su labor legislativa aniquiló las bases sobre las que sustentaba la sociedad estamental y creó los fundamentos para una nueva basada en la igualdad legal, la ampliación del número de propietarios y el acceso de los más capaces según el ideal meritocrático de la época). La Constitución (aprobada el día de S. Jose de 1812, de ahí el apelativo de “La Pepa”) puso los cimientos para edificar el nuevo Estado. A partir de una doble base (Constitución francesa de 1791 y referencias históricas españolas), supuso un compromiso entre liberales y absolutistas, aunque favorable a liberales por la situación política. Su labor reformadora abarcó el ámbito político (soberanía nacional, separación de poderes, derechos y libertades), religioso (pese a su confesionalidad, lass Cortes vinieron a modificar las relaciones Iglesia­Estado), administrativo (tanto municipal –ayuntamientos electivos—, provincial –origen de las diputaciones— y militar –Milicia Nacional y servicio militar obligatorio), social (igualdad ante la ley, abolición de privilegios, supresión del diezmo) y económico (desamortización y supresión de la Mesta, gremios y aduanas interiores). Esta constitución ha sido valorada de distinta manera por los diversos autores, que han hecho hincapié bien en el llamado “radicalismo gaditano” o su equiparación a la constitución francesa de 1791, o bien en su conservadurismo y en el “espejismo revolucionario”, así como en su poca capacidad para ser puesta en práctica. Tras unas elecciones (mediante un sistema de elección indirecto, como establecía la Constitución, para evitar un excesivo democratismo) que le otorgaron una mayoría conservadora, las nuevas Cortes se reunieron el 15 de enero de 1814. Pero su labor fue destruida por Fernando VII al regresar a España 1.3. EL REI NADO DE FERNANDO VI I Y LA CRI SI S DEL ANTI GUO RÉGI M EN En su reinado se desarrollaron tres grandes procesos: la definitiva crisis del Antiguo Régimen, el desenvolvimiento de la revolución burguesa y el comienzo de la construcción del estado liberal. Pero las esperanzas nacidas del triunfo y depositadas en su rey (El Deseado ) no tenían base sólida. La guerra había dividido a los españoles en distintas tendencias ideológicas (conservadores, innovadores y renovadores). A su regreso asumió el poder de manera personal para acabar con la obra constitucional pero hay que distinguir en su reinado tres etapas básicamente: Sexenio absolutista (1814­20) o primera restauración absolutista; Trienio Liberal o Constitucional (1820­23), período crucial en el proceso de la revolución liberal; y Década ominosa (1823­33), en la que el absolutismo restaurado se vio abocado a reformas. a) El regreso desde Bayona Mediante el Tratado de Valençay (dic. 1813), Napoleón devolvía la condición de rey a Fernando VII sin contar con las Cortes, en un intento
13 desesperado para librarse del tema español y esperar que Fernando aceptara una neutralidad frente a Francia. Previamente, la Cortes de Cádiz habían dictado medidas para evitar un posible absolutismo real. El Decreto de 1­1­1811 negaba la validez de cualquier acto del monarca prisionero de Napoleón; y el Decreto de 2­2­1814 inhibía al rey en el ejercicio de sus funciones hasta jurar la Constitución y le marcaba un itinerario a Madrid. Sin embargo, en su regreso a España (el 22 de marzo de 1814), Fernando empezó por no respetar el itinerario fijado por las Cortes. Fue recibido con aclamaciones populares porque significaba el fin de la pesadilla de la guerra, no porque los españoles prefiriesen el absolutismo (GIL NOVALES), pero los absolutistas quisieron capitalizar este entusiasmo. A su regreso vaciló si enfrentarse o no al régimen que ejercía el gobierno desde su marcha. Pero decidió volver al estado anterior a 1808 mediante un golpe de estado por varias causas: en primer lugar, porque estaba convencido de la escasa legitimidad de las Cortes de Cádiz y de su gran popularidad; pero, sobre todo, por el ambiente previo de la Europa de la Restauración y la plasmación de una serie de textos absolutistas en su itinerario de vuelta, en que recibía el apoyo de mandos militares y de un número considerable de diputados. Estos textos absolutistas son básicamente dos: la alocución del general Elío (reflejaba el malestar por verse desatendidos y ultrajados los ejércitos y confiaba en que Fernando haría justicia); y el manifiesto de los P ersas (12­4­1814, un documento muy polémico, basado en pensamiento tradicional español y dirigido al rey por 69 diputados de Cortes Ordinarias, aunque su autor real era Bernardo Mozo de Rosales), que declaraba nulos los acuerdos de las Cortes de Cádiz y, por supuesto, la Constitución, y prometía tratar con los procuradores en Cortes legítimas. La consecuencia fue el Real Decreto de 4­5­1814 (considerado como el primer pronunciamiento de la historia de España), que abolía la obra de las Cortes de Cádiz, olvidando promesas anteriores y volviendo al absolutismo. Según FUSI, quedaba en evidencia la fragilidad de la primera revolución española pues el autogolpe del Rey no halló una gran oposición. b) La Crisis de la monarquía absoluta. El sexenio absolutista (1814­20) La vuelta de Fernando VII significó también la restauración del absolutismo. El rey va a gobernar de manera absoluta, sin limitación constitucional, volviendo a las antiguas instituciones, restableciendo el poder real, la Inquisición y el régimen señorial, recuperando el protagonismo socioeconómico de la nobleza y el clero y todo ello en un marco represivo que condujo a la primera oleada de exiliados políticos de la España contemporánea. Desde un primer momento, la restauración del absolutismo encontró importantes apoyos (como demuestra la destrucción en muchos lugares de las lápidas constitucionales a principios de abril de 1814). Sin embargo, en lugar de ser una época para saborear las mieles del triunfo, será una etapa plagada de problemas económicos y políticos. Desde el punto de vista político, se habla de una degeneración del poder, pues el rey fue incapaz de dar una dirección política coherente a la gobernación del país, nombrando y cesando a su arbitrio y haciendo del capricho una forma de gobierno, además de rodearse de una camarilla envuelva en un ambiente
14 de intrigas. A ello se añadió la ruina de la Hacienda, pues a la devastación de la guerra de independencia se sumaba la sublevación de las colonias americanas, que dejaron al país sin los recursos ultramarinos cuando más los necesitaba. La consecuencia de todo ello fue la quiebra de las estructuras económicas y la carencia de un aparato estatal mínimamente eficaz que, por otra parte, imposibilitaba la contención de la lucha independentista americana. El ámbito de la política internacional, España quedó relegada a una nación de segundo orden, de escasa influencia en el mundo y replegada en sus problemas internos. En el Congreso de Viena, España no figurará en la pentarquía de potencias pues, pese a la resistencia española a la invasión, pues no había participado en ninguna coalición antinapoleónica, ni había firmado la Paz de París, ni tenía reivindicaciones territoriales sobre Francia, y ninguna potencia tenía interés en atraérsela a su órbita, dada su poca fuerza operativa. Por su parte, el orden colonial no pudo sobrevivir a la crisis por la ocupación francesa. Desde mediados del XVIII fue cristalizando entre los criollos un sentimiento de nacionalidad diferenciadas y aunque al principio de la invasión napoleónica de la península, las colonias fueron fieles a Fernando VII y luego aceptaron la autoridad de la Junta Central, sin embargo la Regencia a dicha Junta Central, el dominio español se derrumbó, asumiendo las Juntas Locales americanas el poder; algunas de ellas fueron independentistas (Caracas, Cundinamarca), otras ejercieron la soberanía de hecho (Buenos Aires) y la mayoría fueron sólo autonomistas o, como en el caso de Perú, Centroamérica, Cuba, Puerto Rico, fueron fieles a España y sirvieron de base a reacción española. Aunque en 1815 (salvo en Río de la Plata) parecía que España restablecía su poder, sin embargo, la lucha por la independencia rebrotó en 1816­17 debido a varios factores: en primer lugar, los éxitos militares de los patriotas americanos como Bolívar (Colombia, Venezuela, Bolivia) o San Martín (Chile, Perú); en segundo lugar, la referida quiebra financiera y política de la monarquía española, pues carecía de recursos económicos y militares para frenarla y el rey no quería concesiones ni negociar un nuevo Pacto colonial; y, por último, la también comentada postergación internacional española, pues las potencias europeas se mantuvieron neutrales ante la rebelión colonial, mientras G. Bretaña obstaculizó cualquier intento para que España recupera sus colonias. Al final, la revolución española de 1820 acabó desacreditando definitivamente a la metrópoli en ultramar y debilitó sensiblemente su acción militar, por lo que la independencia hispanoamericana pudo culminar su victoria en 1824­25. La Restauración nació también con ansias represoras, emprendiendo una severa depuración de afrancesados y liberales. A la antinomia patriota­afrancesado del periodo anterior, sucede ahora la de absolutista­liberal. Pero el creciente malestar ante los problemas descritos fue capitalizado por la oposición liberal, que, aunque carecía de apoyo significativo, estaba compuesta por la débil clase media ligada a actividades intelectuales o comerciales, el clero con formación ilustrada y algunos militares descontentos con la política de ascensos tras la Guerra. Su único recurso frente al absolutismo era la conspiración militar (instrumentalizada por sociedades secretas) y explicable por la doble experiencia de guerra
15 regular y guerrillas en la guerra de Independencia. De esta manera hacía su aparición en la España deciminónica el espectro del pronunciamiento militar. Fracasaron los pronunciamientos de antiguos guerrilleros ascendidos a generales, como Espoz y Mina (Pamplona, sept. 1814), Díaz Porlier (La Coruña, sept 1815), Richart y Renovales (“Conspiración del Triángulo”, 1816), Vidal (Valencia, dic. 1819) o Francisco Milans del Bosch. Pero acabó triunfando la sublevación de Riego, que pondrá fin a la primera etapa del reinado fernandino y certificando la crisis de la monarquía absoluta. c) El Trienio Liberal o Constitucional (1820­23) El primer día de enero de 1820, se sublevó una parte del ejército (que se concentraba en Cádiz para ir a combatir a los rebeldes americanos) reclamando la Constitución de 1812. El complot revolucionario fue instigado por la masonería y acaudillado por el comandante Riego, que proclamó la Constitución de Cádiz desde el sevillano pueblo de Cabezas de S. Juan e inició una marcha por Andalucía, cuyos ecos, convenientemente exagerados, provocaron levantamientos sucesivos de otras guarniciones en medio de la indecisión de las autoridades realistas. Los revolucionarios apoyaban las pretensiones de los independentistas americanos (afinidades con la revolución) pero tras su triunfo se desdijeron. La revolución de 1820 produjo una amplia movilización social y política a través de formación de juntas en los principales núcleos urbanos. El 9 de julio de 1820, el mismo rey que la había derogado seis años antes, se veía obligado a jurar la constitución, sin que pudieran evitarlo algunas intentonas absolutistas. El triunfo del pronunciamiento de Riego (debido más al fracaso del Estado absolutista que al impulso revolucionario) fue incruento y abrió una segunda etapa en el proceso revolucionario español de gran resonancia internacional (revoluciones de 1820) Antes de trazar sus distintas etapas, conviene resumir las características del Trienio. La primera es la escasa base social con que contó la revolución, que no fue resultado de un amplio movimiento de opinión, sino hecha “desde arriba” y, aunque contará con el apoyo de determinadas capas populares urbanas, sin embargo, la timidez de las reformas emprendidas impidieron que hubiera mayor resistencia a la nueva invasión francesa en 1823 de los Cien Mil Hijos de S. Luis. La segunda, y no menos importante, es la división en el seno del liberalismo entre doceañistas (moderados , partidarios de la reforma de la Constitución de Cádiz) y veinteañistas (exaltados , que defendían la Constitución tal como estaba redactada y querían trasladar la revolución del papel a la realidad), en torno al modelo de Estado, la participación popular en el proceso político y el modelo constitucional; se trataba de criterios políticos, no de índole socioeconómica, pues ambos grupos liberales coincidían en la transformación del régimen de propiedad a partir de la desamortización y la desvinculación. Se habla también de un cierto dualismo de poder, representado, por un lado por el propio Rey, el Gobierno y las Cortes (de mayoría moderada) y, por otro, de un contrapoder compuesto por el ejército de Riego, las sociedades secretas (masones, comuneros,
16 carbonarios) y las sociedades patrióticas (lugares públicos de debate político), depositarias de la legitimidad revolucionaria. Por último, en esta caracterización del Trienio no puede faltar el programa de modernización estatal, con reformas administrativas, económicas (espíritu proteccionista y fomento agrario e industrial, herencia del espíritu ilustrado) y religiosas (desamortización, abolición de la Inquisición, supresión de la Compañía de Jesús y de las órdenes monacales, hospitalarias y militares y cierre de los conventos de menos de doce religiosos), lo que provocó un incremento de la dialéctica clericalismo/anticlericalismo. A la división de los liberales y la falta de apoyo suficiente, otras causas se sumaron para impedir la consolidación definitiva del liberalismo durante el Trienio, como el contexto internacional (dominado por los principios de la Restauración y el concierto europeo, que dio lugar a la intervención exterior en 1823) y la propia reacción interna contrarrevolucionaria, a través de alzamientos realistas. Éstos últimos, impulsados por círculos palaciegos, clero, notables rurales, contaron con apoyo de sectores populares de la ciudad y el campo, canalizando así el tanto el descontento de los intereses económicos en peligro como el desconcierto ante la pérdida de identidad y el desclasamiento, inquietudes compartidas por diferentes sectores de la sociedad del Antiguo Régimen y, en particular, por los más débiles de las clases populares. Pero la primera experiencia constitucional española pasó por distintas fases: c.1.) P rimera (marzo 1820, julio 1822): gobiernan los moderados. El primer gobierno moderado fue presidido por E. P érez de Castro. Aunque emprend¡ó algunas medidas radicales (desamortización, supresión de mayorazgos y de órdenes monacales o la reforma de las órdenes regulares), desde septiembre, se producirá la ruptura con los exaltados, debido a la disolución del ejército de Riego y la prohibición de algunas significadas Sociedades Patrióticas. Desde oct. 1820­jun. 1822 se produjeron innumerables roces tanto entre moderados y exaltados como entre liberales y realistas, entre liberales y el rey, o entre el gobierno y la Iglesia. El segundo gobierno liberal, presidido por Bardají desde marzo de 1821, era aún más moderado que el primero y fue tachado de traidor a la revolución por parte de los exaltados. Mientras se produjo la ruptura total entre el gobierno y la base popular del liberalismo y se ahondaban las divisiones entre liberales, los absolutistas se dedicaban a conspirar. El tercer gobierno moderado, presidido por M artínez de la Rosa desde febrero de 1822, fue tan reaccionario e impopular como el anterior y pese a preparar nuevos proyectos (instrucción pública, Código Penal, división provincial y reforma presupuestaria) se vio incapacitado para gobernar debido a la inestabilidad política, aprovechada por los absolutistas para intentar un golpe de Estado (del 2 al 7 de julio de 1822), sofocado por la Milicia Nacional y la intervención de paisanos armados. Como consecuencia, dimitió Martínez de la Rosa, que fue sustituido por el exaltado Evaristo S. Miguel. c.2.) Segunda fase, transcurre desde el 7 de julio de 1822 hasta abril de 1823, con los exaltados en el poder.
17 Pero el gobierno de Evaristo San M iguel fue incapaz de gobernar un país en bancarrota, sometido al hostigamiento absolutista (bien visto por el rey, apoyado por el clero y respaldado por masas campesinas que se han visto perjudicadas por los problemas agrarios). En el verano 1822, los absolutistas controlaban la zona norte y proclamaron la Regencia de Urgel que, compuesta por personalidades del tradicionalismo absolutista, declaró nulo todo lo actuado por la revolución. Aunque el gobierno la reprimió duramente, las potencias extranjeras decidieron intervenir. De manera que el régimen liberal no fue derribado por la contrarrevolución interna, sino por una invasión extranjera, de los Cien M il Hijos de San Luis (7­4­1823), al mando del duque de Angulema y compuesta por 65.000 franceses y 35.000 voluntarios españoles. Curiosamente, en 1823, los franceses no fueron considerados invasores por los “patriotas” antiliberales. Terminaba así la experiencia del Trienio, pero ¿para que sirvió?. La segunda fase revolucionaria no fue sólo un paréntesis y transformó la vida pública más que las Cortes de Cádiz. En primer lugar, permitió que el liberalismo accediera al poder por primera vez. Por otra parte, revitalizó y socializó la vida política, pues e país se familiarizó con las prácticas constitucionales (elecciones, Cortes) y permitió la extensión de la nueva cultura política (a través de las Sociedades Patrióticas, sociedades secretas, la Milicia Nacional, el desarrollo de la prensa política, etc.), además de asimilar de forma irreversible el principio de soberanía nacional y de implantar el arquetipo revolucionario: pronunciamiento, juntas y Constitución de 1812. Y, por último, revitalizó la vida cultural, con la creación de la Universidad Central de Madrid (1822) y el germen de numerosas sociedades culturales de iniciativa privada (Ateneos). d) La década ominosa (1823­33) El decreto de 1­10­1823 reimplantó el régimen absolutista. De nuevo aparece el control policial, una represión durísima y la censura intelectual, de la mano de Calomarde (ministro de Gracia y Justicia, desde 1824 hasta 1833) y ejecutada por los Voluntarios Realistas (cuerpo paramilitar surgido de las partidas realistas sublevadas en el Trienio y encargados de la defensa del absolutismo, entre quienes algunos de los futuros carlistas). El resultado fue la depuración y ejecución de cientos de oficiales, políticos y funcionarios, así como el exilio de varios miles de ellos (entre ellos, Mendizábal, Istúriz, Calatrava, Toreno, Argüelles o Martínez de la Rosa) Pero el régimen absolutista sólo se reimplantó parcialmente, pues su reformismo moderado le otorgó una apariencia cualitativamente distinta al Sexenio de 1814­20. Aunque se restablecieron los mayorazgos y señoríos y se produjo una restauración religiosa muy intensa (se devuelven los bienes expropiados al clero durante el Trienio, se anularon sus disposiciones antieclesiásticas del Trienio, se restablecieron los diezmos y los obispos volvieron a sus diócesis), sin embargo, se admitieron ciertas reformas. Sintomático es que no se restableciera la Inquisición, si bien los obispos crearon, como alternativa, los Tribunales de Fe diocesanos. La tarea de gobierno fue superior a la etapa del sexenio absolutista: en primer lugar, se creó el Consejo de Ministros (como órgano principal del poder ejecutivo), así como el Ministerio de Fomento (para impulsar y coordinar la acción del Estado en materia de gobernación,
18 educación, obras públicas y desarrollo económico); por otra parte, hay una cierta recuperación económica que, no obstante, no permite salir de la postración; en tercer lugar, se intenta poner en orden la maltrecha Hacienda (Luis López Ballesteros); también se reorganiza el Ejército con criterios más profesionales que ideológicos y se crea el cuerpo de Carabineros en 1829 para perseguir el contrabando; y, por último, se reorganiza la administración, reduciendo gastos y moralizándola. Todo ello llevó a Larra en 1833 a hablar de la “mudanza prodigiosa” producida. De todos modos, los males básicos del país seguían sin resolverse. Desde el punto de vista económico, la Hacienda seguía con amenaza de quiebra a pesar de las reformas de Ballesteros, los caminos y carreteras seguían en pésimo estado y la agricultura y ganadería seguía sumida en una crisis endémica. En el ámbito social, cabe destacar la persistencia del bandolerismo. La administración (tanto la central, como la local y la de justicia) seguía desorganizada. Y el ejército seguía con sus carencias gravísimas. De especial gravedad serán también los problemas políticos, en especial relacionados con una verdadera visión del Estado, la inestabilidad ministerial y la pérdida de apoyos. Para llevar a cabo las reformas necesarias, llegó a recurrir a antiguos afrancesados y a liberales moderados, en especial en los últimos años, pero esto no contentó a los liberales y provocó la división de los absolutistas en moderados (por un lado) e intransigentes, ultra­absolutistas o apostólicos (por otro), caracterizados por su oposición al reformismo gubernamental. Precisamente fue la derivación a posiciones reformistas la que hizo surgir un grupo radical en torno a don Carlos, cuya actuación más representativa fue la revuelta dels agraviats o malcontents (primavera de 1827), que se extendió en zonas montañosas y rurales catalanas en torno a Voluntarios Realistas, clero rural y campesinado, y que desembocó en una verdadera guerra. También hubo conspiraciones liberales desde el exilio, de menor alcance que las realistas y que también fracasaron, siendo fusilados sus protagonistas, como ocurrió con la de Torrijos en Málaga a fines de 1831. La situación en torno a 1830 ha sido definida como de constitucionalismo impracticable y de absolutismo inviable. La revolución francesa de 1830 reavivó la doble conspiración de ultras y liberales. El conflicto estalló en torno a 1830 a raíz de un pleito dinástico. La Pragmática Sanción (marzo de 1830), anulaba Ley Sálica y permitía, por tanto, que la hija del rey, Isabel (nacida en octubre fruto del cuarto matrimonio del rey, con María Cristina de Borbón) fuera la heredera al trono, generando un problema sucesorio al privar de sus derechos a su tío D. Carlos. El pleito culminó en los sucesos de La Granja (septiembre de 1832): aprovechando la grave enfermedad del rey y ante la impopularidad de la Pragmática, hubo presiones de ultras (como Calomarde) para derogarla, pero el golpe palaciego de La Granja lo impidió, recuperando el rey su poder y expulsando del gobierno a los ultras. Desde entonces (1832­33), el sector moderado del absolutismo controló el poder y Fernando VII buscó un acercamiento hacia los liberales moderados que, introducidos en el gobierno y administración, van preparando la transición política. Bajo la presidencia de Cea Bermúdez, se
19 emprende una política tendente a evitar que los partidarios de don Carlos pudieran llegar al poder. Para ello, nombró nuevos capitales generales, disolvió a los Voluntarios Realistas, concedió un indulto general y logró reconciliar a los liberales con los interese monárquicos de Isabel. La valoración de esta década ha sido diversa. Algunos autores han destacado el régimen de clandestinidad y terror (GIL NOVALES) y otros han resaltado los aspectos reformistas. Como resume MOLINER, pese al fuerte carácter represivo del absolutismo restaurado, éste se vio abocado a reformas para evitar una nueva situación revolucionaria como en 1820, pero las medidas tomadas fueron insuficientes para evitar la quiebra del sistema, dividieron a los absolutistas y no pudieron contener la doble conspiración ultra y liberal. 1.4. LA REGENCI A DE MARI A CRÍ STI NA (1833­1840) Y LA TRANSI CI ÓN A LA M ONARQUÍ A CONSTI TUCI ONAL La muerte de Fernando VII el 29 de septiembre de 1933, cuando la heredera al trono (como así confirmó el testamento del rey) apenas contaba tres años de edad, supuso el inicio de la Regencia de María Cristina de Borbón, la madre de Isabel, desde 1833 hasta 1840, un período clave para la transición al liberalismo. La guerra civil (carlista) y la desamortización serán las dos bases más destacadas de esta última fase de la revolución liberal, caracterizada por cambios económicos y políticos fundamentales. El Estado cristino siempre estuvo mediatizado por la guerra carlista (pues la mayoría de los recursos económicos iban dirigidos a financiar el Ejército, que aumentó su poder mientras el Estado sólo existía sobre el papel) y por su frente abierto en su retaguardia, representado por las juntas revolucionarias de las ciudades. Guerra y revolución marcharon juntas de nuevo en los años treinta, pues el liberalismo avanzado no renunció a la opción revolucionaria de ruptura con el Antiguo Régimen, aun a riesgo de perder la guerra (algo que parecía iba a suceder hasta 1837). Las ciudades fueron el campo privilegiado de acción política de los liberales, ámbito en el que se aprecia el peso social y político del liberalismo revolucionario y su penetración en la población, de ahí que fuera decisivo el control de las instituciones locales y provinciales, como demostró el movimiento juntista de 1835­36. a) Fases Frente al Antiguo Régimen, representado por don Carlos, María Cristina no fue capaz de expresar claramente el liberalismo y, por tanto, los ocho años de su Regencia están plagados de vaivenes y de una cierta ambigüedad. Pero la complejidad del período y la diversidad de elementos sociales y políticos que confluyen, no impiden trazar una serie de etapas. En líneas generales, se puede decir que el fracaso del sistema político transaccional y la estrategia militar moderada buscada en los primeros años de la Regencia condujo a un protagonismo creciente de los progresistas frente al carlismo, apoyados en los distintos alzamientos de la Milicia Nacional y la formación de juntas revolucionarias. a.1.) 1833­36. La primera fase vino marcada por el fracaso de la transición controlada al liberalismo, proyectada desde 1832, que
20 imposibilitó una solución pactada como salida final de la crisis del Antiguo Régimen. Tras la muerte del rey, se creó un Consejo de Gobierno para asesorar a la Regente y fue confirmado en su puesto Cea Bermúdez, que, hasta 1834, emprenderá un reformismo moderado, propio de la vieja clase dominante, que intentará no enajenarse a los absolutistas. Pero la Regente deberá apoyarse en los liberales para salvar la corona de I sabel. Carlos María Isidro se había autoproclamado rey (Carlos V) desde Abrantes a principios de octubre de 1833) y ello supuso el comienzo de la guerra civil carlista. Ello forzó a los partidarios de la Regente a aliarse con el Ejército y los liberales para salvar el trono, acelerando el proceso de liberalización política, reuniendo las Cortes para realizar reformas efectivas y emprendiendo una rápida acción militar para liquidar la rebelión. En este contexto, los sectores reformistas de la vieja clase dominante buscaron el entendimiento con algunos liberales moderados. Como señala MOLINER, las oligarquías propietarias se alarmaron ante las fuerzas populares movilizadas por el carlismo, y el conflicto dinástico obligó a entenderse a los defensores del reformismo absolutista con los más moderados del liberalismo español, en una especie de tercera vía. El resultado fue el régimen semirepresentativo del Estatuto Real de 1834, del que fue artífice M artínez de la Rosa, sin duda, un paso importante al liberalismo. El Estatuto Real era una especie de Carta Otorgada de inspiración francesa y suponía una tímida liberalización frente al absolutismo anterior. Sus objetivos principales eran la convocatoria a Cortes bicamerales (Próceres y Procuradores) basándose en las leyes tradicionales (Partidas y Nueva Recopilación) para organizar un régimen político oligárquico. La labor de gobierno de Martínez de la Rosa (en el que continuaba del anterior gabinete Javier de Burgos, el ministro que llevó a efecto la división provincial a fines de noviembre de 1833, que, con algún pequeño retoque, aún persiste en la actualidad) fue poco brillante. Bajo su mandato se extendió la guerra y su debilidad se apreció cuando fue incapaz de resolver los desórdenes en Madrid que culminaron con el degüello de 75 frailes en julio de 1834. Por otra parte, la opinión pública le exigía más de lo que concedió, pues a pesar de la recuperación parlamentaria y de prensa y de los primeros embriones de partidos, el Gobierno suspendió periódicos y se obstinó en impedir el desarrollo liberal del régimen. En consecuencia, los liberales emprendieron la lucha (por vía legal o ilegal) para imponer la ruptura con el Antiguo Régimen y ampliar el marco político del Estatuto hacia un régimen de liberalismo avanzado, auténticamente representativo. Las pulsaciones revolucionarias estallarán en dos veranos consecutivos, de 1835 y 1836. El fugaz gobierno del conde de Toreno (junio­septiembre de 1835) será incapaz de resolver la situación bélica, y se verá desbordado por una oleada de disturbios provocados por la carestía de la vida y los impuestos de puertas y consumos, que los liberales trataron de canalizar a través de la una insurrección urbana e interclasista, el movimiento juntista. Algunas juntas (Barcelona, Cádiz o Málaga) asumieron el poder local en el verano de 1835 y exigieron la convocatoria de Cortes Constituyentes.
21 Cuando el país parecía abocado a la revolución, la Regente encargó la formación del gobierno al progresista M endizábal (sept. 1835­mayo 1836), que había regresado del exilio londinense rodeado del mayor prestigio liberal. Mendizábal integró pronto las juntas revolucionarias en las Diputaciones, emprendió la reforma (que no la sustitución) del Estatuto Real, proyectó ampliar el cuerpo electoral (lo que provocó la oposición de los moderados) y se propuso acabar con los dos problemas más graves, la guerra civil y el hacendístico. Para encauzar la guerra, prometió reforzar el Ejército con cien mil hombres (aunque la cifra se quedó al final en la mitad) y conferir su jefatura a generales progresistas. Para reformar la Hacienda y liquidar la Deuda Pública, puso en marcha medidas desamortizadoras de bienes eclesiásticos (R.D. 19­2­1836, 5 y 9­3­1836). Pero teoría y práctica fueron contradictorias. Mendizábal fue cesado a mediados de mayo de 1836 por varias razones. En primer lugar, porque sus reformas parecieron insuficientes al sector más avanzado de los liberales (que, por otra parte, querían restablecer la Constitución de Cádiz) y porque no contribuyó mejorar ni la situación económica ni la bélica a corto plazo. Pero la razón última era el deseo de la Regente de desembarazarse de él a toda costa porque le parecía demasiado liberal. Sin embargo, en realidad, Mendizábal tenía tanto miedo a los tintes democráticos y populistas consiguientes a la revolución liberal como a los moderados. La Regente nombró entonces a I stúriz, un antiguo veinteañista reconvertido al ahora al moderantismo, lo que motivó las protestas desde la prensa y el Estamento de lo Procuradores. Cuando el progresista Joaquín María López (el más estrecho colaborador de Fermín Caballero) consiguió que se aprobara un voto de censura contra su gestión, la respuesta de Istúriz fue la disolución de las Cortes y la convocatoria de nuevas elecciones para julio. Sin embargo, este proceso electoral no pudo completarse por el estallido del proceso revolucionario de julio­agosto de 1836, en un contexto que condujo a la formación de juntas (entre ellas, en Cuenca) en la mayoría de las capitales y culminó con la sublevación de La Granja. La suma del movimiento juntista y el pronunciamiento militar obligó a Istúriz a huir a Francia, cuando apenas hacía tres meses que presidía el Gobierno. María Cristina se vio obligada a jurar la Constitución de 1812 y a nombrar un nuevo Gobierno, presidido ahora por el progresista Calatrava y en el que López era ministro de Gobernación. a.2.) El resultado del movimiento revolucionario del verano de 1836 fue el control del poder por parte de los progresistas. El gobierno de José Mª Calatrava, entre los meses de agosto de 1836 y 1837, inauguró una segunda fase, que se abre con el proceso constituyentes de 1836­37 y que consolidará la ruptura definitiva con el Antiguo Régimen. Durante este período se convocaron Cortes Constituyentes y se sancionó la Constitución de 1837, además de emprender un mayor esfuerzo financiero a la guerra y emprender una sólida tarea reformista. El nuevo Gobierno aceptó el restablecimiento temporal de la constitución gaditana mientras se redactaba otra nueva. En las nuevas Cortes, en las que Caballero era secretario, López participó activamente en las discusiones sobre el texto constitucional. Pero más que adecuar la de Cádiz a los nuevos tiempos, las Cortes Constituyentes sancionaron una Constitución nueva, de origen popular, más precisa, flexible, condensada,
22 moderna y sistemática que aquélla. Con el intento de reconciliar a las distintas facciones liberales (progresistas y moderados), resultó ser un texto transaccional de monarquía constitucional que conciliaba la soberanía nacional con el pragmatismo del liberalismo doctrinario imperante en Europa. Sus principios doctrinales se pueden resumir en los siguientes: vuelta (matizada respecto a 1812) a la soberanía nacional, la división de poderes y la afirmación de derechos individuales; se preveía que las leyes ordinarias regularían las instituciones y derechos (así serviría para gobernar tanto progresistas como moderados). Aunque se establecían viejas aspiraciones progresistas (como la Milicia Nacional, jurados y libertad de imprenta), los órganos constitucionales resultaban ser menos radicales que en 1812: Cortes bicamerales (Senado y Congreso), como concesión a los moderados; aumento de poderes del monarca (se reserva el poder ejecutivo y tiene el poder legislativo junto a las Cortes); y cambia el sistema electoral establecido en 1812 por un sufragio censitario limitado a las clases propietarias y sectores de la burguesía profesional, comercial, agraria e industrial (unos 265.000 electores). Pero, pese a las concesiones, esta Constitución de 1837 no fue aceptada por los moderados y provocó también la crítica de los sectores liberales más radicales, que seguían abanderando la Constitución de 1812. A diferencia de los gobiernos anteriores, el de Calatrava fue eficaz y salvó la situación. Por un lado, dedicó un mayor esfuerzo financiero a la guerra que se vio compensado con la victoria de Espartero en Luchana, aunque la irrupción en la vida pública de altos mandos militares (generales de prestigio, no sargentos como los de La Granja) como árbitros de la situación, alteró el proceso político en lo sucesivo. Por otro lado, pudo realizar la obra reformista liberal (local, agraria y religiosa) en plena guerra civil con los carlistas. Así, agudizó la política antieclesiástica de gobiernos anteriores, convocó elecciones municipales según las normas de 1812 (lo que permitió la formación de ayuntamientos mayoritariamente progresistas) e impulsó la reforma agraria liberal para restaurar el principio de la propiedad burguesa: Mendizábal, ministro de Hacienda, relanzó la desamortización y se pusieron en vigor los decretos del Trienio Liberal que abolían los señoríos y suprimían los mayorazgos. a.3.) Alternancia en el poder de moderados y progresistas (1837­ 40). Se sucederán numerosos gobiernos efímeros de ambos matices, por enfrentamientos entre liberales, mediatizados al entrar militares (el progresista Espartero y el moderado Narváez) en la vida política. Sirve para cancelar el proceso revolucionario liberal y perfilar un primer sistema de partidos antagonistas. Las elecciones de octubre de 1837 dieron el triunfo a los moderados. El partido progresista (que defendía la Constitución del 37, mayor atención a la guerra y proseguir las reformas anteriores) obtuvo sólo 60 escaños frente a los 150 moderados. MARICHAL explica la derrota progresista por su falta de organización y propaganda y, sobre todo, por la ley electoral, que permitía la participación de una mayor proporción de terratenientes y arrendatarios prósperos. Tras las elecciones de enero de 1840, que otorgaron una clara mayoría moderada en un ambiente de presiones gubernamentales y manipulación electoral denunciado por los progresistas, el Gobierno moderado de Pérez
23 de Castro pudo introducir reformas que limitaron los poderes de dos de los pilares progresistas, la Milicia Nacional y los municipios y que suponían un cambio encubierto el régimen constitucional. Fue entonces cuando Fermín Caballero dio el salto a la política municipal madrileña, como alcalde tercero de una corporación presidida por su amigo Olózaga. b) El estallido de la primera guerra carlista (1833­40) Mientras se sucedían los cambios políticos, continuaba la guerra carlista. Se trata de un conflicto ideológico, más que un pleito dinástico, que marcó el desarrollo de la revolución liberal. En puridad, el carlismo no se puede simplificar identificándolo sin más con el absolutismo, ya que fue un movimiento más complejo de resistencia antiliberal, en conexión con los movimientos de resistencia a las revoluciones liberales europeas, que desaparecieron a mediados del XIX. Por tanto, representa básicamente el tradicicionalismo absolutista y el Antiguo Régimen social, pero no exclusivamente, y se fue transformando en un movimiento político y social amplio, cuya ideología tradicionalista y antiliberal admitía cierto pluralismo antirrevolucionario. Hay que distinguir el carlismo como movimiento político del problema de su apoyo popular en las diversas zonas geográficas. Había gran heterogeneidad en su composición sociológica. Predomina el campesinado, expulsado de sus tierras por la disolución del sistema señorial y amenazado por el nuevo sistema fiscal y la crisis agraria, que buscarán una salida en el bandolerismo. El clero carlista defendía el catolicismo más rancio y apoyaba el retorno al absolutismo. También apoyaban el carlismo algunos sectores de la nobleza, clases medias y artesanales urbanas. Y, en el Norte, lo apoyaban los defensores de los fueros, pues garantizaban privilegios fiscales, autogobierno, exención del reclutamiento militar y otras peculiaridades. Esta complejidad interna se reflejará en sus diversas posiciones: izquierda (transaccionistas), próximos al constitucionalismo moderado; centro, que sólo querían el regreso de la monarquía absoluta y que llegarían a prescindir de don Carlos llegado el caso; y derecha (apostólicos netos), partidarios de la teocracia pura, opuestos “a ceder ni una coma a las exigencias del siglo”. Geográficamente se centró básicamente en Navarra, Euskadi, Maestrazgo, Cataluña y Levante, aunque también las zonas más montañosas del centro de la Península (como ocurrió en nuestra región en la serranía de Cuenca, los montes de Toledo o las estribaciones de Sierra Morena y la Sierra de Alcaraz), protagonizaron algunos de los episodios guerrilleros, en especial desde 1835.
24 Aunque los efectivos militares carlistas eran menos numerosos, la inicial idea de que el levantamiento sería sofocado en poco tiempo dio paso a la realidad del fortalecimiento carlista debido a la incapacidad del gobierno (sobre todo en el Norte), las tensiones políticas y la incompetencia militar. Mientras el ejército carlista, comandado por Zumalacárregui, centró sus operaciones en el Norte (principalmente en el área vasconavarra), la táctica de guerrillas predominó en el centro. Frente a la estrategia carlista, el ejército cristino opuso una táctica equivocada (persecución desordenada y cacería sin cuartel de las partidas sublevadas) hasta que Espartero cambia el signo de la guerra tras la victoria de Luchana. Esta guerra, como otras calificadas de civiles, también tuvo una vertiente internacional. Gran Bretaña y Francia apoyaron al liberalismo moderado español con armas, hombres y acciones diplomáticas (firma en 1834 de la Cuádruple Alianza). Por su parte, las potencias absolutistas ayudaron a los carlistas aunque de manera insuficiente. En su desarrollo, cabe establecer algunas fases. La primera etapa (desde octubre de 1833 a julio 1835) fue de iniciativa carlista. Mientras los cristinos destinaban parte de sus tropas a guarnecer ciudades, Zumalacárregui iba consiguiendo sucesivas victorias en plazas menores. Necesitado de un triunfo en una gran plaza, D. Carlos decidirá el asedio o sitio de Bilbao, una operación no grata para Zumalacárregui por su debilidad artillera y que acabará mal, pues morirá el propio Zumalacárregui (julio 1835), lo que supondrá un grave revés para los carlistas. En su segunda etapa (hasta octubre 1837), el conflicto buscará alcanzar un nivel nacional. Los carlistas proyectarán una nueva estrategia
25 que sobrepasa los límites regionales, iniciándose así las grandes expediciones más allá del Ebro. Las columnas carlistas consiguieron éxitos tácticos (pues recorren el país sin ser vencidas) pero fracasan estratégicamente, ya que no alcanzan sus objetivos y obtienen una decepción política, por el escaso arraigo del carlismo al S. del Ebro. La expedición de Gómez, que atravesó España desde Euskadi a Cádiz, no consiguió levantar en armas a nuevas provincias ni llevar al Norte masas de nuevos voluntarios. Y la expedición real (mayo­oct. 1837), con participación del ejército de Cabrera y dirigida por D. Carlos, fue a Arganda pero no atacó Madrid. La tercera etapa comenzó con el segundo sitio de Bilbao (oct.­dic. 1836), en el que Espartero consiguió la ya mencionada victoria de Luchana, fruto del esfuerzo financiero que impulsó el gobierno Calatrava. La iniciativa de Espartero se produjo en el momento en que las filas carlistas evidenciaban el cansancio de la guerra; pese a éxitos aislados (como la toma de Morella por Cabrera), era imposible su victoria. Se produjo entonces una crisis interna del carlismo: intransigentes apostólicos (navarros y alaveses, que contaron con el apoyo del propio D. Carlos) y transaccionistas (castellanos, vizcaínos y guipuzcoanos, apoyados por el general Rafael Maroto). El fin del conflicto vino marcado por el convenio de Vergara (31­8­1839), negociado entre Espartero y Maroto, que fue visto como una traición por los intransigentes. Dicho convenio se basaba en la propuesta a las Cortes de la concesión o modificación de los fueros y el reconocimiento de grados, empleos y condecoraciones de los carlistas. Aunque Cabrera continuó sus correrías por Aragón y Cataluña durante diez meses, en julio de 1840 cruzaba la frontera y concluía la guerra. También en Cuenca hubo correrías hasta 1840. Las principales consecuencias de la guerra son las siguientes: murieron alrededor de doscientas mil personas (en un país de unos trece millones); aunque España vivirá en un absoluto desorden administrativo, el liberalismo triunfará sobre el Antiguo Régimen y se implantará un régimen constitucional; el carlismo, aunque derrotado, era una fuerza que quedaba latente y echó fuertes raíces en algunos territorios, reapareciendo años después como expresión del tradicionalismo y el pensamiento reaccionario; y selló el compromiso entre ejército y liberalismo, haciendo del intervencionismo militar un factor esencial de la vida política hasta 1876 c) La irrupción del liberalismo y la dialéctica moderados versus progresistas El triunfo liberal en 1840 supuso el asentamiento del régimen constitucional, que, tras una breve Regencia de Espartero (1840­43), el general que lo había hecho posible en buena medida, tuvo su desarrollo en el largo reinado de Isabel II (1843­68). Junto a la Corona y el ejército, otra de sus instituciones principales fueron los partidos liberales (moderado y progresista), cuyas diferencias (aunque a veces son más bien de matiz), estaban relacionadas básicamente con el modelo de Estado y la conformación del cuerpo electoral, como resume el siguiente cuadro: P OSTULADOS I DEOLOGI COS
M ODERADOS P ROGRESI STA S Soberanía Compartida Nacional 26 Sufragio Restringido Ley electoral más amplia En realidad, el partido progresista nació a partir de la minoría exaltada de las Cortes de 1834 y contaba con un órgano de expresión dirigido por el conquense (de Barajas de Melo) Fermín Caballero, el Eco del Comercio. Pero la delimitación definitiva entre moderados y progresistas (tiende a desaparecer entonces el término genérico de exaltado para referirse más bien a un sector dentro del partido) se efectuará claramente en las Cortes de 1836­37, en relación a los problemas del gobierno y de la guerra. Ya en el congreso constituyente de 1836­37 se perfiló un ala más conservadora y otra más avanzada. Más coherente doctrinal y políticamente era el partido moderado cuyos representantes gobernaron desde fines de 1837 hasta 1840, intentando controlar el Congreso y Senado para paralizar la aplicación de las leyes de los progresistas. 1.5. LA REGENCI A DE ESP ARTERO Y LA DI VI SI ÓN DE LOS P ROGRESI STAS (1841­43) En 1840, las posiciones políticas de la Regente, María Cristina, y del héroe de la guerra, el general Espartero (Duque de la Victoria) estaban encontradas en torno, principalmente, a la ley de Ayuntamientos que el gobierno presentó a las Cortes y que la Regente ratificó el 15 de julio. Se trataba de una ley municipal centralista y que acababa con la elección popular de los alcaldes, lo que motivó las protestas de muchos ayuntamientos (entre ellos el de Madrid, que firmó un manifiesto encabezado, entre otros, por Fermín Caballero y Joaquín María López) así como la radicalización del partido progresista, que puso en marcha un plan para derribar la situación al que se sumó Espartero. El plan culminó a principios de septiembre, con la caída de la Regente María Cristina y el ascenso al poder (desde septiembre de 1840 en una etapa de interinidad al frente del gobierno y desde mayo de 1841 como Regente) del espadón del progresismo, iniciando la presencia de militares en la dirección política.
27 Baldomero Espartero, el “general del pueblo” (según Romanones) y el “español más popular del siglo XIX, recurso de emergencia de tantas crisis de gobierno y aun de Estado, prototípico ‘salvador de la Patria’ y ‘espada de la revolución’” (según el historiador ESPADAS BURGOS) había forjado su carrera militar en América aunque su mayor prestigio lo adquirió durante la guerra carlista. Con fama de “pacificador” y la convicción de que debía intervenir en política como símbolo de unión de los españoles, Espartero intentó resolver en la vida civil cuestiones importantes con métodos expeditivos y se rodeó, para ello, de fieles compañeros de armas que habían luchado con él en América (los criticados ayacuchos), en lugar de buscar el apoyo de los parlamentarios progresistas más prestigiosos, como Olózoga, Mendizábal, López o Caballero. No debe extrañar que se produjeran divisiones entre las filas progresistas, que se agravaron con el tiempo. No es extraño que surgieran luchas internas entre los distintos sectores del progresismo, primero entre el sector de los unitarios (liderado por Olózaga) y el de los trinitarios (encabezado por Caballero y López). Mientras los primeros apostaban por la Regencia única y no avanzar en las reformas sociales, los segundos querían una Regencia compartida, con el fin de limitar el poder de Espartero y proseguir las reformas económico­sociales. Ahora bien, no cabe identificar ambos sectores con derechas o izquierdas ni hay detrás de estas posturas un pensamiento elaborado, según GÓMEZ URDÁÑEZ. De todos modos, esta división fue, a la postre, fatal para el partido. Ganaron los primeros y, por ello, el duque de la Victoria, un manchego nacido en una familia de labradores y artesanos carreteros, accedía nada menos que a la Regencia de España en mayo de 1841. La política de Espartero se basó, en distribuir empleos y prebendas a su camarilla, sin emprender ninguna reforma de importancia, según MOLINER. Su fama se fue volatilizando en pocos años debido a su gestión personalista y autoritaria, que culminó con la disolución repetida de las Cortes y el bombardeo de Barcelona en noviembre de 1842 con el fin de acabar con un heterogéneo movimiento popular y republicano contrario a sus medidas librecambistas. Instruido, como estaba, en la guerra, Espartero aplicó la “receta” que mejor conocía y que solía usar para resolver los conflictos militares, la vía represiva. El sector de Caballero y López, que criticaba la falta de reformas del Gobierno, se había ido distanciando profundamente del Regente. Desde enero de 1842 se distinguían tres sectores progresistas: de González Infante (ministerial), de Olózaga (legales) y de López (puros). Con las Cortes repetidamente clausuradas, la oposición se hizo a través de la prensa. Desde del Eco del Comercio, se apoyó una coalición periodística contra Espartero que contó con buena acogida entre diversos sectores de la prensa independiente. Fueron los acontecimientos de Barcelona de noviembre de 1842 los que precipitaron la definitiva ruptura entre esparteristas y progresistas, creando una coyuntura favorable a la alianza de éstos con los moderados con el fin de poner fin a la Regencia. La convocatoria de nuevas elecciones en marzo de 1843 puso de manifiesto la desintegración del partido progresista. Cada una de sus sectores (ministeriales, legales y puros) publicaron sus listas y sembraron la confusión al organizar por separado su propia propaganda electora. La
28 candidatura de los puros defendía, entre otras medidas, la estricta observancia de la constitución, el cese de la Regencia en octubre de 1844 (al cumplir Isabel los catorce años), la reducción del número de miembros del ejército, la protección de la Milicia Nacional, la reforma del sistema tributario, la disminución de la deuda del Estado (adecuando los gastos a los ingresos), la articulación de una ley de ayuntamientos y diputaciones de acuerdo con la constitución, el fomento de los establecimientos de beneficencia y las escuelas de primaria, así como la protección de la agricultura, la industria y el comercio. El resultado de las elecciones complicó la formación del gobierno a Espartero. La mayor parte del progresismo, con Olózaga y López a la cabeza, estaban contra el Regente. Al abrir las Cortes, en abril, López arremetió contra la manipulación gubernamental del proceso electoral. Pero, tras fracasar el Regente con otros candidatos, tuvo que ofrecer la jefatura del ejecutivo, en mayo de 1843, a López. La pregunta que surge es cómo pudieron pactar dos partes tan enfrentadas. Según ARTOLA, a Espartero no le quedó más remedio que confiar el gobierno a los progresistas puros (el segundo en importancia de los grupos parlamentarios) tras fracasar el intento de atraer al bando ministerial a los legales). Y MOLINER defiende que López tuvo que aceptar por las presiones de su grupo, aunque era consciente de no tener ni el carácter ni la ambición adecuadas para dicho cargo. Pues bien, López nombró a Fermín Caballero como ministro de la Gobernación, cargo que desempeñó durante tan sólo diez días (del 9 al 19 de mayo de 1843). La brevedad del gabinete se debió a la negativa del Regente a disolver su camarilla de ayacuchos, pese a haber aceptado muchas de las exigencias programáticas de López. La gestión personalista y, en ocasiones, autoritaria de Espartero, junto a la política librecambista (que le enfrentó a los industriales catalanes, en especial) acabaron provocando su caída. Sus opositores eran tantos que abarcaban desde el sector más avanzado del progresismo hasta el cada vez más fuerte partido moderado. Según GÓMEZ URDÁÑEZ, Olózaga consiguió unir a los detractores de Espartero bajo el lema de acabar con su autoridad. Los moderados, que durante el trienio esparterista habían utilizado la vía conspirativa, financiada desde París por María Cristina, van a participar en un pronunciamiento con otras diversas fuerzas entre mayo­julio de 1843. Estarán presentes en este pronunciamiento jefes militares rivales (Serrano, O’Donnell, Narváez), tanto moderados como progresistas. El papel de las juntas revolucionarias (animadas por la coalición en el Congreso y por la prensa) será, de nuevo, fundamental en el ámbito provincial; controladas por militares contrarios al Regente y representantes de la burguesía, apoyaban el programa del gabinete López. El proceso revolucionario culminará con la caída del Regente en el mes de julio, la formación de un Gobierno P rovisional presidido de nuevo por López y la convocatoria de elecciones que distribuyeron equitativamente los escaños. El movimiento triunfante era muy heterogéneo. La situación era muy atípica porque López gobernaba en nombre de la nación sin que lo hubiera nombrado rey o regente aguno. En estas circunstancias no eran extrañas las peticiones de formar una Junta Central que convocara Cortes Constituyentes.
29 Pero la actuación política del gabinete López demostró su evolución –o mejor dicho, su involución— hacia posturas más moderadas, poniendo en evidencia que su radicalismo era meramente verbal. Como resume MOLINER, “el tribuno de 1834, el demagogo de 1836, el revolucionario de 1839 se había convertido, sin apenas notarlo sus amigos, en el hombre de orden, de tolerancia y de gobierno”. De todos modos, la situación política era muy frágil y el Gobierno, transitorio. La coalición de progresistas y moderados, una vez caído Espartero, obligaba a los compromisos. Las medidas gubernamentales fueron contradictorias e incluso anticonstitucionales. En primer lugar, desarmó la Milicia Nacional, pese a haberla apoyado en el programa de mayo de 1843. Por otro lado, disolvió tanto el ayuntamiento como la diputación madrileños, amén de no cumplir sus promesas de constituir una Junta Central. Y su actuación provocó una revolución de contenido popular y obrerista en Barcelona (y, en menor grado, en otras ciudades) que quiso contrarrestar bombardeando la ciudad de manera todavía más brutal que la de Espartero en 1842. En el Gobierno Provisional había dos conquenses, Mateo Miguel Ayllón (ministro de Hacienda) y Fermín Caballero (que volvió a desempeñar la cartera de Gobernación desde el 24 de julio al 24 de noviembre) y que, en calidad de Notario mayor del Reino, dio fe de la ceremonia del 8 de agosto que declaraba mayor de edad, con antelación, a la Reina Isabel, con el fin de salir de una situación de provisionalidad ante la ausencia de un representante de la Corona. La gestión del gabinete López ha sido muy criticada tanto por sus contemporáneos (que lo acusaron de haber entregado el poder al partido moderado) como por muchos historiadores, que lo han calificado de oportunista. Sin embargo, la acusación de haber entregado el poder a los moderados no se sostiene porque, al ser cesado, López pidió ser reemplazado por Olózaga, que, a su vez fue destituido unos días después por una intriga de la camarilla palaciega de la Reina, que nombró en diciembre de 1843 jefe del Gobierno a González Bravo, dando inicio con él a la década moderada. De manera que, aunque la revolución que derribó a Espartero había sido de moderados y progresistas, fueron los primeros los que se hicieron con el poder durante diez años (1844­54). No parece apropiado acusar de “traidor” a López, y, sin embargo, resulta más lógico considerarlo poco apto para gobernar, al mostrar escasas cualidades al respecto. En todo caso, es evidente su evolución ideológica hacia posturas cercanas al moderantismo, hacia el “orden” en 1843 y representa el prototipo de la contradicción de su partido. Algo parecido cabe decir de su ministro, el conquense Fermín Caballero. 1.6. LAS BASES DE LA REFORM A AGRARI A LI BERAL Y SU I NCI DENCI A EN ESP AÑA En primer lugar, conviene precisar qué se entiende por reforma agraria liberal y quienes están detrás de la misma. La reforma agraria se refiere fundamentalmente a los cambios en la propiedad de la tierra y en la distribución del producto agrario. Y es liberal en el sentido de su titularidad, porque habrá libertad para comprarla y venderla, pasando de “manos muertas” (instituciones como la Iglesia, los municipios o las órdenes militares, que no podían poner en venta sus bienes raíces, pues constituían
30 su patrimonio permanente) a una propiedad particular, como si fuera una mercancía. Pero ni es una reforma agraria “social” porque no implica reparto, ni tampoco una revolución agrícola, porque ésta última se relaciona con cambios en los rendimientos (por nuevos cultivos, técnicas, maquinaria, abonos, etc.). En consecuencia, puede decirse que las cuatro primeras décadas del XIX asisten en España a unos cambios jurídicos respecto a la tierra (desamortización, desvinculación y abolición del régimen señorial) y a la distribución de la producción agraria (abolición del diezmo y reforma de la Hacienda) que acabarán con los últimos obstáculos para el triufo del capitalismo agrario y conciliarán la propiedad real con la propiedad de uso . La tesis clásica de su carácter transaccional lo resume FONTANA al hablar de alianza entre la burguesía (entendiendo como tal a los rentistas, labradores ricos, profesionales liberales y comerciantes) con la aristocracia latifundista, teniendo a la monarquía como árbitro, cuyo resultado será una consolidación del latifundismo que no irá acompañado de una mejora de la productividad y que aparca cualquier contenido social. Por ello, los principales beneficiarios fueron los campesinos acomodados, profesionales, comerciantes y rentistas, mientras que las víctimas fueron la Iglesia, los municipios, los campesinos pobres y los jornaleros (pues perdieron la posibilidad de tener la “caridad” del uso de propiedades eclesiásticas o de aprovechar pastos y montes comunales y sufrieron la amenaza de una nueva fiscalidad). a) Las desamortizaciones La desamortización consiste en la nacionalización por parte del Estado de bienes raíces (inmuebles: tierra, solares, edificios...) amortizados (vinculados a manos muertas, y, por tanto, fuera del mercado) para ponerlos en venta en pública subasta. Desarrolladas en varias etapas (véase el cuadro siguiente), las leyes desamortizadoras seguirán en grandes líneas el modelo de la revolución francesa, aunque en Esaña no se busca la distribución de la tierra entre los desheredados ya que, a diferencia de Francia, los campesinos no protagonizaron el proceso revolucionario.
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De Godoy (1798): primeras apropiaciones de bienes de la Iglesia para asignar el importe de la venta a la redención de títulos de la Deuda.
De José Bonaparte: de bienes del clero y aristócratas (para comprometer a los adictos).
De Cortes de Cádiz: decreto general de desamortización (13­9­1813) (no se aplicó)
Del Trienio Liberal
De Mendizábal/Espartero (1836­41): de los bienes eclesiásticos
De Madoz (1855): Ley de Desamortización General (1­5­ 1855), que afectó, principalmente, a bienes de propios (aquéllos que los municipios alquilaban para atender sus gastos) y bienes comunales (propiedad municipal pero susceptibles de uso por sus vecinos) Las principales son las de Mendizábal/Espartero (eclesiástica) y la de Madoz (civil). Los fines principales de las mismas fueron de dos tipos:
31 paliar la crisis de la Hacienda y conseguir el apoyo social de los compradores a la causa liberal, a la vez que el debilitamiento económico de los enemigos de la revolución (en particular, la Iglesia, aunque no tanto los clérigos, pues algunos de ellos fueron compradores a título personal). Nos centraremos, a continuación en la de M endizábal y dejaremos el análisis de la de Madoz para un próximo tema. Mendizábal realizó la desvinculación de las propiedades eclesiásticas en tres fases, mediante sucesivos decretos desde fines de 1835 a principios de 1836. Primero suprimió todas las órdenes religiosas no dedicadas a la beneficencia o a las misiones en ultramar. Segundo, declaró “bienes nacionales” todas las propiedades de los conventos y comunidades suprimidas. Tercero, sacó dichos bienes a pública subasta, admitiendo el pago en Títulos de la Deuda (medida fiscal que beneficiaba a las clases medias y alta). Las consecuencias más evidentes fueron, desde el punto de vista socioeconómico, la concentración y el cambio de titularidad de la propiedad, pero no en la estructura, de manera que se creó una clase muy poderosa de terratenientes que se aprovechó de las gangas para quienes tenían títulos de la Deuda; paralelamente, provocó la creciente proletarización del sector, conforme creció el número de campesinos sin tierras; y políticamente consolidó la revolución liberal, pero sólo fue un éxito relativo para los progresistas, ya que los nuevos propietarios engrosaron pronto las filas del partido moderado. En consecuencia, ¿cabe mantener la tesis clásica de ocasión perdida para un cambio en las estructuras agrarias y en las condiciones sociales del campo?. La historiografía más reciente, sin perder de vista las cuestiones de justicia social y de rentabilidad económica, sin embargo no comparte la tesis de ocasión perdida y hace hincapié más en la coherencia que tuvo con los objetivos que se proponía. Puesto que no tenía una finalidad social ni tampoco pretendía impulsar una revolución agrícola ni trasvasar excedentes de capital a la industria, sino disminuir la Deuda, consolidar la revolución e implantar un nuevo sistema de propiedad libre e individual, historiadores como ARTOLA, FONTANA o TOMÁS y VALIENTE concluyen que no sólo no fue un fracaso, sino que fue coherente y cumplió sus objetivos. b) Abolición del régimen señorial Aunque es un tema mucho menos estudiado en España que la desamortización, se puede decir que refleja de manera claro pacto entre la burguesía revolucionaria y la aristocracia terrateniente, pues posibilitaba legalmente a los señores el reconocimiento de la propiedad de la tierra que disfrutaban desde hacía varias generaciones y, a veces, era de sospecha procedencia. De este modo, la aristocracia terrateniente renunciaba a sus preeminencias jurisdiccionales a cambio de integrarse como propietaria (con propiedad real, no de uso) y superar el trance revolucionario. c) Desvinculación Otorgaba la calidad de mercancía de libre disposición a las propiedades que, como el mayorazgo, habían sido hasta entonces inalienables e inconfiscables por diversos regímenes viculares. d) Otros
32 Cabe aquí incluir otros cambios jurídicos respecto a la tierra como la abolición de los privilegios mesteños (sancionando así la decadencia de la trashumancia), la abolición de la prohibición de los cercamientos o la protección de los derechos de los propietarios frente a servidumbres colectivas. Y también los cambios jurídicos sobre la distribución agraria, como la abolición del diezmo (reformado en el Trienio Liberal y suprimido en 1841) o la reforma de la Hacienda (que culminará con el nuevo sistema fiscal de Mon y Santillán en 1845, del que hablaremos en otro tema). 1.7. CONTROVERSI A HI STORI OGRÁFI CA SOBRE LA REVOLUCI ÓN LI BERAL­BURGUESA EN ESP AÑA Dejaremos de lado la terminología burguesa/liberal que se ha visto ya en otros temas porque nos llevaría a un debate nominalista y poco fructífero. Es mejor centrarse en sus características. La tesis tradicional que negaba la revolución burguesa en España ha sido superada. No se puede mantener en la actualidad la excepcionalidad española en este aspecto, aunque eso no impide resaltar las características peculiares de la revolución liberal o burguesa española. a) Se llevó a cabo en varias etapas (1808­13; 1820­23 y 1833­40). Los cambios habían sido preparados en las últimas décadas del XVIII y se desarrolló en contextos de excepción, lo que explica su largo proceso (guerra, represión y exilio). Conllevó dos largas guerras (1808­13 y 1833­39), vio la alternancia de etapas constitucionales y contrarrevolucionarias y se consolidó en 1840 tras la derrota carlista. b) En relación con lo anterior, el ejército fue el verdadero instrumento de la revolución liberal (no la sociedad) y condicionó la significación histórica de la misma. c) Otro de los elementos básicos del liberalismo viene representado por la M ilicia Nacional, estudiada por Pérez Garzón. Se trata de unidades militares compuestas por personal civil (ciudadanos a los que el alcalde convocaba) y cuyos gastos eran sufragados por el Ayuntamiento. En ciertos casos, los alcaldes la utilizaban para participar en alternativas políticas y conducir la revolución liberal. Fueron disueltas en períodos absolutistas o moderados. d) Los pronunciamientos liberales tenían dos objetivos: imponer al monarca de la constitución de 1812 y crear condiciones revolucionarias que permitieran establecer las juntas en las provincias y luego la Junta Central (con funciones de Gobierno Provisional). Por tanto, el juntismo resultará ser otro elemento consustancial de la revolución española. Las juntas (surgidas durante la guerra de la Independencia) supondrán la implicación de la sociedad civil en las coyunturas revolucionarias, en apoyo, normalmente, de la sublevación militar, lo que alejará la revolución liberal española del modelo estrictamente militarista. Como ocurre con la Milicia, son también contradictorias, produciéndose una lucha en su seno entre las clases dominantes y los movimientos populares.
33 e) Relacionado con lo anterior, cabe decir que las ciudades fueron el campo privilegiado de acción política de los liberales. Por eso fue decisivo el control de las instituciones locales y provinciales f) En perspectiva comparada, MOLINER considera que la revolución en España supuso una ruptura violenta y desde abajo con el Antiguo Régimen, cuya crisis (pese a dilatarse en el tiempo) tiene rasgos específicos más cercanos a la Francia revolucionaria de 1789 que a los de Alemania o Italia del XIX.
34 1.8. LA REVOLUCI ÓN Y LA LUCHA P OR LA I NDEP ENDENCI A EN I BEROAM ÉRI CA Como complemento a este tema, aunque excluido de evaluación, se acompaña un guión de la revolución e independencia de Hispanoamérica que, no obstante, para un mejor conocimiento, se puede consultar el libro de LYNCH que se adjunta en la bibliografía recomendada.
