La senda del guerrero

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La senda del guerrero.
L
a suave brisa del sur traía aromas marinos que despertaban
recuerdos infantiles en la memoria de Takashi. Aquel paraje
constituía un remanso de paz para su alma. Los acantilados,
en cuyas paredes estallaban las olas, inundando la costa de una
luminosa neblina de espuma, se alzaban como protector refugio
para él y su familia. Acompañando los compases del oleaje, las
gaviotas cantaban por entre los riscos y las verdes montañas
amanecían cada día con nuevas alfombras de flores que traían
cambiantes coloridos y exóticas fragancias. Era lo más parecido al
hogar que podía encontrar en aquella época de luchas fraticidas.
Desde hacía tiempo, se había desentendido de los continuos
conflictos que padecía su familia contra los Kojima, que pretendían
reinstaurar el poder del shogunato que según ellos les pertenecía
por derecho. El clan Akagi siempre se opuso a los oscuros
propósitos del señor de Kojima y aquello había despertado las iras
del patriarca Hanbei. Por ello, tras años de luchas, Takashi había
decidido abandonar todo propósito de guerra, muy en contra de lo
que creía su padre, que le desheredó por su cobardía. Un padre, por
otra parte, que nunca le había amado.
Lo cierto es que nada de eso le importaba ya. Vivía alejado de
todo peligro, en aquella remota región del país, donde permanecía a
salvo de los bárbaros Kojima. Allí, había encontrado la paz que
tanto necesitaba al lado de las dos únicas razones por las que sería
capaz de entregar su vida: su esposa Sayaka y su amada hija Akane.
Ellas dos, solamente, constituían la mejor razón para vivir, y fue
precisamente el nacimiento de su hija, hacía ya cinco años, lo que le
llevó a tomar la decisión de apartarse del resto de su familia,
enzarzada en continuas luchas con los partidarios del nuevo y
autoproclamado shogun. Él estaba dispuesto a exponer su vida por
el honor de la familia Akagi, de la que era el último vástago; pero
también tenía su propia familia y de ninguna manera iba a permitir
que murieran por una guerra de la que eran ajenas. Era lo que más
le importaba en el mundo. De todas formas, estaba seguro que allí
nunca podrían encontrarles.
Los ligeros soplidos del viento hacían vibrar los largos tallos
de la hierba que parecían cambiar de color según su dirección,
siempre en diversas tonalidades de verde. Fue, precisamente, el
colorido de esa remota región de su infancia lo que más le había
atraído para instalarse y comenzar una nueva vida. Una nueva vida
lejos del shogun y sus secuaces, lejos de las batallas, lejos de las
matanzas inútiles. Aunque había sido instruido en el arte de la
guerra, como todos sus hermanos, no compartía con estos su pasión
por el campo de batalla. No obstante, despreciaba al shogun, que
pretendía imponer su ley por la fuerza de las armas y mediante el
derramamiento de sangre. Varias familias que se le opusieron ya
habían caído, incluyendo la poderosa de los Okiyama. La suya
propia había prácticamente desaparecido, puesto que sólo quedaban
vivas algunas mujeres, que no traspasarían el apellido a sus hijos, y
su padre, más centrado en la batalla con sus mercenarios que en la
misión de procrear. Por lo tanto, el último eslabón del apellido de la
familia recaía en él; y lo cierto es que no había tenido hijo varón
todavía. Aunque, realmente, nunca le había interesado lo más
mínimo la cuestión de los linajes. Él se sabía feliz con su mujer y con
su preciosa hija.
Por entre los campos de mijo, vio, de repente, una figura ágil y
rauda, que se dirigía hacia él a gran velocidad y que le llamaba por
su nombre. Era un anciano delgado y de largas barbas vestido con
un kimono azul con bordados verdes. El sol reflejaba las gotas de
sudor sobre su amplia calva y parecía no tener aliento, como si
hubiera estado corriendo durante horas. En su rostro reflejaba una
absoluta turbación. Con las largas zancadas de sus huesudas piernas
y los aspavientos que realizaba agitando con violencia los brazos
para llamar su atención, a Takashi le pareció una escena muy
cómica. "Hay que ver como corre el anciano" pensó con cierto
divertimento. No obstante esa sensación amable le duró muy poco
puesto que, conforme el anciano se iba acercando, reconoció en él a
su ayo de la infancia. "¡Por Ama Tsu Kami 1!" pensó "viene de la casa
de padre; algo terrible ha sucedido". Comenzó a correr, pues, en
dirección al sofocado personaje.
-¡Masamune, Masamune! –gritaba mientras se acercaba al
anciano -¿qué sucede?
-¡Oh, Takashi, mi querido niño! –jadeaba el pobre viejo,
cayendo rendido a los brazos de su antiguo protegido. –Lo más
nefasto... cien veces malditos....los Kojima...
Takashi trataba de calmarle y convencerlo para que respirase
con más calma. El anciano parecía delirar de desesperación. Sin
embargo, una vez en brazos de su alumno, pareció respirar más
pausadamente y recuperar la cordura.
-Tu padre... -comenzó a decir entrecortadamente; –tu padre ha
muerto. Lo han matado los Kojima... ¡y a tu madre también! No han
dejado a nadie vivo... todos los soldados al servicio de tu padre...
muertos... ha sido una horrible matanza... el suelo se tiñó de
sangre... sólo yo he podido escapar... oooh....
Entonces, el anciano rompió a llorar desconsoladamente.
Acurrucado entre sus brazos, nunca pareció tan frágil su antiguo
ayo. Parecía un pajarillo herido, sin fuerzas para luchar y que sólo
buscaba, desesperadamente, el cobijo del ala protectora de su
madre. Él, un hombre antaño tan sabio y comedido, reducido a un
espantajo gesticulante y asustado sin casi juicio. Era una imagen tan
patética que a punto estuvo el joven de llorar con él.
-He venido... he vivido lo justo para avisarte –dijo el anciano,
que parecía ahogarse en sus propios jadeos.
-¿Avisarme? -preguntó él con recelo. -¿Avisarme de qué,
Masamune? ¡Háblame!
-Saben que estás aquí... eres el último de los Akagi... yo... no
puedo... más....
1
Ama tsu Kami: dioses primordiales del cielo.
Y allí, sobre la verde hierba, entre sus brazos, su amado ayo,
murió. Aquel hombre que tanto le había enseñado, que había
llenado su infancia de felicidad con las viejas historias de los nobles
samuráis. Aquel hombre que le había descubierto los secretos del
movimiento de los cuerpos y de las estrellas. Aquel hombre que le
había abierto las profundidades de la filosofía del shinto y le había
instituido una escala de valores morales, que le había enseñado que
todos los hombres son iguales, fuesen reyes o mendigos. Aquél
hombre que le había enseñado a amar la Naturaleza y le había
demostrado que todos somos parte de un cosmos como piezas de un
mosaico. Sí. Aquel hombre, al que tan profundamente quería, yacía
sobre el verdor del campo, sin vida. Había retrasado su muerte lo
justo, sólo lo suficiente para advertirle del peligro que corría.
-¡Oh, qué gran hombre fuiste en vida, Masamune! –dijo
Takashi conmovido -¡Y qué gran hombre seguirás siendo tras la
muerte! ¡Adiós amigo mío, que los Kami te protejan!
Cuando levantó la vista se quedó horrorizado. De entre las
colinas surgía una oscura humareda, justo en el lugar en el que se
levantaba su hogar. "¡No! ¡No puede ser!" pensó atribuladamente. Se
levantó con celeridad y echó a correr como un caballo a través de los
sembrados de sorgo, hacia donde parecía que se levantaba el humo.
Nunca en su vida había galopado tanto. La desesperación le daba
alas y se temía lo peor. Poco a poco fue ascendiendo las colinas.
Cuando llegó a lo alto de una de ellas vio que sus más horrendos
temores se habían hecho realidad. Su hogar era pasto de las llamas.
Los jinetes Kojima daban vueltas alrededor de la humilde casa de
madera, con antorchas encendidas que iban precipitando al interior
de la vivienda. El corazón se le heló cuando oyó de entre el crepitar
de las llamas y las risas crueles de los samuráis, un grito: el grito
aterrorizado de una niña.
-¡Akane! –chilló Takashi. -¡Sayaka!
Las rápidas zancadas del miedo le hicieron llegar al desolado
lugar en poco tiempo. Allí se encontró con el shogun Hanbei Kojima
en persona, cabalgando sobre un corcel negro y acompañado de
diez jinetes. En la grupa de su animal, el perverso shogun tenía
asida a Akane, que luchaba con todas sus fuerzas, inútilmente, por
escapar de su captor.
-¿Por qué hacéis esto? –dijo Takashi con desesperación.
-Porque eres el último de los Akagi, y el último, por tanto, de
los que se oponen a mi dominio –contestó Hanbei.
-Pero ellas... ¡son inocentes!... te lo ruego –suplicó Takashi.
-Déjalas vivir. No son una amenaza para ti.
-¡Oh, claro que no lo son! -dijo con sorna el shogun, –por eso
me llevaré a tu hija.
-¡A mi hija! ¿Por qué?
-Puede ser una gran concubina para mí –dijo soltando una
risotada el cruel Hanbei –parece que será una mujer muy bella como
lo fue su madre.
-¿Como lo "fue"? –dijo horrorizado Takashi. -¿Por qué hablas
en....?
Interrumpió sus palabras cuando, girando la cabeza hacia
detrás suyo, descubrió el cuerpo desnudo de su mujer, tendido en el
suelo. Parecía una muñeca de trapo rota. Su siempre bello rostro
estaba deformado por un rictus grotesco, con la lengua fuera de la
boca. Sus ojos brillantes estaban ahora más apagados que nunca y
en las mejillas, unos surcos delataban unas lágrimas secas. Su piel,
antaño nacarada, tenía un tono amoratado. La habían estrangulado.
Vio sus hermosas piernas muy separadas y vio como, entre ellas,
manaba un hilillo de sangre; y supo lo que habían hecho con ella
antes de matarla. Cuando murió su ayo, conoció la tristeza; cuando
se dirigía a su incendiada casa conoció el miedo; cuando el shogun
se apoderaba de su hija conoció la impotencia; ahora, conoció la
cólera, conoció la ira y conoció la venganza.
Como un tigre rabioso, se abalanzó, rugiendo sobre uno de los
jinetes, tirándolo al suelo con la violencia de su embestida. Asió su
katana, y sin darle tiempo ni a parpadear, la hundió en el corazón
del hombre tendido. Todo sucedió tan rápido que sorprendió al
resto de los samuráis. A los gritos de "matadlo, matadlo" del
perverso shogun, los jinetes se abalanzaron sobre Takashi. Sin
embargo, éste se hallaba poseído por una furia vengadora que
nunca antes había sentido. Echando espumarajos por la boca, con
los ojos inyectados en sangre y aullando como un lobo, blandía su
espada cercenando todo lo que se le ponía por delante. En apenas
unos minutos, media docena de jinetes cayeron ante la locura
sanguinaria que se había apoderado de él.
-¡No es un hombre si no un demonio! –gritaban aterrorizados
los sorprendidos jinetes. -¡Oni2, oni!
En aquel momento, el shogun Hanbei amenazó con un
cuchillo el hermoso e inocente cuello de Akane. La asió de los
cabellos y acercó la letal hoja a su garganta, mirando con autoridad
a Takashi.
-¡Detente demonio o tu hija morirá. La mandaré directamente
a Ji-Goku3.
Takashi cesó la matanza para alivio de los jinetes Kojima. Su
rabia se fue calmando, pero no su sed de venganza.
-¡Perro rabioso! –dijo escupiendo las palabras. -¿Qué honor
hay en matar a una mujer indefensa y en amenazar a una niña? ¡Y tú
te llamas a ti mismo shogun! No eres digno de llevar ese nombre.
No eres ni siquiera un hombre... ¡mucho menos un Señor Guerrero!
En aquel momento, una certera flecha, disparada
cobardemente a sus espaldas, se hundió en un hombro de Takashi.
Gritó de dolor. Ante este nuevo giro de los acontecimientos, los
pocos jinetes que quedaban se abalanzaron sobre él, envalentonados
por su supuesto debilitamiento. Takashi, sin embargo luchó contra
ellos con renovada furia. Pero sus bríos se desvanecían. La herida
había sembrado mella en sus fuerzas y se vio obligado a retroceder.
Los jinetes le iban arrinconando en dirección a los acantilados. Y un
certero tajo de uno de ellos le hizo caer al suelo, aturdido. La sangre
manaba profusamente de su pecho y apenas era capaz de
mantenerse en pie.
-¿Dónde están ahora tus bravuconadas, hijo de Akira, último
de los Akagi? –dijo riendo con burla el shogun mientras se
desmontaba de su caballo.
Hanbei comenzó a caminar hacia él. Takashi estaba indefenso;
lo sabía. La katana había saltado de su mano tras el golpe, y sus
piernas hacían esfuerzos sobrehumanos para sostenerse. El shogun
alzó el cuchillo con el que antes había cometido la cobardía de
amenazar a la inocente criatura que en esos momentos observaba
2
3
Oni: demonio, criatura maléfica.
Ji-Goku: El infierno japonés.
horrorizada la escena, temiendo por la vida de su amado padre.
Hanbei, entonces, hundió su cuchillo en el vientre del indefenso
hombre que tenía ante él. Con especial deleite lo removió dentro de
sus tripas. Los ojos de Takashi brillaron con odio y parecían exhalar
llamaradas. En un último arranque de fuerzas, asió al shogun por el
cuello, y se acercó a su oído para susurrarle:
-Has matado a mi mujer y me has quitado a mi hija... te juro
que no hay lugar en el mundo donde te puedas esconder de mí... un
día te encontraré... y ese día será el último de tu vida...
Durante unos segundos, el shogun palideció. Acto seguido,
Takashi cayó al suelo. El perverso Hanbei, rápidamente, le empujó y
le precipitó hacia el acantilado. El cuerpo del joven guerrero voló
decenas de metros antes de caer al mar y desaparecer bajo las aguas
turbulentas del cabo.
-No lo creo, hijo de Akira –dijo el shogun sonriendo. –Los
muertos no caminan entre lo vivos.
*****************
Como tantas otras veces desde que estaba allí, Takashi
reposaba en un lecho en forma de concha marina. Una suave cortina
de seda languidecía sobre él, como un velo invisible. Las paredes de
la estancia brillaban por el coral del que estaban construidas, y a
través de grandes ventanales de fino cristal veía multitud de peces
danzar en una imposible armonía musical. Hacía semanas que se
hallaba en aquél extraño lugar, sin recordar a ciencia cierta como
había llegado. Cuando su cuerpo se precipitó sobre las aguas, con
las entrañas abiertas por el apuñalamiento del cobarde Señor de
Kojima, pensó que había llegado su hora. Dos pensamientos
cruzaron su mente mientras caía rápidamente desde lo alto del
acantilado: Sayaka y Akane. Sayaka, su bella esposa, la mujer por la
que tanto había arriesgado, incluyendo el desprecio de su familia; y
su pequeña Akane, el fruto de su amor. Sin embargo, la dulce
Sayaka había sido violada y asesinada por los perros esbirros de
Hanbei; y sólo los dioses sabían lo que habrían hecho con su hija.
Al principio se creyó muerto. Ahora, desde que fuera
milagrosamente rescatado de una muerte segura, yacía,
recuperándose de sus heridas, en aquél palacio submarino. Poco
tiempo después de que su cuerpo se introdujese violentamente en
las aguas, sintió que le asían con fuerza y que le arrastraban mar
adentro. "¡Ryujin!4" había pensado aterrorizado en ese momento, al
ver los movimientos serpentinos y las resplandecientes escamas de
las colas de sus salvadores. Sí; los ryujin, el pueblo del mar.
Aquellos seres extraños le habían salvado sorprendentemente de
morir ahogado; lo habían llevado a su fortaleza bajo el mar y le
habían curado las mortales heridas. ¿Por qué? No lo sabía, pero
poco después, una hermosa doncella se aproximó hacia el lecho
sobre el que convalecía y le cogió suavemente de la mano,
poniéndola en su pecho.
Durante días su mente se debatía entre la conciencia y la
inconsciencia, y los recuerdos de aquellos días se velaban en su
confusa memoria. Un día, cuando ya parecía que estaba
prácticamente restablecido, la hermosa doncella entró en la estancia
y comenzó a besarle apasionadamente. El perplejo samurái se apartó
de ella un tanto confundido. Ella, visiblemente molesta, se identificó
como la Dama Benten. "¡Por todos los Kami!" fue el único
pensamiento que cruzó su mente. Sí, en efecto, la Dama Benten, la
Princesa Dragón, la hija del todopoderoso Dios Dragón Ryu-wo, el
Señor de los Mares. De alguna manera, la Hija del Mar, atraída hacia
él, le había salvado la vida y hecho prisionero en aquélla, su
morada.
Días después, tras restablecerse, amaneció escuchando
embelesado una suave melodía, tocada diestramente por un biwa 5,
conforme una voz celestial cantaba una suave tonada. Cuando abrió
los ojos, vio a su bella benefactora a los pies de su cama de seda y
coral, mirándole con ojos embelesados, mientras acariciaba con
suavidad las cuerdas del instrumento, que Takashi vio sorprendido,
estaba construido a base de pequeñas conchas marinas. Lucía un
4
5
Ryujin: criatura mitológica japonesa, mezcla de hombre, pez y serpiente, que habita los océanos.
Biwa: especie de lira japonesa.
lujoso vestido de seda adornado con múltiples joyas, todas ellas de
una brillantez sobrenatural.
-Veo que ya te has recuperado –le dijo la Princesa Dragón con
su voz aterciopelada.
-Sí, así es –empezó a decir Takashi, –por eso te ruego que me
dejes partir hacia la superficie para buscar a mi hija.
-Eso no es posible, querido –dijo ella con cierta frialdad, –
puesto que deseo que estés aquí conmigo, para el resto de tus días.
La respuesta dejó helado al samurái. Por eso le había salvado;
se había encaprichado con él, algo en absoluto infrecuente en los
volubles dioses que jugaban con los mortales a su antojo. Trató de
poner en orden sus pensamientos.
-Escuchadme, bella señora –dijo el guerrero tratando de
simular comprensión; –me halagáis enormemente con tales deseos,
pero lo cierto es que soy indigno de besar vuestros pies. Sois la
Dama Benten, la Princesa Dragón, y yo no soy más que un simple
mortal.
-¡Oh, no trates de envanecerme! –dijo ella. –No te irás de aquí.
No te lo permitiré. Te amo.
-¿Pero hasta cuando? Tened en cuenta que yo soy mortal y vos
viviréis para siempre.
-Puedo cambiar eso –dijo ella con suficiencia.
