Iglesia, ¿pequeño resto o inmensa mayoría?

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Iglesia, ¿pequeño resto o inmensa mayoría?
Anselmo Álvarez Humanitas 73 Para situar las ideas que vamos a exponer en
las líneas que siguen,
es necesario
conectarlas con la doctrina y el espíritu de dos de los
grandes capítulos de la fe católica, relacionados a su vez con el dogma
acerca de la Iglesia. Se trata de la concepción de la misma
en su doble vertiente como Cuerpo Místico y Comunión
de los Santos, a través de los cuales se despliegan algunas
de las multiformes riquezas del misterio de la Iglesia. Aquí
destacamos algunas que parecen especialmente sugestivas,
tanto para la comprensión de la realidad eclesial como para
la espiritualidad cristiana, pero a las que, por lo general, no
se presta una atención frecuente. Con esta finalidad, parece
oportuno recordar previamente algunos datos esenciales del
pensamiento teológico acerca de ambos contenidos (artículos)
del credo católico.
El Cuerpo Místico
Pertenece a la naturaleza de la Iglesia el constituir una
realidad unitaria dentro de la diversidad de sus dimensiones.
Ella es en todo momento la indivisa y única Iglesia y Esposa
de Cristo, su Cuerpo Místico total, al que pertenecen todos
los que, en cualquier tiempo, han estado asociados a Él. Sobre
esta totalidad se constituye el organismo que la teología
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define como Cuerpo Místico de Cristo, en el que, a su vez, tiene
lugar la Comunión de los Santos integrada, en todo tiempo y lugar,
por cuantos han participado en la gracia de la Cabeza. «Cristo es la
Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia» (Col 1, 18), por lo cual ambos,
«Cristo y la Iglesia, son el Cristo total (Christus totus). La Iglesia es una
con Cristo1, de manera que “siempre permanece unificada en Él, en
su Cuerpo”2. En la encíclica Mystici corporis escribe Pio XII: “Cristo
es en todo momento cabeza de la Iglesia única”3. Capitalidad de
Cristo que le hace “principio, primogénito de toda criatura” (Col
1, 15; cf Rm 8, 29).
S. Pablo ilustra así el misterio de esta unión con Cristo: «de igual
manera que todos los miembros del Cuerpo a pesar de ser muchos y
diversos son un solo Cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros…
hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo
cuerpo» (1 Cor 12, 12-14). «Padre, consúmales completamente en la
unidad» (Jn 17, 23), había manifestado Jesús en el trance de volver
al Padre. Por tanto, un solo Cuerpo y una sola Iglesia. El
mismo Pablo desarrolla esta doctrina al describir a Cristo
como “Cabeza del cuerpo, de la Iglesia” (Col 1, 18), con la
que constituye “un solo cuerpo en Cristo” (Rm 12, 5. Cf
1 Cor 10, 17; 12, 12, 13, 20, 27; Ef 5, 30), así como “un solo
Espíritu” (Ef 4, 4)4.
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En ambos «unos viven aún peregrinos en este mundo,
otros, ya difuntos, se purifican ayudados también por
nuestras plegarias, otros, finalmente, gozan ya de la gloria
de Dios e interceden por nosotros»5. Se trata de la Iglesia
que ya ha superado las pruebas —triunfante—; la que se
encuentra en medio de ellas —militante—, o la que se purifica
de las culpas pendientes —purgante—. Estos hermanos
“difuntos son también miembros de Cristo”6. «Lo mismo
que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros
del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es
también Cristo. Todos nosotros hemos sido bautizados en un mismo
Espíritu, para formar un solo Cuerpo. Y todos hemos bebido de un
solo Espíritu» (1 Cor, 12, 13).
Esta pluralidad de estados no implica división ni escisión: «todos
aquellos que por la generación carnal son muchos, por la regeneración
divina son uno solo con Él. Así pues, Cristo es uno, formando
en uno solo la cabeza y el todo; nacido del Dios único en los cielos y
de una única madre en la tierra; muchos hijos, a la vez que un solo
hijo. Pues así como la cabeza, los miembros son un solo hijo a la vez
que muchos hijos»7.
La incorporación, a lo largo de todas las edades, al cuerpo de la
Iglesia nos introduce en el mismo organismo indiviso, igual siempre
a sí mismo en todo tiempo y lugar, porque está unido en quien es al
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mismo tiempo su Cabeza y piedra angular, Cristo, y cuyo corazón es
el Espíritu Santo8. En él nos integramos como miembros de un único
cuerpo que abarca a todos los que en esta Iglesia han sido convocados
para participar en la gracia de Cristo, en la cual “todos sois uno en
Cristo Jesús” (Gal 3, 29).
Este Cuerpo Místico de Cristo forma una sola comunidad y participa
de una vida única. En realidad, en Cristo y en la Iglesia todo es
uno: “un Señor, una fe, un bautismo” (Ef 4, 5), una gracia, un pueblo.
“Tal era el plan que Dios había proyectado realizar en Cristo…: recapitular
en Él todas las cosas del cielo y de la tierra” (Ef 1, 10). De
hecho, “en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch..) cuantos,
en cualquier tiempo, hemos estado incorporados a Cristo.