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Significación: independencia y movimiento revolucionario (incluido en revoluciones burguesas)
· Dio nacimiento a varios Estados
· Alteró la estructura sociopolítica y destruyó el sistema administrativo tradicional
· Abrió el camino a transformaciones económicas, sociales y olíticas a) Los imperios español y portugués en América a principios del s. XI X
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Desde el XVI hasta comienzos del XIX, España y Portugal mantienen sus respectivos Imperios coloniales sin grandes cambios ni dificultades: quedaban amplias regiones internas sin explorar (habitadas por indígenas)
I mperio español: desde el S. de América del Norte (Florida, Luisiana, Texas, Nuevo México y Alta California) hasta Tierra de Fuego: 13,5 millones habitantes
· Virreinatos (capital)
· Nueva España (México): el más importante en población (6 millones) y en riqueza (agropecuaria y minera) y principal mercado colonial español
· Nueva Granada (Santa Fe de Bogotá): englobaba también el reino de Quito (1,8 millones habitantes)
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P erú (Lima): 1,3 millones habitantes
Río de La P lata (Buenos Aires): 1,1, millón habitantes (7 provincias, 4 gobernadores)
Otros territorios y organismos administrativos y de gobierno
· Capitanías generales:
· Guatemala (1 millón habitantes)
· Venezuela (1 millón habitantes; riqueza de cacao)
· Cuba (Antillas; medio millón de habitantes)
· Chile (medio millón habitantes)
· Audiencias (ej. Charcas)
· Cabildos
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I mperio portugués: virreinato de Brasil (organizado en capitanías generales): 4 millones habitantes + producción agrícola tropical + acentuado carácter esclavista b) La sociedad criolla y los orígenes del movimiento emancipador
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Causas de la independencia 1) Económicas: explotación económica en beneficio de la metrópoli (s.t. tras el Pacto Colonial del XVIII)
· Nivel de desarrollo muy desigual
· El comercio estaba sometido al monopolio impuesto por metrópoli, aunque se consentía el contrabando
· Los criollos querían una mayor libertad económica para que la explotación económica fuera en beneficio propio y no de la metrópoli 2) Sociales
· Clases altas: predominantes
· Aristocracia peninsular: monopolizaba los cargos políticos y administrativos
· Criollos: los ayuntamientos eran sus verdaderos portavoces
· Tenían el poder económico: propietarios de haciendas, plantaciones, minas
· Se sentían postergados ante los peninsulares: no tenían proyección política y les interesaba la independencia para buscar el poder político
· Clase culta y refinada
· La mayoría de la población restante vivía en condiciones de miseria, atraso y sometimiento o marginación: grupos descontentos e inquietos
· Indios y negros esclavos: sometidos
· Mulatos y mestizos: marginados 3) P olítico­administrativas:
· Administración española anticuada y pésima
· Inmoralidad y corrupción administrativa
· Acaparamiento de cargos por peninsulares: más preocupados por enriquecerse que por el gobierno 4) I deológicas: formación de una conciencia emancipadora entre criollos debido:
· Cultura e ideología española del XVIII
· Difusión y extensión de ideas revolucionarias de pensadores europeos
· Influencia de ejemplos de independencia americana y Revolución Francesa
· Apoyo y ayuda de ingleses y norteamericanos 5) Situación de la metrópoli: invasión francesa y vuelta de Fernando VI I : será el disparador que activará as fuerzas de revolución e independencia
· La invasión de la Península supondrá la instalación de la Corte portuguesa en Brasil
· Para colonias españolas es el inicio de un debate sobre quién debe gobernarlas estando el rey Fernando VII prisionero en Francia
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P recedentes y precursores: desde fines del XVIII hay un movimiento revolucionario activo, aunque con escasos triunfos, por parte de los precursores
· Sublevación de Tupac Amaru en Perú (1780­81)
· Conspiración de Picornell (1797)
· Independencia de Haití (1804) de Francia (lucha de razas)
· Destaca el caraqueño Francisco de Miranda (1806): este criollo caraqueño (había visitado EEUU tras su independencia y había viajado a Europa) intentó sublevar Venezuela pero fracaso
Los inicios del movimiento emancipador (1808­15): primeros levantamientos debido a los sucesos ocurridos en España (invasión napoleónica y coronación de José I)
· Los criollos forman Juntas en la América hispana de carácter liberal y con tendencia a la autonomía
· Se ven en la necesidad de constituir órganos de gobierno para:
· Suplantar la ausencia del titular de la Corona
· Que recaben margen de autonomía (pues puede ser discutida la autoridad de los gobiernos provisionales de la Península)
· Identidad en los orígenes y fines de criollos americanos con los liberales españoles que se levantan contra Napoleón
· La anómala situación permite que se ensayen propuestas dispares y abre las puertas al choque entre inmovilistas e innovadores
· Pronto muestran su sentido revolucionario e independentista:
· Levantamientos armados contra autoridades españolas, sobre todo a partir de 1810
· Actitud generalizada de descontento que mueve a muchos ciudadanos a hacerse cargo del gobierno de varias provincias deponiendo a las máximas autoridades
· Cuatro focos independentistas:
· M éxico: movimientos populares de curas Hidalgo (desde Dolores) y Morelos
· Miguel Hidalgo (cura de Dolores): grito de insurrección (16­ 9­1810): revuelta social y racial que provocó el rechazo de peninsulares y criollos y duró poco (fue asesinado en enero)
· José María Morelos proclamó la independencia en 1813, pero en 1815 fue derrotado definitivamente el foco rebelde
· Caracas:
· Se proclama la independencia nacional en 1811 (Miranda) y una Constitución, pero en 1812 las tropas realistas acaban con República venezolana
· En 1813 fracasa un segundo intento de independizar Venezuela por parte de Bolívar (desde Nueva Granada)
· En torno a Lima:
· Movimientos iniciados en las Juntas de Bogotá, Quito y Chile
· Perú se transforma en el núcleo de resistencia española
· Buenos Aires (donde actúa San Martín): se proclama la independencia de Provincias Unidas del Río de La Plata (salvo
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Montevideo y Paraguay) (1810) al constituirse la Regencia en Cádiz
P ero la restauración absolutista de Fernando VI I devuelve el predominio español en casi todos los territorios americanos:
· Son sometidas casi todas las Juntas criollas y enviados varios ejércitos españoles (una vez terminada la guerra de la independencia) a América
· El principal foco de resistencia contra España son los territorios del Río de la Plata
· 1811: P araguay proclama su independencia
· En 1810 Paraguay había decidido mantenerse fiel a la Regencia
· Buenos Aires envía una expedición para imponer su voluntad y huye el gobernador español de Asunción
· Los paraguayos rechazan las tropas porteñas y declaran la independencia
· Sólo Uruguay permanece fiel a España c) Modelos regionales y sociales del proceso independentista
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1816­1825 fue fase decisiva y de radicalización de los movimientos de independencia, que triunfan frente a la resistencia de la metrópoli y dan nacimiento a nuevos Estados independientes
· Se reinicia la resistencia del nacionalismo criollo (revolucionario y liberal) contra el absolutismo fernandino y la represión española
· Victorias sucesivas de San Martín (desde el Sur) y Bolívar (desde el Norte de Sudamérica)
· Hay cuatro corrientes revolucionarias hispanoamericanas (C. M. RAMA):
· Burguesa conservadora: quiere mantener el status quo
· Liberal: reformismo moderado y monárquico
· Criolla­republicana: fue la dominante y la que le dio la orientación general al movimiento
· Revolucionaria democrática o jacobina
· El golpe de Riego en España provoca el desmoronamiento rápido del imperio
· Los realistas se sienten desautorizados al tener que servir a un régimen que odiaban
· Los líderes insurgentes no se sienten impulsados a someterse a la metrópoli a pesar de aplicarse la Constitución de Cádiz
Síntesis de los procesos de independencia:
· No forman un proceso unitario: brota de diversos focos de rebeldía diferentes y distantes y sólo tardía y parcialmente coordinados
· Es la reacción de la metrópoli y de sus autoridades delegadas en América lo que confiere unidad a estos movimientos dispares
· Sudamérica:
· 1816: Declaración formal de independencia de las P rovincias Unidas del Río de La P lata (reunidas en el Congreso de Tucumán) (Argentina)
38 Desde 1810 los territorios de La Plata se habían sublevado contra autoridades españolas, pero hasta 1816 no se declaró su independencia
· La declaración de independencia no resolvió el problema de la unidad
· 1817­18: el general San Martín y O’Higgins avanzan desde la región de la Plata: tras las victorias de Chacabuco y Maipú proclaman la independencia de Chile. Otras consecuencias:
· Consolida la independencia de las provincias rioplatenses
· Sitúa a San Martín en el umbral del Perú (corazón de la resistencia realista)
· 1819: Bolívar avanza en el norte desde Jamaica, entra en Nueva Granada (centro de resistencia realista) y proclama (tras la victoria de Boyacá) la independencia de Colombia
· 1821: Bolívar proclama la de Venezuela tras la batalla de Carabobo
· 1822:
· Ecuador obtiene su independencia tras la victoria de Pichincha por Sucre (lugarteniente de Bolívar)
· Entrevista de Guayaquil entre Bolívar y San Martín
· Bolívar es presidente de la Gran Colombia: incluye Venezuela, Panamá y Ecuador (incluyendo Guayaquil, ciudad disputada por Perú)
· 1824: P erú es independiente, al acabar Bolívar y Sucre con la resistencia española en la victoria de Ayacucho
· Perú, en manos del virrey Abascal, fue la posición más sólida de los realistas en todo el continente
· En 1820, el sucesor de Abascal, Pezuela, pierde apoyo social: es aprovechado por San Martín (primero) y luego Bolívar
· La división de jefes realistas produjo la destitución de Pezuela + problemas para hacer frente al ejército de Bolívar
· 1825: Bolivia (Alto Perú) obtuvo la independencia de manos de Sucre
M éxico y América Central: entre 1821­23
· 1821: la independencia se realiza casi sin violencia en M éxico, llevada por quienes se habían opuesto a ella antes de iniciarse el Trienio Liberal
· P lan de I guala establece la independencia: tras llegar a un acuerdo el general Agustín Itúrbide con el dirigente popular Guerrero (fórmula de compromiso para conciliar diversos intereses)
· Agustín Itúrbide asumió el gobierno, primero como Regente y luego como emperador (que incluía Centroamérica) mediante un gobierno dictatorial (hasta su destitución en 1823 tras un golpe de estado)
· 1821: Guatemala se independiza de España y se incorpora a México
· 1823: se independizan de México (experiencia de confederación) las P rovincias Unidas de Centroamérica
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Brasil: se produjo pacíficamente y mantuvo su unidad tras su independencia: no tuvo ningún parecido con la independencia de colonias españolas
· La familia real portuguesa residía en Brasil desde invasión francesa de 1808 y establecen la capital del imperio lusitano en Río de Janeiro: desde entonces, se reactivó la vida cultural brasileña e incrementó sus relaciones comerciales
· 1815: el Regente Juan concede el título de dominio dentro del Imperio a Brasil
· 1816: muere la reina y el Regente se convierte en rey Juan VI
· La familia real no tenía intención de regresar a Portugal a pesar de haber sido expulsados ya los franceses
· Al constituirse una Regencia en Portugal, Juan VI tiene que regresar (abril 1821) para no ser depuesto
· Dejó encomendado el gobierno de Brasil a su hijo (D. Pedro) con el título de Regente
· Es reclamada la presencia del Regente en Portugal, pero se opone (“grito de Ypirangá” en Sao Paulo (7­9­1822): D. Pedro es nombrado emperador de los brasileños al proclamarse la independencia casi sin lucha
· 1824: Constitución del Imperio de Brasil
· 1825: el Imperio es reconocido por Portugal d) El nacimiento de los nuevos estados y el balance sobre el proceso emancipador
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Con la obtención de la independencia, las naciones iberoamericanas empiezan una nueva fase en la que no se van a encontrar soluciones a los problemas existentes (empiezan décadas de confusión al menos hasta 1870)
Cuestiones planteadas tras la independencia
· Búsqueda de formas idóneas de organización política:
· Formas híbridas, indefinidas de gobierno (triunviratos, directorios, consulados)
· Sistemas centralizados
· Monarquías
· Estructuración estatal: centralismo frente a federalismo
· Transformación de viejas estructuras económicas y sociales: se adaptan los principios del liberalismo por las burguesías dominantes
· Delimitación de las propias entidades nacionales (a pesar de rasgos culturales comunes heredados de su pasado colonial, había diferencias regionales decisivas)
· Constante modificación de fronteras nacionales hasta su definitiva delimitación
· Pugna entre intentos de unificación (Bolívar) y proyectos de federación y tendencias separatistas
Nueva configuración continental: en los nuevos países independientes predominan las tendencias regionalistas disgregadoras frente a las unitarias a escala continental:
· Predominio de las Repúblicas (optaron entre sistemas centralista y federal)
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No se realizaron los proyectos de Bolívar de crear una gran federación de naciones hispanoamericanas, capaz de resistir las crecientes presiones inglesas y norteamericanas: el Congreso de Panamá (1826), que pretendía la confederación hispanoamericana, fue un fracaso
Se produce la fragmentación de Hispanoamérica y la consolidación de nuevas naciones (tendencias centrífugas): se pasa de ocho países en 1825 (México, Centroamérica, Gran Colombia, Perú, Bolivia, Chile, Argentina y Paraguay) a once en 1830 (se añaden Uruguay, Venezuela y Ecuador ) y quince en 1844 (Guatemala, El Slvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica)
· 1823: Independencia de Provincias Unidas de Centroamérica (cae Agustín I)
· 1824: M éxico pone fin al régimen imperial y proclama República Federal
· 1828­30: Uruguay se independiza de Brasil
· 1830: ruptura de la Gran Colombia, dando nacimiento a las Repúblicas de Colombia, Venezuela y Ecuador
· 1838­44: fragmentación de Centroamérica en cinco Repúblicas: Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica
Surgen rivalidades fronterizas en algunas regiones de América del Sur e) Las repercusiones internacionales
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Supuso el primer fracaso a escala mundial de la política de Santa Alianza
Gran Bretaña mantuvo una actitud de mediación, reconocimiento y apoyo de las nuevas naciones independientes en beneficio de su intervención económica
La actitud de USA fue también decisiva, pues apoya a hispanoamericanos desde el principio, apoyo que se concretó en la formulación de la Doctrina Monroe (diciembre 1823) (“América para los americanos”). Buscaba:
· Distanciar a nuevas naciones hispanoamericanas de su relación con Europa
· Disponerlos a una creciente intervención y dependencia neocolonial de USA (auténticos dominadores del continente americano desde entonces)
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Textos para el comentario Constitución española de 1812 En el nombre de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Autor y Supremo Legislador de la sociedad. Las Cortes generales y extraordinarias de la nación española, bien convencidas, después del más detenido examen y madura deliberaci6n, de que las antiguas leyes fundamentales de esta Monarquía, acompañadas de las oportunas providencias y precauciones, que aseguren de un modo estable y permanente su entero cumplimiento, podrán llenar debidamente el grande objeto de promover la gloria, la prosperidad y el bien de la nación, decretan la siguiente Constituci6n política para el buen gobierno y recta administración del Estado: Art. 3. La soberanía reside esencialmente en le nación, y, por lo mismo, pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales. Art. 4. La nación está obligada a conservar y proteger por leyes sabias y justas la libertad civil, la propiedad y los demás derechos legítimos de todos los individuos que la componen. Art. 6. El amor a la patria es una de las obligaciones principales de todos los españoles, y así mismo el ser justos y benéficos. Art. 12. La religión de la nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única Verdadera. La nación la protege por leyes sabias y justas, y prohibe el ejercicio de cualquier otra. Art. 14. El Gobierno de la nación española es una Monarquía moderada hereditaria. Art. 15. La potestad de hacer las leyes reside en las Cortes con el Rey. Art. 16. La potestad de hacer ejecutar las leyes reside en el rey. Art. 17. La potestad de aplicar las leyes en las causas civiles y criminales reside en los tribunales establecidos por la ley. Art. 34. Para la elección de los diputados de Cortes se celebrarán juntas electorales de parroquia, de partido y de provincia. Art. 35. Las juntas electorales de parroquia se compondrán de to­ dos los ciudadanos avecindados y residentes en el territorio de la parroquia respectiva, entre los que se comprenden los eclesiásticos seculares. Art. 38. En las juntas de parroquia se nombrará, por cada 200 vecinos, un elector parroquial. Art. 45. Para ser nombrado elector parroquial se requiere ser ciudadano, mayor de 25 años, vecino y residente en la parroquia. Art. 75. Para ser elector de partido se requiere ser ciudadano que se halle en el ejercicio de sus derechos, mayor de 25 años, y vecino y residente en el partido, ya sea del estado seglar o del secular, pudiendo recaer la elección en los ciudadanos que componen la junta o en los de fuera de ella. Art. 91. Para ser Diputado de Cortes, se requiere ser ciudadano que esté en el ejercicio de sus derechos, mayor de 25 años, y que haya nacido en la provincia o esté avecindado en ella con residencia a lo menos de 7 años, bien sea del estado seglar o del eclesiástico secular; pudiendo recaer
42 la elección en los ciudadanos que componen la junta o en los de fuera de ella. Art. 92. Se requiere además, para ser diputado de Cortes, tener una renta anual proporcionada, procedente de bienes propios. Art. 104. Se juntarán las Cortes todos los años en la capital del reino, en edificio destinado a este solo objeto. Art. 106. Las sesiones de las Cortes en cada año durarán tres meses consecutivos, dando principio el día primero del mes de marzo. Art. 108. Los diputados se renovarán en su totalidad cada dos años. Art. 110. Los diputados no podrán volver a ser elegidos si no mediando otra diputación. Art. 131. Las facultades de las Cortes son: (...) Décima: Fijar todos los años, a propuesta del Rey, las fuerzas de tierra y de mar, determinando las que se hayan de tener en pie en tiempo de paz y su aumento en tiempo de guerra Undécima: Dar ordenanzas al Ejército, Armada y Milicia Nacional en todos los ramos que los constituyen (...) Decimatercia: Establecer anualmente las contribuciones e impuestos. (...) Vigesimasegunda: Establecer el plan general de enseñanza pública, en toda la Monarquía y aprobar el que se forme para la educación del príncipe de Asturias. (...) Vigesimacuarta: Proteger la libertad política de la imprenta. Vigesimaquinta: Hacer efectiva la responsabilidad de los Secretarios del Despacho y demás empleados públicos. (.....) Art. 157. Antes de separarse las Cortes nombrarán una Diputaci6n, que se llamará Diputación Permanente de Cortes, compuesta de siete individuos de su seno, tres de las provincias de Europa, y tres de las de Ultramar; y el séptimo saldrá por suerte entre un diputado de Europa y otro de Ultramar. Art. 159. La Diputación Permanente durará de unas Cortes ordinarias a otras.
Art. 160. Las facultades de esta Diputación son: Primera, velar sobre la observancia de la Constitución y de las leyes para dar cuenta a las próximas Cortes de las infracciones que hayan notado. (...) Art. 309. Para el gobierno interior de los pueblos habrá Ayuntamientos compuestos del Alcalde o alcaldes, los regidores y el procurador síndico, y presididos por el jefe político, donde lo hubiere, y en su defecto, por el alcalde o el primer nombrado por éstos, si hubiere dos. (.....) Art. 312. Los alcaldes, regidores y procuradores síndicos se nombrarán por elección en los pueblos, cesando los regidores y demás que sirvan oficios perpetuos en los Ayuntamientos, cualquiera que sea su título y denominación. (.....) Art. 324. El gobierno político de las provincias residirá en el jefe superior, nombrado por el rey en cada una de ellas. Art. 325. En cada provincia habrá una Diputación llamada Provincial, para promover su prosperidad, presidida por el jefe superior. Art. 326. Se compondrá esta Diputación del presidente, del inten­ dente y de siete individuos elegidos en la forma que se dirá sin perjuicio de que las Cortes, en lo sucesivo, varíen este número como lo crean conveniente, o lo exijan las circunstancias, hecha que sea la nueva división de provincias, de que trata el artículo.
43 (...) Art. 362. Habrá en cada provincia cuerpos de Milicia nacionales, compuestos de habitantes de cada una de ellas, con proporción a su población y circunstancias. (...) Art. 365. En caso necesario podrá el rey disponer de esta fuerza dentro de la respectiva provincia; pero no podrá emplearla fuera de ella sin otorgamiento de las Cortes. Fernando VI I anula la obra de Cádiz “Las Cortes, en el mismo día de su instalación, y por principio de sus actas, me despojaron de la soberanía, poco antes reconocida por los mismos diputados, atribuyéndola nominalmente a la nación para apropiársela a sí ellos mismos, y dar a ésta después sobre tal usurpación las leyes que quisieron, imponiéndole el yugo de que forzosamente las recibiese en una nueva Constitución, que sin poder de provincia, pueblo ni junta, y sin noticia de las que se decían representadas por los suplentes de España e Indias, establecieron los diputados, y ellos mismos sancionaron y publicaron en 1812. Este primer atentado contra las prerrogativas del trono, abusando del nombre de la nación, fue como la base de los muchos que a éste se siguieron; y a pesar de la repugnancia de muchos diputados, tal vez del mayor número, fueron adoptados y elevados a leyes, que llamaron fundamentales, por medio de la gritería, amenazas y violencia de los que asistían a las galerías de las Cortes, con que se imponía y aterraba; y a lo que era verdaderamente obra de una facción, se le revestía del espacioso colorido de “voluntad general”, y por tal hizo pasar la de unos pocos sediciosos, que en Cádiz, y después en Madrid, ocasionaron a los buenos cuidados y pesadumbre(...) Conformándome con las decididas y generales demostraciones de la voluntad de mis pueblos, y por ser ellas justas y fundadas, declaro que mi real ánimo es no solamente no jurar ni acceder a dicha constitución ni a decreto alguno de las Cortes generales y extraordinarias, y de las ordinarias actualmente abiertas, a saber los que sean depresivos de los derechos y prerrogativas de mi soberanía, establecidos por la constitución y las leyes en que largo tiempo la nación ha vivido, sino el declarar aquella constitución y tales decretos nulos y de ningún valor ni efecto...” (Fernando VII: Real Decreto, 4 de mayo de 1814) El M anifiesto de Abrantes “No ambiciono el trono; estoy lejos de codiciar bienes caducos; pero la religión, la observancia y cumplimiento de la ley fundamental de sucesión, y la singular obligación de defender los derechos imprescindibles de mis hijos y todos los amados consanguíneos me esfuerzan a sostener y defender la corona de España del violento despojo que de ella me ha causado una sanción tan ilegal como destructora de la ley que legítimamente y sin interrupción debe ser perpetua. Desde el fatal instante en que murió mi caro hermano (Q.S.G.H.), creí se habrían dictado en mi defensa las providencias oportunas para mi
44 reconocimiento; y si hasta aquel momento habría sido traidor el que lo hubiese intentado, ahora lo será el que no jure mis banderas, a los cuales, especialmente a los generales, gobernadores y demás autoridades civiles y militares, haré los debidos cargos, cuando la misericordia de Dios, si así conviene, me lleve al seno de mi amada patria, y a la cabeza de los que me sean fieles. Encargo encarecidamente la unión, la paz y la perpetua caridad. No padezca yo el sentimiento de que los católicos españoles que me aman, maten, injurien roben ni cometan el más mínimo exceso. El orden es el primer efecto de la justicia; el premio al bueno y sus sacrificios, y el castigo al malo y sus inicuos secuaces es para Dios y para la ley, y de esta suerte cumplen lo que repetidas veces he ordenado.” (Abrantes, 1º de octubre de 1833. Carlos María Isidro de Borbón.) El Estatuto Real, 1834 “El Estamento de próceres del Reino (como guarda permanente de las leyes fundamentales, interpuesto entre el Trono y los pueblos) comprenderá en su seno a los que se aventajen y descuellen por su elevada dignidad o por su ilustre cuna, por sus servicios y merecimientos, por su saber y sus virtudes: los venerables Pastores de la Iglesia; los Grandes de España, cuyos nombres despiertan el recuerdo de las antiguas glorias de la Nación; los caudillos que en nuestros días han acrecentado el lustre de las armas españolas; los que en el noble desempeño de la Magistratura, en la enseñanza de las ciencias o en otras carreras no menos honrosas, hayan prestado a su Patria eminentes servicios, granjeando para sí merecida estima y renombre, hallarán abiertas las puertas de este ilustre estamento, el cual debe ser esencialmente conservador por la naturaleza de los elementos que lo constituyen.” (Fragmento de la Exposición preliminar al Estatuto Real de 1834) CONSTI TUCI ON DE LA M ONARQUI A ESP AÑOLA (18 de junio de 1837) DOÑA ISABEL II, por la gracia de Dios y la Constitución de la Monarquía española, Reina de las Españas; y en su Real nombre, y durante su menor edad, la Reina viuda su madre doña María Cristina de Borbón, Gobernadora del Reino; a todos los que la presente vieren y entendieren, sabed: Que las Cortes generales han decretado y sancionado, y Nos de conformidad aceptado, lo siguiente: Siendo la voluntad de la Nación revisar, en uso de su Soberanía, la Constitución política promulgada en Cádiz el 19 de marzo de 1812, las Cortes generales, congregadas a este fin, decretan y sancionan la siguiente TÍTULO II DE LAS CORTES Art. 12. La potestad de hacer las leves reside en las Cortes con el Rey.
45 Art. 13. Las Cortes se componen de dos cuerpos colegisladores, iguales en facultades: el Senado y el Congreso de los Diputados. TÍTULO III DEL SENADO Art. 14. El número de los senadores será igual a las tres quintas partes de los diputados. Art. 15. Los senadores son nombrados por el Rey a propuesta, en lista triple, de los electores que en cada provincia nombran los diputados a Cortes. Art. 16. A cada provincia corresponde proponer un número de senadores proporcional a su población; pero ninguna dejará de tener por lo menos un Senador. TÍTULO IV DEL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS Art. 21. Cada provincia nombrará un Diputado a lo menos por cada cincuenta mil almas de su población. Art. 22. Los diputados se elegirán por el método directo, y podrán ser reelegidos indefinidamente. TÍTULO VI DEL REY Art. 44. La persona del Rey es sagrada e inviolable, y no está sujeta a responsabilidad. Son responsables los ministros. Art. 45. La potestad de hacer ejecutar las leyes reside en el Rey, y su autoridad se extiende a todo cuanto conduce a la conservación del orden público en lo interior, y a la seguridad del Estado en lo exterior, conforme a la Constitución y a las leyes. Art. 46. El Rey sanciona y promulga las leyes. TÍTULO VII DE LA SUCESIÓN DE LA CORONA Art. 50. La Reina legitima de las Españas es doña Isabel II de Borbón. TÍTULO VIII DE LA MENOR EDAD DEL REY Y DE LA REGENCIA Art. 56. El Rey es menor de edad hasta cumplir catorce años.
46 Bibliografía básica: ARTOLA, M. La burguesía revolucionaria (1808­1874). Madrid: Alianza, 1990. CASTELLS, I. y A. MOLINER, A. Crisis del Antiguo Régimen y Revolución Liberal en España (1789­1845). Barcelona: Ariel, 2000. FONTANA, J. La crisis del Antiguo Régimen, 1808­1833. Barcelona: Grijalbo, 1983. Bibliografía complementaria: ARTOLA, M. Antiguo Régimen y revolución liberal. Barcelona: Ariel, 1978. –– Los afrancesados. Madrid: Alianza, 1989. AYMES, J. R. La guerra de la independencia en España, 1808­1814. Madrid: Siglo XXI, 1974. CASTRO, C. de. La Revolución liberal y los municipios españoles (1812­ 1868). Madrid: Alianza,1979. DONÉZAR, J. Las revoluciones liberales: Francia y España. Madrid: EUDEMA, 1992. FERNÁNDEZ DE PINEDO, E. (et al.). Centralismo, Ilustración y agonía del Antiguo Régimen (1715­1833). Barcelona: Labor, 1980. FONTANA, J. La quiebra de la monarquía absoluta, 1814­1820. Barcelona: Ariel, 1971. –– Hacienda y Estado en la crisis final del Antiguo Régimen español: 1823­ 1833. Madrid: IEF, 1973. –– La revolución liberal: política y hacienda ( 1833­1845). Madrid: IEF, 1977. GIL NOVALES, A. El Trienio liberal. Madrid: Siglo XXI, 1980. GÓMEZ URDÁÑEZ, G. Salustiano de Olózaga: élites políticas en el liberalismo español (1805­1843). Logroño: Universidad de La Rioja, 1999. LYNCH, J. Las revoluciones hispanoamericanas, 1808­1826. Barcelona: Ariel, 1976. MARICHAL, C. La revolución liberal y los primeros partidos políticos en España, 1834­1844. Madrid: Cátedra, 1980. MOLINER PRADA, A. Joaquín María López y el partido progresista, 1834­1843. Alicante: Instituto de Estudios Juan Gil Albert, 1988. PÉREZ GARZÓN, J. S. Milicia nacional y revolución burguesa. El prototipo madrileño (1808­1874). Madrid: CSIC, 1978. RUEDA, G. La desamortización de Mendizábal y Espartero en España. Madrid: Cátedra, 1986. SEBASTIÁ, E. La revolución burguesa. Valencia: Historia Social, 2001, 2 v. STEIN, S. J. y STEIN, B. H. La herencia colonial de América Latina. Madrid: Siglo XXI, 1978 (10ª ed). Enlaces en Internet http://www.historiasiglo20.org/enlaces/esp1800­1814.htm http://www.historiasiglo20.org/enlaces/esp1814­1833.htm http://www.historiasiglo20.org/enlaces/independenciaiberoam.htm
47 2. EL ESTADO LI BERAL Y LA AP ERTURA CAP I TALI STA EN ESP AÑA (1843­1874) 2.1. Características políticas del período isabelino 2.2. La década moderada (1844­54): bases políticas y programáticas; las principales realizaciones y los primeros problemas; el autoritarismo sin control parlamentario de Bravo Murillo; la corrupción y la preparación del alzamiento 2.3. El bienio progresista (1854­56):modernización y problemas sociales y políticos 2.4. De la Unión Liberal a la crisis del sistema (1856­68): el bienio moderado; el pragmatismo de la UL; la crisis del sistema 2.5. Transformaciones económicas y contornos de la sociedad liberal: los factores del atraso de la industrialización; la apertura capitalista; la nueva oligarquía; clientelismo y miseria de la sociedad campesina. El sistema educativo. La contraposición de modelos de administración local 2.6. Significación del Sexenio Democrático o Revolucionario: la prolongación de la revolución liberal en revolución democrática; ¿revolucionario o democrático?; levantamiento militar y apoyo popular de la Gloriosa 2.7. De la Revolución a la Regencia de Serrano (1868­70) 2.8. La monarquía democrática de Amadeo I (1871­73) y sus obstáculos 2.9. La I República (1873): bases ideológicas; las jefaturas de Figueras, Pi, Salmerón y Castelar y sus dificultades; el modelo federal de constitución 2.10. El final del Sexenio: la interinidad de Serrano o la República unitaria (1874) 2.1. Características políticas del período isabelino La inestabilidad política había obligado al Gobierno Provisional a adelantar a fines de 1843 la mayoría de edad de Isabel, cuando apenas contaba trece años de edad. Se inició así un reinado que se extendió durante un cuarto de siglo, hasta septiembre de 1868 en que fue depuesta, y en el que pueden distinguirse las siguientes etapas: Ø Década moderada (1844­54) Ø Bienio progresista (1854­56) Ø Unionistas y moderados en el poder (1856­68) o Bienio moderado (1856­58) o El “gobierno largo” de la Unión Liberal: el pragmatismo político o La crisis del sistema § Gabinetes moderados (1863­65) § La crisis de la Unión Liberal (1865­66) § Autoritarismo, crisis política y crisis económica (1866­ 68) El triunfo liberal supuso el asentamiento del régimen constitucional, estructurado en torno a tres instituciones (Corona, ejército y partido
48 moderado, sobre todo, con el soporte socioeconómico de los nuevos grupos dominantes y la puesta en marcha de un aparato centralista. Aunque simbolizaba la bondad del liberalismo, su reinado transcurrió agitaciones sociales, cambios políticos y económicos y escándalos cortesanos. Respecto a la Corona, los historiadores han sido, por lo general, muy críticos. Isabel II no estuvo a la altura de las circunstancias históricas que España atravesaba y tuvo un papel político mucho más intervencionista en la vida política que la británica Reina Victoria. Su primera decisión infantil fue destituir al jefe de Gobierno y entregar el poder a los moderados, que, desde entonces, dominaron la vida política salvo cortos períodos. Por otra parte, la imagen de La Corte de los milagros (título de una obra de Valle Inclán en la que satirizaba el final de su reinado) reflejaba precisamente la idea de la Corte como nido de corrupción y de caprichos. No debe extrañar así que durante su reinado hubiera una treintena de gobiernos diferentes, pues sus prerrogativas constitucionales le permitían cesar y nombrar a jefes de Gobierno sin control parlamentario. En cuanto a los partidos políticos liberales (moderado y progresista, de los que ya se trazaron sus diferencias en un tema anterior) eran, en realidad, simples grupos de notables , sin una estructura definida, que casi reducían su actuación a las convocatorias electorales y cuya extracción social provenía en ambos casos de la clase alta terrateniente, la nobleza y clases medias profesionales vinculadas a las anteriores por negocios, intereses o matrimonios. Pero la apuesta de la Corona por los moderados y la notable restricción del sufragio impidió una verdadera alternancia al estilo británico y empujó a los progresistas, marginados políticamente, a la conspiración para acceder al poder, como sucederá en 1854 (dando inicio al bienio progresista progresista) y 1868 (que pondrá fin al reinado isabelino). El protagonismo de tales episodios recaerá en los militares, un grupo social de escaso número pero de gran relevancia política, debido a su vocación liberal y a la presencia constante de la guerra desde 1808 que culminará con el conflicto carlista. Militares serán no sólo los cabecillas de levantamientos, sino también los jefes de partidos y presidentes de gobiernos. Sus altos mandos solían alcanzar títulos nobiliarios y se integraron en la oligarquía dominante. Este será el caso, por ejemplo, del progresista Espartero, el moderado Narváez o el unionista O’Donnell, cuyo prestigio y carisma les convirtió en piezas centrales de la vida política. En consecuencia, algunos historiadores han insistido en la debilidad del liberalismo español debido a varios factores. En primer lugar, a causa del militarismo, porque es el ejército, y no la mecánica electoral y parlamentaria, el elemento esencial del cambio político. En segundo lugar, y relacionado con lo anterior, por la fragilidad del sistema de partidos, que el pensador católico Jaime Balmes relacionó con un poder militar fuerte como consecuencia de la ineficacia de los partidos como instrumentos de acción política. En tercer lugar, la altísima inestabilidad gubernamental y la constante disolución de Cámaras. Por último, hay que destacar el peso del catolicismo como elemento definidor de la nacionalidad, cuyo peso condicionó la evolución del liberalismo español (cultura, educación, valores, etc.).
49 Por otra parte, el mayor peso electoral de las zonas rurales frente a las urbanas, supuso el arranque del caciquismo , dado que estas zonas eran políticamente mucho más controlables y retraídas. De manera que fue en el segundo tercio del XIX, coincidiendo con la configuración de un régimen parlamentario estable y el pacto social entre viejas y nuevas elites en la España rural cuando se origina aunque se generalizará y desarrollará en toda su extensión a partir de la Restauración. No menos importante es otra de las novedades, la creación de un aparato centralista, para que el Estado liberal pudiera extender sus tentáculos (a través de los gobernadores) a todos los rincones del país, aunque ello implicara una costosa burocracia y no pocos problemas. Pero, por otra parte, la implantación del nuevo Estado liberal coincidió con la modernización de la economía e importantes cambios sociales. Aunque continuaba el retraso respecto a otros países, fue una etapa de equipamiento industrial y de crecimiento espectacular, favorecido por una coyuntura alcista y basada en tres ejes: la generalización del tendido ferroviario, la intensificación de la explotación minera, el afianzamiento de la industria y la reducción del peso del sector agrario. En consecuencia, se consolidan una oligarquía dominante, formados por la oligarquía agraria, los empresarios de la minería (en Vizcaya, Asturias, Andalucía y Cartagena), los industriales de Cataluña, la burguesía financiera y especuladora (banqueros y hombres de negocios), sus abogados y militares. Y, la otra cara de la moneda será el nacimiento del proletariado urbano, cuya voz se oirá en la huelga de 1855 y durante el Sexenio. 2.2. La década moderada (1844­54) a) Bases políticas y programáticas: el liberalismo doctrinario Fueron los moderados quienes mayor tiempo estuvieron en el poder (desde 1844 hasta 1854 ininterrumpidamente y varias veces entre 1856 y 1868. Durante estos años, la base política de su actuación vino marcada por la Constitución de 1845, que rompía el consenso constitucional de 1837 y, a modo de “traje a medida” para los moderados, institucionalizaba el liberalismo doctrinario ; de este modo, la Corona adquiría un lugar preeminente (poder moderador entre el legislativo y ejecutivo), limitaba los derechos y libertades populares y restringía el voto a los más pudientes. A partir de esta formulación política, pusieron en práctica un programa basado en: a) la centralización administrativa (ley de ayuntamientos y ley provincial, 1845); b) la defensa del orden y la propiedad, con dos medidas tan destacables como la creación de la Guardia Civil (1844) y la reforma de la Hacienda (Mon y Santillán, 1845); y c) las buenas relaciones con la Iglesia (olvidando pasadas disputas y frenando el proceso desamortizador), que culminó con el Concordato de 1851. En consecuencia, la política moderada pretendió consolidar los cambios suscitados tras la destrucción del Antiguo Régimen, tranquilizar a los sectores más reaccionarios y garantizar el orden público. De manera que su pretendidas reformas modernizadoras condujeron a limitar los cambios en beneficio de una oligarquía
50 formada por los sectores sociales más conservadores beneficiarios del proceso revolucionario. Por otra parte, ejercieron el poder de forma arbitraria (recurriendo a la manipulación electoral e, incluso, con Bravo Murillo, al cierre de los Cortes y al gobierno por decreto) y excluyente (no sólo excluyeron a los progresistas del poder, sino de actividad política) aunque divididos en clientelas y tendencias personales que impidieron dar estabilidad política al país. Por consiguiente, pese a la fuerte personalidad del general Narváez, dentro del moderantismo se podía observar una aparente heterogeneidad política, relacionada con los distintos bandos en liza: a) izquierda (puritanos, de Pacheco e Istúriz), defensores de la reconciliación con progresistas; b) la derecha (desde grupo de Vilumá a neocatólicos de Donoso Cortés y los reaccionarios, cercanos al absolutismo, de Bravo Murillo); y c) polacos del conde de San Luis, sin más programa que la mera adhesión personal a Narváez. Por tanto, conviene establecer algunas etapas diferenciadoras. b) P rimera fase. Las principales realizaciones (1844­48) El nuevo hombre fuerte es Narváez (el espadón de Loja), rival de Espartero, que puso en marcha un régimen autoritario y represivo para afianzar el nuevo sistema burgués. Junto a González Bravo (1843­44), los gobiernos de Narváez (1844­46 y, salvo breves períodos, entre 1847­51) reprimieron a la oposición progresista, cuyos principales líderes optaron por el exilio. En realidad, González Bravo se había limitado a preparar el advenimiento al poder de Narváez (el 3 de mayo de 1844) que en su primera etapa gobernó de manera dictatorial (aunque con la autorización de las Cortes). En esta línea de defensa de la ley y el orden, la primera medida de Narváez fue la reorganización definitiva de la Guardia Civil (13­5­1844), instituto creado por su antecesor como un cuerpo de policía de naturaleza paramilitar, con mandos y según criterios militares (su primer director fue el duque de Ahumada) que sustituía a la Milicia Nacional. A la Guardia Civil se encargará la defensa de la propiedad privada (recientemente consolidada por la reforma agraria liberal), y el control del orden público, obsesión de cualquier buen conservador. Las siguientes medidas más representativas del programa moderado serán de cariz claramente centralista. Se trata de la ley de Ayuntamientos (8­1­1845) y, unos meses más tarde, otra sobre el gobierno político de las provincias (2­4­1845). La ley de Ayuntamientos, que los dejaba en manos del poder central y de las minorías oligárquicas locales, establecía los principios más significativos del municipio moderado son: centralización, dependencia jerárquica y restricción del principio electivo. De este modo, la Corona nombraba a los alcaldes de las capitales de provincia y de las cabeceras de partido, dejando los del resto de municipios a la designación del gobernador. Por otro lado, reducía el número de electores sólo a los mayores contribuyentes. En cuanto a la nueva legislación sobre el gobierno de las provincias, otorgaba mayor importancia otorgada al jefe político (llamado gobernador general, desde septiembre de 1847, y, definitivamente bajo la denominación de gobernador civil desde fines de 1849), alrededor del cual giraban todos los órganos de la administración provincial, cuyas atribuciones eran de amplio calado: presidía las diputaciones, representaba los intereses generales,
51 administraba los asuntos provinciales y era agente de jurisdicción administrativa. La centralización en el gobierno provincial quedaba más patente con la figura de un gobernador ejerciendo el poder supremo en la provincia, fruto de merma en las atribuciones y la capacidad de decisión de las diputaciones, que quedaban bajo la dependencia del poder central. El 23 de mayo de 1845 veían la luz dos de los estandartes de su gobierno, la Constitución y la reforma hacendística. La constitución de 1845 sustituía el principio de soberanía nacional por el de soberanía compartida (Corona y Cortes), incrementando el poder real (que podía nombrar ministros, disolver las Cortes y sancionar las leyes). Confirmaba un sistema bicameral en el que el Senado se convertía en Cámara de la aristocracia, de nombramiento exclusivo por parte de la Corona (frente a la elección mixta establecida en 1837), con carácter vitalicio y de número ilimitado (para garantizar una mayor sumisión a la Corona). Por otra parte, se reducían algunos derechos y libertades y se restringía el cuerpo electoral a los mayores contribuyentes, para garantizarse así el triunfo electoral. Para certificar las medidas de orden público y de ámbito local, suprimía la Milicia Nacional y modificaba las competencias de los ayuntamientos, reforzando el poder del Gobierno. En definitiva, esta constitución, pese a su larga vigencia (incluso su modelo será seguido, en buena manera, durante la Restauración), se aplicó habitualmente en un contexto represivo y sirvió para impedir la alternancia política y contribuyó a acrecentar la corrupción electoral y la falsificación del sufragio. De gran calado será también la reforma de la Hacienda de M on y Santillán (23­5­1845), que venía a culminar las transformaciones jurídico­institucionales y económicas de la revolución burguesa. Con la finalidad de equilibrar el presupuesto (y acabar con el déficit crónico del Estado) y suprimir los privilegios regionales (para vertebrar España como nación), se racionalizaba el sistema tributario, pasando de un sistema de impuestos múltiples a otro más uniforme, basado en un triple capítulo de ingresos: monopolios (tabaco, loterías, etc., arrendados a particulares); impuestos indirectos (transmisión de bienes, consumos); e impuestos directos (contribución territorial; industrial; y de comercio). Pero el fracaso relativo de la contribución territorial (hoy más conocida como rústica y urbana), debido al ocultamiento y falseamiento continuo de datos (pues su cobro se hacía de acuerdo con los amillaramientos y las cartillas evaluatorias, de poca fiabilidad en cuanto que se basaban en declaraciones juradas de los propietarios y las estimaciones de los ayuntamientos), supuso la potenciación de los impuestos indirectos como el de consumos, que va a centrar las protestas populares en todos estos años, especialmente en los años cincuenta y sesenta. En la vía de modernización se inscriben otras reformas moderadas en ámbitos tan diversos como la educación (P .J. P idal, 17­9­1945), la justicia (nuevo Código P enal, 1848, de Manuel Seijas Lozano), el ejército (reconstrucción de la Marina, destruida desde Trafalgar, y reforma de las academias militares) y los pesos y monedas. c) Los principales problemas, 1846­49 Pero la hegemonía moderada iba a provocar el descontento político tanto de carlistas como por progresistas, así como el nacimiento de nuevas organizaciones políticas.
52 Los carlistas volvieron a la lucha armada entre 1846­49, en la llamada Guerra de los Matiners , que tradicionalmente se ha considerado como una “segunda guerra carlista”, aunque no fuera en realidad sino una reaparición de la lucha de guerrillas, sobre todo en Cataluña, aunque también tuvo un limitado impacto en nuestra región. Por otra parte, el ostracismo de los progresistas les obligó a recurrir a la conspiración. Sin embargo, éstos no tuvieron protagonismo en los leves conatos insurgentes en torno a 1848, promovidos tan sólo por algunos pequeños grupos que defendían ideas relacionadas con el socialismo utópico y el radicalismo democrático, sin apenas apoyo popular, y que Narváez reprimió con dureza, por lo que apenas repercutió la “primavera de los pueblos” en España. Ahora bien, sirvió para que se formaran nuevos grupos políticos más a la izquierda, entre los que se encontraban los demócratas (1849) así como los republicanos y los primeros socialistas. Hombres como Fernando Garrido y Sixto Cámara denunciaban en la prensa las intrigas de los viejos partidos a la vez que criticaban el sistema de propiedad y la organización social. d) La segunda fase. El autoritarismo sin control parlamentario de Bravo Murillo (enero 1851­dic. 1852) Si la dictadura de Narváez se había hecho con el apoyo parlamentario, Bravo Murillo fue aún más allá, pues cerró las Cortes y gobernó por decreto. Calificado como ultrarreaccionario por J. P. FUSI, Bravo Murillo defendía posiciones cercanas al absolutismo y sus proyectos políticos suscitaron una fortísima oposición y dividieron a los moderados. Sin embargo representaba, por otra parte, a un sector político cansado de la supremacía militar y preocupado especialmente por el progreso material (gobierno de técnicos). Sus dos principales iniciativas fueron el Concordato con la Santa Sede y el intento de reforma constitucional. El Concordato de 1851, vigente durante un siglo, devolvía al catolicismo su papel central en la vida española a cambio de que la la Iglesia se descolgara del Antiguo Régimen y legitimara el nuevo Estado burgués. En síntesis, la Santa Sede renunciaba a reclamar las propiedades desamortizadas y aceptaba el nombramiento estatal de los obispos (“derecho de Patronato Real”) a cambio de que el Estado mantuviera los edificios religiosos y los estipendios del clero (presupuesto de culto y clero), se reafirmaba la confesionalidad del Estado y la enseñanza católica en las escuelas públicas. La reafirmación de la influencia católica, simbolizada en el pensamiento de representantes del pensamiento católico más conservador, como J aime Balmes (sacerdote y ensayista español, defensor de la monarquía, pretendía conciliar a carlistas e isabelinos a través del semanario El Pensamiento de la Nación, que él fundó y redactó en solitario), Donoso Cortés o Antonio Mª Claret, fue inmediata y poderosa. De esta manera, los años 1856­68 vieron una convivencia óptima entre Iglesia y Estado. Y, fruto de su pensamiento reaccionario, Bravo Murillo intentó (sin éxito, pues encontró la oposición de las Cortes e irritó al propio Narváez) reformar la Constitución en 1852 (imitando el ejemplo de Luis Napoleón en Francia, que acababa de dar un golpe de estado para poner fin a la II
53 República). Ratificaba el predominio del ejecutivo sobre el legislativo (reducía las Cortes a meras cámaras consultivas) y limitaba el sufragio a los 150 ciudadanos más ricos de cada distrito para poder gobernar sin el acoso parlamentario. e) El fin de la década moderada: corrupción y preparación del alzamiento La tercera fase (1853­54) de la década moderada estará marcada por gobiernos anodinos y mediocres. El último estuvo presidido por Luis J osé Sartorius (conde de San Luis), de ascendencia polaca, fundador de una dinastía política vinculada a los distritos de Huete y Priego y uno de los mayores representantes de la corrupción electoral a gran escala. Sartorius gobernó con las Cortes cerradas y la prensa amordazada, pues se vio salpicado de escándalos relacionados con las concesiones de contratos ferroviarios. La suspensión de las Cortes (que se habían negado a respaldar el proyecto de ley de concesiones ferroviarias de Sartorius, el objeto preferido de especulación) provocó una crisis parlamentaria (enero de 1854) que llevo a más de doscientos senadores y diputados pedir a la reina que solucionara la crisis. La falta de resultados originó un movimiento revolucionario (que seguía el clásico modelo de pronunciamiento militar acompañado de levantamiento urbano) que acabará con la época moderada y dará paso al período conocido como bienio progresista. El pronunciamiento militar (conocido como la Vicalvarada , debido al enfrentamiento de tropas en Vicálvaro el 30 de junio de 1854) fue dirigido por los generales O’Donnell, Dulce y Serrano. Querían imponer un cambio de gobierno pero era un golpe indeciso. Necesitaban radicalizar su lenguaje y apelaron al país con el M anifiesto de Manzanares (redactado, en realidad, por Cánovas del Castillo y no por O’Donnell), que contenía una serie de reformas queridas por los progresistas: instauración de la Milicia Nacional; reducción de impuestos; cierta descentralización administrativa;cese del favoritismo gubernamental (crítica de las camarillas); ampliación del sufragio electoral; puesta en marcha de la ley de imprenta; y convocatoria de Cortes Generales. Para secundar el pronunciamiento, se generalizan una serie de revueltas populares (que reclaman “pan, trabajo y Espartero”) en las principales ciudades, asumiendo el poder las J untas de Salvación, que se atribuyen la voluntad popular. En estas circunstancias, Isabel II acaba cesando a Sartorius y encargado a Espartero la formación de un gobierno de coalición progresista­ moderada (con O’Donnell). 2.3. EL BI ENI O P ROGRESI STA (1854­56) a) El programa modernizador Frente a la inercia de los moderados, la labor política realizada durante el bienio progresista (1854­56) por el gobierno presidido por Espartero supone un programa modernizador en torno a una nueva tarea constitucional y la consolidación de reformas económicas de gran calado La resurrección del programa progresista supuso un intento de ampliar los derechos políticos y libertades, recogidos en la Constitución de 1856 que, no obstante no va a llegar a tener vigencia (de ahí su calificativo
54 de nonata). Sus principales novedades eran: la vuelta a la soberanía nacional; la regulación de los derechos individuales; la libertad de conciencia (libertad religiosa, a la que se opondrán las fuerzas confesionales); limitación de las facultades de la Corona; mantenimiento del sistema bicameral, pero reforzando la autonomía de las Cortes y pasando el Senado a ser enteramente electivo; vuelta a la Milicia Nacional; y ampliación del sufragio hasta casi 700.000 electores. La consolidación de reformas económicas tiene tres bases fundamentales: a) la desamortización general de Madoz (1855); b) el impulso a la construcción de la red ferroviaria (ley de ferrocarriles, 1855); y c) el desarrollo de la banca (ley de banca, 1856). La ley de Desamortización General de M adoz (1­5­1855) pretendía completar la ley de Mendizábal y dar un nuevo impulso a la venta de bienes nacionales. Aunque es de carácter general, es sobre todo una desamortización civil, pues afecta básicamente a los bienes de propios y tierras comunales. Fue hecha a medida de terratenientes y de la burguesía urbana y, aunque favoreció la modernización y la eficiencia agrícola, supuso un enorme despojo pues desheredó definitivamente al campesinado pobre. Mediante la ley de ferrocarriles (1855), se generaliza el tendido ferroviario. Fue un gran negocio que procuró sustanciosas ganancias a constructores y propietarios de vías férreas. Como complemento, la ley de banca (1856) venía a darle el fundamento financiero que permitió crear sociedades de crédito y nuevos bancos a la vez que sirvió también para canalizar el dinero hacia el negocio ferroviario. b) P roblemas sociales e inestabilidad política El descontento social creció desde 1855, pues se disparó la inflación en un contexto de creciente influencia de ideas revolucionarias y socialistas, conforme aumentaba la toma de conciencia de un emergente proletariado. La inflación, junto a la descapitalización interna y el descenso de producción fueron, en buena parte, producto de las medidas librecambistas y la aceptación de las condiciones puestas por países más avanzados (como Gran Bretaña, Francia o Bélgica). El malestar estalló en Barcelona, originando la primera huelga general obrera en España. La inestabilidad política fue fruto de la contradicción inherente a una revolución nacida de la convergencia de un pronunciamiento y de un movimiento popular, que desembocó en un gobierno heterogéneo (presidido por el ídolo progresista, que descartaba cualquier alianza con los moderados, a diferencia de O’Donnell, que buscaba amalgamar a moderados y progresistas) que se enfrentó a agitaciones en diversas partes del país y la inquietud de los demócratas (izquierda) y carlistas (derecha). Por otra parte, las relaciones diplomáticas con Roma se suspendieron, por el malestar de la Santa Sede por el artículo de la libertad religiosa recogida en la nueva constitución. El fin del bienio se desencadenará cuando en julio de 1856, O´Donnell es llamado a formar gobierno, a quien apoyará la reina en detrimento de Espartero. O´Donnell endurecerá la represión mediante el ejército, prohíbe las asociaciones de trabajadores, disuelve las Cortes y arrincona la nueva Constitución, que asustaba a los moderados. Restableció la Constitución de 1845 y le añadió un acta adicional (15­9­
55 1856) de dudosa legalidad, que recogía la existencia de jurado para los delitos de imprenta. 2.4. DE LA UNI ÓN LI BERAL A LA CRI SI S DEL SI STEMA (1856­68) Pese a las buenas “relaciones” de O’Donnell con la reina, ésta nombrará de nuevo a formar gobierno a Narváez en octubre de 1856, produciéndose la vuelta al moderantismo, turnándose con la Unión Liberal, siendo ambos partidos los pilares del reinado isabelino. En un contexto en que los progresistas se retraían a participar en la vida política, la Unión Liberal, liderada por O’Donnell, representaba una especie de fuerza de centro que, alejada de cualquier radicalismo, quería obtener el apoyo de los distintos sectores liberales con el fin de estabilizar el sistema. Se trataba de un conglomerado político de ideario vago que aglutinaba tanto a la izquierda moderada (antiguos puritanos como Ríos Rosas, Pacheco, Borrego, Alonso Martínez) como a progresistas templados (San Miguel, Cortina, Prim o Modesto Lafuente, entre otros). De todos modos, algunos de ellos se acabarán desencantando y abandonando la Unión Liberal con el paso del tiempo, como Ríos Rosas o Prim. a) El Bienio moderado (1856­58): Narváez Narváez, tras recuperar la presidencia del Consejo de Ministros, suspendió toda la legislación progresista y anuló el acta adicional de O’Donnell y añadió una reforma (la ley constitucional de 17­7­1857) que afectaba al Senado en la línea propuesta por Bravo Murillo en 1852. Con ello, se atrajo a los sectores más reaccionarios (neocatólicos, carlistas reciclados y conservadores en general). Lo más destacable de este bienio son dos novedades administrativas. La ley M oyano (1857), reflejo de la importancia del sistema educativo para el nuevo aparato estatal, y el censo de 1857, que iniciaba la época estadística, de acuerdo con lo que era habitual en otros países europeos, por la gran importancia del recuento de ciudadanos y sus características para controlar mejor los recursos del Estado liberal). La caída de los moderados estará relacionada con las agitaciones sociales y las repercusiones políticas a consecuencia de la crisis económica de 1857 (de subsistencias al principio y que se complicó con problemas financieros y comerciales a fines de ese año) y sus secuelas demográficas. La Unión Liberal recuperaba el poder y disfrutaba de unos años de relativa bonanza económica y tranquilidad política. b) El Gobierno Largo de la Unión Liberal (1858­63) La Unión Liberal de O’Donnell va a tener su segunda oportunidad de gobernar y ahora lo va a hacer en un contexto más propicio y, por tanto, más longevo. Representaba la expresión política de los deseos de orden y estabilidad, flexibilidad y tolerancia. Por tanto, respetarán las reglas de juego y, a diferencia de los moderados, gobernarán sin suspender el Congreso. Desde luego, se verán beneficiados por una fase de crecimiento económico. Se trata de una verdadera época de los negocios , caracterizada por la continua expansión del ferrocarril, de las obras públicas, de las áreas cultivadas, de minas, bancos y textiles catalanes. En
56 pocos años salieron a la venta gran cantidad de bienes desamortizados (pues se restableció la Ley Madoz) y se liberalizó el mercado de la propiedad (Ley Hipotecaria, 1858; Ley de Minas, 1859). Pero no desaparecen las agitaciones sociales, sobre todo en el campo, como la “revolución de Loja”. El relativo dinamismo económico, permitió emprender una política internacional de prestigio . Se resucitan sueños de grandeza imperial y España se lanza, de la mano de Napoleón III, a buscar mercados y zonas de influencia para dar salida al excedente de mano de obra y afirmar posición española en el mundo (a modo de una especie de empresa nacional) con resultados, no obstante, dudosos, pues son acciones ocasionales e improvisadas y de escasos resultados económicos. Destacan la expedición a Cochinchina (agosto de 1858), que no pasó de una escaramuza sin sentido; la guerra de África (1859­60), dirigida por O´Donnell y Prim, que desembocó en ciertas concesiones territoriales a España (como Ifni, pero no Tánger), garantías sobre Ceuta, Melilla y tratamiento de nación más favorecida; la incorporación efímera (desde 1861 a 1864) a España de Santo Domingo (1861­64), a iniciativa del gobierno dominicano; y la expedición a Méjico (1862), dirigida por Prim, y que acabó siendo un fiasco para España. Las principales causas de la caída del gobierno de la Unión Liberal hay que buscarlas, según FUSI, en el propio eclecticismo ideológico del partido y la frágil unidad interna, que no pudo superar el desgaste tras cinco años de gobierno y las arbitrariedades de la Corona c) La crisis del sistema A partir de 1863 volverán a ser los moderados quienes monopolicen básicamente los últimos gobiernos isabelinos (salvo en el bienio 1865­66). La Reina seguirá siendo el principal obstáculo para el desenvolvimiento constitucional normal. No obstante, buena parte de la legislación modernizadora del bienio progresista (como la desamortización o el ferrocarril) se mantuvo, con leves modificaciones, en estos años. Entre 1863 y 1865 se sucederán varios gabinetes moderados, presididos por Miraflores, Arrazola, Mon, Narváez. Serán los incidentes de la noche de San Daniel (10­4­1865) los que provoquen la caída de Narváez y el regreso de O´Donnell. Empieza así la última etapa de gobierno unionista (1865­66) que no sólo no logrará atraerse a los progresistas, sino que irá quedando progresivamente al margen del sistema. Serán ya años difíciles, pues entre 1865 a 1868, la crisis económica se sumará al colapso político. Y el malestar generalizado favoreció las diferencias políticas y creó una vinculación entre burguesía y clases populares. La crisis económica tuvo una triple base, financiera, textil y de subsistencias. La quiebra financiera se inició en 1866 debido a la crisis en las inversiones del ferrocarril, en especial, que acabó desilusionando a algunos políticos y a los hombres de negocios, que se irán alejando del régimen establecido. En esta coyuntura, el hambre de algodón provocado por la Guerra de Secesión (1861­65) en Estados Unidos vino a agravar la situación, pues el encarecimiento de las materias primas condujo a la crisis de las fábricas textiles. Por último, entre 1867 y 1868, la crisis de subsistencias, ante la caída de la producción agrícola (y
57 fundamentalmente de cereales) provocó una subida brutal de los precios del trigo que, sumado al incremento de la presión fiscal (simbolizada en los odiados consumos) se tradujo en una creciente hostilidad popular al régimen manifestada a través de motines y algaradas. Como dice Nicolás SÁNCHEZ ALBORNOZ, aunque la crisis de subsistencias no causó la revolución, sirvió para nutrir un clima donde pudo estallar y ganar aceptación como demuestra la sensación de alivio con la que se recibió la caída de Borbones. La crisis económica coincidirá con un clima de descomposición política e institucional. Desde 1866, los gobiernos moderados darán nuevas muestras de autoritarismo. Las Cortes dejaron de funcionar como verdadero y legítimo órgano depositario de la soberanía nacional (aunque fuese censitaria) y el decreto­ley se impondrá como norma para legislar. La desaparición de Narváez (que gobernó desde 1866 hasta su muerte en abril de 1868) se vino a sumar a la de O’Donnell, muerto en noviembre de 1867, con lo que desaparecían los dos apoyos más firmes. A Narváez lo sucedió González Bravo, cerrando el círculo del período isabelino pues fue el primer y, prácticamente, el último presidente de Isabel II. Mientras González Bravo llegaba a pensar en ejercer una dictadura apoyada por el ejército, la oposición se organizaba y sentaba las bases para la revolución. La política moderada acabó forzando alianzas opuestas al sistema empujando a la revolución como respuesta al autoritarismo y a desnaturalización del sistema liberal. Los progresistas, que se habían abstenido de participar en la política nacional debido al control caciquil de los procesos electorales, se radicalizaban ahora y unían sus fuerzas a los demócratas (un partido de amplio y coherente programa) para poner fin al reinado isabelino. Por otra parte, tras el destierro de los presidentes del Congreso y del Senado en diciembre de 1866 (Ríos Rosas y Serrano) y la muerte de O’Donnell, la mayoría de generales unionistas (Serrano, Dulce, Zavala, Echagüe) se enfrentaron al gobierno de González Bravo y acabaron uniéndose a los conspiradores. Tras fracasar varios pronunciamientos militares en los primeros meses de 1866, en el verano de ese año se reunían en una ciudad belga los partidos desfavorecidos por el régimen. El P acto de Ostende reunió a los progresistas de Prim y a los demócratas para sentar las bases de la revolución. Más tarde se unieron los unionistas. Los firmantes estaban muy distantes entre sí pero eran conscientes de la necesidad de colaborar pues el régimen no podía ser derrocado sólo por un puñado de soldados. El apoyo del ejército estaba garantizado pues el general Prim, pieza clave de la conspiración contra la reina, estaba presente en ese acuerdo. El programa acordado se basaba en la supresión del régimen isabelino, un Gobierno Provisional y unas Cortes Constituyentes. La ocasión se produjo en septiembre de 1868, aprovechando el desgaste moderado, la oposición creciente a la “camarilla de la reina” y el descontento popular. El ejército volverá a ser de nuevo el instrumento del cambio político. Bajo el lema ¡Viva España con honra; abajo los Borbones! (pronunciado por el almirante Topete el 17 de septiembre de 1868) se inició la revolución y esta vez llevó al cambio de dinastía.
58 2.5. LAS TRANSFORM ACI ONES ECONÓM I CAS Y LOS CONTORNOS DE LA SOCI EDAD LI BERAL a) ¿Fracaso o atraso industrializador? La publicación hace tres décadas del libro titulado El fracaso de la revolución industrial en España supuso un verdadero éxito de ventas para su autor, Jordi Nadal, que sacó varias reediciones en los años siguientes. Venía a reafirmar la tesis tradicional de excepcionalidad española también en el ámbito económico. Sin embargo, los estudios de Prados de la Escosura vinieron a matizar la idea de “fracaso” y sustituirla por la de “atraso”. De esta manera, la industria española decimonónica, por ser raquítica y anticuada, quedaría en una situación de atraso porque fue incapaz de insertar la economía española en la mundial de una forma no dependiente. Y, por ello, la economía española permaneció mayoritariamente agraria hasta bien entrado el S. XX. Ahora bien, eso no significa que el estancamiento fuera total, pues hubo una incipiente industrialización en algunas regiones, como Cataluña (textil algodonera), Andalucía (altos hornos en Málaga, aunque utilizaban carbón vegetal) y Asturias y el País Vasco (empresas mineras y siderúrgicas desde la época isabelina). Por tanto, habría que hablar de un proceso de industrialización español con características propias (mayor importancia de la industria alimentaria) y de manera más tardía. Y, España, como Italia o Portugal, quedaría entre un grupo de “rezagados europeos”. A lo largo del s. XIX, se distinguen varias fases en el desarrollo económico español: 1) desde 1800 hasta 1840 (final de I Guerra Carlista), la economía permaneció virtualmente estancada; 2) en los decenios centrales del siglo (entre 1840­1860), hubo una lenta recuperación; 3) y en las últimas cuatro décadas (1860­1900) se aprecia un proceso de progresivo crecimiento que gana velocidad al aproximarse el s. XX. b) Los factores del atraso de la industrialización Varios son los factores del atraso industrial. En primer lugar, los relacionados con el transporte, debido a los condicionantes geográficos, en general, y orográficos, en particular. El programa de construcción de carreteras a partir de 1840 resultó insuficiente y la construcción de red ferroviaria, (con mayor incidencia en la transformación del transporte terrestre que las carreteras) tuvo una serie de deficiencias que más adelante se detallarán. En segundo término, habría que mencionar los recursos mineros y energéticos. Durante la mayor parte del XIX, la explotación de las riquezas mineras españolas permanecieron poco explotadas y, por consiguiente, contribuyeron poco al desarrollo del país; de igual manera, la escasez de recursos energéticos resultó ser un obstáculo para el crecimiento. En tercer lugar, habría que situar el atraso del sistema bancario y, con él, la falta de una financiación suficiente. A estos factores habría que añadir, en cuarto lugar, el factor empresarial, relacionado con la debilidad del espíritu de empresa español; en este sentido los empresarios españoles estaban más atentos a reclamar medidas proteccionistas y a manipular el
59 mercado para obtener pingües ganancias que a aumentar su competitividad y actuar con una visión a largo plazo. También hay que considerar, en quinto lugar, el factor estatal, debido al déficit crónico del Estado, que utilizó el proteccionismo también como instrumento fiscal (recaudador). Y, en definitiva, hubo desconexión entre los distintos sectores. c) La apertura capitalista y sus características Será con la implantación del nuevo Estado liberal cuando se emprenda la modernización de la economía y la apertura capitalista. La economía española parecía entrar en el camino de la prosperidad conforme aparecían nuevos bancos y empresas ferroviarias y la industria textil catalana experimentaba un cierto auge. Sin embargo, tanto la apuesta privada (de empresarios catalanes, en especial) como la pública (sobre todo por parte del partido progresista, primero en el bienio 1854­56 y luego durante el Sexenio) para fomentar una base industrial quedaron malogrados por los factores antes referidos. La industria textil se consolidó en torno a Barcelona tras la primera guerra carlista y, aunque a la zaga de la británica, creció su producción y mecanización hasta la década de los cincuenta. Pero la guerra de Secesión americana y la escasa demanda interna impidieron un mayor desarrollo. La industria siderúrgica y la minería del carbón en Asturias y Euskadi recibieron una importante inyección de capitales ingleses, franceses y españoles durante la época isabelina, produciéndose un proceso de cambio en la localización de la siderurgia en España. Así, la hegemonía siderúrgica andaluza (que utilizaba carbón vegetal, escaso y menos rentable) empezó a declinar en torno a 1860 conforme se impuso la “localización racional” asturiana (con cuencas de carbón mineral) y vasca (con abundante mineral de hierro, que exportaba a G. Bretaña para importar coque británico). Mención aparte merece el ferrocarril. Puede decirse que la construcción de red ferroviaria no sólo fue tardía (dos décadas de retraso respecto a G. Bretaña) sino que no contribuyó tan decisivamente como en otros países al desarrollo industrial por varios motivos. En primer lugar, porque fue utilizado como instrumento de especulación y de trampolín para la vida política, sacrificándose la planificación racional en aras de la rapidez y el beneficio. Y, además tuvo, deficiencias de financiación y de infraestructura, adoptando un ancho de vía distinto (1.660 m.m., frente a los 1.435 m.mm. europeos), lo que resultó un error; resulta poco convincente el argumento de que obedecía a una forma de protección frente a una posible invasión francesa; se han apuntado también argumentos más técnicos relacionados con las fuertes pendientes de los trazados en España (que exigirían que las locomotoras, para aumentar su potencia, tuviesen un cajón de fuego más amplio que el resto de las europeas, lo que obligaría a ensanchar el conjunto mecánico y, por tanto, la vía). Los gobiernos moderados impulsaron una generosa legislación de concesiones provisionales a aquellos solicitantes de “conocido arraigo” y que tuvieran la “estima” del gobierno, que fomentó el favoritismo y la corrupción (que provocó, entre otras razones, la caída del gobierno Sartorius). La primera línea ferroviaria en España (Barcelona­M ataró) data de 1848, de unos 29 km, que fue inaugurada el 28 de octubre de ese
60 año. Un año después la reina Isabel II inauguraba la línea Madrid­Aranjuez, promoción del marqués de Salamanca (un banquero especulador al que se le había concedido esta línea por orden de 31­12­1844), tramo que suponía los primeros 45 km de la concesión de la línea Madrid­Alicante. El ferrocarril siguió extendiéndose en España de forma que en menos de dos décadas estaban concedidas, y varias en explotación, la mayoría de las líneas fundamentales de la red española. Una ordenación adecuada no se alcanzó hasta la ley general de ferrocarriles de 1855 (que posiblilitó la formación de sociedades anónimas, el pago de subvenciones estatales y la garantía de inversiones frente a riesgos así como la desgravación de la importación de material). Entre 1855 y 1866, la construcción de nuevas líneas dió un salto espectacular, y la red española pasó de un total de 305 km a cerca de 5.000 km. Pero el decenio posterior a 1866 fue dramático por problemas financieros. Su construcción no se reanudará hasta el último cuarto de siglo, mediante la concentración, fortaleciéndose las grandes compañías (en especial la MZA y la Norte) en detrimento de las débiles. Se apreciará también una fase expansiva de la agricultura entre 1830 y 1880, cuyas causas se relacionan con el incremento demográfico, la creciente integración del mercado interior y una mayor demanda externa. Las consecuencias serán la expansión de sectores como la patata, el maíz, el aceite y la vid. No obstante, la expansión fue desigual a nivel regional y no conllevó transformaciones técnicas de consideración. Además, tanto el sector forestal como el ganadero se verán perjudicados en esta etapa. c) Los cambios sociales: nueva oligarquía, crecimiento urbano, clientelismo y miseria de la sociedad campesina En las primeras décadas del XIX fueron desapareciendo las diferencias estamentales, sustituidas las por nuevas bases para el desarrollo de la sociedad clasista, a saber: la igualdad jurídica entre todos los individuos y una nueva diferenciación social entre las clases derivadas de la desigualdad económica y no de los privilegios. Este cúmulo de transformaciones dio paso a una sociedad abierta, de mayor movilidad social; las posibilidades de promoción quedaban abiertas a todos (en teoría) si poseían recursos económicos o conocimientos necesarios para acceder a los altos cargos administrativos o militares. La I glesia y el estamento eclesiástico fueron los principales perjudicados, pues perdió su patrimonio, su sistema fiscal y sus facultades jurisdiccionales y se redujeron notablemente sus efectivos. Habrá que esperar a la Restauración para que consiga recuperar la mayor parte del papel perdido. Por su parte, la nobleza no fue expropiada y se adaptó sin dificultad a la nueva situación, diluyéndose en el nuevo bloque de poder oligárquico. Aunque perdió sus atributos señoriales, no sólo conservó sino que, incluso, consiguió incrementar sus tierras y siguió teniendo una participación privilegiada en la vida política. Los grandes favorecidos (por la eliminación de las trabas para su enriquecimiento) fueron los propietarios rurales o urbanos, la naciente burguesía. Los grandes perjudicados fueron la mayoría de los campesinos y los trabajadores de las ciudades, debido a la aparición de
61 nuevas formas de propiedad y nuevos tipos de propietarios, no limitados por las trabas de carácter paternalista del Antiguo Régimen. Hay, por tanto, una simbiosis activa entre la nobleza y la alta burguesía tras el desmantelamiento del Antiguo Régimen, que ha mantenido un debate tradicional en la historiografía española, entre aquellos que se han centrado más en el aburguesamiento del estamento nobiliario (“integración” en la sociedad burguesa para formar junto a otros grupos sociales una nueva clase de propietarios de la tierra, dentro de la cual la posesión de títulos sólo es un motivo de prestigio social) y quienes han insistido más en la tendencia al ennoblecimiento burgués (la burguesía se integró, por su notoria debilidad, en las filas nobiliarias con la obtención de títulos y una endogamia creciente, de manera que no llegó a alterar la “hegemonía de la nobleza” hasta la II República); de acuerdo con esta última interpretación, la sociedad española del XIX sería formal y predominantemente clasista, pero con una amplia gama de elementos incorporados procedentes de una sociedad estamental. En relación al debate anterior, nos aparece de nuevo la dificultad para precisar la composición y el perfil socioeconómico de la alta burguesía. Convendría incluir aquí no sólo a los empresarios del comercio y la industria, sino también a financieros y contratistas del Estado. Frente a la debilidad de principios del XIX (sólo merece la pena destacar los núcleos de burguesía industrial en Cataluña y de burguesía mercantil, en especial, en algunas ciudades del litoral andaluz), en las décadas centrales del XIX se constituyó una burguesía de los negocios y contratistas del Estado (inversiones en tierras, construcción, ferrocarriles, finanzas) que levantaron unos patrimonios que superaban en los años setenta los de destacados nobles. La imagen de la prosperidad de la época isabelina y de ennoblecimiento burgués la daban banqueros y empresarios, altos cargos del ejército, la política y la administración, propietarios y profesionales de éxito que retrataban los pintores de moda, como Federico Madrazo. Un ejemplo al respecto es José de Salamanca que, tras salir de su Málaga natal buscando nuevos horizontes se convirtió en un importante hombre de la política y los negocios y para redondear su ascenso social, compró el título nobiliario de marqués de Salamanca. Tras ser serle concedida la línea Madrid­Zaragoza­Alicante en 1844, fue nombrado ministro de Hacienda en el Gabinete Pacheco (1847) y poco después tuvo que huir a Francia acusado de corrupción, de donde regresó en 1849. Desde entonces dejó de participar en la política activa para dedicarse por entero a sus asuntos financieros y empresariales que, en definitiva, son los que lo convirtieron en un personaje histórico y que se ennobleciera. En los inicios del capitalismo salvaje, este revolucionario venido a menos se movió con extraordinaria soltura. Como empresario sus negocios principales fueron los relacionados con los ferrocarriles (línea MZA) y la construcción. A él se debe el nombre del barrio de Salamanca de Madrid. Aunque hizo inmensos negocios, a la vez también se arruinó en más de una ocasión. En la banca no fue muy afortunado; en enero de 1844 participó en la creación del Banco de Isabel II cuya situación fue de mal en peor hasta producirse su desaparición. Acabó sus días arruinado.