-Escuchadme –insistió Takashi, cada vez más inquieto; –he de
encontrar a mi hija. Me la arrebató el shogun Hanbei de Kojima hace
pocos días y....
-¿Hace pocos días, dices? –le interrumpió con una cierta
sonrisa perversa la bella Benten.
Entonces rompió a reír de manera cantarina y cruel. Sus
carcajadas retumbaban en las paredes de coral de la estancia.
-¡Hace pocos días! –dijo entre risas apenas contenibles. -¡Pobre
ingenuo!
Takashi se sentía muy confuso.
-¿Qué queréis decir, señora?
-¿No es evidente, querido? –dijo ella con malicia. –Este lugar
es mágico. Cuando mis vasallos te trajeron, no sólo atravesaste las
aguas, atravesaste los muros del tiempo que protegen este reino.
-Pero...
-Este palacio se halla en otro plano distinto a la realidad que tú
conoces. Para ti, para mí, han pasado pocos días; pero en tu
mundo... han pasado veinte años.
-¡No!... ¡no es posible!
-¡Oh, claro que lo es! –dijo ella. –En el mundo mortal el tiempo
corre mucho más deprisa que aquí. ¡He ahí el secreto de la
inmortalidad de los dioses!
El rostro de Takashi palideció. Aquello no podía estar
sucediendo. ¡Veinte años! ¡Por todos los Kami, Akane ya debía de
ser una mujer! Sin embargo, es cierto cuando se dice que la
necesidad agudiza el ingenio, así que el samurái ideó un plan.
-¡Estás mintiendo! –dijo fingiendo no creer las palabras de
Benten. –Eso no tiene ningún sentido.
-Pues claro que estoy diciendo la verdad, estúpido –dijo ella
presa de la indignación. -¿Cómo osas decir que miento?
-Creo que sólo es una treta para retenerme prisionero en este
lugar –dijo con supuesta incredulidad Takashi. -¿Y cómo puedes ir
tú de un mundo a otro?
-Todos los ryujin podemos hacerlo, necio insolente; es parte de
nuestra naturaleza.
-Sinceramente, no creo que tengas tal poder. Tal vez tu padre,
el gran Ryu-wo pueda hacer semejante cosa, pero tú no eres más
que una niña; una princesita caprichosa y cruel que vive refugiada
bajo la contemplación indolente de su ciego padre.
El rostro de la bella Benten se encendió como los hierros al rojo
de una fragua. Sus ojos, brillantes de cólera, pareciera que iban a
soltar llamaradas.
-¡Cómo.... cómo te atreves! –clamó, escupiendo las palabras
con rabia. -¡Cómo osas!
-He de deciros –dijo con sarcasmo Takashi para enfurecerla
más, –que vuestra ira perjudica seriamente vuestra belleza, mi
señora.
Benten estaba a punto de estallar de rabia; el enrojecimiento de
su rostro iba adquiriendo ya el rojo vivo del acero en fundición.
-¡Maldito perro insolente! –gritó iracunda. -¡Te haré degollar
vivo!
-Eso no cambiaría nada, señora –dijo con aparente
tranquilidad el guerrero; –ahora bien si me demostráis vuestro
poder... tal vez crea que realmente no eres tan débil como pareces.
-¡Pues claro que puedo, deslenguado! –dijo la Princesa Dragón
con furia desbocada.
Y diciendo esto, asió con violencia la mano de Takashi y
pronunció unas ininteligibles palabras. Al momento, una extraña y
cálida luz les envolvió, convirtiendo todo su entorno en una niebla
lumínica evanescente.
Para cuando el resplandeciente muro de luz se disipó, Takashi
acertó a vislumbrar las formas del acantilado de donde había caído
¡veinte años antes! Las formas adoptaron enseguida una forma
distinguible y coherente. Le costó unos segundos recuperarse del
mareo. Efectivamente, allí estaba, entre los verdes prados,
respirando el salitre marino que ascendía por la pared de piedra del
precipicio. Su mano seguía enlazada con la de la caprichosa Hija del
Mar.
-¿Me crees ahora, humano impertinente? –dijo la bella Benten
con aires triunfalistas.
-Siempre te he creído –reconoció el guerrero.
Entonces, la Princesa Dragón cayó en la cuenta de su
estupidez y de la ingenuidad que había cometido. Trató de
pronunciar las palabras mágicas para volver a su hogar, cuando, con
celeridad, Takashi le tapó la boca y desasió con brusquedad su
mano de la de Benten. Entonces, así como estaban, la empujó y se
alejó de ella un par de metros, para que ésta no pudiera asirle de
nuevo.
-¡Me has engañado! –exclamó la bella, con su ya habitual
destello rabioso en las pupilas.
-Sí –sonrió el guerrero, –y me has demostrado que por muchos
años que viváis los seres divinos, eso no os hace ni más inteligentes,
ni más sabios.
Y diciendo esto, se alejó de ella en dirección a donde se hallaba
su casa, mientras del acantilado se oía la voz de la bella Benten
maldiciendo entre sollozos y gritos de ira:
-¡Te arrepentirás, Takashi!... ¡tú y tus descendientes pagareis
por esto!
Pero él ya no prestaba atención.
No tardó en llegar a donde antaño se hallaba su casa; el hogar
que había construido con su mujer y su hija. Pero de todo aquello
sólo quedaba apenas un par de paredes y alguna que otra viga de
sauce. El lugar parecía desierto desde hacía años, como si nadie
hubiese estado por esa zona en mucho tiempo. ¡Veinte años! Desde
el día en que le dieron por muerto, ni un alma había osado acercarse
allí. Tal vez, las gentes temían que algún espíritu furioso regresara al
lugar de su muerte, pues se sabe que las muertes violentas
engendran fantasmas vengativos. Entonces, escudriñando entre las
vigas quemadas, vio un esqueleto, en la misma posición que
encontró el bello cuerpo mancillado de su mujer veinte años o
apenas unos días atrás para él: las piernas abiertas, el cuello
retorcido y los brazos flexionados en pose suplicante. ¡Sayaka! Un
latigazo desgarró su alma. Allí habían quedado los restos de la que
había sido su amada esposa. Dos décadas que nadie hollaba el lugar.
El cuerpo de su adorada Sayaka había sido abandonado como un
perro muerto, para que los gusanos devorasen su delicada carne.
Con lágrimas en los ojos, Takashi procedió a su entierro para
darle su merecida paz. Depositó el descompuesto esqueleto en una
fosa que previamente había cavado con sus propias manos. Y en
aquél lugar donde yacía la improvisada tumba de su amada,
encendió un pequeño fuego en un platito de terracota que había
sobrevivido a la destrucción de su hogar. Una vez cumplido el
sencillo rito funerario, comenzó a buscar la espada que le regalara
su padre antes de desheredarlo. Aquella espada, que sabía manejar
con sobrada destreza, le había pertenecido desde que era apenas un
niño. Si bien es cierto que nunca había gustado de hacer la guerra
como a sus hermanos, su capacidad para el combate era excepcional,
como en todos los miembros de su familia, y había aprendido
prácticamente todas las artes de lucha existentes. La tristeza que
había inundado su corazón mientras enterraba a su mujer, se fue
convirtiendo en una rabia que abrumaba toda su alma.
Cuando encontró la bella y afilada katana, la desenvainó y
admiró su reluciente filo que no había perdido ni brillo ni agudeza
en todos aquellos años, que él había experimentado en un suspiro.
Clavó sus ojos en el metal noble y resplandeciente que tenía ante sí.
Ese día iba a ser el primero del resto de su vida.
"Te lo advertí, Hanbei" pensaba para sus adentros, "te dije que
en el mundo no había lugar donde te pudieses esconder de mi".
************************
Takashi caminó a través de campos, descendió profundos
valles, navegó ríos y escaló redondeadas colinas y altas montañas.
Vagó y vagó durante meses con un sólo propósito: llegar a la
madriguera donde se escondiera la rastrera alimaña que era el
shogun; el shogun que había violado y asesinado a su inocente
Sayaka; el shogun que había raptado a su amada hija Akane. Cada
vez que pensaba en ella se preguntaba qué aspecto tendría. "Debe de
ser una hermosa mujer" pensó "tendrá veinticinco años". Sin
embargo, un pensamiento negro atravesó su mente con la rapidez y
el dolor de la más mortal de las flechas. ¿Y si Akane había muerto?
¿Y si el pérfido Hanbei la había matado de la misma manera que
había acabado con Sayaka? Su alma quedó nublada por la gris
neblina de la duda. No, no era posible. Los dioses no podían haberle
salvado de una muerte segura para arrebatarle ahora todas sus
esperanzas.
Mientras su mente se hallaba perdida en estas meditabundas
reflexiones, llegaron a sus oídos unos gritos de auxilio. Giró con
rapidez la cabeza en dirección al ruido y sorprendió a un grupo de
cinco hombres armados que estaban golpeando sin piedad a su
pobre víctima, que se hallaba en el suelo. El sentido de la justicia y
de la defensa de los débiles que siempre le había guiado le impedía
permanecer impávido ante semejante situación. Enseguida se acercó
a ellos. Los agresores iban vestidos como samuráis; el desgraciado
que estaba siendo golpeado en el suelo llevaba un pintoresco
kimono de colores estridentes. Al lado del grupo, unos caballos
pacían tranquilamente.
-¿Por qué golpeáis a ese hombre? –preguntó Takashi a uno de
ellos.
-A ti no te importa, estúpido vagabundo –contestó
altaneramente uno de ellos.
-¡Ayudadme señor, os lo ruego! –suplicaba el desdichado que
estaba siendo apaleado.
En ese momento, Takashi, se fijó en los pequeños kanji 6
bordados sobre fondo rojo que tenían los samuráis en las hombreras
de sus armaduras. ¡Era el emblema de los Kojima!
-Veo que los perros servidores de los Kojima son tan cobardes
como su shogun –dijo con rabia Takashi.
-¿Qué? –gritaron indignados los cinco hombres.
-¡Cómo te atreves, gusano inmundo! –bramó el que parecía
tener más autoridad.
En seguida se lanzaron los cinco contra él desenvainando sus
respectivas katanas. Pero Takashi era más rápido. La sed de
venganza y el odio guiaba con poderosa fuerza su brazo.
Desnudando su espada, los esquivaba con gran destreza. Se movía
como un tigre entre ellos. Las katanas zumbaban en el aire, y
soltaban chispas cuando chocaban entre sí con violencia. Con un
ágil movimiento, Takashi sesgó el cuello de uno de ellos y dándole
una rapidísima patada en el pecho, lo precipitó hacia el compañero
que tenía detrás, con lo que había inmovilizado a dos enemigos. Los
samuráis Kojima trataban inútilmente de alcanzarlo con sus letales
espadas pero, Takashi los sorteaba como un gato el agua. La mano
derecha de uno de ellos, de repente, surcó volando los aires,
cercenada de su dueño. Ni siquiera habían visto moverse la hoja de
ese desconocido enemigo que tan misteriosamente había aparecido
y que tan ignominiosamente les había desafiado. No eran rivales
para él. El rápido samurái dio buena cuenta de ellos. En apenas unos
minutos eran todos cadáveres. Sólo permaneció con vida el Kojima
al que Takashi había cortado la mano. Éste le asió fuertemente del
peto de cuero de la armadura.
6
Kanji: símbolos de escritura japonesa.
-Vuelve con tu amo, perro –le dijo Takashi escupiendo las
palabras. –Ve y dile que morirá pronto y ni todos los demonios de
Ji-goku podrán evitarlo.
Dicho esto, el manco corrió hacia su caballo y desapareció
cabalgando entre las colinas. Takashi miró a su alrededor, hacia los
cadáveres que yacían a sus pies. "No, no es esto lo que quiero"
reflexionaba "sólo acabar con Hanbei".
-¡Bravo, bravo! –exclamaba, mientras aplaudía, el personaje
que momentos antes estaba siendo apaleado. -¡Qué destreza con la
katana! ¡Fabuloso!
Takashi se fijó en el atípico personaje que tenía ante él. Llevaba
un kimono de colores brillantes, una mezcla imposible de amarillos
y verdes. El cabello estaba desordenado y suelto, cubierto por un
ridículo sombrero que parecía un calabacín de tela. Del cuello
pendía un pequeño flautín, y tenía la cintura entallada con un
desgastado zurrón de piel que parecía tener más de cien años. Era
corto de estatura y nervioso; los ojos, pícaros y vivaces; y la mirada
inteligente, pero no taimada, sino alegre. Una eterna sonrisa cruzaba
su rostro joven y viejo a la vez. Su edad era indefinible. Podía tener
entre veinte y cuarenta años.
-Matar a un hombre no tiene nada de fabuloso –dijo Takashi
sombríamente. -¿Quién eres?
-Mi nombre es Yasumaro –comentó alegremente, haciendo
una ridícula reverencia, descubriéndose la cabeza y dibujando un
arco en el aire con su sombrero, –gracioso por vocación, discutible
músico, narrador de historias en mis ratos libres, soltero
empedernido, exitoso seductor de mujeres y eventual compañero de
héroes... a tu servicio.
-No necesito tus servicios, -dijo Takashi; –hace tiempo que
perdí la capacidad de reír, historias ya me sé muchas, no soy ni una
mujer a la que puedas seducir ni mucho menos un héroe... ya ves,
no me eres de utilidad.
-¡Oh, entonces amenizaré tu triste vida con un poco de música!
-Sólo hay dos tipos de música –dijo el samurái: –la alegre y la
triste. No quiero ninguna de las dos. La alegre no la disfruto pues mi
corazón está nublado de pesares, y la triste sólo aumentaría más mi
tristeza...
-Entonces –dijo el bardo, –tocaré algo... eeerr... digamos....
¡neutro!
Y comenzó a tocar el flautín que tenía colgado del cuello, sin
mucha fortuna, por cierto. Takashi se acercó a uno de los caballos.
Pensaba en montarlo; así recorrería el país más rápidamente, y los
samuráis muertos no lo necesitaban ya. Permaneció mirando al
caballo unos instantes. Era hermoso: esbelto pero recio, bravo pero
noble, y su mirada alardeaba coraje y decisión. Su pelaje rojizo tenía
un brillo reluciente, como el fuego. El bello corcel comenzó a trotar
alrededor suyo como si le aceptara con alegría como nuevo amo.
Más que correr parecía volar, pues sus cascos apenas tocaban la fina
hierba. Sí, volaba con su elegante crin rojiza al viento como una
llamarada.
-¡Ryokaji7! –dijo exultante el samurái. –A partir de ahora te
llamarás Ryokaji.
Y el caballo parecía de acuerdo, pues se alzó sobre sus dos
patas traseras como si se sintiera identificado con el acertado
nombre. Mientras el bardo seguía tocando, Takashi montó sobre
Ryokaji y se dispuso a irse.
El pintoresco personaje, al darse cuenta, salió corriendo tras él.
-¡Eh, espera! –le gritaba. -¡No puedes dejarme aquí!
-¿Y por qué no, por todos los Kami? Eres libre. Adiós.
-¡No, no lo entiendes! –insistió Yasumaro, gesticulando
teatralmente. –Me has salvado la vida. Ahora yo debo acompañarte.
Mi vida te pertenece hasta que yo pueda ayudarte y saldar de ese
modo mi deuda de honor. Es así como funcionan estas cosas.
-¿Ah, sí, y quién lo dice?
-Eerr, pues... ¡lo leí!... aunque no recuerdo dónde.
Takashi lo observó durante un rato. El personaje en cuestión
era realmente estrafalario, pero no cabía duda que al menos le haría
compañía durante parte del viaje. Podría amenizar algo su soledad y
tristeza, y al fin y al cabo, puede que llegara a serle de utilidad.
Aunque todavía no sabía en qué.
-¿Sabes cabalgar, Yasumaro? –le dijo.
7
Ryo-kaji: literalmente, “dragón de fuego”
-¡Por supuesto! –contestó el vivaz personaje montando de un
brinco a otro de los caballos de los fallecidos samuráis, que era
blanco inmaculado como la nieve virgen.
Y los dos jinetes comenzaron, pues, a cabalgar hacia el
horizonte.
Muchas millas recorrieron a lo largo de ese día. Al caer la
oscuridad de la noche, Takashi juzgó innecesario continuar. Las
tinieblas, donde se agazapan las alimañas nocturnas, son un mal
compañero para los viajeros intrépidos. Alrededor de un
improvisado fuego, los dos personajes se sentaron para calentarse y
descansar de la dura jornada de camino. Takashi, a través de los
destellos luminosos de las llamas, miraba con cierto interés analítico
a su curioso acompañante. Su rostro se difuminaba por las continuas
vibraciones lumínicas del voluble fuego, que iluminaba la noche
como una luciérnaga.
-Me he percatado que no sientes amistad por los Kojima –
inquirió Yasumaro con clara intención de romper el molesto
silencio.
-Ningún miembro de esa familia de crueles lobos merece
llamarse hombre –dijo Takashi con cierta amargura; –y el que
menos, su shogun.
-Sí –añadió el supuesto músico, –lo cierto es que la
proclamación del Señor de Kojima como shogun es... digamos... un
asunto un tanto turbio.
-¿Por qué te perseguían los samuráis del usurpador Hanbei?
-Bueno... verás... eem –empezó a dudar Yasumaro, como si
tratara de inventarse una excusa convincente. –Imagino que conoces
el hokora8 de Yumigahama; pues verás, allí, tenían guardada una
preciosa joya, tallada en jade...
-El corazón de Izanagi9 –interrumpió Takashi.
-Sí, eso es... el caso es que… eer... en fin, que me llamó la
atención.
8
9
Hokora: recinto sagrado de un templo.
Izanagi: principal dios de la mitología antigua de Japón.
-¿Quieres decir que lo robaste, zorro granuja? –preguntó el
samurái con cierto aire de indignación. -¡Ese acto es deshonroso!
-¡Un momento! –se defendió Yasumaro; –no... no lo robé...
sólo... eer... ¡sólo lo tomé prestado! ¡Sí, eso es!
-¿Y con qué fin, si puede saberse?
-Quería mostrárselo a mi adorada Chiyoko como muestra de
mi valor, para que supiera lo que era capaz de hacer por ella. Mi
intención era regalárselo, como prenda de mi sincero amor.
-¿Quieres decir –preguntó Takashi sorprendido, –que robaste
el corazón de Izanagi, provocando la ira del shogun, el descontento
de los dioses y arriesgando tu vida, sólo por una mujer? O eres el
más loco de los hombres... o el más valiente.
