Los bucaneros de las Indias Occidentales en el siglo XVII / por C. H.

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LOS BUCANEROS
INDIAS
DE I~AS
OCCIDENTALES
EN
EL SIGLO XVII
POR
C. H. HARING
TRADUCCIÓN
«BOLETíN
ESPF,cIAL
DE
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DEL
INGLÉS
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l.a Cámara ,1•. Comercio rie Caracas ha
puhlicado ten su Boletín la Historia del Conwrcio de España y sus Colonias ,Iurante ,·1
reinado ,Il- los Hahshurgos,
dos estuùios
sobre la Hal'Ïelllla
Española,
lino sobr •. la
producción americana de oro}' plata en el
siglo XV] y estl' l~l)ro, ¡¡istoria
de lo,s
nucar.cro,; l'Il las Tslas Occid •.ntales, ohras
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versidad
,k Yak, traducid"s
la prim •.ra "
la última con notahl •. 'I<:ierto por el señor
I,eopoldo l,an,laeta.
El señor lIaring, escritor de estilo rico,
conciso y ,·igoroso, ha estudiado a fon,lo "1
com"rio l'olonial ,le España,
así como la
orgauización fiscal <1" la monarquía,
DOUlllo
de un gran sentido
histórico,
ha sabid"
eXp011l'r el aspecto,
quil"í.s más important"
,le nuestra historia,
hasta ahora poco 1'0noci,lo.
Los Bucan •.ros Se ,Iesarrollaron,
llegan,lo
a ser una potencia
temible
para España,
por la ayuda qu" prestaron
a las naciolles
que luchaban por Ulla participacicín
en el
comercio de América, lIlo11opolil-ado por Ja
lILadre l'atria.
Desde est •. punto de vista,
los Bucaneros fueron los precursores
de los
corsarios que en el mar de las Antillas,
,In'
rante la gu,'rra ,le nuestra
Indepenùencia,
auxiliaron a Bolívar en sus luchas de VI'Tlt·mda y conquista ,le Cuayana,
base de las
empresas que 10 condujeron
a redimir
gran
parte del Continente,
La Cámara de ConwrcÎo l'onsidera
útil a
la cultura dl' los países americanos
ùe habla
española la difusi(m de las ohras del señor
Baring-,
VICE;>iTF.
I.•.
ECU;>iA,
PREFACIO
El lector moderno está bien enterado de los
hechos principales relativos a las hazañas de los bucaneros británicos y franceses del siglo XVlI en las
Indias Occidentales. Los jesuitas franceses, historiadores
de las Antillas. nos han dejado muchos pormenores
interesantes sobre el género de vida que llevaban
aquéllos. y la historia de los filibusteros escrita por
Exquemelin ha sido reimpresa numerosas veces, tanto
en Francia como en Inglaterra. Fundadas en estas
antiguas narraciones contemporáneas han aparecido
con asombrosa regularidad modernos relatos entre los
cuales existen algunos que presumen ser historias verídicas, mientras otros adoptan el carácter más popular
y ameno de la novela.
Todos se asemejan, sin embargo, en la de circunscribirse en punto de informaci6n a lo que casi puede llamarse fuentes tradicionales: Exquemelin, los jesuitas y acaso unos cuantos
relatos semejantes a los de Dampier y Wafer. Podría
considerarse algo infructuosa la empresa de escribir
otra historia de estos corsarios o piratas. nombre que
por desdicha merecieron más de una vez, tarea s610
justificada por la circunstancia de que existen numerosos documentos concernientes al asunto y hasta ahora
desconocidos del todo. Exquemelin ha sido reimpreso.
narrada de nuevo la historia de los bucaneros. mas
escritor alguno. fuese editor o histori6grafo, ha tratado
-2de someter a prueba la veracidad de las antiguas
leyendas. compulsándolas con estas otras fuentes, ni
de establecer la relación entre los bucaneros y la historia de las colonias británicas en las Indias Occiden·
tales. Así, el objeto del presente volumen consiste no
sólo en hacer una nll'l'ración de las hazañas más brillantes de estos ladrones marítimos, ajustada a fuentes
asequibles y auténticas en alto grado, sino-propósito
de mayor interés e importancia-en
exponer el sistema
que seguían con ellos los gobiernos de Francia e
Inglaterra.
Los «Bucaneros en las Indias Occidentales» constituyó una tesis presentada en mayo de 1909 a la Facultad de Historia Moderna en la Universidad de
Oxford para la opción al grado de Bachiller en Filosofía. Fué escrito bajo la dirección de C. H. Firth,
Profesor Regio de Historia Moderna en Oxford, a quien
el autor debe eterna gratitud por su constante ayuda y
estímulo durante la preparación de la obra.
C. H. H.
Oxíord. 1910.
CAPITULO
I
INTRODUCCIÓN
l.-EL
SISTEMA
COLONIAL
ESPAÑOL
Por los días del descubrimiento
de América, según la ha observado Leroy-Beaulieu,
los españoles
eran acaso menos aptos que cualquiera otra nación
de la Europa occidental para emprender
la colonización del Nuevo Mundo.
Sea cual haya sido el rôle
político impuesto a ellos en el siglo XVI por los enlaces con los Habsburgos.
y digan lo que digan ciertos
historiadores sobre la grandeza y nobleza del carácter
nacional hispano, España no era entonces ni rica, ni
populosa. ni laboriosa.
Por siglos se había visto obli·
gada a mantener guerra contínua contra el moro, y
durante este período no sólo tuvo poco vagar para el
cultivo de las artes de la paz, sino que hubo de adquirir el desdén por el trabajo manual que contribuyó a
moldear su administración colonial e influyó luego en
toda su historia. Y cuando el remate de la última de
estas guerras la hizo dueña de una España unida y el
beneficio de sus propios recursos parecía requerir todas las energías que ella pudiese desarrollar,
le fué
deparado todo un nuevo hemisferio, que para poseerlo
y poblarlo, le adjudicó una bula pontificia. Ya debilitada por la expulsión de la parte más sobria y ¡aborio-
-4sa de su población. los judíos;
tica extranjera para la cual no
inclinación. y estableciendo
en
nómica casi epiléptica en sus
siparse sus fuerzas y descendió
tado de impotencia económica
arrastrada
a una polítenía los recursos ni la
casa una política ecoconsecuencias.
vió digradualmente
a un esy política.
Cristóbal Colón. marino genovés al servicio de la
Corona de Castilla, quien se proponía encontrar por
occidente una ruta marítima hacia la India y especialmente hacia Zipango (Japón), la tierra mágica descrita
por el viajero veneciano Marco Polo, desembarcó el 12
de octubre de ·1492 en Guanahani,
una de las islas
Bahamas. Desde Guanahani pasó a otras islas del propio grupo y de ellas a la Española. Tortuga y Cuba.
Habiendo regresado a España en marzo de 1493, se
dió de nuevo a la vela en setiembre del mismo año
con diecisiete bajeles y 1.500 personas, pero navegando esta vez más hacia el sur, vló a Puerto Rico y
algunas de las Pequeñas Antillas, fundó una colonia en
la Española y descubrió a Jamaica en 1494. En su
tercer viaje de 1498 descubrió a Trinidad y costeó las
playas de Sur América desde el río Orinoco a la isla de
Margarita. Tras un cuarto y último viaje en 1502-04,
Colón murió en Valladolid en 1506, firmemente convencido de que había descubierto una porción del Continente asiático.
Descubierto así todo el círculo de las Antillas antes de concluir el siglo XV, los españoles avanzaron
hacia tierra firme. Mientras Ojeda, Vespucci, Pinzón y
Solís exploraban
la costa oriental desde La Plata a
Yucatán, Ponce de León descubría la Florida en 1512
y Vasco Núñez de Balboa columbraba el Océano Pacífico desde las alturas del Darién, revelando por primera vez la existencia de un nuevo continente.
En
1520 Magallanes penetró en el Pacífico por el Estrecho que lleva su nombre, y un año más tarde fué
muerto en una de las islas Filipinas. En los treinta años
siguientes, Cortés conquistaba el reino de Montezuma,
y Pizarro el imperio del Perú; y así en el lapso de
dos generaciones todas las Indias Occidentales. Norte
América hasta California y las Carolinas, toda Sur Amé-
-5
rica, excepto el Brasil, dado a los portugueses por el
error de Cabral, y en Oriente las Islas Filipinas y
Nueva Guinea cayeron bajo el dominio de la Corona
de Castílla.
Fernando e Isabel habían consultado en 1493 con
diversas personas de saber eminente para averiguar si
era necesario obtener la investidura del Papa sobre
las posesiones recién descubiertas,
y todas opinaron
que semejante formalidad era innecesaria (1). Sin embargo, el 3 de mayo de 1493 el Papa Alejandro VI
expidió una bula que dividía entre España y Portugal,
mediante una línea meridiana situada 100 leguas al
oeste de las Azore::. 0 d¡; Cabo Verr\l!, la soheranía
de
aquellas partes del mundo; no poseídas por ningún
príncipe cristiano.
Escritores españoles dieron más tarde mucha importancia a esta donación pontificia. bien
que, cual la nota Georges Scelle (2) es posible que
esa bula no fuese un documento de adjudicación
para
investir a España con la propiedad de América, sino
un acto de jurisdicción eclesiástica que le acordaba,
en virtud de sus derechos adquiridos y probado catolicismo, un monopolio, como quien dice, para la propagación de la fe. Por aquel entonces ni los príncipes
católicos acostumbraban
ya solicitar la sanción del
Papa cuando haclan una nueva conquista, y ciertamente en la esfera del derecho público no se consideraba que el Papa tuviese jurisdicción temporal sobre
el mundo entero.
Intervenía en asuntos temporales
cuando de modo directo ejercían influencia en los
asuntos espirituales,
de lo cual era ejemplo la propagación de la fe. Como el compromiso entre España y
Portugal era muy vago, a causa de la diferencia de
longitud de las Azores y Cabo Verde. se firmó otra
acta el 7 de junio de 1494 que situó la línea de demarcación 270 leguas más al oeste.
Por su aspecto social y administrativo,
zación de las Indias españolas
presenta
(1) Herrera: Dêcadas II. l, p.4,
Nêgriere.,
1. p. 6. Nota 2.
(2)
SCC!lle,op. cit., 1. pp.6-9.
la coloniun curioso
citado en Scelle: 'La Traite
-6contraste.
Por una parte, vemos a la Corona española
con grandes ideales de orden y justicia, de unidad po·
Iítica y religiosa, extendiendo a las posesiones ultramarinas su fe, su idioma, sus leyes y su administración; proveyendo al bienestar de los aborígenes
con
paternal solicitud; tratando de restringir y atemperar las
pasiones de los conquistadores;
erigiendo templos y
fundando escuelas y monasterios; en suma, procurando
hacer de sus colonias una parte integrante de la monarquía española, ~une société vieille dans une contrée
neuve».
En verdad, algunos escritores españoles han
exagerado las virtude.s de su antiguo sistema colonial,
pero con todo aquel sistema poseia bondades que no
nos es dado desdei'iar.
Si los reyes españoles no hubiesen encambronado
su gobierno con dilaciones y
rutina; si s610 hubiesen tomado algo menos en serio su
tarea y no tratado de aplicar con demasiada justeza a
un continente vacío la paternal administración
de un
antiguo país, nos habría sido dado presenciar el desarrollo y funcionamiento de un sistema colonial de
gobierno tan completo y benigno como se ha ideado en
épocas modernas.
La iniciativa pública del gobierno
español y el cuidado con que seleccionaba a sus colonos, contrasta de modo muy favorable con el oportunismo de ingleses y franceses, que colonizaban mediante
acción fortuita y privada y enviaban los peores elementos
de su población, criminales y vagabundos. a poblar sus
nuevos establecimientos de ultramar.
Por mucho que
condenemos el trato que a los indios daban los COllquistadores, no hay que echar en olvido que la mayor
parte de la población de Hispanoamérica
es todavía
indiana y que ningún otro pueblo colonizador ha logrado, como el español, asimilar y civilizar a los naturales.
El cuerpo de leyes que los españoles desenvolvieron
de modo gradual para regir sus provincias ultramarinas
fué, a pesar de defectos sólo visibles a la prolongada
experiencia del día, uno de los más sabios, más humanos y mejor coordinados de los publicados hasta ahora
para cualquier colonia.
Aunque los españoles tenían
que habérselas con una numerosa población de bárbaros indígenas, la palabra «conquista» fué suprimida de
la legislación como malsonante,
«porque la paz debe
-
7 --
sellarse, decían ellos, no con el ruido de las armas
sino con caridad y buena voluntad,. (1).
Sin embargo, los resultados efectivos de la policía
social de los reyes españoles estuvieron muy a la zaga
de los ideales que ellos se habían trazado.
El espíritu
monárquico de la Corona era tan poderoso que ahogaba toda tendencia saludable y expansiva en las nuevas
comarcas.
Agobiaba las colonias con una nobleza numerosa y privilegiada que por su mayor parte se congregaba en las grandes ciudades y daba al resto de los
colonos un pernicioso ejemplo de holganza y lujo.
En su celo por la propagación de la fe, la Corona instituyó una iglesia poderosamente dolaùGt que :;¡ prestó
espléndidos servicios en la conversi6n y civilizaci6n de
los naturales, monopoliz6 mucha parte de la tierra en
manos muertas, y llenó al Nuevo Mundo con miles de
frailes perezosos, improductivos y a menudo licenciosos.
Obedeciendo a una desconfianza y temor innatos de la
iniciativa individual, di6 omnipotencia virtual a los
funcionarios reales y excluyó a todos los criollos de
los empleos públicos.
En esta forma fué trasplantado
a América el abrumador absolutismo político y eclesiástico de la Madre Patria.
No se permiti6 que se
desarrollaran entre los criollos la confianza en sí mismo, la independencia de ideas y de acción, pero se
estimularon sus divisiones y facciones y se restringieron
los centros de educación, por donde españoles y americanos cayeron gradualmente en la pereza y el letargo,
indiferentes a todo, salvo pueriles distinciones y rivalidades lugareñas.
Para empeorar las cosas, muchos
españoles que atravesaban los mares no iban a colonizar ni a comerciar ni a cultivar el suelo, sino a extraer de los naturales un tributo de oro y plata.
Los
indios, antes que ser protegidos y civilizados, muy a
menudo eran reducidos a servidumbre
y sometidos a
una labor rutinaria para la cual no poseían aptitud ni
energía, en tanto que el gobierno de la metrópoli se
(1) Por Cllllnto las pacificaciones no se han de hacer con ruido
de armas, sino con caridad y buen modo •. -Recop.
de leyes ... de
las Indias, lib. VII, tito 1.
-8hallaba a mucha distancia para intervenir a favor de
ellos. Arreados por crueles capataces morían a millares de agotamiento y desesperación
y en ciertos
sitios desaparecieron del todo.
Mas aún, en los siglos XVI y XVII la Corona de
Castilla trató de extender el comercio. español y de monopolizar todos los tesoros de las Indias mediante un
rígido y complicado sistema comercial; pero al cabo vio
pasar el tráfico del Nuevo Mundo a manos de sus ri·
vales; su propia marina reducida a una sombra de su
antiguo poderío. con tripulaciones}' barcos suministrados por mercaderes de tierras extranjeras,
y sus ri·
quezas desviadas en la propia fuente.
El sistema comercial español se fundaba en dos
principios diferentes.
Uno, el de exclusivismo, según
el cual todo el comercio de las colonias debía reser·
varse a la Madre Patria.
Por su parte, España se pro·
puso abastecer
las colonias de todo la que requerían.
embarcándolo en barcos españoles; las colonias no debfan producir sino materias primas y artículos que no
compitiesen con los productos de la Península por ¡os
cuales debían ser trocados.
El segundo principio consistía en la doctrina mercantilista que. considerando como única riqueza los metales preciosos, que sólo consti·
tuyen un símbolo suyo. estableció que por todos los
medios posibles. la moneda debía ser importada y atesorada, pero nunca exportada (1). Esta última teoría.
cuya falsedad ha sido demostrada hace tiempo. condujo
al empeño que pusieron los Habsburgos españoles en
conservar la riqueza de la Nación. no por el estímulo
de las industrias, sino por el aumento y complejidad de
las contribuciones.
Semejante doctrina, adoptada por
un país improductivo que no estaba en aptitud de Ile·
nar su parte en el concierto colonial, produjo las consecuencias más desastrosas.
Mientras la Corona española tendía a concentrar y
monopolizar
comercio colonial, la prosperidad de la
misma España iba minándose lentamente a causa de
estas erróneas teorías económicas.
Debido a la falta
su
(1) Scelle, op. cit.!. p. 35.
-9de trabajadores. al aumento de las gabelas y al preJuIcio contra las artes mecánicas, la industria se arruinaba. en tanto que la creciente
despoblación del reino,
las manos muertas sobre tierras eclesiásticas,
los mayorazgos de la nobleza y los privilegios de la Mesta
hacían decaer rápidamente la agricultura.
En consecuencia. los españoles no podían exportar los productos
de su manufactura a las colonias, porque carecían de
la suficiente para atender a sus propias necesidades.
Para remediar esta deficiencia, sus mercaderes se vieron en el caso de recurrir a los extranjeros, a quienes
prp.staban ~us nombres con el objeto de eludir una ley
que vedaba el comercio entre
colo;;ías ~. ("omer<:iantes de otras naciones.
En cambio de los artículos
manufacturados
de los ingleses, franceses y holandeses, y de las grandes ciudades mercantiles, tales como Génova y Hamburgo, se veían obligados a dar su
propia materia prima y los productos de las Indias:
lana, sedas, vinos y frutas secas, cochinilla, maderas
de tinte, índigo, pieles, y finalmente lingotes de oro y
plata. Así el comercio en España se convirtió con el
tiempo en una simple máquina pasiva.
Ya en 1545
se había hecho imposible proveer en menos de seis
años las mercancías pedidas por los comerciantes
de
la América española.
Y a fines del siglo XVII, los
extranjeros
suministraban
las cinco sextas partes de
las manufacturas consumidas en la propia España, y
representaban nueve décimas de aquel comercio americano que los españoles habian pensado monopolizar
con tanto celo (1).
j""
(1) Weiss; .r;Espagne
depuis Pbillippe Il, jusqu'aux Hour·
bonso, Il, pp. 204 y 215. Hasta 1722 no fuê sancionada legislativa.
mente semejan te práctica.
M. Lemmonet escribía a Colbert en 1670 con relación a este
comercio: .Quelque perquisition qu 'on ait faite dans ce dernier
temps allx Indes pour dêcouvr;r les biens des François, ils ont
plustot sollffert la prisoll que de riell dêclarer .... toutes les merchandise, qu'on leur donne à porter aux Indes SOllt chargêes sous
le nom d'Rspagnols. que bien souvent n'en ont pas connaissance,
ne jugeant pas à propo6 de leur en parler, a fin pe tenir lesaffaires
plus secrètes et qU'il n'y ait que le commissionaire à le savoir, lequel en relld compte à SOliretour des rndes, directement
à celui
10 El rasgo más saliente de la política económica
española en las colonias era su negligencia. Tras la
conquista del nuevo Mundo convenía a los españoles
qui en a donne la cargaison en confiance ••ans avoir nul egard pour
ceux au nom desquels le chargement à été fait, et lor.que ces commissionaires reviennent des Indes ~oit sur les flottes galions 011
navires particulières, ils apportent leur argent dans leurs coffres, la
pluspart entre pont et sans connoissenlent .• (Margry: Relations et
mémoires inédits pour servir á l'histoire de la France dans les pays
d'outremer, p.185).
Hvidente es la importancia que tenia para las Potencias maritimas la conservación y protección de este comercio clandestino sobre todg porque el gobierno español la t:onsideraba con
frecuencia como un campo propicio para ejercer represalias sobre
las naciones contra las cuales abrigaba algún resentimiento.
Para
ello bastaba el secuestro de buques y mercaderias de comerciantes pertenecientes a la nación a quien deseaba herir. Así ocurrió
a menudo durante el siglo XVlI. ¡¡;n 1601, Lerma arrestó a los
comerciantes franceses que se hallaban en España, para vengarse
de Enrique IV. En 1624, Olivares embargó 160 buques holandeses. tas mercaderías de los mercadanles genoveses fueron secnestradas en 1644por Felipe IV; y en 1684 se volvieron a embargar mercaderias francesas y se multó en 500.000e!ICudos a 1011
comerciantes mexicanos cuyos almacenes contenían tales artículos, aunque los propios almacenes contenían efectos ingleses y
holandeses a los cuales se dejó pasar inadvertidas.
La multa fué
reintegrada
más tarde ante la amenaza de bombardear Il Cádiz
hecha por el almirante d·Estr~es. La solicitnd del gobierno fran~('s por este comercio se manifiesta en una carta de Colbert al
marqués de Villars, Hmb3jador en Madrid, fechada el 5 de febrero de 1672: .Il est tellement nt'cessaíre d'avoir soin d'assister
les particuliers qui font lenr trafflc en Espagne, pour mantenir
le plus important commerce que nous ayons, que je snis persuadé
que vallS ferez toutes les instances qui pOllrront dépendre de
vous
en sorte que, cette protection produira des avantages.
considérables au commerce des sujets de Sa Majest~. (ibid., p. 188).
Cf. también las instrucciones de Luis XIV al conde d'Estrées,
19 de abril de 1680. El almirante francés debía visitar toclos los
puertos de los españoles en las Indias Occidentales, especialmente
Cartagena y Santo Domingo, y mantenerse siempre al corriente
de la situación y ventajas de esos puertos, y de las facilidades
y estorbos
que podían encontrarse caso de lin ataque cOlltra
ellos; a fin de que los españoles comprendieran
que si dejaban
de hacer justicia a los comerciantes franceses cllando regresasen
los galeones, Su Majestad estaba siempre Iisla para obligarlos a
ello. bien atacando aquellos galeones, o bien captllrando lino de
sus puertos en las Indias Occidelltales (¡bid.).
-11-
rescatar gradualmente a los indios de la barbarie, enseMndoles
las artes y ciencias de Europa; estimular
aquellas industrias apropiadas al suelo y abastecer a
las nacientes colonias con aquellos artículos que no
podían producir y que les eran necesarios.
Solo así
podían justificar su monopolio de los mercados de la
América española, reparo que podría aplicarse también
a cualquier otra nación que adoptase el sistema exclusivista. Deseando implantar esta política. la reina Isabel
introdujo en las islas recién descubiertas
el cultivo
del trigo, la oliva y la viña y aclimató muchos animales domésticos de Europa (1); mas por desgracia
sus esfuerzM no fueron secundados por sus sucesores
ni por los españoles que se trasladaron
a las Indias.
Con el tiempo, el mismo gobierno, así como los colonos, se cuidaron menos de los productos agrícolas de
las Indias que de los metales preciosos. A los naturales se les hacía labrar las minas, mientras se descuidaban muchas comarcas apropiadas a la agricultura: Guayana, Caracas y Buenos Aires, y era lenta la
población de las colonias por europeos. Poco hizo el
Emperador Carlos V para contrariar semejante inclinación, y más bien siguió la corriente.
La inmigración
fué restringida para librar a las colonias del contagio
de la herejía y de los extranjeros.
La población española se concentró en las ciudades, y el territorio fué
dividido en grandes porciones concedidas por la Corona a las familias de los conquistadores a a favoritos
de la corte. Las inmensas comarcas del Perú, Buenos
Aires y México fueron sometidas a las reglas más injustas
y arbitrarias,
sin más propósito que el de ahogar la
industria naciente y colocarla bajo la absoluta dependencia de la metrópoli. Se prohibió ejercer las profesiones de tintorera, batanero, tejedor, zapatero a sombrerero y los naturales se vieron compelidos a comprar
de los españoles aun las telas que llevaban encima.
Otra ordenanza prohibía el cultivo de la vid y de la
oliva, excepto en el Perú y Chile, pero aun estas mismas provincias no podían enviar su vino y aceite a
(1 J
Weiss, op. cit., II. p. 205.
-
12 -
Panamá, Guatemala, ni a ninguna plaza que pudiese
ser abastecida por España (1). Para mantener el monopolio comercial, se redujeron a unos pocos, muy
distanciados, los puertos habilitados para la importación en Hispano-América: para México. Veracruz; para
Nueva Granada, la ciudad de Cartagena.
Las islas y
la mayor parte de las otras provincias eran abastecidas por inseguros «barcos de registro,.. mientras Perú
y Chile. que veían prohibido todo comercio directo por
el Pacífico a Mar del Sur. estaban obligados a acudir
a la malsana ciudad de Portobelo. donde la mortandad era enorme y los precios aumentaban
en un
diez tanto.
En España el comercio colonial se hallaba asímismo confinado a un puerto: Sevilla; porque la coro·
na estimaba mucho más importante impedir que se la
defraudase de sus derechos de importación y exporta·
ción que permitir el desarrollo natural del comercio
por aquellas ciudades rnás aptas para ejercerlo.
Otro
motivo. acaso previo. que militó a favor de Sevilla para que se la escogiese como puerto de comercio americano, consistía en que las Indias eran consideradas
como propip.dad exclusiva de la corona de CasUlla. y
Sevilla constituía entonces la primera ciudad mercantil de aquel reino, bien que no fuese un puerto apropiado para beneficiario
con tan alto privilegio. Sólo
barcos de menos de 200 toneladas podían atravesar la
barra de San Lúcar, por manera que había que trasbordar los cargamentos. inconveniente que se hizo sentir en breve cuando creció el comercio y aumentó
el tonelaje de los navíos (2). Sin embargo. bastaba
para vencer toda oposición el hecho de que residía
en Sevilla la corporación oficial llamada Casa de Contratación, junto con los inveterados intereses de comerciantes cuya prosperidad dependía de que se conservase a aquella ciudad como puerto único para el comercio indiano. Las ciudades marítimas de Galicia y
(1)
lbid.,
Il. p. 206.
(2) Oppenheim: Las correrfa. navales
Vol. II. Apéndice B. p. 316.
de Sir Wm. Mon!on.
-
13-
Asturias, habitadas por mejores marinos y razas más
potentes, protestaban a menudo y a las veces lograban
obtener exigua parte del lucrativo tráfico (1). Pero
Sevilla retuvo su primacía hasta 1711, año en que la
Contratación fué trasladada a Cádiz.
La administración
de los complejos reglamentos
que regían el comercio entre España y sus colonias
fué encomendada a dos instituciones
establecidas
en
Sevilla: la Casa de Contratación, mencionada arriba, y
el Consulado. La Casa de Contratación, fundada por real
decreto tan a los principios como en 1503, era conjuntamente un tribunal y una casa de comercio. Nada podía
ser enviaoo a las Indias sin ~u CO¡¡;;L:lît;::;fer.!0; !l~da
podía traerse en retorno y desembarcarse,
bien por
cuenta de los mercaderes, o bien por cuenta del mismo Rey, sin su autorización. Recibía todas las rentas
procedentes de las Indias, no sólo por contribuciones
sobre el comercio, sino también todas las remitidas por
los funcionarios coloniales. A guisa de cuerpo consultivo poseía el derecho de proponer directamente
al
monarca cuanto juzgase necesario para e\ desarrollo y
organización del comercio americano; y como tribunal
poseía competencia absoluta sobre todos los delitos de
derecho común y sobre todas las infracciones de las
ordenanzas que regulaban el tráfico de las Indias, con
exclusión de todo tribunal ordinario.
Su jurisdicción
(1) Debido a Ins rlific\lltaJes que se experimentaban
para suoir el Guadalquivir,
se permiti6 en 1509 que los buques cargasen
y practicaran
su registro en Cádiz. bajo la vigilancia de un visi.
tador, y desde entonces el comercio y la navegaci6n tendieron
más y más a gravitar sobre .quel puerto. Despuês de 1529 y para facilitar la emigración a Amêrica, se permitió que los buques
zarparan de alRunos otros puertos, especialmente San Sebastián,
3ilbao, Coruña, Cartagena y Málaga, Lo, buques podian hacer
su registro en estos puertos, pero siempre con la obligación de
tocar ell Sevilla al tornaviaje.
1\1as, o la cédula fué revocada, o
nunca tuvo aplicaci6n, porque, según Scelle, 110 hay ejemplos
de buques que saliesen para América desde aquellas ciudarles,
l.as otras únÎr.as excepciùnes se hicieron en 1728 a favor de la
Compañia Guipuzcoana, para que pudiera enviar b'\ques de San
Sebastián a l.a Guaira, y de la Compañía de Galicia para enviar
dos bajele. anuale,; a Campeche y Veracruz. (Scelle, op, cit.,
1. p. 48-49 Y uotas).
-14comenzaba en el momento en que se embarcaban los
pasajeros y tripulaciones y las mercancías eran puestas
a bordo y sólo concluía al cabo del tornaviaje y del
desembarco (1) .. La jurisdicción civil de la Casa era
mucho más
restringida. y las disputas
de puro
carácter comercial entre los mercaderes se reservaban
al Consulado, tribunal de comercio elegido enteramente por los mismos comerciantes. En ciertos casos podía
apelarse al Consejo de las Indias (2).
El primer medio adoptado por las naciones marítimas septentrionales
con' el objeto de adquirir una
parte de las riquezas del Nuevo Mundo. consistió en
un ataque abierto y semiplrático sobre los bajeles espafioles que regresaban de aquellos remotos Dorados.
El éxito de los corsarlos normandos
y bretones. porque fueron los franceses y no los ingleses quienes iniciaron el juego. impuso gradualmente a los españoles.
como medida protectora. el establecimiento
de grandes
flotas mercantes a largos intervalos y acompañadas de
poderosos convoyes. Durante la primera mitad del siglo XVI se le permitía zarpar solo en cualquier época
del año a todo barco que hubiese llenado las condiciones requeridas para emprender el comercio americano.
Pero alrededor de 1526 se les ordenó a los buques
mercantes que se diesen juntos a la vela y por una
cédula de julio de 1561 se hizo permanente y obligatorio el sistema de flotas. Aquella disposición prohIbía
que buque alguno zarpase solo para América desde
Cádlz a San Lúear, so pena de comiso del buque y
del cargamento (3); cada año se organizaban dos flotas. una para Tierra Firme, que iba a Cartagena y
Portobelo, y la otra para el puerto de San Juan de
(1)
Scelle,
op. cit., 1. p. :\6 y sigts.
(2) Carlos V, contra el parecer de la Contrataci6n, orden6
en noviembre de 1530 al Consejo de las Indias que nombrase un
juez residente ~n Cádiz para reemplazar allí a los funcionarios de
la Casa. Esta Institución, llamada Juzgado de Indias, fué, hasta
el traslado de la Casa eu 1717, fuente constante de disputas y violencias.
(3) Scelle, op. t'it.,
ñola, 1. p. 204.
1. p. 52 Y nola; Duro:
Armada
Espa.
-
15-
UIloa, Veracruz en Nueva España. Esta última, llamada la Flota, estaba a las órdenes de un almirante y
zarpaba hacia México al principio del verano con el
objeto de evadir la temporada de huracanes
y los nortes del Golfo de México.
A la primera se acostumbraba
designarla con el
nombre de los Galeones, era mandada por un general
y salía de España a comienzos del año, entre enero y
marzo. Si zarpaba en marzo, lnvernaba comúnmente
en la Habana para regresar con la flota a la primavera
siguiente.
Ambas flotas partían juntas a veces y se
separaban en Guadalupe,
Deseada u otra de las islas
de Sotavento
(1).
Los galeones constaban por la general de cinco a
ocho barcos de guerra, armados con cuarenta a cincuenta cañones, junto con varias embarcaciones
más
pequeñas y rápidas, llamadas pataches, y una flota de
buques mercantes cuyo número variaba en diferentes
años.
En época de Felipe II solían llegar a cuarenta
los barcos que tocaban en Cartagena y Portobelo, pero
en los reinados subsecuentes,
aunque la población de
las Indias iba en rápido aumento, el comercio americano se redujo de modo lan lastimoso que bastaban
ocho a diez para todo el tráfico de Sur y Centro América. A su partida, el general de los galeones recibía
del Consejo de las Indias tres paquetes sellados.
El
primero, abiÚto en Canarias. contenía el nombre de la
isla de las Indias Occidentales. en que la flota debía
surgir antes que en cualquier otro punto.
El segundo,
cuyos sellos se rompían después que los galeones llegaban a Cartagena, contenía instrucciones para el regreso de la flota el mismo año a para invemar en
América.
En el tercero, no abierto hasta que la flota
había salido del Canal de Bahama en su tornaviaje se
daban órdenes relativas a la ruta, vía de Azores, y a
(1~ La dif~r~nciaci6n
~utre la flota para Nueva España y los
~aleones ~nviados a Tierra Fitm~ sólo com~nz6 con ~llllbor~o de
laa grande~ minas de plata del Potosí, cUJo abunùant~ r~ndiUli~nto
de5pu~s d~ 1557 hizo conveniente una flota ~~pecial para Cartag~na
y Nombr~ d~ Dios.
(Opp~l\heil1l. II. Ap~\Idice B" p. 322).
-
16 --
las islas en que podían tocar de paso, usualmente
vo, Flores o Santa María. (1).
Cor-
La carrera de los galeones desde San Lúcar seguía
la dirección suroeste hasta Tenerife en la costa africana
y de allí a la gr'!n Canaria con el objeto de allegar
provisiones; en conjunto ocho días de viaje.
Desde
Canarias, uno de los pataches zarpaba solo hacia Cartagena y Portobelo. con cartas y balijas de la corte y
el anuncio de la aproximación de la flota. Caso de que
ambas flotas se diesen juntas a la vela, na'legaban con
rumbo suroeste desde Canarias hasta cerca de la latitud
de Deseada,
a sea 15'30" y entonces aprovechando
los vientos alisios continuaban
al oeste, cambiando
raras veces de orientación hasta que Deseada u otras
de las Indias Occidentales se hallaban a la vista. Desde
Deseada, los galeones seguían el fácil rumbo de Cabo
de la Vela y de allí a Cartagena.
Sin embargo, cuando
los galeones z~rpaban solos de España entraban en el
Mar Caribe por el Canal existente entre Tobago y Trinidad, llamado después Pasaje de los Galeones. Frente
a Margarita se desprendía de la flota un segundo patache para visitar la isla y recoger las rentas reales,
aunque después de agotadas las perlas la isla perdió
casi toda su importancia.
Así como la flota penetraba
en regiones más seguras, también se destacaban durante
la noche buques mercantes destinados a descargar y
comprar en las costas por donde iban pasando, los cuales se dirigían a La Guaira, Santa Marta o Maracaibo
para recoger plata, cochinilla, pieles y cacao. Mientras
tanto, el patache de Margarita se había dado a la vela
para Cumaná y La Guaira para embarcar allí el tesoro
del Rey, pagado por su mayor parte en cacao. moneda
efectiva del país, y desde allí se dirigía a Cartagena
para reunirse con los galeones
(2).
La flota llegaba de ordinario a Cartagena como
dos meses después de su salida de Cádiz. A su arribo,
(1) Memoria de Duhalde y Rochefort
16lS0. (Margry, op. cit., p. 192 Y sigs.)
(2) Memoria de Duhalde y Rochefort
1680. (Margry, op. cit., p. 192 Y sig").
al Rey de
al
Francia,
Rey <le Francia,
-
17-
el general enviaba la noticia a Portobelo, junto con las
balijas destinadas al Virrey de Lima. De Portobelo salía
a través del istmo un mensajero para el Presidente de
Panamá, quien divulgaba la nueva entre los comerciantes de su jurisdicción, y al propio tiempo enviaba
un bote correo a Paita, en el Perú.
En tanto el general de los galeones enviaba también un correo por
tierra a Lima y otro a Santa Fe, capital de la provincia
interna de Nueva Granada, desde donde se trasmitía la
noticia de su llegada por medio de postas a Popayán,
Antioquia,
Mariquita y otros distritos contiguos (1).
Los galeones sólo debían permanecer un mes en Carlayell", dê ¡;,¡; •• crd: ::::; las ;"slrl1~r.iones rer.ibidas. pero
por lo general las dádivas de los mercaderes los inducían a permanecer al ancla por cincuenta o sesenta
días. A Cartagena iban el oro y las esmeraldas de
Nueva Granada, las perlas de Margarita y Rancherías,
y el añil, tabaco, cacao y otros productos de la costa
venezolana.
Los comerciantes de Guatemala embarcaban también sus productos hacia Cartagena por vía
del Lago de Nicaragua
y del río San Juan, porque
temían expedirlos a través del Golfo de Honduras hacia
la Habana. a causa de los bucaneros ingleses y fran·
ceses que merodeaban
alrededor del Cabo de San
Antonio (2).
Mientras tanto, al recibir sus cartas el Virrey de
Lima libraba órdenes para que la Armada del Mar
del Sur se aprestase a zarpar.
También las enviaban
de Chile, por el sur, y a Quito desde Las Charcas, a
través de la provincia del Perú, para que remitiesen las
rentas del Rey a fin de embarcarlas en Panamá.
En
menos de quince días todo estaba listo. La Armada
salía del Callao con un tesoro abundante y tocando en
(1)
p. 200.
Scelle,
op.
cit.,
y
p.64;
Dampier:
Viajes, ed. 1906, i.
(2) Gage: 'Una nueva perspectiva de las Indias Occidentales",
ed. ]655, pp. 185-6. Mientras Gage estaba en Granada por febrero
de 1637 se recibieron órdenes estrictas de Guatemala para que los
buques no saliesen ese a;;o, porque el Presidente y la Audiencia
tenían informes de que al¡.(uno. harcos ingleses y hulandeses e,taban al acecho en la boca de] do.
2
18 Paita encontraba el Navío del Oro que conducía este
metal desde la provincia de Quito y distritos adyacentes.
Mientras los galeones se acercaban a Portobelo la Armada del Mar del Sur se presentaba
ante Panamá y
los comerciantes de Chile y el Perú comenzaban a
trasportar sus mercancías a lomo de mula a través de
las altas lomas del istmo (1).
Entonces comenzaba la famosa feria de Portobelo (2). La ciudad. cuya población fija era muy
escasa. y compuesta principalmente
de negros y mu·
latos, se veía llamada de pronto a hospedar una
enorme muchedumbre
de comerciantes,
soldados y
marineros.
Los alimentos y la habitación se obtenían
sólo a precios extraordinarios.
Cuando Tomás Gage
(1) Scelle, op. cit., i. pp. 64-5; Duhalde y Rochefort. Había
dos medios de enviar mercancías de Panamá a Portobelo. Uno era
un camino terrestre de 18 leguas que s6lo >e utilizaba en verano.
El otro, por tierra hasta Ver,ta Cruz, a 7 leguas de Panamá y de
allí por agua hasta la boca del río Chagras, durante un trayecto de
26 leguas. Cuando el río estaba llello el trállsito pocHa hacerse en
dos a tres días, pero en otro caso se requerían seis a doce. El
trasporte de mercancías del Chagras a Portobelo era asun la de solo
ocho a nueve horas. Esta vía se' utilizaba en invierno cuando los
caminos !le hacían intransitables por las grandes lluvias e inundaciones. El viaje terrestre, aunque mlis breve, era siempre mlis di·
fícil y costaBa. Las mercancías eran conducida~ en largas arrias de
mulas y las .llamadas carreteras eran meros caminos de herradura
entre pantilnos y maleza, sobre cerros y rocas, cortados
por ríos sin puentesy situados ell uno de los climas más mortiferos
del mundo.
Ante los consejos de España se present6 a melludo
el proyecto de abrir un canal por el istmo, pero nunca se puso
eu práctica.
(Descripción de Cartagena, Oppenheim. 1. p. 333.)
(2) Nombre
de Dios, a ullas cuantas leguas de Portobelo,
había sido antes el puerto donde los g~leones recibian el te80ro
traído de panamli, pero en 15lS4 arde liÓ el Rey de España que el
pueblo fuese abandonado a cansa de su insalubridad y del poco
abrigo que ofrecía el puerto a los buques. Gage dice que en su
tiempo l\'orubre de 'Dios estaba casi abandonado en razón de su
clirua. Dampier, que escribía treinta años ruás tarde, pintó el
sitio como \ln erial. .Nombre eJe Dios, dice, sólo es un nombre
ahora, pues habiendo desembarcado en la playa donde se alzaba
la ciudad, la hallé tan cubierta de maleza que no había indicios
de que alIí hubiese existido ciudad alguna. (Viajes, ec1. 1906, i.
p. 81).
-
19 -
visitó a Portobelo en 1637 tuvo que pagar 120 coronas por una quincena,
como alquiler de una pieza
muy pequeña y mal amueblada.
Los comerciantes
daban hasta 1.000 coronas por una tienda de modestas dimensiones para vender sus efectos. Debido al
apiñamiento de gentes, a la falta de higiene y a un
clima en extremo insalubre, el lugar se convirtió en
un sepulcro abierto para sepultar a todo el que tocara
allí. Durante los quince días que pasaron los galeones
en Portobelo en 1637, 500 hombres fueron víctimas
de las enfermedades.
Mientras tanto y día por día,
las arrias de mulas de Panamá
iban llegando a la
puLIC:ll.júlJ. Gage C0ij¡~ t.:;¿",¡ ~;1 ~L7i 200 !:cé~na~ '.:'arga·
das de lingotes de plata que eran descargados en
la plaza del mercado donde se les dejaba como montones de piedra en las calles, sin temor alguno de
que se perdieran (1). Los comerciantes practicaban
sus tratos, mientras se embarcaba en los galeones
el tesoro del Rey. Sin embargo, las transacciones
comerciales se practicaban con poca libertad, porque
los precios se fijaban y publicaban
de antemano,
de
modo que al comenzar las negociaciones el cambio
era puramente automático,
La feria, cuya presunta
duración era de cuarenta días, se cerraba por la general en diez a doce los últimos tiempos. A principios del siglo XVIII se computaba en treinta. a cuarenta millones de libras esterlinas el volumen de
negocios efectuados (2).
Habida consideración de los vientos del este reinantes en estas regiones y de los arrecifes, cayos y
bahías que se dilataban mar adentro desde ]a costa
de Mosquitos, los galeones, al dirigirse de Portobelo
a La Habana, daban primero la vuelta de Cartagena
a favor de la marea de la costa oriental, a fin de
enrumbarse bien a barlovento de Nicaragua antes de
emprender el tránsito por el Canal de Nicar'agua (3),
La tlota anclaba en Cartagena
por segunda vez du(1)
Gage, ed. 1655, pp. 196-8.
(2)
Scelle op. eit, p. 65.
(3)
Oppenheim,
ii, p. 338.
-
20-
rante diez o doce días y allí se le incorporaban
el
patache
de Margarita (1) y los buques mercantes
enviados a traficar en Tierra Firme. También desde
Cartagena el general enviaba partes a España y a
La Habana con informes sobre el estado de los bajeles, la situación del comercio, el día en que esperaba salir y el término probable del arribo (2), pues
cuando los galeones estaban en las Indias los españoles cerraban todos los puertos, temerosos de que
pudiesen propalarse y llegaran a noticia de sus enemigos interesantes informes sobre lasandanzas
de la
flota y el valor de su cargamento.
Desde Cartagena
el rumbo se dirigía al noroeste, pasando por Jamaica
y los Caimanes, hasta la Isla de Pinos, y de allí, rodeando los cabos Corrientes y San Antonio, a la Habana. Por lo común, la flota empleaba ocho días en
el viaje y llegaba a la Habana a fines del verano.
Aquí los galoenes eran reparados y avituallados
de
nuevo, embarcaban tabaco, azúcar y otras exportaciones cubanas y si no se les había ordenado regresar
con la Flota, zarpaban hacia España no más tarde que
a mediados de setiembre.
La ruta para España iba
de Cuba al Canal de las Bahamas, noresteando entre
los Cabos Virginios y las Bermudas hasta cerca del
380, a {in de recobrar los poderosos vientos septentrionales, y de allí por el este a las Azores. Los galeones
navegaban a veces por el sur de las Bermudas y entonces remontaban
lentamente
a mayores latitudes;
pero en este caso a perdían a menudo algunos barcos
en los bajíos de las Bermudas, o si suresteaban mucho para evadirlos se veían arrastrados de nuevo hacia
las Indias Occidentales y íracasaba todo el viaje (3).
El general recibía las primeras noticias de España
en las Azores y así quedaba en cuenta del puerto de
la costa de Europa a Afríca en que podía tocar tierra;
(l) Cuando el patache de ~fargarit" no lograba reunirse con
los galeones~en Cartagena, se le despachaba y permitía zarpar s610
bacia la Habana: presa tentadora para los bucaneros que merodeaban en aqudlos parajes.
(2)
Duhalde y Rochefort.
(3)
Rawl. M's5., A. 175,313 bj:Oppenheim,
iL p.338).
-
21 -
finalmente, a fines de octubre
viembre, echaba anclas en San
de Cádiz.
a a princIpios de noLúcar o en el puerto
La Flota, que en el siglo XVII constaba de dos
galeones de 800 a 900 toneladas y de 15 a 20 buques mercantes, salía comúnmente
de Cádiz entre
junio y julio e invernaba en América; pero si debía
regresar en setiembre con los galeones de la Habana
zarpaba hacia las Indias tan temprano como en abril.
El rumbo de España a las Indias era idéntico al de
las flotas de Tierra Firme. Sin embargo, desde Desea,1'1 o G\1'1oaluoe. la flota torcía
al noroeste. pasando
por Santa Cruz y Puerto Rico al norte y do ia ..•;,,~.1
de las isletas de Mona y Saona, apartándose
hasta
la Bahía de Neiba en la t::spañola donde los barcos
renovaban su provisión de leña yagua (1). Dándose
otra vez a la mar y rodeando a Beata y Alta Vela,
la flota pasaba en turno a la vista de Cabo Tiburó~,
Cabo de la Cruz, la [sla de Pinos y los Cabos C,Jrrientes y San Antonio al extremo oeste de Cuba. Entretanto algunos buques mercantes se desprendían uno
por uno, rumbo a Puerto Rico. Santo Domingo, Santiago de Cuba y aun hacia Trujillo y Cavallos en
Honduras. con órdenes de España para los gobernadores, y para cargar pieles, cacao, etc., y reincorporarse a la Flota en La Habana.
De Cabo de San Antonio a Veracruz existía una ruta exterior o de invie-r
no y una ruta interior, a de verano. La primera estaba
situada al noroeste entre los Alacranes y los Negrillos,
hasta la costa mexicana, como a diez y seis leguas al
norte de Veracruz, y de allí agua abajo con el viento hasta el deseado puerto. La ruta de verano estaba
mucho más próxima a la costa de Campeche; la flota
se abría paso por entre cayos y bajíos y llegaba a
Veracruz por un canal al sureste.
Si la Flota zarpaba de España en julio surgía
generalmente en Veracruz durante los primeros quince
(1) En esto sigo el :'155. citado por Oppenheim (H, pp. 335
Y sigs). HIl vez de hacer aguada en la ¡';spañola la Ilota se
detenía algunas veces en Dominica, o ~n Aguada, Puerto Rico.
-
22-
días de setiembre y los barcos eran desarmados al
punto hasta marzo, época en que las tripulaciones se
reunían para carenarlos y repararlos.
Caso de regresar el mismo año la Flota, las exportaciones de Nueva
España y provincias limítrofes, las mercaderías de China y las Filipinas acarreadas a través de México desde
el puerto de Acapulco, situado en el Pacífico, y los
diez a doce millones del tesoro del rey, eran embarcados de una vez y los buques partían con el objeto
de unirse a los galeones en la Hahana.
En caso contrario, la Flota zarpaba de Veracruz en abril y rumbo
fijo hacia sotavento de Cuba aprovechaba
los vientos
del norte más a menos hasta los 25°, luego ponía
proa hacia el sureste y llegaba a la Habana en dieciocho a veinte días. Por los primeros de junio estaba
lista para emprender viaje a España, adonde llegaba
a fines de julio, siguiendo la misma carrera de los
galeones (1).
Se piensa de ordinario que el tráfico español con
las Indias s610 se practicaba
en grandes flotas que
zarpaban anualmente de Sevilla a Cádiz a México y
al Itsmo de Darién. Sin embargo, siempre hubo excepciones a esta regla. Cuando, como ocurría a menudo,
la Flota no se daba a la vela, el Rey de España enviaba dos buques de 600 6 700 toneladas a Veracruz con el azogue necesario para las minas.
El me·
tal era dividido entre Nueva España y el Perú pJr el
Virrey de México, quien remitía por Guatemala la porción destinada al sur. Estos barcos llamados "azogues", conducían de 2.000 a 2.500 quintales (2) de
plata y a veces convoyaban seis a siete mercantes.
De tiempo en tiempo se le permitía a un barco suelto
zarpar de España para Caracas con licencia del Consejo de las Indias y de la Contratación,
pagando al
Rey un derecho de cinco ducados por tonelada.
Lo
llamaban "registro de Caracas", seguía el mismo rumbo que los galeones y regresaba
con una de las flotas
desde la Habana. Buques si milares traficaban con Ma(1)
Duhalde y Rochefort.
(2)
Quintal
de 100libras.
-
23-
racaibo, Puerto Rico y Santo Domingo. con Habana
y Matanzas en Cuba y con Trujillo y Campeche (1).
Además, siempre hubo un tráfico especial con Buenos Aires. puerto que se abri6 a comercio limitado de
negros en 1595. En 1602 se concedi6 permiso a los
habitantes de La Plata para exportar por seis años los
productos de sus tierras a otras posesiones españolas,
en cambio de artículos de que carecían; y cuando en
1616 los colonos pidieron una renovaci6n
indefinida
de este privilegio. apenas se les otorgó el flaco derecho de comerciar hasta por 100 toneladas cada tres
años. Andando el siglo, el Consejo de Indias exten-
.......
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CA.:.~~
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base el tráfico de los galeones
~1.1P'
nt')
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me110SCR-
(2).
Fué este comercio, expuesto por nosotros con
tanta amplitud, la que los bucaneros de las Indias
Occidentales en el siglo XVI[ llegaron a considerar
como su legítima presa. Estos corsarios luteranos. como los españoles los llamaban a veces, se convirtieron en pesadilla de los marinos hispanos por sus correrías en la costa de Tierra Firme, desde Venezuela
a Cartagena; sus rondas en torno del amplio canal
situado entre Cuba y Yucatán a sus acechos en los
Estrechos de Florida. A guisa de una jauría de perros
de presa se pegaban al flanco de las grandes y pesadas flotas. listos para arrebatar a cualquier desventurado bajel separado de sus compañeros por las tempestades a por otro accidente. Cuando Tomás Gage
navegaba en los galeones de Portobelo a Cartagena
en 1637, cuatro bucaneros que rondaban cerca de ellos
se llevaron dos mercantes a favor de la noche. Mientras la misma flota salía de La Habana, dos barcos
extraños aparecieron en medio de ella, precisamente
fuera del canal, y situándose a barlovento de la flota,
acometieron a un navío que se había apartado algo de
los otros, le lanzaron una súbita andanada y lo hicieron rendirse. El navío estaba cargado de azúcar y
(1) Estos -barcos de registro. no debla n exceder de 30(; toneladas, pero por fraude duplicaban a menudo aquella cabida.
(2)
Duhalde y Rochefort; Scelle. op. cit., i. p. 54.
-
24-
otros productos valuados en 80.000 coronas. El vicealmirante español y otros dos galeones emprendieron
la persecución,
pero sin éxito, porque el viento les
era contrario.
Toda la refriega duró apenas media
hora. (1).
Los bajeles españoles de los siglos XVI y XVII
eran notoriamente
pesados y malos marineros.
Con
quilla corta y popa y castillo eminentes constituían
fácil presa para las largas, chatas y veleras corbetas
y barcas de los bucaneros.
Pero aquella no era su
única deficiencia, pues aunque el Rey prohibía expre·
samente que se cargasen mercancías en los galeones,
salvo por cuenta del mismo monarca, semejante regla
se violaba a menudo en provecho del capitán, de los
marineros y aun del general. En realidad,. los buques
de guerra se veían a veces tan atestados de mercancías y pasajeros que resultaba casi imposible defenderlos cuando los atacaban.
El galeón que llevaba la
bandera del general contenía frecuentemente 700 almas: tripulantes, marinos y pasajeros y el mismo número se amontonaba en los que conducían al Vicealmirante y al piloto. Los maestros de navío solían
alquilar cañones, anclas, cables y repuestos para formâr el equipo requerido, y hombres para llenar el rol
en el momento en que los visitadores iban a bordo
para practicar la inspección oficial, pero luego se deshacían inmediatamente de equipos y tripulantes.
Los
buques mercantes estaban provistos con tan escasa
tripulación, debido al excesivo apiñamiento
a bordo,
que todo cuanto podían hacer era resistir a un débil
amago de mal tiempo, descartada
la idea de que les
fuese posible sobrepujar a un rápido bucanero (2),
Por las leyes españolas les estaba prohibido a los
extranjeros dirigirse a las Indias, a residir en ellas sin
expreso permiso del Rey. También se les vedaba comerciar desde España con el Nuevo Mundo, bien por
cuenta propia a por intermedio de un español, y aun se
les prohibía asociarse con aquellos que ejercían seme(1)
Ga~e ed. 1.655, pp. 199-200.
(2)
Duha1de y Rochefort;
Oppenheim,
iL p. 318.
-
25-
jante tráfico. A los colonos se les prescribía de modo
estricto que no tuviesen trato alguno con ellos. En 1569
se dictó una orden para el embargo de todas las mercaderías enviadas a las colonias por cuenta de extranjeros, y una real cédula de 1614 estableció la pena de
muerte y confiscación contra cualquiera que tolerase la
participación
de extranjeros
en el <::omercio colonial español (1). Con todo, era imposible mantener exclusión tan absoluta cuando los productos españoles
no bastaban a satisfacer las necesidades de los colonos,
por donde los mercaderes
extranjeros hallaron ocasión
de tomar parte en el tráfico, en tanto que el gobierno
es,,~~:! t:-z.~:;.~:.~: ~~~r,:,~~~rCA
;rn~onip.nd('l sobrp. lo~
cargamentos exportados exacciones tiránicas llamadas
4(indultos~, cuyas consecuencias fueron funestas, porque
los extranjeros eludían a menudo aquellos gravámenes,
mediante el contrabando en las Indias Occidentales y
en el Mar del Sur (2). Y como fijando todos los años
la naturaleza y cantidad de las merc;aderías exportables para las Colonias, la Contratación alzaba a voluntad el precio de los artículos y recogía enormes beneficios, los colonos acogían de modo favorable este comercio intérlope que les brindaba coyuntura para enriquecerse y aumentar las comodidades y lujo de la
existencia.
Desde los comienzos del siglo XVI! zarpaban de
Portugal tantos como 200 na vías por año con ricos cargamentas de sedas, paños y lanas destinados a Sur
América (3). Los portugueses
compraban estos ar(1)
Scelle, op. cit., i, pág. 45; Recop., t. I, lib. iii. tít. VIn.
(2) Parece haber existido un comercio de contrabando hecho
en la propia Cádiz. Los mercaderes extranjeros embarcaban sus
efectos en los galeones, transbordándolos directamente de sus propios barcos, surtas en el puerto, y sin practicar el registro correspondiente en la Contratación; y a la vuelta de las flotas recibían el
precio de sus artículos en lingotes de oro y plata, mediante el
mismo fraude. Es casi imposible que ello se efectuase sin la tácita
autorización del Consejo de Indias residente en Madrid, porque si
~el Consejo hubiera esforzado una rígida aplicación de las leyes de
lregistro, el descubrimiento del engaño habría sido inevitable.
(3)
Weiss, op. cit. iL pág. 226.
-
26-
ticulos a flamencos, ingleses y franceses, los embarcaban en Lisboa y Oporto, enrumbaban
sus navíos al
Brasil y La Plata arriba hasta donde la navegación
la
permitía, para trasportar luego los efectos por tierra a
través del Paraguay y Tucumán con destino al Potosí y
aun a Lima. Los mercaderes españoles tenían agentes
en el BrasilIa mismo que en España y como los impuestos portugueses no eran tan excesivos como los
cobrados en Cádiz y Sevilla, los portugueses podían
vender más barato que sus rivales esp~ñoles.
La frecuente posesión de asientos por portugueses y holandeses, en la primera mitad del siglo XVII, facilitaba también este contrabando, porque cuando llevaban negros
del Africa a la Española, Cuba y las poblaciones del
continente, aprovechaban la oportunidad asimismo para
vender mercancías y por la común sin el menor
estorbo.
En el siglo XVII hubo otras naciones que no se
mostraron remisas en seguir el mismo camino, a cuyo
allanamiento contribuían dos circunstancias, una de las
cuales era la gran extensión de las costas en que habia de ejercerse vigilancia y que dificultaba la captura
de los intérlopes tanto en las márgenes
del Atlántico
como en las del Pacífico; la otra consistía en la venal
connivencia de los gobernadores
de puerto, que a menudo toleraban
y aun estimulaban
el tráfico, bajo el
pretexto de que los colonos lo requerían
(1).
Los
(1) La mayor parte de los empleos eran venales en las Indias
españolas.
Xadie obtenía UI1 cargo sin pagar10 caro, excepto los
Virreyes de México yel Perú, qne eran grandes de Hspaña y alcanzaban sus destinos por liavor de la corte. Los gobernadores de los
puertos y los presidentes de las audiencias establecidas en Panamá,
Santo Domingo y Guatemala, compraban sus pueslos en España.
Los virreyes proveían los empleos locales y los vendían al mejor
postor. Aunque en cada puerto funcionaban tres corregidores que
eJ<aminaban la Hacienda, como también pagaban por sus puestos,
.!le~nían de acuerdo con los gobernadores.
La consecuenci~ era
inEvitable. Cada funcionario contaba COli recuperar su desembolso
in'\cial durante la tenencia del cargo, y además con reunir una mediana fortuna.
Así, no sólo eran apetecibles las dádivas de los
intêrlopes, sino que a menudo los mismos funcionarios compraban
y vendían los artículos de contrabando.
-
27
subterfugios adoptados por los contrabandistas
eran
muy sencillos.
Cuando un barco deseaba entrar en un
puerto español para comerciar,
el capitán, pretextando
que las provisiones escaseaban a bordo, a que al buque
se le había abierto una brecha a roto un mástil, enviaba al gobernador una esquela cortés, acompañada de
un regalo de consideraci6n.
Generalmente
obtenía
permiso para entrar, descargar,
y poner el buque en
condiciones de seguir navegando.
Todas las formalidades eran observadas al dedillo; los efectos descargados, encerrados en un almacén cuyas puertas se sellaban; pero siempre había otra puerta franca por la cual
extraían los articulas auranlt: id 11Úc,hë, ';""'~;~~Jé::::::!c::
con monedas a lingotes de oro y plata. Reparado el
barco a satisfacci6n del capitán, se le cargaba de nuevo y salía.
También existía, especialmente
en las orillas del
Caribe, un comercio menos organizado, a «tráfico de
balandra», como se le llamaba, porque habitualmente
se ejercía en balandras que merodeaban por las inmediaciones de algún lugar escondido de la costa, a
melludo en la desembocadura de los ríos, y que anunciaban su presencia a los habitantes de las cercanías,
mediante el disparo de un cañonazo. A veces un buque
grande cargado de mercancías y estacionado en alguna
ensenada pr6xima servíase de aquellas embarcaciones
menores para practicar su trato con los colonos, quienes salían por la noche en canoas, genera!me:Jte disfrazados.
Sin embargo, los contrabandistas se mantenían siempre en guardia contra tan peligrosos visitantes,
y nunca admitían sino unos pocos a bordo, porque los
españoles rara vez dejaban de asaltar el baje! cuando
se sentían más fuertes que la tripulaci6n y la oportunidad era favorable.
Así, por el empeño que ponían tanto en casa como en las colonias, en mantener una política fatalmente
desproporcionada
con sus fuerzas y recursos, los españoles del siglo XVII vieron extinguido su comercio
grado a grado por los barcos del intérlope extranjero, y
convertidas sus posesiones tropicales en presa de bucaneros semipiráticos.
Aunque luchando en Europa bajo
-
28-
tremendas
condiciones de inferioridad, habían intentado reservarse para sí mismos la mitad del mundo,
fundándose
para ello en los débiles argumentos de
prioridad en el hallazgo y de la investidura papal. Sin
marina y sin tradiciones marítimas, pretendieron poseer
un imperio colonial más grande que cuanto había v~sto
el mundo hasta entonces, y sólo equiparable con el
imperio de la Gran Bretaña tres siglos después.
Desalentando la industria en España y con todo imponiendo a las colonias una dependencia comercial absoluta respecto de la Madre Patria; combinando en su
gobierno de la remota América una tutela solícita con
la restricción de las iniciativas, completamente desastrosa en sus consecuencias, los españoles redujeron sus
colonias a la impotencia política, y cuando para reafirmar su dominio aplicaron, a fuer de método contra el
despojo practicado por el extranjero, el sistema de las
grandes flotas y de puertos únicos de escala, hallaron
que los mismos medios que idearon para propia seguridad constituían un instrumento de fracaso mercantil.
II.-LOS
FILlBUSTEROS
DEL
SIGLO
XVI
El cronólogo francés Escalígero aseveró en el siglo XVI: «nulli melius piraticam exercent quam Angli.,
y aunque no necesitaba trasponer el Canal para hallarse con individuos aprovechados
en esta profesión
primitiva. la observación se adapta a la lnglaterra de
su tiempo con una Justeza hoy apenas comprensible.
Es cierto que la inveterada hostilidad con que el británico aprendía a ver al español en la segunda mitad
del siglo XVI y durante el siglo XVII encontraba su
máxima expresión en las hazañas de los «perros de
mar~ isabelinos y de los bucaneros del último período.
Las divergencias
religiosas y las rivalidades políticas
que surgieron de la baraunda
de la Reforma. y la
anarquía
moral provocada por la disolución de las
antiguas instituciones religiosas, dieron origen a un
estallído àe actividad pirática solo equiparable
a la
piratería profesional de los Estados berberiscos.
29 A decir verdad en días tan remotos como los
del siglo XIIl los ladrones de mar, por la mayor parte
bretones y flamencos, habian infestado el Canal de la
Mancha y los mares circundantes de la Gran Bretaña. A este género de vida recurrieron en el XVI
numerosos jóvenes ingleses.
católicos y protestantes,
que huyendo las persecuciones
de Eduardo VI y de
María buscaron refugio en puertos franceses a en los
escondrijos de la costa irlandesa, convirtiéndose en
cabecillas de feroces bandas de merodeadores que vivían principalmente
del pillaje. Entre ellos y durante
esas persecuciones figuraron muchos hombres perteneCitHIi~s ci la;; i·i¡cJG~es f!:~;l;",<; de Inglaterra,
y aunque con la accesión de Isabel la mayor parte de
los cabecillas
volvió al servIcio del Estado, las
tripulaciones piráticas continuaron en su antigua industria.
El contagio se propagó especialmente
en
los condados occidentales
y gran número de pescadores descontentos por la improductividad
de su antiguo menester ingresaron en el nuevo oficio (1). A
principios del reinado de Isabel estos piratas anglairlandeses se aventuran sur adelante, pillando galeones cargados de riquezas a la altura de las costas
hispánicas y arrebatando navios de los propios puertos
del monarca español.
Por de contado semejantes fecharías provocaban represalias y los piratas aprehendidos eran enviados a galeras, sepultados en las mazmorras de la Inquisición, o, cuando menos, quemados
en la plaza de Valladolid, crueldades
que sólo conducían a atizar el odio entre ambas naciones, odio
que tardó siglo y medio en extinguirse.
Ahora bien, los más atrevidos
de estos ladrones
de mar se sintieron atraídos en breve por más amplia
y remota esfera de acción. Como se ha visto, España
trataba entonces de reservar para sí misma todo un
nuevo mundo en el hemisferio occidental, y ello en
momentos en que las grandes potencias
marítímas
septentrionales.
Francia. Inglaterra y Holanda, se hallaban en vias de pleno desarrollo económico, moví(1)
Froude.
History of England.
VIII,
pá~. 346 Y sigs.
--30das por nuevas ideas, esperanzas y ambiciones y solfcitas por encontrar nuevos cauces comerciales e industriales. La famosa bula de Alejando VI había hecho decir a Francisco 1 que deseaba
«ver la cláusula
del testamento de Adán que autorizaba a sus hermanos de Castilla y Portugal para dividirse entre sí el
Nuevo Mundo~, y muy temprano se había estimulado
a los corsarios franceses con el objeto de someter a
tanteo las pretensiones de los españoles mediante las
tradicionales
pruebas del hierro y el fuego. Sin embargo, durante la primera mitad del siglo XVI la na·
ción inglesa no le había disputado a España el dere·
cho exclusivo de comercio y dominio en aquellas regiones. Los intrépidos marineros del norte se mantenían aún indiferentes a las maravillas de un nuevo
contlnlmte por explotar y así se dejó a los españoles
la empresa de desplegar
a los ojos de Europa las
vastas riquezas de América y de descubrir imperios
en las planicies de México y allende los Andes. Pero
todo cam bió bajo el reinado de Felipe II. Piratas ingleses comenzaron a extender sus correrías hacia el
oeste y a zapar las propias fuentes de la riqueza y
poderío de España, mientras las guerras que embargaban la atención de los españoles en Europa, desde
la insurrección de los Países Bajos hasta el tratado
de Westfalia, abrían el campo a aquellos ubicuos ladrones de mar. Aunque obligados por la teoría de
exclusión colonial a hacer buen semblante
a las pretensiones de España sobre la América tropical, las
potencias maríti mas protegían y apoyaban en secreto
a sus navegantes que cruzaban
aquellos mares occidentales. Francia e Inglaterra celaban temerosas el predominio español en Europa y tenían los ojos obstinadamente puestos en los inagotables
ríos de oro y
plata que permitían a España mantener sus ejércitos y
escuadras.
Mientras excusaba a desaprobaba
públicamente ante Felipe II las violencias cometidas por Hawkjn~ y Drake, condenando las turbulencias de la época y prometiendo hacer cuanto estuviera a su alcance
para impedir los desórdenes,
la reina Isabel era a socapa una de las principales accionistas en las empresas de esos piratas.
31 El sistema de los merodeadores
era sencillo.
Las riquezas que aceitaban el mecanismo de la política española procedían de las Indias, donde se hallaba acumulado;
por consiguiente solo existían dos medios para apoderarse de ellas:-ataques
audaces contra
el mal protegido continente americano, a la captura
de los bajeles en rOllle (1). El sistema opuesto por
los españoles era también dúplice:-por
una parte, la
práctica del comercio mediante flotas anuales protegidas por un convoy poderoso; y por otra el traslado
de los centros urbanos de las costas al interior del
país, para alejar el riesgo de ataque (2). Sin emUdl~Ut
~ûs ¿5pêlfiG~c::; ¿e~Qs!~:'.!"C'"pon A,n1ériCf\
n.ue no
podían habérselas con los marinos audaces e intrépidos que les disputaban
la primacía; los descendientes
de los conquistadores
habían degenerado lastimosamente del tipo de sus antepasados.
Enervados por los
calores tropicales y por un lujo rústico y basto, parecen haber perdido iniciativa y energía de resistencia.
El desastroso sistema comercial de monopolio y centralización los condenó a vegetar, mientras el principio consistente en limitar el ejercicio de los cargos
públicos a los españoles de nacimiento, privaba de
toda ocasión de manifestarse a la inteligencia y energía de los criollos. Más aún, la capacidad productiva
y las dotes administrativas de los mismos españoles
de nacimiento iban paralizándose y reduciéndose de modo gradual a la impotencia bajo la abrumadora obligación de conservar y defender un imperio tan vasto
y de manejar riquezas tan desproporcionadas,
tarea
(1) 12 de agosto de 1585. Ralph Lane a Sir Philip Sidney.
Port Ferdinand, Virj{inia.-Habia
descubierto las infinitas rique.
zas de San Juan (¿Puerto Rico?) y Española por haber residido
en las bias cinco semanas. Juz~a que si la reina se ve molestada por el Rey ele ES/laña. acometer]as seria Jo más digno, bace.
dero y provecho.oo. La exhorta a no rehuir esta coyuntura para
prestar tan gran servicio a la Iglesia de Cristo. El poderío de
los españoles emana enteramente
de las minas que constituyen
su riqueza. Extracto, Calendario de Papeles de Estado, Series
Coloniales. América y las Indias Occidentales, 1574-1660.
(2)
Scelle,
op. cit., iL p. xiii.
32 -
para la cual no poseían la aptitud ni los medios (1).
A la verdad. la piratería en las Indias Occidentales
puede ser considerada como un reto lanzado a los
españoles
de América, que sumidos en sueño letárgico vivían al rescoldo de glorias y hazañas pretéritas.
para que probasen su derecho a mantener el dominio
adquirido y difundir su civilización y cultura sobre una
mitad del globo (2).
Existían otras causas determinantes
de esas agresiones piráticas acometidas por franceses e ingleses en
América.
Desde los días del monje dominico y obispo
Las Casas. los españoles eran tenidos cual inmiseri·
cardes opresores y exterminadores
de los indígenas;
los' primitivos dueños de la tierra habían sido despojados y reducidos a servidumbre.
Cuba y la Española
se hallaban desoladas en las Indias OCCidentales por
falta de habitantes; dos grandes imperios, México y Perú,
fueron sojuzgados a traición, muertos sus reyes y sus
pueblos condenados a padecer una muerte en' vida en
las minas de Pott>sí y Nueva España.
Tal en el siglo
XVI la concepci6n inglesa sobre los resultados de la
política colonial española.
Vengar la sangre de esas
víctimas inocentes y enseñar la verdadera religi6n a
los sobrevivientes
era glorificar la iglesia militante y
asestar un golpe al Anticristo.
Además, a los ojos de
los puritanos. España era el teniente de Roma, la Mujer Roja del Apocalipsis, que martirizaba y quemaba a
sus hermanos protestantes siempre que podía apoderarse de ellos. Para todos era manifiesto que ella ansiaba repetir su desdichada tentativa de 1588 para intro(1)
Scelle, op. cit., i. p. ix.
28 de febrero de 1611. Sir Thos. Roe a Salisbury, Puerto
España, Trinidad. Más que cualquier otro inglés existente ha re·
corrido la costa desde el río Amazonas al Orinoco. Los espa·
ñoles /lon allí orgullosos e insolentes, aunque necesitados y dé.
biles; su fuerza es reputación, sU segUridad opinión.
Los espa.
ñoles tratan a los ingleses peor que a los OIoros. El gohierno es
negligeflte y mñ" hábil en sembrar y vender tahaco que en erigir colonies y movilizar ejércitos. Extracto, Calendario de l'a.
peles de Estado, 1574-1660 (Roe fué e,,\'iado a las ¡lidias por el
Príncipe Enrique en viaje de descubrimieflto).
(2)
-
33-
ducir en las Islas Británicas
la maldita inquisición,
y
por consiguiente la protestante
Inglaterra, poseída del
arrebato e intolerancia de u!)a nueva fe, no vacilaba en
despojar a los españoles,
especialmente
cuando era
probable que el servicio de Dios fuese recompensado
con el pillaje.
Un panfleto escrito por Dalby Thomas en 1690
expresa con cierta propiedad la actitud del promedio
de los ingleses hacia los españoles durante el siglo
precedente:«Dedicaremos
breves reflexiones a la
desmedida negligencia. a mejor dicho estupidez de esta
nación. bajo los reinados de Enrique VII, Enrique VIlI,
ëduC11ÙU 'fv~~y ~a l-ëiné1 (y1aria. lü,;, i;llarC~ "i~í(¡~-. e~ sc?.:::a
calma cómo los españoles robaban, pillaban y trasportaban tranquilos a su país todas las riquezas de aquel
áureo mundo, y soportaban que ellos cerrasen con fuertes y castillos las puertas y entradas de todas las opulentas provincias de América, sin poseer título alguno a
pretensión de derecho mejor que el de otras naciones,
salvo el de haber sido ;ncidentalmente
los primeros
descubridores de parte èe ella, donde las crueldades,
excesos y barbaridades
sir. precedentes,
atestiguadas
por sus propias histori as, cometidas sobre un pueblo
pobre. desnudo e inocente que habitaba las islas, la
mismo que contra aqùellos verdaderamente
civilizados
y poderosos imperios del Perú y México, invocaban el
socorro y ayuda de' todo el género humano contra su
desenfrenada
ava.ficia y h6rridas matanzas ... Nosotros
dormimos hasta q~le el ambicioso español, usando aquella fuente inagotable de tesoros, hubo corrompido a la
mayor parte de lias cortes y senados de Europa, e incendiado con diseiciones y discordias civiles, a todas las
naciones veci~'s de nosotros, a sujetádolas a su yugo;
maquinando t- mbién hacemos arrastrar sus cadenas
para incorpor mas en el triunfo de la monarquía univer·
sal no sólo pr oyectada sino casi cumplida cuando Isabel
ciñó la co~on ... ya los opuestos intereses de Felipe II y
de la Reina Isabel, en asuntos
más personales
que
nacionales, debemos que ella favoreciera
y le azuzase aquello.
intrépidos aventureros
Drake, Hawkins,
Raleigh,
ord Clifford y muchos otros valientes
que
3
-
34-
produjo aquella edad, los cuales cori sus piraterías y
atrevidas empresas (semejantes a las que practican
los bucaneros) abrieron la vía de nuestros descubrimientos y fructuosos establecimientos en América» (1).
El 19 de noviembre de 1527 unos españoles que
cargaban de casabe una carabela en la isla de Mona,
situada entre la Española y Puerto Rico, observaron un
raro bajel como de 250 toneladas, bien provisto de cañones, y tomándolo por un barco procedente de España
enviaron un bote para cerciorarse de ello. Al propio
tiempo se vió que los recién venidos lanzaban una pinata que conducía unos veinticinco hombres, armados
de coseletes y ballestas. Así como se aproximaron uno y
otro bote, los españoles indagaron la nacionalidad de
los forasteros,
quienes declararon
ser ingleses.
El
patrón inglés refirió que junto con otros su buque había
sido equipado por el Rey de Inglaterra y zarpado de
Londres para descubrir la tierra del Gran Kan; que
una violenta tempestad
los habia separado; que este
buque hahía encallado luego en un mar de hielo y que
siéndole imposible pasar dió 1'1 \'uelta del sur, tocó en
Bacallao (Terranova),
donde el piloto fué muerto pur
los indios y navegando cuatrocifmtas leguas al luengo
de la costa de «terra nueva» surgió allí en la isla de
Puerto Rico. Los ingleses prometieron
mostrar su
patente escrita en latín y romance, que el capitán español no pudo leer, y tras dos días de permanencia en la
isla, se informaron sobre la ruta de lêJ- Española y levaron anclas.
La tarde del 25 de no~'iembre el propio
bajel apareció ante el puerto de Sant~ Domingo, capital de la Española, donde el patrón fu~ a tierra en un
bote con diez a doce marineros para ~edir licencia de
entrar y negociar, cosa que le ¡ué concepida, siendo asi
que el alguacil mayor y dos pilotos se\ trasladaron a
bordo con el objeto de conducir el bu~ue a puerto.
Pero temprano a la mañana siguiente, cu ando se acercaban a tierra. el alcalde español Franci 'co de Tapia,
ordenó que desde el castillo disparasen un ~ñón contra
(1) Reseña histórica de la fundación y desarroll
lonias de las Indias Occidentales, por Dalby Thom
1690. (HarI. Miscell, 1808, Il 357.)
de las Cos, Londres,
-
35-
el buque; por donde, viendo el recibimiento que se les
acordaba, los ingleses regresaron a Puerto Rico, donde
obtuvieron algunas provisiones a trueque de telas y
peltre y partieron hacia Europa, «adonde se cree que
no llegaron nunca, porque nada se ha sabido de ellos».
Herrera dice que el alcaide fué reducido a prisión por
los oídores porque en vez de ahuyentar el buque no
permitió que entrase en el puerto, de donde no podría
haber salido sin licencia de la ciudad y del fuerte tI).
Esta es la noticia más antigua que poseemos
acerca de la presencia de un buque británico en aguas
de Hispano-América;
más en breve la siguieron otros.
~VIljiam nawKiu::" ~adi\.: J~~ ~J.:7::s: J~~!"! H.~'.1J~i~~. ~p.
aventuró por 1530 en «un alto y buen buque ... llamado
el «Polo of Plymouth», hasta la costa de Guayana, rescató oro en polvo y marfil de los naturales y luego cruzó
el océano hasta el Brasil, "donde se condujo tan prudentemente con aquellos salvajes» que uno de los reyes
del pais se embarcó con él hacia Inglaterra y fue presentado a Enrique VHI en el Whitehall (2). Sin embargo, la verdadera
coyuntura para el aparecímiento
de buques extranjeros e:1 aguas hispano-americanas
fué la nueva industria consistente en llevar negros de
la costa africana a las colonias españolas para ser
vendidos como esclavos. La rápida despoblación de las
Indias, y el problema realmente grave que se le presentaba a la corona española para la conservación de los
(1) Oviedo: Historia general de las Indias, lib. XIX,
cap.
XIII; Colección de documentos
de ultramar, tom. IV, p. 5.
(deposición del capitlín español en la Isla de Mona); Pacheco, etc.:
colección de documen tos .... de las posesiones españolas en Amêrica y Oceania, tom. XL, p. 305 (repreRuntas a testigos por funcionarios de la Real Audiencia en Santo Domingo, a raiz de la visita
del buque inglês a aquella plaza); English Historical Review, XX,
p. 115. El barco ha sido identificado con el «Samson ••, despachado
por Enrique VIII en 1527 .con diversos hombres hábiles en busca
de extrañas regiones_, y el cual zarpó del Támesis el 20 de mayo,
acompañado de la .Mary of Guildford.; se separó de su compañero
durante una tempestad, la noche del1" de julio :y se creyó que se
hubiese hundido con cuanto llevaba a bordo. (/bid.)
(2) Hakluyt,
p. 927.
ed. 1600, III.
p. 700; Fraude,
op. cit., VIII,
-
36-
aborígenes, habían hecho que el gobierno peninsular
permitiese desde un principio la Introducción de negros
esclavos. Primero circunscritas a esclavos cristianos
conducidos de España, después de 1510 se concedieron
licencias a personas particulares para Introducir un número determinado,
sujetándolos desde luego al pago
de derechos; yen agosto de 1518, debido al incesante
clamor de los colonos que pedían más negros, Laurent
de Gouvenot, gobernador de Bresa y uno de los favoritos
de Carlos V, obtuvo el primer asiento regular para introducir directamente
de Africa 4.000 esclavos a las
Indias Occidentales (1). Con ligeras modificaciones el
sistema de asientos se hizo permanente y con él, como
natural consecuencia, vino el comercio de contrabando.