62 Claro que la mayor parte de la burguesía no se incluía en esta oligarquía dominante. Había una burguesía media, formada propietarios de empresas familiares (poco numerosos salvo en Cataluña) y una pequeña burguesía tradicional, compuesta básicamente por artesanos y dueños de pequeños talleres y comercios. El peso de esta pequeña burguesía era aún en estos años importante en relación al aún naciente proletariado urbano, cuyo crecimiento era lento y con diferencias regionales. Pese al relativo crecimiento urbano decimonónico, la mayoría de la población española siguió siendo rural en el XIX. En este ámbito, la diferencia fundamental era la que separaba a propietarios y no propietarios de tierras, aunque seguía existiendo una capa intermedia de arrendatarios. Pero las diferencias entre los propietarios eran grandes, pues a un Norte de numerosos pequeños propietarios y arrendatarios se contraponía un Sur dominado por la gran propiedad (en poder de una oligarquía agraria muchas veces absentista). Con los procesos desamortizadores y el paso del tiempo la desigualdad no sólo no se atenuó sino que, incluso, se agrandó, lo que incidió en el arranque del caciquismo, fenómeno que refleja las relaciones sociales de una España rural (donde la estructura agraria estaba polarizada entre los grandes latifundios y la pequeña propiedad) y que supone el dominio de la oligarquía agraria sobre la población campesina. Los más perjudicados por los cambios sociales decimonónicos serán, junto al proletariado urbano, los campesinos, los jornaleros y los artesanos, desposeídos de fórmulas de protección (bienes comunales o estructuras gremiales), que comenzaban a sufrir las consecuencias negativas de unas nuevas relaciones de producción basadas en la explotación por los todopoderosos propietarios agrícolas o industriales. Esto se traducirá en conflictividad social tanto en el campo como en las ciudades. En el mundo urbano, las luchas sociales protagonizadas por los sectores populares (tanto pequeño­burgueses como obreros) adquieren diversas modalidades. Por un lado, continúan existiendo, como en el Antiguo Régimen, repetidos motines de subsistencia (de hambre) durante la primera mitad del XIX, como protesta ante los acaparadores. También se detectan conflictos políticos que, tras establecerse el sistema constitucional en 1837, son protagonizados por los sectores marginados, que actuarán mediante revueltas callejeras espontáneas en apoyo a pronunciamientos militares (en 1854 y 1868) o que derivarán en 1873 hacia un republicanismo popular, pero que, en cualquier caso, se trata de una participación popular poco estructurada hasta el fin del Sexenio. Por último, también las ciudades serán escenario de una creciente conflictividad laboral (más intensa en Cataluña) desde los años cuarenta y cincuenta (en especial, destaca la huelga de 1855, reprimida por los progresistas quienes, paradójicamente habían autorizado un año antes las asociaciones obreras ilegalizadas por los moderados) y que incrementará su tono durante el Sexenio (y, sobre todo, entre los años 1872 y 1873) conforme el movimiento obrero deje su anterior vinculación al republicanismo democrático y se consolide impregnándose de las doctrinas internacionalistas.
63 Si en la primera mitad del siglo, el malestar campesino se había traducido en protestas contra la pervivencia de cargas señoriales, primero, y contra la reforma agraria liberal, después (encauzado con al apoyo al carlismo), será en la segunda mitad del XIX cuando el descontento campesino se generalice, pues la situación de los jornaleros empeoró tras la venta de propios de desamortización de Madoz. En definitiva, estamos en presencia de una sociedad clasista piramidal, marcada por profundas desigualdades sociales (procedentes de la propiedad de los medios de producción) y de distintos niveles de participación política ya que, a través del sufragio censitario, se margina políticamente a buena parte de la población. Los resultados de este proceso serán, por un lado, el caciquismo y la aparición de una oligarquía agraria que falsificó muchos de los principios liberales. Y, por otro, fenómenos de conflictividad social. d) El sistema educativo El Estado liberal tendrá que asumir, pese a su pretendida inhibición teórica, determinados servicios públicos como la promoción de obras públicas, la asistencia social o la educación. El sistema educativo liberal se apoyará en dos grandes reformas (1845 y 1857) que respondían a la utilidad que tenía para el buen funcionamiento del aparato estatal y del sistema económico. Por otra parte, el proceso de nacionalización de los ciudadanos, paralelo a la construcción estatal, conllevaba en España (como en otros Estados­nación) el uso de la educación como instrumento para enseñar una historia nacional (la “gestión de la memoria”, parafraseando a PÉREZ GARZÓN) y una lengua común (el castellano) que se impusiera como idioma oficial más allá de cualquier particularismo lingüístico regional. También conviene advertir que el triunfo de los moderados otorgó una importancia creciente a las enseñanzas de carácter religioso. La reforma educativa de P . J. P idal (17­9­1845) reglamentaba y colocaba la enseñanza bajo el control estatal, poniendo en marcha un verdadero sistema nacional de educación secundaria y universitaria. Fijaba en diez el número de universidades, regularizaba los cuerpos docentes y creaba los institutos, las escuelas especiales (ingeniería, arquitectura, etc) y las Escuelas Normales de Magisterio (que luego completaría Moyano en 1857). La siguiente reforma (ley Moyano, de 9­9­1857) fue de aún más calado y su vigencia se prolongó durante mucho tiempo después. Aunque confirmaba la dirección estatal y secular de la enseñanza, establecía el derecho de los obispos a velar por la ortodoxia de la doctrina. Las escuelas quedaban bajo responsabilidad de los ayuntamientos, los institutos bajo la de las diputaciones y la universidad dependía del Estado. Establecía, por consiguiente, una organización rígidamente jerarquizada en la que cada una de las sucesivas autoridades (director general, rector, gobernador civil, alcalde) era asesorada por el correspondiente consejo (consejo de instrucción pública, consejo universitario, junta provincial de instrucción pública y junta local de primera enseñanza, respectivamente) y distinguía dos niveles, al poner la primera y segunda enseñanza bajo control de los alcaldes y gobernadores civiles. Pero de la ley a la práctica había un abismo, pues el mayor
64 problema era la falta de medios económicos y la principal víctima, en este sentido, será la enseñanza primaria. Su aplicación tuvo una eficacia limitada en la base porque el analfabetismo siguió siendo una característica dominante de la población española, entre otras cosas porque los gastos de enseñanza (incluida la retribución del maestro) corrían a cargo del presupuesto de los municipios (sin que se previesen en el presupuesto Estatal más que un millón de reales anuales para atender a los pueblos sin recursos suficientes). No puede extrañar que el nivel de enseñanza no rebasara en la inmensa mayoría de los casos la primaria elemental, lo que provocaba un estrangulamiento brutal a partir de la primaria superior y aún mayor en la segunda enseñanza. e) La contraposición de modelos de administración local La racionalización administrativa vino a ser, junto a la división de poderes, uno de los pilares en que se apoyó la revolución liberal. Debían desaparecer los regímenes especiales y aplicar un uniformismo administrativo (que continuaba la labor del reformismo ilustrado) que, también en este ámbito, suponía una continuación institucional de la eliminación de las diferencias jurídicas personales. Ahora bien, Basada en el encuadre de las instituciones locales (municipios y provincias) en el régimen administrativo general de manera jerarquizada, el modelo constitucional nacido de la constitución de Cádiz establecía dos órganos de representación local: el ayuntamiento (para los municipios), a cuyo frente estaría el alcalde; y la diputación provincial (para las provincias), a cuyo frente estaría el jefe político. Ambos órganos estarían articulados jerárquicamente, pues aunque el alcalde tenía carácter electivo, dependía del jefe político y, por tanto, era derivación del poder central. El modelo moderado vino a corregir, desde los años cuarenta, el modelo constitucional en un sentido aún más centralista y anuló los aspectos más democratizadores y participativos del anterior (al suprimir la elección de los alcaldes, que serán designados directamente por la Corona o por el jefe político o los gobernadores). Paradójicamente, pese a su aparente incompatibilidad con un régimen liberal y fruto de la transacción que supuso el final de la guerra carlista, persistieron las diputaciones forales vasco­navarras hasta 1876. Frente al anterior, el modelo progresista (puesto en marcha en el bienio progresista y, sobre todo, durante el Sexenio Revolucionario) supuso un intento por aflojar la tensión centralista, ampliando las competencias de la administración local (y, sobre todo, la provincial), y aportar una descentralización más administrativa que política. Pero sólo la efímera experiencia federalista de la I República vino a ser una alternativa diferenciadora del Estado centralista y uniformista. 2.6. SI GNI FI CACI ÓN DEL REVOLUCI ONARI O SEXENI O DEMOCRÁTI CO O El Sexenio representa el afán de cierta burguesía radical para democratizar el sistema liberal. La revolución significaba la posibilidad pasar de un régimen liberal (basado en una monarquía constitucional y un sufragio restringido) a uno democrático, pero acabó frustrándose. En puridad, no habría que hablar tanto de revolución como de “revoluciones”
65 distintas. La que triunfó no fue propiamente ni tan revolucionaria ni tan democrática, pues no persiguió la revolución social. Se limitó a un programa de gobierno sin atacar los problemas socioeconómicos de fondo. La revolución llevó al poder a un conglomerado heterogéneo de fuerzas políticas unidas por la hostilidad a la monarquía borbónica y la defensa de un ideal político formalmente democrático. LAS FUERZAS P OLÍ TI CAS EN EL SEXENI O REVOLUCI ONARI O Extr. I zquierda Movimiento obrero I zquierda Republicanos Centro­izquierda Demócratas Centro Derecha Extr. Derecha Progresistas Unión Liberal Carlistas P rogresistas.
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Posición política: Centro
Líder: General Juan Prim.
Apoyos: Burguesía urbana. Junto con los demócratas, son una de las pricipales fuerzas qu
actúan en la Revolución de 1868. Acaudillados por el Gral. Prim, so
una mezcla de todos los liberales que actúan guiados por e
pragmatismo más que por una ideología, de la que en realida
carecen. Profundamente desunidos, sólo Prim aglutina el partido. Unión Liberal.
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Posición política: Derecha oligárquica.
Líder: Leopoldo O’Donnell
Apoyos: Oligarquía terrateniente y colonial. Negreros. Poder económico tradicional. Iglesia. Se acabaron inclinando a la conspiración tras ser desterrados lo
presidentes del Congreso y Senado (Ríos Rosas y Serrano) en dic
de 1866 (que querían reabrir las Cortes) y en jul. de 1868 a vario
generales del partido (Serrano, Dulce, Zavala, Echagüe, etc.)
Intentan evitar todo tipo de reformas y apoyan cualquier solució
monárquica continuista, por lo que tras la Gloriosa apoyan a Prim posteriormente, a Serrano P artido Demócrata.
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Posición política: Centro­izquierda
Líder: Grupo de intelectuales.
Apoyos: Pequeña Burguesía. (Obreros, Campesinos). ·
Posición política: Izquierda moderada.
Líderes: Emilio Castelar, Pi y Margall.
Apoyos: Pequeña Burguesía. Obreros. Campesinos. Hasta la aparición del partido Republicano y de un movimient
obrero fuerte, fueron la tendencia izquierdista y hasta radical de l
política española. Reivindicaban la abolición de las quintas, e
sufragio universal, libertades de expresión, prensa, asociación
reunión y culto; el juicio por jurado, la elección democrática de lo
cargos municipales. Eran partidarios de la soberanía nacional y e
parlamento unicameral. Fueron una de las fuerzas principales de l
revolución de 1868. P artido Republicano.
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Dividido entre republicanos unionistas y federales. Su
planteamientos ideológicos son similares a los del P. Demócrata
Además abogan por el fin de la Monarquía y la instauración de un
República Española. Los Republicanos Federales pretenden crea
una República formada por diecisiete Estados (incluyen Cuba y P
Rico) más varios territorios de Ultramar. M ovimiento obrero (Federación Regional Española de la I Internacional).
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Posición política: Izquierda radical.
Líderes: Varios.
Apoyos: Obreros. Campesinos. El movimiento obrero surge a partir de 1846 y pronto se afiliará a l
Internacional. La división de ésta entre marxistas y bakuninistas s
reflejará en España en la creación de dos tendencias distintas: e
socialismo y el anarquismo (1872). Sólo en 1879 se creará e
Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y en 1882 la Unió
General de Trabajadores (UGT), liderados por Pablo Iglesias, qu
posteriormente llegarían a tener gran influencia. Los anarquistas n
crearán una estructura estable en forma de partido ni de sindicat
hasta 1910 (Confederación Nacional del Trabajo, CNT) Carlistas.
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Posición política: Extrema derecha. Permanecerán en una estrategia legalista, de participación
66 ·
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Líder: "Rey" Carlos VII
Apoyos: Oligarquía terrateniente. Iglesia. Campesinado rico de Navarra, País Vasco, Galicia, partes de Cataluña, Valencia y Castilla. electoral hasta agosto de 1872, en que vuelven a empuña
las armas y enfrentarse abiertamente a la monarquí
democrática, primero, y a la I República, después Aunque la experiencia resultó frustrante (por no poder consolidar este proyecto democratizador) fue trascendente, al permitir salir a la luz una serie de tensiones políticas y sociales, nuevas (regionalismos, anarquismo) y viejas (carlismo), gracias al clima de libertades públicas (asociación, reunión, imprenta, expresión) que propició. En realidad, se puede hablar de un auténtico frenesí electoral (nacionales en 1869, 1871, abril de 1872, agosto de 1872 y 1873; también provinciales y locales) mediante sufragio universal masculino; aunque esto suponía un hecho revolucionario, su frecuencia provocó hastío en el electorado. Es interesante resaltar las interacciones del Risorgimento con la España del Sexenio, estudiadas por Isabel M. PASCUAL. Si hasta 1848 era la España constitucional la que aportaba un modelo a seguir a los liberales italianos, a partir de 1860 el proceso es al contrario. Así, cuando en España se buscaba una alternativa al régimen isabelino, los distintos grupos políticos volvieron la vista a Italia buscando varios modelos: los progresistas colaboraron con la destra storica y admiraban la dinastía de Saboya (por eso elegirán a Amadeo como rey para España); los demócratas fomentaron vínculos con el partido de Acción y la izquierda fuera del régimen; el ideario mazziniano influyó en los republicanos federales (y su federación de los pueblos libres de Europa); incluso los carlistas colaboraron con los legitimistas italianos y miraban al magisterio papal (encíclicas Quanta Cura y el Syllabus errorum). Estos seis años se inician y concluyen con sendos alzamientos militares. Entre ambos aparecen varias fases: a) Gobierno Provisional y Regencia de Serrano (oct. 1868­dic. 1870); b) Monarquía democrática de Amadeo I de Saboya (hasta feb. 1873); c) I República (1873) federal, que termina con el golpe de Pavía; d) régimen de interinidad o República autoritaria de Serrano hasta el golpe de Martínez Campos. 2.7. DE LA REVOLUCI ÓN A LA REGENCI A DE SERRANO (1868­70) a) El Alzamiento (17 sept. 1868): “La Gloriosa” Siguió el esquema clásico (sublevación militar y formación de Juntas Revolucionarias), aunque los elementos diferenciadores fueron tanto la trama política que lo alentó como el apoyo popular que tuvo inmediatamente. Por tanto, se trata de un proceso revolucionario alejado del modelo estrictamente militarista. El levantamiento militar del 19 de septiembre de 1868 fue protagonizado por los generales Prim, Serrano, Dulce y el almirante Topete.
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Iniciado en Cádiz, se extendió rápidamente por Andalucía y otras ciudades peninsulares hasta que las tropas gubernamentales (comandadas por Pavía) fueron derrotadas por las de Serrano en la batalla de Alcolea del Pinar (Córdoba, el 28 de septiembre), que decidió el triunfo de la revolución. La reina (que veraneaba en San Sebastián) salió del país camino del exilio en Francia. La sublevación se acompañó de la formación de J untas Revolucionarias (entroncando así con la trayectoria juntista decimonónica) y el resurgimiento de la Milicia Nacional (denominada ahora Voluntarios de la Libertad) para defender la revolución. Tuvo un amplio apoyo social, uniendo sus fuerzas la burguesía acomodada (opción monárquico­radical) a las sectores que padecieron más las consecuencias de las duras condiciones de vida, como las clases populares urbanas, la pequeña burguesía y el campesinado (opción democrático­republicana). La Gloriosa Revolución proclamó todos los principios fundamentales de la democracia, fue bien recibida, en principio, por los gobiernos de las principales potencias y revitalizó la vida intelectual del país. Sin embargo, topó con numerosos problemas. El principal problema fue de tipo político, de legitimidad, por la falta de consenso. Por otro lado, nació condicionada por la sublevación independentista cubana y las expectativas generadas se fueron desvaneciendo conforme surgieron nuevos conflictos (segunda guerra carlista y agitación cantonal). Por último, tampoco el contexto internacional (marcado por el final del II Imperio, la culminación de las unificaciones italiana y alemana y la represión de la Comuna de París) ayudó a consolidar un régimen que pretendía profundizar en las reformas democráticas. b) El Gobierno P rovisional de Serrano (oct. 1868­jun. 1869) Presidido por Serrano y formado sólo por unionistas y progresistas (quedaron fuera los demócratas), la finalidad de este Gobierno Provisional era estabilizar la situación y construir el primer régimen democrático en España. Quedaba aplazada la cuestión de la forma del nuevo régimen hasta las próximas elecciones. Como primeros pasos, los poco radicales Serrano y Prim (ministro de Guerra) se apresuraron a desarmar a los Voluntarios de la Libertad y a disolver las Juntas Revolucionarias, cuyos programas (en algunos casos con un lenguaje más radical) reivindicaban derechos políticos (cortes constituyentes, sufragio universal, libertades de asociación, reunión, imprenta, religiosa y de enseñanza) y sociales (supresión de quintas y de pena de muerte, así como de impuestos de puertas y consumos) e, incluso, la supresión de la Guardia Civil y del Ejército. El Gobierno Provisional dio satisfacción a los derechos políticos reclamados por las ya disueltas Juntas, pero pospuso las reivindicaciones sociales y militares, En las elecciones a Cortes Constituyentes triunfó la coalición de centro formada por progresistas, unionistas y demócratas, que eran partidarios de una monarquía democrática, quedando en minoría tanto las derechas (isabelinos y carlistas) como la izquierda (republicanos federales). Elegidas por primera vez por sufragio universal (por los varones mayores
68 de 25 años), se optó por el distrito uniprovincial (principio progresista) y vinieron a suponer una especie de plebiscito sobre el sistema de gobierno. Aunque la implicación gubernamental en la campaña se hizo notar, hubo, en general, limpieza en el proceso electoral. Las Nuevas Cortes (reunidas por vez primera el 11 de febrero de 1869) emprendieron una tarea legislativa progresista (libertad de prensa y de asociación), una legislación económica librecambista y una racionalización del sistema monetario (con la peseta como moneda nacional). Como constituyentes que eran, la labor fundamental de las nuevas Cortes fue la elaboración y aprobación de la constitución de 1869 (aprobada el 1 junio), que apostaba por una monarquía parlamentaria y democrática, recogía una amplísima declaración de derechos individuales, confirmaba el sufragio universal masculino (conquistado en jornadas revolucionarias), reconocía la libertad de cultos (aunque manteniendo el presupuesto estatal de culto y clero) y una clara separación de poderes. A diferencia de las constituciones precedentes, el centro del poder residía ahora en las Cortes (control del gobierno, iniciativa legislativa y nombramiento de su propia mesa), elegidas por sufragio universal directo (Congreso de los Diputados) o indirecto (Senado). En consecuencia, era un texto democrático y muy superior técnicamente a los anteriores. El sufragio universal y el derecho de asociación contribuyeron a la politización de los trabajadores, que dejaron su subordinación a progresistas o republicanos. Pero la constitución satisfizo a pocos, pues pareció muy avanzada para los católicos y poco avanzada para los republicanos (por ser monárquica). c) Regencia de Serrano (jun. 1869­fines 1870) Tras aprobar Constitución, Serrano fue elegido Regente (en espera de elegir la candidatura al trono más adecuada) y P rim de jefe de gobierno desde el 18 de junio de 1869. A la guerra de Cuba (que se arrastraba desde 1868) se añadieron otros graves problemas a la Regencia. Uno de los más importantes fue la búsqueda del candidato al trono, que devino en un problema internacional que prolongó la propia Regencia. Entre los distintos candidatos (Espartero, Fernando Coburgo, el duque de Montpensier, Leopoldo de Hohenzollern y Amadeo de Saboya) las Cortes acabaron eligiendo a éste último, apuesta personal de Prim, por exigua mayoría; en el camino se había abandonado la candidatura prusiana (Hohenzollern) ante las presiones de Luis Napoleón. No menos importante era dar satisfacción a las demandas populares (abolición de impuestos y quintas, demandas obreras y hambre de tierras de campesinos), pero la falta de respuestas provocó protestas sofocadas sangrientamente. Para solucionar los diversos problemas era imprescindible la unión de la coalición de fuerzas de la revolución (progresistas, unionistas y demócratas). Sin embargo, la elección de Amadeo resultó fatal porque provocó nuevas facturas en la coalición del 68, que acabó rompiéndose (sirvió para unir en torno a Prim la coalición progresista­derecha demócrata pero contrarió a los unionistas, mientras la izquierda demócrata optó por el republicanismo), mientras supuso un desafío a la Santa Sede, según FUSI. d) Las complicadas relaciones con la I glesia durante el Sexenio
69 Tras estallar la revolución, una parte del episcopado español mantuvo una inicial postura expectante. Pero tras los primeros decretos de algunas juntas pasó a mantener una postura más activa y militante; la Iglesia consideraba que la política religiosa revolucionaria conducía al indiferentismo religioso, al relativismo doctrinal y al laicismo. El conflicto Iglesia­Estado rebrotó cuando las Cortes plantearon la cuestión religiosa en los debates de la Constitución; los diputados eclesiásticos (como Antolín Monescillo) defendieron con ahínco y pasión la idea de unidad católica. Tras reconocer la libertad de cultos, la Constitución de 1869 rompió con la tradicional confesionalidad del Estado. Roma receló del gobierno revolucionario y apenas hubo diálogo, aunque no se rompieron las relaciones. Posteriormente, la iniciativa de la constitución republicana de separar Iglesia y Estado y la secularización total de la vida civil quedó en simple proyecto. 2.8. LA M ONARQUÍ A DEM OCRÁTI CA DE AMADEO I (1871­73) Y SUS OBSTÁCULOS Amadeo I fue el primer rey de España por designio del P arlamento (frente a los Borbones, apoyados en la tradición) iniciándose un reinado de dos años basado en una intachable actuación parlamentaria. Pero se enfrentó a multitud de problemas desde el principio que, a la postre, provocaron su abdicación en febrero de 1873. Precisamente, el mismo día que desembarcaba en Cartagena, el 30 de diciembre de 1870, moría P rim (a raíz de las heridas del atentado que sufrió tres días antes), quedándose sin su principal valedor. Por otra parte, no consiguió consolidar un sistema moderno de partidos, encontrándose con la oposición de muchas fuerzas y la división del bloque progresista­demócrata, lo que generó una gran inestabilidad política. A los problemas anteriores, se sumó un nuevo conflicto carlista desde mediados de 1872. Y, en definitiva, su mayor problema era el escaso apoyo popular. La oposición a Amadeo incluía muchas fuerzas, desde la derecha a la izquierda: a) alfonsinos, en torno a Cánovas, que aglutinaba la vieja nobleza hostil al rey extranjero y a la oligarguía de banqueros, industriales y terratenientes; b) carlistas, que tras participar en los procesos electorales al principio, se preparaban para volver a empuñar las armas; c) los republicanos federales, frustrados por una constitución monárquica y que promovían protestas; d) la I glesia, opuesta a una constitución no confesional y que arremetía contra el hijo de un monarca sacrílego (considerado usurpador de los Estados Pontificios); e) el movimiento obrero, influido por el anarquismo, no confiaba ni siquiera en el republicanismo y despreciaba el juego político. Por otro lado, el asesinato de Prim dejó a la monarquía amadeísta sin liderazgo y precipitó la escisión del bloque progresista­demócrata en dos partidos: Ø Constitucional (liderado por Sagasta, foto de la derecha), que quería tender puentes a los unionistas.
70 Ø Radical (liderado por Ruiz Zorrilla, foto de la izquierda), que representaba la izquierda del sistema Reestructuración izquierda y centro Bloque progresista­demócrata (progresistas y derecha de demócratas) (en torno a Prim: monarquía democrática) Radicales (Ruiz Zorrilla ) Buscan acercamiento a republicanos Republicanos e izquierda demócrata (oposición a monarquía democrática
Constitucionalistas (Sagasta) Buscan acercamiento a unionistas Para documentar la inestabilidad política valgan los siguientes datos: 6 gabinetes (destacan los presididos por Sagasta, Serrano o Ruiz Zorrilla) y 3 elecciones legislativas, reguladas por una nueva ley electoral que volvía a la idea moderada de división de provincias en múltiples distritos electorales, lo que posibilitó una mayor mayor manipulación gubernamental que los años anteriores (como en tiempos del moderado Sartorius o del unionista Posada Herrera). En marzo de 1871, el gobierno de Serrano consiguió la victoria a pesar de alianza opositora (republicanos, montpensierístas, moderados, absolutistas­carlistas); en abril de 1872 ganaron los conservadores o adictos (unionistas y constitucionales) frente a la Coalición Nacional (radicales de Ruiz Zorrilla, republicanos, moderados, grupo carlista favorable a lucha parlamentaria), pero fue una legislatura muy breve; en agosto 1872 hubo nuevos comicios, con menos corruptelas electorales, en las que los carlistas no participaron y en las que arrasaron los radicales, mientras los sagastinos retrocedían. Desde mayo de 1872, los carlistas creyeron había llegado su hora y reemprendieron la lucha armada. El nuevo pretendiente, Carlos VII, que había entrado en España por Vera de Bidasoa, dirigió las operaciones militares personalmente. Estableció una administración en Estella y dominó el espacio no urbano en Navarra y País Vasco. Partidas carlistas operaron también en Cataluña y el Maestrazgo. La rebelión empezó a tomar mayores proporciones en 1873 y continuará otros tres años más. Con todos estos problemas de base, varios fueron los disparadores de su caída. En primer lugar, la negativa de Amadeo a emprender una política de dureza (como pedían Sagasta y Serrano), por lo que en los momentos finales, sólo era sostenida la monarquía por los radicales de Ruiz Zorrilla. A esto se añadió el conflicto del gobierno con el arma de artillería, que hubiera sido fácilmente resuelto en otras circunstancias, pero que se complicó en esta coyuntura; tras disolver el cuerpo Ruiz Zorrilla, Amadeo aprovechó para abdicar el 11 de febrero de 1873, demostrando un escaso afán por conservar un puesto en el que se sentía incómodo y sin suficiente apoyo. La abdicación creaba un gravísimo problema de régimen, un vacío de poder que Congreso y Senado pretendieron solucionar proclamando la I República. 2.9. LA I REP ÚBLI CA (DEM OCRÁTI CA Y FEDERAL) (1873) La proclamación de la República el 11 de febrero 71 de 1873 venía a ser “la revolución en la revolución”. Pero nació hipotecada por unas Cortes en las que el republicanismo era minoría y en las que la mayoría correspondía a los radicales de Ruiz Zorrilla (favorables, en todo caso, a una República unitaria (FUSI). En realidad, la República fue proclamada por tres diferentes causas: a) la ausencia de un candidato monárquico, pese a estar vigente una constitución monárquica; b) la presión popular; y c) tras fracasar la monarquía democrática quedaba por ensayar el régimen republicano. La decisión a favor de la República vino a darles el poder inesperadamente a los republicanos “cuando más lejos estaban de conquistarlo” (en palabras de ARTOLA). “Llegó como una necesidad, de una manera ordenada y pacífica, dispuesta a impedir que la violencia echara a perder un logro tan inesperadamente conseguido y a demostrar a los asustados conservadores que era compatible con el orden y la propiedad” (LÓPEZ CORDÓN) pero los hechos fueron otros. a) Bases ideológicas y posición de los distintos grupos políticos Tanto carlistas (enfrentados en guerra) como los sagastinos y los alfonsinos se retrayeron de participar por ser contrarios al régimen. Los radicales empezaron apoyando el nuevo régimen pero acabarán aliándose a la Guardia Civil. Sólo los republicanos participarán en el gobierno, pero estaban divididos entre unitarios y federales. El republicanismo defendía la articulación de una sociedad desde una lectura radical de los principios de libertad, igualdad y fraternidad. El programa de los republicanos (sobre todo los federales) se convirtió en sinónimo de revolución social, al plantear el reparto de tierras, exigir justicia distributiva a través de los impuestos y estructurar el Estado en federación democrática de poderes, desde los municipios hasta la nación española como conjunto. b) Los presidentes del poder ejecutivo No hubo ningún presidente de la República, sino del Poder Ejecutivo, porque no llegó a ponerse en vigor la constitución republicana): Estanislao Figueras, Francisco Pi i Margall, Nicolás Salmerón y Emilio Castelar
72 E. Figueras (febrero­marzo 1873) F. P i i M argall (marzo­julio 1873) N. Salmerón (julio­septiembre 1873) E. Castelar (sept.­diciembre 1873)
c) Gobiernos 1) Entre febrero y marzo, Figueras va a presidir un gobierno de coalición de radicales y federales, que va a emprender medidas populares que no pudieron llevarse a cabo durante la monarquía, como la amnistía, la supresión de consumos y quintas o los intentos de mejora de situación de clases populares. Pero fue un gobierno débil, desbordado por la guerra carlista (que rebrotó con fuerza), la división de los republicanos y el cambio de actitud de los radicales. 2) Desde marzo a julio va a ser P i y Margall el que encabece un gobierno de republicanos federales solamente. Emprende un programa de gobierno ambicioso, basado en la enseñanza gratuita, la separación Iglesia­ Estado y la convocatoria de elecciones constituyentes (en mayo) con afán de fidelidad electoral, aunque no hubo realmente competencia electoral (pues casi sólo acudieron candidatos republicanos). Pero se encontró con problemas muy serios, como la actitud del movimiento obrero (declara la huelga general revolucionaria) y la insurrección cantonalista, que acabó provocando su dimisión. De esta manera, el que era el principal ideólogo del republicanismo federal no pudo ver satisfechas sus esperanzas de aprobar una Constitución federal por culpa del movimiento cantonalista que partía de un régimen federal distinto (la libre federación de cantones y municipios) del propuesto por el gobierno de la República (basado en diferentes Estados). Se trataba de una insurrección confusa (mezcla de federalismo extremo, mesianismo 73 social y tradición juntista), que estalló en Valencia, Cartagena (resistió hasta 1874), Murcia, Alcoy, Córdoba, Jerez, Cádiz, Sevilla y Granada, mal preparada y descoordinada (por su localismo), que acabó desacreditando el federalismo. 3) La Asamblea Constituyente se reunió en julio de 1873 y presentó un proyecto de constitución de carácter federal precisamente cuando estaba herida de muerte la República federal, aislada internacionalmente y con tres frentes abiertos (guerra de Cuba, carlista y cantonal) y la tendencia unitaria y autoritaria de la República ganaba peso mientras culpaba a los partidarios de Pi de la insurrección cantonal. Entre julio y septiembre, el gobierno de Salmerón supondrá una desviación hacia el moderantismo. Su labor de gobierno se centró en el restablecimiento del orden: destituyó a las autoridades que simpatizaban con el cantonalismo, movilizó a unidades seguras, a la Guardia Civil y llamó a ochenta mil reservistas para luchar contra los carlistas. Pero acabó dimitiendo por motivos de conciencia, al negarse a firmar unas penas de muerte. 4) Lo sustituyó al frente del gobierno Castelar, entre septiembre y diciembre, que apuesta por una república conservadora y autoritaria, basada en la suspensión de las garantías para mantener el régimen. Llamó al ejército para dominar la insurrección, impuso la dictadura de prensa, suspendió las Cortes para evitar obstáculos internos, reanudó relaciones con la Santa Sede y consiguió importantes empréstitos nacionales y extranjeros. Pero cuando reabrió las Cortes (el 2 de enero de 1874) e iban a ser revocados los poderes extraordinarios del Presidente (por la alianza de las izquierdas, dirigida por Pi), fueron disueltas por las tropas de P avía. Su golpe, que apenas encontró resistencias (por las contradicciones y desunión de las propias fuerzas revolucionarias), acabó con la primera experiencia republicana española, que apenas duró once meses, aunque, de derecho, el régimen se prolongara un año más (interinidad de Serrano). d) P royecto de Constitución Federal de 1873 El texto de la primera constitución republicana, que no dio tiempo a ser aprobado por la propia dinámica de los hechos, establecía novedades muy interesantes. Su declaración de derechos era similar a la de 1869, pero añadía de manera explícita (por primera vez en España, la mención a la soberanía popular. Desde el punto de vista territorial, suponía el primer intento de descentralización, con una federación compuesta de diecisiete Estados (trece de ellos, peninsulares, que coincidían con las regiones históricas, salvo León; dos insulares y otros dos americanos, Cuba y Puerto Rico) y varios territorios coloniales. Por otra parte, a los tres poderes clásicos se añadía el del Presidente de la República (poder relacional). Aunque las Cortes eran bicamerales, el Congreso tenía más poderes que el Senado. Y se apuesta por el juicio por jurados. 2.10. EL FI NAL DEL SEXENI O. LA I NTERI NI DAD DE SERRANO O LA REP ÚBLI CA UNI TARI A (1874) El golpe de Pavía traducía el rechazo de las clases dominantes hacia la I República. Tras el golpe, reunió a los notables de los viejos partidos; de aquella reunión salió nombrado Serrano como jefe de un gobierno sólo
74 republicano en las formas. La intervención militar se realizó sin más alternativa política que la conservación del orden público. No degeneró en un régimen militar, sino en una nominal República unitaria. Se trataba de un régimen sin definición, sólo sostenido por el partido constitucional de Sagasta y el radical de Ruiz Zorrilla, y justificado porque en Francia existía un régimen similar, dirigido por Mac Mahon. Lo más urgente era acabar con la guerra civil. Para ello, la labor de gobierno se basó en una política de mano dura: dio la espalda a las libertades democráticas, disolvió la Internacional, persiguió a los republicanos y reestructuró el ejército para hacer frente a la guerra carlista, asumiendo Serrano personalmente el mando de las operaciones. A pesar de las tomas carlistas de Cuenca (provocó un baño de sangre el 15 de julio de 1874) o Seo de Urgel, sus partidas no mostraban suficiente entidad militar ni apoyo popular fuera de Navarra o País Vasco. La interinidad de Serrano suponía, en realidad, el ensayo del único sistema que faltaba por ensayar, la falta de sistema y un paréntesis hacia la vuelta de la monarquía El siguiente paso será la Restauración borbónica (la opción preferida por las clases dominantes), que vendrá al año siguiente. El 1 de diciembre de 1874, el futuro Alfonso XII se dirigía desde Sandhurst (Inglaterra) a los españoles, en un manifiesto redactado, realmente, por Canovas, asegurándoles que estaba al servicio del pueblo y que gobernaría de forma liberal y apoyado en Cortes. Pero un nuevo golpe de Estado, ahora del general M artínez Campos en Sagunto, acelerará la llegada de Alfonso XII al país a principios de 1875. Aunque Cánovas hubiera preferido una entronización pacífica, el golpe es aceptado por el ejército y el gobierno sin resistencia. Cánovas se puso al frente del ministerio­ regencia. Todas las potencias europeas y Santa Sede reconocieron al nuevo régimen, al tiempo que abandonaban la causa perdida de carlistas. Las clases dominantes podían estar ahora tranquilas. Se ponía fin así al ciclo revolucionario de la burguesía española para consolidar un Estado liberal que diera entrada a sus demandas sociales, políticas y económicas.
75 Textos para el comentario SI ETE LLAVES AL SEP ULCRO DE I SABEL I I En abril de 1904 murió en París la destronada reina de España Isabel II. Con tal motivo, algunas voces mejor intencionadas que informadas han sugerido que se conmemore públicamente este centenario. La historia de Isabel II no merece muchas celebraciones y su persona, tanto la pública como la privada, está mejor para estudiada y sopesada en los libros de historia que para aireada y paseada en andas. Ello por varias razones. Se han traído a colación, de manera un tanto superficial, los adelantos económicos y administrativos que tuvieron lugar bajo su reinado (1843­1868). Yo mismo tengo algún conocimiento de ellos, porque fueron el tema de mi tesis doctoral. Es cierto que durante las décadas centrales del siglo XIX tuvo lugar lo que se ha dado en llamar la "revolución liberal" española, con una respetable medida de modernización social. Puede citarse, por ejemplo, la densa legislación progresista del famoso "bienio" (1854­1856), con sus leyes de Bancos, de Sociedades de Crédito, de Ferrocarriles, de Desamortización General, hitos muy importantes en el tránsito de una sociedad arcaica a una más acorde con los progresos de la época. Pero sería absurdo atribuir a la reina esta legislación porque tuviera lugar durante su reinado. Lo cierto es que ella vio todo esto con muy poca simpatía, y tan pronto como pudo (julio de 1856) se puso de acuerdo con el unionista Leopoldo O'Donnell para derrocar a los progresistas de Baldomero Espartero, lo que dio lugar a una serie de gabinetes reaccionarios que congelaron la desamortización y desvirtuaron las leyes de bancos y ferrocarriles de modo que, en una orgía de construcción mal planeada y financiada, se abocó a la pavorosa crisis de 1864­1868, que al cabo terminó por desencadenar la revolución que puso fin a su reinado. Otros aciertos tuvieron otros gobiernos en su época (la tan celebrada reforma de la Hacienda de 1845, comúnmente llamada de Mon­Santillán), pero también pueden citarse errores de bulto en política económica, como la creación del semi­ilegal Banco de Isabel II, la restrictiva Ley de Sociedades por Acciones de 1848, la fusión de los Bancos de Isabel II y San Fernando, que a punto estuvo de hundir al futuro Banco de España, la conversión (más bien repudio) de la Deuda de Bravo Murillo en 1851, el ancho de vía diferente al de los ferrocarriles europeos, y tantos otros. Sería injusto atribuir los errores gubernamentales a la reina; igualmente injusto sería atribuirle los aciertos. No es por la labor de sus gobiernos como debe valorarse a un monarca moderno, sino por su papel de árbitro constitucional. Y aquí es donde la ejecutoria de Isabel II fue, sencillamente, desastrosa. Tampoco la vida privada de doña Isabel fue de una ejemplaridad edificante, y cierto es que, como no podía ser de otra manera, estos escándalos de alcoba son los que más se recuerdan y más se esgrimen en su desdoro. No voy a entrar en ellos aquí por no conocer yo lo bastante el tema ni parecerme de importancia primordial, aunque en su época sí la tuvo y mucha, entre otras cosas por aquello de que en lo tocante a la honestidad de la mujer del César las apariencias son tan importantes como la realidad (a mayor abundamiento, siendo el César y su mujer la misma persona).
76 Pero lo realmente imperdonable en la ejecutoria de doña Isabel fue su radical incapacidad para actuar con una mínima competencia como reina constitucional, con lo cual trabó continuamente el sistema político que la había encumbrado. Desde el día en que fue declarada reina a los 13 años, la doblez y la parcialidad de doña Isabel se pusieron de manifiesto con la famosa "crisis del papelito", en la que mendazmente acusó al progresista Salustiano Olózaga de haberla violentado para hacerla firmar su encargo de formar gobierno. A partir de aquel episodio, que por poco costó la vida del pobre Olózaga, Isabel sistemáticamente obstaculizó el acceso del Partido Progresista al poder, con lo que éste se veía empujado al retraimiento y la conspiración, con grave quebranto de la paz civil y del normal funcionamiento de las instituciones. A punto estuvo ya de ser destronada en la revolución de 1854; la salvó la ingenua magnanimidad de Espartero, a quien dos años más tarde pagó el favor con el derrocamiento a que antes hice referencia. De este episodio dice Raymond Carr: "Isabel debió sus doce últimos años de reinado a la indecisión o lealtad de Espartero. La recompensa para éste fue la muerte política". Su inepcia y su duplicidad reiteradas fueron causa de que en septiembre de 1868 (la "Gloriosa Revolución") apenas tuviera quien la defendiera. Abandonó España desde San Sebastián, donde veraneaba, y nadie se acordó más de ella si no fue para denostarla. Su falta de popularidad era tal que cuando en 1875 tuvo lugar la Restauración de la dinastía nadie pensó en llamarla, a pesar de que no tenía más de 44 años. La Restauración se hizo en la persona de su hijo, Alfonso XII, a quien Antonio Cánovas del Castillo, inspirador y alma del nuevo sistema, procuró educar en Inglaterra y mantener apartado de las malas compañías representadas por su madre y su camarilla de París. Cánovas, mientras vivió, hizo todo lo posible por evitar que doña Isabel se estableciera en Madrid, por el daño que eso pudiera hacer a la Monarquía en la persona de Alfonso XII y más tarde de doña María Cristina de Habsburgo­Lorena, su viuda. Doña Isabel, por supuesto, detestaba a Cánovas, pero por fortuna el desprestigio de la señora la privaba de influencia. Por cierto, si se quiere hacer homenaje a una reina del siglo XIX, la única candidata seria es doña María Cristina, la dignísima viuda de Alfonso XII y madre de Alfonso XIII. España no debe nada a Isabel II; al contrario, es su acreedora preferente, como ya pusiera de manifiesto Emilio Castelar en 1866, cuando la señora "donó" a la Nación parte de unos bienes del Patrimonio, quedándose ella con otra parte. A Castelar aquel artículo, titulado El rasgo, le costó la cátedra. Así se las gastaban los gobiernos de la señora cuando creían que debían salir en su defensa. Fueron tantos los "rasgos" de Isabel II desde aquella famosa "crisis del papelito" hasta su muerte hace ya casi cien años, que es mejor relegarlos piadosamente a los libros y a las aulas. Bien están las celebraciones; pero antes de organizarlas reflexionemos un instante y estudiemos con un poco de seriedad si hay algo que celebrar. Y, sobre todo, no confundamos la conmemoración con la hagiografía. La pobre doña Isabel fue un obstáculo permanente al progreso de la España de su época; no abramos la caja de Pandora y dejemos que la buena señora descanse en paz.
77 (Gabriel Tortella. El País, Sábado 13­IX­2003, p. 11)
DEFENSA DEL SUFRAGIO RESTRINGIDO
Yo reconozco que debe haber una perfecta igualdad al concederse los derechos civiles. Yo reconozco que el último mendigo de España tiene los mismo derechos para que se respeten los harapos que lleva sobre sí, que el que puede tener un potentado para que se respeten los magníficos muebles que adornan su palacio... pero en los políticos no. Los derechos políticos no se conceden como privilegios a toda clase de personas, no; son un medio para atender a la felicidad del país, y es preciso que se circunscriban a aquellas clases cuyos intereses, siendo los mismos que los de la sociedad, no se puedan volver contra ella. Discurso de Calderón Collantes 1844 LA CONSTI TUCI ON ESP AÑOLA DE 1845 TÍTULO I. De los españoles Artículo 2. Todos los españoles pueden imprimir y publicar libremente sus ideas sin previa censura, con sujeción a las leyes. Artículo 11. La religión de la nación española es la católica, apostólica, romana. El Estado se obliga a mantener el culto y sus ministros. TÍTULO II. De las Cortes Artículo 12. La potestad de hacer las leyes reside en las Cortes con el Rey. Artículo 13. Las Cortes se componen de dos Cuerpos colegisladores, iguales en facultades: el Senado y el Congreso de los Diputados. TÍTULO III Del Senado Artículo 14. El número de senadores es ilimitado. su nombramiento pertenece al Rey. Artículo 15. Sólo podrán ser nombrados senadores los españoles que, además de tener treinta años cumplidos, pertenezcan a las clases siguientes: Presidentes de alguno de los Cuerpos colegisladores. Senadores o diputados admitidos tres veces en las Cortes. Ministros de la Corona. Consejeros de Estado. Arzobispos. Obispos. Grandes de España. Capitanes generales del Ejército y Armada. Tenientes generales del Ejército y Armada. Embajadores. Ministros plenipotenciarios. Presidentes de Tribunales Supremos, Ministros y fiscales de los mismos. Los comprendidos en las categorías anteriores deberán, además, disfrutar de 30000 reales de renta. TÍTULO IV. Del Congreso de los Diputados Artículo 20. El Congreso de los diputados se compondrá de los que nombren las juntas electorales en la forma que determine la ley. Se nombrará un diputado a lo menos por cada cincuenta mil almas de la población. Artículo 22. Para ser diputado se requiere ser español, del estado
78 seglar, haber cumplido veinticinco años, disfrutar la renta precedente de bienes raíces o pagar por contribuciones directas la cantidad que la ley electoral exija. (Constitución española de 23 de mayo de 1845.) (En LÓPEZ CORDÓN, M. C. Y MARTÍNEZ CARRERAS, J. U. Análisis y comentario de textos históricos, II. Edad Moderna y Contemporánea. Madrid: Alhambra, 1990, pp. 257­258) M ANI FI ESTO FUNDACI ONAL DEL P ARTI DO DEM ÓCRATA. 1849 El Estado debe reconocer y garantizar a todos los ciudadanos como condiciones primarias y fundamentales de la vida política y social: la seguridad individual; la de manifestar, transmitir y propagar su pensamiento...el derecho de petición... el derecho a la instrucción primaria gratuita; el derecho a una igual participación de todas las ventajas y derechos políticos ... el de ser juzgado o condenado por la conciencia pública (jurado popular). Partiendo de estos principios fundamentales: 1º. Reformaríamos la Constitución del Estado en Cortes Constituyentes, convocadas bajo las fases de elección directa, sufragio universal... 2º. Armaríamos, desde luego, la Milicia Nacional, organizada de manera que sin ser un embarazo para el Gobierno, conservase las instituciones y el orden público... 3º. Declararíamos la imprenta libre... EL CONCORDATO DE 1851 Art.1º. La religión católica, apostólica, romana... se conservará siempre en los dominios de S.M católica con todos los derechos y prerrogativas de que debe gozar según la ley de Dios y lo dispuesto por los sagrados cánones. Art2º. En consecuencia, la instrucción en las Universidades, Colegios, Seminarios y Escuelas públicas o privadas de cualquiera clase, sería en todo conforme a la doctrina de la misma religión católica... Art.3º. Tampoco se pondrá impedimento alguno a dichos prelados ni a los demás sagrados ministros en el ejercicio de sus funciones, ni los molestará nadie bajo ningún pretexto...; antes bien cuidarán todas las autoridades del reino de guardarle y de que se les guarde el respeto y consideración debidos..., principalmente cuando hayan de oponerse a la malignidad de los hombres que intentan pervertir los ánimos de los fieles y corromper las costumbres, o cuando hubiere de impedirse la publicación, introducción o circulación de libros malos y nocivos.
79 M ANI FI ESTO DE LA “ VI CALVARADA” DE 1854 Señora. Los generales, brigadieres, coroneles y demás jefes que suscriben, fieles súbditos de V. M. llegan a los pies del trono y con profunda veneración exponen: que defendieron siempre el augusto trono de V. M. a costa de su sangre, y ven hoy con dolor que vuestros ministros responsables, exentos de moralidad y de espíritu de justicia, huellan las leyes y aniquilan una nación harto empobrecida, creando al propio tiempo con el ejemplo de sus actos una funesta escuela de corrupción para todas las clases del Estado. Tiempo ha, Señora, que los pueblos gimen bajo la más dura administración, sin que se respete por los consejeros responsables de V. M. un solo artículo de la Constitución; lejos de esto, se les ve persiguiendo con crueldad a los hombres que mayores servicios han prestado a la causa de V. M. y las leyes sólo por haber emitido su voto con lealtad y franqueza en los cuerpos colegisladores. La prensa, esa institución encargada de discutir los actos administrativos y derramar luz en todas clases, se halla encadenada, y sus más ilustres representantes ahogan su voz en el destierro los unos, y los otros, protegidos por alguna mano amiga, viven ocultos y llenos de privaciones, para librarse de la bárbara persecución que esos hombres improvisados han resuelto contra todos. Los gastos públicos, que tantas lágrimas y tanto sudor cuestan al infeliz contribuyente, se aumentan cada día y a cada hora, sin que nada baste para saciar la sed de oro que a esos hombres domina; así, mientras ellos aseguran su porvenir con tantas y tan repetidas exacciones, los contribuyentes ven desaparecer el resto de sus modestas fortunas. Mas no para aquí, Señora, la rapacidad y desbordamiento de los ministros responsables; llevan aún más allá la venalidad y la ambición. No han concedido ninguna línea de ferrocarril algo importante sin que hayan percibido antes alguna crecida subvención; no han despachado ningún expediente, sea éste de interés general o privado, sin que hayan tomado para sí alguna suma, y hasta los destinos públicos se han vendido de la manera más vergonzosa. No ha sido tampoco el ejército el que menos humillaciones ha recibido: generales de todas graduaciones, hombres envanecidos en la honrosa carrera de las armas, que tantas veces han peleado en favor de su Reina, viven en destierros injustificables, haciéndoles apurar allí hasta el último resto del sufrimiento, y presentándoles a los ojos de V. M. como enemigos de su trono. Tantos desmanes, Señora, tanta arbitrariedad, tan inauditos abusos, tanta dilapidación, era imposible que a leales españoles se hiciera soportable por más tiempo, y por eso hemos saltado a defender incólumes el trono de V. M., la Constitución de la Monarquía que hemos jurado guardar, y los intereses de la nación, en fin. [ ...] . Guarde Dios dilatados años la importante vida de V. M.
80 Alcalá de Henares, 28 de junio de 1854. Domingo Dulce, Leopoldo O'Donnell, Antonio Ros de Olano, Félix María de Messina, Rafael de Echagüe, etc.. etc. (En LÓPEZ CORDÓN, M. C. Y MARTÍNEZ CARRERAS, J. U. Análisis..., p. 260) EL M ANI FI ESTO DE M ANZANARES (1854) ESPAÑOLES: La entusiasta acogida que va encontrando en los pueblos el Ejército liberal; el esfuerzo de los soldados que le componen, tan heroicamente mostrado en los campos de Vicálvaro; el aplauso con que en todas partes ha sido recibida la noticia de nuestro patriótico alzamiento aseguran desde ahora el triunfo de la libertad y de las leyes que hemos jurado defender. Dentro de pocos días, la mayor parte de las provincias habrán sacudido el yugo de los tiranos; el Ejército entero habrá venido a ponerse bajo nuestras banderas, que son las leales; la Nación disfrutará los beneficios del régimen representativo, por el cual ha derramado hasta ahora tanta sangre inútil y ha soportado tan costosos sacrificios. Día es, pues, de decir lo que estamos resueltos a hacer en el de la victoria. Nosotros queremos la conservación del Trono, pero sin la camarilla que le deshonra; queremos la práctica rigurosa de las leyes fundamentales, mejorándolas, sobre todo la Electoral y la de Imprenta; queremos la rebaja de los impuestos, fundada en una estricta economía; queremos que se respeten en los empleos militares y civiles la antigüedad y los merecimientos; queremos arrancar los pueblos a la centralización que los devora, dándoles la independencia local necesaria para que conserven y aumenten sus intereses propios, y como garantía de todo esto, queremos plantearnos la Milicia Nacional. Tales son nuestros intentos, que expresamos francamente, sin imponerlos por eso a la nación. Las Juntas de gobierno que deben irse constituyendo en las provincias libres; las Cortes generales que luego se reun[ir]án; la misma nación, en fin, fijará las bases definitivas de la regeneración liberal a que aspiramos. Nosotros tenemos consagradas a la voluntad nacional nuestras espadas, y no las envainaremos hasta que ella esté cumplida. General Leopoldo O’Donnell LA DESAM ORTI ZACI ÓN ESP AÑOLA DE 1855 PROYECTO DE LEY PARA LA DESAMORTIZACION GENERAL DE LOS BIENES DE MANOS MUERTAS TÍTULO PRIMERO Bienes declarados en estado de venta y condiciones de su enajenación ARTÍCULO PRIMERO. ­Se declaran en estado de venta, con arreglo a las prescripciones de la presente ley, y sin perjuicio de las cargas, y servidumbres a que legítimamente estén sujetos, todos los predios rústicos y urbanos, censos y foros, pertenecientes: Al Estado.
81 A los propios de los pueblos A la Beneficencia. A la Instrucción pública. Al Clero. A las Ordenes Militares de Santiago, Alcántara, Calatrava, Montesa y San Juan de Jerusalén. A Cofradías, obras pías y santuarios. Al secuestro del ex Infante don Carlos. Y cualesquiera otros pertenecientes a manos muertas, ya mandados vender por leyes anteriores. ART. 2º­ Exceptúase de lo dispuesto en el artículo que precede: 1º. Las fincas y edificios destinados al servicio público. 2º. Los edificios que ocupan hoy los establecimientos de beneficencia. 3º. Los montes y bosques cuya venta no crea oportuna el Gobierno. 4º. Las minas de Almadén. 5º. Las salinas. 6º. Los terrenos que son hoy de aprovechamiento común, previa declaración de serlo en efecto, oyendo al Ayuntamiento y Diputación Provincial respectivos. 7º. Y por último, cualquier edificio o finca cuya venta no crea oportuna el Gobierno por razones graves ART. 3º. ­Se procederá a la venta de todos y cada uno de los bienes comprendidos en el artículo 1º de esta ley, sacando a pública licitación las fincas o sus suertes, a medida que lo reclamen los compradores, y no habiendo reclamación, según lo disponga el Gobierno; mas siempre por partes, porciones o suertes, procurando precisamente la mayor subdivisión de las fincas. [...]. ART. 6º. ­Los compradores de las fincas o suertes quedan obligados al pago en metálico de la suma en que se les adjudiquen, en la forma siguiente. 1º. Al contado, el 10 por 100 2º. En cada uno de los dos primeros años siguientes, el 8 por 100. 3º. En cada uno de los años subsiguientes, el 7 por 100. 4º. Y en cada uno de los diez años inmediatos, el 6 por 100. De forma que el pago se complete en quince plazos y catorce años. [. .]. (En ROIG, J. Y ORTEGA, R. Historia moderna y contemporánea. Barcelona: Teide, 1974, p. 389) LEY GENERAL DE FERROCARRI LES, 1855 Art.8. Podrá auxiliarse con los fondos públicos la construcción de líneas de servicio general: ­Ejecutando con ellos determinadas obras. Entregando a las empresas en períodos determinados una parte del capital invertido... Art.20. Se conceden desde luego a todas las empresas de ferrocarriles: ­Los terrenos de dominio público que haya de ocupar el camino...
82 ­ El beneficio de vecindad para el aprovechamiento de leña, pastos... ­ La facultad de abrir canteras... ­ La facultad exclusiva de percibir... los derechos de peaje y de transporte... ­ El abono, mientras la construcción y diez años después, del equivalente de los derechos marcados en el Arancel de Aduanas... todo lo que constituya el material fijo y móvil que deba importarse del extranjero... CONSTI TUCI ÓN DE LA M ONARQUÍ A ESP AÑOLA, 1856, NO PROMULGADA Artículo 1º. Todos los poderes públicos emanan de la Nación, en la que reside esencialmente la soberanía, y por lo mismo pertenece exclusivamente a la Nación el derecho de establecer sus leyes fundamentales (...) Art. 3º. Todos los españoles pueden imprimir y publicar libremente sus ideas sin previa censura, con sujeción a las leyes. No se podrá secuestrar ningún impreso hasta después de haber empezado a circular. La calificación de los delitos de imprenta corresponde a los jurados (...) Art. 5º. Unos mismos Códigos regirán en toda la Monarquía y en ellos no se establecerá más que un solo fuero para todos los españoles en los juicios comunes, civiles y criminales. Art. 6º. Todos los españoles son admisibles a los empleos y cargos públicos, según su mérito y capacidad. Para ninguna distinción ni empleo público se requiere la calidad de nobleza (...) Art. 11º. No se podrá imponer la pena capital por delitos meramente políticos. (...) Art.14. La Nación se obliga a mantener y proteger el culto y los ministros de la religión católica que profesan los españoles. Pero ningún español ni extranjero podrá ser perseguido por sus opiniones o creencias religiosas, mientras no las manifieste por actos públicos contrarios a la religión. (TIERNO GALVAN, E. Leyes políticas españolas fundamentales. Madrid: Tecnos, 1979, pp. 100­101.) P ROCLAMA DE LA J UNTA DE GOBI ERNO DE LA P ROVI NCI A DE M ÁLAGA. 27 SEP TI EM BRE 1868 Aspiramos a la libertad de conciencia (...). Vamos, pues, a establecer de derecho la libertad de cultos. Aspiramos a la libertad del sufragio (...) proclamamos el sufragio universal.
83 Aspiramos a la libertad de la razón, y queremos la enseñanza libre, y que el pensamiento escrito circule sin traba. (...) Aspiramos, en fin, a la libertad económica y de asociación. (...) Negamos al poder público el derecho sobre la vida, y abolimos la pena de muerte. Negamos al Estado el derecho de imponer contribuciones sobre los elementos de subsistencia del pueblo, y anulamos la contribución de consumos. Negamos el deber de servir al Estado forzosamente, suprimiendo las quintas y matrículas de mar. Queremos Cortes Constituyentes, expresión fiel de la soberanía de la Nación, para que promulguen una Constitución. (...) Queremos que la justicia sea una verdad, desapareciendo todos los fueros privilegiados, incluso el eclesiástico. Queremos la descentralización, la reducción de provincias y de obispados, el matrimonio civil y los tribunales colegiados, el jurado para lo criminal y la inviolabilidad del domicilio. (...) Ciudadanos. ¡Viva la libertad! iViva la Soberanía Nacional! iAbajo los Borbones!