-No, amigo mío –contestó el katari-be10 emitiendo un sonoro y
teatral suspiro, –sólo soy el más enamorado... ¡Oh, si conocieras a la
bella Chiyoko! ¡Mi cielo, mi luz, mi salvación! ¡Oh, Chiyoko, las olas
del mar del sur acarician tu rostro con su espuma, y cuando cantas
al sol poniente, los ruiseñores de los cerezos en flor esconden sus
cabezas avergonzados por la envidia!
Y dicho esto, asió con decisión el flautín que colgaba de su
pecho y comenzó a tocar una triste y melancólica tonada. Entre
pieza y pieza, recitaba versos elogiosos que narraban, de manera
harto exagerada, las virtudes y belleza de la tal Chiyoko. Así
permanecieron durante unos breves minutos. El bardo, tocando y
recitando poesías de amor; y el samurái, con los ojos perdidos en las
llamas que calentaban su cuerpo pero no su alma, atravesada por
una oleada de dolorosas saetas. La melancólica melodía le traía
recuerdos de Sayaka, su amada esposa, mancillada por los sicarios
de Hanbei. Sus ojos comenzaron a humedecerse. Takashi hizo un
gran esfuerzo por contenerse. Desde que mataran a su mujer y
raptaran a su hija, juró no verter una lágrima nunca más, y no
mostrar debilidad en ningún momento de su triste vida.
-¿Tienes una enamorada, amigo mío? –le preguntó entonces
Yasumaro, dejando de cantar. -¿O tal vez una esposa? ¿una señora
de Akagi?
-La hubo –contestó secamente el samurái.
-¿Qué ocurrió?
10
Katari-be: recitadores, juglares del Japón feudal.
-Fue asesinada.
-Oh... lo lamento –se lamentó Yasumaro, bajando la mirada; –
déjame adivinarlo... ¿el Señor de Kojima?
-Sí.
Durante unos minutos que parecían eternos, un incómodo,
violento silencio se apoderó de la noche. Ningún pájaro, ningún
soplido ululante del viento, ninguna hoja seca se atrevió a romper
dicho silencio, como temerosos de perturbar el dolor del noble
samurái.
-¿Sabes algo de ese perro de Hanbei? –preguntó Takashi.
-Algo sé, sí –contestó Yasumaro. –Dicen que vive en un
palacio cerca del hokora de Yumigahama. Ha abandonado Kyoto, la
ciudad imperial. Se oculta del descontento de ciertas familias y del
propio pueblo que no está muy de acuerdo con su autoproclamación
como shogun.
-Si es cierto, le encontraré y... –empezó a decir el guerrero.
-Ten mucho cuidado –dijo el katari-be cambiando su habitual
rostro alegre por un semblante serio y grave. –La morada del
shogun es un lugar extraño. La entrada del palacio está custodiada
por dos terribles koma-inu11 que devoran a todo aquél que pretende
entrar en el recinto. Por si fuera poco, un invencible demonio
custodia personalmente al shogun.
-Nunca he sido de creer en cuentos de hadas –dijo el samurái.
-Yo mismo lo he visto –empezó a decir el bardo, adquiriendo
una profundidad tonal como si estuviera recitando uno de sus
poemas. –Le llaman Okamishi12. En una ocasión, estando yo
practicando con mi flautín una nueva tonada que había compuesto,
bajo la refrescante sombra de un ciruelo, vi aparecer delante de mí,
un ser monstruoso montado en un caballo negro. Tras él, una
cincuentena de samuráis cabalgando parecía perseguirle. De
repente, el demonio se dio media vuelta y, encarándose a ellos, les
desafió. Juro que pude ver con mis propios ojos cómo los honorables
guerreros iban cayendo uno a uno, impotentes ante el poder de esa
criatura infernal. En más de una ocasión, los guerreros golpeaban
con sus katanas al demonio pero sus afiladas hojas no hacían mella
11
12
Koma-inu: estatuas de seres monstruosos, mitad león y mitad perro, que solían custodiar los templos.
Okamishi: literalmente “lobo de la muerte”.
en su piel. Yo mismo pude verlo... ¡lo juro por todos los Kami!... el
espantoso oni se reía mientras su espada iba cortando cabezas, ora a
diestra, ora a siniestra. ¡Qué espectáculo tan horripilante! El
tenebroso ser bailaba entre los muertos que iba dejando a su paso
como un enloquecido bailarín de kabuki13, mientras los cadáveres se
amontonaban a sus pies.
-Hasta el más fuerte de los árboles puede ser talado –dijo
Takashi. –Ese ser debe de tener alguna debilidad. Sólo hay que
hallarla.
-Lo dudo, es invencible –empezó a decir Yasumaro, cuando de
repente, como si hubiese sufrido un destello de ingenio, añadió: –Un
momento... ¡claro!, ¿cómo no se me había ocurrido antes?... podemos
consultar al Sauce Dorado.
-¿De qué me estás hablando, amigo mío?
-Cerca del poblado de Ikkiyama, en lo alto de una colina –
contestó Yasumaro, –crece un viejo árbol: el Sauce Dorado. Dicen
que es el ser más sabio de la tierra, y que es capaz de dar respuesta a
todo. No hay nada que no sepa.
-¿Un árbol que habla? –preguntó Takashi escéptico. -¿Qué
nueva quimera es esta, Yasumaro?
-No, no. Es verdad –se defendió el bardo; –mañana nos
pondremos en marcha hacia Ikkiyama y lo comprobarás tú mismo.
Takashi asintió. Dando por terminada la conversación, ambos
se entregaron a un profundo sueño, reconfortado por el calor de las
llamas de la pequeña lumbre.
********************
A la mañana siguiente partieron hacia Ikkiyama, un sencillo
poblado del interior del país, rodeado de hermosas montañas y
recorrido por brillantes arroyuelos de aguas claras. Tras tres
jornadas de viaje y cabalgar decenas de leguas, llegaron a un vistoso
y recogido paraje entre unas colinas. Aquel lugar tan bello y
13
Kabuki: teatro tradicional japonés.
tranquilo constituía un remanso de paz para la torturada alma de
Takashi. La brisa vivificante recorría los verdes campos que tenían
ante sí, ululando suavemente como si silbara una desconocida
melodía.
-Mira –dijo Yasumaro señalando una elevada colina
redondeada en donde sólo reposaba un vetusto y extrañamente
hermoso árbol; –allí es donde reposa el Sauce Dorado.
Cuando Takashi vio el árbol comprendió el porqué del
nombre. Su tronco poseía una tonalidad dorada brillante, más
parecida a la del oro que al habitual suave color cobrizo apagado de
la madera de sauce. Los rayos del sol, que de insólita manera
parecían incidir especialmente sobre él, acentuaban tal efecto
lumínico. Fueron ascendiendo el montículo lentamente hasta llegar
a la cima, hallándose frente a aquel bello sauce. Su firmeza y
robustez imprimían una especial nobleza a su tronco. Takashi se
percató del delicioso aroma que perfumaba el aire. Algo curioso, ya
que el árbol carecía de flores.
-El Sauce Dorado -le dijo Yasumaro, –sólo responde a tres
preguntas por consultante. Una vez hechas esas tres preguntas,
nunca volverá a contestar a la misma persona.
-Entiendo.
Takashi permaneció unos momentos en silencio, observando
el sauce y reflexionando sobre lo que iba a preguntarle. Quería saber
si el demonio que protegía al shogun, el temible Okamishi, era
invencible, pero lo que realmente le ocupaba la mente era su hija
Akane... Akane, debía de ser una mujer ya. Dos décadas habían
transcurrido desde que se la arrebatasen. Pero... ¿y si estaba muerta?
Su alma se estremeció ante tal posibilidad.
-¿Dónde está mi hija Akane? –preguntó Takashi en voz clara y
alta, dirigiéndose al Sauce Dorado.
Durante unos segundos no pasó nada. Entonces, la corteza del
árbol empezó a moverse. Los surcos que recorrían el tronco parecían
cambiar de forma, describiendo formas sinuosas, que al principio le
parecían aleatorias. Este hecho le fascinó. De repente se dio cuenta...
¡los surcos del tronco estaban formando kanjis! En el vientre del
sauce la madera se había transformado y se podía leer:
YUMIGAHAMA
"Yumigahama" pensó Takashi "entonces todavía se halla
prisionera del shogun Hanbei, y es cierto que el perro Kojima se
halla en la ciudad de los cien torii14". Tras esta reflexión, le hizo la
segunda pregunta al bello sauce:
-¿Cómo puedo derrotar al invencible Okamishi?
Otra vez se hizo el silencio, sólo interrumpido levemente por
el suave soplido del viento. Los surcos del vientre del sauce se
volvieron a mover, lentamente. Unas letras se alineaban en el tronco,
y Takashi leyó:
KUSANAGI
-¡Por todos los Kami! No entiendo, ¿qué significa esto? -dijo
Takashi confundido.
Entonces, el árbol empezó a crujir. Los surcos se retorcían
mucho más que en las dos ocasiones anteriores. Todo el vientre del
tronco se movía, y los surcos iban extendiéndose en una zona más
amplia de la corteza como si estuviera grabando en ella una
respuesta más larga, un mayor número de kanjis.
-¡Por Izanagi! -exclamó sorprendido Yasumaro.
Cuando las tripas de la gran figura arbórea dejaron de crujir,
una serie de palabras aparecieron grabadas en las entrañas del
sauce, y decían así:
DOS VECES SE DERRAMARÁ TU SANGRE ANTES DE MORIR
Y DOS VECES MORIRÁS
Tras esta última revelación, los surcos del tronco volvieron a
su posición natural y el árbol no volvió a hacer ningún movimiento.
Takashi se volvió un tanto perplejo hacia Yasumaro.
-¿Qué es Kusanagi? -preguntó al bardo.
-Kusanagi... hmm –empezó a decir Yasumaro sin poder evitar
un rostro de sorpresa. –Kusanagi es una leyenda, una leyenda muy
14
Torii: pórticos conmemorativos sintoístas.
antigua. Se cuenta que cuando el dios Susanowo 15 fue expulsado del
cielo, se estableció en la región de Izumo. Allí encontró a una pareja
de ancianos llorando amargamente junto a una bella joven. Al serles
preguntada la razón de aquellas lágrimas, el hombre explicó que
había tenido ocho hijas, y que cada año se presentaba en su
hogar una monstruosa serpiente de ocho cabezas, procedente del
país de Koshi, para devorar a una de ellas. Pronto llegaría a por la
última de sus hijas. El heroico Susanowo se prestó a ayudarles.
Mandó preparar ocho recipientes y vertió en ellos abundante sake.
Cuando hizo acto de aparición la serpiente, atraída por el delicioso
aroma del líquido, apuró con avidez los ocho recipientes; una
cabeza para cada uno. Tanto se hartó que, sumida en un profundo
sopor, quedó dormida; momento que aprovechó el dios para
desenvainar su espada y cortar al monstruo en pedazos. Se cuenta
que, de la cola del animal, cercenada por su mitad, surgió entonces
una maravillosa espada, que ofreció a su hermana Amaterasu, diosa
del Sol. A esta espada, poderosa arma cuyo filo puede atravesar
hasta la piedra, se le conoce con el nombre de Kusanagi, es decir "la
Podadera", nombre que se le dio después de que el héroe Yamato
Takeru la usase para aniquilar a la tribu de los ainu.
-Entonces, Kusanagi existe –dijo el samurái.
-Sí –replicó Yasumaro, –pero, ¿dónde? Se la creía custodiada
en el recinto sagrado de la capilla de Atsuta, pero desde la matanza
de los ainu, ya no está allí; quizá ha sido devuelta a los dioses.
-Hmm... escucha –dijo Takashi; –a mí ya me ha otorgado tres
respuestas, pero tú podrías...
-No –interrumpió el bardo. –No es la primera que vengo a este
lugar. Mis tres respuestas ya me las ofreció este sabio árbol hace
algunos años.
-Entonces, no hay nada más que hacer aquí –dijo
sentenciosamente Takashi.
Y ambos jinetes se pusieron en marcha de nuevo.
Ikkiyama, según decía Yasumaro, era un poblado pequeño de
humildes agricultores, cercano a un bello lago de aguas cristalinas.
15
Susanowo: uno de los dioses más venerados de la antigua mitología japonesa, hijo de Izanagi.
Pequeño sí, pero lleno de vida. Alejado de los ojos escrutadores de
los dioses y de las espadas asesinas del shogun, tenía fama en los
alrededores por el carácter amable de sus gentes y por el animado
bullicio de sus calles, hermosamente engalanadas en determinadas
festividades de primavera. También era conocida por los amantes de
la buena mesa, por sus extraordinarios platos aderezados con
múltiples especias que se cultivaban en abundancia en las ricas
tierras circundantes. De hecho, el comercio de dicho producto había
dado una larga prosperidad a la región, de ahí el carácter alegre de
sus habitantes. Fue precisamente por las alabanzas gastronómicas
de las que era objeto Ikkiyama que los dos compañeros de viaje
habían pensado en detenerse allí.
Sin embargo, cuando llegaron se encontraron con una visión
totalmente contraria a sus expectativas. Las escasas calles se
hallaban desiertas. Todas las casas tenían las puertas y las ventanas
cerradas, y en conjunto, el lugar parecía inhóspito y desolado.
Estaba anocheciendo y todos los habitantes habían desaparecido,
como animales en sus madrigueras. Aquello era muy extraño en un
pueblo vivaz como Ikkiyama. Takashi se acercó a una de las casas y
golpeó la puerta.
-¡Fuera! –gritó una voz desde su interior. -¡Vuelve al hokora de
tu amo!
-¿Pero qué decís buena mujer? –le espetó Yasumaro.
-Estas gentes están asustadas -dijo Takashi, –pero, ¿de qué o
de quién?
Tras decir esto, el samurái notó que su corcel empezaba a
ponerse nervioso.
-¿Qué sucede Ryokaji? –le preguntó su amo.
En aquellos momentos, por las desérticas calles del poblado
hizo acto de aparición un grupo de samuráis a caballo. Cabalgaban
orgullosamente y reían entre ellos como si disfrutaran del terror que
sentían hacia ellos los lugareños. Takashi se fijó en el emblema de
las hombreras de sus armaduras de cuero.
-¡Kojima! –dijo con furia asiendo su katana.
-No –le dijo Yasumaro a la vez que le agarraba del brazo. –Es
una locura. Son por lo menos una veintena.
En esos momentos, una de las puertas de las casas se abrió y
un huesudo anciano que parecía no tener fuerzas ni para tenerse en
pie, les hizo señas para que rodearan la casa y entraran por el
establo trasero del pequeño recinto. Los dos amigos, rápidamente,
siguieron las instrucciones de su misterioso benefactor y se
deslizaron hacia el interior de la vivienda. El viejo personaje, tras
acomodar a los caballos en el establo, les ofreció cobijo y comida.
-Gracias por vuestra providencial ayuda –dijo Yasumaro
haciendo una reverencia.
De la misma manera, el anciano inclinó cortésmente la cabeza.
-Aquí estáis a salvo de esos perros salvajes –les dijo el anciano.
-¿Sois extranjeros, verdad?
-Sí –contestó Takashi, –así es.
-Era de suponer; sólo un foráneo no sabría que no puede haber
nadie en la calle a partir del anochecer.
-¿Quién lo dice? –preguntó el samurái.
-El shogun Kojima –respondió el anciano –si no hubieseis
entrado, esos guerreros de fuera os habrían hecho pedazos.
-Creía que a Ikkiyama no llegaba la influencia de los Kojima –
comentó Yasumaro.
-Eso era antes de que el shogun se interesara por el comercio
de especias. Desde entonces ejerce un férreo control sobre la zona.
-Eso no es bueno –le dijo el bardo a Takashi. –A mí me buscan
los samuráis de los Kojima y, después de salvarme, también te
buscan a ti. Tenemos que irnos cuanto antes de aquí.
-Tienes toda la razón, Yasumaro.
-Por favor –dijo el anciano; –dejadme ofreceros una humilde
cena antes de que partáis.
Tanto Takashi como el katari-be no pusieron ningún reparo.
Estaban hambrientos, y un poco cansados de comer pescado salado
todo el camino. Después de reponer fuerzas, saldrían de ese pueblo
ocupado por la noche, aprovechando el subterfugio que otorgan las
tinieblas. El buen anciano les ofreció un arroz deliciosamente
condimentado con las exquisitas especias de la región. Ambos
comieron con avidez y deleite. La comida llevó, más tarde, a una
interesante conversación.
-¿Y decís que habéis estado allí? –preguntaba Takashi.
-Sí, buen señor –dijo el humilde anciano, –fue en Yumigahama
donde perdí a mi hijo. Precisamente, en su palacio.
El anciano entonces se interrumpió como si los dolorosos
recuerdos hirieran su mente como un conjunto de flechas que
atinaban en lo más profundo de su alma. Conteniendo las lágrimas
habló de esta manera:
-Mi hijo, que era un gran hombre, decidió acudir en persona a
la morada del cruel Hanbei de Kojima, para protestar contra los
inhumanos impuestos con que había cargado a este pueblo. Yo le
acompañé. Sin embargo, el helado corazón del shogun ignoró las
razonables peticiones que le hicimos. Como viera que mi hijo insistía
en sus demandas, e interpretando la insistencia del joven muchacho
como una afrenta a su persona, ordenó que fuera llevado fuera del
palacio. Dos samuráis asieron a mi hijo y lo expulsaron de allí,
haciéndole rodar por las escaleras de la entrada. Yo asistía
impotente ante la escena que ni siquiera llegaba a imaginar llegase a
ser tan trágica. Pero lo cierto es que mi desventurado hijo fue a caer
justo delante de los dos inmensos koma-inu de bronce que
custodian la entrada del palacio. Lo que vi entonces, juro que fue lo
más horripilante que pudiera albergar mi entendimiento. Las dos
hieráticas estatuas, de repente, cobraron vida y comenzaron a
moverse, girando sus monstruosas cabezas hacia mi hijo. Aunque
mi querido Shuei manejaba muy bien la espada, nada pudo contra
esos dos demonios de bronce. Se movían como el rayo. En unos
instantes lo despedazaron ante mis ojos... y yo...
Llegado a ese punto, el desdichado anciano rompió a llorar
como un niño indefenso. Takashi, que comprendía perfectamente lo
que era perder un ser querido, le asió sus huesudas manos tratando
de consolarlo. Pero su pena no tenía consuelo posible.
-¿Entiendes ahora lo que dije? –le susurró Yasumaro. –El
shogun se rodea de poderosa magia Esas dos bestias de bronce son
una dificultad añadida.
-Si no bastara con Okamishi, el invencible demonio particular
de Hanbei, ahora resulta que los dos koma-inu vivientes le
custodian la entrada, y son igualmente letales –protestó
amargamente Takashi, que veía que cada vez se añadían más
obstáculos que impedían la consecución de su venganza.
-Si hubiera un modo de... –empezó a decir Yasumaro.