Con Él y en Él, todos los cristianos tenemos sus años, pertenecemos
al tiempo total de su historia y, con la Iglesia, poseemos
en cada momento toda la extensión de su Cuerpo.
Esta ‘Iglesia’ o la totalidad de los que habla esta doctrina,
es la Iglesia universal, la comunidad que integra a todos los
miembros del Cuerpo Místico por encima de espacios y épocas.
Por eso es místico, espiritual, libre de las dimensiones
que confinan al hombre sometido a la duración. La Iglesia
y sus miembros constituyen una realidad histórica, pero al
mismo tiempo participan de la condición supratemporal de
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su Cabeza, que es ‘de ayer, de hoy y que vive por los siglos’
(cf Hbr 13, 8; Ap 4, 9- 15), de los que hace coetáneos a quienes,
por encima de las contingencias del tiempo, integran una
indivisible unidad sacramental con Cristo.
De ahí que la Iglesia una y total se encuentre presente en
todo tiempo y lugar, lo que permite la audacia de San Pablo:
“nosotros somos conciudadanos de la Jerusalén celeste“ (Fil
3, 18)9. Aquí y ahora, en cada ciclo de los tiempos, el pueblo
cristiano está constituido por todos aquellos que han estado o estarán
integrados en la comunión con Aquel que es de ayer, de hoy y de
mañana, y en el cual todo es uno en un hoy único. Por eso, cada día la
Iglesia militante celebra a algunos de los que ella misma ha declarado
que gozan ya de la presencia de Dios, y cada año hacemos memoria de
todos los bienaventurados y de todos los fieles difuntos. Porque con
ellos formamos una sola Iglesia, y con nosotros constituyen, a su vez,
una sola comunidad. Como Cristo está presente en cada fracción del
pan eucarístico así, de algún modo, toda la Iglesia está entera en cada
período de su devenir. Iglesia unida a Cristo, que es el nexo interno
sobre la que se establece la unidad de los mismos, a los que
reviste como de una túnica inconsútil.
Por eso, la Iglesia de hoy es toda la Iglesia: la de siempre,
la que pertenece al pasado y la que será en el futuro; entera,
católica, porque abarca todo tiempo y lugar; casa común de
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los hombres, aun de aquellos que lo ignoran. Ella es, en cada
momento, la Iglesia única y total de Cristo, según el proyecto
por el que “Dios nos eligió antes de la creación del mundo
para ser su pueblo…, conforme al designio de quien lo hace
todo según su voluntad” (Ef 1, 4-5, 11). Iglesia supratemporal
que puede invocar como presentes su pasado y su futuro.
Como decía Benedicto XVI en la Lectio divina pronunciada
en el Seminario Romano el 8 de febrero del 2013: “la Iglesia
es el árbol de Dios que vive eternamente y lleva la auténtica
herencia: la vida eterna”.
La Comunión de los Santos
El Cuerpo Místico alimenta la Comunión de los Santos.
Esta expresión alude a la unidad entre sí de cuantos son
miembros de ese Cuerpo, entre los cuales “unos viven aún
peregrinos en este mundo; otros, ya difuntos, se purifican
ayudados por nuestras plegarias; otros, finalmente, gozan
ya de la gloria de Dios… Todos juntos forman en Cristo
una sola familia, la Iglesia”10.
Pero este enunciado expresa también a la participación en
la gracia, la vida y la riqueza que es propia de ese Cuerpo.
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Sus miembros son llamados ‘santos’ porque comparten la
santidad de Cristo y de todos los demás miembros, juntamente
con todos los bienes de orden espiritual que son patrimonio
del mismo. Es, por tanto, la comunión de todos los cristianos en la
misma Cabeza, en el mismo Espíritu, en la misma Gracia, en iguales
dones, carismas y méritos.
Esta “Comunión de los Santos es precisamente la Iglesia”, afirma el
Catecismo de la Iglesia Católica (946), que menciona seguidamente (947)
las palabras del Catecismo Romano: “Como esta Iglesia está gobernada
por un solo y mismo Espíritu, todos los bienes que ella ha recibido
forman necesariamente un fondo común” (1, 10, 24). Fondo que
abarca las personas y las cosas que se integran en su patrimonio11.
En virtud de la Comunión de los Santos, potenciada por la realidad
del Cuerpo Místico, la unión con Cristo-Cabeza nos asocia
sustancialmente, en el orden de la vida divina y sacramental, a
todos cuantos han estado unidos a Él por la gracia. De esta forma,
los actos de aquellos que están incorporados a Cristo y a los que son
de Cristo, adquieren una intemporalidad que les permite formar
un todo con la única comunidad cristiana de todos los tiempos.
Esta pertenencia a Cristo, a la Iglesia y al Cuerpo místico nos
hace, en cualquier tiempo, contemporáneos de todas las
generaciones, de todo lo que a lo largo de ellas ha sido
acumulado por la acción de Cristo y por la aportación de
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aquellos que están, han estado o estarán adheridos a Él
por la gracia. Los cristianos lo son de cualquier tiempo,
porque Cristo es de ayer, de hoy y de mañana, y en Él todo
es uno, en un hoy único y eterno. Esta cualidad nos faculta
para estar vinculados a todos esos ‘santos’ del presente, del
pasado o del futuro.