CONSTITUCIÓN DE 1869
La Nación española, y en su nombre las Cortes Constituyentes, elegidas por sufragio universal... Art 32.­ La soberanía reside esencialmente en la Nación de la cual emanan todos los poderes Art 34. La potestad de hacer las leyes reside en las Cortes. El Rey sanciona y promulga las leyes. Art. 33.­ La forma de gobierno de la Nación española es la Monarquía... Art. 35.­ El poder ejecutivo reside en el Rey, que lo ejerce por medio de sus ministros. Art. 36.­ Los tribunales ejercen el poder judicial. Art 3. Todo detenido será puesto en libertad o entregado a la autoridad judicial dentro de las veinticuatro horas siguientes Art 17.­ Tampoco podrá ser privado ningún español de derecho de emitir libremente sus ideas y opiniones, del derecho de reunirse pacíficamente, del derecho de asociarse para todos los fines de la vida humana
84 Art 21.­ La Nación se obliga a mantener el culto y los ministros de la religión católica. El ejercicio público o privado de cualquier otro culto queda garantizado a todos los extranjeros residentes en España (...) Si algunos españoles profesaren otra religión que la católica es aplicable a los mismos todo lo dispuesto en el párrafo anterior. EXTRACTOS DE UN P ERI ÓDI CO RADI CAL DOS DÍ AS ANTES DEL ASESI NATO DEL GENERAL P RI M No le bastaba a ese grande reo de lesa­revolución que se llama gobierno Septembrista haber negado los derechos individuales, disputar la Soberanía del pueblo con la soberanía de un tirano extranjero, inviolable, indiscutible, inamovible y hereditario; desmoralizar la administración, desangrar a todas las clases de la sociedad, oprimir al pueblo y amordazar la prensa; era necesario algo más, y para que nada faltara a sus traiciones, a sus crímenes y perjurios, ha concluido por sancionarlos con el voto de una [Asamblea] Constituyente facciosa, que con la vergüenza y el vilipendio de la nación española, ha votado su muerte, que está reclamando su más pronta e inmediata ejecución. […] Ciudadanos españoles, sin distinción de clases ni de partidos políticos: el rostro de nuestra madre la patria ha sido escupido y abofeteado, su altivez humillada y su honor difamado por un intruso, por un TIRANO EXTRANJERO. ¿Qué hacemos? ¿A qué aguardamos? ¿Consentiremos que un tirano de Italia esclavice al valeroso pueblo español, a la España con honra, libre e INDEPENDIENTE? […] Ciudadanos españoles: la patria está en peligro. Cuando el tirano extranjero coloque su inmunda planta en tierra española, que esta afrenta sea para todos la señal de exclamar con el coraje de los pueblos ultrajados: ¡AL COMBATE! ¡ABAJO LO EXISTENTE! ¡VIVA EL EJÉRCITO ESPAÑOL HONRADO! ¡VIVA LA SOBERANÍA NACIONAL! ¡VIVA LA REVOLUCIÓN! (El combate, Madrid 25 Diciembre de 1870)
PROYECTO DE CONSTITUCIÓN DE 1873
La nación española, reunida en Cortes Constituyentes, deseando asegurar la libertad, cumplir la justicia y realizar el fin humano a que está llamada la civilización, decreta y sanciona... Art 39. La forma de gobierno de la Nación española es la República federal Art 40... El poder de la Federación se divide en poder legislativo, poder ejecutivo, poder judicial y poder de relación entre estos poderes.. Art 50.­ Las Cortes se compondrán de dos Cuerpos: Congreso y Senado
85 Art.34.­ El ejercicio de todos los cultos es libre en España. Art 35. Queda separada la Iglesia del Estado. Art 36.­ Queda prohibido a la Nación o al Estado federal, a los Estados regionales y a los Municipios subvencionar directa ni indirectamente ningún culto... LA VI GENCI A DE P I Y M ARGALL Terminó el año 2001 sin que, en las costumbres conmemorativas del Estado y del mundo académico, se haya hecho justicia con el centenario de la muerte de uno de los estadistas y pensadores más relevantes de la España contemporánea. Salvo el estudio de J. Casassas y A. Ghanime (Homenatge a Pi i Margall. Intel.lectual i polític federal, Barcelona, 2001), el que fuera presidente de la Primera República, Francisco Pi y Margall, no ha merecido la atención debida de los sectores políticos que ahora se encasquillan por adueñarse del concepto de 'patriotismo constitucional'. Cuando tanto preocupa a los políticos organizar centenarios (desde Carlos V a Alfonso XIII, por ejemplo), y cuando las editoriales se solapan con esas conmemoraciones ideológicas o con la exaltación de las vidas de las reinas, entonces el olvido de figuras como Pi y Margall revela que hay una criba de hechos, momentos y personas, y también el propósito deliberado de darle cierto sesgo a la memoria colectiva de nuestra sociedad. Así, es significativo que fueran editoriales y personas comprometidas en el restablecimiento de la democracia las que en los años finales de la dictadura y en la transición estudiaron y reeditaron las obras de Pi y Margall. Por eso, utilizar de nuevo los calificativos de estadista y pensador influyente para definir la figura y la obra de Pi supone exhumar las abundantes razones con que se pueden argumentar ambas catalogaciones. En efecto, la lucha por construir un Estado democrático en España no se comprende sin la infatigable actividad desplegada por los republicanos del siglo XIX, quienes en todo momento respetaron el liderazgo político e intelectual de Pi i Margall, aunque no siempre siguiesen sus propuestas. Eso lo han estudiado historiadores prestigiosos como A. Jutglar, A. Elorza, J. Trías y J. Solé Tura. Aunque todas las comparaciones son discutibles, se podría establecer que así como Azaña fue el referente político e intelectual de la II República, la difícil tarea de Pi de construir el primer partido de masas en España lo ha convertido en eje para comprender la primera experiencia democrática de nuestra historia, la que transcurrió entre 1868 y 1874. No es momento de resumir la complejidad de aquellos años que desde ciertos sectores se empeñan en recordar como turbulentos y caóticos. Efectivamente, se perturbaron los equilibrios amasados entre los sectores privilegiados, quienes a sí mismos se calificaban como 'clases conservadoras', con Cánovas a la cabeza. De por sí, el sufragio universal masculino y la abolición de la esclavitud ya suponían la alteración del orden político y social que defendía el tan conmemorado Cánovas, pero además la organización de España como federación de pueblos quebraba el
86 centralismo de un Estado bajo cuya sombra se acumulaban importantes redes de poder y de fortunas. El federalismo significaba en el siglo XIX no sólo devolver la soberanía a los individuos y a sus instituciones representativas más inmediatas, sino que también exigía abordar las necesarias reformas sociales. Era así tarea prioritaria del Estado la de 'subordinar la propiedad a los intereses generales', en palabras de Pi, hasta acelerar 'la elevación del proletario a propietario', porque, en definitiva, sin independencia económica no puede desplegarse la libertad y la autorrealización individual. ¿No encajan acaso estas cuestiones en el actual debate sobre el republicanismo y no sería útil rescatar el debate que nuestros antepasados demócratas realizaron en aquel sexenio, aunque también recordemos a Harrington y la tradición whig del XVIII anglosajón?. Excepto para una restringida minoría intelectual que se mueve en los contenidos exactos de este concepto, en España se corre el peligro de relegar el término de republicanismo a una alternativa de escaso contenido político y social, como si sólo se constriñera a la formalidad organizativa de la máxima instancia estatal. Por eso, complementario a tal debate intelectual y político es la reivindicación de que en la historia de España el antagonismo entre monarquía y república se refirió ante todo a programas de organización del Estado nítidamente diferenciados, porque el republicanismo significó en nuestra tradición política la articulación de una sociedad desde una lectura radical de los principios de libertad, igualdad y fraternidad. En esa dirección, el pensamiento de Pi fue tan individualista como solidario, tan partidario de la autonomía de los pueblos como defensor de un Estado 'garante de la justicia'. De hecho, el programa de los republicanos ­también llamados 'los federales'­ se convirtió en sinónimo de revolución social, al plantear el reparto de tierras, exigir justicia distributiva a través de los impuestos y estructurar el Estado en federación democrática de poderes, desde los municipios hasta la nación española como conjunto. La organización de la soberanía por pueblos federados fue una bandera que legítimamente levantó Pi tanto para solucionar las tensiones internas que provocaba el Estado unitario español como para el futuro de Europa, cosa que él mismo, visto desde 1877, cuando escribió Las nacionalidades, reconocía como propuesta utópica. Esta obra de Pi revalida con justicia su carácter precursor para la construcción de Europa, bastante más que los anacrónicos europeísmos atribuidos, por ejemplo, a un belicoso emperador como Carlos V. Es legítimo recordar las palabras finales de dicha obra, porque en ellas se comprueba la actualidad de su pensamiento: 'Los hechos ­escribía Pi­ a que dieron recientemente origen la insurrección de Herzegovina y la guerra de Serbia revelan sobre cuán falsas bases descansan Europa y sus distintos pueblos. Gracias al sistema político preponderante viven todos sin relaciones orgánicas de ningún género, y, ya que no como enemigos, se miran como extraños. Uno tiende siempre a subordinar a los demás... demuestran los sucesos una vez más que necesitamos cambiar de sistema y adoptar un principio que por su propia virtualidad reconstituya sin esfuerzo desde el último municipio hasta la misma Europa'. Y ese principio, lógicamente, era el de la federación. La lectura de Pi debería ser motivo de reflexión para quienes debaten actualmente el modo de organizar el futuro político de Europa y la
87 subsiguiente articulación interna de las regiones o pueblos que la integran, más allá de las lindes de los Estados­nación al uso. Por otra parte, el actual mapa de las comunidades autónomas, que pareciera haber surgido de un consenso concebido desde la nada, sin embargo respondía de modo tácito a una tradición federal comprobable igualmente en Pi y en los federales. Así, la organización que se desarrolló a partir del título VIII de nuestra actual Constitución, en gran medida estaba en el proyecto de Constitución federal de la República Española de 1873. En casi todo coincidía con el actual mapa autonómico, aunque haya las lógicas diferencias debidas a las distintas situaciones históricas. Por lo demás, releer hoy aquel proyecto de Constitución, elaborado en la tensa coyuntura de 1873, puede servir para conocer cuánto de nuestro actual patrimonio democrático debemos a aquellas personas que, sin embargo, gran parte de los libros de historia los caricaturiza o los tergiversa. También es necesario reivindicar que Pi y Margall fue un ministro de Gobernación ejemplar en la limpieza de los procesos electorales celebrados bajo su mandato, a pesar de las difíciles circunstancias. Pero de Pi no sólo es destacable su actividad política (en la que también sufrió el exilio), o su constante e influyente tarea de escritor y polemista, sino que además fue pionero en la historia de la pintura y del arte, en la que su estilo literario fue destacado por Azorín. En cualquier caso, no es justo que en Barcelona (su ciudad natal) la plaza que recordaba su memoria, y que el franquismo borró, se rebautizara en la transición con el nombre de Juan Carlos I, o que en Madrid, la ciudad en la que vivió y murió, no exista recuerdo de una personalidad tan excepcionalmente honrada. (J. S. Pérez Garzón. El País, martes, 15­I­2002, p. 12)
88 Bibliografía básica: BURDIEL, I. (ed.). La política en el reinado de Isabel II. Madrid: Marcial Pons, 1998 (Ayer, núm. 29). JOVER ZAMORA, J. M. (dir.). La era isabelina y el Sexenio democrático (1834­ 1874). Madrid: Espasa­Calpe, 1981. PIQUERAS ARENAS, J. A. La revolución democrática (1868­1874). Cuestión social, colonialismo y grupos de presión. Madrid: Ministerio de Trabajo, 1992. Bibliografía complementaria: ARTOLA, M. La burguesía revolucionaria (1808­1874). Madrid: Alianza, 1990. COMELLAS, J. L. Isabel II: una reina y un reinado. Barcelona: Ariel, 1999. DONÉZAR, J. M. La Constitución de 1869 y la Revolución burguesa. Madrid: Fundación Santa María, 1985. JOVER ZAMORA, J. M. La civilización española a mediados del siglo XIX. Madrid: Espasa­Calpe, 1992. LLORCA, C. Isabel II y su tiempo. Madrid: Istmo, 1984. LÓPEZ CORDÓN, M. V. La revolución de 1868 y la 1ª República. Madrid: Siglo XXI, 1976. LÓPEZ GARRIDO, D. La Guardia Civil y los orígenes del Estado centralista. Barcelona: Crítica, 1982. MARTÍNEZ GALLEGO, F. A. Conservar progresando: la Unión Liberal (1856­ 1868). Alzira: UNED, 2001. PÉREZ GARZÓN, J. S. (et al.). La gestión de la memoria. La historia de España al servicio del poder. Barcelona, Crítica, 2000. PIQUERAS ARENAS, J. A. La revolución democrática (1868­1874). Cuestión social, colonialismo y grupos de presión. Madrid: Ministerio de Trabajo, 1992. SÁNCHEZ ALBORNOZ, N. España hace un siglo: una economía dual. Madrid: Alianza, 1977. TORTELLA CASARES, G. (et al.). Revolución burguesa, oligarquía y constitucionalismo (1834­1923). Barcelona: Labor, 1981 VALLS, J. F. Prensa y burguesía en el XIX español. Barcelona: Anthropos, 1988. VILAR, J. B. La primera revolución industrial española (1827­1869). Madrid: Istmo, 1990. Enlaces de interés http://www.cervantesvirtual.com/historia/monarquia/isabel2.shtml http://www.artehistoria.com/frames.htm?http://www.artehistoria.com/historia/personajes/6 589.htm
89 http://www.ih.csic.es/lineas/jrug/diccionario/gabinetes/m2_isabel2.htm (ministerios) http://www.juntadeandalucia.es/averroes/iescasasviejas/cviejas1/histo2/actxisii.htm (fuentes) http://www.elarca.com.ar/arca50/arca5003/isabel.htm (vida privada de Isabel II)
90 3. RESI STENCI AS OLI GÁRQUI CAS Y OFENSI VAS M ODERNI ZADORAS EN LA ESP AÑA DE LA RESTAURACI ÓN (1874­1923) 3.1. Significado, antecedentes y debates historiográficos en torno a la Restauración. Los protagonistas, Canovas y Sagasta 3.2. Fases y evolución de los acontecimientos: Alfonso XII (1875­85); Regencia de María Cristina de Habsburgo (1885­1902); la monarquía constitucional de Alfonso XIII (1902­23) 3.3. El sistema canovista: la configuración del nuevo sistema político, la Constitución de 1876 y el turnismo; el funcionamiento del sistema, caciquismo y manipulación electoral 3.4. Las limitaciones del sistema: la crisis colonial, la cuestión social; los nacionalismos periféricos; la cuestión militar; la cuestión religiosa; la administración local y los intentos de reforma 3.5. Republicanos y socialistas, la oposición política en los márgenes del sistema 3.6. El crecimiento capitalista. Sindicatos obreros y patronal 3.7. La recomposición del sistema con Maura y Canalejas 3.8. La crisis de la Restauración (1913­23): el impacto de la Gran Guerra; la fragmentación de los partidos políticos; la crisis de 1917; la guerra de Marruecos
91 3.1. SI GNI FI CADO Y ANTECEDENTES Dos golpes de estado, encabezados por Martínez Campos en los últimos días de 1874 y por Primo de Rivera en septiembre de 1923, jalonan, respectivamente, el inicio y el fin de un período de la historia de España en el que, paradójicamente, los militares pierden protagonismo en la vida política del país y que ha suscitado en los últimos años un interés historiográfico renovado. Fue una “restauración” en varios órdenes. P olítica, por la vuelta a la monarquía y a la dinastía Borbón (en este caso en el hijo de Isabel, Alfonso XII). Social, pues el “bloque de poder oligárquico” (la gran burguesía y la aristocracia agraria, junto con la burguesía mercantil, industrial y de negocios antillanos) corregía el signo democrático que había supuesto el Sexenio y que les había desbordado. Y también religiosa, pues la Iglesia recuperaba posiciones tras el desgaste sufrido por la revolución liberal. Ahora bien, hay que hacer dos puntualizaciones importantes. La primera es que no fue una “ restauración total” , pues se implantó un sistema político que pretendía corregir algunos de los vicios fundamentales del reinado isabelino. La segunda es que se trata de un régimen liberal, constitucional, pero no democrático ni verdaderamente parlamentario. a) Antecedentes Varios fueron los ¡mpulsores del cambio de régimen. Por un lado, los círculos cortesanos isabelinos, con prisa para lograr su objetivo, apelaban al golpismo. Por otro, la iniciativa canovista, que preparaba la restauración borbónica en la persona de Alfonso sin apresuramientos y asumiendo algunos elementos de cambio (los menos revolucionarios) del sexenio 1868, que prefería que el nuevo régimen se implantara sin la intervención militar, con el fin de relegar a los militares a los cuarteles dejando la vida política para los civiles. Hasta que se impuso el criterio de Cánovas hubo intrigas en torno a la exiliada Isabel, pero ésta abdicó Mediante un manifiesto firmado el 1 de diciembre de 1874 desde Sandhurst por Alfonso de Borbón (pero redactado en realidad por Cánovas del Castillo), aseguraba que estaba al servicio del pueblo y que reinaría de forma liberal y apoyado en Cortes. Ahora bien, pese a los esfuerzos de Cánovas para preparar la Restauración de manera pacífica, el desenlace tuvo una solución militar no querida por él. Se volvía a repetir el recurso al ejército para emprender el cambio político. M artínez Campos (que había censurado a Cánovas su inhibición tras el golpe de Pavía), contrario a la táctica política, encabezó con éxito un golpe militar en Sagunto (culminando proyectos conspiratorios anteriores aplazados y sin consentimiento de Cánovas) el 29 de diciembre de 1874 que acelerará la llegada de Alfonso XII al país a principios de 1875. El golpe fue aceptar aceptado por el ejército sin resistencia. Y tuvo éxito porque Cánovas (admitiéndolo como hecho consumado) se puso al frente del ministerio­regencia y decidió ensanchar la base política mediante el
92 consenso, la cancelación del pasado y la reconciliación ante el futuro. Todas las potencias europeas y Santa Sede reconocieron al nuevo régimen, al tiempo que abandonaban la causa perdida de carlistas. Las clases dominantes podían estar ahora tranquilas. Se ponía fin así al ciclo revolucionario de la burguesía española para consolidar un Estado liberal que diera entrada a sus demandas sociales, políticas y económicas. b) Figura central de la Restauración: Antonio Cánovas del Castillo. Este político e historiador malagueño (1828­97) será el verdadero hacedor del nuevo régimen, de modo que se califica también como canovista al período de la Restauración. En el pasado, este político e historiador malagueño había tenido un papel destacado en 1854 (manifiesto de Manzanares), fue ministro en tiempo de Isabel II por la Unión Liberal y volvió a aparecer en los años del centrales del Sexenio como dirigente alfonsino (opuesto a la monarquía de Amadeo I). Aunque era contrario al exclusivismo del partido moderado, tampoco era partidario de las libertades reconocidas en el Sexenio. Llegó a la conclusión de que la única salida a la agitada política española del XIX, salpicada de pronunciamientos y revoluciones y con un predominio del partidismo excluyente, era articular un sistema político en que las oposiciones pudieran ocupar el poder por vías pacíficas. A este sistema se le conoció como turnismo. Entre las características de su pensamiento destacan las siguientes: Ø Continuar la historia de España, “logrando una síntesis de tradición y modernidad” Ø Pesimismo: responde al ejercicio de la crítica histórica que él practicó Ø Pragmatismo: partidario del consenso Ø Eclecticismo: su doctrinarismo liberal bebió en fuentes francesas e inglesas Ø Fundamentó su actividad política sobre una base de pensamiento providencialista: la nación era cosa de Dios, no una intervención humana, y la soberanía nacional estaba fuera de lugar Ø Equilibrio de fuerzas opuestas c) El co­ejecutor del sistema: P ráxedes M ateo Sagasta Este riojano es la figura contrapuesta pero, a la vez, paralela de Cánovas. Se opuso también a cualquier extremismo y compartía por igual su sentimiento de la autoridad y la libertad. Considerado una especie de Talleyrand español, pasó de ministro del Sexenio a alternativa liberal de Restauración. Fue siempre un liberal con poca doctrina, pero mucha convicción y, por tanto, era más un hombre de acción que de reflexión, más pragmático que dogmático y falto de preocupación social. Defendió, no obstante unos principios invariables: monarquía, soberanía nacional y libertades individuales sin menoscabo del orden. d) Los debates historiográficos en torno a Cánovas y al canovismo
93 d.1.) Evolución de las distintas interpretaciones sobre la Restauración: A principios del XX destaca la crítica de los regeneracionistas al sistema, abordando la modernización de España desde posiciones nacionalistas y un elevado tono moralizante. J oaquín Costa sintetiza las posiciones regeneracionistas identificando el sistema político de Restauración con los términos oligarquía y caciquismo. La nación española yacía inerme ante la acción rapaz de los caciques, que saqueaban sus riquezas en beneficio propio. La existencia del caciquismo era el principal problema del país porque estaba íntimamente unido a la supervivencia de la oligarquía gobernante, beneficiaria última del sistema y el obstáculo que impedía el progreso de todos manteniendo el país atrasado. Los intelectuales de la generación siguiente siguieron considerando el caciquismo como una de las enfermedades más graves de la política española. El diagnóstico venía a ser el siguiente: el pueblo rural en España era ignorante en su mayor parte y vivía desvinculado de las instituciones públicas a causa de personajes que no representaban a nadie (caciques y oligarcas), que protagonizaban una farsa. Pero los remedios para combatirlo variaban sustancialmente, según sus autores. Mientras J . Ortega y Gasset abogaba por el liderazgo elitista, M. Azaña lo hacía por la revolución democrática. Las puyas de los intelectuales calaron en algunos dirigentes políticos monárquicos (como Maura), que emplearon un lenguaje más propio de los opositores al régimen con el fin de regenerarlo. En los años 50 y 60, los hispanistas e historiadores españoles se volvieron a plantear la preocupación por el retraso español respecto a otros países más desarrollados y pusieron la mirada al comportamiento político durante la Restauración. En los años 70 el fenómeno caciquil se analiza sin la argumentación moralista finisecular: se describen los principales elementos del sistema y sus conexiones mutuas, relacionándolo con otros regímenes liberales europeos basados en relaciones de patronazgo a través de partidos de notables. Al asentarse la democracia, una vez pasados los cincuentenarios de la II República y la guerra civil, los historiadores contemporaneistas se han volcado en el estudio de la Restauración bien para explicar las causas más lejanas de la guerra, o bien para incorporar a la memoria colectiva una época de estabilidad política bajo el régimen liberal más duradero de nuestro pasado común. Actualmente, el estudio de la Restauración se ha enriquecido por el acercamiento a otras ciencias sociales (sociología, política, antropología) y el creciente interés por los estudios locales (que analizan sus múltiples implicaciones). Y existe entre ciertos historiadores una particular obsesión revisionista por “rehabilitar” el período, valorando como inevitable y necesario el caciquismo. d.2). P olémica historiográfica actual (I ): aspectos positivos del canovismo desde la perspectiva “ revisionista” (J. P. FUSI, A. de BLAS GUERRERO,)
94 ü Esta época está unida a la creación del Estado moderno español, la estabilización de la política, la alternancia en el poder y la superación del pronunciamiento liberal ü Cánovas fue un liberal conservador que convivió con un régimen de naturaleza caciquil que falseaba los resultados, pero eso era similar a lo que se hacía en otros países europeos en esa época y las trampas existieron antes y después ü Supuso un esfuerzo de integración en la vida del sistema de cuantas fuerzas políticas pudieran coincidir en un espacio liberal: atrajo al orden constitucional al grueso del liberalismo del sexenio y a parte de la España tradicional ü Estableció un nivel de disfrute de derechos y libertades homologable a los más avanzados de Europa (libertad de prensa, de asociación, tolerancia religiosa) ü Se desarrolló en un clima de paz social, triunfo del civilismo y superación de la guerra civil que posibilitaron una coyuntura económica favorable en la que se reanudó la construcción ferroviaria, se aceleró la inversión extranjera y se incrementaron notablemente las exportaciones ü Hay que valorar la intención del sistema que montó Cánovas porque en 1875 la democracia en España era imposible y la alternativa de derechas era el carlismo o la dictadura militar al estilo Narváez. Si veinte años antes se había construido un Estado, la generación de la Restauración hizo posible un sistema político para todos d.3.) P olémica historiográfica actual (I I ): aspectos negativos del canovismo (A. ELORZA, D. LÓPEZ GARRIDO) desde la perspectiva no revisionista Ø Cánovas encarna lo que para la derecha es un bien en sí mismo, la larga duración del régimen por encima del precio que se pagara en términos de libertad o progreso Ø Cánovas fue un reaccionario que hizo un régimen representativo en la forma pero vacío desde dentro por la oligarquía (que ejerce el poder de manera estable) y recondujo el liberalismo a una orientación defensiva. Creía a fondo en las soluciones de fuerza y frente al conflicto, Cánovas impuso la actitud defensiva y la represión Ø El único derecho que el Estado debía proteger por encima de todo es la propiedad Ø A pesar de hablar de soberanía compartida entre el Rey y las Cortes, en la práctica se subordinaba el P arlamento y la soberanía nacional a la Corona Ø El sistema se apoyaba en la corrupción y la manipulación (desde el vértice de poder social representado por los caciques) y era irreformable. El pragmatismo permitió aceptar retoques, como el sufragio universal (falseado inmediatamente) y el control relativo del Ejército
95 Ø El régimen fue incapaz de integrar los impulsos de una burguesía renovadora (catalana) o de un obrerismo democrático Ø Al abolir los fueros hizo nacer el mito de que se alimentó el independentismo vasco. Y cerró los vehículos de nacionalización (que en Europa del XIX eran el servicio militar y la enseñanza generalizados), lo que sumado a la crisis colonial provocó una crisis aún más profunda del Estado­nación que aún arrastramos Ø La Restauración canovista fue una fórmula para retroceder y romper abruptamente con el sexenio democrático. No sólo era suficiente acabar con la democracia: hacía falta también mantener y desarrollar el pujante orden social conservador Ø Cánovas resumió el entramado ideológico de las clases dirigentes en una triple alianza: con el liberalismo, la religión católica y la monarquía constitucional Ø La comparación con otros regímenes políticos es esperpéntica, pues los límites de la vida política eran intraspasables. El incipiente socialismo y el sindicalismo se vio casi siempre fuera de la política legal (a diferencia del esquema de poder de Inglaterra, Francia o Italia) Ø El régimen se fue distanciando de la realidad social y territorial (centralismo): la supuesta estabilidad del canovismo pagó ese precio tan alto en términos políticos y culturales que nos dificultó el acomodo en el XX 3.2. FASES Y EVOLUCI ÓN DE LOS ACONTECI M I ENTOS a) Alfonso XI I (1875­85) GOBI ERNOS Antonio Cánovas del Castillo (1875; 1875­79; 1879­81; 1884­85) Conservador. Impulsor del sistema. J oaquín J ovellar (1875) Conservador Arsenio Martínez Campos (1879) Conservador
96 Liberal. Alter ego de Cánovas y del turnismo pacífico P ráxedes Mateo Sagasta (1881­83) J osé de P osada Herrera (1883­84) P eríodo Liberal (especie de gobierno de transición) Acontecimientos Ø 1874. 29 de diciembre: Pronunciamiento de Martínez Campos, militar monárquico, en Sagunto. Proclamación de Alfonso XII. 29 de diciembre: Ministerio­regencia de Cánovas. Ø 1875. 14 de enero. Alfonso XII entra en Madrid. Febrero: Reconocimiento internacional de Alfonso XII. Ø 1876. 2 de julio. Promulgación de la Constitución de 1876. REI NADO DE Ø 1878. 23 de enero: Alfonso XII se casa con María de las Mercedes de Orleáns, que A LFONSO XI I fallece meses más tarde. 8 de noviembre: Ley electoral canovista que vuelve al sufragio restringido, abandonando el universal, implantado durante el Sexenio revolucionario Ø 1879. 29 de noviembre: Nuevo matrimonio de Alfonso XII con María Cristina de Habsburgo­Lorena. Ø 1880: Manifiesto de Salmerón y Ruiz Zorrilla (1 de abril), tras la organización del Partido Democrático Progresista. 23 de mayo: Fundación del Partido Liberal Fusionista por Práxedes Mateo Sagasta, fusión de centristas, como Alonso Martínez, Martínez Campos y Vega de Armijo. Ø 1881. 8 de noviembre: Gobierno de Sagasta: primera etapa liberal de la Restauración. Primeras Cortes con mayoría liberal (20­IX al 31­XII­84). Ø 1882. Octubre: Disidencia radical en el bloque "fusionista". Surge la izquierda dinástica, desplazando a Sagasta de la jefatura de las izquierdas liberales. Ø 1883. 13 de octubre: Gobierno de José Posada Herrera. Ø 1884. 18 de enero: Gobierno de Cánovas. Ø 1885. Ante la gravedad del estado de salud del rey, Cánovas y Sagasta acuerdan el turno de los partidos. Es el mal llamado Pacto de El Pardo (24­XI). enero 1875 ­ octubre 1885 Los años comprendidos entre 1875­81, prácticamente monopolizados por Cánovas (salvo la esporádica entrada de Jovellar y Martínez Campos) se lleva a cabo el establecimiento del régimen. Lo más destacable es la pacificación interior, con el fin de la guerra carlista en 1876 y la firma de la paz de Zanjón en 1878 (que pone fin de momento al levantamiento cubano). Desde el punto de vista de la política interior, destaca la promulgación de la Constitución de 1876 y, la vuelta al sufragio restringido en 1878. Por otra parte, es una fase de reflujo obrerista y republicano así como de retraimiento diplomático en relación a Europa. Desde 1881 a 1885 se empieza a practicar el turnismo entre conservadores (Cánovas, 1884­85) y liberales (Sagasta, 1881­83) separados por el gobierno de transición de uno de los mayores representantes del régimen isabelino (Posada Herrera). Son años en que se potencia la obra codificadora, cuyos resultados más visibles son la ley de Enjuiciamiento Civil (1881), de Enjuiciamiento Criminal (1882) y el Código de Comercio (1885), obra codificadora que se rematará unos años más tarde con el Código Civil (1889). En 1885, estando Cánovas como presidente del gobierno, muere Alfonso XI I cuando aún no estaba totalmente consolidado el sistema. Es
97 por ello que Cánovas y Sagasta firman el P acto del P ardo, que reforzará el turnismo para permitir la sucesión tranquila de Alfonso XII. La pacificación interior de estos años se vio acompañada de una coyuntura económica alcista de 1876­86 (fiebre del oro) motivada por fuentes inversiones extranjeras por una coyuntura internacional depresiva b) Regencia de María Cristina de Habsburgo (1885­1902) GOBI ERNOS Antonio Cánovas del Castillo (1890­92; 1895­97 ) Conservador. Asesinado en 1897 P ráxedes Mateo Sagasta (1885­90; 1892­95; 1897­99; 1901­02) Liberal Marcelo de Azcárraga y P almero (1897; 1900­01) Francisco Silvela y le Vielleuze (1899­1900) P eríodo Conservador Conservador. Sucede a Cánovas como jefe del partido conservador Acontecimientos octubre Ø 1885. 25 de octubre: Muerte de Alfonso XII. María Cristina, Reina Regente hasta la 1885 ­ mayo mayoría de edad constitucional del heredero o heredera. Se encuentra embarazada, 1902 por lo que habrá que esperar hasta el parto para saber quién va a ser rey o reina de España. Gobierno de Sagasta, primer gobierno liberal de la Restauración (27­XI). Ø 1886. Nace Alfonso XIII (17­V). Sublevación republicana del brigadier Villacampa, que fracasa. Es el último intento de golpe encabezado por un militar progresista (19­1X). Ø 1887. Ley de asociaciones (30­VI). Ø 1890. Se reintroduce en España el sufragio universal (9­VI). Se aprueba el Código REGENCI A Civil. DE MA RÍ A Ø 1892. Ruptura entre Cánovas y Silvela (6­XII) CRI STI NA Ø 1893. Proyecto de Maura para la reforma de la Administración cubana (3­VI). Ø 1895. Gobierno de Cánovas (23­III). Rey: Alfonso Ø 1896. Cortes con mayoría conservadora (11­V al 26­II­98). XI I I Ø 1897. Asesinato de Cánovas y gobierno de Azcárraga (8­VIII). Gobierno Sagasta (4­X). Fco. Silvela funda la Unión Conservadora (31­XII). Ø 1898. 15 de febrero: Explosión del buque estadounidense Maine en La Habana (15­II). Ø 25 de febrero: Inicio de la guerra hispano­norteamericana: primero, en Filipinas, y luego, en Cuba, que dura unos meses. Ø 1899. Gobierno de Silvela (4 de marzo). Se crea el Ministerio de Instrucción Pública.
98 Cortes liberales (20 IV al 16­XI­99). Ø 1900. Formación de la Unión Nacional, a iniciativa de J. Costa, S. Alba y B. Paraíso. Deslinde de posesiones españolas y francesas en África (27­VI). ­ Gobierno de Azcárraga (27­1). Legislación en seguridad social. Ley de accidentes del trabajo. Ley de trabajo de mujeres y niños, Ø 1901. Declaración de Estado de guerra en diversas provincias para reprimir las agitaciones obreras (26­feb.). ­ Ministerio de Sagasta (6­mar.). Cortes liberales (11­VI al 26­III­1903). Una vez firmado el Pacto del Pardo, Cánovas dimitió y la Regente, aún embarazada, llamó al gobierno a Sagasta a fines de noviembre de 1885. En mayo del año siguiente, nacía Alfonso XIII, lo que venía a salvar la situación sucesoria. El tur nismo continuar á hasta el asesinato de Cánovas en 1897 (Sagasta, 1885­90 y 1892­95; Cánovas, 1890­92 y 1895­97). Como hechos más destacados, estará la vuelta en 1890 del sufr agio univer sal (obra de los liberales) y el desastr e del 98, que provocó la caída de Sagasta en 1899. Se produce entonces el relevo generacional de los hombres que habían posibilitado la Restauración. La muerte de Cánovas da entrada a un nuevo conservadurismo representado por Silvela (presidente del gobierno entre 1899­1900 y 1902­1903) cuyo mayor rival en las filas de su propio partido será Maura. Sagasta volverá al gobierno entre 1901 y 1902 pero va a morir en 1903 (poco después de la mayoría de edad de Alfonso XIII). Durante estos años, la cuestión social se convierte en argumento central del debate político. Y España entra en el XX inmersa en problemas económicos, políticos, sociales, morales. c) La monarquía constitucional de Alfonso XI I I (1902­1923) Francisco Silvela y le Vielleuze (1902­03) Raimundo Fernández Villaverde (1903; 1905) Antonio Maura y Montaner (1903­04; 1907­09; 1918; 1919; 1921­22) Marcelo de Azcárraga y P almero (1904­05) Conservador. Disputa el liderazgo del nuevo conservadurismo regeneracionista a Maura Conservador. Pugnaba por el liderazgo con Maura Conservador (lidera el conservadurismo de corte regeneracionista) Conservador Eugenio Montero Rios (1905) Liberal Segismundo Moret y P rendergast (1905­06; 1906; 1909­10) Liberal
99 J osé López Domínguez (1906) Liberal Antonio Aguilar y Correa, M arqués de la Vega de Armijo (1906­ 07) J osé Canalejas y Méndez (1910­12) Liberal Manuel García P rieto, Marqués de Alhucemas (1912; 1917; 1917­18; 1918; 1922­23) Álvaro Figueroa y Torres Mendieta, Conde de Romanones (1912­ 13; 1915­17; 1918­19) Eduardo Dato y I radier (1913­15; 1917; 1920­21 Joaquín Sánchez de Toca (1919) P eríodo mayo 1902­ septiembre 1923 REI NADO DE A LFONSO XI I Liberal (el problema religioso fue el mayor al que se enfrentó). Asesinado en 1912 por un anarquista Liberal Liberal Conservador. Antagonista de Maura. Su llegada al poder entrañó la división definitiva del partido conservador. Asesinado Conservador M anuel A llendesalazar (1919; 1921) Conservador José Sánchez Guerra (1922) Conservador Acontecimientos 1902 Mayo 17 Mayoría de edad de Alfonso XIII. 1903 Abr. 23 Fundación del Instituto de Reformas Sociales. 1905 Ag­Sep. Motines de jornaleros en paro en el sur. 1906 Feb. 11 Organización de Solidaridad Catalana. Dic. 14 Comisión para la reforma del impuesto de consumos: se inicia la “reforma tributaria silenciosa” 1907 En. 25 Gabinete de Maura. Oct. 25 Legislación agraria maurista. Nov. 27 Ley para la renovación de la escuadra. 1909 Jul. 12 Inicio del embarque de soldados para Marruecos. Jul.6­31 Semana Trágica de Barcelona. Jul. 27 Desastre del Barranco del Lobo, en Marruecos.
100 1910 Dic. 23 Ley del candado, restringiendo la fundación y activi­ dades de congregaciones religiosas. 1911 Nov. Formación de la Confederación Nacional del Trabajo; huelgas obreras en toda España. Oct. 17 Aprobación de las bases de la Mancomunidad de Cataluña. 1913 Dic. 18 Creación de la Mancomunidad de Cataluña. 1914­18 Neutralidad española: crecimiento económico y presiones inflacionistas. 1916 Jul. 18 Huelga general. 1917 Jun. 1 Manifiesto de las Juntas militares de defensa. Jul. 16 Las Diputaciones vascas piden autonomía. Jul. 19 Asamblea de parlamentarios en Barcelona. Ag. 19 Huelga general revolucionaria en toda España. 1918 Oct. Se extiende la epidemia de gripe. 1919 Nov. Cierre patronal en Cataluña. Lucha violenta entre pa­ tronos y obreros. 1920 Nov. 3 Ilegalización de la C.N.T. 1921 Jul. 22 Desastre español en Marruecos: derrota de Annual. 1923 Sep. 13 Golpe de estado de Primo de Rivera. Durante estos años, se intentan dejar atrás las dificultades heredadas del final del XI X. De esta manera, se pretende una revisión del turno, la reforma de la administración local y la reorganización de los partidos dinásticos. P ero los intentos de renovación fracasarán por varios motivos. En primer lugar, porque chocan, dada la incapacidad del régimen para autorregenerarse, con las inercias del pasado (clientelismo, patronazgo). Por otro lado, la descomposición de las fuerzas del turno provoca grandes dificultades para construir mayorías parlamentarias coherentes y alienta un pretorianismo militar. Por último, el temor a la creciente fuerza de fuerzas políticas no gubernamentales (socialismo, republicanismo y nacionalismos vasco y catalán) impedirá una verdadera renovación desde dentro del sistema. Desaparecidos Cánovas y Sagasta, serán nuevos líderes quienes hagan viable el sistema hasta 1912: M aura (conservador) y Canalejas (liberal). Habrá varios gobiernos conservadores entre 1902­05 y 1907­09, presididos por tres rivales del mismo partido: Silvela, Fernández Villaverde y M aura, que se acabará haciendo con el liderazgo conservador. La Semana Trágica y el desastre del Barranco del Lobo convertirán a julio de 1909 en un mes conflictivo. Los gobiernos liberales vendrán, alternativamente, entre 1905­ 07 y 1910­12. Tras varias presidencias breves (Montero Ríos, Moret, López Domínguez y Armijo) será Canalejas quien se haga con las riendas del partido (apostando por una estrategia anticlerical) hasta su asesinato por un anarquista en 1912. Entre las leyes más destacadas están la de ley de jurisdicciones (1906, Moret), que sometía a los tribunales militares los
101 delitos contra el ejército (incluidos los de opinión) y la ley del Candado (1910, Canalejas), que prohibía la entrada de nuevas órdenes religiosas. A partir de 1912, la muerte de Canalejas y el ostracismo de M aura pondrá punto final a los intentos regeneracionistas. Desde 1913 a 1923 habrá gobiernos débiles, de corta duración, que caerán desbordados por algún problema. Los conservadores estarán presididos sucesivamente por Dato (antagonista de Maura, cuya llegada al poder entrañó la división definitiva del partido conservador), M aura, Allendesalazar, Sánchez de Toca y Sánchez Guerra. Entre los liberales apuntan las figuras de García Prieto y, sobre todo, de Álvaro de Figueroa (conde de Romanones). Romanones es la imagen más representativa de la época como maniobrero y paradigma de las elites y oligarquías de la época de Alfonso XIII; su labor de gobierno (que presidió varias veces entre 1912­13, 1915­17 y 1918­19) siguió los moldes del liberalismo de forma impecable, intentando someter las actividades de la Iglesia a la primacía del poder civil y abogando a favor de los aliados durante la I Guerra Mundial. Como datos más significativos destacan: a) la neutralidad durante la I Guerra M undial, aunque no puede evitarse una especie de beligerancia social debido a la división entre germanófilos y aliadófilos; b) la crisis de 1917, con una triple base (Asamblea de parlamentarios, huelga general de agosto y Juntas de Defensa) que desemboca en la ruptura definitiva del sistema de partidos; c) los graves problemas económicos, sociales, militares, políticos entre 1918­23, que desembocan en la Dictadura de Primo de Rivera (1923­30). 3.3. EL SI STEM A CANOVI STA a) La configuración del nuevo sistema político La Restauración borbónica suponía un sistema nuevo, una época de “normalidad” sin precedentes, debido a su dilatada vida y a la estabilidad constitucional. El edificio político de la Restauración descansaba en tres pilares: el turno de partidos políticos, entre conservadores y liberales; el monarca, como verdadero actor decisivo del turno de partidos y no el electorado; y la ausencia de electorado libre. El turnismo Elecciones 1876 1879 1881 1884 1886 1891 1893 1896 1898 1899 1901 1903 1905 P artidos vencedores Conservadores Conservadores Liberales Conservadores Liberales Conservadores Liberales Conservadores Liberales Conservadores Liberales Conservadores Liberales
102 1907 1910 1914 1916 1918 1919 1920 1923 a.1.) La pacificación interior Conservadores Liberales Conservadores (Dato) Liberales Liberales Conservadores (M aura) Conservadores (Dato) Liberales Uno de los empeños que más energía acometió Cánovas en sus primeros gobiernos fue la pacificación interior, tarea que culminó entre 1876 y 1878 con la derrota de dos de los conflictos aún pendientes desde tiempos del Sexenio, el carlista y el cubano. En febrero de 1876, cuando aún no se había aprobado el nuevo marco constitucional, se consumó la derrota carlista. Si ya la Restauración monárquica en diciembre de 1874 les había privado de parte de la hipotética legitimidad que esgrimían durante el sexenio, las derrotas de los focos carlistas catalanes en 1875 (por las tropas de Martínez Campos y Jovellar) y, meses después, la operación convergente en Vizcaya y Guipúzcoa puso fin a la guerra en el Norte. Justo dos años después, en febrero de 1878, la P az de Zanjón puso fin a una década de guerra y aplazó durante otras dos el arreglo definitivo del problema colonial. Martínez Campos puso fin a la insurrección cubana mediante la combinación de la acción militar (aisló a la guerrilla cubana, unos 7.000 hombres) y una serie de concesiones políticas entre las que destacan reformas administrativas, el indulto a rebeldes y la abolición de esclavitud (aprobada finalmente en 1880) a.2.) La Constitución de 1876 La Constitución de 1876, que reflejaba las ideas de Canovas, ofrecía el cuerpo legal al sistema. Se basaba en los principios del liberalismo doctrinario y en los intereses de las burguesías. No era democrática, no tanto por su origen (pues fue elaborada por unas Cortes Constituyentes elegidas por sufragio universal), sino por no contemplar la soberanía nacional. Su larga duración se explica, entre otras cosas, por ser breve y flexible, dejando para su regulación por leyes ordinarias aspectos tan importantes como el sufragio. Como pretendía superar los problemas de la España precedente, la constitución de 1876 era una especie de síntesis de los principios constitucionales de los textos de 1845 y 1869 (aunque mucho más parecida a la primera): de la constitución moderada de 1845 tomaba, entre otras cosas, la concepción de la soberanía y el papel de la Corona; respecto a la carta magna de 1869 sólo se acercaba en cuanto a la regulación de derechos. Sus instituciones más destacadas son la Corona y las Cortes bicamerales (Congreso y Senado). En este sentido, ha sido definida como una “constitución de notables”, debido a las prerrogativas reales (soberanía compartida entre el rey y las cortes), la naturaleza del senado (de composición mixta, la mitad nombrado por el rey y la otra mitad electo por corporaciones del estado, diputaciones y compromisarios nombrados
103 por ayuntamientos y mayores contribuyentes de los pueblos) y el sufragio censitario (hasta 1890) para la elección del Congreso. a.3.) Nueva alianza I glesia­Estado Otro de los elementos a destacar de la Constitución de 1876 es su carácter confesional, otorgando, de nuevo, a la I glesia una función legitimadora del régimen. El art. 11 reconocía el catolicismo como religión oficial del Estado. Aunque la Iglesia vio con recelo la tolerancia de cultos, esto no significaba una verdadera libertad religiosa ni una efectiva libertad de conciencia y sólo estaba permitido (y mantenido por el Estado) el culto católico. Por otra parte, el sistema canovista entregó a la I glesia el control de la educación. El Papa León XIII reforzó aún más la alianza con el reconocimiento de los poderes constituidos. De esta manera, la La Iglesia adquirió un gran poder social a.4.) Turnismo y bipartidismo El sistema canovista apostaba por un poder civil prestigioso (esto es, de gobiernos civiles, poniendo fin al intervencionismo militar, aunque pero los militares seguirán siendo un fuerte grupo de presión) que se apoyaba en partidos políticos sólidos y fuertes, capaces de alternar en el gobierno; este equilibrio de fuerzas contrapuestas es lo que se conocerá como turnismo (“invención” de Cánovas, en gran medida, y establecido con nitidez en el P acto del P ardo , al morir Alfonso XII en 1885) a partir de dos grandes partidos, el liberal­conservador (liderado por el propio Cánovas hasta su muerte en 1897) y el liberal­fusionista (heredero del régimen de libertades del sexenio, liderado por Sagasta hasta el inicio del reinado de Alfonso XIII). A estos dos grandes partidos les correspondía agrupar el mayor número posible de grupos y facciones, con el único requisito de aceptar la monarquía alfonsina. Por este motivo, se les conocía como partidos dinásticos. Los partidos del Gobierno y la oposición actuaban en nombre del régimen, sin combatirlo. De esta manera, la principal fuerza de oposición (ligada al sistema) dejaba de ser revolucionaria y pasaba a ser una fuerza constructiva, garantizando así un régimen de libertad y concordia (FUSI). Aunque había discrepancias entre los dos partidos (como en el tema del sufragio universal), eso no obstaculizó un funcionamiento razonable; cada partido intentó desarrollar su programa sin modificar bruscamente la tarea de Gobierno del adversario. El resultado fue un sistema político asentado sobre una política de “centro” Estos dos partidos se “turnarían” en el poder. A cada mandato de un partido le sucedía un gobierno del otro. De esta forma, se garantizaba una importante estabilidad, que se tradujo en la larga duración del régimen. Pero el precio que se tuvo que pagar para dicha estabilidad y un régimen representativo fue la de impedir cualquier democratización del régimen mediante la manipulación electoral y el clientelismo y excluyendo del sistema a las minorías carlista, republicana, socialista o regionalista. a.5.) I deario y evolución de los partidos del turno
104 Como hemos dicho, los dos grandes partidos (y únicos que gobernaron) de la Restauración fueron el P artido Liberal­Conservador y el P artido Liberal Fusionista, conocidos respectivamente como “conservadores” y “liberales”. No se trataba de partidos modernos de masas, tal como los conocemos hoy, con sus sedes, agrupaciones, y afiliados. Se trataba de partidos de notables, es decir, la reunión de varios líderes políticos con sus respectivas clientelas, sus órganos de prensa, sus apoyos locales. Así, cada uno de estos políticos lideraba una facción. La misión del líder era mantener unidas a las diferentes facciones del partido, y repartir los beneficios del poder equilibradamente entre ellos. Si un partido perdía la unidad interna mientras estaba en el gobierno, el rey podía quitarle su confianza y llamar a la oposición para que formara nuevo gobierno y convocara las elecciones, mediante lo que se conocía como “decreto de disolución”. Por ello, era necesario que el líder del partido fuera una figura con el carisma suficiente como para aglutinar en su torno a todas las facciones. Durante el último cuarto de siglo, Cánovas y Sagasta fueron los líderes indiscutibles, pero tras su muerte se sucedieron las divisiones internas a sus respectivos partidos. El P artido Liberal­Conservador fue el primero de los dos que se constituyó. Su líder era Antonio Cánovas del Castillo, quién intentó aglutinar en su seno a las fuerzas derechistas del sistema: a) los antiguos moderados partidarios de Isabel II (aunque anulándolos políticamente); b) los miembros de la Unión Liberal, incluidos aquellos que, como Romero Robledo, apoyaron la revolución de 1868; c) personalidades destacadas, como el general Martínez Campos (aunque luego pasó a las filas liberales); y d) también ingresaron en su seno grupos cercanos al carlismo pero que aceptaban la legitimidad alfonsina, como la Unión Católica de Alejandro Pidal. El conservador era el partido que buscaba garantizar los intereses sociales y políticos de las burguesías conservadoras. Desde el punto de vista económico, eran proteccionistas (por exigencias de las burguesías catalana, vasca y progresivamente las del centro y sur peninsular). Durante sus varios mandatos entre 1875 y 1897, Canovas, dejó en manos de sus ministros de gobernación, en especial de Francisco Romero Robledo, la política “menuda”, a l que no era nada aficionado. Pero sí orientó la actuación del partido en relación con los grandes temas de política económica (en favor de un moderado proteccionismo), relaciones exteriores (una política de recogimiento, sin planteamientos audaces) y la política hacia las colonias (orientada a su conservación y asimilación al territorio metropolitano). Tras la muerte de su líder, el partido tuvo dificultades para encontrar su relevo, y comenzaron divisiones internas entorno a figuras emblemáticas del partido: Silvela, Maura, Dato... El partido Liberal Fusionista (conocido como “liberal”) concentraba las fuerzas de la izquierda del sistema y surgió más tarde, ya que las facciones que lo iban a componer estaban desorganizadas tras el fracaso del Sexenio. El proceso no fue fácil y no se consolidó hasta 1881, cuando accedieron al poder bajo la dirección de Sagasta, su líder durante el último cuarto de siglo. Su programa fundamental se basaba en desarrollar los derechos y libertades del Sexenio y posibilitar el modelo capitalista de desarrollo económico. En el fusionismo se fueron dando cita los diferentes partidos
105 monárquicos del Sexenio: constitucionalistas, radicales... En su política de atracción hacia la izquierda también absorbieron a finales del XIX a los posibilistas de Emilio Castelar. Pese a representar las utopías e ideales del 68, los liberales (con una composición muy heterogénea) mantendrán una práctica constitucional tan degradada y adulterada como la de los conservadores, y tan distanciados como ellos de las reivindicaciones populares. En relación a su política económica, pasaron de una la orientación librecambista inicial a un progresivo proteccionismo. Su obra legislativa más importante está representada por los códigos de Comercio (1885) y Civil (1889), la ley de Asociaciones (1887), la ley del Jurado (1888) y la aprobación del sufragio universal (1890). Al igual que ocurrió con los conservadores, la muerte de Sagasta supuso la división interna de las diferentes facciones. A ello se sumó el hecho de que su programa político estaba agotado a la altura del cambio de siglo, por lo que fueron desarrollando nuevos rasgos en su identidad, como el anticlericalismo. En sus dimensiones económicas y sociales, liberales y conservadores se complementaron. En relación a la primera, ambos partidos acabaron defendiendo el proteccionismo (los liberales se sumaron a su defensa, hecha antes en solitario por conservadores). Y, en su dimensión social, ambos iniciaron una vía de reforma social (aunque con gradaciones propias de cada estilo y programa) que se plasmó en la Comisión de Reformas Sociales (1884) y en el Instituto de Reformas Sociales (desde 1904). En cuanto a la cuestión religiosa hubo discrepancias: al carácter católico y protector de la Iglesia (conservadores) se opuso, desde principios del s. XX, el componente secularizador y anticlerical, en defensa de la neutralidad el Estado, con los liberales Moret y Canalejas a la cabeza. Los “ terceros partidos” tuvieron una vida efímera (pues Cánovas y Sagasta se esforzaron por reformar la unidad de los partidos dinásticos y afirmar la autoridad de su liderazgo). En 1886 se constituyó un partido reformista (de Romero Robledo y López Domínguez), que intentó sin éxito el papel de “tercera vía”. Otro partido (Izquierda dinástica), liderado por el general Serrano, tampoco tuvo éxito y acabó ingresando en el partido liberal. Y tampoco pudo arraigar la formación de la Unión Nacional (liderada por Joaquín Costa y Santiago Alba, como movimiento declaradamente regeneracionista) como tercera fuerza en el tránsito del XIX al XX porque la política se impregnó de regeneracionismo. b) El funcionamiento del sistema: caciquismo y manipulación electoral b.1.) Algunas consideraciones acerca del caciquismo y la figura del cacique El fenómeno del caciquismo no era nuevo. La palabra cacique tiene reminiscencias americanas y el fenómeno caciquil llegó a ser tenido en la época por una especie de “nuevo feudalismo”, aunque esta expresión es conceptual e históricamente incorrecta. En realidad, hunde sus raíces en la época isabelina, pues los procesos desamortizadores ayudaron a la configuración de este sistema de relaciones sociales, gracias a la concentración de la tierra (sobre todo en el sur peninsular) y a la proletarización del campesinado. Sin embargo es durante la Restauración
106 cuando adquiere su verdadera dimensión, con la asociación orgánica del cacique con la elite política. Convertido en el rey de la picaresca de la Restauración, el cacique representaba los intereses del gran terrateniente o él mismo lo era, y de él dependía la vida económica del pueblo, el trabajo de los jornaleros y a veces hasta los más insignificantes detalles de la vida cotidiana. El caciquismo es el nombre que recibió el entramado de relaciones sociales que definían la vida política durante la Restauración. Extiende su ámbito explicativo más allá de los estrictos mecanismos políticos; en realidad, la concreción electoral del cacicato era tan sólo una de las múltiples formas de manifestarse la influencia de los caciques en una sociedad de clientelas. Se puede apreciar, por tanto, una doble perspectiva del caciquismo. Por un lado, refleja las relaciones sociales de una España rural, con una estructura agraria polarizada entre latifundios y pequeñas propiedades, en la que el sistema caciquil suponía el dominio de la oligarquía agraria sobre la población campesina. En esta línea, la historiografía tradicional veía en el caciquismo un instrumento de dominación socioeconómica, que se servía del atraso para acrecentar la explotación y obstaculizaba el progreso social y político. Y en los últimos años (paralelamente a su dimensión política) otros autores han destacado la función del caciquismo en el mantenimiento del orden social establecido y la pervivencia de determinadas estrategias de poder de los sectores oligárquicos locales. Desde esta perspectiva, es una forma de dominio social que descansa en el control de la propiedad. Y, por otro lado, el caciquismo remite a una estructura política, pues como base del sistema electoral, como red clientelar garantizaba su funcionamiento pues aseguraba los pactos necesarios entre gobierno y poderes locales. Desde esta última consideración, se ha venido a revalorizar en los últimos años el papel funcionalista del caciquismo para garantizar el sistema, evitar luchas y repartir prebendas. La “nueva historia política”, ha interpretado el fenómeno en clave de comportamiento político­ electoral en el que el cacique desempeña una función de intermediación entre una sociedad poco articulada y un Estado liberal que dispone de un sistema de representación inadecuado al grado de desarrollo de aquélla. Los gobiernos cedieron parte de su poder a las redes caciquiles existentes no para “hacer las elecciones” (que el encasillado garantizaba en la mayoría de los distritos) sino para evitar su exclusión (de ahí el uso alternativo de los recursos que proporcionaba el poder estatal). Desde esta perspectiva revisionista, el cacique desempeñaría un papel funcional de un proceso de modernización imperfecta. De manera que, aunque impidió la democratización del sistema, le proporcionó, en cambio, una estabilidad sin precedentes anteriormente. Los caciques podían pertenecer a cualquiera de las dos familias políticas, conservadora o liberal, o podían pasar por ambas. Lo esencial no
107 era su filiación política, sino sus intereses de clase que, sustancialmente, coincidían, al margen de la elección partidista. Incluso la decantación por una u otra opción en algunos casos se debía más a antagonismos locales entre las diferentes familias que a convicciones ideológicas. b.2.) P ráctica electoral El carácter representativo del régimen canovista no implicaba ni mucho menos el respeto a las más elementales reglas del juego democrático. Antes al contrario, la práctica electoral de la Restauración fue la negación misma del juego democrático debido a la ausencia de un cuerpo electoral libre y la manipulación electoral. La figura de Romero Robledo destaca como el gran manipulador de la Restauración. Aunque en otros países existía también corrupción electoral, ya aludimos en un tema anterior cómo en Italia se daba el clientelismo pero el peso del fraude fue menor debido a la necesidad en España de atender las necesidades del turno. Las consecuencias serán nefastas, pues impidió un auténtico aprendizaje político que, a la larga, será muy perjudicial para el país, llegando a luchas fratricidas. Las elecciones al Parlamento estaban mediatizadas por las prácticas caciquiles y el gran pacto entre los partidos turnantes, de manera que siempre ganaban las elecciones el partido que las convocaba. Si en un sistema democrático, el partido que gana las elecciones forma el gobierno, en el canovista, en cambio, el rey nombraba el gobierno, y después se hacían las elecciones para que ese gobierno tuviera una mayoría parlamentaria con la que gobernar. Por consiguiente, no eran las elecciones las que provocaban los cambios en la presidencia del Gobierno, sino los gobiernos los que, manejando las elecciones, construía mayorías parlamentarias afines. El fraude (por la exclusión que origina) es obvio en el caso del sufragio censitario, pero seguirá conservando su sentido tras reimplantarse el sufragio universal masculino en 1890, ya que las elecciones continuaron siendo objeto de constantes manipulaciones. Sólo que para poder controlar el voto de un electorado cinco veces mayor a partir de 1890, se requería una maquinaria electoral aún más adiestrada. En efecto, tras disolver el rey las Cortes y encargar la formación de nuevo gobierno a un partido dinástico, se ponían en marcha varias formas de manipulación. Se empezaba por el encasillado . Su nombre está en relación con las “casillas” que iba rellenando el ministro de la Gobernación con los nombres de los candidatos que serían elegidos y los distritos por los que lo harían. El partido del turno se garantizaba primero una cómoda mayoría para gobernar y luego negociaba el resto de los diputados con el partido de la oposición, e incluso podía dejar algún escaño a los republicanos. En todo el sistema el papel de los gobernadores civiles fue esencial; para ello se convertía en el mediador directo entre el Gobierno y los caciques locales, sirviéndose también del control sobre los alcaldes para que toda la maquinaria administrativa se pusiera al servicio de los deseos de Madrid. Si era preciso, mandaba a la Guardia civil para ejercer todas las coacciones que fueran necesarias. El gobernador se convertía en el verdadero hacedor de las elecciones puesto que debía asegurar el triunfo de los candidatos
108 gubernamentales. El encasillado era, pues, fruto de una imposición, pero también de complicadas negociaciones entre partidos y entre sus facciones. Con la reimplantación del sufragio universal, se tuvo que recurrir a otras formas de manipulación que acabaron por provocar la crisis del sistema, como la rotura de urnas, las coacciones físicas o económicas o el falseamiento de las actas. El término pucherazo , tan ligado al sistema electoral de la Restauración, deriva del empleo de pucheros como urnas electorales (no era el recipiente más adecuado para salvaguardar la libertad individual de voto). Pero, además, en los distritos rurales con localidades pequeñas fue bastante habitual el uso directo de la violencia física, o al menos de la coacción por medio de la presencia en los colegios electorales de personal armado. También se empleaba la coacción económica o la compra de votos, pues del cacique local dependía el trabajo de muchos jornaleros y la amenaza del paro podía ser suficientemente convincente. 3.4. LAS LI M I TACI ONES DEL SI STEM A a) Crisis colonial La primera guerra con Cuba había concluido, teóricamente, con la Paz de Zanjón de 1879, pero retoñó esporádicamente en años sucesivos. Para JOVER ZAMORA, “faltó imaginación y sobraron intereses creados para que pudiera hacerse de la paz de Zanjón fundamento de una renovada convivencia entre cubanos y españoles”. Pero la guerra sirvió para madurar la personalidad nacional cubana, que va a desarrollar, a partir del “grito de Baire” de febrero de 1895, una nueva insurrección por toda la isla. Los insurgentes cubanos (liderados por figuras como las de Máximo Gómez, Antonio Maceo o José Martí) contaron pronto con la ayuda de los Estados Unidos, que deseaban una Cuba independiente para que su capital monopolizara su rica producción azucarera, aunque no entraron abiertamente en el conflicto hasta abril de 1898. La guerra se extenderá en agosto a Filipinas, en donde los insurgentes serán liderados por José Rizal. En este archipiélago, la Iglesia era la principal terrateniente y la lucha por la independencia va a ir de la mano de la causa anticlerical. Las tropas españolas (comandadas por el general Polavieja, primero, y Fernando Primo de Rivera, luego) controlaron la rebelión y en diciembre de 1897 se pudo firmar una paz precaria. El caso cubano evolucionó de otra manera. El gobierno español, primero con Cánovas y luego con Sagasta, se opusieron a su independencia, pero siguieron una estrategia distinta. En abril de 1895 fue nombrado capitán general de Cuba el militar español más célebre, M artínez Campos, que emprendió una “guerra suave”, pues era consciente de la mala preparación de sus tropas y el apoyo popular de los insurrectos. Tras su negativa a actuar con amplios poderes en Cuba, lo sustituyó en enero de 1896 el general W eyler, cuya misión era acabar rápidamente con la insurrección antes de que los norteamericanos interviniesen. El tiempo apremiaba y los sistemas de campos de concentración y la represión de Weyler provocaron que se le conociera como “el
109 carnicero”. Si embargo, las tácticas de Weyler (“a la guerra con la guerra”) desprestigiaron la acción española y consiguieron el efecto contrario, pues precipitaron el intervencionismo americano y se oficializó el reconocimiento de beligerancia cubana. Tras el asesinato de Cánovas en agosto de 1897, asumió al poder Sagasta, que cambió de planes. Retiró a Weyler y concedió una amplia autonomía a la isla, una solución que no convenció a estas alturas a casi nadie. El gobierno norteamericano estaba buscando una excusa para declarar la guerra a España e intervenir ya directamente en el conflicto y ésta llegó con el hundimiento del crucero “M aine” con su tripulación a bordo. Aunque no había pruebas, se achacó a un sabotaje español. Ya en los meses previos, los periódicos sensacionalistas (sobre todo New York Journal de Hearst) se encargaron de preparar un clima belicista y antiespañol en la opinión pública. En este ambiente, el Presidente republicano M cKinley, conocido intervencionista, se negó a investigar, dio por buena la versión del sabotaje y, aunque no las tenía todas consigo (pues era consciente que las potencias internacionales no admitirían de buen grado el engrandecimiento de su país) y hubo esfuerzos diplomáticos para evitarla, acabó declarando la guerra a España el 23 de abril de 1898. A partir de la declaración de la guerra comenzaron manifestaciones populares por toda España y se hicieron más evidentes las muestras externas de “patriotismo”. Pero la rendición de Cavite (mayo de 1898) dará paso, poco después, al dominio del archipiélago filipino por la insurrección tagala. Y en junio, la escuadra española estaba prácticamente destruida en Cuba. Después de los desastres fueron muchas las voces que se levantaron para buscar la paz, tras una victoria demasiado fácil para los norteamericanos, que había causado alrededor de cien mil muertos españoles. En agosto, el Gobierno de Madrid firmó un protocolo solicitando el fin de la guerra. Aunque todavía hubo algunos incidentes, el proceso de paz era irreversible y culminó con la firma de un tratado de paz en P arís el 10 de diciembre de 1898, por el cual España renunciaba a Cuba (que pasaba a ser independiente aunque siguió un tiempo bajo administración norteamericana), mientras Filipinas y Puerto Rico eran cedidas a los Estados Unidos. La liquidación del imperio español se completaba con la cesión de las Carolinas, Marianas y Palaos tras una transacción financiera. Para FUSI, “España se convertía en una modesta nación, sin apenas influencia en la esfera internacional (...) a la que sólo restaban de su formidable pasado colonial unas pocas posesiones en África”. El desastre de 1898 no sólo provocará la pérdida de las últimas colonias que conservaba España, sino que dará paso a un amplio sentimiento de regeneración en el país. Tras el descalabro, se levantaron voces por doquier pidiendo responsabilidades y culpables. El 98 reveló las limitaciones de la Restauración y fijó una parte sustancial de la agenda de cuestiones que interesarían a los españoles en buena parte del s. XX.
