LAS RELACIONES HOMBRE-MUJER: IMPONER, PACTAR

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LAS RELACIONES
HOMBRE-MUJER:
IMPONER, PACTAR,
DIALOGAR
©Maria Jesús Izquierdo
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Las relaciones hombre/mujer. Imponer, pactar, dialogar1
María Jesús Izquierdo. Universitat Autònoma de Barcelona
El rechazo de la desigualdad social por razón de género, lleva a cuestionar las
instituciones que regulan la sexualidad y la procreación. La conexión de estas instituciones
con el resto de ámbitos de la existencia, implica que cuando se discuten las instituciones
que regulan la sexualidad y la procreación, se pone en cuestión el orden social en su
integridad porque el mismo depende de la continuidad de estas instituciones. Para valorar
las respuestas que se están gestando es preciso tener presente el peso del mito fundador de
la sociedad democrática: El pacto entre iguales, y la pretensión de que es resultado del
cálculo racional y la negociación. Las respuestas también se hallan impregnadas de la
ideología del mercado como modelo de relaciones interpersonales, no sólo económicas, sino
incluso entre la administración y los ciudadanos/clientes, y entre los ciudadanos y
ciudadanas mismos. Ese es el contexto en el que se desarrolla la propuesta de un nuevo
contrato social que incluya a las mujeres, y la traslación de la noción contractualista a las
relaciones de pareja.
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Versión condensada de la ponencia: Razón y sentimiento en las relaciones de pareja: ¿Del contrato al diálogo?
Congreso Los hombres ante el nuevo orden social Emakunde, 13 al 15 de junio de 2001. Donostia.
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La falacia de las relaciones contractuales
La concepción contractual de las relaciones sociales, y con ellas de las relaciones
entre la "mujer" y el "hombre", parte de un número de supuestos característicos del
utilitarismo2:
?? Que cuando las personas actuamos, y cuando acordamos nuestras condiciones de
relación solemos referirnos, y así se espera de nosotros, a las razones de nuestra
actuación. El término "razones", se usa para referirse a las motivaciones, las creencias
y los deseos, sean racionales o no lo sean. Me caso porque estoy enamorado/a, y no
porque no soporte estar sola/o.
?? Que las razones de la acción ? léase motivos? generan siempre el mismo tipo de
comportamientos. Quererte me lleva a estar contigo, no cabe considerar que me resista
a estar contigo precisamente porque te quiero.
?? Que la causa de nuestras acciones son las razones que damos para justificar las
mismas. Afirmar que no se tienen hijos porque no se tienen medios económicos, en
lugar reconocer que los hijos no ocupan el primer lugar en el orden de prioridades. O
decir que no se quiere tener hijos porque no se está dispuesta o dispuesto a que estén
mal cuidados, cuando lo que más pesa es la idea de no llegar a ser una madre perfecta.
?? Que sabemos por qué hacemos lo que hacemos: por qué nos casamos, porqué tenemos
hijos, por que aceptamos un trabajo y rechazamos otro.
?? Que las motivaciones o las creencias no cambian y que son autónomas. Como si no
fuera un hecho cotidiano que ahora te mueva a cuidar a una persona el amor que
sientes, en otro momento tenerle contenta para que no te cause problemas y en un
tercer momento lo que quieres es perderle de vista porque has llegado a la saturación.
Se supone además que el deseo de ser madre o de mantener una familia es algo que
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La lista de supuestos que se ofrece a continuación está inspirada en Jon Elster, Uvas amargas. Sobre la subversión
de la racionalidad.
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aparece de manera espontánea, algo en cuya emergencia no han intervenido las
condiciones sociales y el proceso de socialización.
Ahora bien, estos argumentos se asientan sobre una base de barro. Lo que quiere
la gente, sus preferencias, no son autónomas, se les puede dar forma antes de tomar
decisiones, y esa es precisamente la finalidad de la propaganda política y de la publicidad.