-Lo hay –interrumpió el anciano, que ya había recuperado algo
de su serenidad; –se les puede sortear, evitar su enfrentamiento.
-¿Cómo?
-¿Conocéis el monte Fukuji?
-¡Claro! –exclamó con alegría Yasumaro ante una nueva
oportunidad de demostrar sus conocimientos en leyendas
populares:
–Hace mucho, mucho tiempo, el dios de los Antepasados, Mioya-no-kami, viajando por el país y estando agotado, pidió
hospedaje en el monte Fukuji de Suruga. Sin embargo, el dios de
Fukuji era un avaro egoísta, que nunca auxiliaba a ningún viajero, y
se negó a darle alojamiento, expulsándole de malos modos. El dios
de los Antepasados, montó en cólera por su arrogante negativa y le
dijo: "eres un avaro y sufrirás por tu descortesía, y desde ahora
estarás cubierto eternamente de nieves y heladas. Escaseará la
comida para ti y tus descendientes, y tu cima será un triste erial".
Más tarde, el dios itinerante se condujo al monte Tsukuba en la
vecina región de Hitachi, en donde fue recibido afectuosamente por
el bondadoso dios de Tsukuba. El dios de los Antepasados le dio las
gracias y le dijo: "tú eres un hombre de buen corazón, por lo tanto,
siempre tendrás comida abundante y sobre tu cima crecerá gran
cantidad de flores de fragantes aromas". Y es por eso por lo que hoy
día, nadie sube al monte Fukuji, cuyas nieves son impenetrables y
áridas, mientras que el monte Tsukuba es continuamente visitado
por peregrinos y luce siempre el verde manto de la primavera.
-Eres muy sabio –dijo con complacencia el anciano, –y muy
cierto todo lo que dices. Pues bien, es sabido por algunas leyendas
aún más antiguas que en lo alto de la cima del Fukuji, donde reinan
las nieves perpetuas, existe un melocotonero mágico. El único que,
milagrosamente, florece de entre el hielo. Los frutos de ese singular
árbol tienen la propiedad de hacer invisible a aquél que los coma.
-Es cierto –asintió Yasumaro. –Yo mismo he oído esa leyenda.
-Es más que una leyenda, jovencito –le apuntó el anciano.
-¿Quieres decir que existe realmente? –intervino Takashi.
-Existe –dijo con severidad el anciano, –pero también existe el
peligro. Los dioses no otorgan sus dones a la ligera. Aquél que
quiera recibirlos tendrá que demostrar que los merece. Por los
parajes helados del monte Fukuji mora Yukki Onna 16, la Virgen
Blanca, el espíritu de una desdichada muchacha que murió
congelada en las laderas de la nevada montaña. Su alma
atormentada custodia ahora los frutos divinos.
-He oído que todo aquél que ha osado ascender al monte
nunca ha regresado –dijo Yasumaro en tono sombrío.
-Hmm... habrá que verlo –dijo meditabundo el samurái.
En aquel momento, el anciano se levantó y trajo consigo una
bandeja con frutas.
-Lamento no poder ofreceros más pero, desde que el shogun
ha acrecentado los tributos, mi despensa es cada vez más precaria.
-Lo comprendo –dijo Takashi esbozando una sonrisa amistosa;
–vuestra generosidad es más que suficiente. Os quedo
profundamente agradecido.
-El maldito Kojima tiene que costear su ejército... su ejército y
su lujuria, puesto que ha ingresado a una concubina más en su
numeroso cortejo.
-Los hay con suerte –exclamó con cierta sorna el bardo.
-El shogun –comenzó a decir el anciano, –es casi octogenario,
pero parece que, con la edad, su apetito lascivo se acrecienta. La
última concubina que ha ingresado en su serrallo es una bella joven
que al parecer se crió en su propia casa desde que era una niña.
Takashi quedó paralizado mirando al viejo campesino. Su
rostro palideció. Más tarde, parecía arder con violencia volcánica.
-Esa muchacha... –balbuceaba el samurái incrédulo. -¿Cómo...
cómo se llama?
-Lo ignoro, hijo –contestó el anciano; –sólo sé que, al parecer,
se apoderó de ella tiempo y la crió en palacio. Lo siento por la pobre
muchacha puesto que la lujuria cruel de la que hace gala el shogun
es sólo comparable a su sed de poder. Creo que la niña pertenecía a
una poderosa familia rival, en los tiempos en los que él se acababa
de proclamar shogun y...
-¡Mientes! –gritó Takashi fuera de sí, asiendo al pobre anciano
por el cuello. -¡No puede ser, viejo estúpido! ¡Akane, no!
16
Yukki onna: literalmente, “mujer de la nieve”.
-Perdón... perdón... buen señor –suplicaba el campesino que
estaba a punto de asfixiarse; –no quería ofenderos...
Las fornidas manos del samurái rodeaban con fuerza el débil
cuellecito de pájaro del pobre anciano, que agitaba los brazos,
indefenso. Yasumaro, de inmediato, intervino.
-¡Takashi, basta! –dijo con autoridad el katari-be mientras
trataba con fuerza de deshacer la presa del guerrero. -¡Basta, te lo
ruego!
El enloquecido samurái comenzó a serenarse y a aflojar la
presión que ejercía sobre el viejo, cuyo rostro había empezado a
adquirir un tono amoratado. Takashi, consciente de lo que había
hecho, se llevó con desesperación las manos a la cabeza.
-Oh... perdonadme, perdonadme –dijo con sincera contrición.
–No es este modo de pagar vuestra hospitalidad... me avergüenzo
de mí mismo.
Tras el incidente, los dos, bardo y guerrero, abandonaron la
casa del confuso anfitrión. Takashi quiso pagar al anciano con varias
monedas la cena, pero éste, honorablemente, no las aceptó.
Mortificado por haber perdido el juicio de esa manera, abandonó el
poblado con su fiel Yasumaro. Ambos, aprovechando la noche para
ocultarse de los samuráis Kojima, emprendieron su camino
cabalgando en dirección al norte: al monte Fukuji.
******************
Muchos días y muchas noches cabalgaron. El hermoso Ryokaji
trotaba por los campos con una gracia innata y una elegancia propia
de las monturas de los dioses. El katari-be trataba de amenizar el
camino con suaves tonadas de amor y con altivos versos sobre la
historia y los hechos del país. Sin embargo, Takashi no escuchaba.
Su mente estaba en otra parte. Su corazón se hallaba a leguas de
distancia, en Yumigahama, con su hija Akane. ¿Era posible que se
hubiese convertido en concubina del shogun, de esa bestia sedienta
de sangre? El mero hecho de imaginarse a su pequeña niña en aquel
antro de inmundicia y verla convertirse en una cortesana, en una
geisha para su señor, fue algo que le repugnó hasta tal punto que
tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no salir en
ese momento hacia Yumigama y cortar la cabeza del perro Kojima.
Pero sabía que aquello era una locura. Nada más llegar a palacio,
sería pasto de los fieros leones koma-inu, y si no, lo sería del
demonio personal de Hanbei, el maldito Okamishi, que hacía
palidecer los corazones a aquellos que lo habían visto. Antes debía
encontrar los frutos mágicos de los dioses para poder eludir a los
leones guardianes y acceder al palacio; y sobre todo, tenía que hallar
a Kusanagi. Era el único modo de llevar a cabo su venganza, una
venganza que llevaba, al menos en su mundo, veinte años de
dilación.
Tras muchas jornadas de camino, divisaron el monte Fukuji,
cuya masa se superponía airosa sobre el resto del paisaje. Las patas
de los poderosos caballos se hundían levemente en las habituales
espesas nieves de aquella región del país. El viento arrastraba los
copos de nieve, velando las montañas que tenían ante sí. El caballo
de Yasumaro, al cual su amo le había puesto el acertado nombre de
Fuyutora17, parecía invisible, pues la blancura de su pelaje se
confundía con la nieve de los alrededores.
-Yasumaro -dijo el samurái con autoridad: –espérame al abrigo
de esas rocas; enciende un fuego y protégete del frío; yo escalaré la
montaña y hallaré el melocotonero, si los dioses quieren.
-¡Ni hablar! –le respondió el bardo. –Yo voy contigo; juntos
nos enfrentaremos a los peligros que nos aguarden entre las nieves.
-No, no pienso permitirlo. Si es cierto que existe ese espíritu
mortal del que nos advirtió el anciano, no hay necesidad de
exponernos los dos.
Yasumaro protestó, pero la decisión de Takashi era
irrevocable, y se expresó con tanta autoridad que el katari-be no
tuvo más remedio que aceptar, muy a su disgusto, lo dicho por su
amigo. Era una cuestión de honor. A él le correspondía subir a la
cima y enfrentarse a los peligros que acecharan, reales o
imaginarios, puesto que a él le correspondía llevar a cabo su
venganza. Yasumaro, comprendiéndolo, se resignó.
17
Fuyu-tora: literalmente, “tigre de invierno”.
-Si no he vuelto en una jornada, vete sin mí –le dijo Takashi.
Y sin más preámbulos, se alejó de su compañero, que
permaneció quieto, mirándole con cierto desasosiego, a medida que
su figura iba desapareciendo entre los copos de nieve que
revoloteaban alrededor.
La cabalgata hacia el monte fue difícil puesto que lo que
empezó siendo una ligera nevada terminó tomando aires de
ventisca. Pero si difícil era el acercamiento, su ascensión fue penosa.
Cientos de metros se alzaban ante él, desafiándole. El viento rugía a
su derredor cada vez con más violencia, como si quisiera advertirle
del peligro que corría. Pero el valiente Takashi hacía caso omiso a
esas amenazas. Había venido con un propósito y nadie ni nada iba a
impedir que alcanzase los frutos divinos que proporcionaban la
invisibilidad. ¡Ni los dioses! Sólo había algo que podía detenerle: la
muerte; y estaba dispuesto a vender cara su vida. El odio le guiaba.
La noticia de que, posiblemente, su amada hija pudiera convertirse
en la ramera del shogun había hervido la sangre de sus venas hasta
tal punto que la nieve se derretía alrededor suyo.
Pasaron varias horas. Llegado a un punto de la ascensión, se
vio obligado a apearse de Ryokaji, pues el pobre caballo ya no podía
caminar con el peso de un jinete sobre la grupa. Estaba agotado y
aterido de frío, al igual que su amo, y la espesa nieve en la que se
hundían sus rojizas patas le restaba movimiento. Una vez en tierra,
Takashi vio como la nieve le llegaba hasta la mitad del muslo.
Desenganchó una capa de piel de zorro que llevaba Ryokaji
guardada en las alforjas, y se la echó sobre los hombros, aunque no
parecía notar ninguna diferencia. Poco a poco siguieron
ascendiendo, pero también poco a poco las fuerzas les iban
abandonando. La monotonía del manto blanco nevoso sólo era rota
por algún peñasco de roca negra, como manchas de tinta sobre un
papel. Detrás de él, oía los jadeos de su montura que, unidos a los
suyos, formaban una extraña melodía repetitiva. Pero no podían
parar; si lo hacían morirían congelados. Los ojos del samurái
buscaban ansiosamente un refugio, una oquedad en la pared, una
peña grande que, al menos, les protegiera. Pero no era capaz de ver
nada. La ventisca le cegaba; un invisible y perpetuo muro blanco
permanecía delante de él todo el tiempo y le golpeaba con odio en la
cara. A apenas diez palmos de distancia todo se velaba. Tuvo miedo;
aquella tormenta tenía algo de sobrenatural.
Seguían pasando las horas y seguían evadiéndose los bríos.
Takashi caminaba con más resignación que decisión, tirando
fuertemente de las riendas para obligar a Ryokaji a seguirlo. Al
samurái le fallaban las fuerzas. No podía más. Sin embargo, tenía
que continuar. Su cuerpo estaba helado. Le era casi imposible hacer
un sólo gesto, puesto que su rostro se hallaba petrificado por la
escarcha que a modo de estalactitas pendía de sus cejas, nublándole
más los ojos. Estuvo a punto de perder el conocimiento y caer al
suelo helado. Sólo su obsesiva determinación le mantenía en pie
ante el espectáculo infernal que se desataba alrededor suyo. El
viento parecía gritarle: "¡ríndete, ríndete!"; pero él se negaba. Sólo un
pensamiento cruzaba su mente: Akane.
Entonces, entre los silbidos helados del viento que ensordecían
sus oídos, se apercibió de un golpe seco detrás suyo. Las riendas que
tan fuertemente asía ahora se hallaban sueltas. Miró hacia atrás
temiéndose lo peor y vio que Ryokaji se había desplomado rendido
sobre el lecho nevoso que yacía bajo él.
-¡Vamos, Ryokaji, no te rindas! –gritaba desesperadamente
Takashi a aquel bello caballo al que había cogido tanto cariño como
a un hijo, tirándolo de las riendas para que se alzara.
Sin embargo, el corcel no respondía. Seguía tendido sobre la
nieve.
-¡Ryokaji, Ryokaji!
El cuerpo cubierto de escarcha del rojizo y noble caballo
reposaba sobre el manto blanco. Sus ojos sin vida miraban al cielo
como pidiendo una explicación a los dioses, sin entender por qué
había muerto. Su lengua sobresalía ligeramente por entre sus belfos
abiertos. Takashi lloró, pero sus lágrimas se congelaron nada más
salir de sus ojos. Cayó de rodillas, agotado. Se daba cuenta de que
era el fin. Había desafiado a los dioses, tratando de robar sus dones
y ahora pagaba por ello. No tenía fuerzas; ya no podía continuar.
Pero entonces, un ligero hálito de esperanza recorrió su mente.
Asió su katana y de un golpe certero abrió el vientre del fallecido
caballo. Las tripas se desparramaron, deslizándose sobre el hielo.
"Me refugiaré en sus entrañas" pensó el samurái, "me dará calor,
espero que el tiempo suficiente, hasta que haya pasado la tormenta".
-¡Oh, mi querido Ryokaji! -dijo con emoción el guerrero; -¡que
tu muerte sirva para darme a mí la vida!
Y diciendo esto, se introdujo dentro de las entrañas del animal.
Mientras permanecía dentro del caballo, comenzó a dominarle
una extraña somnolencia. El calor que le proporcionaba el interior
del cadáver le adormecía. Pero en aquel estado que media entre el
sueño y la vigilia, en el que, ni se está dormido ni se está despierto,
empezó a sentir una extraña calidez que no era ya la que le
proporcionaba el cuerpo del corcel. Era una sensación distinta, más
interior que externa. Una absoluta paz y una abrumadora
tranquilidad se fueron apoderando de él. Sus miembros rígidos por
el frío comenzaron a relajarse, y oyó una melancólica y suave
melodía, cuya procedencia ignoraba. Penetraba dulcemente en sus
oídos, como una canción de cuna. Entonces vio un rostro delante de
él; un rostro iluminado por una misteriosa luz, que le daba a la
aparición una textura transparente y luminosa. Era una mujer, una
muchacha bellísima. Las finas líneas de sus labios le sonreían
amablemente, sus ojos brillaban de una manera candorosa, pero a la
vez sobrenatural. Todos sus rasgos, enmarcados en una tez
blanquísima, transmitían paz y sosiego. Sus negros cabellos flotaban
de manera imposible en el aire, meciéndose armoniosamente como
si no pesaran. Toda su figura era iluminada por una tenue luz
fantasmal que fluía tras ella. Sus pálidos labios pareciera que iban a
besarle. La aparición permaneció así, con la boca curvada hacia
fuera como si estuviese acariciando el aire con sus soplidos. Takashi,
cada vez se sentía más débil, más abandonado. Sus cansados ojos se
fijaban en esos labios que parecían estar bebiendo el aire. Pero no
bebían el aire, ¡bebían su vida! El samurái estaba perdiendo ya el
conocimiento cuando, fijándose en el rostro de la aparición, la
suavidad de sus rasgos, la aparente inocencia de su mirada le
recordó a su hija Akane.
Quiso gritar su nombre, pero no podía. ¡No podía hablar, no
podía ni siquiera respirar! Todo su cuerpo estaba languideciendo
lentamente, abrazando la muerte, a medida que la aparición, con sus
dulces labios, le robaba el aliento vital. Hizo acopio de voluntad y
trató de liberarse de tan mortal e invisible abrazo.
-¡Akane! -consiguió gritar al fin. -¡Akane!
Quiso apartar de un manotazo la visión que tenía ante sí, que
ahora comprendía maligna, pero vio como su brazo atravesaba el
rostro de la bella muchacha.
-¡No! -gritó Takashi con rabia a medida que iba desperezando
su paralizado cuerpo. -¡No me llevarás! ¡Te rechazo!
Entonces la hermosa aparición de beldad juvenil se transformó
en una visión de horrenda pesadilla. El bello rostro, que le había
hipnotizado momentos antes, se tornaba en una deforme máscara
demoníaca. La suave piel se convirtió en podridos jirones de carne
putrefacta, los sedosos cabellos en látigos serpentinos, y los ojos, ¡oh,
los ojos! el horrible vacío negro de unas cuencas sin vida ocupaba lo
que antes había sido una cálida mirada. La aparición comenzó a
mover los brazos descoyuntados, como si fueran tentáculos y
gritando y riendo histéricamente, retrocedió volando y desapareció
en mitad del viento, perdiéndose en la nada.
-¡Yukki Onna! -musitó el héroe -¡la Virgen Blanca!
Takashi permaneció desde entonces despierto, hasta que
pasara la tormenta.
Poco tiempo después, las violentas acometidas del viento
desaparecieron y el noble samurái, quitándose de encima la capa
que había quedado impregnado con el olor de las entrañas de
Ryokaji, observó que la ventisca se había disuelto y un cielo apacible
se abría ante él. Retomó la ascensión y en breve tiempo llegó a la
cima. En lo alto de aquella extraña montaña, se erigía, contra toda
lógica, un hermoso melocotonero en flor. A dos metros del árbol
mágico parecía que la nieve se derretía y brotaba una escasa
alfombra verde de hierba. El contraste con el resto del blanco
entorno era notable y pintoresco, pero lo cierto es que en el preciso
lugar en el que se hallaba el árbol frutal, el invierno circundante
parecía transformarse en fecunda primavera. Ni el viento gélido ni
la mortal temperatura parecía existir en ese pequeño espacio de
vida, como si los dioses, de alguna manera lo hubiesen protegido de
todo lo que se hallaba alrededor. Takashi se acercó al árbol, que
irradiaba una extraña calidez y una difuminada luz divina, y con
decisión, arrancó el único fruto que había madurado. Del resto de
las ramas, pendían hermosas y aromáticas flores.
No tardó en bajar la, antes difícil de escalar, montaña. En la
roca en la que había quedado encontrarse con su acompañante, le
recibió éste con una sonrisa de alivio.