110 La pérdida de las colonias provocó también una serie de cambios socioeconómicos (que no hay que considerar como crisis económica) entre los que destacan la reinversión de los capitales repatriados, una nueva orientación industria (la crisis en la pequeña empresa favoreció la concentración) y una nueva política agraria. Y generó la irrupción de los nacionalismos periféricos en la política española además de reabrir la polémica clericalismo/anticlericalismo. De ello hablaremos a continuación. Pero antes nos detendremos en los intentos revisionistas. b) Los intentos revisionistas El impacto moral, religioso e intelectual será aún más fuerte que el material. Esta crisis toma forma de manera destacada en la clase obrera, que empieza a cobrar protagonismo social en las zonas industriales a través de formulaciones socialistas (PSOE) y sindicalistas (UGT, CNT). La profunda crisis de la conciencia nacional fue el marco en el que se nutrió la generación del 98, un grupo intelectual que abrió la crítica despiadada al régimen canovista y pondrá sobre el tapete el llamado “problema de España”. Unamuno, Baroja, Azorín, Maeztu, Valle­Inclán o Machado en la literatura y Zuloaga en la pintura son sus mejores exponentes, y estará también en la base del pensamiento de epígonos del 98 como Ortega, Marañón, Azaña, Pérez de Ayala. Todos ellos buscarán la regeneración del país con nuevas fórmulas, que se pueden resumir en dos: la afirmación nacionalista (hispanidad) o la internacionalista o europeista. La vida política se impregnó de estas exigencias de cambio de corte regeneracionista, ante el fracaso del sistema canovista, buscando nuevas bases sobre las que asentar la vida del país. Los movimientos declaradamente regeneracionistas culminaron en la formación de un movimiento populista muy crítico con el sistema y de vida corta, la Unión Nacional (encabezada por Santiago Alba, Basilio P araíso y Joaquín Costa), dirigido a encuadrar a la pequeña burguesía y que planteó intensas campañas de reforma electoral, de descentralización administrativa y económica, de grandes reformas en el campo, de reformas del servicio militar y del sistema educativo, etc. Pero sus tres líderes tenían diferencias ideológicas insalvables: mientras Costa quería convertirlo en partido político de nuevo corte y cercano al republicanismo, los otros preferían mejor que fuera un movimiento de presión y, tanto Alba como Paraíso, acabarán ingresando en el partido liberal. También desde dentro del sistema se levantaron voces de corte regeneracionista, que se concretó en la creación del Ministerio de Instrucción Pública (1899), la aprobación de primeras leyes sociales (1900) o la reactivación de la política exterior, entre otros. Francisco Silvela fue quien encabezó de manera más visible esta la voluntad de cambio de los políticos “profesionales” con el fin de afrontar la resolución de los problemas nacionales que habían congelado Cánovas y Sagasta. Apodado “la daga florentina”, Silvela, un hombre inteligente, culto y buen conocedor de la historia de España, había dado un toque de atención el mismo mes de la derrota con su artículo “Sin pulso”, publicado en El Tiempo. Como representante de la austeridad y decoro políticos en las filas conservadoras, Silvela será quien lidere el partido conservador a la muerte de Cánovas, gobernando en los primeros tiempos de Alfonso XII hasta caer ante el impulso del nuevo líder conservador (y también regeneracionista), Antonio
111 Maura. Pero el afán de reformas desde dentro del sistema se topó con los problemas presupuestarios. c) La crisis el Estado­nación y el auge de los nacionalismos periféricos El desastre del 98 reveló la mala vertebración de la organización territorial del Estado centralista y provocó la irrupción de los nacionalismos periféricos en la política española, naciendo así uno de los elementos perturbadores de la España del s. XX. Vascos y catalanes serán los que representen de manera más visible este punto de referencia común sobre la crisis del Estado­nación a fines del XIX. A diferencia de lo que ocurría al otro lado de los Pirineos, donde también hay catalanes y vascos pero no fracasaron los mecanismos de integración, en España hubo una eclosión de movimientos nacionalistas. Pero seguirán caminos diferentes, pues responden a procesos dispares de transición a la modernidad. Como señala ELORZA, mientras en Cataluña, la temprana industrialización generó una comunidad de intereses regionales compatible con la conciencia de una necesaria pertenencia (como mercado reservado) a un Estado español lejano y, en cierta forma, despreciado por su atraso, en las provincias vascas se vivió una transición más violenta del Antiguo Régimen a la sociedad industrial, con la pérdida de los fueros y la inmigración como referentes de un rechazo más radical de su inserción en España. Por eso, el catalanismo no será mayoritariamente independentista en sus orígenes y se nutrirá de un discurso modernizador, mientras el nacionalismo vasco será separatista y tendrá un marcado sesgo integrista. El nacionalismo catalán nació antes del desastre del 98, pero se intensificó a raíz de éste, pues con las colonias se perdieron mercados protegidos. Su primera formulación destacada fue la Unió Catalanista (1891), que buscaba la restauración de las instituciones históricas del Principado y un traspaso de amplias competencias públicas y económicas. Pero su mayor referente político será la Lliga Regionalista de Catalunya (1901, liderada por Prat de la Riba y Cambó), representante de un catalanismo conservador y burgués cargado de pragmatismo, que aspiraba a intervenir en la política española orientándola en función de los intereses de la burguesía catalana; su irrupción rompió el bipartidismo en Cataluña y sus relaciones con los partidos dinásticos se movió entre la tensión (como ocurrió con Solidaridad Catalana en 1906 o en su participación en la Asamblea de Parlamentarios en 1917) y el pacto (tras su incorporación al gobierno de Maura en 1918). De esta manera, la cuestión catalana vino aportar a la política nacional la necesidad de reforma de la administración local y obligaba a repensar la naturaleza del Estado­nación forjado a lo largo del XIX. Distinta será la naturaleza del nacionalismo vasco. No era pactista y al carecer de dimensión española no buscó la integración de la sociedad vasca. Sus orígenes hay que situarlos tras la abolición de los Fueros en 1876, que provocó una intensa reacción cultural en defensa de las instituciones suprimidas y, por extensión, de la lengua y la cultura vascas. En los años noventa, Sabino Arana (1865­1903) redefinió el fuerismo como nacionalismo y fundó el P NV en 1895, entrando en la Diputación de Vizcaya en septiembre de 1898. Arana identificó fueros con códigos de
112 soberanía nacional vasca y reintegración foral con la devolución de la soberanía “perdida”. Además de idealizar el mundo rural y tradicional vasco, en pleno proceso de industrialización acelerada, afirmó que los vascos, por su raza y religión, eran una nación (Euskadi, neologismo acuñado por él mismo) y convirtió el eusquera (lengua perdida en gran parte de Álava y Bilbao) en la lengua nacional, a la vez que se propuso reuscaldunizar una sociedad ampliamente castellanizada. Hasta 1910 el nacionalismo vasco fue un fenómeno estrictamente vizcaíno. Mucho menos peso tendrá el galleguismo, que fracasó políticamente hasta 1931. d) La cuestión militar Como ya se ha dicho anteriormente, el sistema canovista supuso el fin del intervencionismo militar y la formación de gobiernos civiles, intentando relegar al Ejército a los cuarteles, aunque no por ello permanecerá al margen. Pero la crisis colonial, primero, y la guerra de M arruecos, después, van a otorgar protagonismo a la cuestión militar, donde se deben considerar varios factores. En primer lugar, esta iniciativa colonial estaba alejada de las aspiraciones populares y el sistema de reclutamiento era injusto (por el sistema de redención en metálico). En segundo lugar, más que para defensa nacional, las fuerzas armadas representaban un instrumento garante de los derechos e intereses de la burguesía. Por último, el ejército se mostró contrario a los distintos proyectos de cambio y profesionalización presentados por Martínez Campos (1879), Cassola (1888) y López Domínguez (1893). Desde el movimiento obrero, el ejército era considerado un enemigo social, por ser mantenedores del orden social e incapaces de soportar la crítica de la prensa republicana, anarquista, socialista o nacionalista. La tensión entre algunos sectores de opinión (sobre todo catalnistas) y el Ejército se acentuó tras el desastre del 98. En este clima de crítica respecto a la milicia, la aprobación en 1906 de la ley de jurisdicciones (aprobada por el gobierno del liberal Moret) vino a echar más leña al fuego, pues los delitos de opinión que afectasen al Ejército serían sometidos a la jurisdicción de tribunales militares. Si su tramitación parlamentaria había provocado un duro enfrentamiento (con Cambó como principal crítico) su aplicación posterior volvió a provocar nuevas reacciones parlamentarias, en medio de una reconversión grande que afectó al conjunto de la política restauracionista, tanto a liberales y conservadores, como a nacionalistas, pues se vio quebrada la Solidaridad Catalana (abriéndose paso un espacio de izquierdas que contrastó en las décadas siguientes con el nacionalismo conservador de la Lliga). La aplicación del Código de Justicia Militar en los años siguientes dio lugar a más de doscientos consejos de guerra ordinarios, que afectaron a 1.725 paisanos, con varias condenas a muerte, entre ellas la de Francisco Ferrer (considerado autor intelectual de la Semana Trágica), en medio de una campaña internacional y nacional que centró la política del “¡Maura no!”. La Semana Trágica tuvo lugar en julio de 1909. Iniciada como protesta ante la “campaña de Melilla” (dado el
113 sesgo que los conservadores estaban dando a la política africana) produjo un movimiento hostil al gobierno con repercusiones de ámbito religioso (quema de varias decenas de conventos y edificios religiosos a modo de “rito purificador”) y puso fin a la tentativa reformista del conservador Maura. Aunque se ha discutido su pretendido carácter “anticapitalista”, hay cierto consenso entre los historiadores sobre la escasa rentabilidad política que las agresiones antieclesiales tuvieron contra los intereses del capitalismo. Ocho años después, en 1917 el malestar del Ejército estalló, reapareciendo en la vida pública, como veremos más adelante. e) La cuestión religiosa Durante la Restauración, la Iglesia recuperó parte del poder perdido anteriormente y fue una de las bases del sistema. Las relaciones se hicieron aún más estrechas durante la Regencia de la devota María Cristina. Por eso, ante la guerra colonial, la I glesia apoyó al gobierno español y se opuso a la causa de los independentistas. No faltaban razones para que el Vaticano apoyara a Madrid. En primer lugar, porque España era el último bastión católico para Roma, pues su legislación religiosa favorecía sus intereses. En segundo lugar, porque la rebelión filipina lo era también contra los intereses económicos de la Iglesia y estaba atribuida a la masonería. Por otra parte, el apoyo al gobierno dinástico era también una muestra de que Roma no veía con buenos ojos las tentativas carlistas. No obstante, conviene distinguir algunas fases en este apoyo, con características propias. En una primera fase (agosto 1895­mayo de 1898) es tan notoriamente claro el respaldo institucional de la Iglesia al Gobierno que algún autor ha calificado la postura de la jerarquía católica como “organismo de legitimación de la política oficial cuando no ya partícipe directo de los esfuerzos bélicos”. El apoyo a esta guerra santa se ofrecía no sólo a través de rogativas, procesiones, oraciones o bendiciones a las tropas cuando salían a las colonias, sino también promoviendo organizaciones laicas para que se manifestaran en apoyo de la guerra y no se admitieran concesiones; incluso conforme se iba complicando la situación para la metrópoli, la predicación religiosa se radicalizó y la Iglesia se involucró aún más directamente con donativos para la formación de Batallones de Voluntarios. Pero el desastre de Cavite marca el inicio de una segunda fase en la que el alto clero se manifestó a través de posturas divergentes; mientras algunos obispos (como el de Segovia) aún hablaban de guerra santa, el de Barcelona defendía la paz desde junio de 1898. También la pérdida de las colonias repercutió en las relaciones I glesia/ Estado, sobre todo por un doble motivo: por el regreso de miles de eclesiásticos españoles procedentes de Cuba, Filipinas y Puerto Rico; y porque las acusaciones de complicidad clerical en la pérdida de las colonias ayudaron a crear un ambiente propicio al anticlericalismo. Ambos hechos (sumados a otros factores que veremos a continuación) fueron determinantes para explicar los dos fenómenos más destacados de la Iglesia española en el tránsito de un siglo a otro: la reclericalización, por un lado, y la polémica clericalismo­anticlericalismo, por otro. e.1.) La reclericalización
114 Las manifestaciones prácticas de esta recuperación religiosa o reclericalización de la sociedad española se pudieron apreciar de manera evidente desde 1900 en varios ámbitos. En primer lugar, en el citado incremento del clero regular, merced al establecimiento de nuevas comunidades religiosas así como a la llegada de monjes procedentes de las colonias y de Francia y Portugal (de donde habían huido ante las disposiciones anticlericales de sus respectivos gobiernos). En segundo lugar, el creciente poder social de la Iglesia se plasmó en grandes convocatorias (misiones populares, peregrinaciones, jubileos) y la celebración de seis congresos católicos entre 1889­1902, encaminados (especialmente los dos últimos) a movilizar a los católicos. Y, relacionado con esto último, en tercer lugar, en el intento de recristianizar el país reaccionando contra las libertades modernas con el impulso del asociacionismo católico y de la participación de los católicos en política. En orden a la participación política de los católicos, La Santa Sede no quería partidos confesionales en España (no era preciso, dado el marco político canovista) y prefería la integración de los católicos en el régimen restaurado. De ahí la entrada en el Partido Conservador del grupo Unión Católica, encabezado por Pidal. Tras la muerte de Cánovas, la jerarquía eclesiástica apostó por el liderazgo de Maura, pues su contrincante Fernández Villaverde quería limitar los privilegios fiscales del clero. Por último, la reclericalización impulsó el uso de la prensa católica con fines propagandísticos, en plena disputa clericalismo/anticlericalismo. Así nació la buena prensa (cuya Asociación de la Buena Prensa nació a fines de siglo), como enemiga de la denominada “mala prensa” (la liberal). e.2.) La polémica anticlerical El anticlericalismo tenía una larga tradición en España, pero tras unas décadas de letargo, volverá a despertar a fines del XIX como una más de las consecuencias principales de la crisis ideológica subsiguiente al 98. El conflicto entre clericales y anticlericales dduró más de una década y la prensa fue uno de sus vehículos difusores más destacados. La postura más extendida es la que considera que la reacción católica trajo consigo el anticlericalismo, como respuesta defensiva al confesionalismo que aglutinaba a tradicionalistas y conservadores contra liberales. Los anticlericales culpaban a la I glesia de la pérdida de las colonias, sobre todo en Filipinas, por la mala administración de las islas por parte de los misioneros había provocado la sublevación tagala. La entrada de significados católicos como Polavieja y Pidal en el gabinete de Silvela en marzo de 1899 intensificó las movilizaciones callejeras. Y el anuncio de la boda de la princesa de Asturias (hermana del rey) con un familiar del pretendiente carlista (conde de Caserta) caldeó aún más el ambiente. Algunos acontecimientos extranjeros (en especial la legislación anticlerical de los gobiernos fronterizos de Portugal y Francia) vinieron a incentivar esta polémica. De ahí que el sector liberal encabezado por Canalejas, hiciera del anticlericalismo el rasgo de distinción y supervivencia del partido respecto a los conservadores. Las manifestaciones anticlericales fueron más aisladas pero de mayor violencia entre 1903 y 1913, coincidiendo con la pretensión del partido liberal de controlar a la I glesia por vías legales frente a la apuesta
115 clerical y reaccionaria del “gobierno largo” del conservador Maura. Los principales hitos internos de esta polémica serán la regulación del matrimonio civil (Romanones) y la respuesta airada de obispos (1906); la mencionada quema de conventos y edificios religiosos en Barcelona durante la Semana Trágica (julio de 1909); y, sobre todo, la “Ley de Asociaciones” (conocida popularmente como ley del candado , en 1910) impulsada por Canalejas, que tanta alarma suscitó entre católicos porque prohibía la entrada de nuevas órdenes religiosas en España. Ahora bien, las medidas anticlericales de los liberales quedaron muy lejos del radicalismo de las disposiciones laicizadoras francesas (expulsión de casi veinte mil religiosos, clausura de tres mil escuelas católicas y separación de la Iglesia y el Estado). También los anticlericales utilizaron la prensa como uno de los medios más eficaces de propaganda. Si el anticlericalismo había estado presente durante los años noventa en la prensa republicana de la metrópoli (sobre todo en relación al tema de Filipinas), se convirtió en campaña violenta desde 1898 f) La administración local y los intentos de reforma En el ámbito local, se puede hablar de una continuidad esencial entre el modelo de administración de la Restauración y de la época moderada isabelina. Las leyes sobre los municipios (1877) y las provincias (1882) son una reforma de la legislación local de 1870 con elementos de la legislación moderada. Se inicia así la legislación de más larga duración en lo relativo a la administración local española contemporánea y su impronta permanece aún en la actual. Pero esta longevidad no se debe a su excelencia sino a los sucesivos fracasos de los intentos de reforma. Se trata de un modelo centralista, dominado por la subordinación al poder central, la jerarquización administrativa y la falta de autonomía local. Por otro lado, el cambio de régimen supuso la extinción de los regímenes forales y, con ello, se cerró el proceso de uniformización político­ administrativa en España; no obstante, los conciertos económicos de 1878 y 1887 (renovados en 1904­06 y 1925) resultaron beneficiosos para un País Vasco en pleno proceso de despegue industrial. Pese a su longevidad, este modelo de administración local apenas tenía defensores al morir Cánovas. Por eso, los intentos de reformar el régimen local se multiplicaron en la última década del siglo y en los primeros años del XX (suscitando grandes pasiones políticas) con el fin de impulsar una mayor descentralización política y administrativa, un exponente más del regeneracionismo imperante. Pero en todos los casos, los intentos de reforma acabaron fracasando. La interpretación de la descentralización difería según partiese de los conservadores o los liberales. Los liberales preferían una moderada autonomía municipal, sin tocar demasiado una legislación provincial que ellos mismos regularon y que les favorecía. Por su parte, el nuevo conservadurismo, representado por Silvela o Maura (a quien se atribuye el proyecto más ambicioso de reforma) será menos centralista, más regionalista y querrá reformar la administración local en su conjunto, con la finalidad de acabar con el caciquismo. Aunque, más bien, habría que hablar de su interés por eliminar una de sus manifestaciones, la que más les
116 interesaba: si el control de los resortes administrativos y del poder provincial favorecía a los liberales, la mayor autonomía municipal redundaría en beneficio de los conservadores, pues las grandes personalidades locales tendrían más margen de maniobra. De todos modos, cuando se analizan detenidamente proyecto a proyecto, no son tan claras las diferencias entre los planteamientos conservadores y los liberales, y se detecta gran dosis de personalismos. Frente a los primeros intentos de reforma (ligados en parte a la liquidación del caciquismo), los de la segunda década del XX irán de la mano del regionalismo catalán. La aprobación en 1913 de la ley de mancomunidades (proyecto defendido hasta su muerte por el liberal Canalejas pero retomado y aprobado bajo la presidencia del conservador Dato) supuso la “catalanización” de la reforma. Aunque contemplaba la formación de mancomunidades (como asociación voluntaria de provincias, con un carácter meramente administrativo) en todo el país, sólo se acogieron a la misma las diputaciones catalanas. El 26 de marzo de 1914 nació la mancomunidad catalana, presidida por P rat de la Riba, como primer paso del regionalismo catalanista, aunque claramente insuficiente para los republicanos y nacionalistas radicales. Los intentos de descentralización, siempre frustrados por el particular funcionamiento del sistema parlamentario español de la Restauración y los enfrentamientos entre las distintas facciones de los partidos dinásticos no se materializarán hasta la dictadura de Primo de Rivera, pues en este nuevo marco no había obstáculos políticos que lo impidiera. Pero la propia dinámica de la dictadura los acabará convirtiendo en papel mojado, además de poner fin a este germen de regionalismo con la disolución de la mancomunidad catalana. 3.5. REP UBLI CANOS Y SOCI ALI STAS, LA OP OSI CI ÓN P OLÍ TI CA EN LOS MÁRGENES DEL SI STEM A Como ya se ha comentado, en el sistema canovista quedaron fuera los enemigos (carlistas, republicanos, socialistas y regionalistas). De esta manera, no hubo una verdadera oposición o fue muy débil La característica fundamental del republicanismo, o mejor dicho, de los republicanismos, fue precisamente su división y fue cayendo en una creciente marginalidad. Los más conservadores eran los posibilistas de Castelar, que terminaron en el partido liberal. La facción más numerosa, y la que contaba con una mayor implantación popular, era el partido republicano federal, liderado por Francisco Pi i Margall. Si bien denunciaron el caciquismo en múltiples ocasiones, no acaban de escapar a él. Tampoco eran partidos de masas, aunque su sustento popular era mayor, especialmente en las ciudades. Durante la Restauración, el carlismo estaba en franca decadencia tras su derrota militar en 1876 y la alianza entre Iglesia y Estado. Tardó en reorganizarse, y no participó apenas en las elecciones anteriores a 1890. A partir de ese momento, sólo tuvo cierta fuerza en las provincias forales (Álava, Guipúzcoa, Navarra y Vizcaya), aunque en ocasiones se ha sobrevalorado su implantación en aquéllas. El carlismo también sufrió divisiones, la más importante de las cuales dio lugar al partido integrista.
117 El P SOE, fundado en 1879 por P ablo I glesias, tuvo un lento desarrollo y hasta 1910 no tuvo representación parlamentaria. Tras salir de la clandestinidad en los años ochenta, limitó su presencia durante las primeras décadas de su existencia a determinadas zonas (Madrid, Vizcaya y Asturias). Sus problemas eran el escaso desarrollo industrial del país, la fragmentación, localismo y debilidad de la propia clase trabajadora así como la rigidez doctrinal del partido, inspirado en una ideología rigurosamente obrerista (marxista con apelaciones morales) que lo aisló políticamente respecto a las restantes fuerzas políticas; no tuvo programa agrario específico hasta 1918 ni entendió (ni tampoco la UGT) la problemática laboral de Cataluña. La situación empezó a cambiar a partir de 1917, bajo la dirección de Julián Besteiro, Largo Caballero y P rieto, aunando una doctrina revolucionaria con una práctica política moderada y una concepción accidentalista en cuanto a formas de gobierno, pues deberían pasar décadas de educación socialista mientras España pasaba por su fase de “capitalismo burgués”. En estos años se convirtió en el principal partido de la oposición antisistema, tras conseguir seis actas de diputados en 1918 y siete en 1923. La relación entre republicanos y socialistas fue variando con los años, pasando del recelo inicial a un cambio de orientación tras la represión que siguió a la Semana Trágica, a través de la Conjunción Republicano­ Socialista (1909), fórmula de oposición al sistema político y a la Monarquía que llegó a su término en 1919.
118 3.6. EL CRECI M I ENTO CAP I TALI STA Y LA CUESTI ÓN SOCI AL a) El crecimiento capitalista Durante la Restauración, hubo una lenta aunque sólida transformación de la base económica y social del país. La economía creció sostenidamente desde 1869 y aceleró el ritmo tras la I Guerra Mundial, profundizando el cambio estructural y la diversificación industrial. La formación de una base industrial se basó en varios factores. En primer lugar, la difusión de nuevas fuentes de energía (petróleo y electricidad) permitió superar uno de los principales obstáculos de la etapa anterior (la carencia de carbón de calidad). En segundo lugar, la transición demográfica, iniciada a fines del XIX, que se tradujo en un intenso descenso de las tasas de mortalidad y de natalidad, aunque en comparación con otros países fue más débil. Y, en tercer lugar, las mejoras en la cualificación educativa, básica para el crecimiento económico, pasando de tasas de analfabetismo del 70% en 1870 al 30% en 1930, aunque, de nuevo en este sentido, el avance fue desigual en función del desarrollo económico de las diversas regiones españolas y resultó, en todo caso, sensiblemente inferior a otros países, pues en Francia, Inglaterra o Alemania, el analfabetismo casi había desaparecido en 1900. En relación a la industria, se puede decir que la ausencia de un proceso de industrialización puntero en el XI X no es un elemento singular español, pues la mayor parte de países europeos quedaron rezagados respecto a Alemania, G. Bretaña o Francia. En líneas generales, la industrialización española empezó por las industrias de consumo y con el tiempo adquieren más importancia las industrias de equipo o de capital. De todos modos, la industria pesada del norte tuvo una buena coyuntura desde 1876­86, alrededor de los filones de hierro bilbaíno (que fomentaron la industria siderúrgica) y en torno al aumento de la extracción de hulla en Asturias. También progresó la industria textil catalana, al modernizar su equipo fabril. Pero fue en el primer tercio del siglo XX cuando se produjo un más rápido crecimiento que llevó a que la economía española recuperara parte del terreno perdido respecto a Europa. Naturalmente, esto se tradujo en tensiones sociales y políticas, pues todo crecimiento económico tiene su “coste social”, que provocó repetidos conatos revolucionarios (1917, 1936) pues fueron años de expansión pero no de prosperidad general. Pero antes de entrar en el análisis de este crecimiento, conviene preguntarnos sobre el papel del proteccionismo en el mismo. Aunque fue una política generalizada en la Europa de entresiglos, en el caso español el arancel fue especialmente alto por la presión tanto de los terratenientes como de los empresarios textiles y siderúrgicos; sus consecuencias se apreciaron en un incremento de la inflación y una distribución desigual de la renta, primando la acumulación sobre el consumo. En lo que ya no se ponen de acuerdo los economistas es en su valoración. Frente a los que, como TAMAMES consideran que favoreció la industrialización, los economistas liberales como TORTELLA lo ven más como un obstáculo para la misma. Otro de los elementos a analizar es el papel de la pérdida de las colonias. En este sentido, se puede decir que no tuvo consecuencias tan
119 catastróficas. Fue un duro golpe para la industria textil, pero al provocar la repatriación de capital, surgió una importante red financiera catalana. La pérdida del mercado cubano aumentó la presión proteccionista y surgió una nueva burguesía que no vivía del comercio ultramarino ni del latifundio. Conviene distinguir, no obstante, una serie de fases. Hay una etapa brillante durante la I Guerra M undial, que dará lugar a una temporal acumulación de capital (no en todos los sectores industriales), aunque España perdió la ocasión de modernizar su estructura económica. Le sucedió la crisis de posguerra, pues nadie se había preocupado del “después”, evidenciándose la falta de competitividad de la economía española. Se recuperó con vigor durante los años veinte y volvió a descender con la Gran Depresión (en menor grado en el caso de la industria textil), para producirse una cierta recuperación entre 1934­35 que se truncó durante Guerra Civil. Entre las consecuencias económicas de este rápido crecimiento pueden destacarse las siguientes: 1) pese a todo, España siguió rezagada en el concierto internacional porque el hecho de que se redujera la inferioridad industrial española no significa que la tasa de crecimiento siguiera siendo suficiente para acortar distancias con G. Bretaña, Francia o Alemania; 2) se consolidaron gran parte de los desequilibrios y tensiones en relación a los niveles de industrialización regionales, consolidándose Cataluña, el País Vasco y Madrid como los núcleos más industrializados; 3) hubo importantes movimientos migratorios de las regiones más atrasadas hacia las más industrializadas y hacia el exterior (especialmente a Francia e Hispanoamérica); y 4) siguió la dependencia externa debido a la escasez de capitales propios y al constante recurso a las inversiones extranjeras. b) La cuestión social A finales del siglo XIX, los trabajadores eran cada vez más dependientes del trabajo asalariado y menos integrados en empresas familiares, pues estaban inmersos en los cambios laborales producidos por la maquinaria y las nuevas formas de organización. Fueron los trabajadores urbanos, de oficios, los que formaron las primeras organizaciones obreras que empezaron a sentir la pérdida de control sobre su trabajo e iniciaron una defensa de su “dignidad” frente a patronos que exigían un rendimiento excesivo. Pero no será hasta el inicio del siglo XX, cuando el Estado se convierta en un actor protagonista e inicie su etapa intervencionista que durará hasta el estallido de la Guerra Civil. Las Leyes Dato ­ley de accidentes y reguladora del trabajo de menores y mujeres­ significaron el inicio del intervencionismo del Estado en la cuestión social. b.1.) El movimiento obrero La dinámica económica estaba cambiando la estructura laboral de la sociedad española y el avance industrial llevó al movimiento obrero a adquirir fuerza e influencia desconocidas. Las condiciones de vida de los obreros y clases populares en la España de fines del XIX eran pésimas: sin derecho a retiro de vejez, ni seguro por accidentes de trabajo, ni asistencia médico­farmacéutica gratuita, tenían
120 largas jornadas laborales, un nivel de vida (vivienda, dieta, esperanza de vida, atención sanitaria, educación) y salarial muy bajos, con tasas de analfabetismo eran muy altas y el paro estacional, muy elevado. El vacío que dejaba el Estado en cuanto a la protección social lo tenían que intentar llenar (de forma insuficiente) las distintas sociedades obreras. Bajo la Restauración, el activismo obrero adquirió una paulatina definición. El proletariado (que había confiado en los políticos de la revolución de 1868) buscaba ahora conseguir la revolución desde abajo, por medios surgidos del mismo proletariado, siguiendo dos vías diferentes: la anarcosindicalista y socialista. La línea anarcosindicalista, atravesó dificultades internas (conflictos ideológicos) y externas (prohibiciones y persecuciones) hasta el nacimiento y consolidación de CNT. Según ÁLVAREZ JUNCO, la ideología del anarquismo español se apoya en la idea de libertad y la creencia en la bondad natural, la razón y el progreso; a su crítica del sistema económico capitalista, del poder político, de los privilegiados, del nacionalismo y del militarismo contrapone un ideal de sociedad basado en una organización no autoritaria de la sociedad, la colectivización de la propiedad y un apoliticismo visceral. Su táctica fue variando, pasando de la lucha revolucionaria alimentada por clandestinidad (1874­81) a la confianza en la propaganda de las ideas (1881­88) y al atentado (1893­1906). Pero hay que esperar a 1910 para el nacimiento en Barcelona del principal referente anarquista, la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) a partir de diversos núcleos anarquistas catalanes. Con una doctrina apolítica y contraria a cualquier tipo de Estado, adoptó una estrategia basada en la huelga revolucionaria y la acción directa. Fue la organización obrera más importante en las primeras décadas del XX debido a sus grandes éxitos de afiliación (sobre todo Cataluña, Levante, Aragón y Andalucía rural) y su capacidad confederal para reconstruir la organización pese a las persecuciones. Frente a la línea más radical y opuesta a la negociación, la línea socialista de la UGT representaba un modelo de sindicalismo de gestión, más moderado en sus planteamientos y actuaciones. Aunque nació en Barcelona (1888) por la agudización de crisis industrial de 1887, no llegó a cuajar en Cataluña pero sí lo hizo entre los tipógrafos madrileños, mineros asturianos y metalúrgicos vascos. En 1910 la filiación de UGT era aún exigua (unos 40.000 en 1910). Hasta 1918 no tuvo una clara adscripción política (pese a estar dirigida por socialistas) y priorizaba la búsqueda de las mejoras laborales y conquistas sociales de los trabajadores. Aunque con diferentes vías de actuación, como se ha comentado, la sociedad española se familiarizó con el lenguaje de clase y los conflictos tanto en el ámbito rural como urbano, más frecuentes desde principios del siglo XX y, sobre todo, tras 1914, que fueron violentamente reprimidos. b.2.) Las respuestas del sistema El sistema necesitaba contener un movimiento obrero que cuestionaba el orden social recurriendo a diversos medios: a las
121 fuerzas del orden (Guardia Civil o ejército), a una dura legislación penal, a organizaciones sociales alternativas (bajo la férula de la Iglesia o de organizaciones patronales) y campañas de deslegitimación en la prensa. Pero nos interesa destacar en este apartado otro tipo de respuesta, el intervencionismo estatal, que puso en marcha la Comisión de Reformas Sociales (1883, que sirvió para manifestar la situación de la “España real”) y una legislación laboral tímida, insuficiente y, a menudo, incumplida a partir de 1900: ley de accidentes del Trabajo y ley del Trabajo de mujeres y niños (1900); creación en 1903 del Instituto de Reformas Sociales (para impulsar la legislación social); ley de descanso dominical (1904); regulación de la inspección de trabajo (1906); creación de tribunales industriales para dirimir los conflictos (1908); ley de huelgas y creación del Instituto Nacional de Previsión (1909); prohibición del trabajo nocturno de la mujer (1912); y jornada laboral de ocho horas (1919). 3.7. LA RECOM P OSI CI ÓN DEL SI STEM A CON M AURA Y CANALEJ AS Tras la muerte de Canovas y Sagasta, el mecanismo del turno de partidos empezó a resentirse conforme se incrementaban las facciones personalistas. Los liberales sufrieron una doble crisis a principios del XX, tanto de liderazgo (tras la muerte de Sagasta, en 1903), como de identidad (tras asumir la bandera del anticlericalismo). También los conservadores sufrieron crisis de liderazgo y entre los sucesores de Canovas, como se ha comentado ya, se levantaron voces regeneracionistas, primero con Silvela (legislación social, proyectos de descentralización administrativa, ajustes presupuestarios) y, sobre todo, con Antonio Maura. No obstante, hasta 1912, tanto el conservador M aura como el liberal Canalejas hicieron viable el sistema con liderazgos indiscutibles, partidos fuertes y mayorías parlamentarias homogéneas. La revolución desde arriba de M aura equivalía a la creación de un Estado fuerte y capaz de gobernar, que reformando la administración local (la misma idea que Silvela) terminase con el caciquismo y articulase la sociedad en partidos fuertes y apoyados en la opinión (que él pensaba era mayoritariamente católica y conservadora). Para ello, era precisa la movilización política de las clases neutras, la sinceridad electoral, el voto obligatorio, la autonomía municipal y la posibilidad de reconocimiento de las regiones (en sintonía con las propuestas de la Lliga de Cambó), la reactivación del Parlamento, el intervencionismo estatal y el apoyo decidido a la producción nacional. Ahora bien, en la práctica, Maura acabó echando mano de la estructura caciquil de su partido en 1907 y llegó a hacer uso de la “presión gubernamental” que él criticaba cuando lo necesitó en 1919. Por otra parte, sus dos proyectos más ambiciosos tuvieron diferente éxito: la ley electoral 1907 (establecía la obligatoriedad del voto y la proclamación automática de los candidatos sin elección si no se presentaban más candidatos que los asignados por la ley), en vez de reducir el abstencionismo contribuyó a favorecer el caciquismo; y la ley de reforma de la administración local, su más ambicioso proyecto porque suponía una verdadera reforma constitucional) no pudo ver la luz porque Maura cesó antes de que se aprobara.
122 De todos modos, Maura había cambiado la política y obligó a cambiar al propio Partido Liberal. Canalejas, cabeza visible del sector liberal de la izquierda dinástica, gobernó con programas, ideas, voluntad reformista y regeneracionista no inferior a la de Maura, y con sentido de Estado. Así, redujo el impuesto de consumos, introdujo el sistema militar obligatorio (enero 1912, suprimiendo la redención en metálico, reemplazada por sistema de cuotas o sorteo), reestructuró la financiación de los ayuntamientos, reguló las condiciones de trabajo en minas, mujeres, etc. En realidad, Canalejas no sólo intentó encajar la cuestión religiosa (con el anticlericalismo como rasgo de distinción del partido), sino que buscó contentar al catalanismo y asimilar al republicanismo en el sistema político. Su asesinato en 1912 fue un duro golpe para la regeneración del sistema desde dentro, que quedó dañado definitivamente cuando Maura se negó a seguir el “turno” con los liberales y le desagradó el nombramiento de Dato como Presidente de Gobierno (1913). 3.8. LA CRI SI S DE LA RESTAURACI ÓN (1913­23) España entra en el XX con una serie de problemas económicos, sociales, militares y políticos, que se agudizaron desde 1913­14, tras la muerte de Canalejas y el estallido de la I Guerra Mundial. a) Los problemas sociales y económicos Desde el punto de vista económico, la neutralidad española en la I Guerra Mundial (probablemente por impotencia y debilidad) dio paso a una temporal acumulación de capital en algunos sectores que produjo algunos efectos positivos (benefició las exportaciones de materias primas, y productos agrícolas e industriales a los beligerantes, posibilitó la nacionalización de la deuda externa y favoreció un notable incremento de las reservas de oro), pero que acabó sumiendo a la economía española en un círculo inflacionista sin precedentes, perdiendo además la ocasión para una verdadera modernización económica, como se demostró en la inmediata posguerra, cuando la escasa competitividad de la economía española la hizo entrar en crisis. A los problemas económicos se sumaron los sociales, pues la nueva realidad social desbordó los límites previstos por el canovismo. A las convulsiones en el campo se sumaron las huelgas y agitaciones urbanas. En la posguerra, cerraron muchas compañías beneficiarias del desarrollo económico del conflicto bélico y miles de obreros quedaron en la calle, reavivándose la protesta social. Desde 1919 España experimentó niveles de conflictividad social desconocidos, con atentados seguidos de una dura represión y que generó una violencia callejera bajo la dinámica del pistolerismo (sobre todo en Barcelona, por la capacidad ofensiva de la CNT y la intransigencia patronal) que causó más de dos centenares de víctimas, entre las que se incluye el presidente del gobierno Eduardo Dato, asesinado en 1921 por un anarquista en Madrid. b) La crisis política Desde 1914 se evidenció también la crisis política del sistema canovista, pues afectó a dos de las bases del régimen: el sistema de partidos se fragmentó y la inestabilidad gubernamental se hizo
123 endémica, mientras permanecía el problema de la representatividad del sistema. Para explicar esta crisis política hay visiones diferentes: 1) por la esclerosis de la política (la España oficial estaba radicalmente divorciada de la España real y las nuevas generaciones eran extrañas a la vida oficial, según Ortega); 2) era el dinamismo de la política, no su esclerosis, lo que estaba quebrantando el bipartidismo y polarizando la vida pública durante estos años (FUSI). Vamos por partes. El partido conservador quedó escindido (y prácticamente roto) entre idóneos (de Dato, que creyó que la actitud de Maura era peligrosa para el sistema) y mauristas. Y el partido liberal casi inutilizado como instrumento de gobierno debido a la pugna entre los barones del Partido (Romanones, García Prieto, Alba) para suceder a Canalejas. La inestabilidad gubernamental se generalizó porque ningún partido logró reunir la mayoría absoluta para gobernar, a pesar de recurrir al fraude electoral. Hubo quince gobiernos en estos años con una duración media de cinco meses; algunos de ellos fueron meras improvisaciones administrativas, salidas de urgencia (sin más programa que la aprobación de los presupuestos) y frecuentemente se recurrió a medidas de excepción y a la suspensión del Parlamento. Mientras tanto, en la segunda década del s. XX permanecía el problema de la representatividad del sistema y el caciquismo no había desaparecido, pese a que la sensibilidad de la opinión pública ante el fraude aumentase y fuese mayor el número de distritos donde la lucha electoral se hacía más reñida. Pero es que no sólo estaba en crisis el sistema, también la oposición republicana, tras el retroceso del republicanismo y el giro a la derecha del P artido Radical de Lerroux. Fundado en 1908, Lerroux se mostró favorable a los sucesos de la Semana Trágica de Barcelona de 1909 y huyó a Inglaterra. Pero desde 1910 evolucionó a un republicanismo moderado, dejando atrás la demagogia populista que le había hecho granjearse el sobrenombre de “emperador del paralelo”. Por su parte, el P artido Reformista (de Melquíades Álvarez, un liberal, antipopulista, moderado, con prestigio en medios intelectuales pero poco apoyo popular) prefirió la unión con la izquierda dinástica a colaborar con republicanos o socialistas y participó en el último gobierno constitucional. En este contexto, se produjo el crecimiento del P SOE, que desde la crisis de 1917 se convirtió en el principal partido de la oposición, con el nuevo liderazgo de Julián Besteiro, Largo Caballero y Prieto, combinando una doctrina revolucionaria con una praxis más reformista. Fue la citada crisis de 1917 la que provocó la ruptura definitiva del sistema de partidos, dando paso a un sistema de gobiernos de concentración. Vamos a analizarla. c) La crisis de 1917 Se manifestó de tres formas. En primer lugar, a través de las J untas de Unión y Defensa del Arma de I nfantería. Hay que advertir que no era un movimiento revolucionario (pues el ejército español era mayoritariamente conservador) sino más bien responde a una defensa corporativa. Los oficiales de rango medio e inferior estaban descontentos
124 por la inadecuación de sus ingresos, la estructuración interna de las distintas armas y, sobre todo, porque no veían con buenos ojos los ascensos por méritos de guerra, que obligaban a los militares a servir en Marruecos. Fue el intento de disolverlas por parte del gobierno del liberal García Prieto lo que produjo un manifiesto de la Junta de Infantería de Barcelona culpando de los males del país y del ejército al gobierno. La situación provocó la dimisión de García Prieto (cuyo gobierno apenas duró unos meses, desde abril a junio de 1917) y la formación de un nuevo gobierno conservador de Dato, que aceptó las condiciones de las Juntas ante al temor de un pronunciamiento militar. La reaparición del ejército en la vida pública hizo pensar que las circunstancias eran propicias para una “renovación del país”. Venía a sumarse al profundo malestar en la oposición (republicanos, socialistas y regionalistas) desde la presidencia del gobierno de Romanones, pues había venido gobernando por decreto y prescindido de las Cortes entre 1916 y 1917. En este contexto, se reorganizará dicha oposición, que amenazará al gobierno (presidido ahora por Dato) con reunir una Asamblea de P arlamentarios al margen de las Cortes que impulsara reformas políticas. Aunque en Madrid no se llegó a hacer, sí que salió adelante la Asamblea de Parlamentarios catalanes, que se reunieron en Barcelona el 19 de julio de 1917, a iniciativa de Cambó, para promover una reunión de Cortes (Congreso y Senado) con carácter constituyente. Pero la crisis social, el temor a la huelga general y la prohibición gubernamental les llevó a disolverse. Aprovechando la crisis política y como culminación de las agitaciones sindicales, los nuevos dirigentes socialistas promovieron una huelga general revolucionaria el 17 de agosto para provocar el colapso del régimen y la abdicación del rey. Convocada como huelga pacífica por los socialistas (para evitar la represión) fue, sin embargo, secundada por los cenetistas, que no respetaron la consigna de no violencia y provocaron incidentes en las grandes ciudades, lo que aprovechó el gobierno para recurrir al ejército para reprimirla. Pero el miedo a la revolución social obligó a los militares a dejar de lado sus peticiones y sofocar la rebelión proletaria, a la vez que los parlamentarios se asustaron y obedecieron la orden de disolución. En consecuencia, la crisis terminó en nada, el sistema de partidos y la dinámica del turnismo se rompió definitivamente y todas las reformas necesarias quedaron pendientes. Los sucesivos gobiernos de concentración fueron tan heterogéneos que resultaron incapaces de plasmar un programa coherente más allá de una actitud defensiva frente a las fuerzas marginadas. La crisis también afectó a la monarquía; Alfonso XIII estuvo a punto de abdicar, y va apoyar el giro autoritario de la dictadura de Primo de Rivera. Por otra parte, el problema regional siguió sin resolver, pues no hubo reforma territorial ni se ampliaron las concesiones hechas a Cataluña hasta lograr la plena autonomía, como espera Cambó a cambio de la colaboración del regionalismo catalán con el gobierno d) La acción española en Marruecos y los problemas militares La Conferencia de Algeciras confirmó en 1906 que España iba a estar presente en el reparto de Marruecos, proceso que culminó en 1912,
125 superada la crisis de Añadir, con su reparto en sendos protectorados (francés y español), con territorios ya claramente definidos. Pero España, como Francia, no esperó a la proclamación del protectorado para iniciar la ocupación. Aprovechando la guerra civil que se vivía en ese territorio, los españoles iniciaron la ocupación de la zona norte ya en 1908, partiendo desde Melilla, para proteger intereses mineros en la zona. España iniciaba así otra aventura colonial con el fin de olvidar el fiasco del 98 y nada hacía presagiar que se convertiría en uno de los principales problemas de los años siguientes. El ejército español vio la oportunidad de restaurar el prestigio perdido en Cuba. La acción colonial española creó las bases de una mentalidad militarista (Franco, Goded, Mola, Millán Astray, Orgaz, Varela) que convirtió la vida militar y el patriotismo en formas superiores de vida y el ejército en la encarnación de la esencia histórica de la nación, por lo que toda muestra popular de oposición era mal vista. Por el contrario, el movimiento obrero se mostró muy crítico ante esta ocupación y esta oposición aumentó con episodios luctuosos como los del Barranco del Lobo (612 muertos) en julio de 1909. El incremento del descontento popular (ante la movilización de tropas) fue aprovechado por las organizaciones obreras para emprender una campaña contra la guerra de Marruecos que tuvo a fines de julio de 1909 su momento culminante (la Semana Trágica de Barcelona). El ataque de las tropas rebeldes de Abd el­Krim sobre la posición de Annual en julio de 1921 provocó nueve mil muertos y la pérdida de las principales posiciones españolas. Este desastre de Annual en julio de 1921 reabrió la cuestión del sentido y alcance de la acción española en Marruecos y suscitó el debate sobre las responsabilidades militares y políticas. Generó una amplia campaña de oposición (liderada por socialistas) en la calle y el parlamento contra la monarquía y en apoyo del abandono de Marruecos. Esto creó una creciente hostilidad entre el poder civil y el militar. El Parlamento creó una comisión de investigación sobre las responsabilidades hasta entonces encomendada a la justicia militar al general Juan Picasso. Por su parte, el ejército culpaba a los
126 políticos del desorden público y del problema regionalista y fue la chispa que convenció a la cúpula militar de la posibilidad de hacerse con el poder como intérpretes de la voluntad nacional.
127 Textos e imágenes para el comentario M ANI FI ESTO DE SANDHURST He recibido de España un gran número de felicitaciones con motivo de mi cumpleaños, y algunas de compatriotas nuestros residentes en Francia. Deseo que con todos sea usted intérprete de mi gratitud y mis opiniones. Cuantos me han escrito muestran igual convicción de que sólo el restablecimiento de la monarquía constitucional puede poner término a la opresión, a la incertidumbre y a las crueles perturbaciones que experimenta España. Díceme que así lo reconoce ya la mayoría de nuestros compatriotas, y que antes de mucho estarán conmigo los de buena fe, sean cuales fueren sus antecedentes políticos, comprendiendo que no pueda tener exclusiones ni de un monarca nuevo y desapasionado ni de un régimen que precisamente hoy se impone porque representa la unión y la paz. No sé yo cuándo o cómo, ni siquiera si se ha de realizar esa esperanza. Sólo puedo decir que nada omitiré para hacerme digno del difícil encargo de restablecer en nuestra noble nación, al tiempo que la concordia, el orden legal y la libertad política, si Dios en sus altos designios me la confía. Por virtud de la espontánea y solemne abdicación de mi augusta madre, tan generosa como infortunada, soy único representante yo del derecho monárquico en España. Arranca este de una legislación secular, confirmada por todos los precedentes históricos, y está indudablemente unida a todas las instituciones representativas, que nunca dejaron de funcionar legalmente durante los treinta y cinco años transcurridos desde que comenzó el reinado de mi madre hasta que, niño aún, pisé yo con todos los míos el suelo extranjero. Huérfana la nación ahora de todo derecho público e indefinidamente privada de sus libertades, natural es que vuelva los ojos a su acostumbrado derecho constitucional y a aquellas libres instituciones que ni en 1812 le impidieron defender su independencia ni acabar en 1840 otra empeñada guerra civil. Debióles, además, muchos años de progreso constante, de prosperidad, de crédito y aun de alguna gloria; años que no es fácil borrar del recuerdo cuando tantos son todavía los que los han conocido. Por todo esto, sin duda, lo único que inspira ya confianza en España es una monarquía hereditaria y representativa, mirándola como irremplazable garantía de sus derechos e intereses desde las clases obreras hasta las más elevadas. En el intretanto, no sólo está hoy por tierra todo lo que en 1868 existía, sino cuanto se ha pretendido desde entonces crear. Si de hecho se halla abolida la Constitución de 1845, hállase también abolida la que en 1869 se formó sobre la base inexistente de la monarquía. Si una Junta de senadores y diputados, sin ninguna forma legal constituida, decretó la república, bien pronto fueron disueltas las únicas Cortes convocadas con el deliberado intento de plantear aquel régimen por las bayonetas de la guarnición de Madrid. Todas las cuestiones políticas están así pendientes, y aun reservadas, por parte de los actuales gobernantes, a la libre decisión del porvenir. Afortunadamente la monarquía hereditaria y constitucional posee en sus principios la necesaria flexibilidad y cuantas condiciones de acierto hacen falta para que todos los problemas que traiga su restablecimiento consigo sean resueltos de conformidad con los votos y la convivencia de la nación. No hay que esperar que decida ya nada de plano y arbitrariamente, sin Cortes no resolvieron los negocios arduos de los príncipes españoles allá en los antiguos tiempos de la monarquía, y esta justísima regla de conducta no he de olvidarla yo en mi condición presente, y cuando todos los españoles estén ya
128 habituados a los procedimientos parlamentarios. Llegado el caso, fácil será que se entiendan y concierten las cuestiones por resolver un príncipe leal y un pueblo libre. Nada deseo tanto como que nuestra patria lo sea de verdad. A ello ha de contribuir poderosamente la dura lección de estos últimos tiempos que, si para nadie puede ser perdida, todavía lo será menos para las hornadas y laboriosas clases populares, víctimas de sofismas pérfidos o de absurdas ilusiones. Cuanto se está viviendo enseña que las naciones más grandes y prósperas, y donde el orden, la libertad y la justicia se admiran mejor, son aquellas que respetan más su propia historia. No impiden esto, en verdad, que atentamente observen y sigan con seguros pasos la marcha progresiva de la civilización. Quiera, pues, la Providencia divina que algún día se inspire el pueblo español en tales ejemplos. Por mi parte, debo al infortunio estar en contacto con los hombres y las cosas de la Europa moderna, y si en ella no alcanza España una posición digna de su historia, y de consuno independiente y simpática, culpa mía no será ni ahora ni nunca. Sea la que quiera mi propia suerte ni dejaré de ser buen español ni, como todos mis antepasados, buen católico, ni, como hombre del siglo, verdaderamente liberal.
Suyo, afmo., Alfonso de Borbón. Nork­Town (Sandhurst), 1 de diciembre de 1874 LA CONSTI TUCI ÓN DE 1876 Don Alfonso XII, por la gracia de Dios, Rey constitucional de España: a todos los que las presentes vieren y entendieren, sabed: Que en unión y de acuerdo con las Cortes del Reino actualmente reunidas, hemos venido en decretar y sancionar la siguiente CONSTITUCIÓN DE LA MONARQUÍA ESPAÑOLA TÍTULO I. De los españoles y sus derechos Artículo 11. La Religión católica, apostólica, romana, es la del Estado. La nación se obliga a mantener el culto y sus ministros. Nadie será molestado en territorio español por sus opiniones religiosas, ni por el ejercicio de su respectivo culto, salvo el respeto debido a la moral cristiana. No se permitirán, sin embargo, otras ceremonias ni manifestaciones públicas que las de la religión del Estado. Artículo 13. Todo español tiene el derecho: de expresar libremente sus ideas y sus opiniones por medio de la palabra, de la escritura, por la vía de la imprenta o por cualquier otro procedimiento análogo sin someterse a la censura previa; de reunirse pacíficamente, de asociarse para un fin temporal, de dirigir peticiones individuales o colectivas al Rey, a las Cortes y a las autoridades. El derecho de petición no podrá ser ejercido colectivamente por ningún Cuerpo de las Fuerzas Armadas. Los que formen parte de las Fuerzas Armadas no podrán ejercer el derecho individual de peticiones, debiendo conformarse a las leyes militares especiales [...]. TÍTULO II. De las Cortes
129 Artículo 18. La potestad de hacer las leyes reside en las Cortes con el Rey. Artículo 19. Las Cortes se componen de dos Cuerpos colegísladores, iguales en facultades: el Senado y el Congreso de los Diputados. TÍTULO III. Del Senado Artículo 20. El Senado se compone: 1º. De senadores por derecho propio. 2.° De senadores vitalicios nombrados por la Corona; 3º De senadores elegidos por las corporaciones del Estado y mayores contribuyentes en la forma que determine la ley. El número de los senadores por derecho propio y vitalicios no podrá exceder de ciento ochenta. El número de los senadores electivos será el mismo. TÍTULO IV. Del Congreso de los Diputados Artículo 27. El Congreso de los Diputados se compondrá de los que nombren las juntas electorales, en la forma que determine la ley. Se nombrará un diputado, a lo menos, por cada cincuenta mil almas de población. Artículo 29. Para ser elegido diputado se requiere ser español, de estado seglar, mayor de edad y gozar de todos los derechos civiles. TÍTULO V. De las sesiones y de las atribuciones de las Cortes Artículo 32. Las Cortes se reúnen todos los años. El Rey tiene derecho de convocarlas, de prorrogarlas, de cerrar sus sesiones, de disolver simultáneamente o por separado la parte electiva del Senado y de la Cámara de Diputados, con la obligación de convocar y de reunir otras de nuevo, en los tres meses siguientes desde el día de la disolución […] Artículo 39. Las dos Asambleas legislativas no pueden deliberar unidas ni en presencia del Rey. Artículo 40. Las sesiones del Senado y de la Cámara son públicas, salvo en los casos que sea necesario tenerlas secretas. Artículo 41. La iniciativa de las leyes pertenece al Rey y a cada una de las dos Asambleas legislativas. TÍTULO VI. Del Rey y sus ministros Artículo 48. La persona del Rey es sagrada e inviolable. Artículo 49. Son responsables los ministros. Ningún mandato del Rey puede llevarse a efecto si no está refrendado por un ministro, que por sólo este hecho se hace responsable. Artículo 50. La potestad de hacer ejecutar las leyes reside en el Rey […] (Constitución de la Monarquía española de 30 de junio de 1876)
130 En QUEROL INSA, M. P. y CEBOLLADA LANGA, R. Documentos para la comprensión de la historia contemporánea. Zaragoza: ICE de la Universidad, 1982, pp. 274­275 CÁNOVAS, EN BLANCO Y NEGRO. El P aís , 24­8­1997 El P P reivindica la controvertida figura del artífice de la Restauración en el centenario de su muerte Adalid de las libertades para unos, autoritario y corrupto para otros, el PP reivindica la figura política de Antonio Cánovas del Castillo, el artífice de la Restauración española, al cumplirse el centenario de su muerte, el pasado día 8. Dos expertos evalúan en esta página su trayectoria política desde ángulos opuestos. Andrés de Blas destaca el auge económico, la paz social y el amplio clima de tolerancia auspiciados por el que fuera presidente del Gobierno con Alfonso XII y María Cristina de Habsburgo. Por el contrario, Antonio Elorza recuerda su conservadurismo autoritario y la corrupción que emponzoñó su mandato. Un recuerdo tranquilo ANDRÉS DE BLAS GUERRERO Aunque la cuestión estaba en parte planteada en el debate historiográfico y politológico, no deja de sorprender que el aniversario de la muerte de Cánovas del Castillo se haya traducido en un estallido de aplausos y pitos en los medios de comunicación. Incluso me pareció leer hace unos días en este mismo periódico una carta de los lectores en que poco menos que se jaleaba el execrable asesinato del que fue, de pleno derecho, uno de nuestros más importantes hombres públicos del siglo pasado. Hay zonas de sombra en la vida política e intelectual de Antonio Cánovas del Castillo. Tanto Antonio Elorza como Santos Juliá nos lo han recordado con detalle en estas páginas. Es verdad también que su comprensible escepticismo conservador se deslizó más allá de lo debido por la pendiente del pesimismo. Pero sean cuales sean sus defectos y las exageraciones de sus admiradores parece injusto regatear a Cánovas el reconocimiento de sus activos. Pienso que una vida nacional razonablemente reconciliada con su pasado demanda que el recuerdo de un hombre de su significación esté por encima de acaloramientos de signo político. Tanto Cánovas como el régimen que ayudó a crear son un importante lugar de nuestra memoria colectiva. Si hubiera que señalar algunos aspectos claramente positivos de su vida política, quizá pudieran destacarse cuatro. 1. El régimen de la restauración, bajo la inspiración de Cánovas, realizó un encomiable esfuerzo de integración en la vida del sistema de cuantas fuerzas políticas pudieran coincidir en un espacio liberal entendido dentro del contexto de la vida europea del momento. Su capacidad para atraer al orden constitucional al grueso del liberalismo del sexenio democrático y a una no pequeña parte de la España tradicional constituyó una empresa valiosa en sí misma y
131 notablemente superadora de la anterior experiencia moderada de la derecha española. 2. La restauración estableció un niyel de disfrute de los derechos y libertades civiles homologable a los niveles más avanzados de la vida europea. La libertad de prensa e imprenta o la evolución del derecho de asociación son datos ilustrativos al respecto, tanto por lo que hace a su regulación legal como a su práctica jurisdiccional y administrativa. La tolerancia religiosa, pese a su timi­ dez, constituye otra manifestación de un ánimo liberal llevada adelante por Cánovas en unas difíciles circunstancias. 3. El clima de paz social, el triunfo del civilismo y la definitiva superación de la guerra civil forman la plataforma sobre la que pudo desarrollarse una coyuntura económica favorable. La reanudación de la construcción de los ferrocarriles; la aceleración de la inversión extranjera, el impresionante incremento de la exportación de materias primas industriales o el inicio de una exportación significativa de productos agrícolas son circunstancias todas ellas favorecidas por el clima político y social creado por Cánovas y su régimen. 4. La obsesión de Cánovas del Castillo con las decadencias de diferente naturaleza, a la que se ha referido recientemente José María Jover, no le impidió desempeñar su apetecido papel de continuador de la historia de España mediante el intento de buscar unas bases sólidas para la comunidad nacional. Su crítica a los planteamientos de E. Renán a este respecto, su desinterés por concepciones nacionales de signo étnico y su matizada identificación con una idea de nación política entendida como precipitado de la acción de la historia y del Estado constituyeron un interesante e informado intento, lo ha recordado C. Dardé, de reafirmar la idea moderna de nación española surgida en el siglo XVIII. El juicio sobre Cánovas del Castillo a partir del 98 ha tendido a estar dominado, no sin significativas excepciones, por un exceso de pasión crítica de muy compleja naturaleza. Incluso un espectador tan informado y ponderado como José Ortega y Gasset se sumó en este punto a los excesos regeneracionistas. Aunque solamente sea por lo que nos tocó en suerte después, quizá merezca la pena abandonar definitivamente la pasión a favor de perspectivas más sosegadas en la valoración de un personaje tan importante de nuestra historia contemporánea. Andrés de Blas Guerrero es catedrático de Teoría del Estado de la UNED. Una pasión excesiva ANTONIO ELORZA
132 Era de esperar una cálida celebración conservadora del centenario de Cánovas, pero no que el PP llegase a convertirle en el Gran Precursor de su corriente política. Tal decisión hubiera sido muy propia de Fraga, cantor desde hace tiempo de las excelencias de la personalidad de Cánovas. José María Aznar parecía buscar aguas de centro. Sin embargo, ahí le tenemos encabezando el manifiesto coral canovista, en el Abc del 8 de agosto, con un lamento hagiográfico por “la pérdida” del político malagueño. Opción curiosa y significativa la de Aznar, ya que por mucho que se dore la píldora, el lugar histórico de Cánovas se encuentra más cerca del conservadurismo autoritario que del liberalismo modernizador. Si llevamos la adhesión de Aznar al presente, el enlace adquiere un sesgo aún menos favorable, teniendo en cuenta que la llegada de Cánovas al poder se tradujo en una amplia supresión de periódicos de izquierdas como paso previo para unas elecciones manipuladas. Cabría pensar en cuanto hoy ocurre en los campos de la justicia y de las comunicaciones. Cánovas y Romero Robledo, álter ego del Monstruo para los asuntos sucios, son malos patronos de la libertad. Las razones de la fascinación que la figura de Cánovas ejerce sobre los populares son de distinta índole. Para empezar, se da un enlace sociológico entre el tipo de político de la Restauración, y quienes hoy ejercen el poder. Incluso esa continuidad encarna emblemáticamente en un órgano de prensa: es la España de Abc. Monárquica, pero sobre todo de Orden, con mayúscula, fiel en todo momento, con una adhesión casi religiosa, al Ejército y a la Guardia Civil, en su calidad de bastiones que garantizan su posición social dominante. En un cuadro de finalidad estática que Cánovas encarna a las mil maravillas, al proporcionar lo que para la derecha es un bien, en sí mismo, la larga duración del régimen por encima del precio que para ello deba pagarse en términos de libertad o de progreso. Según propone el politólogo Joan Antón, Cánovas fue un reaccionario que supo percibir la ¡nevitabilidad de un marco liberal y dar a ese contrasta una fórmate política: un régimen ­representativo en la forma, vaciado desde dentro por la oligarquía que ejerce el poder de manera estable. Quizás éste sea el sueño de quienes viniendo desde una derecha profunda ejercen el poder en la democracia. Cánovas acertó a dar coherencia, en las palabras y en las obras, a esa dualidad de fines. Su vocabulario político es el del liberalismo, pero cada concepto es moldeado, reconducido a una orientación defensiva. En El liberalismo doctrinario. Diez del Corral se preguntaba por la contradicción entre la profesión de fe individualista de Cánovas y su intervencionismo estatal: todo encaja si pensamos en términos de propiedad, sustancia de ese individualismo y único derecho que el Estado ha de proteger por encima de todo. Está también la soberanía de la nación, pero la nación es una forma de
133 dominación y de obediencia consolidada en el tiempo, y ello de­ semboca en la supremacía del Rey, clave de bóveda del orden social estable —la sociedad de los propietarios— y a cuyo poder se subordina el Parlamento, aun cuando se hable de soberanía com­ partida de Rey y Cortes. Bajo ese control superior cabe, y aun es imprescindible, el juego político. Los jugadores deben respetar las reglas, trampas incluidas, ya que las impone quien cuenta con la confianza regia. Rigidez de fondo, pragmatismo en la aplicación concreta. Se da un ajuste pleno, en la ayuda de la manipulación, al sistema de poder social desde el vértice al entramado de los caciques locales. El pragmatismo permitió aceptar retoques formales, como un sufragio universal, inmediatamente falseado, o la libertad de expresión que sirvió de marco a una vida intelectual muy activa (tras un comienzo con cierre de diarios y expulsión de catedráticos li­ berales). El Ejército quedó bajo relativo control, con estallidos periódicos que anunciaban el futuro. Sólo que la dinámica política prevista por Cánovas hace posible girar en torno a un eje, pero no permitió los desplazamientos. El sistema, basado en la manipulación y en la corrupción a todos los niveles, era irreformable. Podía saltar por los aires o dar paso, como ocurrió, con un intermedio republicano, a una sucesión de dictaduras militares, dado el papel de dique supremo que ya Cánovas asignara al Ejército: manteniendo en la base al contrapoder de la corrupción, la España de Franco y de Juan March será su desembocadura lógica. El régimen de la Restauración fue incapaz de integrar los impulsos de una burguesía renovadora, como la catalana y tampoco los del obrerismo democrático. Frente a la complejidad y al conflicto, Cánovas impuso la actitud defensiva y la represión. Ante el movimiento obrero, el aplastamiento del Primero de Mayo de 1891 abrió el camino al terrorismo y a los procesos de Montjuíc. Ante la insurreción cubana, “derramar ríos de sangre” fue su receta política. Cánovas creía a fondo en las soluciones de fuerza, basando en ello su estrategia de aislamiento en política internacional. Suprimió los fueros e hizo nacer el mito de que se alimentó el independentismo vasco. Y, en fin, al cerrar también el paso a los vehículos de nacionalización que fueron en la Europa del XIX el servicio militar y la enseñanza generalizados, sentó las bases para una convergencia con la crisis colonial de la que surgió una crisis aún más profunda, la del Estado­nación cuyas consecuencias arrastramos. La foto fija fue un éxito; la película distó de tener un final feliz. Antonio Elorza es catedrático de Pensamiento Político de la Universidad Complutense de Madrid. OLI GARQUÍ A Y CACI QUI SM O
134 No es, no es nuestra forma de gobierno un régimen parlamentario, viciado por corruptelas y abusos, según es uso entender, sino, al contrario, un régimen oligárquico, servido, que no moderado, por instituciones aparentemente parlamentarias. O, dicho de otro modo, no es el régimen parlamentario la regla, y excepción de ella los vicios y las corruptelas denunciadas en la prensa y en el Parlamento mismo durante sesenta años; al revés, eso que llamamos desviaciones y corruptelas constituyen el régimen, son las misma regla... Oligarcas y caciques constituyen lo que solemos denominar clase directora o gobernante, distribuida o encasillada en “partidos”. Pero aunque se lo llamemos, no lo es; si lo fuese, formaría parte integrante de la Nación, sería orgánica representación de ella, y no es sino un cuerpo extraño, como pudiera serlo una facción de extranjeros apoderados por la fuerza de los Ministerios, Capitanías, telégrafos, ferrocarriles, baterías y fortalezas para imponer tributos y cobrarlos. Contener el movimiento de retroceso y africanización absoluta y relativa que nos arrastra cada vez más lejos, fuera de la órbita en que gira y se desenvuelve la civilización europea; llevar a cabo una total refundición del Estado español sobre el patrón europeo, que nos ha dado la historia y a cuyo empuje hemos sucumbido... o, dicho de otro modo, fundar improvisadamente en la Península una España nueva, es decir, una España rica y que coma, una España culta y que piense, una España libre y que gobierne... Joaquín Costa, 1901 ¿QUÉ ENTENDER P OR CACI QUI SM O? UN I NCI SO M ETODOLÓGI CO Mientras la historiografía tradicional, emparentada con la crítica regeneracionista, veía en el caciquismo un instrumento de dominación socioeconómica, que se servía del atraso para acrecentar la explotación y obstaculizaba el progreso social y político, una poderosa corriente, autocalificada de “nueva historia política”, se ha abierto paso de veinticinco años a esta parte. La nueva historia política ha interpretado primero el fenómeno en clave de comportamiento político­electoral para privilegiar, más adelante, el sentido clientelar en dos direcciones opuestas pero complementarias: en una prevalece el significado administrativo sobre el político y el cacique es presentado como un proveedor de bienes y servicios (a cambio de votos), mientras una segunda subcorriente destaca el valor político del cacique, convertido en conducto de intervención del Estado central en los más recónditos y aislados lugares del país y, en cuanto tal, agente funcional de un proceso de modernización imperfecta; en ambos casos, el cacique desempeña una función de intermediación entre una sociedad poco articulada y un Estado liberal que dispone de un sistema de representación inadecuado al grado de desarrollo de aquélla. “Los pueblos tienen el sistema electoral que se merecen”, es la conclusión a la que llega Raymond Carr después de examinar el caciquismo en España, que entiende fruto de dos circunstancias: la aplicación de amplios derechos electorales a una sociedad atrasada