Esto significa que si el deseo de tener hijos, de cuidarse de una familia, de protegerla o
aportar los medios que permitan satisfacer sus necesidades nace en la división sexual del
trabajo, ese tipo de deseos no puede servir para regular las relaciones sociales. Porque
tales deseos, nacidos de la división sexual del trabajo, buscarán formas de relación que
protejan y conserven el sexismo. La estabilidad de los sistemas que se fundamentan en la
dominación de unos por otros, en la explotación desaforada de las energías humanas y
naturales, se asienta en la participación del sometido y explotado, en la
naturalización/normalización de la opresión, que lleva a considerar inimaginable
cualquier otra forma de relación social. Los deseos manifiestos, aquellos a los que nos
referimos para explicar nuestras acciones, no ponen en cuestión el orden sino que lo
confirman.
En otro sentido, también es posible que ante las dificultades, nos convenzamos o
hagamos creer a los demás que ya no deseamos algo que antes ansiábamos. Un ejemplo
muy popular es el de la zorra, en lugar de admitir que no alcanza las uvas, dice que no las
desea porque están verdes. La zorra, ante la dificultad para alcanzar las uvas que desea,
aplica un mecanismo de reducción de la disonancia cognitiva que Elster denomina
"formación de preferencias adaptativas": los deseos se modifican para adaptarse a los
medios de que se dispone para realizarlos. Llevado al terreno de las relaciones
hombre/mujer, se puede desear un Richard Gere o un Brad Pitt, una Pamela Anderson o
una Penélope Cruz, pero como están fuera del alcance, las preferencias se modifican para
reducir la disonancia cognitiva y de ese modo eliminar o cuanto menos limitar, el grado de
frustración. Las preferencias adaptativas llevan a buscar y probablemente encontrar un
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marido honrado y trabajador o una mujer limpia y cariñosa. Ambos se encuentran bastante
alejados de los cánones de belleza que se presentan en los medios de comunicación.
En la actualidad es frecuente escuchar discursos que son la manifestación de una
adaptación de las preferencias: cuando se insiste en que la lucha de la mujer por tener una
posición profesional no ha merecido la pena y cuando se presenta la dedicación a las tareas
domésticas como una opción válida, como si todas hubieran alcanzado ya la meta del desarrollo
personal y la autonomía financiera. Cuando es muy baja la presencia de mujeres en las
actividades remuneradas sobre todo en los niveles altos; o en las actividades políticas,
científicas o artísticas. En cambio, la proporción de mujeres que "optan" por carecer ingresos
propios y presencia social continúa siendo abrumadoramente alta. Las dificultades para
modificar las condiciones laborales, concebir y organizar el trabajo doméstico de modo que sea
compatible con trabajo mercantil y viceversa, se ha traducido en el desarrollo de discursos que
quitan importancia a la autonomía financiera de las mujeres, que insisten en el valor del trabajo
doméstico, y la relevancia, no tanto de que las mujeres tengan un trabajo remunerado, como que
tenerlo, o dedicarse a las tareas domésticas, debe ser el resultado de una "elección libre".
En el extremo opuesto a la reducción de la disonancia cognitiva, Elster menciona las
"preferencias contraadaptativas", lo que se vuelve deseable es aquello que no se puede obtener,
este tipo de preferencias se reflejan en este chiste de masoquistas y sádicos:? ¡Por favor hazme
sufrir! ? ¡No me da la gana! ? ¡Ahhhhh... que gusto!. Hallamos mujeres que fantasean lo que
supondría la participación sociolaboral, marcándose unos objetivos o unos ideales muy alejados
de sus posibilidades objetivas de realización. Al confrontar lo que se imaginan, con los empleos
que efectivamente encuentran, no ponen en marcha su proyecto de autonomía personal, porque
lo que quieren no es posible y lo que es posible no lo quieren. Esta situación es frecuente entre
las mujeres que no tienen experiencia laboral. Cuando los hijos se han hecho mayores, deciden
incorporarse al mercado de trabajo y se encuentran con que los empleos a los que pueden
acceder ? trabajo doméstico, cuidado de enfermos o criaturas? no están a la altura de sus
expectativas, razón por la cual "optan" por quedarse en casa y renunciar a su aspiración.
