RELOJES MUERTOS
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Eva María Medina Moreno
Relojes muertos
Narrativa
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Primera edición: enero, 2015
© Eva María Medina Moreno
© del prólogo: Juan Manuel de Prada
© de esta edición: Playa de Ákaba, S.L.
Diseño de cubierta: © Enerio Polanco
Maquetación: Libros.com
ISBN: 978-84-16216-25-3
Depósito Legal: M-27499-2014
ISBN Epub: 978-84-16216-26-0
www.playadeakaba.com
[email protected]
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Dedicado a mi madre
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«¿Cómo se puede luchar contra la muerte, cuando
sin lugar a dudas la muerte está ya en la debilidad
y cobardía que le tienen a uno agarrotado?»
Malcolm Lowry,
Oscuro como la tumba donde yace mi amigo
«¿Me sucedió algo que quizá, por el hecho de no
saber cómo vivir, viví como si fuese otra cosa?»
Clarice Lispector,
La pasión según G.H.
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PRÓLOGO
Tuve la inmensa suerte de conocer a Eva Medina en un
curso de literatura, en Santander, en el que oficié de profesor; ella fue la alumna más inquisitiva y perspicaz, la más
clarividente y azuzadora de la curiosidad. Enseguida me
di cuenta de que tenía una vocación de caballo; impresión
que confirmé cuando tuve entre mis manos esta novela,
Relojes muertos. Antes de zambullirme en su lectura, sin
embargo, no podía imaginarme que me hallaba ante una
obra excelente que me iba a permitir adentrarme en los
tortuosos caminos de la locura, en los vericuetos de las vidas atroces de unos personajes marcados por la tragedia
y empeñados en liberarse de sus tribulaciones personales,
aunque, como ya nos dijo Cioran, cuando el hombre no
puede liberarse de sí mismo se deleita devorándose.
La autora no ha necesitado de una obra voluminosa de páginas y de erudiciones para tejer una urdimbre
compleja en torno a unos personajes que desde el principio se nos antojan tan cercanos como nosotros mismos, logrando una especial amalgama entre la realidad
y la locura y arrastrándonos inevitablemente en el torbellino de la existencia del protagonista, marcada por la
esquizofrenia, pero también por el anhelo de buscar un
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motivo que justifique y dé sentido a su azarosa y atormentada vida.
El protagonista de Relojes muertos aborda con inquietud, pero también con ilusión, su vuelta al mundo
real, pero quizá el único mundo real en el que él puede desenvolverse es aquel que ha dejado atrás, el mundo
del hospital en el que ha estado internado. Afuera, en el
mundo de los mal llamados seres cuerdos, nada va a ser
real para él porque el protagonista no puede interpretar
correctamente esa realidad que el mundo le ofrece. Él
necesita revivir su pasado, pero la vida le niega toda posibilidad: solo puede rememorarlo, como cuando piensa
en Sara, aquella mujer que desapareció, según le cuentan los maliciosos, el mismo día en que él fue ingresado
en el hospital, con las manos manchadas de sangre; Sara, cuya vida conocía y vivía junto a ella en su perturbada imaginación a través de los itinerarios que le sugerían
los movimientos de su cuenta bancaria, que él rastreaba
incansablemente; pero ahora Sara ha desaparecido y no
puede encontrar su rastro ni en las páginas de sucesos ni
en las esquelas que se afana minuciosamente en desentrañar, por si alguna de ellas contuviera alguna clave que
solo él, en su delirio, pudiese advertir.
Ni siquiera el amor de Ángela, a la que conoció en
el hospital, va a poder proporcionarle una vida real que
lo libere de los recuerdos de su vida pasada, porque lo
que verdaderamente quiere el protagonista es poner en
el rostro de Ángela el rostro de otras muchas mujeres,
las mujeres de su vida pasada, reales o ficticias, y hacerle
los mismos regalos que soñó hacerles a alguna de aque-
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llas mujeres, como aquel que tenía especialmente reservado a Sara, ese baúl que dejó pagado y que nunca retiró
de aquella tienda que ya no recuerda, y que ahora tiene que localizar en un dédalo de calles acompañado de
Sara, porque él sigue viendo a Sara, paseando con Sara,
comiendo con Sara, y cuando localiza la tienda el baúl
presenta una fisura que después se irá agrandando y extendiéndose progresivamente a todo su ser, a su propia
vida, a la vida de Ángela y a cuanto lo rodea, y que amenaza inevitablemente con engullirlo.
