que la retribución cubra no ... sino que también deje un ... compense por la dedicación y ...

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Año: 20, Mayo 1978 No. 413
EL PAN NUESTRO DE CADA
DIA
Hilary Arathoon
«Dan, darás» dicen las campanas.
Sólo dando, podemos recibir.
Según el diccionario, milagro es sinónimo
de maravilla y maravilla es todo lo que
causa admiración, en tal virtud, podemos
decir que diariamente se realiza u opera un
milagro, que si nos ponemos a pensar y
meditar, no por el hecho de ser común, deja
de ser milagro.
Me refiero al hecho de que diariamente
encontramos gente presta y gustosa a
satisfacer hasta nuestros más ínfimos deseos
sin necesidad que nosotros las solicitemos o
presionemos para ello; pero siempre, claro
está, mediante una remuneración, la cual
debe ser suficiente no sólo para cubrir los
gastos y el tiempo empleados en la
producción de los diversos artículos, sino
que también debe rendir un beneficio al
productor o proveedor, o sea que debe
alcanzar para que los mismos obtengan una
ganancia proporcional a su esfuerzo y su
trabajo. Si los productores o proveedores
dejan de obtener ganancia, no tendrán
ningún aliciente para servirnos y el milagro
dejara de realizarse. Por eso es indispensable
que la retribución cubra no sólo los gastos,
sino que también deje un beneficio que
compense por la dedicación y el tiempo
empleados en servirnos.
Gracias a ello es que podemos contar con los
servicios del panadero, del lechero, de la
tortillera, del carnicero, del verdulero, etc.,
los cuales desde muy de madrugada, si no
desde la noche anterior, se pasan las horas
en vela aprestándose para servirnos. ¿Cuál
es el secreto que nos obliga a todos, no sólo
a ellos, sino a nosotros también, a procurar
satisfacer necesidades ajenas? Dicho
secreto, o dicho factor es nuestra propia
necesidad. Sólo el aguijón de la necesidad es
lo que nos mueve a satisfacer las
necesidades de los demás y nuestra
disposición a servir a los otros estará en
proporción directa al éxito que tengamos en
satisfacer nuestras propias necesidades a
través de dicho servicio. Todos somos
egoístas en ese sentido y es natural que así
lo seamos. Sólo nosotros conocemos
nuestros propios requerimientos y sabemos a
fondo el grado de necesidad que tenemos de
satisfacerlos. Pero para poder hacerlo,
debemos satisfacer antes necesidades de los
demás. Es decir que es en el propio interés
de todos y cada uno de nosotros, el ver que
los que nos sirven no resulten defraudados.
Sería tiramos al engaño el pretender que
todos, incluso nosotros mismos, no vamos a
cobrar lo más posible por nuestros productos
o por nuestros servicios. Tildamos a los
demás de egoístas y de hambreadores, pero
todos, absolutamente todos sin excepción,
procuramos sacar el mayor provecho
posible. Sólo hay una cosa que nos cohibe y
que nos detiene y esa cosa es la
competencia. Si cobramos muy caro o
pedimos
demasiado
por
nuestras
mercaderías, otro proveedor podrá venir y
proporcionar el mismo servicio o la misma
mercadería a un precio más bajo y nosotros
dejaremos de vender. Por eso nos vemos
obligados a vender nuestros servicios o
mercaderías a un precio razonable que el
consumidor esté dispuesto a pagar y que al
mismo tiempo nos brinde una ganancia.
Cualquier éxito fácil que un vendedor pueda
tener con cierto producto o mercadería,
inmediatamente atraerá hacia sí la atención
de otros posibles proveedores, los cuales
tratarán de participar en las ganancias del
primero y así se irá introduciendo la
competencia, la cual irá creciendo hasta que
el margen de utilidad quede reducido al
mínimo. Por eso es un error creer como
creen muchos que no tienen conocimiento
práctico de los negocios, que las ganancias
son infinitas y que pueden alcanzar para
cubrir alzas masivas salariales, etc. El
margen de las ganancias especialmente en
artículos altamente competitivos como los
de primera necesidad, es relativamente poco,
generalmente alrededor de un tres por ciento
o un cinco por ciento a lo sumo y no alcanza
para mayores desembolsos. Por eso todos
los costos de la producción son traspasados
directamente al consumidor. Pretender que
el productor o proveedor sacrifique su
ganancia en provecho del consumidor es
absurdo. Siempre habrá de haber utilidad, o
si no dejarán de haber proveedores.
No podemos obligar a nadie que nos surta de
tal o cual producto o artículo de consumo, si
no resulta provechoso a dicha persona el
hacerlo. El pretender que se nos sirva así
resulta sencillamente necio. El pretender que
por un edicto gubernamental vamos a lograr
que se nos sirva a tal o cual precio es ilógico
e irracional. La calidad del servicio estará
siempre en proporción a la retribución
recibida. Sólo las tierras cultivadas y
abonadas, producen cosechas en abundancia.
Sólo las vacas satisfechas y contentas,
producen buena leche. Sólo las aves de
corral bien cuidadas y alimentadas,
producirán huevos en cantidad. Los
productores y proveedores no difieren en
nada de la tierra, ni de las aves, ni de los
animales domésticos. El servicio que estén
dispuestos a rendir estará siempre en
proporción directa al provecho personal que
dicho servicio les proporcione. Por eso no
resulta el invocar la intervención estatal para
alcanzarlo.
No es a través de edictos gubernamentales
que vamos a obtener pan sabroso y bien
horneado, ni leche fresca y cremosa, ni
carnes suaves y abundantes. Tampoco
lograremos a través de precios topes que los
colegios privados u hospitales nos brinden
un servicio adecuado y satisfactorio. Si
queremos un buen servicio, habremos de
pagarlo. El servicio que se nos brinde estará
siempre en proporción al éxito que los
proveedores obtengan en la satisfacción de
sus propias necesidades a través de dicho
servicio. No es coercitivamente sino a través
del libre intercambio, que podemos alcanzar
un servicio de acuerdo a nuestras
necesidades.
De manera que si queremos que el milagro
de los panes y de los peces se realice día a
día, procuremos que el beneficio sea
general, que el intercambio sea libre y no
invoquemos la intervención estatal en
beneficio nuestro y en perjuicio de los
demás.
«Esas reflexiones nos conducen a la lógica
conclusión de considerar la estabilidad de
la moneda como uno de los derechos
humanos básicos que cada ciudadano tiene
derecho a reclamar a su Gobierno».
LUDWIG ERHARD
El Centro de Estudios Económico-Sociales,
CEES, fue fundado en 1959. Es una entidad
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