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Subyacen a estas reacciones tres tipos de mecanismos. De una parte, se quiere lo que no
se tiene justamente porque no se tiene, un marido imaginario que si se consiguiera sería
rechazado, un trabajo que no existe. Por otra, y sin ignorar el peso de los condicionamientos
sociales, una no se hace cargo de que la vida que está viviendo es la que una misma se da,
construye una imagen mental de sí misma carente de toda capacidad de intervención y de
modificación de las limitaciones. Antes que asumir la responsabilidad de su vida, construye una
imagen de sí pasiva, incapaz de alcanzar sus metas. En tercer lugar, en el rechazo a realizar las
tareas de atención a personas como actividad remunerada, hay un implícito, el supuesto de que
sólo merecen cariño y cuidado los "nuestros", que el cuidado de los miembros de la familia se
hace por amor y sólo por amor. Se oculta el peso que tiene la opinión de los demás, la necesidad
de despertar juicios favorables en los otros, y la dificultad para aceptar que hacia los seres
queridos no sólo se experimenta amor, sino también hostilidad, y sobre todo sabe que cuidar de
su familia es la manera de ganarse la vida. Esta implícito suponer degradante el cuidado de
gente que no es de la familia, recibiendo a cambio entre otras cosas una muy importante, dinero.
Está también implícito que no consideraría degradante dirigir una gran empresa que externalice
costes de producción hacia el tercer mundo o hacia el medio ambiente, o tomando decisiones
cuya consecuencia inmediata fuera la pérdida de puestos de trabajo o el incremento de los
precios por haber creado condiciones monopolistas de mercado. En cambio sí se considera
degradante lavarle el trasero a un enfermo que nos paga por ese servicio.
Un tercer caso es el de contentarse con lo poco que se pueda obtener, ni la casa, ni la
pareja, ni el trabajo, ni los hijos son lo que una o uno hubiera deseado, pero en realidad no se
querían en serio todas esas cosas, las que uno o una de verdad quería son las que tiene.
Un proceso frecuente en las relaciones entre mujer y hombre, es el que en lugar de
sopesar cuidadosamente cada opción, el camino que se sigue es tomar cualquiera de ellas y a
continuación asignar a la opción tomada, mayor valor que a las restantes opciones. Como
casarse es una cosa que hay que hacer, en lugar de escoger cuidadosamente pareja, una u otro se
acaban casando con cualquiera, y a continuación construyen un discurso justificativo de su
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decisión hipervalorando las características de la pareja elegida y subestimando la cualidades de
las demás "candidatas" o "candidatos".
Las anteriores consideraciones ponen en dificultades la posibilidad misma del contrato
como vía de regulación de las relaciones entre los sexos, precisamente porque en esas
relaciones, como en ninguna otra, los aspectos emocionales y los racionales suelen ir juntos por
no decir confundidos.
En resumen, podemos decir que:
?? Soportamos mal la frustración. Cuando deseamos algo y creemos que no es posible
obtenerlo, se reduce la disonancia cognitiva, la distancia entre lo que queremos y lo que
creemos poder obtener modificando los deseos, en lugar de hacerlo cambiando nuestras
condiciones de vida.
?? Nos sobreadaptamos a lo posible. Llegamos a extremos de tolerancia no requeridos por la
situación, dejando insatisfechos deseos cuya realización es posible.
?? Queremos lo imposible. Nos planteamos objetivos fuera de nuestro alcance para evitar
comprometernos.
De esas tres tendencias se sigue que estamos escasamente dotados para plantearnos
cambios por más que su realización sea posible. Librar el futuro de las relaciones entre los sexos
a los acuerdos tomados individualmente entre mujeres y hombres, al establecimiento de un
nuevo contrato, es un modo de legitimar la desigualdad. Contribuye a alimentar una pretensión
tan aberrante como que como no queremos que cambie la naturaleza de las relaciones
intersexuales, que no hay nada de malo en que sigan igual con la única condición de que el
sexismo sea el resultado de una opción libre. No es acaso éste el mensaje que se lanza cuando se
afirma que el único problema de que una mujer sea ama de casa reside en que no lo haya
elegido libremente, cuando sospechosamente no se afirma al mismo tiempo que no es problema
el que un hombre pueda no haber elegido libremente ser ganador de pan.