El tiempo del protagonista es el tiempo de los relojes
muertos que pueblan la novela. Un tiempo parado que
no puede conducirnos a futuro alguno, ni devolvernos
al pasado, pero al que esperamos con la vista clavada en
unas manecillas que ya jamás se pondrán en marcha para medir unas vidas que nunca volverán a ser nuevas, sino una repetición de aquellas otras que en realidad no
hemos abandonado, porque nos tendrán sujetos a ellas
de por vida. Los personajes que pueblan la novela de Eva
Medina nos asustan y a la vez nos enternecen, porque se
aferran con uñas y dientes a aquello que amaron y que
su locura no ha podido borrar, o, por mejor decir, no se
ha borrado de sus corazones porque su locura los amarra a ese tiempo que ya no miden los relojes averiados
de la realidad. Su existencia consiste en una búsqueda
de sucedáneos que les permitan seguir disfrutando del
tiempo pasado, de ese tiempo detenido en las manecillas
del reloj de sus respectivas vidas. Así Herminia, la viejecita huérfana de hijo, que en su bendita locura se inventa
hijos a los que adoptar, aunque sea visitando hospitales
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o a través de fotografías apócrifas, para poder mantener viva la llama del hijo que se fue. O ese viejo varado
ante el reloj de pared, que habla con él porque imagina
que su mujer muerta habita entre sus engranajes detenidos, esperando que su mujer vuelva a la hora que marcan las manecillas inertes, aunque esa hora ya no llegará
jamás. O Gregorio, su amigo del hospital, con el que tantas y tantas veces evocaba a Kundera, a propósito de sus
respectivos y desgraciados amores; Gregorio, que en sus
delirios etílicos no sabe qué curso ha de dar a su vida, si
abrir un bufete o volver a ser funcionario de hacienda,
aunque no pueda hacer ninguna de las dos cosas porque
ni siquiera pasó por la universidad.
Eva María Medina construye esta prodigiosa novela con una prosa escueta, concisa, sin alharacas ni elucubraciones, que huye de la escritura previsible y de falsas
erudiciones, pero que es hasta tal punto eficaz que nos
mantiene en vilo durante la lectura de esta novela corta
pero no menos apasionante, que demuestra a las claras la
enorme capacidad de la autora para sumergirnos en los
lóbregos pasadizos de la esquizofrenia y para crear en solo
ciento cincuenta páginas la historia entrecruzada de unos
personajes de inabarcable y tumultuosa complejidad. Logro que pedimos a Eva María que repita, a ser posible
incansablemente, mientras le resten fuerzas, para depararnos en el futuro la oportunidad de seguir disfrutando —de seguir estremeciéndonos— con sus historias, tan
personales, tan infrecuentes, tan literatura en estado puro.
Juan Manuel de Prada
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—I—
Me habían subido de planta. Venía del comedor, donde se oían ruidos; de cubiertos, de platos, los enfermos
hablaban alto. En la primera planta ni se hablaban ni se
miraban, y si lo hacían, no se veían, como si algo interno
se hubiese apagado.
Me tumbé en la cama, con las manos debajo de la cabeza, repasando la pintura de las paredes. Encontré dónde estaba el trabajo bien hecho y dónde no se habían esforzado lo suficiente, y recordé la conversación con mi
jefe. Me había llamado por la mañana. Me dijo que no
me preocupase, que todo iría bien. ¿A qué se referiría?,
¿mi estado mental?, ¿el trabajo?
En el baño me fijé en mis ojos. El negro de pupilas ensanchándose. Surgieron más: grandes, pequeños,
miopes, alargados. Estos ojos me observaban. ¿Dónde está la verdad?, ¿soy yo verdad? Intenté no pensar
en ello, pero esas figuras parecían escrutarme. ¿Vemos
realmente la imagen de lo que somos? Espejos cóncavos,
convexos. Engaños de la mente, espejos que distorsionan las formas. Esos ojos saben la verdad. Y están todos.
Director, compañeros, vecinos, portera. Me están esperando. Y lo saben todo. ¿Enfrentar esos ojos a los míos?
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¿Volver a trabajar sabiendo que ellos saben, que disimulan que yo sé que saben?
Fui hacia la ventana. Con ese «lo saben todo» en mi
cabeza, retorcí la cortina y miré tras el cristal. Las piernas de una mujer que cruzaba la calle parecían salirse de
las rayas blancas del suelo. Alcé los ojos todo lo que pude, escalando barras de hierro que trazaban formas cuadradas. Los brazos de esa mujer: largos, delgados, con
brío. Subía las escaleras del hospital.
Bajé todo lo deprisa que pude. Llegué a la puerta faltándome el aire, tosiendo. Ya no estaba. Miré el reloj.
Eran las cinco de la tarde. Decidí ir a la cafetería, tomarme algo, y dejar que el tiempo pasara.
