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La arquitectura popular de las Cinco Villas
MARÍA PILAR GIMÉNEZ AÍSA
Sencillez y economía son los rasgos que caracterizan la
arquitectura popular, que siempre ha utilizado la materia prima a su alcance (piedra, barro, madera…) estableciendo una relación directa con el entorno en el que
se desarrolla. Las Cinco Villas es, en este sentido, una
comarca extensa que comprende paisajes contrastados
desde el Prepirineo hasta la llanura del Ebro. Paisajes
que la mano del hombre ha ido transformando para
usos agrícolas y ganaderos, ocupaciones a las que las
gentes de la comarca han estado siempre unidas. De
ahí que el territorio aparezca salpicado de construcciones vinculadas a estas actividades, con las que también
se relacionan buena parte de los espacios de la casa.
Por otro lado, el origen medieval de muchas de las poblaciones ha determinado su asentamiento sobre un promontorio rocoso donde se ubican el castillo y
la iglesia y en torno al cual se distribuye el caserío. Así, la arquitectura y el trazado urbano, de estrechas y empinadas callejuelas cerradas en ocasiones por
puertas y murallas, quedaron supeditados desde un inicio a la función defensiva. Las localidades situadas en el extremo sur-oriental de la comarca tienen
un origen más reciente y presentan un trazado urbano más ortogonal, asentado en terreno llano.
Las casas se disponen en manzana cerrada y comparten medianil. Son habitadas
por una familia que da nombre al edificio, aunque, ocasionalmente, herencias y
ventas han dado lugar a particiones en varios hogares y a la pérdida o anexiones de cuartos pertenecientes a casas contiguas. Las viviendas colectivas en la
comarca han sido excepcionales, con casos como el de los patiaces de Tauste,
antiguas casonas solariegas convertidas en varias moradas que compartían un
gran patio como zona de paso.
En general, la arquitectura popular de Cinco Villas presenta gran homogeneidad
y tiene como material protagonista la piedra, tallada a mano con gran maestría.
Predominan las canteras de piedra arenisca, sustituida por piedra caliza en Castejón de Valdejasa y Sierra de Luna, si bien en esta última población existen can-
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Sillería y mampostería de arenisca en Castiliscar
teras de los dos tipos. Dependiendo de la economía familiar, las fachadas se realizaban completamente en sillería, en sillarejo o en mampostería, reservándose
en el último caso bloques mayores y mejor trabajados para las esquinas y vanos.
El uso de la piedra se reduce mucho en Ejea y es casi testimonial en Tauste, localidad cuyos modelos constructivos se parecen más a los del Valle del Ebro. En
estas poblaciones el barro en forma de tapial o adobe fue muy usado, oculto
por el revoque o jarreado de yeso. Por el contrario, en los lugares donde la piedra es protagonista el adobe aparece en los pisos superiores de algunas casas y
edificios de uso agropecuario. Las adobas las fabricaban con marcos de madera
los propios vecinos y para la elaboración del tapial se utilizaban encofrados que
llenaban de tierra con paja húmeda apisonada. En Tauste y Ejea el barrro se utilizó también en forma de ladrillo, generalmente sin enlucir o agramilado en las
casonas de la oligarquía. Era fabricado en las tejerías locales y su uso en el resto de poblaciones; se limita a edificios con galerías de vanos en el último piso,
aleros o arcos de algunas portadas.
En general, el aspecto de las viviendas es el de un bloque en forma rectangular, más bien horizontal, de tres plantas, aunque abundan las de dos y hay algunas que llegan a cuatro, las últimas en muchos casos añadidas. En ocasiones
los pisos no se corresponden con plantas en el interior, donde ciertas distribuciones escalonadas hacen ganar niveles. Aunque menos habituales,
también existen pequeñas viviendas
de una sola planta. Lo habitual es
que destaque el macizo sobre el vano, algo que queda mucho más patente en la arquitectura de piedra
donde son comunes uno o dos vanos de reducido tamaño por piso,
generalmente uno centrado sobre la
puerta. Como embocadura presentan tres grandes sillares rectangulares correspondientes al dintel y las
Caserón de ladrillo, propio del valle del Ebro,
en Tauste
jambas. En la parte inferior de los
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Plaza de Longás
vanos suele haber un prominente alféizar, achaflanado o moldurado, sujeto por
dos o tres grandes sillares, aunque otras veces aparecen sencillos dinteles de
madera. Salvo en la arquitectura de tipo palacial, no hay una disposición simétrica en la ubicación de los vanos, que responde más a la propia distribución
interior y a favorecer la ventilación de la casa, incluyendo vanos orientados tanto al norte como al sur.