Si tomamos al hombre y a la mujer como efectos de poder, no cabe la posibilidad de un
contrato entre ambos, porque supone librar a quien ocupa la posición "mujer" al poder de quien
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ocupa la posición "hombre". En cambio, tomarlos como efecto de poder traslada la relación
entre ambos, del ámbito de la familia al ámbito de la política. Plantear las relaciones y las
soluciones a las mismas en el ámbito de la familia es librar a cada mujer al poder de cada
hombre. En cambio, al desplazar esa relación al ámbito de la política, la democracia y el
contrato se convierten en derechos grupales, y no en derechos individuales como los define el
liberalismo utilitarista. El yo de cada mujer, efecto de la desigualdad, se ensancha hasta
convertirse en el "nosotras", que niega a la "mujer" y al "hombre", para luchar a favor de la
diversidad personal. En ese yo ensanchado3 , subversivo, cabe una subversión adicional, la
participación en la lucha contra el sexismo de aquellos hombres que nie gan al "hombre" efecto
de poder, y se suman a la subversión en una alianza que contradice las divisiones sexuales. Es
en esa oposición donde se destruyen las categorías sociales "mujer"/"hombre" y las relaciones
estructurales que las hacen posibles.
Lo personal es político
Ya hemos visto que la noción de contrato supone algo muy discutible. que las personas
actuamos a partir de deseos autónomos, anteriores a las condiciones sociales en las que los
intentamos realizar. Un supuesto es pretender que las mujeres y de los hombres tenemos la
misma capacidad de negociación. El matrimonio recibe la consideración de un contrato dotado
de carácter eminentemente económico. Es más, se acerca al contrato laboral cuando la mujer no
tiene ingresos propios y adquiere, con el matrimonio, el estatuto de ama de casa. Compañero de
vida y empleador se confunden en la misma persona. Si es así, o se equilibran las fuerzas entre
la mujer y el hombre cuando contratan, negociando colectivamente todas las mujeres las
condiciones contractuales de cada mujer en su relación con los hombres; o se traslada la tensión
entre la mujer y el hombre al ámbito de lo político, mediante la lucha feminista.
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La noción de yo ensanchado la tomo de George Mead.
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Se ha tomado el camino del centro. Por una parte se le recuerda al hombre la naturaleza
contractual de la relación, de ahí la violencia con la que se responde a los maltratos a mujeres,
especialmente salvajes cuando la mujer intenta romper la relación contractual. Esa violencia, va
menos encaminada a castigar a los maltratadores y más a advertir a todos los hombres, que las
mujeres no son de su propiedad, que las relaciones que sostienen con ellas no son de
servidumbre sino contractuales, y que por lo tanto las mujeres son libres de romper el contrato.
Por la otra parte, la lucha feminista denuncia la desigualdad social de las mujeres y reclama
medidas de acción positiva para superarla.
De las respuestas sociales al problema de las relaciones entre las mujeres y los hombres
se deduce que la democracia y la desigualdad social de las mujeres son incompatibles, sólo que
con muchos matices, puesto que falta una instancia colectiva de mujeres para negociación de las
relaciones "hombre"/"mujer", la movilización social ocupa ese espacio.
La necesidad del diálogo
La pretensión de que "las mujeres" y "los hombres" puedan regular el alcance de sus
relaciones, los deberes y derechos a que dan lugar las mismas, supone el principio de dos
sujetos equivalentes. Dos sujetos en condiciones de negociar los términos de su relación debido
a que sus fuerzas están equilibradas. Pero como eso no es cierto, no podemos concebir que las
relaciones mujer/hombre sean de carácter contractual, en que la una y el otro llegan a acuerdos
libres, porque donde hay desigualdad no hay libertad.
Las relaciones mujer hombre, no deben concebirse como propias del ámbito civil de las
relaciones sociales, sino que debido a la desigualdad sexual, tienen que encontrarse
necesariamente situadas en el ámbito público. Eso implica que los acuerdos entre hombres y
mujeres sobre cómo han de ser sus relaciones, no se pueden tomar entre mujer y hombres
individuales, sino colectivamente. No se trata de un diálogo entre dos personas, sino un diálogo
entre dos grupos en el que prevalece la escucha, la interpretación y el entendimiento. El diálogo
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es el resultado de la voluntad de entendimiento que nace de la facultad de avenirse o estar de
acuerdo con el otro, persiguiendo los mismos fines.
El impacto fundamental del diálogo, no es que nuestras opiniones vayan cambiando
desde extremos inconciliables hasta un punto en que es posible la convivencia, es más todavía.