135 que manifestaba poco interés por los asuntos nacionales y la absorción del sistema preexistente de clientelas “en forma de política local del gobierno representativo”, lo que condujo a prácticas electorales impropias mezcladas con la “aceptación acostumbrada del predominio de las familias locales por parte de un mundo agrario estable”; el régimen únicamente “se hizo falso” cuando este mundo de influencias se disolvió. En suma, la escuela que en lo interpretativo nace con Carr –alimentada más adelante del diálogo con la ciencia política, no siempre bien digerido­, sin dejar de señalar los excesos e ilegalidades del sistema, comprende el caciquismo entre las manifestaciones del liberalismo en una época en la que la sociedad estaba poco dispuesta a reclamar y amparar la democracia de masas, quizá porque el insuficiente desarrollo del capitalismo impedía la formación de clases sociales estables y de intereses corporativos que dirimieran sus diferencias mediante una democracia parlamentaria. La Restauración, con el poder de las oligarquías y los procedimientos conocidos, es presentada por estos historiadores como el régimen adecuado al momento de la vida española del último cuarto del siglo XIX, hasta el punto de que consiguió mantenerse, se dice, con un bajo nivel de represión y movilización partidaria y, sobre todo, con la desmovilización política de la población, haciendo posible el reconocimiento de las libertades básicas y proporcionando estabilidad liberal al precio de sacrificar la democracia pero también poniendo coto a la contrarrevolución. Esta interpretación conservadora se compadece del sistema y hasta pretende hallarle utilidad pública cuando el Estado desatendía las obligaciones básicas hacia la población. Para ello minimiza sus consecuencias: la institucionalización y generalización del sistema al que aludimos supuso la anulación de la voluntad soberana de la ciudadanía, el descrédito popular del parlamentarismo, el encarecimiento de los servicios públicos en la medida que respondían a un juego de influencias particulares antes que a necesidades colectivas, la corrupción política y económica y, en suma, la desaparición del estado de derecho, formalmente regulado pero convertido en ficción desde el instante en que las instituciones fundamentales ­el gobierno, la judicatura, la corona y las fuerzas armadas­ estaban al servicio de un funcionamiento viciado de la representación política y del ejercicio del derecho electoral como expresión de la soberanía nacional. En los últimos años viene desarrollándose una nueva línea interpretativa que recupera la dimensión no exclusivamente política del caciquismo y deslinda lo que es meramente formal en el ejercicio del cacicato, la gestión e intermediación entre administración y clientela, de las funciones que cumple el cacique y el sistema clientelar en la reproducción social de la comunidad en la que se inserta. Desde esta última perspectiva se destaca su función en “el
136 mantenimiento del orden social establecido así como el de su propia clientela, a la vez que la pervivencia de determinadas estrategias de poder de los sectores oligárquicos de la localidad”, en la caracterización de Cruz Artacho. El espacio local cobra así la máxima importancia en la fundamentación social del caciquismo, entendido como expresión de una realidad sociopolítica de raíz clientelar en el mundo rural, en el que la tierra es el principal factor que articula la vida pública y privada de la comunidad. Los vínculos clientelares aparecen entonces regidos “por la necesidad de reproducir las condiciones mínimas de subsistencia material” y la acentuación del diferente nivel de acceso a los recursos dentro de la propia comunidad rural viene marcada “por el creciente recurso a la violen­ cia física como mecanismo con el que perpetuar determinadas estrategias de poder” (J. A. PIQUERAS. “Un país de caciques. Restauración y caciquismo entre naranjos”. En Historia Social, núm. 39, 2001 (I), pp. 8­10) ULTI M ÁTUM DEL CONGRESO DE LOS EEUU A ESP AÑA. 20 DE ABRI L DE 1898 Considerando que el aborrecible estado de cosas que ha existido en Cuba durante los tres últimos años, en isla tan próxima a nuestro territorio, ha herido el sentido moral del pueblo de los Estado Unidos, ha sido un desdora para la civilización cristiana y ha llegado a su periodo crítico con la destrucción de un barco de guerra norteamericano y con la muerte de 266 de entre sus oficiales y tripulantes, cuando el buque visitaba amistosamente el puerto de la Habana; el Senado y la Cámara de Representantes, reunidos en Congreso, acuerdan: 1º.­ Que el pueblo de Cuba es y debe ser libre e independiente. 2º.­ Que es deber de los Estados Unidos exigir que el gobierno español renuncie inmediatamente a su autoridad y gobierno en la isla de Cuba y retire sus fuerzas de las tierras y mares de la isla. 3º.­ Que se autoriza al Presidente de los Estados Unidos, y se le encarga y ordena, que utilice todas las fuerzas militares de los Estados Unidos para llevar a efecto estos acuerdos. ESP AÑA SI N P ULSO Los doctores de la política y los facultativos de cabecera estudiarían, sin duda, el mal; discurrirán sobre sus orígenes, su clasificación y sus remedios; pero el más ajeno a la ciencia que preste atención a asuntos públicos observa este singular estado de España; dondequiera que se ponga el tacto, no se encuentra el pulso... Hay que dejar la mentira y desposarse con la verdad; hay que abandonar las vanidades y sujetarse a la realidad, reconstituyendo todos los organismos de la vida nacional sobre los cimientos, modestos, pero firmes, que nuestros medios nos
137 consienten, no sobre las formas huecas de un convencionalismo que, como a nadie engaña, a todos desalienta y burla... El efecto inevitable del menosprecio de un país respeto de su poder central es el mismo que en todos los cuerpos vivos produce la anemia y la decadencia de la fuerza cerebral; primero, la atonía, y después, la disgregación y la muerte... Si pronto no se cambia radicalmente de rumbo, el riesgo es infinitamente mayor, por lo mismo que es más hondo, y de remedio imposible, si se acude tarde... F. Silvela. Artículo aparecido en el Tiempo, 16­08­1898
138 DESPUÉS DE CÁNOVAS ANTONIO Cánovas del Castillo había desempeñado un papel clave en la Restauración de la monarquía de Alfonso XII, efectuada en diciembre de 1874. Tanto en los trabajos preparatorios de la misma ­para crear una corriente de opinión favorable y un partido político adicto­, como en la organización de la nueva
monarquía, después de que el general Arsenio Martínez Campos proclamara rey, en Sagunto, al hijo de Isabel II. Un procedimiento que Cánovas condenó porque no quería que la monarquía que debía acabar con los pronunciamientos militares naciera ella misma de un golpe militar; pero no pudo frenar la impaciencia del general moderado. Cánovas fue el arquitecto del sistema político de la Restauración, plasmado en la Constitución de
1876, y el maestro de obra que dirigió su construcción. Por supuesto que no todo se le puede
atribuir exclusivamente. Sus ideas y proyectos ­de carácter liberal conservador­, tenían hondas raíces en el pensamiento europeo y español, y precedentes históricos. Pero Cánovas supo hacer
realidad los deseos de varias generaciones que le precedieron, que habían tratado de conciliar la libertad y el orden. Su caso es una buena ilustración de cómo algunos individuos juegan un papel clave en la historia, canalizando y dando forma a las aspiraciones sociales. Entre 1875 y 1897 Cánovas fue presidente de diversos gobiernos, al frente del partido liberal­ conservador, durante unos 12 años. No era nada aficionado a la política menuda, que dejó en manos de sus ministros de gobernación, en especial de Francisco Romero Robledo. Pero sí orientó la
actuación del partido en relación con los grandes temas de política económica ­en favor de un moderado proteccionismo­, relaciones exteriores ­una política de recogimiento, sin planteamientos audaces­, y la política hacia las colonias ­orientada a su conservación y asimilación al territorio
metropolitano­. El asesinato de Cánovas, el 8 de agosto de 1897, tuvo consecuencias importantes respecto a la
política que España seguía en Cuba, donde la guerra independentista se desarrollaba desde hacía
dos años y medio: El gobierno liberal de Sagasta, que al poco tiempo sucedió al conservador, concedió inmediatamente la autonomía a la isla. También tendría consecuencias destacadas el relevo en la dirección del partido liberal­conservador; su nuevo jefe, Francisco Silvela, fue el iniciador de un proyecto reformista, de revolución desde arriba que sería continuado por Antonio Maura en la primera década del siglo XX. En lo fundamental el sistema político de la Restauración resistió perfectamente la violenta y repentina desaparición de su principal artífice. Y no sólo eso, también resistió sin quiebras la derrota
del año siguiente frente a EEUU y la pérdida de las colonias españolas en el Caribe y el Pacífico: el fin del Imperio. Tendrían que pasar 25 años ­llenos de cambios, en el mundo y en España­ para que, en 1923, el sistema entrara definitivamente en crisis. ¿A qué se debió la extraordinaria solidez del edificio levantado por Cánovas? En absoluto a razones de fuerza. Cánovas no tenía tendencias autoritarias; era, por el contrario, un liberal intelectual,
escéptico, con un sentido del humor que podía llegar a ser corrosivo; un conservador que hacía gala
de su conocimiento y adaptación a la realidad. Dio por supuesto que la sociedad requería orden, y que lo establecería de cualquier forma, y trató, por encima de todo, de salvar la libertad en el ambiente reaccionario que predominaba en Europa a mediados de los años 70 del siglo pasado, tras
la experiencia de la Comuna de París. El sistema canovista se basaba fundamentalmente en el acuerdo, en el pacto entre las fuerzas políticas existentes. Consistió en asegurar a todos ­siempre que estuvieran dispuestos a respetar las reglas­ el disfrute alternativo del poder, gracias al cual podían realizar sus ideales teóricos, al mismo
tiempo que satisfacer las necesidades de sus clientelas. Dado que no existía un cuerpo electoral independiente que pudiera servir de árbitro de la alternancia, esta función le fue asignada a la
139 Corona, verdadera clave de toda la construcción. Pero aquel sistema también tenía su contrapartida, su efecto no deseado. Si funcionaba sin electores ¿para qué molestarse en conseguirlos? ¿Qué necesidad tenía un partido dinástico de lograr votos cuando sabía que alcanzaría el poder, independientemente de los mismos, por la voluntad de la
Corona? ¿Para qué iba un candidato a gastar energías y dinero ­que salía de su propio bolsillo­
tratando de convencer a los electores, si podía conseguir su acta de diputado gratis y sin moverse de Madrid, gracias a ser encasillado y gozar de la protección oficial? Movilizar suponía un esfuerzo ­y para políticos conservadores, un peligro­ cuya recompensa, a corto plazo, no se veía por ninguna
parte; más valía respetar el turno del contrario y esperar el propio. Fue así como al favorecer el pacto a costa de la competencia, el sistema encontró grandes dificultades para incorporar a nuevas fuerzas sociales y evolucionar hacia formas menos imperfectas
de democracia. Carlos Dardé es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Cantabria. El Mundo, 9­8­ 1997 Weyler Cartoon in an American Newspaper
140 141
Bibliografía básica: AVILÉS FARRÉ. J.; ELIZALDE PÉREZ­GRUESO, M. D.; SUEIRO SEOANE, S. Historia política de España, 1875­1939. Madrid: Istmo, 2002 DUARTE, A. La España de la Restauración (1875­1923). Barcelona: Hipòtesi, 1997. GARCÍA DELGADO, J. L. (ed) España entre dos siglos (1875­1931). Continuidad y cambio. Madrid: Siglo XXI, 1991. ROBLES EGEA, A. (comp.). Política en la penumbra. Patronazgo y clientelismo políticos en la España contemporánea. Madrid: Siglo XXI, 1996. SUÁREZ CORTINA, M. (ed.): La Restauración, entre el liberalismo y la democracia. Madrid: Alianza, 1997. Bibliografía complementaria: ANDRÉS GALLEGO, J. La política religiosa en España, 1889­1913. Madrid: Ed. Nacional, 1975. CABRERA, M. (dir.). Con luz y taquígrafos. El Parlamento en la Restauración. Madrid: Taurus, 1998. DARDÉ, C. Alfonso XII. Madrid: Arlanza, 2001. ESPADAS BURGOS, M. Alfonso XIII y los orígenes de la Restauración. Madrid: CSIC, 1975. LARIO, A. El Rey, piloto sin brújula. La Corona y el sistema de la Restauración (1875­1902). Madrid: UNED/Biblioteca Nueva, 1999. LEGUINECHE, M. Annual. El desastre de España en el Rif, 1921. Madrid: Alfaguara, 1996. MARTÍNEZ CUADRADO, M. A. La burguesía conservadora (1874­1931). Madrid: Alfaguara, 1981. NÚÑEZ FLORENCIO, R. Militarismo y antimilitarismo en España (1888­1906). Madrid: 1990. –– Tal como éramos. España hace un siglo. Madrid: Espasa­Fórum, 1998. PRADOS DE LA ESCOSURA, L. De Imperio a nación. Crecimiento y atraso económico en España. Madrid: Alianza, 1988. RODRÍGUEZ LABANDEIRA, J. El trabajo rural en España (1876­1936). Madrid: Anthropos, 1991. SÁNCHEZ AGESTA, L. La Constitución de 1876 y el Estado de la Restauración. Madrid: SM, 1985. SERRANO, C. Final del Imperio. España (1895­1898). Madrid: Siglo XXI, 1984. SUÁREZ CORTINA, M. El gorro frigio: liberalismo, democracia y republicanismo en la Restauración. Madrid: Biblioteca Nueva, 2001. TUSELL, J. y CHACÓN, D. La reforma de la administración local en España (1900­1936). Madrid: Instituto de Estudios Administrativos, 1973. ULLMAN, J. C. La Semana Trágica. Estudio sobre las causas socio­económicas del anticlericalismo en España, 1898­1912. Barcelona: Ariel, 1992. VARELA ORTEGA, J. Los amigos políticos. Partidos, elecciones y caciquismo en la Restauración (1875­1900). Madrid: Marcial Pons, 2001. Enlaces en Internet http://www.historiasiglo20.org/enlaces/esp1874­1902.htm http://www.historiasiglo20.org/enlaces/esp1902­1931.htm http://www2.uah.es/1898
142 4. ESP AÑA ENTRE DOS DI CTADURAS: EL FALLI DO I NTENTO DE CONSTRUI R UN ESTADO SOCI AL Y DEMOCRÁTI CO 4.1. El golpe de Estado. Características generales de la Dictadura de Primo de Rivera y sus relaciones con el fascismo 4.2. El Directorio Militar (sept. 1923­dic. 1925): el papel de los gobernadores; la reforma de la administración local y el anticatalanismo; el Somatén y la Unión Patriótica; el final de la guerra de Marruecos 4.3. El Directorio Civil (dic. 1925­enero 1930): la Asamblea Nacional Consultiva; el intervencionismo económico; la política social y las relaciones con las organizaciones sindicales; las estrechas relaciones con la Iglesia; la crisis de la Dictadura 4.4. El camino hacia la República (1930­1931): el “error Berenguer” y la reorganización del republicanismo; el almirante Aznar y la convocatoria de elecciones municipales 4.5. La proclamación de la II República y su significado. El mapa electoral y las fuerzas en presencia 4.6. Gobierno Provisional y bienio reformador (1931­1933): las elecciones constituyentes y la Constitución republicana; las principales reformas (laboral, agraria, educativa, militar); el voto femenino; la cuestión nacional y la configuración autonómica; la cuestión religiosa. Las dificultades: reorganización derechista, impaciencia revolucionaria, conspiración militar (sanjurjada) y ruptura del bloque gobernante. De la dimisión de Azaña a la convocatoria electoral 4.7. El bienio rectificador (1933­1936): la victoria del heterogéneo bloque radical­cedista; la paralización de las reformas; las respuestas y reorganización del centro­izquierda; la revolución de octubre de 1934 y sus consecuencias; los escándalos políticos y la caída del gobierno; Frente Popular versus bloque contrarrevolucionario y fracaso del portelismo 4.8. Del gobierno del Frente Popular a la insurrección militar (1936): la victoria electoral, la formación del gobierno y la presidencia de la República; la reactivación de las reformas. La polarización social: hostilidad anarquista y división socialista; la radicalización derechista y el ascenso del falangismo; la violencia política. Los preparativos del golpe 4.9. La historiografía y la guerra civil: la polémica sobre sus orígenes. El conflicto bélico. La internacionalización de la guerra de España. Cultura y vida cotidiana en un país desgarrado 4.10. La España republicana: respuesta popular, violencia y estallido de la revolución; el poder republicano, de Largo Caballero a Negrín; la organización de la producción; el golpe de Casado y el fin de la República; el exilio y el drama de la derrota 4.11. La España rebelde: militarismo y caudillaje; la Iglesia legitimadora; la organización de la producción; la configuración del Nuevo Estado y la maquinaria represiva
143 4.1. EL GOLP E DE ESTADO. CARACTERÍ STI CAS GENERALES DE LA DI CTADURA DE P RI M O DE RI VERA Y SUS RELACI ONES CON EL FASCI SM O a) El golpe de Estado (13­9­1923) El sistema político de la Restauración quedó truncado con el golpe de Estado lanzado desde Barcelona por el capitán general de Cataluña, Miguel P rimo de Rivera. En el manifiesto justificativo del golpe (firmado el mismo día 13­9­1923) Primo de Rivera hacía especial hincapié en el orden público, la lucha contra el separatismo catalán y medidas de política económica. El golpe concitó cierta unanimidad en el Ejército y contó con el beneplácito de Alfonso XI I I . Las distintas facciones lo prepararon haciendo frente común para abortar las pretensiones del Gobierno de exigir responsabilidades militares por el desastre de Annual. Hay que recordar que la ineptitud del Comandante en Jefe de Marruecos, general Dámaso Berenguer, y los numerosos casos de falta al deber militar de muchos oficiales habían dado lugar a la lógica investigación de los hechos por parte del general Picasso y que sus conclusiones fueron devastadoras, e incluso parecían mostrar la implicación del propio Alfonso XIII. Pero no llegaron al gran público porque fue parada por el golpe de Estado. Fue acogido con indiferencia por las clases populares pero con esperanza por amplios sectores del campo económico, del catolicismo y de las fuerzas moderadas. La patronal aplaudió dicha acción. La Iglesia mostró (a través de pastorales y de la prensa afín) su simpatía por los nuevos gobernantes y el Ejército. Algunos políticos, incluso liberales, mostraron su satisfacción. La mayoría de la población se mantuvo en silencio, mostrando escaso interés por lo acaecido, pues en el contexto de una política dominada por los notables (locales, provinciales y nacionales) había poca cultura de participación o, dicho de otra manera, había una escasa conciencia de que podían intervenir en los asuntos públicos. Sólo se opusieron desde el principio algunos intelectuales (Blasco Ibáñez, Unamuno, Pérez de Ayala, Azaña). b) Características generales de la Dictadura de P rimo de Rivera Si lo comparamos con los precedentes, no fue una nueva versión de pronunciamientos decimonónicos, pues tras reconocer el golpe, fue el Ejército como institución (no unos generales al frente de partidos políticos) quien asumió el poder, instaurándose un régimen estrictamente militar (Directorio militar) hasta diciembre de 1925, en que comienza el llamado Directorio civil. En relación al contexto internacional, coincidió con la proclamación de regímenes autoritarios en otros países europeos; no obstante, el régimen de Primo de Rivera tuvo características propias, pues nació más por circunstancias españolas que como parte de una evolución o tendencia europea. Desde el punto de vista ideológico, no fue un régimen fascista. FUSI lo define como una “dictadura autoritaria (aunque benévola) (sic), paternalista, tecnocrática y, a su modo, regeneracionista y condicionada, desde luego, por
144 la propia personalidad del dictador”. Tuvo, eso sí, una serie de elementos comunes con el fascismo: 1) las instituciones de carácter corporativo; 2) el dictador y sus ideólogos (Aunós, Pemartín, R. de Maeztu) exaltaron el fascismo italiano; 3) hizo de la unidad nacional, el nacionalismo económico y la evocación del pasado imperial español las piezas esenciales de legitimación; y 4) emprendió medidas represivas como la suspensión de las Cortes, acabó también con la libertad de expresión y decretó la censura de prensa, ilegalizó algunos partidos políticos y organizaciones obreras y destituyó los ayuntamientos anteriores. Pero contó con una serie de elementos característicos. No era un nuevo orden (a diferencia del fascismo italiano) ni tampoco planteó (al menos al principio) la creación de un nuevo Estado, pues el general Primo de Rivera era un hombre de ideas simples que se limitaba a actuar con rapidez en la solución de los problemas, para lo que requería gobiernos fuertes que actuaran con eficacia: él mismo pensaba ser el cirujano de hierro del que hablaba Joaquín Costa a principios de siglo para regenerar la vida política. Tampoco se produjo, en palabras de FUSI, “la conquista del poder por un partido ultranacionalista, antiparlamentario y de masas, con estilo, retórica y acción ritualizados y violentos” (FUSI), pues el partido que creó, la Unión Patriótica (UP) no fue fascista. En sintonía con lo anterior, cabe decir que la dictadura primorriverista careció de una ideología elaborada y nació como un régimen autoritario transitorio. La idea era permanecer poco tiempo en el poder hasta resolver los problemas urgentes de orden público, sociales, económicos, militares, bélicos, de separatismo y caciquismo. Para ello, pretendía conectar con amplias masas sociales recuperando la tradición decimonónica de hacer del Ejército el intérprete de la soberanía nacional junto al rey: monarquía y ejército serían las dos instituciones para encauzar los problemas del país que no habían solucionado unos políticos “ineficaces”, según el dictador. El problema es que no fue transitorio como prometía y se vinculó estrechamente a la figura del rey, Alfonso XI I I , que no puso ningún obstáculo a la suspensión de la Constitución y a disolución de las Cortes; aunque, en la práctica, el Rey perdía gran parte del poder que le reconocía la constitución de 1876, aceptó la situación sin grandes conflictos y apoyó al dictador en varias ocasiones, pues consideraba que resolvía los problemas de orden público y estimulaba el desarrollo económico; no obstante, desde 1928 se fue distanciando, al entrar en crisis el entramado político de la Dictadura. En definitiva, fue una dictadura autoritaria (pero no totalitaria), represiva pero no sanguinaria, que restableció la normalidad y paz sociales, con la aquiescencia (lo que no implica necesariamente apoyo activo) de gran parte de la opinión pública durante unos años, pues liquidó con éxito la guerra de Marruecos (asumiendo planteamientos del africanismo) y se desenvolvió en un contexto de aparente prosperidad económica (sustentada en una mejora de la coyuntura económica internacional, aunque el régimen lo atribuyó a su política económica), expansión industrial, estabilidad y aumento del empleo. Pero ni resolvió el problema del caciquismo (que consiguió sobrevivir a través de las propias organizaciones del régimen), ni tampoco el catalán (lo agudizó aún más), e, incluso, con su clericalismo militante, situó en el primer plano de la actualidad el conflicto clericalismo/anticlericalismo.Tampoco fue un régimen transitorio y la creciente conflictividad y desconfianza sobre la capacidad del
145 régimen para garantizar su institucionalización y su continuidad se hizo patente desde 1928, pero la vuelta a la normalidad constitucional se pospuso hasta después de la caída del dictador y, entonces, resultaba ya inviable. 4.2. EL DI RECTORI O M I LI TAR (SEP T. 1923­DI C. 1925) No se trataba propiamente de un Gobierno, pues sus miembros no tenían capacidad resolutiva. Miguel Primo de Rivera actúa como ministro único asesorado por un Directorio de militares (con representación de todas las Armas y Regiones Militares) sin poder ejecutivo. a) El papel de los gobernadores La supresión del sistema democrático obligó a una nueva articulación para designar a los responsables políticos provinciales y locales cuyo cargo quedaba supeditado al Gobernador civil o militar. En los primeros meses (entre septiembre de 1923 y abril de 1924), los gobernadores militares realizaron las funciones de los gobernadores civiles. Pero, tras un breve tiempo en el cargo, fueron cesados porque algunas de sus medidas irritaron a la burguesía (como sucedió en Albacete). Los gobernadores civiles no llevaron una vida fácil, lo que provocó una escasa estabilidad en el cargo (una media nacional de 17 meses); su posición resultaba en ocasiones sumamente delicada pues debía contentar a los nuevos políticos y a algunos caciques incorporados a Unión Patriótica. b) La reforma de la administración local y el anticatalanismo En los días posteriores al golpe, los ayuntamientos fueron destituidos y, tres meses después, las diputaciones provinciales. Ambas instituciones eran consideradas bases del caciquismo y fueron sustituidos por gestoras. Se pretendía situar en su lugar a nuevos hombres que no estuvieran vinculados a la vieja política, pero esta tarea resultó imposible de cumplir en la práctica. El R.D. 30­9­1923 disolvía los ayuntamientos y sustituía sus miembros por otros afines llamados “vocales asociados”, elegidos por sorteo entre los mayores contribuyentes, industriales o profesionales, que, a su vez, elegían a los alcaldes en votación secreta. Sin embargo, el sorteo provocó situaciones paradójicas, como fue la elección de algunos miembros republicanos y socialistas o la abundancia de representantes de la oligarquía en la que se asentaba el caciquismo rural. Poco después, el R.D. 12­1­1924 disolvía las diputaciones provinciales (salvo las vascas y navarra) y encargaba a los nuevos gobernadores civiles la designación directa de los diputados provinciales entre los grandes contribuyentes o representantes de intereses corporativos. Para controlar más estrechamente el poder local, desde finales de 1924, se exigió la militancia política en la Unión Patriótica para poder acceder a un puesto político, por lo que, tanto ayuntamientos como diputaciones provinciales, pasaron a ser regentadas exclusivamente por políticos del partido creado por el dictador. b.1.) La reforma de la administración local Los intentos de descentralización, siempre frustrados por el particular funcionamiento del sistema parlamentario
146 de la Restauración, se materializaron en la dictadura de Primo de Rivera. Es curioso que hubiera que aguardar a una dictadura para que se plasmara legalmente un modelo descentralizado de administración local (tan querido antaño por los progresistas y más recientemente por los conservadores) pero en este nuevo marco habían desaparecido los obstáculos políticos que la impidieron. Fue un antiguo maurista, José Calvo Sotelo, quien impulsó esta reforma (estatutos municipal y provincial) con el propósito teórico de acabar con el caciquismo saneando la vida local. Las características generales de la reforma de la administración local se pueden resumir en las siguientes. En el plano teórico, el modelo de administración local de la dictadura introdujo un nivel de autonomía superior a sus antecesores; por otra parte, hay un vuelco en la relación entre las diputaciones y los ayuntamientos, pues frente a la dependencia de éstos respecto a aquéllas desde 1812, ahora las provincias eran agrupaciones de municipios y las diputaciones estaban aparentemente subordinadas respecto a los ayuntamientos. Sin embargo, se pueden apreciar contradicciones evidentes, sobre todo en el ámbito regional y, en general, entre la teoría y la práctica, pues sus planteamientos más novedosos quedaban en puro papel mojado: las mayores novedades no llegaron a ponerse en práctica ya que el régimen no fue tan transitorio como se presumía y ni se celebraron elecciones ni los referenda anunciados; además, este modelo se consolidó por la ausencia de controles sobre las nuevas corporaciones, como se puso de manifiesto en las convocatorias de comisiones de investigación sobre las responsabilidades de ayuntamientos y diputaciones precedentes en los años treinta. El Estatuto M unicipal de 1924 reflejaba más el ideario de Calvo Sotelo que el de Primo de Rivera. Su mayor novedad radicaba en la autonomía municipal en los ámbitos financiero (al contar con más medios), orgánico (superiores competencias y posibilidad de fijar su propia estructura elaborando una carta municipal) y funcional (rebaja los controles de su actuación y el alcalde era elegido por concejales). Pero sus aspectos supuestamente democráticos (sufragio femenino, concejo abierto en pueblos menores de quinientos habitantes, reducción de la edad electoral de los 25 a 23 años o convocatoria de referenda para asuntos importantes) hay que ponerlos en duda debido a la representación corporativa (que suponía un tercio) y, sobre todo, porque no llegó aplicarse pues la UP no se consideraba tan fuerte para afrontar las elecciones. Y, precisamente el incremento de la autonomía, las competencias, el gasto y el relajamiento de los controles van a explicar las irregularidades denunciadas en la gestión de muchos municipios por las corporaciones republicanas. El Estatuto P rovincial de 1925 incidía en uno de los principios más deseados a lo largo de las últimas tres décadas de sistema parlamentario, la autonomía provincial. El aparente sentido regionalista de las primeras semanas se contradijo con declaraciones posteriores de Primo de Rivera y con la disolución de la mancomunidad catalana (que disgustó al regionalista Calvo Sotelo). El estatuto defendía la provincia y rechazaba por artificiosa cualquier organización regionalista, aunque su preámbulo no descartaba la posibilidad regional. Como ya se ha dicho, el estatuto significaba la preeminencia del tema municipal, pues se concebían las provincias como agrupaciones de municipios y las diputaciones dejaban de ser órganos
147 superiores jerárquicos de los ayuntamientos. Sobre la organización provincial, sus características descentralizadoras se plasmaban en la reducción del papel de los gobernadores civiles (no tenían voto y sólo presidían las reuniones poco importantes), la elevación a la presidencia de un diputado y el aumento de su ámbito competencial. De esta manera, nacía la figura del presidente de la diputación. Otros elementos demostraban un afán menos democratizador: junto a los diputados de elección directa (por sufragio universal, incluido el femenino), se nombraban otros de carácter corporativo (en igual número que aquéllos) por los ayuntamientos entre sus propios concejales (de duración más corta). De todos modos, durante la llamada Dictablanda los estatutos fueron considerados inválidos por no haber guardado los trámites legales precisos para su aprobación b.2.) El anticatalanismo El golpe había contado con el apoyo de amplios sectores de la burguesía catalana (encuadrados en la Lliga y el Fomento del Trabajo), tras años de enfrentamiento con los sindicatos únicos (pistolerismo, 1918­22). Pero Primo de Rivera practicó una política contraria al catalanismo político y cívico (al suprimir la Mancomunidad de Cataluña e impedir que el catalán se empleara en actos oficiales, escuelas o predicaciones religiosas), lo que provocó una progresiva separación de la Dictadura respecto a la Lliga y la sociedad catalana así como al incremento de los adeptos a los grupos catalanistas más radicales (como el Estat Català, de Macià). c) Las organizaciones al servicio de la dictadura: el Somatén y la UP El somatén (nombre tomado de una institución histórica catalana de apoyo al orden público que ahora se extiende al resto de España) era la organización de carácter social del régimen, con una función auxiliar de la Guardia Civil, y, por tanto, dedicada a la salvaguarda del orden público y el control social. Se extendió sobre todo por los municipios rurales, quedando bajo el control de los propietarios. La Unión P atriótica (U.P .) tenía una cariz político. Era una especie de partido único y gubernamental, cuya misión era darle apoyo social al régimen y reclutar una nueva cantera de políticos para sustituir a los caducos. Pero no se puede comparar con el Partido Nacional Fascista italiano o el Nazi alemán porque se toleraron otras fuerzas políticas y porque la U.P . no pudo cristalizar como partido por sus indefiniciones ideológica y funcional. Desde marzo­abril de 1924, la U.P. se fue extendiendo por la geografía española, con el respaldo directo de Miguel Primo de Rivera y estimulado por los gobernadores civiles. Si bien pretendía captar nuevas personalidades y prescindir de la vieja clase política caciquil (en este sentido, se incorporaron nuevas personalidades que habían estado al margen de la política anteriormente), en la práctica, tuvieron que aceptar a muchos monárquicos influyentes en el partido ante la deficiente afluencia de personas de cierta valía. Su afiliación, por tanto, fue heterogénea, incluyendo a mauristas, propagandistas católicos, conservadores, tradicionalistas, funcionarios, clases medias neutras y antiguos caciques reciclados. Su organización se apoyaba en comités provinciales con estrecha dependencia de los poderes
148 gubernamentales, pero al constituirse el Directorio Civil su estructura será más autónoma. La conexión entre Somatén y U.P. fue muy estrecha, pues la mayoría de sus afiliados pertenecían a ambas organizaciones. d) El final de la guerra de M arruecos El problema de Marruecos duraba desde 1908. Y desde la derrota española de Annual, sólo Melilla quedaba en manos españolas, mientras el resto del Rift constituía la autodenominada República del Rift, especie de estado independiente bajo el mando de Abd­el­Krim, quien reformó la estructura tribal tradicional y la modernizó en parte. Pero él también contaba con problemas: los poderosos tradicionales, que se resistían a ceder su cuota de poder y las penosas condiciones económicas que atravesaba, condujo a Abd el­Krim a atacar el Sur, hacia Fez, donde se enfrentó a los franceses en abril de 1925. La posición de P rimo de Rivera respecto a la guerra de Marruecos fue cambiante. Aunque años atrás había sido uno de los pocos generales críticos con la expansión de la guerra y defendía el abandono del territorio, sin embargo, cambió de opinión tras los triunfos de Abd­el­Krim, y la presión de los militares africanistas para que extendiera la dominación sobre el N. de África. Constituyó una de las primeras preocupaciones del dictador al llegar al poder (recordemos que fue una de las principales causas del golpe) y asumió (en oct. 1924) la Alta Comisaría de zona marroquí. Al final, acabó liquidando la guerra de Marruecos asumiendo los criterios del africanismo. Las claves para el éxito militar español hay que buscarlas tanto en el error de Abd­el­Krim de extender la guerrilla al Marruecos francés como en la coordinación de la actuación militar por parte de España y Francia, que concluyó en septiembre de 1925 en el desembarco anfibio hispano­ francés de Alhucemas (llave del Rift) que pudo pacificar la zona: Abd­ el­Krim se rindió a Francia en 1926 y en julio de 1927 Sanjurjo (jefe del Ejército de África) anunció el fin de la guerra. 4.3. EL DI RECTORI O CI VI L (DI C. 1925­ENERO 1930) Tras afianzarse en el poder, Primo de Rivera quiso estabilizar el régimen con una alternativa a lo que había sido el sistema constitucional de 1876. Volvió a recuperar el Consejo de Ministros, de manera que eran los ministros (Hacienda: José Calvo Sotelo; Fomento: Rafael Benjumea, conde de Guadalhorce; Trabajo: Eduardo Aunós, etc.), no los subsecretarios, quienes dirigían los asuntos ministeriales. a) La Asamblea Nacional Consultiva Para consolidar el régimen, el dictador ordenó la realización de un plebiscito nacional que expresase el apoyo popular alcanzado (fijado entre el 11 y el 13 de septiembre de 1926). Se constituyeron las mesas formadas por personas adictas al sistema donde los ciudadanos firmaban. El sistema no era muy fiable en cuanto al respeto a la voluntad y secreto del elector. Algo más de la mitad de los ciudadanos con derecho a firma
149 cumplieron con su obligación, lo que no significaba un gran éxito para el régimen. En él iba incluido apoyar que se constituyera una Asamblea. La Asamblea Nacional Consultiva comenzó sus sesiones en octubre de 1927. Se trataba de un pseudoparlamento (sólo consultivo y deliberante), pues para el dictador éste resultaba nocivo para los asuntos públicos. Sus miembros eran nombrados en su mayoría por el Gobierno y el resto por representantes de los municipios y provincias. Sus fines eran representar a la nación y elaborar un nuevo proyecto constitucional en sustitución del texto de 1876, lo que constituyó una iniciativa inútil y un error político. Los debates se centraron en temas jurídicos (reforma de código penal y civil) y económicos. El proyecto constitucional de 1929 (la soberanía radicaba en el Estado, el ejecutivo no era responsable y la mitad de los representantes a Cortes eran designados desde arriba o elegidos por las corporaciones, no por sufragio universal directo) diseñaba un régimen autoritario, conservador, católico, corporativo, intervencionista, que provocó incluso disensiones entre los hombres del régimen y encontró un amplio rechazo entre conocidas personalidades políticas y en el seno del PSOE­UGT. b) El intervencionismo y nacionalismo económico Las principales características de la política económica de la Dictadura pueden resumirse en las siguientes: 1) expansión industrial mediante el aumento del gasto público, con medidas proteccionistas de apoyo a industriales vascos y catalanes, en detrimento de los sectores exportadores agrícolas; 2) política de financiación de obras públicas (sobre todo de carreteras, construyendo 9.500 kms de nuevas carreteras y mejorando los firmes y trazados de carreteras principales); 3) creación de multitud de órganos consultivos (sin función específica), a cuyo frente estaba el Consejo Nacional de Economía, que autorizaba la creación de industrias; 4) fueron monopolizados sectores como el petróleo (CAMPSA, monopolio estatal con capital privado suscrito por un grupo poderoso de bancos españoles), Tabacalera y la Telefónica (para impulsar decididamente el desarrollo de la red telefónica nacional por todo el país); 5) se instituyeron las Confederaciones Hidrográficas para coordinar todas las actividades de la ordenación y aprovechamiento (construcción de embalses, encauzamientos, saltos de agua, canales, etc.) de las cuencas en un mismo organismo con el fin de extender los regadíos y el desarrollo energético; 6) creación de Iberia, para iniciar la aviación comercial española. A corto plazo sus resultados fueron brillantemente efectistas, pero, a medio plazo, fueron negativos para la economía, pues no se hizo nada en política fiscal y las inversiones se asumieron con cargo a la Deuda Pública, lo que implicó una fuerte expansión de la banca y entidades de crédito. c) La política social y las relaciones con las organizaciones sindicales La política social se apoyó en el corporativismo. El intervencionismo estatal culminó con la creación (decreto 26­11­1926) de la Organización Corporativa Nacional del Trabajo por Aunós. El Estado era concebido como el instrumento de integración de las fuerzas sociales (capital y trabajo), al servicio de los intereses superiores de la nación.
150 El instrumento básico de la política social eran los comités paritarios, organismos integrados por vocales nombrados por obreros y patronos de forma paritaria, junto a representantes del ministerio de trabajo M. de Trabajo. Sus funciones eran regular las relaciones laborales, aprobar y elaborar la legislación pertinente y resolver conflictos y huelgas. Sus miembros eran elegidos por sus organizaciones respectivas La relación con las organizaciones obreras fue diferente con los dos sindicatos mayoritarios. Como no creó sindicatos oficiales (a diferencia del fascismo italiano o luego en el franquismo), intentó atraerse a la UGT (que aceptó los comités paritarios, pese a estar moral y políticamente muy alejada del régimen), a Sindicatos Libres y al sindicalismo católico pero reprimió a la CNT (aunque siguieron editándose algunas publicaciones libertarias). La CNT fue la contrarréplica de UGT y PSOE: se opuso al golpe desde el principio, pero fracasó en la articulación de una huelga general. Algunos grupos anarquistas protagonizaron actos terroristas en 1924, a consecuencia de los cuales murieron varios guardias civiles y tres cenetistas fueron ajusticiados, quedando paralizada la actividad sindical de CNT. Como algunos líderes cenetistas (Peiró, Pestaña) quisieron aprovechar las oportunidades legales (como los comités paritarios), los más anarcosindicalistas fundaron la FAI en 1927 para marcar una orientación anarquista al sindicalismo cenetista. Los socialistas mantuvieron una posición confusa respecto a la Dictadura. A la mayoría de sus dirigentes el sistema primorriverista les resultaba tan espúreo como el de la Restauración. Aceptaron las reglas del juego, en un principio, debido a la escisión reciente del Partido Comunista y la disminución de sus efectivos políticos y sindicales. Los ugetistas continuaron su actividad sin la competencia de CNT y sus representantes participaron en diversos organismos. Largo Caballero aceptó su nombramiento de vocal obrero del Consejo de Estado. Sólo Indalecio Prieto y Fernando de los Ríos se opusieron radicalmente a Dictadura. Sólo cuando Largo Caballero rompió tácticamente con las posiciones besteiristas y se acercó a las prietistas, el PSOE pasó a oponerse claramente al régimen. Los congresos extraordinarios de UGT y PSOE rechazaron los escaños ofrecidos en la Asamblea Nacional Consultiva por no ser electiva y, frente al proyecto constitucional, publicaron un manifiesto a favor de una República democrática d) Las estrechas relaciones con la I glesia Durante la Dictadura, las relaciones I glesia­Estado volvieron a los mejores tiempos constantinianos , destruyendo el relativo equilibrio que había procurado mantener la Constitución de 1876 (conservadora pero aplicada muchas veces liberalmente). La I glesia recibió al dictador como a un salvador, volviéndose a la simbiosis perfecta Altar­Trono, Iglesia­Patria (ideologizada por El Debate y demás periódicos católicos). Las causas de esta adhesión al régimen fueron variadas: en primer lugar, a la Iglesia española no le gustaban las pasadas alternativas, que a veces la situaban en posición de favor muy señalado (con Maura y sus seguidores) y otras veces la trataban de manera menos placentera (con Canalejas y otros jefes liberales); por otra parte, eran momentos de expansión del movimiento obrero y estaba aún reciente el asesinado del
151 cardenal Juan Soldevila y Romero en Zaragoza (4­6­1923) en un atentado anarquista. Mientras tanto, la Santa Sede ahogó gran parte del nuevo clima triunfalista que, difundido por obispos y clero, comenzaba a invadir el país, pues Pío XI era partidario de un catolicismo renovado y no compartía la política anticatalanista (también en el ámbito religioso) del Gobierno. No obstante, Roma acabó apoyando los candidatos propuestos por el gobierno de la dictadura a la sede barcelonesa, que tanto molestó al clero y católicos catalanes. El cardenal de Tarragona, Vidal i Barraquer, se acabó enfrentando de manera cada vez más enconada con Primo de Rivera ante su política de castellanizar la Iglesia catalana. Las consecuencias de esta política religiosa fueron graves, pues si por un lado provocó una actitud hostil por parte de la jerarquía catalana (debido a la prohibición de las lenguas vernáculas en liturgia y la persecución de clérigos catalanes), por otro, azuzó aún más los sentimientos anticlericales que, tras la Dictadura cogió nuevos bríos. e) La crisis de la Dictadura Desde el principio, la Dictadura había encontrado la incomprensión de algunos intelectuales como Azaña, Unamuno (fue desterrado) o Valle Inclán (cuyos esperpentos caricaturizaban la España de su tiempo). En 1926, las tensiones con el arma de artillería (contraria al sistema de elección en los ascensos por méritos de guerra y no por antigüedad) resurgieron tras el cambio de actitud de Primo de Rivera de apoyar las posiciones de los militares africanistas, dando lugar a la sanjuanada , un levantamiento artillero encabezado por antiguos generales como Aguilera y Weyler, que se apoyaron en políticos de la Restauración y que acabó fracasando. Y el intento de invasión de Cataluña desde el Pirineo francés por el minúsculo e independentista partido Estat Catalá liderado por Macià fue frustrado por la policía francesa. Desde 1927 P rimo de Rivera fue perdiendo apoyos políticos y sociales. El Rey no era partidario de crear un régimen distinto al de la Constitución de 1876. Algunos políticos de la Restauración pedían la vuelta a la normalidad constitucional. Algunos intelectuales (como Ortega y Gasset) hasta entonces tibios con el régimen alzaron sus críticas. Y republicanos de todas las tendencias se conjuraron para unir sus fuerzas y participar en alianzas y conspiraciones (así, en 1926 nació la Alianza Republicana, entre la Acción Republicana de Azaña y el Partido Radical de Lerroux). No obstante, se puede decir que, hasta 1928 los problemas de la Dictadura no habían tenido trascendencia política inmediata. Pero entre 1928 y 1930 la decadencia se hizo evidente, debido a la crisis económica y política y a la reaparición de la conflictividad militar y social. Aunque no fueron conflictos excepcionalmente graves por separado, sirvieron para generar una creciente desconfianza sobre la capacidad del régimen para garantizar su institucionalización y su continuidad y erosionaron su legitimidad. A ello se añadió como decisivo el fracaso político de la UP para cristalizar como partido. El régimen fracasó porque no supo crear un partido político propio que cristalizara, debido a su indefinición en el terreno ideológico (pues careció de una elaboración teórica consistente, más allá de un genérico antiparlamentarismo y de vagas apelaciones de carácter
152 social) y funcional (ya que no tuvo una función específica en el entramado político del sistema y se limitó a orquestar la propaganda del régimen y proporcionarle algunos de sus cargos y cuadros en los niveles provincial y local). El dictador estaba cansado y su régimen era impopular, pero continuaba en el poder. 1929 fue un año muy especial: el crack de la bolsa de Nueva York, el intento de golpe de estado de los artilleros, la protesta estudiantil y la caída de la peseta y la pérdida de colaboración, en general, de la Iglesia. Además, el divorcio entre el Rey y el dictador se fue haciendo cada vez más evidente y la Iglesia pasó a adoptar una cierta indiferencia, mientras la catalana y la vasca adoptaba una posición más hostil. En 1929 nuevamente se volvía a conspirar contra la Dictadura. A partir de un pacto cívico­militar (dirigido por personalidades moderadas como Miguel Villanueva, el general Aguilera y José Sánchez Guerra), se acordó un levantamiento armado seguido de una movilización popular. La iniciativa correspondía a los militares, destacando la artillería, y contaba con la colaboración civil (Alianza Republicana, CNT y catalanistas de izquierdas). Se acordó que las guarniciones comprometidas se levantarían en la madrugada del 29 de enero de 1929. La trama insurreccional contó con el sostén republicano en Ciudad Real (los artilleros fueron los protagonistas) y Albacete (la acción fue de un grupo de republicanos y masones que sirvieron de enlace con Valencia y trasladaron al general Queipo de Llano desde Madrid a Murcia para ponerse al frente de regimiento de artillería). Malogrado el movimiento, la acción punitiva se extendió: fueron encarcelados los conspiradores y se disolvió el cuerpo de artillería, provocando su distanciamiento de la monarquía. El proceso contra Sánchez Guerra se convirtió en un proceso a la Dictadura y en un acta de acusación contra el propio rey. Ese mismo año, se agudizaron también los conflictos estudiantiles, tras mostrar la nuevas generaciones de universitarios su rechazo a la Dictadura. Tras el conflicto de orden público en que había degenerado la revuelta estudiantil dirigida por la FUE (Federación Universitaria Española, contraria a las concesiones ministeriales a las universidades de la Iglesia), Primo de Rivera cerró la Universidad Central de Madrid en marzo de 1929 e impuso duras sanciones a varios estudiantes, lo que provocó la dimisión de sus cátedras de conocidos catedráticos. A lo anterior, se sumaba la caída de la peseta en el último trimestre de 1929 por el excesivo aumento del gasto público, que acentuó las dificultades de la balanza comercial. Si su fortaleza anterior había sido presentada como símbolo del resurgir económico español, los intentos del gobierno para sostener su cotización no impidieron que su caída fuera imparable a fines de año. Tras darle la espalda Alfonso XIII (que temía que su Corona sufriera el mismo desenlace que el dictador) y consultar (lo cual resultaba insólito) a los capitanes generales de las regiones militares si debía o no seguir en el poder, Primo de Rivera presentó su dimisión el 28 de enero de 1930 y se retiró a vivir en París, donde murió unos meses después.
153 4.4. EL CAM I NO HACI A LA REP ÚBLI CA (1930­1931): LA DI CTABLANDA a) El “ error Berenguer” Tras aceptar la dimisión de Miguel Primo de Rivera, el rey designó como jefe de gobierno a Dámaso Berenguer para que restableciese el orden constitucional (como si nada hubiera pasado). Pero este intento de volver a poner en marcha una monarquía constitucional terminó en un sonoro fracaso. La solución Berenguer (o el “error Berenguer ” como definió Ortega) fracasó porque no se podía reiniciar, como si nada hubiera sucedido, una experiencia constitucional ya caduca convocando nuevas elecciones legislativas. Hay que tener en cuenta que, durante la dictadura, las maquinarias de los antiguos partidos del turno se habían oxidado. Dicho de otra manera, el monarquismo estaba políticamente desvertebrado y persistían las pugnas personalistas: sólo algunos liberales (Romanones, García Prieto) hablaban de la necesidad de reorganizar los viejos partidos y cambiar la política; Alba y Cambó, que podían ofrecer alternativas plausibles, se mantuvieron al margen; y destacados políticos monárquicos se colocaron en la frontera entre monarquismo y republicanismo (Sánchez Guerra, Melquíades Álvarez y otros formaron el Bloque Constitucional) o hicieron público su paso al republicanismo (Alcalá Zamora, Maura). Por otra parte, el Gobierno (que tenía conciencia de interinidad y careció de liderazgo político y de ideas) actuó con mucha lentitud (tardó un año en convocar las elecciones anunciadas) y esa lentitud en la vuelta a la legalidad parlamentaria benefició a la oposición, que dispuso de tiempo para crear nuevos comités e iniciar un proceso propagandístico, organizativo y de movilización (con la finalidad de desacreditar al régimen y ganar adeptos entre las clases medias) así como para trazar una trama conspiratoria de carácter cívico­militar. Al final, las elecciones generales no se celebraron, al negarse a participar no sólo los liberales, sino también los constitucionalistas, los reformistas, los republicanos y los socialistas. Berenguer tuvo que tirar la toalla. b) La reorganización del republicanismo y de otras fuerzas antimonárquicas (1930­31) Como bien señala GIL PECHARROMÁN, a pesar de que aún en 1930 los republicanos estaban divididos, a diferencia de los monárquicos, habían forjado lazos de solidaridad en la lucha contra la Dictadura. Había varias formaciones republicanas: Acción Republicana (Azaña) y el Partido Republicano Radical (Lerroux) habían formado años atrás la llamada “Alianza Republicana”; a su izquierda, se situaba el Partido Republicano Radical Socialista (Marcelino Domingo); a su derecha, la Derecha Liberal Republicana (Alcalá Zamora y Miguel Maura) incluía a antiguos monárquicos que ahora abogaban por la República; el republicanismo catalán radical se unificó en torno a Esquerra Republicana de Catalunya (Macià, anterior líder del ahora disuelto Estat Català) en marzo de 1931; mucho más moderados eran los republicanos gallegos, cuyo referente político principal fue el autonomista y galleguista ORGA (Organización Republicana Galega Autónoma, dirigida por Casares Quiroga).
154 En el P SOE (que rechazó la solución Berenguer de inmediato), Prieto y Fernando de los Ríos fueron conduciendo al partido a colaborar con los partidos republicanos (pese a la prevención de Besteiro, partidario de preservar la independencia del PSOE y la UGT. Entre 1930­1931, tanto los republicanos como los socialistas aumentaron su poderío; ingresaron afiliados en los comités existentes y se crearon otros nuevos, incrementándose también su impacto social con la acción proselitista impulsada por los periódicos recién editados, mítines y conferencias. Fruto de la colaboración de republicanos y socialistas fue el P acto de San Sebastián (17­8 1930), el acuerdo que unió a los diversos partidos republicanos (AR, PRR, PRRS, ORGA, Acció Catalana, Acció Republicana de Catalunya, Estat Cátala) además de algunos republicanos como Felipe Sánchez Román a título individual y al socialista Prieto para impulsar un movimiento político (legal y revolucionario) contra la Monarquía para establecer mediante un golpe de fuerza militar y popular la República, cuya definición se dejaría para unas Cortes Constituyentes. Tanto el PNV (que se había reunificado en 1930 tras su escisión de 1921) como la CNT se mantuvieron al margen del citado Pacto de San Sebastián. Tras el Pacto de San Sebastián, la hipótesis de normalizar la vida política dentro de la Monarquía resultaba irrealizable, reforzándose la idea insurreccional. El Comité Revolucionario acordó poner en funcionamiento la trama conspiradora cívico militar para el día 15 de diciembre de 1930, a partir de la iniciativa golpista de oficiales jóvenes que iría seguida de una huelga general. Pero la insurrección fracasó por un fallo clamoroso de organización. La guarnición de Jaca, a las órdenes del capitán Galán y de García Hernández, se adelantó a la fecha fijada (iniciando el movimiento el día 12), y siendo fusilados el día siguiente. Después del fracaso de la insurrección de Jaca cundió el desánimo entre los militares y fuerzas antimonárquicas, aunque mantuvieron la trama conspiradora. Largo Caballero dio la orden de comenzar la huelga el 15 en Madrid y mandó delegados a las provincias con las mismas instrucciones, sin embargo, la UGT no llegó a declarar la huelga general en Madrid. Y el mismo día 15, el levantamiento de Cuatro Vientos fracasó al no ser secundado por sus promotores (Ramón Franco, Queipo de Llano, que se habían presentado en la base aérea de Cuatro Vientos para iniciar desde allí un pronunciamiento en Madrid, optaron por refugiarse en Portugal). El fracaso de la insurrección provocó la declaración del Estado de Guerra en toda España para abortar la conspiración y la detención del Comité Revolucionario. Pero los fusilamientos, primero, y luego el juicio a los responsables políticos (Alcalá Zamora, M. Maura, F. de los Ríos, Álvaro de Albornoz, Largo Caballero, Casares Quiroga y otros) popularizaron la causa republicana. La agitación universitaria (que rebrotó en 1931 en demanda de amnistía para los presos políticos) derivó en confrontación entre los estudiantes y la Monarquía. c) El almirante Aznar y la convocatoria de elecciones municipales Tras rechazar Sánchez Guerra, hombre de prestigio por su oposición a la Dictadura, el encargo de formar Gobierno (después de consultar con los líderes del movimiento republicano en la cárcel), el encargo recayó en el almirante Aznar (febrero 1931).
155 El último Gobierno de la Monarquía (que incluía entre sus miembros a Romanones, Bugallal, García Prieto, La Cierva y Gabriel Maura ) carecía de autoridad y prestigio. Se vio desbordado por la agitación estudiantil y no supo impedir que el juicio contra los responsables del movimiento se convirtiera en un juicio a la Monarquía. Descartada la convocatoria de unas elecciones generales (que habían supuesto la caída de Berenguer) Aznar convocó elecciones municipales el día 12 de abril de 1931 para que sirvieran de rodaje a la deteriorada maquinaria electoral monárquica con el fin de celebrar luego unas generales. Pero el resultado no fue el previsto. Los monárquicos acudieron a las elecciones disminuidos, en crisis y sin moral, mientras la oposición (unida en la conjunción republicano­socialista) actuó con determinación y consideró los comicios como un plebiscito contra la Monarquía. Los resultados fueron contundentes. Los concejales monárquicos, que superaban en el conjunto de España claramente a los conjuncionistas, debían su victoria en las localidades menores de 10.000 habitantes a la ausencia de votaciones en muchas de ellas (el art. 29 de la ley electoral proclamaba automáticamente a los candidatos cuando sólo concurría una candidatura) o al control de viejas redes caciquiles, mientras en el ámbito urbano, donde el electorado estaba menos presionado, la conjunción republicano­socialista resultó clara ganadora. 4.5. LA P ROCLAM ACI ÓN DE LA I I REP ÚBLI CA Y SU SI GNI FI CADO. EL M AP A ELECTORAL Y LAS FUERZAS EN P RESENCI A a) La caída de la monarquía y la proclamación de la República El amplio apoyo urbano conseguido por la candidatura republicano­ socialista en toda España desconcertó al Gobierno y a la oposición, dudando ambos la estrategia a seguir. El Gobierno buscaba una salida que salvase la monarquía, pero el paso del tiempo jugaba en su contra, conforme se ponía de manifiesto su desorganización y desánimo. El Comité Revolucionario solicitó a la Monarquía, el día 14 (fecha clave), que se “sometiese a la voluntad popular” expresada en las urnas abandonando el país y a primeras horas de la tarde, instó a sus correligionarios de las diversas provincias a que se manifestasen en la calle. Ya a primera hora de la mañana se había proclamado la República en Eibar y otras ciudades siguieron su estela a lo largo de la mañana. Pero fue por la tarde cuando se extendió la insurrección popular por las principales ciudades españolas. En Madrid, entre las 6 y las 8 de la tarde del 14 de abril se vivió una dualidad de poderes: el Gobierno seguía siendo monárquico, pero el control de algunas localidades y capitales era de los republicanos. La insurrección popular urbana aprovechó unas horas de una especie de vacío de poder para acabar con el gobierno del almirante Aznar que, con él, arrastró al Rey.
156 Romanones negoció la salida hacia el exilio de Alfonso XIII y aquella misma tarde del 14 de abril se proclamó la República, dirigida por un Gobierno P rovisional presidido por el católico Alcalá Zamora (ex ministro liberal de García Prieto en 1917 y 1922 y ahora líder de la Derecha Liberal Republicana) y completado por otros líderes republicanos (Miguel Maura, del partido del Presidente; Alejandro Lerroux, del histórico Partido Republicano Radical; Manuel Azaña, de Acción Republicana; o Marcelino Domingo, del aún más izquierdista Partido Radical Socialista) y socialistas (con Indalecio Prieto, Francisco Largo Caballero o Fernando de los Ríos). La República no se originó, pues (a diferencia de los cambios políticos decimonónicos) a través de un golpe militar con apoyo civil, sino de manera pacífica (como en la I República allá en 1873), aunque ahora en medio de una gran “fiesta popular”, algo de lo que había carecido la primera experiencia republicana. Después de múltiples experiencias, fue la insurrección popular de las ciudades la que acabó con la monarquía, como lo reconoció días después el propio Alcalá Zamora al asegurar que “los de las provincias son los que han traído la República”. b) El significado de la I I República Con la proclamación de la II República en abril de 1931 se abrían inmensas perspectivas de cambios políticos, económicos y sociales, pospuestas durante decenios. A diferencia de lo sucedido en 1868, no sólo se pretendían reformas políticas, sino que también se quería atacar el problema de fondo, mediante un cambio profundo de las estructuras sociales, económicas y culturales. Las expectativas que suscitaba el nuevo Gobierno entre los sectores populares (la llamada “esperanza republicana”) no tendría parangón en ningún momento anterior de nuestra historia contemporánea, pero, precisamente por eso, era muy difícil poder dar cumplida satisfacción a las mismas. Era necesario, pues, poner en marcha un ambicioso programa de reformas (demasiadas a la vez) que, en sentido figurado, lograra poner en hora las manecillas de un reloj que atrasaba demasiado. Sin embargo, no era especialmente adecuado el contexto internacional (dominado por los fascismos y sistemas autoritarios así como por una depresión económica internacional cuyas consecuencias estaban aún en pleno auge) y los obstáculos fueron superiores al ímpetu de las reformas. Dichos obstáculos fueron de orden interno y, sobre todo externos. Los internos están relacionados, por un lado, con la falta de un programa claro de desarrollo de los ritmos y de la amplitud de dichas reformas y, por otra parte, con una puesta en práctica errónea, bien por su timidez, bien por su radicalidad. Pero, por encima de aquéllos, fueron factores externos los que terminaron frenando los procesos de
157 transformación estructural. Entre éstos últimos destacan dos: la difícil situación socieconómica (huida de capitales al extranjero, depreciación de la peseta, caída de las exportaciones, recesión industrial y recelo de los terratenientes) que incidía en menores recursos económicos (agravados por el empeño gubernamental en mantener el presupuesto equilibrado) y en el aumento del paro; y los extremismos de derecha (monárquicos, falangistas y tradicionalistas, y con ellos a los sectores del gran capital y la oligarquía agroindustrial dominante hasta entonces), para quienes las reformas eran excesivas, y los de izquierda (en especial, los cenetistas, izquierda ugetista y socialista y catalanistas radicales), que las consideraban demasiado timoratas y abogaban por la ruptura (revolución o independencia). Todo ello convirtió a la II República no sólo en el más claro precedente del sistema democrático actual (por muchas que sean sus diferencias), que ofrecía notables avances respecto a los niveles de bienestar y libertad anteriores, sino también en uno de los períodos más conflictivos de la historia española contemporánea e, incluso, de la europea. Aunque también hay que resaltar que los elementos que estaban en lucha en la España de entonces (reacción, reforma y revolución) eran los mismos que, en distinta medida, estaban afectando a la mayor parte de los países europeos y, sin embargo, el desenlace fue distinto, pues no acabó en un conflicto civil armado. c) Las fuerzas en presencia: c.1.) Derechas no republicanas. Según FUSI, se frustró la posibilidad de que cristalizara una derecha conservadora pero republicana y democrática (objetivo de Maura), “lo cual dañó gravemente la estabilidad política de la democracia española”. El primer partido de la derecha no republicana nacido ya en el nuevo régimen fue Acción Nacional (AN), un comité electoral creado en abril de 1931 (con vistas a participar en las elecciones constituyentes de junio) por Ángel Herrera Oria y jóvenes de la Acción Católica Nacional de Propagandistas, que pasó a llamarse Acción P opular (AP ) en 1932 y que constituyó el núcleo principal de la CEDA (nacida en marzo 1933), tras el abandono de los monárquicos de Renovación Española de AP en febrero de 1933. La CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), liderada por José M aría Gil Robles, unía diversos grupos de la derecha católica y se declaraba accidentalista en cuanto a la forma de gobierno. Dentro había distintas tendencias, desde sectores democristianos a otros fascistizantes). Renovación Española (RE) era el partido de la derecha monárquica, autoritaria y nacionalista. Estaba liderada por Antonio Goicoechea y, tras volver de su exilio, por José Calvo Sotelo. Entre sus miembros figuraban también los que habían fundado en diciembre de 1931 la asociación política y revista denominada Acción Española (Maeztu, Vegas Latapié, Pemán, Sainz Rodriguez, etc.). Si RE aglutinaba a los monárquicos seguidores de Alfonso XIII, la Comunión Tradicionalista (nacida en octubre de 1931, tras la reunificación de las tres ramas carlistas) era un movimiento de la ultraderecha autoritaria y nacionalista, en torno al pretendiente carlista (Alfonso Carlos de Borbón) y lideraba por el conde de Rodezno (estaba al
158 frente de la Junta Nacional de la CT). Su feudo principal estaba e Navarra y País Vasco, pero pronto surgió un núcleo andaluz fuerte dirigido por Fal Conde. Durante el segundo bienio (concretamente en febrero de 1934), nació la Falange Española (FE) de las J ONS, liderada por José Antonio P rimo de Rivera. En realidad, se trataba de la fusión de las J untas de Ofensiva Nacional­Sindicalista (J ONS), grupúsculos nacionalsocialistas y fascistas (alguno anterior a la República) que se unieron en octubre de 1931 bajo la dirección de Ledesma Ramos y Enésimo Redondo, y la Falange de José Antonio (fundada a fines de octubre de 1933). La FE de las JONS era el partido que representaba más genuinamente el fascismo en España. Para José Antonio, el fascismo suponía “la entrada crucial de cada nación sobre su propia historia”. Se declaraban a favor de la violencia y llevaron a cabo la “ley de la represalia” contra las acciones de los jóvenes socialistas, actividades que los colocaron al margen de la ley durante algún tiempo. Defendían el Estado totalitario y a España como “unidad de destino en lo universal”. En su fundación colaboraron los monárquicos (para usarlos de fuerzas de choque). De hecho, a principios de 1934, varios monárquicos se unieron a ella (sobre todo Ansaldo), pero José Antonio se negó a declararse monárquico, sus relaciones se volvieron tirantes con Calvo Sotelo y, en julio de ese año, fue expulsado Ansaldo. Muchos de sus militantes eran jóvenes estudiantes. Aparte de los anteriores, hay dos partidos difícilmente encuadrables, aunque situados en posiciones ideológicas cercanas a las derechas no republicanas: el PAE y el PNV. El P artido Agrario Español (P AE) (arranca a fines de 1933 y liderado por Martínez de Velasco), se declaraba republicano (por eso ocho diputados agrarios, entre los que se encontraba el general Fanjul, no ingresaron en él). Sus dirigentes eran ex albistas liberales y era el partido de los acomodados castellanos. Nació con la pretensión de ser un partido nacional que derogara las leyes agrarias y de enseñanza. El P artido Nacionalista Vasco (P NV) se reunificó (tras la escisión de 1921) en su congreso de noviembre de 1930. Era un partido de derechas, católico y nacionalista (incluido en la minoría vasconavarra). Aunque se opuso a las reformas republicanas, había un sector democristiano liderado por jóvenes (como Aguirre, Irujo o Leizaola), que llevaron a evolucionar el partido a posiciones alejadas del integrismo carlista e independiente de la autoridad eclesiástica. Durante el bienio negro, el nacionalismo vasco (herido por la represión gubernamental) se separó del conjunto de las derechas. En las elecciones de 1936, el PNV ocupaba una posición de centro, seguidores del programa social del New Deal. La posición política de los nacionalistas vascos durante la guerra (al lado del Gobierno del Frente Popular) estaba propugnada por el sector más joven del PNV y fue más fruto de la guerra que de la evolución ideológica. c.2.) P artidos Republicanos de derecha y centro­derecha Cuando se proclamó la República, el sector más conservador del republicanismo español estaba representado por Derecha Liberal
159 Republicana (DLR), nacida en julio 1930 por antiguos monárquicos, y dirigida por Alcalá Zamora y Miguel Maura. Aportó a la causa republicana “cabezas y figuras de suficiente prestigio para inspirar confianza a las clases medias conservadoras” (en palabras de Maura). Cambió el nombre a P artido Republicano P rogresista (P RP ) en agosto 1931. Tras ser nombrado Alcalá Zamora Presidente de la República, su figura quedó inmovilizada y el partido sin líder. Fue entonces como, tras una escisión del anterior, M . M aura fundó el P artido Republicano Conservador (enero 1932), tras abandonar el Gobierno en disconformidad con el planteamiento de cuestión religiosa. Era el partido de la derecha conservadora pero republicana y democrática, que defendía a ultranza el principio de autoridad y de orden a todo trance. El mejor representante del centro­derecha dentro del republicanismo era el P artido Republicano Radical (P RR), partido histórico liderado desde su fundación en 1908 por Alejandro Lerroux, que había evolucionado desde posiciones extremistas en lo social y anticatalanistas a principios de siglo y que se fue moderando y derechizando desde 1931. Tenía la segunda mayor implantación territorial en España (tras el PSOE) en 1931. Predominaban los valores personales sobre los colectivos (a escala local y nacional había algún personaje que, prescindiendo de su cargo, era esencial en aquella zona). Tuvo dos fases durante la II República: durante el primer bienio compartió tareas gubernamentales los primeros meses, pero pasó a la oposición desde diciembre de 1931; y durante el segundo bienio fue el partido que lideró la coalición gubernamental de centro­ derecha con la CEDA y el PAE, lo que pagó con una pérdida de militantes y escisiones en su seno. Completa el espectro republicano de centro­derecha el P artido Republicano Liberal Demócrata (P LD) de Melquiades Álvarez), nueva denominación del antiguo partido reformista, y que desapareció de la escena política en 1932. c.3.) P artidos republicanos del centro­izquierda e izquierda El grupo más veterano de este espectro político era la Acción Republicana (AR) de Manuel Azaña, cuyos orígenes databan de 1925, aunque como partido político nace en mayo de 1931, tras celebrar su Asamblea Nacional. Su mayor interés se centraba en actuar de punto de encuentro de las diversas tendencias del republicanismo y de puente a la colaboración con organizaciones obreras. Su programa se resumía, según J. AVILÉS, en los siguientes puntos: “la democracia parlamentaria, la autonomía municipal, el reconocimiento de la personalidad jurídica de las regiones, el pacifismo, la reducción del Ejército, la desgravación fiscal del trabajo, el impuesto progresivo sobre rentas y patrimonios, el laicismo estatal, la secularización de instituciones y órdenes religiosas, el monopolio estatal de la enseñanza, la función social de la propiedad, el divorcio, la asistencia social y la reforma agraria”. Fue la formación de la izquierda burguesa más sólidamente implantada. Contaba además con destacados intelectuales y profesionales en sus filas (Giral, Pérez de Ayala). Y, pese a ser uno de los partidos gubernamentales en el primer bienio, no sufrió escisiones en su seno.