Y por eso, en cada uno de nosotros hay, de alguna manera,
una presencia de todos los demás, que nos otorga la
capacidad de representarles ante Dios y ser representados
por ellos, de modo en cierta forma asimilable a como todos
estábamos injertados en Adán, o como en Cristo, segundo
Adán, se recapitula toda la humanidad. Ello permite que
cada uno de nosotros pueda penetrar y sostener, en el suyo,
el corazón del mundo, porque nuestro corazón y nuestro
espíritu son más grandes que el mundo. Podrá así actuar
para arrancar a todas las cosas, a todos los seres, todas las huellas
que Dios ha dejado en ellos, para convertirlas en himno de alabanza.
Y podrá asimismo penetrar en los corazones humanos para recoger
en cada uno de ellos su grandeza, su belleza, su dolor, sus
pecados, sus angustias y esperanzas, su oración y su amor, a fin de
poder presentarlos, cada uno de nosotros, como nuestra ofrenda
común12. De esta forma, tenemos la posibilidad de poner el mundo a
los pies de Dios y envolverlo en un abrazo de oración e intercesión.
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Es la ofrenda que da cumplimiento a las palabras del Apocalipsis (5,
12): «has hecho de nosotros un reino de sacerdotes para nuestro Dios».
En realidad, la tierra es el santuario del universo. En él, en ese
planeta azul, que tiene el mismo color del manto de María, late el
corazón espiritual de la creación. Aquí ha vivido el Verbo Hijo de
Dios, Creador de todas las cosas, y aquí ha dejado su tienda. Esta
realidad hace de la tierra el verdadero centro en torno al cual gira
la totalidad del universo.
I
Misión del hombre en él es volver a llenar el silencio actual
con el clamor que ha colmado hasta ahora la tierra y que se
levantará de nuevo en ella hasta el final de los tiempos. Y no
menos con el que ha sonado, resuena y vibrará sin fin en los
cielos. Y, entretanto, en este tiempo de mutismo, hacer de las
palabras apagadas el susurro de un silencio que será el presagio
del ciclón incontenible que volverá a retumbar, uniendo
en un solo coro a todas las criaturas de Dios.
Nuestra es esta herencia de Cristo y de la Iglesia: la oración,
los méritos, la virtud, la gracia y la gloria de todos sus hijos:
‘venid, recibid lo que ha sido preparado para vosotros desde
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la creación del mundo’ (cf Mt 25, 34). Una herencia que será
plena en el mundo futuro, pero que es espléndida realidad
inicial ya desde ahora, cuando es precedida por una conciencia
vigorosa del dogma de la Comunión de los Santos.
“La comunión eclesial comprende todos los tiempos y todas
las generaciones”, recordaba también Benedicto XVI13. Por una
parte, la familia universal de los hombres constituye la primera
Iglesia humana, reunida en torno a Dios en su condición de
criaturas e hijos, redimidos por la sangre del Hijo, convocados
a la misma comunión con el Padre, tanto en el presente como
en el futuro. En el tiempo todos los hombres pertenecen a esta
Iglesia universal, que reúne a cuantos hemos salido de las manos del
Creador. Hay, por consiguiente, una Iglesia, una sociedad o comunidad,
que coincide con la de los hombres y del mundo, y está sostenida en
Aquel que es y que hace incesantemente nuevas todas las cosas.
Pero a partir de esta asamblea universal de los hijos de Dios, la
Iglesia reúne en torno a Cristo a los que aceptan su palabra, viven
según su fe y sus mandamientos y se nutren de la gracia que lleva
a la salvación. En cada momento ella constituye una realidad que
abarca la totalidad del tiempo. Como escribía el Pastor de Hermas
en el siglo II: “la Iglesia ha sido fundada antes que todas las cosas, y
el mismo mundo ha sido fundado para ella”.
Extensión real de la Iglesia
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No se trata solo de recuperar conceptualmente esta realidad de la
Iglesia para nuestra satisfacción presente y nuestra confianza futura.
Más allá del nivel de conciencia que tengamos acerca de esta peculiaridad
suya, lo cierto es que en ella reside el potencial más
eficiente que opera en la comunidad humana a partir de la
presencia de Cristo en la misma, y de la eficacia única de su
acción mediante la gracia, los sacramentos, la redención, la
palabra, y la propia acción mediadora de la Madre de Jesús.
Tal propiedad puede ser convertida en algo efectivo, capaz
de hacer patente esa virtualidad y de proyectarla en todas las
direcciones espirituales y humanas, hasta hacer de ella el organismo
más dinámico que actúa en el seno de la historia. La
Iglesia es la presencia visible de Cristo en ella, y su pueblo es
un “pueblo elegido, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo
adquirido por Dios” (1 Pe 2, 9). Pueblo que está destinado a
ser patria de la humanidad entera.
El Cristo al que la Iglesia está sustancialmente unida y en
el que reside la plenitud de la divinidad, es también el Hijo del Hombre,
lo que equivale a decir que es la encarnación del pueblo humano,
Cabeza de la humanidad, incluida la que le niega. Donde está Cristo
está toda la humanidad y toda la Iglesia. Por consiguiente, toda la
Iglesia está aquí y ahora en Cristo, unida a Aquel en cuyo hoy eterno
vive. La Iglesia es coetánea de Cristo, y Cristo es, en todo momento,
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contemporáneo de la Iglesia. Ambos siguen el mismo itinerario y
comparten el mismo presente, por encima de los vaivenes del tiempo
y de los hombres.