De pie, en la barra, alguien me habló. Gregorio. Era
alto y escuchimizado. Lo primero que vi fueron sus rizos. Parecía simpático. Me contó que no tenía problemas, que era su mujer que le desquiciaba. Todos los días
lo mismo: «Estás borracho, estaba preocupada, es muy
tarde». «Me enervaba, y seguía, seguía, hasta conseguir
que acabase pegándole. Como si necesitara algún argumento para dejarme. Desde el divorcio la echo de menos, si consigo dejar de beber...» El límite, pensé mientras él seguía hablando, una línea tan fina, qué fácil
traspasarla y verse perdido al otro lado, sin poder hallar
el camino de vuelta.
A las cinco, de nuevo en la ventana, oliendo a Ultraviolet Man, buscando los huecos entre las rejas. Veía un
trozo de semáforo, el negro del alquitrán, brazos desnudos, ¿y ella? Me agaché. «Quizá desde abajo pueda verla
mejor». Y, como si mirase a través de un microscopio, vi
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sustancias verdes moverse. Eran sus ojos. Cuando volví
a mirar, ya no estaba.
Fui a la cafetería. Gregorio me llamó desde una mesa del fondo. Se extrañó al verme tan elegante. Le dije
que había venido mi novia. Sonrió y, con un codazo y
un «¡qué calladito te lo tenías!», me presentó al grupo.
Una mujer con la cara hinchada, un adolescente de ojos
azules, una chica rubia, y un hombre gordo con barba.
Contesté a sus preguntas sin saber muy bien si era yo el
que hablaba, como si la voz saliera con distinto tono y
emplease palabras que no solía utilizar.
La mujer de cara hinchada contó, sonriente, borracheras con su marido en un hotel de Nueva York. «Empezó a beber para contentarle», me dijo Gregorio, «y ahora
ella también es alcohólica, como en Días de vino y rosas».
Mientras Cristina seguía con las borracheras, me asaltaron esos ojos verdes tras los barrotes. Y ya no era ella sino
yo el que disfrutaba con mi novia en ese hotel de la Gran
Manzana. Imagen que fue rota por el chico de ojos azules
que gritaba: «¡El coche perdido, el coche perdido!». Gregorio me dio un codazo, «está tocao». Clavé mis ojos en
los suyos. Retiró la mirada, bajando la vista al suelo.
Entre ese «está tocao» se acumulaban historias: la del
relojero que bebía para mejorar su pulso en el trabajo,
Gregorio contando sus últimos ligues, la mirada perdida del gordo de la barba. Y esos ojos verdes, y anorexia.
¿Anorexia? Anorexia nerviosa, anorexia nerviosa. Tuve
que dejarlo, la cabeza me daba vueltas.
La imagen de mi novia volvió a surgir. Sus ojos, querían decirme tantas cosas. Sentí que esos ojos me eran
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familiares, a pesar de no haberlos visto nunca, y que sería difícil dejar de pensar en ellos, hasta conseguir que
esas pupilas se fijasen en las mías. Estar más atento. Ver
lo máximo de ella, más partes. Bostecé, una, dos veces.
Los párpados cayeron. Quise subirlos. No pude. La figura de la mujer de ojos verdes se hizo más nítida. Estaba
esperando a cruzar la calle. Intenté fijarme en sus facciones. Las rejas lo impedían, seccionando cara y cuerpo,
de un modo raro, arbitrario. El pelo, antes castaño, era
ahora negro: un negro sucio, enredado. Los labios, más
carnosos, pintados de un rojo sangre. Grité, acordándome de que el pelo y los labios eran de una prostituta con
la que había estado. ¡Cómo me habría confundido! Abrí
los ojos. Todos me miraban. Estaba sudoroso. Me toqué
la frente, tendría décimas. Gregorio me ayudó a levantarme cogiéndome de un brazo. Apoyé la cabeza en su
hombro hasta llegar a mi habitación. Me tumbó en la cama. Quería quedarse conmigo, pero le dije que no, que
no había dormido bien esa noche, eso era todo. «Luego
vengo», dijo seguido del ruido seco de la puerta.
Eran las cinco y media de la tarde del día siguiente. Me
desperté de la siesta sintiéndome culpable, como si hubiera quedado con ella y no me hubiese presentado. Recordé
el día en que me fijé en su pelo castaño, recogido por detrás. Me la imaginé soltándoselo. Se quitaba las horquillas,
despacio, muy despacio. Primero la de la derecha, la de la
izquierda después. Tenía más horquillas, que se quitó girando sus brazos como en una danza árabe. Me puse de
lado, hacia la ventana. Me bajé la cremallera. Ella no se lo
merecía. Pero empezó a acariciarse el pelo, entremetiendo
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los dedos, mirándome burlona, con ese entornar de ojos.