Españoles y portugueses llevaban con frecuencia cargamentos de negros sacados del Africa y en 1506 se
dictó una orden para expeler de la Española todos los
esclavos de contrabando
(2).
Pero el abasto nunca
Igualaba al pedido, y ello explica por que John Hawkins
encontró tan provechoso conducir cargamentos
de ne·
gros de ]a costa guinea, y por que los colonos españoles
no podían resistir a la tentación de comprarlos, a pesar
de las leyes estrictas que vedaban el trato con extranjeros.
John Hawkins efectuó su primer viaje en 1562-63.
En compañía de Tomás Hampton aparejó tres bajeles y zarpó para Sierra Leona, donde ~parte con la
espada y parte por otros medios,. recogió 300 negros
y con tan valiosa mercancía humana atravesó el Atlántico hasta Santo Domingo en la Española.
Incierto acerca de la acogida que se le dispensase, Hawkins
simuló a su llegada haber sido arrastrado
allí por
el mal tiempo y verse necesitado de provisiones,
pero sin dinero contante
y sonante para pagarlas.
En consecuencia' pidió permiso para vender «ciertos
esclavos que tenía consigo,..
Los hacendados se dieron prisa para aprovechar semejante ocasión y como
el gobernador no juzgase menester aplicar con dema(1)
Scelle, n/>.cil., y págs. 123- 25, 139- 61.
(2)
Colecc. de doc ....
de ultramar,
tomo VI, p.15.
-
37 -
siado rigor las órdenes de la corona, convino en que
se vendiesen
dos terceras
partes del cargamento.
Puesto que ni Hawkins ni los colonos españoles preveían serio desagrado por parte de Felipe II, los cien
esclavos restantes quedaron depositados en el Consejo
de la isla. Hawkins invirtió el producto en un cargamento de corambre, cuya mitad envió en buques
españoles, a cargo de su socio, mientras él regresaba
con la demás a Inglaterra.
Con todo, el gobierno español no iba a autorizar ni por un instante la intrusión de ingleses en las Indias, y así en llegando a
Cádiz fué confi!;cado el cargamento
de Hampton y
él mismo escapó a dliréis tlc;¡as de ::\ Inquisición.
Los esclavos que quedaron en Santo Domingo cayeron
en comiso, y aunque
«maldijo, amenazó
y rogó»,
Hawkins no pudo obtener un ochavo de sus cueros
y negros perdidos.
El único resultado de sus demandas fué el envío a las Indias Occidentales
de una
orden perentoria para que bajo pretexto alguno se
permitiera comerciar allí a ningún barco inglés (1).
El segundo de los grandes capitanes
de mar
isabelinos que se le enfrentase al León de Castilla
fué el amigo y discípulo de Hawkins, Francisco Drake,
quien la había acompañado en su tercera expedición
de 1567. Con seis buques, uno de los cuales había
sido proporcionado
por la propia reina, zarparon en
octubre de Plymouth, recogieron como 450 esclavos en
la costa de Guinea, avistaron a Domínica en las Antillas per el mes de marzo y costearon el continente
suramericano, pasados Margarita y el Cabo de la Vela,
practicando un «tráfico medianamente bueno».
Ataca·
ron a Río Hacha con 200 hombres, perdiendo sólo dos
en la refriega; pero cerca de cartagena los dispersó una
tormenta que los arrastró al Golfo de México, donde, el
16 de setiembre, entraron en el angosto puerto de San
Juan de Ulloa o Veracruz.
Al día siguiente apareció en las afueras la flota de
Nueva España, consistente en trece grandes navíos, y
tras un canje de promesas de paz y amistad con los in(1)
Fraude, op. cil. VII, págs. 470-72.
-
38-
gleses, entró el dia 20. No obstante, la mañana del
24 se inició un fiero combate, y Hawkins y Drake que
se defendían de manera obstinada en condiciones muy
desiguales. tuvieron a dicha el haber escapado con dos
barcos maltrechos y una pérdida de 100.000 pesos en
sus caudales.
Tras un viaje terrible Drake logró
llegar a Inglaterra en la _Judith,. el 20 de enero de
1569, y Hawkins cinco días después (1). A los pocos
años, Drake navegaba de nuevo, esta vez solo y con el
único y desvergonzado propósito de robar a los españoles. Apenas con dos buques y setenta y tres hombres
merodeó en torno de las Antillas casi por un año,
capturando
y pillando buques españoles.
saqueando ciudades en el continente e interceptando
convoyes
de caudales a través del istmo de Darién.
En 1577
emprendió el viaje que lo condujo alrededor del mundo,
hecho por el cual se le hizo caballero, se le promovió
a la categoría de almirante y fué visitado por la Reina
a bordo de su buque, la «Golden Hind".
Mientras
Drake era festejado en Londres como el héroe del día,
Felipe de España execraria desde su celda del Escorial
a aquellos aventureros marítimos cuyas visitas arruinaban a sus colonias y amenazaban la seguridad de sus
galeones cargados de tesoros.
Por agosto de 1585 Drake mandaba otra vez una
escuadra formideble. dirigida contra las Indias Occidentél'les. Apoyado por 2.000 hombres de tropa a las
órdenes del general Carleíll, y por Martin Frobisher y
Francis Knollys en la flota, tomó y saqueó a Santo
Domingo y después de ocupar a Cartagena durante
seis semanas. le impuso un rescate de 110.000 ducados. Este impávido y viejo isabelino salió de Plymouth en su último viaje por agosto de 1595; pero
aunque al mando conjunto de Drake y Hawkins,
la
expedición parecía condenada al desastre en todo su
curso; un bajel, el «Francis», cayó en manos de los
españoles; mientras la escuadra pasaba por las Islas
Vírgenes. Hawkins cayó enfermo y murió. Se hizo un
ataque desesperado contra San Juan de Puerto Rico.
(1)
Corbett:
Drake y la marina de los Tudor, l. Cap. 3.
-
39-
pero los ingleses, ya perdidos cuarenta a cincuenta
hombres, se vieron compelidos a la retirada.
Drake
puso entonces proa hacia el continente, donde turno
a turno capturó y pilló a Rancherías, Río de la Hacha, Santa Marta y Nombre de Dios. Con 750 soldados acometió la atrevida empresa de cruzar el istmo hasta la ciudad de Panamá, pero volvió la espalda tras la pérdida de ochenta o noventa de sus
secuaces.
A los pocm; días, el 15 de enero de 1596,
cayó también enfermo, murió el 28 y fué sepultado
en una caja de plomo frente a la costa de Darién (1).
Sin emb¡:¡r~o, Hawkins 'f Drake no eran en modo
alguno los únicos corsarios de aquel siglo en aguas
americanas.
Nombres como los de Oxenham, Grenville, Raleigh, Clifford y otros menos famosos, tales como
los de Winter, Knollys y Barker, contribuían a engrosar
la lista de estos aventureros isabelinos.
Para muchos
valientes marinos el Mar Caribe constituía un buen
campo de caza donde ejercitar a sus anchas cualquier
propensión a las aventuras ¡[ícitas. Si en 1588 habían
ayudado a deshacer la Invencible Armada, ahora robaban tesoros en las costas de la península española; si
burlado con Drake a su Católica Majestad en Cádiz.
ahora cerraban contra los españoles en sus remotas ciudades de ultramar, llenando así sus bolsas de doblones
españoles y quebrantando
incidental mente el poderío
de Felipe para que no pudiese invadir a Inglaterra.
Tampoco debemos equiparar estos marinos con los
bucaneros de época posterior, porque los hombres de
aquella generación eran de un carácter más austero
y fanático, siendo así que a menudo revestían sus hechos más violentos con la sanción de sus creencias
religiosas.
Bien arrancaran de Africa a los gentiles, o
bien pillaran las flotas de la España católica romana,
no hacían con ello sino entrar en posesión de «la herencia de los Santos».
Juzgados según las ideas de
nuestro propio siglo, eran piratas y filibusteros, mas sus
compatriotas consideraban
justos y honrosos aquellos
ataques contra los españoles.
(1)
Corbet:
Drake y la marina de los Tudor, II. Caps. 1, 2, 11.
-
40-
El último de los grandes viajes de corso, cuyo
ejemplo había dado Drake, fué la expedición enviada a
Puerto Rico por Lord George Clifford, Conde de Cumberland, desde luego que las malhadadas
expediciones
de Raleigh a Guayana en 1595 y en 1617 pertenecetl
más bien a la historia de la exploración y colonización.
Una vez perdida gran parte de su considerable fortuna,
Clifford, ~cortesano, jugador y bucanero,., aprovechó la
coyuntura que se le ofrecía para reponerse con el saqueo de las colonias españolas; y durante un periodo de
doce años entre 1586 y 1598, casi año por año armó y
. a menudo mandó él mismo una expedición contra los
españoles.
En su último y más esforzado empeño
equipó en 1598 veinte navios a propia costa, zarpó de
Plymouth en marzo y el 6 de junio puso sitio a la ciudad de San Juan con el propósito de echar de allí a los
españoles y convertirla en fortaleza británica; pero aunque capturada la plaza, la expedición hubo de parar en
un fracaso, porque habiendo estallado una violenta
epidemia. entre las tropas, mientras Clifford había salido ya con algunos barcos hacia Flores para acechar
la flota del tesoro, Sir Thomas Berkeley, a quien dejó
mandando en Puerto Rico, abandonó la isla y fué a
reunirse con el Conde (1).
Con todo, los ingleses del siglo XVII no ejercían
el monopolio de esta caza pirática: los franceses metían la mano por cuenta propia y los holandeses no
iban muy a la zaga. En realidad, los franceses pueden
alegar que abrieron el camino a los filibusteros isabelinos, porque en la primera mitad del siglo XVII los
corsarios salían en enjambre para las Indias españolas
desde Dieppe, Brest y las Ciudades de la costa vasca.
El brillo de los áureos lingotes del Perú y los pálidos fulgores de las esmeraldas procedentes
de las
montañas de Nueva Granada, ejercían influencia hip'nótica no sólo sobre los marineros rasos sino sobre los
mercaderes
y señores
de gran riqueza.
Nombres
coma los de Jean Terrier, Jacques Sore y François le
Clerc, este último llamado popularmente «Pie de Palolt
(I)
Corbett:
Los sucesores de Drake, cap. X.
-
41
por los españoles, eran tan odiosos a los oídos de
éstos, como los de los grandes capitanes ingleses. Aun
antes de 1500 corsarios franceses merodeaban
alrededor del Cabo de San Vicente y entre las Azores y las
Canarias, siendo tan temidas sus proezas y arrestos que.
Colón al regreso de su tercer viaje en 1498 declaró
haber zarpado de la isla de Madera por una nueva ruta
para evadir el encuentro con una flota francesa que la
acechaba cerca del cabo de San Vicente (1); pero con
el establecimiento del sistema de convoyes armados y
la presencia de las flotas españolas en las costas de
Europa, los corsarios padecieron algunos penosos reveses que lOS ¡orzaroll d l¡<iii::¡;¿r1¡ S~::; o¡¡er.::!c¡0:1e~ Il
aguas americanas.
De alli en adelante los archivos
españoles abundan en referencias
de ataques hechos
por los franceses sobre la Habana, Santiago de Cuba,
Santo Domingo, la tierra firme de Sur y Centro América; y también abundan en solicitudes de las colonias
ante Jas indolentes autoridades peninsulares para encarecerles el envío de artillería, cruceros y municiones
de guerra para su defensa (2) .
.
Carta de 8 de abril de 1537, escrIta por Gonzalo
de Guzmán a la Emperatriz, nos suministra ciertos pormenores sobre las hazañas ejecutadas aquel año por
un anónimo corsario francés, el cual había apresado en
noviembre de 1536 y en el puerto de Chagres, istmo
de Darién, un barco español cargado de caballos, procedente de Santo Domingo, echado el cargamento al
m:\r, desembarcado la tripulación y huido con la presa.
Uno a dos meses más tarde apareció cerca de la Ha·
bana y echó anclas en una pequeña bahía a pocas le·
(1) Marcel: Los corsarios franceses en el siglo XVII, pa¡ç-.7.
Ya en 1501una real ordenanza española prescribia la construcción
de carracas para perseguir a los corsario s, y en 1513 se enviaron
reales cédulas a los funcionarios de la Casa de Contratación para
ordenarles el despacho de dos carabelas que guardasen las costas
de Cuba y protegiesen la navegación española coetra los asaltos de
loscorsarios franceses.
(Ibid., pág. 8).
(2) Colecc. de doc
de ultramar, tomos l, IV, VI. Due~ré: Los Corsarios bajo el antiguo ré¡:imen, Apéndice II; Duro,
op. cit., Apéndice XIV.
-
42-
guas de la ciudad.
Como hubiese cinco barcos espa-'
ñoles surtas en el puerto, los habitantes
precisaron a
los capitanes para que pusieran por obra la captura del
pirata, prometiéndoles
pagarles los buques caso de
perderse.
En consecuencia,
zarparon tres navíos de
200 toneladas cada uno con el objeto de emprender el
ataque, y por varios días mantuvieron los fuegos contra el corsario francés que siendo un patache de poco
calado, se había internado en la bahí a fuera del alcance de sus perseguidores.
Al cabo cierta mañana
se vió a los franceses haciendo fuerza de velas y remos
para escapar del puerto; un buque español cortó sus
cables para ir en persecución suya, pero encontrando
una mar gruesa y viento contrario fué abandonado
por
su tripulación que ganó la orilla en bote. Los dos barcos restantes fueron abandonados de análoga manera,
en tanto que los franceses observando este nuevo sesgo
de la fortuna, volvieron a penetrar en la bahía y con
facilidad se apoderaron de los tres buques a la ventura.
Quemadas dos de las presas y armada la otra, los corsarios se dieron a la vela para cruzar en los estrechos
de la Florida, ruta de los bajeles que regresaban de las
Indias Occidentales a ,España (1).
En verdad, estos corsarios no corrían siempre con
idéntica fortuna.
Una pandilla de ochenta que intentó
saquear la villa de Santiago de Cuba fué rechazada con
alguna pérdida por cierto Diego Pérez de Sevilla, capitán de un buque mercante armado entonces en el puerto,
quien pidió más adelante
que se le concediese una
cota de armas en premio de sus servicios (2). Seis
barcos franceses atacaron en octubre de 1544 la ciudad
de Santa María de los Remedios, cerca del Cabo de la
Vela, pero no lograron expugnarla a causa de la obstinada resistencia de los vecinos, bien que pocos meses
antes éstos se habían mostrado impotentes para preservar sus hogares del pillaje y vístase en el caso de huir
a La Granjería de las Perlas en Río de la Hacha (3).
(1)
Co!ece. de doc .... de ultramar,
(2)
lbid., pág. 23.
(3)
Maree!, op. cit., pág. 16.
tomo VI, pág. 22.
43
Ciertamente,
no es de maravitlar
que los defen
sores alcanzaran tan raras veces la victoria.
Las
ciudades españolas se hallaban mal provistas de fortalezas y cañones, y a menudo del todo sin municiones a soldados regulares.
Por la común mediaba
mucha distancia entre los establecimientos coloniales, y
los habitantes en cuanto tenían noticia de la presencia
del enemigo, satisfechos de que carecían de medios de
resistencia y con pocas probabilidades de ser socorridos, abandonaban sus hogares a merced de los filibusteros, huyendo a las sierras y bosques con sus familias
y más caras pertenencias.
Así, cuando en octubre de
1554 otra banda de tresciemu,> è.0ï';c.. ic::; :aj'ó ~::O\)~f'! !il
infortunada ciudad de Santiago de Cuba, les fué posible
mantenerla por treinta días y el saqueo les produjo
80.000 piezas de a ocho (1).
Pero el año siguiente
presenció un evento aun más significativo.
Por julio
de 1555 el famoso capitán Jacques Sore desembarcó
doscientos hombres de una carabela a media legua de
la Habana, y antes de amanecer
se puso en camino
hacia la ciudad e hizo rendir el castillo.
El gobernador
español tuvo tiempo para retirarse a tierra adentro, donde
reuniendo una escasa fuerza de compatriotas
suyos
y de negros regresó por la noche para sorprender a
los franceses, de los cuales perecieron
quince a dieciséis, quedando herido el mismo Sore, que en un acceso
de cólera ordenó la matanza de todos los prisioneros;
quemó la catedral y el hospicio, saqueó las casas y
arrasó la mayor parte de la ciudad.
Embarcada toda la
artillería en su barco, practicó varias incursiones por la
comarca, quemó unas cuantas haciendas y por fin zarpó a comienzos de agosto.
No hay noticia del monto
del botfn, que debió ser enorme.
Para rebosarles la
copa de hiel a los pobres vecinos, el 4 de octubre apareció en la costa otro buque francés, que había tenido
conocimiento de la visita de Sore y de la miserable situación de los españoles. Desembarcaron
varios centenares de hombres, saquearon
las pocas haciendas
ahorradas
por sus predecesores,
derribaron
a quemaron las casas que los españoles habían comenzado
ll)
Colecc. de doc ....
de ultramar, tomo VI, pli~. 360.
-
44-
a reconstruir y secuestraron
una carabela cargada de
corambre recién entrada en el puerto (1). Es cierto
que durante estos años hubo guerra casi constante en
Europa entre el Emperador
y Francia, pero ello no
justifica del todo la actividad de los corsarios franceses
en la América Española,
porque también los encono
tramos allí en afanoso ejercicio mientras la paz reinaba
en su país: una vez sueltos los perros de mar era en
extremo difícil sujetarlos de nuevo a la traílla.
Con el s/glo XVII se inicia una nueva era en la
historia de las Ind/as Occidentales.
Si en el XVI ingleses, franceses y holandeses iban a la América tropical como piratas en mares y países que pertenecían a
otros. en el siglo siguiente se presentaban en calidad de
colonizadores y pobladores permanentes.
Los españoles, que habían explorado todo el círculo de las Antillas antes de 1500, desde un principio descuidaron las
menores por las mayores.-Cuba.
Española.
Puerto
Rico y jamalca-y
por aquellas otras islas que como
Trinidad yacían cerca de tierra firme. Y cuando en
1519 Cortés sali6 de Cuba a la conquista de México. y
doce años más tarde entró Pizarro en el Perú, los emigrantes que dejabélJ1 a España en busca de fortuna en
el Nuevo Mundo, se precipitaban hacia los vastos terri·
tor/os que los conquistadores
y sus tenientes habían
sojuzgado en el continente.
En consecuencia fué hacia
las islas menores que forman los grupos de sotavento y
barlovento a donde los ingleses, franceses y holandeses
acudieron primero a guisa de colonos.
Medianas, y
por consiguiente ",fáciles de poblar, fáciles de despoblar
y repoblar; atractivas no s610 a causa de su propia riqueza, sino también como punto de partida hacia el
vasto y rico continente cerca del cual estaban situadas~,
estas islas se convirtieron en prendas de un juego de
diplomacia y colonización prolongado por 150 años.
Más aun. en el siglo XVII la monarquía española
estaba declinando con rapidez tanto en poderío como en
prestigio, y Su imperio, aunque todavía formidable. no
eclipsaba ya las otras naciones de Europa como en
(1)
Co]ecc. de doc ....
de ultramar,
tomo VI, pág. 360.
-
4S
días de Carlos V y Felipe II. Francia. con los Borbones en el trono\ iba entrando en una era de rápida
expansión dentro y fuera del país, mientras los holandeses. por la tregua de 1609, obtuvieron virtualmente
la libertad por que habían luchado tanto tiempo.
La
reina Isabel de Inglaterra había muerto en 1603 y su
sucesor Estuardo trocó la precedente política de rodeos
y equilibrio entre Francia y España por otra de paz y
conciliación.
Los aristocráticos filibusteros que se ha·
bían enriquecido devastando
a las Indias españolas
fueron sustituidos por una generación menos romántica,
pero más negociante. que se dedicó al comercio y a la
agricultura.
En el sigio XVII;;e ::a!:!an hecho tentativas frustradas de colonización.
Parece que los holandeses, que traficaban en las Indias Occidentales tan
a los principios como en 1542, habían adquirido algún
terreno en Guayana por 1580 (1); y los hugonotes franceses, protegidos por el Almirante de Coligny, practicaron tres tentativas infructuosas para establecer colonias
en el continente americano, una en el Brasil en 1555,
otra cerca de Port Royal en la Carolina del Sur en 1562
y dos años más tarde una tercera en el Río San Juan
en Florida.
El único esfuerzo británico en el siglo XVI
consistió en la vana empresa de Sir Gualterio Raleigh,
entre 1585 y 1590 para fundar una colonia en la isla
Roanoke. en la costa de la que es ahora la Carolina
del Norte. No fué sino en 1607 cuando se fundó en
Jamestone, Virginia, el primer establecimiento británico
permanente.
De 1609 a 1619 ingleses, holandeses y franceses echaron las bases de numerosas estaciones en Gua-'
yana, entre la desembocadura
del Orinoco y la del
Amazonas.
Por 1621 se constituyó la Compañía ha·
landesa de las Indias Occidentales, y pocos años después se proyectó en Inglaterra la creación de una Compañía semejante.
Entre las Antillas, Saint Kitts vió
radicarse los primeros colonos ingleses en 1623. Y
pasados dos años la isla fué formalmente dividida con
(1) Luca9: Geografía histórica de las colonias británicas,
II, págs. 37-50.
vol.
-46-los franceses, convirtiéndose así en el primer núcleo de
colonización angla-francesa
en aquellos parajes.
Barbadas fué colonizada en 1624-25.
En 1628 colonos
ingleses de San Cristóbal (S1. Kitts), se extendieron a
Nevis y Barbuda, y transcurridos otros cuatro años a
Antigua y Monserrate; mientras tan pronto como en
1625 ingleses y holandeses tomaron posesión conjunta
de Santa Cruz. Los fundadores franceses de la colonia de San Cristóbal ejercieron influencia sobre Richelieu para que crease una Compañía francesa de las Indias Occidentales con el nombre de «Compañía de las
Islas· de América», bajo cuyos auspicios fueron colonizadas Guadalupe. Martinica y otras islas del grupo de
barlovento de 1635 en adelante.
Entre tanto los holandeses habían establecido de 1632 a 1634 estaciones
comerciales en San Eustaquio, en el norte. yen Tobago
y Curazao en 'el sur, cerca del continente español.
Mientras se establecían estos centros de comercio
en el propio centro de los mares españoles,
los corsarios no se hallaban ociosos del todo. Al tratado de Vervins entre Francia y España en 1598 se le
había agregado una cláusula restrictiva y secreta por la
cual se convenía en que la paz no se extendería al sur
del trópico de Cáncer y al este del meridian"O de las
Azores. Allende estas dos líneas llamadas «les lignes
de l'enclos des Amitiés~, los buques franceses y españoles podrían atacarse unos a otros y hacer buena
presa como en guerra declarada.
Los ministros de
Enrique IV comunicaron verbalmente esta restricción a
los comerciantes de los puertos y en breve zarparon de
Dieppe. el Havre y Saint Malo numero.sos buques armadas en corso con destina a los mares occidentales (1).
Los buques cargados con mercaderías de contrabando no volvieron a salir hacia las Indias sino arma~
dos como para enfrentársele a cualquier otro barco que
se les interpusiera
y muchos capitanes de navío renunciiuon por completo al tráfico mercantil por la más
provechosa y sensacional carrera del corso.
Además,
en los primeros años del siglo XVII flotas holandesas
y población
(1)
Weiss, op. cit., Il,
pág.292.
-
47-
asolaban las costas de Chile y el Perú (1), mientras en
el Brasil (2) y las Indias Occidentales
constituía un
nuevo azote para los españoles un segundo «Pie de
Palo» que la era en esta ocasión el Almirante holandés
Piet Heyn. Heyn era empleado de la Compañía
Holandesa de las Indias Occidentales,
que desde el año
de 1623 en adelante llevó la guerra contra los españoles a las posesiones ultramarinas de España y Portugal.
Con una flota compuesta de veintiséis navíos y 3.300
hombres, de los cuales era vicealmirante,
se señaló
mucho en la captura de Bahía, -sede del poderío portugués en el Brasil.
Análogas expediciones
eran envlacia~ ë111uó.;¡I.\.,,~,: '/ r=6""'''i'lhan con los despojos de las
colonias suramericanas.
En dos años la compañia
despachó hacia los mares de América el extraordinario
número de ochenta navíos, con 1.500 cañones y sobre
9.000 marineros y soldados, y aunque Bahía fué recuperada en breve los holandeses
ocuparon por algún
tiempo a Pernambuco, lo mismo que a San Juan de
Puerto Rico en las Indias Occidentales (3). Por 1628
Piet Heyn mandaba un escuadrón destinado a interceptar la flota del tesoro que zarpaba todos los años de
Veracruz, rumbo a España.
Con treinta y un navíos,
700 cañones y casi 3.000 hombres recorrió la costa
septentrional de Cuba y el 8 de setiembre dió con su
presa cerca del Cabo de San Antonio.
Los españoles
combatieron a la largo de la costa hasta ganar el río
de Matanzas, cerca de la Habana, en el cual penetraron con el objeto de encallar a los repletos galeones y
escapar luego con las riquezas que pudieran.
Los ho·
landeses los persiguieron sin embargo, y la mayor parte del rico cargamento ingresó en las arcas de la Compañía Holandesa
de las Indias Occidentales.
El oro,
la plata, el añil, el azúcar y las maderas fueron vendidos en Holanda por quince millones de guilders y la
Compañía pudo distribuir a sus accionistas
un divi(1) Ouro, op. cit., III, cap. XVI; IV, caps. III, VIII.
(2) Eh tr~ 1581y 1640 Portugal estuvo sometido a la corona
de Es¡.oaña, y el Brasil, colonia portuguesa, estaba en consecuencia
dentro del radio de la influencia y administración españolas
(3)
Blok: Historia del pueblo de Kederlandia,
IV, pág, 36.
-
48 --
dendo sin precedentes de 50 %. Aquella constituyó una
proeza que dos generaciones de marinos británicos se
hablan propuesto en vano ejecutar, y el Infortunado
general español. don Juan de Benavides. rué preso al
regresar a España y más tarde decapitado (1).
En 1639 el Consejo de guerra de las Indias conferencia con el Rey sobre medidas que deben tomarse
contra los buques Ingleses que practican la piratería
en el Caribe (2); y el capitán WlIIiam Jackson, provisto de una amplia comisión emanada del Conde de
Warwick (3) y con duplicados bajo el Gran Sello
hizo una incursión en que emulaba las hazañas de Sir
Francis Drake y los contemporáneos de éste. Saliendo
con tres barcos y cosa de 1.100 hombres, la mayor
parte allegados en Saint Kltts y Barbada, recorrió la
costa del continente desde Caracas a Honduras y saqueó las Ciudades de Maracaibo y Trujillo.
El 25 de
marzo de 1643 echó anclas en la que es ahora el
puerto de Kingston en Jamaica. desembarcó unos 500
hombres y tras porfiado combate y pérdida de cuarenta
de sus secuaces entró en la ciudad de Santiago de la
Vega. a la cual Impuso un rescate de 200 bueyes.
10.000 libras de casabe y 7.000 piezas de a ocho.
A muchos de los ingleses cautivó tanto la belleza y fertilidad de la isla que veintitrés de ellos se pasaron una
noche a los españoles
(4).
Los dos primeros Estuardos, a semejanza de la
gran reina predecesora de ellos. y no obstante una poderosa facci6n española existente en la corte británica,
contemplaban a las Indias con ojos envidiosos, como
fuente de perennes riquezas para cualquier naci6n que
pudiese apoderarse de ellas. Jaime I era sin duda un
(1) Blok: Historia del pueblo de Nederlandia,
Duro, op. cit., IV, pág. 99; Gage, ed. 1.655, pago 80.
(2)
Museo Británico, Mss. adicionales,
IV, pá¡:. 37.
'
36.325, NQ 10.
(3) Robert Rich, Conde de Warwick, rué elevado eu 1642 a
la categoría de Almirante de la flota por orden del Parlaruento, y
aunque destituido por Carlos [ lo rehabilitó el Parlamento el 1Q
de julio.
(4) Museo Británico,
nales, 36.327, NQ 9.
Mss. de Sloane, 793 a ~94; ~1"". adicio-
- 49hombre pacífico, y a rafz de su advenimiento
al trono
chafa1l6 un tratado con los españoles, pero no abrigaba
la intención de renunciar a cualquier pretensión inglesa
sobre América por vana que fuese.
Muy descontento
del tratado estaba Cornwallis, el nuevo Embajador en
Madrid, cargo que la ponia en terreno ventajoso para
observar cómodamente la confusión financiera y administrativa en que había caído España, no obstante
sus riquezas coloniales; y así en carta dirigida a Cranborne con fecha de 2 de julio de 1605 insinuaba que
Inglaterra no había perdido nunca mejor coyuntura de
granjear honra y provecho que abandonando la guerra
contra ~spaña, parque Feiipe y ::ou ï,,¡nu ,,::;;; hë.!!3bar.
reducidos a tal extremo que con toda verosimilitud
no
habrían podido resistir por espacio de dos años más» (l).
Semejante
opinión se encuentra
reiterada
en sus
cartas de los años siguientes, con la velada insinuación
de que un ataque contra las Indias' sería después de
todo la empresa más provechosa
política que pudiera llevarse a cabo.
Cuando en octubre de 1607
Zúñiga, embajador de España en Londres, se quejaba
ante Jaime por el establecimiento de la nueva colonia
en Virginia, éste adujo que Virginia había sido descubierta por ingleses y que por consiguiente
no caía bajo
la jurisdicción de Felipe; y una semana
más tarde,
aunque confesándole a Zúñiga que él pensaba que a los
ingleses no les asistía justicia para ir a Virginia, Salisbury se negó sin embargo a prohibirles el viaje a a
ordenarles el regreso, porque al decir suyo ello hubiera equivalido a reconocer que el Rey de España era
dueño de todas las Indias (2).
Una de las estipulaciones de la tregua celebrada entre España y Holanda
en 1609 establecía que los holandeses pudieran traficar
libremente durante nueve años en todos los lugares de
las Indias Orientales y Occidentales, excepto los que
estuvieran en posesión efectiva de los españoles a la
cesación de las hostilidades; y de allí en adelante ingleses y franceses tuvieron a mayor empeño alcanzar
y
(1)
Papeles de Winwood, III págs. 75-77.
(2) Brown;
25, 172.
Génesis
de los
Estados
Unidos,
l, págs. 120-
'-- so -análogo privilegio.
En 1625 el Procurador
General
Heath presentó un memorial a la Corona sobre las
ventajas que derivaban españoles y holandeses en las
Indias Occidentales y sosteniendo al propio tiempo que
no era ni seguro ni útil para ellos el ser señores absolutos de aquellas regiones, por la cual aconsejaba que
su magestad interviniese de modo franco o permitiese
hacerla bajo cuerda (1).
En 1637 se renovaron en
Inglaterra las proposiciones
para la fundación de una
Compañía de las Indias Occidentales cual única forma
de obtener participación
en las riquezas de América,
para ello se sugirió que se ocupase algún puerto conveniente, base segura desde donde pudiese despojarse
al comercio español en tierra yagua,
y que los empleados de la Compañía fueran autorizados para conquistar y ocupar cualquier parte de las Indias Occidentales, para construir buques, reunir soldados y municiones de guerra y ejercer represalias (2). El temple
de los ingleses de esta época se reveló de nuevo en
1640, cuando el Embajador de España, Alonso de
Cárdenas, protestó antes Carlos I por ciertos navíos
que los condes de Warwick y Marlborough enviaban a
las Indias Occidentales con el propósito, según Cárdenas, de ejercer hostilidades contra los españoles.
Parece que el Conde de Warwick alegaba haber recibido
grandes perjuicios de los últimos y amenazaba con
reponer sus pérdidas a expensas de ellos. Procuró al
efecto una amplia patente del monarca, que le concedió
el derecho de traficar en las Indias Occidentales y de
(acometer» a los que se le opusieran.
Amparado por
esta comisión el Conde de Marlborough se iba a dar a
la vela con tres o cuatro navíos armados, y Cárdenas
le rogó al Rey que lo detuviese hasta que diera seguridad de no cometer actos de violencia contra la nación
española_
La solicitud tué pasada a una junta de Lores quienes llegaron a la conclusión de que como la paz
nunca había sido estrictamente
observada por una ni
otra nación en las Indias. no pedirían seguridad alguna al Conde.
El Secretario Windebank cerraba su
(1)
Calendario de Pllpe)es <leEstado, serie colonial, 15ï4-1660.
(2)
Calendario
de Papeles de Estado, serie colonial, 15ï4-lé69.
..- 51 tarta a Sir Arthur Hopton; «Importa poco que los españoles consideren a no razonable esta decisión».
Durante el siglo y medio que va de 1500 a 1650
los españoles no se mostraron en modo alguno pasivos
o indiferentes ante los ataques hechos a su autoridad y
crédito en el Nuevo Mundo, por donde correspondían
con creces a las hostilidades de los marinos del norte y
¡ay! del intérlope extranjero a del corsario que cayese
entre sus garras.
Cuando Enriq ue Il de Francia dictó
en 1557 la orden de que los prisioneros españoles
fuesen condenados a galeras, el gobierno de España
~.:::~':!-5 ,,,, rpprp.<;¡\lia a sus capitanes de mar que
aplicasen igual tratamiento a los cautivos franceses
salvo que los capitanes,
pilotos y oficiales cogidos
en la navegación de las Indias debían ser ahorcados a
echados a] agua (1). El gobernador de Cumaná había propuesto al Rey en diciembre de 1600 la ingeniosa traza de envenenar la sal, a guisa de medio para que
los buques holandeses e ingleses huyeran de las salinas
de Araya, consejo que parece no haber sido aplicado,
bien que a los pocos años, una flota española compuesta de catorce galeones
y enviada de L:sboa, sorprendió y quemó en 1605 diecinueve navíos holandeses
que estaban cargando sal en Araya y mató a la mayor
parte de los prisioneros (2).
En 1604 el Embajador
veneciano en Londres comunicaba «la noticia de que
los españoles habían capturado en las Indias Occidentales dos bajeles ingleses, cortado las manos, pies y
orejas de los tripulantes, untado a éstos con mie! y
atádolos a árboles para que los torturasen las moscas y
otros insectos. Los españoles alegan aquí,-continúa
el
Embajador-que
aquellos eran piratas, no mercaderes
y que ellos no sabían nada de la paz; pero la atrocidad hace que la gente ponga aq uí el grito en el cielo (3).
Edmondes, Embajador británico en Bruselas, en carta
de 22 de junio de 1606 para Cornwallis, habla de un
pág.
(1)
Duro, op. cit. II, pág. 462.
(2)
Dura, op. cil., III, págs. 236-37.
(3)
Calendario
99.
de
Papeles
de Hstado.
Veneciano,
160307,
-
S2-
navío de Londres enviado ¡1 comerciar én Virginia y
que habiendo arribado a un río de la Florida para hacer aguada, fué sorprendido allí por los barcos españoles de la Habana que maltrataron
a los tripulantes y
confiscaron el cargamento (1).
Y a poco de esto ei
buque del capitán Chaloner en viaje a Virginia fué
capturado por los españoles en las Indias Occidentales,
y la tripulación enviada a consumirse en las mazmorras de Sevilla a condenada a galeras
También por medio de ataques contra algunas
colonias británicas, los españoles daban a sus amenazas una forma más efectiva; así, practicaban frecuentes
incursiones
a los asientos holandeses e ingleses de
Guayana (2), y del 8 al 18 de setiembre de 1629 una
escuadra española con más de 30 velas, mandada por
don Federico de Toledo, casi aniquil6 la colonia franco-inglesa de Saint Kitts; nueve navíos ingleses fueron
capturados, y los establecimientos
reducidos a cenizas.
Los habitantes franceses abandonaron
temporalmente
la isla, embarcándose para Antigua, pero de los ingleses
unos 550 fueron llevados a Cartagena y Habana, donde se les embarcó hacia Inglaterra, y todos los demás
huyeron a las sierras y bosques
(3).
Sin embargo,
a los tres meses de haber partido los españoles,
los
dispersos colonos habían regresado y restablecido el
asiento.
La isla de Providencia y su vecina Henrietta,
situadas cerca de la costa de Mosquitos. se hallaban
especialmente expuestas a los ataques españoles (4).
en tanto que cerca de la costa norte de la Española la
isla de Tortuga. colonizada por la misma compañía inglesa, era objeto de constantes asaltos por parte de sus
hostiles vecinos.
Una escuadra española
procedente
de Tierra Firme atacó en julio de 1635 la isla de
el}
Papeles de Winwood, H, pág. 233.
(2) Museo Británico, Ms". adicionales,
nQ 8; 36.321, n? 24; 36.322, nQ 23.
36.319, n9 7; 36.320,
(3) Calendario de Papeles de Estado, serie colonial,
-1629, 5 Y 30 de noviembre; 1630, 29 de julio.
1~74-1660;
(4) Gage vi6 en Cartagena como unos doce prisioneros ingleses capturados por los españoles en el mar, y pertenecientes a
la colonia de la isla de Providencia.
- 53Providencia, pero no siéndole posible el desembarco
entre las rocas, tras cinco días de refriega fué rechazada «considerablemente maltrecha,. por los fuegos del
fuerte (1). A causa de estos agravios y de otros que
se preveían, la Compañía de Providencia alcanzó del
Rey la libertad de «hacerse justicia a sí misma,. mediante represalias, y durante los seis años siguIentes
mantuvo numerosos baJeles depredando el comercio
español en aquellas aguas, ante \0 cual el Rey Felipe
se propuso con más empeño [a destruccl6n de la colonIa (2), bien que esperase hasta principios del verano
de 1641 ;;:.;anè~ el ge'1eral de los qaleones, don Francisco Diez de Pimienta. con doce velas y 2.000 hombres cayó sobre ella, arras6 las fortificaciones y se
llevó a todos los ingleses, en número como de 770,
junto con cuarenta cañones y medio millón de botín (3).
Justamente diez años más tarde una fuerza
de 800 hombres de Puerto Rico invadió la isla de Santa
Cruz de donde los holandeses habían sido expulsados
por los ingleses en 1646, mataron al gobernador británico y más de 100 colonos, capturaron
dos navlos en
el puerto y quemaron y pillaron la mayor parte de las
haciendas.
El resto de los habitantes escapó a las
selvas, y tras la partida de [os españoles abandonaron
la colonia por Saint Kitts y otras islal> (4).
(1) Calendario de Papeles de Estado, serie colonial, 157411)60;-16~5, 19de marzo; 1636, 26 de marzo.
(2) Museo <¡ritánico, MSS. adicionales, 36.323, IIÇ 10.
(3) Duro, tomo IV, pág. 339; cf. también en la Biblioteca Bad·
biana:-"Carta
escrita sobre el caso en los Países Bajos, etc. A la
que se agregan avisos de diversos lugares sobre la tailla de la Isla
Providencia capturada por los e,pañoles a los ingleses. Impresa
por Nath Butter, marzo 22, 1641.
,Por un aviso tengo carta deCartagena. fecha tI 14 de setiem.
bre, donde dicen que los galeont:s estaban cargados de plata y
listos para zarpar el 6 de octubre.
El general de los galeoues llamado Francisco Díez Pimienta, había estado primeramente en el
m~s de julio con más de 3.000 hombres y todos sus buques en la
isla de Sanía Catalina, donde cogió y cargó con ellos a todos los
ingleses y arras6 los fuertes, dentro de los cuales' encontró 600
negros, mucho oro e índigo de modo que la presa se estimó
en más de medio mill6u .•
(4)
MSB.
RawlÏnson A. 32.279: 31.121.
- 54-
CAPITULO
ORfoENES
DE
LOS
II
BUCANEROS
A los forasteros que visitaban las grandes islas
hispánicas de la Española, Jamaica a Puerto Rico,
durante la segunda mitad del siglo XVI y a comienzos
del XVII, solía lIamarles la atención el extraordinario
número de ganado vacuno y de cerdos salvajes que
merodeaban en ellas y los cuales procedían de animales domésticos llevados originariamente
de España,
porque así como en las grandes Antillas iban mermando los aborígenes bajo el pesado yugo de sus conquistadores y los mismos españoles abandonaban
las
Antillas atraídos por las riquezas del continente, reducíase la extensión de tierras cultivadas,
y el ganado
vacuno, los cerdos, los caballos y aun los perros convertidos en montaraces,
se propagaban con tanta rapidez, que pronto llenaron Jas vastas sabanas y densos
bosques que cubrían la mayor parte de aquellas islas.
Los españoles no se establecieron nunca en la ribera
septentrional de la Española y es probable que desde
un principio acostumbraran
tocar allí buques contrabandistas
carentes de vituallas, de modo que la dilatada porción de costas desiertas. el buen anclaje y la
a bundancia de provisiones de semejante ribera no dejarían de inducir en algunos el propósito de radicarse. Andando el tiempo se encontraban
allí grupos dispersos de cazadores, franceses y británicos principalmente, que se ganaban la vida con la dura faena de
matar ganado selvático para quitarle la piel, y curando la carne para suplir a las necesidades de los buques
de paso. El origen de estos hombres no es conocido;
acaso fueran desertores de barcos, tripulantes de naves náufragas y aun probables cimarrones.
En todo
caso. el atractivo de su semisalvaje
e independiente
género de vida debió atraer pronto a otros: estable-
-
55-
cléndose
una especie
de tráfico
regular entre ellos y
Jas ubicuos mercadantes
holandeses
a quienes suplían
de cueros, sebo y carne en tasajo a trueco de los escasos víveres
ordinarios y de los objetos
de comodidad que necesitaban
Su número aumentó
en 1629
con los colonos que huyeron de Saint Kitts ante la presencia de don Federico de Toledo, muchos de los cuales se establecieron
de modo
definitivo
porque
haciendo vida común con los cazadores
hallaron ser muy
fácil la manutención
y muy ricas y variadas
las condiciones naturales
de la isla.
Y¡;.cc. ::! :-:(:~~",d"
ri!' 1" Española
ulla isla mediana y roqueña
como de ocho leguas de largo y dos de
anchura,
separada
de su gran vecina
por un angosto
canal. Desde la ribera
de la Española
la isla semeja
una
mostruosa
tortuga
flotando sobre
las aguas, por
donde los españoles
la llamaron
Tortuga.
Tan montañosa e inaccesible
en su parte septentrional
que se
la llamó Côte-de-Fer
y con sólo un puerto al sur,
ofreCÍa un refugio conveniente
para Jas cazadores
fran·
ceses e ingleses caso de molestarlos
los españoles.
Es
probable que estos cazadores
acudieran
a Tortuga
antes de 1630 porque hay noticia de haber
sido enviada
desde
la Española,
una expedición
armada
contra
la isla en 1630 o 1631, y del reparto del despojo
hecho al regreso en la ciudad
de Santo
Domingo (1).
Parece haber sido entonces
cuando
los españoles
de·
jaron en Tortuga
un oficial con veinte y ocho soldados, escasa guarnición
que según
Charlevoix,
fué· encontrada
allí al retorno de los cazadores.
Los soldados
españoles
se hallaban
ya cansados
de su destierro en
aquella roca solitaria e inhóspite y )a desocuparon
con
la misma
satisfacción
con que franceses
e ingleses
reasumieron
su ocupación.
Por la que dicen ciertos
documentos
de los archivos
coloniales
británicos
puede colegirse que desde el principio
predominaron
los
ingleses en la nueva
colonia,
donde ejercian autoridad
casi
absoluta.
En las minutas
de la Compañía
de
Providencia
consta con fecha de 19 de mayo de 1631
que una comisión
fué «nombrada
para tratar con los
(1)
Bibliothèque
Nationale,
nuevas adquisiciones,
9.354, f. 48.
- 56agentes de una colonia como de 150 personas. establecida en Tortugn
(1); y unas semanas después que
«los colonos de la isla de Tortuga deseaban que la
ComparHa los tomase bajo su protección y que se encargase de fortificar la isla, mediante una vigésima
parte de los productos anualmente recogidos allí» (2).
Al propio tiempo el duque de Holland, gobernador de
la Compañía, y sus socios solicitaron del Rey una
ampliación
de su privilegio. «sólo de 3 ó 4 grados de
latitud norte, para evitar toda duda sobre si una de
las Islas (Tortuga) estaba comprendida en su primitiva concesión« (3). Aunque en la región de las In·
dlas Occidentales habla varJas Islas llamadas Tortuga,
todas las pruebas conducen a Identificar la isla mencIonada en esta solicItud con la Tortuga cercana a la
costa septentrIonal de la Española (4).
La Compañía de Providencia aceptó la oferta de
los colonos de Tortuga y envió un barco para reforzar el reducido
establecimiento
con seis piezas de
artillería,
un acopio de municiones y víveres y cierto
número de aprendices o engagés. Cierto capitán Hilton fué nombrado gobernador, sirviéndole. de suplente
el capitán Cristóbal Wormeley, para caso de muerte o
ausencia suya, y el nombre de la isla trocóse de
Tortuga en Asociación (5).
Aunque consistente por
su mayor parte en sierras cubiertas de altos bosques
de cedro, la isla contenía a sur y oeste extensas saba(1) Calendario de Papeles de
1660, pág. 130. Esta Compañía babía
bre de .El Gobernador y Compañía
branzas de las Islas de Providencia,
entre los grados 10 y 20 de latitud
longitud •. La escritura de asociación
bre de 1630;(ióid., pâg. 123)_
(2)
Ibid.,
(3)
¡bid.
Estado, serie colonial, 1.574sidc organizada bajo el nolUde Aventureros para las laHenrieta e islas adyacentes,
norte y 290 Y 310 grados de
estâ fechada el4 de diciem-
plig. 131.
(4) La identidad fuê seiialada primero por Pierre de Vai8siè·
re en su reciente libro: .Saint Oorningue (1669·1789).• La ~ocieté
et la vie crêoles sous l'ancien rêgiUle •. París, 1909, plig. 7.
(5) Calendario
1660, págs. 131-33.
de Papeles
de Estado,
serie colonial,
1574-
- 57nas que en breve atrajeron a labradores tanto como
a cazadores. Algunos de los habitantes de Saint Kitts,
mortificados por las discusiones entre franceses y británicos y halagados por informes sobre la quietud y
abundancia de Tortuga. se trasladaron a la nueva colonia, aunque probablemente
el establecimiento
fué
siempre muy pobre y se mantuvo en lucha, porque en
1634 la Compañía de Providencia
recibió noticia de
que el capitán Hilton trataba de abandonar
la isla.
arrastrando consigo a la mayor parte de los vecinos.
También se hizo necesario
que desde Inglaterra se
enviase una declaración
a los colonos para asegurarles privilegios especiales de comercio y domlciiiû
y para dlsuadlrlos
de la Idea de «cambiar ciertos
medios de aprovechamiento,
ya descublertos, por esperanzas inciertas sugeridas por la fantasía a la persuaci6nll (1). En realidad el dilema de permanecer
a partir quedó resuelto en breve para los colonos,
sin que en ello interviniese su voluntad, porque en
diciembre de 1634 una tropa hispánica procedente de
la Española invadió la isla y echó de ella a todos
los franceses y británicos encontrados
allí. Parece
que un
irlandés
llamado don Juan
Morf (John
Murphl7) (2). que había sido sargento mayor en TortUJa. hubo de desavenirse
con el régimm implantado allf y huyó a Cartagena.
El gobernador de Cartagena la envió a presencia de don Gabriel de Gaves,
Presidente
de la Audiencia de Santo Domingo, cre·
yendo que con los informes que el renegado podía
suministrades,
las autoridades de Santo Domingo estarían en capacidad de expeler a los extranjeros. Pero
el Presidente
de Santo. Domingo murió tres meses
más tarde sin emprender nada. quedando a cargo de
su sucesor la práctica del proyecto. Con los informes
de Murphy y los obtenidos de algunos prisioneros, el
nuevo Presidente de la Audiencia envió 250 infantes,
a las órdenes de Ruy Fernández de Fuenmayor para
(1)
[bid., págs. 174-175.
Probablemente
el mismo don Juan de Morfa Giraldino,
almirante de la flota que atac6 a Tortuga en 1654. Cj. Duro,
op., cit., V. pág. 35.
(2)
-
S8-
que se apoderase de la isla (1).
Según el relato
español, para entonces había en Tortuga 600 hombres sobre las armas, además de esclavos, mujeres y
niños. El puerto estaba dominado por una batería
de seis cañones.
Los invasores se acercaron a la isla
poco antes del alba, mas por impericia del piloto toda
la armadilla encalló en unos arrecifes próximos a la
playa. Más o menos con treinta de sus soldados Ruy
Fernández logró llegar a tierra en canoas, capturó el
fuerte sin dificultad y aunque su gente era tan escasa
dispersó un cuerpo enemigo que se acercaba
con el
gobernador
británico a la cabeza para recuperar el
baluarte.
El gobernador fué uno de los primeros que
yeron en la lucha, apuñalado, al decir de los españoles. por el irlandés, que tomó parte activa en la
jornada y combatió al lado de Ruy Fernández. Entretanto, creyenào que no les era posible sostener la isla,
alguno de los habitantes recobraron el fuerte, clavaron
los cañones y trasladaron los depósitos a varios buques estantes en el puerto que se dieron a la vela,
dejando sólo dos botes desmantelados
y un patache
como presa de los españoles.
Reforzado por 200 de
sus soldados que habían logrado escapar de la encallada armadilla, Ruy Fernández
se encaminó a la colonia y como encontrase cerrado el paso por otro
cuerpo de varios centenares de ingleses lo dispersó
también e hizo setenta prisioneros.
A raíz de ello las
casas fueron entradas a saco y las siembras de tabaco
quemadas por la soldadesca.
Los españoles regresaron
a Santo Domingo con cuatro banderas capturadas,
las
seis piezas de artillería y 180 mosquetes (2).
(1) Ruy F'ernándcz de Fllenmayor fué Gohernador y Capitán General de la Provincia de Veoezllela en t6l2. (f. /Juroop. cil, IV, pág. 341, nota 2.
(2) Museo Británico,
~lSS.
adicionales,
13.977, f. 505.
Según las minntas de la Compaíi:a de Providencia, cierto Mr.
Perry, recién llegado de Asociación, informó el 19 de marzo de
1635 que la isla habia sido sorprendida por los españoles (Calen.
dario de Papeles de Estado, serie colonial, 1574-t660, pá¡¡. 200),
noticia confirmada por la señora Filby, ellO de abril en otra
junta de la Compañía, cuando ua causa de su cobardía y negli-
- 59No parece que la ocupación española hubiera
durado largo tiempo, porque el siguiente mes de abril
la Compañia de Providencia nombró al capitán Nicolás Riskinner gobernador
de Tortuga, en lugar de
Wormeley. y en febrero de 1636 tuvo noticias de que
Riskinner se hallaba en posesión de la isla (1). Más
aun, dos vecinos recién llegados de la colonia informaron a la Compañía que en el establecimiento se
contaban entonces unos 80 ingleses, amén de 150
negros. Es evidente que la mayor parte de los colonos
eran cazadores de ganado porque ellos aseguraron a la
CunJp¡'¡¡:':' q:.:c ~"'<'pr~ posible suplir a Tortuga con 200
reses mensuales
de la Española y que allí venàerian
terneras a veinte chelines por cabeza (2). Sin embargo, en junta celebrada más tarde por los aventureros el
20 de enero de 1637 se deshizo de súbito un proyecto
para el envío de más hombres y municiones a la isla
«al saberse que los habilantes la habían abandonado y
trasladádose a la Española» (3). Durante los tres años
siguientes los archivos de Providencia guardan silencio
acerca de Tortuga, bien que algunos franceses debieron
permanecer en la isla porque Charl~voix nos dice que
en 1638 el general de los galeones cayó sobre la colonia, pasó a cuchillo a cuantos no lograron escapar a
sierras y bosques y destruyó de nuevo todas las viviendas
(4) Persuadidos
de que los cazadores no
se expondrían a la repetición de semejante tratamiento,
los españoles prescindieron de dejar guarnición, y así
unos cuantos franceses dispersos regresaron gradualmente a sus arruinados hogares.
Parece haber sido
por esta época cuando el Presidente de Santo Domingo formó un cuerpo de 500 lanceros para echar a los
gencia en la defensa de la isla., el capitán \Yorlllely fue despojado formalmente de su cargo de Gobernador y desterrado de la
colonia. (Ibid, pág. 201).
(1)
Museo Británico, Mss. adicionales, 13.977, págs. 222-23.
(2)
Ibid., págs. 226-27, 235.
(3)
¡bid., págs. 226,233,235-37, 244.
(4) Carlevoix: Histoire de .... Saint DOl1lil1f{ue,lib. VIl.págs.9-l0.
Duro repite esta versión (op. cit .• V, p. 34Î, Y dice que
el general D. Carlos Ibarra condujo a los españoles.
60 .intrusos de la Española.
Estos lanceros, cuya mitad
se mantenía siempre en campaña, se hallaban divididos en compañías de a cincuenta hombres cada una.
por lo cual los franceses los llamaban «cinquentaines~.
Batiendo selvas y sabanas esta policía española atacaba a los cazadores aislados dondequiera
que diese
con ellos y constituyó un elemento de importancia
en
la constante hostilidad de los colonos franceses y españoles por la restante del siglo (1).
Mientras tanto, algo después de la incursión española de 1638, un aventurero británico reunió un cuerpo de 300 de sus compatriotas en la Isla de Nervis,
cerca de Saint Kltts, y desembarcando en Tortuga des·
poseyó a los pocos franceses que vivían en la Isla.
Según relatos franceses, fué recibido amistosamente por
los vecinos con quienes vivió cuatro meses, tras la cual
volvió contra sus huéspedes, desarmólos y los desterró
a la orilla frontera de la Española.
Algunos se trasladaron a Saint Kitts y presentaron
su queja a M. de
Poincy, gobernador general de las islas francesas,
quien aprovechó la coyuntura para enviar un gobernador francés a Tortuga.
Por entonces residía en Saint
KiUs un caballero hugonote llamado Levasseur, que
había sido camarada de d'Esnambuc
cuando este último colonizó la isla en 1625, y que tras una breve visita a Francia había regresado y hecho fortuna en el
comercio.
Hombre de valor y mando lo mismo que
hábil ingeniero, cobró pronto ascendiente en los consejos de de Poincy; pero a fuer de calvinista le granjeaba
al gobernador las amonestaciones
de la madre patria,
de modo que de de Poincy se propuso deshacerse
de
su presencia, ya incómoda, enviándolo a someter la
Tortuga.
Levasseur recibió su nombramiento de manos de de Poincy en mayo de 1640, reunió cuarenta o
cincuenta secuaces, todos calvinistas, y zarpó en una
barca hacia la Española.
Se estableció en Port Margot, como a cinco leguas de Tortuga y entró en relaciones amistosas con sus vecinos ingleses; mas como
sólo estaba a caza de oportunidad. el último de agosto
(1) CarJevoix, op. cil., lib. VII, pág. lO; BibI. Nat.,
adquisiciones, 9.334, pág. 48 Y sigts.
nue.vas
-61. ...•..
de 1640 Y a pretexto de que los Ingleses habían maltratado a algunos de sus secuaces y secuestrado un
bajel enviado por de de Poincy en busca de provisiones, invadió de súbito la isla, apenas con 49 hombres
y capturó al gobernador.
Los habitantes se retiraron a
la Española, pero a pocos días de allí regresaron y sitiaron a Levasseur durante diez días, al cabo de los
cuales, viendo que no podían desalojarlo, se dieron a la
vela con toda su gente, rumbo a la isla de Providencia.
(1)
Acaso temeroso de otra invasiÓn española. Leva!iseur procedi6 sin pérdida de tiempo a poner la colonia
en estado de defensa.
Aunque el puerto cie Tuduga
no pasaba de ser una ensenada, ofrecía buen anclaje en
un fondo de arena fina, y sus entradas podían guardarse con facilidad desde una colina a promontorio que
dominaba el desembarcadero.
La cumbre de aquella
colina, situada a 500 6 600 pasos de la orilla, era una
plataforma llana sobre la cual se erguía una escarpada
roca de unos 30 pies de alto.
A nueve a diez pasos
de la base de la roca manaba una fuente perenne de
agua dulce, ventajas naturales de que el nuevo gobernador sac6 al punto el mejor partido.
La plataforma
la dividi6 en terrazas con medios para acomodar varios
centenares de hombres; en el tope de la roca construyó su casa de habitación y un almacén y montó una
batería de dos cañones; el único acceso a la roca consistía en un angosto sendero. más de la mitad de cuyos escalones habían sido cortados en la piedra viva,
Charlevoix, op. cil., lib. VII, págs. 10-12; Vaissière, op.
(.Memoria enviada a los señores de la Compañía
de las Islas de América por M. de Poincy, el 15 de noviembre de
1640.).
(1)
cil., Apéndice l.
Según los registros de la Compañía de Providencia,
Tortuga
tenía 300 habitantes en 1640. Cierto capitán Fload, que había
sido gobernador, se hallaba entonces en Londres jnstificlindose
de ('ar¡:-05 que le imputaban los colol1os, mientras el capitán
James ejerda autoridad COIDO .Presidente.
de la isla. (Calendario
de Papeles de E;stado, serie colonial, 1574-1660, págs. 313-314).Acaso fuese F10ad el .capitán inglés. aludido en la memoria de
de Poincy. Parece que SIl tiránico gobierno afligió tanto a ingleses como a franceses.
'f el resto del ascenso se practicaba
mediante una
escala de hierro que podía levantarse a bajarse con
facilidad (1).
Afectadamente el gobernador designaba con el nombre de ~mi palomera~ aquella diminuta
fortaleza donde le era dado descansar como en seguro,
pero no bien concluida la palomera los españoles de
Santo Domingo resolvielOll destruir en 1643 el nacIente
poderío de su vecino y al efecto enviaron contra Levasseur una fuerza de 500 ó 600 ho~nbres, que cuando
trataron de desembarcar a medio tiro de la costa, fueron saludados por el fuerte con una descarga de artillería que hundió a uno de los bajeles y obligó a los otros
a retirarse.
Los españoles se replegaron a un puntú
dos leguas a sotavento, donde lograron desembarcar,
para caer en una emboscada puesta por Levasseur,
perdiendo, según relatos franceses,
de 100 a 200
hombres. tras la cual huyeron a sus buques y regresaron a la Española.
Con esta victoria se extendió el
nombre de Levasseur por todas las islas y durante diez
años los españoles no hicieron nuevas tentativas para
desalojar la colonia francesa (2).
Entonces acudieron en mayor número a Tortuga
labradores,
cazadores y corsarios. Los cazadores, que
utilizaban el islote como simple centro de abastos y
refugio en momentos
de peligro, penetraron
con
más audacia que nunca en el interior de la Española, saqueando
a su paso las haciendas y estableciendo colonias
en la costa septentrional
en Port
Margot y en Port de Pail{. Tras de recorrer y pillar
las costas españolas, los corsarios se retiraban a Tortuga para reparar sus barcos y vender el producto de
la rapiña. Se cultivaba el tabaco y el azúcar y aunque el suelo no ofrecía nunca tan abundantes cosechas como en las otras islas, buques mercantes, ha·
landeses y franceses, surgían alli con frecuencia en
solicitud de esos artículos, y en especial de la corambre preparada
por los cazadores, dando en trueco
aguardiente.
fusiles, pólvora y paños, siendo así qUEt
(1)
Dutertre:
(~)
Charlevoix,
Histoire gl!néraJe ùes AntiJ1e~, t. l, p. 171.
op.
,il., lib. VII, págs. 12-13.
bajo la activa y segura
administración
de Levasseur,
Tortuga gozó de una prosperidad
que casi rivalizaba
con la de las colonias
francesas
de las islas de so·
tavento.
Aunque
habitualmente
aplicado
a los' corsaríos
que en el siglo XVII asolaban
las posesiones
españolas en las Indias Occidentales
y los mares
del sur,
el término «bucanero»
debería
en realidad
circunscribirse
a los cazadores
de ganados
del oeste
y el
noroeste
de la Española,
que CLlraban la carne
de
los animales
cerriles por un método
aprendido
de los
indios
caribes.
Cortada
la carne
en largas
tiras la
•.."Jnr"lh",n
pn
l1n'l
rilrrillél
n z;:¡rz() hecho
de varas
verdes
donde se secaba
a un fuego lento
de leña
alimentado
con huesos
y re!ieves
de cuero,
adqui.
riendo
la carne
un sabor
excelente
y un hermoso
dorado.
Los indios llamaban
«bucan»
el sitio donde
ahumaban
la carne y a causa de la pobrezl
del idioma se aplicó
el mismo
término
al aparejo
a parrilla que servía para secar/a.
Con el transcurso
del
tiempo la carne seca fué conocida
con el nombre
de
«viande boucanné»,
y los propios cazadores
con el de
«boucaniers»
a «bouccaneers».
Cuando por circunstancias ulteriores
los cazadores
ejercieron
a un tiempo
su comercio
de carne
y cueros
con la piratería,
el
nombre
fué peràiendo
gradualmente
su signHicación
primitiva y adquirió,
por la menos en lengua inglesa.
su moderna
y más
conocida
acepción
de corsario a
filibustero.
Parece,
sin embargo,
que los aventureros
franceses
limitaron siempre
la palabra
cebucanicrJ¡ a
su sentido propio de cazador y curador
de carne. por
donde cuando se convirtieron
en corsarios
se dió el
curioso contraste
de que adoptaran
un nombre
inglés.
llamándose
«flibustiers»,
forma
que los marineros
franceses
daban a la palabra
inglesa
"freebooteer»
(1).
Los
ron tanto
bucaneros
su origen
a corsaríos
de las Antillas
debiecomo su nombre
a los cazadores
(1) En esta monografía se emplea siempre la palabra bucanero con la significación de cOlsario y filibustero, y no con la
de cazador de g;¡nado vacuno y cerdos que tuvo en la Española y
Tortuga.
-64de bovinos y cerdos de Española y Tortuga. Es In·
dudable que muchos de los espfritus más turbulentos
e inquietos de la~ islas menores pertenecientes a los
grupos de barlovento y sotavento se afiliaron a esta
hermandad pirática a que al menos se prestaban gustosos a participar en cualquier correría ocasional contra sus vecinos los españoles.
Sabemos que en 1642
Jackson no tuvo dificultad en reunir 700 u 800
hombres en Barbada y San Cristóbal para su infausta
expedición sobre el continente, y cuando en años posteriores practicaban los franceses sus periódicas invasiones a los asientos holandeses de Tobago, Curaçao,
y San Eustaquio, siempre encontraron en sus colonias
de Martinica y Guadalupe bucaneros en bastante número y ansiosos de engrosar sus tripulaciones. Con todo
parece aceptado general mente por los jesuítas historiadores de las Antillas-escritores
de que casi dependen nuestras noticias sobre los orígenes de los bucaneros-que
los corsarios tenían su centro y núcleo entre los cazadores que infectaban las costas de la Española. Entre el cazador y el pirata no existfa una línea divisoria infranqueable;
un mismo sujeto se ocupaba en matar reses y piratear, sacudiendo
la monotonía de una ocupación con el ejercicio eventual de
la otra y en uno y otro caso vivía en constante enemiga con los españoles. Andando el tiempo, el mar
la sustrajo más y más de sus antiguos quehaceres y
aun los colonos
que comenzaban
a incorporarse
en los nuevos establecimientos
se sentían irresistiblemente arrastrados por el corso contra los españoles.
En todo tiempo han ejercido atracción sobre las imaginaciones aventureras los grandes extremos de fortuna semejantes a aquellos a que estaban sujetos los
bucaneros. Fué el propio señuelo la que arrastró a
los «fortyniners~ hacia California, y en 1897, a los
buscadores de oro hacia el Klondyke canadiense.
Si a menudo eran arduos los trabajos padecidos,
bien los valía el premio por conquistar; si voluble un
día, la suerte puede mostrarse
munífica al siguiente,
y los bucaneros
sofocados
al calor de los mares tropicales y con el hambre pintada en el ros-
- 6Stro, lofiaban
en la riqueza fantástica de un bajel
español. Especialmente, para los cazadores debla ser
intensa semejante tentación, porque su modo de vivir
era duro de toda dureza. Recorrían los bosques durante el día con sus perros y aprendices
y por la
noche dormfan al aire libre a en un cobertizo construido de prisa con hojas y pieles, que les servia de
casa y al que bautizaban con el nombre Indiano de ajupa a barbacoa. Sus trajes eran sencillísimos: pantalones
de tela burda. y camisa por fuera. ambas prendas tan
ennegrecidas y manchadas de sangre y pringue de los
animales muertos, que parecían alquitranadas (de toile
goudronée) (1). La (;!1!Hls¡;. cefiida ("on un;:¡ faja de
cuero crudo que sostenía a un lado tres a cuatro cuchillos grandes y al otro una bolsa para pólvora y plomo.
Una gorra de visera puntiaguda,
toscos zapatos de cuero de vaca a de cerdo hechos de una sola pieza y atados a los pies, y un
fusil corto de gran calibre completaban
el grotesco
arreo del cazador. Con frecuencia llevaba enrollado a
la cintura un saco de malla en que se metla por la
noche para evitar los infecciosos mosquitos; con plausible regularidad. él y sus aprendices se levantaban
temprano por la mañana y sallan de caza a pie, sin
probar alimento alguno hasta que habían matado y
desollado tantas vacas a puercos cerreros como individuos formaban la partida. 'Después de despellejado
el último animal el cabecilla quebrantaba
los huesos
más tiernos de aquél y con el tuétano cocía una olla
para sí y sus secuaces; luego, cada uno cogía un cuero y todos tornaban al «bucán,., donde comían de la
caza hecha por ellos (2), El cazador vivía as! por seis
meses a un año. En seguida procedía a una distribucIón de los cueros y de la carne seca y acudía a
Tortuga o a uno de 105 asientos franceses en la costa
de 'la Española para reponer su acopio de municiones y gastar la restante de sus ganancias en loco
(1) Labat: Nouveau voyage aux ¡sles de )' Amhique,
1. VII. pág. 233.
Le Pers, impreso en Margry, op. cit.
(2)
.s
(!
2,417. il
-66festín de borrachera y libertinaje; agotado el dinero,
volvía de nuevo a la caza. Sin mujeres ni hijos, los matadores de vacas se asociaban por la común en pa.
rejas con derecho de heredarse uno a otro, costumbre que se llamaba ~matalotaje», bien que esta sociedad privada no impedía que la propiedad de todos
fuese común en cierta medida. Muy primitiva era su
manera de arreglar las disputas: el duelo; en otros
casos se regían por cierto «coutumier».
mezcla de
leyes peregrinas
originadas entre ellos mismos. A
cualquier tentativa para someterlos a los cánones de
de la vida civilizada, replicaban siempre que «telle étoit
la coutume de la coste», y con ello se resolvía defInitivamente el asunto. Fundaban su derecho a vivir así
en la circunstancia de haber pasado los trópicos, donde.
ateniéndose a una conocidísima superstición
de los
marineros, presumían encontrarse
desligados de todas
sus antiguas obligaciones
(1). Desechaban
aun sus
nombres de familia, por donde entonces se decía que
en las islas s610 se conocía a un hombre
cuando
era casado. Ante tal género de vida, el piratear con·
tra los barcos españoles,
si no exento de peligros,
por la menos constituía siempre un pasatiempo deseable. Además,
cada presa española
conducida a
Tortuga incitaba a nuevas aventuras
contra el enemigo común. Las «gens de la côte», como se denominaban ellos mismos. se asociaban de ordinario en
partidas de veinte a más individuos, y una vez cogido o construido por ellos un bote se daban a la mar
con el propósito de apoderarse
de una barca española o de otro buque costanero.
Remando en silencio y a favor de la noche se acercaban a la desprevenida presa, daban muerte a los asustados marineros o los echaban al agua y volvían a Tortuga con
el despojo. Los expedicionarios
se dispersaban allí
para reanudar sus antiguas ocupaciones,
a reunían
una tripulación más numerosa de sujetos afines y salían en pos de mayores conquistas.
Todos los historiadores
jesuitas de las Antillas,
Dutertre, Labat y Charlevoix, nos han dejado relacio(l)
Le Pers, impreso
en Margry,
op. cit.
--67nes de los métodos
y costumbres
de los bucaneros.
Asimismo, el médico holandés
Exquemelin,
que vivi6
entre los bucaneros
durante
varios
años,
desde 1668
hasta
1674, y escribió
una pintoresca
narración
basada en los materiales
a su alcance,
ha constituido
una fuente
para los que trataron
posteriormente
el
asunto;
por consiguiente
no desentona
citar aquí la
descripción
que hace de los hombres
cuyos hechos
registra.
"Antes de darse a la mar los piratas, escribe el citado autor, se les hace saber a todos los que toman parte
en el viaje, el día preciso en que han de embarcarse.
y
también se les intima la obligaCión de que caua UtlU i':1l
particular lleve tantas libras de pólvora y balas como se
juzguen suficientes
para la il1tent~da expedición.
Cuando a bordo, se juntan todos en cor.sejo
para elegir el
lugar a que deben
ir primero en busca de provisiones;
carne
en espp.cial,
porque
apenas
comen otra cosa,
siendo de observarse
que consumen
de preferencia
la
carne de puerco.
En segundo término se alimentan
de
tortugas que acostumbran
salar un poco. A las veces
resuelven
robar éste a aquél
chiquero
en que los españoles
guardan
con frecuencia
unas mil cabezas,
y
para ello se dirigen allí entre las sombras
de la noche,
rodean la vivienda
del porquerizo,
a quien fuerzan a
levantarse
y entregarles
tantas piezas como desean,
amenazándolo
además con matarlo si desobedece
sus
órdenes
a provoca
alguna
alarma,
intimaciones
que
muchas veces ponen
en práctica,
sin darles cuartel a
los míseros
porquerizos
a a cualquier
otro prójimo
que trate de impedir sus fecharías.
"Hecho el abasto de carne suficiente
para el viaje, regresan
al barco donde la ración
de cada uno,
distribuida
dos veces por día, es tan abundante
como
pueda consumirse,
sin peso ni medida.
En esto merece consignarse
la circunstancia
de que el despensero
del bajel no da al capitán mayor cantidad
de carne a
de cualquier
otro alimento
que al más insignificante
-marinero.
Ya bien avituallado
el buque se reúne nueva junta
para deliberar
hacia qué sitio han de dirigirse en su arriesgada
empresa
de probar
fortuna,
-68
Tambl~n conciertan entonces ciertos articulas, consignados por escrito, a manera de fianza, que cada
quien está obligado a observar, y que lirman todos
juntos o el capitán.
Allí especifican y asientan con
mucha claridad qué suma de dinero debe recibir cada
uno, deduciéndose todos los pagos del fondo común
constituido por la que adquiere toda la expedición,
pues en caso contrario entre estas gentes prevalece la
misma ley de otros piratas: .Si no hay presa no hay
paga:.. Por consiguiente
en primer término expresan
la que el capitán debe haber por su buque; luego el
salario del carpintero que ha carenado,
reparado y
aparejado el bajel. Por la común esto monta 100 a
150 piezas de a ocho. pudiendo aumentar
a disminuir por convenio. En seguida deducen
del propio
fondo común cosa de 200 piezas de a ocho para provisiones y vituallas y asimismo un salario equitativo
para el cirujano y su botiquin, habitua/mente fijado
en 200 o 250 piezas de a ocho. Finalmente estipulan
por escrito la recompensa
a premio que ha de otorgarse a cada uno caso de ser herido a mutilado en el
viaje. Así conceden 600 piezas de a ocho, o seis esclavos por la pérdida del brazo derecho; 500 piezas
de a ocho, a cinco esclavos por la pérdida del brazo
izquierdo; 500 piezas de a ocho, a cinco esclavos por
la pierna derecha; 400 piezas de a ocho, a cuatro esclavos por la pierna izquierda; 100 piezas de a ocho,
a un esclavo por un ojo; sumas que, como he dicho
antes, se deducen del fondo común, producto de la
piratería. El resto se divide con mucha exactitud e
igualdad entre todos ellos, bien que se tomen en consideración las calidades y cargos, de manera que al
capitán a comandante se le asignan cinco a seis porciones de las que corresponden al marinero raso; al contramaestre sólo dos, y a los demás oficiales en proporción a su empleo. Tras esto reciben iguales porciones desde el más encumbrado hasta el más humilde
marinero, sin omitir a los pajes, porque aun ellos
obtienen media porción a causa de que cuando la
pandilla logra apoderarse de un barco mejor que el
propio, los pajes tienen el deber de pegar fuego al
- 69barco o navío en que navegaban para retirarse luego
a la presa ocupada ahora.
«Observan entre sí muy buenas reglas. A todos
les está prohibido severamente
apropiarse algo para sí
mismos en las presas capturadas,
por donde cuánto
cogen se divide con igualdad, conforme a lo que se
ha dicho antes. Más aún, unos a otros se toman ju·
ramento solemne de no esconder la cosa más mínima
que hallen en la presa, y si luego se descubre que
alguno ha violado el dicho juramento, se le segrega en
el acto y se le expulsa de la compañía. Entre sí
mi~mo!'; son muy urbanos y caritativos, tanto que si
alguien necesita la de otro, se lo dan con mudla largueza. Tan pronto como estos piratas han hecho
alguna presa de buque a navío, la primero que procuran consiste en poner en tierra a los prisioneros,
conservando sólo unos cuantos para que los ayuden
y sirvan, pero a quienes dejan también
en libertad
pasados dos a tres años. Con frecuencia
tocan en
una u otra isla para renovar sus provisiones, pero con
especialidad en las que demoran a la orilla meridional de la isla de Cuba, donde carena n sus bajeles,
mientras algunos de ellos van de caza y otros cruzan
por el mar en canoas, probando fortuna. Muchas
veces capturan a los pobres pescadores de tortugas y
lIevándolos consigo los hacen trabajar por tanto tiempo como les viene en gana a los piratas».
Los artículos en que se estipulaban
las condiciones bajo las cuales navegaban
los bucaneros, recibían por la común el nombre de «chasse-partie»
(1).
A principios del filibusterismo, antes del período correspondiente a los grandes cabecillas como Mansfield,
Morgan y Grammont, se acostumbraba elegir capitán
entre los mismos bucaneros, el cual, aunque obedeci·
do fielmente era sustituible a voluntad y apenas poseía mayores prerrogativas
que el simple marinero.
Después de 1655 los bucaneros navegaban por la ge(1) Dampierre dice que -los corsados no están sujetos a
barco all1:\Ino, si no libres de Ir a tierra donde les plazca, o de
trasladarse a cualquier olra nave, con s6lo pagar su provisión.
(Edición de 1906, i. pllll:'. 61.
70 neral con patente de los gobernadores
de Jamaica a
Tortuga y siempre destinaban un diezmo de los beneficios para el gobernador; pero cuando sus presas
eran irregulares, se acogían a menudo a algún escondrijo de la costa para dividir el botín y cuando volvían a puerto mitigaban con dádivas los escrúpulos
del gobernador, que se veía tanto más obligado a disimular cuanto por la común poseía escaso poder sobre aquella chusma ingobernable.
Aunque los españoles llamaban "ladrones" y "demonios" a los bucaneros, nombres que merecían por todos conceptos, los tales
piratas ofrecían a menudo parte de sus despojos a las
iglesias en los puertos que frecuentaban, especial mente
si en el botín existían algunos ornamentos
eclesiásticos a materiales para hacerlos: objetos que no era
raro constituyeran parte apreciable en el cargamento
de los baje!es españoles conductores de caudales. El
escritor jesuíta Labat asistió en marzo de 1694 a una
misa mandada a decir en Martinica -ror unos bucaneros
franceses en cumplimiento
de un voto hecho mientras
daban a caza a dos bajeles británicos cerca de Barbada. El navío francés y sus dos presas se hallaban
anclados cerca de la iglesia y dispararún
salvas generales al comienzo de la misa, en el momento de alzar,
en el acto de la bendición,
y luego al fin de! Te
Dmm cantado después de la misa (1). E! mismo
Labat que no obstante su carácter de sacerdote se
muestra muy benigno cuanto a los delitos de los bucaneros y de quien sospechamos que hubiera recibido
muchos "favores" procedentes del pirático botín, refiere el curioso caso del bucanero capitán Daniel, versión digna de recordarse aunque a menudo ha sido
reproducida
por otros cronistas.
Fallo de provisiones,
Daniel ancló una noche frente a una de las "Santas",
isletas cercanas a Dominica, y desembarcando
sin estorbo ocupó la casa parroquial y otras del vecindario.
A párroco y a feligreses los cond ujo a bordo de su
navío sin la menor violencia y les manifestó que sólo
deseaba
comprar vino, aguardiente
y aves; mientras
(1)
Labat,
op.
cito t. i, cap. 9.
-
71
reunían los abastos, Daniel quiso que el cura celebrara una misa, la cual no se atrevió a rehusarle el
pobre sacerdote.
Al efecto, enviaron por los vasos sagrados que eran menester y en cubierta se improvisó
un altar para el servicio religioso, que fué celebrado
a más y mejor. Como en Martinica, el comienzo de
la misa fuE"solemnizado con una descarga de artillería,
y tras el Exaudiat y las preces por el monarca, los buca·
neros la cerraron con un estentóreo "¡Vive le Roi!"
Sin embargo, hubo un incidente que turbó un tanto la
ceremonia, porque reprendido por el capitán uno de
ios oucalJt:'û;; _j.;e se !T!~"tení¿l.en actitud ¡ndecorosa
en el acto de alzar, lejos de atender
a la reprimenda contestó con impertinentes
amenazas,
Con
la rapidez de un relámpago. Daniel sacó su pistola y
de un balazo le saltó los sesos al bucanero, jurando
por Dios que haría otro tanto con cualquiera que escarneciese el Santo Sacrificio. El disparo se hizo cerca del sacerdote
que, como puede imaginarse, se
atribuló en grado sumo. "No se alarme. padre mío,
dijo Daniel; es un bribón que falta a su deber
y la castigo para enseñarlc
mejor".
Medio muy
eficaz, observa Labat, para impedirle que cayese en
otra falta parecida.
Concluida la misa, el cadáver
fué arrojado al mar, y el cura recompensado de sus
fatigas con algunas mercancías sacadas del fondo común de los piratas y con el presente de un negro
esclavo (1).
Los bucaneros preferían navegar en barcas, bajeles de un solo mástil y velas triangulare·s, porque consideraban que este tipo de embarcación era de manejo
más fácil y más ceñido al viento.