Con su presencia, Cristo comunica constantemente a la Iglesia
su vida, su fuerza, su salvación. Él es su Señor y su Esposo. Piedra
angular (cf Mt 21, 22; 1 Pe 2,6) a la vez del mundo y de la Iglesia, a la
que mantiene asentada sobre esa roca firme (cf 1 Cor 10, 4). Aunque
de nuevo hoy parezcamos una intrascendente minoría, como las
comunidades cristianas primitivas, la Iglesia está, aquí y ahora, en
posesión de toda la potencia de Cristo, la misma con la cual aquellos
cenáculos insignificantes se impusieron a la magnitud y poderío de
un imperio que hizo lo posible por anular ese germen naciente. Pero
aquellas comunidades se apoyaban en la fuerza de Cristo, ante la que
cualquier otro poder era y es una ficción.
Nuestra es, por tanto, toda la santidad, virtud y perfección de cuantos
han servido y agradado a Dios. De manera que, en efecto, también
los ángeles son nuestros. Y por eso, desde aquí nos podemos unir a
“las esferas angélicas que se movían en círculos concéntricos en torno
a Dios” (Catalina Emmerick). Lo podemos hacer uniéndonos desde la
tierra a sus ritmos eternos, a sus coreografías sin fin de alabanza y de
amor. Como también ellos se unen a nuestra liturgia y la presentan
ante el altar del cielo: “llegó otro ángel llevando un incensario de
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oro y se detuvo junto al altar; le entregaron gran cantidad de
aromas para que los mezclara con las oraciones de todos los
santos, situado ante el trono. De la mano del ángel subió ante
Dios el humo de los aromas mezclado con las oraciones de
los santos” (Ap 8, 3-4).
Y no menos es nuestra, de cada uno, la acción de toda la
Iglesia. Cada uno de nosotros no somos un yo único: un individuo,
una isla, sino que somos un cuerpo, una comunidad,
un continente; una Iglesia universal, a la que llevamos con
nosotros porque nos lleva con ella. En cada uno de nosotros
está toda la Iglesia; cada uno pertenece a toda la Iglesia, y
toda la Iglesia nos pertenece. Estamos, en todo momento, en el único
Cristo y en la única Iglesia, de una manera indisoluble, siempre que
permanezcamos en la gracia de la Cabeza. Por eso, la Iglesia nunca
deja de ser la Iglesia única e integral, en una plenitud que se extiende
a la realidad de cada momento. Esta realidad, sobre todo cuando es
vivida de manera consciente, nos da una nueva fuerza irresistible,
avasalladora. El día que nos pusiéramos a orar con toda la Iglesia y
pusiéramos a toda la Iglesia en oración caerían ante Dios todos los
muros, como los de Jericó ante su pueblo.
En la Iglesia única, en la comunión de los santos, todos los que son
de Cristo forman una asamblea, un coro único. En cada uno de sus
miembros resuena la acción, la palabra, la vida de todo el Cuerpo. Cada
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una de sus vibraciones recorre su totalidad, en un movimiento omnidireccional
que, desde cada miembro, se proyecta hacia todos los demás.
Esta economía cristiana, sustentada en la comunión de los santos y
en el misterio litúrgico que hace contemporánea la presencia y la acción
de Cristo, permite a cada miembro vivo de la Iglesia polarizar en sí
el pasado, el ahora y el futuro y presentar, con Cristo y con la Iglesia,
la ofrenda universal. Puede así activar todo el depósito de gracia, de
santidad, de mérito y de oración que actúa en ella, y recapitular la
multiforme aportación del cuerpo místico en Cristo su Cabeza, en
María, en los santos, en los justos que han sido y serán.
La Iglesia se encuentra así envuelta en un océano de realidad divina
y espiritual, al que pertenecemos desde nuestro origen, desde una
eternidad a otra, y en el que actúa una fuerza ilimitada procedente de
la potencia de la gracia divina y del peso de las acciones y méritos de
origen angélico y humano. Esta Iglesia, que es “fragancia de Cristo”
(2 Cor 2, 15), está en condiciones de ‘pedir lo imposible’, para
sí y para todos. Por eso, ella puede levantar desde todos los
corazones humanos, también desde los que están cerrados a
Dios pero que son suyos, una sinfonía en que vuelvan a vibrar,
a través de las nuestras, todas las voces apagadas, para que
se conviertan en “alabanza de la gloria de su gracia” (Ef 1, 6),
a fin de que también ‘los gentiles glorifiquen a Dios por su
misericordia y canten su nombre’ (Rm 9, 15)14.
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Otra dimensión: Universalidad viva de la Iglesia
En realidad, el hombre se rige ya por otro reloj y otro calendario.
T. S. Eliot lo expresó así en sus Cuatro Cuartetos: “En mi
comienzo está mi fin… El tiempo presente y el tiempo pasado
son dos presentes en el tiempo futuro”. Cristo había dicho: “si
fuerais del mundo…, pero como no sois del mundo” (Jn 15, 19),
lo que puede también significar: no estáis sometidos al mundo,
a sus leyes y límites. Podéis apresar, con el pensamiento
y con el espíritu, el tiempo y el espacio; podéis llegar hasta
los confines de Dios e introduciros hasta sus profundidades, hasta
“hacernos un solo espíritu con Él” (1 Cor 6, 17); ese “Espíritu que lo
penetra todo, incluso las profundidades de Dios” (1 Cor 2, 10). Si es
así, si nuestro espíritu puede moverse en el Espíritu de Dios, ¡cuánto
más nos pertenecerá, aquí y ahora, el ámbito total de la Iglesia!