Por lo general, la cimentación era reducida, entre 60 centímetros y un metro, o
nula si se contaba con la proximidad de una base rocosa. El cimiento se formaba con relleno seco de piedra cubierta con zaborra o ripio y barro. Los edificios
se sostienen en uno o varios pilares de piedra o ladrillo que recorren en altura
todo el edificio y sobre los que descansa la estructura del tejado, aunque en algunas casas se levantaron muros de carga. Las paredes maestras de piedra oscilan entre los 50 y 70 cm de grosor, pudiendo alcanzar y sobrepasar incluso el
metro. Están constituidas por dos hiladas horizontales de sillares o mampuestos,
con relleno de ripio y barro. Cada dos o tres hiladas colocaban una travesera o
pasadera que cruzaba toda la pared y a veces sobresalía de ésta. El aparejo habitual es la mampostería concertada bien aparejada formando hiladas regulares.
En construcciones de aparejo más irregular utilizaron ripios o pequeñas piedras
de calce e incluso trozos de teja para igualar las hiladas.
Para la unión de los mampuestos o sillares se empleaba el barro, en ocasiones
con paja, posteriormente sustituido por el mortero de cal y arena, y más recientemente por el cemento. El rejunteo de los mampuestos permitía luego dar forma regular al conjunto, algo muy de moda en edificios de los años 20 y 30 del
pasado siglo. En algunas casetas y corrales de los sasos entre Sádaba y Ejea se
utilizó la llamada piedra tosca de color rojizo aparejada en forma de espina u
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opus spicatum. Los tabiques de la planta baja solían ser de piedra, aunque en algún caso se utilizó el adobe, destinado más para las plantas superiores, al igual
que el ladrillo macizo dispuesto de canto. En casas muy humildes se hicieron
también tabiques con cañizos cubiertos de tierra y cuartizos de madera, en todos los casos lavados con yeso.
El tejado suele ser a dos aguas sin excesiva inclinación, aunque los hay de
tres y cuatro vertientes, mientras que en edificios de poca superficie se limita
a una. Su estructura está formada por una viga central, el conocido como travesaño o cabezal, que apoya en los pilares o muros de carga y sobre la que
recaen las vigas o maderos paralelos a las vertientes del tejado. Sobre los maderos se colocaba un entramado de cañizos y una capa de barro para asentar
las tejas, dispuestas primero boca arriba y después al contrario. Las tejas, sujetas con piedras en edificios de uso agropecuario, son muy pesadas y de color ocre.
Las chimeneas que culminan los tejados eran de ladrillo, adobe o cañizos revocados, de forma rectangular y no mucha altura, a menudo con cierre triangular
por medio de dos ladrillos unidos o
con una plancha de hierro. En las
poblaciones más septentrionales algunos tejados se cubrieron con losas
de piedra y existen ejemplos de chimeneas troncocónicas, características
del Pirineo.
Casa con porche y galería de madera en Biel
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Las techumbres interiores se sustentan también con un travesaño y maderos que descansan en él. Los maderos o rollizos son de chopo, álamo
o pino, de mayor grosor y más rectos en casas de alto nivel económico, donde a menudo aparecen seccionados y labrados. Sobre ellos hay
un entramado de cañizos con barro,
que podía ser también de tablas o
ramas de sabina y enebro. Las techumbres quedan así a la vista en
graneros o cuadras y sobre todo en
los edificios de uso agropecuario,
mientras que en las estancias más
habitadas el cañizo se lavaba con yeso, adoptando muchas veces forma
curvada. Con posterioridad los maderos se ocultaron con cielo raso de
cañizo forrado de yeso.
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Los suelos varían según las estancias y posibilidades. En los mejores patios son
de losas de piedra, sustituida en los más humildes por buro o tierra, base también de cuadras y corrales. En los pisos superiores se utilizaba el yeso como solución más básica, aunque no en las poblaciones del norte, donde fue habitual
la tarima. Las baldosas de ladrillo macizo fueron sustituidas luego por baldosas
más pequeñas y finas que alternaban los colores rojo y amarillo. Posteriormente
aparecieron en casas pudientes los mosaicos, baldosas de motivos geométricos o
florales de gran brillo y colorido que luego tuvieron una difusión generalizada.