-Veo que lo has conseguido –dijo alegremente el katari-be
asiéndole de ambos hombros en muestra de afecto.
Takashi, entonces, le mostró el melocotón que tanto le había
costado obtener. Parecía un melocotón normal, con su suave piel
aterciopelada y la mixtura habitual de tonos cálidos desde el
amarillo hasta el bermellón.
-¿Dónde está Ryokaji? –inquirió extrañado Yasumaro.
-Murió durante la infernal ventisca –explicó apenado el
samurái.
-¿Qué ventisca? –preguntó, aún más confuso el bardo. –Aquí
no ha habido más ventisca que la ligera caída de algunos copos de
nieve.
-Mmm... –quedó pensativo, –la Virgen Blanca, entonces...
-¿Te has enfrentado a la Virgen Blanca y has sobrevivido? –
exclamó Yasumaro perplejo. -¡Eres muy afortunado!
-Tal vez, pero lo cierto es que he perdido a Ryokaji.
-Qué lástima –musitó el bardo. –Era un animal noble.
A partir de ese momento cabalgaron sobre el robusto
Fuyutora, turnándose. Ora montaba el samurái, ora el katari-be, ora
ambos, cuando el corcel tenía fuerzas por las mañanas. Y así
recorrieron varias leguas en dirección a Yumigahama, la ciudad
señorial, sede del shogunato.
***************
Un buen día, tras mucho cabalgar, se detuvieron a orillas de
un lago para refrescarse. El bardo sacó de las alforjas de Fuyutora
unas frutas un tanto rancias y una pequeña bolsa de arroz.
Encendiendo un fuego se dispusieron, como otras tantas veces, a
apañárselas para cocinar el precario almuerzo. Entonces, cuando,
Takashi se disponía a beber del lago, una figura deforme y extraña
surgió de las aguas. La humedad de su caparazón reflejaba los
escasos rayos de sol. La criatura les observó con sus ojos crueles y
maliciosos, y mediante varios saltos de sus ancas de rana, se dirigió
hacia ellos con aire amenazador y emitiendo un extraño sonido
entre el croar de un sapo y el graznido de un cuervo.
-¡Un kappa18! –exclamó con cierta inquietud el samurái. –
Pensaba que no existían.
Los kappa eran conocidos demonios anfibios de la literatura y
las leyendas locales. Pese a que no eran apenas del tamaño de una
persona, eran seres realmente perversos y peligrosos. Su aspecto era
muy extraño: poseían un caparazón de tortuga y patas traseras de
rana. Entre sus crueles divertimentos favoritos se hallaba el ahogar a
los viajeros incautos y a cuantos pasaran por sus dominios,
normalmente lagos y tierras pantanosas. En sus cabezas poseían
unas cavidades que, a modo de vasos, estaban llenas de agua, lo
cual, al parecer era lo que les daba su fuerza y poder, cuando se
alejaban de la influencia del líquido elemento. Takashi, a sabiendas
de lo peligrosos que llegaban a ser estos seres demoníacos, se
dispuso a desenvainar su katana, pero Yasumaro le detuvo con un
gesto.
-No –le susurró a su compañero. –Son demasiado peligrosos,
déjame a mí.
Cuando el kappa estaba prácticamente encima de él,
Yasumaro, alzando los brazos, exclamó:
-¡Oh, insigne ser de las profundidades! Desconozco tu nombre
y virtudes, pero por tu magno porte y graciosa majestad, intuyo
honorables y dignas de un dios. Yo, Yasumaro Takamatsu te saludo.
Y diciendo tales sandeces, hizo tan notable reverencia que su
cabeza casi tocó el suelo. Resultaba que esos demonios anfibios, pese
a su poder y crueldad no eran precisamente muy listos y sí muy
ceremoniosos. Y eso Yasumaro lo sabía muy bien. Así que, la
estúpida criatura, tal y como el bardo esperaba, halagado por tanta
18
Kappa: grotesco demonio anfibio, mezcla de rana y tortuga.
palabrería y por su exagerada reverencia, restituyó el gesto cortés,
haciendo lo propio. Al inclinarse, el agua que permanecía en la
cavidad craneal se derramó, perdiendo el demonio toda su fuerza.
Al instante quedóse debilitado e indefenso.
Dándose cuenta de su estupidez, el kappa lanzó un grito que
parecía el gorjeo de un cuervo. Yasumaro, más rápido en su
reacción, se abalanzó sobre el demonio y le dejó inmovilizado. Entre
él y Takashi le ataron con unas cuerdas.
-¡Qué hazaña tan ingeniosa! –felicitó el samurái a su amigo.
-Los kappas no son muy lúcidos, aunque sean
extremadamente sañudos.
El pintoresco ser, mezcla de batracio y tortuga, siguió
chillando estridentemente. Viendo que no conseguía liberarse, se
quedó mirando atentamente con sus ojos vidriosos a los dos
personajes que de tal forma le habían burlado. Yasumaro entonces,
sabiendo que los seres sobrenaturales conocen, lógicamente, de las
materias sobrenaturales, le dijo:
-Te liberaremos con una condición: tendrás que respondernos
a una pregunta.
-Respuestas pocas sé... –dijo el demonio mirando con rencor a
su captor.
-¿Dónde se halla Kusanagi? –le preguntó con autoridad el
bardo.
-¿Kusanagi? –contestó el ser maligno, fingiendo ignorancia. ¿Es qué Kusanagi?
Yasumaro le asió del cuello con gesto amenazante.
-No pretendas engañarnos –conminó mientras sacaba una
pequeña daga y la ponía en el cuello del ser. –Los kappas seréis
estúpidos pero sabéis muchas cosas relacionadas con los dioses.
Viendo que no tenía más remedio que decir la verdad, la
criatura actuó como si, de repente, una oleada de memoria
atravesara su pequeño cerebro. Y comenzó a hablar de la manera
desordenada y peculiar en que lo hacen los kappas.
-¡Ahh, Kusanagi!... la espada surgióse de serpiente de cabezas
ocho cuando matóla Susanowo, y que en ofrecióle a su hermana, la
diosa Amaterasu, rechazóle siendo por ella... esa Kusanagi, dices.
-Sí.
-Cuando Amaterasu desprecióle a Kusanagi, recogida por
monje fue de Izumo la región, y en el sagrado lugar colocada de
Atsuta...
-Eso ya lo sabemos, demonio... –le espetó el samurái; –pero
¿dónde se halla ahora?
-Groseros sois para héroes ser –protestó el demonio haciendo
un mohín de fastidio por haber sido interrumpido. –Bien abrid las
orejas de mamífero vuestras: cierto es que Yamato legendario
utilizóla tan arma extraordinaria para con los ainu acabar y por ello,
dícese que la divina Amaterasu la espada recuperóla, para más
matanzas evitar y clavóla con furia en sitio único en que nadie a
buscarla atreviérase: Yomi Tsu Kuni19.
Ambos héroes palidecieron al oír ese nombre.
-¡Yomi Tsu Kuni! –exclamó Takashi.
-¡El país de las tinieblas! –musitó el bardo. -¡La morada de los
muertos!
-Así sí es –dijo el demonio esbozando lo que quería parecer
una sonrisa de sus repugnantes belfos escamosos.
-¿Queréisla a buscar allí ir? –añadió el anfibio, soltando una
estruendosa risotada.
-Yomi Tsu Kuni –suspiró el bardo; –amigo mío, tu misión se
torna cada vez más imposible…
-¿Dónde se halla la morada de los muertos? –preguntó Takashi
al kappa, interrumpiendo a su amigo.
-Una pregunta, una respuesta, no más –contestó
obcecadamente la criatura; –pacto ese era. Yo contestado ya he y mi
libertad ganado he.
-Maldito sea su caparazón –dijo con rabia el samurái
desenvainando su katana. –Escucha, alimaña demoníaca, puede que
hayas ganado tu libertad pero no tu vida.
El pequeño demonio, comprendiendo la amenaza, se quedó
pensativo un momento. Al fin contestó:
-La Luna llena esperad en el acantilado de Makiro; no más
diré, libertad y vida ganadas helas –sentenció con su voz gorjeante.
Comprendiendo el samurái que el demonio anfibio no iba a
decirles nada más, le cortó las cuerdas. No le dio tiempo a terminar
19
Yomi tsu Kuni: el limbo o inframundo, algo así como el Hades japonés, el primer escalón del infierno.
de hacerlo con la última, cuando el kappa, viéndose libre, saltó hacia
el lago, tan deprisa que apenas sí tuvieron posibilidad de verlo. Tan
rápido como un relámpago, de un larguísimo brinco de sus patas de
rana se zambulló en el agua, riendo de manera grotesca.
******************
Cuando llegaron al acantilado de Makiro, varias jornadas más
tarde, faltaba todavía tres noches hasta que la Luna resplandeciera
con todo su brillo en mitad de la oscuridad. Ambos pasaron, en
aquel bello y misterioso lugar, los días suficientes hasta la llegada de
la Luna llena y durante aquellos breves días la amistad de los dos
vagabundos se hizo todavía más sólida. Yasumaro amenizaba las
horas interminables con infinitas canciones poemas y melodías
extraídas de la memoria histórica del país. Su saber parecía no tener
límites. Interpretaba incluso algunas melodías que aseguraba "sólo
la han oído los dioses, aparte de mí". Era un personaje muy peculiar,
Yasumaro. En su rostro parecía adivinarse una edad juvenil, pero en
su mirada podía uno perderse en un mar de siglos, y su sabiduría y
conocimiento eran más de un venerable y anciano eremita que el de
un joven bardo que vagaba sin ningún destino en particular.
-Nada debe ser premeditado –le decía con su alegría habitual a
su compañero de viajes. –Cuanto más pensamos en una meta, más
se nos aleja; no hay que perseguir quimeras sino dejar que la vida te
sorprenda. Llevo vagando por este mundo, y por otros que no
conoces, más tiempo del que puedas imaginar. Sin embargo,
encuentro algo nuevo y revelador cada día: en una pequeña flor que
se quiebra por la fuerza del viento, en una pompa de espuma
marina que se disuelve en el aire, o en los traspiés de un ternero
recién parido que todavía no sabe caminar. Sí, la vida te sorprende a
cada paso.
A los pies del acantilado, una pequeña cala se hallaba
escondida, desapercibida a la vista de la mayoría que pasara por allí.
El samurái se fijó en que había una destartalada barca varada en la
orilla, sobre la oscura arena. ¿Quién abandonaría en semejante
paraje, alejado de todos, una barca?
-Esa pequeña barca debe de tener un propósito –musitó
Takashi.
-Esta noche lo descubrirás –le contestó misteriosamente su
amigo.
Efectivamente, aquella noche había Luna llena. La sonrisa de
Tsuki Yumi20reposaba en las aguas calmas, que reflejaban la pálida
luz del astro nocturno. Todo el mar parecía iluminado de manera
mágica. No obstante, la abstracción ante tal belleza, dejó paso a la
perplejidad y la sorpresa, al menos en el rostro de Takashi. En
medio de la rítmica y suave danza de las olas, comenzó a
materializarse, como si surgiera de la nada, un pequeño islote. Sí.
Ante los ojos atónitos del samurái, un pedazo de tierra había
aparecido como si siempre hubiese estado allí. Era como si alguna
mano divina hubiese tirado de un invisible telón que cubriese esa
parte de mar. Miró a su compañero de viaje, pero no parecía
sorprendido en absoluto ante tal prodigio.
-Kuroi Shi Shima21, La Isla de la Muerte Negra –dijo el kataribe. –Sí, se cuenta que una de las entradas al "país de las tinieblas"
sólo es visible bajo la luz directa de la Luna llena. Debemos bajar a la
cala y hacer uso de la barca.
La pequeña barca se mecía con el suave balanceo de las olas.
La Luna, reflejada en las aguas, formaba un blanco camino que les
dirigía directamente al islote. Takashi pensaba que entrar en Yomi
Tsu Kuni, la Morada de los Muertos, era una osadía y podía
provocar la ira de los dioses. Sin embargo, nada podía detenerle.
Tenía que vengar a Sayaka y rescatar a su preciosa Akane; era lo
único que le mantenía vivo, su única meta, y ni los dioses se
interpondrían en su camino. La mar estaba en calma pero no su
alma. Conforme se acercaban a la Isla de la Muerte Negra sentía
cortantes escalofríos que le recorrían la espalda. Ni siquiera el remar
le hacía entrar en calor.
20
21
Tsuki Yumi: diosa de la Luna.
Kuroi shi shima: literalmente, “Isla de la Muerte Negra”.
-Es el frío de la muerte –dijo Yasumaro, leyendo sus
pensamientos; –la mejor manera de combatirlo es con un poco de
alegre música.
Y dicho esto, comenzó a tocar una pieza cómica, intercalando
la melodía con versos jocosos que contaban la historia de un viejo
marinero borracho que tenía de mascota un mono, y que una buena
noche, llegando beodo a su casa, se acostó con el mono
confundiéndole con su mujer, que era muy hirsuta. Una suave
sonrisa apareció en el rostro del samurái, y parecía que el frío estaba
empezando a desaparecer. Mientras el guerrero remaba, ambos se
reían de las desventuras del marino borracho al que el mono arrancó
un pedazo de oreja de un mordisco al intentar hacer el amor con él,
y al que su mujer le golpeó con la escoba por confundirla con el
simio. Takashi sentía que el frío desaparecía de su cuerpo.
-¿Ves? –le dijo su compañero; –la tristeza es la mejor aliada del
frío y la alegría del calor.
Entonces, del mar, empezaron a escucharse algunas voces,
como susurros. Y las aguas empezaron a revolverse de manera
violenta.
-Takashi, Takashi –decían. –No sigas... no servirá de nada...
-¿Quiénes sois? –preguntaba el guerrero.
-Takashi... no lo lograrás... –continuaron diciendo las voces; –
quien entra en el Reino de la Muerte, nunca consigue salir.
-No les hagas caso –le aconsejó Yasumaro, y siguió tocando el
flautín, ahora con más intensidad para acallar las voces.
-Takashi... Akane... Akane está muerta –susurraba el mar.
-¡No! -dijo el samurái. -¡Eso es falso!
-Akane... –dijeron las voces, –Akane está aquí, con nosotros...
en Yomi Tsu Kuni...
-¡No! -gritaba desesperado el samurái, mientras trataba de
seguir remando.
-... le salen gusanos por la boca...
-¡No es verdad!
-... sus tripas son devoradas por serpientes...
-¡No les escuches! –gritaba Yasumaro.
-...Hanbei la degolló mientras fornicaba con ella...
-¡No! ¡No! ¡Es mentira! –aullaba Takashi rechinando los
dientes.
-...mientras la poseía de manera brutal como la ramera que
fue...
-¡Callaos voces malditas!
-...ramera, hija de otra ramera...
Takashi, perdiendo el control, soltó los remos y desenvainó su
katana, blandiendo el aire con ella.
-¡Malditos! ¿Dónde estáis? ¡mostraos!
Bajo las aguas vislumbró unas sombras que nadaban con
movimientos serpentinos. Quiso hundir la espada en las aguas, pero
Yasumaro le retuvo.
-No lo hagas –le espetó; –eso es exactamente lo que quieren.
Entonces, de entre las olas surgieron varios seres con los ojos
puestos en él y cuya piel estaba recubierta de escamas. Algunas
algas viscosas rodeaban sus serpentinos cuerpos. Eran una mezcla
imposible de hombres y peces. Takashi reconoció entonces al pueblo
del mar, que le salvara de la mortal caída del acantilado, cuando el
shogun mató a su esposa.
-¡Ryujin! –exclamó el guerrero: -¿Por qué me atormentáis?
-Rechazaste y humillaste a nuestra reina, la divina Dama
Benten –dijeron al unísono los seres marinos; –y por eso pagarás
caro, tú y tus descendientes.
Los ryujin comenzaron a balancear con violencia la barca para
que ambos héroes cayeran a las aguas, donde serían fácil pasto de su
brutalidad. Gritaban amenazadores, mientras Takashi trataba en
vano de acertarles con su afilada katana. Eran demasiado rápidos y
al fin y al cabo estaban en sus dominios y en su elemento. Cuando la
barca estaba a punto de volcar, Yasumaro comenzó a interpretar con
su flautín una extraña e inquietante melodía.
Los ryujin se detuvieron. Parecía no gustarles la música puesto
que, tapándose los oídos como si estuvieran oyendo el más
ensordecedor de los ruidos, comenzaron a aullar de dolor. El kataribe siguió soplando por la diminuta flauta con insistencia y los
habitantes del pueblo del mar, incapaces de resistir aquellos
acordes, se sumergieron de nuevo en el agua, maldiciendo y
amenazando, y desaparecieron.
-Parece que no les gusta la buena música –dijo con ironía
Yasumaro, esbozando una luminosa sonrisa.
La pequeña barca con sus dos intrépidos tripulantes llegó
finalmente al islote, dirigiéndose a una gran oquedad que se abría
en la roca. En una de las paredes de piedra de aquella especie de
boca que amenazaba devorarles, sobresalían unas amplias cornisas a
modo de malecón natural. Dirigiéndose hacia allí, Yasumaro se apeó
de la barca, y de un brinco subió a una de las cornisas.
-A partir de aquí, has de seguir tu sólo –le explicó el bardo. –Es
tu destino conseguir Kusanagi, pero debes hacerlo por tus propios
medios.
-Comprendo –le dijo su compañero, pero lo cierto es que
Takashi no entendía como su joven amigo podía saber nada de su
destino con tanta seguridad.
-Toma -dijo Yasumaro, llevándose una mano a la bolsa que
pendía de su cinturón.
Y le dio una pequeña botella que, por el aroma a arroz
fermentado, el guerrero dedujo que contenía sake. Extendiéndole la
otra mano, depositóle en la suya un puñado de guisantes. Takashi
no entendió el valor de esos objetos.
-Tal vez te sean de utilidad –fue la enigmática respuesta del
bardo.
Takashi, dándole las gracias, aunque no sabía muy bien por
qué, alejó la barca de la cornisa y se adentro en la larga cueva,
siguiendo el brazo de mar que penetraba en la piedra y que formaba
un angosto río subterráneo. Ahora estaba solo.
-Recuerda que en este lugar las cosas no son lo que parecen –le
gritó Yasumaro, ya desde la distancia; –y que tu ingenio es más
fuerte que tu brazo.
La lengua de agua se introducía más y más en la piedra.
Takashi no concebía que aquél río tan largo cupiese en una isla tan
pequeña. Las paredes de roca de aquella interminable garganta
estaban jalonadas con una hilera de pequeñas lamparillas que
basculaban inestablemente a ambos lados de la cueva. Las aguas, a
su alrededor, eran tan negras como la muerte que allí anidaba.