Las construían de
cedro y se reputaban mejores las procedentes de Bermuda; llevaban pocos cañones, por la general de seis
a doce a catorce, en virtud de que los corsaríos creían
que cuatro fusiles obraban mejor que un cañón (2). A
veces los bucaneros utilizaban bergantines,
bajeles de
dos mástiles, el de mezana con dos velas redondas y el
(1)
Labat,
op.
cit. t. Vii, cap. 17.
(2) ¡bid., t. H. cap.
17.
12 mayor aparejado como el de una barca.
El corsario
que vlsiló a Martinica y a quien se refiere Labat, ea·
pltaneaba una corbeta, embarcaci6n
semejante a un
bergantln, salvo que todas sus velas eran redondas.
Al comienzo de un viaje. los flllbusteros se hallaban generalmente tan apiñados en sus medianos bajeles
que sufrían mucho por falta de espacio: además se
veían poco protegidos contra el sol y la lluvia, y por su
reducido acoplo de abastos. a menudo afrontaban el
hambre. circunstancia que con frecuencia influia tanto
como cualquiera otra en sus ataques desatentados contra toda presa probable, grande o chica. a fin de apoderarse de ella o perecer en la tentativa.
Lo primero
que procuraban consistía en acercársele
y aunque una
sola andanada habría hundido su frágil embarcaci6n.
maniobraban con tal destreza que siempre presentaban
la popa al enemigo, mientras sus mosqueteros barrían
la cubierta del contrario hasta que el capitán juzgaba
oportuno el abordaje.
Los bucaneros atacaban
rara
vez a los buques españoles. en el viaje de Europa a
América, porque tales barcos venían cargados de vinos.
telas, granos, y otros artículos que tenlan escaso empleo entre ellos ni les era fácil convertir en dinero: también ocurria que los bajeles de venida llevaban grandes
tripulaciones y considerable número de pasajeros, y así
los que acuciaban
su avaricia eran los buques de retorno, por ser más reducidas las tripulaciones y consis·
tir el cargamento en metales preciosos, maderas de tinte y joyas, articulas que los flIlbusteros podian vender
con facilidad a los comerciantes y taberneros de los
puertos que visitaban.
Refugio favorito de los bucaneros eran el Golfo de
Honduras y la Costa de Mosquitos por sus numerosas
Isletas y arrecifes protectores.
Como para los pesados
barcos españoles de la época constitula ardua empresa
aventurarse
por aquellos tortuosos canales, donde una
súbita racha adversa significaba casi siempre un siniestro, los bucaneros se sentlan allí seguros de sorpresa,
al propio tiempo que en los caños, lagunas y desembocaduras de los rios, cubiertos de tupida vegetación
tropical, podían carenar y reparar sus bajeles, distri·
73
buir el boUn y reposarse de sus correrías marítimas.
Además, desde allí acechaban a los buques españoles
que zarpaban de la costa de Cartagena para Portobelo.
Nicaragua, México y las grandes Antillas y constituían
amenaza constante para los vastos galeones de la flota
de Tierra Firme, conductores
de caudales.
Hasta su
captura efectuada en 1641 inspiraba pánico a los marineros españoles la colonia británica de la isla de Providencia por hallarse establecida frente a la costa de
Nicaragua y en la propia carrera del comercio hispánico en aquellos parajes; y cuando en 1642 algunos ing!espc: ocuparon la isla de Roatán. cerca de Trujillo, el
gobernador de Cuba y los Presidentes ùe la:; i\die;¡·
cias de Guatemala y Santo Domingo equiparon conJuntamente una expedición de cuatro bajeles que a las
órdenes de don Francisco de Villalba y Toledo expulsó
a los usurpadores
(1).
Próximos a los centros bucaneros de Tortuga (y más tarde de Jamaica)
yacían los
estrechos que separan a las Antillas mayores: el canal
de Yucatán al extremo occidental de Cuba, el paso entre Cuba y la Española al esle y el Paso de la Mona
entre ia Española y Puerto Rico, y en esas regiones los
corsaríos se mantenían en espera de buques mercantes
españoles descarriados y velaban el tránsito de los galeones a ::le la flota (2).
Por lo general, cuando regresaban de sus correrías,
los bucaneros disipaban pronto en las tabernas de las
ciudades frecuentadas por ellos los caudales que les
habían costado tantos peligros y fatigas.
Según Exquemelín algunos de estos aventureros
derrochaban
2.000 a 3.000 piezas de a ocho en una sola noche, sin
que les restara ni una buena camisa para echársela encima por la mañana (3). «Mi propio amo, agrega,
(1) Gibbs; Hondura Brilánica, pág. 25.
(2) Un español que escribía de.de Sanlo DonlÍngo en ltí55
se quejaba de una madriguera de bucaneros ingleses establecida
en Saman' (cosla occidental de la Española, ~erca del PaFO de
la Mona), los cuales sembraban labac", y caian soble los barcos
en viaje de Cartagena o Santo Domingo para Bspaña (MSS.
adicionales, 1.1.977,fol. 508).
(3) Una pieza de a ocho valía en Jamaica de cuatro y me·
dio a cinco chelines.
- 74compraba en tales ocasiones una pipa entera de vino
y coJocándola en la calle obligaba a todos los transeúntes a que bebiesen con él, amenazándolos con matarlos
de un pistoletazo si se negaban a ello. Otras veces
hacía lo mismo con barriles de cerveza y muy a menudo arrojaba estos licores al arroyo, empapando losvestidos de los que acertaban a pasar, sin atender al daño
que les causara en ellos, bien se tratase de hombres o
mujeres~.
Las tabernas y cervecerías celebraban siempre la llegada de estos disolutos corsarios y aunque
daban amplios
créditos, también solían vender en
calidad de siervos escritura dos a aquellos que se
adeudaban con exceso, como ocurrió en Jamaica al
mismo patrón o amo de quien habla ExquemeliTl.
Hasta 1640 el filibusterismo tuvo carácter más a
menos accidental y ocasional en las Antillas; pero en
la segunda mitad del siglo aumentó mucho el número de bucaneros, y los hombres abandonaron del todo
sus antiguas ocupaciones por el atractivo y los grandes
beneficios del ~course».
Existían varias razones para
la creciente popularidad del filibusterismo.
Los aventureros ingleses de la Española tuvieron que renunciar
muy en breve a su profesión de cazadores porque con
la llegeda de Levasseur los franceses los habian expulsado gradualmente de la isla, compeliéndolos a retirarse a las Antillas menores a a piratear contra sus
vecinos españoles.
Y fué el caso que en los veintE;
años siguientes los propios franceses se vieron arrastrados a la misma práctica, porque impotentes
para alejarlos de la isla los colonos castellanos de la Española adoptaron por último el cándido acuerdo, según
relata Charlevoix, de suprimir el principal señuelo,
mediante la exterminación de todo el ganado cimarrón,
con la cual presumían que los cazadores se vieran
forzados por el hambre a salirse de las selvas una
vez atajado el tráfico de los èuques franceses y el trueea de cueros por aguardiente.
Tal sistema, junto con
los métodos destructivos empleados por los cazadores,
produjo rápida me~ma en el número de reses, bien
que los espnñoles no llegaron a imaginar las Consecuen:ias de sus procedimientos,
porque muchos de los
-
75-
franceses, obligados a buscar otro oficio. siguieron naturalmente el filibusterismo.
Los cazadores de reses
se convirtieron en cazadores de españoles. y el mar
hizo de sabana en que ellos per:;eguían su presa.
Exquemelín nos dice que cuando llegó a la isla había
apenas unes trescientos individuos dedicados a la caza
y que aun ellos mismos consideraban precario su modo de vivir. Fué de esta época en adelante,
hasta
fines del siglo, cuando los bucaneros desempeñaron tan
principal papel en el teatro de la historia antillana.
Asímismo los siervos escriturados. o engagls. pres·
taDan su l;uIIUiig~¡~:ede re,.l1Jtas
a los filibustcros.
Muchas son las referencias a la balbarie
con que los
hacendados y los cazadores de las Antillas trataban a
sus servidores en el siglo XVII, por lo cual puede creerse que estos últimos. viéndose sometidos a intolerable
situación. huyesen de las haciendas o ajupas para in·
corporarse a la tripulación de cualquier corsario que
merodeara por las cercanías. Como se ha visto, la vida
de los cazadores dejaba mucho que desear en punto
de placeres y holgura, desde luego que por una parte
existían todos los peligros ocultos que acechan en una
selva virgen del trópico, y por la otra la implacable hostilidad de los españoles, circunstancias todas que hacían duros y crueles a los cazadores. de modo que para
más de un engagé sus tres años de servidumbre han debido constituir un verdadero purgatorio. Los peones de
los hacendados no la pasaban mejor. Embaucados en
ciudades y aldeas normandas
y bretonas por las deslumbrantes promesas de capitanes de buque y agentes
antillanos. salían en pos de un Dorado para sólo encontrar con frecuencia la desesperación
y la muerte.
La falta de suficiente número de negros hacía recurrir
a cualquier artificio con el objeto de conseguir brazos
aplicables al cultivo de la caña de azúcar y el tabaco.
Por la común los aprendices enviados de Europa eran
concertados en las Antillas francesas por dieciocho meses a tres años. y por siete entre los británicos; a menudo se les vendía de nuevo en el intermedio y a veces
servían diez o doce años antes de recuperar su libertad;
verdaderos convictos, a menudo peor tratados que los
- 76esclavos con quienes trabajaban
hombro a hombro,
porque sus vidas no tenfan Importancia alguna para
los amos, una vez fenecido el término de servicio. A
muchos de aquellos aprendices,
individuos de buena
cuna y exquisita educación,
no les era dado soportar
el enervamiento del clima y la dureza del trabajo, descontada la sevicia de sus señores.
Exquemelin, que
comenzó en calidad de engagé, hace una lamentable
descripción de los padecimientos
que afligfan a sus
compañeros.
Fué vendido al Teniente Gobernador de
Tortuga, quien lo trató con mucha severidad y se negó
a manumilirlo por menos de 300 piezas de a ocho.
Enfermo a causa del maltrato y la angustia, pasó a
manos de un cirujano que se le mostró bondadoso
y al cabo le dió la libertad por 100 piezas de a ocho,
pagaderas tras su primer viaje pirático (1).
Dejamos
a Levasseur
gobernando en Tortuga,
después del fallido ataque español de 1643. Satisfecho
de su absoluto ascendiente
personal sobre los rudos
caracteres que le rodeaban, Levasseur, a semejanza de
muchos grandes hombres en circunstancias
análogas,
perdió el sentido del ajeno derecho, cambió de carácter, se hizo suspicaz e intolerante, dando ocasión para
que los colonos se quejasen amargamente de sus crueldades y genio despótico.
Convertido en cabeza de una
partida de hugonotes, les prohibió a los católico-romanos celebrar oficios en la isla, les quemó la capilia y expulsó el sacerdote. Impuso fuertes contribuciones
al comercio y allegó en breve considerable fortuna (2).
Se dice que en su aguilera sobre la fortaleza de la roca
había hecho construir una jaula de hierro para encerrar a sus enemigos, jaula dOFlde al prisionero no le era
posible mantenerse de pies ni acostarse y que Levasseur, con ironfa diabólica, llamaba su ~infiernilo". como calificaba de «purgatorio •• a una mazmorra de su
castillo.
Debe advertirse que todas estas versiones
proceden de los jesuitas, enemigos naturales suyos, por
lo cual es bueno pasarlas por el tamiz.
De Poincy
(1)
P.xquemelin, ed. 1684,Part. l, págs. 21-22.
(2)
Dutertre, op. cil., t. l, cap. VI.
'71que también
gobernaba
con desp6tlca
autoridad
y
se hizo culpable de crueldades
análogas,
habría desoída de buen grado las denuncias
contra su teniente a no
despertarse
sus celos con la sospecha
de que Levasseur
trataba
de proclamarse
príncipe
independiente
(1).
Así, el gobernador
general, ya indispuesto
en la corte
por haberle suministrado
a su protegido los medios de
fundar una diminuta
Ginebra
en Tortuga,
comenzó a
desconceptuarlo
ante las autoridades
de la madre patria.
Además envió a Tortuga su sobrino
M. de Lonvilliers, con el pretexto de cumplimentar
a Levasseur
Dar su Ir ¡unía sobre los e<;pañoles, pero en realidad COli
el propósito de atraerlo
a Sainl
Kil,::;, :;::;:;J ::¡'..:~ f'<!~dirS
mañosamente
el sutil y perspicaz Levasseur,
de manera
que de Lonvilliers
hubo de volverse solo a Saint Kilts.
Charlevoix
relata un divertido ejemplo
de la obstinada
resistencia
del teniente
gobernador
contra
la
autoridad
de de Poincy.
Levasseur
se había adueñado
de una imagen de plata que representaba
a la Virgen,
cogida por un bucanero
en un barco español,
y como
de de Poincy quisiera ornamentar
con ella su capilla le
escribió a su subalterno
para
pedirle
la imagen,
hacléndole observar que semejante
objeto carecía de aplicación para un protestante;
pero Levasseur
le contestó
que los protestantes
tenían proíunda
veneración
por las
vírgenes de plata y que siendo los católicos «trop spirituels
pour tenir a la matiere>t, le enviaba en cambio
otra
de
madera pintada.
Tras doce años de gobierno le sonó la últi ma hora a
Levasseur.
Mientras de de Poincy proyectaba
una expedición para despojarlo
del mando,
dos aventureros
llamados Martín y Thibault,
a quienes
Levasseur
había
designado
por sucesores
suyos, y con los cuales se dice
que riñó por una querida,
la mataron
a tiros en ma·
mentas en que bajaba de la fortaleza
a la playa y remataron
el asesinato
con una puñalada,
adueñándose
en seguida
del poder sin oposición
alguna
dtl los
vecinos
(2).
Entre tanto había llegado a Saint Kitls
(1) Charlevoix, op. cit., lib. VlI, pág.16.
(2)
Charlevoix, op. cit., lib. VIl, págs. 17-1~.
-
78 --.
el caballero de Fontenay, soldado aventurero, que se
hizo distinguir luchando contra el turco y a quien atraía
el brillo del oro español.
Escogido por de de Poincy
para suceder a Levasseur, aceptó presuroso la coyuntura que se le ofrecía para entrar en acción, pero el
plan se mantuvo en reserva, porque de haber llegado a oídos de Levasseur todas las fuerzas de Saint
Kilts no habrían podido desalojarlo.
Hubo leva de 'lO·
luntarios con el pretexto de una expedición pirática a las
costas de Cartagena y para llenar mejor las apariencias
de Fontenay se dió realmente a la vela con rumbo a
Tierra Firme e hizo varias presas.
La cita se efectuó
en la costa de la Española, donde el sobrino de de
Poincy, M. de Treval, se reunió a de Fontenay con
una fragata y materiales de sitio. En conocimiento de
la muerte de Levasseur, los expedicionarios zarparon al
punto para Tortuga y una vez allí desembarcaron varios centenares de hombres en el punto donde los españoles habían sido rechandos anteriormente.
Viendo
los dos asesinos que los habitantes
no se mostraban
dispuestos a sostenerlos, capitularon con de Fontenay,
mediante el perdón de su crimen y la pacífica posesión
de sus propiedades.
Bajo el nuevo ré]irnen se restauró el catolicismo, se protegió al comercio y se estimuló a los bucaneros para que utilizaran el puerto. En
la plataforma se levi:lntaron dos bastiones de piedra y
se montaron más caño.les (1 J. De Fontenay usó primero que nadie el título oficial de «Real Gobernador
de Tortuga y de la Costa de Santo Domingo •.
Al nuevo gobernador
no le cupo en suerte gozar
de su triunfo por largo tiempo, porque obedeciendo a
órdenes del Rey de España, el Presidente
de Santo
Domingo, don Juan Francisco de lVIontemayor, venía
(1) Conforme a un manuscrito español en 1653había en Tor.
tuga 700 frallceses, más de 200 negmsy 250 indios con sus mujeres
e bijos. I.os negros y tos indios "mu todos esclavos; aquéllos salteados en las costas de la Habana y Cartagena; éstos traídos de
Yucat~n. En la plataforma del puerto había catorce cañones, y
cuarenta y seis arriba en el fuerte, muchos de ellos de bronce.
(Mss. adiciouales, 13.992, f. 499 Y siguientes.)
El número de piezas
de artillería es sin duda exagerado.
-
'79
preparando
otro conato para Ilbrarse de su molesto
vecino, y en consecuencia por noviembre de 1653 en·
vió contra les franceses una escuadrilla de ·cinco navíos
con 400 infantes. al manda de don Gabriel Roxas de
Valle-Figueroa.
Separados por una borrasca, encallaron dos barcos y se perdió otro, por manera que sólo
la Capitana y la Almiranta llegaron a Tortuga el 10 de
enero.
Acogidos con nutridos fuegos desde la plata.
forma y el fuerte, así como se acercaban
al puerto,
echaron anclas una legua a sotavento y desembarcaron,
con poca resistencia.
Tras nueve días de combate y
asedio del fuerte, capituló OP. Fontenay con honores de
guerra (1).
Conforme al relato francés, los españoles improvisaron unas máquinas de madera para arrastrar una
batería de ocho o nueve cañones hasta la cumbre de
ciertas colinas que dominaban el fuerte, e iniciaron
terrible bombardeo; los sitiados efectuaron varias salidas con el propósito de capturar la batería, pero sin
buen éxito; los vecinos comenzaron a cansarse de la
lucha, y como de Fontenay descubriese ciertos tratos secretos con el enemigo, se vió en el caso
de proponer la capitulación.
En tres días fueron aparejadas y abastecidas con inauditos esfuerzos dos embarcaciones que a medio hundir se hallaban en el
puerto, y en ellas salieron los franceses para Port Margot (2). Los españoles alegaban que el botín habría
sido considerable a no intervenir u~os buques merc3ntes holandeses que sacaron de la isla todos los objetos valiosos. Sin embargo. los vencedores quemaron
los poblados, cargaron con algunos cañones, municiones de guerra y esclavos y tomando esta vez la precaución de dejar en la isla una guarnición de 150
hombres, se dieron a la vela para la Española.
Teme·
(1)
Mss. adicionales,
13.992, f. 499.
(2) Sej{ún Dutertre, los asesinos Martín y Thibault manelaban
uno de los barco~ en que iban las mujeres y los niños, y cuando
escasearon los víveres Ullas y otros fueroll abandollados en Ulla de
las Caimanes, al noroeste de Jawaica, donde hubieran perecido a
no encontrarlos y recogellos un buque holandés.
Nada volvió a
saberse de Martin y Thibault.
-so
rasos de que los franceses se unIeran con los bucane.
ros para atacar su reducido escuadrón en el viaje de
vuelta, conservaron en rehenes a un hermano de Fon·
ten ay, hasta llegar a Santo Domingo.
Y en efecto. tras
la liberación de su hermano, de Fontenay probó a recuperar el islote, pero sólo 130 de sus hombres
la
sIguieron, porque los restantes desertaron para unirse a
los bucaneros en la costa occidental de la Española,
bien que mientras carenaba su buque en Puerto Margot
arribó un mercante holandés con géneros para Tortuga,
y conociendo el de3astre, le ofreció ayudarlo con gente
y abastos; en consecuencia se hizo un desembarco
en
el Islote y (os españoles
fueron sitiados por veinte
días, pero tras varios combates los franceses se vieron
forzados a retirarse.
Con sólo treinta compañeros, de
Fontenay zarpó hacia Europa, naufragó entre los Azores y eventualmente
llegó a Francia para morir poco
tiempo después.
CAPITULO
CONQUISTA
III
DB JAMAICA
La captura de Jamaica, obra de la expedición enviada por Cromwell en 1655. vino a constituir el equívoco principio de una nueva etapa en la historia de
las Antillas. y la primera anexión permanente
de
una parte integrante de la América española, hecha
por otra Potencia europea,
Antes de 1655 la Isla habí'i sido ya visilada en dos ocasiones por fuerzas brItánicas, primero eu 1597, cuando Sir Antonio Shirley
ocupó y saqueó sin mucha resistellcía a Santiago de la
Vega; y luego en 1643 cual\do William Jackson ejecutó
idéntica proeza con 500 hombres de las islas de sotavento.
La expedición de Cromwell,
compuesta de
2.500 soldados y una escuadra considerable, zarpó de
Inglaterra en diciembre de 1654 con el secreto propósito
de «adquirir una ventaja» en aquella porción de las de
-
81-
las Indias Occidentales poseída por los españoles.
El
Almirante Penn mandaba la escuadra, y el general Venables las fuerzas de desembarco ( 1). A fines de enero llegaba la expedición a Barbada, donde se engrosaron las filas con otros 4.000 hombres, además de 1.200
alistados en NevIs, Saint Kitts e islas adyacentes.
Resuelto por los jefes dirigir la primera tentativa contra
la Española, se efectuó el 13 de abril un desembarco
al oeste de Santo Domingo, y sujeto a las terribles torturas del sol tropical y de la escasez de agua el ejército
anduvo treinta millas por bosques y sabanas para atacar la pOOlat:lúll. ~i. ¡;-..:f'.r.¿c ~p. españoles infli¡:¡ió a
los ingleses dos vergonzosas derrotas el 17 y el 25 de
abril, y quejándose a voz herida de la cobardía de sus
hombres y de la falta de cooperación del Almirante
Penn, el general Venables desistió al cabo de su empresa
y se di6 a la vela para Jamaica.
La escuadra inglesa
echó anclas el 11 de mayo en el espléndido puerto
donde se alza ahora Kingston.
Los cañones de los navíos batieron tres fuertes medianos
erigidos a la
parte de occidente. y tan pronto como las tropas comenzaron a desembarcar, las guarniciones abandonaron
el terreno. Al otro día fué ocupado Santiago, seis millas tierra adentro, y el 17 aceptadas las condiciones
ofrecidas por Venables a los españoles, iguales a las
impuestas a los colonos ingleses de la isla de Providencia en 1641: emigración dentro de diez días so
(1) Sus instrucciones no prescribían a Venables ningtín plan
d"ñnido. Se le dijo que existía el proyecto de capturar a la Española o a Puerto Rico, o a una y otro, tras la cual podría tomarse
bien a Cartagena a bien a la Habana, para estorbar el c~rso de las
;Jotas del tesoro. Un plan alternativo consistía en hacer la primera tentativa sobre Tierra Firme en algún punto situado entre la
desembocadura elel Oriuoco y Portobe10, con el propósito final de
apoderarse de Cartagena.
Sin embargo. "Venables se le dejó en
aptitud de consultar con el almirante Penn y tres comísaríos:
Eduardo Wilson, ex-gobernador
de la Colonia de Plymouth en
::O<ueva
Inglaterra,
Dauiel Searle, gobernador de Barbf\da, y Gregorio Butler, sobre cuál de estos planes debería ponerse en ejecución. Hl ataque a la Española uo vino a resolverse sino algún
tiempo después del aTribo de la escuadm a Barbada.
(~arración
del Gral. Venables, ed. de 1900, págs. X, 112-3).
6
- 82pena de muerte y secuestro de todas sus propiedades;
pero en breve se vió que los españoles habían entrado en
negociaciones s6lo para ganar tiempo y retirarse con
sus familias y haberes a los bosques y sierras, desde
donde continuaron la resistencia.
En tanto, el mal
equipado y mal abastecido ejército era diezmado por
las enfermedades, y aunque el 19 arribaron dos buques
almacenes por largo tiempo esperados. los bastimentos
traídos fueron tan escasos que hubo de pedir!>e socorro
a Nueva Inglaterra.
Contrariado por el percance de la
Española yen malos términos con Venables. el Almirante Penn zarpó hacia Inglaterra con parte de la escuadra el 25 de junio; y Venables. tan enfermo que se
desesperaba por su vida, y al mismo tiempo anhelando
justificarse del fracaso inicial de la empresa, partió a
los nueve días en la «Marston Moor». Ambos comandantes comparecieron
el 20 de setiembre ante el Consejo de Estado para responder al cargo de deserción.
y juntos compartieron
la desgracia de un mes de encierro en la Torre (1).
El ejército del general Venables se componía de tro. pas muy inferiores e indisciplinadas. por su mayor parte
desechos de los regimientos británicos o la hez de las
colonias antillanas; pero con todo. las causas principales
del revés padecido frente Santo Domingo fueron la incapacidad de Venables para granjearse ta confianza de
sus oficiales y soldados, sus inexcusables errores en la
conducción del ataque y la falta de cordial cooperación
entre él y el Almirante.
Desde luego eran enormes las
dificultades con que había de luchar, y por otra parte
parece que carecía de entereza de carácter y capacidad
militar, amén de que su mala salud dificultaba aun
más una tarea para la cual era del todo inadecuado.
El relativo fracaso de esta empresa favorita de Cromwell constituyó un duro golpe para el Protector, que en
vista de los sucesos se encerró un día entero en su
aposento. meditando
en el desastre cuya responsabilidad pesaba principalmente sobre él. No se había
(1) Gardiner: Rist. de la República y ~I Protectorado,
Ill, cap. XLV; Narraci6n del Gral. Venables.
vol.
-
83-
propuesto el simple establecimiento
de una nueva colonia en América, sino apoderarse de aquellas porciones de las Antillas y de la tierra firme española que le
permitieran dominar la ruta de las flotas del tesoro hispano-americanas,
fin para el cual ofrecía Jamaica pocas ventajas sobre las que brindaban Barbada y Saint
Kitts, y aun era demasiado
temprano para que comprendiese que isla por isla. Jamaica era mucho más
apropiada que la Española para asiento de una colonia británica (1).
Mú.¡¡;¡;;; re!:g!0~ns y económicos constituyen la clave de la política exterior de Cromwell y se hi:1ce d;ffci!
descubrir cuáles de ellos prevalecieron en su mente
cuando proyectaba semejante expedici6n.
Heredó de
los puritanos de la época isabelina el tradicional aborrecimiento religioso de España como baluarte de Roma, y en su espíritu, como en los de aquéllos, la ruina
de los españoles en las Indias Occidentales equivalía a
un golpe contra el Anticristo y a un triunfo de la religión verdadera.
Venables y sus sucesores en Jamaica
estaban profundamente imbuidos en los fines religiosos
de la expedición (2). Sin embargo, Oliverio, que sólo pos·
ponía su ambición a extender el imperio de Inglaterra
más allá de los mares. al deseo de proteger «el pueblo
de Dios», anhelaba la indiscutible preeminencia de su
patria sobre las demás naciones de Europa, preemineu_
cia que, como acaso la previó, debía ser comercial y
colonial.
El comercio universal había aumentado
en
enormes proporciones a partir del descubrimiento
de
América, y su dominio traía consigo poderío nacional.
El Nuevo Mundo era la mina de Europa, y si
Inglaterra estaba llamada a colocarse al frente del comercio y la navegación del orbe, había de romper el
monopolio de España en las Indias y cobrar influencia
en la América española.
Santo Domingo no representaría sino un paso previo tras el que sería absorbido
(1)
Gardiner, op. cit., III, pág. 368.
Cj. ,Patente de los comisionados
para la expedición
de las Indias Occidentales.
(Narración del Gral. Vellable¡;, pág.
109).
(2)
-84gradualmente el resto de los dominios
Nuevo Mundo (1).
españoles
en el
La disculpa inmediata
por el ataque de la Española y Jamaica fué la práctica ibérica de secuestrar
buques ingleses y maltratar a las tripulaciones por al
sólo hecho de hallarse en algún paraje del Caribe, aun
cuando se dirigiesen a un centro en posesión real de
colonos británicos, y bien que el ataque obedecía al
antiguo propósito encaminado
a la ocupación efectiva
contra la donación papal, tanto Cromwell como Vena·
bles presumían
que los precedentes
asaltos españoles sobre buques y colonias inglesas suministraban un
caStlS bellt' suficiente
(2); pero en realidad no existía
excusa para un ataque velado contra España, nación
que fué la primera en reconocer a la naciente República y que deseaba
y aun ansiaba unirse con Inglaterra. A este fin se habían efectuado negociaciones
para celebrar una alianza, y aunque no admitidas, las
ofertas de Cromwel1 jamás llegaron a ser retiradas en
realidad.
Sin declaración
de guerra o anuncio formal de cualquier naturaleza,
procedióse a aparejar
una escuadra ya enviarla en el mayor secreto para caer
de improviso sobre las colonias de una nación amiga.
La hazaña toda asumía un carácter isabelino; era un
(I) Ct.. American Hist. Review, vol. IV, pá.g. 228. Instruc·
ciones al Gral. Roberto Venables.
(Narración dd Gral. Venables,
pá.g. J 11).
(2) Cf. Narración del Gral. Venables, págs. 3, 90; .Instruc·
cionesal General Penn., etc., ibid., pág 107. Tras el comienzo
de la guerra de Aspaña, Cromwell tuvo a empeño justificar
su gobierno de los cargos de traicióu y violaci6n de lo~ deberes in'
ternacionales, tarea encomendada al Secretaría latino, John Milton,
el cual publicó el26 de octubre de 1655uu manifiesto para defeuder
los actos de la República.
Adujo dos razones principales para la
acometida contra las Antillas:-(I)
las crueldades de los e.pañoles
contra los ingleses en Aml"rica y ~Us depredaciones cootra las colonias y el comercio británicos; (2) el trato cruel y la extermina·
ci6n de los indígenas.
Neg6 las pretensiones españolas a poseer
toda la Aml"rica, bien a título de donación papal, bien por el s610
derecho de descubrimiento, a aun por el derecho de colooización,
y sostuvo los derechos naturales y contractuales de los ingleses
para ejercer el tráfico en mares hispánicos.
-
8S-
retroceso a la caza del oro inspirado
en los antecedentes de Drake y Raleigh, y fué la primera de las
grandes expediciones
filibusteras
(1).
A no dudarlo, Cromwell obedeció también a la
influencia de las representaciones
elaboradas por Tomás Gage, súbdito británico incorporado a los dominicos y enviado por ellos a la América española.
Vuelto a Inglaterra en 1641, se convirtió al protestantismo, se afilió al Parlamento y llegó a Ministro.
En
1648 publicó bajo el título de «El Angla-americano,
o Nueva perspectiva de las Indias Occidentales»,
sus
!::'l::"""¡""p.s de las Inùias Occidentales y México, libro
muy entretenido que se proponía excitar a ¡os ingieses contra las «idolatrías» romanas; demostrar cuán
ventajosas
serían para Inglaterra
por el comercio
y los metales preciosos las provincias hispano-americanas y cuán fácilmente podía capturárselas.
Además,
en el verano de 1654 Gage había presentado al Protector un memorial en que resumía las conclusiones
de su libro, afirmándole a Cromwell que las colonias
españolé:s se hallaban escasamente
pobladas
y que
los pocos blancos residentes en ellas, sobre no ser
aguerridos. carecían de armas y municiones. Aseguraba que la conquista de la Española y Cuba no presentaba dificultades y que la misma América Central era demasiada débil para oponer larga resistencia (2). Todo
ello estaba en razón, y si Cromwell hubiese enviado
(1) En los primeros cincuenta años del 8iglo XVII no se dej6
desvanecer el recuerdo de las proezas de Drake y de sus contempo.
ráneos, pues con frecuencia se imprimian obras como "Sir Francis
Drake redivivo. y .EI Mundo circuodado par Sir Francis Drake •.
Aquella se publicó en 1626 y luego dos años más tarde; -El Mundo
circundado" en 1628 y fué reimpreso en 1635 y 1653. Ulla cita correspondiente a la portada deltíltimo revela el espíritu de la época:
Sir Drake, Sir Francis. RI mundo circundado.
Siendo sn viaje
siguieute al de Nombre de Dios, formalmente impreso
ofre.
cido .... especialmente para excitar los ánimos valientes a que beneficien su patria y eternicen sus nombres con semejantes y atrevidas empresas.
tondre .•, 1628.-C.f. también a Gardiner, op. cit.,
rII, pag-s. 3~3-4~.
(2) Gardiller, op. cit., rII, pág. 346; ej. también:
tuai de Jamaica, 1683._
·Estado al;-
-
86-
un ejército de importancia a las órdenes de un jefe
cO!llpetente, el resultado habría sido otro, como la
demostraron
pocos años después
las proezas de los
bucaneros.
Considerada
la deplorable situación de Jamaica
en 1655-56, fué una ventura el que los españoles no
estuviesen en condiciones de emprender la reconquista
de la isla. Cuba, el territorio español más cercano a
Jamaica, se veía azotado por la peste más terrible que
se hubiera conocido allí en muchos años, y sus habitantes, temerosos por la propia seguridad. lejos de pretender desalojar a los ingleses, proveían con afán a la
defensa dit sus propias costas (1).
Con todo, algunas
tropas mandadas por el ex-gobernador de Jamaica, don
Cristóbal Sasi Amoldo, pasaron desde Santiago de Cuba
en 1657 y se atrincheraron
en la orilla septentrional
como puesto avanzado de una fuerza más numerosa
que se esperaba del continente.
El coronel Doyley.
gobernador interino de Jamaica, interceptó unas instrucciones relativas a la empresa y con 500 hombres de
primera ¡¡nea se embarcó hacia la costa del norte. atacó
a los españoles en sus atrincheramientos
y los derrotó
por completo (2). Al año siguiente desembarcaron
y
construyeron un fuerte en Río Nuevo unos 1.000
hombres que formaban el tan esperado cuerpo de infantería regular española. Con idéntica energía, Doy ley
volvió a salir el 11 de Junio, a la cabeza de 750 hombres,
desembarcó bajo los fuegos del enemigo el 22 y al otro
día capturó el fuerte tras.un brillante asalto en que perecieron cerca de 300 españoles, ylOO más, con muchos
oficiales y banderas, quedaron en poder del vencedor.
Los ingleses tuvieron COsade sesenta bajas entre muertos y heridos (3). Tras el fracaso de una tentativa análoga, pero más débil, hecha en 1660, los españoles
(1) Long; .Historia de Jamaica., 1: pág. 260; ,'alendario
Papeles de Estado, serie colonial, 1675-76. Adenda, nY 274.
(2)
de
Long., op. cit., l, págs. 272 y .ig •.
(3) [bid; Papeles de Thurloe, VI, pág. 340; VII, pAg. 260; .Estado actual de Jamaica, 1683.; Calendario de Papel"s de Estado,
serie colonial, 1675-76. A.denda, Nos. 303-308.
-
87-
desesperaron de recuperar a Jamaica, y la mayor parte
de los que permanecían en la isla aprovecharon la primera ocasión para retirarse a Cuba y a otras colonias
españolas.
Las tropas de ocupación
resultaron ser pésimos
elementos para colonizar a Jamaica, siendo así que el
ejército cay6 a poco en desastrosas condíciones; oficiales y soldados pillaban y se amotinaban en vez de trabajar y sembrar; sus estragos condujeron a la escasez
de alimentos, y la escasez de alimentos trajo consigo
epidemias y muerte ( 1). Por este camino se proponían
constreñir al Protector para que los repatriara a los
utilizara atacando las opulentas cíUÙcide¡¡ e;';p¡;,r;olas de
Tierra Firme, ocupaci6n mucho más lucrativa que la
de sembrar maíz y proveerse de mantenimientos;
pero
Cromwell tomó a empeño desenvolver y fortalecer su
nueva colonia y en consecuencia lanz6 una proclama
para esti mular el tráfico y ]a colonización en la isla,
exonerando de contribuciones
a los habitantes, y el
Consejo dispuso que se enviasen de Irlanda 1.000 mozos e igual número de doncellas.
El gobierno escocés
recibi6 instrucciones para aprehender y remitir a holgazanes y vagabundos, al propio tiempo que se enviaron agentes a Nueva Inglaterra y a las islas de Barlovento y Sotavento con el fin de procurar y atraer
colonos (2).
Bermudenses,
judíos y cuáqueros
de
Barbada y criminales de New Gate contribuyeron a
henchir la población de la nueva colonia, y se dice que
(1) Long, op. cit., l, pág. 245; Calendario de Papeles de Rstado, serie colonial, 1675--76. Adenda, Nos. 236, 261, 276, etc.---La
situación de Jamaica inwediatamente
después de su captura contrasta de manera notable con lo que podrfa esperarse una vez leídas
las animadas descripciones que de la isla, sU clima, suelo y productos no. han dejada ingleses que la visitaron. Jackson la corn·
paraba en 1643con los valles arcádicos y el Tempe tesalio. y nlUchas de sus soldados quisieron permanecer y vivir con los españoles. Véase tambiéu la pintura de Jamaica contenida en el Mss.
de Rawlillson y hecha justamente después de la llegada del ejército
británico.
(.Narración del Gen. Venables., págs. 138.-9).
(2). Calendario cie Papeles de Estado, serie colonial,. 1675--76;
Adeuda, Nos. 229, 232; Cucas: Geografía histórica de las Colonias
Británicas, Il. pág. 1b1 Ynota.
-
88-
èn 1658 la isla contenía 4.500 blancos, amén de 1.500
a más negros esclavos
( 1).
Uno de los principales
propósitos de la política
inglesa en las Indias Occidentales consistía en dominar
Jas rutas mercantiles de España, objeto que se revela
en todas las instrucciones
de Cromwell para los jefes
del plan jamaiquino y que reaparece en sus instrucciones de 10 de octubre de 1665 para el Mayor General
Fortescue y el Vicealmirante
Goodson.
A Fortescue
se le dieron poderes y autorización para desembarcar
tropas en territorio cuya propiedad pretendiesen los españoles, para tomar los fu~rtes, castillos y plazas fortificadas de éstos. y para perseguir, matar y destruir a todo el
que se le opusiera.
El Vicealmirante
debía apoyado
con sus fuerzas marítimas y poner en práctica los medios más eficaces para apresar todos los buques pertenecientes al Rey de España a a sus súbditos en América (2). Como se ha dicho los soldados mostraban
más empeño en combatir a los españoles que en cultivar la tierra, y en breve tuvieron ocasión de poner
manos a la obra. El almirante Penn había dejado doce
navíos a cargo de Goodson, y seis de ellos andaban
recogiendo unas cuantas presas españolas descarriadas
que contribuyeron al pago de los víveres enviados de
Nueva Inglaterra (3). bien que Goodson procuraba aumentar el botín nada menos que con los galeones o
alguna Ciudad española del continente.
Ignoraba donde
estuviesen los galeones, mas parece que a fines de julio recorría con ocho bajeles las aguas de Cartagena
y
Portobelo, y el 22 de noviembre envió al capitán Blake
con nueve barcos a la misma costa para interceptar en
todos los navíos que se dirigiesen allí desde España o
cualquiera otra procedencia. La escuadra fué disuelta por
el mal tiempo. y parte de ella regresó el 14 de diciembre
para reparar sus averías. dejando algunas fragatas de
escaso porte al acecho de un buque m.ercante de cuya
(1) Lucas. op. cil., Il, pág. 109.
(2) Calendario de Papeles de Estado. serie colonial, 1675--76.
Adeuda, 1'\0s. 230, 231. Fortescue fuê el sucesor del Gen. Venables
en Jamaica.
(3). [óid., No. 218; Long, op. cil., l, pág. 262.
-
89-
presencia en aquél paraje se tenía noticia (1). La primera ciudad de Tierra Firme que experimentó los efectos
de este nuevo poderío desarrollado en las Indias, fué la
de Santa Marta, próxima a Cartagena, en las costas de
lo que es ahora los Estados Unidos de Colombia.
Ya
avanzado el mes de octubre, un mes justo antes de la
partida dI' g);¡ke, Goodson se dió a la vela con una escuadra de ocho navíos para depredar las costas españolas.
Existe la versi6n de que su designio primitivo
se dirigía contra Río de Hacha. cerca de las granjerías
de perlas, pero «habiendo errado su meta» siguió el
rumbo de Santa Marta.
Desembarcó 400 marineros y
~UiJc1JÛ5,I'¡.;:;~::;::!~"l'''' <;l'<; cañones, tomó y demolió
los dos fuertes que le cerraban el camino, y entro en Id
ciudad.
Al ver que los vecinos habían huído ya con
todo la que pudieron llevar consigo, los persiguió unas
doce millas tierra adentro, y a la vuelta les saqueó y
quemó las casas. embarcó treinta cañones y otros
productos del pillaje, y zarpó hacia Jamaica (2). Aque·
lIa fué una heroica hazaña ejecutada con un puñado
de hombres, pero sus beneficios resultaron mucho me·
nore, de la que se esperaba,
Habiase acordado que
marineros y soldados
recibirían la mitad del despojo, pero computado el producto se vi6 que la parte
de aquéllos no llegaba a más de 400 libras esterlinas
para saldar las cuales el Estado tomó las treinta piezas
de arti'lería. junto con cierta cantidad de pólvora, balas. cueros, sal y maíz (3). Sedgwick le escribió a
Thurlce Que «calculando todo la incluido en la porción
del Es1ado, no se compensaba la pólvora y proyectiles
gastados en aquel servicio» (4). Sedgwick era uno
de los comisionados civiles nombrados para el gobierno
de Jamaica;
soldado valiente y piadoso. con mucha
experiencia y honrosos antecedentes militares en la colonia de Massachusetts, no aprobaba aquel género de
(1) Calendario de Papeles de Estado, serie colonial, 1675-76.
Adenda, Nos. 2\8, 252. Papeles de Thurloe, IV, plig-s.451, 457.
(2) Papdes de Thurloe, IV, plígs. 152,493.
(3) Calendario de Papele,; de Rstado, serie colonial, 1675-76.
Adenda, No. 236.
(4) Papeles de Thurloe, IV, pág.604.
-
90-
guerra contra los españoles.
«Esta suerte de merodeo
para ejercer la piratería contra el comercio de las Antillas y saquear y quemar ciudades,-escribe,
-aunque practicada por largo tiempo en estas partes, no es
sin embargo honorífica para una real marina ni creo
tampoco que fuese la obra que se tuvo en mientes,
aunque acaso deba ser tolerada por ahora».
También
expresó por escrito que si Cromwell quería cumplir su
primitivo propósito de interceptar la ruta de los tesoros
españoles, debía ocuparse de modo permanente alguna
fortaleza de importancia como Cartagena
o Habana,
plazas que por hallarse muy bien guarnecidas reque·
rían para reducirlas considerable
ejército y escuadra,
tales como Jamaica no los poseía entonces; pero que
devastar y quemar ciudades de orden subalterno, sin
retenerlas, sólo conducía a prolongar la guerra de modo indefinido con poca ventaja o beneficio para nadie (1). El capitán Nuberry visitó a Santa Marta semanas después del desembarco de Goodson y yendo a
tierra se encontró conque más o menos un centenar de
personas, se hablan atrevido a regresar y reconstruir
sus devastadas residencias.
A la vista de los ingleses
los míseros habitantes volvieron a huir incontinente a
las selvas, y Nuberry y sus hombres destruyeron sus
casas por segunda vez (2).
Con diez de sus mejores navíos Goodson se dio
de nuevo a l~ mar el 5 de abril de 1656 y navegó al
este por la costa de la Española hasta Alta Vela, esperando encontrarse con unos barcos españoles señalados por aquellos parajes.
No dando con ninguno viró
hacia el continente y desembarcó en Río de Hacha el
4 de mayo con 450 hombres.
El relato de esta hazaña
constituye el mero recuento de lo ocurrido en Santa
Marta. La gente había visto la escuadra inglesa seis
horas antes de que pudiese echar anclas y huyó de la
ciudad a las sierras y bosques circundantes;
sólo quedaron doce hombres para defender el fuerte, atacado y
expugnado por los ingleses en media hora.
Cuatro
( 1) ¡bid. págs. 454-5, 604.
(2)
Papeles de Thurloe, IV, pág. 452.
-
91-
grandes cañones de bronce fueron embarcados
en los
navíos, y el fuerte demolido en parte.
Los españoles
quisieron parlamentar el rescate de su villa, pero como
transcurriese el plazo de un día sin que diesen signos
de conJlenir en las demandas del almirante, éste quemó la plaza el 8 de mayo y levó anclas (1). Goodson
tocó otra vez el 11 en Santa Marta para hacer aguada,
y el 14 se presentaba ante Cartagena con el objeto de
observar la bahía.
Dejando tres navíos para que barloventearan allí, regresó a Jamaica con sólo dos medianas presas, una cargada de vino y la otra de cacao.
Pero como sus marineros se mostraban
inquietos
y ávidos ae
elufJlt:sé.S,';'
:7:e:l!Q:i~~ r!P. !1l!1io Good·
son tenía catorce de sus bajeles frente a la costa
cubana. cerca del cabo de San Antonio, donde estaban
al acecho de los galeones o la flota. escuadras
estas
dos últimas cuyo arribo era esperado entonces en la
Habana.
Mas su anhelo por repetir la hazaña de Piet
He}'n estaba condenado a no cumplirse nunca, porque
en breve supo que la flota de Tierra Firme había entrado en el puerto de la Habana el 15 de mayo y zarpado hacia España (2) el 13 de junio, tres días antes
de su llegada a aquella costa.
Entre tanto había volado uno de <sus propios baJeles, el «Arms of Holand»,
con pérdida de cuanto existía abordo, salvo tres tripulantes y el capitán, y otros dos barcos se hallaban desmantelados.
Cinco unidades de la escuadra regresaron
a Inglaterra el 23 de agosto y Goodson permaneció con
las restantes en la costa de Cuba hasta fines del mes,
acechando en vano la flota de Veracruz que no llegó a
salir en aquella temporada (3).
(1) Ibid., V, págs. 96, 151.
(2) Esta fuê la fiota de caudales capturada frente a Cádiz el
9 de setiembre por el navío del capitán Stayner y otras dos fral\'atas
Hubo seis galeones apresa10s, hundidos a quemados con no menos
de 600.000 libras esterlinas en oro y plata. Los galeones incendiados por Blake en el puerto de Santa Cruz el 20 de abril de 1657 formaban sin duda la flota mexicana que el almirante Good6on había
esperado inútilmente a la altura de la Habana el verano anterior.
(3) l~alendario de Papeles de l<~stado, serie colonial, 167576 .. \denda, Nos. 260,263,266,
270, 275; Papeles de Thurloe, V,
pág. 340.
-
92-
Ahora era gobernador
de Jamaica, el coronel Eduardo Doyley, el oficial que tan presto frustró las tentativas
de los españoles
para recuperar
la isla en 1657-58.
Había tomado parte en la expedición
de las Antillas
con el carácter
de teniente
coronel en el regimiento
del
general Venables y a la muerte del Mayor general
Fortescue, ocurrida en noviembre
de 1655, los comisionados de Cromwell
en Jamaica
la nombraron
comandante
en jefe de las fuerzas de tierra.
En mayo de 1656 la
sustituyó Roberto Sedgwick
pero fallecido
éste
a los
pocos días, Doyley pidió al Protector
que la eligiese para
el cargo, no obstante la cual en diciembre
de 1656 llegó
de Inglaterra
William Brayne con el objeto de asumir
el mando
supremo,
mas fulrninad:>
por
la fiebre
meses más tarde, a semejanza
de sus dos predecesores,
el puesto
recayó
en Doyley de modo
permanente.
Doyley fué un gobernante
muy eficaz y aunque
se le
ha acusado
de haber visto
con menguada
consideración a respeto el cultivo y el comercio,
el cargo p;¡rece
injusto (1).
Mantuvo
con firmeza
el orden entre individuos desanimados
y adversos
a Id colonización,
y al
salir de su empleo la colonia era una comunidad
relativamente
próspera y bien organizada.
Confirmado
en
el ejercicio de su cargo por Carlos II. bajo. el gobierno
de la Restauración,
fué, sin embargo,
sustituido
por
Lord Windsor
en 1661.
Doyley se distinguió
principalmente
por su vigorosa
policía
contra los españoles,
no sólo en la defensa de Jamaica,
sino
estimulando
a los corsarios y llevando
la guerra a\ campo
enemigo.
Al saber en 1658 por unos
prisioneros
que
los galeones esperaban
en Portobelo
el tesoro de Panamá, Doyley embarcó
300 hombres en un escuadrón
de cinco bajeles y los envió a apostarse
en una bahía
oculta entre aquel puerto
y Cartagena
para interceptar
a los buques españoles.
El 20 de octubre
fueron divisados los navíos:
veinte y nueve por todos,
quince
galeones
y catorce grandes mercantes;
por desdicha
to(1) Ct. MU8eo Británico, !Ilss. adicionales,
12, 430. Diario
del coronel Reeston. Se diría qne el coronel Beestoll abrigaba
particular malE:volencia CQntra Doyley. Pero la opinión es favora.
ble a Doyley, C.f. Long, op. cit., l, pág. 284.
-
93-
dos los buques británicos, salvo el «Héct~'r» y el ((Marston Moon se hallaban
ausentes aquel instante en
busca de agua dlllce; los dos en guardia nada podían
hacer por sí solos, pero saliendo audazmente al encuentro de los españoles, se les colgaron en zaga, y proba·
ron sin éxito a dispersados.
Posteriormente, la escuadra inglesa atacó y redujo a cenizas la ciudad de
Tulú en Tierra Firme, amén de capturar dos barcos españoles en la rada; y todavía visitó de nuevo a la desventurada Santa Marta, donde se mantuvo por tres
días y desembarcó una columna que hizo una recorrida
de vanas rIllttc1i> éL •• .:;. :::=:!"~"" ql'emándolo y destruyéndolo todo a su paso (1).
Sin embargo, el 23 de abril de 1659 regresaba a
Port Royal otra expedición cuyo suceso satisfacía los
apetitos más voraces de la codicia.
Doyley había enviado a pillar la costa suramericana tres fragatas mandadas por el capitán Cristóbal Myngs (2) y con 300
hombres a bordo. Primero entraron en Cumaná y la
destruyeron, y luego costeando al occidente volvieron a
desembarcar en Puerto Cabello y Coro, Ciudad esta
última donde persiguieron a los vecinos por los bosques
y donde entre otros despojos se apoderaron de veinte
y dos arcas del real tesoro destinadas al soberano español y cada una de las cuales contenía 400 libras de
plata (3).
Embarcado este dinero y otros efectos del
(1) Calendario de Papeles de Estado, serie colonial, 1675-76.
Adenda, Nos. 309, 310. En estas cartas se da a las cil¡dades los
nombres de .Tralo. y .Saint Mark.. Cf. también los Papeles de
Thurloe, VII, pág. 340.
(2) El capitán Crist6bal :\'lyngs había sido designado en 1654
para la .!lIarston Moon, fragat'! de cincuenta y cuatro cañones, y
servido dos años en las Antill~s a las órdenes de Goodson en 1656y
1657. En mayo cie 1656tomó parte en el saco de Río Hacha. I.a
.Marston !lloor. regresó a Inglaterra en julio de 1657 y se dispuso
que fuese revarada, pero Myngs y su fragata estaball de nuevo en
PorI Royal para el 20 de febrero de 1658. (Calendatio de Papeles
de Estado, serie celonial, 1675-76. Adenda, /l:os. 295, 297). l'ras d
retorno del Almirante Goodson a Inglaterra (Ibid., N~ 1.202) pa·
rece qne 1I1yngs fué el oficial supremo de marilla en las Indias Oc·
cidentales y se distinguió grandemente en sus acciones navales
con tra los españoles.
(3) Mss. de Tanner, LI, 82.
-
94-
pillaje constituidos por plata labrada, joyas y cacao, tornaron a Port Royal con la presa más rica llevada alguna
vez a Jamaica.
El botín total fué calculado entre
200.000 y 300.000 libras esterlinas (1).
La abundancia de nuevas riquezas introducidas en Jamaica contribuyó en mucho a levantar el ánimo de los colonos y
situó a la isla en vías de más prósperos tiempos.
Con
todo, la secuela de tan brillante hazaña fué desgraciada
en cierto modo: hubo disputas entre los oficiales de la
expedición y el gobernador y otras autoridades
insulares sobre el reparto del botín, y a principios de junio
de 1659 el capitán Myngs fué enviado a Inglaterra, a
bordo de la «Marston Moor,., y suspendido por desobediencia y Tobo montante a 12.000 piezas de a ocho
en la bodega de una de las presas.
Myngs era un
comandante
activo e intrépido, mas evidentemente
codicioso y ávido de mando.
Parece haber tratado de
distraer la mayor parte del dinero cogido en beneficio
de sus oficiales y soldados, disponiendo
del botín por
propia iniciativa antes de dar cuenta precisa de él al
gobernador o administrador general de la isla. Doyley
escribe que a bordo de la «Marston Moor" había una
constante feria y que alegando la costumbre de romper
y pillar las bodegas, Myngs y sus oficiales permitieron
que las veinte y dos arcas de plata pertenecientes al
Rey de España fuesen distribuidas entre los soldados,
sin proveer para nada a los derechos del Estado (2).
También hubo cierta disputa acerca de la manera Có'
mo debía disponerse de seis presas holandesas embargadas por Doyley a su regreso de Inglaterra porque
se libraban al tráfico i1icito en Barbada,
presas que
asimismo fueron pilladas antes de llegar a Jamaica,
(1) Calendario de Papeles de Estado, serie colonial, 1675-76.
Adenda, Nos. 315, 316. Algunos cómputos lo hacen ascender a
500.000libras esterlinas
(2) Calendario de Papeles de Estado, serie colonial, 1675-76.
Adenda, Nos. 315, 318. El capitán William Dalyson escribia a
Inglaterra el 23 de enero de 1659-60 que creía verdaderamente que
si el general (Doyley) estuviese en la metrópoli respondiendo
por 51 mismo, se veria que el capitán Myngs no era sino un
mentecato presumido y jactancioso, y u II picaro que cidra udaba al Estado y robaba a los mercaderes.
[bid., No 328.
- 95siguiéndose de ello que el descontento de Myngs subió
de punto cuando se encontró conque en la colonia no
existían jueces para procesar y condenar buques secuestrados en virtud de las leyes de navegación.
Por
su parte, una vez en Inglaterra, Myngs introdujo quejas
contra el gobernador Doyley, el administrador
general
Burough y el Vicealmirante Goodson, fundándose
en
que ellos recibían mayor lote del que les correspondía
en las presas, y esto di6 origen a una guerra de mutuas recriminaciones
(l).
Parece sin embargo que
entre los des6rdenes de la Restauración se hizo poco
:?~0 Op.1 ~sunto en Inqlaterra.
La insubordinación de
los oficiales en 1659-60 era una luente constalllt: dè
dificultades y estorbos para el gobernador en su empeño por establecer el orden y la paz en la colonia.
En Inglaterra nadie sabía de fijo donde residía en
efecto la autoridad del gobierno, y así Burough podía
escribir desde Jamaica el 19 de enero de 1660: «Aquí
estamos la mismo que ustedes; cuando supimos la
muerte del Lord Protector proclamamos a su hijo y
cuando supimos la separación de éste proclamamos un
Parlamento y ahora poseemos una Comisión de seguridad» (2).
Las consecuencias
de semejante incertidumbre amenazaban ser perjudiciales a Jamaica, colonia reciente y llena de aventureros, porque relajaba los
resortes de la autoridad y estimulaba en los espíritus
licenciosos el desdén por el gobernador.
Carlos II fué proclamado Rey de Inglaterra el 8 de
mayo de 1860, y entró en Londres el día 29. La
guerra iniciada por Cromwell contra España era esencialmente una guerra de la República y como la corte
española se había mantenido en términos amistosos
con el príncipe en destierro, al recuperar éste la corona
sobrevino por si misma una cesación de las hostilidades con España.
Carlos dirigió una nota a don Luis
de Haro el 2 de junio de 1660, para proponerle un armisticio en Europa y América, el cual debía conducir a
una paz permanente y al restablecimiento
de las rela(1) ¡bid., Nos. 327,331.
(2) Calendario de Pap ••les de Estado,
Adeuda, Nu. 326.
serie colonial,
1675-76
clones comerciales entre ambos reinos (1).
Al propio
tiempo, Sir Henry Bennet, Ministro Residente de Inglaterra en Madrid, hizo análogas proposiciones al monarca español.
Recibida en julio una respuesta favorable,
ellO de setiembre de 1660 fué proclamada la suspensión del estado de guerra, inclusa la renovación del
tratado de 1630. En Madrid se abrieron negociaciones
para un nuevo tratado, pero el enlace de Carlos con
Catalina de Braganza, efectuado en 1662, y la consiguiente alianza a Portugal, con quien España se hallaba
entonces en guerra, vinieron a contrariar todos aquellos
designios.
El armisticio con España no fué publicado
en Jamaica sino el S de febrero del año siguiente. luego
que el coronel Doyley hubo recibido el 4 del mismo
mes una carta del gobernador de Santiago de Cuba.
junto con una orden de Sir Henry Bennet para la cesación de las hostilidades, orden que Doyley hizo pública acto seguido
(2). Los españoles remitieron
también COn la carta cerca de treinta prisioneros ingleses. Carlos II confirmó a Doyley en su gobierno de
Jamaica, no siendo expedida su patente hasta el 8
de febrero de 1661 (3); pero como anhelaba regresar a
Inglaterra con el objeto de gestionar sus negocios privados, el 2 de agosto fué designado Lord Windsor para
sucederlo en el cargo (4).
Al año justo. en agosto de
1662, Windsor llegaba a Port Royal, provisto de instrucciones que la autorizaban «para tratar de alcanZar
y mantener buena correspondencia
y tráfico libre con
las posesiones
pertenecientes
al Rey de España, aun
recurriendo a la fuerza en caso necesario~. (5).
(1)
Papeles de Estado, España, vol. 44,
r. 318.
Calendario de Papeles de Estado,
Nos. 17, .61.
serie colonial,
1'i6l-6ll.
Calendario de Papeles de Estado,
serie colonial,
1661-68
(2)
(3)
No. 20.
(4)
Ibid., No. 145.
(5) ¡bid., Nos. 259, 278. Por las instrucciones originales de 21
de marzo de l66<!se autorizaba a Lord Windsor para registrar 108
na\'íos que se hiciesen sospechosos de traficar COll los españoles y
para adjudicarlos en la Corte de Almirantazgo.
Sin embargo, parece que a los quince días el Rey y su consejo habían cambiado
-
97
El asunto del comercio
Inglés con las colonias
hispánicas
de las Indias, había surgido por vez primera
en las negociaciones
para el tratado
de 1634, a raíz
de las prolongadas
guerras
entre Isabel y Felipe
Il.
A los esfuerzos de los españoles
para que se incluyese
una cláusula
con la prohibición
explícita
de ejercer
el comercio, se opuso la demanda
británica en favor de
la libertad absoluta.
Los españoles
protestaron
que
jamás había sido concedida
en previos
tratados
a a
otras naciones
ni aun a súbditos españoles,
sin someterlos a restricciones,
y clamaron
porque al menos se
estipulf\se una cláusula privada sobre la materia,
pero
los comlsí(J11<1~û5 0 ..;ti:::::c~~'" .,egaron a ello con firmeza y sólo prometieron
prohibir
el comercio
con
puertos sometidos a la autoridad
efectiva de España.
Finalmente
se llegó a un compromiso
cuanto a las palabras «in quibus ante bellum fuit commercium,
juxta et
secundum
usum et observantiam
(1).»
Este artículo
fué renovado
en el Tratado
de Cottington,
correspo .•diente a 1630, año en que por cierto los propios españoles querian conceder
la libre navegación
en los ma·
res americanos
y aun ofrecieron
reconocer
la colonia
británica
de Virginia si Carlos 1 admitía
algunos artículos para prohibir el comercio
y la navegación
en
determinados
puertos y bahías.
Pero
demasiado
previsor, Cottingion
le dijo por escrito a LaId Dorchester:
"Por mi parte, siempre estaré lejos de aconsejarle
a
Su Majestad
que piense
en semejantes
restricciones,
porque ciertamente
dentro de poco tiempo se abrirá la
complelamellle de parecer, a despecho de las I,eyes de Navegación
que prohibíatl a las colollias todo comercio que ua fuera COti la
madre palría.
(l) Arl IX del tratado, Cf. DUlllont: Corp' Diplomatique,
t, V, pl. II, p:íg. 625. Cr. tlllllbiéll Papeles de Esla(lo, venecillllo,
1604,pág. 189:-.Quise "aber de propia boca <le Sll :\lajesta<l (escribía el gmbaJ"dor veueciano en uovícmbre de 1604), cómo entendía
la cllln",¡a sobre la 1I1lvegacióIl in<lialla, y Il,í le dije: .Sire, \'Ilestras súh,litos puedclI traficar con gspaiía y l'laudes pero 110 con
las Indias ••, ·.¿Por qné 1I0? dijo el Rey. ,Porqne, repliqné,
la
cláu!"ula se:: entiende en ese sentido",
'·Qllier;esquiera
que sosten·
glln ese parecer incurren en grave error, dijo Sn Majeslad; el
sentido es completamente claro ••.
- 98navegación de aquellas regiones en tanto que no existan
capitulaciones negativas a artículos que laestorben (1 ) .•
Era evidente que el gobierno español cedía en sus pretensiones de monopolio, porque en 1634 el Conde de
Humanes le dijo en confidencia al agente británico,
Taylor, que en el Consejo de Indias se había tratado
de admitir los ingleses a la parte en el flete de los na·
vías despachados para las Indias Occidentales, y aun
de concederles una licencia limitada para navegar a
esas regiones por su propia cuenta.
Y el conde de
Linhares, nombrado hacía poco gobernador del Brasil,
le dijo en 1637 a Lord Aston, que deseaba mucho que
los navíos británicos efectuasen el trasporte entre Lis·
boa y los puertos brasileños.
La colonización de las islas de barlovento y sotavento y la conquista de Jamaica habían comunicado
nuevo impulso al comercio de contrabando.
Podría
decirse que las naciones traficantes estaban abriendo
tienda a las mismas puertas de Jas Indias.
Las antillas
francesas y británicas, condenadas
por las Leyes de
Navegación a circunscribirse a la agricultura y a un
comercio pasivo con la metrópoli, no tenían otro recurso que el de traficar con sus vecinos españoles.
Los
factores del Asiento establecido en Cartagena, Portobelo
y Veracruz suministraban todos los años a los mercaderes europeos noticias circunstanciadas
de los géneros
que podían importarse con provecho, mientras los bu·
caneras, dominadores de todo el Mar Caribe, estorbaban la frecuencia de las comunicaciones entre España
y sus colonias.
Por la tanto no causa sorpresa que el
comercio de Sevilla que hasta allí había mantenido sus
preeminencias, decreciera con asombrosa rapidez; que
mediasen varios años entre viaje y viaje de los galeones y la flota y que casi se vieran desiertas las ferias
de Portobelo y Veracruz.
Además la restricción efec·
tiva de este comercio intérlope era imposible para una
y otra parte.
Las dependencias
indo-occidentales
se
hallaban lejos del centro de autoridad, en tanto que los
gobiernos de las metrópolis, comúnmente embargados
(1)
Papeles de Estado, España, vol. 35.
-
Y9-
por el despacho de otros e innúmeros asuntos, no podían ejercer acci6n adecuada sobre sus súbditos en
América.
Al propio tiempo los virreyes españoles
y
los gobernadores de las Antillas hacían la vista gorda a
una práctica que les llenaba los bolsillos con el oro del
soborno, a la par que contribuía al bien público y al
desenvolvimiento
de sus respectivas
colonias.
Fué
este tráfico ilícito con Hispano América la que Carlos ¡¡
se propuso someter a su propia esfera de acci6n, mediante negociaciones efectuadas en Madrid e instrucciones dirigidas a sus lugartenie'ntes en las Indias Occiden~~lp".
Turno a turno se les dieron 6rdenes a Fanshaw, Sandwich y GOdoiphin p"r" quc "olicitasen el
tráfico libre con las colonias.
Dos genoveses llamados
Grillo y Lomelín tenían por esta época el Asiento de
negros, y los embajadores británicos
abrieron varias
veces negociaciones con aquéllos para conseguir el
privilegio de hacer el abasto de hombres de color procedentes de las islas británicas.
En virtud del tratado
de 1670 la Corona española reconoci6 formalmente por
primera vez las colonias inglesas de América, pero la
libertad de comercio estuvo como siempre lejos de ser
establecida, por donde parece que a partir de esta fecha
Carlos hubiese perdido la esperanza de lograrla algún
día mediante conciertos diplomáticos .
. Se presumía que la paz de 1660 entre Inglaterra
y España se extendiese a uno y otro lado de la «Línea»;
mas el Consejo de Jamaica opin6 que s610 era aplicable
a Europa ( 1), y por el contexto de las instrucciones a
Lord Windsor puede inferirse que la corte británica se
inclinaba por entonces a interpretarla
con las propias
limitaciones.
En realidad, a Windsor no s610 se le
había encomendado que impusiese el libre tráfico a las
colonias españolas. sino que se le dieron poderes para
pedir ayuda al gobernador de Barbada «caso de que los
españoles emprendiesen
alguna tentativa considerable
contra Jamaica (2)>>. Sin embargo. resultaron infruc·
{Il Calendario
No. 61.
(2)
de PapeleR de Estado, serie colonial,
¡bid, N9 259.
1661-68.
-
100 -:
tuosos los empeños del gobernador para llegar a una
buena inteligencia con las colonias españolas.
En las
actas del Consejo de Jamaica. fechadas el 20 de agosto
de 1662, leemos: «Resuelto que las cartas de los gobernadores de Puerto Rico y Santo Domingo implican
una negativa absoluta del tráfico, y que según Jas instrucciones de Su Majestad para Lord Windsor se procure establecer el tráfico por la fuerza a de otra manera (1)";
y con fecha de 12 de setiembre encontramos otra resolución de «que se alisten hombres para
una empresa marítima con el «Centurión~ y otros
navíos (2)>>.
Aquella empresa consistía en una expedición para capturar y destruir a Santiago de Cuba, el
puerto español más próximo a las costas de Jamaica.
Ya en 1655 había proyectado Goodson un ataque a
Santiago.
«Antes de nuestra venida, - escribía el
Mayor Sedgwick a Thurloe, a raíz de su llegada a Jamaica.-el
Almirante abrigaba e! designio de coger
unos cuantos soldados y pasar a Santiago de Cuba,
ciudad de Cuba, pero nuestra venida se lo estorbó,
porque sin él no hubiéramos ::.abido qué hacemos» (3).
El plan fué definitivamente
abandonado
en enero de
1656. en vista de que la colonia no podía suministrar
nlÍmero suficiente de soldados para la empresa (4). A
Santiago acudieron en su mayor parte los españoles
expulsados de Jamaica. y la misma Santiago sirvió de
punto de partida para la expedici6n que vino en 1658
a la reconquista de la isla. La instrucciones dadas a
Lord Windsor ofrecían coyuntura favorable para vengar
ataques precedentes y asegurar a Jamaica contra futuras molestias de la misma índole.
El mando de la
expedición le fué confiado a Myngs. ya de nuevo en
las India., por 1662 y a bordo de la fragata "Genturión». Myngs zarpó de Port Royal ~l 21 de setiembre
con once navíos y 1.300 hombres (5). pero detenido
por vientos contrarios. no divisó el castillo de Santiago
(Il
(2)
(3)
(4)
(5)
Ibid .• N~ 35.~.
Ibld., N' .,64.
paptkE de Thurloe, IV, pll¡:-. 154.
Ibid, IV, pág. 457.
Diario de Deeston.
101 hasta el 15 de octubre.
Aunque había determinado
forzar la entrada del puerto. se la impidió la brisa de
tierra entonces reinante; y así hubo de desembarcar su
gente a barlovento en una costa roqueña, cuya ascensión
se practicaba por un pasaje tan angosto que los soldados debían marchar uno por uno.
La noche había
caído antes que todos estuviesen en tierra y «el camino
era tan arduo y la noche tan oscura que se vieron
obligados a hacer altos y encender hogueras, y los
guías a abrir camino con antorchas en las manos,. (1).
Con el alba llegaron a una hacienda
en las márgenes
¿: '~!" rin, distante unas seis millas del lugar de desembarco ya tres de Santiago.
Descansaron adi y é:IVdJlzando luego a la ciudad sorprendieron el enemigo que
conociendo la tardío del desembarco y la fragosidad
del camino no los esperaba tan pronto.
A la entrada
de la población encontraron 200 españoles en formación bajo las órdenes de don Pedro de Morales, gobernador de la plaza, y apoyados con una reserva de 500
más por don Cristóbal de Sasi Amoldo, ex-gobernador
·de Jamaica.
Los españoles se pusieron en fuga a la
primera acometida de los jamaiquinos y la plaza fué
señoreada con facilidad.
Al día siguiente los invasores
destacaron partidas con el objeto de perseguir tierra
adentro el enemigo, y se envió orden a la armada para
atacar las fortíficaciones erigidas en la boca del puerto,
la cual se hizo con éxito porque los españoles abandonaron el gran castillo después de haber disparado
apenas dos fusiles.
Las tropas británicas emplearon
su tiempo hasta el 19 de octubre entre correr la comarca en busca de tesoros ocultos, la mayor parte de los
cuales habían sido trasladados
muy lejos de la costa
para ponerlos fuera del alcance de los enemigos, y
desmantelar y demoler las fortificaciones, donde se encontraron treinta y cuatro cañones y 1.000 barriles de
pólvora.
Algunos de los cañones fueron embarcados
en los navíos y los restantes echados al mar desde el
precipicio, al paso que se empleaba la pólvora en volar
(1) Calendario de los Mss. de He~thcote (iwpreso
comisión de Mss. hist6ricos), pág. 34.
por la
-
102 -
el castillo y las quintas de los alrededores (1)
La
expedici6n estaba de regreso en jamaic3 el 22 de octubre (2). S610 habían muerto seis soldados en la
lucha con los españoles, y perdídose una veintena más
por causa de otros ¡(accidentes,..
El enemigc debi6
capturar algunos de aquellos veinte, porque cuando
Sir Ricardo Fanshaw rué nombrado Embajador en España, por enero de 1664, recibió instrucciones para
negociar entre otras cosas un canje de prisioneros cogidos en las Indias.
Por Julio se le ve procurando
la
liberación de los soldados del capitán Myngs, detenidos
en las cárceles de Sevilla y Cádiz (3). Y el 7 de noviembre se obtuvo una orden del Rey de España, dirigida a ese efecto (4).
Sus instrucciones autorizaban a Lord Windsor para
Que tan pronto como hubiese constituido el gobierno
de Jamaica, nombrase un diputado y regresase a Inglaterra a fin de conferenciar con el Rey sobre negocios
coloniales.
Windsor sali6 para la metr6poli el 28 de
octubre, y el mismo día rué leído en el Consejo jamalquina el nombramiento
de Sir Carlos Lytt1eton como
teniente gobernador
(5). Durante su breve estancia
de tres meses el gobernador había logrado mucho en el
sentido de establecer un buen orden de cosas en la isla;
disolvió el antiguo ejército y reorganizó la soldadesca
bajo más estricta disciplina y mejores oficiales; sistematizó el procedimiento legal y las reglas para la traslació" de la propiedad; creó una corte de Almirantazgo
en Port Royal, y sobre todo, acaso en cumplimiento àe
la recomendación del coronel Doyley (6), habla retirado todas las patentes de corso emitidas por goberna(1) Calendario de los Mss. de Heathcote, pilg. 34. Cf tatllbiên
Calendario de Papeles de Estado, "erie colonial, 1661-<*1,119384:
.Acta para la venta de cinco cañones de cobre tomados en Sautiago
de Cuba .•
(2)
Diario de Bee4on.
(3)
Papele" dt. Estado, España, v:¡l. 46.
(4) Ibid.,vo1.47.
(5)
Caleudario de Papeles de Estado, serie colonial, 1661-68,
Nos. 294, .'liS.
(6)
Museo Británico, Mss adicionales, II, 410, f. 16.
103dores precedentes, y trató de que los capitanes
se sometiesen a reglas justas, dándoles
nuevas comisiones,
con la advertencia de que llevasen a Jamaica las presas españolas para los efectos de la adjudicación (1).
La partida de Windsor no paralizó los esfuerzos
de los jamaiquinos,
encaminados
a «imponerles
el
trálico» a las posesiones españoles. y así en 11 de diciembre de 1662 el Consejo aprobaba una moción para
que a tal efecto se hiciese una tentativa a sotavento
sobre las costas de Cuba, Honduras y el Golfo de
Campeche.
Mil quinientos o mil seiscientos soldados
neros, eran embarcados el 9 y la de enero en una armada de doce navíos que se hizo a la vela dos días
después, al mando del temible Myngs. A eso de noventa leguas acá de Campeche la escuadra rué sorprendida por tremenda tempestad en que zozobró uno
de los bajeles y otros tres se vieron separados de la
flota. Con todo, los ingleses llegaron a la costa de
Campeche en las primeras horas del viernes 9 de
febrero y desembarcando
a legua y media de la
ciudad, marcharon sin ser advertidos por un sendero
de los indios con «tal rapidez y buena fortunall que
para las diez de la mañana eran dueños de la población
y de todos los fuertes, menos el Castillo de Santa
Cruz.' Myngs recibió tres heridas de balas de cañón en
la toma del segundo baluarte,
y él mismo manifiesta
que la propia ciudad pudo ser defendida como una fortaleza por la disposición de las casas, contiguas y fabricadas de piedra con azoteas (2). Las fortificaciones
fueron demolidas en parte, una zona de la ciudad destruida por el fuego y apresadas
por los invasores catorce velas ancladas en el puerto.
El botín debió ser
considerable en conjunto: el licenciado español Maldonado de Aldana lo computa en 150.000 piezas de a
(1)
¡bid, f. 6.
(2) Dampier dice tamùiên que Campeche 'presenta hermoso
aspecto, construida como está toda ella de buena piedra
10s
techos horizontales al estilo español, y cubiertos de teja .• l<~d.
1906, II, pag.147.
-
104 -
ocho (1),
Y en medio millón más el perjuicio general
ocasionado
a la villa por la destrucción
de casas y municiones,
obra del enemigo,
y los gastos de dinero para
acudir a la defensa.
Myngs y su flota se alejaron
de
allí el 23 de febrero, mas el «C~nturión"
no surgió en
Port Royal sino el 11 de abril, siguiéndole
el resta de
la armada al cabo de pocos días.
Causa
sorpresa
la
reducido del número de bajas en uno y otro bando: los
invasores
tuvieron apenas
treinta
muertos,
y los españoles cincuenta
a sesenta,
pero entre los últimos figuraban ambos
alcaldes
y muchos otros funcionarios
y
vecinos notables de la ciudad (2).
Fxplicar
satisfactoriamente
en Madrid
estas dos
insolentes
agresiones
contra territorio español
en América constituía
un problema
engorroso
para el gobierno
británico, sobre todo cuando se decía
que ios subalternos de Myngs, prisioneros
en Sevilla y en Cádiz habían presentado
patentes
en justificación
de sus actos
(3).
El Rey de España ordenó a su Ministro
en
Londres
que preguntara
si Carlos admitía
la responsabilidad de la agresión
contra
Santiago,
y al propio
(1)
Sill
emhargo,
el autor
ele .Estado
(V~R. 39) que J\TYlIgs uoobtuvo
Santi¡¡go.
(2)
J.l,9Ú1.
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166.',,,; fechada
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de cuarenta
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marzo
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cunst>ha
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y cuatro
cañones,
Ln discrepancia
ell e¡lIúmero
de los buqnes de la flota puede explicarse
por la probabilielad
<le que
otros barcos jattlaiqninos
Y filibusteros
se reunieron
a ella oespu(,s
de su sali<la ele Port
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febrero
la noticia
Royal.
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dice en Sil Diario
Su comal!daute,
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do aviso de Santi.!!;o de Cuba sobre
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preparati\'()~
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tradice
ñolas
el I'ehto
habían
las defensas
(3)
espaiiol,
sido
con hombres,
Papeles
de
Estado,
net, julio 13-23 de 1664.
que las
ele negli¡:¡encia
pólvora
España.
el cor-
hahían
recibi-
proyecto
brit,illico
y hecho
de la ciudad.
Esto la con-
en que aparece
culpables
qlle
llevó d 28 de
por
alltoridades
no
haher
espaprovisto
o ahastos.
Fanshaw
al
secretario
Ren-
-
105 -
tiempo
se suspendieron
indefinidamente
en los tribunales de la Península
las actuaciones
correspondientes
a causas británicas
por depredaciones
de corsarios gallegos (1); Y cuando a raíz de esto se supo en mayo
de 1663 el saco e incendio de Campeche,
se produjo
la más grande excitación
en Madrid (2).
En el acto se
le envi6 orden al Duque de Alburquerque,
y, cosa más
rara en España,
dinero para que apresurase
los preparativos de la real Armada en Cádiz y la despachase
a
las Indias, junto con lo cual se practicaron
diligencias
para revivir la difunta Armada
de Barlovento,
escuadrilla que antes había sido empleada
en atrapar intérlapes y proteger Jas COSlas ùe IH:~f1d rillúl::. ::::,-,
ciedo
sentido la captura de Campeche
había herido a España
en la parle sensible,
porque
la flota de México, que
debía salir de la Habana
en julio de 1663,
rehuz6 moverse de su asilo de Veracruz
hasta que fueran a convoyarla los galeones
de Portobelo,
siendo
así que la
llegada de los caudales
del Nuevo
Mundo tuvo un retardo de dos meses, y el insolvente
gobierno
peninsular
se vio en temibles
apuros de dinero.
Sin embargo,
la diligencia
de los españoles
no
pasaba de ser un simulacro
para disímular
la propia
impotencia,
y sus clamores fueron satisfechos
eventualmente por el Rey de Inglaterra
con escribirle
al teniente gobernador
Lyttleton
una
carta
en que prohibía
para la futuro toda empresa
parecida.
He aquí el texto
de la carta: «Sabiendo
con cuanto celo y agravio
ven
los españoles
a nuestra isla de Jamaica,
y cuán dispuestos están a hacer una tentativa
contra ella,
y Conociendo
cuán desamparada
quedará
para su propia
defensa si se le da estímulo a tales empresas
como las
que últimamente
han sido puestas en ejecuci6n
y se
prosiguen aún, apartando
a los habitantes
de la industria que es la único que puede darle importancia
a la
isla. el Rey manifiesta
su desagrado
por todas las empresas semejantes
y manda que no se prosigan
en la
h..turo, sino que unidamente
se apliquen
ellos al mejo(1)
(2;
vol. 45. Carta del C6nsul Rumbold, marzo 31, 1663.
lbid., mayo 4, 1663.
lbid.,
-
106 -
famiento de la colonia y conservación de la fuerza en
condiciones apropiadas" (1).
El borrador de la cOarta
era de tono mucho más suave y revela la real actitud
de Carlos II ante aquellas empresas semipiráticas:
"SU
Majestad ha tenido conocimiento
del éxito de la empresa sobre Cuba, en la cual no puede menos que complacerse por la energía y resolución con que fué ejecutada .•.•.
pero como Su Majestad no puede prever
resulte de ello ninguna probable utilidad ....