Cada uno de nuestros instantes y de nuestras voces puede entonces
convertirse en resonancias que lleven hasta Dios las de todos los
seres de la creación, para que en todo momento, como en un coro
global, adoren, glorifiquen y den gracias a su Autor. Tenemos así la
posibilidad de remover cielos y tierra, espacios, tiempos y eternidades.
La oración del primero y del último de los hombres, que han inaugu-
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rado y cerrarán los tiempos, puede reunir en uno solo el clamor de
todos los corazones humanos.
Con Aquel que recoge todo el polvo de los tiempos, el hombre
puede surcar el tiempo y el espacio, transitar por ellos sin barreras,
no con el cuerpo pero sí con el espíritu, y acercarse a cada una de las
realidades que los pueblan para unirse a su glorificación de Dios, y
para descubrir el amor, la sabiduría y el poder que revelan, a fin de
hacer de ellos los portavoces de nuestra propia alabanza.
Todos los días vienen a ser, de esta forma, el día único de Dios.
Ese es también nuestro día, que tiene una encarnación y prolongación
sacramental en el día litúrgico, y que nos hace contemporáneos
del día eterno de Dios. En él encontramos nuestro día y el de todos,
formando con el suyo un día indivisible, de modo que cada
uno de los instantes humanos puede conectar con todos los
demás instantes de la historia, del tiempo y de la realidad: los
de Dios y los del hombre, los pasados y los futuros, los del
cielo y de la tierra.
Podemos así, en un día, renovar y reproducir todos los
días si los unimos al hoy de Dios, que abarca todos sus días y
todos los nuestros. Entonces desde un palmo de tierra, desde
un momento del tiempo, podemos abarcar todos los espacios,
tiempos y generaciones como una realidad presente. Por eso, la exigua
representación del pueblo de Dios en un período determinado no
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deja de personificar la representación visible de la comunidad eclesial
supratemporal.
Esa insignificancia numérica y social de los cristianos en una
etapa del tiempo deja intacta la realidad teológica de la Iglesia. Ella
sigue su misión con independencia de la acogida o de la extensión
que tenga en cualquier tiempo. Como sucedió con su Maestro,
que estuvo entre los hombres llevando a plenitud la obra que el
Padre le había encomendado, sin que fuera obstáculo la tibieza de
la respuesta y las consecuencias sobre su persona. Esos resultados
hicieron pensar a los suyos, de ayer y de hoy, que con su muerte
todo había acabado para el proyecto de Jesús. Pero más bien, aquel
fue el impulso definitivo a la fundación de la Iglesia y sobre el cual
sigue fundando su perennidad.
Hoy la Iglesia no está paralizada. En ella sigue vivo todo el misterio
y toda la fecundidad de que ha sido dotada. Esa magnitud numérica
reducida no limita en ella la presencia de Cristo, ni sus poderes espirituales
y sacramentales, ni el potencial de vida y de salvación que le
ha sido entregado. En medio de la deserción de la fe y del deterioro
cuantitativo, Ella se conserva intacta e invicta, inexpugnable. Porque
la Iglesia no subsiste en sí, sino en Cristo. Con los coros angélicos ella
alza también su voz: “¡la victoria es de nuestro Dios, que está sentado
en el trono, y del Cordero! La alabanza y la gloria y la sabiduría, y la
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acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios
por los siglos de los siglos” (Ap 7, 10. 12).
Con este poder, la Iglesia militante está capacitada para hacer presente
ante el Dios de los cielos y de los tiempos, ante el Señor, Rey de
la gloria (cf Sal 23), todo el caudal de riqueza acumulada a lo largo de
los siglos: sus obras, su oración, su alabanza, su santidad, su cruz y su
expiación, toda la gracia depositada en ella. Puede reiterar la profesión
de fe pronunciada por cada una de las generaciones cristianas
para suplir la que hemos dejado de proclamar. Y asimismo,
cada uno de nosotros puede levantar en sus manos a la Iglesia
y a la humanidad enteras como ofrenda de nuestros corazones.
No importa que esas manos sean pocas. Dios pondrá
en ellas su propia fuerza y la de cuantos han pertenecido y
pertenecen a ella.
Este «resto» mantiene el mismo vigor que mostró la Iglesia
católica tras la escisión de la Ortodoxia y de la Reforma. O como
había ocurrido tras la deserción del Pueblo de Israel, al que
Dios dio continuidad en la Iglesia. Al pueblo hebreo sucedió
el pueblo cristiano y, si fuera preciso, al pueblo cristiano le
sucederá una raza de hombres divinos. Porque lo débil de Dios es más
fuerte que los hombres… Lo débil del mundo Dios lo ha escogido para
humillar el poder, lo que no cuenta para humillar a lo que cuenta (cf
1 Cor 1, 27-29), de manera que “somos los pobres que enriquecemos a
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muchos” (2 Cor 6, 10).