Metí la mano dentro de los calzoncillos, insultándola, culpabilizándola de aquello. Me hablaba, palabras que no entendía. Ese mover de labios aceleró el movimiento. Se subía la falda, acariciándose los muslos. Después, sus dedos
entre las bragas. Me corrí, en tres espasmos algo dolorosos. No quise preocuparme, la primera vez no suele ser la
mejor. Me tumbé boca arriba buscando su imagen. Antes
de encontrarla, me quedé dormido.
Las seis menos diez. Me acerqué a la ventana. El no
haber estado a las cinco me calmó la búsqueda, pero
agrandó la quemazón. Me pareció verla, al lado del semáforo, esperando que el hombrecillo de manos rígidas
cambiase a verde. El semáforo se abrió. Una mujer. No
muy alta, hombros anchos. Era ella. Caminaba con ese
clic especial de su cadera. Era ella. Me miré en el cristal.
Me vi tan desaliñado que me escondí detrás de la cortina, sacando solo la cabeza. Hoy la veía diferente. Llevaba un traje negro con cuello redondo, ajustado de pecho
y cintura, que luego caía en tiras en forma de triángulos
invertidos. Tendría una cita. Con algún médico. Empecé
a moverme como animal salvaje al que acabaran de encerrar; de la ventana a la puerta, de la puerta a la cama,
de la cama al sillón. La imagen del médico acercándose
a ella. Su brazo, por encima del sofá, apenas tocando su
piel, rozando el escote de su vestido negro.
Me eché sobre la cama. Las imágenes se repetían, como hojas que te dan en la cara movidas por el viento; las
mismas, que parecen las mismas. El médico, más cerca,
de sus labios, de su cuerpo. Empecé a sudar. Me veía en
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una escena dentro de otra; ellos con el televisor encendido sin voz, y yo, dentro, viéndolo todo.
Cuando Gregorio llegó, yo seguía en la cama. Me
preguntó qué tal estaba y, sin dejar que contestase, me
habló de Inma. Vivía en el barrio de Salamanca y estudiaba Artes y Oficios. Mientras me narraba, se golpeaba
la frente con los dedos. Luego, los brazos desconectados,
arrítmicos. Recordé que, cuando se refería a su exmujer, parecía que un hilo o alambre atravesara su cuerpo atemperando gestos, posturas. Hasta que se ofuscaba
porque ella le había dejado. «Total, no bebía tanto y le
había pegado poco, dos o tres veces.»
Ahora era Inma. Rubia. Los rasgos, «algo sumisos».
El cuerpo, «alargado, músculos flacos». «Anoréxica, pero de buena familia.» Cuando escuché esto, me reí. Noté que su silencio me censuraba. «Esta vez es distinto»,
me dijo.
Segundos más tarde, cambió de expresión. Sonreía y,
al darme palmadas en la espalda, comprendí lo que vendría después.
Bajábamos las escaleras. Todo perdía perspectiva. ¿Es­­
tábamos ingresados en un hospital? En la planta tercera
vi a dos enfermeras salir de una de las habitaciones y a
varios locos desorientados. Entonces, todo se volvió más
raro, como si un aura extraña, difusa, nos estuviese persiguiendo, para que a las doce se rompiera el hechizo y nos
diésemos cuenta de que no podíamos huir de ellos, ni del
centro, ni de esa realidad que nos envolvía.
Cuando llegamos a la habitación de Inma, la puerta estaba abierta. Me quedé paralizado. Allí estaban esas
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motas de un verde oscuro sobre ese fondo claro; un verde ligero, casi transparente. Se llamaba Ángela. Al besarla bajé la vista fijándome en sus brazos, unos brazos
musculosos que me excitaron. Se me hacía raro, esos
rasgos masculinos en una mujer tan mujer.
Fuimos a la cafetería. Antes de que ellas se sentaran,
Gregorio retiró las sillas, que se engancharon en las patas metálicas de la mesa. Intentó sacarlas. No pudo. Va
a ir mal, me dije. Al tercer o cuarto intento lo consiguió.
Sonreí desdeñando un mal augurio.
Hablábamos. El olor del café mezclándose con ese
olor seco, ácido y a la vez agrio de su perfume. Mientras
la escuchaba me vi acariciando la taza, notando el calor,
la suavidad. No quise mirar a Gregorio. La dejé sobre la
mesa y, al dejarla, noté algo áspero: la mesa, la aspereza
de la mesa. Y todo pareció derrumbarse. Pensé que debía relajarme y considerar todo en su conjunto: la aspereza de la mesa con la suavidad de la taza.