(él) ha
creído conveniente ordenar que no se dé estímulo a
tales empresas a menos que deban ser ejecutadas por
las fragatas y buques de guerra al servicio de esa plaza,
sin adición alguna de soldados a habitantes,. (2). Sub·
secuentemente
se enviaron otras cartas a Jamaica en
las cuales se ponía en claro que las instrucciones del
monarca no se dirigí:¡n a poner coto a la guerra de los
corsarios, y en consecuencia Sir Carlos Lyttleton no les
retiró las patentes; pero a pesar de ello la asamblea de
Jamaica aprobó a principios de 1664 una ordenanza
que prohibía las levas públicas de soldados para expediciones extranjeras, y vedaba que nadie saliese de la
isla para tales expediciones sin previa licencia del
gobernador, el Consejo y la asamblea (3).
Cuando las instrucciones de las autoriâades de la
metrópoli eran tan ambigüas y los incentivos del corso
tan halagadores, resultaba natural que aquel juego consistente en dar caza a los españoles apenas padeciese
interrupción.
Los filibusteros ingleses que antes sentaban sus reales en la Española y Tortuga acudían ahora
a Jamaica, donde hallaban cordial acogida y mejor
mercado para su botín. Así en junio de 1663 cierto
capitán Barnard zarpó de Port Royal para el Orinoco,
tomó y pilló la ciudad de Santo Tomás y regresó en
marzo siguiente (4). Otro corsario, su nombre capitán
Copper, llevó a Port Royal el 19 de octubre dos presas
(1)
el 28 de
(2)
(3)
(4)
Calendario de Papeles de Estado, 1661-68. N9443.
abril de ]663.
lbld., )los. Hl, 442.
!II". cie Ra\\'lillson, A. 341, f. 62.
Diario de Beeston.
Fec'Ja
-
107 -
españolas, la mayor de las cuales, ]a «María» de Sevilla,
era un azegue real y conducía 1.000 quintales de
mercurio
para las minas de México, además de
aceite, vino y aceitunas (1). En su lucha con el
barco menor, el de Copper tuvo tantas averías que
el corsario se vió en el trance de abandonarlo
para
ocupar la presa, y fué mientras cruzaba a la altura
de la Española en su nuevo b,aje] cuando tropezó con la «María» y la capturó tras cuatro horas de
combate.
Hubo setenta prisioneros, entre ellos cierto
!'límero de frailes en viaje a Campeche
y Veracruz.
Algunos de los genelus <::~rc5~dos fueron remitidos a
Inglaterra, y don Patricio Moledi, Ministro espa1Ïùl c;¡
Londres, importunó a las autoridades británicas para
que fuesen reintegrados (2).
Sir Carlos Lyttleton había salido para la metrópoli el 2 de mayo de 1664,
dejando el gobierno de Jamaica en manos del Consejo
con el coronel Tomás Lynch como Presidente
(3),
y a su llegada a Inglaterra dió formal respuesta a las
quejas de Moledi. Alegó en disculpa que la patente
de Copper no había emanado del propio teniente gobernador sino de Lord Windsor y que aquél jamás había
recibido orden alguna de Rey para cancelar patentes a
para la cesación de las hostilidades contra los españoles (4), Lyttleton y el gobierno británico trataban evidentemente de ejecutar la algo arriesgada
proeza circense de correr dos caballos a un mismo tiempo. Las
instrucciones de Inglaterra, como el propio Lyttleton lo
reconoció en su carta de 15 de octubre de 1663, prohibían a las claras ulteriores hostilidades contra las
colonias españolas; mas por otra parte no había órdenes terminantes para retirar a los corsarios.
Lyttleton
simpatizó con los corsarios desde el principio hasta el
fin y probablemente creía con otros muchos contempo(1) Galeudario de Papeles de Estad o, serie colonial, 1661-68
N9571; Diario de Beestoll.
(2) Papeles de Estado, España, vol. 46, If. 94, 96, 108, 121,
123, 127, 309 (abril-agosto de 1664.)
(3) èalendario de Papeles de Fstado, serie colonial, 1661-68
Nos. 697,744, 812.
(4) Papeles de Estado, España, vol. 46, f. 280.
-
108
ráneos suyos que «el español es más condescendiente
cuando mas apaleado*.
En agosto de 1664 presentó al
Lord Canciller sus argumentos para la continuación de
los corsarios en Jamaica. los cuales merecen resumirse
en sus puntos principales por el interés que presentan.
lo, El corso mantenía a gran número de marineros
por quienes era protegida la isla sin necesidad inmediata de una fuerza nava]; 2°. Prohibido el corso, el
Rey perdería muchos hombres que en la emergencia
de una guerra en las Indias Occidentales,
serían de
inapreciable utilidad, por su conocimiento de las costas,
escollos, corrientes, vientos, etc .• de los dominios españoles; 3°. Sin los corsarios, los jamaiquinos no conocerían los planes españoles contra ellos, a las dimensiones a proximidad de las flotas de estos últimos, a
el alcance de sus recursos; 40, Si no se volvieran a
llevar mercancías apresadas a Port Royal, acudirían a
Jamaica pocos mercaderes y los precios alzarían con
exceso; 5°. Para reducir los corsarios se requeriría
gran número de fragatas que impondrían considerables
gastos y molestias; además. los marinos británicos poseían por lo común el amor al corso y se mostrarían
más dispuestos a unirse con quienes lo practican que
a oponérseles, como la había probado ya la experiencia.
Finalmente, negada a los corsarios la franquicia de los
puertos jamaiquinos, no se darían a la agricultura,
sino
que acudirían a las islas de otras naciones y acaso a la
depredación del comercio británico
(1).
CAPI'fULO
(TORTUGA
IV
1655-1664)
Echado de Tortuga en 1654 el Caballero de Fontenay, los españoles dejaron una escasa guarni cí6n
para ocupar el fuerte y prevenir futuros asientos de
bucaneros franceses y británicos,
Tales tropas permanecieron en la isla cosa de dieciocho meses, pero
(8)
Papeles de Estado, I<;6paña, vol. 46, 3tl.
-
109 -
al aproximarse la expedici6n de Penn y Venables, el
conde de Peñalva, Presidente de Santo Domingo, les
ordenó demoler el fuerte, enterrar la artillería y olras
armas y acudir en auxilio suyo a la Española (1),
(1) Dutertre, t. III, pág. 126; JlIss. adicionales, 13.992, f. 499.
-El 26 de febrero de 1656 arribó a Jamaica \lU mediano bajel cuyo
piloto, al tocar en Tortuga, había encontrado dos carteles en la
solitaria isla, uno en español y el otro en .devlorable inglés •. (Papeles de Thurloe, IV. pág. 601). Aquellos carteles constituían
copias de Una proclama qne prohibía e,tablecer,e
en la isla, y el
rpclactado en inl{lés. (Mss. de Raw1in,on, A. 29, f. 500) se halla
jll1vlt~v \.ú ....~ ,":.Y2:::l~~::'~"
rl~ Fh-th ('olno sig-ue: uTile Captaue and
Sarginge Mager Don Baltearsor Calderon and Spenoso, Nopte ta
the President that is now in the sily of Santo-domingo,
and
(aptane of tbegones of the sitye, and Governor and Lord Mare of
this Island, aud stranch of tbis I.1anc\ of Tortogo, and Chefe
Comander of aIl for the Khinge of Spaine .
•Voo moust understand that al! pepel! what soever that shall
come to titi> l1und of the Khinge of Spaine Catholok wich is llame
!s Don Pilep de Ostere the forth of this name, that with his llar.
lUes he hath put of Felelllinge and French men and Englesh with
lefee heare from the yeare of 1630tell tbe yeare of thurty fouer
and tell the yeare of lifte fouer in wich the Kinge of Spane uesenge all c\lrtyse and give\l good quartell ta ail tbat was \lpon thi
lland, after that came and with oUle Recepet upon this I1and
knowinge that the Kin¡{e of Spane had planted upon it and fortilied in the name of the Kinv;e calUe Ihe farth time the 15 th of
Augos! th~ last ye~re French and FJeming"ts to govern this I1and
the same Gov"rnevre that was heare befor his name was Themeleon hot man De fount anlla gelltl"man of the ourder of Guresa.
J<"'fi for ta take this !land
pnt if fOllrtes by se and land and
forsed us to heate him aute of this piace with a greate dale of
shame, and be canes yoo shall take ;lotes that wee llave puelld
doune lhe Casill and carid a11 the goncnes allll have puelld doune
oel the houes ano have lefle no thimv;e, the same Caplane an
Sargint-mag-er iu the name of the Kinge \\"\ch God ble"h hath gived
)'00 notis that
what nason ,on •.r that shall corn ta live upon
thb I1and that thare shallnot a \lIan \lIotller or cl:ildren cape of the
sorde, tbare for •• I g¡"e !loliss to ail pepe11lhat they shall have a
care with out anye \llore !lotis for Ihis i, the arder of the Kinge
and with out fall yon wi11not wanl yooer Pamente and this is the
furst and second and tllOrde time, and this whe leave heare for
thelll that comes hear to take noti" Ihat whcn wee com upon you,
you shall not pleate that yon dlld not Kuo\\" is riteu the 25 of
Augnst 1656.-- Baltesar Calcleroll y Espinosa.
Por Mandado de
Senor Gouor., Pedro Franc'! de riva deney xasuss,'
-
110 ..•
Unos seis meses más tarde el Inglés ,Elías Watts (1)
co n su familia y diez o doce personas más, fué de
Jamaica en una chalupa, repobló la isla y erigió una
batería de cuatro cañones sobre las ruinas del gran
fu erte levantado anteriormente por los franceses. Watts,
a quien el general Brayne, entonces gobernador
de
Jamaica, puso al frente del gobierno de la isla, reunió
en breve una colonia como de 150 individuos, de nacionalidad británica y francesa.
Entre los recién llegados figuraba 'Cun pobre caballero en desgracia», su
nombre James Arundell, antiguo coronel en el ejército
realista y a la sazón desterrado de Inglaterra, el cual
casó eventualmente con una hija de Watts y llegó a ser
cabeza de la colonia.
Si damos crédílo al jesuíta Dutertre, fué mientras
Watts ejercía la gobernación de Tortuga cuando los
bucaneros determinaron
vengar con el saqueo de la
ciudad de Santiago de la Española, la traición hecha a
un barco francés por los castellanos.
Conforme a aquel
cronista, que por el estilo de su narración parece reproducir las palabras de un testigo de vista, los buca·
neros, entre los cuales figurarían de fijo cazadores y
corsaríos, organizaron una partida de 400 hombres a
las órdenes de cuatro capitanes y obtuvieron patente
del gobernador británico, que con toda probabilidad
esperaba participación en el botín. Tras de hacer que
el capitán de una fragata recién llegada de Nantes les
allanara su navío. se embarcaron en éste y en otros dos
a tres barcos, rumbo a Pùerta de Plata, donde bajaron
a tierra el Dom ingo de Ramos de 1659 (2). Santiago
es una población situada en un valle ameno y fértil,
unas quince leguas tierra adentro de la Española, y
los invasores se acercaron a ella a través de las selvas
la noche del Miércoles Santo, entraron antes de amanecer y sorprendieron al gobernador en su lecho.
Dijéronle los bucaneros que se preparase a morir, a lo
(1) En el relato
Ward).
de OUlertre se le Ila!lla Eliazouard
(Blías
(2) Según versión española la fecha de la expedición correspalide a 1661. Museo Británico, Mas. adicionales, 13,922, f. 499.
-
il1 -
cual cay6 de rodillas y les rogó con tal efecto que por
fin Je ofrecieron perdonarle la vida por un rescate de
60.000 piezas de a ocho. Saquearon la ciudad, durante
veinticuatro horas, apoderándose hasta de las campanas, ornamentos y vasos sagrados de las iglesias, y una
vez comidos y bebidos se retiraron con su botín y pri·
sioneros, inclusos el gobernador y vecinos principales.
Entre tanto la alarma
había cundido diez o doce
leguas a la redonda; acudieron hombres de todas partes
y uniéndose con los vecinos de la ciudad hasta constituir un cuerpo como de 1.000 hombres, marcharon a
través de las selvas por una trocha, se adelantaron a
los bucaneros y íos alë1\-,Ü0íl (;•• ;.;::a ~""hMcarla.
Ingleses y franceses mantuvieron
el terreno a pesar de
su inferioridad numérica porque todos eran buenos
tiradores y no erraban el blanco; pero como los españoles persistían en el ataque, amenazaron
por último
con acuchillar el gobernador y todos los demás prisioneros, por donde los españoles celebraron consejo y se
volvieron a sus casas.
Los invasores tuvieron apenas
diez muertos y cinco a seis heridos.
Pasaron en la
costa varios días esperando el resto del prometido rescate, pero como no llegase pusieron en libertad a los
cautivos y regresaron a Tortuga, donde cada aventurero
recibió 300 coronas en el reparto del botín ( 1).
Un gentilhombre francés, Jeremías
Deschamps,
señor du Rausset, que había sido uno de los primeros
habitantes de Tortuga bajo Levasseur y de Fontenay,
salió para Inglaterra a fines de 1659 y ejerció allí bastante influencia para hacer que el Consejo de Estado
ordenara al coronel Doyley que la nombrase gobernadol
de Tortuga, sujeto a las restricciones que Doyley creyera det caso (2).
Parece que este mismo du Rausset
había recibido una comisión de Luis XIV con tanta
anterioridad como en 1656 (3). Sea como fuere, llegó
(1\ Dutertre, t. III, págs. 130-34.
(2) Mss. de Rawlil1sol1, A. 347, fr. 31 a 36; Papeles de Estado,
España, vol. 47: Deposici6n de Sir Charles Lyttletonj Margry,
op. cit., pago 281.
(3) Charleroix, op. cit., lib. VII, pago 36; Vaissiere, op. cit.,
pág. 10.
-
112 -
a Jamaica
en 1660 y obtuvo su nombramiento
de Doyley, bajo la condición de que mantuviese
a Tortuga por
los ingleses (1).
Se supone que Watts supo entretanto
que iba a ser sustituido
con un francés,
por lo cual se
embarcó acompañado
de su familia y llevándose
todas
sus pertenencias
para buscar refugio
en Nueva Inglaterra.
Hay la versión de que al cabo de dos meses,
Doyley tuvo
conocimiento
de que Deschamps
había
dado patente a un corsario y cometido
desacatos
por
los cuales temía Doyley que la llamasen
a cuenta.
En
vista de ello le dirigió reconvenciones,
pero Deschamps
repuso que él poseía una comisión francesa,
y que tenía
mejores nexos con las autoridades
de Inglaterra
que el
Gobernador
de Jamaica.
Como en la isla habitaban
más franceses
que ingleses,
Deschamps
proclamó
al
Rey de Francia
y plantó la bandera
de su patria (2).
Doyley no había recibido aún poderes del recién
restaurado
monarca,
y vaciló en hacer
uso de la fuerza,
pero autorizó a Arundel!, el yerno de Watts,
para sorprender a Deschamps
y conducirlo
a Jamaica
con el
fin de procesarlo.
Deschamps
se hallaba por entonces
ausente
en Santa Cruz. mas Arundell, confiando
en la
am ¡stad y consideración
que los vecinos profesaban
a
su suegro, sorprendió
al sobrino y teniente
d el gobernador, el Sieur de la Place,
y se apoderó de la isla.
Sin embargo,
por desventura
a negligencia
lo desarmaron los franceses
y la expulsaron
para Jamaica
(3),
lo cual no puso
fin a sus inrortunios,
porque
en la
travesía
lo sorprendieron
los españoles,
junto
con sus
compañeros,
en la bahía de Matanzas, en Cuba, y tras
un mes de cárcel en Puerto Príncipe,
adonde los haSegún Dul"lI,e, 'a juri,di"cióu de De,,'hall1ps s{¡10se ex,
a los \:{{'iHOS f1at\(('~t's
de 1'oltu~a,
p(~rql1e
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e
itlg1eses
vi\'ll"roJl en 10 ~\I<.:e~i",o h;..jo dlft'rclltes g(,.lh\f>TtlOS,
('oUlO
en Saint Kitts. Dutert,e, L !Il, pág, 1.15.
(1)
t~ndia
(2) M,s, de RawJimoll, A. 3,\7, L ,'\6, SegúII la narración de
Dutertle, \Valls ¡",b:a ,kj"c\o apellas la lsla cuanou llev:{¡ Deschaulps
a la Hui.l, t'l11'0l1tlál1(h
~('
l'tm
que los Vel'il10S
habían adueñado ya de la colonia y sustituido
dalte francés,
l)utertre, l. 1II, p:\v;, B6,
(3)
Mss.
de Rawlillso",
1\. -,~7, f. 36_
franceses
se
al btitáll1c" el estan-
-
113 -
bfan conducido a él y Bartolomé Cock su capitán de
buque, fueron arrastrados por unos negros a la maleza.
asesinados y llevadas sus cabezas a la ciudad (1). Deschamps regresó más adelante a Francia por mala salud, dejando a la Place en lugar suyo, y cuando. la
propiedad de las Antillas francesas
fué traspasada en
1664 a la nueva Compañía Francesa
de las Indias
Occidentales, se le detuvo y envió a la Bastilla.
Oscura es la causa de su encarcelamiento,
mas parece
que Deschamps había estado en correspondencia con
el qobierno británico a quien ofreció el reintegro de
Tortuga a condIción dIO ;:¡~;:~p le dieran 6.000 libras
esterlinas.
Unos cuantos días de Bastilla la hICIeron
ponderar mejor su acuerdo; cedió sus derechos a la
Compañía por 15.000 libras, y en noviembre le fué levantado el encierro (2).
La fracasada tentativa de ArundeJl no fué el único
esfuerzo británico para la recuperación de la isla. En
respuesta a un memoríal presentado por Lord Windsor
antes de su salida para Jamaica, el Consejo le ordenó
en febrero de 1662 que extremase sus em peñas en el
sentido de someter a Tortuga y a su gobernador (3).
El Consejo de Jamaica consider6 el asunto en setiembre, poco después de la llegada de Windsor (4), y el
16 de diciembre el teniente-gobernador
Lyttleton dispuso que el capitán Roberto Munden, de la fragata
«Charles»,
condujese al coronel Samuel Barry y al
capitán Langford hacia Tortuga, donde Munden recibiría 6rderjes para reducir la isla (5); pero este proyecto
se ma'.ogr6 también, acaso por mala inteligencia entre
Mun.6en y Barry. Clemente de Plenneville,
compa,ñe"o de Barry, dice que «la expedición había fracasado
lor traici6n» (6); y Beeston asienta en su Diario que
(1) Calendario de Papeles de E~tado, serie: colonial, 1661·68
~~ 648.
(2) Dutertre, t. III, pág.138; Vaissjere, op. lit., pág. 11, nota 2.
(3) Calendario de Papeles de Estado, serie colonial, 1651-68
:-'0. 233.
p) ¡bid .. No. 364.
(5) ¡bid., No. 390; cf. también el No. 4H (1).
(6) ¡bid., No. 475.
8
--
114 .•••••.
al acercarse a Tortuga el 30 de enero, Barry encontrô
a los franceses armados y dispuestos a enfrentársele,
por lo cual ordenó al capitán Munden que les disparara;
mas éste se negó a ello, navegó hacia Corydon de la
Española, donde desembarcó a Barry y a su gente, y
lue'go «se hizo a la vela en pos de su comercio» (1).
Barry se trasladó en una balandra a Jamaica, adonde
\legó el 1°. de marzo; y Langford fué enviado a PetitGoave, isla de dimensiones más o menos iguales a las
de Tortuga}' situada en el cul-de-sac que yace en el
extremo occidental de la Española, donde los vecinos lo
hicieron gobernador y puso el primer estandarte británico.
Petlt-Goave
había sido frecuentada por los
bucaneros desde 1659, y después que d'Ogeron hubo
sustituido a du Rausset como gobernador de los franceses en aquellos parajes, convirtióse junto con Tortuga en uno de sus pri ncipales surglderos.
Ya para
finalizar el año de 1664 se encuentra a Langford en
Inglaterra solicitando del Rey la gobernación de Tortuga y de la costa de la Española, y dos navíos para
adueñarse de la diminuta isla (2); pero como la aprobación y apoyo directos de semejante plan por el gobierno británico hubiera podido acarrear una ru tura con
Francia, Carlos prefirió dejar aquella guerra lícita a su
lugarteniente en Jamaica, a quien le era dad auxiliar o
desautorizar, según conviniese mejor a las exigencias
del momento.
Además, parece que Langfor
no tuvo
gran éxito en su breve temporada de Petit- oave y es
presumible que desconfiasen de él las autcrldad ~s, tanto
(1) Diario de Beeston, marzo 19, 1663. Según Outertre, ',¡lll{u.
nos vecinos de Tortuga escaparon a Jamaica y persuadierori\.al
gobernador de que ya no podían tolerar la dominación francesa p~
lo cual si se enviaba lIna fuerza armada no hallaría estorbo para
restablecer la autoridad del monarca británico.
Ba consecuencia
fué despachado el coronel Barry para que tomase de ello. el jura.
mento de fidelidad, y con instrucciones de no violeatarlos, ¡imitándv~e a recibir su voluntaria sumisi6n; pero cuando BarlY des.
embarc6 en Tortuga, sin otto apoyo que una proclama y una
arenga, los vecinos franceses se le rieron en las barbas, Y él regles6
a Jamaica avergonzado y mohino,
Outertre, t. lU, págs. 137-3:\.
(2) Calendario
Nos. 817·21.
de Papeles de Estado, serie colonial, 1661-6~.
-
il5 -
en la metr6poli como en las Antillas.
Llegado qué
hubo Modyford a Jamaica, investido con el cargo de
gobernador, fué considerada aun la posibilidad de someter a Tortuga, pero nunca volvi6 a hacerse esfuerzo
alguno para darle impulso al proyecto.
CAPITULO V
PORTOBELO
y
PANAMÁ
El 4 de ~11f>·0 de 1661 :e C;;¡¡lûÎ.icó ci monarca a
Sir Tomás Modyford, residente en Barbada, que la había nombrado gobernador de Jamaica (1).
Modyford,
vivía 'illí en calidad de colono desde 1650, y tomó
parte principal en las luchas que parlamentarios
y
realistas mantuvieron en la isla; era miembro del ConseJo y estuvo al frente de la gobernaci6n durante breve
tiempo en 1660. Su nombramiento
e instrucciones
para el gobierno de Jamaica (2) fueron llevados a las
AntIllas por el coronel Eduardo Morgan, que iba con el
carácter de teniente-gobernador
de Modyford y desembarcó en Barbada el 21 de abril (3). Entre otras cosas se le orden6 a Modyford que prohibiese la expedlci6n de letras de marca, y especialmente que fomentase
el tráfico y mantuviese relaciones amistosas con las
posesIones españolas.
Sir Ricardo Fanshaw acababa
de ser designado para negociar en España un convenio
que otorgase a Inglaterra más amplios privilegios en las
Indias, y Carlos se daba cuenta de que las diarias que·
jas por violencias y depredaciones
cometidas por bar~cos Jamaiquinos contra los súbditos del soberano español no conducirían a estimular la benevolencia
y condescendencia de la corte de Madrid, a más de que la
tenlaliva hecha en las Indias para imponerles relaciones
comerciales a los españoles no había tenido muy buen
(1)
(2)
y 18 de
(3\
C. de P. de Estado, serie colonial, 1661-68.1'\9 635.
¡bid., Nos. 656 y 664. Fechados, respectivamente,
febrero.
¡bid., No. 739.
el15
'-
116 -
éxito, por la cual se evidenci6 en breve que debra se.
guirse otro camino. Parece que al principio Sir Eduardo
Modyford deseó sinceramente
suprimir el corso para
satisfacer a sus vecinos españoles.
Asr, una vez recibido su nombramiento e instrucciones, en el acto ma·
nifestó por carta al Presidente de Santo Domingo sus
buenos propósitos y solicitó de él la cooperación de los
españoles (1), y ya en Jamaica, el lo. de junio (2)
proclamó la completa cesación de las hostilidades (3),
Y el 16 envió el queche «SwaIlow» a Cartagena para
poner en conocimiento
del gobernador lo que habla
hecho.
Casi en la misma fecha salían cartas de Inglaterra y del Embajador en Madrid, Fanshaw. por las
cuales se prohibía de modo estricto toda violencia futura
contra la nación española y se le ordenaba a Modyfor<1
. que infligiese condigno castigo a cada infractor, además
de darles entera reparación y satisfacción a las víctimas
(4).
Las cartas dirigidas a Santo Domingo, llevadas a
Jamaica por el coronel Morgan y de allí despachadas
a
la Espafíola antes de llegar Modyford, obtuvieron respuesta favorable, pero esto fué casi todo lo ~'lle plldo
lograrse en la materia, porque los bucanerqs,
causa
principal de agravio para los españoles,
C~tínuaban
aún a sus anchas.
Como Tomás Lynch
scribía el
25 de mayo: .,No está en manos deIQ~~ern dar establecer o tolerar el comercio ni habrá ne.cesl ad a beneficio que atraiga a Jamaica los españoles
articulares, porque nosotros y ellos hemos cometido, muchas
atrocidades mutuas para que podamos armonizar de
pronto.
Restaurado
el Rey, creyeron los españoles
que habían cambiado también las prácticas de la nación inglesa, y aventuraron el envío de veinte a treinta
barcos a Jamaica en busca de negros, pero las sor- 4
presas e Irrupciones de C. Myngs, por cuya causa ha
reconvenido el gobernador de Santo Domingo a los
(1) C. de P. de Est., serie col., 1661.68, Nos. 139 y 744.
(2) ¡bid., Nos. 762 y 767.
(3) ¡bid., N9 764; Diario de Beeston.
(4) P. de Est., España, vol. 46, f. 192; C. de P. de Rst.,
coi., 1661-68, N" 753.
serie
-
117 -
comisionados, hicieron que los españoles redoblaran su
desconfianza, por manera que sólo una orden de España puede darnos admisión a comercio.» (1). Sin
embargo, por breve tiempo se tomaron serias medidas
para eliminar a los corsarios; secuestráronse
y devolviéronse a sus dueños varías presas llevadas a Port
Royal, y se les revoc6 la patente a los ca ptores. Tal
le ocurrió a cierto ca pilán Searles que por agosto condUJo allí dos barcos españoles, restituidos uno y otro a
sus propietarios, mientras a Searles se le privaba de su
timón y velas para impedirle nuevas depredaciones
contra los hispanos (2). El capitán Morris Williams
escribió en n("!!e:nbi';; Q~ gvb~llJddor ivloc!ytord. ofreciéndole ir con una rica presa de palo de Campeche,
índigo y plata, si se le garantizaba
que le sería adjudicada para el pago de sus deudas en Jamaica, y aunque
el funcionario rehus6 dar promesa alguna, la presa fué
llevada a los ocho días, pero embargado el cargamento
y vendido en beneficio del dueño español (3). A pesar de ello, los efectos de la proclama no fueron del
todo satisfactorios; los primeros treinta días s610 se pre·
sentaron jas bucaneros con sus patentes, y Modyford
comunic6 el 30 de junio al Secretario Bennet que temía
que el único resultado de la proclama consistiese en
hacerlos acudir a los franceses de Tortuga; agregaba
que por lo tanto creía discreto atenuar un poco el rigor
de sus instrucciones, «haciendo por grados y con moderación !lo que al principio había resuelto ejecutar de
repente ,y con severidad» (4).
Tórtuga era en re3.lidad el nudo de la madeja.
Des<ie 1662 y en memoria presentada al Lord CanciIle!, a raíz de su regreso a Inglaterra, Doyley había
Lrecomendado el sometimiento de aquella isla a Inglate(1) Calendario de Papeles de Est., 1661.68, No. 741; ej. también
~11, Y Relación de I.ittleton, No. 812.
(2) Ibid., N9 789
(31 Ibid., Nos. 859, 96$; ~iario de Beeston. Respecto ùe 1,,"
disputas por el carl('amento de la nav~ española apresada por \Vi!li.ms el. C. de P. de Est., 166168, Nos. 1.140, LISO, 1.177, 1.264,
1.266.
(4) lbid., No. 767.
~t).
-
118 -
rra. como el único medio efectivo de dominara
los,
bucaneros
(1), y en 1664 Modyford se dló también
cuenta de la necesidad de este paso previo (2); sin
embargo, la conquista de Tortuga no era ya tan fácil
como cuatro o cinco años antes; los habitantes de la
isla eran ahora casi todos franceses y como sus compañeros de la costa de la Española repugnaban la sumisión a la coyunda británica; sucedía asímismo que
los bucaneros, independientes, crecidos en número. y
con Tortuga convertida en uno de sus principales
refugios, habrían echado todo su poder en la balanza
contra cualquier expedición cuyo propósito declarado
consistiese en estorbarles su oficio. Además, la colonia gan6 mucho en fuerza con la llegada de Bertrand
d'Ogeron, el gobernador enviado en 1665 por la nueva
compañía francesa de las Indias Occidentales,
el cual
era una de las figuras más notables de las Antillas en
la segunda mitad del siglo XVII. Dotado de fértil
Imaginación y singular hidalguía, voluntad inquebrantable y mente fecunda en recursos, parece haber sido
el hombre ideal para la empresa no sólo de someter a
cierta apariencia de derecho y orden a una gllnte que
nunca había acatado autoridad alguna, sino asimismo
de hacer tolerables el régime y exclusivos privilegios
de una compañía mercantil particular.
D'Qgeron estableclóse primero a comienzos de 1665 en ~rt
Margot, en la costa de la Española,
frontera d Tortuga,
donde los aventureros le dieron a entender al punto
que jamás se someterían a una simple corn ñía. ni
menos soportarían
la interrupción de su trato
on el
holandés, que los había abastecido de consumos e una
época en que ni siquiera se sabía en Franela que
ublera franceses en aquella región.
D'Ogeron símu
admitir semejantes condiciones, se trasladó a Tortuga
donde fué reconocido por de la Place, y luego a Petit
Goave y Leogane, situadas en el cul-de-sac de la Española.
Sentados allí sus reales. puso en práctica to(1) Mss. adic,. 11, 410. págs. 16-25.
(2) C. de p, de Est" 1661-68, No,786;
11, 410, L 303.-.Di~cufso
de Mf. WOfseley
de Jamaica •.
ej. también Mss, adic"
aCefca de los cOfsarios
-
119 -
dos les medios conducentes
a atraer colonos y mgages,
y robusteció
su autoridad.
A los aventureros
que deseaban sembrar la tierra, les hizo adelantos
de su propio peculio, sin cobrarles intereses;
compró
dos navíos
para facilitar el comercio
entre la colonia y Francia
y
aun se propuso llevar de la madre patria varias remesas
de mujeres, cada una de cincuenta.
para venderlas
y
distribuirlas
en calidad
de esposas
entre los colonos.
Las islas presentaron
en breve un nuevo
aspecto de
prosperidad.
y en efecto debieron su existencia
como
colonia francesa
permanente
a los esfuerzos
de su nuevo gobernador
(1).
Fué bajo la administración
de
J'CgC:< ..ll ~Y(Ái·id~ ~:vi·c.:;r;~·:;,~'C!:r::-:::::: (~;J ~.~:;~~!
~!
Vasco y la mayor parte de los bucaneros
franceses,
cuyas proezas
son celebradas
en la historia de Exquemelín.
No era la conquista
de Tortuga la única medida
necesaria
para la efectiva
supresión
de los bucaneros;
también se requerían
cinco a SEis cruceros rápidos destinados a perseguir
y llevar a puerto los corsarios
que
rehusaran
aportar con sus patentes
(3).
Desde la restauración
faltaron por completo buques
de guerra británicos
en las Antillas, mientras
los bucaneros
con el
consentimiento
tácito a el estímulo
de Doyley
habían
crecido tanto en número como en audacia.
Cartas escritas en Jamaica
por 1664 hacían ascender
a 1.500 6
2.000 lo~ individuos
que andaban
ejerciendo
el filibusterismo, a bordo de catorce
a quince bajeles
(4). Eran
sujetos desalmados.
hechos a la vida del mar, sin otro
oficio que pillar e incendiar,
y no dispuestos
a recibir
la ley de nadie, sino de fragatas
más poderosas
y veloces;
orden
de cosas nada sorprendente
cuando
se
considera
que en el siglo XVII afluían
de Europa a las
• Indias Occidentales
aventureros
pertenecientes
a todas
(1)
Charleroix, op. cit., lib. vrr, págs. 57·65.
(2) Respecto de la biografía dl: Juan David Nau, apodado
I.'OloDnais, cf. Nouville, Biographie gènêral, t. XXXVIrr, pág.
654 ..
(3)
C. de P. de Est., ser. co!., 1661-68, Kas. 744, 812.
(4)
¡bid., Nos. 744, 765, 786,812.
-
120 -
las clases sociales; hombres sin duda dotados a menudo de vigorosa personalidad, emprendedores e intrépidos, pero a menudo también de mediana inteligencia a
escasa educación y por lo común sin dinero ni escrúpulos.
Entre ellos figuraban muchos que se habían
rebelado contra las estrictas leyes civiles de los países
europeos y que no se sentían Inclinados a vivir en paz
dentro de las restricciones de ninguna sociedad constituida.
Muchos otros habían pertenecido
a rebeldes
facciones políticas de la metrópoli, miembros de las
clases superiores que fueron desterrados,
a emigraron
para conservar la cabeza sobre los hombros.
El total
agotamiento de la fortuna pública y privada a fines de
las guerras religiosas hizo que en Francia abundasen
las personas dispuestas a tratar de reponer su peculio.
con las enormes riquezas coloniales de los españoles;
en tanto que los trastornos de la Rebelión y de la República en Inglaterra determinaron
sucesivas emigraciones de puritanos y leallstas para la nueva Inglaterra
ultramarina.
A la terminación de la Guerra de Treinta
Años, un ejército de aventureros franceses y britániCOS
que habían vivido de Alemania y sus desgracias. que·
daron también sin blanca, y muchos de elIos recurrían
de juro a la emigración cual única forma de proseguir
su existencia de libertad y aun de libertinaje.
Llegados
a las Indias Occidentales aquellos hombres, tan diversos por origen y carácter, esperaban adquirir pronto
las riquezas perdidas a codiciadas por ellos en el Antiguo Mundo; pero al ver defraudados sus anhe!os, con
frecuencia rompían de manera formal y absoluta los nexos'
de la fraternidad
humana.
Especialmente,
Jamaica
padecía a este respecto porque en el primer mome~o
fué colonizada por una soldadesca descontenta y re,
fractaria, y se la continuó poblando ampliamente con
vagabundos y criminales trasportados.
Por modo contrario al sistema de España que sometía a minuciosas
restricciones la emigración a sus colonias americanas,
Inglaterra utilizó las suyas desde un principio y especialmente las Antillas, como lugar de relegación para
su gente maleante.
Al poco tiempo surgió un tráfico
destinado a suplir las colonias con trabajo servil procedente de las cárceles de la madre patria.
Escoceses
-
121 -
capturados en las batallas de Dunbar y Worcester (1 J,
ingleses. franceses, irlandeses y piratas holandeses encerrados en las mazmorras de Dorchester y Ply·
mouth (2) eran remitidos a Barbada. Jamaica y otras
Antillas. «si no se les consideraba
dignos de seguirles
un proceso que aparejase la última pena».
En agosto
de 1556 el Consejo de Estado dispuso aprehender a todas las personas depravadas y peligrosas, pícaros. vagabundos y a otros holgazanes qUI::no poseyendo medios
de vivir se negaran a trabajar.
para trasportarlos por
órgano de contratistas a las posesiones inglesas de
América (3); y en junio de 1661 el Consejo de Colonias nombraba una comisión para t:::,luJ¡aï .::l p~cpi~
asunto (4).
Con frecuencia había quejas porque niños y aprendices eran «seducidos a secuestrados» a
sus padres y maestros y ocultados en navíos que iban
a las colonias. lo cual quiso prevenirse con el establecimiento de una oficina de registro (5).
En 1664
Carlos concedió licencia de cinco años a Sir James
Modyford. hermano de Sir ·Tomás. para remitir al go·
bernador de Jamaica (6) todos los reos de delito capital
(1)
(2)
C. <le P. <le Est., 1574-1660,págs. 363.421, 433.
lbid., págs. 419, 427, 428.
(3) ¡Md., pál{. 447; Mss. de E¡;¡erton, 2.395, f. 167.
(4) C. de P. de Est., -er. col., 1661-68, n9 101; ej. tambiên
~08. 24,32, 122.-0rdenes
conservadas en los Mss. del Marqu¡:s
d'Ormonde y dktadas a petición de reos convictos. perllliten ver
que a menudo se concedian indultos a condición de que los solici.
tantes se las arreglasen para su tras:aciólJ vitalicia a las Indias
Occidentales. sin expensas del gobierno.
A los selltenciados se
les permitía salir de las drceles
en que ~e hallaban encerrados y
embarcarse inmediatamente
~n probando que se h~bían comprometido al servicio de un capitán de buque, tanto dUlante el viaje
como después d~ la lIegaja.
Los capitanes estaban en la obligadún de dar fianza por la seguridarl del trasporte de los criminales.
y êstos debían dar también garantia de que no volverian sin licencia a las ,slas británicas, so pena ùe recIbir el ca~tigo rle que se
les habia eximido originariamente.
(Comi,i6n de ~ts'. Hbtúricos.
Relaciones. X, pt. 5, págs. 34, 41, 85, 94). Cf. también C. de P.
de 1<:5t.,ser. col., 1661-<;8, n9 1.268.
(5) L de P. de Est., ser. co!., 1561-68; Nos. 331, 769, 772. 790.
791, 79~, ~47, 1.720.
(6)
Ibid., n9 866.
-
122 -
sentencl~dos en los circuitos y en Old Bailey, a quienes
se les indultó posteriormente
para trasportarlos a colo·
nias; y esta práctica se prolongó durante todo el período de los bucaneros.
Aquellos espíritus desordenados
y mal avenidos
con la existencia austera y laboriosa del labrador, encontraron en el filibusterismo un oficio a su gusto. El
ejemplo habla ~ido dado con Jas expediciones piráticas
enviadas por Fortescue, Brayne y Doyley. y una vez
suspendidas estas excursiones navales. los marineros y
otros individuos que tomaron
participación en ellas,
se dedicaron al robo por cuenta propia.
Como se ha
visto, Sir Carlos Lyttleton defendía celosamente
y estimulaba a los fílibusteros; y Long, el historiador de
Jamaica, justificaba su existencia a pretexto de que
muchos comerciantes acudían a la isla atraídos por el
abundante
botín que surtía a Port Royal, y de que el
bienestar de la colonia residía en el gran pedido de
abastos para equipo de los bucaneros; sin embargo,
semejantes beneficios no pasaban de ser temporales y
aparentes,
ni compensaban los daños manifiestos
de
aquella práctica. en especial el desaliento del cultivo,
y el elemento de turbulencia
y desasosiego,
siempre
dominante en la isla. En tales condiciones el gobernador Modyford juzgó menester contemporizar
con los
merodeadores, y acaso lo hizo tanto más presto cuanto
comprendió que aun eran necesarios para la seguridad
de la colonia.
Entonces parecía inminente una guerra
con los Estados Generales, y el gobernador consideraba
que a menos que permitiera a los bucaneros el disponer de sus presas cuando aportaran a la bahía de Port
Royal. era posible que en el evento de romperse las
hostilidades, se incorporasen a los holandeses de Curazao y otras islas y depredaran el comercio de Jamaica. Por otra parte, si adoptando
una actitud conciliadora los mantenía en la obediencia, constituirían
el
mejor instrumento para echar de las Indias a los pro·
pios holandeses (1). A un capitán que llevó una presa
española, le dijo en privado que sólo suspendía
los
(1)
C. d(' P. de Est., ser., co!., 1661-68, Nos. 839, 843.
-
123 -
procedimientos
del Almirantazgo para «clarles una
buena cata a los españoles", y que a pesar de que el
captor obtuviera satisfacción, el gobernador no podla
garantizarle su barco.
Así, Sir Tomás persuadió
a
ciertos comerciantes que comprasen los efectos apresados y él mismo contribuyó una cuarta parte del dinero.
en la inteligencia de que nadd recibiría si los españoles iban a reclamar la suyo (1).
!Jna carta del Secretario Bennet, fechada el 12 de noviembre de 1664, la
confirm6 en este camino (2); y el 2 de febrero de 1665,
tres semanas antes de la declaración de guerra contra
Holanrla, l>eaulolÍzó al Duque de York. Gran Almirante
de Inglaterra, para que concedIese pUl 0ígÜi.;; ¿e !0"
gobernadores coloniales y Vicealmirantes,
comisiones
de represalia sobre los navíos y mercancías
de los
holandeses (3). Modyford se apresuró a valerse de esta
franquicia; se perdonó a catorce piratas procesados y
condenados a muerte a principios de febrero; y se hizo
pública declaración de que se concederían comisiones
contra los holandeses, dos de las cuales fueron sacadas
antes de anochecer, mientras todos los merodeadores
continuaron haciendo solicitudes y proyectando la manera de capturar a Curazao (4). Modyford elaboró un
detenido plan (5) encaminado a destruir simultáneamente las colonias holandesas y los bucaneros franceses, y el 20 de abril escribió que el teniente-coronel
Morgan había zarpado con diez navíos y unos 500
hombres, en su mayor parte «prisioneros reformados»,
individuos resueltos y bien armados de fusiles y pistolas (6).
El propósito consistia en caer sobre la flota
holandesa que traficaba en Saint Kilts, capturar a San
Eustaquio, Saba y aun Curazao para visitar a la vuelta
las colonias francesas de la Española y Tortuga.
El
gobernador escribia: "Todo esto ha sido preparado por
(1)
(2)
(3)
(4)
Ibid., nQ 786.
lbid., n~ 943.
Ibid., No~. 910, 919, 226.
¡bid., Nos. 942,976.
(5) ¡hid., :So. 944.
(6) lJ. de P. de Est., 1661-68, ~o. 979. En realidad
ve barcos y 650 hombres. Cj., ibid.,.No. 1.083.
eran nue-
-
124 -
el probo corsario en la antigua proporción de que si no
hay presa no hay paga, y no Impondrá al Rey ningún
gasto considerable, salvo alguna pólvora y morteroS»,
El propio 20 de abril el Almirante de Ruyter, que había
llegado a las Antillas con una escuadra de catorce
velas, atacó los fuertes y marina de Barbada, pero hubo
de retirarse a las pocas horas con grandes averías;
sin
embargo, obtuvo mejor éxito en Monserrate y Nevis,
donde apresó dieciséis buques mercantes y luego se
hizo a la vela para Virginia y Nueva York (1).
Molesta resultó la alianza de los bucaneros alistados en la expedición del coronel Morgan, gran parte
de los cuales se amotinaron antes de salir de Jamaica y
rehusaron emprender la navegaci6n hasta que Morgan
les prometiera que el botín sería repartido por igual (2);
pero çon todo, la flota se reunió el 17 de julio en Monserrate y el 23 llegaba ante San Eustaquio.
Dos barcos se habían perdido de vista; otro, con el ir6nico
nombre de «Rama de Oliva», dirigídose a Virginia, y
muchos quedaron rezagados en Mon~errate, por manera
Que Morgan apenas pudo congregar 326 hombres para
el asalto.
La isla s610 ofrecía una desembarcadero, con
un angosto pasaje que no daba campo sino para ir de a
dos en fondo y el cual conducía a una altura coronada
de un fuerte y defendida por 450 holandeses.
Morgan
fué el primero en desembarcar su división y luego el
coronel Carey.
Parece que el enemigo les hizo apenas una corta descarga, y se retiró luego al fuerte. El
gobernador envió tres parlamentarios y al ser intimado
para que se rindiese entregó el fuerte con once grandes
cañones y considerable cantidad de municiones.
«Se
supone que estuvieran borrachos o locos,., fué el comentario que se hizo sobre la algo desgraciada
defensa (3). El coronel Morgan, Que era muy viejo
corpulento, murió a consecuencias de la dura marcha
y del calor extraordinario a que se viera sometido du(1) ¡bid .• No •. 980, 983, 992.
(2) ¡bid,. No.
1.0R8.
(3) Calendario de Papeles de estado,
Nos. 1.073, 1.0!i8.
serie colonial, 11\61-68.
-
125
rante la refriega.
El coronel
Carey,
sucesor
suyo en
el mando, ansiaba
emprender
al punto
la captura de
los fuertes de Saba, San Martín y Tórtola,
pero los pIratas se negaron a moverse
hasta que fuera dividido el
botín hecho en San Eustaquio,
respecto de cuyo reparto
se hallaban
en desacuerdo
oficiales
y soldados.
Además de cañones
y pertrechos,
el producto
del saqueo
comprendía
900 esclavos,
entre
indios y negros,
con
gran acopio
de ganados
y algodón.
Entretanto
una
partida de setenta había pasado
a la isla de Saba, sólo
cinco leguas distante, y conseguido
su rendición
en las
mismas condiciones
de San Eustaquio.
Como el amotira.mï~!1~" había id'J ~'.1rne~t3.!:d~ y ~!1 ::erta cC3.s:6n
apenas
respondieron
250 hombres
a la revista,
los
oficiales comprendieron
que no era posible continuar
la
correría y zarparon
hacia Jamaica,
dejando
una reducida guarnición
en cada una de las islas.
La mayor
parte de tos holandeses,
en número
cercano
a 250,
fueron enviados
a San Martín, pero atgunos
otros, inclusive una treintena
de ingleses,
irlandeses
y escoseses, juraron obediencia
y permanecieron
allí (1).
Estimulado
por una misiva del monarca
(2), el
coronel Modyford continuó
en sus diligencias
contra los
holandeses.
Dos capitanes
bucaneros,
Searles
y Stedman, con sólo dos navíos de mediano porte y ochenta
hombres
de desembarco,
capturaron
en enero (?) de
1666 ta Isla de Tobago,
cerca
de Trinidad,
y destruyeron cuanto no les fué posible
llevarse.
Lord
Willoughby,
gobernador
de Barbada,
había preparado
tam(1) ¡bid., No. 1.012, l.-El
teniente-corone]
Tomás Morgar.
(a quien no debe confundirse
con e] corone] Eduardo ~lorgal,) ,
qued6 gobernando en San Eustaquio y Saba, yen abril de 1666 pasó
a Saint Kilts con una compañía de bucaneros eu auxilio de] gobernador 'Vatts contra los franceses.
En la algo vergonzosa defensa de ]a parte británica de la isla, ]05 bucaneros de :l10rgan
fueron los únicos que demostraron algún brío o disciplina, siendo
así que la mayor parte de ellos perdieron ]a vida O result~ron heridos' entre estos últimos el coronel Morgan con balazos en ambas
piernas (lbid., 1.201, 1.205, 1.212, 1.220, 1.257). Sa!:l Eustaquio fné
recuperado
por tropas francesas procedentes de Saint Kilts, a
principios de 1667 (¡bid., No. 1.401).
(2)
Calendario de Papeles de Estado,
1661-68, No. 1.082.
-. 126 -blén una expedición para adueñarse de la Isla, pero los
jamalquinos se le adelantaron
tres a cuatro días, de
maneta que se hallaban
muy atareados en el saqueo
cuando llegó Lord Willoughby y pidió la entrega de la
Isla en nombre del rey, en vista de lo cual los bucaneros convinieron en dejar en pie la casa del gobernador
y el fuerte, pero sólo a condición de que Willoughby
les permitiera vender el botín en Barbada (1)_
Entre
tanto, muy decepcionado por el mal éxito del plan con~
tra Curazao, Modyfotd solicitó la ayuda del «viejo piratu, capitán Eduardo Mansfield, y en el otoño de
1665, contando con enviar otra escuadra contra la isla,
designó a Bluefields (5) como puerto de cita para los
bucaneros_
En enero de 1666 y en auxilio de sus aliados los
holandeses,
Francia
declaró abiertamente
la guerra
contra Inglaterra, y pasado un mes Carlos II se dirigió
por escrito a sus gobernadores de las Indias Occidentales y de las colonias norteamericanas
para instruirlos
de la guerra y ex,=itarlos al ataque de sus vecinos franceses (2). La noticia del rompimiento de las hostilidades no se supo en Jamaica hasta el 2 de julio, pero
ya endlciembte
del año anterior se había enviado advertetJcia a las Indias Occidentales sobre la esperada:
ruptura (3).
En consecuencia,
viendo el gobernador
Modyford cuánto Incremento habían adquirido los francesés' en la Española, dedujo que era muy oportuno
apartar a los bucaneros del servicio de aquéllos y
atraerlos mediante la concesión de patentes contra los
españoles.
Los franceses
les permitían
a los bucaneros la venta. de presas españolas en los puertos de
(1) Ibi:i., No. 1.125.- -Andando el año y después de estallar I~
guerra con Francia, Stedman fué capturado por una fragata fraucesa a la altura de Guadalupe.
En un bajel de medianas dimensiones y con sólo 100 hombre. ~(\brevino una calma 'que le impidió
escapar, por donde como buen bucanero abordó intrépidamente
a
los franceses y los 'combatió dos horas arreo, siendo vencido al
cabo. (Ibid., No. 1.212).
(2) Calendario de Papeles de Estado, serie colonial, 1661-63,
Nos. l.I30, 1.132-37.
(3) Calendario de Papeles de Estado, serie colonial, 1661-68.
NOl. 1;129, 1.263
sus colonias. pero el mejor mercado ofrecido por Jamaica constituía siempre causa suficiente para atraer
no sólo a los bucaneros británicos. sino también a los
holandeses y franceses.
Más aún. parece que las autoridades metropolitanas se habían dado cuenta de las
dificultades de la situación. con frecuencia encarecida
en las cartas de Modyford. porque en la primavera de
1665. a raíz de la carta del secretario Bennet, fechada
el 12 de noviembre. y poco después de estallar la guerra con Holanda, el duque de Albemarle había escrito
a Modyford, en nombre del monarca, facultándolo para
guiarse por su propio juicio en la concesión de palellte~
LUul.ia.
~Û:)
é~PàDû;ê3
(:j.
:'-~Üdjf¡,jjj
D.br;g~ba e~
convencimiento de que todas las circunstancias
favoreClan semejante modo de proceder. y reunió el Consejo el 22 de febrero, siendo aprobada una resolución,
según la cual convenía a la isla conceder letras de
marca contra los españoles (2).
Al efecto, en POI t
Royal y Tortuga fué publicada una proclama del gobernador.
En agosto siguiente, Modyford envió a Bennet,
ya convertido en Lord Arlington, una minuciosa defensa
de sus actos.
«Su señoría sabe muy bien-decía
Modyford-,
cuán grande aversión me inspiraban los corsarios, mientras estuve en Barbada. pero después que
puse en estricta ejecución las órdenes de Su Magestad
para restituir las presas, descubrí mi error viendo la
ruina de los fuertes y de la riqueza de esta plaza. y
asímismo la devoción de esta gente al servicio de Su
Magestad; sin embargo proseguí estorbando
y casti!!landa a esa clase de sujetos hasta que llegó la carta de
Su Señoría, correspondiente
al 12 de noviembre de
1664. que recomendaba tratarlo!: con benignidad; pero
aun íbamos a la ruina, la cual expuse con fidelidad el
6 de marzo siguiente al Lord General, quien tras graves consultas con Su Magestad y el Lord Canci:ler, por
carta del lo, de junio me dió facultades para conceder a no comisiones corotra los españoles, sí yo la juzgaba útil al servicio de Su Magestad y adelantamiento
(1)
¡bid., Nos. 1.144, 1.244.
(2) ¡bid., Nos. 1.138,1.144.
-128de esta isla. Regocljéme con esta autorización, pero
resolví no hacer uso de ella a menos que la necesidad
me la impusiera, y ello a pesar de que las flotas regresaban en tan mísero estado que era menester desarmar los navíos y enviar los marineros a la costa de
Cuba para que se ganasen una pitanza, alejándolos asi
completamente de nosotros.
Muchos se quedaban en
las islas de barlovt'nto por no tener la suficiente para
pagar sus deudas, yen Tortuga con los bucaneros franceses; pero todavía me abstuve de hacer uso de mi
autorización, con la esperanza de que sus penalidades
y terribles azares los retrayesen al cabo de aquel género de vida; mas, como a principios de marzo último
observé que la guarnición de Port Royal, constante de
600 plazas bajo el coronel Morgan, se había reducido a
138, entonces reuní el Consejo para estudiar la manera de fortalecer aquella importantísima
plaza con
algunas de las tropas del interior; pero todos se mostraron de acuerdo en que el único medio para atraer
hombres a Port Royal, consistía en otorgar comisiones
contra los españoles, la cual recomendaban ellos con
mucha insistencia
y considerando
nuestra debilidad, el abandono
de Port Royal por los principales
comerciantes,
la negativa de crédito a los corsarios
para avituallamiento,
etc., y los muy reiterados rumores de guerra con los franceses, publiqué una declaración acerca de mis propósitos de conceder comisiones
contra los españoles. Su Sefíoría no puede imaginar qué
cambio tan unánime hubo en la fisonomfa de hombres
y cosas: barcos en reparación, grande aflujo de obreros
y trabajadores
hacia Port Royal, regreso de muchas
personas, muchos deudores libres de la cárcel, y los
barcos destinados a la invasión de Curazao, que no se
atrevían a entrar en puerto por miedo a los acreedores,
aportaron y se aparejaron de nuevo, por donde las
fuerzas de guarnición en Port Royal se aproximan a
400.
A no ser por aquella
oportuna medida no
habría podido sostenerme contra los bucaneros
franceses que por lo menos hubieran arruinado todas las haciendas de la costa, en tanto que ahora saco buen
partido de ellos, y últimamente David Marteen, el mejor
-
129 -
hombre dc Tortuga, que tiene
ha prometido
traerlas ambas_
dos fragatas
(1).
en actividad,
En cuanto
la actitud
de los bucaneros
afectaba
Jas
mutuas relaciones
de Inglaterra
y España, en realidad
era cosa de poca
importancia
el que se expidiesen
a
no comisiones
en Jamaica,
. porque
los saqueos
e incendios
continuaban
siempre,
y los asendereados
hispanoamericanos,
muy inclin ados a ver ingleses
en los
malhechores
cualquiera
que fuese su verdadero
origen,
maldecíall
y aborrecían
siempre
a la nación británica
y
practicaban
crueles represalias
cuando les era posible.
Ademas.
cada exoedición
a territorio
hisoánico
ofrecía
nuevo incentivo para semejantes
empresas,
por la mucha
debilidad y mucha riqueza
de los españoles.
Los corsarios habían hecho caso omiso
de Modyford mientras
estuvo en la incertidumbre
de repeler a no a los bucaneros, a los cuales deseaba
atraer
en la Íntimo de su
corazón, bien que temiese a las autoridades
metropolitanas.
Los piratas a quienes Modyford habia
invitado
a reunirse en la Bahía de Bluefields
en noviembre
de
1665 escogieron
por almirante
al capitán
Mansfield,
y
a mediados de enero zarparon
de los cayos meridionales de Cuba
hacia Curazao; pero entre tanto, y porque
se les habían rehusado
provisiones
que según el relato
de Modyford
procuraron
comprar
de los españoles
en
Cuba, penetraron
cuarenta y dos millas
isla adentro, y
amparados
con patentes portuguesas
que poseían contra
los españoles,
saquearon
y quemaron
la ciudad
de
Sancti Spiritus,
derrotaron
un cuerpo de 200
caballos,
se llevaron
algunos prisioneros
a la costa y arrancaron
por su rescate
300
cabezas
de ganado
(2).
Los
(1) Caleudario de Papeles de Hstado, 'Jerie colonial,
~9 1264,resumen del origiual.
1661-68
(2) Calendario de Papeles de Estad'o, serie colonial, 1661-68,
:\'os. 1.124, 1.147. Con referencia a esta misma hazaña escribía el
gohernador de la J-Jah",'rt, que la víspera de :-¡avidad de 16~.~ los
ingleses entraron a saco la ciudad de Cayo, jurisdicción de la Habana, y que dando con un bajel a cuyo bordo había veintidós esl'aÎloles, vecinos de la ciudad, los pasaron todos a cuchillo y los
hicieron pedazos. !Jespuf, zarparon hacía 1" ciudad de Bayalllo
con treœ bajeles y 700 hombres, mas cambiando de plan, fueron a
130 ricos y fáciles beneficios asequibles con el saqueo de
los españoles eran demasiado tentadores para no influir
sobre Ja lealtad de los expedicionarios: siendo así que
noticioso de muchas defecciones ocurridas entre ellos,
Modyford despachó ellO
de noviembre 'al capitán
Beeston para sacarlos de Sancti Spiritus, caso de ser
posible, y alentarlos en el propósito inicial contra Curazao (1).
En realidad, los oficiales de la expedición
dirigieron una carta al gobernador expresándole su celo
por la empresa; pero la gente se mantenía siempre ale. jada, y en consecuencia
se desbandó la fJota. Dos
bajeles salieron para Tortuga. y otros cuatro, él los
cuales se agregaron dos piratas franceses, zarparon con
Mansfield para intentar la recuperación
de la isla de
Providencia,
que desde 1641 había sido guarnecida
por los españoles y empleada como presidio (2).
Resuelto Mansfield, como se la dijo después al gobernador de Jamaica, a no verle nunca la cara a Modyford
hasta haber hecho algún servicio al monarca, el filibustero largó velas hacia Providencia
con unos 200 hombres (3) y acercándose a la isla por la noche a través
de un pasaje desusado entre los arrecifes, desembarcó
en la madrugada y sorprendió y capturó al comandante.
La guarnición, formada de unas 200 plazas.
entregó el fuerte. bajo promesa de que sería conducida
al continente.
Allí se cogieron veinte y siete piezas de
artillería. muchas de las cuales. según se dice, tenían
grabadas las armas de la Reina Isabel. Mansfield dejó
Sancti Spiritus, des~mbarcaron 300 homhr"s, saquearon la población, trataron con cruddad a hombres y mujeres, quemaron las
mejores ca,as y arruinaron y profanaron ~I templo en que habían estllblecído sus reales. Papeles d~ Estado, España, vol. -19·
f. 50. El coronel Beeston dice que .:IIarbtield condnjo la invasión,
pero según el rela:o ~spañol, al l'ua] s~ adhiere Duro, el jefe era
Pierre Legrand.
(Duro, op. àl., v. p. 1(4).
(1)
de
L'alenl!. de P. de Est.. strit
Beestotl.
Bet~ton
Mansfield y sU gente,
(2)
refiere
110
qne
col., 1661-6', :\"0. 1 Hi; Diario
tras seis
Stl11atlRS
de huscar
a
logró ~Ilcontrarlos y regresó a Jamaica.
':al. de Papeles de Est., 166l-6S, :\"0. 1.213.
(3) Exquelllelin dice, sin embargo, qne llevaha .~OOhombres.
Si atacó la i"la de Providencia con "ólo 200 hombres debiÓ haher
recibido refuerzos más tarde.
-
131 -
en la isla treinta y cinco hombres al mando del capitán
Hattsell, y zarp6 con los prisioneros
para Centro América, donde,
después
de recorrer las costas, subió
por
el río San Juan y saque6
a Granada,
capital de Nicaragua.
Desde Granada
los bucaneros
penetraron
por
el sur en Costa Rica, quemando
haciendas,
rompiendo
las imágenes de las iglesias,
desjarretando
vacas y mulos, talando
los árboles frutales
y en conjunto
destruyéndolo todo a su paso.
El gobernador
español s610
contaba con treinta y seis soldados
y apenas algunas
armas de fuego; pero convoc6 a los vecinos y a algunos
inrlígp.nas, puso obstáculos
en los caminos,
tendi6 emboscacias e ill1..u 1.1J.d.lllU
~¡,;;"Iii¡~:
•....
í v.: :-..:: ;:::s:!':s
!'~.
cursos para contener
a los invasores.
Los filibusteros
se habían pro¡;uesto visilar a Cartago,
poblaci6n
principal de la provincia,
y saq uearla como habían hecho
con Granada;
mas s610 llegaron hasta Turrialva,
desde
donde fatigados y estropeados
por el tránsito de la cordiliera, y perseguidos
por los españoles,
regresaron
en
buen orden a sus buques a través de la provincia
de
Veragua
(1).
Cargados
de balín,
los bucan~ros
aportaron a Port Rayai el 12 de junio.
En aquella saz6n
no había guerra declarada
entre
Inglaterra
y España;
'pero con todo y porque
consideraba
que Mansfield se
veria justificado
ex post facto. mediante la expedici6n
de patentes
de corso contra
los españoles
hecha en
febrero
anterior,
ei gobernador
apenas
le hizo una
suave reprimenda
por haber procedido
sin 6rdenes SIlyas; y «considerando
su buena situaci6n
para favorecer cualquiera
empresa contra el contine:lte~,
acept6 la
oferta de la isla, en nombre del Rey.
Para
reforzar la
:ë
(1) Dllro op. cil., v. p. 167. Papeles de Estado.
España, vol4~, f. 50. Inciertas y contradictorias son las relaciones que acerca
de e,ta expecliciún han llegado hasta nosotros.
:\lodyford se limita n decir 'l"C ·,de,ell1barcaron 600 hombres en Caho Blanco,
reino de Veragna. y qne a\'anzalon 'JO milla .• tierra adentro para
~orpren(ler a S\l pnncipal poblaci6n, Cartai("o; pero que sabiendo
que
los vecinos
se habían
l1t:=vado ~us riquez-ts,
regresaron
a
~Us
barcos sin ser molestados.'
(C. de l'. de F.st., sene col., l66I-óB,
:\'0. 1.2:,1). Se~ún Exc¡uemeiin la primitiva meta de los bucaneros
era la dudad <le :-\ "ta, al norte <le Panamá.
l,as versiones españolas aumentan de 800 a 1.200 el número de los invasores,
-
132 -
guarnición inglesa envió con unos cuantos soldados al
Mayor Samuel Smith, que habla figurado en la tropa d.
Mansfield (1). y en Inglaterra el Consejo aprobó sus
actos el la de noviembre, nombrando teniente gobernador de la nueva adquisición
a su hermano Sir James
Modyford (2).
En agosto de 1665, apenas dos meses antes de
partir Mansfield de Jamaica,
habían regresado a Port
Royal, tras una incursión al mismo territorio, tres capitanes corsarios llamados
Morris, Jackman y Morgan (3).
Estos individuos y sus secuaces engrosaron
sin duda las filas de los bucaneros de Mansfield y ¡Jrobablemente sus noticias sobre \a riqueza de Centro
América fué lo que indujo a Mansfield a emular su
empresa. Todavía alegando que navegaban con patente de Lord Windsor, los tres citados capitanes hablan
subido en enero anterior por el río Tabasco, provincia
de Campeche. con 107 hombres, y guiados por indios
hicieron un rodeo de 300 millas según su propio relato,
hasta Villa de Mosa (4), en la cual entraron a saco.
(1)
Cal. de Papele~
(2)
¡/n'd., Nos.
cia fuI' la última
trado
elltre
de Est.,
1. ~09, 1.'49.
ha: aña
de
los documentos
turados
posteriormente
bana, doude .se aherrojó
(/bid.,
despué5.
sido
No.
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La captura
Mallsfield.
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testimonio
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cap·
y conducidos
a la Ha.
y se Je ejecutÓ
poco
Exquemelin
ayuda
No. 1.236.
de la isla de Providen-
coloniales,
por IIls españoles
al ••ntiguo
hucane,o
negad •• por 1I1odyford
166l-6~.
dice
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que
i,ahiéndole
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Pro·
videncia.
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fuI' a h\\scar apoyo en TOltU!?, donde .la IIlllerte
10 ~orprfrtldi6
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puso fin a ~11 depravada
existenciar..
(3)
gan
Jo:xqnellleJin
a Campeche,
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por esta. épJca,
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(4) .Villa
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l.Iegan
ciud"d
pOt
con
a la orilla
derecha
indio ..•, (,'011 al~tlno:-,
lllercaderías,
en lIo\'ielllhle
del
espa.-
espeei:·tllnente
o diciembre
y anclan
hasta junio o julio,
velldi~ndo
sll~ J;?:Í'l1er(ls .r lut:'go lOI11an carga,
especialmente
de cacao.
Todos los melcaderes
y dttallistas
de las
-
133 -
Cuando regresaron
a la boca del río se encontraron
con
que sus buques habían sido apresados
por los españoles
quienes, al acercarse
los bucaneros,
los atacaron
con
300 hombres,
pero los españoles,
enervados
por el
calor y la vida indolente
del trópico, no eran para medirse con una partida de facinerosos
que sólo contaba
un tercio del número de aquéllos,
y así fueron hatidos
sin una baja entre los invasores.
Los bucaneros
aparejaron luego dos barcas y cuatro canoas, se dirigieron
a Río Garta y expugnaron
la plaza con sólo treinta
hombres;
cruzaron el golfo de Honduras
hacia la isla
de Roatán para repasarse
y hacer aguada, y en se¡¡uida
capturaron
y saquearon
el puerto de Trujillo.
Bajaron
por la costa de Mosquito, e igual que un fuego devorador, consumiéronlo
todo a su paso; anclando
en Monkey
Bay subieron el río de San Juan en canoas durante un
trayecto de 100 millas hasta el lago de Nicaragua.
La
cuenca hidrográfica
en que penetraron
fué descrita
por
ellos como un verdadero
paraíso,
el aire fresco y sa]ubre, las márgenes
del lago cubiertas
de verdes pastos y
extensas sabanas
pobladas
de vacas y caballos,
y ciñéndolo todo una corona
de azules
montañas.
Ocultándose de día entre las numerosas
islas y remando
toda la noche,
desembarcaron
a las cinco jornadas
cerca de la ciudad de Granada,
un año preciso
antes
que Mansfield visitase el lugar. Los bucaneros
marcharon sin ser vistos hasta la plaza central de la población,
derribaron
dieciocho
cañones
montados
allí, se apoderaron del almacén y cogieron y encerraron
en la Catedra] a 300 vecinos.
Se dieron al saqueo por dieciséis
horas, luego libertaron
a sus cautivos,
y tomando
la
precaución
de barrenar todos ]05 botes, tornaron
a la
costa del mar.
La ciudad era grande y hermosa,
con
siete iglesias, además de varios colegios y monasterios,
y la mayor parte de los edificios estaban
fabricados
de
piedra.
Cerca de 1.000 indios, impulsados
a la rebelión por la crueldad
y tiranía de los españoles,
acomciudades del pais acuden a traficar allí cuando se acerca la Navidad,lo cnal h2ce de e,ta publación la primera de todas estas partes,
exceptuada Campeche •. Dampier, ed. 1906, II, p. 206. La ciudad
estaba a doce leguas de la boca del río.
-
134 -
pañaban a los merodeadores y hubieran dado muerte a
los prisioneros. especialmente a los rel igiosos, a no decírseles que los ingleses no intentaban guardar su conquista,
La noticia de la hazaña produjo viva impresión
en Jamaica, y el gobernador señaló a Centro Améri:a
como el "lugar más apropiado» para un ataq ue inglés
sobre las Indias españolas
( 1).
La isla de Providencia se hallaba ahora en poder
de los ingleses, y los españoles no tardaron en darse
cuenta de que la posesión de este puesto avanzado
sólo sería para los bucaneros
la primera etapa de mayores conquistas en el continente.
En consecuencia,
el Presidente de Panamá. don Juan Pérez de Guzmán,
practicó diligencias inmediatas
para recuperar la isla;
y en este sentido se trasladó personalmente a Portobelo,
embargó el "Concord»,
navío británico de treinta cañones, surto allí con licencia para hacer la trata de
negros, la tripuló con 350 españoles al mando de José
Sánchez Jiménez y lo envió a Cartagena.
El gobernador de esta última plaza contribuyó a la empresa con
varias embarcaciones
de porte mediano y ciento a más
hombres, y ellO de agosto de 1666 la flota española
unida se presentó ante las costas de Providencia.
Como el Mayor Smith se negase a rendirse, los españoles
procedieron a desembarcar, y después de tres días de
asedio impusieron la capitulación
a aquel puñado de
bucaneros que no pasaba de sesenta o setenta. Aunque
a Igunos de los defensores ingleses de la isla atestiguaron más tárde ante el gobernador Modyford que los esdañoles habían convenido en dejarlos ir á Jamaica en
una barca, es la cierto que los ingleses fueron aprisionados al rendir las armas, conducidos a Portobelo y
todos, excepta Sir Thomas \vhestone,
el Mayor Smith
(1) Cal. de Papo de Est., serie col., 1661-6R, No. 1.142; Diario
de Reeston, 20 de agosto de 1665. gil carta de 21' de marzo de 1665,
el Virrey de :-:lIe\'a España re fiere que en febrero lleR'aroll a Tabasca !.'iO ¡11¡rJe'es en tre~ barcos, pero desil{n'l la citHlad saqueada
COli el nombre de Santa ~1aría de la Vitoria. Según esta versión
los bucaneros se apo,~erarol1 de t<•• oros reales por la suma de .10000
pi~zas de a ocho, amén de muntciones y es.:lavos. (Papeles de Es.
tado, España, vol. 49, f. 122).
-
135 -
y el capitán Stanley,
sometidos
a las crueldades
más
inhumanas.
A treinta
y tres de ellos se les encadenó
al suelo en un calabozo
de 12 pies por 10; se les forzó
a trabajar
dentro del agua
desde las cinco de la mañana hasta las siete de la noche,
y en se:nejante
grado
que los mismos españoles
confesaban
que a cada uno
de ellos les imponían
más trabajo
que a tres negros
juntos; y por último,
cuando extenuados
por falta de
víveres y sueño, los derribaban
y apaleaban
tanto
que
cuatro a cinco perecieron.
«Por carencia
de vestidos
el sol les ampo/Jaba
las esp'lldas
y les quemaba
la cahp.7.a: sus cuellos,
hombros
y manos
f"r,r.;¡l!ec:an
t:asport"ndo piedras
y mezc~a; tenian nenOl00S ¡us tJ¡t", y
Jas piernas magul:adas
y ulce~adas
por los hierros,
y
su aspecto inspiraba
repugnancia».
Los tres capitanes ingleses
fueron !:evados a Panan~á.
echados
en
una mazmorra
y "herro;adcs
po~ d:ec;s;ete
meses
(1).
Sir Richard Fanshaw,
ex-Embajador
en Portugal,
había :Iegado a Madrid. procedente de Ing:aterra.
el 8 de
enero de 1664, para negociar
un trátado de comercio
con España,
y caso de ser posible,
hacer
las paces
entre
las coronas
españoia
y :usitana.
Había
renovado la antigua solicitud de comercio :ibre en !as Indias,
prolongándose
las negociaciones
por los años 1664 y
1665, estorbaJas
y frustradas
por las facciones
de la
corte española,
los manejos
hostiles
dei residente holandés en Madrid y los constantes
rumores de atrocidades y depredaciones
que cometían
los fílíbusteros
en
América (2).
El gobierno español sostenía
que por la
sola virtud de las estipulaciones
de 1630 existía la paz
a ambos lados de la «Línea»,
y que las violencias
de
los bucaneros
en las Antillas, y aun la presencia
de
colonos
ingleses allí, constituía
una víolación
de las
estipulaciones.
Por esta vía trataban
de reducir
a
Fanshaw
a la situación
de un postulante
de favores que
ellos podrían
conceder
sólo por gracia y generosidad.
Esto implicaba
un ardid favorito de la diplomacia
espa(l) Cal. de Papo <l" E,t, serie col., 166:-6R. Nos. 1.826, 1.827,
1.851; Exqnemelin, ed. 1684, Parte Il, pá~s. 65-ï4.
(2) l'ap";e~ de Estado, España, vals. ~6-l9. Correspondencia
(l~ Sir Riclt:ud Faushaw.
-
136 -
i'iola, empleado ya muchas veces, por donde el Emba·
jador británico se vló en el caso de negar enfáticamente
la existencia de paz alguna en América, aunque comprendía cuán ambigua se había hecho su posición a
causa de las órdenes originales de Carlos II para Mo·
dyford en 1664 ( 1). En 1665, tras la muerte de Fe·
lipe IV, se renovaron las negociaciones estimuladas por
la Reina Regente, y el 17 de diciembre Fanshaw y el
Duque de Medina de las Torres firmaron artículos pre·
Iiminares. enviados a Inglaterra para su ratificación (2).
Fanshaw murió poco después, y Lord Sandwich,
su·
cesar suyo, logró por fin celebrar un tratado el 23 de
mayo de 1667 (3).
Las estipulaciones del tratado se
extendían a lugares "donde el comercio y el tráfico se
han acostumbrado hasta ahora», y los únicos privilegios alcanzados en América fueron los que habían sido
acordados a los Países Bajos por el Tratado de Munster. El 21 de julio del mismo año se concluyó en
Breda una paz general entre Inglaterra, Holanda y
Francia.
Fué a mitad de las negociaciones
de Lord Sandwich cuando Modyford, como la expresa Beeston en su
Diario, declaró la guerra contra los españoles, volviendo
a expedir comisiones pirátícas, paso Que dió, sin embargo, bajo su sola responsabilidad,
a fin de que el
monarca pudiese desaprobarlo si la exijían las conveniencias diplomáticas
(4).
Además, por esta misma
época, a mediados de 1666, Albemarle le decía por
escl ilo a Modyford que no obstante las negociaciones,
en las cuales, según manifestaba,
no se comprend/an
para nada las Antillas, el gobernador podría utilizar aún
a los corsaI ios como anteriormente, si convenía a los
intereses británicos en las Indias (5).
La noticia de
la paz general llegó a Jamaica a fines de 1667, pero
Modyford no modificó por ello su política.
Es cierto
que el secrelario Lord Arlinglon había enviado instruc(1)
(2)
(3)
(4)
(5)
¡bid, \"01. 46, f. 192.
¡bid., vol. 49, f. 212.
¡bid., vol. 52, f. 138; ArchívoOficiaJ,
Tratados, etc.,
Cal. de Papo de Est., setíe col., 1(61-68, No. 1.276.
¡bid., No. 1.264.
466.
-
13i -
ciones en febrero para prevenir que los bucaneros
cometiesen ulteriores violencias contra los españoles (1),
mas, Modyford sacó sus propias deducciones
de las
órdenes contradictorias
recibidas de Inglaterra, conscien te, acaso, de que reflejaba la política general del
gobierno metropolitano cuando escribía a Ar/ington:
"En verdad sería muy imprudente exponer la suerte de
esta plaza para obtener una reciprocid&d que no podría
haberse sino por órdenes de Madrid
Los españoles
nos miran como intrusos y transgresores donde quiera
que nos encuentran en las Indias y nos tratan en
consecuencia; y si estuviera en poder suyo, como lo
ê3Lâ. i..:ii
;;,~¿;::.::.:::es, r::'~ ~~h.~tjp.npronto rl~ todas
nuestras posesiones;
¿y es razonable que los dejemos
crecer tranquilamente hasta que sean capaces de hacerla?
Sólo la fuerza puede cortar en dos esa inhospitalaria máxima de su gobierno que niega toda entrada a los extranjeros (3).»
.H.•~
(1) ¡/;id., l'o. 1.53Î.
(2)
¡bid., l'o. 1.26-+.-Prohahlemente
huhoalgÚn d~sacuerdo
en el Consejo de Inglaterra sobrt- la política qne dehía seguirse con
los hUeaneros.
:llodyford escribía el 21 de agosto de 1666 a AlbemarIe: .Sir J3n"'5 :\Iodyford pondrá en manos ,le Su Gracia una
copia de alRunas órdenes de Oxford, respecto a algunos españoles,
indusa la carta de 1,0rd Arling-ton, en las cuales hay tan encareciclas insinuaciones para pro~el,.!\1Írla ~llJliHad con lo~ e:-,pañoles aquí,
que ;;1 teme ser altamente censurado por alRunas personas por
('ol1C'eder ('0111Ü·iones contra ellos: rueg-<l a Su Gracia que la jusli.
fiqne, a al menOS que se considere detenidamente
la necesidad de
este procedimiento, pues no duda ljuc verdaderos juece, hritánicos
confirI1lar~n lo que ha hecho .•• Por otra parte, escribe a Arlington
el 30 de julio de 1667: ••Si mis capaeidades hubieran correspoudido
tan bien ('011 nlis deseo~ COl1l0 c:-.to:;úaituos
se ajustan con 105 de
Su Señoría, los ataques de los fi~lbusteros ,ólo se ltahrîaCl practicado contra holande.e. y franeeses, quedan,lo los españoles libres
de ellos, pero !la tengo dint"To COn que pagar1~s ni frag-atas para
imponérmeles; aquél no lo poddan lograr de nuestros enemigos
declarados, ni puedeu esperar de ellos sino g-olpes, ¿y (como ~
menudo me lo han repetido) ello pagará las velas y aparejo.? ...
pero, de acuerdo con las instrucciones de Su Señoría, y en taulO
que esté a mi alcance, impediré que cometan ulteriores actos de
viol~ncia contra los españole!ol, a Ulenos que s~an provucados por
nuevas in.olencias ••. Sin etubarg-o, eu diciembre siguiente, el gobernador le dice a Albematle que ua ha alterado .u actitud, ni in-
138 Semejantes palabras recibieron muy en breve la
confirmación de los hechos, porque con una flota de
nueve a diez navíos y 400 6 500 hombres Henry Morgan entró a saco en junio de 1668 en la ciudad de Portobelo, una de las plazas más poderosas de América,
emporio de la mayor parte del comercio europeo en el
continente suramericano.
Henry Morgan era sobrino
del coronel Edward Morgan, muerto en el ataq ue
de San Eustaquio.
Se dice haber sido raptado en
Bristol, cuando niño, y vendido como sirviente
en
Barbada, de donde, transcurrido
su período de servicio, se trasladó a Jamaica.
Allí se incorpor6 a los
bucaneros y lIeg6 pronto a capitán de navío.
Probablemente
fué él quien tom6 parte en la expedición con Morris y Jackman a Campeche y Centra
América.
Después figuró en la armada de Mansfield para la empresa de Curazao y estuvo con él
en ]a toma de la isla de Providencia.
Parece que a la
desapariciÓn de Mansfield, Morgan ocup6 su puesto
como el jefe bucanero más culminante
de Jamaica, y
durante los veinte años siguientes fue uno de los hombres más importantes de la colonia.
Apenas contaba
treinta y tres años cuando condujo la expedici6n de
Portobelo (1).
Atendiendo a 4<frecuentes y seguros avisos~ de que
los españoles estaban proyectando una invasión a Jamaica, Sir Thomas Modyford comision6 en los comienzos de 1688 a Henry Morgan para reunir a los
corsarios ingleses y hacer algunos prisioneros españoles
con el objeto de averiguar si aquellos rumores eran
verfdicos.