Finalmente llegó al final del trayecto. El río subterráneo parecía
hundirse en una especie de tenebrosa fosa cuyo fin permanecía
oculto a la vista. En una de las paredes de la caverna se abría lo que
pretendía ser una puerta enorme. El guerrero saltó a la cornisa sobre
la que se hallaba la apertura y remolcó la barca a tierra firme.
Aquel lugar se hallaba ligeramente más iluminado que el
pasillo fluvial que había dejado atrás. Las paredes, que exhalaban
humedad como si sudaran, estaban compuestas de unas pequeñas
algas que resplandecían y daban luz a la cámara. Armado con su
katana, el sake y los guisantes, siguió andando cuando, de repente,
oyó unas voces graves y toscas detrás de él. Dándose la vuelta, vio
como tres personajes un tanto desastrados se le acercaban. Los
reconoció como shôjo22, espíritus agresivos que solían vivir en el mar
y que habitaban cavernas subterráneas. Sus rostros eran rudos y
agresivos, cubiertos por cabelleras rojizas desordenadas y pobladas
barbas del mismo color. Iban semidesnudos dando fuertes voces.
Takashi se dispuso a desenvainar su katana, pero recordó las
palabras de Yasumaro y prefirió solventar la situación de otra
manera.
-¿Quién eres? –le preguntó uno de esos rudos seres.
-Oh, no soy nadie –les respondió el samurái con aparente
humildad. –Sólo una mísera alma atormentada.
A los shôjos no les pareció satisfacer la respuesta, puesto que
uno de ellos asió una gruesa piedra con la clara intención de
arrojársela al intruso. Takashi, entonces, deteniéndolo con un gesto
les dijo:
-¡Esperad, nobles señores!; puedo ofreceros algo que deleitará
vuestros sentidos.
-¿Ah sí? –dijo uno de los tres personajes, mientras el que había
alzado la piedra la depositaba de nuevo en el suelo. -¿Y qué es eso
que nos puedes ofrecer?
Entonces, el héroe, les ofreció la botella de sake.
-Este recipiente contiene el mejor fermento de arroz que
habréis probado en vuestra vida. Sus efectos son milagrosos,
calienta el alma y reconforta el espíritu... tomad.
A los seres salvajes de rojizos cabellos se les iluminaron los
ojos. Takashi sabía que los shôjo eran espíritus a los que gustaba de
22
Shôjo: espíritu marino humanoide, ruidoso y violento.
embriagarse y probar todo tipo de licores. Con celeridad y rudas
maneras, le arrebataron al guerrero la pequeña botella de sake, y
comenzaron a enzarzarse en una pelea para hacerse con ella.
Aprovechando el lance de las simples criaturas, el samurái realizó
un rápido mutis y continuó su camino.
Pronto llegó a una estancia, que como la otra, mantenía la
apariencia cavernosa de la anterior, con las frías paredes destilando
humedad. Sin embargo, aquel nuevo lugar era mucho más
tenebroso, puesto que apenas podía ver un palmo delante de sus
ojos. Sintió, sin embargo, una presencia a su lado, al igual que unas
leves respiraciones alrededor. Se llevó la mano instintivamente a la
katana. En seguida se percató de una pequeña abertura practicada
en la pared de piedra a cuyo través parecía traslucirse unos débiles
rayos de luz. Colocándose rápidamente cerca de los tenues haces,
observó con detenimiento lo que le rodeaba.
Entonces, se dio cuenta de que se aproximaban a él una serie
de figuras extremadamente delgadas, famélicas. No sería exagerado
decir que aquellos seres no eran más que puñados de huesos
andantes, recubiertos por un pellejo putrefacto. Sus ojos, debido a la
extrema delgadez de sus rostros huesudos, parecían que iban a salir
de sus órbitas. Podían contarse en cada uno de ellos, el número
exacto de costillas y vértebras que poseían sus cuerpos. Las
ramificaciones de sus venas se marcaban como si estuvieran
esculpidas en barro. Le rodearon.
-¿Qué haces aquí? –le interpeló con voz muy débil uno de
aquellos desdichados. –Tú no debes estar aquí.
-¿Por qué razón? –preguntó Takashi al que le había hablado.
-Los vivos no pueden caminar entre los muertos –le respondió
aquel ser de ojos enormes y vacíos.
-¿Por qué creéis que estoy vivo?
-Tu calor nos atrae...
Takashi pasó la mano por delante de los ojos muertos de
aquellos famélicos y no reaccionaron. Eran ciegos. Ahora entendía la
gran oscuridad que reinaba en aquél recinto. Ellos no necesitaban
luz; les era indiferente.
-¿Dónde está Kusanagi? –preguntó el samurái.
-No debes estar aquí... –fue la lacónica respuesta.
-Necesito a Kusanagi.
-Los muertos no gustan de estar con los vivos –dijeron todos al
unísono.
-Mataron a mi familia; sólo quiero venganza –alegó el samurái.
-Los muertos nada saben de la venganza...
-¡Amaba a Sayaka y a Akane!
-Los muertos nada saben del amor...
Entonces, todos comenzaron a rodearlo, tocando su piel,
tocando su carne; aquella carne de la que ellos carecían. Le
arrinconaron contra una pared a la vez que alguno parecía querer
morderlo para devorarlo. Una montaña de pútridas manos y brazos
huesudos le rodeaban asfixiándolo; había muchos, varias decenas, y
de entre las paredes húmedas y oscuras de aquél maldito lugar
parecían salir decenas más. Asió rápidamente, entonces, su katana y
la blandió en el aire. Los famélicos muertos, que reconocían el
sonido de una espada desenvainada, retrocedieron lentamente,
escondiéndose en los huecos negros horadados entre las rocas, de
donde habían salido. Retrocedían como alimañas asustadas que
regresaban a sus infectos cubiles.
-¡Bien hecho! –dijo una voz chillona; –nunca me han gustado
esos gaki23.
Takashi giró la cabeza, observando al pequeño ser que se
hallaba atalayado sobre un pequeño saliente de la roca. Iba vestido
con un kimono de colores chillones y de imposible combinación. Su
rostro deforme y encarnado se hallaba coronado con una serie de
minúsculos cuernecillos que le sobresalían en la frente y por encima
de sus puntiagudas orejas. Llevaba una sempiterna y grotesca
sonrisa dibujada en su rostro. El samurái en seguida lo identificó
como un demonio burlón, uno de los muchos tipos que existen de
oni. Dándose cuenta de que aquél ser le podía ser de gran ayuda, le
habló cortésmente.
-Noble criatura –le empezó a decir; –es seguro, pues lo observo
en el porte de vuestra raza, que sois sabio y conocedor de los
secretos del inframundo.
-¿Qué quieres saber de mí, valiente samurái, que con tanto
descaro me halagas? –dijo el astuto demonio.
23
Gaki: espíritu famélico de aquél que ha muerto por inanición.
-Deseo saber dónde se halla Kusanagi –respondió Takashi,
dándose cuenta que con aquel artero ser no valían tretas.
-¿La espada del divino Susanowo? –preguntó con cierta
perplejidad el cornudo personaje desde lo alto de su escondite.
Entonces comenzó a reír y a saltar enloquecidamente.
-¿El insensato humano quiere Kusanagi? Ja, ja, ja...
-¿De qué te ríes, demonio? –inquirió impaciente el samurái.
-Ni los oni se acercan a ese lugar...
-Tú serás la excepción –amenazó con autoridad Takashi.
-¡Ah, no! –exclamó el demonio; –yo no voy allí.
En aquel momento, Takashi, recordando las leyendas que le
contaba su ayo sobre los oni y su aversión por los guisantes, asió el
puñado que le había entregado su amigo Yasumaro y tiró unos
cuantos al pequeño demonio. En seguida, el bribón trató de
esquivarlos retorciendo su rostro en claras muecas de asco y
gritando con sus agudos chillidos. Pero, queriendo evitar los
impactos de los guisantes, perdió el equilibrio y cayó de bruces al
suelo, desde la tarima rocosa en la que se hallaba. Takashi,
rápidamente se lanzó hacia él y le asió del kimono a la vez que
sostenía en una de sus manos, otro puñado de guisantes a
modo de amenaza. El demonio, intimidado, le rogó al samurái que
alejara las diminutas bolitas verdes de su vista.
-¡No, no! –suplicaba el pequeño oni. -¡Odio los guisantes!, ¡los
odio, los odio, los odio!...
-Muy bien. No te los lanzaré más, pero sólo con la condición
de que me lleves a Kusanagi –chantajeó Takashi.
-¡Sí, sí!, ¡pero aparta esas cosas de mi vista!
Desde ese momento el atrevido samurái seguía al demonio
danzarín, que saltaba y reía a lo largo de todo el camino, como era
propio en los demonios de su raza; era su naturaleza, como una
especie de pincelada de color en aquel mundo de tonos negros y
grisáceos. Sus pequeñas pero rápidas zancadas obligaban al
guerrero a acelerar el paso para poder seguir su frenético baile a
través de los pasillos de piedra del reino de los muertos. Pronto
llegaron a una gran sala circular. A diferencia de las otras en las que
había estado, Takashi se dio cuenta que esta parecía construida a
conciencia ya que, en las anteriores, realmente las estancias no eran
más que oquedades excavadas aleatoriamente en la roca. Sin
embargo, ese lugar parecía levantado mediante la superposición de
bloques pulidos y distribuidos de manera coherente, de tal forma
que el área describía un enorme círculo adornado por una serie de
pilares circundantes.
En los muros de aquella sala circular, la piedra era horadada
para dibujar varios nichos simétricos que albergaban lo que parecían
ser cadáveres de guerreros samurái. Todos iban fuertemente
armados, con katanas, arcos y flechas, o incluso sais 24. Sus rostros
estaban cubiertos por unas máscaras mortuorias que les daban un
aspecto terrible, y sus armaduras de cuero parecían estar en perfecto
estado como si el tiempo no pasara por ellas.
-¡Kusanagi! –exclamó el pequeño oni, señalando el centro de la
estancia.
Allí, en el exacto epicentro de la sala, se levantaba un pequeño
podio del que se alzaba hacia la bóveda que cubría el recinto, un haz
de luz, dentro del cual, pendía en el aire, como ingrávida, una
katana cuya funda era de una extraña belleza. No tenía ningún tipo
de adorno, su superficie era totalmente lisa. Lo único que rompía la
severidad de su trazo eran unas inscripciones en una tinta roja que
parecía sangre, en las que se podía leer: "Soy Kusanagi, la segadora
de almas". Takashi no había visto en su vida unas líneas tan
perfectas en un arma, ni una madera tan delicadamente pulida. El
barniz reflejaba la luz de las lámparas que iluminaban la gran sala.
El samurái se maravilló ante aquella espada, cuya singular belleza
delataba la mano inmortal de un dios en su tallado. No dudaba,
ahora que la había visto, de su mágico origen: parida de las entrañas
de la serpiente de ocho cabezas que matara el dios Susanowo,
acariciada por los dioses, rechazada por Amaterasu, y confinada en
aquél lugar, "el país de las tinieblas", donde nadie osaría ir a
buscarla. Nadie excepto él.
Cuando comenzó acercarse al podio donde se hallaba la
espada, oyó unos ruidos apagados, como de huesos crujiendo. Al
principio no localizó el origen de tal sonido. Pero, fijándose en los
nichos que albergaban los cadáveres de los milenarios samuráis,
observó con horror que estos se movían lentamente, como
24
Sai: cuchillo en forma de pequeño tridente.
desperezándose de un largo sueño. Todas las máscaras siniestras
que cubrían los rostros de aquellos inmortales guardianes se giraron
hacia él. Al unísono, como un bien entrenado ejército,
desenvainaron sus letales katanas cortando el aire con un metálico
sonido agudo.
-¡Kuraimusha25! ¡Los Guerreros de la Oscuridad! –dijo el
pequeño demonio con una risa histérica, mientras se encaramaba a
lo alto de una de las columnas. -¡Estás perdido!
Rápidos como los rayos de una furiosa tempestad, los
guerreros sin rostro se lanzaron sobre el valiente samurái, que
desenvainando su espada contrarrestó los violentos golpes de
katana que recibía de sus acorazados enemigos. Había por lo menos
una docena, y todos daban muestras de una gran habilidad; se veía
en sus movimientos, realizados con una gran precisión. Pero
Takashi no era menos, había sido entrenado por los maestros de la
familia Akagi y su destreza era más que notable. Se movía como un
gato erizado entre los furibundos ataques de los guerreros muertos.
Mediante varios saltos se libró de un par de ataques mortales, a la
vez que se alejó unos metros de ellos. Rápidamente, llevándose la
mano al interior del cinturón de su kimono, les lanzó sus mortíferos
kabutowari26. Pero asombrado vio que, al clavarse en el cuello de
uno de sus atacantes, no parecían hacerle la más mínima mella.
-¡No puede ser! –exclamó desesperanzado el bravo guerrero.
-No pueden morir –le dijo el cobarde demonio desde el alto
refugio que había adoptado –ya están muertos ¿recuerdas?
-Debe haber algún modo de detenerles –le gritó Takashi
mientras de un certero golpe, cortaba la cabeza de uno de sus
enemigos para observar, con horror, cómo el descabezado rival
seguía atacándole. Takashi perdía las esperanzas de salir de allí con
vida.
-¡No puede ser!... ¡son invencibles!
-Tal vez... –masculló enigmáticamente el demonio burlón, –o
tal vez no...
25
26
Kurai-musha: literalmente “guerrero oscuro”.
Kabutowari: dardos perforadores usados como armas.
-¿Qué quieres decir? –le interrogaba jadeando Takashi
mientras recibía un tajo de uno de los guerreros fantasmales que le
abrió parte del costado derecho. -¡Habla, maldito seas!
-¡Oh, pero qué grosero! –se quejaba con cierta malevolencia
autocomplaciente el pequeño demonio; –no sé si debería ayudarte,
al fin y al cabo, no me has tratado muy bien. Me has amenazado con
guisantes cuando sabes que los oni odiamos los guisantes. Has sido
muy descortés.
En esos momentos, víctima de la desesperación, reaccionando
como un animal acorralado, dio tan fuerte tajada a uno de los
kuraimusha que le atravesó la cintura, partiendo al atacante en dos
mitades. Acto, por otra parte, fútil pese a su espectacularidad, pues
Takashi observó atónito como las dos partes demediadas volvían a
unirse, propiciando que el guerrero volviera a la carga. Aquella
batalla parecía perdida. En situaciones normales, luchar con una
docena de samuráis bien entrenados era una osadía, pero hacerlo
con una docena de guerreros inmortales era ya un suicidio.
Totalmente agotado, Takashi se dio cuenta que los golpes que antes
hubiera utilizado con los kuraimusha le eran ahora bloqueados. "No
puede ser" pensaba desesperado "aprenden todos mis movimientos
y buscan la manera de contrarrestarlos...no puedo utilizar el mismo
ataque contra ellos dos veces... ¡por todos los kami, estoy perdido!"
En ese mismo momento, cometió el error de reiterar uno de
sus movimientos defensivos ante la acometida de uno de los
guerreros de la oscuridad. Éste, advirtiéndolo, modificó su ataque
rápidamente alcanzando a Takashi y abriéndole una profunda
brecha en el pecho que hizo balancearse al héroe. Los guardianes,
viendo su inevitable éxito se abalanzaron sobre el malherido
guerrero con redoblada violencia. Entonces, el demonio burlón le
dijo:
-¡Si quieres vencerlos, mortal, la salvación siempre ha estado
ante ti!
Takashi, entre la angustia de la aparentemente estéril batalla y
la cantidad de sangre que había perdido, no podía pensar con
claridad. No obstante, una luz se abrió paso entre su nublada mente:
-¡Kusanagi!
La esperanza le dio alas, y de un agilísimo salto sorteó la
maraña de enemigos y se lanzó hacia la bella espada que levitaba
sobre el haz de luz que salía del podio. Sin embargo, al querer asirla,
su mano atravesó la katana.
-¡Me has engañado demonio! –espetó Takashi al oni.
-Ops... no, no te he engañado –se defendió el socarrón
personaje; –es que ningún mortal puede extraer a Kusanagi del haz
de luz mágica que la protege... se me había olvidado...
-Tú no eres mortal como yo, tú puedes cogerla.
-Tal vez... pero no sé por qué debería hacerlo... –dijo
malévolamente el demonio.
-¡Te lo ruego!... ¡por todos los kami!, ¿qué quieres de mí? –
inquirió el samurái mientras se preparaba para una nueva oleada de
furibundos ataques.
-¡Vaya, qué curioso es el destino! –dijo irónicamente la
criatura. –Hace unos instantes me amenazabas, me ordenabas y me
maldecías; ahora me suplicas.
En ese momento, uno de los guerreros fantasmales había
atravesado el hombro izquierdo de Takashi lanzando uno de sus
sais y dejándole inmovilizado ese miembro.
-Verás –comenzó a decir el demonio saltarín; –me gustan
mucho las bolitas brillantes y de colores; las colecciono por placer.
En ese momento sacó de dentro de su pequeño kimono chillón
una especie de cajita que contenía diversos ojos: algunos humanos.
Allí había globos oculares de todo tipo y tamaños, perfectamente
colocados en pequeños departamentos que tenía la caja para tales
efectos.
-Quiero uno de tus ojos –dijo el ser demoníaco con una
perversa sonrisa.
-De acuerdo, te lo daré –accedió Takashi, sabiendo que no
tenía más alternativa que ceder a la extravagante petición de su
poco cooperador acompañante.
Los rostros inexpresivos de las máscaras mortuorias de los
guerreros le rodeaban; los filos letales de sus katanas silbaban a su
alrededor. Takashi sólo podía optar a defenderse, pues todo ataque
era inútil contra aquellas criaturas infernales que se regeneraban al
primer golpe y parecían incansables. En aquel momento, cuando le
tenían rodeado y acorralado, y todo parecía perdido, oyó un
zumbido como de una hoja de metal atravesando el aire. ¡Alzó los
ojos y vio que Kusanagi volaba hacia él! ¡El demonio se la había
lanzado! Rápidamente asió la bella katana y la desenvainó. Si bella
era la funda que la cubría, más bella era su hoja. Jamás había visto
nada tan afilado. En cuanto desnudó el acero, Kusanagi empezó a
vibrar en su mano, como si deseara sangre, y una extraña sensación
de poder invadió al samurái.
-Dame fuerzas, piadoso Kwannon27 –dijo el héroe
esperanzado.
De un golpe certero, dividió en dos al guerrero infernal que
tenía ante sí. Éste, como si hubiese sido atravesado por un rayo
mortal, se deshizo en una montaña de polvo, ante sus atónitos ojos.
