FRANÇOIS BOURASSA, S.I.
EL PECADO, OFENSA A DIOS
Le péché, offense de Dieu, Gregorianum, XLIX 3 (1968) 563-574
Según enseñanza de la Escritura y doctrina de la Iglesia (D 3891), el pecado es una
ofensa a Dios, quien exige satisfacción al pecador. Esta formulación plantea múltiples
cuestiones. Por ejemplo, la relación entre trascendencia de Dios y pecado. Si Dios es
trascendente, nada puede mancillarle; el pecado sería un perjuicio del hombre a sí
mismo y la penitencia la simple reparación del mal que cada uno se hace a sí mismo.
Otro intento de solución parcial es ver el pecado como oposición al plan divino; aquí el
arrepentimiento sería restauración de la armonía del plan divino alterado por el hombre.
Pero éste no es el camino apto. Si el pecado no perjudica a Dios, ¿cómo puede
contrariar su plan? Y si le perjudica es que Dios ha identificado su bien con el bien del
hombre.
La solución del problema tiene sus raíces en la teodicea. Nuestro conocimiento de Dios
brota a partir de las cosas creadas y las relaciones humanas. Tras un primer estadio de
elaboración intelectual nos expresamos diciendo que si Dios ama infinitamente el bien
debe odiar el mal, detestar el pecado... En este análisis se distingue, también, entre las
perfecciones puras (ser, conocer, amar) y las perfecciones mixtas, que implican
imperfección (irritarse, afligirse, etc). Las puras se encuentran formalmente en Dios y
los términos de atribución lo son en sentido propio; no así las mixtas que sólo se hallan
virtualmente en Él, y al referirnos a ellas lo hacemos en sentido figurado o metafórico.
Al hablar de ofensa a Dios entendemos que el pecado provoca en Él un sentimiento de
repulsa: detestación, cólera, tristeza; sentimientos que contienen en si dos factores
distinguibles: Ia perfección pura del amor al bien y un elemento de imperfección
producido por la influencia exterior que limita el propio bien. Así tenemos que la
perfección pura, que manifiesta la cólera de Dios, es el soberano amor al bien, pero
expresado por su contrario, es decir, el odio al mal. La raíz de esta bipolaridad la
encontramos en que la revelación del pecado como ofensa a Dios significa, por parte del
hombre un acto opuesto a lo que Dios ama (el bien puro, que es Él mismo y el bien del
hombre) y, por parte de Dios, el amor indefectible al bien que, a causa del pecado y en
una representación humana, se traduce en cólera, tristeza...
A fin de conciliar esto con la trascendencia divina intentaremos aclarar ciertas
ambigüedades.
1) Debemos considerar la ofensa desde el ofensor y desde el ofendido. La ofensa,
tratándose de relaciones personales, es una acción o sentimiento contrario al bien del
otro. El pecado es ofensa a Dios en sentido propio; es el acto de la creatura en oposición
a lo que Dios ama: el bien puro y simple; es la ruptura de la amistad con Dios. Si nos
situamos no en el campo del ofensor sino del ofendido, comprobamos que el pecado no
es simplemente el mal que el hombre se hace a sí mismo. El pecado es pecado contra
Dios. Es esencialmente el acto contrario al bien que, en su origen, se di entifica con
Dios. Nos muestra además que Dios es el supremo amor al bien y, por tanto, el máximo
enemigo del mal. Es revelación de la absoluta santidad de Dios y, por ella, de su
trascendencia.
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2) Toda revelación de parte de Dios es la revelación de Dios mismo. La revelación del
pecado es, en definitiva, no una revelación del mal, sino de Dios y su infinito amor. Las
expresiones sobre la cólera o la irritación de Dios hacia el pecado son adecuaciones
humanas de una manifestación de Dios como bien supremo.
3) El pecado ha sido revelado al hombre como ofensa a Dios y manifestación del
soberano amor del bien que odia el mal necesariamente, dando preeminencia a las
relaciones de gratitud que Dios ha querido establecer con el hombre. Históricamente,
Dios ha amado de tal forma al hombre que ha querido comunicarle su vida divina
haciéndole partícipe de su propio bien, introduciéndole en su amistad, comunicándole
las inescrutables riquezas de su amor. En esta situación histórica de alianza el pecado
cobra malicia especial por rechazar el hombre el amor de amistad que Dios le ofrece; es
infidelidad, violación de los derechos de la amistad -según el vocablo bíblico pecha- : el
pecado se convierte en signo de iniquidad. El pecado es algo más que una acción
contraria a al norma del bien absoluto que es Dios: es la ruptura de una revelación
íntima y personal con Dios. El pecado, ya que Dios ha querido ser Emmanuel -Dios con
nosotros-, no es el rechazo, en sentido figurado, del amor de Dios, sino el desprecio del
amor supremo encarnado v crucificado en Cristo.
4) La revelación del pecado como ofensa a Dios lejos de contradecir su trascendencia la
manifiesta; la negación sería reducir el pecado a un simple perjuicio del hombre.