En el revestimiento de las fachadas destaca el uso del encalado, limitado en los
edificios de piedra al entorno de puertas y ventanas, donde los sillares lisos lo
permitían, pero con el tiempo se hizo extensivo a toda la fachada, previamente
enfoscada o revocada con arena y cal. En general, las fachadas de ladrillo son a
cara vista, mientras que las de tapial o adobe eran revocadas con arena y cal o
con yeso, quedando a la vista en casas sin medios. Los aleros o rafes en su mayoría son de madera, con canes algo moldurados, pero no especialmente llamativos, a excepción de las casas palaciegas. En ladrillo, los aleros se disponen en
hileras formando frisos en esquinillas o dientes de sierra. Encontramos ejemplos
en casi toda la comarca, aunque en algunas poblaciones introducidos tardíamente. Derivan de la arquitectura mudéjar, de la que son magníficos ejemplos
las iglesias de Tauste y Castejón de Valdejasa. En estas dos poblaciones y en Ejea
encontramos también aleros de mediacaña realizados en yeso y vinculados a la
arquitectura barroca. En las construcciones humildes el voladizo disminuye y se
recurre en ocasiones a una simple línea de tejas invertidas.
Precisamente las casas más humildes, abandonadas o apenas remodeladas, tienen el interés de mostrar la carpintería original, sencilla y sin ningún tipo de ornato. Todavía se conserva alguna cerradura antigua de madera y sus llaves, sustituidas luego por las de hierro forjado. Las ventanas, de una o dos hojas,
incluyen a menudo postigos y las puertas están realizadas con tablas clavadas
sobre un armazón de maderas más gruesas. Abunda un tipo de puerta con otra
más pequeña en su interior, a menudo dividida en dos hojas en sentido
horizontal. Los ornamentos de forja
se reducen a clavos dispuestos en líneas y algún llamador con forma de
reptil o de falo. En casas de distinta
posición económica hay junto a los
portales argollas de hierro, herraduras o un agujero tallado en la esquina
de un sillar que servían para atar las
caballerías.
Un paseo por el caserío de cualquier
población nos descubre pronto caserones de gran tamaño construidos en
Casa infanzona en Bagüés
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piedra sillar muy bien trabajada con grandes portadas abiertas en arco de medio
punto o ligeramente apuntado y ventanales geminados de tradición gótica, que
pertenecieron a antiguos infanzones y cuyo escudo luce en la clave. Posteriormente se levantaron edificios de mayor porte que responden al tipo de palacio
aragonés, con grandes ventanales y la característica galería de arquillos de ladrillo rematada por un artístico alero de gran voladizo. En época barroca se introdujeron otros elementos de ornato como frontones partidos o las repisas aveneradas en los balcones. Junto a los blasones, podemos encontrar algún otro
elemento decorativo ensalzando la fachada de estas casonas, donde es habitual
también la presencia de rejas de forja. Este tipo de viviendas cuenta con doble
acceso, coincidiendo la entrada principal con la fachada y calle principales y la
posterior con callejones secundarios por donde se accedía al corral y graneros,
en algunos casos espacios añadidos a la propia vivienda.
Diferenciadas de estas viviendas de tipo palacial son las pertenecientes al resto de
clases sociales y que con mayor propiedad podemos considerar como arquitectura popular. El nivel de renta de sus propietarios marca algunas diferencias, que en
ocasiones trataron de imitar a las casas de origen nobiliario incluyendo algún elemento ornamental, aunque en general son viviendas austeras que priorizan la funcionalidad. Construidas en sillería o ladrillo, según el lugar, incluyen generalmente tres plantas con balcones en la central, a menudo abiertos sobre antiguas
ventanas. Los más antiguos tuvieron sencillas barandillas de madera generalizándose después el antepecho de forja con repisa de piedra de un solo bloque, aunque existen versiones más sencillas
con repisa de baldosas sujeta con tirantes de hierro. Las puertas se abren
en arcos de medio punto o adinteladas y pueden incluir elementos decorativos, los más frecuentes flores de
seis pétalos o esvásticas inscritas en
círculos, figuras relacionadas con símbolos solares de protección. Muchas
de estas tallas son de finales del XVIII,
época a la que corresponden bastantes fechas labradas en dinteles o en la
clave del arco de las puertas.