Nos despedimos de ellas. De camino al comedor, Gregorio me guiñó un ojo: «¿Te ha gustado, eh?». Desvié la
mirada hasta que oí: «¿Y tu novia?». Me sonrojé. Le conté la verdad. Me dijo que estaba chalao. «¡¿Mira que si se
entera de que tienes novia, que es ella, y que ni ella lo sabe?!». Nos miramos y no pudimos aguantar la risa.
Después de cenar me fui pronto a dormir. Gregorio
se quedó con Inma. Cuando llegué a mi cuarto me tumbé sobre la cama. No me acordaba de lo que habíamos
hablado. Sé que todo había ido bien. Me desvestí, tirando la ropa al suelo. Me puse boca arriba: piernas y brazos ligeramente separados. Miré al techo. Las caras, no
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me había fijado. Solo la veía a ella, y de un modo entrecortado, borroso. Todo en ella me gustaba. Su nariz ancha, su cara redonda, sus ojos verdes. Lo imperfecto la
hacía más bella. No sería tan linda sin esas pantorrillas
como patas de jilguero, que eran suyas, que no podían
ser de otra. Más bella, más perfecta dentro de lo imperfecto. Grandes tetas y un buen culo, no demasiado respingón.
Me empalmé. No quería masturbarme. Cuando estuviésemos juntos que ella lo hiciera, apretando contra
mi estómago. Que luego sintiese su lengua bordeando.
Lo sentía. Sentía esa humedad íntima y no podía alejarla, decirle que no. Ahora me penetraba, era ella quien lo
hacía. Entrar, sus fluidos, y esa vagina que presionaba,
que rodeaba mi pene de tal forma que parecía hecho para ella.
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—II—
Todos estaban allí. Di dos besos a Inma, a Cristina, la
mano al relojero. Cuando fui a despedirme de Gregorio,
fue él quien me abrazó, me dio un apretón de manos y
me volvió a abrazar, diciéndome que me portara bien y
me cuidase. Cogí la maleta, como si recogiera un gran
peso, y caminé por el pasillo.
En el ascensor fui recordando por medio de imágenes fugaces lo vivido en cada planta. Eran imágenes concentradas, contenidas en la inmediatez de un instante.
Al pasar de la cuarta a la planta tercera: vi a Ángela tras
las rejas, a Gregorio hablándome de Inma, las borracheras de Cristina y su marido en un hotel de Nueva York.
Al llegar a la tercera: Gregorio y yo entrábamos en la habitación de Inma; Ángela, sus ojos verdes. En la segunda: un mango de paraguas y un marco sin fotografía. En
la primera: ojos llenos de un vacío roto, muecas histriónicas; manos, muchas manos que intentaban agarrarme.
Hasta llegar a la planta baja, donde conocí a Gregorio y
hablé con Ángela por primera vez.
Un taxi me esperaba. Salí con las manos en forma
de visera. El sol me hacía daño en los ojos. El taxista salió, abrió el maletero e introdujo la pequeña maleta de
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cuadros, marrón y verde, que fue de mi padre. Me senté detrás. Abrí la ventanilla. El aire me daba en la cara.
Cruzábamos el centro de Madrid. Había pasado por esas
calles muchas veces, pero ahora veía en esos edificios algo nuevo. Me fijé en detalles que antes me habían pasado desapercibidos. Tuve la sensación de estar recorriendo una ciudad distinta. Calles estrechas, en pendiente,
que el taxista subía; calles más anchas que terminaban
en avenidas. Todo estaba lleno de color: el marrón de los
bancos, el gris de la acera, el blanco del paso de peatones, el amarillo de una cabeza teñida, el vestido azul de
un maniquí, tejados en rojo.
Cuando llegué a casa y bajé del coche, intuí lo funesto. Me quedé un rato frente a la puerta, esquivando a la
gente para que pasara. Luego, metí la llave en la cerradura y entré en el portal recordando lo que pesaba la dichosa puerta. Llamé al ascensor. Al ruido de poleas tan
antiguas, salió la portera con un trapo. Me dio dos besos,
me preguntó qué tal estaba, que ella no pudo ir a verme, pero llamaba al señor García para informarse, que
me veía buena cara. Me dijo que esperase, que tenía que
apagar el fuego. Me fijé en la palabra «PORTERÍA». Esas
letras me recordaron al negro brillante de ataúdes. Cada
letra formaba un pequeño ataúd, como aquellos donde
metieron a mis padres. La portera salió masticando algo
y me dio un tarro con comida.
Al abrir la puerta de casa, los olores se agolparon. A
cerrado, a tuberías. Dejé la maleta y el tarro en el suelo.