La creación es una obra del amor de Dios. En este contexto el pecado toma
necesariamente una dimensión nueva: el pecado como oposición al bien que Dios quiere
comunicar a la creatura.
Podemos así considerar al pecado, que lejos de contradecir la trascendencia divina la
explicita, revelando a Dios como soberano amor del Bien (del Bien en sí mismo y para
las creaturas), como soberana misericordia y como amor que sobrepasa toda ciencia, por
el que se obliga para siempre a una alianza eterna con el hombre, en la que asume Él
todos los riesgos de la fragilidad e infidelidad del hombre, pues cuando el hombre
rompe la alianza es Dios mismo quien la repara.
5) El pecado es el mal del hombre. ¿Por qué Dios es ofendido por el mal del hombre?
Dios en su santidad odia al mal porque es mal. Al igual que el Bien es el Bien y es
amado por Dios, porque este Bien es Dios mismo, del mismo modo el pecado es el mal
y es detestado por Dios, no por ser mal del hombre sino porque va contra su misma
esencia y, antes que nada, contra la esencia misma de Dios, que es el Bien puro. De ahí
se sigue que, en virtud misma de la trascendencia de Dios, por la que Él es el Bien, odia
todo lo que se opone a sus planes por oponerse a su misma esencia, fuente única de todo
bien y de todo amor.
Conclusión
Detestar el pecado es la condición para amar al pecador: "Yo no quiero la muerte del
pecador, sino que deje su mal camino y viva" (Ez 33, 11). Toda revelación que Dios nos
hace es, ante todo, una revelación de sí mismo, tal como es: "Dios es caridad".
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La cólera, el juicio de Dios contra el pecado es la revelación de la absoluta santidad por
la que Él persiste en su designio amoroso, hasta la victoria definitiva sobre el mal, para
rescatar al hombre pecador.
La Revelación de Dios destinada a salvar al hombre exige, necesariamente, la
revelación del pecado como ofensa a Dios. El pecado está en el corazón del hombre, es
el desprecio al amor. La salvación es la conversión del corazón en la fidelidad y en el
amor. El amor, para ser salvación del hombre, debe brotar de su corazón como respuesta
al amor de Dios. Para suscitar este amor y fidelidad humana, como repudio total del
pecado, es preciso que Dios revele la pureza de su amor. Así, la revelación del pecado
como ofensa de Dios se hace necesaria, ante todo, para manifestar la insondable
profundidad del amor divino.
Metafísicamente, el pecado como ofensa a Dios es la expresión de la absoluta oposición
de Dios frente al mal: ano tiene nada que ver conmigo", viene a decirnos Dios. Esta
oposición ontológica, en el marco de una revelación personal, se traduce en la categoría
de la acción como amor soberano e indefectible del bien, y en la categoría de la pasión
como detestación del mal y ofensa a la persona. Esta incompatibilidad absoluta de Dios
con el pecado es para el hombre simultáneamente la garantía indefectible y la condición
necesaria de su salvación: la fidelidad de Dios en el amor, su santidad.
En el marco de la historia de salvación, el pecado es la negativa que opone el hombre al
amor divino, negativa a la que Dios responde con un compromiso de misericordia; es la
fidelidad eterna del amor que se encarna en Cristo y éste crucificado.
Si el pecado se nos revela así en Cristo es para enseñarnos que existe una caridad por
encima de toda ciencia, que tiene su culminación en y por la Cruz.
El pecado, en la Revelación, es "el mal a los ojos de Dios". No es únicamente el acto de
la creatura que se aparta de Dios para su desgracia, o la falta que Él ha perdonado, sino
que es, sobre todo, el peso que Dios ha cargado sobre sí.
Un perdón tan gratuito y tan generoso, ¿no está en contradicción con la satisfacción que
Dios esperaría o exigiría? Si la satisfacción es necesaria, ¿dónde está la gratuidad del
perdón y la trascendencia del amor? Y si no es necesaria, ¿por qué exigirla?
La penitencia es intrínsecamente necesaria para la salvación del hombre, ya que en él
tiene lugar el drama del pecado frente al amor. La salvación y la vida son el retorno
hacia la amistad divina y es imposible aproximarse a ella si no es por la conversión de
corazón implicada en la satisfacción, que no es otra cosa que una respuesta de amor para
aproximarse al amor.
La satisfacción exigida por Dios como respuesta a su amor en la situación de pecado,
está en la esencia misma de la salvación, ya que la única cosa que Dios puede amar en
la creatura hecha a su imagen para conocerle y amarle, es el amor, y la penitencia es
amor: esfuerzo por no negarse al Amor.
Al contemplar la penitencia a la luz de la trascendencia de Dios nos damos cuenta de la
grandeza de la caridad y de la santidad de Dios. "Dios es Amor. El amor de Dios hacia
nosotros se manifestó en que Dios envió al mundo a su Hijo unigénito para que nosotros
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vivamos por Él. En esto está el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino
en que Él nos amó y envió a su Hijo, como propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4,
9-11).
Tradujo y condensó: JOSÉ MARIMÓN