160 La izquierda burguesa se completaba en el primer bienio con el P artido Republicano Radical Socialista (P RRS). Liderado por Marcelí Domingo, nació a fines de 1929, como la ideología más avanzada del republicanismo (al abandonar la “Alianza Republicana”, firmada por Azaña y Lerroux, los elementos más izquierdistas). Su programa representaba el liberalismo más avanzado: plenamente liberal y democrático, anticlericalismo rotundo, pacifismo y una posición avanzada en materia social (pero ajena a la tradición marxista). En realidad, se trataba de un grupo heterogéneo (de aluvión, con rápido y desordenado crecimiento), con gran indisciplina entre sus diputados. Se distinguían dos grandes sectores: el más moderado, de Gordón Ordax, que buscaba el acercamiento al PRR y su abandono de las tareas del Gobierno del primer bienio; y el más izquierdista, de M. Domingo, que quería continuar colaborando en Gobierno con el PSOE. Sufrió muchas disputas y escisiones en su seno: en 1932, se escinde del PRRS la Izquierda Radical Socialista (de Botella Asensi); y en septiembre de 1933, nace el Partido Radical Socialista Independiente (P RRSI ), un partido efímero en el que estaba representado el sector izquierdista de Domingo tras ser derrotado este sector en el último congreso del partido. En el segundo bienio, tras la debacle electoral de la izquierda burguesa en noviembre de 1933, nació I zquierda Republicana, fruto de la fusión de la AR de Azaña, el PRRSI de Domingo y el Partido Republicano Gallego de Casares Quiroga. Nacida en abril de 1934, su programa estaba centrado en la defensa de la República (que no debía ser regida por sus enemigos de la CEDA, a la vez que había que disciplinar a Iglesia y al Ejército), una política económica y social intervencionista (defensora del estado de bienestar). La otra gran refundación del centro­izquierda fue Unión Republicana, nacida en septiembre de 1934 tras la fusión del sector más izquierdista del PRR (representado por Diego Martínez Barrio) y el más moderado del PRRS (de Gordón Ordax). c.4.) Otros partidos republicanos Ø Esquerra Republicana de Cataluña (marzo 1931): fruto de la convergencia de buena parte del nacionalismo radical (en torno a Estat Català de Francesc Macià) Ø ORGA (1930) (luego Partido Republicano Gallego): republicanos autonomistas y galleguistas de Casares Quiroga (muy afín al republicanismo español) Ø P artido Galeguista: expresión del nacionalismo gallego (diciembre de 1931) Ø Unión Republicana Autonomista (en Valencia) Ø Agrupació Valencianista Republicà Ø Agrupación al Servicio de la República (Ortega y Gasset, Marañón, etc.) (1931) Ø P artido Republicano Federal (histórico): implantado más en Cataluña Ø P artido Republicano de Centro (portelista): elecciones de feb. 1936
161 c.5.) P artidos y organizaciones obreras: La fuerza política hegemónica en la izquierda obrera era el P artido Socialista Obrero Español (P SOE), un partido que entonces contaba con medio siglo de historia a sus espaldas, pero que estaba dividido en tres tendencias: la más derechista de Besteiro, la centrista de Prieto y la izquierdista de Largo Caballero. Hasta septiembre de 1933, el PSOE mantuvo su compromiso de gobierno con la izquierda burguesa. Su radicalización culminó en octubre de 1934 (al ver en la llegada de CEDA al poder la versión española del ascenso del fascismo). El enfrentamiento entre las distintas tendencias se hizo aún más patente en diciembre de 1935, con la dimisión de Largo Caballero de la presidencia del partido. No obstante, las divisiones internas y las reticencias de Largo Caballero no impidieron que el PSOE suscribiera el pacto del Frente Popular en enero de 1936 J ulián Besteiro I ndalecio P rieto F. Largo Caballero El P artido Comunista de España (P CE) había sido un grupo marginal desde su fundación, con pocos militantes no sólo antes de 1931 sino también antes de la guerra civil. Intentó cambiar su aislamiento desde 1932 con la sustitución de José Bullejos por José Díaz y se acercó (a instancias de la URSS) al PSOE y a la izquierda burguesa en 1935 para apoyar la creación del Frente Popular. También comunista, pero enfrentado al PCE (por su adscripción trotskista), estaba el P artido Obrero de Unificación M arxista (P OUM ), dirigido por Maurín, entre otros. Aunque no era un partido sino una central sindical, la CNT, que salió de la clandestinidad en 1931, siguió una política de confrontación laboral contra la República (debido a sus planteamientos ideológicos contrarios a cualquier estructura de poder y de Estado), sobre todo a partir de que en 1932 fue controlada por la FAI, relegando a la dirección más moderada y sindicalista de Pestaña y Peiró. Para los cenetistas, la República significaba (partiendo de una concepción utópica) la ocasión para poner en marcha la revolución española. 4.6. GOBI ERNO P ROVI SI ONAL Y BI ENI O REFORMADOR (1931­ 1933) PRESIDENTES DEL GOBIERNO DEL GOBIERNO PROVISIONAL AL BIENIO SOCIAL­AZAÑISTA (REFORMISTA)
162 Niceto Alcalá Zamora (14.04.1931­15.10.1931) Manuel Azaña (15.10.1931­12.09.1933) a) El gobierno P rovisional a.1.) Las elecciones constituyentes y la Constitución republicana El nuevo Gobierno Provisional tenía ante sí el reto de normalizar el régimen y, para ello, era preciso convocar unas elecciones a Cortes Constituyentes para elegir democráticamente (con un nuevo marco electoral) a unos diputados que elaboraran una Constitución que consolidara, por primera vez en España, un régimen parlamentario y convirtiera al país en un Estado democrático y socialmente avanzado. ELECCI ONES CONSTI TUY ENTES DE 28 DE J UNI O DE 1931 Grupo Político PSOE PRRS Esquerra AR Al Servicio de la República ORGA PRR DLR Agrarios y PLD Vasco­navarros Monárquicos Varios Escaños 115 59 31 28 13 16 94 22 28 15 1 48 Las elecciones constituyentes de 28 de junio de 1931, celebradas con una reformada legislación electoral (de la que luego hablaremos) con la finalidad de romper con el pasado caciquil, supusieron el triunfo rotundo de una conjunción republicano­socialista que aún se mantenía unida, frente a la desorientación de las derechas, que concurrieron a las urnas bajo las siglas de la recién creada Acción Nacional (una organización de reciente creación y sin cuadros suficientes para obtener resultados más brillantes) o con la etiqueta de agrarios y que, junto a los vasconavarros se opusieron a las reformas gubernamentales y a la constitución que se votó en diciembre de 1931. El paso del tiempo, la consecución del programa mínimo que los unió, la aplicación de las primeras reformas, la contestación subsiguiente y ciertos
163 conflictos religiosos (quema de conventos en mayo) y sociolaborales impulsados por la CNT (enemiga del sindicalismo de gestión ugetista y del modelo laboral que impulsaba Largo Caballero desde el ministerio de Trabajo) fueron el preámbulo de un progresivo enfriamiento de las relaciones de los socios gubernamentales, cuyas diferencias ideológicas se mostraron irreconciliables en algunos casos a raíz de los debates, primero, y de la aprobación de la constitución en diciembre. La Constitución establecía el marco jurídico y la base de las reformas. Su artículo 1 afirmaba que “España es una República democrática de trabajadores de toda clase, que se organiza en régimen de libertad y de justicia”. A diferencia de la I República, federal, la de 1931 reconocía un “Estado integral” pero aceptaba la autonomía de municipios y regiones, algo básico para acabar con el modelo centralista impuesto por el Estado liberal decimonónico y para dar satisfacción a las reivindicaciones nacionalistas catalanas y vascas, en especial, pero también a las débiles gallegas o andaluzas. Pero aún si cabe más trascendentales fueron los artículos relacionados con el ámbito religioso. El art. 3 era muy escueto pero clarísimo (“El estado español no tiene religión oficial”), acabando con la confesionalidad precedente; pero el que más ampollas levantó fue el art. 26, que anunciaba que las confesiones religiosas serían sometidas a una ley especial, dejarían de estar mantenidas por el Estado, se les prohibía la enseñanza y cualquier actividad industrial o comercial (suponía una clara discriminación con respecto al resto de los ciudadanos) y serían disueltas las órdenes con un voto de obediencia a una autoridad distinta a la del Estado (en clara alusión a los jesuitas); el art. 27 completaba al anterior y reconocía la libertad de conciencia y el sometimiento de los cementerios a la jurisdicción civil. Por otro lado establecía amplias posibilidades para modificar las relaciones socioeconómicas a través de la expropiación y de la nacionalización, pues toda la riqueza de la nación estaría subordinada a los intereses de la economía nacional (art. 44). a.2.) Las reformas del Gobierno P rovisional La reforma laboral fue una de las prioridades del Gobierno Provisional. Impulsada por el ministro Largo Caballero, los decretos laborales buscaron la extensión al ámbito rural de medidas de protección social antes limitadas a las fábricas así como la mejora de las condiciones laborales de los trabajadores. Entre estos decretos están el de términos municipales (20 abril), que obligaba a los patronos agrícolas a emplear preferentemente a los braceros vecinos del municipio y que reforzó el poder de los sindicatos campesinos en la contratación de las tareas agrícolas; el de jurados mixtos (8 mayo), para arbitrar salarios de industrias y del campo y que venían a ampliar las funciones de los comités paritarios de la Dictadura; el de la jornada de 8 horas y salarios mínimos en el campo (julio); o el de laboreo forzoso, que obligaba a los propietarios a laborar las tierras según los “usos y costumbres de la región”. Otro ministro socialista, P rieto, emprendió una ambiciosa política de obras públicas: extensión del regadío a la España seca (S. Valencia,
164 Murcia, Extremadura, Aragón) mediante un: gran plan de construcciones hidráulicas. La reforma educativa y cultural, dirigida por M . Domingo para acabar con el atraso social y potenciar la modernización en conexión con las ideas de Institución Libre de Enseñanza. La cultura recibió una atención preferente (culminó el despertar de la cultura española). Por otro lado, la creación del Patronato de Misiones Pedagógicas (presidido por Manuel B. de Cossio) a fines de mayo vino a hacer realidad el sueño de los institucionistas, de extender la cultura (bibliotecas de préstamo, cine, coros, conferencias) entre las masas de la población rural. Pero, sin duda, lo más significativo fue el plan quinquenal para crear diez mil escuelas, habilitar siete mil plazas de maestros e incrementar su sueldo. La reforma militar (impulsada por Azaña) fue excelente desde el punto de vista técnico y respondía a las necesidades básicas del ejército español, pero no logró culminar sus principales objetivos. Pretendía crear un ejército profesional y democrático, obediente al poder civil, reducir el número de oficiales (sobredimensionado en sus mandos por su implicación en luchas coloniales), racionalizar los ascensos y las escalas y cerrar la Academia General Militar de Zaragoza. Aunque optaron por el retiro unos diez mil jefes y oficiales, pero entre ellos no estaban los principales desafectos; paradójicamente, muchos retirados no eran antirrepublicanos, mientras que permanecieron muchos militares contrarios a la República. Miguel Maura puso en marcha una primera reforma electoral que, de manera provisional (dejará a las Cortes la elaboración de una nueva ley electoral conforme a la constitución futura), sirviera para elegir a los diputados de las Cortes Constituyentes. La reforma pone en marcha las listas abiertas y las circunscripciones provinciales al tiempo que acaba con las circunscripciones uninominales de la Restauración, el encasillado y el célebre artículo 29 de la ley de 1907 (que había supuesto la proclamación automática sin elección de los candidatos presentados si no superaban el número de puestos a elegir). Por otra parte, si bien se rebaja la edad mínima para ser elector de los veinticinco a los veintitrés años, sin embargo, en las elecciones constituyentes aún seguirán excluidas las mujeres, que votarán por primera vez en España en las elecciones legislativas de noviembre de 1933. a.3.) Las primeras dificultades. Los problemas religiosos El Gobierno Provisional va a encontrar desde las primeras semanas una serie de dificultades religiosas, sociales y económicas. Los planes reformistas del nuevo gobierno asustaron a no pocos inversores y empresarios (que llevarán a cabo una importante repatriación de capitales), propietarios (ante los planes de reforma agraria), militares, eclesiásticos, etc. Y la paz social, lejos de quedar garantizada por la nueva legislación social, aparece desde los primeros momentos amenazada por los conflictos laborales, como el que se desarrolla en telefónica en julio de 1931. Pero por su interés, haremos una aproximación a las problemas religiosos de 1931. Parece evidente, visto con la perspectiva del tiempo, que los gobernantes republicanos erraron en su política religiosa. Pero las posiciones intransigentes y extemporáneas del cardenal Segura y el recelo
165 de la mayoría de los obispos con el régimen dieron alas a los más conspicuos anticlericales para radicalizar aún más sus posiciones. Si la postura inicial de la conjunción republicano­socialista era limitar la influencia de la Iglesia, secularizar la vida social y promover una educación laica, los ataques del primado contra la República, los acontecimientos de mayo y junio de 1931 y, por último, los tensos debates constitucionales acabaron suponiendo una especie de venganza “legal” contra la posición de una Iglesia que había vivido sus mejores momentos durante la dictadura de Primo de Rivera. Vamos por partes. La postura mayoritaria de la jerarquía eclesiástica ante la proclamación de la República fue la de recelo, pues las directrices de Roma, que apostaban por la aceptación legal no fueron comprendidas por el sector mayoritario del episcopado. Por otra parte, algunos obispos mostraron claramente su rechazo, como el obispo Gomá y, en especial, el cardenal primado, Pedro Segura. Éste último, situado en la sede toledana por el apoyo de Alfonso XIII, había defendido unos días antes de la celebración de las elecciones municipales, las candidaturas monárquicas, pues temía que el triunfo de la conjunción llevara a la descatolización del país. Aunque su posición no fuera seguida mayoritariamente entre el episcopado, la trascendencia de sus palabras, dada su condición de primado, era enorme. Pero, frente a Segura, verdadera contrafigura de Pío XI, el nuevo régimen podía contar con el hombre de Roma en España, el cardenal de Tarragona, Vidal i Barraquer, que habiendo sufrido dificultades durante la Dictadura de Primo de Rivera, estaba dispuesto a encarnar durante estos años el papel de interlocutor con la República naciente. En cuanto al posicionamiento de los católicos, la reacción inmediata fue la de crear una especie de plataforma de “defensa nacional”, Acción Nacional que, de la mano de Ángel Herrera y la Asociación Católica Nacional de Propagandistas seguía las directrices vaticanas de obedecer los poderes constituidos. El Gobierno Provisional, cuyo anticlericalismo programático era conocido, interpretó como una provocación la publicación de una pastoral de Segura titulada “deberes de la hora actual” el 1 de mayo de 1931, que contenía unos elogios desmedidos a Alfonso XIII y hacía apología de la unión de la Iglesia y la Corona. Unos días después, el 10 de mayo, comenzaron unos incidentes en las calles de Madrid que culminaron con los incendios de algunas iglesias y conventos en Madrid el 11 de mayo y su propagación a otras ciudades españolas del litoral, desde Valencia a Cádiz. El Gobierno de la Generalitat pudo controlar la situación en Cataluña, pero el Gobierno Provisional se inhibió y perdió el control de la calle. Aunque no hubo víctimas personales, la quema de más de un centenar de edificios religiosos (de nuevo volvía a manifestarse el “rito” purificador del anticlericalismo hispánico) enturbiaron las relaciones del Gobierno con el episcopado. Y la diversa lectura que hizo la prensa de los mismos, incrementó tanto la tensión que imposibilitó la convivencia entre los sectores católicos y republicanos laicos. La situación se estaba enrareciendo por momentos, sobre todo tras la expulsión del obispo de Vitoria (Mateo Múgica) y el abandono de España del
166 cardenal Segura el día 13 de mayo (temiendo por seguridad personal). La tensión subió con los decretos anticlericales del 22 de mayo, que establecían, entre otras medidas, la completa libertad religiosa o la exclusión del catecismo y de las imágenes de santos en las escuelas. Frente a la postura de moderación y colaboración con las autoridades republicanas mostrada por Vidal i Barraquer, el cardenal Segura, aprovechaba la coyuntura para tensionar más el ambiente publicando de manera extemporánea el 3 de junio en Roma una carta colectiva de protesta a Alcalá Zamora. Unos días después, al regresar Segura a España de manera subrepticia, fue detenido y expulsado del país. su A partir de entonces, el cardenal de Tarragona asumió un papel protagonista en las negociaciones con el Gobierno. Su primera misión era la búsqueda de fórmulas de concordia con el ejecutivo, pero las Cortes mostraron desde el comienzo del debate constitucional que esta tarea era harto complicada, sobre todo si Segura les daba más excusas para mantener posturas poco dialogantes. Frente a la discusión del texto constitucional, la actitud de diálogo mostrada por Vidal iba paralela a la moderación del socialista Fernando de los Ríos o de los católicos Niceto Alcalá Zamora y Ángel Ossorio. Pero el anteproyecto de constitución preparado (reconocía la libertad de culto y la enseñanza religiosa) no fue aceptado ni por unas Cortes mayoritariamente anticlericales ni por el episcopado. El proyecto de constitución que se empezaba a elaborar a continuación partía de criterios más sectarios. Antes de su debate, la actitud de Segura volvió a complicar aún más las cosas. Desde Francia publicó la pastoral colectiva de 25 de julio en la que, con un lenguaje áspero, pedía la oración ante la situación dramática española, la sumisión filial a la jerarquía y condenaba el modernismo, “el Estado sin religión” y el “áspid de la mala prensa”. Pese a que el Vaticano le pedía que se abstuviera de publicar nuevos documentos, el obispo de Tarazona, I sidro Gomá (futuro sucesor de Segura como primado) criticó en una pastoral el proyecto constitucional por “anonadar” a Dios. Segura y Gomá daban argumentos a los parlamentarios para endurecer sus posturas. Sobre todo cuando en agosto fue detenido un emisario de Segura con instrucciones para vender propiedades de la Iglesia. Como consecuencia, el Papa le pidió que renunciara a su cargo (en este aspecto coincidían los deseos del Gobierno y del Pontífice). En los debates parlamentarios Fernando de los Ríos intervino intentando salvar las órdenes religiosas a cambio de sacrificar el presupuesto del culto y clero. Incluso llegó a recordar la desinteresada labor caritativa de las órdenes religiosas. Pero en unas Cortes donde los argumentos más anticlericales eran defendidos, entre otros, por Álvaro de Albornoz y Jiménez de Asúa, la voz de aquél poco pudo hacer. Entre el 8 y el 14 octubre (durante la “Semana Trágica de la Iglesia española”, en palabras de ARBELOA), el debate llegó a su punto culminante. Fue entonces cuando se produjo la criticada frase de Azaña en la que decía que “España había dejado de ser católica”. No es el momento de entrar en las interpretaciones que ha tenido la misma, aunque parece evidente que hablaba en términos culturales. Lo que sí hay que
167 recordar es que, en el mismo discurso, suavizó el radicalismo de algunas propuestas socialistas y salvó a las órdenes religiosas de su disolución a cambio de sacrificar a los jesuitas. Se aprobó así una Constitución que, en su artículo 3 proclamaba la no confesionalidad del Estado y en el 26 sometía a las asociaciones religiosas a una ley especial, les prohibía ejercer la industria, el comercio y la enseñanza, regulaba la extinción del presupuesto del culto y clero y disolvía las órdenes que tuvieran un cuarto voto. En definitiva, reducía una serie de derechos a los eclesiásticos reconocidos a los demás ciudadanos, pues los socialistas españoles y los partidos de la izquierda burguesa optaban por acercarse a las posiciones mantenidas por sus homólogos franceses a principios de siglo, que negaban el derecho de asociación a las congregaciones, en lugar de optar por la línea defendida por la socialdemocracia alemana, que abogaba por la libertad de asociación también para las órdenes religiosas. b) El bienio reformador o social­azañista : diciembre 1931­ noviembre 1933: La aprobación de la constitución provocó la dimisión de Maura, que pasó a la oposición y fundó un nuevo partido (Republicano Conservador). Lerroux y su Partido Radical hará pronto lo propio. Por otro lado, la derecha no republicana, que pasará a denominarse Acción Popular (germen de la futura CEDA) se aferrará al tema religioso y agrario como cuestiones banderizas y, aunque accidental frente a las formas de gobierno por motivos estratégicos, no aceptará el marco constitucional. Frente a ellos se mantenía un Gobierno de coalición republicano­ socialista más reducido e inclinado a la izquierda, encabezado por Azaña, que se iba debilitando conforme la trascendencia de las reformas iba provocando divisiones entre quienes las creían tímidas y quienes las consideraban excesivas. A la P residencia de la República fue aupado el católico Alcalá Zamora en diciembre de 1931 (dos meses después de haber dimitido de la presidencia del Gobierno Provisional). b.1.) Las principales reformas del bienio social­azañista Los dos años siguientes a la aprobación de la Constitución, verán la luz las principales reformas de la República. Además de consolidar las emprendidas en la primavera­verano de 1931, se pusieron en marcha reformas en ámbitos tan diversos como el administrativo, el religioso, el agrario o el electoral, sobre todo cuando, el fracaso de la “sanjurjada”, en agosto de 1932, acelere la puesta en marcha de dos proyectos de gran calado, el de reforma agraria y estatuto de Cataluña el mes siguiente. La administración local, tan importante en las luchas políticas del XIX y primeras décadas del XX, va a pasar a un segundo plano durante la II República, más preocupada de dar satisfacción a otras reformas pendientes. Además, el hecho mismo de cambiar el régimen y llegar al poder el centro­ izquierda suponía un golpe al caciquismo más duro que cualquier reforma administrativa local. Pero será en el ámbito regional en donde se plasme el aspecto más innovador del régimen republicano, pues se posibilitaban constitucionalmente, por vez primera, las autonomías regionales, poniendo fin a la tendencia centralizadora del liberalismo español del XIX, pero rechazando también un modelo federal que había fracasado en la primera experiencia republicana de 1873.
168 Parece que puede decirse que la reforma territorial fue positiva, pues solucionó el problema catalán, encauzó el vasco (su autonomía no culminó hasta octubre de 1936 por la defección de Navarra y la debilidad nacionalista alavesa) y casi hizo lo propio con el gallego (el estallido de la guerra impidió su aprobación por las Cortes, tras haber sido plebiscitado a fines de junio de 1936), quedando otros más en anteproyecto. Aunque Cataluña disfrutaba de un régimen de preautonomía desde la proclamación de la República, no vio aprobado su Estatuto de Autonomía hasta el 15 de septiembre de 1932. Presidida por Macià (de la Esquerra Republicana) hasta su muerte en diciembre de 1933 y luego por su correligionario Companys, la Generalitat recibió amplias competencias que provocaron no pocos recelos entre amplios sectores de la población castellana. La reforma religiosa vino a sumar enemigos a la República. La aplicación de la legislación anticlerical acabó polarizando aún más las posturas, de manera que las posiciones conciliadoras del cardenal Vidal i Barraquer quedaron descartadas por el Vaticano. Roma experimentó un profundo giro en sus relaciones con el Gobierno de la República hasta posicionarse de manera claramente hostil contra la República desde 1933. Este cambio quedó simbolizado con el nombramiento del intransigente Gomá como arzobispo de Toledo y la publicación de la encíclica Dilectisima Nobis. Mientras tanto se había ido consumando la ofensiva anticlerical en aplicación de la constitución. La primera medida fue el decreto de disolución (no expulsión) de la Compañía de Jesús (23 de enero de 1932). Casi sin solución de continuidad, apenas una semana después se aprobó la ley de secularización de cementerios (30 de enero), que desarrollaba el artículo 27 de la Constitución. Al mes siguiente se legalizaba el divorcio (25 de febrero), en aplicación del artículo 43. Y en agosto entró en vigor la ley de matrimonio civil. No podemos aquí analizar esta legislación, pero, observándola con la distancia del tiempo, se aprecia que su importancia teórica no se compensó con la práctica, pues no tuvo tanta aceptación como se esperaba y, sin embargo, hirió los sentimientos de muchos católicos. De todos modos, lo cierto es que durante buena parte de 1932 el episcopado estaba más pendiente del fin del presupuesto para mantener el culto y clero que se avecinaba y reaccionó tarde ante las mismas. La situación económica de la Iglesia era, pues, su preocupación fundamental. Un autor tan poco sospechoso de defender posturas católicas, como TUÑÓN DE LARA, critica duramente la importante reducción de la asignación destinada al clero en el primer presupuesto de la República pues se granjeó las antipatías del bajo clero. Probablemente la ortodoxia económica para mantener el equilibrio presupuestario tuvo mucho que ver en esta premura. Especial trascendencia tuvo la reforma agraria, largamente esperada por el campesinado desheredado y sometido a una estructura latifundista cuyas raíces se hundían en el proceso de repoblación medieval y se habían consolidado por la reforma agraria liberal decimonónica. Su propósito era corregir las desigualdades sociales y, a la vez, el atraso del campo español.
169 Sin embargo, su tramitación resultó muy compleja desde el punto de vista técnico. Varios proyectos y anteproyectos fueron discutidos sin que se pusieran de acuerdo las posturas de los políticos republicanos (respetuosos con los cultivadores directos y la propiedad privada) y los socialistas (partidarios de un proceso de socialización que beneficiara a las organizaciones de obreros del campo). Fue el fracaso del golpe de Sanjurjo el que aceleró su aprobación, en septiembre de 1932. Los fines específicos de la reforma agraria de 1932 fueron la expropiación de las grandes fincas señoriales o latifundios con propietarios absentistas para redistribuir la tierra entre campesinos a título individual o en cooperativas. La expropiación de la Grandeza de España ser haría sin indemnización, por culpabilizarla de la sanjurjada. Pero su resultado fue decepcionante, al limitarse a la España latifundista (Extremadura, Andalucía, La Mancha y la provincia de Salamanca), ignorando los problemas de la pequeña y mediana propiedad y de los arrendatarios; y su aplicación tropezó con complicaciones burocráticas y limitaciones presupuestarias que la ralentizaron. En consecuencia, fue rechazada por las derechas (que la paralizarán al llegar al poder) y resultó un arma de doble filo para la izquierda, pues si su promesa le había valido apoyos masivos de la población campesina y contribuido a la colaboración republicano­socialista en 1931, su fracaso fue uno de los motivos principales de la agitación social de 1933­34. Si en 1931 se había reformado la legislación electoral, la aprobación de la Constitución va a suponer la concesión del voto femenino, no sin un cierto debate sobre sus consecuencias que enfrentó entre sí a tres diputadas como Margarita Nelken, Victoria Kent y Clara Campoamor (siendo ésta, del PRR, la única que apoyó en la Cámara la concesión del voto a las mujeres). Pero la nueva ley electoral de 27 de julio de 1933 no sólo recogerá esta novedad sino también otra de gran trascendencia: favorecerá las coaliciones de partidos, lo que incentivará la búsqueda de alianzas o de frentes que, a la postre, incidieron no sólo en la búsqueda de consenso entre los partidos más próximos, sino también de enfrentamiento entre los más alejados. Vista con perspectiva, la legislación electoral de 1931­33 vino a dar una mayor dosis de limpieza a los procesos electorales, aunque no desapareciera totalmente ni el fraude ni las presiones de los gobernadores civiles. Difícil es cómo influyó en los resultados electorales, pero, en cualquier caso, vino a conceder (con retraso respecto a Europa) la ciudadanía activa a las mujeres que, por otra parte, veía equiparados sus derechos con el varón. En cuanto a las listas abiertas, probablemente, complicaron el voto de un electorado que tenía que elegir entre una sopa de siglas que no siempre comprendían. b.2.) Las dificultades del Gobierno de Azaña A las pocas semanas de formar su Gobierno, Azaña tuvo que afrontar las primeras huelgas de mineros, primero en Asturias (fines de 1931) en defensa de mejores condiciones laborales (jornada de 7 horas, pensiones para la jubilación) que no aceptaban los propietarios y, poco después, en el Alto Llobregat (principios 1932), que proclamaron el comunismo libertario. Por otra parte, fueron frecuentes los
170 enfrentamientos entre campesinos y la guardia civil. Todo ello era fruto de la gran contradicción existente entre las reivindicaciones obreras y campesinas (que las estructuras políticas de la República propiciaban) y las condiciones económicas de los grandes propietarios y empresarios (que no podían asumirlas por la deficiente tecnificación y capacidad de producción de las explotaciones y empresas). Pero más trascendencia tendrá la conspiración militar encabezada por el general Sanjurjo el 10 de agosto de 1932. Anterior director general de la Guardia Civil y en esos momentos jefe de los carabineros, Sanjurjo intentó hacerse con el mando en Sevilla y extender la sublevación a otros puntos de Andalucía, pero el Gobierno (apoyado por fuerzas obreras) lo abortó. Y su fracaso, como ya se ha visto, aceleró la aprobación del Estatuto de Cataluña y de la Reforma Agraria. Precisamente, la aprobación del Estatuto de autonomía para Cataluña soliviantó las susceptibilidades de aquellos que confundían autonomía con separatismo, mientras la insatisfacción por la reforma agraria y el crecimiento del paro obrero incrementaba la protesta sindical cenetista. La presión sindical cenetista fue subiendo desde 1932 y culminó en 1933 con los sucesos de Casas Viejas. Por su concepción utópica, La CNT había visto en la República la ocasión para una revolución española. No aceptaba negociar con los patronos (rechazando, por tanto, los Jurados Mixtos como solución a los conflictos laborales) y planteaba las reivindicaciones de una manera directa y sin organismos interpuestos. Tampoco consideraba que la reforma agraria fuera la solución a los problemas del campo y, desde luego, tachaba como reaccionaria la división de los grandes latifundios en pequeñas propiedades pues abogaba por colectivizar la tierra. Como medios de protesta, los cenetistas hicieron uso de medios diversos (bombas, asaltos a cuarteles, toma de ayuntamientos, etc.), provocando la reacción gubernamental para controlar el orden público. El choque más trágico sucedió en enero de 1933 en el pueblecito gaditano de Casas Viejas, en donde se levantaron los campesinos, que cortaron líneas telefónicas y cavaron trincheras. La Guardia Civil y la Guardia de Asalto se apresuraron a dominar la situación, mientras un viejo anarquista (apodado Seis Dedos) se hizo fuerte en una casa. La asaltaron, incendiaron y hubo varios muertos, incluido un niño. Las protestas por esta matanza cundieron por todo el país, siendo exigidas responsabilidades al Gobierno en las Cortes y decayendo desde entonces el prestigio de Azaña. A las dificultades sociales y las malas cosechas del verano de 1933 se sumaban las dificultades políticas. En efecto, al comienzo de una crisis larvada en el seno del P SOE (entre las filas socialistas iban aumentando los partidarios de romper la colaboración con los partidos burgueses y pasar a una
171 estrategia más revolucionaria) se sumaba la incomodidad del sector mayoritario del PRRS con el Gobierno. Paralelamente, se iba consolidando la alternativa derechista, tras el nacimiento de la CEDA y de Renovación Española en la primavera de 1933. b.3.) La dimisión de Azaña: hacia la convocatoria electoral En estas condiciones, el gobierno de Azaña, cada vez más debilitado presentó la dimisión. Pero Lerroux fracasó a continuación en su intento de conseguir el apoyo parlamentario para formar un nuevo gabinete de concentración republicana. La única salida posible era una nueva convocatoria electoral y esa fue la misión del radical Martínez Barrio, que tomó posesión el 9 de octubre de 1933 para disolver las Cortes al día siguiente, decretando la fecha del 19 de noviembre para la primera vuelta y el 3 de diciembre para la segunda. El panorama político electoral era radicalmente distinto al de dos años antes, pues, en esos momentos, a unas derechas reorganizadas se oponían unas izquierdas desunidas. Los sucesos de Casas Viejas, la Ley de Congregaciones Religiosas, la lenta aplicación de la reforma agraria, la crisis económica y el creciente paro obrero habían ido desgastando la coalición republicano­socialista gobernante. 4.7. EL BI ENI O RECTI FI CADOR (DI CI EM BRE 1933­ FEBRERO 1936) PRESIDENTES DEL GOBIERNO BIENIO RADICAL­CEDISTA (NEGRO O RECTIFICADOR) Diego Martínez Barrio (09.10.1933­ 26.12.1933) Alejandro Lerroux y García (12.09.1933­ 09.10.1933; 26.12.1933­28.04.1934; 04.10.1934­25.09.1935) Ricardo Samper (02.05.1934­04.10.1934) J oaquin Chapaprieta (25.09.1935­14.12.1935)
172 Manuel Portela Valladares (14.12.1935­16.02.1936) a) La victoria del heterogéneo bloque radical­cedista A unas derechas reorganizadas en la Unión de Derechas y Agrarios (con especial peso de la CEDA, agrarios independientes y Renovación Española) se enfrentaban unas izquierdas desunidas (pues los republicanos iban por separado de los socialistas) en un marco electoral que por primera vez posibilitaba el voto femenino y primaba las coaliciones electorales. Los radicales concurrieron, según las circunscripciones, en coalición con la CEDA y los agrarios, o con los republicanos de derecha e, incluso, en algunos casos, con los republicanos de izquierda. La campaña electoral fue muy apasionada y se desarrolló en un ambiente muy crispado. Las derechas llevaron a cabo un discurso antimarxista, condenaron el parlamentarismo republicano e intensificaron sus llamadas a la lucha religiosa. Los socialistas criticaron la derechización progresiva del republicanismo. Los anarquistas llamaron a la abstención electoral. Frente a ellos, la izquierda republicana pretendió justificar su obra de gobierno, y los radicales hicieron llamamientos a la defensa del orden social. La abstención fue alta en 1933 (alcanzó el 32,5%, superando así en más de dos puntos la existente en 1931), sobre todo en el ámbito urbano. Los grandes triunfadoras fueron la derecha accidentalista y católica (la CEDA) y los republicanos de centro­derecha (en especial el PRR), mientras las izquierdas eran las grandes derrotadas. En total, las derechas no republicanas (CEDA, agrarios, CT, RE e independientes de derecha) sumaban el 43% de los escaños, el centro el 36% (PRR, PRC, PNV, PLD, Progresistas, Lliga y republicanos independientes), mientras las izquierdas (PSOE, AR, PRRS, PRRSI, Esquerra, Federales y PCE) apenas llegaron al 20%; no obstante estos datos son engañosos, pues éstas últimas cosecharon más votos que el centro, aunque se vieron perjudicadas por el nuevo sistema electoral, que favorecía las coaliciones. Para explicar el vuelco producido hay que recurrir, entre otros factores a la unión de las derechas (que aparcaron sus diferencias) frente a la ruptura de la coalición republicano­socialista, a la abstención cenetista, a los errores de la etapa anterior y al presumible voto mayoritariamente conservador del electorado femenino. ELECCIONES LEGISLATIVAS DE 19 DE NOVIEMBRE DE 1933 Grupo Político Escaños CEDA 115 P RR 104 P SOE 59 Agrarios 36 Esquerra 18 P RC 18
173 RE Nacionalistas vascos 16 12 AR 5 P RRSI 4 P CE 1 Varios 81 b) La paralización de las reformas La polarización del electorado había elegido una Cámara igualmente polarizada que requería de la firma de grandes pactos para asegurar la gobernabilidad del país. Lerroux (situado en unas posiciones muy alejadas de las mantenidas a principios de siglo cuando era apodado el “emperador del Paralelo”), y los también radicales Samper y Chapaprieta presidirán gobiernos poco duraderos con el apoyo parlamentario de las derechas pero en los que no entrará la CEDA hasta octubre de 1934. Pero, ¿por qué Alcalá Zamora no encargó presidir el gobierno a la CEDA y ésta se mantuvo al margen, limitándose a apoyar al PRR en un principio?. Hay que decir que la CEDA aspiraba no sólo a revisar la legislación del período azañista, sino a rectificar sustancialmente el cambio de régimen, transformando el sistema democrático de 1931 en un Estado conservador, católico, corporativista y autoritario. Por eso, su entrada en el Gobierno sería vista por la izquierda como una provocación. Pero, el equilibrio parlamentario hacía imposible gobernar sin la CEDA o contra ella, lo que la obligó a contar con el PRR de Lerroux. Por otro lado, pese a la habilidad de su líder, la CEDA no pudo superar sus indefiniciones (monarquía/república; colaboración o no con la derecha antirrepublicana) ni sus conflictos de intereses e ideológicos. Cuando la CEDA entre en el Gobierno lo hará primero con tres carteras (octubre de 1934) y, desde mayo a septiembre de 1935, con cinco. La política de la nueva etapa se define ante todo por su negatividad (en palabras de FUSI), pues se produce la paralización de las reformas del bienio anterior, como se aprecia con la dotación de un presupuesto para el clero (ley de Haberes Pasivos), la paralización del proceso autonómico (se suspende, no se deroga, el Estatuto Catalán). Especial significado tuvo la derogación de la ley de términos municipales y la contrarreforma agraria del ministro Velayos, que devolvió tierras expropiadas, además de recortar drásticamente los presupuestos de la reforma, aumentar las indemnizaciones por expropiación y expulsar a los arrendatarios insolventes. Paralelamente, se endureció la política de orden público (con la represión de las huelgas campesinas de UGT) y se aplicó una amnistía a los golpistas de agosto de 1932. No obstante también hay algunas actuaciones en positivo, como la ley de arrendamientos rústicos (de Giménez Fernández), que facilitaba el acceso de los arrendatarios a la propiedad, la política de promoción de la vivienda de alquiler (ministro Salmon) o la política de “pequeñas” obras públicas (de Luis Lucía). En cualquier caso, la CEDA no violó (no tenía mayoría suficiente para hacerlo) la legalidad republicana porque no hubo revisión constitucional, ni
174 tampoco hubo marcha atrás en materia educativa ni militar. c) Las respuestas y reorganización del centro­izquierda. La revolución de octubre de 1934 y sus consecuencias La debacle electoral republicana obligó a una reorganización y respuesta de los grupos políticos ante la nueva situación. Así, Azaña y Domingo fusionaron sus partidos (AR y PRRSI) en la Izquierda Republicana (IR) y Martínez Barrio abandonó el PRR para formar la Unión Republicana (UR). Mientras, el triunfo del centro­derecha había acelerado las diferencias en el seno del PSOE. Y los anarquistas, que seguían oponiéndose al nuevo Gobierno, también estaban divididos (entre FAI y sindicalistas). La situación también fue propicia para un cambio en la estrategia del PNV, que aceleró sus reivindicaciones autonomistas. Aunque los reestructurados partidos republicanos opositores (IR y UR) no quisieron provocar la ruptura, el sector caballerista de los socialistas consideró liquidada la etapa de colaboración con la democracia burguesa y llegado el momento de la revolución social. Impulsó así un movimiento revolucionario en octubre de 1934 basado en la Alianza Obrera de socialistas con comunistas y anarquistas. La ocasión llegó con la entrada de la CEDA en el Gobierno (aunque no estuviera su líder, Gil Robles), que fue interpretada como que la República estaba en manos de sus enemigos, en un contexto internacional marcado además por el triunfo de Hitler en Alemania, el fascismo italiano o la dictadura de Dollfuss en Austria. Pero la Alianza Obrera no cuajó, como tal, salvo en Asturias. En Cataluña no pasó de un mero pronunciamiento civil que apenas duró 10 h. En Asturias y algunas localidades vascas se produjo un violento movimiento insurreccional, mientras en Madrid tuvo escasa incidencia. El movimiento insurreccional de octubre fue en error estratégico porque dañó la imagen de la República (al poner de relieve que no había consenso sobre el régimen) y provocó una enorme represión (además de los muertos en Asturias, hay que sumar el encarcelamiento y huida de líderes republicanos y socialistas). Su fracaso tranquilizó a las derechas y sirvió para iniciar un camino de colaboración de las izquierdas que culminará con el Pacto del Frente Popular a principios de 1936. d) Los escándalos políticos y la caída del Gobierno La caída del Gobierno radical­cedista se debió básicamente a las diferencias entre los diferentes socios y los escándalos políticos (entre los que destaca el del straperlo, una ruleta eléctrica inventada por David Strauss que es autorizada en España, pese a su prohibición en otros países, por el hijo de Alejandro Lerroux), relacionados con la corrupción en el PRR por haber acumulado excesivo poder.
175 Tras el desprestigio del PRR por dichos escándalos (que arrastaron en su caída los gobiernos de Lerroux, primero, y de Chapaprieta, después), Gil Robles intentó asumir la jefatura de gobierno aprovechando la disgregación de sus socios. Para evitarlo, Alcalá Zamora encargó el gobierno de la nación a Manuel P ortela Valladares el 14 de diciembre de 1935. El 1 de enero, Portela disolvió las Cortes y convocó elecciones generales para el día 16 de febrero, con una segunda vuelta prevista para el 1 de marzo. e) Frente P opular versus bloque contrarrevolucionario y fracaso del portelismo Con esta maniobra, tanto Alcalá Zamora como Portela pretendían organizar una fuerza política centrista (los portelistas) que se situara entre los dos bloques que polarizaban la vida política española (el Frente Popular y el Nacional), utilizando para ello los aparatos gubernativos provinciales. Pero en la práctica, no fue así. Sólo en nueve circunscripciones (entre ellas Cuenca) formaron candidaturas propias. En Lugo se aliaron los centristas a los izquierdistas. En el resto (cincuenta), se fundieron con las derechas. Acerca de los dos bloques antagónicos enfrentados, GIL PECHARROMÁN hace una aclaración oportunísima para evitar caer en la tentación de realizar una interpretación simplista y justificadora de la sublevación militar posterior: “Es muy generalizada la opinión de que en las elecciones del 16 de febrero se midieron dos bloques antagónicos, representativos de las dos Españas que meses después se iban a enfrentar en guerra civil. Si nos atenemos al tono dominante en la propaganda electoral, a los resultados o más aún, a las consecuencias de los comicios, éstos reflejan, en efecto, la profunda, insalvable división de gran parte de la sociedad española. Pero a efectos del propio proceso electoral hay que matizar esta apreciación (…), ni las dos coaliciones eran tan monolíticas ­la de derechas ni siquiera cuajó­ ni las fuerzas centristas parecían tan incapaces de jugar un destacado papel”. Pese a la presencia comunista, el Frente P opular no era básicamente sino una nueva coalición republicano­ socialista. El pacto del Frente Popular fue suscrito el 15 de enero de 1936 por I R, UR, P SOE, UGT, las Juventudes Socialistas, P CE, P artido Sindicalista y el P OUM . Con él concluyó un proceso muy complejo iniciado a fines de 1934 (como consecuencia de la represión tras el fracaso de la revolución de octubre) y cuya primera piedra se levantó en abril de 1935 con el pacto de los republicanos de centro­izquierda. Continuó con los contactos con los socialistas, divididos entre los prietistas (defensores de la colaboración con la burguesía progresista) y los caballeristas (opuestos a ella) y acabó con la incorporación de éstos y los comunistas (quienes, tras el giro provocado en el VII Congreso de la Internacional Comunista se convirtieron en partidarios de la colaboración con la izquierda burguesa). Pero el deseo de desalojar a la derecha del Poder acabó venciendo todos los obstáculos.
176 El pacto del FP reflejaba un programa “ mínimo” que era moderado, a desarrollar por un gobierno de republicanos de izquierda con apoyo de la izquierda obrera (volviendo al espíritu reformista de 1931­33), que se basaba en una amnistía general, la reforma del Tribunal de Garantías Constitucionales y la continuación de la legislación reformista del primer bienio (reforma agraria, estatuto catalán, ampliación de la enseñanza primaria y secundaria y la modificación de las leyes municipal, provincial y de orden público). La candidatura rival, la derechista, era el Frente Nacional. La unión de las derechas se efectuó en un ambiente de gran confusión, que se reflejaba en la ausencia de un comité coordinador nacional (algo que sí puso en práctica el Frente Popular) para preparar la contienda electoral. Se formó un Frente Nacional antirrepublicano en torno a la CEDA que englobaba también a los monárquicos, republicanos derechistas ­agrarios y republicanos conservadores­ y radicales. No obstante, entre éstos últimos hubo bastantes disidencias por no aceptar esta alianza, de modo que, en algunas provincias, los radicales presentaron candidaturas independientes. La aparente paradoja de la unión de monárquicos y republicanos suscitó numerosas críticas de sus contrincantes políticos. Quedaron fuera de esta unión de derechas los falangistas y los tradicionalistas. Ante este conglomerado de fuerzas dispares, recurrieron a pactos provinciales y renunciaron a una coalición postelectoral y a un programa común que no fuera la denuncia del peligro revolucionario. 4.8. DEL GOBI ERNO DEL FRENTE P OP ULAR A LA I NSURRECCI ÓN M I LI TAR (1936) a) La victoria electoral del Frente P opular La campaña fue intensa aunque con pocos incidentes importantes. Las derechas no publicaron ningún manifiesto electoral, pero utilizaron propaganda abundante y su discurso fue el más extremista. No obstante, en los mensajes de sus líderes hubo matices; mientras Gil Robles recurría frecuentemente en sus discursos al miedo a la revolución, los monárquicos se mostraban más reaccionarios y abogaban por el fin del parlamentarismo y una salida dictatorial. Por su parte, el Frente Popular, exceptuando algunas salidas de tono de Largo Caballero, empleó una propaganda más moderada basada en el miedo al fascismo y en la defensa de las instituciones democráticas. Por último, los centristas, que se presentaban como la solución intermedia entre los extremos, solicitaban el voto para llevar a cabo una tarea de pacificación y reconstrucción nacional. La participación fue alta. Alrededor del 62% en la 1ª vuelta, atribuible en parte al voto anarquista, que se había abstenido en 1933 y que ahora apoyaba al Frente Popular. El triunfó (favorecido por la ley electoral) correspondió al Frente P opular. Es complicada la atribución de porcentajes o escaños y los diversos autores no se ponen de acuerdo a la hora de atribuir unos porcentajes o escaños determinados a las tres candidaturas principales. El problema principal es la dificultad para clasificar al centro, que se movía entre alianzas con izquierdas o con derechas.
177 ELECCIONES LEGISLATIVAS DE 16 DE FEBRERO DE 1936 P artidos Escaños Socialistas 99 CEDA 88 I zquierda Repub. 87 Unión Republicana 39 I zquierda Catalana 36 Comunistas 17 Centristas 16 Bloque Nacional 12 LLiga Catalana 12 Agrarios 11 Nacionalistas Vascos 10 Tradicionalistas 10 P rogresistas 6 Radicales 5 Republ. Conservadores 3 I ndepend. Derecha 3 Otros 19 Si consideramos válidos los datos que aporta GIL PECHARROMÁN, 278 escaños fueron a parar al Frente Popular (58,7%), 124 a las derechas (26,2) y 51 al centro (10,7%). Por tanto, en comparación con los resultados de 1933, se había producido un vuelvo espectacular en la representación parlamentaria, si bien ello no se traducía en una diferencia abismal en el número de sufragios. Respondía a las características del sistema electoral, que, igual que benefició tres años antes a las derechas, hizo lo propio ahora con el Frente Popular. b) La formación del gobierno y la presidencia de la República PRESIDENTES DEL GOBIERNO FRENTE POPULAR Manuel Azaña (16.02.1936­10.05.1936) Santiago Casares Quiroga (10.05.1936­19.07.1936)
178 De momento, el Gobierno frentepopulista, presidido por Azaña, estaba compuesto sólo por republicanos (apoyado por fuerzas obreras) y su programa consistía una vuelta a una política reformista de amplio calado. Tras constituirse las Cortes el 3 de abril, los diputados izquierdistas se apresuraron a proceder a un relevo presidencial. Alcalá Zamora se les presentaba como un Presidente que tendía a inmiscuirse demasiado en las labores de gobierno y poco afín con la nueva mayoría parlamentaria. Como la Constitución establecía un acuerdo de 3/5 de los diputados, se presentaba un obstáculo casi insalvable para llevarlo a cabo, según la composición existente en la Cámara en aquellos momentos. Hubo de recurrirse a un artificio jurídico, declarar que había disuelto dos veces las Cortes y que la última no había sido necesaria, lo cual, según el artículo 81 de la Carta Magna, conducía a una destitución inmediata del Presidente. El 7 de abril fue destituido Alcalá Zamora, en lo que sin duda constituyó uno de los mayores desaciertos del Frente Popular. Fue una maniobra propuesta por Prieto para que Azaña fuera nombrado P residente de la República y él presidiera el Gobierno, pero el sector caballerista se negó y tuvo que renunciar. Aunque Azaña pasó a presidir la República y, con ello, quedó limitado en su capacidad de actuación. El nuevo presidente del Gobierno era un colaborador cercano a él pero de mucha menor talla, Casares Quiroga. c) La reactivación de las reformas y la polarización social La política reformista del Gobierno del Frente Popular disgustó a las clases adineradas, a un sector del Ejército y a la Iglesia que desde un primer momento consideraron la necesidad de acabar con aquél. El clima de tensión que se vivió durante la primavera de 1936 (que en ocasiones desembocó en enfrentamientos y muertes) fue la clara imagen de una sociedad española dividida, donde los elementos intransigentes desestabilizaban la situación, tanto desde la derecha como desde la izquierda. Ahora bien, como se ha dicho, ni era un panorama muy diferente al de otros países ni justificaba en sí mismo una ruptura inevitable. Mientras los sindicatos querían acelerar las reformas, los socialistas estaban inmersos en una lucha interna sobre la estrategia a seguir (la división del socialismo, que impidió la opción prietista, era un elemento desestabilizador). Por su parte, la derrota de la CEDA dejó a la derecha legalista en retroceso, mientras Gil Robles mostraba una actitud ambigua y se incrementaba la fuerza de la extrema derecha, ante la apuesta de la opinión conservadora y católica hacia posiciones fascistas insurreccionales. La alta conflictividad laboral entre patronal y sindicatos provocó una escalada de huelgas (a veces secundadas por UGT) y la radicalización de posturas, con la consiguiente alteración del orden público. En el campo, la reanudación de la reforma agraria llevó a algunos propietarios a la paralización
179 de las labores agrícolas; en algunos casos los jornaleros reaccionaron de forma violenta y hubo muertos (ej. en Yeste, donde la guardia civil mató a diecisiete campesinos que pretendían recoger madera en una finca particular). La violencia generalizada condujo a atentados de ambos signos, culminando con el asesinato del teniente Castillo por sectores derechistas y de Calvo Sotelo por izquierdistas. La tensión propició el clima necesario para que un sector del ejército (que llevaba planificando el golpe durante meses) tuviese la excusa para poner fin a la República mediante la sublevación. d) Los preparativos del golpe La historia de las conspiraciones e insurrecciones contra el régimen republicano es tan vieja como el régimen mismo. Recordemos la que protagonizó Sanjurjo el 10 de agosto de 1932. Pero no sólo el ejército conspirata. La propensión de las derechas a operar por la vía extralegal se acentuó tras la fallida revolución de octubre, tanto por parte de monárquicos, como de carlistas y falangistas. A fines de 1935, hay contactos entre algunos militares (Goded, Orgaz, Villegas, Fanjul, Ponte, Varela), tras el agotamiento de la situación política de centro­derecha En 1936, las opciones golpistas irán concretándose. Los primeros contactos se habían iniciado antes de las elecciones de febrero, pero se agilizaron a raíz del triunfo frentepopulista. Franco y Gil Robles presionaron sin éxito a Portela para que suspendiera los resultados electorales. Y entre febrero y abril, fracasan algunos planes de alzamiento tras la retirada de algunos de sus principales instigadores. Pero la situación cambió cuando, desde fines de abril de 1936, se puso al frente de la planificación conspirativa Mola (gobernador militar de Pamplona). Entre abril y junio, Mola montó un dispositivo militar de sublevación simultánea en guarniciones con apoyo civil y paramilitar (el elemento militar era director). Hasta una fase avanzada no se piensa en el Ejército de África como pieza clave. Obtendrá el apoyo económico de algunos monárquicos, hombres de negocios (como Juan March) o la Editorial Católica (a través de Gil Robles). El jefe natural sería Sanjurjo, pero el director sería Mola (a pesar de ciertas reticencias iniciales de algunos generales) por la claridad de sus planes. Franco estaba informado pero se mantuvo más pasivo. En junio, Mola completó la red de conjurados, determinó los cuadros de mando y consiguió la adhesión definitiva de Queipo de Llano y Miguel Cabanellas, además de concretar las actuaciones de la Marina y las fuerzas de África así como la adhesión de carlistas y falangistas La conflictividad subsiguiente y la violencia les otorgó más argumentos y el asesinato del líder monárquico Calvo Sotelo el 14 de julio sirvió para adelantar su inicio, pero Franco ya disponía del avión (Dragon Rapide) desde el día 11. El 17 de julio se inició un golpe militar en el Norte de África que se extendió el día 18 a la Península y acabó provocando una sangrienta guerra civil de tres años, abriendo las puertas a cuatro décadas de dictadura. En definitiva, la conspiración de julio de 1936 fue la respuesta de unas clases privilegiadas que vieron cuestionada su hegemonía político­social por
180 las moderadas transformaciones republicanas. El protagonismo indiscutible correspondió a una facción del ejército (de la UME) y a sus conexiones con algunos grupos de presión, partidos y colaboradores civiles. La connivencia entre elementos civiles y militares era una constante en los levantamientos militares en España, pero la principal novedad ahora es la planificación como golpe simultáneo posibilitado por una extensa red de adhesiones (no como un asalto puntual al centro neurálgico del poder). 4.9. LA HI STORI OGRAFÍ A Y LA GUERRA CI VI L: LA P OLÉM I CA SOBRE SUS ORÍ GENES a) La difícil explicación de los orígenes de la guerra La tesis de los vencedores intentó, a posteriori, justificar su acción basándose en un mito erróneo: “El alzamiento nacional resultaba inevitable y surgió como razón suprema de un pueblo en riesgo de aniquilamiento, anticipándose a la dictadura comunista que amenazaba de manera inminente”. Pero, según J. ARÓSTEGUI, ni puede calificarse el pronunciamiento de “alzamiento nacional”, ni era inevitable, ni había riesgo de aniquilamiento (pues la violencia como umbral de la revolución no es anterior a la conspiración, sino simultánea o posterior) ni había amenaza inminente de dictadura comunista, sino la aplicación de un programa “mínimo” del Frente Popular. Precisamente fue el fracaso global del golpe lo que provocó la revolución. El caso español (de tránsito de un régimen liberal a uno democrático, de uno dominado por el capitalismo agrario a otro que intentaba sustentarse en nuevas bases de dominación), aunque con raíces propias, tiene conexiones con la problemática de otros países europeos del período. Pero ningún país llegó al conflicto armado interno. b) El conflicto bélico ("Guerra Civil española," Enciclopedia Microsoft® Encarta® Online 2004. http://es.encarta.msn.com) Desde el primer momento, el territorio nacional quedó dividido en dos zonas en función del éxito que obtuvieron los militares sublevados. Prácticamente se reproducía el mapa resultante de las elecciones de febrero de 1936; salvo casos aislados, los militares triunfaron en aquellas provincias donde fueron más votadas las candidaturas de derechas, mientras que fracasaron en aquellas donde la victoria electoral correspondió al Frente Popular. El “Alzamiento” (nombre dado por los rebeldes a su levantamiento contra el gobierno constitucional republicano) comenzó el 17 de julio en la ciudad norteafricana de Melilla. Las unidades militares destacadas en Marruecos que no controlaba el gobierno republicano se hicieron pocas horas después con Tetuán y Ceuta. El general Francisco Franco partió el día 18 desde las islas Canarias hacia Tetuán, en una avioneta privada (Dragon Rapide). Ese mismo día se sublevaron los mandos militares de otras
181 divisiones peninsulares; sin embargo, el levantamiento fracasó en las principales ciudades del país. Por otro lado, el 20 de julio de ese mismo año, recién comenzada la sublevación, falleció en un accidente de aviación el que había sido designado por los conspiradores jefe de la rebelión, el general José Sanjurjo. Desde el día 18, ni el gobierno ni los rebeldes controlaban la totalidad del país. En un principio, la sublevación dejó en manos de los rebeldes Galicia, Navarra, Álava, el oeste de Aragón, las islas Baleares (excepto Menorca) y las Canarias, así como la zona del protectorado español sobre Marruecos, buena parte del territorio de lo que hoy es la comunidad autónoma de Castilla y León, casi toda la provincia de Cáceres y algunas poblaciones de Andalucía. El gobierno republicano conservaba casi toda Andalucía, el País Vasco (salvo Álava), Asturias (excepto la ciudad de Oviedo) y Cataluña, así como la isla balear de Menorca y los territorios de las actuales comunidades autónomas de Cantabria, Castilla­La Mancha, Región de Murcia y la Comunidad Valenciana. Conforme avanzó la contienda, el poder republicano perdió zonas que, desde finales de marzo de 1939, pasaron íntegras a disposición del Ejército franquista. Pronto pudo comprobarse que el plan conspirador había fracasado y que el pretendido pronunciamiento decimonónico se convertiría en una guerra larga y cruel de tres años. Durante este trienio las operaciones militares permitieron establecer un desarrollo cronológico, a partir del paso del estrecho de Gibraltar por las tropas del Ejército de África mandadas por el general Franco (julio­agosto de 1936), con tres fases principales. La primera muestra la importancia que ambos bandos otorgaron a la ocupación de M adrid, ciudad que, en consecuencia,
182 pronto fue motivo de asedio por las tropas insurrectas (dando lugar a la conocida como batalla de Madrid). La estrategia de los sublevados, que pretendía acceder a la capital desde el norte y desde el sur, fracasó. Una acción importante en esta primera fase, que en seguida quedaría en el elenco de “mitos” de la contienda, fue la liberación de los rebeldes asediados en el Alcázar de Toledo (28 de septiembre de 1936), defendido desde el 22 de julio por el coronel José Moscardó ante el acoso de las tropas republicanas. Contando con las fuerzas de África, así como con la ayuda alemana e italiana, Franco había avanzado previamente sobre Andalucía y conseguido ocupar en agosto las plazas extremeñas de Mérida y Badajoz, enlazando de esta manera con los sublevados del norte a lo largo de la frontera portuguesa. Mola, a su vez, había logrado cortar la frontera francesa al ocupar la ciudad guipuzcoana de Irún a principios de septiembre. La segunda fase no abandonó la marcha sobre Madrid. Pero la batalla de
183 Guadalajara (finales de marzo de 1937) se saldó con el éxito republicano, que tuvo presente el plan de ofensiva previsto por el general José Miaja contra las tropas enviadas por Italia. Los alzados decidieron entonces centrar sus principales operaciones en el norte. Con el apoyo decisivo de la aviación integrada en la Legión Cóndor alemana, que realizó una salvaje agresión a la localidad vizcaína de Guernica (26 de abril de 1937), las tropas rebeldes rompieron las defensas de Bilbao (el llamado “cinturón de hierro”) el 19 de junio de 1937, pocos días más tarde del fallecimiento del general Mola en accidente de aviación. En agosto (un mes después de obtener la victoria en la batalla de Brunete), esas mismas tropas entraron en Santander y, en octubre, tomaron las ciudades asturianas de Gijón y Avilés, con lo que los rebeldes completaban la última etapa de la ocupación de la zona norte. A partir de finales de 1937 comenzó la tercera fase. Los republicanos, siguiendo los planes del general Vicente Rojo, conquistaron en enero de 1938 Teruel, ciudad que no obstante perdieron al mes siguiente. En julio de ese año comenzó la dura y decisiva batalla del Ebro, en la que la derrota del Ejército republicano (noviembre de 1938) dejó despejada la ruta para el avance de los sublevados hacia Cataluña. En los últimos días de enero de 1939, las tropas franquistas se instalaron en Barcelona, para avanzar en fechas sucesivas hacia la frontera francesa y ocupar los pasos desde Puigcerdá hasta Portbou (Girona). La ofensiva final (febrero­ marzo de 1939) tuvo por objeto quebrantar las posiciones republicanas todavía pendientes, situadas en la zona centro y en el sur peninsular. A principios de marzo de ese año fracasó el criterio de mantener la resistencia defendido por el presidente del gobierno republicano, Juan Negrín, debido a la creación en Madrid del Consejo Nacional de Defensa. Este organismo, que encabezó el jefe del Ejército del Centro, el coronel Segismundo Casado, destituyó a Negrín (golpe de Casado) y procuró alcanzar una paz honrosa con el gobierno franquista de Burgos después de hacerse con el control de Madrid mediante un cruento enfrentamiento entre las propias tropas republicanas. Sin embargo, no prosperaron sus gestiones encaminadas a lograr una paz acordada. Las tropas franquistas entraron en Madrid el 28 de marzo. Tres días más tarde, el gobierno republicano perdió las últimas plazas todavía fieles. El 1 de abril la guerra había terminado, no así las represalias. c) ¿Antesala de la Guerra M undial?. La internacionalización de la guerra de España Ya en su momento se interpretó la guerra civil como el primer acto de la guerra mundial. Se enfrentaban las mismas fuerzas que disputaban la hegemonía a escala internacional y estaba en juego el futuro de la democracia parlamentaria. Ahora bien, se puede concluir que el influjo exterior en la guerra fue mayor que el de ésta sobre la situación internacional. Por desgracia, el mundo se preocupó más de aislar un conflicto que podía extenderse y esto resultó una farsa. La política internacional de no intervención se basaba en un doble miedo: a potenciar los fascismos y a la expansión bolchevique. Francia pasó del apoyo inicial a la República a la promoción del acuerdo de no intervención, que aceptó Gran Bretaña el 4 de
184 agosto y al que se adhirieron con recelo poco después Alemania, Italia y URSS y veinte países más. El 9 de septiembre de 1936 se celebró la primera reunión del Comité de No Intervención (presidido por lord Plymouth). El resultado no fue el esperado, pues no evitó la presencia notable de la intervención extranjera y favoreció el triunfo de la rebelión en España fascistas. La ayuda al bando rebelde se dio desde el primer momento. El 25 de julio, Mussolini concedió su ayuda a Franco y al día siguiente lo hizo Hitler. Los rebeldes gozaron de un trato privilegiado en relación a la ayuda económica (500 millones de dólares procedentes de Alemania e Italia, además de créditos de compras de USA y de préstamos de bancos ingleses y particulares), de infraestructura y de soldados. Y sin la inmediata ayuda de potencias fascistas, los rebeldes no podrían haber pasado el Estrecho, que resultó vital para la evolución posterior. La política de no intervención obligó al gobierno republicano a recurrir a las reservas del Banco de España. La intervención soviética (desde octubre de 1936) contribuyó a evitar el desplome de la República: se ha cuantificado su ayuda (el llamado “oro de Moscú”) en unos 500 millones de dólares para pago del armamento. A ello hay que sumar los 200 millones de dólares de Francia, parte del cual no se gastó y lo devolvió a Franco. La intervención de las Brigadas I nternacionales no fue suficiente para compensar las deficiencias del Ejército republicano que, por otra parte, acusó desde el primer momento la falta de experiencia militar y de mandos cualificados. En total, los gastos de guerra se estimaron en unos 1.400 millones de dólares, de los cuales, unos 715 corresponderían a la zona republicana. Los acuerdos de M unich (septiembre 1938) relegaron a un segundo plano del conflicto español. Desde entonces, la disminución de la ayuda soviética y la potencia franquista en la batalla del Ebro hicieron que la suerte internacional de la República estuviera echada. Si desde el 18 de noviembre de 1936 había sido reconocido el régimen de Franco por las potencias fascistas, desde mayo de 1938 se inició una carrera para reconocerlo por parte de las potencias democráticas. 4.10. LA ESP AÑA REP UBLI CANA a) La respuesta popular, violencia y estallido de la revolución. La sublevación fue la que produjo en España el más serio intento de crear un poder revolucionario en la historia de España contemporánea desde Napoleón. Entre julio y octubre de 1936 convivieron dos poderes: la legalidad preexistente y la respuesta de sectores populares. El Gobierno presidido por Casares Quiroga dimitió al negarse a repartir armas al pueblo. Lo sustituyó José Giral (de Izquierda Republicana) entre julio y septiembre, que hubo de entregar armas a las organizaciones
185 obreras y provocó un proceso de transformación de las estructuras del Estado. El inicio de la guerra desencadenó la lucha de clases. En la zona republicana, la acción represiva se centró sobre los implicados en la rebelión, destacados militantes derechistas (Falange, CEDA...), latifundistas o caciques y el clero. La violencia se ejerció contra las personas consideradas reaccionarias y antirrepublicanas, generalizándose el terror en los primeros meses. La escasez de fuerzas de seguridad, dio un especial protagonismo a los grupos de milicianos quienes detenían o ajusticiaban a personas sospechosas de colaborar con la rebelión o por ser de ideología derechista. Especial significado fue la brutal represión contra el clero: MONTERO proporciona la cifra de 6.832 clérigos muertos (de ellos 4.184 sacerdotes, 2.365 frailes y 283 monjas), que suponían el 13% de los sacerdotes seculares y 23% de los regulares. Después de los primeros meses, la violencia callejera tendió a desaparecer en la zona republicana al lograr el Gobierno encauzarla, dando protagonismo al pueblo en la aplicación de la justicia popular a través de los Tribunales P opulares que se desglosaron en tres tipos: Tribunales Especiales Populares, Jurados de Urgencia y Tribunales Especiales de Guardia. Los primeros se ocuparon de los delitos de rebelión, sedición, espionaje y militares. Finalmente es preciso hacer referencia a las depuraciones realizadas en los centros de trabajo, especialmente en la administración, con la pérdida del empleo. Los considerados desafectos al régimen fueron apartados de su cargo como sucedió en los ayuntamientos, diputaciones, centros de enseñanza, etc. b) El poder republicano, de Largo Caballero a Negrín PRESIDENTES DEL GOBIERNO DE LA REPÚBLICA. GUERRA CIVIL J osé Giral y Pereira (19.07.1936­04.09.1936) Francisco Largo Caballero (04.09.1936­ 18.05.1937) J uan Negrín (18.05.1937­03.1939)
186 Desde septiembre de 1936 hasta mayo de 1937, Largo Caballero presidió un gobierno de concentración en un intento de detener o encauzar el proceso revolucionario y recomponer la legalidad del Estado a base de incluir todas las fuerzas del Frente Popular (PSOE, PCE, republicanos) e incluso anarquistas. En noviembre de 1936, ante el asedio a la capital de España, el Gobierno se trasladó a Valencia. Pero los sucesos del 17 de mayo de 1937 en Barcelona (que acabaron liquidando al POUM y redujeron la capacidad de la CNT catalana) entre anarquistas y poumistas, por una parte, y comunistas y republicanos, por otro, provocaron la caída de Largo Caballero y la formación (entre mayo 1937 y marzo 1939) del Gobierno Negrín, que excluyó a los anarquistas mientras ganaba peso el PCE conforme se hacía más necesaria la ayuda soviética. c) La organización de la producción La guerra introdujo importantes cambios en la organización de la producción, sobre todo en el campo republicano. La resistencia civil y militar a la sublevación dio un protagonismo sin precedentes a las organizaciones sindicales y de izquierdas, que impulsaron proyectos de cambio social basados nuevas formas organizativas de la producción más acordes con el ideal revolucionario del sindicalismo de clase. Entre julio de 1936 y 1938, tanto CNT como UGT favorecieron las colectivizaciones agrarias en Aragón, Cataluña y Comunidad Valenciana y, en menor medida, Andalucía y Castilla, mediante un proceso de socialización de la tierra y de transferencia de la titularidad a los nuevos poderes locales, encargados de la producción y la comercialización de los productos. Hubo también colectivizaciones importantes en la industria (fundamentalmente, la vasca, valenciana y catalana). De todos modos, se aprecia una disparidad de criterios al respecto entre comunistas cenetistas. Si para éstos últimos, había que anteponer la revolución social a la estrategia militar (porque era imprescindible para ganar la guerra), los comunistas privilegiaron la victoria militar a la revolución social, porque sin disciplina no era posible vencer una guerra que se había complicado desde el principio al Gobierno de la República. d) El exilio y el drama de la derrota Para eludir la represión había una dolorosa alternativa, que pasaba por hacer las maletas y huir (solos o con la compañía familiar) hacia lo desconocido, dejando atrás su país, sus raíces e identidad, así como sus pertenencias, con la única esperanza de salvar la vida. Reaparecía así el
187 fantasma del exilio, con numerosos precedentes en la España moderna y contemporánea, aunque en ningún caso llegó a los niveles tan profundos y duraderos anteriormente como el exilio republicano de 1939: cerca de medio millón de españoles huyeron a Francia, entre quienes se incluían gran cantidad de mujeres y niños así como la “flor y nata” de la intelectualidad española (que había protagonizado poco antes la floreciente “Edad de Plata” de la cultura española). Pero el exilio había comenzado ya antes de acabar la guerra. Los primeros salieron al tomar los mal llamados “nacionales” la zona Norte. La segunda oleada tuvo lugar tras la caída de Cataluña. Los últimos que abandonaron el país lo hicieron nada más terminar el conflicto, con destino al Norte de África desde Alicante. Los exiliados en Francia fueron mal acogidos por un gobierno de centro­derecha (que los señalaba como “rojos”) y por una opinión pública en gran parte xenófoba. Su destino pasó por refugios y albergues cuando no por campos de concentración. La penosa situación llevó al regreso de casi la mitad de los mismos en los meses siguientes (tras las negociaciones de los gobiernos de ambos países). Los que permanecieron allí se beneficiaron, de alguna manera, de los restos de esa tradición francesa que amparaba el derecho de asilo. El estallido de la II Guerra Mundial llevó a algunos a tomar las armas. Al cabo de unos meses, sus destinos, aunque variados, no eran halagüeños: unos habían sido expulsados a España por Pétain, otros habían encontrado la muerte en el campo de batalla, otros engrosaron la Resistencia y otros estaban recluidos en campos de concentración alemanes (ej. el de Mauthausen). Algunos miles de ellos, gracias a las gestiones del presidente mejicano, Lázaro Cárdenas, pudieron re­emigrar a México (verano de 1940), completando así un contingente de exiliados que había comenzado antes por la buena disposición que Cárdenas había mostrado desde el principio de la guerra con el Gobierno legítimo de la República. Aunque pedía fundamentalmente agricultores, México se convirtió en un centro receptor de exiliados cualificados (militares, médicos, maestros, ingenieros, abogados, profesores universitarios) que jugaron un papel importante en la vida intelectual mexicana (con aportaciones tan brillantes como la creación del Colegio de México o la editorial Fondo de Cultura Económica) y que se integraron rápidamente en su sociedad (nacionalizándose la mayor parte durante los años cuarenta) y en su cultura, que contribuyeron a enriquecer y que, a la vez, sirvió para reorientar sus actividades. Junto a México, otros países hispanoamericanos fueron receptores de exiliados españoles, entre los que destaca: Argentina (donde llegó un reducido número, la mayoría intelectuales) o Chile (gracias a los esfuerzos de Neruda acogió a un contingente de obreros españoles). Dispersos en varios países europeos (fundamentalmente Francia y un número reducido de comunistas en la URSS), Norte de África e Hispanoamérica, quienes partieron al exilio iban con la idea de provisionalidad y no pensaban que duraría casi cuatro décadas y, mucho menos, que buena parte de ellos no regresarían jamás. Junto a esta desgracia de los vencidos y exiliados hay que sumar la discordia en sus filas, que continuaba la producida en su seno durante la
188 misma contienda entre comunistas, libertarios o socialistas, entre negrinistas y antinegrinistas. Las consecuencias del exilio fueron desastrosas para la cultura española, que sufrió una merma casi irrecuperable. Pero la labor del exilio contribuyó a difundir la tradición cultural española por el mundo en unos momentos en que nuestro país estaba encerrado sobre sí mismo, como consecuencia de una dictadura impuesta por los vencedores que convirtió en un “erial” (en palabras de Gregorio Morán) el ámbito de la cultura española. Por otro lado, la otra alternativa para evitar la cárcel o la tumba era la resistencia armada. Pese al triunfo de los rebeldes en la guerra, algunos españoles no se resignaron y continuaron la lucha a través de los movimientos guerrilleros. La guerrilla es una forma típica de lucha en la España contemporánea. fueron llamados terroristas, bandoleros o rojos por sus enemigos, héroes por sus partidarios, huidos (en la inmediata posguerra) o maquis (término que se importa desde Francia y se extiende en los años setenta. La mayor incidencia del maquis se dio entre 1946­49, coincidiendo con los años de mayor aislamiento internacional del franquismo. Los guerrilleros formaban una jerarquía castrense y contaban con el PCE (sobre todo, como partido e ideología, aunque no exclusivamente), hasta que en 1948 abandonó la táctica de la guerrilla. Como luchaban también por la supervivencia en el monte, eran tomados por bandoleros. Sobre la población causaba un fuerte impacto la política de orden público y la demagogia de los aparatos de propaganda fascistas que ensalzaban noticias. En la memoria colectiva pesó más el recuerdo, el miedo y las represalias: como resultado, el desmantelamiento de la guerrilla se dio a principios de la década de 1950 iniciándose así una larga historia de “aceptación” pasiva de la dictadura. 4.11. LA ESP AÑA REBELDE a) La represión franquista Apoyándose legalmente en la ley de Responsabilidades Políticas (1939), la ley de Represión de la Masonería y el Comunismo (1940) y la ley de Seguridad del Estado (1941), la dictadura surgida de la sublevación del 18 de julio se propuso dos objetivos inmediatos: 1) modificar el aparato del Estado y la legislación a favor de los grupos que habían apoyado el levantamiento; y 2) aniquilar toda oposición interior para evitar la repetición de la experiencia republicana, tan traumática para los intereses de los grupos anteriores. La represión (durante la guerra civil y en los primeros años de posguerra) fue fundamental para la consolidación de la dictadura. Su tipología abarca desde los paseos a los Consejos de guerra colectivos y sumarísimos sin garantías procesales ni acceso a defensa. Las características de la represión franquista se pueden sintetizar en las siguientes: globalidad (pues alcanzó todos los niveles de la vida pública y privada, desarrolló una maquinaria implacable para anular cualquier resistencia y afectó también a los familiares, aunque, en ocasiones, fue
189 también selectiva; brutalidad, ferocidad y represión sistemática; y también fueron frecuentes las arbitrariedades y delaciones. La represión se combinó con una política económica intervencionista y autárquica que actuó como un elemento más de la dialéctica represora. La pérdida de libertades individuales y colectivas se combinó también con la abolición de los estatutos de autonomía en las nacionalidades históricas y de la utilización de sus lenguas (catalán, euskera) y de la cultura catalana o vasca. Es complejo calcular exactamente las víctimas. Alrededor de 30.000 ejecutados tras la guerra y tres veces más si incluimos los fusilamientos durante la guerra en la zona nacional. En campos de concentración, llegó a haber 250.000 presos en 1939. También hubo trabajos forzados (cuyo paradigma fue la construcción del Valle de los Caídos). . Fueron obligados a repetir el servicio militar los combatientes republicanos. Y, por último, se aplicó una depuración de funcionarios, maestros (7.000), profesores de universidad, etc. Los hijos de los “rojos” no podían estudiar y a sus mujeres se le rapaba la cabeza b) La configuración del Nuevo Estado Fue el segundo gran objetivo inmediato de la dictadura. Se justificaba en función de los intereses de los grupos que habían apoyado la sublevación y para garantizar Franco su permanencia en el poder. Desde el inicio de la sublevación, el poder dictatorial de los militares, planteó algunos problemas internos, debido al conglomerado de fuerzas y planteamientos diferentes: directorio militar transitorio (Mola); corporativistas; monárquicos; carlistas... Entre julio­septiembre de 1936, funcionó la Junta de Defensa Nacional (Burgos), presidida por el general Cabanellas. Pero el 1 octubre de 1936, la Junta de Defensa Nacional nombra a Franco Jefe del Gobierno del Estado y Generalísimo de los Ejércitos, ejerciendo, pues, como mandatario supremo, el poder militar y político de manera dictatorial e iniciando el proceso de estructuración del Nuevo Estado. Franco nombró una Junta Técnica del Estado, de civiles y militares, a modo de Gobierno. En su ascenso a la jefatura de los sublevados, Franco se benefició de la muerte en accidente de aviación de Sanjurjo y adquirió un papel protagonista al decidir acudir a la salvación de los defensores del Alcázar de Toledo en lugar de continuar a Madrid desde Talavera. Esa maniobra sirvió para alargar la guerra y darle un respiro a los defensores de la capital, pero le proporcionó unos enormes réditos propagandísticos. Y la muerte en otro accidente de aviación de Mola en la primavera de 1937 lo dejó sin su otro gran rival. Las principales características del Nuevo Estado eran acabar con el alma vieja del XIX (liberalismo, masonería, materialismo) al que se contraponía el siglo XVI (imperial, heroico, castellano, caballeresco, etc.) así como la existencia de una administración totalitaria basada en una ideología oficial (nacionalsindicalismo), un partido único y un caudillo
190 que concentra todos los poderes del Estado y las Fuerzas Armadas. Para solucionar conflictos ideológicos y dar contenido al nuevo régimen, llevó a cabo la unificación política de falangistas y carlistas creando el 19 de abril de 1937 un partido único, la Falange Española Tradicionalista de las J ONS, cuya jefatura recaía en el propio Franco (caudillo); fue el pretexto ideológico para cimentar un poder personal absoluto basado en el ejército y representativo de los intereses de la oligarquía agraria, financiera e industrial. La vertebración jurídica del nuevo régimen se completó con el Fuero del Trabajo (marzo de 938), que reflejaba lo esencial de los principios sociales del régimen, la Ley de prensa (1938), que instaura la censura en los medios de comunicación, y la Ley de responsabilidades políticas (1939), que institucionalizó la depuración de funcionarios públicos, de partidos y agrupaciones antifranquistas. Por último, el ejército se convirtió en el valedor del régimen cuando Franco asumió todos los poderes, mediante sucesivas maniobras y decretos. Suprimió la Junta de Defensa Nacional, llevó a cabo una política de ascensos restringida y controlada, promocionando a los africanistas de la generación de Franco, depuró el ejército, reorganizó la Guardia Civil y militarizó la administración civil. Todo ello culminó con la reforma del Ejército en agosto de 1939 (lo redujo en una tercera parte y disciplinó a los militares para que acataran cualquier decisión superior), para garantizarse la total sumisión del pilar del nuevo régimen y convirtiéndolo en una sólida plataforma de poder, muy fiel a su persona y a los ideales militares de la guerra. c) Organización de la producción A diferencia de la zona republicana, en las provincias controladas por los sublevados, no hubo grandes cambios en este ámbito sino más bien una vuelta a la situación prerrepublicana, tras anular la legislación republicana. El intervensionismo en la industria la supeditó a las necesidades del poder político­militar. Aquí afloró progresivamente el protagonismo de grupos y clases privilegiadas por la insurrección. Y, mediante el Fuero del Trabajo, se castigaban los actos individuales o colectivos que impidieran la producción normal y se consagraba la iniciativa privada. c) La I glesia legitimadora: la guerra como “ Cruzada” Aunque no hay pruebas de la colaboración de la Iglesia española (más allá de posturas individuales) en la conspiración, tanto la jerarquía como la gran mayoría de los católicos se mostraron partidarios de los sublevados. La brutal represión contra la Iglesia en la zona gubernamental les dio aún más argumentos. Por su parte, los conspiradores (que no habían tenido el aspecto religioso en su mente al principio), una vez fracasado su proyecto inicial de una victoria rápida, utilizaron la religión como bandera para legitimar sus intereses. Aunque se había sostenido que la toma de postura de la Iglesia había sido posterior a la represión, ÁLVAREZ BOLADO ha demostrado que más de una decena de obispos tomaron postura a favor de los sublevados desde el primer momento e incluso se mostraron contrarios a cualquier negociación, con el fin de que la guerra significara la recristianización de
191 España. El término Cruzada, empleado por primera vez por el arzobispo de Santiago, Tomás Muñiz, tomó carta de naturaleza en la pastoral Las dos Ciudades del obispo de Salamanca (y futuro arzobispo de Toledo tras la muerte de Gomá), Enrique Plá i Deniel, fechada el 30 de septiembre de 1936. Aunque no se mencionaba expresamente en él, el espíritu de Cruzada estaba presente en otro documento eclesiástico, el de mayor difusión, la Carta Colectiva del Episcopado español (julio de 1937), de gran repercusión internacional; ésta significaba una especie de declaración de guerra contra la República, a la vez que mostraba la práctica unanimidad del apoyo de la jerarquía al bando franquista, comprometiendo a la Iglesia definitivamente con los vencedores y poniendo las bases del nacionalcatolicismo. Por su parte, la actitud del Vaticano fue considerada tibia por la jerarquía, el clero y los fieles españoles. Aunque apoyaba relativamente al bando franquista desde septiembre de 1936 (tras conocer la represión contra el clero) y reconoció su régimen en 1937, sus relaciones no estuvieron exentas de recelos. Roma no compartía la idea de Cruzada, debido a la expulsión de Múgica por las autoridades franquistas y al fusilamiento de más de una docena de sacerdotes vascos por las tropas franquistas. Este hecho ponía en evidencia que las creencias religiosas eran un mero instrumento en manos de los sublevados, a los que no les importaba asesinar a unos sacerdotes partidarios de una República que les concedió un autogobierno.. No obstante, ni todos los católicos estuvieron en el bando vencedor ni todos los que se mantuvieron fieles a la República eran anticatólicos. Grandes generales republicanos como Miaja y Rojo eran católicos. Por otro lado, la actitud de muchos creyentes vascos o catalanes y de algunas personalidades como Ossorio y Gallardo demuestra que se podía estar en el otro bando (o no estar en ninguno y defender una paz negociada) y mantener sus creencias. La presencia de Manuel de Irujo, un político católico, perteneciente al sector nacionalista vasco más moderno, (Margenat, 1986), que se guió durante su estancia en los gabinetes de Largo Caballero (ministro sin cartera) y de Negrín (ministro de Justicia de mayo a diciembre de 1937 y sin cartera de enero a agosto de 1938) por sus convicciones religiosas, supuso el intento de poner en marcha una tenue política religiosa que, pese a contar con la incomprensión de sus colegas, anticipó en varias décadas la reconciliación entre cristianos y democracia. Tanto Irujo como el primer lehendakari, Aguirre, otorgaron una consideración social a la guerra y éste último, llegó asumió su cargo en octubre de 1936 jurando ante “la hostia consagrada” fidelidad a la fe católica y a Euskadi. Otros católicos se situaron en una postura crítica contra ambos bandos y apostaron por la negociación. En este sentido destaca la figura de Vidal i Barraquer. De fuertes sentimientos nacionalistas, el arzobispo de la diócesis tarraconense, se había enfrentado a las disposiciones anticatalanistas en política religiosa de Primo de Rivera, había representado durante la II República un talante abierto y dialogante (aunque sus ideas teológicas no
192 fueran demasiado avanzadas), se había opuesto a la Carta Colectiva del Episcopado y, en una posición similar a la del francés Maritain, abogó por una gestión mediadora para concluir la guerra y evitar más sufrimientos, demostrando una sensibilidad cristiana más firme que la de otros obispos. La consecuencia fue, desgraciadamente, la incomprensión tanto de los republicanos como de los franquistas, y pagó con el exilio esta actitud pacificadora.