Según el propio informe de Morgan para
el gobernador, los bucaneros se vieron arrastrados hacia
los cayos meridionales de Cuba, donde faltos de víveres y 4<apunto de morir de hambre», y hallándose con
algunos franceses en análogo trance, desembarcaron
la gente para pillar; pero como encontrasen que todo el
tenta hacerlo hasta Iluevas órdenes.
Claro ~e ve que Arlington y
Albemarde representaban dos "i"temas opuestos de opinión en
el Consejo.
(1) En declaración hecha ante el Consejo df" Jamaica, Morgan manifestó el 21 de diciembre de 1671, que tenía36 años.
-
139
ganado
había
sido internado,
y huído los habitantes.
avanzaron
veinte
leguas hasta Puerto
Príncipe
en la
costa septentrional
de la isla y tras breve combate
en
que murió el gobernador
español, se apoderaron
de la
plaza.
Cosa alguna de valor escapó
a la rapacidad
de
los invasores,
que recurrieron
a la tortura
para arrancarles a los prisioneros
el secreto de las riquezas ocultas.
A las súplicas
de los españoles
se abstuvieron
de quemar la población,y
por un rescate de 1.000
cabezas de ganado libertaron
a los cautivos;
pero impusieron a los vecinos la tarea de salar
la carne y conduci,!¡l il horda de los barcos (1). Morgan informó, ignoramos
con que
Ylc.1I.lv
Je 'V'~I¿:''':;':::l¿1 ~~~ ~':
Pqprtl1
Prínc:i·
pe habían sido recluta dos setenta hombres para ir contra
Jamaica,
y que en toda la isla se había hecho una leva
semejante.
Además, en la Habana
y Santiago
se esperaban
fuerzas
considerables
del continente,
con el
objeto final de invadir a la colonia británica.
Ya embarcados
de nuevo,
tras ei saco de Puerto
Príncipe,
Morgan
expuso
a su gente el proyecto de
herir en la más noble el poderío español
en las Indias
con la captura de Portobelo.
Parece que los franceses
enrolados
en la partida,
rehusaron
abiertamente
acompañado
en este vasto plan, lleno de peligros:
de manera que Morgan salió para las costas de Darién únIcamente con los fi:ïbusteros
ingleses.
Exquemelin
nos
ha dejado
una relación de esta hazaña,
más prolija
que cualquiera
otra de las que poseemos,
y tan ajustada
a la
que
sabemos
por
otras
fuentes
que
estamos
en el caso
de admitir
su declaración
de
que él fué testigo presencial.
Por
otra parte,
relata
todo el episodio con estilo tan ameno y pintoresco
que
merece citársele.
«El capitán
Morgan,
dice,
que
conocía
todas
las
(1) Calendario de Papeles ùe Estado, serie colonial, 1661-63;
Exquemelin, ed. 16~", Il Parte, pág" 79-R8. SegÚn Exql1emelill
el primer designio de los filibllskros cOllsistid en atravesar la isla
por sU parte más angosta y caer sobre la Habana; pero a la noticia ùe que el gohernador habia tornado medidas para defenùer y
abastecer la ciudad, cambiaron de propósito y marcharon a Puerto
Príncipe.
-
140 -
entradas de esta ciudad, lo mismo que todas las costas
vecinas. arribó cuando obscurecía al sitio llamado Puerto d~ Naos, diez leguas al oeste de Portobelo (1). llegados a este lugar ascendieron
por el río en sus embarcaciones,
hasta otro puerto llamado Puerto Pontín.
donde echaron anclas.
Aquí se embarcaron
al punto
en botes y canoas, dejando en los navíos sólo unos
cuantos hombres
para guardarlos y conducirlos al
puerto el día siguiente.
A eso de media noche llegaron
fl cierto lugar llamado Estera longa Lemos, donde todos
desembarcaron y marcharon por tierra hasta los primeros puestos de la ciudad.
Los acompañaba cierto inglés, que antes había estado preso en aq uellas partes.
y que éhora hacía de vaquiano. A él Y a tres o cuatro
más los comisionaron para apoderarse del centinela si
era posible, o matarlo en el acto; pero le pusieron la mano y lo prendieron con tanta astucia que no tuvo tiempo
de alertar con su fusil, o de hacer otro ruido. Así lo llevaron. las manos atadas. ante el capitán Morgan, que
le preguntó: 4<Cómo iban las cosas en la ciudad, y
cuántas tropas tenían allí,., con otros muchos pormenores que deseaba saber. Tras cada pregunta lo amenazaban mil veces con matarle si no declaraba la verdad.
Así, comenzaron a moverse sobre la Ciudad; llevando
siempre atado delante de ellos al dicho centinela.
Habiendo andado como un cuarto de legua, llegaron al
castillo que está cerca de la ciudad, el cual cercaron
estrechamente. de manera que nadie podía entrar en
dicha fortaleza a salir de ella.
"Apostados así bajo las murallas del castillo, el
capitán Morgan le ordenó al centinela capturado
por
los filibusteros, que les hablase a los de adentro para
(1) La ciudad de portobelo con su amplio y cómodo puerto
ofrecía buen anclaje y abrigo para los g"leones anuales del tesoro
El angosto a<:ce.,oestaba protegido por los dos fuertes mencionado,;
ea III narraci6n, el Santiago a la izquierda de la entrada, y el San
Felipe a la derecha; y dentro del puerto había otro, llamado SAn
Miguel. La ciudad yacía en el fondo del puerto, dispuesta en anfi.
teatro. Se levantaba en terreno bajo y pantanoso y no tenía muralla~ ni parapt:tos por la parte de tierra.
(Cf. la descripción de
Wafer y Gage). Por esta ép0ca la &uarnici6n no excedía prObablemente de 300 hombres.
-
141 -
que se rindieran y entregaran
a discreción, pues en
caso contrario todos serian despedazados,
sin darle
cuartel a ninguno; mas ellos no prestaron oídos a ninguna de estas amenazas, abriendo al punto los fuegos,
que advirtieron del peligro a la ciudad, donde cundió
de súbito la alarma.
Con todo, aunque el gobernador
y soldados del dicho castillo opusieron tanta resislencia como era posible, viéronse forzados a rendirse a los
piratas, los cuales no bien tomado el castillo resolvieron hacer buenas sus palabras pasando los defensores a
cuchillo para aterrorizar con ello el resto de la población. Al efecto, encerrando
a todos los oficiales y
~u¡ùaJus eu UII Jepill ¡<lm¿úlù, pegarûíl
¡"ego Q la
pólvo.ra (de la cual habían hallado gran acopio),
y
volaron el castillo entero con todos los españoles que
había en él. Hecho esto, prosiguieron el curso de su
victoria cayendo sobre la ciudad, no apercibida aún
para recibirlos.
Muchos de los vecinos arrojaron sus
alhajas y dinero dentro de los pozos y cisternas a los
ocultaron bajo tierra en otros lugare~, para evitar, tanto
como fuera posible, que los despojasen del todo. Una
pandilla de piratas destinados a este propósito corrieron
en el acto a los monasterios y se apoderaron de tantos
monjes y monjas como pudieron encontrar.
No logrando reunir a los vecinos, a causa de la mucha confusión
que se produjo, el gobernador de la ciudad se refugió
en uno de los castillos restantes y desde allí comenzó
a disparar incesantemente contra los piratas; pero éstos
no mostraban la menor negligencia en ir al asalto ni
en defenderse con todo el valor imaginable, y así pudo
observarse que entre el horror del ataque hicieron muy
pocos disparos inútiles, porque apuntando con mucha
destreza a la boca de los cañones era cierto que los
españoles perdían uno a dos hombres cada vez que
cargaban de nuevo alguna pieza.
«El asalto de este castillo en que se hallaba el
gobernador prosiguió furiosamente
de ambas partes.
desde el amanecer
hasta mediodía, tanto que a esta
hora del día era muy dudoso saber quién fuera el vencedor a el vencido. Por último, advirtiendo que habían
perdido muchos hombres y alcanzado aún poco en el
-
142 -'
sentido de apoderarse de éste a de los otros castillos
restantes, los piratas pensaron en hacer uso de granadas de mano con el fin premeditado
de quemar las
puertas del castillo; pero yendo a poner esto en ejecución, I~s españoles lanzaron desde las murallas gran
cantidad de piedras y ollas de tierra llenas de pólvora
y otros combustibles, que los obligaron a desistir de su
intento .. En vista de la bizarra resistencia de los espa·
ñoles, el capitán Morgan comenzaba
a desesperar del
éxito de la empresa, tras lo cual ocuparon su mente
muchas melancólicas y frías meditaciones, no sabiendo
qué partido tomar en aquel conflicto.
Entregado a
estos pensamientos se reanimó de súbito a continuar el
asalto vienào la bandera
inglesa izada en uno de
los castillos menores, ocupado entonces por sus hombres, de los cuales columbró luego una partida que iba
hacia él proclamando el triunfo con ruidosas demostraciones de regocijo.
Esto la hizo disponerse en el acto
a intentar nuevos esfuerzos para expugnar el resto de
los castillos que se le oponían, especialmente porque
estaba en cuenta de que los vecinos principales se habían acogido a ellos y conducido allí gran parte de sus
tesoros, con todas las alhajas pertenecientes a los templos y otros objetos dedicados al culto.
«Al efecto dispuso la construcción de diez a doce
escaleras, con toda la premura posible, y tan anchas
que pudiesen subir por ellas tres a cuatro hombres a
un tiempo.
Terminadas éstas, ordenó a todos los frailes y monjas, prisioneros suyos. que las arrimaran a las
murallas del castillo, hecho con cuya comisión había
amenazado de antemano al gobernador caso de que no
entregase la fortaleza.
Pero éste repuso que nunca se
entregaría vivo. El capitán Morgan abrigaba el convencimi~nto de que el gobernador
no extremaría su
resistencia viendo a monjas y clérigos expuestos a los
peores riesgos al frente de la soldadesca.
Así, como
he dicho, las escaleras fueron puestas en manos de religiosos de uno y otro sexo, a quienes se les obligó, a la
cabeza de las compañías, a alzar y arrimar las escalas
a las murallas; pero el capitán Morgan se engañaba
cuanto a los efectos de su designio, porque el goberna-
143 dor, que obró a guisa de soldado
esforzado
y valiente,
no se abstuvo. cumpliendo
con su deber, de recurrir
a
todo extremo para destruir a qùienquiera
que se acercase a las murallas.
Frailes
y monjas no cesaban
de
pedirle a gritos por todos los santos del cielo que entregase el castillo para salvar así su vida y la de ellos
mismns, mas nada pudo prevalecer
sobre la obstinación
y fiereza que se habían adueñado
del espíritu del gobernador.
Asi perecieron
muchos de los frailes y monjas,
antes que pudiesen
arrimar las escaleras,
hecho la cual
por fin, aunque
con gran pérdida de la dicha
gente
relíqíosa,
los piratas trepClrCln por ellas en gran número
y con no menos intrepidez,
,ievc1IIJû g¡Gd¡':'~.1S
y ollas llenas de pólvora, cosas todas que ya en la alto
de las murallas,
prendieron
y lanzaron contra los es·
pañoles.
:e ~"r,,')
«Tan grande fué este empeño
de los piratas
que
los españoles
no pudieron
resistir
más ni defender
el
castillo,
en el cual
penetraron
los asaltantes.
Esto
practicado.
todos los de adentro
arrojaron sus armas
y
pidieron
cuartel;
sólo el gobernador
de la ciudad no
quiso admitir ni pedir perdón, sino que más bien mató
con sus propias manos a muchos de los piratas, y a no
pocos de sus soldados porque no se mantenían
firmes
en la lucha.
Y aunque los piratas
le preguntaban
si
quería
que le dieran cuarte:, siempre
les contestaba:
«De ninguna
manera;
prefiero morir como un valiente,
antes que ser ahorcado
como un cobarde».
En cuanto
pudieron procuraron
hacerla prisionero,
mas a despecho
de todos los ruegos y lágrimas de su mujer y su hija que
le suplicaban
de radiílas que pidiese cuartel y salvase su
vida,
se defendió
con tanta obstinación
que tuvieron
que darie muerte.
Ya dueños del castilio, a eso del
anochecer,
:os piratas
encerraron
allí a todos los prisioneros,
colocando a mujeres y hombres
por separado,
con alguna guardia.
A todos los heridos se les puso
en un departamento
solo, a fjn de que sus propias
quejas sirviesen
de alivio a sus males, pues
no se les
proporcionó
otro.
"Hecho esto, se dieron a comer y a beber según
su manera acostumbrada,
es decir,
cometiendo
en am-
'- 144 ....•
bas cosas toda clase de desórdenes y excesos ..... Se
entregaron de tal modo a t?da suerte de desórdenes que
si hubiera habido tan sólo cincuenta hombres coraju·
dos, poddan haber recuperado
fácilmente l(ciudad
y
muerto a todos los piratas.
Al otro día, pillado ya todo
lo que pudieron encontrar, comenzaron a ~xaminar a
algullOs de los prisioneros (que habían sido inducidos
por sus compañeros a declarar que ellos eran los más
ricos de la población).
intimándolos severamente
para
que indicasen donde habían ocultado ·sus riquezas y
bienes; mas no logrando sacar nada de ellos, como
que en realidad no poseían riqueza alguna. resolvieron
torturarlos al fin. Esto la practicaron con tanta crueldad que muchos de ellos murieron en el tormento, a
acto seguido.
El Presidente de Panamá tuvo pronta
noticia del saco y ruina de Portobelo, y ello lo movi6
a emplear toda su atención
e industria en levantar
tropas con el propósito de perseguir y expulsar de allí
a los piratas, a quienes preocupaban
poco cuantos medios extraordinarios emplease el Presidente,
porque te·
nían sus barcos a la mano y la determinación de pegar
fuego a la villa y retirarse.
Habían permanecido
ya
quince días en Portobelo. y perdido en este lapso de
tiempo muchos de sus hombres, así por la insalubridad
del país como por sus extravagantes excesos (1).
«Sobre esto se dispusieron a la partida, conduciendo a bordo de sus navíos todo el botín cogido;
pero antes que todo abastecieron
la flota con víveres
bastantes
para la travesía.
Mientras se practicaban
estos preparativos, el capitán Morgan intimó a los prisioneros que debían pagarle un rescate por la ciudad.
pues de otro modo la reduciría a pavesas y volaría
todos los castillos; además, les ordenó que enviasen
(1) Esta declaración se halla confirmada
por UIlO de los
capitanes
que sirvieron a la. órdenes de !\largan, quien dice
en !lU relalo de la expedici6n: .rras algún os dias de permanencia estallaron enfenuedades elltre Jas tropas de las cuales perdi.
mas la milad por enfermedades y combates. (Calendario de Papeles de ¡';stado, serie colonial 16::9-7.J. ~9 1). Yen el "Eslado actual de Jamaica, 1'>83.,se lee que Morgan l1e\'ó a la isla la epidemia que .mató a Lady Modyford y a olros ••
-
145 --
con toda diligencia dos personas que buscaran
y procuraran la suma pedida por él, ascendiente a cien mil
piezas de a ocho. A este efecto fueron enviados dos
individuos ante el Presidente de Panamá, Quienes hicieron a éste un relato de todas estas desventuras.
Ya
con un cuerpo de tropas listo, el Presidente salió en el
acto para Portobelo con el fin de combatir a los piratas
antes de que se retiraran; pero esta gente, noticiosa de
su llegada, en vez de huir, se adelantaron
a su encuentro en un angosto sendero por donde necesariamente
había de pasar.
Situaron allí un centenar de hombres
""".'j'
hi"'n
,,!rmlldos los cuales. al primer choque, pusieron en fuga a buena parte de los de Panama..
ESTa
contingencia hizo que el Presidente se retirara por
entonces, cómo que no se hallaba en actitud de seguir
adelante.
A raíz de esta refriega envió a decirle al
capitán Morgan que si no partía en el acto de Portobelo
con toda su gente, no debía esperar cuartel para sí ni
para sus compañeros, cuando los capturase como confiaba en hacerla pronto.
El capitán Morgan, que
no temía sus amenazas,
seguro de la retirada en
los navíos surtos allí mismo, le contestó que no restutuiria las fortalezas antes de recibir el dinero pedido;
y que de no serie entregado quemaría toda [a ciudad y
luego la abandonaría,
demoliendo de antemano los
castillos y matando a los prisioneros.
<' Por esta respuesta comprendió el gobernador
de
Panamá que no habría medio alguno de ablandar el
corazón de los piratas ni de traerlos a razón, por donde
resolvió abandonar el terreno y dejar los vecinos de
la ciudad, a quienes había ido a socorrer, enredados en
las dificultades que presentaba la celebración
de un
buen acuerdo con los enemigos (1).
Así, pocos días
después, los desventurados vecinos reunieron la con·
tribución con que se les había multado, y entregaron a
los. piratas toda la suma de cien mil piezas de a ocho,
rescate de la cruel cautividad que habían padecido.
Pero todas estas peripecias produjeron extremada admi(1) Morgan informaba, sin embargo, que el rescate había sido
ofrecido y satisfecho por el Presidente de Panamá. (Calendario de
Papeles de Estado, serie colonial. 1661-68, N9. 1838).
10
-
146 -
ración en el Presidente de Panamá, considerando
que
cuatrocientos hombres hubiesen podido tomar villa tan
grande y con tantas fortalezas; especialmente,
viendo
que no poseían cañones ni otras piezas de artillería
gruesa, con que erigir baterías contra ellas. Y la que
era más, sabiendo que los vecinos de Portobelo habían
gozado siempre de mucha fama como buenos soldados
y Jamás carecido de valor para defenderse.
Su pasmo
era tanto que para satisfacer su curiosidad envió un
mensajero al capitán Morgan, pidiéndole que le enviase
una muestra de las armas con que había tomado tan
gran ciudad con tanta violencia.
El capitán Morgan
recibió a este mensajero muy bondadosamente y la trató
con gran cortesía, hecho la cual, le entregó una pistola
y unas cuantas balas de plomo para que las llevase a
su amo, el Presidente.
agregándole que se sirviese
aceptar aquella pobre muestra de las armas con que
había tomado a Portobelo y que la guardase por doce
meses, tras los cuales prometía ir a Panamá
para recogerla.
El gobernador de Panamá
le devolvió el
presente muy pronto al capitán Morgan. qándole
las
gracias por el favor de haberle prestado aquellas armas
que no necesitaba, y además le envió un anillo de oro,
con el recado de que no deseaba se tomase la pena
de ir a Panamá, como la había hecho a Portobelo,
porque le aseguraba que no saldría tan bien allá como
allí.
«Después de estos tratos, ya provista su flota con
todo la necesario y cargando con los mejores cañones de
los castillos, amén de clavar los restantes que no pudo
llevarse, el capitán Morgan zarpó de Portobelo con todos
sus navíos.
A los pocos días llegó con ellos a la isla
de Cuba, donde buscó un lugar apropiado para dividir
con toda quietud y reposo el botín adquirido.
En
moneda sonante había doscientas cincuenta mil piezas
de a ocho, además de todas las otras mercaderías.
como paños, lienzos, sedas y otros géneros.
Con esta
rica presa zarparon nuevamente de allí hacia Jamaica,
su punto ordinario de reunión, donde se entregaron por
algún tiempo a toda suerte de vicios y desórdenes, conforme a su acostumbrada manera de proceder, gastando
-
147 -
con loca prodigalidad lo que otros habían ganado con
no escasa laboriosidad y fatiga>l (1).
Al volver a Jamaica a mediados de agosto, Morgan
y sus oficiales presentaron
una relación oficial en que
exponían su conducta a una luz peculiarmente indulgente y benigna, en crudo contraste con el relato que
nos ha dejado Exquemelin.
Según Morgan, la ciudad
y los castillos fueron devueltos «en tan buenas condiciones como los habían encontrado», ya los vecinos se
les trató tan bien que "varias señoras de mucha categoría» y otros prisioneros a quienes se les ofreció «la
llberraù lJi:lld. i,se al c.:;.;:¡pa:;:c:1~(, rJ •• ¡ Presiciente, rehusaron hacerla, diciendo que entonces eran prisioneros
de una persona de calidad, que velaba por el honor de
ellos con más solicitud de la que pudieran encontrar
en el campamento del Presidente, y así continuaron de
modo espontáneo con él hasta la entrega de la ciudad
y castillos.»
Esto no se aviene muy bien con lo que
\1) Exquemelín, ed. 1684, II Parte, págs. 89-103.-Las crueldades de los bucaneros en Portobelo se hallan confirmadas en carta
en que John Style se queja ante el Secretario de Estado por el desorden e injusticia predominantes
en Jamaica.
Allí Be lee: .Es
cosa comtín entr" los corsdrios, awên de qllemarlo con fósforos y de
aplicar1e otros leves tormentos, cortar un hombre en pedazos, primero un poco de carne, luego una mano, un brazo, nna pierna, a
veces rodeando su cabeza con un cordel y torciêndolo con una vara
hasta que se le saltan los ojos, a la cual llaman "reata •. Antes de
tomar a Portobelo se tortnró así a algunos, porque rehusaron in·
dicar un camino para la ciudad, que no existía, ya muchos en la
dudad, porque no queríau revelar el secreto ele tesoros que igoorahau. Algunos pusieron allí a una mujer desnuda sobre una
piedra atdiente porqne no confesaba la existencia de uu dinero
que sólo existía en la imaginación de ellos; esto se lo ai declarar a
algunos con jactancia, y uno que estaba enfermo la confesó con pesadumbre .• (Cal. de Papo de Est., 1669-74, No. 1;l8.)-:\lodyford escribe
con respecto al botín hecho en Portobelo, que el negocio produjo
a cada corsario 1: 60, Yque .a êl le dieron solo 1: 20 por la palente
que nUllca pasó de 1: 300.• (c. de P. de Est., serie col., 1669,74
No. 103). Pero es probable que los bucaneros no l'resentas~n cuenta
cabal del botín al g-oberl1ador, porque de ordinario existía la queja
creque ellos pillaban SlIS presas y ocultaban el despojo en cuevas
y ensenadas de la costa para defraudar al gobierno del diezl1lo a
del quinto percibido sohre todos los efectos declarados
de buena
presa.
-
148 -
sabemos
de los métodos filibusteros, por donde es
probable que el testimonio de Exquemelin se acerque
más a la cierto.
Cuando Morgan regresó a Jamaica,
Modyford la recibió al principio con alguna reserva,
porque la patente de aquél, según se la dijo el gobernador. era sólo contra los buques, y el gobernador
no tenía completa seguridad de cómo sería considerada la empresa en Inglaterra, pero Morgan había
informado que en Portobelo. lo mismo que en Cuba. se
estaban haciendo levas contra Jamaica, y Modyford hizo
mucho hincapié en este punto cuando remitió el relato
del bucanero al Duque de Albemarle.
El saco de Portobelo fué nada menos que un acto
de guerra abierta contra España. y Modyford, ya dado
el paso decisivo. no se satisfizo con medidas a medias.
Antes de espirar el mes de octubre de 1668 toda la flota
de corsarios, compuesta de diez velas y 800 hombres.
había salido de nuevo con Morgan para correr las costas
de Caracas, mientras el capitán Dempster con otros
varios bajeles y 300 secuaces cruzaba ante la Habana
y por las costas de Campeche
(1). Modyford había
escrito repetidas veces a la metrópoli que si el fi?ey
deseaba que él ejerciese acción adecuada
sobre los
bucaneros, debían enviar de Inglaterra dos o tres veloces
fragatas de primera. para imponer/es
obediencia y proteger la isla contra ataques hostiles.
En respuesta a
estas misivas, Carlos envió la «Oxford~. fragata de cua·
renta y cuatro cañones. que arribó a Port Royal el 14
de octubre.
Según el Diario de Beeston, la nave llevó
instrucciones que aprobaban la guerra y facuitaban al
gobernador para expedir Cartas de marca a cualesquiera
personas que juzgase dignas de ser socios de Su Majestad en el pillaje, «avituallándose
ellos .mismos a
propia cuenta y riesgo~. (2) La fragata fué abastecida al
punto para un crucero de varios meses, y enviada a
las órdenes del capitán Edward Collier con el fin de que
se incorporase a la flota de Morgan a guisa de buque de
guerra particular. Morgan había designado la isla de la
\ 1) Cnlendario de Papeles de Estado, serie colonial, 1661-68,
Nos. 1.863,1.867,1.892.
(2) lbid., !'."o.1867;Beeston Jonrnal. octnbre 15 de 1688.
-
149 -.
Vaca, al sur de la Española, como punto de concentración
para los bucaneros y allí acudieron en gran número, así
ingleses como franceses, porque ya el nombre de Morgan
era famoso en todas las islas circundantes, a causa
de la hazaña de Portobelo.
La «Oxford» arribó
también por diciembre.
Entre los corsarios franceses
había dos buques de guerra a uno de los cuales, el
«Cour Volant», de La Rochela, mandado par M. la
Vivan, la embargó el capitán Collier con motivo de
haber robado un bajel británico de provisiones.
Pocos
días después, celebróse un consejo de guerra el 2 de
enero a bordo de la «Oxford», donde se decidió que
los corsarios, ya casi en ntÍmero de 900. atacasen a
vartagena.
Sm embargo, mlenlras i()~ (;èl¡Jilclllt::> (;cÜâban en el castillo de popa, voló la fragata con pérdida
como de 200 hombres, inclusos cinco capitanes. «Estaba comiendo con los demás, escribe el cirujano Richard
Browne, cuando volaron los palos mayores y cayeron
sobre los capitanes Aylett, Sigford y otros y los hirieron
en la cabeza; yo logré salvar me a horcajadas en el palo
de mesana».
Parece que de todo el barco sólo se salvaron Morgan y los que tomaron asiento en la mesa al
lado suyo; es probable que el accidente se debiera a
descuido de un artillero.
El capitán Collier zarpó en
el navio de la Vivan para Jamaica, donde el capitán
francés fué condenado
por piratería, en la Corte de
Almirantazgo, e indultado por el Gobernador Modyford,
aunque se le confiscó el barco (4).
Desde el centro de reunión en la isla de la Vaca,
Morgan había corrido a la largo de la costa meridional
de la Española y hecho varias incursiones en la isla
(3) ¡bid., Cal. de Papo de Est.,
No. 1.207.
serie co!., 1674-76; Adeuda,
(4) Exquemelin da Una versión francesa del episodio, según
la cual el comandante del .Cour Volant., había librado letras de
cambio "obre Jamaka y Tortuga por los abastos cogidos en el bu.
que británico; pero no pudiendo lograr que el capit~n francés se
uniera a la expedici6n proyectada, Morgan se sirvib de esto como
simple pretexto para embargar el buque por piratería.
El .Cour
Volant., convertido en corsario can el nombre de .Satisfaction.,
fué ulilizadopor Morgan como buque almirante en la expedición
a Panamá.
-
130 --
para abastecerse de carne y otras provisiones. Mientras
tanto algunos de sus barcos se habían separado del
grueso de la flota y por último no contaba sino con
ocho bajeles y 400 ó 500 hombres, apenas algo más
de la mitad de su gente primitiva.
Con tan escasa tro·
pa desechó el proyecto de acometer a Cartagena
y
largó velas hacia Maracaibo, ciudad situada en el lago
del mismo nombre en Venezuela.
Esta villa había sido
saqueada en 1667, poco antes de la paz de Aquisgrán,
por 650 bucaneros al mando de dos capitanes franceses, L'Olonnais y Miguel el Vasco, coyuntura en que
pasó por todos los horrores consiguientes a semejante
visita Morgan se presentó a la entrada del lago en marzo,
de 1669, forzó el paso tras un día de furioso bombardeo,
desmanteló el fuerte que la dominaba y entró en Maracaibo de donde habían huido ya los habitantes. Los
bucaneros saquearon la ciudad, y batieron las selvas en
busca de los españoles y sus pertenencias.
Hombres,
mujeres y niños fueron traídos a la población y torturados cruelmente para hacerles confesar el escondrijo
de sus tesoros.
Al cabo de tres semanas, c<cuando ya
habían pasado poco a poco por entre sus· manos como
100 padres de familial'>, resolvió ir a Gibraltar, cerca de
la cabecera del lago, como L'Olonnais la había hecho
antes que él. Aquí se reprodujeron por cinco semanas
las escenas de bárbara crueldad, dorturas, asesinatos, robos y otras-violencias semejantes,_ practicado la
cual los bucaneros
recogieron su abundante
saco y
regresaron a Maracaibo, llevando consigo cuatro rehenes para el rescate de la ciudad y de los prisioneros, rescate que los vecinos prometieron enviarles después. Morgan supo en Maracaibo que tres grandes buques de guerra
españoles la esperaban a la entrada del lago, y que el
fuerte había sido armado, guarnecido y puesto en estado
de defensa.
Con el objeto de ganar tiempo entró en
negociaciones con el almirante español don Alonso de
Campo y Espinosa, mientras los corsarios preparaban
sigilosamente un brulote con apariencias de buque de
guerra.
Según Exquemelin, al amanecer
del lo de
mayo de 1669 se acercaron
a los barcos españoles
fondeados dentro de la boca del lago, y llevando el
brulote al frente de la flota,
gobernaron
directa-
-
151 -
mente hacia ellos. El brulote abordó a el «Almirante, .•
bajel de cuarenta cañones,
y aferrándose
a él lo incendió.
Advertida la suerte del «Almirante»,
el segundo barco español
fué varado y quemado por
su propia tripulación; el tercero cayó en poder de los
piratas.
Como no se dió ni se pidió cuartel, las bajas
de los españoles
debieron ser considerables,
aunque
algunos de los que iban en el «A,lmirante», incluso don
Alonso, lograron ganar la orilla.
Por un piloto que
recogieron los piratas, supo Morgan que en el «Almirante» habia mucha cantidad de plata valuable en
40.000 piezas de a ocho, de las cuales logró recobrar
como ¡il. mitad, derretida en gran parte por la intensidad del fuego. Morgan tornó entonces a Mcircicéi¡~c
para reparar su presa y abriendo tratos con don Alonso
consiguió 20.000 piezas de a ocho y 500 cabezas de
ganado por rescate de la ciudad.
Sin embargo los
españoles se negaron a permitir el paso por el fuerte,
y así, procediendo
primero a distribuir el botín (1),
Morgan recurrió a una ingeniosa estratagema para saiir
del lago. Hizo creer a los españoles que estaba desem :larcando su gente para atacar el fuerte por la parte
de tierra y mientras aquellos movian sus cañones en
tal dirección, Morgan aprovechó la noche y a la luz de
la luna dejó deslizarse sus buques en silencio con la
marea, hasta llegar ante el fuerte, y entonces desplegando de pronto las velas escapó buenamente.
Los
bucaneros regresaron a Port Royal el 17 de mayo.
Estos sucesos de las Indias OCCidentales llenaron
de impotente cólera a la corte española, y el Conde de
Molina, Embajador en Inglaterra pidió reiteradas veces
el castigo de Modyford y la restitución de los metales y
otros efectos capturados que comenzabana a afluir a
Inglaterra procedente
de jam:iica.
El Consejo británico repuso que no se consideraba que el convenio de
1667 abarcase a las Indias, y Carlos 11 le envió una
extensa lista de quejas por abusos de los españoles contra
(1) Según Exquemelin el despojo alcanzó a 250.000 coronas en
dinero y joyas, amén de mercancías y esclavos pero Modyford dijo
por escrit') que los bl1caneros sólo habían recibido
30 por cabeza'
1:
-
152 -
buques ingleses en América
(1).
Con todo, pa·
rece que se le enviaron órdenes a Modyford para que
suspendiera las hostilidades. porque en mayo de 1669
aquél recogió de nuevo todas las comisiones (2), y
Beeston dice en su Diario, con fecha de 14 de junio,
que la paz cvn los españoles fué proclamada públicamente.
Además el gobernador decíá en noviembre a
Albemarle que la mayor parte de los bucaneros se estaban dedicando al tráfico, la caza o la agricultura,
y
que esperaba reducirlos en breve a todos a ocupaciones
pacíficas (3). Mientras tanto el Consejo de Estado español había resuelto emprender activas represalias, y
en consecuencia la reina regente les ordenó a sus gobernadores de las lndias el 20 de abril de 1669 que les
hiciesen guerra franca a los ingleses (4), al propio
tiempo que se enviaba de España una flota de seis bao
jeles, provistos de dieciocho a cuarenta y ocho cañones, para perseguir a los bucaneros.
A esta escuadra
pertenecían los tres buques que trataron de embotellar
a Morgan en el Lago de Maracaibo.
En Port Royal
circulaban informes y rumores sobre navíos ingleses capturados y despojados, sobre crueldades cometidas con
los prisioneros británicos en las mazmorras de Cartagena, sobre patentes de corso expedidas en Portobelo y
Santiago y sobre proyectos de represalia
contra lo colonia de Jamaica.
Los corsarios se mostraban inquietos y hablaban secretamente de tomar venganza, mientras Mojyford, recién muerto su antiguo sostén el
(1) Calendario de Papeles de Estado, serie colonial, 1669-74,
1191; Papeles de Estado, España, vol. 45, f. 118; vol. 55, f. 177.
(2)
¡bid.,
1667-74, Nos.
227, 578.
(3)
¡bid.,
1659-74, No. 129.
N9 149.-El Consejo de Almirantazgo de Flandes le
habla ofrecido al gobierno en 1656enviar sus fragatas a las Iudias
para perseguir y castigar a los bucaneros y proteger las costas de
Sur Amêrica; y en 1669, los armadores a dueños de bajele~ corsarios en los puertos maritimos de \'izcaya hicieron iguales proposiciones, pero ambas ofertas fueron rechazada~, porque el gobierno
temía que tales privilegios condujeran a abusos comerciales, infringiendo el monopolio de los mercaderes de Sevilla. Duro, op.
eU., V., pAgo 169..
(4)
¡bid.,
-
153 -
Duque de Albemarle, escribía a la metrópoli pidiendo
órdenes que le permitieran el desquite (1 ). La chispa
final ardió en junio de 1670 cuando dos buques de
guerra españoles procedentes de Santiago y mandados
por el portugués Manuel Rivero Pardal, desembarcaron
gente en la parte septentrional de la isla, quemaron algunas casas y se llevaron cierto número de vecinos en
calidad de prisioneros (2).
El gobernador y el consejo
comisionaron e12 de julio a Henry Morgan, revestido
con el carácter de comandante en jefe de todos los buques de guerra pertenecientes a Jamaica, par'i reunir a
los corsarios en defensa de la isla, y para atacar,
;;;:;¡e,~' d",~trllir todos lo:; bajelcs enemigos y, caso
de que fuese hacedero, «para desembarcar y Gl'a.,:;,,a Santiago a a cualquiera otra plaza donde .... haya mur
niciones para esta guerra a se reunan fuerzaslt.
«En
las instrucciones anejas se le ordenó advertir a su flota
y soldados que se hallaban sometidos al antiguo y acepto
ajuste de que sin presa no hay paga, y por consiguiente todo la adquirido se distribuirá entre ellos, según las
reglas acostumbradas»
(3).
Morgan zarpó de Jamaica el 14 de agosto de 1670
con once velas y 600 hombres para la isla de la Vaca,
centro ordinario de cita, desde donde durante los tres
meses sucesivos se destacaron
escuadrones hacia la
costa de Cuba y Tierra Firme con el fin de recoger
abastos y nuevas.
Sir William Godolphin se hallaba
a la sazón en Madrid celebrando estipulaciones para el
establecimiento de la paz y amistad en América; y el
12 de junio el Secretario Arlington le escribía a Modyford que en vista de tales negociaciones su Majestad
les ordenaba a Jas corsarios la cesación de toda hostilidad terrestre contra los españoles
(4). Estas órdenes llegaron a Jamaica el 13 de agosto y en consecuencia el gobernador hizo llamar a Morgan, que había
salido del puerto el día precedente, y se las comunicó
(1) Cal. de Papo de Est., 1669-74, Nos. 113. 101, 162, 172, 18Z,
264, 280.
(2) Ibid., Nos. 207, 211, 227,240.
(3) lbid., 1669-74, Nos. 207, 209-212, 226.
(4) Ibid., No. 194.
-
154 -
«encargándole
estrictamente
que las observase y s~
condujese con toda la moderación posible en el curso
de la guerru.
El Almirante repuso que la necesidad
la obligaría a desembarcar en tierras españolas para
hacerse de leña, agua y abastos, pero que no molestaría a ninguno de los enemigos, a menos que tuviera
la seguridad de que estaban haciendo preparativos
hostiles en sus ciudades contra los jamaiquinos
(1).
Sin embargo, el Vicealmirante Collier fué despachado
por Morgan el 6 de setiembre con seis bajeles y 400
hombres, rumbo al continente, donde el 4 de noviembre
se apoderó en el puerto de Santa Marta de dos fragatas
cargadas de provisiones para Maracaibo.
Costeando
luego por el este hacia Río de Hacha atacó y capturó
el fuerte con su comandante y toda la guarnición,
saqueó la ciudad, la retuvo para imponerle un rescate en
sal, maíz, carne y otros abastos y después de ocupada
por casi un mes regresó el 28 de octubre a la isla de la
Vaca (2).
Una de las fragatas cogidas en Santa
Marta. «La Gallardina,., figuraba entre las naves de Pardal cuando éste quemó la costa de Jamaica.
El propio
naviode
Pardal, provisto de catorce cañones, había
sido capturado poco antes por el capitán John Morris
al extremo oriental de Cuba, y el mismo Pardal muerto
a consecuencia de una herida en el cuello (3). Los
jamaiquinos lo apellidaron «el almirante fanfarrón de
Santiago», porque en junio había clavado en un árbol
de la costa de Jamaica un pedazo de lona con un peregrino reto escrito en inglés y español:
«Yo, el capitán Manuel Rivera Pardal, al jefe del
escuadrón de corsarios de Jamaica.
Yo soy el que este
año he hecho la siguiente: fuÍ a tierra en Caimanes y
quemé 20 casas y peleé con el capitán Ary y le quité un
cuaiche cargado de abastos y una canoa.
Y yo scy el
que capturé al capitán Saines y llevé la presa a Car(1)
Cal. de Papo de Est., ser. col. 1669-74; No. 237.
(2) ¡bid., Nos. 310, 359, 504; Exquemelio,
pAgs. 3-7; Mss. ndícíooaJes,
(3)
[bid.,11,69-74,
13.964, f.24.
Nos. 293, JIO
ed. 1684, III Parte,
-
155 -
tagena, y ahora he llegado a esta costa y la he quemado.
Y yo vengo en busca del general Morgan, con
dos navíos de 20 cañones, y visto esto le ruego que
venga a la costa y me busque para que vea el valor de
los españoles.
Y porque no tenía tiempo no fuí a la
boca de Port Royal para hablar por palabra de boca
en nombre de mi rey, que Dios guarde.
Fechado el 5
de julio de 1670.»
(1)
Mientras tanto, a mediados de octubre surgieron
en Port Royal tres corsarios, capitanes Prince, Harrison y Ludbury. que sei~ semanas antes habían subido
por el río de San Juan de Nicaragua con 170 hombres y
saqueado de nuevo la desventurada
población de Granada, pero a causa de la rápicia ùt:l..o.i:lër,¡;¡¡;.
:e J:! ~il1.
dad, provocada por los frecuentes ataques de los bucaneros, los ladrones sólo se distribuyeron 20 ó 30 libras
esterlinas cada uno. Modyford reprobó a los capitanes
por haber procedido sin comisiones, mas no «juzgando
prudente extremar las cosas demasiado en esta coyuntura». les ordenó incorporarse a Morgan en la Isla de
la Vaca (2). Morgan, que se preparaba allí lentamente,
abrió tratos con los franceses de Tortuga y la Española
rebeJados entonces contra el régime de la Compañía
Francesa, y agregó a sus fuerzas siete navíos y 400
hombres que le enviara el infatigable
gobernador a
Jamaica, bien que el 7 de octubre estuvo a punto de
fracasar por completo a causa de una violenta tempestad que hizo encallar la armada entera, excepto el
buque Almirante; sin embargo, todos los navíos, menos
tres, fueron rescatados y reparados, y Morgan pudo escribirle a Modyford el 6 de diciembre que tenía bajo
sus órdenes 1.800 bucaneros, inclusos varios centenares de franceses. y treinta y seis bajeles (3).
Consi(1)
Papeles de Estado, España, vol. 57, ff 48,53.
(2) ¡bid., 1669-74. Nos. 293, 310; 1\18S. adicionales. 13.%4, f.
26.-Los españoles computaron su p~rdida en 100.000piezas de
II
c,cho. (MSS. ad., 11, 268, f.51.)
(3) ¡bid., 1669-74. Nos. 310,359, 504.-- En informe enviado
a Inglaterra por el Gobernador Modyford (¡bid., No. 70~. l,}
se encuentra
una lista dt los bajeles mandados por Henry
~- 156 deradas las relaciones traídas de tierra firme por su
propia gente, y el testimonio de los prisioneros cogidos
por ellos, Morgan se convenció de que era imposible
acometer la que parecía haber sido su primitivo proyecto (una incursión a Santiago de Cuba), sin mucha
pérdida de hombres y navíos.
Por consiguiente,
el 2
de diciembre se acordó de modo unánime en consejo
general de todos los capitanes, reunidos en número de
treinta y siete, que «conviene mejor al servicio de
Jamaica y a la seguridad de todos nosotros tomar a
Panamá, cuyo Presidente
ha concedido varias comisiones contra los ingleses» (1).
Seis días más tarde
la flota se dió a la mar desde Cabo Tiburón, y en la,
mañana del 14 se hallaba a la vista de la isla de Providencia.
El gobernador hispano capituló al día siguiente.' a condición de que la trasportaran
a tierra firme
Morgan, cou el nombre, capitán, tonelaje, cañones
y
tripulaci6n de cada \1no. Había veintiocho barcos ingleses
de 10
a 104 toneladas y de O a 20 cañones, dotados de 16 a 140 hombres;
los navíos franceses eran ocl1o. de 2S a 100 toneladas, con 2 6 14
cañones y de 30 a 110 hombres.
(1) ¡bid.,
~o. 504.-S<gún Exquemelin,
antes de zarpar la
flota todos los oficiales firmar()O estipulaciones
para regular el reparto del botín
S~ convino e:1 que al Almirante
Morgan le tocase la centésima parte de todo el despojo, "que cada capitán
recibiera la participaci6n corre'pondicnte
a ocho hombres, para los
gastos de su navío, además de la propia; que el cirujano, además
de su paga ordinaria, recibiera doscientas piezas de a ocho, por su
botiquín; y cada carpintero cien piezas de a OC'ho sobre su paga
ordinaria.
Las indemnizacioues
y premios fijados en este viaje
eran mucho más altos de lo que se apuntó en la primera parte de
este libre>. Por pêrdida de alllbas piernas asignaban 1.500 piezas
de a ocho, o quince esclavos, dejándose la elección a voluntad del
interesado; por pérdida de ambas manos, 1.800 piez~s de a ocho, o
dieciocho esclavos; por una pierna, fuese la derecha o la izquierda,
<>00 piezas de a ocho, o seis esclavos; por Ulla mano tanto CODlO por
una pierna, )' por la pérdida de uu ojo, 100 piezas de a ocho, o un
esclavo.
Por último a cualquiera que se distinguiese en alguna
batalla, bien entrando primero en algún castillo, o arriando la
bandera española e izando la inglesa, le otorgaban cíncuel.lta piezas
de a ocho en recompensa.
Hu el preámbulo de estas estipulaciones se cleclaraba que todos estos salarios extraordinarios,
indemnizaciones )' recompensas serian satisfechos con el producto del
primer botín a presa que cogiesen, según debiera pl emiarse o pagar
ee t'ntonces a cada uno •.
157 con su guarnlclon, y cuatro de sus soldados que anteriormente habían ejercido el bandolerismo en la provincia de Darién convinieron en servirles de guía a los
ingleses (1).
Tras cinco días más de dilación, el
teniente coronel José Bradley, con 400 ó 500 hombres
en ttes navíos, fue enviado adelante por Morgan hacia
el istmo para tomar el castillo de San Lorenzo, situado
en la desembocadura del río Chagres.
El Presidente de Panamá había recibido desde el
15 de diciembre un mensajero del gobernador de Carf<lQena con la nueva de la venida de los ingleses (2),
y envió refuerzos e\1 ë: a:::~c ,,) castillo de Chagres,
los cuales llegaron quince días antes que los bucaneros
y elevaron su guarnición a 350 hombres. A Portobelo
se enviaron 200, y 500 más se estacionaron en Venta
Cruz yen emboscadas a las márgenes del Chagres para
oponerse al avance británico.
El mismo Presidente
abandonó el lecho que guardaba
por enfermedad para
po.~erse a la cabeza de una rl::serva de 800, pero la
mayor parte de su tropa se componía de reclutas sin
un solo soldado de línea.
En pocos días el pánico
se apoderó en semejante grado de la milicia que una
tercera parte desertó en una noche, y el Presidente tuvo
que retirarse a Panamá.
Los españoles procedieron
allí él cargar alguna porción del tesoro en dos a tres
navíos surtas en la bahía; y junto con las monjas, la
mayor parte de los vecinos notables se embarcaron
también con sus mujeres, niños y objetos preciosos (3).
(!) Sir James !lIodyford, quien, tras la captura de Providencia
por Mansfield en lEC:>, había recibido ùe! rey el nombramiento
de
teniente ¡;obernador de la isla, se puso en actividad a esta sazón y
en 1671 design6 al corond Blodre Morgan (que mandaba la retaguardia en la batalla de ?ana!1lá) para ir con el carácter de delegado y tomar posesión.
El mismo Modyford trat6
a poco
de trasladarse alli con algunos colonoH, pero la tentativa de colonizaci6n parece haber fracasado.
C. Ùe P. de Estado, serie colonial, 1669-ï4. Nos. 494,534, 613).
(2)
24 - 25.
(3)
1\1SS. ~dicionales,
Ibid.,
vol. 58, f. 156.
11.268,
r.
51
11.268, f. 51 y sigts.,
y
sigt •. ; Papeles
ibid., 13.964, fis.
de Estado, España,
-
158 -
El fuerte o castillo de San Lorenzo, erigido sobre
una colina que dominaba al río Chagres, parece haber
sido fabricado de dobles hileras de estacadas, con los
espacios intermedios rellenos de tierra; y se hallaba
protegido por un foso de 12 pies de profundidad y varias baterías menores cerca de la orilla.
El 27 de di.
<:iembre desembarcó en las inmediaciones
del fuerte el
teniente coronel Bradley quien, según Exquemelin,
había visitado antes aquellas costas con el capitán
Man$field. El y su gente atacaron los atrincheramientos desde las primeras horas de la tarde hasta las ocho
de
mañana siguiente, sazón en que expugnaron
la
plaz
por asalto.
Los bucaneros
soportaron
ruda
prue a, perdiendo cosa de 150 hombres entre muertos
y heridos, incluso el mismo Bradley, que falleció a los
diez días. Exquemelin ofrece un vívido relato de la
jornada.
Los bucaneros,
dice, «echaron anclas en un
pequeño puerto, distante más a menos una legua del
castillo. A la mañana siguiente bajaron a tierra muy
temprano y marcharon a través de las selvas para atacar al castillo por aquel flanco. Esta marcha se prolong6 hasta las dos de la tarde, a causa de los estorbos
del camino y de sus pantanos.
Y aunque los vaquianos los servían con exactitud, llegaron sin embargo al
principio tan cerca del castillo que perdieron mucha de
su gente con los cañonazos, porque ocupaban un espacio abierto donde nada podía cubrlrlos ni pro tegerlos.
Ello desconcert6 mucho a los piratas ... (mas)
«por último, tras muchas vacilaciones y disputas entre
ellos mismos resolvieron aventurar sus vidas en un
asalto de la manera más desesperada.
Así avanzaron
hacia el castillo, la espada en una mano y granadas en
la otra. Los españoles se defendieron
con mucha
energía, no cesando de díspararles con sus grandes
cañones y fusiles y gritándoles
siempre:
«L1egaos,
perros ingleses, enemigos de Dios y de nuestro Rey;
vengan también los otros compañeros
vuestros que
quedaron detrás, que en esta ocasión no iréis a Panamá.» Tras haber intentado escalar las murallas. los
piratas tuvieron que retirarse y descansaron
hasta la
noche.
Hecho esto, volvieron al asalto probando a
Ii
159 dominar y derribar. por medio de sus granadas de
mano, las palizadas construidas ante las murallas.
Intentado esto y mientras ponían manos a la obra ocurrió
un percance muy notable que los condujo a la victoria.
Uno de los piratas fué herido en la espalda por una
flecha que la atravesó de parte a parte.
Con gran valor el bucanero se extrajo al instante el dardo por el
pecho y cogiendo luego un poco de algodón que llevaba consigo la enrolló en el dicho dardo y poniéndolo en
la boca de su fusil la lanz6 de nuevo al castillo; pero
inflamado con la pólvora el algodón prendió fuego en
.¡o:; ::: ~~;::~ C?"~" rie palma oue había dentro de la
fortaleza.
cosa que los españoles
no advirtieron tan
pronto como era necesario. porque comunicándose
el
fuego a un poco de pólvora se produjo una explosión que provocó grande estrago y no menos consternación entre los españoles que no acertaban a explicarse el accidente por no haber observado su origen.
~Los piratas se regocijaron infinitamente al percibir el buen efecto del dardo y el comienzo del desastre
para los españoles. y mientras estos se afanaban en
extinguir el incendio que introdujo enorme confusión en
todo el castillo, porque no había agua suficiente para
aplacar las llamas, los piratas aprovecharon la coyuntura y también pegaron fuego a las palizadas.
Así
ardió el fuego a un mismo tiempo por varias partes en
torno del castillo. la que les dió inmensa ventaja contra
los españoles, porque de un golpe las llamas abrieron
muchas brechas en las palizadas y grandes montones
de tierra cayeron en el foso. Sobre esto, subieron los
piratas y entraron en el castillo, sin embargo de que
algunos españoles. no ocupados en contener el fuego,
les arrojaron muchos potes encendidos, Henos de materias combustibles
y deletéreas.
que ocasionaron
la
muerte de muchos ingleses.
~No obstante la tenaz resistencia
que opusieron,
los españoles no pudieron prevenir que las palizadas
fuesen enteramente
consumidas
por el fuego antes
de media noche.
Por su parte, los piratas no cejaban
en el propÓsito de tomar el castillo, y a tal efecto,
aunque el fuego era grande, se arrastraban por el suelo
-
160 -
hasta acercársele cuanto podían y disparaban entre las
llamas contra los españoles que lograban percibir de
la otra parte, y así muchos caían sin vida desde las murallas.
Llegado el día, observaron
que toda la tierra
movediza, rellenos de las estacadas, había caído dentro
del foso en enorme cantidad, por donde los que se hallaban en el castillo se veían en cierto modo tan expuestos a los de afuera, como antes ocurriera lo contrario.
En consecuencia, los piratas continuaron disparando con
furia y mataron gran número de españoles,
porque el
gobernador les había ordenado no abandonar los puestos que correspondían a los montones de tierra caída
dentro del foso, y hecho trasportar
la artillena hacia
las brechas.
«Con todo, como el castillo proseguía haciendo
fuego, los piratas empleaban
desde afuera todos los
medios utiliZ':lbles para silenciario, disparando
contra
él sin cesar.
Parte de los piratas se dedicaba a este
solo objeto. y otra espiaba todos los movimientos de los
españoles para valerse de cuantas oportunidades
se
presentasen
contra ellos.
A eso de mediodía, los
ingleses lograron ganar una brecha. defendida por el
propio gobernador con veinticinco soldados.
En esta
ocasión. los españoles opusieron una resistencia muy
enérgica y belicosa. con fusiles, picas, piedras y espadas;
pero sin embargo, los piratas se abrieron paso a través
de todas estas armas, hasta que al fin se apoderaron
del castillo.
Los españoles que sobrevivieron a la refriega se lanzaron desde el castillo a la mar, prefiriendo morir por sí mismos (pocos a ninguno sobrevivieron a la caída)
a pedir cuartel.
El mismo gobernador retiróse al cuerpo de guardia, ante el cual
había dos cañones apostados, e intent6 defenderse
aún, no queriendo
solicitar
merced; mas al cabo
muri6 de un tiro de fusil que le perforó el cráneo.
"Muerto el gobernador, y rendido el cuerpo de
guardia, los asaltantes encontraron todavía treinta supervivientes, de los cuales apenas diez estaban
ilesos. Estos informaron a los piratas que ocho a nueve
de los mismos bucaneros habían desertado e ido a Panamá con el anuncio de la invasión.
Sólo restaban
-
161 -
aquellos
treinta
hombres
de trescientos
catorce
que
guarnecían
el castillo, número entre el cual no se encontró vivo ni un solo oficial.
A todos se les hizo prisioneros y se les forzó a decir
cuanto supieran
de
los
planes y empresas
de sus compatriotas»
(1).
A los cinco días de expugnado
el castillo.
llegó
Morgan de la isla de Providencia
con el resto de la escuadra; pero pasando
la barra de la desembocadura
del
Chagres,
naufragaron
su navío almirante
y cinco
a seis
barcos
de menor
porte, ahogándose
diez hombres.
Después de reparar y abastecer
el castiilo donde
dejó
300 soldados
para quardar
la fortaleza
y los buques,
ei " cie em:lu ci.: 167~ j ~: :~s~~':'rjp 1400 hombres.
Morgan comenzó a subir el rio en siete naves medianas
y treinta y seis canoas
(2).
Dejaremos
de nuevo a
Exquemelin
el relato de esta brillante
jornada
en la
cual tomó parte.
El primer día «navegaron
no más
que seis leguas y llegaron
a un lugar !lamado
De los
Bracos;
parte de la gente fué aquí a tierra sólo para
dormir
algunas
horas y desentumecer
sus miembros
porque se hallaban casi tullidos
con el excesivo
apretujamiento
de los botes.
Después
de reposar un rato
salieron de recorrida
para ver si podían
encontrar
algunos víveres en las haciendas
cercanas;
pero
nada
lograron conseguir,
porque los españoles
habían
huído
y llevádose consigo todas las provisiones
que poseían.
En este día, primero
del viaje, hubo
entre ellos
tal
escasez de vituallas
que la mayor parte tuvo
que pasarlo con sólo una pipa de tabaco, sin más alivio.
«Al día siguiente,
muy de mañana,
continuaron su travesía
y cerca
de anochecer
arribaron
a
un lugar ¡Iamado
Cruz de Juan
Gallego.
Aquí se
vie~on obligados
a salir de sus botes y canoas a causa
de que el rie estaba muy seco por falta de lluvia y por
ios mLlc"8s es:otbos que presentaban
los árboles caí¿c's '-.:1 é.
Los vaquianos
les dijeron que cosa de dos
!cé!~i'~ :nás ¡¡eelante
se podria CO:1tinuar muy bien
el
(1)
(J)
E"q\l~melin,
C.:end;r;o
~o .. 'i~d_--:;:"queme:in
artil lado"}'
11
treinta
ed
:(d-l, Parte Ill, páj{s. 23·27.
<le P"pe:~,
de fo;"tado, ~erie <:010Ili"I, 1669-i4,
,\ice c¡·.,e haùía
y do~ <:AnÙas.
1.200 hombres.
Ónca
hotes
-
162 -
viaje por tierra. Tras esto dejaron algunas compañ ías,
ciento sesenta hombres por todo (l), para que defendiesen las embarcaciones, pensando que podían servir
de centro de refugio en caso ,de necesidad.
cA la mañana siguiente, tercer día de su viaje,
desembarcaron
todos, ex~epto los arriba mencionados,
que debfan guardar las emba,rcaciones,
y a quienes el
capitán
Morgan dió órdenes muy estrictas, bajo la
amenaza de graves castigos, para que hombre alguno
osase abandonar las embarcaciones
e ir a tierra con
ningún pretexto.
Hizo esto temeroso de que los sorprendiese e interceptase
alguna emboscada española
que acertara a encontrarse
en los próximos bosques,
los cuales eran tan espesos que parecían casi impenetrables.
Habiendo comenzado a marchar esta mañana, encontraron las vías tan descuidadas y fatigantes
que el capitá:1 Morgan creyó más conveniente trasportar parte de la gente en canoas (aunque ello no podía
practicarse
sin mucho esfuerzo) río arriba hasta un
. sitio llamado Cedro Bueno.
Así, volvieron a embarcarse y las canoas regresaron en busca del resto de los
expedicionarios que habían quedado atrás, por donde cerca de anochecer se hallaban todos juntos en el dicho lugar. Los piratas ansiaban encontrar algunos españoles.
a indios, con la esperanza de llenarse el buche con
las provisiones que les quitaran, porque ya se veían
casi reducidos al último extremo del hambre.
«El cuarto día, la mayor parte de los piratas avanzaron por tierra, guiados por uno de los vaquianos.
El
resto iba por agua más adelante en las canoas, conducido por otro guía
siempre
en vanguardia con
dos de las dichas canoas para descubrir las emboscadas de los españoles a ambas márgenes del río.
Estos también tenían espías que eran muy diestros y a
cada momento podían dar noticia de los accidentes a
llegada de los piratas, por lo menos seis horas antes de
que tocasen en cualquier lugar. Este día como a las
doce se encontraron cerca de un sitio llamado Torna
(1) l,a relación de Morl'an los eleva a 200 hombres. (C. de P.
aat., de ser. co!., 1669-74; No. 504.)
163 Caballos.
El guía de las canoas comenzó a gritar aquí
que veía una emboscada, y su an uncio produjo contento
Infinito entre todos los piratas, porque contaban· con
encontrar algunas provisiones para saciar su hambre,
que era mucha.
Llegados al lugar, no encontraron
a
nadie porque habían huido todos los españoles que estuvieron poco antes allí, no dejando otra cosa sino escaso número de bolsas de cuero, todas vacías, y unos
cuantos mendrugos de pan esparcidos por el suelo
donde habían comido
(1). Enfadados por este contratiempo derribaron algunos bohíos levantados por los
españoles y en seguida se dieron a comer las bolsas
ùt: l;Ut:JU, f.ldld
t:t;I!èU it: dlYu
dl ít:lll1t:lIlu
Jt:
:.u:.
t::'[Úllld-
gas, ya tan vivo que les roía las mismas entrañas por
falta de otra cosa que devorar.
Así, con aquellas bolsas de cuero aderezaron
un suculento banquete, que
sin duda hubiera sido más grato para ellos, a no promoverse muchas disputas para decidir a quien tocaría
la ración más grande.
Por el espacio del recinto conjeturaron que habían estado allí más a menos qui·
nientos españoles, con los cuales desesperaban
ahora
por taparse, porque no habiendo encontrado víveres,
se proponían comerse a algunos de ellos antes que
perecer.
Y de fijo los hubieran asado a san cachada en
aquella ocasión para satisfacer su hambre, caso de
poderlos capturar.
«Después de regalarse
con aquellos trozos de
cuero, abandonaron el lugar y siguieron adelante, hasta
que cerca de anochecer llegaron a otro puesto, llamado
Torna Muni, donde se enr::ontraron con otra emboscada,
pero el sitio era tan pelado y desierto como el precedente.
Registraron las selvas vecinas, mas no dieron
con la menor cosa qué comer, pues los españoles
ha(1) Morgan dice: .EI enemigo había abandonado
coharde.
mente el primer atrincheramiento
y 'luemádolo todo, COlUohizo
siempre, siu disparar uu tiro •. El Presideute de Panamá escribe
tambi~n que las guarniciones situadas a la parte arriba del río
fueron presa del pánieo al tener noticia de la caída de Chagres y
que los comandantes abandonaron sus puestos y se retiraron can
toda prisa, hasta Venta Cru". (e. de P. de Est., ~er. col., 166974, No. 547.)
-
164 -
bían sido tan provídentes
que no dejaron a su zaga en
parte alguna ni una migaja de pan. por donde los piratas se veían ya en el trance arriba
señalado.
Venturoso entonces
el que se hubie<;e reservado desde medio
día algún trocito de cuero con que cenar, apurando
tras
ello un buen trago de agua para colmo de satisfacción.
Ciertas personas
que nunca han salido de casa se preguntarán cómo estos p;ratas podían masticar,
enqu:lir y
digerir aquellos
trozos de cuero
tan duro y seco.
Yo
me limito a contestarles:
que si alguna vez lleqaran
a
sentirse
hambrientos
a más bien famélicos,
con seguridad discurrirían
la manera de hacerla,
a imitación
de
los piratas. quienes primero cogían
el cuero
y lo COI"
taban en tiras; 1ueqo lo maChaC?Dan
entre dos piedras,
sumergiéndo:o
a menudo en el agua del río para remojarlo; y por último le raspaban
el pelo
io asaban
a
cocian al fuego.
Y aderezado
de esta guisa la dividían en bocados menudos y la comian,
ayudándolo
a
entrar por et gaz.nate con repetidos
tragos de agua,
lío
quido que por ventura tenían a la mano.
y
«Prosiguieron
la marcha el quinto día y cerca de
las doce llegaron a un :uç,u llamado
Barbacoa,
donde
también
encontraron
vestigios de otra emboscada,
pero
el lugar desbastecido
del todo como los dos precedentes.
A poca distancia
se veiar1 varias
labranz.as
que
ellos reç¡ist"""on
con detenimiento.
sin poder dar con
nadie nI C0n animal a cosa alguna que sirviese de alivio
a su hambre
aguéa
y devoradora.
Fina!mente,
tras
haber andado de arriba abajo y registrado
por largo
tiempo,
descubrieron
una
cueva
que
pareda
recién
abierta en \a peña y donde encontraron
dos sacos
de
harina,
maiz y otras substancias
análogas,
con dos
grandes tinajas
de vino y ciertas
frutas llamadas
plátanos.
Viendo el capitán Morgan que algunos
de sus
hombres
esta~an ya a pur.!o
de perecer
de hambre
y temiendo clIe a la mayor parte de ello5 les ocurriese
la mismo. hizo que todo el hallazqo
fuese distribuido
entre los más necesitados.
FOl :a:ecidos
con estos víveres, reónudaron
la rParcha con más brío que antes.
Aquellos que no podían andar bien por su flaqueza fueron embarcados
en canoas, y traídos a tierra los que
-
165 -
iban antes en ellas. Así prosiguieron viajando hasta
muy entrada la noche, saz6n en que !legaron a una labranza donde pernoctaron completamente ayunos, porque como antes, los españoles se habían !levado todo
género de provisiones, sin àejar en pos de e!los la menor muestra de vituallas.
«El sexto día continuaron viaje, parte de ellos por
tierra a través de los bosques, y parte por agua en las
canoas, aunque se vieron forzados a pararse con mucha
frecuencia en el camino, tanto por la fragosidad del
terreno como por !a extremada debilidad que los afligía.
¡:;-"tl"
idearon remediado
cerniendo IIque!las hojas y
yerbas que podían recoger, pues tal era ¡a I1Jf5era si
tuaci6n en que se veían.
Este día a las doce, !legaron a una labranza, donde encontraron una troje llena
de maíz. Al punto echaron abajo las puertas 'i empezaron a comerse el grano seco en tanta cantidad como
podían devorar.
Después distribuyeron mucho acopio,
dando a cada uno buen avío. Abastecidos así prosiguieron el viaje y más a menos al cabo de una hora,
dieron con una emboscada de indígenas.
Vistos éstos
apenas, los piratas tiraron su maíz movidos de la Sú'
bita esperanza que habían concebido de encontrar
todo género de cosas en abundancia; pero tras de
toda esta prisa se sintieron muy decepcionados al no
encontrar indios ni vituallas, ni ninguna otra cosa de
la que habían imaginado, bien que a la otra orilla
del río vieron más a menos un centenar de indios que
escaparon en masa merced a la agilidad de sus pies.
Hubo unos cuantos piratas que se echaron al río por
ganar más pronto la orilla a ver si podían capturar a
alguno de 10ll dichos indios; pero todo fué en vano
porque siendo más ligeros de pies que los piratas burlaban sus empeños con facilidad.
Y no solo ¡OS
burlaban, sino que mataron con sus flechas a dos a
tres de los piratas, disparándoles a distancia y grilándoles: «¡Ah! perros, a la sabana, a la sabana!»
«Este día no pudieron ir más adelante, a causa
de que necesitaban pasar el río en aquellas inmediaciones para proseguir la m<1rcha por la otra margen.
Así, acamparon por aquella noche, bien que su sueño
-
166 -
no fuera tranquilo ni profundo por las grandes murmuraciones que se propagaban en el real, quejándose
muchos del capitán Morgan y de su conducta en la
expedición,
y manifestándose
deseosos de regresar.
Al contrario, otros preferían morir antes que retroceder un paso en el camino que habían emprendido; en
tanto que algunos, más animosos que cualquiera de estos dos bandos, reían y se mofaban de todas sus disputas.
A todas estas hubo un vaquiano que los consoló, diciéndoles que no faltaba mucho para que topasen con
gente de quien sacarían bastante provecho.
«A la mañana del séptimo día todos limpiaron
sus armas y cada uno disparó sin balas su fusil o
pistola para cerciorarse del funcionamiento de las llaves. Hecho esto, pasaron en canoas a la otra orilla
del río, dejando el puesto en que habían pernoctado la
noche anterior, llamado Santa Cruz. Prosiguieron, pues,
su viaje hasta medio día, hora en que llegaron a una
aldea llamada Cruz (1). Estando aun a gran distancia
del villorrio, advirtieron mucho humo saliendo de las
chimeneas, vista que les produjo inmenso regocijo y
esperanza de encontrar gente en la población, y, la que
más deseaban,
abundancia
de buenos comestibles.
Así, avanzaron con tanta prisa como pudieron, haciendo mutuos comentarios sobre aquellos indicios externos,
bien que todo era castillos en el aire.
«Puesto
que sale humo de todas las casas-decían
ellos-están
encendiendo buenos fogones para asar y cocer lo que
vamos a comer.>t A lo cual agregaban otras reflexiones
del mismo tenor.
(1) Exquemelin
dice que lo!! bUcaneros llegaron a Venta
Cruz el s~ptimo día; pero ~egún Morgan tocaron en la aldea el
sexto d,a,y según Frogge, el quinto. Morgan refiere quea dos millas
de Venta Cruz había -un pasaje muy angosto y peligro,;o, donde el
enemigo pens6 detener nuestro avance, pero fué derrotado al
punta p0r la gente del capitán Thomas Roger,; .•
Frogge dice que despu~s de Sll1ir de Venta Cruz cayeron
en Ulla emboscada de l.O()() indios, pero que lo!!derrotaron COnla
baja de s610 un muerto y dos herido., mientras los indios perdieron a MI jefe y cerca de treinta hombres.
(Papele. de Estado,
España, vol. 58, p.118).-Morgan
habla de tre!! muertos y siete
heridoa.
167
«En suma, llegaron
allí con gran premura, temblorosos
y bañados
en sudor, pero no
encontraron
a nadie en la ciudad ni cosa alguna con que reconfortarse, a no ser grandes fogatas para calentar el cuerpo,
la cual no era menester.
Fué el caso
que antes de
partir, cada uno de los españoles
había
pegado fuego a
su propia casa, excepto los almacenes
y establos
pertenecientes
al monarca.
«No dejaron en pos de sí animal. alguno,
vivo ni
muerto, hecho que turbó en gran manera
el ánimo de
los piratas, porque no encontraron
la menor cosa, salvo
unos cuantos gatos y perros il los r.llllles dieron muerte
inrneÛlé:Ha y aevoraron
con gran apetito.
Al lIn, en
los establos
reales
encontraron
por dicha
quince
a
dieciséis jarras de vino del Perú y una bolsa de cuero
llena de pan; pero no bien habían comenzado
a beber
del dicho vino, cuando
casi todes se sintieron
indispuestos.
Este súbito percance
les hizo creer que el
vino estaba
envenenado,
la cual produjo nueva consternación
en todo el campamento,
porque los invasores
se juzgaron
irremisiblemente
perdidos;
pero la verdadera causa residía
en su completa
falta de sustento
durante todo el viaje y en la diversidad
de desechos
comidos por ellos en esa ocasión.
Su
indisposición
fué tan honda aquel día que se vieron obligados a permanecer allí hasta la mañana siguiente,
sin poder proseguir viaje por la tarde, como acostumbraban
hacerla.
Esta aldea se halla situada
a 9° 2' de latitud
norte,
distante veinte y seis leguas españolas
del río Chagres
y ocho de Panamá.
Además, este es el punto extremo
a que pueden llegar botes a canoas, causa por la cual
los españoles
construyeron
en él depósitos
para almacenar toda clase de mercancías
que desde aquí, a viceversa, desde Panamá,
son trasportadas
a lomo de mula.
«Por consiguiente,
el capitán Morgan se vió forzado a dejar aquí sus canoas y a desembarcar
toda su
gente, aunque
nunca se hallaran
más débiles que ahora; mas para que no fuesen sorprendidas
las canoas ni
distraer
mucha
gente en protegerlas,
resolvió haeerlas
regresar al sitio
donde estaban
los botes,
menos una
que hizo oeul tar con el propósito
de utilizarla en en-
-
168 -
vlar comunicaciones según las circunstancias.
Muchos
de los españoles e indios pertenecientes
a esta aldea
habían huido a las haciendas de los contornos, por donde el capitán Morgan dió órdenes expresas de que nadie
osase salir de la aldea. excepto en compañías completas
de un centenar de hombres. porque temía que el enemigo los acometiera
de repente; con todo, una partida de soldados británicos contravino estas órdenes,
movidos por el deseo de encontrar vituallas, pero en
breve regresaron de prisa a la aldea, asaltados como
fueron con gran furia por algunos españoles e indios
que se apoderaron de uno de los piratas y se la llevaron consigo.
Así, la vigilancia y celo del capitán
Morgan no fué bastante a prevenir cualquier accidente
que' pudiese ocurrir.
"El octavo día por la mañana, envió doscientos
hombres ade lante del cuerpo de su ejército, para des·
cubrir el camino de Panamá
y ver si los contrarios
habían tendido alguna emboscada, teniendo en especial
consideración que los lugares por donde habían de pa·
sar se prestaban mucho a aquel propósito, porque los
senderos eran tan angostos que sólo diez a doce personas podían marchar en fila, y a menudo no tantos.
Después de andar por espacio de diez horas llegaron
a un sitio llamado Quebrada Obscura, donde se les
dispararon de súbito tres a cuatrocientas
flechas, sin
que lograran percibir de donde procedían ni quien las
disparaba.
El lugar de donde se presumía
que las
lanzaban era un cerro alto y roqueño, perforado de un
lado a otro, donde existía una caverna que la atravesaba y que sólo daba acceso a un caballo. o a otra
bestia cargada.
Esta muchedumbre de flechas produjo
grande alarma entre los piratas. principalmente
porque
no podían descubrir el lugar de donde se las dirigían.
Por último, no viendo volar más flechas, avanzaron un
poco y penetraron en un bosque. Allí vieron algunos indios que huían ante ellos tan de prisa como era posible,
para estacionarse en otro pasaje y observar desde allí
la marcha de los piratas.
Sin embargo.
una manga
de indios se mantuvo en el terreno con el deliberado
fin de pelear y defenderse, combate que efectuaron con
-
169 -
entero valor hasta que su capitán rodó herido por el
suelo. y quien, aunque en el último extremo, mas dotado de un coraje mayor que sus fuerzas físicas, no
quiso pedir cuartel, sino que tratando de levantarse,
asió de su azagaya a javalina con ánimo indomable e
hirió a uno de los piratas.
Pero antes que pudiese
repetir el golpe fué muerto de un pistoletazo.
Tal la
suerte que cupo tambien a muchos de sus compañeros,
que a guisa de buenos y heroicos soldados perdieron sus
vidas con su capitán, en defensa de la patria.
«Los piratas tuvieron a empeño apoderarse
de
!!!g'Jnn<: de Ins indígenas,
pero siendo éstos infinitamente más veloces que aquéllos, toào~ c:scapQiun
dejando sobre el terreno ocho piratas muertos y diez
heridos. (1) Si los indios hubieran sido más diestros en
asuntos militares, habrían podido defender aquel paso,
sin permitir que la traspusiese ni un solo hombre. Al
poco rato llegaron a un terreno amplio y abierto, lleno
de variadas praderas, desde donde podían percibir a
la distancia una partida de indígenas en la cumbre de
un cerro, muy cerca del camino por donde debían pasar
los piratas.
Enviaron una tropa de cincuenta hombres,
los más rápidos de todos, para ver si podían echarle mano a alguno de ellos y en seguida hacerlo
confesar donde estaban situadas las residencias
de
sus compañeros.
Pero fué vana toda su industria,
porque los indios escaparon gracias a la ligereza de sus
pies y luego reaparecieron en otro lugar, gritándoles
a los ingleses: «iA la sabana, a la sabana, cornudos,
perros ingleses!"
Mientras esto ocurría se curaba y
vendaba a los diez piratas heridos un poco antes.
«En este lugar existía un bosque entre dos cerros.
Los indios ocupaban el uno y los piratas ocuparon el
otro, que estaba frente por frente.
El capitán Morgan abrigaba la persuasión
de que los españoles
habrían armado alguna emboscada en la selva por la
(1) Frogge dice que después de Venta Cruz toparon
emboscada cie 1000 indios, Il quienes pusieron en fuga
de lin solo muerto y dos heridos, y que los indígenas
ron su jefe y cosa de treinta hombres.
(Pap. de Est.,
voL Sg, f. 118)_ :'lor¡¡-an habla ùe tres muertos y siete
con una
a costa
perdieEspaña,
heridos.
-
170 -
ventajosa posición que ofrecía para ello. En conse·
cuencia envió doscientos hombres a vanguardia con el
objeto de explorarla. Al ver que los piratas descendían
de la montaña, españoles e indios hicieron la propio
cual si se propusieran atacarlos, pero habiendo penetrado
en el bosque y ocultádose a la vista de los piratas. desaparecieron
sin que se les volviera a observar, dejando
el paso libre .
•.Va para anochecer cayó un copioso aguacero y
los piratas apresuraron la marcha, buscando por todas
partes albergues
donde preservar
sus armas de la
humedad, pero los indios le habían pegado fuego a todo
en los contornos y trasportado todo su ganado a sitios
remotos a fin de que los piratas, desprovistos de casas y vituallas, :;e viesen constreñidos
a retroceder.
Sin embargo, tras diligente búsqueda encontraron unas
cuantas chozas pertenecientes
a pastores,
pero sin
nada que comer.
No siendo las chozas capaces de
contener a muchas personas, situaron en ellas corto
número de cada compañía para guardar las armas de
todo el resto del ejército.
Los que permanecieron a
la Intemperie padecieron muchos sinsabores
aquella
noche, porque la lluvia no cesó hasta la mañana.
«A la mañana siguiente, cerca de rayar el día,
que era el noveno de est~ enfadoso viaje, el capitán
Morgan prosiguió su marcha mientras duró el fresco
matutino, porque las nubes que todavía se condensaban
sobre sus cabezas les eran mucho más favorables que
los abrasadores rayos del sol, a causa de que la ruta
era ya más ardua y laboriosa que todo la precedente.
Tras dos horas de marcha descubrieron una manga ea·
ma de veinte españoles en observación de los movimientos del enemigo. Tra'taron de capturar algunos de ellos
mas no pudieron echarle mano a ninguno, porque desaparecieron de súbito escondiéndose en las cavernas de
las rocas, enteramente desconocidas de los piratas. Por
último llegaron a una montaña eminente, desde cuya
cúspide, cuando la escalaron,
descubrieron el Mar del
Sur. Como si ello constituyese el fin y remate de sus
penalidades, esta feliz visión produjo alborozo infinito
entre los piratas.
Desde allí podían columbrar también
-
171 -
un navío y seis botes que zarpaban de Panamá,
rumbo a las islas de Taboga y Taboguilla.
Al descender de esta montaña llegaron a un valle en que hallaron
buena cantidad de ganado' del cual mataron gran número. Aquí, mientras algunos se daban a matar y desollar
vacas, caballos, toros y principalmente
asnos, de los
cuales había mayor número, otros se afanaban haciendo
lumbre y acarreando fajina para asarlos.
Así, cortando
la Ci:Hnede estos animales en trozos convenientes. o
bocados, los echaban al fuego y medio chamuscados o
asados Jas devoraban con increíble premura y apetito.
PllP.S tal era su hambre
que más parecían caníbales
que europeu~
t11
c~lë
LàXI\.iu.i..:~~t
ç,v~' ::.::.¡¡~:~:'! ::!:'!~~~
les corría a chorros desde la barba hasta la ci ntura.
«Satisfecha el hambre de los piratas con estas
carnes deliciosas, el capitán Morgan les ordenó proseguir la marcha.
Esta vez volvió a enviar delante
del cuerpo principal cincuenta hombres con el intento
de hacer algunos prisioneros, caso de que fuese posible,
porque entonces parecía muy preocupado con la idea
de que en nueve días no hubiese podido encontrar
una persona que lè informase de la condición y fuerzas de los españoles.
A eso de anochecer descubrieron
una tropa de 200 españoles, más o menos, que daban
voces á los piratas, pero estos no pudieron entender
la que decían.
Al poco rato se halIl'J.ron por primera
vez a la vista de la torre
más alta de Panamá, la
cual apenas descubierta, comenzaron a manifestar signos de extremado regocijo, lanzando sus sombreros al
aire, saltando de júbilo, y dando víctores como si ya
hubiesen obtenido el triunfo y cabal cumplimiento de
sus planes.
Sonaron todas sus trompetas y redoblaron todos los atambores en muestra de aquella unánime áclamación
y profundo alborozo de sus espíritus.
Así acamparon por aquella noche con general contento
de todo el ejército, esperando con impaciencia la mañana, hora en que intentaban
atacar la población.
Esa tarde se dejaron ver cincuenta ginetes que habí¡;n
salido de la villa al oír el alboroto de las cornetas y
atambores
de los piratas, con el objeto, como se
creyó, de observar sus movimientos; se acercaron casi
-
172 -
a tiro de fusil, precedidos de un trompeta que toca·
ba a las mil maravillas.
Los de a caballo dieron
grandes voces contra los piratas y los amenazaron,
diciéndoles:
«¡Perros, nos veremos!~.
Hecha semejante amenaza regresaron a la ciudad, excepto siete u
ocho ginetes que se quedaron rondando para vigilar a
los piratas.
Acto seguido la ciudad abrió los fuegos
y no cesó toda la noche de disparar sus grandes cañones contra el campamento, aunque con mínimo a ningún daño de los piratas, sobre los cuales no lograban
hacer blanco.