Donde hay diálogo las opiniones cambian y se acercan porque cambian las personas, y si no se
producen cambios en las personas es que la disposición al diálogo es falsa. El diálogo produce
cambios en las subjetividades como resultado de la comprensión que es la facultad de abarcase
recíprocamente un sujeto a otro sujeto. Cuál es el resultado fundamental del diálogo entre "las
mujeres" y "los hombres" en la escena política, sino la disolución de las entidades "mujer" y
"hombre". Ahora bien, la disolución de la "masculinidad" y de la "feminidad" no conduce a la
desaparición de la diferencia, sino que constituye la posibilidad misma de que la diferencia
aflore. La interpretación parte de una subjetividad atribuyéndole significados a las expresiones
de otra subjetividad. Al abarcar al otro, por la interpretación que hago de sus expresiones de
subjetividad, construyo mi diferencia en la misma medida en que he hecho significativa la suya.
Julia Kristeva señala en "Tiempo de mujeres" que una tercera generación feminista 4
está tomando cuerpo:
Para esta tercera generación que reivindico ? ¿qué imagino?? la dicotomía hombre/mujer, como
oposición de dos entidades rivales, parece corresponder a la metafísica. ¿Qué quiere decir "identidad", o
incluso "identidad sexual", en un espacio teórico y científico en el que se cuestiona la noción misma de
identidad? No insinúo simplemente una bisexualidad que, en la mayor parte de los casos, evidencia una
aspiración a la totalidad, a una desaparición de la diferencia. Pienso en primer lugar en una desdramatización
de la "lucha a muerte" entre los dos sexos. No en nombre de su reconciliación ? el feminismo ha tenido por
lo menos el mérito de hacer aparecer lo que tiene de irreductible, de mortífero incluso, el contrato social? ,
sino para que su violencia opere con el máximo de intransigencia en el interior de la identidad personal y
sexual en sí, y no en el rechazo del otro. Págs. 203-204. (El subrayado es mío).
El diálogo con el otro ayuda a desarrollar la intransigencia hacia el sexismo en el
interior de la propia identidad. El distanciamiento, la voluntad totalitaria que se agazapa tras la
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Define la primera como aquella que busca un sitio en el tiempo lineal, construyendo concepciones universalistas, y
globalizando los problemas de las mujeres, lo que vulgarmente se denomina "feminismo de la igualdad". En cuanto a
la segunda la caracteriza por su interés en la especifidad femenina, que busca dar lenguaje a las experiencias
corporales, su referencia vulgar es "feminismo de la diferencia".
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estética de la "corrección política", tapa las evidencia y no deja que afloren los problemas
permitiendo que se procesen. Por ese camino se facilita la proyección de los propios demonios,
y con ellos la reificación inmovilizante de la realidad y el desarrollo de una religión feminista,
ya que no se combate la posición del otro, sino que se impide que se llegue a hacer evidente al
censurla. La intransigencia hacia las prácticas sexistas, acompañada del diálogo entre las
subjetividades que el sexismo a atado, permite explicar la contribución de cada uno y cada una a
la preservación del sexismo. Y al ponerla en evidencia, ese proceso permite hacerle el harakiri a
cualquier identidad fundamentada en el sexo o en la sexualidad. Eso es sacar al feminismo del
ámbito de la religión y llevarlo al ámbito de la política del que nunca debió salir.
No se trata de luchar para que los hombres asuman el trabajo doméstico, sino de
preguntarse por qué nos enamoramos de seres que nos toman por sus amas su casa en potencia.
No se trata de limitarse a impedir que los hombres nos acosen sexualmente, sino que
deberíamos preguntarnos porqué somos tan vulnerables al acoso sexual. No se trata de
exterminar a los maltratadores y asesinos de mujeres, y sí de impedir que se produzcan esas
situaciones, a la par que las mujeres se preguntan por qué aspiran a la intimidad con personas
que pueden llegar a maltratar hasta la muerte. Se trata de combatir con intransigencia el
sentimiento de propiedad sobre los hijos que experimentan las mujeres, o el deseo hacia un
hombre más fuerte y poderoso que nosotras, o el miedo a competir para conseguir una
promoción laboral. Se trata al mismo tiempo de comprender por qué los hombres no pretenden
que los hijos sólo son suyos, o prefieren a mujeres más pequeñas física y socialmente que ellos,
o no tienen miedo a batirse el cobre con otro hombre para lograr la promoción laboral.