Me asomé al salón y me pareció más grande, más luminoso. Recordé cuando era pequeño y volvíamos de va-
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caciones. Debía de ser la misma sensación, como si los
muebles e incluso el colorido de las habitaciones tuviesen un tinte nuevo, una atmósfera distinta. Al fondo, el
sillón de terciopelo verde de mi abuelo. La luz aclaraba
la tela que se había desgastado con los años.
Me senté y, al acariciar los reposabrazos, unos ojos
marrones, que se habían hecho pequeños dentro de unas
gafas de pasta con remiendos, me miraban. Escuché su
«Gonzalico» con ese tono de su tierra, como si todavía
pudiéramos comunicarnos a través del tacto de aquel
terciopelo roído, aún tan suave.
Había un libro sobre la mesa. Lo cogí. Memorias del
subsuelo. Me acordé del comienzo: «Soy un hombre enfermo… Soy un hombre rabioso». Miré la estantería.
Mis libros. Me levanté. Pasé los dedos por sus tapas: de
una más rugosa a otra más lisa. Entonces surgió la imagen de Gregorio con su edición desgastada de La insoportable levedad del ser. Veía injusto que no le hubiesen
dado el Nobel a Kundera. Cuando hablaba de cualquier
tema, lo argumentaba con algún párrafo del libro. Seguro que ahora lo tendrá encima de la barra y les estará enseñando algo a los camareros. Como aquel día que
me dijo:
«¿Te das cuenta? Página cincuenta, la teoría de las
seis casualidades. Se dan seis casualidades para que Tomás conozca a Teresa. El mismo número para que yo conozca a Inma. Atiende, yo recaigo, ella tiene una crisis,
y los dos ingresamos casualmente en el mismo centro.
Una amiga que va a visitarla se tiene que marchar porque casualmente un compañero enferma y es ella casual-
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mente la que tiene que sustituirlo. Inma decide ir a la cafetería. Casualmente conoce al chico de los ojos azules
que está en nuestro grupo, que casualmente recibe una
llamada unos minutos antes de que yo llegue. Aquí es
donde yo entro en juego, que remite a la segunda casualidad. Nunca he hablado con ella. Cuando regreso de dejarte en la cama, ella casualmente se ha sentado en una
de las sillas que nosotros dejamos. Lo más importante,
Gonzalo, si una de esas casualidades no se hubiera dado
habría conocido a cualquier otra, cambiando el rumbo
de mi propia existencia. ¿Te das cuenta?».
Sonreí. Todo era justificable: su alcoholismo, las palizas que le dio a su exmujer. Busqué. Kundera. Derecha, abajo, más abajo. La broma, La inmortalidad, La insoportable... Lo cogí y me lo llevé a la mesa. La idea del
eterno retorno... ¿Cambia en algo… Si la Revolución francesa… Digamos, por tanto,… Aquí. ¿Cómo es posible condenar algo fugaz? El crepúsculo de la desaparición lo baña
todo con la magia de la nostalgia; todo, incluida la guillotina… «¿Cómo es posible condenar algo fugaz?». Un cachondo. Y cuando no sabía si seguir trabajando de funcionario o abrir un bufete con amigos de la profesión: El
hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive
solo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores.
Después, me preguntaba, muy serio: Entonces, ¿qué hemos de elegir? ¿El peso o la levedad?
Me entró hambre. No me apetecía el guiso de la portera. Fui a la cocina. Abrí la nevera; había poca cosa.
Unos huevos, embutido con moho, plátanos demasia-
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do blandos. Una tortilla con pepinillos, pensé mientras
alargaba la mano y cogía el frasco y dos huevos.
Al levantar la vista, vi algo en el edificio de enfrente. Me acerqué a la ventana. El viejo que hablaba dirigiéndose a un reloj de pared. Recordé que había imaginado que era viudo y que ese reloj antiguo sería un
recuerdo de su mujer, como si ese objeto fuera la imagen
personificada de ella. Me pregunté si hablaría todas las
noches dirigiéndose a él. Quizá queden conversaciones
pendientes, o le eche cosas en cara. Puede que le cuente lo que hace cada día, cómo va el país, algún cambio
en el barrio, la ampliación del metro, la muerte de algún
conocido. Si tienen hijos, le comentará cómo les va en el
trabajo, con sus mujeres, cómo van creciendo los nietos.
Con estas ideas en mi cabeza, cogí un plato y rompí la
cáscara del primer huevo.