193 Textos y carteles para el comentario Ortega y Gasset publica el artículo que se hará famoso por la « Delenda est Monarchia» EL ERROR BERENGUER No, no es una errata. Es probable que en los libros futuros de historia de España se encuentre un capítulo con el mismo título que este artículo. El buen lector, que es el cauteloso y alerta, habrá advertido que en esa expresión el señor Berenguer no es el sujeto del error, sino el objeto. No se dice que el error sea de Berenguer, sino más bien lo contrario ­que Berenguer es del error, que Berenguer es un error­. Son otros, pues, quienes lo han cometido y cometen; otros toda una porción de España, aunque, a mi juicio, no muy grande. Por ello trasciende ese error los límites de la equivocación individual y quedará inscrito en la historia de nuestro país. Estos párrafos pretenden dibujar, con los menos aspavientos posibles, en qué consiste desliz tan importante, tan histórico. Para esto necesitamos proceder magnánimamente, acomodando el aparato ocular a lo esencial y cuantioso, retrayendo la vista de toda cuestión personal y de detalle. Por eso, yo voy a suponer aquí que ni el presidente del gobierno ni ninguno de sus ministros han cometido error alguno en su actuación concreta y particular. Después de todo, no está esto muy lejos de la pura verdad. Esos hombres no habrán hecho ninguna cosa positiva de grueso calibre; pero es justo reconocer que han ejecutado pocas indiscreciones. Algunos de ellos han hecho más. El señor Tormo, por ejemplo, ha conseguido lo que parecía imposible: que a estas fechas la situación estudiantil no se haya convertido en un conflicto grave. Es mucho menos fácil de lo que la gente puede suponer que exista, rebus sic stantibus, y dentro del régimen actual, otra persona, sea cual fuere, que hubiera podido lograr tan inverosímil cosa. Las llamadas «derechas» no se lo agradecen porque la especie humana es demasiado estúpida para agradecer que alguien le evite una enfermedad. Es preciso que la enfermedad llegue, que el ciudadano se retuerza de dolor y de angustia: entonces siente «generosamente» exquisita gratitud hacia quien le quita le enfermedad que le ha martirizado. Pero así, en seco, sin martirio previo, el hombre, sobre todo el feliz hombre de la «derecha», es profundamente ingrato. Es probable también que la labor del señor Wais para retener la ruina de la moneda merezca un especial aplauso. Pero, sin que yo lo ponga en duda, no estoy tan seguro como de lo anterior, porque entiendo muy poco de materias económicas, y eso poquísimo que entiendo me hace disentir de la opinión general, que concede tanta importancia al problema de nuestro cambio. Creo que, por desgracia, no es la moneda lo que constituye el problema verdaderamente grave, catastrófico y sustancial de la economía española ­nótese bien,
194 de la española­. Pero, repito, estoy dispuesto a suponer lo contrario y que el Sr. Wals ha sido el Cid de la peseta. Tanto mejor para España, y tanto mejor para lo que voy a decir, pues cuantos menos errores haya cometido este Gobierno, tanto mejor se verá el error que es. Un Gobierno es, ante todo, la política que viene a presentar. En nuestro caso se trata de una política sencillísima. Es un monomio. Se reduce a un tema. Cien veces lo ha repetido el señor Berenguer. La política de este Gobierno consiste en cumplir la resolución adoptada por la Corona de volver a la normalidad por los medios normales. Aunque la cosa es clara como «¡buenos días!», conviene que el lector se fije. El fin de la política es la normalidad. Sus medios son... los normales. Yo no recuerdo haber oído hablar nunca de una política más sencilla que ésta. Esta vez, el Poder público, el Régimen, se ha hartado de ser sencillo. Bien. Pero ¿a qué hechos, a qué situación de la vida pública responde el Régimen con una política tan simple y unicelular? ¡Ah!, eso todos lo sabemos. La situación histórica a que tal política responde era también muy sencilla. Era ésta: España, una nación de sobre veinte millones de habitantes, que venía ya de antiguo arrastrando una existencia política bastante poco normal, ha sufrido durante siete años un régimen de absoluta anormalidad en el Poder público, el cual ha usado medios de tal modo anormales, que nadie, así, de pronto, podrá recordar haber sido usados nunca ni dentro ni fuera de España, ni en este ni en cualquier otro siglo. Lo cual anda muy lejos de ser una frase. Desde mi rincón sigo estupefacto ante el hecho de que todavía ningún sabedor de historia jurídica se haya ocupado en hacer notar a los españoles minuciosamente y con pruebas exuberantes esta estricta verdad: que no es imposible, pero sí sumamente difícil, hablando en serio y con todo rigor, encontrar un régimen de Poder público como el que ha sido de hecho nuestra Dictadura en todo al ámbito de la historia, incluyendo los pueblos salvajes. Sólo el que tiene una idea completamente errónea de lo que son los pueblos salvajes puede ignorar que la situación de derecho público en que hemos vivido es más salvaje todavía, y no sólo es anormal con respecto a España y al siglo XX, sino que posee el rango de una insólita anormalidad en la historia humana. Hay quien cree poder controvertir esto sin más que hacer constar el hecho de que la Dictadura no ha matado; pero eso, precisamente eso ­creer que el derecho se reduce a no asesinar­, es una idea del derecho inferior a la que han solido tener los pueblos salvajes. La Dictadura ha sido un poder omnímodo y sin límites, que no sólo ha operado sin ley ni responsabilidad, sin norma no ya establecida, pero ni aun conocida, sino que no se ha circunscrito a la órbita de lo público, antes bien ha penetrado en el orden privadísimo brutal y soezmente. Colmo de todo ello es que no se ha contentado
195 con mandar a pleno y frenético arbitrio, «sino que aún le ha sobrado holgura de Poder para insultar líricamente a personas y cosas colectivas e individuales. No hay punto de la vida española en que la Dictadura no haya puesto su innoble mano de sayón. Esa mano ha hecho saltar las puertas de las cajas de los Bancos, y esa misma mano, de paso, se ha entretenido en escribir todo género de opiniones estultísimas, hasta sobre la literatura que los poetas españoles. Claro que esto último no es de importancia sustantiva, entre otras cosas porque a los poetas los traían sin cuidado las opiniones literarias de los dictadores y sus criados; pero lo cito precisamente como un colmo para que conste y recuerde y simbolice la abracadabrante y sin par situación por que hemos pasado. Yo ahora no pretendo agitar la opinión, sino, al contrario, definir y razonar, que es mi primario deber y oficio. Por eso eludo recordar aquí, con sus espeluznantes pelos y señales, los actos más graves de la Dictadura. Quiero, muy deliberadamente, evitar lo patético. Aspiro hoy a persuadir y no a conmover. Pero he tenido que evocar con un mínimum de evidencia lo que la Dictadura fue. Hoy parece un cuento. Yo necesitaba recordar que no es un cuento, sino que fue un hecho. Y que a ese hecho responde el Régimen con el Gobierno Berenguer, cuya política significa: volvamos tranquilamente a la normalidad por los medios más normales, hagamos «como si» aquí no hubiese pasado nada radicalmente nuevo, sustancialmente anormal. Eso, eso es todo lo que el Régimen puede ofrecer, en este momento tan difícil para Europa entera, a los veinte millones de hombres ya maltraídos de antiguo, después de haberlos vejado, pisoteado, envilecido y esquilmado durante siete años. Y, no obstante, pretende, impávido, seguir al frente de los destinos históricos de esos españoles y de esta España. Pero no es eso lo peor. Lo peor son los motivos por los que cree poderse contentar con ofrecer tan insolente ficción. El Estado tradicional, es decir, la Monarquía, se ha ido formando un surtido de ideas sobre el modo de ser de los españoles. Piensa, por ejemplo, que moralmente pertenecen a la familia de los óvidos, que en política son gente mansurrona y lanar, que lo aguantan y lo sufren todo sin rechistar, que no tienen sentido de los deberes civiles, que son informales, que a las cuestiones de derecho y, en general, públicas, presentan una epidermis córnea. Como mi única misión en esta vida es decir lo que creo verdad, ­y, por supuesto, desdecirme tan pronto como alguien me demuestre que padecía equivocación­, no puedo ocultar que esas ideas sociológicas sobre el español tenidas por su Estado son, en dosis considerable, ciertas. Bien está, pues, que la Monarquía piense eso, que lo sepa y cuente con ello; pero es intolerable que se prevalga de ello. Cuanta mayor verdad sean, razón de más para que la Monarquía, responsable ante el Altísimo de
196 nuestros últimos destinos históricos, se hubiese extenuado, hora por hora, en corregir tales defectos, excitando la vitalidad política persiguiendo cuanto fomentase su modorra moral y su propensión lanuda. No obstante, ha hecho todo lo contrario. Desde Sagunto, la Monarquía no ha hecho más que especular sobre los vicios españoles, y su política ha consistido en aprovecharlos para su exclusiva comodidad. La frase que en los edificios del Estado español se ha repetido más veces ésta: «¡En España no pasa nada!» La cosa es repugnante, repugnante como para vomitar entera la historia española de los últimos sesenta años; pero nadie honradamente podrá negar que la frecuencia de esa frase es un hecho. He aquí los motivos por los cuales el Régimen ha creído posible también en esta ocasión superlativa responder, no más que decretando esta ficción: Aquí no ha pasado nada. Esta ficción es el Gobierno Berenguer. Pero esta vez se ha equivocado. Se trataba de dar largas. Se contaba con que pocos meses de gobierno emoliente bastarían para hacer olvidar a la amnesia celtíbera de los siete años de Dictadura. Por otra parte, del anuncio de elecciones se esperaba mucho. Entre las ideas sociológicas, nada equivocadas, que sobre España posee el Régimen actual, está esa de que los españoles se compran con actas. Por eso ha usado siempre los comicios ­función suprema y como sacramental de la convivencia civil­ con instintos simonianos. Desde que mi generación asiste a la vida pública no ha visto en el Estado otro comportamiento que esa especulación sobre los vicios nacionales. Ese comportamiento se llama en latín y en buen castellano: indecencia, indecoro. El Estado en vez de ser inexorable educador de nuestra raza desmoralizada, no ha hecho más que arrellanarse en la indecencia nacional. Pero esta vez se ha equivocado. Este es el error Berenguer. Al cabo de diez meses, la opinión pública está menos resuelta que nunca a olvidar la «gran vilt`» que fue la Dictadura. El Régimen sigue solitario, acordonado como leproso en lazareto. No hay un hombre hábil que quiera acercarse a él; actas, carteras, promesas ­las cuentas de vidrio perpetuas­, no han servido esta vez de nada. Al contrario: esta última ficción colma el vaso. La reacción indignada de España empieza ahora, precisamente ahora, y no hace diez meses. España se toma siempre tiempo, el suyo. Y no vale oponer a lo dicho que el advenimiento de la Dictadura fue inevitable y, en consecuencia, irresponsable. No discutamos ahora las causas de la Dictadura. Ya hablaremos de ellas otro día, porque, en verdad, está aún hoy el asunto aproximadamente intacto. Para el razonamiento presentado antes la cuestión es indiferente. Supongamos un instante que el advenimiento de la dictadura fue inevitable. Pero esto, ni que decir tiene, no vela lo más mínimo el hecho de que sus actos después de advenir fueron una creciente y
197 monumental injuria, un crimen de lesa patria, de lesa historia, de lesa dignidad pública y privada. Por tanto, si el Régimen la aceptó obligado, razón de más para que al terminar se hubiese dicho: Hemos padecido una incalculable desdicha. La normalidad que constituía la unión civil de los españoles se ha roto. La continuidad de la historia legal se ha quebrado. No existe el Estado español. ¡Españoles: reconstruid vuestro Estado! Pero no ha hecho esto, que era lo congruente con la desastrosa situación, sino todo lo contrario. Quiere una vez más salir del paso, como si los veinte millones de españoles estuviésemos ahí para que él saliese del paso. Busca a alguien que se encargue de la ficción, que realice la política del «aquí no ha pasado nada». Encuentra sólo un general amnistiado. Este es el error Berenguer de que la historia hablará. Y como es irremediablemente un error, somos nosotros, y no el Régimen mismo; nosotros gente de la calle, de tres al cuarto y nada revolucionarios, quienes tenemos que decir a nuestro conciudadanos: ¡Españoles, vuestro Estado no existe! ¡Reconstruidlo! Delenda est Monarchia.­ José Ortega y Gasset. (El Sol, 15 de noviembre de 1930). http://www.arrakis.es/~corcus/republica/documentos/174.htm PACTO DE SAN SEBASTIÁN San Sebastián, 18 (10 m.).­ Ayer, a mediodía, acudieron al hotel de Londres representantes de los distintos partidos republicanos españoles y después de almorzar se reunieron en los locales de la Unión Republicana. La reunión duró desde las cuatro hasta las cinco y media, y se distinguió por la coincidencia fundamental en las cuestiones autonómicas, electoral y revolucionaria. Al terminar, los reunidos se negaron a hacer manifestaciones concretas, limitándose a referirse a la siguiente Nota oficiosa. «En el domicilio social de Unión Republicana y bajo la presidencia de D. Fernando Sansisin, se reunieron esta tarde don Alejandro Lerroux y don Manuel Azaña, por la Alianza Republicana; don Marcelino Domingo, don Alvaro de Albornoz y don Angel Galarza, por el partido republicano radical socialista; don Niceto Alcalá Zamora y don Miguel Maura, por la derecha liberal republicana; don Manuel Carrasco Formiguera, por la Acción Catalana; don Matías Mallol Bosch, por la Acción Republicana de Cataluña; don Jaime Ayguadé, por el Estat Catalá, y don Santiago Casares Quiroga, por la Federación Republicana Gallega, entidades que, juntamente con el partido federal español ­el cual, en espera de acuerdos de su próximo Congreso, no puede enviar ninguna delegación­, integran la totalidad de los elementos republicanos del país.
198 »A esta reunión asistieron también, invitados con carácter personal, don Felipe Sánchez Román, don Eduardo Ortega y Gasset y don Indalecio Prieto, no habiendo podido concurrir don Gregorio Marañón, ausente en Francia, y de quien se leyó una entusiástica carta de adhesión en respuesta a la indicación que con el mismo carácter se le hizo. »Examinada la actual situación política, todos los representantes concurrentes llegaron en la exposición de sus peculiares puntos de vista a una perfecta coincidencia, la cual quedó inequívocamente confirmada en la unanimidad con que se tomaron las diversas resoluciones adoptadas. »La misma absoluta unanimidad hubo al apreciar la conveniencia de gestionar rápidamente y con ahinco la adhesión de las demás organizaciones políticas y obreras que en el acto previo de hoy no estuvieron representadas para la finalidad concreta de sumar su poderoso auxilio a la acción que sin desmayos pretenden emprender conjuntamente las fuerzas adversas al actual régimen político.» Otros pormenor es San Sebastián, 18 (9 m.).­ A pesar de la reserva guardada por cuantos asistieron a la reunión de las izquierdas, hemos podido obtener alguna ampliación a los puntos de vista recogidos en la nota oficiosa facilitada a la Prensa. El problema referente a Cataluña, que es el que más dificultades podía ofrecer para llegar a un acuerdo unánime, quedó resuelto en el sentido de que los reunidos aceptaban la presentación a unas Cortes Constituyentes de un estatuto redactado libremente por Cataluña para regular su vida regional y sus relaciones con el Estado español. Este acuerdo se hizo extensivo a todas aquellas otras regiones que sientan la necesidad de una vida autónoma. En relación con este mismo problema se defendió en la reunión que los derechos individuales deben ser estatuídos por las Cortes Constituyentes, para que no pueda darse el caso de que la entrada en un régimen democrático supusiera un retroceso en las libertades públicas. Tanto para las Cortes Constituyentes como para la votación del estatuto por las regiones se utilizará el sufragio universal. Los reunidos se mostraron en absoluto de acuerdo en lo que se refiere a la acción política solidaria. (El Sol, 18 de agosto de 1930.) http://www.arrakis.es/~corcus/republica/documentos/171.htm DOCUM ENTO DE RENUNCI A DEL REY ALFONSO XI I I
199 «Las elecciones celebradas el domingo, me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo. Mi conciencia dice que ese desvío no será definitivo, porque procuré siempre servir a España, puesto el único afán en el interés público, hasta en las más críticas coyunturas. »Un Rey puede equivocarse y, sin duda, erré yo alguna vez; pero sé bien que nuestra patria se mostró en todo momento generosa ante las culpas sin malicia. »Soy el Rey de todos los españoles y, también, un español. Hallaría medios sobrados para mantener mis regias prerrogativas, en eficaz forcejeo con quienes las combaten. Pero, resueltamente, quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro, en fratricida guerra civil. No renuncio a ninguno de mis derechos, porque más que míos son depósito acumulado por la Historia, de cuya custodia ha de pedirme, un día, cuenta rigurosa. »Para (1) (espero a) conocer la auténtica y adecuada expresión de la conciencia colectiva, encargo a un Gobierno que la consulte convocando Cortes Constituyentes y, mientras habla la nación, suspendo deliberadamente el ejercicio del poder real y me aparto de España, reconociéndola así como única señora de sus destinos. »También ahora creo cumplir el deber que me dicta mi amor a la patria. Pido a Dios que tan hondo como yo lo sientan y lo cumplan los demás españoles.» (BERENGUER: De la Dictadura a la República, Madrid, 1946, pág. 393.) http://www.arrakis.es/~corcus/republica/documentos/213.htm P ROCLAMACI ÓN DE LA REP ÚBLI CA EN M ADRI D Ayer se proclamó la República en España. El pueblo se entregó a manifestaciones delirantes de entusiasmo. ¡Viva España con honra y sin Borbones! El nuevo Gobierno de la República española La composición del Gobierno provisional de la República, que, como es sabido, está formado por los firmantes del manifiesto revolucionario de diciembre, es la siguiente: Presidencia: Niceto Alcalá Zamora. Estado: Alejandro Lerroux. Gracia y Justicia: Fernando de los Ríos. Gobernación: Miguel Maura. Hacienda: Indalecio Prieto. Fomento: Alvaro de Albornoz. Instrucción: Marcelino Domingo. Ejército: Manuel Azaña.
200 Marina: Santiago Casares Quiroga. Economía: Diego Martínez Barrios. Trabajo: Francisco Largo Caballero. (El Socialista, 15 de abril de 1931.) http://www.arrakis.es/~corcus/republica/documentos/217.htm DESÓRDENES ANTI M ONÁRQUI COS EN M ADRI D. QUEM A DE CONVENTOS. A la una de la madrugada del domingo recibió el ministro de la Gobernación a los periodistas, a los que hizo el relato siguiente: «Habían solicitado los de la Acción monárquica independiente permiso para celebrar una reunión en su local social, que se les ha concedido dentro de la ley. Nadie tenía noticia de que dicha reunión se celebraba, y poco después de mediodía, un grupo de jóvenes salió de dicho domicilio social dando gritos de «¡Viva el Rey!» y «Muera la República!». Los mecánicos de los taxis que estaban frente a dicho edificio gritaron «¡Viva la República!» y fueron agredidos por los monárquicos. La gente se arremolinó y formó un grupo compacto, que en protesta airada quiso asaltar el edifico. Se cerraron las puertas y acudieron fuerzas de Seguridad. El grupo llegó a tener poco más de mil personas, y poco después el ministro de la Gobernación pasaba por el lugar del suceso y se enteraba de lo ocurrido »Apenas llegado al ministerio de la Gobernación, dio las órdenes necesarias para lograr estas dos cosas: que el local fuera desalojado sin daño para las personas y que fueran detenidos los responsables del tumulto, que con sus gritos subversivos habían producido la excitación de los ciudadanos. »Fueron desalojadas poco a poco las personas del local y conducidas algunas a la Dirección General de Seguridad en un camión de este centro. A las cinco de la tarde, el ministro de la Gobernación volvió al lugar del suceso y dirigió la palabra a la muchedumbre, rogándole que se retirase y que dejase a la Guardia Civil cumplir su cometido de conducir a los últimos detenidos a la Dirección General de Seguridad. La multitud permanecía estacionada en actitud hostil ante el edificio. A las cinco y media se había disuelto sin más incidentes que haber quemado dos automóviles, propiedad uno de don Juan Ignacio Luca de Tena y otro cuyo propietario se ignora. »A las tres y media de la tarde una manifestación numerosa se dirigió al periódico ABC en son de protesta, acercándose a la puerta, llamando para que se les abriera, y parece que intentaron quemarla, rociándola previamente con algún combustible.
201 «En ese momento, desde las ventanas altas del edificio se hicieron varios disparos contra la muchedumbre, resultando herido de un balazo el portero del número 68 de la calle de Serrano, y un muchacho de trece años. Fueron trasladados a la policlínica de la calle de Tamayo, donde se le dio la asistencia facultativa necesaria. »Al tener el ministro de la Gobernación noticia de los sucesos requirió al fiscal de la República para que a su vez requiriera del juez un mandamiento judicial para practicar un registro en ABC y en su caso para la clausura del local. »Fuerzas de la Guardia civil y comisarios de la Policía, con el oportuno mandamiento judicial, fueron a ABC y practicaron el registro, que a primera hora de la madrugada, hora en que el ministro dicta estas líneas, parece que no ha terminado, pero se han encontrado, en efecto, algunas armas. »En vista de esto, el ministro, amparado por la orden del juez, ha dispuesto que esta misma noche queden clausurados el periódico y la Redacción y sea detenido don Juan Ignacio Luca de Tena, que, según noticias que el ministro tiene, quedará a disposición del director general de Seguridad en plazo brevísimo, dentro de esta misma noche, y dar comienzo el proceso para indagar las responsabilidades, no sólo por lo ocurrido hoy, sino también por la insistente campaña de provocación y alarma que ese periódico viene realizando. En todo el resto de la tarde, grupos de ciudadanos han recorrido las calles de Madrid en manifestación pacífica, salvo algunos pequeños incidentes que carecen en absoluto de importancia, como por ejemplo el asalto a una armería, que fue reprimido por la fuerza pública, que ha causado dos heridos a los asaltantes. El Gobierno ha mostrado en el día de hoy con su tacto y prudencia hasta dónde llega en su respeto al deseo legítimo del pueblo de manifestar su protesta; pero por lo mismo, teniendo plena conciencia de cuál es su responsabilidad y su deber, tiene derecho a exigir de todos sus correligionarios, sin distinción de matices, la confianza en su actuación, y declara que quienes intentaran el lunes continuar manifestando en forma tumultuaria sus deseos o protestas no pueden ser servidores de la causa que la República representa, sino enemigos declarados de ella, que, viniendo de la derecha o de la izquierda, pretenden socavar su autoridad, y siendo así, está decidido a no consentir en el día de mañana ningún género de manifestaciones colectivas en la calle. »El Consejo de ministros, que se reúne mañana, como estaba anunciado, adoptará por su parte las determinaciones enérgicas que procedan para cortar de raíz todo intento, venga de donde viniere, y el Gobierno sabe de dónde viene, de reacción monárquica o extremista de la izquierda.
202 »Los detenidos hasta la fecha son alrededor de una docena, entre los cuales están los jóvenes hermanos Mirallles, que pistola en mano se dedicaban, tras los árboles de la calle de Serrano, a disparar contra el pueblo. »No tiene el ministro en este momento la lista con los nombres de todos. El ex ministro señor Matos, que pasaba por la calle de Alcalá en el momento del tumulto, fue agredido por la muchedumbre, que lo reconoció, y amparado por el señor Sánchez Guerra padre, primero, y después por el hijo, el subsecretario de la Presidencia, y custodiado por la misma masa popular, fue acompañado hasta la Dirección de Seguridad y quedó allí por su propia voluntad.» (El Sol, 11 de mayo de 1931.) De los ciento setenta conventos que existen en Madrid, según el director de Seguridad, han quedado destruidos seis. Durante toda la tarde el público ha desfilado por frente a los conventos incendiados en una incesante procesión de curiosidad. Desde la terraza del Palacio de la prensa el espectáculo era extraordinario. Sobre el plano de la población, por encima de los tejados se divisaban las columnas de humo que despedían los incendios del colegio de las Maravillas, en los Cuatro Caminos; del Instituto Católico de la calle de Alberto Aguilera, de los Carmelitas de Santa Teresa, en la plaza de España, y el de la Residencia de Jesuítas de la calle de la flor. A última hora de la tarde el director general de Seguridad recibió a los periodistas, manifestándoles que en Madrid existían 170 conventos, de los cuales habían sido incendiados el de Salesianos, en la calle de Villamil; el de Maravillas, en Bravo Murillo; Carmelitas de la plaza de España, Instituto Católico de Alberto Aguilera y otro de la calle de Martín de los Heros. También se intentó incendiar, aunque fueron librados de este peligro, el de los Paúles de la calle de García Paredes, Trinitarias de Marqués de Urquijo; los Luises, en la calle de Cedaceros; el de Jesús, en la plaza del mismo nombre; otro de Carmelitas, en la calle de Ayala; de San José de Calasanz en la calle de Torrijos; otro de monjas en la calle de San Bernardo, el del Buen Suceso, el de Caballero de Gracia y otro de la calle de Evaristo San Miguel. En el de Trinitarias de la calle del Marqués de Urquijo, como ya referimos en otro lugar, fueron libertadas por las masas las acogidas sometidas a corrección en dicho establecimiento. También el público hizo evacuar un convento de monjas sito en la calle Ancha, 86; el de San Plácido, en la calle de San Roque, las monjas del Servicio Doméstico de la calle de Fuencarral, los frailes de la fundación Caldeiro, las Trinitarias de Lope de Vega y las monjas del Sagrado
203 Corazón. En el resto, hasta el número de 170, que hemos dicho, no ha ocurrido novedad alguna. Durante la tarde se pudo ver por las calles a muchas monjas vestidas con el traje seglar, que se dirigían a diversas casas para buscar refugio en ellas. El director general de Seguridad manifestó que las fuerzas del Ejército patrullaban y prestaban servicio de vigilancia en diversos puntos, y que no ocurrió nada más de particular, sin que tuviera noticias de que en provincias hubiera ocurrido anormalidad alguna. A la Dirección de Seguridad llegan algunas personas de las que tenían algún pariente en los conventos, y cuyo paradero ignoran de momento, para obtener en este centro oficial algunas noticias. (El Sol, 11 de mayo de 1931.) http://www.arrakis.es/~corcus/republica/documentos/224.htm LA CONQUISTA DEL VOTO FEMENINO P ese a los esfuerzos de las primeras sufragistas españolas, la concesión del voto femenino en nuestro país no puede ser atribuida a la presión de los grupos feministas o sufragistas. Si bien la movilización sufragista había alcanzado por primera vez cierta resonancia social, el sufragio femenino fue otorgado en el marco de las reformas introducidas en la legislación de la Segunda República española (1931­1936). La coherencia política de los políticos que se proclamaban democráticos obligó a una revisión de las leyes discriminatorias y a la concesión del sufragio femenino. El proceso, sin embargo, fue bastante complejo y paradójico. Era opinión general, tanto en los partidos de izquierda como de derecha, que la mayoría de las mujeres, fuertemente influenciadas por la I glesia católica, eran profundamente conservadoras. Su participación electoral devendría inevitablemente en un fortalecimiento de las fuerzas de derecha. Este planteamiento llevó a que importantes feministas como la socialista M argarita N elken (1898­1968) y la radical­socialista Victoria Kent (1897­ 1987), que habían sido elegidas diputadas a las Cortes Constituyentes de 1931, rechazaran la concesión del sufragio femenino. En su opinión, las mujeres todavía no estaban preparadas para asumir el derecho de voto, y su ejercicio siempre sería en beneficio de las fuerzas más conservadoras y, por consecuencia, más partidarias de mantener a la mujer en su tradicional situación de subordinación. Clara Campoamor (1888­1972), también diputada y miembro del P artido Radical, asumió una apasionada defensa del derecho de sufragio femenino. Argumentó en las Cortes Constituyentes que los derechos del individuo exigían un tratamiento legal igualitario para hombres y mujeres y que, por ello, los principios democráticos debían garantizar la redacción de una Constitución republicana basada en la igualdad y en la eliminación de cualquier discriminación de sexo. A l final triunfaron las tesis sufragistas por 161 votos a favor y 121 en contra. En los votos favorables se entremezclaron diputados de todos los orígenes, movidos por muy distintos objetivos. Votaron si los socialistas, con alguna excepción, por coherencia con sus planteamientos ideológicos, algunos pequeños grupos republicanos, y los partidos de
204 derecha. Estos no lo hicieron por convencimiento ideológico, sino llevados por la idea, que posteriormente se demostró errónea, de que el voto femenino sería masivamente conservador. La Constitución de 1931 supuso un enorme avance en la lucha por los derechos de la mujer. A rtículo 23. “ No podrán ser fundamento de privilegio jurídico: la naturaleza, la filiación, el sexo, la clase social, la riqueza, las ideas políticas, ni las creencias religiosas.” A rtículo 36. “ Los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de veintitrés años, tendrán los mismo derechos electorales conforme determinen las leyes.” La Constitución republicana no sólo concedió el sufragio a las mujeres sino que todo lo relacionado con la familia fue legislado desde una perspectiva de libertad e igualdad: matrimonio basado en la igualdad de los cónyuges, derecho al divorcio, obligaciones de los padres con los hijos... La ley del divorcio (1932) supuso otro hito en la consecución de los derechos de la mujer. El régimen republicano estaba poniendo a España en el terreno legal a la altura de los países más evolucionados en lo referente a la igualdad entre los hombres y las mujeres. Sin embargo, en este aspecto como en tantos otros, la guerra civil y la dictadura de Franco dieron al traste con todo lo conseguido, devolviendo a la mujer a una situación de dominación en el marco de una España franquista impregnada de valores tradicionales y reaccionarios. http://clio.rediris.es/udidactica/sufragismo2/femespana2.htm « EL DEBATE» FI J A LA P OSI CI ÓN DE LOS CATÓLI COS ANTE LA REP ÚBLI CA. « Siempre que queden a salvo los derechos de Dios y de la conciencia cristiana los católicos españoles... no pueden encontrar dificultad... en avenirse con las instituciones republicanas» Amigos del actual Gobierno, fervorosos defensores de la República que quisieran ensanchar su área de sustentación, gentes de izquierdas empeñadas, por el contrario, en cerrar el camino a las derechas, o en invalidar y quitar eficacia al triunfo magnífico de éstas, vienen pidiendo, y en los últimos tiempos con apremios reiterados, que la derecha españo&la defina, con claridad su política. Más precisamente: su posición respecto de la República. Una vez más debemos decir que no comprendemos, no podemos comprender por qué se tacha de equívoca una conducta que es la claridad misma, hoy, y ayer, y desde hace, por lo menos, dos años. Conducta clara, volvemos a decir. Y agregamos estos calificativos: leal y patriótica. Conste, ante todo, que cuando hablamos de «política de derechas» queremos decir «política de católicos, y en cuanto católicos». A nadie pueden extrañar estas palabras... ¡Si la política del anterior bienio ha versado principalmente sobre materia religiosa! Los Gobiernos, al dictado de la Masonería, han inferido a la Iglesia todo el daño que pudieron, aunque, por tales modos, a la vez dañaran al Estado, a la República y a la Nación. Los católicos españoles, por ello, han tenido que hacer, también, política
205 religiosa: política de defensa de la Iglesia de la convicción católica y nacional, suborninando a tan primario deber toda suerte de compromisos y particulares opiniones. Y al proceder así, han seguido fidelísimamente los principios y normas de la Iglesia, que León XIII precisó y definió en situaciones análogas ­por no decir idénticas­ a la de España en nuestro tiempo, planteadas en el último tercio del siglo XIX en muchas naciones europeas y americanas; normas y principios repetidos y recordados, tras el advenimiento de la República, por el Episcopado español y por Su Santidad el Papa. Una vez más repetiremos los textos: «Con aquella lealtad, pues, que corresponde a un cristiano, los católicos españoles acatarán el Poder civil en la forma con que de hecho exista.» «Aportarán su leal concurso a la vida civil y pública.» «Aunque no puedan aprobar lo que haya actualmente de censurable en las instituciones políticas, no deben dejar de coadyuvar a que estas mismas instituciones, cuando sea posible, sirvan para el verdadero y legítimo bien público.» «Sin mengua, pues, ni atenuación del respeto que al Poder constituído se debe, todos los católicos considerarán como un deber religioso y civil... cambiar en bien las leyes injustas y nocivas, dadas hasta el presente, seguros de que, obrando con rectitud y prudencia, darán con ello prueba de inteligente y esforzado amor a la Patria, sin que nadie pueda con razón acusarles de sombra de hostilidad hacia los poderes encargados de regir la cosa pública » (De la «Declaración colectiva del Episcopado español», de diciembre de 1931.) Los católicos españoles han seguido las normas de actuación señaladas en los párrafos precedentes. Y para honor de ellos ha escrito Pío XI estas clarísimas palabras: «... la gran mayoría del pueblo español..., no obstante las provocaciones y vejámenes de los enemigos de la Iglesia, ha estado lejos de actos de violencia y represalia, manteniéndose en la tranquila sujeción al Poder constituído.» No se diga que en los textos transcritos se habla del Poder, mas no de la forma de gobierno. Dícese en uno de ellos: «el Poder en la forma con que de hecho exista». Pero hay textos harto más precisos y por entero inequívocos y concluyentes, los cuales hasta la saciedad prueban que la República, por ser República, no puede ni debe inspirar sentimientos hostiles a la Iglesia ni a los católicos, por ser católicos. «Todos saben ­dice el Papa actual, en la Encíclica «Dilectissima Nobis»­ que la Iglesia católica, no estando bajo ningún aspecto ligada a una forma de gobierno más que a otra, con tal que queden a salvo los derechos de Dios y de la conciencia cristiana, no encuentra dificultad en avenirse con las diversas instituciones civiles, sean monárquicas o republicanas...» Los católicos, por tanto, tampoco pueden encontrar dificultar en avenirse con las instituciones republicanas, y como ciudadanos y como creyentes están obligados a prestar a la vida civil su leal concurso. Sin duda, puede haber, y en España los hay, católicos que profesan opiniones políticas, particulares, adversas al régimen
206 republicano. Ello es lícito y respetable; mas ni de su sentir ni de su pensamiento de católicos podrán derivar esa hostilidad al régimen republicano, ni les será lícito establecer incompatibilidad de ninguna especia entre los derechos e intereses de la Iglesia y la forma republicana. Pero surge una cuestión práctica. Aunque la Iglesia no sea incompatible con la República ­tampoco, por consiguiente, con la República española­, ¿no será, precisamente, esta segunda República de España la que se haga y declare incompatible con la Iglesia católica? ¡Ah! Hasta ahora, la Constitución, las leyes fundamentales y el espíritu de la obra de gobierno han estado inspirados en un anticatolicismo casi frenético; de suerte que hay derecho ­dice Pío XI en el documento citado antes­ «a atribuir la persecución movida contra la Iglesia católica... al odio que contra el Señor y contra su Cristo fomentan sectas subversivas de todo orden religioso y social...» Pero faltaríamos a la verdad si dijéramos que son esos los sentimientos de todos los republicanos españoles, o desconociéramos que no pocos de ellos ­y algunos de los de mayor relieve­ quieren rectificar la política sectaria; unos, porque sus convicciones religiosas les hacen desear la paz con la Iglesia; otros, porque patrióticamente anhelan una concordia nacional. Urge, pues, la demostración, con palabras y actos de Gobierno, de que dentro de la República española puede la Iglesia vivir vida digna, respetada en sus derechos y en el ejercicio de su misión divina. Si así se restaura la justicia, y los católicos españoles pueden eficazmente «trabajar por el honor de Dios, por los derechos de la conciencia y por la santidad de la familia y de la escuela» ­palabras dichas anteayer por Su Santidad a unos peregrinos españoles­, seguramente harán «renuncia generosa ­sigue hablando el Papa­ de sus ideas propias y particulares en favor del bien común y del bien de España». Y a tales palabras no queremos añadir sino estas otras: En resumen, y por emplear las mismas palabras del Papa en la «Dilectísima Novis», siempre que queden a salvo los derechos de Dios y de la conciencia cristiana, los católicos españoles, en cuanto tales, no pueden encontrar dificultad, puesto que el Papa no la encuentra, en avenirse con las instituciones republicanas. (El Debate, 14 de diciembre de 1933.) http://www.arrakis.es/~corcus/republica/documentos/596b.htm EL SOCI ALI STA» ADVI ERTE A SUS LECTORES: « Transigir con la CEDA en el P oder es conformarse brevemente con la restauración borbónica... La CEDA es el desafío a la República y la clase trabajadora» ¿Está ya resuelta la crisis? Trabajadores: Hoy quedará resuelta la crisis. La gravedad del momento demanda de vosotros una subordinación absoluta a los deberes que todo el proletariado se ha impuesto. La victoria es aliada de la disciplina y de la firmeza. Cuando escribimos estas líneas no hay, oficialmente al menos, Gobierno que reemplace al dimisionario. El señor Lerroux conserva
207 los poderes y se dispone, en el día de hoy, a continuar sus gestiones, entorpecidas y dificultadas por problemas de segundo y tercer grado. En efecto, la versión que se facilita a la opinión es que inconvenientes de poca monta, detalles, han impedido dejar constituído ayer el Gobierno, cuyos núcleos fuertes serán de un lado los radicales y del otro los cedistas. Será hoy, pues, cuando el disparate se consume. Ante semejante contingencia, extremadamente funesta para España, no nos queda otra posibilidad que ratificar nuestras palabras serenas de ayer. No hemos perdido el tino ni estamos dispuestos a perderlo. Ratificando nuestras palabras de ayer nos economizamos formular otras nuevas. Ahora bien: la versión que de la tramitación de la crisis se da a conocer, ¿es exacta? Si recogemos la referencia oficial de ella es porque nos importa enfrentarla con la explicación popular, extendida por todo Madrid, y que no sería extraño resultase, a la postre, más verídica que la facilitada por el propio Lerroux, a quien es fuerza que tengan sobre ascuas las reacciones populares, acusadas de manera harto visible en la jornada de ayer. En concepto de las gentes sencillas, y de las que no lo son, el Gobierno está constituido, ocultándose al país esta circunstancia por una razón de estrategia. ¿Estrategia? Palabra demasiado sospechosa para estos instantes, en que la República, incluso la tímida República del 14 de abril, parece jugárselo todo. Por estrategia se da la ocultación de un Gobierno que parece estar constituido ya y del que subrepticiamente circulan listas bien detalladas, en las que el coeficiente de error parece muy pequeño. Tenemos derecho a ponernos serios y preguntar: ¿Está ya resuelta la crisis? En nuestro concepto, el certero instinto popular contadas veces se equivoca. Y si a esa circunstancia añadimos otras más, justificativas de una alarma excesiva, tendremos más de una razón para creer que ciertamente hay algo que se oculta al conocimiento público, ocultación que avisa por sí misma la presencia de algo que se asemeja a un delito de leso republicanismo. Si la solución a la crisis es cuerda, ¿qué razón hay para ocultarla? Y si está a falta de cordura, ¿por qué admitirla? Lo que tarde en amanecer será lo que dure la angustia de España, apesadumbrada por el augurio de un nuevo Gobierno que amenaza ser culminación de los pasados errores. Lo que tarde en amanecer... Mas, ¿cuántas horas van de la noche al día? ¿No son acaso demasiadas? El certero instinto popular raramente se equivoca. Y es ese instinto el que difunde la noticia de que el peligro de una regresión al pasado es inminente. El buen pueblo que saludó emocionado la victoria del 14 de abril está que no sale de su asombro. ¿Tan breve es el tránsito de la ilusión a la desesperación? Es increíble. En efecto: increíble. Mas, ¿qué hacer? Esta es la pregunta que se habrán formulado a estas horas cientos de miles de españoles: ¿Qué hacer? Dos son los caminos: el de la resignación, que a nadie aconsejamos, y el de la oposición, que será el nuestro. No se nos tome en cuenta la exactitud de las palabras. No podemos usarlas con el rigor que fuera
208 de nuestro gusto. El lector, pues, puede recargar la palabra oposición con los acentos que le resulten más gratos, en la seguridad de que no sufrirá engaño. Transigir con la CEDA en el Poder es conformarse buenamente con una restauración borbónica. Es admitirla como inevitable. ¿Se avienen a eso los republicanos? Nosotros, no. Seguimos siendo intransigentes en alto grado. La CEDA es el desafío a la República y a las clases trabajadoras. Y nadie puede jactarse hasta ahora de habernos desafiado con impunidad y sin que le ofreciésemos, inmediata y eficaz, nuestra respuesta. Recapitulemos un instante: ayudamos a la implantación de la República, nos avinimos a que se encauzase por un derrotero democrático y parlamentario, supimos disculparle yerros de bulto; todo eso hicimos y mucho más. ¿Es que se nos puede pedir que nos crucemos de brazos ante el peligro de que la República pacte su propia derrota? Se nos pediría, en tal caso, complicidad con un delito, y preguntamos: ¿Quién es el que puede hacernos esa petición? Que se yerga. Que asuma la responsabilidad de tamaña demanda. La degradación republicana ha llegado al límite previsto, y, asumiendo la responsabilidad de nuestras palabras y nuestros actos, revaloramos nuestras palabras de ayer: Ni un paso atrás. Quienes estén en nuestra línea, que es la línea de todos los trabajadores españoles, que sumen gozosos sus esfuerzos al esfuerzo socialista. Todavía es tiempo, o, mejor dicho: ahora es tiempo. Después...; después puede ser ­con uno u otro resultado­ demasiado tarde. (El Socialista, de 4 de octubre de 1934.) http://www.arrakis.es/~corcus/republica/documentos/697.htm LA I NFLUENCI A DE LA GUERRA CI VI L ESP AÑOLA EN LAS RELACI ONES I NTERNACI ONALES [...] Los conservadores británicos querían evitar otra gran guerra casi al precio que fuese. En julio de 1936 el secretario del Exterior, Anthony Edén, creía que la mejor manera de mantener la paz era evitar toda implicación en los conflictos del continente. Para el gobierno británico, por consiguiente, la noticia del estallido de la guerra civil española no podía ser un buen augurio, y su reacción inmediata fue imponer un embargo de armas a los dos contendientes (31 de julio). Pero la cuestión del futuro de España sí podía, en cambio, envolver a Francia, Alemania, Italia y la Unión Soviética, e incluso desencadenar una guerra entre estas potencias. Inglaterra aspiraba a evitar esta tendencia de Europa a dividirse en bloques ideológicos y diplomáticos. Sin embargo, el gobierno británico tampoco podía olvidar los cuarenta millones de libras invertidas por ciudadanos de su país en España. Más importancia tenía todavía la conservación de la base naval de Gibraltar. Por eso el gobierno mantuvo un silencio oficial sobre si prefería la victoria del gobierno del Frente Popular o la
209 victoria del general Francisco Franco. Muchos conservadores, en parte por su miedo al bolchevismo, abrigaban la esperanza de que ganara Franco. La oposición laborista, por otra parte, denunció públicamente la sublevación de los jefes militares españoles, pues para ellos estaba claro que los alzados eran antidemocráticos [...]. [...] Los problemas diplomáticos franceses se complicaron seriamente con la guerra civil española. Por razones geográficas y económicas, España era para Francia más importante que para cualquier otra potencia. Una victoria de la República española dominada por las izquierdas podría poner en peligro los ciento treinta y cinco millones de dólares invertidos en España. Por otra parte, una victoria de Franco podría significar una España falangista aliada a la Alemania nazi y a la fascista Italia, agravando la amenaza sobre las fronteras francesas en caso de guerra. De añadidura, una España hostil dificultaría el acceso de ciertas materias primas estratégicas españolas —las piritas, por ejemplo— que podían desviarse al Reich alemán [...]. [...] A diferencia de Blum o de Eden, Hitler no se amedrentó por la peligrosa amenaza a la paz creada en España. Por el contrario, como soñaba en un imperio pangermánico en Europa oriental, lógicamente examinó la cuestión española a la luz de estas preocupaciones. Hitler pudo desvalorizar la alianza franco­soviética destinada a «rodear» a Alemania calificando de «comunista» al Frente Popular francés. El prestigio de este Frente Popular «judío» y antifascista también podía menguarse si Hitler y Mussolini conseguían con su ayuda destruir el Frente Popular español. Aunque los gobiernos francés y británico hicieron públicas sus esperanzas de que las potencias extranjeras no intervendrían en España, Hitler envió en secreto a este país veintiséis aviones y ochenta y seis hombres que llegaron al cuartel general de Franco el 29 de julio.» (R. H. WHEALEY, La intervención extranjera en la guerra civil española Barcelona, Ariel, 1974. En QUEROL INSA, M. P. Y CEBOLLADA LANGA, R. Documentos para la comprensión de la Historia Contemporánea. Zaragoza, ICE, 1982, pp. 332­333) LA OP I NI ÓN DEL P RESI DENTE DE LA I I REP ÚBLI CA ESP AÑOLA SOBRE LA GUERRA CI VI L La moral de la retaguardia y las probabilidades de paz «Si se confrontan los recursos militares de que disponía la República y los cada día más fuertes de que iba proveyéndose el enemigo; si a la inferioridad constante de los medios de resistencia, se añade el mal uso que en ocasiones se hacía de ellos y el desperdicio de energías causado por la discordia y la insubordinación, es asombroso que la guerra haya tardado treinta y tantos meses en
210 decidirse sobre el terreno. Se ha de admitir como parte de la explicación de ese fenómeno (la otra parte hay que adjudicársela a los planes del enemigo y a los recursos de que dispusiera), que un esfuerzo suplementario, un recargo en los sufrimientos de la población civil y de los combatientes, estuvo supliendo, hasta cierto día, las deficiencias comprobadas. Es un hecho innegable que la voluntad de resistencia fue general, mientras las masas creyeron en la eficacia de resistir para salvar la República. Al abrigo de esa esperanza, las privaciones más duras y las decepciones más amar­ gas, se soportaron con estoicismo. Era también evidente, y los hechos vinieron a corroborarlo, que en perdiéndose la esperanza, nadie podría obtener, ni por la persuasión ni por la violencia, un sacrificio más. Esto es así, por las condiciones actuales de la guerra, que no se hace únicamente con los ejércitos en línea, sino con toda la retaguardia, de cuya moral se alimenta la del soldado. Es necesario recordar, para levantarla a la altura de su mérito, la abnegación de una gran masa, clase media y obreros, sacrificando, quién su trabajo, quién su bienestar, todos la tranquilidad y la alegría, muchos la vida. De cuanto se ha visto en el campo republicano, eso es lo más puro, lo intachable sin disputa. Que unos sacripantes, altos o bajos, hayan realizado, por diversos estilos, un sabotaje siniestro, esclarece la humilde virtud de los que han cumplido con su deber. Derrumbarse la República les ha arrancado lágrimas de rabia; una rabia que no se dirigirá siempre contra los vencedores. »Las sucesivas pérdidas de territorio no bastaron, durante algún tiempo, para quebrantar la confianza. Las causas verdaderas, incurables, de aquellas adversidades, eran ignoradas por la gente común, y mal apreciadas, cuando no desconocidas también, por muchos hombres políticos. Siempre había preparada para ellas una explicación local, demostrativa de que no afectaban al resultado último de la guerra. Que Madrid no hubiese caído, ni cayera, producía en la moral pública el efecto de una victoria continuada, por más que desde marzo del 37 las operaciones en torno de la capital estuvieran en un punto muerto. «¿Qué van ustedes a hacer si se pierde Madrid?», le preguntaba yo a un ministro en esa fecha, cuando se libraba la batalla del Jarama. «¡Reconquistarlo!», me respondió. ¿Espíritu espartano? No. Ignorancia de la realidad de la guerra.» (AZAÑA, Obras completas, Tomo III, pp. 519. En QUEROL INSA, M. P. Y CEBOLLADA LANGA, R. Docu­mentos para la comprensión de la Historia Contemporánea. Zaragoza, ICE, 1982, pp. 331­332.
211 CARTELES FRANQUI STAS S DURANTE LA GUERRA CI VI L
212 CARTELES REP UBLI CANOS DURANTE LA GUERRA CI VI L
213 Bibliografia básica: AVILÉS FARRÉ. J.; ELIZALDE PÉREZ­GRUESO, M. D.; SUEIRO SEOANE, S. Historia política de España, 1875­1939. Madrid: Istmo, 2002 MALERBE, P. (et al.). La crisis del Estado: Dictadura, República, Guerra (1923­1939). Barcelona: Labor, 1981 (t. IX de la Historia de España dir. por M. Tuñón de Lara). TUSELL, J. Historia de España en el siglo XX. II. La crisis de los años treinta: República y Guerra Civil. Madrid: Taurus, 1998. Bibliografía complementaria: ARÓSTEGUI, J. La guerra civil. Madrid: Historia 16, 1985. (Cuadernos de Historia 16, núm. 2) AVILÉS FARRÉ, J. La fe que vino de Rusia. La revolución bolchevique y los españoles (1917­1931). Madrid: Biblioteca Nueva, 1999. BAHAMONDE, A. y CERVERA, J. Así terminó la guerra de España. Madrid: Marcial Pons, 1999. BERAMENDI, J. G. y MÁIZ, R. (eds.). Los nacionalismos en la España de la República. Madrid: Siglo XXI, 1991. CASANOVA, J. De la calle al frente: el anarcosindicalismo en España (1931­ 1939). Barcelona: Crítica, 1997. FONTANA, J.; TUÑÓN DE LARA, M. y MALEFAKIS, E. (eds.). La II República, una esperanza frustrada. Valencia: IVEI, 1987. FRASER, R. Recuérdalo tú y recuérdalo a otros: historia oral de la Guerra Civil Española. Barcelona: Grijalbo, 1999. GIL PECHARROMÁN, J. La Segunda República. Madrid: Historia 16, 1996. JULIÁ, S. (ed.). Política en la Segunda República. Madrid: Marcial Pons, 1995 (Ayer, núm. 20). –– Víctimas de la guerra civil. Madrid: Temas de Hoy, 1999. –– Violencia política en la España del siglo XX. Madrid: Taurus, 2000. MALEFAKIS, E. Reforma agraria y revolución campesina en la España del siglo XX. Madrid: Espasa­Calpe, 2001. MALEFAKIS, E. (dir.). 1936­1939, la guerra de España. Madrid: El País, 1986. MORADIELLOS, E. El reñidero de Europa: las dimensiones internacionales de la Guerra Civil Española. Barcelona: Península, 2001. PRESTON, P. La política de la venganza. El fascismo y el militarismo en la España del siglo XX. Barcelona: Península, 1997. –– Las tres Españas del 36. Barcelona: Plaza y Janés, 2001. PRESTON, P. (ed.). Revolución y guerra en España, 1931­1939. Madrid: Alianza, 1986. RAGUER I SUÑER, H. La pólvora y el incienso. La Iglesia y la Guerra Civil Española (1936­1939). Barcelona: Península, 2001. TUÑÓN DE LARA, M. (et al.). La guerra civil española 50 años después. Barcelona: Labor, 1986. TUSELL, J. Radiografía de un golpe de Estado. El ascenso al poder del general Primo de Rivera. Madrid: Alianza, 1986. Filmografía ¡Ay, Carmela!, (1990), Carlos Saura (vida cotidiana durante la guerra civil). Belle époque (1992), Fernando Trueba (años treinta). Bicicletas son para el verano, Las (1983), Jaime Chávarri (sobre el asedio de Madrid y la transformación de la vida de una familia de
214 clase media durante la guerra civil. Argumento basado en la novela de Fernando Fernán­Gómez). Canciones para después de una guerra, (1976), Basilio Martín Patino. Caza,La (1965), Carlos Saura.(fábula sobre las viejas rencillas heredadas de la guerra civil). Lengua de las mariposas, La (1999), José Luis Cuerda (sobre la vida rural y la educación en la Galicia de la República y el inicio de la guerra civil. Basada en tres relatos de Manuel Rivas). Libertarias, (1996), Vicente Aranda (sobre el anarquismo durante la guerra civil). Pascual Duarte (1975), Ricardo Franco. Basada en la novela homónima de Camilo José Cela. ¿Por quién doblan las campanas? (USA, 1943), Sam Wood (reflexión sobre el comportamiento humano a partir de un brigadista internacional que se une a unos guerrilleros republicanos en 1937. Basada en la novela homónima de E. Hemingway). Raza, (1941), José Luis Sáenz de Heredia (exaltación “patriótica” unida al carácter autobiográfico de Franco). Réquiem por un campesino español (1985), Francesc Betriu. (relato de un pueblecito aragonés en el primer tercio del XX hasta la guerra civil. Basada en la novela homónima de Ramón J. Sender). Retablo de la guerra civil española (1980), Basilio Martín Patino (documental de reconstitución histórica). Sierra de Teruel/Espoir, (España­Francia, 1939), André Malraux (narra varios episodios de la guerra civil relativos, retratando con un perfil humanístico el pueblo sufriente). Silencio roto (2000), Moncho Armendáriz (guerrilla antifranquista). Soldados de Salamina (2002), David Trueba (parte de la reconstrucción del fusilamiento colectivo de las tropas republicanas al final de la guerra del que escapa el falangista Rafael Sánchez Mazas. Argumento basado en la novela homónima de Javier Cercas). Tierra y libertad, (Gran Bretaña, 1994), Ken Loach (diferencias dentro de los defensores de la República entre anarquistas y poumistas, por un lado, y comunistas y Generalitat, por otro). Literatura ALDECOA, J. Historia de una maestra. Barcelona: Anagrama, 1990. (muestra los cambios educativos y el contraste entre la Dictadura y la II República) AUB, M. El laberinto mágico. Madrid: Alfaguara, 1978. (trilogía sobre la guerra civil compuesta por Campo Cerrado, Campo abierto y Campo de almendros AZAÑA, M. La velada en Benicarló. Diálogo de la Guerra de España. Madrid: Castalia, 1974. (reflexión de moral social sobre la guerra civil)
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218 
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