Esa intransigencia al sexismo que anida en cada uno de nosotros y nosotras, haciéndolo
posible no contra nuestra voluntad, sino con nuestra participación, es la que abre la puerta a la
construcción activa de subjetividades similares y diferentes, únicas, inestables y cambiantes
como lo es la vida misma. ¿Por qué llevar a los altares la diferencia sexual? ¿Qué virtud entraña
ser aquello en cuya definición no hemos participado? ¿Qué virtud hay en ser lo que no hemos
elegido ser?
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Fuentes consultadas
Butler, Judith, "Actos performativos y constitución del género: un ensayo sobre fenomenología
y teoría feminista", Debate Feminista, vol. 18, oct. 1998.
? , Gender Trouble. Feminism and the Subversion of Identity. New York: Routledge, 1990.
Elster, Jon, Uvas amargas. Sobre la subversión de la racionalidad. Barcelona, Península, 1986.
Fraser, Nancy y Gordon, Linda, "Contrato versus caridad: una consideración de la relación entre
ciudadanía civil y ciudadanía social", Isegoría, nº 6, 1992.
Habermas, Jürgen, Teoría de la acción comunicativa. Tomo I, Racionalidad de la acción y
racionalización social. Madrid, Taurus, 1987 (1981).
? , La inclusión del otro. Estudios de teoría política. Barcelona, Paidós, 1999.
Izquierdo, María Jesús, Cuando los amores matan. Cambio y conflicto en las relaciones de edad y
de género. Madrid, Ed. Libertarias, 2000
? , Sin vuelta de hoja. Sexismo: Placer, poder y trabajo. Barcelona, Ed. Bellaterra, 2001.
? , El malestar en la desigualdad. Madrid: Cátedra, 1998.
Jónasdóttir, Anna G., El poder del amor. ¿Le importa el sexo a la Democracia?. Madrid,
Cátedra, 1993.
Kristeva, Julia, "Tiempo de mujeres", Las nuevas enfermedades del alma. Madrid, Cátedra,
1995.
Pateman, Carole, El contrato sexual. Barcelona: Anthropos, 1995.
? , “A Comment on Johnson’s Does Capitalism Really Needs Patriarchy?, Women’s Studies
International Forum, vol. 19 nº. 3, 1996.
Marshall, T. H:, "Ciudadanía y clase social", en Marshall y Bottomore, Ciudadanía y clase
social. Madrid, Alianza Ed., 1998.
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Curriculum de María Jesús Izquierdo
Profesora del Departamento de Sociología de la Universidad Autónoma de Barcelona. Doctora
en Economía.
Coordinadora del Grupo de invetigación: GESES, Sentiments, Emocions i Societat.
Principales libros y artículos publicados
El malestar en la desigualdad. Madrid: Cátedra, 1998. 409 páginas.
Sin vuelta de hoja. Sexismo: Placer, poder y trabajo. Barcelona, Ed. Bellaterra, 2001. ISBN:
84-7290-157-2. 118 páginas.
Cuando los amores matan. Cambio y conflicto en las relaciones de edad y de género. Madrid,
Ed. Libertarias, 2000. ISBN: 84-7954-567-7. 334 páginas.
"Razón y sentimiento en las relaciones de pareja: ¿Del contrato al diálogo?", Congreso
Internacional: Los hombres ante el nuevo orden social. EMAKUNDE. Vitoria -Gasteiz,
2002. ISBN 84-87595-81-2. Pp. 181-201.
“Los órdenes de la violencia: especie, sexo y género”, en Vicenç Fisas (ed.), El sexo de la
violencia. Género y cultura de la violencia, Barcelona, Icaria, 1998.
“Construcción de la subjetividad: estructura social y escuela”. Lérida: Instituto de Ciencias de la
Educación, 1997.
“Entre risas, lágrimas y golpes. De la agresión a la demanda de amor en los chistes sobre
hombres y mujeres”, El Viejo Topo nº 113, Diciembre 1997. (G.E.S.E.S.) Grupo de
Estudio: Sentimientos, Emociones y Sociedad”, del que es directora Mª Jesús Izquierdo.
“El vínculo social: una lectura sociológica de Freud". PAPERS, Revista de Sociologia. nº 50,
1996. Pp. 165-207. ISSN 0210-2862.
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