Después de comer, entré en mi cuarto. Seguía igual
pero distinto. Me tumbé en la cama y recordé las palabras de la portera, que ella no pudo ir a verme, pero llamaba al señor García para informarse. Seguro que ya lo
sabrían todos los vecinos. Y como si acabase de oírlo:
«Subí con él… metimos lo imprescindible… te la llevaron el señor García y su señora». ¿Fueron al hospital? No
me acordaba. Que no me preocupase, siguió diciendo,
que había subido antes a limpiar. Recordé que después
del accidente tuvo una actitud parecida, como esa madre protectora que acababa de perder. Entonces era un
adolescente, ¿pero ahora? ¡Dios! La portera en mi casa,
con sus dedos gordos y fríos sobre mis cosas. Y mi jefe,
con sus disquisiciones. Ahora entendía a los que les ha-
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bían robado la casa y se sentían violados. A mí también
me habían violado. Una portera y mi jefe.
Estuve un rato dándole vueltas a unas imágenes cada
vez más macabras, hasta que se fueron diluyendo y conseguí dormirme.
Cuando desperté, ya había oscurecido. Me quedé
frente al espejo del baño. Examiné mis ojos, bajando con
la presión del índice el párpado inferior y después subiendo el superior; primero el izquierdo, luego el derecho. No vi nada para alarmarme. El blanco del ojo, normal, no tendía al amarillo, y las venas, ninguna más roja
que otra. Me tranquilizaba hacer esto, como si a través
de los ojos hiciera una especie de escáner y comprobase
que todos mis órganos funcionaban bien.
Preparé una cafetera. Mientras se hacía, pasé a la habitación de mis padres. Hacía tiempo que no entraba.
Todo seguía igual; solo el polvo se había asentado formando una capa fina, homogénea, casi transparente.
Pensé en esas motas uniéndose hasta formar esa alfombra, tejida de bichos microscópicos. Miré las fotos. Mis
padres parecían pedirme que les sacara de allí. Sentí escalofríos. El silbido de la cafetera me alarmó. Al salir, cerré la puerta.
Con la taza de café en la mano, me acerqué a la ventana del salón. Retiré la cortina amarillenta y miré tras el
cristal. El gris de las nubes se fundía con esa capa grisácea del humo de fábricas y coches. En el alféizar seguían
mis plantas, algo más secas. Las observé. El verde oscuro de hojas alargadas, con forma de lanza. Un verde más
claro con franjas amarillas en hojas dentadas. Espinas
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pequeñas, muy finas, casi transparentes, de cactus carnosos. Agujas más gruesas. Sentí un vacío pesado y una
opresión de pecho extraña, como si hubiesen cosido mis
pulmones convirtiéndolos en uno y, a través de ese pulmón encogido, no podía respirar, no sabía cómo hacerlo. Abrí la ventana, asomándome. Me ahogaba. Parecía
que mis pulmones se pegaban a la tráquea, replegándose. Me quedé quieto, intentando no pensar; se me pasaría. Surgieron preguntas desde una parte de mí a otra
más íntima pero ajena. ¿Ser el mismo después de lo que
he sido? ¿Volver a trabajar sin secuelas, sin recaídas? Entonces los ojos de Ángela aparecieron, prometiéndome
tantas cosas.
Me senté. Los olores a fritos, que subían por la ventana, dejaron de oler. El olor a antiguo de la casa se transformó en un olor insípido que desazonaba. Y los perros
ladraban tanto… Sonreí acordándome de la primera vez
que escuché a Gregorio ladrar. Según me dijo, era su psiquiatra, se lo había recomendado para eliminar tensiones.
Cuando miré el televisor, el negro de la pantalla me
deslumbró. Tenía un brillo crudo, afilado, casi insoportable. Toqué los brazos del sillón, rodeándolos con mis
dedos, aferrándome al material; esa superficie pinchaba, como los pelos fuertes y duros de un jabalí disecado. Solté las manos. Las pastillas. ¿Efectos secundarios?
No miraría prospectos. Se me pasaría, seguro que se me
pasaría.
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—III—
Mis pasos no eran firmes. Había dormido mal. En cualquier momento podía perder el equilibrio y caer encima
del hombre del sombrero de fieltro verde que bajaba por
la escalera mecánica. Miré el reloj. Seis y media.
Un tren llegaba. Demasiado lleno. Esperaría al próximo. El movimiento de la masa me introdujo en el vagón.
Las puertas se cerraron. Quedé al fondo, agarrado a una
barra metálica. Esa presión de cuerpos, tan pegados, de
caras frente a nucas, me hizo bajar los ojos. Unos zapatos negros llamaron mi atención. Cómo habría podido
conseguir, el hombre que los llevara, que estuviesen tan
brillantes. Esperé unas cuantas estaciones para mirar los
míos; no me acordaba de cuáles me había puesto. Cuando el espacio se desahogó, pude ver mis zapatos marrones, de piel, algo desgastada. Ir con estos zapatos. Me
imaginé las caras de Manuel y Olivia, las sonrisas, y el
director, qué pensaría el director.