En cada momento la Iglesia reúne la energía de toda la Iglesia que,
más que Gedeón15, puede poner en marcha los ejércitos del Señor
y agitar cielos y tierras, mares y continentes. En cada instante la
Iglesia puede ser puesta en acción total por cada miembro vivo de
la misma. Cada corazón puede ser el altar del mundo, desde el que
se eleve el cántico de todos los corazones y las voces de todas de las
criaturas de Dios, y donde se haga presente la ofrenda de todos los
hombres: la que hacen y la que tal vez no hacen pero que nosotros
ponemos en ellos para así recogerla y presentarla en su nombre.
Cada uno podrá ser así el Ángel a través del cual suba el aroma
de todas las oraciones (Ap 8, 3). No en vano “somos el incienso
que Cristo ofrece a Dios, entre los que se salvan y entre los que se
pierden” (2 Cor 2, 15). Si “el batido de las alas de una mariposa en
las selvas amazónicas puede provocar un tornado en Tejas” (efecto
mariposa de Lorenz), ¡qué no podrá impulsar el latido de un alma
en cualquier rincón del mundo!
Es la ofrenda por la que la Iglesia presenta a Dios “los cielos y
la tierra, el universo visible e invisible”, puesto que “todo ha sido
creado por Él y para Él” (Col 1, 15-20). “Cristo nos indica que el
cosmos debe ser liturgia, gloria de Dios, y que la adoración es el
principio de la transformación verdadera, la auténtica renovación
del mundo”16.
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El hombre que permanece unido a Dios es el alma de ese
mundo, puesto que es espíritu en el mundo, imagen viviente
de Dios, partícipe de su naturaleza (cf. 2 Pe 1, 4). Él es el
mediador de la creación en virtud del culto que le tributa
en su nombre y en el de las criaturas, a las que representa y
a las que da nombre, lo que le constituye en ese “pueblo de
reyes y sacerdotes” que señorea a los seres creados (cf. Gen
1, 26) y por quien son ordenados a Dios. Él es su conciencia,
su voz, su corazón. Él puede asumir sobre sí la conciencia
y el peso del mundo. Entonces sus manos levantan el ara y
ofrecen el holocausto de la humanidad y del cosmos. Esa
liturgia no cesará, ni aun cuando cese el sacrificio (cf. Dan 8, 27),
porque toda realidad es materia de ofrenda en manos del hombre.
“¿Acaso Dios es sólo Dios de los judíos? ¿No lo es también de los
gentiles? Sí, también de los gentiles, puesto que no hay más que un
solo Dios” (Rm 3, 29-30).
En ella puede llegar hasta Él toda la potencia amante y orante
de todos los seres para suplir la que se ha enfriado. Se moviliza
así el dispositivo espiritual del mundo, el que le mantiene abierto
a la acción de Dios y, a su vez, permite elevar hacia Él todo lo que
puede ser convertido en oración, en gloria, en adoración, en ofrenda
a Dios; toda perfección, belleza, amor, gozo, dolor; todo lo que
puede ser convertido en canto de alabanza y en objeto de oración.
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Toda la creación es un himno que, en silencio, se eleva por sí mismo,
pero del que cada uno de nosotros nos podemos apropiar y ponerlo
también en boca de cada criatura cósmica, humana y angélica para
que llegue hasta las alturas. De esta forma, su voz será nuestra voz y
la nuestra será la suya17. Porque el hombre es el mediador, con Cristo
y en la Iglesia, de esa glorificación universal. Suyo es el campo del
mundo, en el que recoger la cosecha de los siglos. El lugar de la Iglesia
está en el corazón de cada hombre, pero también en la anchura de los
espacios y los tiempos.
Desde su soledad y silencio aparentes la voz de la Iglesia tiene una
resonancia superior a todas las palabras de los hombres, gracias a su
sintonía con la de Dios, con la que pronuncia la liturgia de la tierra,
del cielo y del universo. Con ellos canta en las lenguas de los diez
mil millones de billones que, según se nos dice, representa la cifra
aproximada del total de las estrellas, que entonces parpadean al ritmo
de los corazones humanos.
No es la Iglesia la que ha quedado enmudecida, sino el
hombre cuyo silencio sobre Dios anula la eficacia de todos
sus discursos y obras.
¿Iglesia en crepúsculo?
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En contraste con esta perspectiva exultante de la Iglesia,
la imagen exterior de ella en la actualidad y la valoración
interna sobre sí misma nos presenta la visión del declive,
sociológico y cuantitativo, del mundo cristiano. Este habría
entrado en una fase crepuscular a consecuencia del descenso
continuado de las creencias y de las masas de fieles, cada vez
más ausentes del ámbito social de nuestro tiempo. De hecho,
este sería uno de los fenómenos más significativos de nuestra época,
porque parece representar el eclipse, al menos momentáneo, del elemento
más dinámico que ha movilizado en todo tiempo la historia
del mundo occidental.