Y atónitos se quedaron también el resto de kuraimusha, puesto que
durante unos segundos quedaron dudando sin saber qué hacer. No
esperaban descubrir su vulnerabilidad. Takashi aprovechó esta
circunstancia, para lanzarse rápidamente contra ellos, y en apenas
unos segundos dio buena cuenta de dos más. El combate desde
entonces, no duró demasiado. La furia de la sedienta Kusanagi
guiaba su brazo y, haciendo honor a su apodo, la Segadora cortaba
los miembros de los guerreros oscuros como espigas de trigo en un
campo maduro. Aunque el bravo samurái fue alcanzado en un par
de ocasiones por las armas de sus tenebrosos enemigos, sus
renovadas esperanzas parecieron acrecentar sus fuerzas y terminó
reduciendo a polvo, literalmente, a los guerreros de las tinieblas.
No fue hasta que hubo deshecho a todos sus letales enemigos
que se percató de sus heridas, algunas profundas, que surcaban sin
piedad su castigado cuerpo. En ese momento, se desplomó, agotado,
sobre el suelo. El demonio saltaba alegremente a su alrededor
reclamando su premio y, abriendo la pequeña bolsa que le colgaba
del cinturón, empezó a enseñarle con orgullo su colección de ojos.
-Mira –le dijo al cansado guerrero, mientras se quitaba sus ojos
y se colocaba en su lugar los que acababa de sacar de la bolsa. –Este
ojo es de un rey, así que ahora tengo dignidad real, ja, ja.
Y sacando más ojos siguió con sus macabras explicaciones ante
la mirada atónita de Takashi.
27
Kwannon: buda de la misericordia.
-Éste es de un gato -continuó diciendo; –muy útil por la noche;
éste es el de un monje budista, para contemplar las cosas pequeñas
de la vida; éste es el de un astrónomo para interpretar los signos de
las estrellas; éste el de un poeta para observar la belleza de las
cosas... y ahora... quiero un ojo tuyo, el de un samurái, para conocer
los puntos débiles de mis enemigos.
-Muy bien, te prometí un ojo y un ojo tendrás.
-¡Bravo, Bravo! –gritó el oni con alegría.
Y en seguida, con una de sus afiladas garras, le arrancó el ojo
derecho al guerrero, que exhaló un ruido gutural, aguantando el
dolor con un sordo gemido. Como acto reflejo, Takashi se llevó la
mano al ojo arrancado y con sus fatigados dedos palpo el hueco de
la cuenca ocular. Tenía a Kusanagi y por ello era capaz de
aceptar cualquier sacrificio. Esa poderosa y sobrenatural espada
justificaba todo pesar. Ahora sabía que podría cumplir su deseada
venganza. Arrancó unas tiras de su kimono e improvisó un vendaje
con los jirones de tela.
El demonio se colocó el ojo de Takashi en una cuenca y el de
un sabio en la otra y le dijo, esta vez, con aparente solemnidad:
-Eres valiente, guerrero. Conseguirás lo que te propones.
Y desapareció.
Takashi, después de tomar aire durante unos segundos, se
puso en pie y emprendió el camino de regreso, desandando sus
pasos. No encontró ningún obstáculo. Los gaki se escondieron en
sus agujeros nada más verlo aparecer con la temible Kusanagi, y los
shôjos estaban dormidos después de haber apurado el fuerte sake de
la botella que les había ofrecido. La corriente del río subterráneo
corría en contra suya, pero hizo un acopio de fuerzas sabiendo que
la salida de aquel inframundo se hallaba tan cercana. Cuando llegó a
la altura de la boca que daba al mar vio a su amigo Yasumaro.
-Veo que has tenido que pagar un precio para salir de aquí –le
dijo el katari-be, señalando sus heridas y la venda que le cubría un
ojo. –Eres la única persona que conozca que haya sobrevivido a
Yomi Tsu Kuni.
Los dos amigos se abrazaron afectuosamente. Takashi le
mostró a Yasumaro la hermosa Kusanagi. En tal momento, el
guerrero quedó sorprendido por el insólito hecho que aconteció,
puesto que al acercar la Segadora de Almas al bardo, la espada
comenzó a vibrar y pareció iluminarse con un aura mística. Takashi
tuvo que sostener con fuerza la katana para que no escapara de su
férrea mano.
-¡Qué extraño! –exclamó el samurái; –pareciera que tu
presencia le provocara una gran alegría.
-¡Oh, bueno! –se disculpó el bardo; –estos objetos mágicos son
impredecibles... tenemos que irnos rápidamente de aquí, pues está
amaneciendo y cuando la Luna Llena deje de ejercer su influencia, la
isla desaparecerá.
Y Yasumaro se hizo con los remos, alojando al agotado
Takashi en la proa de la embarcación. Mientras su compañero
remaba vigorosamente hacia la cala, el guerrero no podía evitar
pensar en el extraño suceso que acababa de presenciar. Resultaba,
como mínimo, inquietante. Pero estaba exhausto tras su violenta
aventura en el inframundo y decidió que ya se preocuparía por eso
más tarde. En medio de estos pensamientos, se durmió.
***********************
Al llegar a Yumigahama, pasaron por debajo del gran torii
que custodiaba la entrada de la ciudad. Los pensamientos de
Takashi se centraban en su amada hija. El Sauce Dorado le había
dicho que encontraría a su hija en dicha ciudad a donde se había
trasladado el pérfido shogun con su infecta corte de aduladores y
asesinos. Varias jornadas le había costado llegar hasta allí, después
de purificarse en un lago cercano tras escalar el acantilado de
Makiro. Convenía, después de haber visitado el Yumi Tsu Kuni, la
morada de los muertos, realizar las abluciones rituales del misogi 28
para eliminar cualquier residuo inmundo de aquel lugar. El propio
dios Izanagi, tras bajar a los infiernos para buscar a su esposa
28
Misogi: ritual de purificación propio del sintoismo.
Izanami, sintiéndose contaminado instauró el rito de la purificación
que él mismo llevara a cabo en el Tachibane, arroyuelo de la isla de
Tsukushi.
En aquel momento, frente al palacio del shogun, el samurái
sabía que tras su largo deambular se hallaba ante su destino. Un
destino que le había llevado semanas cumplir, aunque en el mundo
real, tras su cautiverio con la Dama Benten, había pasado veinte
años. Daba gracias a los Ama Tsu Kami por haber permitido que
Hanbei, que debía ser un anciano, alcanzara una larga longevidad,
para poder así arrebatarle la vida con sus propias manos. Entonces,
refugiados ambos bajo el escudo oscuro de la sombra de un árbol,
vieron como un grupo de seis samuráis, se acercaban a la entrada
del palacio. En dicha entrada, en la parte baja de una larga
escalinata, dos monstruosas estatuas de koma-inu, perros-leones
protectores, guardaban en su aparente hierática postura el acceso a
la escalera. Takashi se fijó que los samuráis llevaban el emblema
distintivo de los Nakatomi, una noble y conocida familia, de las más
antiguas del país.
-Probablemente –le susurró Yasumaro, –vienen a exigir a
Hanbei la reducción de los impuestos que asolan su región... no son
bienvenidos; no digas nada y observa...
La media docena de samuráis, desconociendo el peligro que
corrían, ostentaba la arrogancia de los ignorantes. Pronto
descubrirían el precio por la osadía de pretender irrumpir en el
palacio del shogun sin ser invitado. Tan pronto como el airoso
grupo pasó con decisión entre las dos aterradoras estatuas de
bronce, éstas giraron con rapidez sus cabezas, al unísono, hacia los
perplejos guerreros que, al ver su movimiento, no alcanzaban a
explicarse aquel prodigio. Al instante, las dos amenazantes figuras
rugieron con un sonido que heló las venas a Takashi, que se hallaba
a salvo con el bardo a varios metros de distancia. Entonces, los dos
monstruos, flexionaron los poderosos músculos de sus patas
traseras, y dando sendos ágiles saltos, se precipitaron sobre el
desprevenido grupo de samuráis que desenvainaban sus espadas.
Pero todo fue inútil. No tenían ninguna oportunidad. Con la
velocidad del rayo, los dos colosos despedazaron violentamente a
los desdichados con sus terribles garras broncíneas. Los gritos de
aquellos infelices resonaban en todo el lugar y tanto Takashi como
Yasumaro asistieron aterrados a aquella matanza como testigos
mudos del poder del mal. Tras quedar los cadáveres horriblemente
mutilados, los seres encantados volvieron tranquilamente a sus
puestos de vigilancia, adoptando exactamente la misma posición
que antes tenían, como si no hubiera pasado nada. Takashi
comprendió la impotencia que debió de sentir el anciano que les
cobijó en Ikkiyama cuando se vio obligado a presenciar el cruel
despedazamiento de su hijo ante esos horribles monstruos.
-Veo que ahora has descubierto con tus propios ojos el terrible
poder del shogun –le dijo en voz baja Yasumaro.
-Cierto, amigo mío. Por suerte, los melocotones mágicos me
proporcionarán el subterfugio para eludirlos.
-Así es –corroboró el bardo; –ya has visto lo peligrosas que son
esas malditas criaturas, sin embargo, si no te ven, no podrán hacerte
daño.
-Esos seres son terribles... –musitó el samurái, mirando con
cierto temor a las dos enormes estatuas que permanecían, en su
mutismo, como rígidas guardianas del palacio.
-Por temibles que parezcan –le dijo el bardo, –por invencible
que sea Okamishi, por diestro que sea tu brazo, o por poderosa que
sea Kusanagi, hay algo que tú posees que es más fuerte que todo
ello: tu valor, que mora en la esencia misma de tu ser; y dicha
esencia que lo anima es el amor por tu hija.
-No, amigo mío. Es la venganza lo que anima mi corazón y mi
brazo.
-¡Jamás pienses así! –le espetó Yasumaro. –Nunca dejes que el
odio te obceque y nuble tu vista. El odio es una espesa niebla que se
apodera de tu alma y produce ceguera en el corazón. No son tus
bajos sentimientos, si no los más elevados los que deben guiar tus
actos; así que recuerda que, cuando estés ante Hanbei, no es tu odio
hacia él, sino tu amor a tu hija lo que te llevará a hacer justicia, ¿lo
has comprendido?
-Sí, mi querido amigo –reconoció Takashi, –como siempre, tu
sabiduría abre mis, a veces desconcertados, ojos.
-El destino de los hombres –contestó sentenciosamente el
bardo, –se halla siempre escrito en ellos, como la vida de los árboles
lo está en los anillos de su tronco; sólo hace falta saber leer esos
anillos. Y ahora, ve y cumple el tuyo.
-Si fracaso –dijo, algo sombrío, el samurái –quiero que sepas...
-No fracasarás –le interrumpió con mucha seguridad
Yasumaro.
-Entonces, mi corazón se alegra pues nos volveremos a
encontrar.
-No, amigo mío –corrigió el bardo con cierta tristeza; –pues
aunque triunfes, y triunfarás, yo te aseguro que no nos volveremos
a ver nunca más; al menos, no en este mundo.
Desconcertado por sus extrañas palabras y conmovido por su
afirmación, le asió de los hombros afectuosamente, y el bardo,
asiendo a su vez los suyos, le animó diciéndole:
-Cada hombre ha de hacer lo que tiene que hacer.
Y dicho esto, Takashi, comió del melocotón mágico y en
seguida se tornó invisible. Sin mirar hacia atrás, hacia su querido
amigo, se internó en el pequeño jardín que llevaba directamente
hacia las fauces de los dos monstruos que custodiaban la inaccesible
escalera. Tras él, sin que el samurái se percatara, Yasumaro lo
contemplaba alejándose y su rostro era surcado por una lágrima.
Esta lágrima cayó en la hierba, y dicen las gentes de la región,
muchos años después, que de aquella lágrima surgió una de las más
bellas flores que se han visto nunca. Cuenta una leyenda local, que
esa flor engendró a su vez un gran número de flores a su alrededor,
como un bello jardín; y a partir de entonces, a esas flores se las
conoce con el nombre de niwa-namida29.
*******************
Takashi se acercó a los dos terribles guardianes que miraban
fijamente a ninguna parte, pareciendo indiferentes a todo lo que
sucedía a su alrededor. Caminó entre ellos sin hacer el menor ruido,
como un tigre acechando entre cañas de bambú. Trataba de serenar
su ánimo aunque resultaba extremadamente difícil. Su corazón
29
Niwa-namida: literalmente, “jardín de lágrimas”.
estaba latiendo acelerado y sentía como una pequeña gota de sudor
se desprendía de su frente para recorrer, perezosamente, sus
mejillas hasta formar una estalactita en su mentón. "No pueden
verme" trataba de convencerse el guerrero "soy invisible".
Caminando entre los koma-inu, se dirigió hacia la escalera, dejando
atrás a los guardianes que permanecían hieráticos. Su corazón se
relajó, y tuvo que aguantar las ganas de dar un sonoro suspiro de
alivio. Se disponía a subir el primer peldaño de la escalera que
protegían los leones de bronce, creyendo que había superado el
peligro, cuando su corazón se heló al oír un chasquido metálico. Un
escalofrío le recorrió el espinazo como si un afilado témpano de
hielo le arañara la espalda. Con un leve y silencioso movimiento se
giró para observar a los aterradores monstruos, dándose cuenta, con
horror, que uno de ellos se había movido y su poderosa cabeza
miraba hacia atrás; ¡hacia él!
Sus fríos ojos sin vida se clavaron en los del guerrero. Sin
embargo no atacaba. Mientras olfateaba el aire, su compañero
comenzó también a girarse, volviéndose hacia él. Sus movimientos
eran lentos y un tanto erráticos; nada que ver con los
relampagueantes saltos que les había visto realizar cuando
despedazaban a los samuráis. Ahora, parecían no saber qué hacer.
Estaban confusos. Gruñían y olfateaban insistentemente el aire.
Sabían que había alguien allí, pero no sabían dónde. Takashi se llevó
la mano instintivamente a la empuñadura de Kusanagi, pero pronto
se dio cuenta de que aquello no iba a servir de nada. Al más mínimo
sonido de la espada desenvainándose, las dos bestias infernales se
abalanzarían sobre él y sería su fin. Entonces, contempló con pavor,
como uno de los monstruos bajaba del pedestal en el que reposaba.
Con los mecánicos movimientos de su broncíneo hocico, se acercaba
cada vez más al guerrero. De alguna manera pareció detectarlo,
puesto que emitiendo un feroz rugido comenzó a flexionar las
poderosas patas como si se dispusiera a dar un salto. "Es el fin"
pensó el guerrero. Cuando estaba decidido a delatarse y a
desenvainar la espada, oyó una melodía que sonaba dulcemente,
extraída con destreza de un flautín.
Los demonios de metal se giraron al unísono, alertados de un
posible nuevo intruso, pero no fueron capaces de ver a nadie.
Alejándose del aliviado Takashi, dieron unos pasos, acercándose al
jardín pero sin dejar sus puestos. "Es Yasumaro" se dijo el samurái,
adivinando una de las melancólicas tonadas favoritas del bardo.
"¡Oh, amigo mío!, cuantas veces me has salvado ya la vida" pensó el
emocionado guerrero. Aprovechando la distracción de las temibles
criaturas, subió con gran rapidez, pero silenciosamente, los peldaños
de la tan inaccesible escalera. Al llegar a lo alto observó como los
desconcertados guardianes, tras otear y olfatear inútilmente a su
alrededor, volvieron a su condición de rígidas estatuas. El samurái
se halló ante la puerta del palacio del shogun, en la que no había
guardia. Confiaban demasiado en los terribles engendros de bronce.
Con decisión, abrió las pesadas puertas del palacio, haciendo
crujir los goznes. Como un rayo silencioso, recorrió pasillos y
estancias, eludiendo todo posible encuentro que entorpeciera su
marcha. Deambulando por el interior, se dio cuenta que se había
vuelto visible otra vez. El palacio, por dentro, apenas estaba
vigilado, y en su camino sólo se encontró con algún que otro
sirviente, que al verle, creyéndolo un mercenario más al servicio del
shogun, ni se molestaba en fijarse en él. En poco tiempo, llegó a las
puertas de una gran estancia, que dedujo eran los aposentos del
señor de Kojima. Tres samuráis protegían el panel corredero de la
entrada. Los tres guardianes estaban apostados con los brazos
cruzados, firmes como troncos de árboles y reflejaban en sus rostros
un aspecto feroz. Pero nada podía detener a Takashi.
Al verle, uno de los samuráis le preguntó:
-¡Eh, tú!... ¡alto!... ¿a dónde te crees que...?
El guardián no pudo terminar la pregunta, pues con la rapidez
felina que le caracterizaba, Takashi desenvainó la temible Kusanagi
y le asestó tal golpe, que la cabeza del guerrero voló varios metros.
Los otros, rápidamente, desenvainaron sus katanas, pero el héroe
dio buena cuenta de ellos. La espada divina cortaba sus armaduras
de cuero como si fueran de papel. En apenas unos segundos,
Takashi eliminó toda resistencia.
Entonces, con rabia, corrió el panel y penetró en la habitación
contigua.
La gran sala estaba presidida por un amplio cortinaje que
servía de fondo a la tarima donde se hallaba el shogun. ¡El shogun!
Takashi sentía como la sangre le hervía en las venas. Sin embargo,
recordando las palabras de su amado amigo Yasumaro, trató de
contener su odio. Aquél cruel anciano se hallaba sentado al lado de
una bella muchacha que podía ser su nieta. Sí; aquel anciano para el
que habían pasado veinte años. Sus ojos eran fríos como la muerte, y
una larga barba blanca había crecido, como un río de nieve que
recorriera su invernal torso, hasta la cintura. Sobre su regazo, un
gato blanco y meloso se confundía con la barba del shogun. En la
sala, lujosamente decorada, se hallaban también seis samuráis, con
kimonos escarlatas, sentados en dos hileras de tres, frente a frente,
de tal manera que formaban un pasillo que terminaba en la
ignominiosa figura del señor de Kojima. El héroe no podía evitar
tener su mirada fija en la hermosa joven que en pose humilde y con
la cabeza gacha, se hallaba en segundo plano, al lado del shogun. Su
rostro era triste, sus ojos tenían la profundidad de un océano y la
melancolía del canto de las cigarras. Cuando Takashi entró en la
estancia, los seis samuráis giraron con rapidez la cabeza, al unísono,
y todos, menos la muchacha, se le quedaron mirándole fijamente.
Uno de los guerreros asió prudentemente la katana, aunque se
detuvo esperando la orden de su señor. Éste, cuyo rostro se hallaba
irreconocible por la vejez, le observaba con perplejidad. Takashi se
dio cuenta de que trataba de identificarle, pero tanto la memoria,
pues habían pasado veinte años para él, como la falta de visión
debido a su ancianidad, imposibilitaban tal reconocimiento.