Por entonces reaparecieron también los
doscientos españoles a quienes los piratas habian visto por la tarde, aparentando que querían cerrar los
caminos a fin de que los invasores no pudiesen escapar de manos de sus tropas.
Mas los piratas,
ahora sitiados en cierto modo, en vez de concebir
temor alguno por el cerco, tan pronto como hubieron
colocado centinelas en torno del campo, comenzaron
a abrir sus morrales y sin servilletas ni vajilla, se dieron a devorar las presas restantes de toros y caballos,
reservadas desde medio día. Hecho esto se echaron
a dormir sobre la yerba con profundo reposo y satisfacción, s6lo impacientes por los albores del próximo día.
«El décimo día, muy temprano, pusieron todos
sus hombres
en orden conveniente
y al sonido
de trompetas y cajas, continuaron
su marcha
en
direcció:¡ de la ciudad;
pero como uno de los
gUlas significara al capitán Morgan que no siguiese
el camino real que conducía
allí, temeroso de tropezar con mucha resistencia y numerosas
emboscadas,
él admitió el consejo y escogió otra vía por entre el bosque, aunque muy ardua y fatigante.
Así,
viendo los españoles
que los piratas
iban por
otro camino en que ellos apenas habían pensado a
creído, se vieron obligados a abandonar sus puestos y
baterías para salirles al encuentro.
El Gobernador de
Panamá puso en orden sus fuerzas, consistentes en dos
escuadrones, cuatro regimientos de infantería y enorme
cantidad de toros bravíos, arreados por muchedumbre
de indios con algunos negros y otros sujetos que les
prestaban ayuda.
-
173 -
«Los piratas
llegaron
en su marcha a ]a cumbre
de un cerríto, desde donde
columbraban
un amplio
panorama
de la ciudad y de la campiña
circundante.
Alli descubrieron
las fuerzas del pueblo
de Panamá,
tendidas en orden de batalla y ai ver la numerosas
que
eran los sobrecogió
de súbito un gran temor, dudosos
de la suerte de la jornada,
siendo
así que hubo pocos
a ninguno que no deseara
verse más bien en casa, a
al menos exento de la obligación
de aquel combate en
que sus existencias
se verían tan comprometidas.
Suspensos por algún tiempo en un estado de incertidumbre,
reflex:onaron
al cabo acerca de los peligros
a que se
iÚiL:uil ..:.~~-..:c:::.~.: rT"l~nFH~
'11J~ rj~hi~n
comb;¡tlr
re·
sueitamente
a morir, porque no podían esperar
cuartel
de un enemigo contra quien
habían
cometido
tantas
crueldades
en todas ocasiones.
En consecuencia
se
alentaron
unos
a otros y decidieron
vencer a derramar hasta la ú!tima gota de sangre de sus venas.
Luego se dividieron
en tres batallones
a cuadrillas,
enviando a vanguardia
una de doscientos
bucaneros,
gente
infinitamente
diestra en el tiro de fusil (1).
Así, los
piratas dejaron el cerro y bajaron,
avanzando
directamente hacia los españoles,
que se habían
situado
en
un terreno espacioso,
en espera
de su llegada.
En
cuanto se acercaron
a ellos, los españoles
comenzaron
a gritar: «j'viva el Rey!" y sus caballos a moverse en
el acto contra les piratas, pero como el campo era muy
muelle
por estar lleno de tremedales
no podían evolucionar a medida
de sus deseos;
sazón
en que los
doscientos
bucaneros
que iban
adelante,
pusieron
rodilla en tierra y les dispararon
una descarga
cerrada
con la que se enardeció
al instante el combate.
Los
españoles
se defendieron
con mucho brío, haciendo
todo
cuanto estuvo a su alcance
para dispersar a los piratas,
(1) A la mañana siguiente alineó sus hombres en forma de
"tertian, la vaugnardia regida por d teniente Coronel r,awrence
Prince y el mayor Johl1 ~rorrifi, en número de 300: el cuerp'l
principal formado por nCO; el ala derecha dirigida por él mismo,
la izquierda por el coronel Rdw. CoUyer; la retaguardia, de 300,
mandada por el coronel Bleory ~lorgal1.---Relato
de Morgan.
l Cal. de Papo de E~t., ,er. Co!., 1669 --74, No .. ~04).
-
174 -
y de igual manera su infantería trató de secundar a los
ginetes, pero los piratas los forzaron a separárseles.
Visto el fracaso de sus planes, . intentaron lanzarles los
toros por la espalda & fin de desordenarlos,
pero
la mayor parte de los toros salvajes emprendieron la fuga. espantados con el estrépito de la batalla. Y los pocos que rompieron por entre las filas Inglesas no causaron otro perjuicio que el de desgarrar las banderas, en
tanto que los bucaneros
les daban muerte. sin que
quedase uno sólo que los molestase en los alrededores.
"La batalla continuó por espacio de dos horas y
al término de ella, la mayor parte de la caballería
española se hallaba aniquilada y casi toda muerta.
El
resto huyó. visto lo cual por la infantería, y que no
había probabilidades
de vencer, los soldados dispararon el cartucho que les quedaba en los fusiles, y echándolos por tierra. emprendieron también la fuga, cada uno
por donde pudo hacerlo. A los piratas no les era posible
perseguirlos.
estropeados
y cansados en demasía como estaban por el prolongado viaje que acababan
de hacer; muchos de los fugitivos en la incapacidad
de huir adonde
deseaban,
se escondieron
entre
las malezas de la ribera, aunque para su mayor
desgracia. porque encontrada la mayor parte por los
piratas, fueron ejecutados al instante. sin darle cuartel a
ninguno (1). Ante el capitán Morgan condujeron cauti(1) Notable es el intimo acuerdo entre los relatos de la ha·
talla dados por Morgan y Exquemelin y ello nos induce a atribuirles mucho má. crédito a los pormenores de la expedición conteni·
dos en la narración del segundo y emitidos en el parte oficial.
:\Iorgan dice que como los españoles contaban con la ventaja de la
posición y rehusaban moverse. los bucaneros practicaron un mo·
vimiento de flanco hacia la izquierda y se apoderaron de un cerro
protegido de uu lado ;>orun pantano. En seguida, cierto Juan Fran·
c¡';co de Harro cargó la vanguardia con la caballería, tan furiosamente qne no pudo detenhsele hasta que ~erdió la vida; tras ]0 cual
la caballería dl6 la vuelta y avanzó la infantería, pero fuI' recihida con tanto denuedo y perseguida tan de cerca que la
retirada del enemigo degener6 en carrera abierta. aunque habian
deRplegado tal estratagema COUlO raras veces se ha visto, es decir,
tralando de lauzar dos rebaños de 1.500 toros soble la retaguar·
dia inglesa •. (Col. de Papo de Est., ser. cel., 1669·74. 1\9504).
-
175 -
vos a algunos religiosos, pero mostrándose sordo a sus
voces y lamentos ordenó que todos fueran areabuceados
en el acto, y así se hizo. A poco trajeron un capitán
a presencia suya, a quien interrogó apretadamente
sobre diversos asuntos y en particular sobre las fuerzas
de Panamá:
a la cual contestó que todo el ejército
constaba de cuatrocientos caballos, veinticuatro compañías de a pie, cada una de cien hombres, sesenta indios
y algunos negros que debían arrear dos mil toros bravíos y hacerlos precipitarse sobre el campamento
británico pIHa que rompiendo sus filas la pusiesen en
completo desorden y confusión (1).
Reveló adema.s
que en la pObJaclOn ÎJau;,," ';v:-iS~~'.::-:J0 trincnp.ras V erigido baterías en varios lugares y colocado muchos cañones en todos ellos. Y que en la entrada de la carretera que conducía
a la ciudad habían levantado un
fuerte. montado con ocho grandes cañones de bronce
y defendido por cincuenta hombres.
«Oída esta información
el capitán Morgan ordenó
al punto que siguiesen otro camino pero antes de
ponerse en ma rcha pasó revista a toda su gente, encontrando que entre heridos y muertos habia núme·
ro considerable,
mucho mayor de la que pensaba.
Sobre el terreno yacían 600 españoles muertos, además
de heridos y prisioneros (2). Les piratas no experimentaron ningún desaliento al ver su número tan mermado, sino se enorgullecieron
más que antes considerando la enorme ventaja obtenida sobre el enemigo.
Así, tras un rato de descanso se prepararon a marchar
(1)
M(1rgan fija el número de los españoles ~n 2.100 infantes
Frcgge consigna sustancial mente las mismas cifras;
sin embargo. el Presidente de Panamá afirma en carta a la reina
que sólo tenía 1.200 hombres.
negros, mulatos e indios en su
mayor parte, a mils de 200 esclavos del Asiento; y que sus tropas
apenas estaban armada~ cie arcabuces y escopetas, mientras su aro
tillería s610 constaba de tres cañones de madera atados con correas,
y hOO ginetes.
(2) SeKún Frogge los españoles perdieron 500 hombres en el
combate, y los bucaneros
sólo UIlO de nacionalidad
francesa.
:l10rgan dice que toda la jornada apenas le cost6 cinco muertos y
díez herido.,
y que las bajllli del enemigo fueron como de cuatrocientas
-
¡76 -
animosamente sobre la ciudad, jurándose unos a otros
que combatirfan hasta que no quedase hombre con
vida.
Con semejante espíritu reanudaron la marcha
para vencer o morir y conduciendo
consigo a todos
los prisioneros.
«Muy dificil les fué acercarse a la ciudad, porque
los españoles habían colocado muchos grandes cañones
en diversos puntos de la población, algunos de los
cuales estaban cargados con fragmentos de hierro y
otros con balas de fusil.
Con todos ellos saludaron a
los piratas así como se aproximaban a la plaza y les
hacían frecuentes descargas cerradas, disparándoles sin
cesar, por manera que a cada paso que adelantaban
perdfan inevitablemente gran número de hombres, bien
que ni estos seguros riesgos a que exponían sus vidas,
ni la contemplación de tantos de los suyos cómo caían
de continuo junto a ellos, fueron parte a disuadirlos de
ir adelante ganando terreno a cada momento sobre
el enemigo.
Así, aunque los españoles no cesaban
nunca de disparar y de esforzarse en la defensa, con
todo se vieron compelidos a entregar la villa, tras un
combate de tres horas (1), y ya en posesión de ella los
piratas mataron y destruyeron juntamente
a cuantos
trataron de oponerles la menor resistencia.
Los veci·
nos habían hecho trasportar lo mejor de sus pertenencias
a lugares más remotos y ocultos, pero no obstante, los
invasores encontraron siempre dentro de la ciudad varios almacenes muy bien surtidos con todo género de
mercaderías, tanto sedas y paños como lienzos y otros
objetos de valor considerable.
Tan pronto como se les
apaciguó a los piratas el primer ímpetu de la entrada
en la población.
el capitán Morgan reunió a toda su
gente en cierto lugar designado por él y allí les conminó
bajo gravísimas penas que nadie osase beber o probar
(1)
toda~
que
en
.T(>nían en la ciu<larl 200 hombres
Ia:-:. Cíi lle:-. c:\tritH'benHil\s
y grall des
por tod(l
vez
fuerte
renta
al¡{llna
:dCí\l¡zahan
de ('{fnlbatir
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pt:-reci"f(Jo cUa·
foie-
D'DtISO
tnUlado
trall·
" Relato de Morgan.
-
177 -
vino alguno, aduciendo para justificar su mandato el
haber tenido noticia privada de que todo aquél había
sido envenenaào por los españoles; sin embargo, muchos opinaron que había dado estas prude ntes órdenes
para prevenir los excesos de sus tropas, porque previó
que serian grandísimos al principio, después de tantas
privaciones padecidas en el camino, añadiéndose a ello
el temor de que viéndolos borrachos, los españoles reunieran sus fuerzas, cayeran sobre la ciudad, y los trataran
de modo tan inhumano como ellos habian tratado antes
a los vecinos».
Exquemelin acusa a Marga n de haber quemado la ciudad y tratado de hacerle creer al mundo que
ello era obra de los españoles; pero William Frogge,
también presente, dice a las claras que los españoles
la quemaron, y en carta dirigida desde Madrid al Secretario Arlington el 2 de junio de 1671, con nuevas
de la hazaña, que debían de proceder de fuente española, expresa Sir William Godolphin que el Presidente de Panamá dejó órdenes para que abrasaren la
ciudad caso de ser tomada (1). Más aún, en carta
remitida a España con la descripción del suceso, e
interceptada por los ingleses, el mismo Presidente de
Panamá, admite que no los bucaneros, sino los esclavos y dueños de casas pegaron fuego a la poblaciÓn (2). Los bucaneros procuraron en vano extinguir
las llamas, y toda ]a ciudad, construida de madera en
gran parte, estaba reducida a pavesas para las doce
de la noche.
Los únicos edificios indemnes fueron
las oficinas públicas, unas cuantas iglesias y cosa de
300 casas en los suburbios.
Los filibusteros se estacionaron en Panamá por veinte y ocho días en busca
de botín, y entregados a toda suerte de excesos. A diario practicaban incursiones treinta leguas a la redonda,
en pos de saqueo, y llevaron 300 prisioneros. Es probable que sea verídica en la principal la narración
del pillaje hecha por Exquemelin, quien describe así
la ciudad: «Había en esta villa (sede también de un
(1) . Papeles de Estado, España, vol. 58, f.156.
(2)
Cal. de Papo de Est., ser. col., 1.669-H, 1110547.
12
-
178
obispado)
ocho monasterios,
de los cuales siete para
hombres y uno para mujeres; dos magníficas
iglesias
j un hospital.
Iglesias y monasterios estaban ricamente ornamentadas
con altares y cuadros, inmensa cantidad de oro y plata y otros objetos preciosos, todo
lo cual habían ocultado y escondido los eclesiásticos.
Además de estos ornamentos, se veían dos mil casas
de construcción expléndida y prodigiosa, todas ellas, a
su mayor parte, habitadas
por los comerciantes
de
aquel país. que son grandemente ricos. El resto de los
mercaderes y vecinos de inferior categoría ocupaban
otras cinco mil casas en la ciudad. También existían
numerosos establos para los caballos y mulas que
conducen hacia la costa del Mar del Norte el oro y
plata pertenecientes
tanto al rey de España como a
particulares. Los campos que circundan la ciudad se
hallan todos cultivados con fértiles plantíos y agradables jardines, que proporcionan deliciosos paisajes a
los vecinos durante todo el año (1)>>. Al día siguiente
de la captura, prosigue Exquemelin:
«El capitán Morgan despachó dos mangas de piratas, constantes de
ciento cincuenta cada una, soldados todos muy vigorosos y bien armados con orden de buscar a los vecinos
de Panamá que hubieran escapado de manos de sus
enemigos.
Tras varias ~orrerías por los campos,
bosques y montañas adyacentes
a Panamá,
estos
hombres regresaron
a los dos días con 200 prisioneros entre hombres,
mujeres y esclavos.
El
mismo dia regresó también el bote que el capitán
Morgan había enviado por el Mar del Sur, trayendo
consigo otros tres botes, cogidos en un instante, pero
con mucho gusto hubieran dado todas estas presas,
aunque el negocio les impusiera mayores esfuerzos,
por cierto galeón que pudo escapar de milagro a sus
artes con un riquísimo cargamento de todo el tesoro
del rey y gran copia de oro, perlas, alhajas y otros
efectos preciosísimos,
y con todos los más opulentos
(1) Despnés de la destrucción de Pana1l1á en 16n la ciudad
vieja fué abandonada por los españoles y erigida la presente
población eu UIJ sitio varias millas al oeste, donde había' mejùl
anclaje y facilidades de desembarco.
-
179 -
comerciantes de Panamá. A bordo de este gale6n iban
también las monjas pertenecientes
al monasterio de
la dicha ciudad, las cuales embarcaron
consigo todos
los ornamentos de sus iglesias, consistentes en gran
cantidad de oro, plata labrada y otros objetos de
mucho valor.
«No obstante, los piratas hallaron en los puertos
de Taboga y Taboguilla varias embarcaciones
cargadas con muchas especies de muy buena mercancía.
todo la cual cogieron. y trajeron a Panamá, adonde
una vez llegados refirieron con exactitud
al capitán
r,~ü[~'::;-;t:::::: le- ~111'> h¡¡bíil Acontecido durantc la recorrida. Los prisioneros
confirmaron
la dicho por los
piratas, añadiendo que sin duda sabian donde podía
encontrarse
en aquel momento el dicho gale6n, pero
que era muy probable que ya hubiera recibido socorro
de otros lugares.
Estas noticias animaron de nuevo
al capitán Morgan para enviar todas las embarcaciones existentes en el puerto de Panamá, con el objeto
de buscar y perseguir el dicho gale6n hasta que pudieran hallarlo. Las antedichas embarcaciones,
cuatro
por todas, salieron de Panamá
y después de invertir
ocho días en vueltas y revueltas y registrando
varios
puertos y ensenadas, perdieron toda esperanza de encontrar la que solicitaban con tanto empeño. En consecuencia, resolvieron regresar a las islas de Taboga y
Taboguilla. donde encontraron un barco bastante bueno, recién llegado de Paita con un cargamento de
telas, jab6n, azúcar, bizcocho y veinte mil piezas de
a ocho. En el acto se ap'Jderaron del buque, sin que
nadie les opusiera la menor resistencia. Cerca del dicho barco había también un bote del cual se adueñaron por modo semejante, y trasbordaron
a él gran
copia de las mercaderías encontradas
en el buque,
junto con algunos esclavos cogidos en las mencionadas islas. Con esta presa dieron la vuelta de Panamá,
un poco más satisfechos del viaje, pero siempre muy
descontentos por no haber podido dar con el gale6n.
«El capitán Morgan enviaba a diario partidas de
doscientos
hombres para hacer incursiones en todos
los campos de los contornos y al regreso de una de
-
180 -
ellas estaba ya lista para salir otra también de doscientos hombres. Por este medio recogieron en breve
tiempo enorme cantidad de riquezas y no menos prisioneros. Traídos éstos a la ciudad se les sometió
luego a las más refinadas torturas que puedan imaginarse, para hacerlos confesar el escondrijo tanto de
sus bienes como de los ajenos. Ocurrió que un pobre
diablo encontrado casa de un hidalgo de mucha calidad, se había puesto en medio de la confusión reinante, un p3r de calzones de tafetán pertenecientes
a
su amo y de cuyos cordones pendía una llavecita de
plata. Observado ésto por los piratas, le preguntaron
al punto donde estaba el gabinete de la dicha llave.
Contestóles que ignoraba qué había sido de él, sino
que encontrando aquellos calzones casa de su amo
tuvo el atrevimiento de ponérselos. No logrando arrancarle ninguna otra confesión, la colocaron primero en
el potro, donde le dislocaron los brazos despiadadamente; tras esto le ataron una cuerda en torno de
la frente y la torcieron tanto que los ojos se le brotaron, tamaños como huevos, a punto de saltársele de
las órbitas; pero como ni con tales tormentos pudieran obtener ninguna respuesta positiva a sus demandas, io colgaron en seguida,
asestándole
infinitos
golpes y latigazos, mientras se veía bajo aquella pena
y situación
insoportables; después le mutilaron narices y orejas y le chamuscaron
la cara con paja encendida, hasta que ya no pudo hablar ni lamentar su
desgracia; luego, perdida toda esperanza de que hiciera
alguna declaración
le ordenaron a un negro que la
traspasara con una lanza, la cual puso término a su
vida, y punto a las crueles e inhumanas torturas aplicadas por los piratas. Por tan excecrable modo terminaron sus días muchos otros de aquellos miserables
prisioneros, porque éstas y otras tragedias no menores
eran el pasatiempo
y recreación
comunes de estos
piratas.
~Sexo ni condición alguna escapaban de
cidades, puesto que a religiosos y sacerdotes
gan aún menos misericordia a no ser que
aprontar considerable suma de dinero, capaz
sus atroles otorpudieran
de cons-
-
181 -
tituir suficiente rescate. A las mismas mujeres no se
las trataba mejor ....
y su cond uctor y jefe el capitán
Morgan no les daba buen ejemplo en este punto (1).
«Permanecido
que hubo en Panamá
el espacio
de tres semanas completas, el capitan Morgan ordenó
que se alistaran todas las cosas para la partida. A
este efecto mandó a cada compañía de su gente que
buscaran tantas bestias de carga como fueran menester para trasportar
hasta el río donde yacían sus
canoas todo el botín hecho en la ciudad. Por entonces
se divulgó en la villa el rumor general de que consi·
derable mimelu ci;:; ¡::!!":"t~<: premeditaban
abandonar
al capitán Morgan y cogiendo un barco surto el1 é:
puerto darse al pillaje en el Mar del Sur, hasta conseguir cuanto les acomodase,
para regresar luego a
Europa por las Indias Orientales; propósito para el
cual habían reunido ya gran copia de provisiones que
guardaban en lugares ocultos, con suficiente depósito
de pólvora, balas y toda otra suerte de municiones; y
así mismo algunos grandes cañones
pertenecientes
a
la ciudad, mosquetes y otros objetos con los cuales no
sólo proyectaban equipar el dicho bajel, sino también
hacerse fuertes y levantar baterías en alguna isla que
pudiera servirles de lugar de refugio.
«Es seguro que este plan habría tenido efecto,
como ellos la intentaban, a no avisárselo en tiempo
oportuno al capitán Morgan uno de sus camaradas.
En consecuencia,
mandó al punto que el palo mayor
de dicho buque fuese cortado y quemado, junto con
todas las demás embarcaciones
en puerto. Por este
medio quedaron completamente
frustrados los propósitos de todos o de la mayor parte de sus compañeros.
Tras esto el capitán Morgan despachó hacia la co(1) He omitido el incidente de Morgan y la dama e~pañola
por ~er muy opuesto al testimonio de Ricardo Hrowne (no obstante
la prevención de ~ste contra Morgan), según el cual.respecto
de
sus mujeres nunca supe ni oí cosa alguna hecha contra la voluntad
de ellas mismas; sé que el capitán Collier cometi6 un acto de
crueldad matando a un fraile en el campo de batalla, después de
darse cuartel; pero, cuanto al almirante,
era bastante
gene.
rosa COll el adversario vencido •• (Col. de Papo de E,t. ser. col.,
1.669-74, N9 608).
-
182 -
marca circunvecina a muchos de los españoles en
busca de dinero con qu~ rescatarse no sólo ellos mismos, sino el resto de los prisioneros, inclusive los
eclesiásticos,
tanto seculares como regulares. Además
dispuso que se inutilizara toda la artillería de la ciudad, es decir, que fuera clavada y tapada.
Al propio
tiempo envió numerosa compafiia en busca del gobernador de Panamá, porque se tuvo noticia de que
había tendido varias emboscadas en el camino que él
debía seguir a su regreso;
pero los comisionados
regresaron
poco después,
diciendo
no haber encontrado señal a apariencia
alguna de tales emboscadas. t:n confirmación
de ello condujeron algunos
nuevos cautivos, que declararon cómo el dicho gober.
nador tuvo la intención de oponer algllna resistencia
en el camino, pero que los hombres escogidos para
hacerlo repugnaron acometer semejante empresa, siendo así que por falta de medios no pudo poner en
práctica su proyecto (1).
«El 24 de febrero del año de 1671 (2) partió el
capitán Morgan de la ciudad de Panamá, a más bien
del sitio donde había existido la dicha ciudad de
Panamá.
El despojo hecho allí la conducía en ciento
setenta y cinco acémilas, cargadas de plata, oro y otros
objetos preciosos, además de unos 600 prisioneros,
entre hombres, mujeres, niños y esclavos.
Aquel día
\legaron a un río que corre por una deliciosa campiña, distante una legua de Panamá.
El capitán MaL
(1) El Presidente se babía retirado por el norte hacia Nata
de los Santos y desde allí envió postas a Cartagena con una 11'¡ación de lo ocurrido en el Darién. Desde Cartagena la noticia
fué trasmitida a España por harco expreso. (Pap. de Est., España, vol. 58, f. 156). Lo" documentos españoles, contenidos en
Manuscritos adicionales, II. 268, ff. :;3,3i, etc., prueban que el
Presidente hizo esfuerzos para levantar gente cou que oponers~
a la retirada de los bucaneros, pero que no tuvo apoyo ~ntre
los habitantes.
(2) Rn su memorial compr~ndido en Manuscritos adicionale". II. 268, el Pre"idente de Panamá consigna por fecha la
del 25 de febrero, aunque Morgan dice que salieron para Venta
Cruz el 14 de febrero, discrepancia
que puede obedecer a confusi6n entr~ el anti~uo y el nuevo sistema de cómputo.
-
183 -
gan puso aquí todas sus tropas en buen orden marcial.
por manera que los prisioneros
estaban en el centro
del campamento,
rodeado
de piratas
por todas partes, oportunidad
aquella
en que no se escuchaban
sino lamentos.
gritos.
chillidos y suspiros
dolorosos.
lanzados
por tantas mujeres
y niños
persuadidos
de
que el capitán
Morgan
intentaba
trasportarlos
como
esclavos
a su
propio
país.
A mâs de esto, todos
aquellos
míseros prisioneros
padecían
entonces
extremada sed y hambre.
penalidad
y desdicha
que
el
capitán
Morgan les imponía
de modo deliberado
con
el propósito
de estimuIilrlos
mejor
a buscar
dinero
para el propio rescate.
coniorrfl'= <1 :<i :<..~.::; :;:.:c ~?bí;¡
establecido
sobre
cada
uno. Muchas
de las mujeres
rogaban
de rodillas al capitan
Morgan,
con infinitas
lágrimas y sollozos, que les permitiera
volver a Panamá para vivir allí en compañía
de sus amados
maridos e hijos.
en chozas
de paja que construirían
ellos mismos, ya que no tendrían
casas hasta la reedificación
de la ciudad.
Pero él les respondió
que no
había ido allí a air la men tos y gritos. sino a buscar
dinero,
de manera
que debian
solicitarlo
en primer
término.
dondequiera
que pudieran
hallarlo y lIevárselo a él, porque
de otro modo
era seguro
que los
trasport iría a todos
ellos a Ill·Fres
adonde
se cuidarían de no ir
.
«Tan pronto como el capitân
Morgan
hubo llegado en su marcha
a la ciudad llamada
Cruz. sita a
las márgenes
del rio Chagres,
como se dijo antes.
dispuso
se hiciera
saber
a
los prisioneros
que
cada uno de ellos debía
entregar
su rescate dentro
de tres días. bajo la pena preindicada
de que se les
trasportaría
a Jamaica.
Entre tanto dictó órdenes para
que se recogiera
en los alrededores
tanto
arroz y
maíz
como
se necesitara
para
avituallamiento
de
todos sus navíos.
En este lugar fueron rescatados
algunos de los prisioneros.
pero
muchos
otros no pudieron pagar su dinero en tan corto tiempo •.. Sobre
esto prosiguió
su viaje ... conduciendo
el mayor botín
que
reuniera
alguna
vez.
De esta aldea
se llevó
igualmente
algunos
nuevos prisioneros.
vecinos de di-
-
184 -
cho lugar, de modo que estos prisioneros se agregaron
a los de Panamá que aún no habían satisfecho sus rescate, trasportándoseles a todos ... Como a media jornada del Castillo de Chagres dispuso que los piratas
se colocaran en debido orden, según su costum·
bre, e hizo que cada uno jurase
no haber reservado ni escondido nada, ni aún por la suma de
un real. Hecho ésto, como el capitán Morgan sabía
por experiencia que aquellos malvados no escrupulizarían mucho en jurar en falso por asuntos de interés, mandó que uno por uno fueran registrados muy
estrictamente,
tanto en sus ropas y morrales como
en todo aquello donde pudiera presumirse que huhieran ocultado alguna cosa, y para que su orden no
fuese mal interpretada por sus compañeros,
permitió
que a él mismo lo registraran hasta la propia suela
de los zapatos. A este efecto se designó de común
acuerdo
uno de cada compañía
para registrar a
los restantes. Los piratas franceses que iban en esta
expedición con el capitán Morgan, no se mostraban
muy satisfechos
de la nueva moda del registro,
pero como su número era menor que el de los ingleses, se vieron obligados a someterse a ella, como
lo habían hecho los demás. Finalizado el registro, se
reembarcaron
en sus canoas y botes, los cuales los
esperaban en el río, y !legaron al castillo de Chagres (1). Allí encontraron todas las cosas en orden,
excepto a los heridos que dejaran allí al tiempo de su
partida, porque la mayor parte de estos habían muerto
a causa de sus lesiones.
«A poco de su llegada el capitán Morgan envió
desde Chagres un gran bote a Portobelo con todos
los prisioneros que había hecho en la isla de Santa
Catalina, para exigir por medio de ellos considerable rescate por el Castillo de Chagres, donde se hallaba entonces, bajo la amenaza de que en caso contrario, lo .arruinaría y demolería hasta los cimientos.
A este mensaje contestaron los de Portobelo que no
(1) Los bucaneros ¡legaron a Chagres el 26 dl: feorero.-Relato de Morgan.
-
185 -
darían un ochavo en rescate del dicho castillo y que
los ingleses podían hacer con él la que gustasen.
Recibida esta respuesta se procedió a dividir todo el
despojo acumulado durante el viaje, de manera que
cada compañía y cada individuo incluido en ella recibió su parte de la que se había recogido; a más
bien la porción de ello que quiso darles el capitán
Morgan, porque así fué, tanto que el resto de sus
camaradas,
aun los de su misma nación, se quejaron
de su proceder en este particular y no temieron
decirle claramente en sus propias barbas que se había
reservado
las mejores alhajas para sí, pue¡;to que
juzgahan imrnc:ir,J~ q'.1e ;-:::;:c::; ~vC,,5t:lJ Irlá:s que ooscientas piezas de a ocho per cápita sobre tan valiosas
adquisiciones
y hurtos como habían efectuado; la cual
reducida suma creían recompensa mezquina para tanto esfuerzo y tan grandes y manifiestos peligros a que
tan a menudo expusieran sus vidas. Pero el capitán
Morgan hizo la oreja sorda a todas estas y a muchas
otras quejas de la misma índole, resuelto como estaba
a defraudarlos de tanto como pudiera (1 )).
El 6 de marzo, tras demoler el fuerte y otros
edificios de Chagres y de clavar todos los cañones,
Morgan se trasladó en secreto a su propio navío, si
hemos de dar crédito a Exquemelin, y seguido de
sólo tres a cuatro barcos de la flota, dio la vuelta de
Port Royal. El resto de la escuadra se dispersó y la
mayor parte de los buques «tropezaron
con muchas
dificultades en el acopio de vituallas y provisiones
para la travesía de Jamaica». No más de diez bajeles entre los primitivos treinta y seis habían vuelto a
la colonia británica hacia fines de agosto. Con medios muy inadecuados,
realizó Morgan una proeza
que había constituido el sueño de Drake y otros marinos ingleses por más de una centuria, y que en
1741 temía acometer siquiera el almirante Vernon con
una escuadra mucho más numerosa. La expedición a
Panamá nunca ha sido superada cuanto a la notable
de la dirección y arrojo temerario; sólo mancharon
11) ExquemeliJl,
ed. 1684, Part. Ill, págs. 31-76.
.-- 186 su brillo la crueldad y rapacidad de los vencedores.
tropa reclutada sin paga. de escasa disciplina e irre·
frenada. si no estimulada,
en sus atrocidades
por el
mismo Morgan. La imputación de avaricia y dolo en
el reparto del botín entre los piratas, lanzada por
Exquemelin contra Morgan, se halla muy bien fundada para mengua
de la reputación
del almirante.
Richard
Browne. cirujano general de la escuadra,
calculaba el despojo en más de 70.000 libras esterlinas, «a más de otros ricos objetos», de los cuales
se defraudó miserablemente
a los soldados, pues cada
uno sólo recibió 10 libras esterlinas por la parte que
le correspondía. En Chagres, escribe, los jefes dieron
la que les vino en gana, «con la cual ... debíamos
contentamos,
a vemos aherrojados». Los agraviados
marineros se quejaban en alta voz contra Morgan.
Collier y los demás capitanes porque los habían hambreado, defraudado y abandonado,
pero no pudieron
obtener reparación
mientras Modyford estuvo gobernando. Browne consigna que los comandantes «no
osaban mostrarse en público sino raras veces, a causa
de la ruina que hizo pesar el aprovisionamiento
de
los corsarios sobre las viudas, huérfanos y vecinos
burlados que tan liberal mente hicieran anticipas con
la esperanza de una empresa gloriosa (1)>> Los es·
pañales computaron sus pérdidas totales en 6.000.000
de coronas (2).
El 31 de mayo de 1671 el Concejo de Jamaica
dió un voto de gracias a Morgan por el cumplimiento
de su última comisión y aprobó formalmente la manera como se había conducido (3). No cabe duda
de que el gobernador tuviera pleno conocimiento de los
propósitos de Morgan antes que la flota zarpara de
Cabo Tiburón, y tanto es asi que tras la resolución
de atacar a Panamá, adoptada el 2 de diciembre en
consejo de oficiales, fue enviado un bote a Jamaica para
(1) Cal. de Papo de Est., 1669-74; ~o. 608. \Vro. Trogge dice
tambiên que la porci6n de cada soldado fué sólo de 10 libras
esterlinas.
(2) MSS. ad., 11. 268.
(3) Cal. de Papo de Est., serie co!., 1669-í4, No. 542, 1.
-
187 -
informar de ello a Modyford, y en carta escrita a
Morgan diez días después de la llegada del barco el
gobernador no contradijo la decisión
(1).
Sin duda,
era sincero el descargo
de que el gobernador
y el
consejo trataban de prevenir una inminente invasión
a Jamaica,
pero es asímismo muy probable que en
parte los hubieran inducido en esta crencia Morgan y
sus secuaces, quienes en primer tér:nino se habían
propuesto hacer prisioneros para arrancarles
por la
fuerza la confesión de que en Cartagena,
Portobelo y
algunos otros puertos marítimos los españoles organizaban gente y armaban una flota para invadir la isla.
Por rara ironía del destin o, entre
ô y
13
de julio de 1670 Sir William Gcdolphin concluía un
tratado en Madrid «para arreglar los desacuerdos.
reprimir las depredaciones
y establecer
la paz!> en
América. Ni una ni otra corona concedieron
privilegios mercantiles en las Indias Occidentales.
pero el
Rey de España reconoció la soberanía del Rey de
Inglaterra sobre todas las islas, colonias, etc .. de América, entonces en posesión de los ingleses. y en caso
de peligro los navíos de ambas naciones tendrían entrada y ayuda en los puertos de la otra. El tratado debía
promulgarse simultáneamente en las Indias Occidentales
por los gobernadores británicos y por los gobernadores
españoles. dentro de los ocho meses después de su
ratificación (2).
En mayo del año siguiente un mensajero de Santo Domingo llevó a Port Royal un ejemplar del pacto con la propuesta de que se fijara día
para su publicación, y el ofreci miento de un canje
de prisioneros (3). Modyford no había recibido aún
de Inglaterra noticia oficial del tratado, y con razón
podía quejarse de aquella negligencia ante las autoridades metropolitanas (4).
pero un nuevo gobernador fué en breve a relevarlo de ulteriores responsabilidades. Es probable que Carlos II hubiera apaciguado
(1)
(2)
(3)
(4)
¡bid.
Papo
Cal.
Papo
No,
542, 11.
de Hst., España, vol. Si, f. i6; vol. 58, f. 2i.
de Papo de Est., 1669-i4, Nos. 513, 531, 532, 544;
de Est., España. vol. SS, f. 30.
-
188 -
en 1670 al Embajador español con la promesa de re·
mover a Modyford y de enviar un sustituto mejor
dispuesto a favar de los españoles (1). Sea como
fuere. en setiembre de 1670 el coronel Tomás Lynch
fué nombrado teniente gobernador
de Jamaica, para
ejercer allí en caso de «falta. ausencia a incapacidadll
del gobernador (2), y el 4 de enero siguiente, a pesar de una petición de los funcionarios,
propietarios y
vecinos de Jamaica en favor de Modyford (3), se
revocaba el nombramiento del gobernador. Lynch Ile·
gó a Jamaica el 25 de junio con instrucciones
para
que tan luego como hubiese tomado posesión del gobierno y fortalezas arrestara a Sir Tomás Modyford y
lo enviara a la metrópoli
bajo guardia para que
respondiera
a acusaciones
presentadas
en contra
suya (4). Temeroso de exasperar
a los amigos del
ex-gobernador,
Lynch vaciló en cumplir sus instrucciones, hasta el 12 de agosto, cuando lo invitó a ir a
bordo de la fragata «Assistance~. con varios miembros del consejo, y produjo allí las reales órdenes
para su arresto; bien que Lynch le dió seguridades de
que su vida y bienes no corrían peligro, porque el
procedimiento
era sólo un simple paliativo para aplacar la ira de los españoles (5). La llegada de Modyford a' Inglaterra tuvo efecto en noviembre, y el 17
del propio mes lo enviaron a la Torre (6).
La indignación de los españoles subió de punto
cuando se supo la noticia del saqueo de Panamá.
«Me es imposible pintar a su Señoría,-comunicaba
Godolphin a Lord Arlington,-el
estado de Madrid
ante la nueva de este acontecimiento ....
ni el grado
de indignación con que lo han tomado aquí a pecho
(1) Memorial en que el Conde de ~lolina se quejaba de que
no se había enviado un nuevo gobetnador a Jamaica, corno estaba prometido, ni Ilamádose al antiguo Robernador; 26 de febrero
de 1671 (Pap. de Hst., Hspaña, vol. 50, f.62).
(2)
Cal de Papo de Ust., Ser. col.,
(3)
[bid.,
1669-74, No. :!72.
No. 331.
(4)
Cal. de Papo de Hst., serie col., 1669-74; Nos. '",7, 424.
(5)
lóid.,
(6)
[bid •. Nos.
Nos. 405, 441. 452, 453, 552, .187.
608, 604. 60S, 6SS.
-
189 -
la reina, los Ministros de Estado, los consejos parti
culares y la gente de toda clase (l)~. Parece que el
Embajador a el cónsul de España en Londres habfa
escrito a Madrid que esta última expedición obedecía
a insinuaciones privadas, si no a órdenes de Londres,
agregando el comunicante que a Godolphin le mandaron proveer un largo término antes de la publicación
del tratado, a fin de ganar tiempo para la ejecución
del proyecto. Al Embajador
británico le fué difícil
librarse de estos enredos, aunque dió seguridades a
la reina sobre el inmediato castigo de los culpables,
amén del arresto y retiro del Gobernador de Jamaica;
y sóiu l.UÚ ,,\ ;-;~;¡ï::: t:;::!~ ~' pr"rl"ncia pudo evadir,
hasta que llegó de Inglaterra una desaprobación
oficial
de la empresa, el embargo inmediato de todas las
mercaderías pertenecientes
a comerciantes
británicos
en España. El gobierno español dispuso enviar a toda
prisa una flota con 10.000 hombres en auxilio de las
Indias, y los Duques de Albuquerque y Medinaceli
compitieron en la oferta de levantar gente
a propias expensas entre sus propios vasallos; pero nada
volvió a hablarse de tal ejército, después que Godolphin hubo presentado su excusa oficial a la reina.
«Plega a Dios, escribía el Embajador británico, que
resulte segura la forma que emplea Sir Tomás Modyfard para defender a Jamaica (como él acostumbraba
expresarse)
enviando sus fuerzas al saqueo; por mi
parte, no creo que nos haya convenido alertar a
los españoles tanto como lo ha hecho esta última
acción (2) ».
CAPITULO
SUPRESIÓN
VI
DE LOS BUCANEROS
El nuevo teniente-gobernador
de Ja maica, Sir
Thomas Lynch, llevó consigo instrucciones para publicar y observar fielmente el tratado de 1670 con España, y también para revocar las comisiones expedidas
(1) Nos. 653, 654.
(2) Papo de Est., España,
vol.
58, f. 156.
-
190 -
por su predecesor «en perJUICIO del Rey de España
a de cualquiera de sus súbditos». Cuando proclamara
la paz debía publicar asímismo un indulto colectivo
para todos los corsarios que se presentaran
y some
tieran dentro de un término razonable,
por todos los
agravios cometidos desde junio de 1660, asegurándo.
les la posesi6n de sus presas (excepto el diezmo y
quinto que siempre se reservaban a la corona por el
otorgamiento de comisiones), y ofreciéndoles alicientes
para dedicarse a la agricultura, al tráfico. a al servi·
cio de la real marina; pero no debla insistir positivamente en el pago de diezmos y quintos, si ello estorbaba el sometimiento
de los merodeadores,
y si por
este camino no se lograba atraer\os emplearía todos los
medios a su alcance, «por la persuación a la fuerza»,
para reducir\os (1). Lynch se aplic6 en el acto a granjearse la buena yoluntad de sus vecinos españoles y
a inducir a los corsarios hacia empresas más pacíficas. El mayor Beeston fué enviado a Cartagena con
las estipulaciones de paz, y allí se le di6 todo género
de satisfacciones y obtuvo la libertaà de treinta y dos
prisioneros británicos
(2). El 15 de agosto fué proclamado en Port Royal el indulto de los corsarios (3),
y aquellos que habían protestado
contra sus comandantes por el fraude que estos les hicieran en Panamá, tuvieron oportunidad de recurrir a las cortes de
Justicia (4). Análogas proclamas fueron enviadas por
el gobernador «a todas las guaridas de los corsarios», a
quienes intimaba que había escrito a Bermuda. las Cari·
bes, Nueva Inglaterra, Nueva York y Virginia para que
, los aprehendiesen y noticiado a todos los puertos españoles sli calidad de piratas, amén de que se proponla
comunicarse con Tortuga para prevenir que los admitieran allí (5). Con todo. aunque el gobernador participara a la metrópoli a fines de mes que los corsarios estaban suprimidos por completo, en breve pudo
(1)
(2)
(3)
(4)
(5)
Cal. de Papo de Est, ser. col., 1.669-74, No. j67.
[bid., Nos. 604,608, 72fj; Diario de Beeston.
¡bid.,
Nos. 552,602.
[bid., 1669-74, Nos. 608, 633.
[bid., No. 604.
-
191 -
advertir que la tarea no era en modo alguno tan
sencilla. Un inglés llamado Thurston y un mulato
llamado Diego, bucaneros ambos con patente de Modyford, burlaron su oferta de indulto, prosiguieron
capturando barcos españoles y conducían sus presas
a Tortuga (1). Un holandés llamado el capitán Yallahs, a Yellowes, huyó a Campeche, vendió su fragata por 7.000 piezas de a ocho al gobernador español y se pu5P al servicio de los españoles para perseguir a los ingleses cortadores de palo de tinte. El
gobernador de Jamaica envió en persecución suya al
capitán Wilgress, pero este dedicó su tiempo a pillar
un buque espaflol varaáo, a 1 útôr ;;'::0 de ~inte y a
quemar casas españolas en la costa (2).
Una partida
de bucaneros, británicos y franceses, desembarcaron en
la parte septentrional
de Cuba y quemaron dos ciudades, raptaron mujeres e infligieron muchas crueldades a los vecinos; y cuando los gobernadores
de La
Habana y Santiago se quejaron a Lynch, este último
no pudo hacer otra cosa que desaprobar la conducta
de los ingleses que figuraban en la cuadrilla, como
rebeldes y piratas, y pedir a los gobernadores españoles que ahorcaran a todos los que cayeran en poder
suyo (3). En realidad, el gobernador se hallaba en
aprietos, y así escribía en enero de 1672 que «este
maldito tráfico se ha practicado por tanto tiempo, y
posee tantas raíces. que como cizaña a hidras vuelven
a brotar tan presto como se las corta (4)>>.
Sin embargo, se capturó y procesó a algunos de
los filibusteros recalcitrantes.
El mayor Beeston, enviado por el gobernador en enero de 1672, con una
(1) Ibid., Nos. 638, 640, 6.,3, 697.-Puede que éste sea el Diego
Grillo, a quien Duro hace refl:rencia (op. cit. V. pág. 180): Un
nativo de la Habana, que mandaba un barco de quince cañones.
Sucesivamente derrotó en el canal de Bahama tres navíos armados que salieron a capturarlo, y ell todos ellos mató sin excepción a los españoles nacidos en Europa. Cogido en 1673 corrió la
misma suerte que había deparado a sus víctimas.
(2)
[bid.,
(3)
[bid., 1669-74, Nos. 733, 742, 7%.
Nos.
697,709, 742,883,944.
(4)
Ibid., N9729.
192 ~
fragata y cuatro bajeles de menor calado, para que
apresara y quemara ciertos b:HCOS piratas de carena
en los cayos meridionales de Cuba, topó en vez de
ellos con otros dos navíos, uno británico y otro francés, que habían tomado participación
en las incursiones contra Cuba, y los condujo a Jamaica. A disposición del gobernador de Santiago fué puesto el capitán
francés, pero rehusó castigarlo
por miedo a sus camaradas de Tortuga y la Española, por donde a ambos capitanes se les procesó y condenó a muerte en
Port Royal; pero como los españoles se habían negado a castigarlos y no era razonable que los Jamaiquinos fueran los ejecutores, los capitanes
del puerto y
algunos miembros del Consejo pidieron la suspensi6n
de la sentencia y se envió a Inglaterra el prisionero
británico, Francis Whiterburn (1). El capitán Johnson,
uno de los pira tas tras los cuales había sido enviado
Beeston primitivamente, naufragó más tarde a causa
de un huracán en la costa de Jamaica. A raiz de la
promulgaci6n de la paz, hecha par Sir Thomas Lynch,
Johnson había huído de Port Royal con cerca de diez
compañeros, y dando con un navío hispánico de dieciocho cañones la capturó y mató al capitán. junto con
doce a catorce tripulantes;
luego reuniendo en torno
suyo una partida de ciento a más hombres entre británicos y franceses, había despojado barcos españoles
en torno de la Habana y de la costa de Cuba; mas,
cansado. por último, de sus camaradas franceses, se
dirigia a Jamaica para avenirse con el gobernador,
cuando, yendo a echar anclas en Marant Bay se vió
lanzado a tierra por el huracán. El gobernador la hizo
detener, y comisionó para convocar a los jueces y
proceder al juicio e inmediata ejecución, al coronel
Modyford, hijo de Sir Thomas, no sin conjurarlo primero para que se empeñase en que no fuera absuelto
el pirata, bien que el coronel Modyford, por compartir acaso las sim patras de su padre hacia los ladrones
de mar, dilató el proceso, no comunicó a ninguno de
los jueces las órdenes que había recibido, y aunque
(1)
¡bid.,
!l:os. 742.777,
785. 78'J, 794, 796.
-
193-
Johnson
y dos de sus hombres
«confesaron
haber
ahorcado
un centener
de personas».
informó al jurado
que no habían podido hallar
cargos contra
el pTlSIOnero. Media hora después de la disolución
del tribu·
nal. Johnson
«iba a beber con sus jueces».
En consecuencia,
el burlado
gobernador
detuvo
por segunda
vez a Johnson,
convocó el Consejo.
del cual excluy6
al coronel Modyford, y hallando
«errores
materiales»,
anuló
la sentencia.
Juzgado de nuevo el pirata-esta
vez presidido
el tribunal
por el mismo
Lynch-y
hecha
plena confesión.
condenósele
y ejecutósele,
aun-:J','" "t"n cnmoaùecido,
cscribe Lynch. coma si hubiera sido tan piadoso
e inocente
como
UIIV
J~ lc::; ;::~
mitivos mártires».
El segundo
proceso
era contrario
a
los principios
fundamentales
de la legislación
británica, por culpable
que pudiera
haber sido el reo, y el
monarca
dirigió una carta
a Lynch,
reprobándole
su
temeridad;
le ordenó asímismo
que en la sucesivo
juzgara
a todos los piratas conforme
al derecho marítimo y que si ocurria
algún desacuerdo
remitiese
el
caso al rey para juzgarlo
de nuevo.
no obstante
la
cual le ordenó que suspendiera
de todo empleo
público en la isla, bien civil a bien militar, tanto al coronel
Modyford
como a todos
los demás
que junto con él
eran
responsables
de la absolución
deliberada
de
Johnson (1).
No obstante
los esfuerzos
de Sir Thomas
Lynch
para limpiar de piratas
las costas, los españoles
de las
Indias Occidentales
ponían poco empeño en cooperar
con él. Alegando
que temían ser castigados
por autorizar el comercio,
los gobernadores
de Cartagena
y
Santiago
de Cuba
les habían prohibido
a las fragatas
británicas
el entrar
en sus puertos
y les rehusaban
agua y provisiones;
por su parte, el gobernador
de
Campeche
embargó
el dinero, vajilla
y negros
extraídos de un buque
mercante
inglés,
y valorados
en
10.000 piezas de a ocho_ Cuando Lynch envió a pedir
satisfacción,
el gobernador
la remitió
a Madrid,
en
solicitud de justicia, «la que para mí, que he estado allí,
(1)
Cal. de Papo de Est .. ser. col. 1669-74, ;-<os. 74?, 9-15, 1U42,
13
-
194 -
escribe Lynch, me parece peor que perderla (1)'" Las
nuevas de la imponente armada que los grandes de
España daban muestras de organizar con el objeto de
socorrer a las Indias, cuando se supo la captura de
Panamá,
comenzaban también a divulgarse en Jamaica por noviembre de 1671, y el gobernador y consejo,
temerosos de que la flota fuese dirigida contra ellos,
hicieron vigorosos esfuerzos para reparar las fortificaciones, recoger abastos y di3ciplinar la milicia, a fin
de poner la ¡sb en estado de defensa; pero como la
escuadra española no llegó a aparecer,
la vida de la
isla volvió en breve a su nivel ordinario (2). Mientras
tanto, Sir Thomas Lynch ponía sumo cuidado en
observar
las paces con los españoles,
evitando al
mismo tiempo la expatriación de los elementos más
incómodos de la comunidad.
En Inglaterra se había
decidido también que Morgan, a igual de Modyford,
fuera sacrificado, por lo menos en forma, para satisfacer las reclamaciones del gobierno hispánico, pero
Lynch, en atención a que Morgan se hallaba enfermo,
y temiendo acaso que dos arrestos de tal significación produjeran disturbios entre los amigos de los
reos. o bien impidieran que se presentaran
los
bucaneros a favor de la amnistía, no envió al Almirante a Inglaterra hasta la siguiente primavera. El 6
de abril de 1672 salió Morgan de Jamaica en calidad
de prisionero, a bordo de la fragata "Welcome» (3)
(1) Cal. de Papo de Rst., ser. col.,
779, 796, 820, 1.022.
1.669,.74, Nos. 733, 742,
(2) ¡bid.,
Nos. 650, 633, 697.-Diecisiete
lneses más tarde,
después de estallar la Ruerra holandesa, los jamaiquinos experimentaron alarma parecida, respecto a una esperada invasión de
holandeses y españoles, pero êsta se desvaneció t1ltnbiên con el
tiempo (Cal. de Papo de gst., ser. col., 1.6f9-74, Nos. 887, 1.047,
1.055, 1.062). Con relación a êsto, cf. MSS. de Egerten, 2.375,
f. 491.-Carta del gobernador
de Cumaná al Duque de Veragua,
1673, para pedirle que influyera con el Consejo de Indias eu el
sentiùo de que el goberr.ador de Margarita enviara contra Jamaica 1.500 Ó 2,000 inùios guaiqueríes, por ser valientes arqueros,
marinos y zabullídores.
(.') Cal. de Pap, <le Est., ser. col., 1669.74, Nos, 697, 739,
794,900, 911, Diario de Beeston.
i95 aunque aureolado
por el unánime
respeto
y simpatía
de todos los partidos de la colonia;
el propio Lynch
lo calificó de «sujeto valiente y probo ~, y el mayor
James Banister,
en carta
dirigida
al Secretario
de
Estado,
la recomienda
a la consideración
de Arlington como «persona
muy merecedora
y de gran valor
y comportamiento
que
puede.
con la venia de su
Majestad. prestar buen servicio en la metrópoli.
y ser
muy útil a la isla, caso de estallar la guerra
con los
españoles
(1)>>.
En efecto, el bucanero
Morgan gozó en breve de
mucho vallm¡enLO t:ll;" .:crte d!sC'lllt~ de Carlos Il. y
cuando
en enero de 1674 fué nombrado
gobernador
de Jamaica
el Conde de Carlisle,
se eligió a Morgan
por teniente suyo (2). acto que debió
haber
desvir·
tuado del todo en los consejos
españoles
los efectos de
su detención,
practicada
año y medio
antes;
sin embargo. Lord Carlisle no salió para Jamaica
hasta 1678.
y entre tanto se designó
en abril a Lord Vaughan
(3)
para ejercer
el cargo. y varías meses
después
a Morgan por teniente-gobernador
(4) . Vaughan
llegó a
Jamaica
mediando
el mes de marzo de 1675. pero
Morgan. a quien ya el rey había
cruzado
caballero.
salió
primero
que Vaughan,
contrariando
las órdenes del gobernador,
y aunque
náufrago
en la isla
de la Vaca, llegó
a Jamaica
un mes antes que su
superior
(5)
Parece
que Sir Thomas
Modyford se
dirigió a Jamaica
junto con Morgan,
por la cual el
regreso a las Indias Occidentales
de estos
dos máximos ofensores
sembró de nuevo el alarma
en la corte
española.
El Embajador
de España
en Londres
presentó al monarca
inglés un memorial
de protesta (6).
y en Madrid
el Consejo de Guerra
desplegó
nuevas
actividades
para asegurar
la defensa
de las Indias
(1) ¡bid., No". 697,789.
(l) ¡bid., No •. 1.212, 1.251-5.
(3) ¡bid., No. 1.259: cf. tamhién 1374, 1385, B94.
(4) ¡bid., 1379.
(S) ¡bid., 1675·76; ~O~.
4S8. 46Î, 4lH, 521.. 'ilS, S66.
(6) Pal>. de Est., ESI>l\û". vol. 63, í. 56.
-
196 -
Occidentales y las costas del Mar del Sur (1). En
realidad, los españoles,
movidos por cierta extraña
infatuación,
se habían mantenido desde
1672 en
activa hostilidad
contra los ingleses en las Indias
Occidentales,
bien que el gobierno de Madrid habría
adoptado pronto una política de paz y buena inteligencia con Inglaterra, si hubiera comprendido la flaqueza inherente a sus posesiones americanas; tenida
en cuenta la escasez de los pobladores en proporción
a la vasta surerficie
del territorio y del litoral que
habían de defender; y sabido que en medio de semejante riqueza.
y de aquellos
países despoblados,
abundantes
en bovinos, puercos y otras provisiones,
los bucaneros sólo podían ser extirpados con ayuda
de los vecinos británicos y franceses;
pero las nuevas
del saco de Panamá, que siguieron tan de cerca a la
celebración del tratado de 1670, y las continuas depredaciones de los bucaneros de Tortuga y de los de JamaIca, ya declarados piratas, habían quebrantado de modo
Irrevocable la confianza de los españoles en la buena
fe del gobierno británico. Y cuando a Morgan se le hizo
caballero y se le volvió a enviar a Jamaica en calidad
de teniente gobernador, las sospechas concebidas parecieron haberse confirmado. El general de los galeonos secuestró un q ueche enviado a Cartagena en 1672 por Sir
Thomas Lynch para hacer el tráfico de negros, quemáronse las mercaderías en la plaza del mercado y se vendió a los negros por cuenta del monarca español (2).
Un papista irlandés, llamado Philip Fitzgerald, al manda
de un buque de guerra español de doce cañones,
perteneciente a La Habana, y un español. llamado don
Francisco, con patente del gobernador de Campeche,
recorrían los mares de las Antillas y capturaban
navíos británicos en viaje de Jamaica a Londres, Virginia y las islas de barlovento,
tratando por modo bárbaro y a veces matando a los marineros ingleses que
caían en sus manos (;3). A pesar del tratado y sin
(1) Cal. .1e Papo de E_t., _er. col., 1669-74, No.' 1.389; ibid.
1675·76, ~o. 56-1; ~ISS. arlicionales, 36.330, N9 28.
(2) Cal. d" Papo de H.,t., "er. col., 1669·74, Nos. 888, 940.
(3) Cal. <le Papo de Hst., 'er. col. 1669-74.Nos. 1.178, 1.180
1.226; ibid .• 1675-76, No. 57'1.
-- 197 duda obedeciendo a órdenes de la metrópoli (1), nada hacían los gobernadores españoles, para refrenar las
maldades de estos corsarios.
Siete marineros británicos capturados en una barca a la altura de Port Royal y conducidos a la Habana, intentaron escaparse de
la ciudad en cierta ocasión, más fueron perseguidos
por una manga de soldados y todos muertos, colocándose la cabeza del jefe de ellos' en una pértiga
ante la puerta del gobernador
(2). En otra oportunidad Fitzgerald entró en el puerto de la Habana con
cinco ingleses atados y listos para ahorcarlos,
dos en
la aniO::lJ" ::le! :''110 mayor, otros rios en ia antena de
trinquete y uno en el peñol de meZé:l¡¡c.J :::s: '"omo St;
acercaba al castillo colgó a los desventurados,
mientras él y su gente hacían disparos desde cubierta ¡" los
cadáveres bamboleantes (3). A las reiteradas quejas y
demandas de reparación hechas al Embajador de España en Londres, y por Sir William Godolphin ante
la corte de Madrid, se respondía con contraquejas por
injurias de bucaneros, cuyos actos imputaban aún los
españoles a los ingleses, aunque sus autores estuvieran desautorizados
hacía largo tíempc y declarados
piratas por el gobernador de Jamaica (4). Cada vez
que regresaba de Portobelo a Veracruz, la flota conducía
prisioneros británicos de Cartagena y otras fortalezas
hispánicas, los cuales eran alojados en las mazmorras
de Sevilla y a menudo condenados a galeras a a las
minas de 3.zogue. El Embajador
británico lograba a
veces su libertad pero eran inútiles sus esfuerzos por
conseguir que fuese reparada la pérdida de barcos y
mercaderías, porque el gobierno español no desembolsaba nada por daños y perjuicios, en la creencia de
que el Parlamento anhelaba el comercio hispánico y
no supliría a Carlos II los fondos necesarios para la
guerra (5);
sólo concedía a las partes agraviadas
(1)
¡bid.,
1669-74, ~o. 1.423; ibid.,
(2)
[bid.,
1675-76, ~o. 520.
1675-76, No.707,
(3) [bid.
(4) [hirl.,l669-74, Nos. 1.335, 1.351, 1.424; Papo de Est., E~paña, vols. 60, 62, 63.
(S) Cal. de Papo de Est., ~er. coL, 1(,75.76, Ko. S·U,
-
198 -
despachos dirigidos al gobernador de la Habana para
que reintegrase las propiedades en disputa, a menos
que fueran efectos de contrabando.
Godolphin comprendía que estas dilaciones y excusas no eran sino el
preludio para una negativa final de toda reparación, y
comunicó al Secretario de Estado en Londres que
«Inglaterra debía más bien prevenirse contra futuros
agravios antes ~ue contar con satisfacciones
de aquí.
hasta que hubieran dado a conocer a los españoles
su propio interés en las Indias Occidentales
por medios más efectivos que la amistad (1) ». Los comer·
ciantes y armadores perjudicados, con frecuencia muy
al corriente de las dilatorias fórmulas españolas de
procedimiento,
consideraron que era estéril ocurrir
a la Habana por reparación,
y pidieron letras de represalias a Carlos II (2); pero Sir Leoline Jenkins.
juez del Almirantazgo, opinó en informe dirigido al rey
que aunque veía pocas esperanzas de reparación efectiva, la autorización de represalias no estaba justificada
por la ley. hasta que las cosas hubieran sido ventiladas en la Habana, conforme a las ordenanz~s de la
reina regente (3). Al parecer esto no llegó nunca a
hacerse, y algunos de los procesos cursaron por años
y más años sin que los solicitantes obtuvieran satisfacción.
Los españoles trataban de justificar la mayor parte de estos apresamientos
con la àisculpa de que los
buques contenían palo de tinte, madera que se encontraba en las costas de Campeche,
Honduras y Yucatán y cuya corta y saca eran vedados para todos, salvo
los súbditos españoles.
Los ingleses practicaban la
corta de palo de tinte como diez años antes de la ocupación de Jamaica. Modyford escribía en 1670 que en
este solo comercio participaban doce barcos pertenecientes a Port Royal, y seis meses más tarde suministraba una lista de treinta y dos navíos empleados
en la corta de palo de tinte. equipados con setenta
(1)
[bid.,
;\los. 639,.643.
(2)
¡bid.,
;\los. 633,6'5,
(3)
lbld.,
Nos. 693, 71'1, 720.
729.
-
199
cañones y 424 hombres (1). La mayor parte de los
sujetos comprendidos en el negocio habían sido corsarios, y como las comarcas en que buscaban la made·
ra preciosa estaban del todo abandonadas por los españoles, Modyford sugería que se fomentara el tráfico
para darle expansión a las energías de los bucaneros,
pues imaginaba que por semejante medio podría conservarse en paz «esta soldadesca», y estar siempre lista para el servicio de su Majestad en el evento de
una nueva ruptura. Al sustituir a Modyford. comprendió Sir Thomas Lynch que la presencia de estas cor·
tadores de manera resentiría a los españoles y podría
neutralizar toOas su:, gê;;;;û.~e::: ;::"''1 f>s!",blecer la paz.
~n consecuencia, reiteradas veces pidió instrucciones
al .Consejo de Inglaterra:
«Por amor de Dios, escribía,
denme órdenes acerca del paJo de tinte (2)>>. Entretanto y después de consultar con Modyford, resolvió
tolerar el negocio, pero a todos los que conducían palo
de tinte a Port Roya! los obligaba a jurar que no la
habían robado ni hecho violencia alguna a los españoles (3). El Secretario Arlington le escribió al go·
bernador en noviembre
de 1671 que mantuviera el
asunto en suspenso hasta que él conociera la opinión
del Embajador británico en Madrid. tanto más cuanto
Jas pretensiones de los cortadores de palo de tinte se
justificaban en cierto modo por el tratado de paz de
1670, que confirm6 al monarca inglés en la tenencia
y soberanía de todo el territorio
que ocupaban sus
súbditos en aquella fecha (4).
En mayo de 1672
contestaba el Embajador
Godolphin: "La madera la
traen de Yucatán, vasta provincia de Nueva España,
como de cien leguas de longitud, suficientemente
po·
blada, con varias grandes ciudades, como Mérida, Va(1) Cal. de Papo de Est., ser. col., 1669-74,Xos. 310,704, IV.
Era uu negocio DlUY provechoso porque la madera se vendía entonces a 25 ó 30 libras ".~terlinas la tonelada.
Para la descripción de la vida de los cortadores de palo de tinte, cf. Viajes de
Dampier, ed. de ]906, II, págs. 155-56, 178-79,181 Y sigt!!.
No. 580.
Nos. Sl:l7, 63l:l.
(4) ¡bid, Nos. m, 786.
(21
¡bid,
(3)
¡bid,
-
200 -
lIadolid, San Francisco de Campeche, etc., y su gobierno es uno de los más considerables después de los
de México y el Perú ... Así España posee tan sobrado derecho como ventaja para no defender la propiedad de estos bosques, por donde, aunque poblados
sólo en parte no podemos aprovechamos
de ellos
con más razón de la que asistiría a esta gente para
petender el uso de nuestros ríos, montañas
y eji.
dos.»
Esto cuanto
a la estricta
equidad
del
asunto; pero cuando el Embajador quiso dar su propia
opinión sobre el tráfico, aconsejó que si los ingleses se
limitaban a la sola corta de madera y en lugares apartados de los centros españoles,
el rey podía tolerarlo,
aunque no autorizarlo (1). Ello constituía el meollo de
todo el asunto.
España era demasiado débil e impotente para tomar ningún serio desquite, de modo que
se la podía robar tranquila pero decentemente,
conser·
vanda a los ladrones fuera de su vista, para ahorrar
sus resentimientos
cuanto fuera posible.
El mismo
propósito pirático que animaba a Drak.e y a Hawkins,
fué la que impelió a Morgan para el saqueo de Mara·
caibo y Panamá, propósito que transferido a las dignas
cámaras de Consejo británicas, asumió un aspecto más
humano pero menos romántico.
El 8 de octubre de
1672 el Consejo de Colonias aprobaba la tolerancia del
gobernador Lynch en el negocio, pero al mismo tiempo
le encarecía que pusiera sumo cuidado y prudencia en
que la corta sólo se practicara en lugares desolados e
inhabitados, y en prevenir por todos los medios que se
les diesen a los españoles
cualesquiera
motivos de
justas quejas por violencia> y depredaciones (2).
Con todo, los españoles, como se ha visto, emprendieron
activas represalias, especialmente porque
sabían que la corta de palo de Campeche no era sino el
paso previo para el desarrollo de establecimientos
británicos en las costas de Yucatán y Honduras, estab!ecimientos que en realidad se transformaron más ade!ante en una colonia inglesa.
La reina regente de
(1)
Calendario
(2)
¡bid.,
d" Papo de F..~t., ser. coL, 166')-74. No.¡;%5.
No". 819, 943.
-
201 -
España envió órdenes e instrucciones a sus gobernadores de las Indias Occidentales
para que fomentasen
el corso a fin de coger y castigar como piratas a todos
los ingleses y franceses que dentro de sus jurisdicciones
robaran y cargaran madera; y tres fragatas de mediano
porte fueron enviadas de Vizcaya con el objeto de expulsar a los intrusos (1). Ya se ha dicho que el bucanero Yallahs fué utilizado por el gobernador de
Campeche para la captura de cortadores de madera, y
aunque sorprendió doce a más barcos, el gobernador
de Jamaica no pudo introducir la queja del caso porque no se atrevía a confesar abiertamente el negocio;
¡Jt:IU el J Je ¡~G'::em~~~np
1 f,'/2
se vió (orzado a dictar una proclama al efecto de que todos los bajeles
que zarparan de Port Royal con el objeto de cortar
madera de tinte fueran en flotas por la menos de cuatro para asegurarse contra sorpresa y captura.
Bajo el
gobierno de Lord Vaughan, y tras él, bajo el de Lord
Carlisle, los asuntos continuaron
en la propia incertidumbre, mientras aumentaban gradualmente
en número y vitalidad los establecimientos
británicos
en Honduras, y los españoles mantenían su derecho de coger
todos los barcos que se encontraran
en el mar con
carga de madera de tinte, la que recaía en suma sobre
todos los navíos británicos y franceses sorprendidos en
sus costas.
En orden sucesivo cada uno de los gobernadores
británicos
había instado para que se
estableciera
con España algún arreglo equitativo del
tráfico, si había de preservarse la paz en las Indias y
de suprimirse finalmente a :os bucaneros; pero los españoles no convenían en acomodo alguno, y en marzo
de 1679 el rey le escribió a Lord Carlisle que impidiera, en la medida de la posible, la corta de madera
en Campeche a cualesquiera otros de los dominios es(1) lbid.,
Nos. <;54, 1.389.-Fernández
Duro (L V, pág. 181)
menciona llna ordenanza de 22 de febrero de 1674, que autorízaba a
corsarios españoles para salir en persecución )' caf.tigo de los piratas. Para utilizarlas en los bajíos debían construirf.e piraguas, o
grandes canoas de fondo plRno, con 90 pi", de longitud, y 16 6 18 .
de aucho, calado de 4 65 pies, y provista!! de un .cañón largo en la
proa)' cuatro piezas menores en popa. Serían impu1sada5 con
remos y velas, y con ùncirían 120 hombres.
-
202 -
pañoles, y que tratara de hacer que los bucaneros se
dedicaran más bien al cultivo de la tierra (.3).
Las represalias españolas con motivo de la corta de
palo de tinte no fueron las únicas dificultades con
que Lord Vaughan tuvo que luchar en su carácter àe
gobernador.
Parece que desde el día de su desembarco en Jamaica concibió profunda repugnancia por
su teniente Sir Henry Morgan, antagonismo exasperado
por la franca o secreta simpatía que profesaba Morgan
a los corsarios, casta con que Vaughan nada tenía de
común.
El navío en que Morgan salió de Inglaterra y
que naufragó en la isla de la Vaca, contenía los abastos
militares enviados a Jamaica, cuya mayor parte se perdió en el siniestro.
Contrariando
las órdenes categóricas y escritas de Lord Vaughan, Morgan había salido
antes que él y asumido la autoridad en Jamaica con
una semana de anticipación a la llegada del gobernador a Port Royal, casa que Lord Vaughan parece no
haber podido olvidar.
Censuró sin ambages a Morgan
por el naufragio y pérdida de los depósitos; y dos meses apenas después de llegado a Jamaica
escribió a
Inglaterra en mayo de 1675 que para el bue:1 servicio
de Su Majestad juzgaba que debía removerse a Morgan, y suprimir el cargo de funcionario
tan inútil (4).
Por setiembre volvía a escribir que estaba
«todos los
días más convencido
de la irreflexión e ineptitud
de
Morgan) para tomar parte alguna en el gobierno civil,
y de los riesgos que podía correr la isla con tan peligrosa sucesión».
Sir Henry, continuaba,
ha rebajado
tanto su autoridad y a sí mismo en el puerto, bebiendo
y jugando en las tabernas, que el gobernador intentaba
trasladarse allí con toda diligencia para ver por la reputación de la isla y seguridad de la plaza (5). Recomendaba
que su predecesor Sir Thomas Lynch, a quien elogia
por «su prudente gobierno y buena dirección de los
asuntos públicos»,
fuera nombrado
teniente suyo en
vez de Morgan. en el evento de la muerte o ausencia
(1) Cal <le Papo àe Sst., ser. col., 1669-74, Nos. 950,1.094; Dia.
rio de Beeston, agosto de)679 •.
(2) ¡bid., 1.675--76,No.566.
(3) ¡bid., No. 673.
-
203 -
del gobernador (l); pero el mayor agravio de Lord
Vaughan consistía en el secreto estímulo que prestaba a
los bucaneros el teniente gobernador.
«Lo que más
me molesta-escribía
en otra ocasión -, es ver que
Sir Henry, en oposición a sus deberes y buena fe, trata
de levantar el corso, y ha estorbado todos mis proyectos y propósitos para reducir a aquellos que siguen este
género de vida (2).» El gobernador continúa diciendo
que cuando él dictaba plOclamas declarando piratas a
todos los bucaneros que rehusaran someterse, Sir Henry
aconsejaba a los filibusteros británicos que sacaran patentes fra ncesas, él mismo los equipaba para el merodeo, y recioía duto¡¡:.;a.:;iór: ¿e~ g0l) •••rnador francés de
Tortuga para recaudar los diezmos sobre presas llevadas a Jamaica en virtud de esas patentes.
La querella
llegó a su punto máximo con la detención y proceso de
un bucanero liamado John Deane, comandante
del navío «Saint David".
A Deane se le acusaba de haber
detenido un buque llamado «John Adventure», despojádole de varias pipas de vinos y de un cable valuado
en 100 libras esterlinas, y llevado el navío por la
fuerza a Jamaica; también se le imputaba el usar l.os
pabellones holandés, francés y español, sin comisión (3).
Cuando el «John Adventure» hubo entrado en Port
Royal el gobernador la hizo embargar por desembarque
de mercaderías
sin registro, de modo contrario a las
Actas de Navegación, y ante la queja del dueño del
buque por el robo que le hicieron Deane y otros corsaríos, se le ordenó a Sir Henry que detuviera a los
culpables; mas parece que el teniente gobernador los
(1) ¡bici" No. 526.-En significativo contraste con el elogio de
Lynch, hecho por r.ord Vaul{han, Sir Henry Morgan, que mal podía querf'r al hombre que lo había enviado a él ya Modyford como
prisioneros a Inglaterra, sopló a los oídos del Secretario WilIiamson acusaciones veladas contra Lynch, respecto a malversación de
las rentas públicas y descuido en la defensa de la isla.-(Ibid.,
No. 521).
(2) ¡bid., ~o. 912.-En prueba de la rectitud polftiea de Lord
Vaughan en punto cIe filibu8terisIllo, r/. Diariù de Beeston, junio
de 1.676.
(3)
¡bid., No. 988.
-
204 -
indujo más sien a escaparse (1), y Deane tuvo aún
el atrevimiento de acusar por secuestro ilícito al go. bernador.
En consecuencia Deane fué arrestado por
el gobernador y juzgado y condenado a muerte como
pirata el 27 de abril de 1676, en una corte de Almirantazgo presidida por Lord Vaughan en calidad de
Vicealmirante (2). El procedimiento
no se ajustaba,
sln embargo, a la práctica legal, porque según estatutos correspondientes a los años veinte y siete y veinte
y ocho del reinad", de Enrique VIII, los piratas no debían ser juzgados en cortes de almirantazgo, sino Conforme a ley común de Inglaterra por una comisión de
«Oyer and Terminer»,
bajo el gran sello (3). Obtenida a este efecto la opinión del Juez del almirantazgo, el Consejo británico notificó a Lord Vaughan
que suspendiera la ejecución de Deane y que se procediera a nuevo juicio, bajo una comisión adecuada
que se le enviaría próximamente (4); bien que el gobernador de Jamaica, después de recibir una confesión
de Deane y frecuentes solicitudes de perdón, había
suspendido la ejecución de la sentencia un mes antes
de que le llegara la nota del Consejo (5). El incidente
produjo el buen efecto de persuadir a los filibusteros a
que se presentaran y asegurado
esto, el gobernador pudo oír el clamor popular en favor del culpado.
A fines' de 1677 el Procurador general preparó yenvió a la Colonia una Comisión permanente de «Oyer
and Terminen~ para el enjuiciamiento
de piratas en
Jamaica (6).
(1) :\lss. de Leeds. (!lIss. hist.
Testimonio en que se exhibe a Sir
uuar el asunto COll el dicho de que
bres y probos., a 10 cual replicó el
había considerado así.,
(2)
Cal. de Pal'. ùe Est., ser. co!., 1(,75-76; Nos, 1160,913.
(3) Recopilación
210, 241.
(4)
1.001.
CODlis;óu, XI, pt. ï, pág. 13),blenry Mor¡ran tratando de ate.Ios cors:uios erau sujetos pocapitán despojado .que no los
de estatutos, vol. 11, (I.ond.,
Cal. de papeles de 1<;8t., ser. ea!.,
lïii6),
págs.
16ïS-76; Nos. 993-995,
;';0. 1.093.
(5)
¡lIi«.,
(6)
Cal, de Papo ùe list., :ser. col., ló7ï-l:SO, Nos.500,
508,
-
205 -
Según Lord Vaughan, tras el proceso de Deane el
teniente gobernador se había expresado libremente,
tanto en tabernas como en su propia casa, en vindicación del sentenciado y en desdoro del mismo Vaughan (1); mas la querella se mantuvo en suspenso,
hasta que el 25 de julio y obedeciendo
a órdenes de
Inglaterra (2), el gobernador citaba a Morgan y a su
cuñado el coronel Syndlos, para que comparecieran
ante el Consejo.
A Morgan le hizo cargos formales
porque abusaba del nombre y autoridad del gobernador, sin autorización suya, en cartas dirigidas a los capitanes de corsarios, y acusó a Syndlos por el desempeno iiíCito ùt: uiÚ' \;o;r;:s:ó::, pr~('''rlf'T1te de un qobernador extranjero, para recaudar los diezmos sobre
presas adjudicadas (3).
En su defensa, dirigida al
Secretario Coventry, Morgan negó los cargos de plano,
y sostuvo que las cartas escritas a los bucaneros eran
falsificadas; por su parte, Syndlos se declaró listo «a
salir en una fragata con un patache de seis u ocho cañones para habérselas con los corsarios en el mar y
someter el jefe de ellos a la obediencia de Su Majestad, o traer sus cabezas a destruir sus buques (4)~,
Casi no puede dudarse de que Morgan a poco de su llegada a Jamaica. escribiera a ciertos filibusteros para
ofrecerles, a nombre del gobernador. merced y amparo
en Port Royal; pues, en realidad, aun existen éjemplares de esas cartas, aunque no se sabe si en efecto fueron utilizadas (5).
Charles Sarre, Secretario de Sir
Henry Morgan. confesó que las tales cartas habían sido
escritas, pero en la inteligencia
de que el gobernador
las aprobara, y que cuando esto fué negado Sir Henry
se abstuvo de remitirlas (6).
Es natural suponer que
Morgan abrigase simpatías por sus antiguos compañeros de corso, y probable que en 1675, en
primer
el
(1)
(2)
(3)
[bid., 1675-76, No. 916.
[bid., No. 1.126.
[bid., Nos. 99R, 1.006.
(4) [bid., ~o. 1.1¿9.
(5) ¡bid.,
No. 1.129 (VII, VIII); ej. tamhien No. 657.
(6) Cal. de Papo de Est., Her. col., 1675-76. No. 1.129 (XIV,
XVII).
206 momento de su vuelta a Jamaica,
respaldado
por la
manifiesta aprobación de la corte británica, respecto a
todos sus actos anteriores,
e incierto acaso sobre la
verdadera actitud de Lord Vaughan hacia los ladrones
de mar, Morgan hubiera dado algunos pasos incompatibles con el sistema de categórica supresión, adoptada
por el gobierno.
Aun es creíble que se mostrase indis·
creta en algunas de sus expresiones relativas al gobernador ya sus procedimientos; además, sus modales ásperos, inconvenibles y destemplados, propios de sujetos
criados en paises nuevos, y recrudecidos por su primitiva camaradería con los bucaneros,
repugnarían
a un cortesano hecho a los refinamientos
de Whitehall.
Es evidente, asimismo, que desde un principio
Lord Vaughan concibió marcada prevención contra su
teniente, juzgando a través de ella todas las acciones
de Sir Henry; pero es algo significativo el hecho de que
no obstante haber sido remitida al Consejo Privado de
Inglaterra la relación de la disputa y del examen ante
el Consejo, aquella cámara no creyera conveniente remover a Morgan de su puesto hasta pasados seis años.
Coma a Modyford y a Lynch. a Vaughan la mortificaba la existencia de la colonia francesa
establecida
en la Española y Tortuga.
Los bucaneros
británicos
que no querían presentarse a favor de la proclama de
indulto publicada en Port Royal, continuaban aún azotando los mares con patentes francesas y conducían sus
presas a puertos franceses.
El gobernador de Jamaica
protestó ante M. d'Ogeron y ante su sucesor, M. de
Pouanç;ay, declarando que cualesquiera navíos o súbditos británicos cogidos con patentes
contra los españoles serían tratados a guisa de piratas y rebeldes; y en
diciembre de 1675, cumpliendo con órdenes del rey,
dictadas en agosto anterior, publicó una proclama al
efecto (1).