Ello provoca una sensación de incertidumbre, y a veces de angustia,
que sube al corazón de los cristianos cuando observan la
fuerza decreciente de su presencia en la sociedad y, lo que es más
deplorable, el sentimiento de que Dios no cuenta hoy en el mundo
más que con el amor y la santidad de unos pocos amigos. Porque
es lo cierto que la hora de la oscuridad parece haber reducido casi a
la nada el sentido de la religión y de la obediencia a la verdad. Dios
acepta hoy, para Sí y para la iglesia, este tiempo de silencio y de catacumbas
a que el hombre le condena, como aceptó la kénosis de la
Cruz y del sepulcro. Porque es el tiempo dado al hombre para que
diga su palabra sobre Dios en toda libertad, antes de que llegue la
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hora en que Él diga la suya sobre el hombre y sus palabras.
Entretanto, del fondo de esta comunidad cristiana dolorida, surge
un lamento semejante al de los israelitas ante la caída de la casa de
David: “has derrocado sus murallas y derrotado sus fortalezas; todo
viandante lo saquea y es la burla de sus vecinos; has sostenido la
diestra de sus enemigos y has dado el triunfo a sus adversarios…;
has quebrado su cetro glorioso y derribado su trono” (Sal 88, 39,
53). O como el gemido ante la desolación de Jerusalén: “¡Cómo yace
solitaria la ciudad antaño populosa! Se ha quedado viuda
la grande entre las naciones, la princesa de las provincias.
No hay entre sus amigos quien la consuele; sus leales le han
vuelto la espalda” (Lam 1, 1-2).
El desierto y la soledad se ensanchan en el alrededor de
esta Iglesia que parece, cada vez más, un resto, una semilla;
apenas una nubecilla del tamaño de una mano, como la
que divisó el criado del profeta Elías, pero que sin embargo
creció hasta cubrir la tierra de Israel (cf. 1 Re 18, 43-46). Ella
parece hoy la habitante del desierto al que ha sido conducida,
como la Mujer del Apocalipsis, para en él dar a luz al
nuevo pueblo de la humanidad, que será hijo de María y
de la Iglesia Ya ahora aparece como palmera solitaria que
acoge bajo su silueta a los supervivientes de este turbador
naufragio, como ese único árbol que florece y que ofrece su
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sombra en la canícula de esta hora del mundo.
Pero los datos sociológicos y estadísticos que describen
esta situación no dan la medida de la realidad. La verdad
acerca de la Iglesia no se deduce de la opinión o de las encuestas.
Tampoco de quienes, a la hora de valorarlas, sustituyen la palabra
de Dios por la de los augures de los tiempos nuevos. Unas y otros
desconocen completamente el misterio de la Iglesia, las razones de
su fortaleza y de su esperanza.
Son estas las que en medio de sus tribulaciones le permiten repetir
con el antiguo pueblo de Dios: “Tú has sido nuestro refugio de
generación en generación” (Sal 89, 1). Y apropiarse las palabras del
salmo 3: “pero Tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria, Tú mantienes
alta mi cabeza”, o las del profeta Isaías: “el Espíritu del Señor ha sido
enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los
corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos,
a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del
Señor: el día del desquite de nuestro Dios; para consolar a los afligidos del Señor, para cambiar su ceniza en corona, su traje de luto
en perfume, su abatimiento en cánticos… Reconstruirán las viejas
ruinas, levantarán los antiguos escombros, renovarán los despojos
de muchas generaciones” (Is 61, 1sg). Porque “Yo estoy con vosotros
todos los días hasta el fin de los tiempos” (Mt 28, 20).
Como aquel pueblo, la Iglesia de hoy no se siente débil, ni se encuentra
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sola ni abandonada porque descansa sobre el brazo fuerte
de su Señor. A la pregunta: ¿qué queda de la Iglesia?, ella responde:
queda la Iglesia entera. La Iglesia que está en sí misma, en sus
miembros, muchos o pocos en la actualidad, pero que está ante
todo en Cristo que es su Cabeza, y en el Espíritu Santo que
es su Corazón. Ellos pueden generar ilimitadamente hijos
y miembros de la Iglesia, de modo semejante a los seres sin
número que han salido de sus manos. Y esa fuente mana
sin cesar. Esos pocos que subsisten se mueven e interactúan
dentro de la Iglesia universal, visible o invisible, de la que
son su presencia y su potencia, aparentemente inerme, pero
depositaria de la multiplicidad y fecundidad de todos los que
han sido o serán hijos de la Iglesia. Porque en cada momento
la Iglesia es toda la Iglesia. Ella es legión; simplemente, la
Iglesia de Dios.
A la Iglesia le queda toda la realidad viva de la Iglesia
eterna: todo el poder, la gloria y la presencia de su Señor,
la Palabra de Dios, el Espíritu Santo, la Gracia de sus Sacramentos,
la facultad de atar y desatar así en la tierra como en
el cielo. Le queda la Iglesia de todos los tiempos, presentes, pasados
y venideros, esto es, el Cuerpo místico y la Comunión de los Santos,
la Iglesia militante, purgante y triunfante, que es la Jerusalén celeste.
En definitiva: la “Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la
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verdad” (1 Tim 3, 15).
Y le quedan sus santos, sus mártires, sus místicos y sus fieles
anónimos, los de hoy y los de todas las generaciones. Le quedan
sus maestros, pensadores y teólogos. Le queda su historia, a la vez
espiritual, sacramental y humana, no igualada por ninguna otra
colectividad en su contribución a la elevación del hombre, y expresada
en lo hecho por sí misma y por todos los que han inspirado su
sabiduría humana en la fe y en la gracia transmitidos por ella. Ella
sigue siendo el único organismo verdaderamente viviente, encerrada
hoy en un núcleo diminuto, pero en el que se esconde una energía
ilimitada, superior a la que se albergaba en la partícula originante
del universo.