-¿Quién eres tú, joven arrogante –dijo mientras se mesaba su
larga barba blanca, –que irrumpes en mi santuario sin haber sido
invitado? ¿Buscas acaso la muerte?
-Sí; mi vida ha sido, recientemente, una incesante búsqueda de
la muerte –respondió altivamente Takashi; y haciendo una pequeña
pausa dramática, añadió:
-…la tuya.
En aquél momento, los seis samuráis, como si se tratara de un
sólo hombre, desenvainaron sus respectivas katanas a la vez. Se
levantaron al unísono con ágiles saltos y se quedaron inmóviles
como estatuas, esperando la orden definitiva para descargar su furia
asesina sobre el personaje que tan osadamente les había desafiado.
-Antes de que mueras por tu insolencia –le dijo el shogun,
mientras con una sonrisa malévola, acariciaba al gato que,
indolentemente, reposaba sobre sus rodillas, –me gustaría saber qué
te ha traído aquí a perder la vida.
-"Has matado a mi mujer y me has quitado a mi hija... no hay
lugar en el mundo donde te puedas esconder de mí" –sentenció el
héroe, con las mismas palabras que pronunciara hacía veinte años.
El rostro del shogun palideció. Su barba parecía temblar al
recordar aquél juramento que le hizo un hombre moribundo hace
tanto tiempo. Ese hombre moribundo al que creía muerto, al que le
había arrebatado todo lo que poseía y al que había arrojado desde lo
alto de un acantilado, después de atravesar sus entrañas con su
espada. Ese hombre moribundo se alzaba ante él, con los ojos
encendidos y con una amenazadora katana que parecía vibrar,
ansiando sangre. Lentamente, se levantó como si no diera crédito a
sus ojos.
-¡No es posible! -dijo enrojeciendo de ira. -¿Quién eres,
impostor?
-Mi nombre es Takashi Akagi, hijo de Akira, de la familia
Akagi de Izumo.
-¡Falso! –alegó el anciano. -¡Eso ocurrió hace veinte años!
Aunque Takashi viviese no sería tan joven... ¡no puede ser!
-La venganza no envejece –dijo el héroe.
-¡Estás muerto! –chilló enloquecido el shogun.
-La venganza no muere.
-¡No! –gritó el cruel anciano perdiendo casi el juicio. -¡No!
¡Matad! ¡Matad a ese espectro que ha surgido de las entrañas del
infierno!
Y los seis samuráis, esperando ansiosos la orden, saltaron,
como gatos rabiosos, sobre el héroe. La guardia personal de Hanbei
había sido elegida entre los más diestros guerreros del país, a los
que se les inculcaba una fidelidad ciega hacia el shogun. Sus
movimientos eran rápidos, sus ataques decididos, pero Takashi era
también un luchador temible y sabía que su venganza se hallaba
demasiado cerca como para ser detenido en el último momento por
una cuadrilla de mercenarios. Las espadas se embestían en el aire,
haciendo saltar chispas del afilado acero. Por mucho que los
samuráis trataban de acertarle con sus temibles armas, el héroe los
esquivaba como un rayo. Si los samuráis atacaban furiosos y a
zarpazos como los tigres, Takashi era como una abeja que saltaba y
revoloteaba entre ellos sin que estos pudieran acertarle. Sin
embargo, también la abeja sabía atacar, y tenía el más mortal de los
aguijones: Kusanagi. La espléndida katana infernal parecía poseer a
su portador, guiando con destreza su brazo, anticipando los
movimientos de sus atacantes. Pronto, su filo sediento sació su
necesidad de sangre. Las tripas de uno de los samuráis se
desparramaron sobre el suelo de madera de la habitación. Otro de
ellos, ante el ataque del héroe, trató de bloquear su movimiento con
su katana, pero Kusanagi era indestructible y destrozó la espada de
su enemigo, cercenando la cabeza en el mismo golpe. Cuanta más
sangre cataba Kusanagi, más sed tenía. Su aguzado acero atravesó
tejidos y pieles, y arrancó tripas, atravesó corazones, y decapitó
miembros. Poco después de comenzar, el combate había terminado.
El shogun veía como sus mejores hombres yacían en el suelo
como flores arrancadas del árbol y pisoteadas sin piedad. Sus ojos
resplandecieron de ira y sus pupilas parecían exhalar llamaradas.
¡Aquél hombre era Takashi Akagi! Reconocía esa forma de combatir,
esos rapidísimos movimientos que nadie era capaz de igualar.
-Te felicito –dijo el anciano con una sonrisa nerviosa que
quería aparentar confianza. –Ignoro por qué métodos mágicos has
logrado que el tiempo no pase por ti. Sin embargo, no eres el único
que hace pactos con demonios.
Y diciendo esto, dio un par de sonoras palmadas. Detrás suyo,
la cortina se abrió de repente como una ostra que, orgullosamente,
deja entrever su perla entre sus conchas. De allí surgió una siniestra
criatura.
Vestido con un kimono negro como única protección, llevaba
el rostro cubierto por una demoníaca máscara. En ella se dibujaba
una sonrisa burlona y sádica, y su frente la tachonaban dos cuernos
afilados. El color bermellón intenso del falso rostro contrastaba con
la negrura del resto de las vestiduras y del casco que cubría los
cabellos. Realmente, su aspecto era el de un demonio surgido de las
tinieblas más negras del infierno. Desenvainó su espada con un
movimiento tan rápido que apenas pudo ser visto. Dio un ágil salto,
como un diestro saltamontes y se colocó entre el shogun y la
concubina. Su visión acongojaba el alma. Había algo en ese rostro
enmascarado, con su sempiterna sonrisa que helaba la sangre.
Takashi comprendía el terror que había inspirado ese ser en todos
los que se le habían enfrentado. Porque aquél ser demoníaco era el
legendario guardián de Hanbei, el temido Okamishi, cuyo nombre
pocos se atrevían a pronunciar, cuya visión nadie olvidaba y a cuya
espada nadie sobrevivía. El shogun sonreía complacido.
-Ya ves -dijo el anciano, –que no eres el único que conoce la
magia.
-Ningún demonio va a detener mi brazo vengador –advirtió
Takashi.
-Okamishi no es un demonio, pero sí invencible, Akagi –
respondióle el shogun. –Un pacto con el mismísimo Emahowo 30 le
ha hecho inmortal.
-Veremos cuán inmortal es –amenazó el héroe.
En aquel momento, el aparente demonio con un chillido
salvaje se lanzó a por Takashi, descargando un tremendo golpe que
el héroe rechazó con dificultad. Okamishi se movía de una manera
que el samurái jamás había visto. Recordando las palabras de
Yasumaro, parecía un bailarín de kabuki enloquecido. Sus espadas
se mordían con violencia como dos serpientes venenosas que
quisieran encontrar el punto débil de su enemigo. El estilo de lucha
del demonio era extraordinario. Era más difícil alcanzarlo que asir
un pez vivo con las manos untadas de aceite. Era un vendaval. Un
vendaval que soplaba en todas direcciones y que nunca se sabía por
donde iba a atacar. Sus piruetas eran imposibles, sus reflejos los de
un felino, su rapidez la de un rayo y su fuerza la de un dragón.
Takashi nunca se había enfrentado con un rival tan formidable. Los
dos se trabaron en un delirante baile violento, parando embestidas y
acometiendo golpes de espada con violencia pero con precisión. El
demonio parecía volar, realizando piruetas sobre la cabeza del
héroe.
30
Emahowo: dios del inframundo y el infierno.
En uno de esos vuelos, con un golpe certero, rasgó el costado
derecho al samurái. El ser diabólico, llevando uno de sus dedos a la
katana y untándolo con la sangre que acababa de derramar, se lo
llevó a la boca, saboreándolo con delectación.
-Primera sangre –dijo con una voz inusualmente aguda.
Takashi, que el fiero golpe le había obligado a hincar una de
sus rodillas sobre el suelo, le lanzó al peligroso enemigo sus afilados
kabutowari, para ganar tiempo y recuperarse. Con un rápido
movimiento, logró que uno de ellos impactara en el cuello del
terrible Okamishi. Sin embargo, el dardo, lejos de perforar la piel, se
rompió en dos mitades, y cayó al suelo, como si lo que le tirara
hubiese sido una débil cañita de bambú. El demonio se rió.
"Realmente es invulnerable" pensó el héroe "sólo Kusanagi
puede vencerlo"
Y se enzarzaron otra vez en el violento combate. Durante
minutos prosiguieron luchando sin descanso. Minutos que le
parecían horas al héroe. Tenía la impresión de que el demonio no se
cansaba nunca, y tantos ataques y subterfugios le estaban
agotando. Una cierta sensación de impotencia empezaba a hacer
mella en él. Kusanagi no parecía poder acertar al endemoniado
bailarín que no paraba de moverse. La ira inundó su noble corazón
y le hizo ser imprudente. Queriendo asestar un golpe a su rival,
cometió un error de precisión que aquél aprovechó para hacerle un
profundo tajo en una pierna. Un grito de dolor explotó en su
garganta. La negra espada del aún más negro guerrero había
cortado piel, músculos y tendones. El héroe, perdió el equilibrio al
fallarle la pierna, y cayó a suelo de espaldas.
"¡Qué necio he sido!" pensó el samurái "me he dejado llevar
por la ira". Okamishi le miraba con complacencia, creyéndole
vencido. Tan seguro estaba de su triunfo, que permitió que el héroe
se incorporase.
"No" pensaba Takashi "me estoy equivocando en todo; estoy
dejando que el odio ciegue mi mente". Entonces recordó las palabras
de Yasumaro.
-No son tus bajos sentimientos –le había dicho el bardo, –si no
los más elevados los que deben guiar tus actos. No es tu odio hacia
el shogun sino tu amor hacia Akane lo que te llevará a hacer justicia.
"Claro" pensó el héroe "la venganza se ha de basar en la
justicia y ésta en el honor; por poderosa que sea Kusanagi, no sirve
de nada si mi brazo no es poderoso también y para que éste lo sea,
mi mente debe dominarlo y no al revés".
La lluvia de la reflexión fertilizó los terrenos baldíos de su
mente. Lo que antes era un pedregoso erial de confusión, se
convirtió en un fecundo plantío, donde el honor, el amor y la justicia
florecían rápidamente, ofreciendo frutos verdaderos. El ánimo de
Takashi se multiplicó. Ignorando el dolor de su pierna malherida,
comenzó a moverse de manera errática, sin orden ni concierto, para
que su oponente no pudiese predecir sus movimientos. Okamishi,
confuso, acometía mortales golpes, pero sin ningún acierto y si,
delirante era su danza, más delirante era la del samurái. "Tengo que
utilizar su propia fuerza contra él" reflexionaba el héroe. Saltando de
pared en pared como dos gatos que se disputan su supremacía en el
grupo, así ellos giraban, se volteaban, rodaban por el suelo y se
amenazaban con bufidos y con ataques de las poderosas zarpas de
sus katanas.
Entonces, aprovechando un desliz defensivo de Okamishi,
Takashi hizo que Kusanagi, por primera vez, probara la sangre del
demonio. La formidable katana rasgó el vientre del demonio. Éste,
se quedó atónito, viendo destruida su legendaria invulnerabilidad.
Sin poder creer lo que veían sus ojos, se llevó la mano al abdomen y
palpó la herida, untándose los dedos con su propia sangre, que
posiblemente nunca había visto, pues ninguna espada había
conseguido hacer mella en su piel. Pero aquella no era una simple
espada: era Kusanagi.
-Segunda sangre –dijo el samurái.
-¡No puede ser! –gritó el shogun, no dando crédito a lo que
veía.
Okamishi transformó su perplejidad en odio, y se lanzó hacia
Takashi con redobladas energías. Pero ahora, su confianza se
hallaba mermada pues ya no se sabía invencible. Ese odio fue lo que
le llevó a cometer errores. Lanzaba ataques desesperados, sin
estudiar los posibles contraataques de su rival, lo que le valió que la
ansiosa Kusanagi probara de nuevo su sangre. El aparente demonio
sangraba copiosamente por una peligrosa herida que tenía cerca del
cuello. Un nuevo golpe, y Kusanagi le rompió parte del casco.
-¡No! ¡No! –gritaba desesperado el shogun. -¡Detente hijo de
Akira!
Los dos contrincantes seguían el combate de manera feroz. Las
espadas zumbaban en el aire deseando encontrar la carne del
enemigo, y cuando se encontraban, chillaban con sus gritos
metálicos.
-¡No sabes lo que haces! –decía el anciano a un sordo Takashi.
–Okamishi no es un demonio... es... es...
En ese momento, Takashi que sólo sentía el calor de la batalla
y que era ajeno a los gritos del shogun, atravesó de un golpe certero
de Kusanagi, "la segadora de almas", el negro corazón del guerrero,
que parecía entonces más humano que nunca. Okamishi se quedó
inmóvil unos segundos, sin creer lo que sucedía. Miró directamente
a los ojos del samurái. Takashi intuyó una mirada suave, casi
desesperada, en definitiva, humana, que nada tenía que ver con su
frialdad anterior. El enmascarado cayó al suelo con un golpe seco, y
su sangre, que manaba a borbotones, construyó rápidamente un
lecho líquido y rojizo bajo ella, que se extendía como la pleamar en
la ribera de una playa.
-¡Akane! –gritó el shogun.
Entonces torpemente, como correspondía a un anciano de su
edad, se levantó y al querer dirigirse donde se hallaba el cadáver del
vencido, tropezó en la tarima y se precipitó al suelo, desde donde
alzó la mano en dirección al cadáver mientras prorrumpía en
abundantes lágrimas de desesperación.
-¡Akane! –chillaba el desdichado con amargura.
El rostro de Takashi palideció.
Lentamente, como si temiera saber la verdad, se agachó al lado
del cuerpo ensangrentado e, incorporando al agonizante Okamishi,
le quitó la demoníaca máscara que le cubría el rostro. Un escalofrío
recorrió su espalda cuando vio el bello rostro juvenil de una
muchacha, cuyos ojos, brillaban con incredulidad, viendo su propia
muerte. Pese a que habían pasado veinte años, Takashi reconoció en
aquella mirada agonizante a la niña que, desde su nacimiento, se
había apoderado enteramente de su corazón de guerrero. Aquella
niña por la que había atravesado tantas penalidades para
recuperarla: Akane. Y, sí, la había recuperado... había recuperado a
su hija para perderla de nuevo... esta vez para siempre.
-¡Akane, mi pequeña Akane! –gemía Takashi desolado; -¿qué
he hecho?
-¿Quién eres desconocido –susurraba la moribunda,
sangrando abundantemente por la boca, –que tu rostro se aparece
en mis sueños, pero no te conozco?
-¡Oh, Akane! -decía entrecortadamente el samurái; -soy... soy...
En aquél momento, los ojos de la bella joven se apagaron. Y su
cuerpo se relajó totalmente sobre el estanque carmesí que formaba
su propia sangre derramada.
-Soy... soy... ¡nadie! ¡oh, Akane! –musitó el héroe, llorando
amargamente.
El anciano shogun paralizó el aire con un sonoro y
desgarrador grito que rasgó el alma de Takashi.
Hanbei se desplomó sobre el lujoso suelo de la estancia
palaciega. Sí. El anciano había muerto de dolor. Aquella niña, a la
que había raptado hacía veinte años le había transformado. Se había
convertido en su propia hija, en su amada hija. La había protegido y
enseñado las mortales artes de la guerra y la lucha. Y la había
amado como si fuera suya. Ahora, con el cadáver sangrante a sus
pies, la anciana alma de Hanbei se partió por la mitad.
Los ojos bañados en lágrimas de Takashi miraban a su
alrededor. La concubina del shogun salió corriendo horrorizada por
el espectáculo sangriento que se había representado ante ella. El
guerrero hizo un esfuerzo sobrehumano para no volverse loco de
dolor. Asió el cuerpo de su hija, envuelto en el kimono negro
ensangrentado, y lo abrazó fuertemente, estrechándolo entre sus
brazos, como si con su calor, pudiese devolverle la vida. Sus
lágrimas bañaban el hermoso rostro de la muchacha, en el que se
dibujaba una dulce expresión.
Takashi se sentó, arrodillado, sobre el suelo. Kusanagi
permanecía, saciada de sangre, a su derecha. Estaba relajado.
Comprendió, entonces, el significado del oráculo del sauce dorado:
"dos veces se derramará tu sangre antes de morir y dos veces
morirás". Murió cuando arrebató a su hija la vida, cuando derramó
su sangre, su propia sangre.
Asió a Kusanagi y colocó su afilado acero contra su vientre. Ya
no le quedaba ninguna razón para vivir. Había perdido a sus seres
queridos y había cumplido su venganza. Había matado a su propia
hija y su honor le exigía una expiación. Expiación que estaba
gustoso de cumplir, pues ya todo carecía de sentido para él.
Manteniendo a la Segadora con su pulso firme, la hundió en sus
entrañas hasta la empuñadura, mientras, insistentemente, las
palabras del árbol sabio retumbaban en su memoria “dos veces
morirás”...
Una lágrima surcaba su rostro y marcaba su alma.
Mientras la vida se le escapaba, vio ante sus ojos, como su
amada esposa y su preciosa hija, tal como las recordaba, se
aparecían, sonrientes, ante él y le invitaban a abrazarlas. Detrás de
ella, las paredes del palacio se habían convertido en las colinas
donde se hallaba su derruida casa. El aire parecía que se inundaba
con el aroma marino de las algas del acantilado donde habían vivido
en tiempos más felices. Él, ahora, recuperaba toda esa felicidad.
-Sayaka... Akane... –dijo el samurái, esbozando una sonrisa y
aligerando el peso de sus ojos con lágrimas.
Entonces, desplomándose al lado de su hija, Takashi murió.
****************
Yasumaro, vio con tristeza el cuerpo de su amigo sobre el
suelo. Sí, allí yacían las víctimas de la tragedia de la que él había
sido espectador. Los mortales siempre le habían parecido tan
fascinantes, con sus pasiones desatadas, con su enorme capacidad
para hacer el bien y para hacer el mal, que nunca se cansaba de
observarlos.
-Adios, amigo mío –dijo al cadáver que yacía a sus pies.
Con delicadeza, retiró suavemente, la espada de las entrañas
del samurái inmolado. La fabulosa katana, comenzó a brillar
resplandeciente y a vibrar de manera inusitada, dándole la
bienvenida, reconociendo a su amo y señor.
-Otra vez vuelves a mí, Kusanagi -dijo el bardo.
Enfundándose la divina espada, la figura de Yasumaro se alejó
de la estancia y desapareció entre los pasillos de palacio.
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