Sencilla fachada en Lacasta (Luna)
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Las casas más humildes difieren del
grupo anterior sobre todo por su menor tamaño. Son construcciones de
mampostería que puede combinarse
en los pisos superiores o muros de
medianería con el adobe, material
predominante en este tipo de viviendas de Ejea y Tauste. Tienen escasos
y pequeños vanos, incluidas las
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Casa desaparecida de Ruesta que fue de doña Jesusa Araguás Domínguez, sita en la plaza Mayor n.º 26
puertas, que son arquitrabadas con un madero como dintel o con dintel de piedra de un solo bloque. La versión más humilde de vivienda la encontramos en
las cuevas de Tauste, algunas todavía hoy habitadas.
Desde finales del siglo XIX y sobre todo en los años 20 y 30 del pasado siglo, el
paisaje urbano de las poblaciones mayores fue alterado por un nuevo tipo de viviendas. Éstas mantenían ciertos rasgos de la arquitectura popular, entre ellos el
uso de los materiales autóctonos, pero combinados con fines ornamentales con
otros como la cerámica y el ladrillo. Se trata de edificios de mayor porte, que
asumen influencias modernistas importadas de la ciudad. A estos modelos responden también edificios de carácter público como ayuntamientos, escuelas,
cuarteles, mataderos o estaciones de tren de una línea hoy abandonada, y otros
vinculados a actividades productivas como fábricas de aceite, de regaliz, harineras, serrerías o silos.
El comportamiento demográfico experimentado en cada localidad, afectadas de
muy diferente manera por la emigración, ha generado diversas formas de expansión urbana. Los núcleos que más han crecido lo han hecho a costa del
abandono y degradación del centro histórico o de su transformación, perdiendo
buena parte de sus señas de identidad. En los núcleos pequeños las reformas
exteriores han afectado sobre todo a la ampliación y apertura de nuevos vanos,
como los habilitados para cocheras, y al revestimiento de las fachadas con cemento y encalado. Las características puertas de medio punto han sido reducidas o transformadas y en localidades sur-orientales ya pocos ejemplos quedan.
Afortunadamente, en la rehabilitación de viviendas cada vez impera una mayor
sensibilidad por la recuperación de lo tradicional. En este sentido, es característico el modelo surgido en la nueva arquitectura de piedra, en realidad hecha a
partir de un fino revestimiento de sillarejos cortados y tallados a máquina de
forma regular. Los vanos, distribuidos de forma simétrica, han sustituido los dinteles de una sola pieza por arcos adintelados con dovelas de igual tamaño y pocas veces se recurre ya al arco de medio punto en las portadas, para cuya protección se habilita en ocasiones un pequeño porche. Las carpinterías, igual que
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en los aleros, son muy vistosas, algo poco común en la arquitectura tradicional.
Todos estos cambios potencian la uniformidad del conjunto, algo contradictorio
con la esencia misma de la arquitectura popular, en la que cada edificio, por encima de las modas o patrones constructivos, respondía en su forma a la condición y la historia de sus moradores, generando una diversidad hoy minimizada.
Hemos visto cómo la vivienda refleja en su apariencia externa la condición social y económica de sus moradores. Otro tanto ocurre con el interior de la casa,
el tamaño, dedicación y mobiliario de sus estancias. Éstas suelen estar comunicadas, sin que su distribución responda a patrones concretos. En la planta baja
encontramos el patio, la cuadra y el corral además de algún granero y la bodega, que en ocasiones contaba con trujal o lagar. En la primera están la cocina y
las habitaciones mientras que la segunda la ocupan la falsa o graneros. El patio
es el lugar de acceso principal de personas y animales. Las casas pudientes exhiben pavimento de grandes losas de piedra y, en ocasiones, de cantos rodados
componiendo bellas formas geométricas o florales. En ciertas poblaciones el patio podía contar también con un pozo o aljibe y el hueco de la escalera servía de
cantarera. Del patio se accede a las cuadras, cuyo tamaño dependía del número
de pares de caballerías que poseía la casa, lo que a su vez condicionaba la plantilla de trabajadores a su servicio. El corral al descubierto estaba poblado por
animales sueltos como gallinas y para los cerdos se construían las zolles.