Y junto a ella, invisibles pero reales, todas las milicias del cuerpo
místico; innúmeras, vivientes en Aquel que vive por los siglos,
prontas a la voz de su palabra.
Esta Iglesia subsiste, presente y operante, con la eficacia total de
su Cabeza y de sus miembros. La Iglesia que no puede ser anulada
por la fuerza del infierno y que, aunque momentáneamente ensombrecida
por la confusión y el pecado, mantiene intacta su pujanza,
como Cristo en aquellas horas oscuras de la pasión y del sepulcro.
Porque “nosotros compartimos su debilidad, pero por la fuerza de
Dios compartimos también su vida” (2 Cor 3, 4), la “plenitud del que
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lo llena todo en todos” (Ef 1, 23).
Cristo lleva con Él todas las edades porque los tiempos se unifican
en Él. Por eso, la realidad actual de la Iglesia es coextensiva a la
comunidad eclesial que subsiste, en todo tiempo, en Cristo.
¿Pequeño rebaño o inmensa mayoría? No es verdad que
los seguidores de Cristo estén solos ni que sean pocos. No
es cierto que la Iglesia se halle reducida a la impotencia, sea
por la deserción masiva de los cristianos o por el aparente
eclipse de cuanto ella ha representado. En esta Iglesia, aparentemente
residual, permanece intacta toda la fuerza vital
del cristianismo, de la presencia de Cristo, de todo lo que, en
el pasado o en el futuro, ha emanado y converge hacia Él, de
todos los que, franqueando las etapas de la historia, integran
la Iglesia perenne de Cristo.
Vuelve a suceder como al comienzo: toda la Iglesia estaba ya
místicamente presente en el cenáculo cuando el Espíritu del Señor
descendió sobre aquel mínimo número de discípulos. O como
todo el pueblo de Israel se encontraba encarnado en un hombre,
Abrahán, que debía “engendrar una nación grande y poderosa, y
en el que serían bendecidas todas las naciones de la tierra” (Gen
18, 18). Hoy la Iglesia es la semilla sepultada en la tierra que trae la
promesa del mundo renovado, que anuncia la llegada de la tierra
y del hombre nuevos, “cuando termine el quebrantamiento de la
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fuerza del Pueblo Santo” (Dan 12, 7).
“Mantengamos firme la profesión de la esperanza, pues el que hizo
la promesa es fiel” (Hbr 10, 23).
Notas al pie
1 Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), 795.
2 id. 789.
3 “Una simul totius ecclesiae est caput”, AAS 35, 1943, 263.
4 Cf CIC 814.
5 Catecismo Iglesia Católica, Compendio, 195.
6 San Agustín, PL 41, 674.
7 Isaac de la Estrella, Sermón 51, PL 194, 1.862-6.
8 “El Espíritu Santo, siendo uno y el mismo numéricamente, llena y une a toda la
Iglesia” (Mystici corporis, 222, citando
a Sto. Tomás).
9 Por su parte, la Carta a los Hebreos subraya con lenguaje muy expresivo la
participación de la comunidad cristiana
terrestre en la vida y en las riquezas de los moradores de la ciudad celeste: “os
habéis acercado al monte Sión, a
la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celeste; a los millares de ángeles en fiesta; a
la asamblea de los primogénitos
inscritos en el cielo; a Dios, Juez de todo; a los espíritus de los justos llegados a
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la meta; al Mediador de la nueva
alianza, Jesús; a la sangre de la aspersión que clama con más fuerza que la de
Abel” (Hbr 12, 22-24); “por su medio
(de Cristo) ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza” (id 13,
15) Es una descripción exultante de
los múltiples y fortísimos vínculos que unen a la Iglesia militante con quienes ya
la preceden en la gloria, junto a
los que somos invitados a ofrecer el mismo homenaje de adoración y alabanza.
10 CIC Compendio, 195.
11 Cf CIC 948.
12 “Si tú oras por todos, también la oración de todos te aprovechará a ti, pues tú
formas también parte del todo… La
oración de cada miembro del pueblo se enriquecerá con la oración de todos los
demás miembros” (San Ambrosio,
Tratado sobre Caín y Abel, libro 1, 38-39).
13 Audiencia 26 abril, 2006.
14 Este carácter universalista de la plegaria cristiana lo expresaba así, a
mediados del siglo III, uno de los mártires
de Tarragona, el obispo San Fructuoso: “es necesario que yo tenga en mi mente
a la Iglesia católica, extendida de
oriente a occidente”.
15 “Vete y con tus propias fuerzas salva a Israel de los madianitas. Gedeón
replicó: ¿’Cómo puedo yo liberar a Israel?
Mi familia es la menor de Manases y yo soy el más pequeño de la casa de mi
padre’. El Señor contestó: ‘Yo esteré
contigo’ (Jue 6, 14-16).
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16 Benedicto XVI, audiencia general, 25 junio 2009.
17 “Y por nuestra voz las demás criaturas” Plegaria Eucarística IV.
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