El tren salió. Fijé la vista en un hombre flaco de rostro
ajado. Esa cara ya la había visto, pero no recordaba dónde. Surgieron facciones, parecían centrifugar en mi cabeza. Luego, una imagen. El mimo del Retiro. La primera vez
que lo vi estaba detrás de un árbol, sacando unos pantalo-
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nes negros de una bolsa de plástico. Mientras se los ponía
destacaban sus piernas blanquecinas. Después, enganchó
un trozo de espejo a unas ramas. Empezó con el maquillaje
blanco. Lo extendía despacio, una capa fina desde la frente
hasta el cuello. Al echarse el rímel abría la boca como pez
fuera del agua. En la ventana del vagón vi mi sonrisa. Me
fijé en ella y pensé en el mimo; algo nos unía.
Después de tres o cuatro estaciones, quedaron asientos libres. Me senté. Puse la espalda recta, pero mi cuerpo
se fue deslizando hasta encontrar la postura más cómoda. ¿Qué haría el director?, ¿darme la mano?, ¿decirme
que todo iría bien? ¿Y los compañeros? Esperaba el sarcasmo de Manuel, con no hacerle caso. El tren dio una
sacudida. A mi lado, una anciana mascullaba. Me acordé
de mis viejecitas. ¿Me habrán echado de menos? Herminia. Y me vi como esos actores que memorizan lo subrayado del texto. Solo recordaba lo que ella me había dicho aquel día en que descubrí esa opacidad en sus ojos:
«Ayer fui a verle.
»Ha entrado un chico nuevo. Está en la habitación
de al lado. —Herminia bajó la mirada—. Es tan tímido.
Me acuerdo cuando era pequeño, le obligaba a salir, para que jugase con niños de su edad. Él solo quería estar
en casa.
»Los primeros días se quedaba en un rincón. Veía a
los otros. Hasta que fue uno más. ¿Te he enseñado alguna foto?
»Ya verás —dijo ella al sacar un monedero marrón
de su bolso. Lo abrió, miró una fotografía que estaba
dentro de un apartado de plástico y me la mostró.
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»A que sí. Ahí tenía ocho años —dijo señalándola—.
Se la hice en vacaciones. No se ve, pero estaba muy moreno. —Cogió la cartera, la volvió a mirar—. ¡Tan guapo
y tan bueno! Y lo sigue siendo, lo sigue siendo…
»Bueno, hoy sacaré setenta euros. Menuda semana,
entre la subida de la leche y el pan. Algún día tendré que
atracar un banco.»
«Que no sea este», recordé que le dije. Pobre Herminia. Apoyé la cabeza en la barra metálica y surgió la
imagen.
Un hombre con barba sentado al borde de una silla,
balanceándose como si acunase a un bebé. No hablaba.
Ya me había fijado en él. Todas las tardes, a la misma hora, en la misma silla. Si alguien se había sentado allí, pataleaba hasta que le dejasen su sitio. Me acordé de la mujer del mango de paraguas y el marco sin foto. Los llevaba
siempre. En el comedor, trataban en vano de guardárselos.
Comía con ellos sobre la falda.
Miré el reloj. Tenía tiempo. Mis piernas empezaron a
temblar. Puse las manos encima. El hombre de pelo cano, sentado enfrente, parecía clavarme sus ojos. Apreté
los muslos hasta que dejaron de moverse. Vigilé al hombre canoso. Ahora se fijaba en un universitario con coleta. Sentí que otras manos se movían; manos que hablaban con un sordomudo que estaba de pie. Quise
deshacerme de ellas. Aunque censuré su aparición, tardaron más de tres estaciones en esfumarse.
Al subir por una de las escaleras mecánicas quise correr. Me agarré al pasamanos, respiré hondo. Pensé que
si conectaba mi mente con el ritmo pausado de la esca-
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lera, me tranquilizaría. Me di cuenta de que era muy fácil desligarse de ese ritmo y empezar a correr. Anduve
un tramo pequeño hasta la siguiente escalera. Me quedé
mirando los movimientos ascendentes y descendentes
de los viajeros. Empecé a sudar; el movimiento de tanta
gente, en direcciones contrarias.
Me senté en un asiento de piedra y puse la cabeza
entre las rodillas. Ir así al trabajo después de tantos meses. Arqueé los pies y miré mis zapatos. Lo viejos que estaban; esas manchas impregnadas en la piel, que no salían con nada. Una voz algo andrógina me sacó de mis
pensamientos. Me fijé en la cara de una mujer pequeña
que hablaba con dos hombres. Su nariz, como la de Mae
West retratada por Dalí, y el tono de voz me recordaron
a Ángela. Sonreí. Era un buen presagio.
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