La escalera, normalmente de piedra en su primer tramo, conduce a la cocina,
corazón de la vivienda y lugar más habitado. Bancos o cadieras flanquean un
Cocina tradicional cincovillesa
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fuego bajo sobre planchas o losas de
hierro coronado por una chimenea
recta o en forma de campana. Con el
tiempo se añadió a la cocina o a la
recocina aneja una fregadera coronada por aparadores de obra donde se
guardaba toda la vajilla bien ordenada. El comedor, inexistente en muchas casas, era reservado para ciertas
ocasiones y sólo algunas familias pudientes lo utilizaban de forma habitual. Casi todas las casas contaban
Primera planta de una vivienda tradicional de
con una sala, la mejor habitación de
la zona alta de Cinco Villas (según I. Escagüés)
la casa, con dos alcobas separadas
por cortinas o puertas acristaladas. Era el lugar donde se recibía en acontecimientos familiares importantes. El recinto podía incluir una pequeña capilla,
aunque las mejores casas contaban con oratorios. Ciertas viviendas de comerciantes y grandes propietarios disponían además de un despacho provisto de escritorio y biblioteca. Más habitual en todas las casas era la masadería, sin ubicación fija en planta, y algunas contaban con horno. A menudo se abría un hueco
o fresquera en la cara norte y muchas viviendas disponían también de despensa, aunque era en los graneros o falsas donde los productos de la huerta y el
mondongo se secaban o guardaban en adobo.
Otras construcciones tradicionales que encontramos en los núcleos, en el pasado muy importantes para la comunidad, son las relacionadas con el agua, entre
ellas abrevaderos, balsas, pozos, lavaderos y fuentes, algunas de interés artístico
y monumental. En algunas poblaciones tienen gran presencia las bodegas excavadas en una zona determinada del pueblo con una entrada reforzada con
Bodegas en Las Pedrosas
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mampostería que dan acceso a un
pasillo a cuyo lado se abren huecos
o capillas donde descansan los toneles. Muchas incluyen una pisadera o
se comunican con el trujal situado en
la parte superior.
Ya en el campo, deshabitado en la
actualidad, encontramos fincas rústicas que agrupan amplias extensiones
de tierra pertenecientes a grandes
propietarios con edificios enormes,
Sádaba. Corral del Vedado
algunos torreones medievales en origen y, adosados o próximos a ellos, los que habitaban los trabajadores y donde
guardaban los animales. También existen caseríos pertenecientes a familias medias. Otras construcciones diseminadas por el medio rural son las pequeñas casetas o cabañas que servían de refugio a pastores y agricultores, o los abejares,
donde se colocaban las colmenas hechas de caña. De mayor tamaño son los corrales o parideras para el ganado lanar, edificios de tamaño variable que cuentan con dos espacios para el ganado, uno cubierto de una o dos crujías llamado
en algunas poblaciones tiña, y otro al descubierto conocido como raso o serenao, todo cercado por un muro. A estos espacios se unen una o varias casetas
que servían de almacén de paja, cuadra y habitación. Recorriendo el campo encontramos también construcciones vinculadas al agua como balsas, presas y
azudes, algunas de origen romano, acequias con sus compuertas y sus almenaras. Más cerca del núcleo urbano estaban los molinos y también pozos de agua
y pozos de hielo o neveros, construidos con cerramientos abovedados.
Por último, hay que citar otras construcciones tradicionales vinculadas al ámbito de
las creencias como cruces que marcan los límites de los términos y la entrada de
los caminos, y algún peirón para alojar imágenes religiosas, presentes también dentro de hornacinas en ciertas fachadas. Por otro lado, muchas ermitas a las que rinden devoción las localidades son edificios sencillos de carácter popular.
Bibliografía
ALLANEGUI BURRIEL, Guillermo, Arquitectura popular de Aragón, Librería General, Zaragoza, 1979.
GÓMEZ NAVARRO, Belén, Guía práctica para recorrer el Territorio Museo del Prepirineo, Cider Prepirineo, Ejea de los Caballeros, 1999.
RÁBANOS FACI, Carmen, «Arquitectura popular de las Cinco Villas. Estado de la cuestión», Suessetania, 12 (1992), pp. 99-105, Centro de Estudios de las Cinco Villas, Institución «Fernando el Católico», Ejea de los Caballeros.
—, Arquitectura popular aragonesa. Enciclopedia Temática de Aragón, vol. XIII, Ediciones Moncayo,
Zaragoza, 1996.
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