La Asamblea sancionó en abril de 1677
una ley por la cllal se declaraba felonia el hecho de
que cualquier súbdito inglés perteneciente
a la isla sirviera a un príncipe a Estado extranjero sin licencia
expedida con la firma y sello del gobernador (2); y en
(1)
¡bid.,
(2)
¡bid.,
631>, 741.
1677-80, No. 313; ej. tambIén
~M.
Nos. 478,486.
207 Julio siguiente ordenó el Consejo que se dictara otra
proclama para ofrecer amplio indulto a todos los individuos a servicio del extranjero que dentro de doce
meses se acogieran al beneficio de la ley (1). Parece
que estas medidas tuvieron buen éxito, porque Peter
Beckford, escribano del Consejo de Jamaica, comunicaba
ello. de agosto al Secretario Williamson que desde la
adopción de la ley se habían presentado
y sometido
por la menos 300 corsarios, y que pocos hombres aventurarían ya la vida por el servicio de Francia (2).
Mas, el camino del gobernador no era todo de
rt)<:as. ni aun con los favorables resultados
de esta ley.
El filibusterismo se había consuSra1H;icldú l,ulte :::::: ~?
vida de la colonia que resultaba difícil extirparlo del
todo. Sirvientes fugitivos y otros elementos de la isla
se incorporaban con frecuencia a las filas de los bucaneros; miembros de la Asamblea y aun del Consejo,
tenían participación en las empresas de los corsarios; y
como el gobernador carecía de fuerza naval suficiente
para enfrentarse a los delincuentes
con independencia
del Consejo y de la Asamblea, sus esfuerzos eran a
menudo infructuosos.
Un escosés llamado
James
Browne, provisto de una patente expedida por M.
d'Ogeron y con una tripulación mixta de ingleses,
franceses y holandeses, apresó un barco holandés negrero, frente a la costa de Cartagena, dió muerte al
capitán holandés y a varios de sus hombres y desembarcó a los negros, como en cantidad de 150, en una
remota bahía de Jamaica.
Lord Vaughan envi6 una
fragata que secuestró a unos 100 de los negros, y
cuando Browne y los tripulantes de su navío cayeron
en manos del gobernador,
éste los hizo procesar y
condenar por ¡¡iratería.
Se mandó decapitar a Browne,
pero a sus hombres, que eran ocho, se les perdonó. El
Cilpitán pidió a la Asamblea que se le concediera el
beneficio del Acta de Corsarios, y la Cámara envió dos
comisiones al gobernador para procurar la suspensión
de la sentencia; Lord Vaughan, sin embargo, se negó a
(1) ¡bid., No. 3r;~.. Una proclama semejante
mayo de 1681; cf. ¡bid., 1681-l'5, No. 102.
(2) Ibid., No. 375.
fué expedida
-en
-- 208 --.
oir las súplicas y dictó órdenes
para la inmediata ejecución del fallo. Media hora después del ajusticiamiento en la horca se presentaba el prevoste con una
orden del Presidente de la asamblea para que fuese
observado el decreto de Habeas Corpus del Juez Supremo, tras lo cual, ofendido por aquella acci6n,
Vaughan disolvi6 en el acto la Asamblea (1).
La colonia francesa de la Española
constitu!a un
motivo de preocupación para los jamaiquinos,
no s610
par servir de refugio a los corsarios de Port Royal.
sino también porque amenazaba ahogar en breve a la
antigua colonia hispánica
y absorber
toda la isla.
Bajo el régimen conciliador y oportunista de d'Ogeron.
los establecimientos franceses del oeste de la isla ha·
bían crecido rápidamente en número y magnitud (2);
mientras las viejas ciudades españolas parecían debilitarse y verse más expuestas a ataques todos los años.
d'Ogeron. muerto en Francia en 1675, tuvo siempre
en mientes el proyecto de apoderarse de Santo Domingo, capital española; pero era demasiado
inerme para
cumplir semejante plan sin auxilio de la metrópoli. y
este nunca le fué otorgado; con todo, el sistema implantado por él fué seguido por su sobrino y sucesor,
M. de Pouançay, de manera que cada defecci6n ocurrida en Jamaica semejaba un apoyo prestado a los
franceses para satisfacer sus ambiciones.
Era evidente,
sín embargo, que a los intereses británicos en las Indias Occidentales
no les convenía que los franceses
adquirieran
preponderancia
en ellas.
Las colonias
españolas con su extenso territorio, escasa población y
mezquino sostén por parte del gobierno metropolitano,
no tenían probabilidades
de constituir una seria amenaza para las islas británicas, además de que con sus
(1) Cal. de Papo de Hst., ser. col., 167ï-~0, Nos. 243, 365,383;
Mss. de HgertOtl, 2.295, f. .'\91.
(2) En Memoria dirigida a madama <le Montespan, fecha el
1:\de julio de 1677, se consigna r¡lle la pohlaci6n de la Santo Do·
mingo francesa era de 4.000 a S.OOU, entre blancos y negros.
La
colonia abarcaba una faja costanera cie SO leRuas de longilurl y 'J
o 10 millas de an cho. y producía 2.0oo.00U de libras de talJllco por
año.
(BibI. Nat. Nouv. Acq., 9.325, f. 25~).
-
209
grandes riquezas
y recursos
poseían
pocas fábricas y
ofreCÍan un campo tentador,
explotable
por los comerciantes
ingleses;
mientras
a las colonias francesas
era
fácil abastecerlas
con mercancías
de la madre
patria, y
en caso de guerra resultarían
más peligrosas
como vecinos que los españoles.
Permitir que los franceses
se
apoderaran
de Santo Domingo hubiera
sido dades un
predominio
indisputable
en las Indias
Occidentales
y
hacerlos dueños de los mares circundantes.
Durante la segunda
guerra de conquista
e~prendida por Luis XIV contra Holanda.
1<1 alianza
con los
bucaneros
fué útil para los franceses
de las Indias Ocr::identa!es, pero cornu solía or.llrrir :>nr ~~'.:(:!!:.:;
::J.lci.\ia::>
lOS españoles
pagaron
las consecuencias.
Cinco a seis
corsarios
británicos
sorprendieron
en la primavera
de
1677 la ciudad de Santa Marta, y según
informes
llevados a Francia, el Gobernador
y el Obispo
convinieron en darles un rescate a los merodeadores,
para evitar que fuese quemada
la población;
mas, el gobernador de Cartagena.
en vez de contribuír
con piezas de a
ocho, despachó
500 hombres
por tierra y tles bajeles
por vía marítima para echar
a los invasores,
todo ello
con la secuela de que a las tropas
españolas
se las
derrotó sin mucho trabajo, en tanto que los buques,
al
ver el pabellón francés flameando
sobre el fuerte y la
ciudad, regresaban
a Cartagena;
los corsarios
se lleva·
ron consigo al gobernadar
y al Obispo y por julio tocaban en Jamaica.
Los ingleses
que figuraban
en la
expedición,
como en número de. 100 y conducidos
por
los capitanes Bames
y Coxen, se sometieron
en Port
Royal bajo los términos
del Acta contra los corsarios,
y entregaron
a Lord Vaughan el Obispo de Santa Marta.
Vaughan
cuidó de hospedar
bien al Prelado y fletó un
navío para enviarlo a Cartagena,
con la cual •.el buen
anciano se complació
en extremo»;
también
procuró
que se le confiase la custodia
del gobernador
y demás
prisioneros,
pero sin resultado,
a causa de «la obstinación y abominable
cólera
de los franceses.
porque
los
ingleses los habían
abandonado»
y sometídose
a Lord
'vaughan
(1).
(1)
Cal. de Papo de Est .. ser. col., lfoiÎ-l:>O, )los .. Hi,
\'01. 6~, f. 102.
3i.", 3~J,
1.'¡9Î; Papo de Est., España,
14
-
210 -
A comienzos del siguiente año de 1678, el Conde
de Estrées, Vicealmirante
de la escuadra francesa en
las Indias Occidentales, organizaba poderosa escuadra
para ir contra los holandeses de Curazao, y envió dos
fragatas a la Española con orden del rey para que se
le incorporase Mr. de Pouan~ay junto con 1.200 bucaneros.
De Pouançay
reunió la gente en Cap François y salió para Saint Kitts con las fragatas y
algunos barcos
filibusteros surtos en el puerto; allí
se le unió un escuadrón de quince o más buques de
guerra, procedentes
de Martinica, y mandados por el
Conde d'Estrées; toda la flota, compuesta de treinta
bajeles, zarpó hacia Curazao el 7 de mayo, pero al
cuarto día, como a las ocho de la noche, naufragó entre unos arrecifes de coral cerca de la Isla de Aves (1).
Como los pilotos franceses habían estado en desacuerdo
sobre la exacta posición de la flota, el Almirante tomó
la precaución de enviar un brulote y tres bucaneros va·
rias millas adelante del resto del escuadrón.
Por desgracia, estos exploradores eran de muy poco caladg y
pasaron por sobre los escollos sin tocarlos; un bucane.ro fué el primero en tropezar e hizo tres disparos para
advertir a el almirante, quien al punto encendió luces
y lanzó cañonazos para alejar el resto de los buques;
pero éstos, equivocando las señales, hicieron fuerza
de vela, y en breve la mayor parte de la flota encallaba
en los arrecifes; los del ala izquierda,
advertidos a
tiempo por una chalupa del buque almirante, lograron
virar en redondo.
El salvamento de las tripulaciones
fué cosa lenta por lo grueso de la mar y las difi·
cultades con que tropezaban los botes para acercarse a
los buques perdidos; se àhogaron muchos marineros y
tripulantes, y siete buques de guerra, además de varios
bajeles bucaneros, se estrellaron en los arrecifes.
El
Conde d'Estrées pudo escapar, y se alejó con los restos·de su flota hacia Petit Grave y Cap Franç;ois en la
Española, de donde regresó a Francia el 18 de
junio (2).
(1) Isleta situada al este de Curazao, a 129 de latitud ~epteDtrionsl y 679 <41'de longitud occidental.
(2) Saint Ives G. Les campagnes de Jeao d'Estr~e~ dan~ la
mer des Antilles, 167~78; cf. asimismo C. de P. de E., ser. col.,
-
211 -
Las noticias recibidas en Barbada
acusaban
a los
bucaneros
de haber
abandonado
al almirante
después del accidente,
estorbando
así la reducción
de
Curazao, que d'Estrées
hubiera emprendido
a pesar del
siniestro (1); pero sea como fuere, es el caso que de
Pouansay
dejó en la Isla de Aves a Grammont,
uno de
los principales
jefes de ellos, para que recogiera
la que
pudiese del naufragio
y reparara a~gunos de [os buques
corsarios
(2). Una vez cumplido
este encargo,
y hallándose escaso de provisiones,
se dió a la vela acompañado de unos 700 hombres
con el propósito
de caer
sobre Maracaibo;
y tras seis meses en el lago, capturando buques y saqueando
todos lOS eSlauit:l.ill,ië.¡ic:;
de la comarca,
se alejó a mediados
de diciembre
(3).
El Marqués
de Maintenon,
comandante
de la fragata
«La Sorciere» y auxiliado
por aigunos filibusteros
franceses de Tortuga, se hallaba a principios
del mismo año
en la costa de Caracas,
donde arrasó las islas de Margarita y Trinidad.
Procedente
de Francia,
había llegado a las Indias Occidentales
a fines de
1676, y salió
de Tortuga
al frente
de 700 u 800 hombres,
pero
su escuadrón
tuvo
poco éxito y por último se dis-
1677-80, :>lOb. 604, 642, ó6.'í, 687-9U, 71~, 741 (XIV, XV),1646--47.F;xiste la ,-ersión de que el gobernador bolandl's eJe l'urazao envió
tres corsarios con orden de esperar la Ilota frances". pero sin exponerse a ser capturados: y que los franceses, al descubrirlos,
les
dieron caza, pero que desconocien,lo aquellas aguas se Jes atrajo a
los arrecifes.
(1)
Cal. de Papo de ¡'st., ser. co!., 1677-80,
Nos. 1.646-47.
(2) Dampier dice acerca de est:. ocurrencia: ,Los corsarios ....
me dijeron qne si hubierall ido a Jamaica, cada uno COll -,IJ libras
esterlinas en el bolsillo, no pudieran haberse solazado más, porque
se conservaron en 'Ilanga aparte, en observación del desharata.
miento de los barcos, para reco¡¡-er los efectos que salían de ellos;
y aunque mucho se despedazó contra las rocas, siempre flotaban
envasas de vino y brandy en auundancia sobre los arrecifes. donde
los corsario, esperaban para reco¡;:erlos. Estuvieron
aJ1í cerca de
tres semanas, en espera de ocasión para trasladarse de nuevo a la
española, tiempo durante el c\lai nUl1ca faltaron dos o tres barricas de vino y de brandy en S'1S tiendas, y barriles de vaca y puerco.
-Dampier,
ed. de 1906, l, pág. 81.
(3;
Charlevoix,
op. ci/.,
lib. VllI,
pág. 120.
-
212 -
persó (1). Otras cuadrillas de filib~steros saquearon a
Campeche, Puerto Príncipe, en Cuba, Santo Tomás del
Grinoee, y Trujillo, en la provincia de Honduras; y de
Pouançay, para consolar a los bucaneros
por sus pérdidas en la Isla de Aves, envió 800 hombres, a las
órdenes de Sieur de Franquesnay, con el objeto de que
atacaran a Santiagc d'e Cuba, mas, se ?resume que la
expedición parara en un fracaso (2).
Al conde de Carlisle le fué reiterado el nombramiento de Gobernador de Jamaica (3) el l°. de marzo
de 1678. Carlisle llegó a su nueva sede el 18 de julio (4), pero Lord Vaughan, al parecer por causa de
malasalud, había salido ya para Inglaterra a fines del
mismo mes dejando por sustituto a Sir Henry Morgan, el
cual mantuvo su puesto bajo el nuevo gobernador (5).
A raíz de su llegada, Lord Carlisle llamó a los corsaríos
y los excitó a que se radicaran en la isla, con la esperanza, según su propio relato, de poder apartarlos de
sus correrías habituales y acaso de utilizarlos en la temida guerra con Francia, porque entonces la isla no
tenía' más de 4.000 blancos aptos para llevar las armas, secreto que no convenía hacer del dominio público» (6). Si las intenciones
del gobernador
eran
sinceras, los resultados debieron traducirse en amargas
decepciones, porque si se presentaron algunos bucaneros, otros perseveraron en el antiguo tráfico, y aun los
que volvieron abusaron del indulto recibido.
Así varios buques filibusteros, mandados
por los capitanes
Coxon, Sharp y otros que habían regresado a Jamaica,
practicaron en el otoño de 1679 una incursión en el
golfo de Honduras, pillaron allí los almacenes
reales,
(1) BibI. Nacional,
nuevas adquisiciones
Charlevoix, op. cit., lib. VIII, pág. 122.
9.32.<;, fol.
260:
(2) ¡bid., pág. 119, Cal. de Papo de Est., ser. col., 1677-80,
Nos. 815, 869; Diario de Beeston, octubre 18, 1678.
(3)
Cal. de Papo de Est., seT. col., 1670-80, NOB, 569,575, 618.
(4)
[bid., No. 770.
(51 [bid., Nos. 622,646.
(6) Cal. de Papo de Est., 1677-80, Nos. 770, ~15, 1.516; Diario
de Beeston, octubre Ill, 1678.
-- 213 .cargaron con 500 cajas de índigo (1), además
de cacao, cochinilla,
conchas de Tortuga,
dinero y plata labrada, y tornaron
con su botín a Jamaica.
Ignorando
el recibimiento
que se les haría,
uno de los navíos
desembarcó
su cargamento
de añil en sitio no frecuentado de la costa, y los restantes
anunciaron
que a me
nos que se les permitiera
llevar el botín a Port Royal,
pagando los derechos
de aduana,
se irían a Rhode Island a a alguna de las colonias
holandesas.
El gobernador
les había to:nado fianza de buena conducta a
alg~nos de los capitanes,
en vísperas de salir de Jamair.i1,
mas con todo se les permitió
conducir
el índigo
a la adualJa y ùiviJ;,:u
ci ¡';':~i¡¿:~Z :::e:-;¿:~!"!a:
e~ ~~!'1tn
que a la fragata «Success»
se le ordenaba
costear a
Jamaica
en pos de otros corsarios
que no volvieron
a
Port Royal ni satisficieron
los derechos
sobre el botín.
La abundancia
de índigo
turbó considerablemente
el
comercio en Jamaica,
y por algún tiempo
el producto
importado
ocupó el lugar del azúcar y el índigo nativo,
como medio de cambio; se paraliz6 la manufactura
en
la isla, los precios bajaron y sólo las aduanas
reales recibieron algún beneficio
positivo (2).
Además, los mismos
corsarios
emprendieron
en
breve un proyecto más amplio: los seis capitanes
Sharp,
Coxon, Essex, Allison,
Row y Magott se juntaron
en
Point Marant en diciembre
de 1679 y el 7 de enero
salieron hacia Portobelo
con cuatro barcos
y dos goletas; los dispersó una terrible tormenta,
pero eventualmente llegaron todos indemnes
al punto de cita;
allí
recogieron
otra barca
mandada
por el capitán Cooke,
que había
zarpado
de Jamaica
para
concurrir
a la
misma empresa,
y asimismo
un navio corsario francés,
(1)
de España
En
setiembre
t:levaba
de
este
168il, dou
l1úmero
Pedro
a 1.000 ""
Ronquillo,
su :¡ueja
Embaj'ldor
a Carlos
Il d"
Inglaterra.
(2) Cal. de Papo de R~l., ser. col., 1667~'\O, ~os. 1.1S0, 1.1>\8,
1.199. I.S16; Diario de Beestoll. set. 29 y oct. 1) de 1678.- ·En COIlte~taci6n
a las quejas del Embajador
d" España, Lord Carhsle ale·
gaba
ignorar]a
tlas,
y
legal.", •.
aseguraba
procedetlcia
haber
del índigo
s¡clo
IIcvado
así admitido
a
Port
Royal
t:n ¡as
adua-
,,"U barcos
-
214 -
mandado por el capitán Lessone.
Se dirigieron a Portobelo en canoas con más de 300 hombres y tocando
tierra a veinte leguas de la ciudad, marcharon
durante
cuatro días por la ribera del mar, rumbo a la población.
Ya en una aldea indígena. como a tres millas de Portobelo, fueron descubiertos por los naturales. y uno de
ellos corrió a la ciudad, gritando: «Ladrones! Ladrones!»
Aunque «muchos de ellos se hallaban extenuados por haber carecido de alimentos durante tres días. y
con los pies herido:; por las piedras por falta de
zapatos», los bucaneros avanzaron a toda prisa sobre
la ciudad y sin estorbo entraron en ella el 17 de febrero
de 1680.
La mayor parte de los vecinos buscaron refugio en el castillo. desde donde hicieron un contraataque sin éxito para repeler a los invasores.
A la
tarde siguiente, los bucaneros se retiraron con su botín
y cautivos hacia un cayo o islote como a tres y media
leguas de Portobelo, donde se les unieron sus embarcaciones.
Se. habían alejado a buen tiempo para evadir una fuerza de 700 hombres enviada de Panamá, que
llegó al día siguiente de la partida de los bucaneros.
Después de apresar dos barcos españoles que iban a
Portobelo con provisiones de Cartagena,
distribuyeron
el botín, recibiendo cada individuo
100 piezas de a
ocho, y se dirigieron a Boca del Toro, unas cincuenta
leguas al norle. Allí carenaron y se ab·astecieron. y
juntándose cor. otros dos corsarios jamaiquinos, mandados por Sawkins y Harris. largaron velas para Gol·
den Island, desde donde el 5 de abril de 1680 y con
334 hombres comenzaron su marcha a través del istmo
de Darién, h&cia las costas de Panamá
y el Mar
del Sur (1).
(t) Mss. de Sloane, 2.752, f. 29; Papo ele Es!., España,
vol.
65., 121.-Se¡:-'Ínla última relaci6n, que parece derivar de fuentes
española~, la pérdida padecida por la ciudad alcanz6 a cerca de
100.000pie7.as de a ocho, más de cuya mitad constituyó el balÍn
acarreado por los corsarios. :lJurieron trece de los vecinos y cua.
tro quedaron heridos; entre los bucaneros hubo treinta muertos .
• Hablnndo de esta primera irrupci6n de los bucaneros en el Pacífico, dice Dampier:-.Antes
de mi primer viaje al Mar del Sur con
el capItán Sharp, estando yo entonces a bordo del barco del capitán
\.:0%00, en cOUlpañía de tres o c\latro corsarios más, como 4 leguas
215 En primer término, no podría absolverse a Lord
Carlisle del cargo de negligencia culpable por habeJ
tolerado que estos buques salieran de Jamaica, cuando
todos los jefes de la expedición eran corsarios de notoriedad, repetidas veces complicados
en tropelías piráticas contra holandeses y españoles.
Tanto Coxon
como Harris se habían presentado después de tomar
parte en la expedición de Santa Marta; Sawkins fué
capturado con su navío por la fragata "Success» y enviado a Port Rayai, donde parece q ue s~ hallaba en la
cárcel esperando su proceso para ello. de diciembre
de 1679 (1),' al paso que Essex había sido llevado en
noviembre por otra tragara, la «i-iulilt:l", J c¡¡j••¡ck¡dc
junto con veinte de sus tripulantes
por pillaje en la
costa jamaiquina, siendo sentenciados a muerte dos de
sus secuaces (2). Los propios bucaneros declararon
haber salido con licencia de Lord Carlisle a cortar palo
de tinte (3), cosa muy probable, aunque después que
al este de Portobelo, cogimos los paquetes que se dirigían allí desde Cartagena.
Abrímos gran número de cartas de los comerciantes, y nos encoutramos .... con que los comerciantes de varios lugares de la vieja España les daban cuenta en ellas a sus corresponsales de Panamá y de otros puntos, de cierta profesía que circulaba
aquel año en España, y cuyo tenor era. que corsarios inl1:leses
ùe las Indias Occidentales abrirían aquel año una puerta para el
::\lar del Sur, el cual suponfan ellos herméticamente cerrado; y ••n
consecuencia las carta, estaban llenas de amonestacion"s
para
que sus amigos vigilasen y cuidasen mucho las costas .
•Todos dedujimos que la puerta de que hablan debía ser el
pasaje terrestre por el pab de los indic>s de Darién, que un poco
antes de esto se hicieron amigos nuestros, y últimamente habían
reñido con Jos españoles .... y recordando las frecuentes invitacione. que un poeo antes nos hicieran estos iudios para pasar por
sU tierra y caer sobre los españoles en el mar de! Sur, principiamos
desde entonces II tomar en serio tales ideas, y pronto resolvimos
hacer]a tentativa que hicimos después, .... por lllanera que la
cogida de aquellAS cartas nos di6 la primera luz para aquello. audaz
empresa: y nos aprovechamos del miedo que inspiraba a los espa_
ñoles aquella profesía .... porque volvimos a cerrar la mayor parte
de las carta~, y las enviamos a Portobe!o'.-Ud.
1906, l, págs.
200- 20l.
(1) Cal. de Papo de Est" ,cr. eol., 1.677-80, No. 1.199.
(2) ¡bid., ::-'0. 1.188.
(3) Mss. de SIoan", 2.572, f. 29.
-
216 -
estos individuos habían puesto en juego la misma astucia cuando invadieron a Honduras, el gobernador
debía sospechar sus positivas intenciones.
Lord Carlisle partió de súbito para Inglaterra en
la fragata "Hunter", a fines de mayo de 1680, quedando otra vez Morgan en ejercicio como teniente gobernador (1).
Durante la travesia encontróse
el gobernador con el capitán Coxon que habiéndose peleado
con sus compañeros en el Pacífico. hubo de regresar
por el Darién a las :IlJias Occidentales
y merodeaba
de nuevo por las costas de Jamaica.
La "Hunter»
le dió caza durante veinticuatro
horas, pero menos
velera que el corsario, se satisfizo con apresarle a Coxon dos buques medianos que habían sido abandona·
dos de sus tripulaciones ~2). Samuel Long, a quien el
gobernador suspendiera de su cargo en el Consejo y
privara de su puesto como Juez Supremo de la Colonia
por opuesto a la nueva Constitución,
la acusó en Inglaterra ante el Consejo Privado por connivencia con
los piratas y excitación a que llevaran a Jamaica el producto de sus rapiñas. Aquellos cargos se inspiraban, sin
duda,en un propósíto de venganza, pero, no obstante, los
dos años que Lord Carlisle pasó en Jamaica se señalaron
por la creciente actividad de los filibusteros y la desidia
y negligencia del gobierno, hecho cuya responsabilidad
debe atribuirse sólo a Carlisle, bien que sería ir demasiado lejos acusarlo de apoyar y estimular de modo
deliberado
a los bucaneros.
En el ejercicio de la
autoridad suprema de la isla, Sir Henry Morgan se
mostró celoso en la persecución de los piratas y sinceramente empeñado en Ilevarlos ante la Justicia; y como
Carlisle y Morgan procedían siempre en completa aro
monía, puede creerse que los errores de Carlisle obe·
decieran á. negligencia más bien que a co]usión. Los
filibusteros
que llevaban cargamentos a Jamaica contribuían a aumentar Jas rentas de la ista, y un gobernador de gastos extra vagantes y medianos ingresos no
se mostraría demasiado escrupuloso acerca del origen
(1) Cj. Archivos Coloniales.- Correspondencia
Santo DominRo, vol. T; Martinica vol. IV.
(2) (al. de Papo de H!lt., ser. col. 11'11.516.
general
de
-
217
de los artículos que pasaban
por las aduanas.
Además, es sabido que no pudiendo
obtener de los comerciantes de la costa dominicana
los cables, anclas, brea
y otros abastos navales
necesarios
a sus armamentos,
los corsarios franceses
tenían
que ocurrir a otras islas
para comprarlos,
y que Jamaica
se beneficiaba
con
este comercio.
Asímismo,
las provisiones
abundahan
más en Port Roya! que en el wl-de-sac de la Española,
tanto que los gobernadores
franceses
se quejaban
ante
el rey de que los filibusteros
conducían
la mayor parte
de su dinero a colonias extranjeras
para adquirir tales
efectos.
Los navíos franceses
que fueran
a Jamaica
del radio de Jas leyes contra
la piratería,
dictadas
por
la Asamblea,
y sus visitas eran tanto más gratas cuanto pagaban sus compras
pronto y libera!mente
en buenos doblones españoles
(1).
Poco antes de partir hacia Inglaterra,
Lord Carlisle había dictado en mayo de 1680 un auto general,
encaminado
a la aprehensión
de Coxon,
Sharp y demás individuos
que saquearon
a Portobelo;
Morgan
expidió ello.
de julio un auto semejante,
y cinco días
más tarde una proclama
contra todas las personas
que
mantuvieran
cualquier
clase de correspondencia
con
las tripulaciones
indicadas
(2). Se capturó a tres individuos que habían tomado
parte en la empresa
y se
les encarceló
hasta la próxima audiencia
de la corte;
pero los amigos
de Coxon que eran al parecer
casi
todos los miembros
del Consejo.
ofrecieron
dar
2.000
libras esterlinas
en fianza de que nunca
tomaría
otra
comisión, salvo del rey de Inglaterra,
si le era permitido volver a Port Royal; y Morgan
le puso una carta
a Carlisle, solicitando
su aprobación
(3).
A fines del
(1) Cj. Archivos Coloniales. Corresponde:tcia
general
de
Santo Domingo, vol. 1; Martillica, vol. IV.
(2) Cal. de Papo de Est., ser. col., 1677-80, Nos. 1.420, 1.425,
Mss. de Sloane, 2.724. f. 3.
(3) :\'Iss. de Sloane, 2.724, f. 198 -Es probable que Coxan no
se sometiera, porque Dempier dice que a fines de mayo de 1681,
merodeaba por las Samballas, islas de la costa del Darién, en un
navio de diez cañones y 100 tripulantes.
COll siete 11 ocho cor_
sarios mlls.-Ed. de 1906, l, Pá.R.57
-
218
siguiente enero, Morgan tuvo noticia de que un célebre corsario holandés, llamado Jacob Everson, y comandante de una goleta armada, había echado anclas
en ]a costa con un bergantín capturado recientemente,
El teniente gobernador tripuló un mediano bajel con
cincuenta hombres escogidos y los envió en secreto a
media noche para capturar el pirata.
La goleta de
Everson fué abordada y apresada con veintiséis piratas,
pero Everson y varios más escaparon saltando al agua
y ganando la orilla.
A los prisioneros, en su mayor
parte ingleses. se les procesó seis semanas después, y
convictos de piratería fueron sentenciados
a muerte;
mas el teniente gobernador hizo suspender el suplicio
y pidió instrucciones al monarca,
el cual ordenó en
consejo el 16 de junio de 1681 la ejecución de los
reos (1).
Notable fué el destino de los bucaneros que tras
el saqueo de Portobelo,
atravesaron el Istmo de Darién hacia los Mares del Sur.
Por diecisiete meses
recorrieron en todas direcciones la costa suramericana
del Pacífico. quemando y pillando ciudades hispánicas,
dando y recibiendo golpes terribles con igual brío, manteniendo en febril aprensión las provincias españolas
del Ecuador, Perú y Chile, y al fin haciendo el difícil
tránsito por el Cabo de Hornos para volver a las islas
de barlovento en enero de 1682.
Como tocaran en \a
isla de Barbada. supieron que la fragata «Richmond,.
se hallaba en la rada, y temerosos de ser capturados
siguieron hacia Antigua, donde el gobernador, coronel
Codrington, les negó licencia para entrar en el puerto,
de manera que preocupados de su peligrosa situación,
resolvieron separarse,
desembarcando
algunos en Antigua, mientras Sharp y dieciséis más iban a Nevis,
donde tomaron pasaje para Inglaterra.
Una vez allí,
varios de ellos. inclus:) Sharp, fueron detenidos a instancias del Embajad)r d~ Españ3.. y procesldos
por
piratería en e: Mar del Sur, pero escaplron
a la con(1) [bid.,
f. 200; Cal. de P"p. de Hst., ,er. col., 1681-1;5,
;o.;os.
16,51, 144, 431.-Everson
no fué tirado ni muerto en el agua como
infiere el informe de Morgan, !lues floreció aún por muchos añoll
el1tre lOI wis célebrell capltane~ bucaneros.
-
219 -
den a por deficiencia de la prueba producida (1). Cuatro de la partida arribaron a Jamaica,
donde se les
aprehendió, procesó y sentenció.
Uno de los cuatro,
que se había entregado voluntariamente,
delató a sus
cómplices para librarse de la condena; dos fueron señalados por los jueces como dignos de la real clemencia; y respecto del otro, <(villano sanguinario y notorio»,
se recomend6 que lo ejecutaran para escarmiento
de
los restantes
(2).
La recrudescencia
de la actividad pirática entre
los años de 1679 y 1682. hizo sentir profundamente en
!amaica sus malos efectos, de manera que el estímulo
y agasajo a los corsarlu,> y :a ;;;;c:'e~:: -:: F.",.,("~ oposi.
ci6n a los esfuerzos de los gobernadores
que trataban
de suprimirlos, iban transformándose grado a grado en
la opinión pública en inequívoca hostilidad contra los
antiguos filibusteros.
Los vecinos comenzaban a darse
cuenta de que el bienestar de la isla residía en el fomento de la agricultura y no del filibusterismo.
Agri.
cultura y filibusterismo
en consorcio eran incom·
patibles. y los colonos escogieron el mejor camino entre
uno y otro. A pesar de los frecuentes procesos y eje·
cuciones de Port Royal, los merodeadores parecían tan
numerosos como nunca, y aun más inc6modos; el comercio particular con los españoles se hallaba en suspenso; a cada nuevo éxito de los bucaneros salían
aún de la isla para engrosar su número sirvientes fugitivos, deudores y otros sujetos en situación conflictiva
a desesperada: y !a mayor parte de ellos. individuos
ya fuera de ley en Jamaica. arrastrados a la desesperación. se convertían del todo en piratas y comenzaban
a hostilizar sin empacho a los buques de cualquier pabellón, incluso los de Inglaterra.
Morgan pidió reiteradas veces a la metrópoli el envío de pequeñas fraga·
tas de poco calado para costear la isla y sorprender
a
los filibusteros, y al mismo tiempo solicitaba órdenes
que la autorizardn a embarcarse
y mandarlas, porque
(1) Diario <le Rin¡¡-TO,e.
C.f. talubil'n.
Papo de Rst., España,
vol. 67, f. 169; eal. <le Papo de Est., ser. col., 1681-35. ~o. 872.
: 2) Cal. de Papo <le Hst., ser. col. 1681-!l5, Nos. 431, 632, 713;
!\lss. hist., ~omision~s, VII, 405b.
-
220 -
«entonces no me será muy difícil reducirlos o dejarlos
sin buques en poco tiempo» (1). «El gobernador,escribía el Consejo de Jamaica a los Lores de Comer.
cio y Colonias. en mayo de 1680 -casi no puede hacer
nada por falta de barcos para reducir a los corsarios. y
de leyes categóricas para castigarlos;»
y en consecuencia encarecía
la ratificación de! Acta sancionada
por la Asamblea dos años antes, ley que calificaba de
felonía el hecho de que cualquier súbdito británico
residente
en las Indias Occidentales sirviera bajo un
príncipe extranjero sin la venia del gobernador
(2).
Aquella Acta. y otra encaminada a la mayor eficacia en
el castigo de los piratas, las consideró el Consejo Pri·
vado en febrero de 1678. y ambas fueron devueltas a
Jamaica con algunas enmiendas de poca monta; la
Asamblea las sancionó de nuevo como una sola Acta
en 1681 y finalmente quedaron incorporadas en el Ac·
ta jamaiquina de 1683, «para reprimir y castigar a corsaríos y piratasll
(3).
CAPITULO VII
LOS
BUCANEROS
SE HACEN
PIRATAS
El 25 de mayo de 1682 regresaba a Jamaica Sir
Thomas Lynch. en calidad de gobernador de la Colonia (4). Entre los cuatro gobernadores activo~, a contar
desde 1671, Lynch se destacó por «:'1 sincero y tenaz empeño con que se propuso corregir los males del
filibusterismo; Lord Vaughan demostró poca simpatía
por los corsarios, pero adolecía de un carácter irascible, a la que se agregaba. según ciertos informes, una
(1) Cal de Papo de Ibt., ,er. co!., 167ï-RO, Nos. 1.425, 1.462.
(2) /bid .. No. 1.361.
(3) ~al. de Papo de Est .. ser. coL. 16ïï-ll.O, :-los. 601, 606, 607,
611; ibid., 1681-85, No. 160; Mss. ad .• 22. 676; Actas del çousejo
Privado, ser. col., l, No. 1.203.
(4) Cal. de Papo de Est., ser. <'01.16~1-85, nos. 501, 552. Cf.
tambi~n Nos. 197. 227.
221 codicia que oscurecía
el brillo de su nombre.
Si [JO
estimuló de modo directo a los filibusteros,
el Conde
de Carlisle
fué harto
negligente
en
cumplir
el
deber de eliminarlos;
en tanto que Morgan,
aunque en
los años de 1680 y 1681 se mostrara
muy celoso en
el cast;go
de sus viejos camaraàas,
no pudo escapar
a la sospecha
de haberles
prestado
secreta ayuda bajo el gobierno do:""
ci Vaughan.
:"a tarea de Sir Thomas Lynch habla sido muy difícil en 1671. El lilibusterismo se hallaba
entonces
en su apogeo;
turno a
turno habían sido saqueadas
tres
ciudades
españolas
de Tierra Firme; las proezas de estos soldados
irregu·
~(iïc~ ;iJi:citïíci0aï¡
(;: aiiíLiC¡I~i..:. j :ÜJ Lü:.Jc...~ de :-i:Cj"~~¿C
res y taberneros
en Port Royal rebosaban
de dob!ones
españoles,
de esmeraldas
y perlas de Nueva
Granada
y de las costas de Río Hacha,
y de oro y plata labrada
procedentes
de los templos y catedrales
de Portobelo
y Panamá;
el antiguo gobernador,
Sir Thomas Modyfard, había gozado de popularidad.
y su política
más
aún.
Sin embargo.
gracias
a su tacto y firmeza y a
una actividad infatigable
para los escasos medios de
que disponía.
Lynch inició en la isla una política nueva y revolucionaría.
que sólo requería
de sus sucesores el mero deber de continuarla.
El problema
que
confrontaba
en 1682, aunque más arduo, era más senci!lo. El fi!ibusterismo
iba transformándose
a prisa en
pura piratería.
Leyes
y proclamas
reiteradas
habían
planteado
para los bucaneros
el dilema
de recurrir a
ocupaciones
legítimas.
o de vivir por siempre
proscritos. Muchos se presentaron,
algunos
para radícarse.
otros en espera
de la primera
ocasión
para volver a
escapar;
pero también hubo muchos que rehusaron
del
todo obedecer
a las admoniciones,
confiando
en la
protección
de los franceses
establecidos
en la Española, a tan apegados
a su atroz e inmisericorde
modo
de vivir que prefirieron
los graves
riesgos de la proscripción.
Al propio
tiempo,
se había modificado
el
criterio de los vecinos de la isla; los colonos
veían con
mayor Claridad los daños
económicos
y sociales que
los bucaneros
habían atraído
sobre
la isla, y comenzaban a darse
cuenta
de que la presencia
de tales
-
222 -
elementos desalentaba
la agricultura,
ah uyenta ba el
capital, reducía el número de trabajadores, y daba pábulo a la embriaguez, al libertinaje y a toda suerte de
escándalos. La Asamblea y el Consejo estaban acordes con el gobernador acerca de la necesidad de poner cese a aquella úlcera invasora,
y Lynch podía
proceder con la seguridad que le daba la convicción
de hallarse sostenido por la conciencia de su pueblo.
El de «La Trompeuse~ fué uno de los primeros
y más notables casos de la conversión del filibusterismo
en piratería. Por junio de 1682. antes de la llegada
del gobernador LYnch, tocó en Port Royal, en viaje de
Cayena, Guayana, un capitán francés, llamado Peter
Paine o Le Pain, con el barco mercante «La Trompeuse», perteneciente al Rey de Francia. Dfjoles a Sir
Henry Morgan y al Consejo, que teniendo noticia del
inhumano tratamiento que se daba en Francia a sus
correligionarios
protestantes
había resuelto devolver
su barco y pagar lo que debía por contrato, a cuyo
efecto pidió licencia para vivir entre los ingleses al
amparo de Inglaterra. Sin detenerse a averiguar
los
antecedentes
del solicitante, el Consejo le permitió
prestar el juramento de fidelidad y esta'o\ecerse en
Santiago, mientras desembarcaba
su cargamento. libre
de derechos. Fletado luego por dos jamaiquinos, el
buque salió a cargar palo de tinte en Honduras. con
la orden de seguir hacia Hamburgo y de entregarlo al
agente francés (1). Muy ligero e inconsiderado había
sido el proceder del Consejo, y sus consecuencias
produjeron interminables molestias. En breve se supo
que Paine no era dueño del cargamento.
sino que
había huido con él de Cayena, y dispuesto por propia cuenta tanto del bajel como de la mercanCÍa. El
Embajador francés en Londres se quejó ante el monarca británico, la cual dió motivo para ordenarle a
Sir Thomas Lynch y a Stapleton, gobernador
de las
islas de Sotavento, que detuvieran a Paine y trataran
de que el barco s610 fuera cargado a beneficio de sus
(1) (:al. d~ Papo d~ Est .. ,,~r. col., 1681-8..';, Nos. 364-366,
431, 668.
-
223 -.
legítimos
dueños
(1). Entre tanto un pirata francés
llamado Jean Hamlin,
seguido de 120 aventureros,
salió con una goleta en persecución
de «La Trompeuse», y habiendo
dado con ella invitó
al capitán y al
piloto para que pasaran
a bordo de su propio
barco
y luego apresó el navío.
Después
de llevar
la presa
a alguna caleta a bahía para carenarla
y aparejarla
como buque de guerra, emprendió
un loco crucero
pirático, capturó
dieciséis o dieciocho
bajeles
jamaiquinos, maltrató
de modo bárbaro
a las tripulaciones
y desmoralizó
todo el tráfico
de la isla (2).
Lynch
de~pachó con una fragata
ai capitán Johnson
por octubre út: iúG2 pu;':' :¡-.:e !::·..!ss~r'l~'rj,,~trl1yp.ra el oirata, pero pasados
dos me~es de inútiles pesquisas,
regresó
a Port Royal.
Lynch supo en diciembre
que
«La Trompeuse»
se estaba carenando
en las cercanías de la isla de la Vaca, y envió una nueva fragélta, «La Guernesey»,
con el fin de capturarIa,
pero ya
el cauteloso
pirata
se había
dado a la mar.
La
«Guernesey»
volvió a ser despachada
el 15 de febrero con órdp.nes terminantes
para que no se alejara de
la costa de la Española,
hasta
que el pirata desapareciera a fuese destruido;
y a Coxon,
que parece gozaba de favor en Port Royal,
se le envió para que
ofreciera a un corsario llamado
Yankey,
gente,
vituallas, indulto y naturalización.
amén de 200 libras esterlinas en efectivo
para él y Coxon, si perseguía
a
«La Trompeuse»
(3).
La última
noticia acerca
de
Hamlin
procedía
de las Islas Vírgenes,
donde fué recibido y hospedado
por el gobernador
de Santomas,
isleta perteneciente
al Rey de Dinamarca
(4). Sentados
sus leales allí, robó a varios navíos británicos
que se interpusieron
en su ruta,
y previa la promesa
de ampararlo en Santomas
a su regreso, obtenida del gobernador
(1) {bid., ::-J'os. 476, 609, 668.-Paine
fué remitido desde Ja·
maica al gobernador de Cussy, eu 1684, y enviado por éste a
Francia en una fragata. (BibI. NaI., Nouv. Acq., 9.325, f. 334).
(2)
Ibid., Nos. 66K, 769, 963.
(3)
Cal. de Papo de Est.,
(4)
{bid., ~os. 1.06.'1,1,313.
':19:\.
~er., col., 1681~,
::-J'os. 769, 963,
-
224 -
danés, emprendió viaje hacia el Golfo de Guinea. El
barco de Hamlin llegó en mayo de 1683 a la costa occidental de Africa, bajo la apariencia de un buque de
guerra británito, y cruzando de arriba abajo el litoral
de Sierra Leona, capturó a destruyó en varias semanas diecisiete navíos holandeses y británicos, a los cuales despojó de oro en polvo y de negros (1). Los piratas riñeron luego por el reparto del botín y se dividieron en dos mangas, siguiendo la mayor parte de
los ingleses a cierto capitán Morgan en una de las
presas, mientras
los restantes volvían a las Indias
Occidentales
en «La Trompeuse», que llegó en julio
a Dominica, donde desertaron
cuarenta de los tripulantes, quedando sólo dieciséis blancos y veintidós negros a bordo. Al cabo los piratas echaron anclas el
27 en Santomas, cuyo gobernador los admitió
y recibió con benevolencia y les permitió desembarcar
el
fruto del pillaje (3). A los tres días el capitán Carlisle,
comandante del buque de guerra británico «Francis,.,
quien había sido enviado por el gobernador Stapleton
en persecución de los piratas, penetró en el puerto, e
informado por el' piloto y por una balandra
inglesa
surta allí de que el barco frente a! suyo era el pirata
•.La Trompeuse_,
le pegó fuego y la voló a la noche
siguiente. Hamlin y algunos de la tripulación se hallaban a bordo, pero a vuelta de hacer algunos disparos
escaparon a tierra. El buque pirata portaba treinta y
dos cañones y a no faltarle tripulantes. Carlisle hubiera
podido encontrar formidable resistencia. El gobernador
de Santo mas envió a Carlisle una nota de protesta por
haber pegado fuego secretamente.
como decía, a una
fragata ya confiscada a nombre del Rey de Dinamarca (2), bien que para protegerlos, envió a Hamlin y
a su gente en un bote a otra parte de \a isla, y más
adelante le vendió una goleta al pirata y lo dejó partir en bu~ca de los filibusteros franceses de la Española (4) ..
No. 1..\13.
lbid., Nos. 1.190, 1.216.
(3) lbid., No. 1.173
(1) lbid., 1';os. 1.168, 119U,1.223. 1.:\44; ej., también
Nos. 1.381,
1.464, 1.h03. ~n junio de 1684 se consigna que "Hawlin, capiUn
(1)
(2)
lbid.,
225
-
El gobernador
danés de Santomas,
cuyo nombre
era Adolfo Esmit, había sido también
corsario.
y empleado su valimiento
en la isla para despojar
del gobierno a su hermano Nicolás Esmit, gobernador
legítimo.
Protegiendo
y estimulando
a los piratas-desde
luego
por interés-vino
a ser un mal vecino para las británicas circundantes.
Aunque
sólo contaba
con 300 a
350 habitantes
en Santomas,
en su mayor parte ingleses,
pretendía el dominio de todas las Islas Vírgenes, acogía
sirvientes,
marineros
y deudores
fugitivos,
proveía
de armas y vituallas
los bajeles piráticos y se negaba a
ent~egar los buques y tripulaciones
capturados
y cooduciùos a nllArt(1 [l"r ,,,,: ~;~::~::c;
(i).
::: Rey de DInamarca había enviadc
ur. nuevo gobernador,
cuyo nombre era Everson,
para desposeer
él Esmit,
pero no llegó
a las Indias Occidentales
hasta octubre de 1684, cuando
con el auxilio de una
goleta armada que el Consejo
británico ordenó a Sir William Stap!eton
que le facilitara, tomó posesión
de Santomas
y de su pirático
gobernante
(2).
El segundo estorbo con que tropezó
Sir Thomas
Lynch el primer afta de su regreso,
fué el estímulo
prestado
al corso
por Robert
Clarke.
gobernador
de
Nueva Providencia,
una de las islas Bahamas,
el cual
a título de represalia
contra ofensas
de los españoles
concedió
patentes
a div(:rsos
corsarios,
inclusive
Coxon, el mismo célebre cabecilla
que en 1680 condujera
a lOS bucaneros
hacia los mares de: Sur.
Coxon llevó
su patente a Jamaica
y la mostró a! gobernador
Lynch,
quien
incomodado
en extremo,
dirigió a Clarke
una
enérgica nota de reorobación
(3). Desde luego, el
de .La Trompeu~e", ocup6 un navjo de .\6 cañones el mes último
en la costa del Continente, con sesenta de sus antiguos tripulany otros tantos !Juevos. Se dan a sí mismos el Ilombre de piratas,
y a su navío el de "La Nouvelle Trompeuse", y habla!J de su antigua estación en la bla de Vacas". (lbid., 1'\0.1.759).
(1) Cal. de Papo de Est., ser. col., 1681-85. :-<os. 7i7, ,1gS,
11i19,1223,1376, 14ï1-1474, 1504, 15.\5, 1537,1731.
(2) ¡bid., Nos. 1222, 122." 1676, 167~, :686, )909; cf. también
Nos. 1382, 1547, 1665.
(3) ¡bid., Nos. 552, 599, 6é8, 712.-Coxon continuaba indeciso
entre someterse al gobernador de Jamaica o declararse en abierta
15
~
226 --
otorgamiento de tales patentes era contrario al tratado
de Madrid y por el solo hecho de darles a los piratas
otra disculpa de sus acciones, complicaba
en grado
sumo la tarea del gobernador de Jamaica,
Lynch
remitió la patente de Coxon a Inglaterra, desde donde
en agosto de 1682 les ordenaron a los propietarios de
las Islas Bahamas que comparecieran ante el Consejo
y respondieran por las transgresiones
de su gobernador
(1) mas, ;os ptopietarios habían obrado ya de su propia
iniciativa, tanto que el 29 de julio dieron instrucciones a
un nuevo gobernador, Robert Silburne, para que arrestara a Clarke y la guardase bajo custodia hasta que diese fianza de responder a las acusaciones en Inglaterra, y
de retirar todas las comisiones contra los españoles (2).
Todo el embrollo parece haber surgido a causa del
naufragio de un galeón hispánico en las Bahamas; los
españoles de San Agustín y La Habana acostumbraban
acudir al sitio del siniestro para extraer lingotes de plata,
pero echados de allí por el Gobernador y vecinos de la
isla de Nueva Providencia,
se dieron en represalia a
despejar bajeles que iban a las Bahamas o venían
de ellas,
por donde
Clarke, sin parar mientes
rebelión.
Por octubre de 1682 Sir Thomas Lynch ]0 envió con
tres baj"'¡es al Golfo de Honduras en persecución de los ingleses cortadores de palo de tinte.
',Su gente maquinó adueñarse
dt:1 navío para darse al cor,o, pt:ro él resislió valientemente,
mató uno o dos de propia mano, echó once al agua y aquí
(Port Royal) trajo tres. que fueron condenados el viernes último •. (lbid., No. 769. Carta de Sir Thomas [,inch, nov. 6, 1682).
Transcurrido nn año. había vut:lto a la piratería por noviembre
de 168:; (ibid.,
"lo. 134~), pero en enero de 1686 se entregó al
teniente gobernador Molesworth y se dictlron órdenes para arrest"rle y procesarle en Santiago de la VeRa (ibid .• 1685-fll,\, No. 548).
Es probable que en el intervalo hubiese
escapado de la isla,
porque en noviembre del año siguiente se tuvo noticia de que
He hallaba cortando madera de lin te en el golfo de Campeche
y ~loieHworth la dt:claraba fuera de la ley por una proclama
(ibid., No. %5).
PermaneciÓ alejado de la isla hasta setiembre
de 16&1.cualldo se sometió <le l1ue\'o al gobernador
de Jamaica
(ibid.,
N'" 1l'90), y a tuertas o a derechas recuperú la ciudadanía.
(l) Cal. de Papo de Est., ser. col., 1.681--85, Nos. 660, 673.
(2)
¡bid., Nos. 627, 769'
227 en la ílegabilidad
de su proceder,
otorgó patentes
de
corso.
Por otra parte,
las Bahamas
constituían
centro
favorito para los piratas
y otros individuos
de índole
truculenta,
por lo cual Silburne
no tardó en advertir
que su cargo no era una callongía.
Además resultaba
difícíl abstenerse
de hostilizar
a un vecino que aprovechaba toda coyuntura
para
molestar
y saquear a su
colonia.
En marzo de 1685, un antiguo pirata llamado
Thomas Pain (1) urdió una trama
con otros cuatro
piratas, entonces
ocupados
en extraer plata del náufra·
S:) ;~I~A" para adueñarse
de San Agustln cie la Florida; desembarcaron
frente a la ciudad baJo el PèlLH::Uón francés, pero viendo que los españoles
se hallaban
apercibidos,
abandonaron
el plan y pillaron
algunos
establecimientos
de menor
importancia.
Asi como
Pain hubo regresado
a Nueva
Providencia,
con dos
compañeros
más, el gobernador
Silbume
quiso detenerlos a todos, pero fracasó en ello por falta
de medios
para
robustecer
su autoridad;
mas los españoles
no se
mostraron
remisos
en tomar
venganza,
sino que en
enero siguiente
despacharon
desde
La Habana
250
hombres que por la madrugada
sorprendieron
y entraron
a saco la ciudad y marina de Nueva
Providencia,
mataron tres sujetos, y cargaron
con dinero y abastos por
valor de 14.000 libras esterlinas
(2).
Cuando Silburne mandó
en febrero a preguntarle
al gobernador
de
La Habana,
si los invasores
habían
obrado
por orden
suya, el español no sólo reconoció
el hecho, sino que
amenazó con futuras hostilidades
contra la colonia británica; y en efecto, los españoles
volvieron en el transcurso del año, aunque al parecer
sin autorización
en
esta oportunidad,
y según inform~
quemi:lron todas Jas
casas, asesinaron
el gobernador
a sangre
fría y tras(1) No confundirlo
COll el Peter Paille 'lue llevó "La Tram.
peuse. a Port Royal. Pocos me,es alites de irse a las Bahamas,
Thomas Pain se bahia sometido a Sir Thomas Lynch, quien [o
envió luego a perseg-uir piratas (Cal. de Pap_ de !tst., ser. col.
1681-8~, l'os. 769, 1707).
(2) Cal. de Pap. cie Est., ser. co!., 1681-ll5, .:-lOF.
1590, 1924, 1926.
1509. 1540.
-
228
--
portaron muchas de las mujeres, nmos y negros a La
Habana (1). Cerca de 200 vecinos huyeron a Jamaica
y cierto número de los hombres. sedientos
de venganza, se incorporaron a los piratas ingleses de las Caro!inas (2)
El corso se hallaba prohibido hacía varios años
en la parte francesa de la Española, pero, con todo, el
problema de extirpar el azote fue más arduo que en Jamaica para el gobernador francés. M. de Pouançay.
sucesor de d'Ogeron, falleci6 hacia fines de 1682 o a
principios de 1683, y no obstante sus esfuerzos por
establecer el orden en la Colonia la dejó en deplorables condiciones.
Casi había desaparecido
la ant ¡gua
hermandad de cazadores, o matadores de va cas; pero
corsarios y colonos convivían en estrecha unión, y
hostigados por el despotismo de la Compañía
de las
Indias Occidentales, manifestaban sus arresto~ en un
espiritu de indocilidad que le granjeaba muchos estorbos al gobernador.
Aunque en tiempo de paz los filibusteros mantenían a las colonias francesas en conti·
nuo riesgo de ruin::l, a causa de las represalias, en
tiempo de guerra constituían el sostén de la colonia; y
así, dependiendo de ellos el gobernador para protegerse
contra ingleses, holandeses y españoles,
aunque les
hubiese retirado la patente no osaba castigarlos por sus
crímenes.
Era el caso que los bucaneros franceses
ocupaban una curiosa y anómala posición; ni corsarios
comunes, porque practicahan la guerra sin autorización;
y menos aun piratas, porque nunca se les había declarado fuera de la ley y limitaban sus hostilidades a ir
contra los españoles.
Servían bajo condiciones
impuestas por ellos mismos, a que se dignaban aceptar,
y siempre estaban listos para volver contra los representantes de la autoridad, si creían tener algún motivo
de queja (3).
(I) lbid., .Kos. 1927, 1938.
(2) lbid .• Nos. 1540, 1833.
(3) Charlevoi't, op. cit., lib. VIlI, pág. 130.-8n
1684 existían
de 2.000 a 3.000 filibusteros con la parte france<;a de la ~spañola
por centro de operaciones.
Poseían diecisiete bajel e" pro'Yistos de
baterías que oscilaban entre cuatro y cincuenta cañones. (Cal. de
-
229 -
Los bucaneros,
casi
de modo invariable,
obtenían patentes
de los gobernadores
de la parte francesa
de la Española,
pero ne> escrupulizaban
alterar el texto
de aquéllas,
por donde
una licencia para ejercer
el
corso durante tres meses,
la transformaban
con facilidad en un permiso para pillar por tres años.
Además,
estos documentos
pasaban
de un corsario a otro, aun
mucho
tiempo
después
que había
cesado
el motivo
porque fueran expedidos.
Así, por mayo a junio de
1680 y en virtud de antigua
comisión
que le otorgara
de Pouansay
antes del tratado de Nimega,
practicó de
Grammont
un brillante
asalto
nocturno
contra
La
G'.'::,!~"} ~1.1~~:':' ~:!!':~!~:J :: C:::-2:::.
S61.: 17 de S~~
180 secuaces
participaron
en la toma efectiva
de la
ciudad, muy bien protegida
por dos fuertes y cañones
sobre las murallas, pero al día siguiente
tuvo noticia de
que venían 2.000 hombres de Caracas,
y como el enemigo concentraba
tam bién fuerzas en las aprC'xi maciones de) puerto, se vió en el caso de re~i 'a I ~e a sus
navíos, movimiento
ejecutado
en tan difíciles
circunstancias que a la cabeza de un puñado
de sus más valientes
compañeros,
de Grammont
tuvo que cubrir el
embarco por dos horas arreo ante las acometidas
de los
españoles.
Aunque
herido
de gravedad
en el cuello,
apena!'
perdió
ocho
a nueve
hombres
en todo el
combate:
se llevó consigo al gobernador
de La Guaira
ya otros muchos prisioneros.
mas el botín fue escaso;
se retiró a la Isla de Aves para curarse de :a herida,
y
tras prolongada
convalescencia
volvió a Petit Coa·
ve
(1).
Estos mismos
filibusteros
de la Española
ejecutaron empresa
más vasta sobre las costas de Nueva
¡'-:spaña en 1683,
Por abril de aquel año ocho capitanes
bucaneros se concentraron
en el Golfo de Honduras
Caf!
el propósito de atacar a Veracruz:
;os jefes de la cuadrilla eran dos holandeses,
¡¡amados
Vanhorn
y LaurefIS de Graff entre los seis capitanes
restantes
había
tres holandeses,
un francés
y dos ingleses.
Vanhorn
Papo ritoE"t., ser. coL, 1681-85, !'\o. 66H; Bibliotequto :-'¡ationel,
velles Acqui,itions, 9.325, f. 336).
(1)
Charlevoix, op. cit., lib, VIII. ¡.>ágs. 128-30,
~011'
-
230 -
había salido de Inglaterra en el otoño de 1681 al frente
de un barco mercante: el .:Mary and Martha», alias
.:Saint Nicholas»; pero en breve se reveló tal cual era,
tocando en Cádiz con dos de sus navíos y robándose
cuatro cañones españoles; luego zarpó hacia las Canarias y la costa guinea, despojando
buques y salteando negros y, por fin, en noviembre de 1682, llegaba
a Santo Domingo, donde quiso vender su negro cargamento; de Santo Domingo siguió a Petit Goave. reunió
300 hombres y fué il unirse con Laurens en el Golfo de
Honduras (1). También Laurens se había señalado
poco antes por la captura de un navío español en viaje
de la Habana a Santo Domingo y Puerto Rico con cerca
de 120.000 piezas de a ocho, destinadas al pago de las
tropas; los filibusteros se distribuyeron 700 piezas de a
ocho cada uno, y conduciendo el buque apresado a Petit Goave se las arreglaron con el gobernador francés,
mediante participación en el botín (2).
Los bucaneros, en número más a menos de mil,
se juntaron en Cabo Catoche y a mediados de mayo
siguieron la derrota de Veracruz.
Advertidos por algunos prisioneros de que los españoles esperaban por
entonces dos na vías procedentes de la costa de Caracas, apiñaron en dos de sus bajeJes la gente de desembarco, formada por unos 800 hombres, izaron el pabellón hispánico y navegaron hacia ia ciudad, cuyos malhadados
vecinos los confundieron con sus propios
compatriotas y aun encenàieron luces para señalarles
el rumbo.
Los piratas desembarcaron el 17 de mayo
a media noche, como a dos millas dPo la población, y
al amanecer se habían apodcrildo de la ciudadela y
sus fuertes.
Encontraron dormidos a soldados y centinelas y "a todos ¡os habitantes en sus casas tan quietos y tranquilos corno en la tumba.»
Ocuparoll la
plaza durante cuatro días, silqueando los templos. ma·
radas y convenIos y como no hallaran bastante plata
labrada y joyas en la medida de sus previsiones,
ame·
nazaron con reducir a cenizas la Catedral con todos los
(!)
Cal. c¡e l'al'.
cie Est ..
1065.
(2)
lbld.,
!\os. 7rH, 712.
'eL
col.,
1681-:).~,Nos. 963, 998,
-
231 -
priSiOneros en ella a no traérseles
un rescate
de las
comarcas
circundantes.
Don Luis de Córdoba,
el gobernador, fué descubierto
el tercer día por un inglés, oculto entre la paja de un establo, y rescatado
por 70.000
piezas de a ocho.
Entretanto
la Flota española,
compuesta de doce a catorce navíos,
y procedente
de Cádiz, había permanecido
al ancla durante dos días fuera
del puerto y a vista de la ciudad,
pero sin aventurarse a efectuar un desembarco
ni un ataque
contra los
bajeles vacíos de los bucaneros,
bien que la cercanía
de semejante
fuerza produjo
desasociego
a los piratas,
~ê."t/') más cuanto
el Virrey
d~ México
se aproximaba
con un ejército por el camino áe ;el C¡;~:::::!.
¡:;o., consecuencia
el cuarto día largaron velas
a vista y pa·
ciencia de la Flota, hacia un cayo próximo, donde
dividieron
el despojo en mil a más porciones
de 800
piezas de a ocho cada una.
Se cuenta
que el sólo
Vanhorn recibió treinta porciones
para sí propio y sus
dos navíos, resultando
de ello que como él y Laurens
nunca
habían
estado
en buenos
términos,
riñeron
y
combatieron
por el reparto, y Vanhorn
salió herido en
el puño; pero como la herida parecía muy leve, propuso regresar y atacar la flota española.
con la oferta de
abordar él mismo la capitana,
rehusado
la cual por
Laurens,
se alejaron los bucaneros
con más de ,~il esclavos.
Según informes,
los invasores
no pel dieron
sino cuatro
hombres
en la jornada.
Pasados
unos
quince días Vanhorn murió de qangrena
a causa de la
herida. y de Grammont,
que por entonces
hacía de teniente suyo, condujo
su buquê a Petit Goave, adonde
Laurens y la mayor parte de los otros capitanes
habían
arribado
ya
(1).
(1) Calendario de Papo de Est., ser. col., 1681-~.í. No.1.163.Charlevoix, lib. V ¡¡[, pág-. 133; Narración in "erta en los viajes y
aventuras del capitán Bartolomé Sharpe y otros en .r,os :llares <leI
Sur ••. Londre" 16M.-E;¡ gobernador Lynch escribía en julio de
1683: .Todos los gobernadcores <le América conocían este u\ ism"
proyecto hace cuatro o cinco meses .• Cit~lld) un manuscrilo español de !a Colección de Navarrete, t. X, No. 33. dice Duro que el
botín de Veracruz a]callzlÍ a má, ele lr.'s millol1es de reales de plata
e11 joyas y merc:1.derias,
po~ 1a~('l1ales ~xhfjt"rull ios ifl\13S0reS 1111
rescate de 150.000pí"zas de a oello.
-rambiél1 se llevaron,
.eg(¡n 1;,
-
232 -
La flota mexicana, que regresó a Cádiz el 18 de
diciembre, s610 constaba de la mitad de sus unidades
ordinarias, por la carencia de mercado tras la visita de
los corsarios; y el gobernador de Veracruz. fué sentenciado a pena capital por su negligencia en defender la
ciudad (1). El Embajador
de Españ'i en Londres,
Ronquillo, solicitó de Carlos Il que le ordenase a Sir
Thomas Lyuch cooperar con un emisario a quien enviaba el gobierno español a las Indias Occidentales para inquirir Jas circunstancias de esta última agresión de
los bucaneros, y taIt::; órdenes se le comunicaron
a
Lynch en abril de 1684 (2).
M. de Cussy, nombrado por el monarca francés para
suceder a su antiguo colega, de Pouanç;ey, llegó a Petit Goa'le por abril de 1684, y halló a los bucaneros a
punto de abierta rebelión a causa de los esfuerzos de
de Franquesnay, gobernador interino, para cumplir las
órdenes categóricas recibidas de Francia y encaminaJas a la supresión de aquéllos (3).
Visitó de Cussy
todas las comarcas de la colonia y con tacto, paciencia y oportunas concesiones
logró restaurar
el orden
en ella. Advirtió que no obstante las instrucciones de
Francia la seguridad de la parte francesa de la Española, dependía de la querencia y clientela de los ladrones de mar, mientras él se viese rodeado de vecinos celosos y la paz de. Europa fuese cosa precária, y
cuando de Grammont y otros varios capitanes solicitarelación, 1.300 e~c1a"o~. tOp. n't., V, pág. 27l}. El real de plata
era un octavo del pe"o o pieza de a ocho.
(1) Papele, de Est., España. vo!. 69, f. 339.
(2) lbid., vol. 70, f. .'i7; Cal. de Papo ele Est., ser. col., 1681-1:\5,
No. 1.633.
(3) Durante el breve gobierno de Franquesnay,
I,amens, desalojado de la Española por las riKurosas U1edida~ del g'obernador
coutra los corbarios, dtó a entender qUl'c deseaba ponerse al servicio
del gobernador de Jalnaica.
El Consejo Privado facu1tó a I...yucb
para tratar con él, ofreciénclole indu \to y licencia para radicarse en
la isla, previa fianza de buen comportamiento futuro; pero de Cus"y llegó en el in tervalo, trastrocó la política de Franquesu"y,
recibió a Laurens COti todos los houores debidos a Un béroe militar y
se propuso atraerlo al servicio del gobierno.
(l.:harlevoIX. "p. cil.,
lil>. VIII, pá¡?;s. 141,202; Cal. de Papo de Est .. ~er. col., 16SH,5,
Nos. 1.210, 1.249, 1.424, 1.461, 1.64':1,1.71~ Y 1.839).
-
233 -
ron patente contra los españoles, el gobernador convino al cabo en otorgadas a condición de que ellos
persuadiesen a todos los fílibusteros
ahuyentados
por
Franquesnay, que volvieran a la colonia.
En agosto de
1684 arribaron dos comisionados, Begon y Saint Laurent, con el objeto de prestarle auxilio en la reforma
de aquella disoluta comunidad,
pero en breve llegaron
a las mismas conclusiones
del gobernador y le dirigieron al rey una memoria en que aconsejaban el empleo de medidas menos severas; el monarca no se avino con sus insinuaciones de transacción,
y de ~~ssy,
forzado a tratar por las malas a los bucaneros, halló
que su cometido no era íd.,,;: ..:.••.... i;;::!::: ::~:j'_~nn (1 \. En
vista de la resuelta actitud de las autoridados \ c'onstitUidas, muchos de los filibusteros acordaron trasladar
sus correrías a ¡as costas americanas
del Pacífico,
donde estarían a salvo de intervención por parte de los
gobiernos británico a francés.
La expedición de Harris, Coxon, Sharp y sus socios a través del Istmo en
1680, había inflamado la imaginación de los bucaneros
con las probabilidades de saqueo y aventura en aque·
lias remotos parajes.
Otras partidas, tanto inglesas
como francesas, habían seguido al pronto las huellas
de los citados capitanes, y ya transcurrido
el año de
1683 fué práctica primordi,,¡ de los bucaneros el hacer incursiones a los Mares del Sur.
Los indios del
Darién y sus más feroces vecinos de la costa de Mosquito. por la común enemigos de los españoles, se aliaban con los bucaneros. los cuales, en sus penosas
marchas por entre la tupida vegetación tropical de
aquellas regiones. debían con frecuencia
al auxilio
oportuno y buenos oficios de ~os naturales. el logro definitivo de sus propósitos.
En el verano de 1685, un año después de la llegada de Cussy a la .-:spañola, de Grammont y Laurens
de Graff, volvieron a juntar sus fuerzas en la Isla de la
Vaca, y no obstantp. los esfuerzos del gobernador para
inducidos a; abandono de su proyecto, zarparon con
(1) l'harlevoix,
op. rit., lib. VIII, p!i)!s. B9-I~S; Cal. de Pap_
de E't.,-ser. co!., 1685-88, No, 378.
--
234 -
1.100 hombres,'rumbo a la costa de Campeche. Los españoles frustraron una tentativa contra Mérida, pero la
propia Campeche fué ocupada tras débil resistencia y pero
maneció por seis semanas en poder de los franceses. Ya
reducida a pavesas la ciudad y volados los fuertes, los
invasores se retiraron a la Española (1) Refiere Charlevoix que antes de partir los bucaneros celebraron
el
feslival de San Luis con una inmensa luminaria en ha·
nor del Rey, en la cual quemaron palo de tinte por
valor de 200.000 coronas, que representaban la mayor
parte de su botín.
Los españoles
de la Española,
que mantenían una guerra constante pero tibia con sus
vecinos franceses, se animaron
a renovar las hostilidades con motivo de las depredaciones de los bucaneros en los Mares del Sur y de los saqueos de Veracruz
y Campeche, y de Cussy, que anhelaba
atraerse a tan
emprendedor y arriesgado
jefe como de Grammont,
obtuvo para éste, en setiembre de 1686, el nombramiento de «Lieutenant de Rey" en la costa de Santo
Domingo; pero al saber la nueva honra que se le otorgaba, de Grammont quiso asestarles un último golpe a
los espafíoles antes de retirarse a vida honorable: armó
un navío, largó velas con 180 hombres y más nunca
vol vió a saberse de él (2). A Laurens de Graf! se le
hizo Mayor al propio tiempo, y vivió para tomar activa
participación en la guerra contra los ingleses de 1689
a 1697 (3).
(1) Charlevoix, op. cit., lih. IX ,págs. 197-Ç9; Duro,. op. ci!.
V., págs. 273-14; Cal. de Papo de Est., ser. col., 1685-88, Nos. 193,
339, 378, n",.
(2) Según Charlevoix.
cle Grammorlt,
oriundo de París,
entró en la real marina y se distingui6 en diversos combates uavales. Por fin apareció eu las Indias Occidentales en calidad de
comandante de una fragata armada en corso .v cerca de Mortinica
apresó un buque holandés, valuado en 400.000 libras. Condujo su
presa" la E,pañoJa donde perdió al Juego y consumili en derroches todo el producto de la captura; por donde, no atrtvifndost:
a
volver a Francia se incorporó a los hucan •.ros.
(3) .Laurens-lamille
Raldran, señor de Gralf, teniente del
rey en la isla de Santo Domingo, capitán de fragata ligera, cahaIlero <leSan l.uis',-tal
los títulos COli que se decoraba desde que
entró al servicio del 1II0narca frallcés.
(Vaissiere, op. cit., pág. 70,
nota).
Charlevoix asegura que era uatural de Holanda¡ se hizo
-
235 -
Estos semipiratas, a quienes el gobernador francé~
no osaba prestarles franco apoyo ni tampoco desauto·
rizados. constituían sempiterna causa de molestias para el gobernador de Jamaica; no escrupulizaban
ata·
car a los barcos mercantes y pescadores británicos y,
cuando perseguidos,
se refugiaban en Petit ;}oave,
puerto del cul-de·sac situado al extremo oeste de la
Española, que por largo tiempo había sido el santuario de los filibusteros y que tenía en poco la autoridad
del lugarteniente del rey (1).
En Jamaica se creía
que los corsarios obraban mediante comisiones regulares emanadas de las autoridades francesas, y Sir Thomas Lynch se quejo ce t:ilu d,;¡;,cliè~~ ':ec~~ ",,,te de
Pouanç;ay y su sustituto.
También escribió a Inglateartillero en la mari na española y por su destreza y bravura ascen·
dió al puesto de comaDdante de navio; enviado a aguas ameri·
canas, lo captUlaron los bucaneros, a cuyas filas se incorporó.
Su
nombre inspiraba tal terror en todas las costas españolas que en
los templos se pedía al cielo que guardara a los habitantes de la
furia del corsario. Divorciado de su primera mujer, cOD quieD
casara eD TeDerife por 1674, contrajo nuevo matrimonio en marzo
de 1693con una nùrmanda o bretona llamada Marfa Ana Dieu-IeVeult, viuda de uuo de los primeros coloDos de Tortuga (ibid).
Se refiere que cierto dfa, creyéDdose gravemente ultrajada por
Laurens, María Ana salió a buscar!o, pist<,la en mano, para pedirle
satisfacción de la ofensa, y que considerando digna de êl a aquella
amazona, de Graff le dió excusas y cas6 CODella. (Duché, fJp. lit.,
p:íg. lB, nota). ED compañía de Iberville, I,aureDs de Graff,
zarpó de Rochefort con dos navíos en octubre de 1698, yen Mobile y las bocas del Misisipí ech6 ]05 funrlamentos de LuisiaDa.
(Duro, op. cit., V, p. 306), De Graff murió en mayo de 1704.-([.
tambiên BibI. .Na!., Nuevas adquisicione',
9.325, f. 'l11.
(1) Cal. de papeles de Est., 16S1-85, .Nos. 1.958, 1.962, 1.%4,
1.991, 2.000.-Dampier escribe en 1685que .durante muchos años
ha sido costumbre del g-obernador de Petit Goave entregar patentes
en blanco a muchos de sus capitanes, autorizándolos
para concederlas a quien juzgaran conveniente .... :\unca \'Í Dinguna de estas
patentes .... pero he sabido que su objeto consiste en dar licencia
para pescar, y cazar. La ocasión de ello es que .... en época de
paz estas patente~ se con cedeD como cédula a las personas de UDO
y otro bando, es decir, franceses y españoles en la Española, para
proteg-er]os del partido adverso; pero, eD efecto, los franceses no
las limitan a la Española, sino que las convierteD en título para
IIna depradación general en cualquier parte de Amhica, por tierra
a por agua.-Ed. 1906, I, págs. 212-13.
-
236-
rra con el fin de pedirle al Consejo averiguara con el
Embajador francés si aquellos gobernadores
tenían
autorización
para expedir comisiones bélicas, a fin
de que sus fragatas
pudiesen distinguir
entre la
piratería y el corso lícito (1).
Sin embargo, excepto en Petit Goave, los franceses deseaban sinceramente conservarse en paz con Jamaica,
y .hacían cuanto
les era asequible por satisfacer las demandas de los
ingleses, sin enojar indebidamente a los bucaneros. Se
hallaban en la misma situación que Lynch en 1671, el
cual, aunque anhelando hacer justicia a los españoles,
no se atrevía a enajenarse la voluntad de los f¡libusteros
que los despojaban y que, si ahuyentados, podían volver sus armas contra Jamaica.
Parece que el propio
Vanhorn al salir de la Española para unirse con Laurens en el Golfo ·de Honduras, había sido enviado en
realidad por de Pouansay ~n persecución de ~La Trpm·
(1) Cal. de Papo de Est., sel'. co!., 1681-85; Nos 668, 769,
942,948, 1.281, 1.562, 1.759; t'Md.,l685-88, No. 558.-En
memoria
dirigida al Rey por MM. de Saint-Laurent y Begon en febrero de
1684se consigna que el año precedeute ciertos filibusteros encan·
traron eu un patache capturado a los españoles una carta en que
el gobernador de Jamaica exhortaba a los españoles a hacerles la
guerra a los franceses de la Española y les prometía buques y otros
recursos para destruir por completo la colonia. Semejaute carta
provocó terrible indignación de parte de los colonos franceses
contra los inll'leees (cf tamhiéu Cal. de Papo de Est., ser. co!.,
1681-85,No. 1.348). Poco después, ,;egúl1 la misma memoria, \111
navío británico de 30 cañones se dej6 ver por algnnos días en el
canal que existe entre Tortuga y Port de Paix. Como el señor de
Franquesnay enviase a pedir explicaci6n de esta conducta, recibi6una lacónica respuesta en que se les sill'nificaba quO" el mar era
libre para todos, ante lo cual el gobernador francés envió una
barca COli 30 filibusteros para atacar a los ingleses, pero los fili·
busteros regresaron bien escarmentados.
De Franquesnay ocurdó
en aquel trance al capitán De Grammont, que ac-.<babade llegar de
un crucero en un barco de 50 cañotles, para que saliera contra el
intruso, y al frente de 300 corsaríos. de Grammont atac6 a la fra.
gata inglesa, cnya resistencia fué tan vigorosa como autes, mas
con efecto diferente, porque de Grammont se aferr6 al punto con
su adversario, la abordó y, salvo el capitán, di6 muerte a todos
los ingleses. BibI. Nat., Nuevas adquisiciotles, 9.325, f.332.-En
-105 archivos
coloniales brit.1nico- no se hace referencia a este
incidente.
-
237 -
peuse» y de otros piratas, sobre lo cual escribió su
teniente de Grammont al gobernador Lynch; pero una
vez mar afuera, tomó la derrota de Centro América,
donde preveía un lance más provechoso que el de
perseguir piratas (1).
Sir Thomas Lynch falleció en Jamaica el 24 de
agosto de 1684. y el coronel Hender Molesworth asumió el mando. en su carácter
de teniente-gobernador (2), porque Sir Henry Morgan, aún en ejercicio
de este cargo después del regreso de Lynch a J amaiGil,
fué suspendido más tarde de sus funciones en el
COl1~t;jv j de: t,.,rlo otro empleo p6b!ico,
bajo la acusación de embriaguez, desorden e inr.;ílQ¡;';~;-;:! J" d~sobediencia contra el gobierno. A su cuñado, Syndlos.
se le exoneró por motivos análogos, y a Rogerio
Elletson. perteneciente a la misma facción, se le depuso de la Procuraduría general de la isla. A Lynch
lo apoyaron en esto la Asamblea y el Consejo. y sus
actos merecieron
inmediata aprobación
en Inglaterra (3); mas aunque había disfrutado de la confianza
de la mayor parte de los jamaiquinos. que lo veían
como salvador de la isla. dejó tras sí en las personas
de Morgan, EJletson y sus turbulentos compañeros, un
grupo de enemigos implacables que hicieron cuanto
estuvo a su alcance para desacreditar la memoria del
magistrado ante las autoridades de Inglaterra.
Varios
de estos individuos, encabezados por ElIetson, acusaron al difunto gobernador de haberse apropiado mercancías piráticas, confiscad'1s en favor del rey, bien
que tales cargos se desvanecieron, cuando el tenientegobernador Malesworth practicó las investigaciones del
caso, poniéndose en claro que los informes de Elletson
procedían de segunda mano y eran deficientes, por lo
cual el nombre de Lynch quedó más que vindicado.
En realidad, el gobernador poseía tan poco dinero a
la hora de su muerte, que la viuda tuvo que pedir
(1)
Cal
(2)
[lJiri.,
de Papo de Est., ser. col., 1681-85, No.963.
Nos. 1.844, 1.852.
(3) Cal. de Papo de E,t..
ser. col. 1681-85, Nos. 1.246, 1. 249.
1.250, 1.294, 1.295. 1.302, 1.311. 1.348, 1.489, 1.502, 1.503, 1.510,
1.562, 1.56.3, 1.565.
-
prestadas 500
rales (1).
