Justicia de proximidad - Jueces para la Democracia

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OPINIÓN
Justicia de proximidad
JULIO PICATOSTE
Si desde el altozano en que el paso del tiempo nos coloca volvemos la mirada
atrás para otear el rastro que las reformas de la administración de Justicia han
ido dejando, distinguiremos un surco irregular, sinuoso, de mudable e
inconstante trazado, con desnortada trayectoria de frecuentes enmiendas. Es la
huella de un quehacer político al que, en materia de Justicia, y más allá de
elementales propuestas de incuestionada y común aceptación por gobernantes
de uno u otro signo, le ha faltado un proyecto de sólidos cimientos y largo
alcance, una visión clara y definida sobre la justicia que se quiere. A propósito
de las reformas procesales se ha legislado mucho a golpe de impulsos y
estímulos diversos, sin planificación legislativa ni proyecto coherente. La
consecuencia de ese desorden reformador es la posterior necesidad de
rectificar lo que en su día se hizo de modo precipitado e irreflexivo. Y así viene
ocurriendo, con no poca frecuencia, en la administración de Justicia, donde los
ensayos y las veleidades reformistas tienen repercusiones de extrema
importancia.
Viene todo ello a cuento del anteproyecto de ley que el Ministerio de Justicia
acaba de dar a conocer en el que, junto con otras reformas de no poco calado,
se instaura la llamada justicia de proximidad -una suerte de aportellados del
siglo XXI- que no es sino la vuelta a la antigua justicia municipal, después
llamada de distrito, cuya precipitada e irrazonable supresión sirvió de coda a
una mal concebida y peor ejecutada unificación de cuerpos judiciales. No me
detengo ahora a comentar qué es lo que, en verdad, define la proximidad de la
justicia; aceptemos la idea común que por tal entiende, según las palabras de
la Exposición de Motivos, la instauración de unos tribunales llamados a dar
«una respuesta rápida a asuntos poco complejos que producen una gran
conflictividad». En mi opinión, la idea de proximidad comporta otras cosas más
y de aplicación a otros ámbitos, pero aceptemos, para transitar por estas líneas
el concepto así entendido.
Esa función de proximidad que ahora se ofrece la cumplían hace unos años los
llamados juzgados de distrito. Sin que se explicase ni protestase su inutilidad,
la ley orgánica del Poder Judicial de 1-7-1985 sentenció su desaparición; el
diseño de la ejecución lo llevó a cabo la ley de Demarcación y Planta de 28-121988 y, finalmente, su muerte tuvo lugar a manos del brazo ejecutor que fue el
RD 122/1989. Como puede comprobarse, se trata de decisiones adoptadas en
una etapa de Gobierno socialista, el mismo que ahora trata de recuperar, con
estos nuevos juzgados, el espacio judicial entonces abolido. Desaparecían así
unos tribunales, los juzgados de distrito, que constituían entonces lo que, con
remozada terminología, se llama ahora justicia de proximidad, en la medida
que atendían a un tipo de litigiosidad copiosa, menuda y de escasa
complejidad, pero no por ello menos importante, de la que conocían en
procedimientos sencillos, orientados a proporcionar pronta respuesta al
conflicto. Lo oportuno entonces hubiera sido mantener aquellos juzgados que,
con un oportuno «aggiornamento» de su ámbito competencial, además de
servir a esa necesidad de justicia inmediata y próxima, podían haberse
configurado como un primer escalón profesional apropiado para quienes se
iniciaban en la tarea jurisdiccional. Sin embargo, el legislador decidió prescindir
de ellos, haciendo que sus competencias fuesen absorbidas por los juzgados
de primera instancia e instrucción, convertidos a partir de entonces en
macrojuzgados sobre los que se hizo recaer una disfuncional sobrecarga de
trabajo. Jueces, profesores y profesionales de la curia no tardaron en censurar
la supresión. Y con razón, como el paso del tiempo viene a demostrar con esta
implantación de la justicia de proximidad, que no es otra cosa que el retorno,
con nueva veste o renovadas fórmulas, a la antigua justicia municipal; vino
añejo en odres nuevos, pero, a la postre, rectificación de viejos errores.
Mas si la reimplantación de esa justicia próxima merece parabienes, algunos
de los aspectos anunciados causan preocupación e inquietud: según el
Anteproyecto, los jueces de proximidad no se nombrarán entre jueces de
carrera, sino entre juristas con seis años de experiencia propuestos por los
ayuntamientos y para un período de seis años renovable por una sola vez.
Estas dos propuestas -provisión al margen de la carrera judicial e intervención
de los ayuntamientos en su designación- son ciertamente preocupantes. No es
extraño, por ello, que las dos asociaciones mayoritarias de jueces -Asociación
Profesional de la Magistratura y Jueces para la Democracia- hayan levantado
la voz de alarma para reclamar la provisión de estos tribunales con jueces de
carrera y ajenos a toda propuesta o selección por los ayuntamientos, por
entender que sólo de ese modo quedarán garantizadas su inamovilidad, su
independencia y su preparación técnica.
El legislador debe recapacitar seriamente sobre el sistema de selección y
nombramiento de estos nuevos jueces de proximidad. Si en otro tiempo se
renunció a la posibilidad de mantener unos juzgados de distrito remodelados
para servir de primer estadio profesional a los jueces de carrera, se corre ahora
el riesgo de que los de proximidad puedan convertirse en ocasión y pretexto
para hacer jueces a la carrera y a la carta. Si la política de reformas en justicia,
como dije al comienzo de estas líneas, está plagada de enmiendas de pasados
desaciertos debidos a la imprevisión, a la improvisación y al atrevimiento,
deberá el legislador meditar sobre un proyecto que puede ser el germen de otro
dislate que al paso del tiempo, y al son de un lamento tardío, haga necesaria ¡otra vez!- una nueva rectificación.
Decía Pitágoras que el legislador debe ser el eco de la razón y el magistrado el
eco de la ley. Pues bien, para que el juez sea mañana el eco certero de la ley,
cuide el legislador de hoy ser el eco claro de la razón.
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