238 -
libras esterlinas
para
pagar
los fune-
Azarosos fueron los últimos años de Sir Thomas
Lynch. No sólo turàaron la paz de la isla «La Trompeuse. y otros corsarios franceses que merodeaban
alrededor de la Española: no sólo amargó sus días la
lucha contra una reducida facción, beoda e insolente,
que trataba de anular sus conatos para imponer orden
y mesura en la colonia, sino también
que la enemiga.
de los gobernadores españoles de Jas Indias Occidentales continuaba
neutralizando sus esfuerzos, dirigidos a extirpar el filibusterismo. En verdad, Lynch había sido el mejor amigo de los españoles en América;
prohibió de modo categórico la corta de palo de tinte
en Campeche y Honduras, cuando los españoles maltrataban y esclavizaban
a todo inglés encontrado por
aquellas costas (2); comunicó a los gobernadores españoles el proyectado saqueo de Veracruz (3); protegió a buques mercantes
españoles con sus propios
navíos de guerra y les brindaba hospitalidad en puertos jamaiquinos; pero, con todo, los corsaríos hispánicos seguían robando bajeles británicos y los gobernadore;; españoles rehusaban
reintegrar los barcos y
mercancías inglesas conducidos a sus puertos (4). A
pretexto de castigar a los intérlopes armaban
galeras
medianas y les ordenaban capturar torlo barco que
llevase a bordo cualesquiera
productos de las Indias (5). Carecían de efecto las cartas a los gobernadores de la Habana y Santiago;
las rutas comerciales inglesas se hallaban interrumpidas
y ofrecían
peligros; las balandras dedicadas
a coger tortuqas, a
la pesca y comercio, que suministraban
mucha parte
de la alimentación de Jamaica, eran robadas y secues(1) ¡bid.,
1¿9, 1Si.
No. 1.938: ibid.,
1.685-88, Nos, 33, 53, 57,
(¡,~,128.
168185, Nos. 1i6..'\, 769; ¡bid., 1685-88, No. 9~.
16'-\1-:-J5,¡'¡-os. 1.163, 1.198; Biblioteca !'>acional de
París, Nuevas Adquisiciones,
9.325, f. 3.12.
(4) Cal, de Papo de Est., ser. col., 1681-85, NOll. l.79E, U$54,
Ul55,1.943; ibid., 1.6ll5-88, Nos. 218, 269, 569,591,609,706,739.
(5) ¡bid.,1681-35, Nos. 1.163, 1.198,1.249, l.-.JO.
(2)
¡bid.,
(3)
¡bid"
-
239
tradas, tanto que Lynch se vió en el caso d~ construir una galera de cincuenta
remos para protegerlas (1). Es cierto que con frecuencia
las fragatas de
mediz.no porte utilizadas por el gobernador llevaban
piratas a Port Royal, y que ocurrían numerosas
ejecuciones (2), no obstante la cual aquellos parecían
aumentar a diario. Por la com:ín se encontraba algún
buque pirata merodeando en torno de la isla, listo
para acoger a cualquiera que deseara unírsele, y cuando el estatuto contra la piratería les prohibió tocar en
la isla, los aventureros se retiraron a las Carolinas a
d
~;ùc,,':' I~~J~terr¡¡ oara vender su botín y reparar 5US
navíos, por manera que siendo asequio;c:> :cdc~ re(llgios las leyes contra la piratería no mermaban tanto
el filibusterismo como despoblaban a Jamaica de sus
habitantes blancos.
En verdad, después de 1680 las colonias norteamericanas se fueron convirtiendo
cada dIa más en
refugio de los piratas echados de las aguas de las
Indias Occidentales por las enérgica!? medidas de los
gobernadores
britá!1icos. Miguel Landresson,
alias
Breha, quien había acompañado
a Pain en su expedición contra San Agustín en 1683 y constituido pe·
renne causa de inquietud para los jamaiquinos
por
sus ataques a las balandras pescadoras, se dirigió hacia Bastan donde vendió su botín de oro, plata, joyas
y cacao a los piadosos mercaderes
de Nueva Inglaterra, los cuales no tuvieron a menos sacar partido de
tan provechoso comercio y de mil amores la equiparon para otro crucero (3). El mismo Pain se presentó
en Rhode Island, con la antigua patente para la per{bid., ""os. 963. 992, 1.938. 1.949,2.025,2.067.
(2) ¡bid., ""os. %3, 992, 1.759.
(3) Cal. rie Papo de Hst., ser. col., 1681-85, Nos. 1.845, 1.851,
1.862, 2.042.-A
su nado se le da en estas cartas el nombre de
.La Tfûl1lpeuse •. A no cOt:fundirlo con el buque de Hamlin de·
bió hal.>d existido más de una .La Trompeuse.
en las Indias
Occi<lentales. Con mucha probabilidad, la fama o mala fama de
la primitiva .f.a Trompeuse' hizo que otros capitanes adoptaran
el mismo nombre por jactancia.
Rreha fué capturado en 1686 por
la armada de Barlovento y ahorcado COn nueve o: diez compañeros suyos (Charleroix, op. cit., lib. IX, pág. 207).
(1)
-
240 -
secución de piratas que le otorgara Sir Thomas Lynch
contra el recaudador
de derechos de aduana, que trataba de ponerlos a él
y a su buque bajo secuestro (1); pero la estación
principal de los piratas era la colonia de Carolina¡
cuyas costas, provistas de numerosos puertos y abras,
ofrecían seguro refugio para carenar y embonar después de una correría, y desde 1670 en adelante,
cuando el país comenzó a ser poblado por colonos
inglese'S, los piratas tuvieron en las nuevas comunidades una segunda Jamaica, donde podían vender sus
cargamentos
y reclutar sus contingentes
a menudo.
Sir Thomas Lynch se quejaba de elle, a fines de 1683,
ante los Lores de la Comisión de Comercio y Colonias (2), ~ a cuya insinuación ordenó el Rey por febrero
del año siguiente, que se enviara a todas las posesiones de América un ejemplar de la ley jamaiquina contra los pir::ltas, a fin de que fuera sancionada y apli·
cada en cada una como estatuto de la provincia (3).
El monarca lanzó el 12 de marzo de 1684 una proclama general contra los piratas de Amé'rica, documento enviado a todos los gobernadores
coloniales para su promulgaci6n y cumplimiento
(4);
pero no
obstante estas providencias y una carta en que el Rey
les advertía a los gobernadores
no prestar socorro ni
auxilio alguno a los merodeadores,
en Massachusetts
recibieron a Miguel con los brazos abiertos; la proclama del 12 de marzo fué despedazada en las calles y el Acta de Jamaica, si aprobada, nunca cumplida (5). En las Carolinas no se aprobó el Acta
sino en noviembre de 1685 (6), . aunque los Lores
propietarios habían instado por escrito a los gobernadores que pusieran sumo cuidado para que no acogieran piratas en la colonia. Condenas hubo pocas,
si algunas, y los filibusteros practicaban su trajín con
y fué protegido por el gobernador
(I)
(2)
(~)
(4)
(5)
(6)
Xos. 1.299, 1.862
Ibid, No. 1.249.
[bid., Nos. 1.560, 1.561.
[bid., Nos. 1.605,1.S62.
[bid., 1634, 1845, 1851, 1&;2.
lbid., 1.685-88, Nos. 363, 364, 6.'19,1.164.
[bid.,
241 la misma seguridad
que antes. Hacia fines
de 1686
tres galeras
procedentes
de San
Agustín
desembarcaron cerca de 150 hombres,
españoles,
indios y mulatos, pocas leguas más abajo
de Charleston,
y destruyeron varias haciendas,
inclusa la del gobernador
Moretan.
El enemigo avanzó
a Port Royal,
asoló por
completo
la colonia
escocesa
allí establecida
y se
puso en cobro antes que pudiera levantarse
una fuerza para resistirle.
Para
vengar esta irrupción
los vecinos comenzaron
a hacer preparativos
en el acto para
ir contra San Agustín, y cuando ya lista a zarpar una
expedición
compuesta
de dos bajeles
corsaríos
fran;:::C~C:J \.:0ii \,;\:;¡~a d~ sec hûiTJtúc~,
~~¿y¿ UlJ Ùuévù
gobernador,
James
Colleton,
y ordenó
disolverla
(1).
A Colleton
se le dieron instrucciones
para detener al
gobernador
Moreton, acusado
de fomentar
la piratería,
y para castigar
a los que acogían
y apoyaban
a los
filibusteros
(2), y el 12 de febrero hizo que la Asamblea sancionara
una ley nueva
y más explícita,
dirigida a extirpar el azote (3).
Jaime
II renovaba
el22
de mayo del mismo año la proclama
sobre extirpación
de los piratas, y les prometía
indulto
a todos los que
se sometieran
dentro de un término
fije y afianzaran
su buen comportamiento
futuro (4); pero la situación
eran tan grave que el monarca comisionó
en agosto a
Sir Robert Holmes
para que se dirigiera con un escuadrón
a las Indias Occidentales
a fin de acabar
con
los piratas (5); y por octubre
pasó
una
circular
a
todos los gobernadores
de las colonias,
en que les
ordenaba
el más estricto
cumplimiento
de las leyes,
porque «se ha dado en la práctica
de procesar
a los
piratas antes de hacerse
la prueba, y de emplear otras
evasivas
para obtener
su absolución
(6)>>. Jaime
lanzó otra "roclama
el 20 de enero siguiente,
con el
objeto de que los gobernadores
cooperasen
con Si r
(1)
(2)
(3)
(4)
(5)
(6)
Nos. 1.029,1.161; HUR,on: Piratas caro1inos, páp; 24.
1681-85, No. 1.165.
HUg'SOD op. cit., pág.22.
Cal. de Papo de Est., SI". col., 1685-88, Nos. 1.277, 1.278.
¡bid., No. 1.411.
¡bid, No. U63.
¡bid.,
¡bid.,
16
-
242 -
Robert Holmes y sus agentes (1); pero el problema
era más intrincado de la que preveía el monarca.
La
presencia de la escuadrá en la costa detuvo el flagelo
por algún tiempo, pero pocos años después, especialmente en las Carolinas, bajo el régimen del gobernador Ludwell (1691-1693), los piratas volvieron a crecer en número y atrevi miento, y Charleston se vió
inundada de filibusteros que gracias a la connivencia
de los comerciantes
y al pródigo reparto de dinero,
hacían burla de la ley.
En Jamaica
el teniente gobernador Molesworth
continuaba fiel a la política y espíritu de su predecesor. Envió una fragata a la Bahía de Darién para que
visitase a Golden Isle y la Isla de Pinos, (donde los
bucaneros acostumbraban
concentrarse cuando iban a
los Mares del Sur), con la orden de destruir cualquier
nave pirática existente en aquellos parajes, e hizo toda
clase de esfuerzos con el objeto de prevenir que salieran reclutas de Jamaica
(2).
A los aventureros que
regresaban de.los Mares del Sur, los reducía a prisión
y ejecutaba, y trataba coo"everidad
a sus encubridores (3). En virtud'de la proclama lanzada por el Rey
en 1684, confiscaba a favor de la corona los bienes
radicados en Port Royal y pertenecientes
a individuos
a la sazón en los Mares del Sur (4). Cierto capitán
Bannister,
que en junio de 1684 había escapado de
Port Royal en un navío de treinta cañones para darse
a la piratería, fué capturado y llevado otra vez allí por
la fragata «Ruby», pero al procesarle la absolvió el
jurado por cuestiones de fórmula; a los seis meses,
Bannister logró eludir la vigilancia por segunda vez, y
durante dos años se mantuvo capeando las fragatas
enviadas por Molesworth en persecución suya; al cabo,
el capitán Spragge entró en Port Royal por enero de
1687 con el bucanero
y tres de sus compañeros colgados de las antenas, «espectáculo
muy satisfactorio
para toda la gente buena y de espanto para los patro(1)
(2)
(3)
(4)
¡bid, !'io. 1.602; rf. también ibid., 1693 %, No. 2.243.
¡bid., 1685·88; Nos. 116, 269, 805.
¡bid., No~. 1.06f>,1.212.
¡btd., Nos. 965, 1.066, 1.128.
_. 243 cinadores
de piratas»
(1). Fué bajo el gobierno
de
Molesworth
cuando los "Vizcainos»
comenzaron
a aparecer en aguas americanas.
Parece
que a estos corsarios de' la Bahía de Vizcaya se les admitió
al servicio del Rey de España con el propósito
de perseguir
a
los piratas, pero perturbaron
el tráfico inglés
más que
los propios piratas.
Capturatlan
y despojaban
barcos
mercantes
británicos
a diestra y siniestra,
y los conducían a Cartagena,
Veracruz,
Santo
Domingo y otros
puertos españoles,
donde los gobernadores
tomaban
a
su cargo los prisioneros
y les permitían
a ellos disponer
.le :.:::; ;':1'='''~'1cí(l~ aDr~~adas.
Es presumible
que sus
comisiones
procedieran
directamente
ae id C,,¡,,;¡a, ~'
así pretendían
estar fuera de la jurisdicción
de los gobernadores
hispanos,
los cuales,
sea como fuere. declaraban
que no podían dar reparación,
y se quejaban
a las autoridades
de Jamaica
de la independencia
de
esos merodeadores
(2).
El rey autorizó en
1685 al
gobernador
de Jamaica
para destruir
a los vizcaínos
con las fragatas
reales (3).
El 28 de octubre de 1685 fué nombrado
gobernador de la isla Sir
Felipe
Howard
(4), pero
como
éste muriera a poco. fué sustituido
con el Duque
de
Albemarle
(5), quien
llegó a Port Royal en diciembre
de 1687 (6) Y deshizo por completo
la política de sus
predecesores,
Lynch y Molesworth.
Aun antes de salir
de Inglaterra,
le habían quebrantado
ya la salud
sus
hábitos intemperantes
y un" vez en Jamaica
se unió
(1) Ibid., 1681-l$.5,No,. 1.75Y, 1.852, 2.067; ¡bid., 1685-88, No
1.127 V cf. el Iodice.-Respecto
de las correrías de Joho Williams
(alias Yal1key) y Jacob Ev~rsull (alias Jacobs), dmal1te estos mis'
mos años, cf. CaL de Papo de Est.. ser. col., 16&5-85, :-;os. 259,
348,897, 1.449, 1.47ó--7, 1.624. 1.705, 1.877; 1\1ss. Históricos. Comi,
siones, Xl, pt. S, pág. 136.-\ :\1anuscrÏtos del Conde de Dart·
mouth).
(2) l'al. <le Papo <I~ Est., Ser. co!., 16~5,8H. ::-los. 1.406, 1.656,
1.70S, 1.723, 1.733; ¡bid., 1.6S9-92. ;'%s. 52, 51S; :1155.hist6r;~0~,
COlllisioneo, XI, pt. 5, pág. 13ó.
(3) Cal. de Pap. de Est..
16~5,88, ;\;0. 1.959.
(4) IMa., No. 433.
(S) Ibid., Nos. 706, 1.026.
(6) Ibid., No. 1.567.
-
244 -
con los elementos más desordenados y lit::enciosos de
la colonia; parece que sólo se proponía aumentar
su
peculio a costa de la isla, y tanto era así que antes de
partir tuvo el descaro de solicitar poderes que' le permitieran disponer del tesoro sin conocimiento ni anuencia de su Consejo y. de creerlo oportuno, restablecer
en sus cargos a Sir Henry Morgan y a Roberto Byndloss, caso éste último sobre el cual decidió el monarca
que uno y otro permanecieran suspensos hasta que Al·
bemarle hubiese dado el informe correspondiente desde Jamaica (1).
En cuanto el Duque hubo asumido
el gobierno. nombró a Rogerio Elletson Juez Supremo
.de la isla en lugar de Samuel Bernard, ante la cual
dimitieron tres jueces de la Corte Suprema, siendo uno
de ellos exonerado del Consejo por venganza del gobernador.
Asímismo, fueron suspendidos varios olros
consejeros, procedimiento contrario a las instrucciones
dadas al gobernador
para impedir la destitución arbitraria de tales funcionarios, y el 18 de enero de 1688,
ya aprobadas por el rey las recomendaciones
del Du·
que, fué admitido de nuevo Sir Henry Morgan en la
Cámara del Consejo (2); mas el antiguo bucanero no
había de gozar por mucho tiempo d,e su restaurada
dignidad, porque a cosa de un mes sucumbió de una
aguda dolencia, y el 26 de agosto fué sepultado en la
iglesia de San ta Catalina en Port Royal (3).
En noviembre de 1688 agricultores y comerciantes dirigieron al rey una protesta contra el nuevo régi.
men introducido por Lord Albemarle. «La antes floreciente isla de Jamaica se halla a punto de ser aniquilada del todo por las irregularidades de ciertas personas
menesterosas colocadas últimamente en el poder. Muchos de los vecinos más notables la eslán abandonando, otros soportan graves multas a prisiones con
poca o ninguna causa
El preboste ha sido exonerado y reemplazado
por un deudor insolvente; y a
(1) ¡bid., Nos. 758,920,927,930.1.001.
l.1i7, 1.210.
(2) Cal. de Papo de Bst., "er. col., 1685-88, Nos. 1.567, 1.646,
1.635. 1.656. 1.659, 1.663, 1.721. 1.838, 1.858.
(3)
Dlcdenario
biográfico
nacional.
-
245 -
todos los funcionarios de mayor importancia, se les ha
destituido para poner en lugar suyo personas indigentes; tal se ha hecho en las cortes judiciales. por donde
se anula el beneficio de apelaciones y prohibiciones; a
los Consejeros se les suspende sin real orden y sin
oírIos; a varias personas se las ha obligado a prestar
fianza de no salir de la isla, para que no soliciten reparación; a otras se las ha hecho comparecer
ante el
Consejo por faltas leves e impuéstoseles
innumerables
(:0<;t1l5; el dinero la han subido a veinte
por ciento de
su valor para pruicger 'l los acreedores.
Ultimamente
el adeudado preboste ha cometido ¡rau.:k: ~., filS elecciones, y sin vuestro real permiso se las ha continuado
desde el fallecimiento dei Duque de Albemarle (1).
En realidad, el morir en sazón tan oportuna tué el
mayor servicio prestado a la colonia por el Duque de
Albemarle; a Molesworth se le ordenó en el acto que
regresara a Jamaica y reasumiera la autoridad; el sistema del Duque fué eliminado por completo y restaurado el gobierno a las condiciones que tuvo bajo Sir
Thomas Lynch. Destituido Elletson del Consejo y del
cargo de Juez Supremo, Bernard volvió a ocupar su
antiguo puesto; se destituyó a todas las demás criaturas de Albemarle. y los sostenedores del régimen de
Lynch volvieron a prevalecer en el Consejo (2). Semejante medida de plena justicia fué uno de los últimos actos de Jaime H, como Rey de Inglaterra.
El 5
de noviembre de 1688 desembarcó Guillermo de Oran·
ge en el puerto británico de Torbay, y el 22 escapaba
Jaime a Francia para vivir a la sombra de Luis XIV.
El nuevo monarca escribió casi en el acto a Jamaica
para confirmar la reelección de Molesworth a quien se
le extendió nombramiento el 25 de julio de 1689 (3).
Por desgracia de la Colonia, Molesworth falleció a los
pocos días (4), sucediéndole
ei Conde de lnchiquin
(1) Cal. de Papo <lé Est.,
también el No. 1.906.
(2)
Ibid., No. 1.940.
(3)
Ibid.,
(4)
Ibtd., No. 299.
ser.
co!.,
1689-92. 1'\05.6,2<;, 292.
1.685·;)8,
:-¡o.
1.'141;
(-¡.
-
246 -
por nombramiento
expedido el 19 de setiembre (1),
Aunque partidario de Albemarle, Sir Francis Watson,
Presidente del Consejo de Jamaica, obedeció las instrucciones de 3uillermo 1lI; pero el encono de ambas
facciones era tan Ílondo que en el gobierno de la isla
hubo la más grande confusión hasta la llegada de Inchiquin en mayo de 1690 (2).
Colocando a Guillermo de Orange en el trono de
Inglaterra, la Revolución de 1688 había agregado un
reino poderoso a la cO'llición que atacaría a Luis XIV
en 1689 con motivo de la sucesión del Palatinado.
El hecho de que Jaime II aceptara la hospitalidad del
monarca francés y se sirviese de Francia como base
para combatir a Inglaterra e Irlanda, ya constituía
causa suficiente de hostilidades contra aquel reino,
descartando del todo las simpatías de Guillermo por
los protestantes del continente.
La guerra estalló en
1689, y en breve hubo de reflejarse sobre las colonias británicas y francesas de las Indias Occidentales.
En la Española, De Cussy condujo contra Santiago
de los Caballeros,
ciudad situada isla adentro, una
expedición de 1.000 hombres en que figuraban muchos filibusleros, y la expugnó y redujo a cenizas;
en desquite, y apoyados por una escuadra inglesa que
acababa de echar a los franceses de Saint Kilts, los
españoles se presentaron por enero de 1691 ante Cap
François, derrotaron y mataron a De Cussy en un
combate cerca de la ciudad y quemaron y saquearon
la colonia; trescientos filibusteros franceses perecieron
en la batalla; la escuadra inglesa visitó a Leogane y
Petit Goave en el cttl-de-sac de la Española, y luego
zarpó hacia Jamaica.
La marina británica hubo de
pasar por crueles pruebas, porque antes de desaparecer, De Cussy había aprovechado la coyuntura para
proveer de patentes de corEO a los bucaneros (3). Por
(1)
¡bid., ~o.
493.
Nos. 7, 50, 52. 54, ilS, 120, 176-1Îi\. 293, 296, 299,
514, 515, 874, 880, 980, 1.041.
(2)
lbid.,
(3) Cal. de Papo de Est., ser. col.,
ibid., 1693··%, Nos. 1931. VIl, 1934 .
16X9-92, No~. 293, 467;
-
247 --
octubre tocaba Laurens con 200 hombres en la Bahía
de Montego en la costa septentrional, y amenazó con
volver y saquear por completo la misma costa; el
terror de los vecinos fué tan grande que enviaron sus
mujeres e hijos a Port Royal, y el Consejo armó varios bajeles para ir en seguimiento de los franceses (1). Aquella novedad ponía de manifiesto el peligro de una invasión extranjera y les hizo comprender
a los jamaiquinos el espanto que experimentaban sus
vecinos españoles ante los bucaneros, a quienes los
isleños ingleses habían equipado siempre con tanta
~u;;c;t~d. ~ ~mpilrado contra la acción de las leyes.
Fiel a su palabra, Laurens volvIÓ a ja¡¡¡,,;;;:¡ e rri'1cipios de diciembre con varios bajeles, apresó ocho a
diez balandras
mercantes,
desembarcó
en la costa
septentrional
y saqueó una hacienda
(2). La guerra
contra Francia se proclamó formalmente en Jamaica
el 13deellerode
1690(3) .•
Dos años más tarde moría también Lo~J Inchiquin en Jamaica, por enero de 1692, y en junio siguiente la r/~ina nombraba teniente gobernador al coronel William Beeston (4). Antes de partir de Inglaterra Inchiquin había solicitado autorización para atraer
e indultar piratas, a fin de fortalecer la isla durante
la guerra, incorporando
a sus tropas individuos que
fueran buenos combatientes así en tierra como en el
mar; la Comisión de comercio y colonias informó de
manera favorable sobre la solicitud,:' mas. parece que
nunca fué concedida la autorización (S); bien que por
enero de 1692, el Presidente
del Consejo de Jamaica
comenzó a otorgarles comisiones a los corsarios, tanto
que a 105 pocos meses las aguas circundantes abun·
daban en goletas jamaiquinas armadas (6). El 7 de
junio del mismo año la colonia estuvo .'al punto de s€"
(1)
lbid., 1689-92. Nos. 515,616,
(2)
lbid., ~os.
(3)
lbid., ~o.
(-1)
lbid .. N'os. 2.034,2.043.2.269.
(S)
lbid.,
(6)
Ibid.,
63-",769.
873, 980, 1.021, l.O·H.
714.
2.496,2.498, 2.M., 2.613
72-76, 2.0H.
:-<O~. 2.034,
2.044, 2.0-17,2.052, 2.103.
-
248 --
destruida por un cataclismo: en Port Royal hubo un gran
terremoto, que «derribó en diez minutos todos los templos, moradas e ingenios de azúcar; el mar sepultó las
dos terceras partes de Port Royal, quedando demolí dos
todos los fuertes y fortificaciones, y heridos tle grave·
dad a ahogados gran número de los habitantes»
(1).
Los franceses de la Española aprovecharon el desastre
para invadir la isla, y casi todas las semanas desembarcaban pandillas hostiles y robaban negros y otras
propiedades en la costa (2).
En diciembre de 1693,
una banda de 170 C~:·Ó por la noche sobre Saint Da·
vids, a sólo siete millas de Port Royal, saquearon toda
la parroquia y cargaron con 370 esclavos
(3).
En
abril siguiente, Ducasse, nuevo gobernador de la Española, envió 400 bucaneros en seis bajeles medianos
para que repitieran la hazaña, pero los merodeadores
se encontraron en la costa con un buque de guerra
británico, por donde «deduciendo que sólo lograrían salír con los huesos rotos y mermar su gente para cualquiera otra empresa», regresaron a su punto de partida (4); sin embargo, dos meses adelante, se hizo una
incursión de mayores consecuencias:
a las órdenes de
Ducasse salió el 8 de junio con el propósito de con·
quistar a toda Jamaica, una expedición de veintidós
velas y 1.500 hombres reclutados en Francia a instigaciones, según dicen, de los refugiados irlandeses
y
jacobitas; los franceses desembarcaron
en Point Mo·
rant y Cow-Bay, asolando cruelmente por un mes toda la parte sureste de la isla; costeando luego por el sur
hicieron un simulacro sobre Port Royal y desembarcaron en Carlisle Bayal oeste de la capital; echadas de
sus ~arapetos las tropas británicas, compuestas de 250
hombres, los invasores se dieron otra vez a asolar y quemar, pero viendo que no podian enfrentarse a la milicia
jamaiquina, ya en número de 700, a fines de julio zar·
(1) ¡bid., 227b, 2.398, 2Aló, 2.500.
(2) ¡bid.,lW3-96, Nos. 634, 635, 1.009, 1.256.
(3) Cal. de Pal'. de 1<:st., ser. col .. 1693-96, Nos.778, 876;
Archivos cololliales, 0orrespoudencia Reueral de Sauto Domingo,
) ¡L--Carta de Dllcasse, marzo 30, 1694.
(4)
Cal. de l'al'. de Est., ser. col. 1693-%, Nos. 1.109, 1.362.
-
249 -
paran Con su botín hacia la Española (1).
Como
Jamaica se veía despoblada
por el terremoto y
las enfermedades,
el teniente
gobernador
Beeston
abandonó
prudentemente
los fuertes orientales
de
la isla para concentrar
toda su resistencia
en Port
Royal (2).
No cabe duda de que este recurso salvó
a la isla de ser capturada, porque Ducasse temió atacar
las fuerzas jamaiquinas reunidas al abrigo de poderosos
atrincheramientos;
pero, con todo, grande fué el daño
hecho a 1<:1 colonia por los invasores, quienes arrasaron
cincuenta ingenios de azúcar, y muchas haciendas,
quemaron y pillaron cerca de 200 casas y dieron
rfiuêite
Ci Cuciiïtù
se." y·¡V·¡(;íl~C ~û.'lé :¡: ~~z r:;.~ncs~ además se llevaron 1.300 negros y otros despojos.
Los
jamaiquinos tuvieron cosa de 100 bajas entre muertos
y heridos en los combates, mas parece que las bajas de
los franceses fueron siete veces mayores. U na vez en la
Española, Ducasse reservó todos los negros para sí, de
manera que exasperados por semejante distribución del
botín, muchos de los bucaneros que habían participado
en ]a expedición desertaron de las filas del gobernador
y se dieron por propia cuenta al filibusterismo
(3).
El coronel Beeston, ya convertido en Sir William,
había fundado sus esperanzas,
desde que llegó a Jamaica con el carácter de teniente gobernador, en una
alianza con los españoles para emprender
una expedición contra los franceses a Petit Goave, pero la inercia
de aquellos y la pérdida de gente y dinero causada por
el terremoto habían estorbado la realización
de sus
planes (4). Mas a principios de 1695 salió de Inglaterra para las Indias Occidentales, un ejército de 1.700
hombres en una escuadra de 23 navíos, a las órdenes
(1)
Ebid., Nos. 1.074, 1.01;3,1.106,1.109,1.114,1.121,1.131,
1.194, 1.236; Charl~voix, lib. X, pág. 256 Y sg-les.; Mss. de Stowe,
305, f. 205 b.; DucEré: Los Corsario. b"jo el antiguo régimen,
pág.
142.
(2) r,os diversos cómputos de esta Epoca fijaban entre 2.000 y
2.400el n1ímero de blancos en la isla. (Cal. de Pap de Est., ser.
coL, 1693-96, Nos. 1.109 y 1.258).
(3)
Cal. de Papo de Es!., ser. col., 1693-96, No. 1.576
(-l)
¡bid., Nos. 2W, 876, 1.004.
-
250 -
del comodoro Wilmot, que uniéndose Con 1.500 españoles de Santo Domingo, y la flota de Barlovento
compuesta
de tres velas, capturó y saqueó a Cap
Franç;ois y Port de Paix en el extremo francés de
la isla.
Los aliados tuvieron el propósito de seguir al cu/d,-sac para destruir a Petit Goave y Leogane, pero
habían perdido mucha gente por enfermedades y mala
organización, y los españoles, satisfechos
con el botín
ya cogido, porfiaban
por regresar.
Así, la escuadra
británica tomó la derrota de Port Royal. (1)
Aquellas
hostilidades
debilitaron tanto a los franceses en la
Española c'omo a los ingleses en Jamaica que los
combatientes se dieron por algún tiempo al reposo para
recuperar las energías.
La última expedición en grande efectuada durante
esta guerra en las Indias Occidentales
constituye epílogo adecuado a la historia de los bucaneros. El 26 de
setiembre de 1696 recibió Ducasse una carta en que
Portchartrain Ministro de Marina francés, le participaba
que el Rey había aprobado el proyecto de una poderoséL
escuadra que el señor de Pointis estaba preparando, con
auxilio de capitalistas, para una empresa en el golfo de
México. (2) Aunque seis años antes, Ducasse había
escrito a la metrópoli recomendando con instancia la
propia empresa
contra Veracruz o Cartagena, en esta
coyuntura se opuso enérgicamente a ella, persuadiendo
más bien las ventajas que podrían obtenerse con la
captura de la Española castellana, conquista que daría
a Francia la llave de las Indias Occidentales;
mas
Pontchartrain
le ordenó por otra carta en enero de
1697 que ayudase a de Pointis reuniendo a todos los
fjlibusteros y reteniéndolos en la colonia hasta el 15
(I) Cal. de Papo de Est., ser. col., 1693-96; Nos. 1946, 1973,
1974, 1980, 1983, 2022. Conform" a Charlevoix, influyó por mucho
la tardanza y cobardía de Laurel" de Graff, comandante de CapFrançais, quien temía caer en manos de sus antiguos adver~arios
ingleses y españoles.
Ya idos los aliado- se privó a Laurens de BU
cargo y se Je hizo capitán de una corbeta ligera. (Charlevoix, lib.
X, plig•. 226 y ~gte •. )
(2) Du~ré, op. cit., plig. 1>14.
-
251
de febrero.
Fué tarea difícii mantener a los bucaneros en sosiego durante dos meses y prohibir toda
correría, principalmente
porque zarpando de Brest a
principios de enero, de Pointis no Ileg6 a Petit Goave
sino alrededor del primero de marzo (1). Los bucaneros murmuraban
y amenazaban
con desbandarse
siendo menester todo el ascendiente personal de Ducasse para mantener/os reunidos.
Aunque hombre de
experiencia
y recursos,
capaz de organizar
una
amplia empresa.
sin escatimar
cosa alguna para
asegurarse el buen éxito, de Pointis adolecía
de
dos ~defectos muy comunes:
la vanidady la codicia.
Con frecuencia el orgullo de sus propios méritos le
cegaba con respecto al mérito de los otros, y consideraciones egoístas oscurecían el brillo de sus acciones;
abrigaba celos insensatos por Ducasse, a quien trató
de humillar siempre durante toda la expedici6n.
No
aviniéndose a conciliar el espíritu revoltoso de los bucaneros, les dijo a secas que los lievaría no como partícipes en la empresa, sino como jefe superior y que
debían someterse a las mismas reglas que los hombres a bordo de los navíos del rey. Los filibusteros
se rebelaron ante la altanería de su comandante y sólo
la influencia de Ducasse pudo traerlos a la obediencia (2). El 18 de marzo se reunieron todas los buques
en Cabo Tibur6n, lugar designado para ello, y el 13
del mes siguiente anclaban dos leguas al este de
Cartagena (3). A las órdenes de de Pointis había
4.000 hombres, la mitad marinos y el resto soldados,
los refuerzos recibidos de l)ucasse alcazaban a LIDO, inclusos 650 bucaneros. mandados por el mismo Ducasse.
Poseía nueve fragatas, además de siete navíos pertenecientes a los bucaneros, y gran número de barcos
menores (4).
La presencia de tan formidable armada en las Indias Occidentales
produjo grandísimo sobresalto así en Inglaterra como en Jamaica; en la
(1)
~arraci6n
¡bid;
Cal.
(3) Narración
1696-79, N9 868.
(4) ~ arración
(2)
de de Pointis.
de Papo de Est. ser. col., 16%-97, N'? 824.
de de Pointis; -:al. de Papo de Est., ser. col.,
de de Poin tis.
-
252 -
colonia se proclam6 la ley marcial y se tomaron todas
las medidas del caso para poner a Port Royal en estado de defensa (1).
A la primer noticia sobre la
flota de Pointis, el gobernador Beeston previno a los
gobernadores de Portobelo y Habana, contra quienes
sospechaba que se dirigfa la expedición (2).
Inglaterra envió un escuadrón de trece navíos al mando del
Almirante Nevi\l para proteger las islas británIcas y la
flota española de caudales, porque tanto los galeones
como la Flota se hallaban por entonces
en las Indias.
Nevill tocó en Barbada el 17 de abril (3) y luego siguió por entre las Islas de Sotavento hacia la ë.spañola en busca de de Pointis, pero el francés lo había eludido y estaba ya frente a Cartagena.
Situada al extremo oriental de una amplia y doble
laguna, Cartagena era acaso la más poderosa fortaleza
de las Indias, y los españoles opusieron enérgica resistencia dentro de sus muros (4), pero tras quince días
de combate y bombardeo, las obras avanzadas fueron
expugnadas
el último de abril mediante un heroico
asalto, y el 6 de mayo salía con honores de guerra la
escasa guarnición española, seguida por el Cabildo y
muchos vecinos,
que por todo alcanzaban
a unas
2.800 personas.
Bien que los españoles
hubieran
recibido advertencia sobre la invasi6n de los franceses,
antes de cuya llegada enviaron las mujeres y parte
de sus riquezas a Mompox, en el interior, en manos
(1) Cal. de Papo de Est.,
661, 769.
(2)
Iblds, Nos. il:;,861\.
(3)
ser. col.. 16%-97, Nos. 373,--376,413,
Ibid., Nos. 37:;, 453.
(4) La boea del puerto, llamada Ilocachica, la defendía un
fuerte con cuatro bastiones y 33 cañones, mas estos se hallaban
mal montados sobre <lébile, cureñas de cedro y sólo servidos por
15 hombres.
Puerto adentro había otro fuerte llamado Santa Cruz,
bien dispuesto con cuatro bastiones y un foso, pero solo provi~to de
unos cuantos cañones y des~uarnecido.
Otros dos fuert ••s formaban parte de las obras avanzada, de la dudad, pero ••in Ruarnici6n
ni artillería,
A la propia ciudad la ro<leaban s6lidas murallas <le
piedra, con 12 bastiones y 4Hpíezas de hronce, manejadas por Una
com¡;a'iía de 40 artilleros. Tal el pie de guerra en que lo.' españoles
mantenían la "Llave de las Indías."
(Duro, op., cit., V. pág.I28Î).
-
253 -
del enemigo cayeron grandes caudales. cuyo cómputo
varía entre seis millones de coronas y veinte millones
de esterlinas.
Los bucaneros armaron pronta disputa
a de Pointis. para que todo el botín fuese dividido por
partes iguales. como se había acostumbrado
siempre
entre ellos. contando con que en virtud de este arreglo.
según dice de Pointis en su naaación, les correspondiera más a menos la cuarta parte de todo el botín;
pero el jefe de la expedición sostuvo la orden publicada
al salir de Petit Goave y conforme a la cual los bucaneros estarían sujet0s en la distribución del despojo
a la misma regla que los marineros de la escuadra. a
l'liber, que recibirían un décimo ,;pl p~!::1e: "i¡::0il y
un trigésimo del resto; además. temeroso de que los
bucaneros procedieran por propia cuenta, jas había
excluido de la ciudad mientras sus oficiales recogían el
producto del saqueo y la conducían
a los buques.
Ante las reiteradas instancias de Ducasse, de Pointis
declaró al cabo que la parte adjudicada a los auxiliares
de la Española era de 40.000 coronas, por donde
encontrándose
tan miserablemente
defraudados,
los
bucaneros se declararon en abierta rebelión. mas los
sosegaron la influencia de su jefe y la presencia de
las fragatas del rey. A esta misma sazón. viendo de
Pointis que las enfermedades
diezmaban su propia
gente trasladó a bordo todos los cañones capturados y
se apresuró a darse a la vela. rumbo a Francia.
Al
Sur de Jamaica encontróse con el escuadrón del Almirante Nevill. al cual se habian unido ya unos ocho
buques de guerra holandeses, pero de Pointis, aunque inferior en número, dejó a zaga los navíos britanicos, con la sola pérdida de uno a dos bajeles
menores.
Pasado el Cabo
de San Antonio rodeó
luego por el norte de Cuba. pasó el Canal de Bahamas
y puso proa a Terranova, donde hizo abasto de leña y
agua y tras una escaramuza
con un reducido escuadrón británico, a las órdenes del Comodoro Norris.
surgía en el puerto de Brest el 19 de agosto de
1697 (1).
(1)
Narraci6n
de <te Pointis.
C. F. tambi~n
Charlevoix,
cit., lib. XI. que contiene el m.,jor relato de loda la expedición.
op.
-
254 --
Aun antes de que de Pointis se diese a \a vela para
Francia, los bucaneros
habían tomado ya la derrota
de Cartagena, a fin de indemnizarse
con un nuevo
saqueo de la ciudad, sin que pudieran impedirlo ni
de Pointis por hallarse muy enfermo, ni sus oficiales,
porque no estaban en condiciones de oponerse al designio de los piratas.
Ya en viaje la flota, los filibusteros entraron otra vez en Cartagena y la pillaron
por cuatro días, sacando de los infelices vecinos y de
las iglesias y monasterios, varios millones más en oro
y plata.
Rumbo a la isla de la Vaca, habían recorrido apenas treinta leguas, cuando dieron con la misma
flota aliada que persiguiera a de de Pointis, sazón en
que de los nueve bajeles bucaneros que iban allí, los
dos que conducían la mayor parte del botín fueron
capturados, otros dos embarrancados
y el resto logró
escapar a la Española.
Ducasse, que había regresado
a Petit Goave al saiir de Pointis para Francia, envió
a uno de sus tenientes con el objeto de presentar sus
quejas ante la Corte de Versalles por el maltrato recibido del jefe de la expedición, y de pedir su propio
retiro, mas el Rey la apaciguó.
haciéndolo Caballero
de San Luis y adjudicándoles 1.400.000 a los colonos
franceses que ayudaron a la empresa, bien que el
dinero tardó en llegar a manos de los beneficiarios y se
deshizo en gran parte por malversación de las personas
encargadas de distribuirlo (1).
Cabe decir que la historia de los bucaneros termina con la captura de Cartagena en 1697.
Durante
los veinte años precedentes
habían ido degenerando
día por día en simples piratas, a abandonando
su
existencia licenciosa por ocupaciones
más dignas.
A
contar de 1671 se propuso el gobierno británico supri(1) Charlevoix, op. cit., lib. XI, pág. 3~2.-Etl uno de los
articulos de la capitulación que el gobernador de Cartagtna obtuvo de de Pointis. (,ste prometIó no tocar la plata labrada, alhajas V
otros tesoros de iRlesias y conventos, condición que ne cumplieron
los francese,; mas al regreso de la expeùición a Francia, Lui, XIV
ordenó tl seCllestro de la plata labrada <lelos templos, y conclnida
la paz de Ryswick la enviaron a Santo Domingo para ser "Iltre¡¡-ada
al gobernador y clero españoles dt la bla. (Duro, op. cit., \'. págs
291, 2%-97.)
-
255 -
mir a los filibusteros, y con pocas excepciones los gobernadores enviados a Jamaica hicieron la posible por
mantener y cumplir la voluntad de los Consejos de la
Metrópoli. Diez a más años hubieron
de transcurrir
antes que la Corte francesa considerase la situación a
la misma luz, y aun entonces las exigencias de la ~uerra y defens~ de 111 parte frar.cesa de la Española
impidieron que los gobernadores
asumiesen medida
alguna de carácter efectivo, encaminada a la supresión.
En realidad el problema no había sido fácil de resolver:
los bucaneros, cualquiera que fuese su origen, eran
hombres intrépidos. no desprovistos
de cierto senti·
miento del honor, dentro de su cofraàía, y ¡,,::che.;; ú un:'.
vida de constantes peligros que ellos afrontaban y dominaban con sorprendente
audacia.
Proyectada una
expedición contra
sus enemigos
tradicionales,
los
españoles, calculaban las probabilidades de beneficio,
y sin parar mucho en los riesgos por correr, ni aun
en el pabellón bajo el cual se daban a la vela,
ingleses, franceses y holandeses fraternizaban a las
órdenes de un cabecilla cuyo brío reconocían y a quien
obedecían de manera servil.
Florecieron
en una
época en que no se veían amenazados
por ubicuos
cruceros de cañones rayados, y en tanto que limitaron
su acción a los navíos y colonias de la Católica
Majestad, confiaban en la inmunidad
consiguiente a
las inveteradas hostilidades que existían por entonces
entre ingleses y españoles.
Y para los españoles fué
de terribles consecuencias la historia de los bucaneros,
No más que de 1655 a 1671 los corsarios habían
saqueado dieciocho ciudades, cuatro poblaciones y más
de treinta y cinco aldeas: una vez Cumaná, dos Cumanagoto, dos Maracaibo y Gilbraltar,
cinco Río de
Hacha, tres Santa Marta, ocho Tolú, una Portobelo, dos
Chagres, una Panamá, dos Santa Catalina, tres Campeche, una Santiago de Cuba, e innúmeras
ocasiones
otras poblaciones y aldeas de Cuba y la Española
treinta leguas la tierra adentro, espantosa 'leyenda de
latrocinio y violencias que no comprende las diversas
expediciones
hechas después de 1670 contra Portobelo, Campeche, Cartagena
y otros puertos españoles,
256 El Marqués de Barinas estimaba en 1685 que las
pérdidas de los españoles
ocasionadas
por los filibusteros desde el advenimiento de Carlos JI, ascendían
a 60 millones de coronas, c6mputo que s610 abarcaba
la destrucci6n de pueblos y ciudades, sin la pérdida
de más de 250 buques mercantes y fragatas (1).
Por terribles que hubieran sido los estragos y mortificaciones padecidos por los españoles, las ventajas que
derivaban
de ello los invasores, o las colonias que
los acogían y protegían, eran ruin compensación
para los esfuerzos que costaban aquéllas.
El filibusterismo había despoblado a Jamaica de sus mejores
habitantes, menguado el nivel moral de la isla y retardado el desarrollo de sus recursos naturales.
Se calculaba que de 1668 a 1671 había perdido la isla en las
empresds contra Tobago, Curazao, Portobelo, Granada
y Panamá, alrededor de 2.600 hombres (2), número
extraordinario para UII:1 colonia nueva y muy débil rodeada de poderosos enemigos.
El mismo escritor dice
más adelante:
"La gente no se casa, ni edifica, ni se
radica, como lo hubieran hecho en época de paz, unos
por miedo de ser arruinados,
otros porque
gustan
mucho de las aventuras
filibusteras y se han ido.
La guerra arrastra con todos los vecinos, obreros y
cultivadores de frutos alimenticios, lo que hace escasear
y encarecer las vituallas; el filibusterismo fomenta todo
género de trastornos y licencias, y si alcanza éxito,
sólo enriquece a la peor ralea de gente e instiga y
alarma a los españoles. (3)".
Por otra parte, los bucaneros perjudicaban
en
realidad al comercio inglés tanto como a la navegaci6n española; y si en la segunda mitad del siglo
XVII, los ingleses hubieran dado a los españoles tan
pocos motivos de resentimíento en las Indías Occidenta(1)
Duro, op. cil., v. pág. 6'!7.
(2)
Cal. de Papo M f.st.,
ser., cnl., 16é9-74.
No. 697.
(3) lbid.;rj. también Cal. de Papo de Est., ser. col, 1669-74,
N (). 138: "El número de tabernas ha duplicado ahora, de manera
que hay •.n la plaza nn exp •.ndio de licores fnertes por cada diez
vecinos. Existen más de 100 (aaas cou patent •. además de alambiques que vellden lIin eUa",
--
'L57 -
les, como
los holandeses,
acaso habrían
sido en vez
de estos últimos los escoltadores
y accionistas
de la;
opulentas
flotas.
Más aún. si no en la Corte de Madrid, al menos en las colonias, los españoles
se habrían
prestado de buena gana al tráíico, aunque ilícito, con las
islas británicas,
caso de tener por segura
la amistad
de sus vecinos ingleses, siendo de advertir que la diplomacia
británica
tuvo el constante
propósito
de
estimular
y mantener
aquel
tráfico;
pero cuando
se
acumulaba
tropelía sobre tropelía y a pesar de sus protestas de inocencia,
los gobernadores
ingleses
parecían
::0 l-¡",."r mucho ¡Jor impedirlas,
los españoles
llegaron a la deducción
naturai de que eí yuu;ë¡¡¡v ~r;~bi~0
era el mayor
embustero
y el peor de los amigos.
Desde otro punto de vista la actividad
de los bucaneros
contrastaba
también
de modo
directo
con los intereses
mercantiles
de la Gran Bretaña,
dado que de
todas
las naciones
de Europa
eran
los españoles
los que menos
sacaban
provecho
de sus posesiones
americanas.
Ingleses, franceses
y holandeses
conducían
sus mercaderías
a Cádiz
y fletaban
las flotas
hispano-americanas
y al regreso de estas flotas granjeaban la mayor parte del oro, plat'a y piedras preciosas
que constituían
el cargamento,
por donde, cuando
los
bucaneros
interceptaban
un galeón hispánico
a des·
truían las ciudades
espaflolas
del continente,
no padecían
tanto
los
españoles
como
los comerciantes
extranjeros
interesados
en el comercio
entre España y
sus colonias.
Si la política de los gobiernos
británico
y francés respecto de los bucaneros pasó grado a grado
de la connivencia
a el estímulo
a la hostilidad
y la
supresión,
fué porque se dieron
cuenta
de que era
más fácil y provechoso
absorber
el tráfico
y riquezas
de Hispanoamérica,
mediante
los pacificas
medios
de
tralados y concesiones
que empeñándose
en imponer
el comercio
por el anticuado
medio iniciado por Drake
y sus contemporáneos
isabelinos.
En primer término, los piratas que sucedieron
a los
bucaneros
se distinguían
de sus predecesores
porque
robaban sin reparo el comercio de todos los pabellones,
y asímismo se veían proscritos
y perseguidos
por todas
17
--
258 -
las naciones; además, ensancharon
mucho su campo
de operaciones.
No satisfechos ya con las Indias
Occidentales
y las márgenes del Caribe, tendieron ve·
las por el este hacia la costa de Guinea y rodeando
el Africa, hacia el Oceano Indico.
Infestaban las
playas de Madagascar, el Mar Rojo y el Golfo Pérsico
y aun se aventuraban hasta la Costa de Malabar, interceptando el rico tráfico de Oriente, los grandes navíos
de Bengala y las Islas de Jas Especias.
Y no
eran los únicos que afluían a estos parajes los piratas
de toda nacionalidad
procedentes
de América y de
las Indias Occidentales,
sino que mareantes
de la.
misma Inglaterra imitaban su ejemplo, deslumbrados
por el relato de los pingües despojos obtenidos.
Uno
de los ejemplos más notables, lo ofrece el capitán
Henry Avery, alias Bridgman, que por mayo de 1694
se hallaba cerca de la Coruña a bordo del mercante
inglés "Carlos Il". Indujo a la tripulación a sublevarse, puso en tierra al capitán, cambió el nombre del
barco por el de "Fancy" y largó velas hacia las Indias
Orientales.
Entre otras presas capturó en setiembre
de 1695 un navío de alto bordo llamado el "Gunsway",
perteneciente al Gran Mogol, hazaña que provocó represalias y el secuestro de las factorías británicas en
la India.
A solicitud de la Compañía de la India
Oriental los Jueces Supremos de Inglaterra lanzaron
proclamas en 17 de julio y 10 Y 21 de agosto de
1696 para declarar piratas a Avery y a sus secuaces y
ofrecer lin premio por la captura de ellos (1).
Por
otoño del mismo año se detuvo a cinco àe los tripulantes que regresaron a Inglaterra, se les procesó en Old
Bailey y se les ahorcó, siendo arrestados más tarde va·
rios de sus camaradas
(2).
Estos nuevos piratas encontraban todavia apoyo
y amparo en Norte América.
Desde tiempo atrás
gozaba la Carolina de muy merecida
mala reputación como criadero de piratería.
Los propietarios
(l) Crowford: BIblioteca I.indesialla.
1ndíce de proclamas.
(2) lhrth: Cantos y balada •• marinas, págs. L.-l,l\., c. l. tambiEn Archivos Coloniales, cOIH:spolJdencía general de Santo Domingo, vol. 1n.-IX: Ibid., Martíllica, vol. VIII. -XIX.
-
259 -
de la colonia habían removido
gobernador
tras gober.
nadar
porque daban
abrigo a fiIi busteros,
mas con
poco resultado.
En las Bahamas,
pertenecientes
a los
mismos
propietarios,
ei mé.! era aun más flagrante:
el
gobernador
Markham,
de la colonia
cuáquera
de
Pensilvanía,
les permitía a los piratas vender sus efectos y reparar
sus buques a orillas del
Delaware,
en
tanto que el propietario
William
Penn. se mostraba
poco dispuesto
a reprenderlo
a substituirlo.
El gobernador
de New York.
Fletcher.
se hallaba
en abierta
alianza
con los ladrones
de mar, admitía sus presentes
y les p,=r"1ití;:¡ recorrer las calies a plena luz meridiana.
Los mercaderes
de Nueva York, la mismo que los de
Rhode ¡sian y Massachusetts
a quien les prohibían
laS
Leyes
de Navegación
ejercer
comercio
lícito con otros
países, celebraban
el arribo
de los navíos
piraticos
cargados
de mercaderías
de Oriente. les compraban
sus
cargamentos
y los estimulaban
a repetir sus viajes.
En 1669 sancionó
e! Parlamento
un Acta por
tal modo
severa
que hubo de ahuyentar
de aguas
americanas
a muchos de los piratas.
Era con mucho
una resurrección
del A cta expedida
por Enrique
VIII
el año 28 de su reinado;
rigió durante siete años y fué
dos veces
renovada.
Con todo. a muchos
individuos
de inclinaciones
piráticas
la guerra
de la sucesión española
les ofreció
coyuntura
para darse
al corso,
provistos
de patentes lícitas contra españoles
y franceses. En esta prolongada
guerra los fj!ibusteros franceses se mostraron
particularmente
activos y numerosos.
En 1706 y en la sola Martinica establecieron
sus reales
1200 Ó 1300 (1) Y mientras
abastecían
a las islas
francesas
de vituallas
y mercancías
cogidas
en sus
presas,
relajaban
el tráfico
británico
en
aq ueJlas
regiones,
sobre todo el comercio
con las colonias
norteamericanas.
A veces
amagaban
las costas
de
Virginia y Nueva Inglaterra.
y algunos
extendían
sus
cruceros
índico-occidentales
en merodeas
por las
costas de Guinea y el Mal Rojo. Sin embargc, no todos
(1) Archivos
llica, vol. XVI.
coloniale"
correspondencia
g-eneral de !\latli-
estos corsarios habían obtenido patente, porque algunos
de ellos apresaban navíos franceses c()n tan mí11ima escrúpulo como si se tratara de barcos ingleses u
holandeses. Por modo especial, después del Tratado de
Utrecht sobrevino una recrudesce¡:¡cta ~e la pirateríl,
tanto en las Indias Occidentales como en las Orientales,
y hubieron cie transcurrir diez o más años para que los
filibusteros fuesen por fin eliminados.
APENDICE 1
Una relación de los bucaneros británicos, pertenecientes a Jamaica y Tortuga en 1663, la cual se
encuentra entre los Manuscritos de Rawlinson, asien·
ta que eran quince los navíos filibusteros,
y mil los
sujetos comprendidos
en la carrera.
He aquí la
lista:
CAPITANES
Capitanes
INGLESES
Hombrl!.l
NavÚJs
cnir Thomas Whetstone
Una presa española.
CapitAn Smart.
.
Griffo",
fragata
Cañones
60
7
.
100
14
14
Capitán
Guy
.
James, fragata
.
90
Capitán
James
.
American,
.
70
6
.
Su fragata
.
80
10
.
Bergantín
.
60
7
..
8u fragata
.
70
6
Bergantin
.
~
4
Pingüe
.
60
6
Barca
.
50
3
Fragata
.
<40
4
Capitân Cooper.
CapitAn Morris
Capitán
Breningham:
CapitAn
Mans6eld
Capitá.n Goodly
.
Capitá.n Rlewfield,
teneciente
.
fragata
:
pero
a Cabo de
Gracia de Dios, y es·
tablecido
Capitán
entre indios.
Herdue
Existían
otros l'uatro,
no pudo haberse
~es, franceses
.
núticia.
y holandese~
pertenecientes
a Jamaica, de los cuales
I.a. tripulaciones
elltremezc1ados.
constaban' de ingle-
-
261 -
APENDICE
II
Lista de los filíbusteros y de sus respectivos bajeles en las costas de la parte francesa
de Santo
Domingo el a ño de 1684:
CaPitán
Le Sieur
• Capitán
,
Flombrf>S
Grammont. ...
Laurens
Le Hardy ......•....
52
.
210
54
.
200
44
de
Graff
.
Ca1>it~n Michel
.
Janquais
le
(. a;u})us
300
.
•
Dauphin ••.......
:.c
Sa!.'"••
Dedran
• Neptune
La Mutine
.
Ti~Te
H
••••
• ChaRseur ....•...
• Sieur du Mesnil.
.
1.a TrompeuRe
,
.
L'Hirondelle
.
La Fortune ........•
Capittin Jocard
Brea
"
ISO
Vl
130
30
120
20
.
100
]4
.
120
Iii
100
14
La presa de] capitán Lau·
rens ............•....
• Capitán Cachemarêe.
B]ot
.
Vigeron ....•
Petit
80
]8
.
60
8
Le Sto Joseph
.
70
6
La Quagone
.
YO
8
r.a
te Sieur de Bernanos ..
Schitie
• Lonse
.
(barque).
30
4
I.e Rnzê (bateau)
.
40
4
La¡{arde
.
La Subtille
.
.10
2
Verpre
.
Le Postillon
,
25
2
(Paris, .\rchivos Coloniales, Correspondenda
Domingo,. vol. 6.-Memoria
general
de Sante
sobre la .-ituaeiún de Santo
Domingo
dirigida a lit. de Sesgnelay por M. de Cussy).
FUENTES
FUENTES
MANL'SCRIT AS QUE EXISTEN
Public Record
EN INCtA TERRA
O.ffice:
State Papers.
las llamadas, así:
British
Y B1BLlOGRAFIA
Forei¡:n, Spain. Vols. 34-72.
Papo de Est., Espaïial.
(Abreviado
en
Musi!um:
Additional MSS. Vols. 1l.26X, 11.410-11; 12.410; ]2.423; 12.42'l.
12.429-30; 13.%4; 13.975; 13.97;; 13.992; 18'273; 22.6í6; 36.31l-.~~
-
262
EggeTton MSS. Vol. 2395.
Sloane MSS. Vols. 792 or 89; 2724; 2752; 4320.
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Hodleian Library:
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Ar{hiv~s du Mi,¡jsfh~
QUE EXISTEN
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d~s Colon;es:
Correspondance
I"{énérah: de Saint-Domingue.
Historique de Saillt--j)"minl"{ne. Vols. I-IlI.
Correspondance
Archives
~énéra1e de Martinique.
du lIfin;slere
Vols. I-XIX.
d~s ajJa;rcs élrangeres:
Mémoires et document.s.
V,) XIII., XLIX., Ll.
Correspondance politique.
Bibliolheque
Vols. I-IX.
Fonds
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Amérique.
Vols.
Anl"{leterre.
Naliona/é.·
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Renaudat MSS.
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1698.
Present Statt: of Jamaica.
to which is added an exact
accOUl1t of Sir Henry
:'otorgan's voyage to. _" Panama. etc.
J.ondres, 1683.
263 Recopilación de leyes de los reynos de las Indias, mandadas
imprimir y publicar por el rey Carlos Il. 4 vals. :\fadrid,
1681Sharp, Bartholomew:
Tbe voyages and adventur!:s of Captain
B. Sharp .... in the South Sea .... :\lso Captain Van Horn with
his buccanieres surpri.,ing of la Vera Cruz, etc. Loudre" 1684.
Thurlot", John,
A collection of the State paper, of, etc.
Edited by Thomas Birch. 7 vol,. Londres, 174?.
Venables, General. The narrative of, etc . .Edited by C. H.
Firth.
Lond"n, 1900'
Wafer, Lionel: A new voyage and description of the I,throus
of America, etc. London, 1699.
Winwood, Sir Ralph.
Memorials of affaires of State ....
co·
lle~tion from lb!: original paper< of, etc. F;dited by Edmund
Sawyer.
London, 1725.
Una de Jas primeras y más importantes entre hs
fuentes impresas es la bien conocida historia de los
bucaneros escrita por Alexander Olivier Exquemelin,
apellido trocado por los ingleses en Esquemeling.
y
por los franceses en Oexmelin.
Escasa noticia se tiene acerca de la persona del autor, el cual. aunque a
veces considerado como oriundo de Francia. fué probablemente flamenco a neerlandés. porque la primera
edición de sus obras estaba escrita en holandés. Llegó
a Tortuga en 1666. en calidad de mgagi de la Compañía Francesa de las Jndias Occidentales, y servido
que hubo por tres años bajo un cruel capataz fué redimido por el gobernador, M. d'Ogeron; incorporóse
luego a los filibusteros, con quienes permaneció hasta
1674, asistiendo a la mayor parte de sus hazañas.
Parece que ejercía entre ellos el oficio de cirujano barbero. Al volver a Europa en 1674. publicó un relato
de las proezas en que tomara parte o de que a la menos poseía noticia directa (1). Su historia consti:uye
(1) BiGgrafías de gxquemelin
he encuentran en la "Biographie lTniverselle. de :\Iíchaud, vol. XXXI. pág. 201, y ell la .1\'ouvelle Biographie Gl'nl'rale. de Hoefer, vol. XXXVrll,
pág. 544;
pero ambas dejan que desear y revelan lamentable ignorancia de
la biblioglafia de su historia de los hucaneros.
Según el prefacio
de una edición francesa de la obra, publicada en Lyon el! 1774 y
citado en la .Nouvelle Biographie •. Rxquelllelill naci(¡ hacia 164,';
y murió despul's de 1707.
-
264 -
la crónica más antigua y esmerada que existe sobre las
costumbres y hechos extraordinarios de estos filibusteros que en el siglo XVII desempfbñaron tan amplío papel en los anales de las Indias Occid~ntales,
y forma
la base de todas las narraciones modernas- relativas a
Morgan y otros capitan·es bucaneros.
Aunque confunde lastimosamente las fechas, puede juzgarse a Exquemelin como un testigo de toda probidad. tanto que sus
narraciones sobre asuntos de que tuvo noticia por sí
mismo, se hallan bien corroboradas e:1 las relaciones
oficiales.
La primera edici~n del
!leva por titulo:
libro, muy escasa
ahora,
De Al11ericaensche Zee-Roover".
Behelsende eene perti:tente en
waeracbtige lleschrijvin van alle de voornaeMste Roveryen en
onmeoschliycke
wreend heden die Englese en France Rovers
tegens de Spanjaerden in AmerK:a gepleeght hebben; Verd~lt
in drie deelell .... Beschreven door A. O. Exquemelill .... t'
Amsterdam, by Jan ten Hoor, anno 167H,in 4g (1)
Esta obra fué reimpresa var~as veces (2)
y de
ella se hicieron numerosas
versiones, una tras otra.
Lo que parece constituir una traducción
alemana de
Exquemelin, vi6 la luz en 1679 con el título:
.~mericanische Seeyauber; Beschreibung der gri)ssesten durch die
Franziisischend I:>nglische Meer-Heuter wider die Spanier in
Amerika verühten R¡¡nbery Gr¡¡usamheit .... Durch A. o. Niirberg. 1679, [2'! (3)
(1) Museo RritánicQ, 1.061, (,:/. 2U(1). Sin duda es UII lapsus
la fecha de 1674atribuida a la primer edición holandesa, citada por
Dampierre en "Essai sur le, SOllrccs de l'histoire des Antilles Fran<;aises., pág. 151.
Tanta Dampierre (op. ri/., pá~. 1.'i2), c,mo Sabin (Dicr. of
Books relating to America, YI, pág .. ,111), dan por primera relación
s¡¡elta sobre los bucaneros, a .Zee-Roover. de t;laes G. Campaens,
Am~t~rdan, 16-'9, diminuto volumen que sIn embargo no trata de
los bucaneros de las In<li••, Occidentales, sino del corso en las cos_
tasde Europa y Africa.
(2) .Hlstorie der Boecauier" of Vryl>uyters van America ....
:\tet Figuuren, 3 Deel. d' Amsterdan, 1.700., W Mu.eo Británico,
9.555, c. 19.
(3)
Sabin, op. cil., VI,31H.
-
265 -
Siguió a esta dos añ<:,s más tarde la edición
pañola, también sacada del original holandés:
es·
Piratas de la América y luz a la defensa de las costas de Indias
Occidentales.
Dediclldo a Don Bernardino Anto ••io de Pardiñas Villar de Francos .... por el celo y cuidado de Don Antonio
Freyr ••... Traducido de la leugua flameuca en español por el
Dar. de Buena-Maison ... Colonia Agrippina, ••n casa de Lorenzo Struickman.
Año cie lóRl. 129 (1)
Esta traduccicSn española, que parece fiel traslado
del texto holandés, rué reimpresa en 1682 y 1684 (2)
con diferente dedicatoria, y de nuevo en Madrid el año
de 1793, versión en que se fundaba la primera edición
mgles;!, (;'1Y" títllln "".
Hucaniers of Amenca; or a true account of the ... assaults committed .... upon the c038ts of the \Vest IlIdies, by the Bucaniers of
Jamaica and Tortuga .... expecially the .... exploits of Sir Henry Morgan .... \Vritten originally in Dutch by J. EsqueIll ••ling
.... now, rendered ¡nto Engli"h.
\V. (rooke, Londres 1684.
49
(3)
La primera edición inglesa de Exquemelin tuvo
acogida tan favorable que a los tres meses se publicaba la segunda,
agregándole
la relación de un viaje
por el capitán Cook y un breve capítulo sobre Jas
hazañas de Bartolomé Sharp en el Océano Pacífico (4).
Además, el mismo año se dió a la estampa una versión inglesa del todo diferente, con el propósito de
vindicar el carácter de Morgan de los cargos de brutalidad y codicia, formulados en la primera traducción y
en el original holandés (5).
Su título era:
(1) :\Iu"eo Británico, G. 7.179.-Fué
omitida la de"cripción
anexa del gobierno español en América y se agregaron algunos
versos castellanos en uno a dos lugares; por la demás, la versión
parece fidedigna. Los retrlltos y el mapa del Istmo de Panamá
son los mismos de la edición holandesa, pero diferentes y mejores las otras láminas. En la Biblioteca Nacional de París hay otra
edición española de 1681, en cuarto.
(2) Museo Hritánico, 1.191\,a 12 (o) 1.197, h.2.
(3)
Mnseo Británico, G.7.199.
(41 Museo Hritánico, 1.197, h. 1. El Di'uio de Basil Ringrose
viú la lnz pública a guisa de segundo velnmen en 1685.
(5) Cf, el prefacio, y también el prefado
de "Los Viajes
Aventuras del capitán Bartolomé Shurp., etc., publicado en 1684.
-
266 -
The History of the Bucaniers; heillg ~n impartial relation of aIl
the battles, sieges, and other most eminent assaults committed
for several years upon the coasts of the West Indies by the
pirates of Jamaica and Tortuga. More especiaIly the imparaI1eled achievements
of Sir
Heury
Morgan .... very mnch
corrected from the errOrs of the original, by the relations of
sorne English gentlemen, that then resided in those parts.
Den Engelseman
Ú een DUY7'if "lIonr een M, nscll.
London,
printed by Thomas Malthus
at the Sun in the Poultry.
1684. (1)
La primera edición de 1684 fué reimpresa con
nuevo título en 1695, y asimismo en 1699.
La últi·
ma comprendía, además del texto de Exquemelin,
los
diarios de Basil Ringrose y Raveneau de Lussan, los
cuales relataban viajes a los Mares del Sur, y el viaje
de Sieur de Montauban a Guinea en 1695 (2). Esta
fué la primera de las historias de los bucaneros,
con·
tentivas de varias partes, y se convirtió en modelo para
la edición holandesa de 1700, y las francesas publicadas en Trevoux en 1744 Y 1775.
La primera versión francesa de Exquemelín
se
publicó dos años después de la inglesa de 1684, con el
título:
Histoire des Aventuriers qui se sont signalez dans ¡es Indes contenant ce qu'ils ont fait d~ plus remarquable despuis vingt
annêes.
Avec la vie, les Moeurs, les l~outumes des Hahitants
de Saint Oomingue et de la Tortue et une description exacte
de ces lieux .... Le tont en richi des Cartes Geographiques et de
Figures en Tailledouce.
Par Alexandre
Olivier Oexmelin.
A Paris, chez Jacques Le :Febre. MnCLXXXV 1. 2 vIs. 129 (3)
Esta edición pudo haberse fundado en el original
holandés, aunque la sola indicación que poseemos de
ello consiste en la circunstancia
de que al final de la
La divertida respuesta del editor primitivo /iRura en el prefacio de
la edición del Diario de Ringrose, 16&".
(l) Museo Británico, G, B.674.
(2) Museo Hritánko, 10.470. c. S.-En
Inglaterra se hicieron
otras reimpresiones
en 1704, 1741, 1759, 1771, 1774, 1800, 1810 Y
1893. Hubo tambiên dos ediciones dnblinesas en 1741 y 1821, Y
dos de Glasgow, en 1762 y 1773. En 10R Estados Lnidos se han publicado cinco edicioueR. tres en Nueva York, 1826, 1~36 Y 1840. Y
Glosen Bo.ton, 1&53Y 1856.
. (3) Museo Británico, 9.555, aa. 4.
-
267 -
obra se incluye una descripción
de: gobierno
y rentas
de las Indias españolas,
descripción
que no figura en
ninguna de las primeras l:diciones de Exquemelin,
fuera del original
holandés
de 1678. Aunque siguiendo
el bosquejo de la narración
de Exquemelin,
el texto
francés está sin embargo,
muy alterado y ampliado.
La
historia de Tortuga y de la parte francesa
de la Española se traza con pormenores
de otra fuente, la mismo
que las descripciones
de los hábitos y costumbres
de
los cazadores
de ganado y de los filibusteros.
Se insertan relaciones
acerca de otros dos bucaneros,
Montbars y Alejandro
Bras-le -Fer,
pero se silencian
el
naufragio de d'Ogeron
en Puerlo Rico
y la<; ha7~¡;"'C:
del almirante
d'Estrées
contra los holandeses.
En ge·
neral, el editor francés,
Sieur de Frontignieres,
refundió toda la historia.
En 1688 (1)
fué publicada
en
París una edición francesa
análoga,
y por Serstevens
un facsimile
de esta última
en Bruselas,
el año de
1713 (2).
Sabin
(op. cit. VI, 312) menciona
una
edición de 1699, en tres volúmenes,
que comprendía
el diario de Raveneau
de Lussan.
En 1744, y de nuevo en 1775, salió de las prensas de Trevoux,
otra edición francesa, en cuatro volúmenes,
a la cual se agre·
garon el viaje de Montauban
a la costa de Guinea,
y
las expediciones
contra
Veracruz
en 1683, Campeche
en 1685 y Cartagena
en
1697. El tercer volumen
contenía el diario de R. de Lussan, y el cuarto una versión de la Historia de los Piratas por Johnson
(3).
En
Lyons dieron al público una versión análoga en 1774,
pero no he tenido ocasión
de ver ejemplar
alguno (4).
[1]
Museo Británico, 278 a. 13, 14.
(2) Dawpierr". pág-. 153.-En
la Bibliotec~ de la Sociedad
Hispánica de Nneva York, "xi,te un ejemplar.
(3)
Museo Hritlínico. 9.555, aa. 1.
(4) :-<ouvellelJiugraphie Générale. tom. XXXVIII, S44. La
mejor biog-rafí" ne F,xquemelin 'e ellcuentra ell Sabin, op. cit.,
VI, 309.
-
OBRAS
268' -
SECUNDARIAS
Las obras secundarias más antiguas relacionadas
con la historia de los bucaneros son los escritos de los
historiadores
jesuítas franceses de los siglos XVII y
XVIII. Dutertre (1), cronista de acontecimientos
que
él mismo presenciara,
y también historiador digno de
créditG. cierra por desgracia su narración en 1667. pero hasta este año es el guía más seguro para la historia de las Antillas francesas.
En su ",Nouveau Voyage
aux isles de l' Amerique~ (París, 1722). Labat hace
una relación de once años pasados por él de 1694 a
1705 en Martinica y Guadalupe. y aunque de escaso
mérito como historiador, suministra buena copia de detalles por demás pintorescos sobre la vida y costumbres de los habitantes de las Indias Occidentales, a fi·
nes del siglo XVII. Obra de mucho mayor importancia 'J exactitud es la «Histoire de l'Isle Epa§S101e ou de
S. Oomingue~(París,
1732). por Charlevoix, la cual he
utilizado como introducción general para la hist.(;)ria de
los bucaneros franceses.
La ",Histoire philosophique
et politique des établissements
et du commerce européen dans les deux Indes ~,por Raynal (Amstetdam.
1770), se funda en Dutertre y Labat respecto al origen
de las Antillas francesas y en consecuencia carece de
valor para el período de los bucaneros.
Adrien Dessalles, quien publicó en 1847 su «Histoire générale des
Antilles~. prefirió, como Labat y Raynal, atenerse a los
historiadores que la habían precedido, en vez de esforzarse por adquirir íntimo
conocimiento
de las
fuentes .
.En las historias inglesas de Jamaica por Long,
Bridges y Gardner es insuficiente y somero cuanto se d+·
ce de los bucaneros. y lo propio ocurre con 13 «History
civil and commercial
of the British colonies in the
West lndies» por Bryan Edwards.
En su ",Chronoiogical Hislory of the West ¡ndies» (Lond., 1827), Tho(1) Oute~tre. J~n
París, 1667-71.
Bapti"te;
Hi..;toiTe g~n'éral~ <M!!Al\till,,~,
-
269
mas Southey consagra amplio espacio a los hechos de
los filibusteros. pero se ciñe del todo a las fuentes tradicionales. ]. W. van Archenholz publicó en 1803 «Die
Geschichte
der Flibustier», narración
superficial,
difusa y aur. pueril, sin referencias
a autoridad alguna (1). James Burney dió a la luz pública en 1816
una «History of the Buccaneers
in America», camo
cuarto volumen de «Achronological History of the Discoveries in the South Seas or Pacifie Ocean».
Barney echa apenas una ojeada sobre las Indias Occidentales, dedicando la mayor parte del volumen a la relación de los viajes de los filibusteros por Jas costas de
Sur América y 1i:i::> Indi¡¡s Orient'l!p~.
'A.'ë.!ter Thombury escribió en 1858 «The Buccaneers, or the Monarchs of the Main», compilación apresurada, florida y
recargada,
sin raciocinio ni exactitud histórica.
En
1895 presentó M. Henri Lorin una tesis latina a la Facultad de Historia de París, con el título: «De praedonibus Insulam Santi Dominici celebrantibus
sreculo
septimo decimo», pero semeja haberse circunscrito
a
Exquemelin, Le Pers (2), Labat, Dutertre y a unos
cuantos documentos sacados de los archivos coloniales
franceses.
La mejor relación sumaria escrita en inglés acerca de la historia y significación de los bucaneros en las Indias Occidentales,
encuéntrase en la
«History of Central America» par Hubert H. Bancroft
(II, cps. 26, 28-30).
El año pasado se di6 a la estampa un excelente volumen de M. Pierre de Vaissiere
en que se pintan la vida criolla y costumbres de la
colonia francesa de Santo Domingo en el siglo y medio anterior a la Revolución
(3).
Constituye una
monografía digna de fe, y como el precedente volumen
del mismo autor: «Gentils hommes campagnards
de
(1) Pué traducida al francés
George Mason (Londres. 1807).
(París,
1804), y al inglés
por
(2) I.e Pers era un jesuíta que escrihía en las Indias Occiden.
tales, y cuyos Mss. sirvieron de base a la historia de Charlevoix.
Cf. Dampierre:
.F:ssai sur les sources de l'histoire des Antilles
fr~"çaises., Paris, 1904,páKS. 157-67.
(3)
1':J(9) •
Vaissiere, Pierre de: Saint
Domillgue
(1629-1789. París,
- 270l'ancienne France., está escrito con amenlSlmo estilo.
De Vaissiere allega valiosa información, especialmente
en el capitulo primero, acerca de los orígenes y costumbres de los filibusteros franceses.
Sólo me ha sido dado encontrar dos obras p.spañolas referentes a los bucaneros.
Una
lleva por
titqlo:
Piraterías y agresiones de los ingleses y de otros pueblos de Europa
en la América española desde el siglo XVI al XVIII, deducidas
de las obras de D. Dionisio de Alcedo y Herrera. Madrid,
1883. 49
Salvo una larga introducción de don Justo Zaragoza, fundada en Exquemelin y Alcedo, consiste en una colección de extractos relativos a los filibusteros en las
costas del Perú y Chile, y se contrae con mucho al siglo
XVIlI. La otra obra castellana es una esmerada historia
de la marina española publicada
en nueve volumenes
por Cesáreo Fernández Duro, e intitulada:
Armada española desde la unión de los reinos de Castilla
gón. Madrid. 1895.
y Ara_
Contiene numerosos capítulos sobre las fechorías
de los filibusteros franceses y británicos en las Indias
Occidentales. algunos de ellos basados en fuentes españolas que yo ignoro; pero comparando
la narración
de Duro. a menudo descarnada
en cuanto hace referencia a los bucaneros, con las fuentes a mi alcance,
observo que añade poco a la que puede averiguarse
sobre el asunto 'lquí en Inglaterra.
Una de las mejores descripciones de la administración colonial y del sistema comercial de España
es aun la contenida en el libro VIII de la "History fa
America" par Robertson (Londres, 1777); bien que el
último y mejor relato sumario se halla escrito en francés en la introducción al volumen I de "La Traite
Negriere aux Indes de Castille" por Georges Scelle
(París ] 906). En el volumen II de su historia de
"L'Espagne
depuis Philippe Il jusqu'aux
Bourbons"
(París, 1844), Weiss considera las causas de la decadencia económica de España, y hace una relación tle!
rálico de contrabando
en Sur América, tomada en.
-
271 -
gran parte de Sabat.
Sobre este asunto he consultado de modo especial la obra de Leroy-Beaulieu
«De la
colonization chez les peuples modernes»
(París 1874).
La mejor relación acerca de los filibusteros franceses del siglo XVI en América es el ensayo: "Les corsairs français aux XV] siecle dens les Antilles (París,
1902), por GFlb:iel Marcel, breve monografía fundada
en la colección de documentos
españoles, hecha por
Navarrete.
También
importa para la historia del
filibusterismo el volumen de E. Ducéré: "Les corsairs
sous I'encien régime" (Bayona,
1895).
Cuanto a la
historia de los marinos isabelinos, he utilizado dos
obras de J. S. Corbett: "I)r;:;\(: •• a~d t~e T ••dü[ Navy"
(Londres, 1898), y "The Successors of Drake" (Londres, 1901).
Asím ¡smo han sido consultados:
Arias de Miranda, José: Examen crítico-hist6rico
del influjo que
tuvo en el comercio, historia y población de Rspaña ~u domi.
nación en América.
lIladrid, 1854.
Blok, Pie ter Johan: History
of the people of the l'etherlands
TransJated by C. A. Rierstadthand Ruth Putnam. 4 vols. New
York, 1898.
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1!l9û.
Crowford, James ¡,udovic Lindsay, 26 th Earl of: Ribliotheca !.indesian".
Handlist of Proclamations.
3 vols. Aberdeen. 18931901.
Dumont,
Jean: Corps
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diplomatique.
13 vols.
Hague'
172(r.39.
Froude, James Authony: History of Hngland from tbe fall of
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12 vols. 1870--75.
English Séawen in the sixteenth ('entury.
Lond., 1901.
Gardiner, Samuel Raw~on: History of the Commonwealth and Protectorate, 1649-1660.3 vols. Lon., 1894--1903.
Geographical and historical
descripti6n of. ... Cartagena, Porto
Bello, J,a Vera Cruz, the Havana and San Agustine.
Land ..
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Gibbs,
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1883.
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¡.and., 1598-1600.
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Baltimore, 1894.
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I..UCM,C. P.: A historical
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27% -
geograpby of tb~ Brtstistb
Vol. II. Tb~ W~!;t lndies.
colonies.
4
M.~D,
Sir WiI1iam: Tbe naval traelB of .... Edit~d .... by·M. Olt.
p~nh~jm. Vo)s.I and II. Lond., ]902 (en proœso d~ publicación).
Ovi~do y Valdés, Gonzalo F~rnánd~z d~: Historia General
{lidias. Salamanea, ]547.
de las
P~ytraud, Lucien: L'~9Clavag~ aux Antilles françaises av,,-nt 1789,
~tc. París, l~.
Saint I'V~8. G.: ~8
campagn~s de Jean d'Estrées
AnlWes, 1676-78. Puis, 1900.
dans la mer dM
Strong, Fr_&.: Causes of Cromw~11's We!lt Indies
(AtIl~r. Hist. Review. Jan. 1899).
exp~dition
V~itia J.,inaie, Josef de: Norte de la contratación
cide11tales. Sevilla, 1672.
de las Indias Oc-
Vignols, L~on: La piraterie
Renn~s. 1891.
au XVIII
sur l'Atlantique
,,¡eole,
ERRATAS
PáJ{.
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